viernes, abril 04, 2025

Derrumbe global en las bolsas

Por gentileza de Donald Trump y de sus medidas psicóticas, ayer se vivió un día desastroso en los mercados financieros de todo el mundo. Las pérdidas viajaron de este a oeste, con la apertura de las bolsas asiáticas y se fueron extendiendo con el avance del Sol en los mercados europeos, con el Ibex como el índice que menos sufrió, con caídas de algo más del 1% frente a la media del 3% de sus hermanos de continente. La apertura de Wall Street fue sangrante y, poco a poco, empeoró, alcanzando al cierre caídas del 6% en el Nasdaq y del 4% en el SP. Ayer fue el peor día de la bolsa norteamericana desde los tiempos del Covid, para que se hagan una idea.

Ayer, probablemente, se rompieron cosas en el mercado, porque caídas de estas dimensiones generan consecuencias más allá de las pérdidas nominales de los activos. La sensación que se genera tras un día de estos puede ser de miedo puro, aunque muchas veces se diluye con el tiempo. En otras ocasiones se traduce en el deterioro de la economía real. ¿En qué escenario estamos? La probabilidad de lo segundo crece a medida que el mundo se enfrenta a la irracionalidad de la administración Trump y a sus decisiones psicóticas, basadas en venganzas, creencias y tonterías. Los aranceles propuestos, que entran mañana en vigor, van a dañar notablemente al comercio global, y las empresas más golpeadas serán las más internacionalizadas, muchas de ellas norteamericanas, que mantienen complejas redes de suministro y fabricación en el mundo. Nike, la de las zapatillas, se dejó ayer más de un 10% en el mercado. La afectación de los aranceles para ella es la misma que para el resto, pero es el típico caso en el que una medida de estas genera efectos expansivos. Nike diseña y comercializa sus zapatillas en EEUU, pero las fabrica en su práctica totalidad fuera, lo que le permite mantener unos costes competitivos y unos precios ajustados para el consumidor norteamericano. Una medida como la anunciada el martes supondrá, para ella, incrementos de costes no menores al 30%, dado que es en Asia donde produce principalmente. La alternativa para evitar los aranceles es fabricar en EEUU, como dicen los iluminados trumpistas, pero eso implicaría unos costes de inversión enormes, las fábricas no nacen del suelo tras la lluvia como si fueran hierba, y contratar trabajadores nacionales con sus sueldos, por lo que sus costes subirían muchísimo más del 30% que suponen los aranceles. Unas Nike producidas en EEUU con costes norteamericanos serían imposibles de vender en el mercado local norteamericano, porque la inmensa mayoría de la población no podría pagar los precios a los que tendrían que venderse para ser rentables. Pongan el sector que pongan, la situación es similar. Lo que Trump anunció el martes es la mayor subida de impuestos puesta en marcha en aquel país en los tiempos modernos, subida que se traduce en incremento de costes generalizados, ineficiencias, rupturas de cadenas, intentos subterráneos de elusión que generan corruptelas, alteraciones en las expectativas de los consumidores y empresas, incertidumbres, miedos y unas cuantas consecuencias más que son nefastas. El deseo que tiene el equipo de Trump de que la producción vuelva a su país y que sean autosuficientes en todo se define con una palabra, autarquía, de la que en España tenemos un recuerdo histórico, porque fue la principal guía económica durante los primeros tiempos de la dictadura franquista (por eso seguro que los de Vox la apoya). Evidentemente fracasó, porque es una idea irrealizable, y sólo sirvió para empeorar aún más el estado de la economía española, ya hecho polvo. Es una aspiración imposible. También lo intentó la URSS, y le fue igualmente mal.

Va a ser muy difícil revertir las políticas de Trump, su ceguera parece total, y curiosamente sólo unos días en los mercados como los de ayer podrían ser capaces de lograrlo. Las pérdidas que sufrieron los magnates de la tecnología en el día de ayer se pueden medir en miles y miles de millones. Ellos serían los únicos capaces de forzar la mano del desquiciado presidente. Si no es así, va a ser cada vez más difícil evitar que EEUU se encamine a una recesión y, tras él, nosotros y gran parte del mundo. El poner al volante a un pirado tiene consecuencias, y estamos a punto de sufrir un accidente económico grave, provocado, no por una causa ajena, sino directamente debido a la inmensa estupidez de la actual administración de EEUU.

jueves, abril 03, 2025

Trump contra el mundo

La puesta en escena del acto de ayer era la de las grandes ocasiones. En un Washington cubierto, sin lluvia, con algo de viento, la rosaleda de la Casa Blanca lucía como un auditorio al aire libre, en medio de flores y abundancia de banderas norteamericanas. Público congregado en sillas sobre el césped y un atril presidiéndolo todo, preparado para la llegada del hombre fuerte, mientras que las apuestas sobre lo que iba a anunciar se disparaban. Bueno, más que el qué, la cuantía de lo que promulgaría. Era la escenificación de lo que, orwellianamente, la presidencia del país había definido como “el día de la liberación”. El escritor, orgulloso y cabreado, se retorcería en su tumba si pudiera.

Casi una hora de discurso inconexo, mal dicho, lleno de mentiras, acusaciones, basura ideológica y ansias de venganza. Una comparecencia bochornosa en lo que lo peor no fueron las formas, sino el fondo. Acabó sacando Trump unos carteles enormes, que no eran el menú de las cafeterías cercanas, no, sino listas de naciones en las que, junto a su nombre, figuraban dos columnas de números. Una, en azul, representaba los aranceles que, según la locura naranja, sufren los productos norteamericanos en esas naciones. Datos falaces, empezando por los de la UE, ya que Trump considera que el IVA es un arancel que pagan los productos importados, cuando es un impuesto indirecto que soportan los consumidores intermedios y finales de todos los bienes y servicios que se producen en la UE. A la derecha del todo, en amarillo, el porcentaje de arancel que EEUU va a imponer a todos los productos que se importen de cada uno de los países de la tabla, aranceles que van desde el 36% que sufrirán los productos chinos hasta el 20% de los de la UE o el 17% de Israel, por poner dos ejemplos. Muchas de las naciones de la tierra figuran en esas nuevas tablas de la ley, pero no todas. Rusia es una de las que no aparece, y no es casualidad. Se supone que EEUU va a imponer un arancel mínimo del 10% a todo lo que se importe, y dado que Rusia tiene sanciones, alegó la Casa Blanca, no se le ha querido penalizar más, pero resulta sintomático, ya es casi un clásico, que el sujeto que preside aquella nación dedique toda clase de insultos a sus socios comerciales y de seguridad, como por ejemplo la UE; pero no sólo, y no diga una sola palabra en su casi una hora de soflama respecto a Rusia, nación a la que se siente atado de una manera casi amorosa. Otra tarde noche de diversión asegurada en el Kremlin ante la actuación de su ya mayor y más fiel aliado. El despliegue de tablas que empezó a circular anoche era enorme, con países y países enmarcados en cuadros en los que se impone un dolor innecesario al comercio global. Con su declaración a todo el mundo, con su insultante forma de dirigirse a él, Trump comenzó ayer una guerra comercial global destruyendo el sistema de acuerdos y tratados que ha llevado años crear y que se acabó configurando mediante organizaciones internacionales como el GATT o la OMC. Ayer Trump liquidó todo esto y decidió que él, que los EEU que él cree que representa, son una fuerza imperial que no debe respetar a nada y a nadie. En su discurso se dedicó a despotricar no sólo contra los demás, sino contra décadas de administración norteamericana, que han hecho de ese país el más rico y poderoso del mundo, y que según el magnate sólo han servido para que otras naciones se rían de las barras y estrellas y les expolien. El nivel de mentiras soeces que iba soltando Trump en su alocución era digno de una cutre barra de bar de la España profunda, pero no, las recitaba sin desparpajo un señor trajeado desde el mayor centro del poder del mundo, con un aire de soberbia que apenas era disimulado, sólo superado por el afán de venganza que reclamaba a todos los demás. El acto de ayer fue la constatación de que el Lord oscuro del Sith se ha hecho con las riendas de la república norteamericana y ha declarado la guerra al mundo.

Más allá de los vaivenes que sufran bolsas y mercados hoy y en los próximos días, estos aranceles van a suponer un freno a la economía global, un acelerón inflacionario, una disrupción en las cadenas de suministro, un coste generalizado y, probablemente, la vía que lleve a una recesión tanto en EEUU como en otras naciones. ¿Pueden cargarse el ciclo de crecimiento que vivimos desde hace años? Sospecho que sí. Lo que desde luego se van a cargar es la imagen de EEUU en el mundo, ese intangible que hace unos días comentaba respecto a Tesla. Ahora mismo en Washington rige un déspota que es nuestro enemigo, y va contra nosotros. Putin y compañía deben estar encantados, pero la inmensa mayoría del mundo está, desde ayer, bastante peor.

miércoles, abril 02, 2025

Le Pen, inhabilitada

Últimamente Francia se mueve a golpe de sentencias, muchas relacionadas con sordideces difíciles de imaginar, pero en este caso se trata de un caso vulgar de corrupción, de desvío de fondos de la UE para el beneficio de una formación política que las utiliza en su propio beneficio, malversación de las de toda la vida. El partido implicado y condenado por ello es el Frente Nacional, el movimiento que tanto aboga por el respeto a la ley y costumbres, que deben incorporar el hacerse con el dinero de todos para el uso particular. La condena incluye la inhabilitación de Marine Le Pen, la líder del partido, que no se ha lucrado personalmente, pero es responsable legal última de la formación.

Las elecciones presidenciales francesas son dentro de dos años, y ahora mismo Le Pen sería la apuesta más segura para poder relevar a Macron, que si no me equivoco no podrá presentarse. La condena, por cinco años, impediría a Marine acceder a esa carrera electoral y ha supuesto una conmoción política en el país vecino y, sospecho, un nuevo factor de división en la ya quebrada sociedad francesa. No tengo objeción alguna por el veredicto, que se fastidie Le Pen por las prácticas corruptas de su partido, pero me da miedo que esto sirva para movilizar aún más a los extremistas galos y que lo utilicen de bandera para exhibir un victimismo falso, hipócrita, destinado a enardecer a los propios y a erosionar las costuras del estado de derecho francés. La catarata de reacciones desde la extrema derecha francesa tras la sentencia, y el vocabulario utilizado, es idéntica a la que podemos escuchar en todos los países por parte de políticos delincuentes que ven como los jueces frenan su actos ilegales. Dictadura de los jueces, sometimiento de la voluntad popular a las togas, violación de la soberanía… un montón de frases altisonantes y huecas que da igual que las repita el sedicioso Puigdemoníaco, Sánchez refiriéndose a su mujer o hermano, Netanyahu, los seguidores de Le Pen o Trump. Todos dicen tener ideologías propias, muy distintas, opuestas, pero en el fondo son muy similares. Son sujetos que sólo aspiran a llegar al poder para ocuparlo y explotarlo en su beneficio, y consideran que el voto electoral les exime de toda responsabilidad pública. Para ellos la ley, eso que nos juzga a todos, no es sino un corsé que debe apretarse sin cesar a los ciudadanos normales, mientras que el Valhala en el que creen habitar todos estos sujetos debe estar ajeno a cualquier interferencia judicial. Si algún magistrado osa emprender una causa contra ellos será tachado instantáneamente de fascista o de woke, escoja usted el bando sectario al que quiera apuntarse, y a partir de ahí el intento de deslegitimación del estado de derecho será constante. En ocasiones esta banda de personajes logra sus más profundos deseos, y el caso del indeseable Puigdemont es uno de los más significativos, ya que se ha elaborado una ley para que él y sus secuaces queden impunes de todos los actos que realizaron durante el golpe separatista de 2017. El caso de Trump se acerca bastante, porque ha indultado a los golpistas que asaltaron el Capitolio en 2021 y, en la práctica, ha conseguido una inmunidad presidencial que avale todos sus actos, pasados y presentes. Varios jueces han impugnado algunos de los polémicos decretos que ha estipulado con su firma gruesa y agresiva, y la reacción de Trump, Musk y los suyos ha sido la de atacar a los jueces. Con un estilo y todo muy similar al empleado por la Ministra de Hacienda para destruir la presunción de inocencia, Trump y cía amenazan a magistrados de todo el país por hace su trabajo, y se niegan a acatar sus decisiones, en lo que no es sino una insubordinación del poder político ante el judicial, en un enfrentamiento profundo que amenaza con herir, veremos a ver con que nivel de gravedad, al estado de derecho, que es el que legitima la convivencia de nuestras sociedades. El camino emprendido por todo este tipo de líderes populistas es peligroso, y puede desembocar en escenarios oscuros, de impunidad y poder desmedido, que es lo que desean para ellos mismos.

Jordan Bardela, el delfín de Le Pen, ha llamado a movilizar a sus bases y ha reclamado manifestaciones en las calles, de apoyo a Marine y de repudio a la sentencia, mostrando una enorme irresponsabilidad. Las sentencias podrán gustar más o menos, pero se acatan y punto. Se recurren si no se comparten, y, cuando se acaba el recorrido judicial, no hay más que decir. Sacar a la calle a miles de personas en contra de una sentencia judicial es una manera de atacar directamente a los jueces, al procedimiento, a la ley. Es una manera de buscar la impunidad mediante el ejercicio de la amenaza. La situación política en Francia se va a envilecer aún más.

martes, abril 01, 2025

Morir en la mina

Todos nos quejamos, con demasiada frecuencia, de nuestro trabajo, de problemas de organización en él y de lo poco que se nos valora y, por supuesto, paga. Da igual el desempeño que uno realice o la organización en la que esté, las quejas son frecuentes, reiteradas. Es probable que todas ellas tengan una parte de razón, que haya situaciones realmente nefastas. También que, en muchos casos, ese disgusto es en parte pose para no asumir las propias culpas de la situación, o aún peor, la incapacidad para encontrar una respuesta a por qué no hacer nada para solucionar los problemas que se denuncian. Somos humanos, así es nuestra vida.

Mi padre era albañil de obra, de los que trabajaban haciendo suelos y paredes, y ya decía que los de los gremios que luego operan en la construcción de instalaciones en un edificio son señoritos, porque escayolistas, fontaneros, electricistas y demás trabajan con el techo hecho. Si llueve no se mojan, mientras que él y su cuadrilla tenían que levantar pilares y forjados, y si el día de izar encofrados para pilas se ponía a llover, o caía un sol de justicia, nada te cubría salvo el casco. Su imagen de los que trabajamos en oficina se la pueden imaginar, en un mundo en el que sólo el hecho de no sudar cuando se desempeña un trabajo era, para él y muchos otros, una muestra de privilegio inasumible y de, casi siempre, descaro. No, eso no es trabajar, repetía muchas veces. Alguna vez traté de explicarle que eso de la oficina sí era trabajo, pero también choqué pronto con la realidad de que hacer entender a alguien muchas de las cosas que hago en el día a día puede resultar frustrante, porque yo tampoco les encuentro lógica en ocasiones, así que no insistí demasiado. Era una batalla perdida y no tengo madera de héroe para inmolarme. Con mi madre tampoco lo he intentado. Pese a todo, mi padre sabía que su profesión, por dura que fuera, no era, ni mucho menos, la peor posible. La vida del agricultor o ganadero le parecía insufrible, con el único consuelo de poder estar al aire libre, pero trabajando sin cesar en un mundo hostil en el que o bien un ternero te da problemas y te deja la noche sin dormir o llega una tormenta que te destroza el sembrado al que has dedicado horas. La fábrica también la veía con malos ojos, por la rigidez de la sirena, que cuando yo era pequeño marcaba como un reloj el ritmo de entrada y salida de todo el pueblo. Entonces la fundición era lo más extendido en Elorrio, negocios rentables, con amplias carteras de pedidos, a veces con turnos extra de noche, pero cuyas principales labores se desarrollaban bajo techo en pabellones industriales oscuros, cerrados y llenos de polvo, junto a hornos donde el calor era insoportable, y coladas de hierro fundido en las que todo resultaba abrasivo y muy peligroso. Los accidentes leves eran comunes, y aún hoy la muerte en la fábrica es algo que, aunque sea esporádico, sucede, como pasó hace pocas semanas en una empresa de mi pueblo. La vida de los operarios de fundición era penosa, salían en muchas ocasiones del trabajo como de una mina, como de una mina, cubiertos de polvo oscuro, con ropas sucias, pieles ennegrecidas y la sensación de que no había ducha, ni la de la empresa ni la de casa, que pudiera limpiar todo aquello. Desde casa se veían numerosas chimeneas que expulsaban mierda a paladas, en volutas oscuras que subían al cielo cuando el aire era tranquilo o que formaban espesas nubes, muy respirables, cuando se daban procesos de inversión. El polvillo que escapaba de los hornos, y que los trabajadores respiraban a manos llenas, se repartía por todo el pueblo, se depositaba en coches, aceras y árboles, y llegaba al interior de las casas. Todos de críos lo respiramos, más o menos, y la contaminación que se ve ahora, aun siendo notable, no tiene mucho que ver con la de antaño. Las empresas que quedan se han modernizado y son más limpias. Quedan bastante menos empresas.

Los accidentes mineros eran comunes en ese pasado no tan remoto, y se repetían en televisión las escenas que, en Asturias y León principalmente, no sólo, provocaban la apertura de los informativos. Pueblos pequeños, oscuros, con muchas personas llorando a la boca de unos pozos que regurgitaban cadáveres junto al negro mineral que era la base de su existencia y negocio. Viudas, huérfanos, dolor y pena en un trabajo horrendo que resultaba inimaginable. Sospecho que mi padre agradecía ir a la obra cuando veía esas escenas, y las quejas sobre su trabajo, que conmigo no compartió, las diría mas bajitas, tras ver cómo esos pozos se volvían a cobrar su tributo en vidas. Ayer, marzo de 2025, volvió a morir gente, mucha gente, en una mina en Asturias.

lunes, marzo 31, 2025

Tesla, o la reputación

La compra por parte de Elon Musk de Twitter, ahora X, supuso la primera prueba de hasta qué punto la personalidad del magnate podría suponer para los negocios que había desarrollado. Hasta entonces su éxito era total en áreas tan distintas y relevantes como los cohetes o los coches eléctricos. Su deriva política ya había empezado a resultar significativa, y era evidente que su ego empezaba a ser excesivo. Tantos millones quitan complejos, y Musk empezó a comportarse de una manera excesiva, problemática a ojos vista. Como un crío que rompe cosas en sus rabietas. Al poco, se convirtió en adalid del trumpismo y se involucró en la campaña electoral que acabaría llevando a Donald nuevamente a la presidencia.

Ese papel, sus gestos desafortunados, siendo diplomático, la actitud de Trump como gobernante y lo que está haciendo el propio Musk en el gobierno federal como responsable de esa oficina de eficiencia gubernamental llamada DOGE por sus siglas en inglés han acabado por arruinar su imagen en el mundo y eso se está trasladando a sus empresas. El boicot a sus coches crece, sus ventas caen, se suceden los vídeos en los que propietarios de Teslas les arrancan los logotipos, e incluso empiezan a generalizarse los ataques a concesionarios o la quema de coches. Asistimos en directo al asombroso espectáculo del derrumbe de la imagen de una marca. Hasta no hace mucho Tesla era sinónimo de modernidad, de prestigio, de tecnología verde, una combinación imbatible que hacía que muchos de sus propietarios se sintieran satisfechos consigo mismos a la hora de adquirir un producto muy caro, pero lleno de bondades y ventajas. Poseer un Tesla era una señal de estatus económico, sí, pero también de modernidad y prestigio, de concienciación con el medio ambiente. Una combinación imbatible, el sueño de todo departamento de marketing. Los coches eran norteamericanos, y era la gran marca del país, en un momento en el que la industria del automóvil de allí seguía sin levantar cabeza, y se replegaba en el resto del mundo. Pues bien, unos cuántos meses de locuras de Musk y el destrozo al emblema de Tesla es total. Ha pasado a ser la imagen de un desquiciado, de un adorador de Trump, de un intervencionista y de un extremista. Es muy llamativo cómo los números de la compañía se están despeñando a medida que el comportamiento de su jefe se desmadra, y es inevitable que empiece a reconocerlo, pero no parece que eso suponga ningún cambio en su actitud. Como mano derecha de Trump, Musk tiene todas las posibilidades abiertas en la administración de su país, sin que ninguna norma referida al conflicto de intereses sea capaz de menoscabar contratos o adjudicaciones, que recaen en sus empresas de manera constante. Si su ego era desmedido, ahora se alimenta con el poder puro y duro de la política ejecutiva, sin freno de ningún tipo. ¿Se va a cargar Musk Tesla? No es descartable. La imagen de marca es eso que se llama intangible, no existe en el mundo real, sino en la mente de las personas, y se crea con años de trabajo de insistencia, de mensajes, de trayectoria constante sostenida con inversiones y mucho trabajo. Es una idea, que posee un valor enorme en sí misma, y que en muchas ocasiones es el principal activo de una empresa, más allá de sus bienes de capital. Los que viven en el mundo de la industria del XIX o XX desprecian estos conceptos, y por eso a las empresas que lideran les va como les va. No todo es marketing, pero nada es sin él. Crear esa imagen de marca cuesta muchísimo, y en pocas ocasiones podemos contemplar lo sencillo que es llegar a destruirla con unos comportamientos irracionales. Lo que vemos en el caso de Tesla es un auténtico proceso de demolición mental, de arrasamiento en la conciencia de los clientes de todo el mundo del valor del producto y de la marca. No se si será reversible, porque una vez que el odio se instala puede llegar a ser una fuerza tan poderosa como el amor que los del marketing llegaron a plantar en un momento dado. Odiar mueve tanto como amar.

El resto de los negocios de Musk siguen boyantes, especialmente todo lo relacionado con Starlink y SpaceX, donde casi se ha hecho con el monopolio de los lanzamientos comerciales por su rupturista tecnología de reutilización, pero la fortuna del magnate se ha reducido en una cuarta parte desde los máximos que alcanzó poco después de las elecciones de noviembre. Musk empieza a notar en sus cuentas la imprudencia de sus actos, ¿le hará eso cambiar? Siendo como es un personaje impredecible es difícil saberlo. El dinero le importa, pero no es, ni mucho menos, el típico millonario obseso con su fortuna. Va a ser curioso comprobar cómo lidia con todo esto, pero lo cierto es que los Tesla, y los que trabajan allí, se han metido en un problema inmenso.

viernes, marzo 28, 2025

Sobre el libro de José Bretón

Anagrama ha decidido, motu proprio, suspender indefinidamente la distribución del libro que Luisge Martín ha escrito sobre José Bretón, el asesino de sus hijas, ejecutor del acto más cruel posible sobre ellas para castigar a su mujer, Ruth Ortiz, la madre. Condenado por esos hechos, al parecer en el libro confesaba por fin su culpabilidad, que no había admitido aún, ni siquiera en ninguno de los momentos del juicio. El libro ha generado una enorme polémica y las voces que han pedido cancelarlo, por respeto a Ruth, son las que prevalecen, y algunas de las medidas judiciales que se han tomado iban en ese sentido.

Este es un tema vidrioso, feo, en el que el protagonista es un criminal de dimensiones inabarcables, por la atrocidad cometida y la absoluta maldad que la rodea. Creo que debe estar encerrado en prisión hasta el último de sus días, sin remisión alguna, y que sólo cuando fallezca en la cárcel pueda salir. ¿Debe prohibirse el libro? Hay creo que la respuesta es negativa. Todos los días se publican muchos libros, algunos buenos, la mayor parte irrelevantes, no pocos malos. El autor tiene derecho a escribir lo que quiera sobre lo que quiera, y aunque el tema sea repulsivo, la decisión de prohibir su publicación abre un melón de difícil gestión. ¿Cuándo es suficientemente grave un delito para no ser lítico escribir sobre él? ¿Cuánta maldad es excesiva para determinar que sobre unas cosas sí se puede publicar y sobre otras no? La dimensión de estos hechos puede ser cuantificable en penas acumuladas en el código penal, pero no en moralidad, porque un asesinato ay es ir al más allá de la maldad, aunque luego puedan existir regodeos. Además, quién soy yo, o cualquier otra persona, para determinar lo que es lícito publicar o no, o los sentimientos que puedan ser heridos por una determinada obra. En todo caso, mi elección será la de consumir esa obra o no, considerar que el tema me atrae o no, pensar si hago bien o mal al adquirir ese libro… en definitiva, decisiones personales de cada uno ante la obra existente. Creo que son dos las barreras que deben respetarse a la hora de hacer cosas como este libro, o las series que nos inundan. Una, que el causante del mal no se beneficie económicamente de ello. Pagar a un asesino derechos de autoría por una obra que habla de su crimen es recompensarle por lo que ha hecho, y eso me parece una indignidad absoluta. En este caso Anagrama, la editorial, ha dejado claro que no se va a producir algo así, que los únicos que cobrarían dinero por la obra serían el autor y el editor. La segunda cosa que creo es obligada es que, en este caso la editorial, se ponga en contacto con la víctima, Rut Ortiz, para que sepa lo que se está pensando hacer, cuente con su opinión y tenga un acceso previo a la información. Enterarse por los medios de una polémica así no es nada agradable, y ahí al editorial ha fallado calamitosamente, mostrando una profunda insensibilidad con la víctima. ¿Es eso motivo de prohibición? Me da que no. Prohibir es una palabra muy intensa que debe ser usada con moderación, no a la ligera (ahí si me leyera alguno de mis geniales compañeros del centro de cálculo de Sarriko, de los que tanto debí aprender) y aún más en estos tiempos de redes sociales, donde el mero hecho de generarse una polémica así aumenta el interés de todo el mundo y dispara las posibles ventas y repercusión económica. Ante las series que nos invaden sin cesar sobre crímenes reales, eso que se ha dado en llamar “true crime” que no me llama mucho, la verdad, la polémica es similar, y me da que si se determinase el criterio de prohibir como norma general gran parte del catálogo de las plataformas que ahora mismo se puede escoger para ver en casa sería eliminado. No entiendo el morbo que le produce a la gente este tipo de horrores, pero existe, y a sabiendas se realizan productos para que sean consumidos, sirviendo para alimentar a la sociedad que los demanda. Se pueden tener todo tipo de objeciones morales y opiniones al respecto, y optar por consumirlos o no, pero prohibir, reitero, es una palabra que no debe ser usada a la ligera.

Hay una derivada interesante de esta historia, relacionada con lo anterior, que la expuso Sergio del Molino hace unos días en una de sus columnas, que es la relativa hipocresía de una sociedad que demanda prohibir el libor pero que ha consumido programas televisivos basura día tras día sobre el caso, con entrevistas y tertulias sin fin, con un enorme afán comercial en todo ello. Si prohibimos el libro, ¿qué hacemos con todos esos programas televisivos que hace un verano, por ejemplo, casi enseñaban a descuartizar un cuerpo y defendían a quien lo había hecho? No, creo que el libro debe editarse, y que José Bretón debe morir en la cárcel, y que nada habrá en el mundo que pueda devolver consuelo a Ruth Ortiz. Todo lo demás es ruido y desolación.

jueves, marzo 27, 2025

Aranceles, hoy a los coches

No es necesario seguir en directo en un chat de incompetentes, siendo agregado por error, la evolución de la guerra arancelaria desatada desde la Casa Blanca. El mismo jefe supremo del tinglado se encarga de anunciar cada una de sus patadas a la confianza económica y al crecimiento global en forma de tarifas de quita y pon, que no dejan de alterar los mercados e introducen ineficiencias de manera salvaje. Ayer por la noche, hora europea, Trump anunció un gravamen de un 25% a los coches de fuera de EEUU. Habrá que ver qué se entiende por fabricados allí o no, pero el mensaje es claro. Y nefasto.

Las marcas no norteamericanas se pueden dividir, simplificando las cosas, en tres grupos. Por un lado están las europeas, antaño dominantes de los mercados globales, que controlaban todos los nichos, desde el utilitario básico hasta la berlina o deportivo de alta gama y de lujo ostentoso. La llegada de los recortes a las emisiones de CO2 supusieron un duro golpe a su tecnología base, el motor de combustión, y no han sabido reinventarse en el mundo digital. Consorcios como Stellantis, Volkswagen, Renault, Mercedes, Audi o BMW atraviesan problemas muy serios en todos sus mercados y pierden cuota de manera sostenida. Para ellos EEUU era un mercado no principal, si exceptuamos las marcas de lujo alemanas, y esta medida les hará daño, pero no más que otras. Otro grupo de fabricantes son los japones coreanos. Sus coches tuvieron un momento de auge en el pasado y luego sufrieron un estancamiento tecnológico y de ventas, pero la llega de las tecnologías híbridas les vino a ver en forma de maná, y se han ido haciendo fuertes en todas partes. Marcas como Hunday, Kia, Suzuki y, sobre todo, Toyota, reinan ahora en muchos países, y sus modelos lideran ventas de manera clara. Lo del fabricante de los dos óvalos es digno de estudio. Madrid, por ejemplo, es una ciudad en la que Toyota se ha hecho omnipresente, y pese a ser coches caros y estéticamente no muy agraciados (eso me parece a mi, pero es cuestión de gustos) su fiabilidad y economía de uso los convierte en líderes sin discusión. El tercer grupo de fabricantes, los últimos en llegar a la fiesta, son los chinos. No existían hace pocos años y, de repente, con la tecnología eléctrica, se están haciendo con ese mercado sin apenas discusión. Hay muchas marcas que no conozco, pero MG y, especialmente, BYD, tienen cuotas de ventas crecientes, modelos estéticamente espectaculares y una filosofía de coche como lugar de entretenimiento y conectividad a la que los fabricantes europeos no logran acceder de ninguna manera. ¿Podríamos decir que esa secuencia de fabricantes, Europa, Japón Corea y China, establece el pasado, presente y futuro de la automoción? No es tan sencillo, pero algo de eso ahí. Las marcas tratan de invertir en tecnología en un momento en el que no está claro cuál va a ser la supervivencia de los motores de combustión, ni si el eléctrico será el estándar del futuro. Las chinas, que cuentan con un mercado nativo enorme, apuestan al eléctrico con el objetivo de saltarse el paso térmico y optimizar costes, minimizando las tecnologías en las que trabajan, y eso les puede llevar a adelantos como los conocidos hace pocos días, respecto a recargas de baterías en pocos minutos que las pueden hacer plenamente competitivas frente a los tiempos de repostaje a los que se acostumbra en las gasolineras. Frente a todo este ecosistema, tenemos a las marcas americanas, que se pueden a su vez dividir en dos grupos. Por un lado, las de toda la vida, Ford y General Motors, por ejemplo, que se encuentran en una situación muy similar a las europeas, de dilema tecnológico y ventas menguantes. Por otro lado, Tesla, que es la que ha abierto el mercado de los eléctricos allí y en Europa, que hasta hace bien poco era un emblema de modernidad y de, si me apuran, buen rollo, y avanzaba a paso firme en todas partes con coches tecnológicamente muy avanzados y con numerosas pegas en otros aspectos. Tesla parecía la marca global a batir y el gran enemigo para el resto de fabricantes.

Pues bien, las traicioneras políticas de Trump y el desquiciado comportamiento de Musk como su lugarteniente están destrozando la imagen de marca de la automovilística, y es bastante creíble que las caídas de las ventas que registra en todo el mundo se deban a un movimiento en contra del posicionamiento político de un Musk desatado. Se han registrado ataques a concesionarios y circulan por todas partes vídeos de propietarios de Teslas que abjuran de ellos y se ciscan en sus ruedas y en Elon. Los aranceles de Trump no creo que sirvan para mejorar la industria automovilística norteamericana, pero es probable que acaben haciendo daño a todo el sector, allí y en el resto del mundo.