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miércoles, marzo 25, 2026

Manipulación de mercado

El lunes fue un día despiadado en los mercados financieros, con una volatilidad altísima y unas pérdidas y ganancias enormes. La sesión asiática cerró con caídas del más del 3% ante el incremento del precio del petróleo por las amenazas cruzadas entre EEUU e Irán. La apertura europea no fue mucho mejor, con un 2,5% de bajadas en nuestros parqués, pero, pasadas las doce de la mañana, Trump anunció contactos con el régimen de Teherán y el aplazamiento de las amenazas sobre las instalaciones eléctricas. En pocos minutos los índices se giraron completamente, pasando a subir más del 2%, y el petróleo cayó en torno al 10%. Giro de una brusquedad difícil de ver.

Pues bien, a lo largo de la tarde noche del lunes fueron publicándose algunos mensajes en redes que analizaban, con datos de alta frecuencia, los movimientos que habían tenido lugar minutos antes del anuncio de Trump, y se detectaba un patrón llamativo. Se habían producido de manera simultánea, antes del anuncio del magante, compras de futuros al alza en el SP500 de la bolsa de Nueva York y operaciones en corto en el mercado del petróleo, por unos volúmenes de entorno a 1.500 millones de dólares, demasiado para no dejar rastro. Unas operaciones que iban totalmente en contra del movimiento que estaba experimentando el mercado, y que sólo podrían ser beneficiosas si el signo de las cotizaciones se daba la vuelta… y eso es lo que pasó precisamente unos minutos después. Se calcula que los beneficios de esa jugada en el mismo lunes pudieron alcanzar los 60 millones de dólares, una ganancia de esas que te permiten retirarte para muchas vidas. ¿Casualidad? ¿Suerte? Nadie de los que conozco que analizan estas cosas, y que saben mucho más que yo, cree en eso. Todos se apuntan a la idea de la información privilegiada, del chivatazo, de la burda manipulación del mercado. Una jugada en la que algunos, casi con toda seguridad pertenecientes al círculo íntimo de Trump, familiar o no, fueron informados por el magnate de que iba a hacer un anuncio que cambiaría por completo las cotizaciones, y se les advertía de que tenían poco tiempo si querían aprovecharse de ello. Una jugada que parece una trampa colosal en la que unos manipuladores logran estafar a la banca, en este caso a muchos inversores particulares, que estaban actuando, como dictaba la lógica, ejecutando pérdidas ante el miedo por lo que pudiera suceder. Como en un homenaje a Regreso al Futuro II, Trump jugaba con una especie de almanaque deportivo que le permitía saber qué iba a pasar en los instantes posteriores a su anuncio, y que podía decidir cuándo y cómo hacerlo, estaba en condiciones de adivinar el futuro con exactitud y aprovecharse de ello antes de que ningún otro pudiera hacerlo. Jugar con cartas marcadas es hacer trampas, y la sensación general que existe en los mercados, desde hace tiempo, es que Trump ha hecho jugadas de este tipo en varias ocasiones, aprovechándose de que tiene acceso a información que nadie más sabe y a que el impacto de sus declaraciones, mensajes de red social y demás parafernalia mediática que moviliza con esmero es abrumador, planetario. La principal diferencia de lo que pasó el lunes respecto a otros episodios similares está en el volumen de las operaciones desarrolladas y, sobre todo, en la enorme gravedad de los hechos con los que Trump y sus socios estaban jugando. En medio de una guerra en la que muere gente y se destruyen infraestructuras críticas, con el mundo pendiente de las consecuencias de un conflicto que puede generar enormes problemas políticos y económicos, a Trump y cia lo que más parece importarles es cómo sacar tajada de ello, y si eso incluye manipular las bolsas, pues mejor que mejor, más beneficio.

¿Es posible encausar a Trump, o a alguien de su entorno, por lo que tienen todos los visos de ser un acto de manipulación? La SEC es el organismo regulador de los mercados de valores en EEUU, y es una institución seria, pero como todas las del país, ahora vive presionada por la ira de quien se sienta en la Casa Blanca. Es poco probable que se abra la necesaria investigación que los hechos del lunes demandan, y desde luego, vistos los precedentes, más difícil será que alguien se atreva a acusar o a abrir un procedimiento contra la banda naranja. La sensación de impunidad con la que se maneja el poder en Washington por parte de semejantes sujetos está alcanzando grados difícilmente imaginables.

martes, febrero 18, 2025

Criptoestafa en Argentina

El mercado de las criptomonedas es uno de los más peligrosos que existen, pero también de los que más ganancias ofrecen y, por tanto, es el señuelo perfecto para los codiciosos. Un bitcoin no vale nada, más allá de lo que el mercado quiera que valga. Hoy cotiza a 100.000$, mañana podría hacerlo a cuatro veces más o a cinco veces menos, y no habría justificación real de semejantes movimientos, más allá del sentimiento y de lo que los compradores y vendedores de esa criptomoneda hayan pensado. Al calor de estos movimientos, todo lo que suene a cripto puede ser el terreno perfecto para que surjan estafadores que se queden con el dinero de otros.

Eso es lo que parece que ha pasado en Argentina, con la colaboración necesaria del presidente Milei, lo que le otorga al caso una vertiente política. Un grupo de inversores anunció la creación de una moneda cripto y Milei tuiteó a favor de la misma, destacando que era una muestra de la confianza que crece en la economía como consecuencia de sus medidas. Tras eso, inversionistas privados de todo tipo, muchos pequeños ahorradores, decidieron poner su dinero en ese nuevo activo en busca de una rentabilidad soñada. Los creadores de la moneda vieron cómo la cotización de su invento se disparaba y aprovecharon para liquidar posiciones, llevándose una enorme ganancia, y tras ello se vio que allí no había nada. Como en el típico esquema piramidal, pero a velocidad acelerada, signo de estos tiempos, unos pocos espabilados lograron hacerse con el dinero de una masa de incautos y, tras ello, se escaparon, dejando deudas y enfados. Milei tuvo que volver a salir a la palestra, otra vez en redes sociales, diciendo que no conocía los detalles de la operación financiera (que antes sí había avalado) y que no tenía nada que ver con ella, pero es evidente que si algo viene con un marchamo de oficialidad, aunque esa oficialidad la detente un sujeto como Milei, va a tener un recorrido mucho mayor que sí es una mera iniciativa privada entre otras muchas. ¿Se ha llevado Milei dinero de esta estafa? ¿Lo ha conseguido alguno de sus asesores o colaboradores cercanos? ¿Es esta estafa un ejemplo de corrupción política? Esas preguntas deberán ser respondidas por los tribunales argentinos, tras la presentación de un montón de demandas exigiendo explicaciones y la devolución de un dinero que, me temo, ya ha volado con los mangantes que lo recaudaron, pero supone ya todo un escándalo para el gobierno libertario del país, que se ve mezclado en unas prácticas corruptas muy clásicas, aunque se utilice para ello a una innovación como es el mercado cripto, y pone en entredicho la legalidad de alguna de sus acciones y miembros. En todo caso, y más allá de lo que suceda en Argentina, las posibilidades de que se den estafas en el mercado de las cripto es elevada, porque más allá de alguna de las “monedas” famosas como puedan ser Bitcoin o Ether, que se han convertido en tinglados de tal dimensión que son agentes económicos sistémicos, cada dos por tres surgen nuevas criptos avaladas por personajes públicos o empresas de dudosa solvencia, sombrío futuro y ausencia total de sentido. El mecanismo de todas ellas es el mismo que el visto en Argentina. Comunicación a la masa de la creación del nuevo activo por parte de alguien con relevancia social, con tirón. Entrada de dinero por parte de ahorradores particulares en busca de rentabilidad, disparo inicial de la cotización del activo tras esa entrada de dinero, venta de las posiciones en el activo de los que lo crearon, en el momento de máxima valoración del mismo, y desplome posterior cuando se ve que no hay nada que respalde al activo y que sus creadores han volado. Trump mismo ha creado sus propias memecoins y es fácil imaginar que se esté forrando realizando movimientos ilícitos de este tipo, sacando los cuartos a un montón de incautos que creen en él.

En general, el mercado cripto no está regulado, no hay una SEC o CNMV que controle a los operadores que allí se mueven y garantice al ahorrador que si mete su dinero ahí lo podrá sacar. La creación a principio de 2024 de ETF, fondos cotizados, sobre Bitcoin, fue la primera oportunidad de comprar un producto basado en criptos que sí cuenta con garantías regulatorias, pero si usted acude a una operadora que compra o vende bitcoins, u otro tipo de cripto, nadie le garantiza que eso que se supone que tiene sea lo que dice ser. Es un mercado desregulado, salvaje, en el que el que no corre vuela, y junto a inversores y creyentes en una tecnología hay estafadores, pícaros, oportunistas y espabilados. Ándese con ojo, mucho ojo, en ese mundo.

lunes, abril 24, 2023

Contra la autoayuda

Ayer, tras los años de pandemia y la granizada del pasado, se pudo celebrar en plenitud el día del libro en Barcelona, y en el resto del país. Millones de ejemplares y rosas se vendieron, generado una altísima facturación, y llenando algo los corazones de la gente, porque me acusarán de ñoño, pero me parece insuperable que se regalen flores y libros, que son bellos y útiles, historias que ayudan a sobrellevar el día a día y, como dice Garci de las películas, otorgan una vida más, te permiten vivir otra vida además de la que tienes, de la que no puedes escapar si no es a través de páginas escritas.

En las ventas de ayer debieron triunfar como siempre novelas de todo tipo, seguro que dominadas por el omnipresente género negro, y en el mundo del ensayo arrasaría la temática de autoayuda que, desde hace un tiempo, domina los escaparates de todas las librerías. Las editoriales son listas, viven de vender, y saben que muchos de nosotros estamos atribulados, tensos, sumidos en problemas y con angustias, y han descubierto que pueden forrarse vendiendo supuestos recetarios de ayuda envueltos en cobertura de filosofía y bienestar. La moda de este tipo de textos comenzó ya hace unos años en EEUU, dónde si no, pero ha explotado por completo entre nosotros con una cantera de escritores patrios que se están haciendo de oro. ¿Qué venden? Poco más que nada. Sea cual sea el título y temática escogida, la receta es la misma. La vida es lo que tú deseas que sea, si quieres puedes, se optimista, ante todo, y sonríe sin cesar ante los males que puedan surgir. Si aderezamos esto con unos toques de filosofía clásica, ahora se ha puesto de moda el estoicismo, y le echamos el típico barniz de sabiduría oriental que nunca puede faltar para otorgar un halo de trascendencia a todo tenemos el producto perfecto, el maravilloso caramelo envuelto en celofán brillante que acude presto a endulzar las vidas de quienes tienen amargor de sobra. Ahora que no me oye (o lee) nadie, les diré que todo esto es una monumental estafa que no soluciona ninguno de los problemas que dice abordar. Los problemas son ciertos, pero estos escritos no van a solucionarlos de manera alguna. Es más, son contraproducentes, aumentan el problema ¿Por qué? Por la manía absurda que domina nuestra infantil sociedad de asociar la voluntad de hacer las cosas con el éxito a la hora de lograrlas. Querer que pase algo y actuar en esa dirección puede ayudar a conseguir un objetivo (o no) pero en ningún caso es garantía de que eso suceda, y el que muchos pongan todo su empeño en algo y no lo consigan se puede convertir en una inmensa fuente de frustración añadida cuando el fracaso llegue y los que lo han cosechado se pregunten el por qué, si le han puesto todas las ganas del mundo. Sólo uno queda primero en una carrera, por mucho que todos hayan entrenado con todas sus fuerzas, métodos y planificaciones. Si el objetivo es desarrollar la carrera habrá más satisfechos que si el ansia era ganar, pero el deseo de lograrlo debe estar unido a un gran sacrificio, a una disciplina, a una dedicación enormes, y aun así las garantías de que el objetivo logrado se alcance no existen. No. Y mucho menos cuando ese objetivo no depende en exclusiva de nosotros, sino de fuerzas o personas ajenas. Luchar contra la enfermedad es algo que se reitera mucho, pero superar un cáncer depende, sobre todo, de la pericia médica, de la eficacia del tratamiento y de la carga genética que llevemos en nuestro cuerpo, todo ello muy poco dependiente de las ganas que tengamos de que el cáncer remita. Se está llegando al absurdo, a la indecencia, de acusar a muchos de no conseguir lo que buscan porque no lo desean con la fuerza suficiente, todo ello dicho por vendedores de crecepelos de autoayuda forrados que saben hasta qué punto es falsa la receta que dispensan, tanto como crecientes son sus ingresos.

En momentos de angustia, las personas se agarran a todo lo que puedan ver como una tabla de salvación, lo sea o no, y los vendedores de tablas falsas hacen su agosto en esos momentos. Pareciera que la autoayuda se ha convertido en la nueva oración, en una especie de recurso al pensamiento mágico para que, una vez que hemos acabado con el Dios religioso, el dios que somos cada uno de nosotros nos conceda lo deseamos. Es puro chamanismo envuelto en modernidades que le otorgan prestigio, y réditos. Que estos títulos arrasen en venta es el síntoma de un problema, no encierran la solución de ninguno salvo, claro, el saldo monetario de quienes los escriben y venden.

miércoles, enero 05, 2022

Elisabeth Holmes, condenada

Con la sentencia condenatoria de ayer, a numerosos años de cárcel, termina, de momento, uno de los casos más interesantes que ha habido en la historia de las estafas económicas en los tiempos modernos, en los que se han juntado casi todos los ingredientes que uno puede imaginar fruto de la mente de los guionistas televisivos. Si me apuran, poco ha salido el tema sexual, pero no dudo que, cuando esta historia sea llevada a la pantalla, se introducirán algunas escenas subidas de tono, como aderezo a un pastel cargado de ambiciones, mentiras, millones y promesas incumplidas, y todo en la meca de la tecnología de Silicon Valley.

Elisabeth Holmes, la protagonista, es una mujer rubia, bella, de mirada penetrante asentada en dos ojos que quitan la respiración. Hija de pudiente familia, empieza sus estudios de química en una de las universidades de la Ivy League norteamericana, esas que salen en todas las películas con campus preciosos y los mejores contactos del mundo para enriquecerse y poder pagar sus matrículas, pero al poco de empezar la carrera la hija de los Holmes cree que puede hacer mucho más. Imbuida por el sueño del emprendimiento se desplaza a California y monta una empresa tecnológica, una startup, que allí florecen como setas tras las lluvias otoñales, pero no dedicada a la información o los datos, sino al aún incipiente sector de la tecnología sanitaria. Con los estudios científicos que posee, escasos, desarrolla una máquina que, mediante una simple extracción de una gota de sangre, es capaz de realizar un diagnóstico de un montón de enfermedades, el sueño de la biopsia líquida tan anhelado por muchos, permitiendo así detecciones tempranas de cánceres y otros males. La máquina es un sistema de autodiagnóstico siempre disponible para el que la compre, en esto sí que se mostró adelantada a su tiempo, y promete una revolución en la medicina preventiva. Llama a su empresa Theranos, y con su máquina milagrosa, empieza a desarrollar rondas de financiación, entrevistas y exposiciones a inversores de todo tipo ávidos de depositar sus ahorros o los de los que gestionan en proyectos que puedan ser rentables en el futuro. Las posibilidades del invento de Holmes llaman mucho la atención, y empieza a llegar dinero a la empresa, mucho dinero. Ella se va transformando, adopta una pose al estilo Steve Jobs, enfundada en jerséis negros de cuello alto de los que sobresale su bello rostro y rubia cabellera, y despunta como emprendedora y gurú. El valor se calienta, las cifras alcanzan los cientos, miles de millones de dólares, y Holmes acapara portadas de revistas, reuniones con mandatarios y famosos, y se convierte en una estrella. Ha nacido una nueva joya fruto de la infinita cantera de valor del valle prodigioso, la historia es un éxito de esos que se estudian en las escuelas de negocios y la marca Holmes comienza a ser conocida en todo el mundo, asociada en todo momento a su hierático y cautivador rostro. Cuando las cifras de inversión se acercan a los nuevo mil millones de dólares, sí, sí, nueve mil millones, empiezan a surgir filtraciones del entorno de la empresa diciendo que pasan cosas raras, que las máquinas no funcionan, que eso que se vende no es real, y algunos periodistas de investigación, de los de verdad, comienzan a trabajar en torno a algo que les parece tan raro como imposible de ser anómalo. Pero en su trabajo de escarbar la realidad descubren una sombra que no esperaban, no un Balrog escondido en el fondo de Moria, pero sí una estafa de idénticas proporciones. Theranos vende humo, Holmes vende humo. La máquina no existe.

Todo era una enorme mentira basada en la capacidad de Elisabeth de relatarla y la credulidad de los que la compraban. Desgraciadamente no existe hoy en día la tecnología necesaria para hacer lo que ella prometía, menos hace años cuando ella la subastaba por cifras astronómicas. La estafa de Theranos arruinó a no pocos, destruyo esperanzas y sueños, y supuso la constatación de que el fraude puede darse en todas partes, tanto donde uno se lo espera como en la meca de la tecnología, y es posible que sea encarnado por una belleza de ojos tan llamativos y de mirada tan profunda como falsa. El caso Holmes lo tiene todo para ser digno de estudio, y por eso su juicio ha sido casi retransmitido en directo en EEUU. Es de lo poco que ha sido cierto en toda esta historia.

jueves, abril 22, 2021

Entre pillos anda el juego

Se ha hablado mucho estos días del acuerdo de un grupo de millonarios, responsables de unas empresas de enorme facturación y privilegios, para montar una asociación privada entre ellos, con objeto de generar aún más ingresos y repartírselos, y así incrementar sus ganancias. Este acuerdo supondría, obviamente, la reducción de ingresos para aquellos que no formasen parte del acuerdo y los que gestionan las actuales relaciones entre todas las empresas de este sumamente privilegiado sector, por lo que habría algunos millonarios que se verían perjudicados, y no pocos de los que viven de las comisiones que sacan a todo este grupo de potentados también se verían perjudicados. Parece que, finalmente, el acuerdo anunciado no va a salir adelante.

Vivimos en una sociedad que tiene muchos absurdos, que son incomprensibles, que se me hacen cuesta arriba, pero frente a los cuales lo único que queda es asumirlos y tratar de que no influyan demasiado en la vida de cada uno, porque hagas lo que hagas ahí seguirán. Uno de ellos es la admiración absoluta ante el deporte, y el encumbramiento de los deportistas a categoría de mitos absolutos, de semidioses. Y entre ellos, por encima de todos, los que se dedican a dar patadas a un balón y a las piernas del de enfrente, que son tratados de una manera que a muchos dioses les gustaría sentir. Ese mundo de los pegapatadas se ha convertido en una de las mayores industrias del mundo, generando unas facturaciones que se miden en miles de miles de millones de, pongamos, euros, y que ha enriquecido hasta el absurdo a personajes cuyos méritos personales son escasos, siendo generoso, y a todo un ecosistema generado en su entorno cuyo fin es capturar rentas y vivir a costa del fabuloso negocio montado. Todo ello, obviamente, con la absoluta alabanza de todo tipo de autoridades, que ven en esos espectáculos una vía para promocionarse ante votantes y así conseguir ser más elegibles. Los privilegios que tienen las sociedades deportivas en nuestros países son enormes, pero los grupos de pegapatadas a balones se encuentran en el más allá. Son constantes los casos de fraude, corrupción, estafa, evasión de impuestos, blanqueos, por no hablar de acusaciones relacionadas con las drogas, apuestas ilegales y todo tipo de delitos que uno pueda imaginar en las que día tras días aparecen figuras míticas que persiguen el balón o lo han hecho hasta hace muy poco. Del uso de sustancias dopantes mejor no hablar para no ser reiterativos. Escasas son las condenas, infinitos los defensores que surgen y tratan de comprender y enmascarar los delitos que, cometidos por otros, son criticados hasta el extremo y vilipendiados por la sociedad. Pero no, para los del mundo ese del balón la bula es total. Quizás porque, además de que a mucha gente, de manera incomprensible, eso le gusta, tampoco son pocos los que tratan de sacar tajada de ese negocio, llevándose algunos euros, o muchos, que puedan caer de los que tan alegremente se mueven en ese mundo. Las jefaturas de los clubes de pegapatadas han sido cooptadas por personajes de lo más siniestro, entre los que abundan jeques de dudosa procedencia, oligarcas del este y empresarios nacionales que pasarían cualquier casting a la hora de figurar en sucesivas entregas de películas de mafiosos. Esos gerentes, y los pegapatadas empleados que tienen a sueldo de marajá, saben que su mundo se sostiene gracias al enorme volumen de dinero que genera, a las voluntades que con él son compradas y al engaño que se hace de continuo con las ilusiones de millones de aficionados que parecen creerse eso de “los colores” el “sentimiento” y demás argucias de marketing perfectamente diseñadas para vaciar los bolsillos de todos aquellos que por ese seductor lenguaje han sido abducidos. Este es, de manera muy breve, el contexto en el que se mueve este negocio de las patadas al balón.

Por eso, que en ese mundo un grupo de los más ricos entre los ricos haya decidido que pueden ser aún más ricos haciendo al resto menos ricos es algo que no me parece ni novedoso ni sorprendente ni nada de nada. De hecho es lo que sucede en todo negocio empresarial cuando algunas marcas triunfan y absorben a otras, las compran y crecen en tamaño. Unos ganan y otros pierden, nada más. De lo único que se trata en este negocio, como en todos los demás, es de dinero, de ganar dinero. Porque es un negocio, nada más. Y que algunos de los millonarios que iban a salir perdiendo aludan a otros “valores” para defender sus cuotas de poder e ingresos no es sino una nueva muestra de hipocresía, de la que el mundo de los pegapatadas está tan llena como de fajos de billetes.

viernes, mayo 12, 2017

Bankia y el papel del regulador

Ayer el juez Fernando Andreu dio por concluida la instrucción del caso Bankia, otra muestra de que, lenta pero segura, la justicia avanza, y redactó un escrito solicitando penas y preparándolo todo para la apertura del juicio oral. La cúpula de la entidad corre con todas las acusaciones posibles, encabezada por Rodrigo Rato y Jose Luis Olivas, este último expresidente de la valenciana Bancaja, una de las piezas que formaron el Frankenstein bancario. En su escrito, Andreu exime de culpa a dos instituciones muy relevantes, el Banco de España y la Comisión Nacional de los Mercados y Valores, la CNMV, y creo que ahí se equivoca estrepitosamente.

Una democracia, y una economía de mercado, requieren de instituciones fuertes y solventes. Hasta los fanáticos más acérrimos del liberalismo saben que son imprescindibles unas instituciones mínimas que, por ejemplo, velen por el cumplimiento y defensa de los derechos de propiedad. La dimensión y el alcance de dichas instituciones es objeto de debate desde hace siglos y, aparecer, de imposible acuerdo, pero es innegable su importancia. En economía, el papel de los reguladores es aún si cabe más importante, porque en todo momento en el mercado se encuentran agentes que poseen distintos grados de poder, incentivo, motivación e información. Si estos reguladores no hacen bien su trabajo será inevitable que unos acaben estafando a otros. Y la solidez, independencia y coherencia del regulador nos dirá mucho sobre la calidad de esa economía de mercado, de hasta qué punto es algo así o se parece más a un casino o a lo que también se conoce en la literatura, y no sólo ahí, como capitalismo de amiguetes. Si quieren leer algo ameno e instructivo al respecto, no se pierdan “Por qué fracasan los países” de Daron Acemoglu, James A. Robinson, una joya de libro. Pues bien, el caso Bankia es un ejemplo, también de libro, de fallo de los reguladores, de fracaso en su papel de vigías y controladores en todos los puntos en los que debían haber estado atentos y les correspondía por sus competencias. A quien más culpa se le puede atribuir en todo esto es al pobre Banco de España, cuyos inspectores ya advirtieron que las cuentas de Bankia eran menos creíbles que las charlas homeopáticas, y que era altísimo el riesgo de quiebra de una entidad a todas luces inviable. Esos avisos, que circulaban por el caserón de Alcalá, no fueron escuchados por los directivos de la entidad, prestos al servicio del gobierno de turno y, si fueron oídos, se olvidaron con la misma velocidad con la que el dinero se perdía en la antigua Caja Madrid. Una vez que el Banco de España da su incomprensible visto bueno, entra en escena la CNMV, al producirse la salida a bolsa de la entidad. No éramos pocos los que decíamos que eso era un disparate, y que iba a arruinar a los que, pobres, cayeran en esa trampa. Es labor de la CNMV proteger al pequeño accionista no de las pérdidas, porque el riesgo es de quien se mete en la bolsa, pero sí de las estafas, cuando se vende como sólida y segura una acción de una entidad que estaba en la quiebra. Se admite ahora que el folleto explicativo de la salida a bolsa estaba lleno de inexactitudes, datos falsos y mentiras enormes, que en definitiva era un bulo para captar a ingenuos y desplumarles en la esperanza de que fuera su dinero el que salvara a la entidad y, por supuesto, a sus dirigentes. Y ante semejante riesgo, la CNMV no hizo nada, Avaló todo el proceso, le dio una aura de seguridad y permitió que pequeños (y no tanto) accionistas cayeran en la trampa de Bankia. Tanto por acción como por omisión, los dos organismos reguladores fracasaron en sus labores, no hicieron lo debido, contribuyeron a aumentar aún más la dimensión del problema, y perdieron gran parte de su imagen y prestigio en el desastre que se produjo pocos meses después del inicio de cotización de la entidad.

Por ello, es incomprensible e injusto que ambas instituciones no sean acusadas en el escrito de instrucción, porque su parte de culpa tienen, y no poca, en todo lo sucedido. Seguramente fueron presiones políticas de primer nivel las que les obligaron a actuar así, pero aunque eso explique lo sucedido, ni las justifica ni, desde luego, exculpa. La acusación popular, con Andrés Herzogg a la cabeza, ya ha dicho que va a recurrir el auto para que esos dos organismos se sienten también en el banquillo, den explicaciones claras y se enfrente a la justicia, para que esta decida las penas que les corresponden por su negligencia y traición a la trascendental labor que tienen como partes fundamentales a la hora de crear mercado y delimitar sus funciones. El fallo institucional de Bankia fue de primera magnitud.


El lunes 15 es fiesta en Madrid y me cojo de vacación el martes 16. Si no pasa nada raro, nos leemos el miércoles 17, con los previstos calores de mayo

viernes, noviembre 27, 2015

Estamos tontos con el Black Friday

Nos lo meten por los ojos y, sin protesta alguna, nos lanzamos como posesos a por ello, tenga sentido o no. Hace unas semanas ya se vivió en Madrid una situación digna de estudio con la inauguración de la tienda de Primark, que revolucionó la Gran Vía durante semanas, todo por acceder y comprar en una tienda de ropa, algo que a mi se me escapa por completo. No se si hoy las colas serán muy grandes o no, pero como se celebra el Black Friday muchos se lanzarán a comprar atraídos por grandes descuentos que, en muchos casos, esconden mayores engaños.

No saben la mezcla de pena y risa que me produce todo esto. Resulta que en EEUU esta festividad consumista, una especie de extraño postre de la cena de acción de gracias, empieza a perder fuelle porque la compra por internet y el cambio en las costumbres hacen que las ofertas sean continuas, por lo que la significatividad de este día, allí, ya no es la de antaño. Pero da igual, aquí no tiene sentido alguno ni conceptual ni festivo ni lingüístico, pero la cartelería de un montón de tiendas de todo tipo exhibe enormes anuncios negros en los que las palabras “black Friday” incomprensibles para muchos ciudadanos, gritan desde ellos llamando a un consumo desaforado. Y lo más sorprendente es que, a lo mejor, funciona. Oí ayer que se estima en 200 euros de media lo que cada español se va a gastar este día, especialmente en ropa y productos tecnológicos, y al escucharlo pensaba que alguien va a tener que arruinarse un poco porque mi aportación a este día va a ser completamente nula. ¿Cómo funciona esto? ¿Por qué en apenas un par de años hemos importado esta extraña costumbre, carente de sentido tanto allí como aquí? No lo se, no me lo explico, y no salgo de mi asombro. Hay algunos que relacionan este fenómeno con lo que ha pasado con Halloween, fiesta anglosajona que, sospecho, ya es propia del todo, y cuyo éxito se extiende cada vez más por todo el mundo. Nos gustan las fiestas y, como tenemos pocas, importamos más para no descansar ningún día. Están también los que hablan del poder de los medios de comunicación, de lo que te enseñan las películas y series, de la vida que te venden y uno compra en un pack conjunto que incluye casa en el extrarradio, coche elefantiásico y estilo de vida, fiestas incluidas. ¿Acabaremos celebrando la cena de acción de gracias por estos lares? Quizás sí, porque nuestra capacidad de imitación, aborregamiento y seguidismo sólo es comparable a nuestra incultura. Ya saben los que me conocen que no soy un gran amante de las celebraciones tradicionales, ni las propias ni las ajenas, me parecen en general una muestra de folclore propio de otras épocas en las que la representación social, el figurar ante los demás y al cohesión de las comunidades rurales frente al extraño eran básicas para defenderse. No procesiono en Semana Santa, ni me acerco a la pradera en San Isidro, ni me visto de arrantzale para hacer unos bailes ni nada por el estilo. Son tradiciones curiosas, cierto, pero las veo con una cierta sensación de extrañeza. Y si eso me pasa con cosas que, año tras año desde que estoy vivo, se repiten sin cesar, qué no les diré con tradiciones de apenas un par de ejercicios, que son vividas con pasión por parte de un montón de personas, que bailan sardanas y chotis agarrados, o no, pero que se lanzan como posesas a las puertas de los grandes almacenes para comprar, cosa que me asombra hasta un punto que no son capaces de imaginar. No le encuentro sentido alguno.

Sea porque nos lo han metido o porque de buena gana lo hemos aceptado, hemos convertido el consumo en la religión del momento, a los centros comerciales en sus catedrales, a los dependientes en sacerdotes y al bien, a la ropa, al objeto de compra, en la hostia consagrada con la que comulgamos. Guardamos cola ante las puertas de la tienda como fieles creyentes ente el templo, con una devoción equivalente, y al abrirse la barrera corremos gritando Aleluya!!! Y compramos, y gastamos, y nos dejamos el dinero sin control alguno. Y los sacerdotes de esta religión y sus congregaciones no dejan de enriquecerse. Que venga el Dios mercado y lo vea.


Subo a Elorrio este fin de semana, lunes incluido. Si no pasa nada raro, hasta el Martes 1 de Diciembre de, este que ya se acaba, 2015

martes, septiembre 29, 2015

La locura del caso Volkswagen

Aprovechen la oportunidad. Hoy los periódicos y medios en general hablan de Marte. A ver si mañana les puedo comentar algo de esa noticia, importante, que constata que hay agua bajo la superficie, pero como la semana pasada no pude escribir nada, no me resisto a darles hoy algunas opiniones sobre el llamado caso Volkswagen, el trucaje de los motores diésel, la estafa asociada y el desastre que para esa marca, la imagen de Alemania y las implicaciones para la regulación económica tiene el asunto, que es de una trascendencia tan grande como parece, e incluso más.

Alemania lo hace todo a lo grande. Cuando crece, como ninguna, cuando batalla, genera guerras mundiales, y cuando estafa, deja las trampas de los países del sur de Europa convertidas en inocentes timos del tocomocho. Lo de Volkswagen es una estafa en toda regla, porque no deja de ser un acto premeditado para falsear uno de los valores en alza de los vehículos, su carácter poco contaminante, por el que se reciben subvenciones, descuentos fiscales y otra serie de ventajas, además de un aura de marca que es bien vista por el consumidor. Ese engaño, multiplicado por los millones de coches sobre los que se ha practicado, ha inflado las cuentas de la compañía de una manera fabulosa, y lo más triste de todo es que ni siquiera hubiera hecho falta que Volkswagen hiciera trampas para forrarse. Ya el año pasado se convirtió en el primer fabricante mundial de vehículos, superando a Toyota, estando ambas marcas por encima de los cinco millones de unidades vendidas. Una barbaridad. La fiabilidad de la empresa estaba, como las de todas las de ingeniería alemana, en lo más alto, y solamente citar las marcas comerciales de Volkswagen y del resto de automovilísticas germanas supone, para muchos, recitar un mantra de ensueño que evoca distinción, poder, calidad, clase y estatus. Pues bien, parte de esa nube de irrealidad, que posee un valor inmenso, se ha evaporado al conocerse la dimensión y detalles de la estafa, que puede suponer una enorme herida en las cuentas del imperio de Wolfsburg no sólo en lo que hace a indemnizaciones, reparaciones y pleitos judiciales, que los habrá y en cantidades industriales, sino sobre todo el daño se lo va a llevar ese intangible tan difícil de crear y de mantener, que es la marca, ahora herida y dañada. Como aspecto positivo, y frente a la velocidad de reacción a la que estamos acostumbrados en España ante la aparición de los escándalos (nula) en una semana ha dimitido el presidente de la empresa y la entidad ha admitido que realizó prácticas incorrectas. La frase “la hemos cagado” pronunciada por el jefe de la empresa en EEUU, y que no hemos escuchado nunca a empresas o partidos políticos en España (y no faltan motivos para declamarla casi a diario) es una mínima, pero válida, prueba de que se quieren hacer las cosas mejor, y desde luego es el mejor primer paso para poder abordar una crisis de este tipo. Pero está claro que el caso Volkswagen va para largo, tendrá enormes costes en la industria automovilística de todo el mundo y, en lo que nos toca, ensombrece el futuro de las plantas de Landaben (W) y SEAT en Martorell, que pese a lo que se anuncia en público de garantías de inversión, hacen bien en temer futuros recortes ya que el impacto en la cuenta de resultados de la empresa promete ser, realmente, bestial.

Y más allá de la empresa, hay una lección que, otra vez, este caso nos revela, y que ya vimos cuando la banca se desmadró en la crisis de 2008. El mito de la autorregulación no funciona. Las empresas y todos los demás agentes, en un mundo de información imperfecta, el mundo real en el que vivimos, están tentadas a engañar y hacer trampas, y el regulador debe evitarlas. En este caso, otra vez, ha sido la investigación llevada a cabo en EEUU, y no en Europa, la que ha permitido descubrir la trampa. Nunca me cansaré de repetirlo. La economía debe ser lo más abierta y libre posible, y el regulador lo más eficiente, preparado y severo, para evitar que un jardín se convierta en una selva. Como a Volkswagen lo han cazado, sabemos de su trampa. Sino no. Y ese mensaje debiera calar muy hondo en todos los agentes del mercado.