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jueves, octubre 22, 2026

Gente que insulta

Es curioso cómo se dan los extremos en nuestra sociedad. Por un lado, visita uno una librería y la sección de autoayuda no deja de crecer, con títulos pomposos, contenidos vacíos y mensajes pueriles en los que se nos insiste en buscar las personas vitamina, huir de la confrontación, querer y quererse y, en general, una serie de pautas basadas en el buenismo más vacío posible. Venden un montón, son un gran negocio. Por otro lado, en las redes proliferan los insultadores, los zafios que se meten con los demás y se dedican a cagarse en todos, en todo y en la madre de los que pasan por allí y no. Y cuentan con tanto éxito como los de la vacía autoayuda.

El último caso, ayer mismo, es el de Milei, de visita por España. Un sujeto grotesco, defensor presunto de una ideología noble, pero que sólo con sus formas y lenguaje produce un rechazo instintivo. A algunos les hace gracia, pero no se la veo por ninguna parte. ¿A quién le gustaría tener a Milei de vecino, de compañero de trabajo, de jefe? Seguro que las respuestas afirmativas escasearán. Milei, tristemente, no es una excepción, sino uno de los ejemplos paradigmáticos de eso que se ha dado en llamar las personas “sin complejos”, que se dedican a decir un montón de insultos sin cesar, a despreciar a otros, y que a mi modo de ver son los mal educados de toda la vida a los que hay que ignorar por completo. El más mundialmente famoso de todos estos sujetos es Donald Trump, que en sus mensajes las mentiras se solapan con los insultos de una manera asombrosa. Es este otro sujeto al que algunos le ríen las gracias, pero sigo sin encontrársela. Un debate con Trump, si ello es posible, es tener a ese sujeto delante profiriendo falacias una tras otra, y todo ello aderezado con comentarios despectivos hacia todos los que tiene delante, y elogios sin par hacia sí mismo y nadie más. Es insoportable. En España tenemos al insultador mayor del reino, el ministro Óscar Puente, otro deslenguado que cubre su incompetencia a base de meterse con todos los que le rodean y dejan claro hasta qué punto es incapaz para el cargo que desempeña. Puente no se corta en lo más mínimo y es, probablemente, el ministro más trumpista que tenemos en el país, pero su corte de votantes y los enganchados al partido en el que milita le jalean, lo que deja de ser sonrojante. En general, en la política han proliferado los insultadores, a la vez, no es casualidad, que ha ido bajando la catadura intelectual de todos los que forman parte de los cuadros de los partidos, que parecen ser extraídos de lo peor de cada clase. Y todo ello se ha visto alentado por el perverso algoritmo de las redes sociales, que busca generar conversación, tráfico, y nada hay que genere más intercambio de mensajes que una montaña de insultos e improperios en la que los interlocutores van subiendo el tono de sus mensajes, la intensidad de los mismos y la frecuencia. Aquello acaba convirtiéndose en una patética pelea de chulos sin la más mínima gracias, pero con el interés máximo de la red. Ser malote en redes sale a cuenta, renta a la hora de conseguir notoriedad, seguidores y visibilidad. Comportarse de manera educada, noble, es aburrido para el algoritmo, a sabiendas de que un perfil suave será soso y no se meterá en broncas. Por ello el nivel de violencia verbal que se ve en las redes es mucho mayor que el que tenemos que soportar en el día a día del mundo real, más que nada porque sino habría peleas constantes en la calle, y no se dan. Pero al final es inevitable que si la zafiedad llena los espacios de interacción digital, en los que muchos viven más tiempo que en el mundo real, se produzca una contaminación en las formas en las que nos relacionamos en el entorno real. Triste, pero inevitable.

Consejo básico. Huya de la gente que se dedica a insultar, porque normalmente enmascaran en el lenguaje violento su incapacidad para afrontar los problemas que denuncian, o los que les rodean en su día a día. Hay gente que tiene un carácter más marcado que otros, todos somos distintos, pero exija en su entorno que se trate a los demás y a sí mismo con educación, y hágalo usted también, claro. Huya del insultador, deje de compartir espacios con él, en la medida que le sea posible, ignórelo, que proclame su zafiedad en soledad, donde sea lo menos molesto posible. Y, ya de paso, no se gaste dinero en libros de autoayuda, sólo ayudan a la cuenta corriente de quienes los escriben y editan.

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