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lunes, junio 22, 2026

Starmer, amortizado

La capacidad de la política británica para destrozar liderazgos es asombrosa. Su queman figuras a una velocidad que parece muy superior a la que se crean, y uno tras otro, da igual la ideología, van cayendo en la pira que es la dirigencia de aquel país tras el Brexit, del que ahora se cumplen diez años. Está a punto de cumplirse el segundo aniversario de la arrolladora victoria de Keith Starmer al frente del laborismo en las elecciones de 2024. Tras la debacle conservadora, y es muy probable que hoy mismo el primer ministro presente o su renuncia o un calendario que acabe llevándole a ella en un breve plazo. Starmer ha pasado de ser una esperanza para el país a un lastre para los suyos, que se lo han cargado en una revuelta interna despiadada.

Su más que probable sustituto es Andy Burnham, hasta hace no mucho alcalde de Manchester, y que hace pocos días conseguía un escaño en el parlamento de Westminster al presentarse por un distrito que tocaba renovar en el que el candidato laborista renunció para dejar que Burnham se presentase. Al parecer es condición necesaria que el candidato a primer ministro en Reino Unido sea miembro del parlamento elegido, cosa que no sucede en España, y Burnham, que encabezaba la oposición a Starmer, estaba fuera de la bancada parlamentaria. Su elección abrumadora ha supuesto un mini referéndum sobre su figura entre las bases laboristas y ha dejado claro que no están con Starmer, por lo que la posición del primer ministro se ha debilitado de una manera que se considera ya irreversible. Si Starmer dimite el parlamento votaría la candidatura laborista de Burnham y, dado que poseen mayoría, accedería al cargo, en un movimiento similar a los muchos que se dieron durante el agitado mandato conservador de 2020 a 2024, donde se sucedieron en el cargo Borish Johnson, Theresa May, Lizz Trust y Risy Shunak, siendo sólo el desquiciado Johnson el que se presentó a las elecciones. La legitimidad del poder en un sistema parlamentario la otorga la cámara, por lo que todos los anteriores fueron primeros ministros válidos, como lo será Burnham si accede al cargo de esa manera (o como lo fue Sánchez aquí tras la moción de censura, o como lo sería alguien si ganase una moción de censura presentada contra Sánchez). Starmer ha sido devorado por la realidad y algunos errores propios. La realidad le ha devorado por tres frentes. La economía, que no acaba de despegar en un país que sigue sin ser consciente de su progresivamente menor tamaño en la economía global, la relación con EEUU, totalmente desarbolada tras la llegada de Trump a la Casa Blanca, y el problema de la inmigración, que deriva cada cierto tiempo en episodios de inseguridad, reales, hábilmente explotados por los populistas ultranacionalistas, que no dejan de subir en las encuestas. Starmer logró una amplia mayoría en las elecciones de hace dos años, pero ha sido incapaz de domesticar estos problemas, quizás en parte porque no sea posible hacerlo. Entre los errores propios son destacados varios nombramientos que han salido rana en puestos de su ejecutivo y aledaños, minando su imagen de gestor y, sobre todo, lo relacionado con el caso Epstein. Las revelaciones vinculadas al pedófilo y a su círculo de influencia han causado, curioso, mucho más revuelo en Reino Unido que en EEUU, y la figura de Starmer, que no tuvo relación con el caso, ha quedado ligada a él a través de Peter Mandeloson, figura icónica del laborismo británico, embajador del país en EEUU, y que sí que participó en cosas feas de las de Epstein, con el conocimiento relativo de un Starmer que nunca ha aclarado lo suficiente por qué mantuvo su confianza en Mandelson cuando ese escándalo estaba teniendo lugar. Explicaciones vagas, excusas, cambios de versión (¿les suena?) han ido minando la credibilidad de Starmer entre la opinión pública y más entre los propios, que han pasado de verle de un dirigente valioso a un foco de problemas. Quizás hayan pensado eso de “muerto el perro, se acabó la rabia” y han considerado que liquidar a Starmer es la mejor manera de evitar todos los problemas que a él se asocian, y durante un tiempo así será, pero visto lo visto, ¿cuánto puede durar el liderazgo de la nueva figura laborista? No apuesten por demasiado tiempo.

Lo cierto es que, visto desde aquí, me da una cierta envidia lo sucedido entre las filas laboristas. Han descabalgado a su líder porque lo ven incapaz y fracasado, no condicionados por el cargo que cada uno de los sublevados desempeñase en el partido o gobierno. Ha habido dimisiones internas, renuncias, declaraciones de protesta acompañadas de hechos prácticos, etc. Desde la partitocracia dictatorial que se vive entre nosotros, donde el líder, aunque esté atrapado en todo tipo de casos de corrupción, no es capaz de ser cuestionado por los miembros de su partido pase lo que pase, resulta envidiable la sensación de libertad que se disfruta en la política británica. Quizás ellos sí se lo creen, quizás son válidos y saben como sacarse la vida sin recurrir a la usurpación del cargo público. Da que pensar, ¿eh?

lunes, mayo 11, 2026

Debacle laborista en Reino Unido

Sir Keith Starmer fue elegido primer ministro de Reino Unido en julio de 2024, en breve se cumplirán dos años. Al frente de una versión moderada del laborismo, recogió el gobierno tras la debacle conservadora en la que se sucedieron mandatarios errando uno tras otro. Cosechó una amplia mayoría absoluta en el parlamento de Londres y puede que sea el mandatario europeo que goza de mayor comodidad a la hora de presentar proyectos a las cámaras y de hacer su trabajo. Pues bien, a un par de meses del segundo aniversario, su figura ya es una sombra de la que fue y tiene pinta de estar tan achicharrado como sus predecesores, aunque la línea ideológica de estos fuera la opuesta.

Parte de su derrumbe no es achacable a él mismo, sino a una economía como la británica, que al igual que el resto de las occidentales, no carbura como antes en un mundo en el que perdemos preponderancia, y eso lo nota el ciudadano de a pie en forma de precios más altos, carestía general, vivienda inasequible, salarios que no son capaces de soportar estos ascensos y competencia apabullante por parte de Asia, sea China o no. La llegada de Trump tampoco le ha ayudado nada, sino más bien todo lo contrario. Por motivos obvios, UK es el país europeo que posee la relación más estrecha con EEUU, de ahí que si en Washington hay tormenta en Londres no puedan evitar mojarse. Esa relación especial, como la llaman, sufre la misma crisis que la que vivimos los demás países occidentales con el gigante norteamericano, pero en el caso de UK los intensos y constantes vínculos entre ambas naciones amplifican el problema. Ver cómo desde el despacho oval se pone a parir al primer ministro británico es inaudito, y para el inquilino de Downing Street es algo para lo que no hay manual, dada su profunda anomalía. El resto de los problemas sí son achacables a Starmes y su partido, empezando por el incumplimiento de promesas económicas y sociales, lanzadas con la frivolidad habitual de las campañas electorales, que luego se estrellan contra unas cuentas públicas endeudadas que apenas son capaces de superar la prueba de los intereses de la deuda. El bono británico a diez años cotiza a unos tipos que superan ampliamente el 4%, bastante por encima del nuestro, y eso es una losa para las finanzas del país. Esos bonos que tiraron a la incompetente Lizz Truss a la basura a la par que se caducaba aquella famosa lechuga miran con el mismo recelo a Starmer y, sin ponerlo en la picota, lo amenazan día y noche. Las consecuencias del escándalo Epstein también le han perjudicado mucho. El gobierno nombró de embajador en EEUU a Pater Mandelson, un todopoderoso del laborismo, a sabiendas, como se ha conocido después, de que mantuvo una relación con Epstein, que luego ha salido en los papeles del pederasta, con frecuentes visitas a la isla de los horrores. No está claro si Starmer sabía todos los detalles, pero sí que era conocedor de esa relación entre el poderoso Mandelson y el sucio Epstein y, a pesar de todo, siguió adelante con el nombramiento. Eso es algo más que un error, y desde hace semanas, muchas, la sombra de este caso persigue al primer ministro con saña, sobre todo después de que Mandelson fuera cesado y, metido ya en sus propios líos, dejara de ser parapeto para el ejecutivo. En fin, un montón de hechos que han contribuido a que la figura del laborismo, y de Starmer como representante máximo del mismo, se hayan deshecho a una velocidad asombrosa. Curiosamente, o no, esto no ha servido para que los conservadores recuperen algo del prestigio perdido tras sus debacles. No, siguen sumidos en las sombras y, la verdad, con una perspectiva como partido y máquina de gestión del poder, realmente preocupante. La posibilidad de que el conservadurismo británico acabe siendo una formación anecdótica es, ahora mismo, algo más que una conjetura. Otro de esos hechos insólitos que cuesta creer aunque se vea.

El ganador de todo este tumulto es, se lo imaginan, el populismo, encarnado en UK por Nigel Farage y otra serie de personajes, a cada cual más inquietante. Al frente del Reform UK, ha obtenido un triunfo sonado en las municipales celebradas el pasado jueves, alcanzado miles de concejales y superando en intención de voto claramente a las dos formaciones clásicas. Con un mensaje anti inmigratorio duro, nacionalismo económico de garrafón y muchas dosis de demagogia, los de Reform han dado el golpe sobre la mesa que auguraban las encuestas y pueden convertirse en la primera formación política del país sin muchas dificultades. Starmer se ha negado a dimitir tras la derrota, pero crece la presión contra él en sus propias filas. Ya ven, para uno que gobernaba con mayoría…

martes, febrero 10, 2026

Epstein y su derivada británica

El caso Epstein es una de los escándalos más profundos, densos y extensos de nuestro tiempo. La cantidad de personas de alto rango implicadas en él y lo que se sabe, y no, es realmente impresionante. Tenía pensado dedicarle algún artículo a este tema desde hace tiempo, especialmente por el uso que ha hecho Trump de él y por su falsedad para, cuando se le ha vuelto en contra, intentar diluirlo, pero la actualidad, ya saben, a veces atropella. Y de mientras pasan otras cosas siguen saliendo documentos sobre las actividades del pedófilo y de la red de amistades que cultivó a lo largo y ancho del mundo y el poder. Y la bola no deja de crecer.

Curiosamente, por ahora no es EEUU el lugar en el que más impacto tiene lo que se hizo al amparo del millonario abusador, sino en Reino Unido. Allí, desde el principio, la presencia de Andrés, hermano del actual rey Carlos III, en todos los papeles conocidos, supuso un escándalo mayúsculo en la casa real y, por extensión, todo el país. Cada vez que el príncipe negaba haber tenido relación con Epstein salía a la luz un documento o imagen aún más escabroso que lo ponía en entredicho. Obligado a renunciar a su distinción principesca, la policía se acerca cada vez más a su figura en medio del repudio popular, y el Rey ha optado, con inteligencia, por separarse lo más posible de su hermano para que todo esto no contamine a la institución, que no está muy sólida que digamos desde que la Reina Isabel II dejó el mundo de los vivos. Pero la cosa ya no es sólo monarquía, no. En la última tanda de papeles aparece muy destacada la figura de Peter Mandelson, Lord, prominente figura del laborismo, que en los tiempos de Tony Blair era apodado como el “príncipe de las tinieblas” por no tener cargo en el gobierno pero ser el que más mandaba por detrás, tano en el ejecutivo y en el partido. Mandelson llegó a ser nombrado embajador en EEUU, uno de los cargos más relevantes de la diplomacia británica, y su aura de poder nunca ha dejado de ser enorme. Pues bien, este señor aparece en el escándalo Epstein no sólo presuntamente en su faceta sexual, sin que de ello se hayan publicado pruebas claras, sino en otras dos vertientes muy feas. Una es la del desvío de dinero, de tal manera que Mandelson habría recibido ingresos de la trama Epstein que no habría declarado, y otro, que es muy grave desde la óptica del estado, es la sospecha de que Mandelson habría suministrado a Epstein y su círculo información confidencial sobre el Reino Unido, se supone que de seguridad y de carácter económico. Esto, desde la posición que representaba en EEUU, es directamente un acto de traición a la corona y al gobierno británico, y convierte al personaje en una de las cosas más repulsivas que en los estados pueden imaginarse, y más en aquel, donde la confidencialidad de la información ha sido siempre una obsesión. Mandelson ha contado, hasta hace muy poco, con el beneplácito de su partido y sus altos cargos, que lo han defendido sin cesar, pero desde hace unas semanas su situación se ha vuelto tan radioactiva que todo aquel que se acerca a él o ha tenido proximidad se arriesga a ser intoxicado. En los últimos días han dimitido dos altos cargos del ejecutivo británico, no dueños de carteras ministeriales, pero sí fontaneros de primer grado, de los que gestionan el poder real. El responsable de comunicación y el jefe de gabinete del primer ministro Stammer han cesado de sus cargos, y en sus renuncias se autoinculpan de haber confiado en la honestidad de Mandelson, y con ello haber respaldado su figura ante su jefe, el primer ministro. Ahora, afirman, al conocerse los hechos, se sienten traicionados y consideran que han errado, y deben irse. Su marcha es un pretendido cortafuegos para impedir que sea Stammer el que se abrase con este escándalo. ¿Funcionará?

Ayer mismo el jefe del laborismo en Escocia solicitaba públicamente la renuncia del primer ministro, que es de su partido, por si había dudas, dejando claro que Stammer no tiene, ni mucho menos, el control de la situación. Posee una mayoría clara en el parlamento, pero si figura, sin que hayan transcurrido dos años desde su elección, está claramente a la baja y sin visos de poder remontar. La crisis política que devastó al conservadurismo se puede replicar en el laborismo, por errores propios de gestión y por las derivadas de Epstein. Supongo que Stammer tratará de aguantar el chaparrón, pero esto le deja muy tocado. Y desde la barrera, Farage y los populistas ven como sus intenciones de voto se disparan sin hacer prácticamente nada.

lunes, abril 07, 2025

Lizz Truss en EEUU

Quizás se hayan olvidado de Lizz Truss, efímera primera ministra del Reino Unido, que apenas ocupó su cargo unas semanas en medio del desastre del partido conservador tras la convulsa caída de Borish Johnson y la sucesión de supuestos liderazgos que se encadenaron ahí. Si no recuerdan quien es, no se preocupen, casi nadie lo hace. Eso sí, es un caso de estudio, no lo puedo hacer peor durante su ínfimo mandato, aunque puede vanagloriarse de ser la última en su cargo que saludó a Isabel II antes de fallecer. Lo más parecido a la inepta de Truss es Trump. Mira, por el nombre parecen primos.

Truss llegó al gobierno con la idea de implantar un programa ultraliberal, o eso decía. Encargó a su canciller del Tesoro, el responsable de economía, la elaboración de un presupuesto de emergencia que tenía dos líneas básicas; recortes de gastos y de impuestos. La presentación de ese proyecto, creo que llego a denominarse minibudget, no estoy seguro, causó una gran polvareda, porque los gastos que se reducían tenían un enorme componente social, mientras que los impuestos afectaban más a los tributos de las clases altas que a los de las medias y bajas. Una de las primeras cosas que se vio es que si bien el gasto era reducido en el medio plazo, los ingresos iban a caer rápidamente, lo que suponía un incremento notable del déficit público. Truss y su equipo eran conscientes de ello, pero vendían que eso serviría de estímulo a la economía al aumentar la capacidad de gasto de los británicos. En todo caso, y para cuadrar unas cuentas que presentaban un ya abultado déficit, que se iba a disparar con estas medidas, el minibudget recurría, oh sorpresa, a la deuda como vía para obtener ingresos y ajustar las cuentas. No hizo falta un análisis muy profundo para darse cuenta de que las cuentas presentadas eran más fantasiosas que reales, y que lo único seguro era el agujero fiscal que iban a producir, en una economía renqueante y que ya arrastraba, lo sigue haciendo, problemas muy serios. La respuesta de los mercados fue implacable, con caídas en la bolsa de Londres y en la libra, y disparo del rendimiento del bono británico, derivado de las ventas masivas de los mismos por parte de unos inversores que no tenían nada claro que los títulos que poseían fueran a ser lo sólidos que les dijeron en el pasado. La tensión financiera en Reino Unido se disparó a la misma velocidad a la que caía la credibilidad de Truss, y entonces empezó el episodio de la lechuga, en el que un periodista, creo, colgó un post en redes de una lechuga fresca de un supermercado augurando que el vegetal aguantaría más tiempo fuera del refrigerador en ese estado comestible que Truss como primera ministra. El vaticinio se cumplió, y Truss dimitió en medio de una tormenta financiera y política, con el Banco de Inglaterra desesperado tratando de calmar a unos mercados que abjuraban de todo lo que tuviera que ver con los bonos británicos. El experimento ultraliberal, una mala manera de definir una mala idea peor ejecutada, se saldó con otro equipo de dirigentes del partido conservador abrasado, un tumulto en los medios y la certeza de que la economía británica, como la del resto de países, no podía emprender experimentos alocados, a sabiendas de que le iban a salir muy caros. Las deudas crecientes de los estados y su financiación en los mercados globales les atan a un cierto nivel de ortodoxia del que no pueden salirse. Sino, las consecuencias son tan aparatosas para el político de turno como peligrosas para la salud financiera de la nació y sus activos. Tras aquello, el partido conservador escogió a un nuevo líder, Rishi Sunak, conservador tranquilo, que se encargó de llevar las riendas del país hasta las siguientes elecciones, que perdió estrepitosamente, sin realizar por el camino ningún disparate económico. Truss desapareció y su imagen quedó sumida en donde debe, en el ostracismo.

Hasta ahora, donde Trump ha resucitado esa manera desquiciada de gestionar la economía. EEUU es el país más poderoso del mundo, su economía es la mayor y su moneda actúa como activo de reserva global, por lo que puede hacer cosas que el resto del mundo ni imaginamos, pero el infinito no es posible, y decisiones como las del pasado miércoles, que tomadas por otra nación supondrían la destrucción de su economía y gobierno, al estilo Truss, pueden acarrear consecuencias económicas nefastas para todo el mundo, mucho más allá de lo que impliquen para la economía norteamericana, que sufrirá con ganas todas estas medidas irracionales. Ya podría largarse Trump como lo hizo Truss, pero no, eso no creo que vaya a suceder.

jueves, julio 04, 2024

Elecciones en Reino Unido

4 de julio, fiesta en EEUU y en Elorrio, lugares emblemáticos de occidente. Como los ingleses tienen sus rarezas hasta en esto de las elecciones hoy es el día en el que están citados a las urnas para renovar su parlamento y conformar un nuevo gobierno. Sunak, el actual primer ministro, adelantó la convocatoria en una comparecencia ante el 10 de Downing Street que empezó nubosa y acabó con un buen chubasco, que le cayó de pleno porque nada le protegía. Su imagen, empapada, chorreante, era una buena metáfora del final de ciclo conservador que se espera tras los comicios de hoy. Catorce años que bien poco han conservado al país.

Todo lo que no sea una arrolladora victoria laborista hoy será sorprendente. Sobre los algo más de seiscientos escaños de la cámara de los comunes las encuestas auguran que los laboristas no obtendrán menos de cuatrocientos, lo que les otorgará una mayoría absoluta indiscutible. La dimensión de la debacle conservadora está por ver, entre otras cosas por la presencia de Reform UK, el partido del ultra Nigel Farage, que le va a restar votos y puede que escaños, pero es fácil que se queden por debajo del listón de los cien parlamentarios. De hecho se estima como bastante probable que la mayor parte de los componentes del actual gabinete, incluido el primer ministro Sunak, no revaliden su escaño. Sunak ha cogido los restos del desgobierno conservador que ha ido degenerando a lo largo de una serie de mandatos en los que la incompetencia se ha ido superando de una manera difícil de entender. Cameron, May, Johnson, Trust y el propio Sunak han sido la lista de primeros ministros “torys” que han liderado el país, por decirlo de una manera. Entre medias de todos ellos se han ido sucediendo acontecimientos relevantes, especialmente uno, el Brexit, fruto de la incompetencia absoluta de David Cameron, que pasará a la historia como uno de los más necios políticos de entre los habidos en aquel país. A partir de ahí todo ha sido un camino de descenso hacia la dura realidad de la separación de la UE y la reducción del país a una nación menor, de segunda fila, como cualquiera de las otras que estamos en Europa, pero carente de algunos de los lazos y coberturas de seguridad que ofrece la UE. El proceso de negociación del divorcio, la división social fruto del resultado y la fractura que se ha extendido en el interior de los partidos sobre el tema, la pérdida de acuerdos comerciales consolidados, el aumento de las trabas a la necesaria inmigración laboral que demanda su mercado de trabajo, la imposibilidad de ser “el Singapur” de occidente como soñaban algunos iluminados…. El Brexit ha supuesto un bofetón de realidad a una sociedad que no es ni tan rica ni poderosa como lo fue, pero que aún no es consciente de ello, y que va a tardar en asimilarlo. En paralelo a este terremoto, se dio la pandemia de Covid, y el comportamiento desquiciado de Boris Johnson, un personaje más propio de un cómic que de la realidad, que alcanzó una gran mayoría absoluta en las generales de 2019 y que la dilapido en apenas unos meses en medio de escándalos variados, necedad sanitaria, desastrosa gestión y fiestas imparables. De ahí en adelante el proceso de hundimiento del conservadurismo británico como estructura de gobierno ha sido imparable, y hasta cierto punto digno de ser visto como una telecomedia, porque la baja calidad de los intérpretes de la trama no le permitía acceder a un grado de calidad “shakespiriano”. La marcha de Johnson, en medio de la vergüenza general de propios y ajenos, fue suplida, tras un proceso interno entre los conservadores, por la figura de Liz Trust, que, literalmente, no aguantó más tiempo en su cargo que una lechuga de supermercado fresca fuera de la cámara refrigeradora. Sunak tomó las riendas de un partido y gobierno deshecho y ha estado poco más de un año dirigiendo una nave hundida que hoy, por fin, se estrella contra los arrecifes, pongamos que de Dover, para que el impacto tenga algo de pompa y circunstancia británica.

Ante el suicidio del oponente, el laborismo, encarnado en la figura moderada de Stamer, va a conseguir un poder como no tenía desde los primeros mandatos de Tony Blair, pero los retos que va a afrontar son enormes, tanto los derivados del eterno Brexit como los propios de una economía endeudada, con altas tasas de inflación y baja productividad, y todo ello en un entorno global volátil y hostil. A corto plazo, lo que más necesita el Reino Unido es estabilidad y un cierto sosiego, para así pensar cómo afrontar sus retos. El laborismo va a tener la mayoría necesaria de gobierno para poder sentarse tranquilamente y pensar, con cuidado, qué hacer. Los conservadores, ya veremos, estarán centrados en su propia supervivencia como formación política.

martes, junio 25, 2024

Posible debacle tory en Reino Unido

La inesperada convocatoria electoral francesa tras las europeas del 9 de junio centra toda la atención política del continente, pero no son las únicas grandes elecciones europeas antes de las vacaciones de verano. También anticipadas, el 4 de Julio, fiesta en EEUU y Elorrio, Reino Unido acude a las urnas a la búsqueda de un gobierno que le aporte algo de estabilidad tras los tumultuosos años vividos y la sucesión de primeros ministros conservadores que han dejado el pabellón de su partido, el tory, hundido hasta cotas casi impensables. Que van a perder el gobierno es seguro, la dimensión de la derrota es lo que queda por saberse.

La cámara de los comunes del Reino Unido se elige por sistema mayoritario en cada una de las circunscripciones en las que se divide el país, de tal manera que el que gana en ella es el elegido para ocupar el escaño. Esto hace que gran parte de los votos no obtengan representación alguna y que mayorías no muy significativas de voto agregado puedan convertirse en grandes mayorías parlamentarias. Si las encuestas no se equivocan, y los laboristas mantienen los cerca de veinte puntos de ventaja electoral que se estiman, que es muchísimo, pueden alcanzar una victoria en la cámara con una mayoría tan absoluta que la convierta en un rodillo sin fin, con cerca de cuatro quintas partes de los escaños ocupados por diputados laboristas. Los conservadores pueden no ya perder, eso es seguro, sino obtener uno de los peores resultados de su historia, y quedar convertidos en una fuerza residual. La mayor parte de los actuales miembros del gabinete, empezando por el primer ministro Sunak, no revalidarían su escaño, y el poder y dinero asociado a los cargos políticos y representativos abandonaría en masa el partido. Por si esto fuera poco, la decisión del traidor a su nación de Niguel Farage de presentarse a los comicios con su propia formación amenaza con drenar aún más los resultados conservadores, y algunas encuestas lo sitúan muy cerca en porcentaje absoluto de votos. ¿Cómo se traduciría eso en escaños? Es difícil decirlo, y el resultado global puede ser una resta conjunta tanto para los conservadores como para los extremistas de Farage, dado que su desunión favorecería la opción laborista y la llevaría a ser aún más dominante en algunos distritos, pero eso puede depender de pocos votos y habrá que esperar al recuento. Lo cierto es que los conservadores van a recoger el fruto a cinco años de caos absoluto, iniciados tras la mayoría absoluta de Boris Johnson, obtenida a finales de 2019. Histriónico, payaso y absurdo, Johnson se reveló como el peor de los dirigentes posibles ante una crisis de primera magnitud como fue la del Covid, y a partir de ahí el gobierno entró en caída libre. Asediado por los escándalos de todo tipo tuvo que acabar dimitiendo, dejando una imagen de decadencia profunda. Otro vendrá que bueno te hará, debió pensar Johnson viendo la imagen de Liz Truss, su sucesora al frente de los conservadores, una mujer que duró en el cargo menos que una lechuga fuera de la cámara frigorífica del supermercado, en un esperpento de política y economía ficción que, durante unas semanas, hizo temblar todo el sistema financiero británico y llevó a su clase política al ridículo global. Tras esto quizás lo más elegante hubiera sido convocar elecciones directamente, pero a sabiendas de que serían destrozados por las urnas, los conservadores escogieron a un nuevo líder, Rishi Sunak, que ha demostrado ser más serio que todos los anteriores, pero incapaz de remontar el rumbo de un barco sin timón. Nada podía hacer para salvar las expectativas de un partido tocado por el fracaso de esta legislatura, con una población asediada por la inflación y las consecuencias del nefasto Brexit. Sunak ha impuesto algo de orden en sus filas, lo que le han dejado, y comparado con sus predecesores es casi un estadista, pero no podía salvar lo que no tenía arreglo. Harto quizás de todo, adelantó las elecciones unos cinco meses y la semana que viene puede recoger una derrota total.

El próximo primer ministro británico, salvo colosal sorpresa, será el laborista Keith Stammer. Lord, presenta una imagen tranquila, moderada y muy alejada del extremismo que impuso el anterior líder del partido, el fracasado Jeremmy Corbin, la versión especular de Borish Johnson. Su programa es difuso, con referencias al refuerzo en lo social, mayor colaboración con la UE pero ni palabra de revertir el Brexit y la idea fuerza de la tranquilidad y lo predecible tras el caos conservador. Puede tener una mayoría tan absoluta que sería capaz de hacer casi lo que quiera en el país. La economía será uno de sus grandes problemas, dado que no acaba de arrancar, y que la competitividad del país sigue declinando. A ver por cuánto arrasa la semana que viene.

martes, noviembre 14, 2023

Cameron, un inútil, repescado

Es un hecho constatado que el liderazgo político en los países occidentales se encuentra en constante y profundo declive. Una de las causas apuntadas es que el cada vez mayor éxito de la empresa y de sus ingresos asociados hace que los más brillantes acudan a ella y, por descarte, lo peor acabe formando parte de la carrera política, en la que el compadreo es mucho más importante que la capacidad. En España, desde el, me temo, presidente reelegido hacia abajo, uno puede comprobar que no son muchos los políticos que son capaces de leer algo y entenderlo, y sólo sobreviven por su instinto depredador y el miedo que les produce perder poder, cargo y prebendas.

David Cameron es uno de los peores primeros ministros que han pasado por el cargo en el Reino Unido a lo largo de la historia presente. Quizás sólo Liz Truss la breve y Borish Johnson el loco se puedan equiparar a su nivel de estulticia. Miembro de la clase alta británica, pasó por todos los colegios y universidades a los que obliga el pedigrí en aquel país para poder elaborar los contactos que te harán rico y te protegerán el resto de tus días. Es conocida su presencia en varias hermandades en su etapa docente, más interesadas en el alcohol y las novatadas que en el conocimiento. En su trayectoria al frente del partido conservador y el gobierno demostró un extraño empeño en destruir el Reino Unido, cosa que los enemigos de la Gran Bretaña seguro agradecerán con generosidad. Convocó un referéndum suicida sobre la posible segregación de Escocia de la nación, referéndum que allí es posible porque no hay constitución que lo prohíba y Escocia fue independiente antes de firmar una adhesión a una entidad llamada Reino Unido. Estuvo a punto de perderlo y, si lo salvó, fue por la activa participación del ex primer ministro Gordon Brown, laborista, escoces, economista brillante y personaje gris, que se movilizó como nunca para salvar a su nación. Después de semejante ejercicio de irresponsabilidad, Cameron debió pensar que si había fallado a la primera podía acertar a la segunda. Tras unos consejos de la UE en los que se mostró chantajista hasta un punto desconocido, y con la presión constante del nacionalista UKIP, encabezado por el psicótico Nigell Farage y adulado, entre otros, por un personaje de melena rubia descontrolada que empezaba a ser conocido por la opinión pública, Cameron organizó un segundo referéndum, en este caso para determinar si UK seguía o no en la UE. Optó por hacer campaña por la permanencia, pero con la indolencia propia de un señorito british que lo hace todo con desgana, salvo beber y perseguir chicas en las campiñas de Eton. El referéndum salió como todos sabemos, Cameron dimitió, se generó una enorme crisis en la UE y otra, mucho peor, en un Reino Unido fracturado, traumatizado, sometido al control por parte del ala más radical de un conservadurismo que lo es de nombre, pero que tiene una pulsión caótica en su interior digna de estudio psiquiátrico. Nadie echó de menos a Cameron tras su despedida, y un reguero de primeros ministros se han ido sucediendo al frente de Downing Street, todos ellos conservadores, ejecutando cada vez peor unas presuntas políticas en las que la improvisación, la total falta de rumbo y la inutilidad han estado por encima de todo. La pulsión entre el ala más dura de los conservadores, obsesionada por la inmigración y el control de fronteras, y las más posibilista, ha ido oscilando entre ocupante y ocupante del cargo, hasta llegar al presente, donde Rishi Sunak, de origen hindú y de alma conservadora partida es muy nacionalista en los días pares y aperturista en los impares, demostrando carecer de brújula. Frente a sus predecesores, ha aportado algo de sosiego institucional, cosa que era sencilla, pero no logra remontar en las encuestas, dirige una economía que apenas crece y está llena de graves problemas, y en lo social no cuenta con respaldo para sus decisiones. Es probable que en las próximas elecciones generales, si no cambia nada, los laboristas arrasen.

Ayer Shunak remodeló su gobierno, cesando a la polémica ministra de interior, que había hecho varias declaraciones muy agresivas al calor de la crisis de la guerra de Gaza, y sorprendió a todos repescando al incompetente de Cameron para el cargo de ministro de asuntos exteriores, un puestazo. La sensación que le queda a uno es de desolación, porque tras su catastrófica gestión pasada resulta que Cameron sigue recogiendo frutos, y sueldos públicos. Seguro que hay cientos y cientos de diplomáticos británicos infinitamente más competentes que él para ocupar ese puesto, pero no. Allí también los necios ascienden al poder y saben mantenerse. Así nos va.

lunes, mayo 08, 2023

Coronación de Carlos III e imagen

Es la monarquía británica la única del mundo, si no me equivoco, en la que el Rey se corona como tal, poniéndole encima el símbolo de la realeza y otorgándole todo tipo de atributos que le designan como el elegido. Ni la japonesa, la única que le puede competir en tradición histórica, realiza una ceremonia con ese ritual. El resto de monarquías se proclaman. El heredero es investido Rey al fallecer su antecesor, y todo se realiza en los momentos o días más contiguos al de la muerte del anterior Rey. Carlos III ya era rey a los minutos del fallecimiento de Isabel II. La ceremonia de este sábado, por tanto, no tiene relevancia legal o constitucional.

Si la tiene en dos aspectos que son relevantes, aunque no lo parezcan. Uno es el religioso, y es que también en esto el Reino Unido es diferente. Desde que Enrique VIII descubrió que sí el mismo se nombraba “Papa” de su religión Roma no le impediría hacer lo que le viniera en gana con sus esposas, el rey de allí lo es también jefe de la iglesia anglicana, una versión del protestantismo venida a menos en tiempos de laicismo y descreencia, y que tiene al soberano de Londres como el principal responsable. Eso obliga a realizar un ceremonial religioso especial, que las devotas de nuestro país y otros observan con envidia, pero que es muy pecaminoso visto desde la óptica católica, porque el arzobispo de Canterbury, la cabeza de la estructura eclesial anglicana, jura pleitesía al Rey, y esto, desde la óptica de las pías que ven arrebatadas el ceremonial, es puro sacrilegio. El otro aspecto, es más etéreo, pero, curiosamente, importante en tiempos como los actuales, es el ceremonial, el de la imagen, la teatralización. El marco de la abadia de Westmisnter es magnífico para coreografiar un rito que se lleva repitiendo desde 1066, y eso da una continuidad y tradición de la que pocos pueden presumir, y claro, en tiempos como los actuales, donde la imagen lo domina todo, la coreografía de lo que se celebra lo domina todo. El boato, la pompa y circunstancia, que tan bien musicalizó Elgar, la relevancia de la figura del Rey se eleva en un acto algo ajeno al tiempo en el que vivimos pero que resulta perfecto para ser televisado, que atrapa por su magnificencia, y vuelve a convertir a la monarquía británica en una institución inmensamente rentable, en la que su imagen es poco distinguible de la del conjunto del país en el que se halla, y sirve como señuelo y enganche para los que, desde fuera, lo visitan. El negocio que se genera en torno a la casa de Windsord, los personajes que a ella pertenecen y no, es enorme. No hay turista que no quiera pasearse por los escenarios de los enlaces y actos reales, compre algo de merchandising y se quiera imbuir del espíritu de los “royals” locales, con una intensidad y desembolso económico como no sucede con ninguna otra casa real del mundo. En este sentido la monarquía británica lo ha hecho genial, se ha convertido en una marca global, reconocida en todo el mundo, con admiradores que están dispuestos a dejarse mucho dinero para visitar los lugares que ellos frecuentan y las cosas que tocan. Sólo Roma y los Papas han logrado hacer algo similar, pero en ese caso el peso de lo religioso es tal que, aunque la fama universal sea total, limita el mercado potencial de clientes que pueden acudir al Vaticano a gastar dinero. En Londres no, lo mundano y lo real se cruzan en balcones de palacio, jardines de altas verjas, biografías de príncipes destronados y escándalos sexuales de toda índole. La empresa familiar de los Windsor es una de las mayores del Reino Unido y la simbiosis entre ellos y la nación otorga grandes réditos financieros al país, por lo que la supervivencia de la casa, sea cual sea la aceptación popular de la misma, tiene ahí una base sólida y difícil de rebatir. Ceremonias como las de este sábado se traducirán en miles y miles de nuevas visitas a Londres y en nuevos ingresos. Carlos no será nunca Isabel, y se equivocará si a eso aspira, pero la imagen de la realeza seguirá siendo muy muy rentable.

Un detalle no menor de la ceremonia del sábado. El Reino Unido tiene un enorme patrimonio musical de siglos, y lo lucen a la más mínima ocasión. La profesionalidad de los coros de aquel país es absoluta, y en sus voces las melodías de Tallis, Byrd, Häendel y otras lumbreras suena a gloria. Junto a ellos se pudieron escuchar composiciones compuestas expresamente para la ceremonia, una de ellas de Anthony Lloyd Weber, piezas de góspel, una coral ortodoxa griega, solos de órgano… el sábado tuvo lugar un fantástico concierto de música sacra en un templo gótico en el que las notas reverberaban de una manera perfecta, y retransmitido por la BBC. El mejor del Proms de este año ya ha tenido lugar.

martes, octubre 25, 2022

El turno de Rishi Sunak

En la devoradora de presuntos líderes que se ha convertido la política británica le toca el turno de enfrentarse al monstruo a Rishi Sunak. Cuando el sábado Boris Johnson volvió a Londres todos pensamos en el regreso de Napoleón desde Elba, y vislumbramos un Waterloo para el extravagante político del pelo revuelto, sin que ni siquiera pisase la estación ferroviaria de dicho nombre. Finalmente Johnson, bien porque no consiguió los avales que decía tener o porque le convencieron de que bastantes estupideces ha hecho ya en este año, decidió renunciar a ser candidato, así que Sunak, que era el único que contaba con los avales necesarios, se quedó como candidato único, y hoy será proclamado primer ministro. El tercero en cuatro meses.

Presenta Sunak un perfil interesante, y que puede dar juego en lo político y lo social. Ha sido ministro de economía con Johnson durante el tiempo pandémico y, por tanto, responsable de los programas de ayudas que allí permitieron capear los cierres derivados del confinamiento. Sabe de economía, tanto de la pública como, sobre todo, de la privada. Está forrado hasta límites difíciles de imaginar, con una fortuna personal que está en el entorno de los 800 millones de euros y su mujer es aún más rica. De hecho es una de las más ricas del Reino Unido. Tiene 42 años, lo que es muy poco, y su origen hindú no sólo se percibe en su nombre y aspecto, sino también en sus creencias religiosas. Es la primera vez que un primer ministro del Reino Unido es un británico no de pura cepa, como dirían algunos allí y aquí. Supone esto una situación inédita, una más, en la situación política de la nación, y muchos lo verán como una ventaja, otros como un hándicap, a la hora de llevar a cabo la política migratoria restrictiva que los muy pro Brexit enarbolan como una de sus grandes banderas. Del paso por el gabinete de Johnson llegó su fama pública y también algún escándalo, relacionado con fiestas y su actitud de presunta traición al liderazgo de Johnson una vez que veía que hacía aguas. En las primarias que perdió frente a la fracasada Liz Truss Sunak era visto como el ventajista que abandonó el barco de Boris y actuó como el Bruto que asesina al padre César. Tampoco se le perdonó la altivez que presentaba su perfil de millonario exigiendo recortes de gasto y no gustó que en sus proclamas exhibiera un rigor fiscal alejado del populismo brexitero que enarbolaba Truss con fiereza. En los mercados, que ahora algunos adoran en función de a qué político irresponsable contribuyen a derrumbar, Sunak era el favorito de calle y la elección de Truss se vio con revés, confirmado a los pocos días por los propios errores de la primera ministra. A partir de hoy Sunak va a poder determinar el rumbo de la economía británica en medio de la tormenta, y tendrá que escoger qué es lo que quiere hacer. Lo primero, decidir si Hunt sigue como ministro de economía, puesto al que llegó de la mano de Truss tras la destitución de su efímero antecesor. Hunt presenta un perfil serio, moderado, con los pies en la tierra, y sabe que el exceso de endeudamiento no es sostenible, aunque sea mercancía útil para vender y así comprar votantes. Hace buena pareja con Sunak. Si consigue estabilizar la economía del país, Sunak tiene el segundo reto, que es de convertir a su partido, el conservador, en algo similar a un partido político, y no en la jaula de grillos que es ahora. La debacle de estos meses ha hundido por completo las expectativas de voto de una formación que arrasó hace cerca de tres años y que hoy las encuestas le sitúan en el peor de sus resultados históricos. La sucesión de errores propios les ha llevado a este precipicio y Sunak, ahora el líder, tiene sobre él la tarea de enmendar el rumbo. Lo tiene fácil para detener la bajada, pero muy difícil para remontar. Su fortuna, y lo poco que se conoce de su perfil político público lo convierten en una incógnita y, de momento, blanco fácil de las críticas de una oposición y una sociedad avergonzada de lo que está pasando estos días.

Un detalle sobre la legitimidad. Todos los nombramientos que estamos viendo en Reino Unido son legales, pero es cierto que cada uno de ellos ha ido perdiendo legitimidad popular. Johnson fue escogido por el parlamento tras arrasar en las elecciones. Truss fue escogida por el parlamento tras ganar una votación entre los militantes conservadores. Sunak va a ser escogido en el parlamento tras contar con el respaldo de algo más de cien parlamentarios conservadores. Como aquí, allí el primer ministro no es escogido por voto popular nacional, sino por el refrendo de la cámara surgida de unas elecciones, pero no es menos cierto que Sunak está al final de la legitimidad derivada de unos comicios que ya están muy caducos. El reto que afronta es tan inmenso como difícil.

viernes, octubre 21, 2022

El esperpento británico

Se bastante menos inglés del que debiera y necesitaría. Desconozco si en su lengua existe la palabra esperpento y, sobre todo, si tienen en la mente el concepto que en España asociamos a ella, esa mezcla de caos, cachondeo, ridículo, absurdo y desquicio que rememora la palabra. Son en las islas flemáticos por tradición, amigos de la ironía y de esconder sus sentimientos, llevan a gala el distanciarse de los problemas y mantener la calma ante ellos. Supongo que, con todo lo que está pasando, si Churchill, o la recientemente fallecida Isabel II se levantasen de su tumba volverían a morirse, agotados, tras dar una buena paliza a los políticos que ahora dicen desear gobernar el que fue su país.

Liz Truss ha batido el récord de brevedad en el 10 de Downing Street y no hemos llegado a saber nada de su vida y milagros, más allá de los breves que se elaboraron tras su nombramiento. De los 45 días que ha permanecido en el cargo unos cuantos no tuvo que hacer nada porque el país estaba de luto por la muerte y sepelio de The Queen, por lo que no han sido sino tres semanas las que ha ejercido. En la primera presentó un presupuesto inviable y casi hunde la libra y la deuda británica. En la segunda trató de defenderse del caos y empezó a cesar gente a su alrededor para salvarse, y en la tercera ha terminado por dimitir tras nombrar a un ministro de finanzas que deshizo toda la propuesta económica de Truss. Desastre total. El partido conservador, una formidable máquina a la hora de alcanzar y mantener el poder se ha convertido en una trituradora de carne, ante la que se expone cada vez un líder más inútil y vacío, que entroniza con la pompa patria de rigor para, al poco, empezar a descubrir las vergüenzas de su elección, y comenzar el proceso de derribo de una manera cruel y concienzuda. Truss ha batido el récord, pero sus antecesores, empezando por el desgraciado de Cameron, han ido bajando de manera progresiva el listón, no ya el moral, que quedó sumergido en el alcohol de las fiestas de Johnson, sino aquel que mide cualquier mínima capacidad de gestión o liderazgo. ¿Es posible concebir semejante incompetencias y que sean elegidas como líderes? Sí. Lo cierto es que eso es algo que en España vemos desde hace ya bastantes años, a ambos lados del espectro político, pero no era lo que se estilaba en Reino Unido. Ahora ya no. Las islas se han ido de la UE, en la peor decisión posible en muchas décadas, y se han unido al club occidental de la incompetencia política de una manera tan fervorosa que encabezan el liderazgo de la vergüenza. Los comentarios de estos días, presididos por una lechuga que se ha mostrado mucho más incorrupta que el liderazgo de Truss, reflejan el hartazgo, el hastío y la sensación de ridículo que se ha instalado en Reino Unido. Un país orgulloso de su pasado, que lo exhibe sin freno y con abundantes mentiras para esconder los errores propios, al que se le perdona todo lo que a otros se nos echa en cara sin cesar, que ejerce un liderazgo indudable en materias muy poderosas del poder blando, está siendo engullido por una ola de bochorno institucional que es difícil de entender desde la tradición de ese país. El populismo brexitero, el cáncer que ha destrozado al partido conservador, sigue siendo la fuente de soberbia y error que hace caer una y otra vez a dirigentes de todo tipo en declaraciones absurdas, en proclamas de soberanía perdida y en un montón de tonterías que no dejan de ser las que han envenenado la política de ese país. El Brexit es un fracaso monumental, el partido conservador ha fracasado por completo en sus formas y fondo, el ridículo de sus dirigentes es total y la posición del país, en medio de una crisis económica y geopolítica de primera división es completamente irrelevante. Sumido en su caos, el gobierno de las islas no existe para una ciudadanía que ve cómo los precios crecen sin cesar, la energía se pone por las nubes y las perspectivas del día a día se ensombrecen. El hartazgo de la sociedad con los bufones que pretenden gobernarle empieza a ser peligroso.

Lo más lógico, llegados a este punto, sería que se convocasen elecciones anticipadas y que el nuevo reparto de cartas genere algo de legitimidad al gobierno que de ahí surja, pero es obvio que las perspectivas de derrota histórica de los conservadores y, con ello, la pérdida de cientos de cargos y salarios entre el partido, impedirá que el sucesor de Truss, el único con competencias para ello, decida hacer algo que destruiría por completo a su partido. Ahora, otra vez, tenemos una carrera para elegir un nuevo primer ministro y, ríanse, el nombre de Boris Johnson vuelve a coger fuerza para sentarse otra vez en uno de los despachos más desprestigiados del poder global. Ahí Valle Inclán, la pérfida Albión ha resultado ser la mejor intérprete de tus textos.

martes, octubre 18, 2022

Los mercados y los gobiernos incompetentes

Estos días, a cuenta del desastre que se vive en el gobierno británico, he podido leer a varios articulistas en España regodeándose de la desgracia de Liz Truss y de cómo su proyecto de bajadas de impuestos ha naufragado, víctima de los mercados, que hundieron la libra y la deuda pública británica. La mayor parte de quienes se lo han pasado bien escribiendo eran opinadores de, llamémoslo así, izquierdas, a los que les tembló poco el pulso a la hora de criticar al gobierno conservador y disfrutar de su debacle a manos de la economía financiera. Se veía el gustirrinín que les provocaba encadenar párrafos de superioridad moral ante el derrotado adversario.

Ampliemos un poco el foco. ¿Qué diferencias hay entre lo que ha sucedido estos días en Reino Unido y lo que nos pasó en España durante nuestra crisis de deuda soberana? En el fondo, ninguna. Ambas naciones poseen enormes volúmenes de deuda pública y requieren la confianza internacional para que dicha deuda sea comprada y renovada. Así mismo, en ambos casos, los gobiernos de Londres y Madrid mostraron, ante ambas crisis, una ineptitud rayana en lo suicida, haciendo exactamente lo contrario que debían, negándose a ver la realidad y empeñándose en el error una y otra vez, encareciendo la factura de la crisis que todo ello provocó. ¿Diferencias? Básicamente tres. Una, que el desastroso gobierno de Reino Unido ha tardado un par de semanas en enmendarse a sí mismo, por lo que los daños que ha provocado al país y a sus ciudadanos serán menores. Dos, que la presunta ideología que se encuentra detrás de ambos gobiernos es distinta; conservadora (menudo chiste) en el lado británico y de izquierdas (aún más chistoso) en lo que fue la presidencia de Zapatero. Y tres, quizás la más vergonzosa de todas, que es que lo que estos días escriben riéndose del Reino Unido y la paliza que le han dado los mercados a sus gobernantes clamaban al cielo en arameo contra esos mismos mercados cuando éramos nosotros, más bien al gobierno al que apoyaban, los que recibíamos los palos. En ese momento los mercados eran salvajes, crueles, inmisericordes, injustos, y toda clase de epítetos que uno quiera emplear. Ahora los mercados son eficientes, sagaces y ajustados. Pues ni antes lo uno ni ahora lo otro. Los mercados, ese ente formado principalmente en ambos casos por ahorradores internacionales, no soporta que alguien le quiera tomar el pelo y se endeude sin fin sin que sea capaz de presentar una propuesta que le permita cubrir los pagos que solicita. Puede a pedir dinero a sus amigos, y quizás le presten, pero si no hace más que pedírselo día tras día y no devuelve nada llegará un momento en el que no sólo no le prestarán, sino que dejarán de ser amigos suyos. ZP embarcó a nuestra economía en una espiral de deuda salvaje, derivada de la conversión de los ingresos extraordinarios generados por la burbuja, que nunca volverán, en gasto estructural, permanente, de la que sólo el BCE nos pudo rescatar. Truss, con una economía británica muy endeudada y fuera de la UE, jugó a aprendiz de brujo con unas medidas económicas que, quizás, hubieran funcionado con la mitad de deuda sobre el PIB de lo que presentan las cuentas de su país y sin el factor omnipresente de la guerra de Ucrania y sus efectos en la inflación y el crecimiento. El estrellato de las medidas de Truss era cuestión de poco tiempo y, afortunadamente, aunque se ha mostrado como una incapaz absoluta, ha pegado el volantazo necesario para detener la sangría de su economía, aunque su gobierno y figura hayan quedado tocados, probablemente hundidos sin remedio. El fracaso de Truss es el mismo, a cámara muy rápida, que el de ZP, y veremos a ver si el de otros gobiernos en unos meses, empezando por el neustro.

¿Alguna lección práctica de todo esto? Varias, sobre todo para los gobernantes. Una cosa es decir tonterías en un plató de televisión o en un periódico sobre lo que uno quiere hacer cuando llegue al poder y otra sentarse donde se cree que se dominan las cosas y comprobar que no es así. La capacidad de actuación de un ejecutivo se estrecha cada vez más en tiempos de complejidad, y mucho más cuanto más endeudado está. Del estrellato de Truss debieran aprender muchos otros. Y de paso, querido lector, huya de los “periodistas” que cobran del partido, sea este el que sea, ahórrense el tiempo de leer sus argumentarios. Mera propaganda que sólo sirve para que ellos cobren a final de mes, y puedan invertir en los mercados.

jueves, octubre 06, 2022

El desastre de Liz Truss

No les engaño. Me vence la melancolía cuando contemplo cono en naciones de las que uno espera respuesta, como es el Reino Unido, recibe las mismas inutilidades políticas y de gestión que vivimos en nuestro día a día patrio. El que generaciones sin fin de españoles hayan emigrado a las islas para escapar de nuestra necedad las ha convertido en un destino al que, siempre, existe una probabilidad de volver a ver como refugio. Nunca descartemos nuestra total deriva. Pero ¿qué pasa cuando el visto como puerto seguro se embarca en su propia debacle? No tengo muchas respuestas. Las primeras semanas del nuevo gobierno conservador sólo me crean temores.

Tras la debacle de Borish Johnson los conservadores se embarcaron en la elección de un nuevo líder y primer ministro, dadas las normas políticas que allí se llevan. Unas pocas decenas de miles de personas iban a escoger al que rigiera los destinos de los más de sesenta millones de británicos. El éxito o fracaso de su elección correspondería sólo a ellos. A la carrera se presentaron varios candidatos y, finalmente, sólo dos de ellos llegaron al final. El ex canciller del Tesoro Rishy Shunack, creo que se escribe así, y Liz Truss, que fue ministra en anteriores gabinetes conservadores. Ambos candidatos eran flojos, vistos de manera objetiva. Con poco bagaje, ideas muy generalistas, escasa capacidad en su discurso público y, en general, un ansia por el poder desmedida para su corta trayectoria. Si me apuran, entre ambos, hubiera escogido al ex responsable de economía por la cosa de que, al menos, él ya se había enfrentado durante un tiempo, corto, con los dolores de cabeza del presupuesto y la deuda, y sabía que no todo discurso ideológico se puede traducir en medidas de gasto. Tras la votación entre las bases conservadoras Truss ganó por amplia mayoría, encumbrada en un discurso que quería recordar a Margaret Thatcher y que, ya entonces, parecía poco más que una mera campaña de marketing. A Shunak le restó muchos apoyos internos el haber sido la gran dimisión que abocó la caída de Johnson, y su imagen de Bruto apuñalando al César le condenó. Pudiera uno pensar que todo esto sucedió hace mucho, pero es apenas un mes lo que ha transcurrido desde la elección de Truss, y en ese mes la mitad del tiempo ha sido suspenso por todo lo relacionado con el fallecimiento y exequias de Isabel II. Es decir, apenas dos han sido las semanas en las que Truss ha ejercido su cargo, y el balance es, realmente, desolador. El anuncio de sus medidas económicas ha provocado un desastre total en los mercados británicos, con el hundimiento de la libra y el disparo de los tipos que soporta la deuda nacional, y los que pagan sus créditos allí. Truss se ha envuelto en una bandera ideológica que, como todas, tiene algunos puntos débiles y otros acertados, pero como todas las que se enarbolan con pasión, llevan a cometer enormes errores reales en base a supuestas maravillas teóricas. Tras una rectificación parcial de sus decisiones, esta semana la calma ha vuelto, por ahora, a los mercados, pero esto puede ser un espejismo de un par de días. El discurso que hizo ayer Truss en el congreso conservador de Birmingham fu un alegato en defensa propia, ante un auditorio que, no lo olvidemos, al escogió por una amplia mayoría hace un mes, ¡un mes! y que ahora la contempla con temor ante la deriva de los acontecimientos. Las encuestas electorales de estos días describen una debacle absoluta de las expectativas conservadoras, con los laboristas adelantándoles por cerca de treinta puntos y con unas expectativas de escaños ridículas, lo que llevaría a la pérdida de ingresos públicos a gran parte del auditorio ante el que se examinaba Truss. Pocas veces se ha visto un estreno político tan calamitoso como el que ahora contemplamos, y a tal velocidad de derrumbe. Propios y extraños miran con asombro lo que allí está pasando y, la verdad, se entiende muy poco.

El partido conservador británico, los Torys, es una fantástica máquina diseñada para alcanzar y retener el poder, y en estos últimos años está ofreciendo un espectáculo de incompetencia y necedad que no se si tiene parangón con el pasado. Cameron, May, Johnson, Truss.. los presuntos líderes de la formación, escogidos entre los suyos, se suceden en periodos cada vez más cortos, dominados por el caos y la improvisación. Con el Brexit de fondo, y una economía que pretende navegar sola en aguas cada vez más turbulentas, el fracaso de las élites conservadoras a la hora de escoger liderazgos y ejercerlos resulta demoledor para las expectativas de un Reino Unido en horas muy muy bajas.

viernes, septiembre 30, 2022

La bolsa, y el Reino Unido, caen con fuerza

Si usted tiene acciones, fondos de inversión o cualquier otro tipo de producto financiero verá como, día a día, el valor de sus inversiones cae sin que nada parezca ponerle freno. El desplome de las cotizaciones empezó a ser significativo cuando el inicio de la guerra de Ucrania y los primeros datos de inflación desmadrada nos pusieron ante un panorama muy inesperado por casi todos. Fue el anuncio, y las decisiones de los bancos centrales de subida de tipos lo que catalizó el sentimiento vendedor y desde entonces los índices, en Europa y EEUU, caen con ganas. Ayer el Ibex marcó un nuevo mínimo anual, el último, por ahora, de este ejercicio.

Lo cierto es que el marasmo económico en el que estamos no deja de ir a más, y esta semana hemos visto, con sorpresa, como la economía británica es la primera que sufre los embates de lo que parece ser una nueva crisis financiera. Hace ya algunos días que la subida de la cotización del dólar y la debilidad de las monedas europeas habían logrado que nuestro euro perdiera la paridad, y ahora se cambia por unos 0,96 dólares (prohibitivo se ha vuelto viajar a EEUU) y al libra, antaño tan fuerte, empezaba a tener la paridad con el dólar también muy cerca. La presentación de las medidas presupuestarias del nuevo gabinete de Liss Trust ha sido la puntilla para la moneda y deuda británica. Ese proyecto, que recoge una bajada de impuestos y un aumento de la deuda, sería factible en una economía como la norteamericana, en la que la moneda es demandada por ellos y el resto del mundo, pero no en una economía nacional pequeña, que eso es la británica, que posee una divisa que no es menor pero, desde luego, hace tiempo que no actúa como refugio. Fue anunciarse su plan y la libra cayó aún más y el tipo de la deuda británica a diez años se disparó por encima del 4%, superando ampliamente al nuestro, que está en el 3,4%. Al no estar en la zona euro, no existe el concepto de prima de riesgo británico respecto al bono alemán, pero si quieren hacer el ejercicio y restar, nosotros nos encontramos en el entorno de los 120 puntos básicos y Reino Unido está en casi los 200. Asombroso, la economía británica comportándose como una perfecta economía periférica de la zona euro, quién lo iba a decir. Si nosotros no hemos tenido aún esas tensiones se deben a la intención declarada del BCE de sostener la deuda periférica dentro de su política de tensión de tipos, pero el Reino Unido va por libre, y está en medio de la tormenta sin mucho amparo. Su banco central ha salido esta semana a los mercados a comprar títulos de deuda para tratar de contener el tipo de interés, es decir, bajar esa prima de riesgo. Quizás no le haya quedado otra opción, pero ese movimiento revela la debilidad de la economía de las islas, y supone una acción devastadora a futuro. Con la inflación desatada también allí, y con una moneda débil, lo que supone importar más inflación, el Banco Central británico ya había comenzado, como todos, a subir tipos, para tratar de embridar los precios, pero esas compras de deuda para sujetar su valor son un estímulo adicional al gasto, lo que es justo lo contrario de lo que se necesita. Realmente es como si se estuviera pisando a la vez el acelerador y el freno del coche, lo que no lleva a ningún sitio bueno. La reacción de los mercados ante los planes del gobierno Trust ha sido de manual, lo típico que sucedería en un país del sur europeo, pongamos Grecia o España, si su gobierno hace un plan expansivo de deuda y todo el mundo sabe que no tendrá recursos para pagarla. Reitero que lo novedoso es que sea el Reino Unido el país que primero, y con esa fuerza, replica la dinámica de una economía menor y dependiente. Quizás porque realmente lo sea. A los pocos días de empezar su mandato a la primera ministra Trust se le ha muerto una reina eterna y casi se le cae la libra por el sumidero. No está mal como balance, no.

Más allá del Reino Unido, y sin que sepamos qué va a pasar con la guerra en Ucrania, el movimiento global de los mercados cotiza recesión. Materias primas y productos energéticos caen anticipando una demanda menor y todo nos lleva a pensar que, si no es para Navidad, el año 2023 será negativo en casi todas las grandes economías del mundo (ojo con China, sumida en problemas propios derivados de una burbuja inmobiliaria reventada). Es una recesión rara, con toques muy setenteros, con alta inflación y, de momento, bajo desempleo, pero con probable colapso de demanda de familias y empresas ante el incierto panorama. Ahorren y sean precavidos ante lo que pueda llegar.

viernes, septiembre 09, 2022

Isabel II, Reina

La imagen de la Reina de Inglaterra ha devenido en un icono global a medida que los años se han sucedido en su reinado de una manera tan eterna que parecía inacabable. Acontecimientos, personajes, hechos, todo se sucedía, cada vez a mayor velocidad, e Isabel II seguía ahí, inmutable, con sus vestiditos conjuntados y el aspecto de ver la vida desde lo alto de un balcón mientras que los mortales se desvivían en la calle, a sus pies, presos de iras y deseos. Su inmensa longevidad y el desempeño del cargo le habían convertido en un mito viviente, en el último personaje proveniente de otra época que seguía ejerciendo un papel público.

Escribir sobre Isabel II en pasado supone estar en un tiempo en el que ya es una más de los miles de millones de fallecidos que ha habido en nuestra historia. El martes se le pudo ver, muy empequeñecida, pero de pie, apoyada en un bastón, recibiendo a la nueva primera ministra Liz Truss en Balmoral, Escocia, y ayer falleció en esa propiedad, quizás la más querida de las suyas, en lo que parece un final de lo más plácido, sin agonías ni estertores que lo dilaten de ninguna manera. La llamada hecha a sus hijos por las autoridades médicas indicaba ya, a primeras horas de la tarde, que lo que parecía que nunca iba a suceder estaba a punto de darse. Setenta años de reinado, el segundo más largo de los conocidos tras el del Luis XIV de Francia, conmemorados en el jubileo de este verano, concluían con la sobriedad y estilo que sólo la BBC y los británicos son capaces de darle a los acontecimientos. Durante siete décadas Isabel ha sido reina de Inglaterra y de un montón de naciones, primero de manera efectiva, luego simbólica cuando el imperio que heredó se deshizo, y esa ha sido su vida. Consagrada a la corona, todo lo demás ha sido secundario, y en ese todo está todo. Vida privada, familia, amistades, gustos, lo que fuera. Su sentido del deber y sacrificio al ejercerlo han sido una señal constante en su vida, y frente a un mundo que ha ido arrinconando algunas de esas virtudes en pos de un hedonismo consumista y desnortado, ella seguía rígida por encima de todo. Rodeada de los escándalos que surgían en torno a sus vástagos y familiares, ella nunca fue motivo de polémica ni de enojo, no sólo porque fuese protegida por otros poderes, sino porque su desempeño nunca cayó en el error no forzado. En los tiempos modernos quizás la muerte de Diana de Gales y su funeral fuesen los días más duros de su reinado, en lo que hace a la relación con una sociedad que ya había cambiado mucho desde que ella se coronó, pero no es posible, como en otros casos de reyes habidos o eméritos, encontrar manchas que sirvan para criticar su figura. La monarquía es una institución extraña, la única encarnada en una personas física, humana, mortal, mientras que todas las demás son ocupadas de manera temporal por personas que van y vienen. El sentido de la monarquía es, hoy en día, cuestionado por muchos, también en el Reino Unido, e Isabel lo sabía perfectamente, y era consciente de que su poder, ausente en lo real, con r minúscula, sólo derivaba de lo que ella pudiera otorgar de dignidad a la figura Real, con R de Reina. O era abnegada y ejemplar o vería como la institución se degradaba hasta su caída. En medio de una sociedad cada vez más dividida, con enfrentamientos sociales y antagónicas visiones de cómo gestionarla, sometida a enormes cambios tecnológicos y morales, decadente en lo que hace a poder global y representatividad en el mundo, secularizada, dominada por el temor al futuro y el olvido cada vez más rápido de todo lo pasado, el Reino Unido es un perfecto ejemplo de cada una de nuestras naciones occidentales. Y durante siete décadas, al menos, han contado con un puntal inamovible, una referencia que les ha servido de guía emocional. Esa referencia falleció ayer, sucedida por Carlos, III, a sus 73 años.

Isabel II es pura historia del siglo XX y parte de este XXI. Su marcha pone fin, de manera simbólica, a la centuria pasada, porque si bien es cierto que quedan vivos personajes notables de ese tiempo, ella, y quizás Henry Kissinger, eran los únicos que ejercían aún un papel relevante en el mundo. Ella a años luz del estratega norteamericano. Hace pocos días murió Gorbachov, que fue muy importante, pero, como casi todos los de su edad, languidecía olvidado. Isabel II no, seguía hasta ayer, literalmente, ejerciendo como Reina. Reino Unido se enfrenta a una catarsis como no la ha vivido en muchas muchas décadas. El mundo pierde a uno de sus mitos.

miércoles, septiembre 07, 2022

Nueva primera ministra británica

Desde que el condenado David Cameron decidió poner en marcha el referéndum para la independencia de Escocia, salvado con un resultado unitario por los pelos, la política británica ha ido descendiendo sin cesar a un grado de degradación inaudito por aquellos lares, o por lo menos visto desde aquí. En ciertos aspectos se parecen a la nulidad de quienes dicen regirnos a nosotros, y que aquí la política sea un abrevadero de oportunistas incapaces no tiene nada de novedoso, pero allí sí. Cierto, son hipócritas hasta el extremo, pero la dirigencia británica siempre ha sido responsable y no ha hecho tonterías que avergüenzan hasta a sus compatriotas de balconing.

No hubo muchas sorpresas en la elección, conocida ayer, de Liz Truss como la nueva primera ministra del país. En la disputa con su rival, Rishi Shunak, Truss empezó a despuntar en las encuestas internas del partido conservador desde un principio, dada la acusación de traidor que caía sobre Rishi, al ser su dimisión la que precipitó definitivamente el derrumbe de Boris Johnson. Los dos son jóvenes y peso pluma en lo que hace a sus credenciales políticas y de capacidad. No se conocen grandes méritos de sus carreras salvo sus perfiles estudiantiles y una temprana introducción en los círculos conservadores. Truss ha dado bastantes bandazos en lo ideológico y, por ejemplo, ha pasado a ser una defensora de la permanencia del Reino Unido en la UE a ponerse a la cabeza de la manifestación celebrando la salida. Lo que sea capaz de hacer es una incógnita, y más frente a los enormes retos que le esperan. Por de pronto ha decidido arroparse en la imagen de Margaret Thatcher, lo que es un guiño al electorado más conservador y nostálgico, e incluso en algunos de sus mítines ha parecido con vestidos similares a los empleados por la carismática política, pero más allá de unas declaraciones genéricas poco se sabe de lo que quiere hacer realmente. Suple a Boris, el inefable Boris, la estrella de todo humorista y comentarista político, el hombre que, como su pelo, nunca paraba quieto, que consiguió una arrolladora victoria electoral y que él solito la desperdició con un comportamiento más propio de un adolescente gamberro de que de un responsable político. No consta que, frente a las exigencias levantadas en torno a la primera ministra finlandesa, nadie pidiera hacer test de drogas a Johnson y su entorno tras las innumerables e ilegales fiestas que se han dado en las residencias oficiales, pero es probable que el resultado no fuera tan nulo como el balance de su mandato. Johnson ha soñado desde pequeño con la figura de Winston Churchill, se ha llegado a sentar en el mismo lugar en el que el gran Winston comandó la lucha por la libertad europea, y su paso por esos “cabinet war rooms” será recordado como una auténtica parodia del poder, como un desmadre en el que la irresponsabilidad absoluta, la desidia y la total asunción de que las normas no son de cumplida obligación eran la marca de la casa. Si Truss consigue no generar escándalos y sosegar la vida política británica ya habrá hecho méritos para ser mejor recordada que el inolvidable Boris, pero es que eso no le va a bastar, ni mucho menos. Sumida en una crisis económica devastadora por la guerra en Ucrania y la restricción energética, la sociedad británica lleva semanas de constantes manifestaciones en demanda de respuestas ante el alza de unos precios que crecen allí incluso más que aquí, aunque parezca imposible. El autogolpe en la espinilla infringido con el Brexit aumenta los dolores económicos y comerciales en un país que sigue siendo una referencia global en muchos aspectos pero que, también, da muestras de decadencia en otros tantos. La industria y tecnología británica llevan tiempo en franco retroceso, y es la entrada de capitales gestionada por la city y su papel global como gestor financiero lo que mantiene a Londres como uno de los centros del mundo. La ciudad sigue pujante, desatada, pero el resto de la nación no.

Quizás la degeneración a la que estamos asistiendo en la política británica sea otra muestra de la decadencia de la nación, no tanto de sus instituciones, que aguantan, como de esa forma innata de gestionar el poder que los anglosajones han demostrado ejercer con maestría para sus propios intereses el último par de siglos, y que parece estar diluyéndose en medio de desmadres, luchas internas, debates absurdos y cosas por el estilo. Soy más anglófilo que francófilo, empirista que sujeto a las tesis filosóficas de los obtusos intelectuales parisinos, por lo que prefiero un Reino Unido estable y competente a lo que es ahora. ¿Qué hará Truss? Toda una incógnita.

viernes, julio 08, 2022

Boris Johnson y el anillo de poder

Creo que comenté ayer, o hace ya tiempo, que Johnson pudo haber dimitido mucho antes y salvar algo su honra, pero no, decidió aferrarse al poder y así perder el cargo y también el honor por completo. Ya con los escándalos de las fiestas, mientras el resto de la nación estaba obligada a permanecer encerrada, su marcha era inevitable, pero se aferró al poder hasta que ayer se vio obligado a dejarlo de una manera vergonzante, abandonado por todos, tras una comparecencia exprés que no suscitó el aplauso ni el reconocimiento de casi nadie. Pocas salidas más humillantes que las de Boris. ¿Por qué forzó llegar hasta ese punto? ¿Por qué se aferró a algo que era inevitable que perdiera?

En el café de ayer algunos de mis amigos de trabajo se hacían la misma pregunta, y OOM comentaba el caso, visto hace apenas un par de semanas, de Mónica Oltra, que también se marchó mucho más tarde de lo debido, tras un fin de semana de vergüenza y miles de negativas a abandonar su cargo por el escándalo de ocultamiento de abusos sexuales que le afectaba. Oltra estaba condenada a dejarlo, todos lo sabíamos, pero al igual que Johnson, se aferró de una manera ridícula, arrastrándose lo más posible por el fango cunado dimitió con tanto destiempo. No encontré una respuesta a la cuestión que planteaba OOM y otros compañeros de descanso, más allá de los tópicos de la negación de la realidad que acaba rodeando a todo aquel que posee algo de poder, y se ve aconsejado por quienes de él dependen para que no abandone el cargo que da sustento a esos mismos asesores. Sin embargo, creo que la cosa va más allá. Los que se presentan a estos cargos poseen ambición, quieren mandar, luchan por llegar hasta el puesto de poder, y hacen todo lo posible para conseguirlo. Antaño matar era una vía legitimada por la sociedad para alcanzar el gobierno, ahora ya no, al menos en nuestro entorno, pero se pueden hacer todo tipo de barrabasadas que resultan infames para lograr el objetivo del gran cargo. Eso hace que las personas que detentan estos puestos no estén dispuestas a dejarlos así por así dado el enorme esfuerzo que han hecho para llegar hasta allí, pero hay algo más. El poder engancha, atrapa, se convierte en una droga que genera satisfacción al que la toma pero que le produce dependencia. A todos nos gusta ser adulados y ver convertidos nuestros deseos en realidad, y el que está en lo alto de la cima es el que más peloteo recibe, más coba, y más adicto se vuelve a ello. El vicio que genera el poder está detrás de muchas obras clásicas, y Shakespeare en Macbeth lo refleja como pocos, pero creo que es Tolkien en su Señor de los Anillos el que describe a la perfección la sensación que posee el que, embaucado por el poder, acaba siendo atrapado por el mismo. El anillo que protagoniza la obra embauca por igual a hombres, hobitts, enanos, elfos o cualquier otra criatura que tenga la fortuna, más bien desgracia, de ser su portador. Empieza siendo divertido, otorga poderes sugerentes, pero acaba carcomiendo cuerpo y mente. El portador que lo llevaba al principio con gusto empieza a sentir que el anillo es tan suyo como mismamente suyo es él respecto al anillo, Se vuelve dependiente, adicto al influjo que emana del aro dorado. La caída de la voluntad del portador en manos del anillo es algo progresivo, lento, pero imparable. Bilbo es, forzado por Gandalf, el único que deja caer voluntariamente el anillo de su mano, pero no quiere hacerlo. Se revuelve, se enfrenta al mago, uno de sus mejores amigos, por el vicio que le consume, y es el terror que le infunde un Gandalf que demuestra que no es sólo un viejo gris el que le hace renunciar a la presa. Esa escena es muy impresionante. Por su propia voluntad, mediante el consejo razonado de aquellos que le apreciaran, Bilbo nunca hubiera abandonado el anillo. Jamás. Sólo lo hizo forzado.

El poder, grande en el caso de Johnson, ridículo por comparación en el de Oltra, menor o mayor según sea el cago o la sensación que se tenga, es como el anillo de Sauron. Engancha, domina, altera la voluntad, se enquista en el interior de quien lo posee y le hace actuar de manera irracional vista desde fuera, desde los que carecemos de poder y afirmamos, en los cafés, con los amigos, que nosotros no actuaríamos así. Pero es casi seguro que caeríamos igualmente. Recuerde que Frodo, el protagonista del libro, noble hasta el extremo, no es el que destruye el anillo, porque también acaba consumido por él. Nadie puede resistirse a la voluntad del poder.

jueves, julio 07, 2022

Anarchy in the UK

Este fue el punki titular con el que The Economist llenó su portada en el número publicado tras el aciago Brexit. En ella creo que eran unos calzoncillos raídos con la estampa de la Union Jack británica descolorida que ondeaban como bandera los que presidian toda la página, en señal de la rebeldía nihilista que acababa de asestar un duro golpe al europeísmo y a lo que la lógica económica, social y, también, sentimental, dictaba. Ese fue el primer gran síntoma de la degeneración que había alcanzado la política británica, que lo fue todo en su momento, que fue el ejemplo de sobriedad, seriedad, también hipocresía y, desde luego, profesionalidad a la hora de llevar los asuntos y tratar en privado las discrepancias. Eso, al parecer, se acabó.

Es por ello que Boris Johnson, el hombre despeinado, es el perfecto producto de esa fábrica de liderazgos británica que parece naufragar al otro lado del canal. Cierto es que desde esta orilla no se pueden dar lecciones a los londinenses y resto de ciudadanos del país, dada la necedad de nuestra clase política. Eso sí, podemos darles la bienvenida al mundo de la ineptitud, al que se suman con fuerzas renovadas. Los episodios de dimisiones vividos en estos dos últimos días, que han dejado descompuesto el gabinete de un Johnson desbordado surgen tras el último escándalo conocido, en el que el protagonista es otro parlamentario conservador, responsable del correcto comportamiento de los miembros de su grupo y que, al parecer, metía mano a todo hombre que pasaba más de cinco minutos en su despacho. Un tema vidrioso, el de los escándalos sexuales, recurrente en la política británica, donde todos se declaran heterosexuales y casi nadie lo es, y todos dicen ser castos y puros y cada dos por tres aparecen medio muertos en violentas prácticas de masturbación o en casos de sodomía colectiva. En este último escándalo Johnosn ha seguido el nefasto guion que aplicó sin éxito cuando le pillaron en las fiestas ilegales de Downing Street en el confinamiento: primero negación de los hechos, luego admisión de que han existido, pero eran menores, y después reconocimiento de una culpa propia y petición de perdón. Táctica defensiva que esconde la búsqueda permanente de ocultar el escándalo, de hacer como que no ha sucedido. Johnson ha demostrado ser, desde el principio, un personaje que puede definirse por su peinado; caótico, desordenado, improvisado. Hombre muy culto, tan aficionado a la fiesta como a la mentira, sabe moverse en el mundo de los medios y las redes, pero no es capaz de llevar a cabo un proyecto de largo plazo. Amante del poder, alcanzarlo es su único fin, y luego, instalado en él, parece aburrirse, dejarse llevar por una indolencia en la que de vez en cuando poses absurdas y declaraciones extrañas le relajan, para volver a la desidia del día a día. Su tirón electoral es innegable, como lo fue la arrolladora victoria cosechada poco antes del inicio de la pandemia, pero ahora mismo el proyecto de Johnson es un barco hundido, una ruina que naufraga en el Támesis del que todo el mundo trata de escapar, con un capitán que se niega a admitir la realidad. El espectáculo que está ofreciendo Johnson en particular, y la política británica en general, es patético, a la altura de seriales cutres como el vivido por el PP hace unos meses con la caída de Casado (aún más grave fue aquello, se apuñalaban sin ni siquiera tener poder) o, en general, escenas que todos recordamos de nuestra historia política reciente, que producen vergüenza ajena. Pues ahora, mire usted por donde, el altivo, señorial y siempre recto Reino Unido muestra ante todo el mundo el desbarre más absoluto, la mayor de las incompetencias y la sensación de que su dirigencia camina sin rumbo hacia la nada, despedazándose sin contemplaciones. Sospecho que, década tras década, empiezan a asumir que su ensoñación de imperio es eso, mera fantasía, y les esperan muchos tránsitos por el descansillo de la decadencia. Bienvenidos.

Para políticos, intelectuales y gentes de todo tipo de Europa el Reino Unido ha actuado muchas veces como lugar de refugio, como ese sitio estable en el que desde hace siglos no se producen golpes de estado ni guerras internas ni nada por el estilo. Es lugar de huida, de exilio. Sitio extraño, de clima feo, nefasta comida y suaves paisajes, en el que cada medio siglo miles de españoles, por poner una nacionalidad, han encontrado refugio escapando del infierno desatado en su país. Era UK ejemplo para políticos sobre cómo gestionar de manera sobria, espartana, seria y comprometida una nación. Parece que ese ejemplo se difumina. Johnson es muestra, síntoma y ejemplo, de la decadencia de una nación. Su marcha es obligada pero, tras él, el problema de fondos seguirá ahí.

martes, junio 07, 2022

Boris Johnson se salva por los pelos

Sí, lo siento, no soy nada original. Sospecho que la frase hecha con los pelos y el margen ajustado será el clásico que servirá para titular muchas columnas hoy sobre la votación a la que ayer fue sometido el primer ministro británico. Su pelambrera desordenada invita a hacer todo tipo de chistes al respecto, y es tan fácil caer en ellos… Aunque el resultado, 211 a favor, 148 en contra, parezca otorgar una confianza holgada, lo cierto es que tanto voto en contra refleja un profundo hartazgo en el partido conservador a las formas y maneras de Johnson de hacer política y de no asumir sus errores.

Lo más claro que se puede decir de Johnson es que no engaña. Su pinta de bufón corresponde a un personaje que supera por mucho sus propias capacidades y que desarbola a todo aquel que trata de aproximarse a su figura. Histriónico, excesivo, lúdico, amante de las broncas, la carrera de Johnson es la de un tipo listo, dotado de una excelente memoria, educado a la manera de las más rancias élites británicas, que ha ido de un lado a otro movido por su mero afán de escalar en el poder sin tener muy claro para qué. Obsesionado con la figura de Churchill, proclama su adoración al primer ministro al que tanto debemos los europeos, pero la manera en la que Boris pretende emular a Winston sólo logra caricaturizar al personaje histórico y dejar en peor papel al actual político. No hay honra ni contenido profundo en la figura de un Johnson en la que, nuevamente, sus desordenados pelos son el perfecto reflejo de su personalidad. Antes de dedicarse de manera profesional a la política hizo un poco de todo, y entre sus múltiples empeños estuvo el de ser periodista, corresponsal de un diario británico en Bruselas. No consta que allí se disparara su eurofobia más de lo que ya lo estuviera antes de asentarse en la oscura capital comunitaria, pero sí es cierto que fue pillado en más de un renuncio por parte de sus editores, que comprobaban con cierta frecuencia cómo las crónicas que escribía el tal Boris no eran el reflejo de la realidad. Johnson escribía bien, sí, pero no era cierto gran parte de lo que contaba. Eso no sería delictivo en caso de dedicarse a la novela, pero en el periodismo resulta ser, como poco, una estafa. Acabó siendo despedido del medio y a partir de ahí, con los contactos que hizo en la Bruselas lobista, seguro que con más de una fiesta de por medio, encarriló su vida hacia la política, llegando a ocupar el puesto de alcalde de Londres, una figura que tiene más de nombre que de responsabilidad dado el extraño funcionamiento administrativo de esa gran ciudad. Durante sus mandatos Johnson no dejó indiferente a nadie, mostrando un talante cada vez más populista, aficionado al espectáculo puro y duro y con una vena histriónica que, salvando las distancias, le llevaba más a parecerse a un Jesús Gil y Gil anglosajón que a un mero populista de manual. Es en esos años cuando el tema del Brexit va cogiendo fuerza y Johnson lo ve como una oportunidad para pegar el gran salto al auténtico poder en su nación. Amparado en las irresponsable decisiones del nefasto David Cameron, un absoluto inútil de aspecto más formal pero de profunda necedad en todo, Johnson se une con fiereza al bando de los que quieren sacar a su país de la UE y, día tras días, repite mentiras cada vez más gordas sobre los efectos financieros para la islas de estar en la Unión o sobre cualquier otra cosa. Comparar lo que dice el martes con lo que afirma el jueves es risible, dado que no se parecen en nada y cada día que pasa sus trolas son mayores que las del día anterior. Pero Johnson tiene morro, por decirlo en bruto, sabe hablar ante un público mitinero, se toma una pinta con los votantes con enorme credibilidad, preludiando lo que será su principal ocupación una vez que llegue al gobierno. El brexit triunfa de una manera sorprendente, y Boris se sube al carro de una victoria a la que hacía no mucho veía con recelo. Afirma que era “brexitero” ya desde la cuna y, casi seguro, montó más de una fiesta para celebrar el resultado.

El interregno de Theresa May al frente del gobierno británico es una época en la que Johnson no deja de hacer trabajo de zapa para preparar su propio ascenso al poder. Entre medias, le da tiempo a volver a cambiar de pareja y ser padre otra vez, cosa que repetirá ya siendo primer ministro, Creo que tiene seis hijos de tres parejas conocidas. Llega al poder con una enorme victoria sobre el laborismo, arrasando en el cinturón rojo del norte, y la pandemia ya demuestra que gobernar no es lo que le gusta al marchoso de Boris. Desde entonces su vida es un rosario de escándalos, declaraciones absurdas, meteduras de pata, grandes palabras, discursos pomposos y nulo rumbo, todo aderezado con varias copas de alcohol. Como Churchill, sí, pero en payaso.

jueves, enero 20, 2022

Boris en su laberinto

Sí, también me ha llegado ese meme al móvil que viene a decir que el sábado por la noche, cuando tú estás aburrido en casa con cara de sueño, Boris Johnson se lo está pasando en grande en otra fiesta multitudinaria. Y es cierto, y casi da igual el día en el que mandes y recibas el meme y al que se reciba, porque la capacidad de juerga de Johnson y los suyos deja convertidos a los fiesteros hispánicos en unos monjes cistercienses de maitines. No pensaré en ello este próximo sábado, intentando irme a la cama después de las 24:00, por eso que dice OOM, amigo mío, que sino resulta ser un sábado desperdiciado. Johnson no tiene esos problemas.

Son multitud los memes que circulan sobre Boris, lo que no hace sino acentuar lo ridícula que es su posición y que, como le pasaba al ministro Garzón, el carente de amor propio, debiera irse a casa por el mero hecho de la vergüenza que supone su comportamiento a ojos propios y los de la sociedad en la que se encuentra. Johnson, como el resto de gobernantes, decretó confinamientos y restricciones de derechos y libertades en aras de salvar vidas en los momentos más duros de la pandemia, lo cual era difícil de aceptar, pero inevitable y comprensible tal y como lo reflejaban las cifras de fallecidos, pero es su caso el del policía que delinque, el del célibe ordenado con votos que practica sexo, el del periodista que reclama libertad de prensa pero trabaja sin cesar para cercenarla al servicio del gobierno de sus amores…. En definitiva, el del hipócrita que decreta obligaciones para todos pero es el primero en saltárselas, y a Johnson le han pillado. Habrá habido otros, seguro, que también hayan incurrido en comportamientos semejantes, no tengo dudas, pero en el caso de Boris hay todas las pruebas y evidencias que uno quiera, y reiteradas en el tiempo. Surge la duda de si esta información ha sido filtrada por anteriores miembros del gabinete recelosos de su antiguo jefe, y ahí todas las miradas se dirigen a Domining Cummins, el anterior jefe de gabinete del primer ministro, el poder en la sombra que trabajó con él durante toda la campaña del maldito Brexit y llegó al poder cuando Boris lo conquistó. Un “spin doctor” tan brillante como oscuro, admirado sin duda por Iván Redondo, la versión cutrosa y carente de casi todo que aquí ocupó ese puesto junto a Sánchez. Cummings ya fue pillado saltándose el confinamiento británico en las navidades de 2020 y eso acabó costándole su puesto, cortocircuitado por Johnson, que como todo buen gobernante tiene un gran aprecio a sus colaboradores de mientras le sean útiles para mantenerse él en el poder. ¿Ha contribuido Cummings a saciar sus deseos de venganza dando información detallada sobre esas fiestas una vez que se confirmó su existencia? No es descartable, ni mucho menos, y le introduce una vertiente de vengativo morbo que no deja de ser muy atractiva, ideal parta los guionistas que relaten esto en futuros docudramas televisivos, pero es un tema secundario respecto a la historia principal, la del gobernante que se ríe de sus gobernados y es pillado en falso. Como les decía antes que creo que otros habrán hecho lo mismo, es casi seguro que en el pasado este tipo de comportamientos “hacia adentro” se daban mucho más, pero la principal diferencia entre el pasado y la actualidad no es que ahora seamos más morales o exigentes, sino que ahora todos llevamos dispositivos que graban y guardan pruebas de todo lo que sucede a nuestro alrededor, y lo que antes podía ser una sospecha o intuición ahora son imágenes, vídeos y testimonios irrefutables. Ante ellos la tentación del gobernante de negarlos se mantiene impertérrita, lo que le lleva a momentos tan ridículos como imposibles de entender vistos desde fuera de la esfera del corrosivo poder. En España hemos visto situaciones de este tipo que son absurdas, piense usted en la gestión del Rajoy y el PP de los SMS de Bárcenas, o en las últimas declaraciones de miembros del actual desgobierno diciendo que “realmente no ha habido polémica con las declaraciones de Alberto Garzón.” Es ridículo, sí, pero se reitera.

Johnson se ha visto obligado a pedir perdón, en público, en una intervención ante la prensa que recordaba ligeramente a la que hizo Don Juan Carlos pidiendo perdón, en otro caso en el que el reinante, que no gobernante, fue pillado en un ridículo intenso, con el atenuante en ese caso de que el emérito no violaba normas impuestas por el mismo a otros. Johnosn hará todo lo posible para sobrevivir en el cargo, aunque su partido es probable que trate de cesarlo en el cargo para evitar daños al colectivo, pero pase lo que pase ha demostrado que la residencia oficial que ocupa le queda inmensa a un personaje bufonesco que no es digno del puesto y que, a cada paso, ahonda el bochorno.

jueves, diciembre 16, 2021

Boris Johnson naufraga

Ayer el parlamento británico aprobó la reimposición de restricción es en Reino Unido con motivo del disparo de contagios que está propiciando la variante ómicron. El resultado de la votación refleja el absurdo en el que se ha convertido la política de aquel país, antaño ejemplo de seriedad, y hoy a un nivel de cutrez similar al que vivimos habitualmente países como el nuestro. La desbandada de diputados conservadores, unos cien, más o menos un tercio del grupo del gobierno, que decidieron no apoyar las medidas del gabinete, hizo que las restricciones fueran aprobadas gracias al voto de la oposición laborista, que ahora mismo encabeza las encuestas de unas muy lejanas elecciones.

Este resultado es el último desastre que ha causado Boris Johnson, un primer ministro cuyo estilo de gobierno se refleja mucho más en su forma de peinarse que en cualquier otro aspecto de su personalidad. La semana ya empezó para él de la manera más horrible, siendo vapuleado ante todos a medida que se desvelaban los detalles de la fiesta navideña que tuvo lugar en sus oficinas de Downing Street el año pasado, cuando estaban prohibidas por estar los contagios, enfermos y demás variables covid en auge. Johnson urgía en esas navidades a sus compatriotas, los que le pagan el sueldo, a no ver a los y a pasar casi en soledad las fiestas para no propagar más el virus y, a los pocos minutos de terminar su alocución, se unía a la fiesta que tenía lugar en la residencia del gobierno, donde las medidas sanitarias eran, seguramente, solo algunas de las que no se cumplían en absoluto. Este episodio ha colmado la paciencia de muchos, y ha sido la causa de las primeras dimisiones reales en el entorno de su núcleo duro, pero no es sino una más en la caótica gestión que se vive, en el día a día, en aquel país. Johnson es un populista de libro, un autor de estrategias llamativas para epatar ante los medios, de discurso bronco, de foto fácil, de mensaje directo. Sabida es su cultura, su capacidad de recitar a los clásicos en las lenguas originales, y que, aunque los tenga muy desordenados, carece de un pelo de tonto, pero es un absoluto inútil para gestionar un gobierno. Fue antieuropeo cuando trabajaba como periodista en Bruselas, luego flirteó con el europeísmo y, en la campaña del Brexit, no se mojó muy claramente a favor de la salida de la UE. Tras el desastre del resultado, se unió con firmeza a las huestes proBrexit y dedicó todas sus fuerzas a hacerse el abanderado de la causa británica, convirtiéndose en una auténtica mosca cojonera de la entonces primera ministra, Theresa May, de su partido, que hacía lo que podía con un Johnson desatado. Consiguió reunir fuerzas para que May renunciara y se convocaron elecciones en las que sacó un resultado arrollador, consiguiendo par el partido conservador una mayoría absoluta inmensa, con triunfos en el llamado cinturón rojo laborista del norte de Inglaterra, donde los conservadores nunca se habían comido una rosca. Johnson llegó al poder por el que tanto había luchado y, desde entonces, su gestión es un ejemplo de impericia, ineptitud y descontrol. La pandemia apareció al poco de que se sentase en su despacho del gobierno, y optó por ignorarla, convirtiéndose en negacionista hasta que el virus le postró en un hospital y vio la luz. Con Trump en el gobierno de EEUU, exaltó su imagen nacionalista británica y se convirtió en un auténtico “Miniyo” de su jefe, ambos provistos de prominentes cabelleras, pero la derrota del populista padre le dejó medio colgado de la brocha. Ha ido aprobando y rectificando normas que, en relación al tratado del Brexit firmado con la UE, han introducido una enorme inseguridad en todos los ámbitos imaginables. La imagen de fiabilidad del Reino Unido bajo la era Johnson se ha diluido por completo.

Esta misma semana ha asistido al nacimiento de su, creo, séptimo hijo, fruto de su actual relación, creo que la tercera conocida. El caos que supone seguir su vida sentimental es el reflejo de un personaje devorado por sí mismo, alguien capaz de sentir en ocasiones con fineza por dónde sopla el viento del electorado para subirse a él y arrasar y que, casi siempre, yerra en lo práctico, sumido en escándalos de financiación relacionados con la decoración de su actual piso en pareja, o la anterior residencia, o cosas por el estilo. Johnson vendió a los suyos un futuro glorioso basado en un Brexit de ensueño. La realidad de su gestión, más allá de ser un fracaso, muestra tintes de patetismo que, realmente, son difíciles de imaginar provenientes de un lugar tan serio como aquel.