jueves, julio 06, 2023

Sucias campañas políticas

Esta noche, a las doce, comienza la campaña electoral de las elecciones generales del 23 de julio. Si han leído esta frase a lo mejor les ha dado la risa floja, o han optado directamente por la ira, ya que llevamos muchos meses enfrascados en una sucia y dura campaña en la que gobierno y oposición usan todas sus posibilidades para vender su propaganda y demonizar al contrario. De los resultados de dentro de dos semanas largas, que a día de hoy parecen claros, es probable que surja un cambio de gobierno, aunque seguro no lo sea, pero ello no evitará que los reproches y la campaña se mantenga en redes, medios, y altavoces pagados por los propagandistas.

Hace unas semanas, en un artículo de la revista XLSemanal, Pérez Reverte justificaba el por qué ha ido, con el tiempo, dedicando menos artículos a analizar la actualidad política. Decía el maestro que se ha hartado de pregonar en el desierto, de estar en un ecosistema de unos y otros que te obligan a ser militante ciego. Que todo está juzgado por el ciego servilismo y que no hay debate ni nada. Y que, visto lo visto, prefiere dedicar sus esfuerzos a otras cosas que le proporcionen más gustillo y satisfacción. Le entiendo, y comparto bastante su opinión. Si ustedes siguen habitualmente esta columna (millones de gracias, debiera pagarles por ello, pero ya saben que no es posible) habrán notado también que la actualidad internacional va haciéndose con más hueco en el listado de artículos y que los comentarios sobre el día a día de la política nacional empiezan a ser escasos, y el motivo es muy similar al que señalaba Pérez Reverte. El puro hastío ante el sectarismo inculto que nos rodea. La exigencia de prietas las filas que se está llevando hasta extremos absurdos que resultan insultantes si uno ha leído algo más que la hoja parroquial de turno. Periódicos antaño señeros, que no engañaban a sus lectores sobre su compromiso político pero seguían manteniendo un rigor y nivel elevado en sus articulistas y reportajes se han convertido en meros vehículos de propagan de los mensajes que se crean en Moncloa o Génova. Las tres cabeceras de referencia que se editan en Madrid son, en este sentido, un triste reflejo de lo que llegaron a ser, y la degeneración que, por ejemplo, El País, ha sufrido en estos años de Sánchez en la Moncloa es digna de estudio como muestra de decadencia de un medio. Si ustedes quieren forofismo a ultranza a favor de un partido vayan a muchos de los que escriben en esos medios a sueldo de ese partido, y siéntanse satisfechos. En el fondo, se ha dado una conversión de la opinión en un mero griterío sin escrúpulos. Suelo usar dos símiles que me parecen adecuados. Las cabeceras de prensa política se han contagiado de las de la prensa deportiva, donde, desde un principio, estaba claro de qué equipo era cada periódico y nunca el penalti pitado en contra de sus colores de cabecera sería justo, y siempre lo sería el pitado a favor. Me sonrojaba de pequeño, aún lo hace, que hubiera gente que defendiera ese sector y lo llamase periodismo, o incluso llegara a comprar ejemplares editados, en lo que no eran sino bandos parroquiales al servicio del forofo, vulgar onanismo mental basado en el peloteo, nunca mejor dicho. Pues bien, ese absurdo se ha trasladado al resto de cabeceras, y los graves errores cometidos por el sanchismo durante sus años de gobierno no son sino brillantes aportaciones para el forofo articulista que cobra de Moncloa, y las meteduras de pata de Feijoo cada vez que habla de número son creatividad contable para el que así escribe y aspira a medrar si las tornas cambian en el gobierno. Como la responsabilidad del poder siempre es más elevada de la de quien no la tiene, peor caso es el primero, pero de todo hay, y si, como les comentaba, el gobierno cambia tras el 23 de julio, veremos cómo los errores cometidos desde una Moncloa pepera son elevados a altares de eficacia por los otros y los aciertos que tenga el gobierno serán síntoma del final de los tiempos y de la degeneración democrática para otros.

El otro ejemplo es el de Sálvame. El nauseabundo programa de Telecinco se acabó hace unas semanas, siendo esa unas de las mejores noticias del año. Comprobé, estupefacto, que para cierta línea de opinión que se autodefine como progresista, y dicta quién lo es y quién no, esa mierda televisiva resulta que encarnaba grandes virtudes y acompañaba a muchos, y su desaparición era síntoma de regresión. Asombroso. Una bazofia televisiva basada en el ruido, la mentira, la explotación de la mujer, el alardeo de la incultura y la drogadicción y otras tantas mierdas incorporada al debate político con prescripción ideológica fabricada para catalogarlo. Pues no. Y de paso, con orgullo, digo que soy uno de los muy pocos españoles que no ha visto eso en televisión en su vida.

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