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jueves, diciembre 18, 2025

Las plataformas arrasan

¿Cuántas veces ha ido usted al cine este año a ver una peli? Piénselo bien, no cuántas pelis ha visto, sino salas de cine que ha pisado. En esta muestra sesgada y nada significativa que es mi vida, les confieso que apenas una, con un amigo. He intentado ver otras dos o tres más, pero las ventanas de exhibición cortas, por las políticas de estreno de las plataformas, y lo imposible que se me hace entre semana ir a una sala por la tarde han hecho que mi presencia en los cines haya sido testimonial, ínfima. Apenas he contribuido a su negocio y, con unos cuantos como yo, la industria no es que tenga un serio problema, es que desaparece.

Viene esto a cuento de la noticia conocida ayer de que Youtube ha firmado un acuerdo para hacerse con los derechos de la gala de los Oscar, evento que la cadena de televisión ABC retransmite desde hace medio siglo, más o menos. Es todo un notición, porque independientemente del importe del contrato y de las modalidades de emisión que Youtube decida, si lo hará en abierto, será de pago o similar, el hecho supone todo un cambio en la industria audiovisual estadounidense, y un nuevo golpe profundo a la estructura televisiva convencional, a la de los canales lineales, cuya audiencia desciende suave pero constantemente, a costa del visionado en las plataformas, bien sean de producción de contenidos o de mera difusión de vídeos como redes sociales. También está ahora mismo en plena disputa la posesión del estudio Warner Bross, uno de los más importantes y míticos de Hollywood, por el que se están pegando, por un lado, Netflix, que oferta 83.000 millones de dólares por la empresas pero sin la división de televisión (eso deja fuera del acuerdo a Discovery y CNN, por ejemplo) y Paramount, que con el apoyo de contactos trumpistas ha elevado la puja algo por encima de los 100.000 millones por el paquete completo, cadenas de televisión incluidas. Que Netflix fuera la primera que hizo la puja vuelve a poner sobre la mesa el hecho de que, ya, son las plataformas de difusión de contenidos las que dominan el mercado, mientras que el clásico sistema de estudios de Los Ángeles decae, cuando no agoniza. La facturación de las películas no es ya, ni mucho menos, el mayor de los negocios en ese mundo. A veces hay excepciones, como fue el año pasado con Oppenheimer y Barbie, que lograron grandes taquillas, o este con alguna película de animación, pero, en general, los ingresos por exhibición de las cintas (que hace bastante que ya no son cintas) han ido menguando, tocaron fondo con la pandemia y no se han recuperado desde entonces hasta los niveles previos. Empieza a haber generaciones de personas para las que ir al cine ya no es un hábito de sus vidas, sino una rareza, algo incluso propio de mayores. El móvil y la pantalla de casa son los reyes del visionado, y los productos se elaboran para esos formatos y para formas de consumo en los que la demanda del consumidor sea la que determine cuándo y cómo se ve. Los atracones de capítulos, los maratones, ver la serie en el metro de camino al trabajo o de vuelta a casa… el consumo audiovisual se ha fragmentado en tiempo y forma, y en ese mundo la plataforma que distribuye el producto es la que es capaz de proporcionar a cada consumidor no sólo el producto que más le satisfaga, gracias al poderoso algoritmo, sino sobre todo cuándo y cómo le plazca, o directamente pueda. El ver una peli en un lugar físico determinado y a una hora dada del día empieza a ser algo muy restrictivo para mucha gente. Y eso puede acabar convirtiendo al negocio de los cines en una rareza, como la de la ópera, que sigue existiendo, sí, pero que no es relevante ni en lo económico ni en lo social.

Evidentemente todos estos movimientos también afectan a lo que se produce. Las plataformas conocen cada vez más los gustos de sus clientes y les dan visionados que les satisfagan, lo que muchas veces genera una burbuja de contenidos casi clónicos, en los que se hace realmente difícil distinguir entre una y otra serie. Si generan beneficios y satisfacen al consumidor, perfecto. Puede que la originalidad acabe refugiándose en el cine de toda la vida, cada vez con menos recursos, y por ello con la necesidad de experimentar para sobrevivir, y de ese proceso es donde pueden surgir ideas nuevas que, con el tiempo, acabarán siendo absorbidas por las plataformas y nuevamente clonadas hasta el hastío, y vuelta a empezar. El cine no se acaba, pero no creo que vuelva a ser nunca lo que fue.

viernes, octubre 10, 2025

José Sacristán, 88 años, una voz

Raro es el día en el que, tras ver el concurso de Cifras y Letras en La2, permanezco delante de canales de televisión nacionales. Apenas doy una vuelta rápida por ellos y otros que me ofrece mi proveedor de telefonía para acabar siempre o en la CNN o la BBC, tratando de ver noticias no contaminadas por la cutre actualidad nacional y, de paso, hacer algo por mi pobre inglés. A veces estoy contento porque soy capaz de entender algo y me sube la moral, pero otras tengo auténticas dificultades para discernir si eso que hablan es inglés o no, y me da la depre. Supongo que será lo habitual, o al menos, como cenutrio en esto de los idiomas, eso quiero pensar.

Ayer tuvo lugar una excepción, porque al pasar fugazmente por El Hormiguero me encontré a José Sacristán, y eso le obliga a uno a hacer una parada en el camino y quedarse quieto, callado y atento. Sacristán, 88 años, comienza una nueva gira con una obra basada en la vida de Fernando Fernán Gómez, uno de los mayores genios españoles del siglo XX, al que él conoció en detalle. Ya sólo tener delante a alguien que, a esa edad, se sube a las tablas para hacer la función diaria es motivo de respeto constante, pero es que Sacristán es una máquina de contar anécdotas de su época, de la presente, y de cualquier otra, con un estilo propio inconfundible y lleno de sorna, que imposibilita al que lo ve no sonreír. Además, cuando habla de cosas de actualidad, lo hace con el aplomo del tiempo y con una enorme razón. Ayer no se explayó mucho sobre la actualidad nacional, pero su diagnóstico de cutrez generalizada, de bajeza de nivel en todos los sentidos y lados (y su especial dolor por que la izquierda, a la que el siempre ha dicho pertenecer, sea indistinguible en esto de la derecha) es compartida por muchos, y desde luego por el que les escribe. Pero más allá de sus historias, opiniones y frases, Sacristán es un gusto en sí mismo al ser oído. Posee una voz poderosa que el tiempo ha ido llenado de matices y profundidad. Empezó su carrera con papeles muy cómicos y con voz estirada frente a las ya graves de sus maestros de profesión, pero con los años no sólo él se ha convertido también en un maestro, sino que su voz ha alcanzado el temple propio de los doctos, de los que con su mero sonido logran captar la atención de todos aquellos que los rodean. Una presencia, una calidad, un timbre, una gravedad absoluta. Realmente da igual de lo que estuviera hablando Sacristán, podía ponerse a leer un recetario cocina o una lista de los infinitos y plúmbeos considerandos que preceden a todo reglamento comunitario, que el que lo escucha queda atrapado por su sonido y no puede hacer ya otra cosa. Sacristán pertenece a una escuela de actores que, durante años, han trabajado como locos por calles, plazas, teatros, salas y espacios de todo tipo, a los que el cine les hizo famosísimos y logró que tuvieran un elevado nivel de vida, pero no dejaban de ser cómicos de teatro. En ellos, la voz, el uso de la voz, era uno de sus principales instrumentos, a veces el más poderoso con el que contaban cuando el espectador estaba lejos, al fondo del patio de butacas, y el gesto del actor no le llegaba de ninguna manera. La capacidad de esa generación para hablar bien, no sólo con buen idioma, sino con una vocalización precisa, es excepcional. Frases entonadas con precisión, acentos marcados, nada de sube y bajas ampulosos o chillones, línea de sonido estable y no sujeta a extraños vaivenes, dicción precisa, proyección perfecta… no era sólo que se les entendiera perfectamente, es que era un gustazo oírlos. En el caso de Sacristán, ayer en la tele o cualquier día sobre el escenario, su voz es una presencia con un poder magnético y una capacidad de atracción irresistible. Desde el momento en el que alguien así te dice “hola” ya te ha ganado, y sospecho que saca un par de cuerpos de ventaja al resto de compañeros en el caso de las obras de reparto múltiple. Era imposible no estar pegado a la tele mientras en ella estaba Sacristán. Fuese, y no hubo nada.

Una de las cosas que he comprobado en los últimos tiempos, comparando las noticias en los canales anglosajones y los nuestros, más allá de la caída de la calidad y el sesgo infantiloide que domina en España, es la aparición cada vez más frecuente en nuestras cadenas de locuciones estridentes, de voces que, por hablar muy alto, de manera chillona, creen dar más empaque a las noticias o que estas sean más ciertas. En el mundo anglosajón se cuidan más los tonos y los informativos llevan un volumen sonoro mucho más estrecho, sin los sustos que uno se pega aquí. En ninguno hay voces como las de Sacristán, claro. Pero no requiero la excelencia para el informativo diario, me basta la sobria imitación.

viernes, septiembre 19, 2025

El Late Show agoniza ante Trump

Desde hace algunos años el Late Show vive una crisis en la nación que le vio nacer, EEUU. Ese formato de programa nocturno en el que un presentador realiza algún monólogo gracioso de actualidad y luego encadena entrevistas a personajes famosos en un ambiente distendido, siempre con un fondo urbano nocturno iluminado. En España se ha intentado pone en marcha varias ocasiones, siendo la versión que ahora realiza Marc Giro en La2 o La1 la última. Aquí, en general, no ha triunfado. No es una de las causas, pero en nuestro país los fondos suelen ser paisajes urbanos nocturnos falsos, porque en España nuestras ciudades no relucen como las de allí cuando se pone el sol. Es lo de menos, pero resulta indicativo.

La crisis del formato viene de lejos, y se ha reflejado en unas audiencias menguantes. Hubo una época en la que Jay Lenno o Stephen Colbert reunían ante el televisor a gran parte del país y les entretenían. Ahora esos programas no son, ni mucho menos, los más vistos de las parrillas de unas televisiones que han visto como su audiencia ha ido cayendo a medida que las nuevas generaciones huyen de la programación lineal para enclaustrarse en su móvil y ver lo que quieran y cuando quieran. Programas emitidos en directo, producciones caras, sueldos elevados para presentadores de relumbrón… costes crecientes e ingresos menguantes, mala combinación. A ello se debe sumar que vivimos los tiempos de la cancelación, esa manera moderna de denominar a la censura de toda la vida. Ahora sale alguien haciendo chistes de algo y siempre va a haber alguno que se sienta ofendido por lo que sea y solicite la lapidación del humorista. No se recurre a lo obvio, que es no ver lo que a uno no le gusta, sino que se persigue prohibir todo lo que escape del criterio personal. En cada momento, el humorista se debe ceñir a lo que el sentido político del momento y del gobernante decreta, y si se sale de ahí hordas de bots y de pusilánimes contratados buscarán destruirle en las redes sociales, convertidas en la versión digital de las hogueras medievales. En España hacer chistes contra Sánchez supone que la masa al servicio del gobierno sitúe al cómico en la fachosfera, concepto inventado desde Moncloa que algunos usan con una frivolidad impropia de personas de más de cinco años. En EEUU el tema de la cancelación se disparó tras fenómenos como el del asesinato de George Floyd o el movimiento feminista MeToo. Lo woke se hizo con un poder enorme en la sociedad y, como la vieja inquisición, decretaba de qué se podía hablar y de qué no, y condenaba al ostracismo a quien osaba salirse de las pautas correctas que ese movimiento dictaba, con un aire insoportable de superioridad moral. Los creadores y, en general, todos los que trabajaban en el mundo del espectáculo allí, empezaron a sentirse acosados, vigilados, con la sensación cierta de que su libertad de expresión estaba siendo coaccionada, y se impuso lo que se llama la autocensura, que es la represión propia para evitar la ajena que te amenaza. Fenómeno antes no visto allí, y que desde luego impacto en todos los programas, también en los Late Show, que a su crisis propia añadían un problema muy gordo, porque si el humor y la crítica social eran en gran parte lo que les sostenía como idea, ¿cómo iban a poder seguir trabajando de igual manera en esos tiempos?. La victoria de Trump el año pasado y el debilitamiento de los woke, ahogados en gran parte por su propio dogmatismo, otorgó una momentánea sensación de relajo, de que la presión social ante el humorista iba a disminuir, pero fue una ilusión falsa. Ahora las tornas han cambiado y, directamente, la presión no viene de movimientos sociales sino del propio poder. En su idea autoritaria de la presidencia, Trump ha alentado la fulminación de programas, presentadores y formatos, y los Late Show han sido, desde el principio, una de sus principales piezas de caza. A lo largo de este año Colbert ha anunciado que se retira tras dos décadas de carrera, entre cansado y asustado, y esta semana la ABC, de Disney, ha anunciado que retira el programa de Jimmie Kimell tras unos chistes que el presentador hizo relativos al asesinato de Charlie Kirk. Trumo lo ha celebrado y ha dicho que no será este el último de los que no le gustan que se va a tener que largar.

Trump disfrutaría como un enano de los medios púbicos en España, enormes, costosos y tristes aparatos de propaganda al servicio del gobernante, nacional o autonómico. Se moriría de envidia al ver como aquí el poder manipula informativos y pone cargos para que la loa no cese. En EEUU la cadena pública PBS es residual y son las privadas las que se llevan toda la audiencia. Trump ha decidido ir a por ellas, amenazarlas, tratar de ahogar sus fuentes de financiación, buscar resquicios que le permitan revocar licencias, etc. Y los medios, asustados, ante una situación que han denunciado muchas veces en otras naciones pero que no habían vivido nunca en carne propia, están cediendo. El Late Show agoniza y la libertad, en EEUU, empieza a estar asediada.

viernes, enero 03, 2025

Una tontería televisiva

Como no ha pasado mucha cosa en Navidad, y antes de que la actualidad, que viene muy fuerte, nos arrase, les comentaré algo sobre el cutrerío que nos domina, y que tiene una de sus máximas expresiones en la retransmisión de las campanadas de Nochevieja, momento televisivo de gran audiencia, disputa de las cadenas y, para mi, sonrojo general ante la bodriez que supone retransmitir el pausado avance de un reloj. Todos los años las escenas son las mismas, la gracia también, ninguna, y no acabo de entender la emoción que se le ve al ritual de las uvas, que no practico. Por las ventas de los días anteriores, sin embargo, tiene mucho éxito.

Este año he pasado la nochevieja en casa de mi hermana, lo que es una novedad significativa. A la hora de las campanadas zapeó de manera bastante compulsiva entre todas las cadenas y pude ver retazos de lo que en ellas se había organizado. La disputa principal se daba entre una emisora pública y otra privada. En la primera se estrenaban como presentadores los responsables del programa estrella de la temporada, un presunto show de entretenimiento al que no le veo ninguna gracia, y que cuesta un pastizal de dinero público. En la competencia la audiencia había sido cebada, como todos los años, por el presunto secreto del vestido que iba a lucir la presentadora, más bien que le iba a dejar deslucida una vez que apareciese con él, en algo así como un ritual que se lleva repitiendo varios años y que no se a quién le puede interesar. Contemplar la disputa entre ambas cadenas con semejantes mamarrachadas era la mejor manera de lograr que alguien como yo, que bebe pero no se emborracha, se cogiera la gran cogorza. La presencia de mi madre y el hecho de que tuviera que coger el coche para volver a casa me quitaron de la cabeza ese plan, pero les aseguro que es de las mejores alternativas que se me ocurren para pasar esos momentos de sonrojo, de vergüenza ajena, que provocaban semejantes propuestas televisivas. Había también otras cadenas, alguna regional incluida, que no innovaban mucho y se pasaban un rato pretendiendo hacer gracias con un reloj de fondo sin lograrlo en lo más mínimo. En los momentos en los que los presentadores se encontraban aburridos de sus propios chistes recurrían a la moralina barata, hablando de ciertas necesidades sociales, del precio de los pisos y de otro tipo de consignas que quedan bien y son loadas por los pelotas que, en las redes sociales y no sólo, buscan algo de beneficio por adorar a los famosos y a sus muy lustrosas cuentas corrientes, pero que no son sino parches obligados, más falsos que la impostada emoción que pretendían fingir subidos a los balcones de la Puerta del Sol. Casi eran preferibles las gracias carentes de ellas que los discursos elevados. Algo antes de las campanadas mi sobrina estaba dormida en el sofá. No se preocupen, salió en nochevieja y estuvo hasta altas horas, como corresponde a su edad, pero en el momento del cambio de año afloró algo de la genética paterna y, acurrucada en el sofá bajo una manta, se libró de soportar uno de los mayores bodrios que echan las televisiones a lo largo del año, y fíjense que el listón está cada vez más alto. No podía dejar de pensar en ese aforismo de Javier Gomá, que afirma que la hija indeseada de estos tiempos de libertad e igualdad es la vulgaridad. Y sí, vulgar era lo que veía y se repetía. Afortunadamente llegó la hora exacta, sonaron las famosas campanas, en alguna cadena con más publicidad sobreimpresa que escena del propio reloj, y llegó el año nuevo, con lo que el sentido de esos programas de presunto entretenimiento se acabó. Una buena noticia para comenzar 2025.

Al día siguiente era patético ver como la actualidad del país se dividía entre quienes adoraban unas campanadas y otras, les encontraban gracia, les daban sentido estético o social, a lo que no habían sido sino patéticas puestas en escena carentes de gracia. Escuchaba uno un poco algo de la música de los Strauss y, de vez en cuando, intercalados, los comentarios de Martin Llade, y se daba cuenta que en cualquiera de las palabras del periodista de Radio Clásica o en los acordes de la Filarmónica de Viena había bastante más gracia, estilo, profesionalidad y, sí, belleza, que en todo lo que las cadenas nos soltaron en los programas de las campanadas. Qué contraste, madre mía, qué contraste más exagerado.

viernes, julio 19, 2024

La sensacional Shannen Doherty

El pasado 13 de julio falleció Shannen Doherty, actriz estadounidense, con apenas un par de años más que yo. Desde hacía tiempo se le había diagnosticado un cáncer mamario de los agresivos, y los tratamientos a los que se ha sometido no han podido con la enfermedad. Sí acabaron con su riqueza, en una nación donde la sanidad no es un derecho sino un coste inasumible la mayor de las veces. Casi arruinada, su tramo final de la vida ha sido el de la decadencia total, y ahora muchos de sus compañeros que la lloran en público debieran pensar lo poco que la ayudaron en privado con algo tan básico como contribuir a pagar sus facturas.

Mi relación con Dogerty es extraña. Su fama fue universal, junto con todos los que compartía reparto, cuando se estrenó aquella serie llamada Beverly Hills 90210. Avalada por críticos y convertida en fenómeno en EEUU, llegó a España y arrasó sin discusión alguna… bueno, alguna sí, al menos la de este raro que les escribe. Vi apenas un par de capítulos de la serie y, lo reconozco, me pareció insoportable. A escala, con Friends me pasó lo mismo. Los protagonistas eran, presuntamente, compañeros de un instituto, pero lo que allí veía uno era un despliegue de vida y lujos inenarrable, un ambiente de pijerío insoportable y unas tramas nada creíbles. Lo poco que vi me dio la absoluta sensación de estar completamente alejado de mi vida, lo que es habitual en casi todo, pero también de la realidad que me rodeaba. No tenía empatía alguna con los personajes, no me emocionaban sus tramas, no me interesaban sus problemas, nada. Era todo artificial, ajeno. Eso sí, había una excepción, que era Shannen. Su belleza era descomunal, pero también su atractivo y morbo, en todos los sentidos, elevados y depravados, que usted quera imaginarse. Ajena al estereotipo de la chica guapa norteamericana, esa rubia animadora despampanante tan repetida como vista, Dogerty encarnaba una belleza profunda, con un rostro no muy convencional y una melena morena no muy extensa que la sacaba del imaginario de los pompones. Al verla no existía nada más en torno a ella, el resto de personajes podían irse a negro, eran meros comparsas, satélites orbitando sin cesar en torno al planeta Shannen. Aun así, la serie se me hacía insoportable, y como no soy de esos que ven las cosas porque salga una tía buena en ellas, mi experiencia televisiva con el barrio pijo de Los Ángeles duró apenas algo más que una película larga. La serie lanzó a varios de sus protagonistas a la fama, aunque no creo carreras muy consolidadas, pero llenó portadas de revistas con una tropa de ídolos adolescentes que encandilaron corazones de ellos y ellas. Dogerty fue de las que menos rendimiento sacó a su presencia en la producción, y eso que era una de las protagonistas principales, encarnando el papel de Brenda, hermana de Brandon (ya sólo esa elección absurda de nombres me hizo pensar que toda la serie era un truño) y pronto fue presa de cotilleos de todo tipo con la relación que existía entre los actores del reparto. El papel de mala en la vida real le casaba bastante bien, y con el tiempo empezó a ser más conocida por todos esos asuntos que por su trabajo real como intérprete. Jugó a la fama, porque le ofrecieron el juego y aceptó, y se metió en un mundo en el que lo más probable es que uno salga destruido. Sin ver la serie, era imposible no topársela en portadas, artículos o piezas televisivas, donde seguía siendo para mi uno de los cúlmenes de la belleza y el atractivo. No seguía los chismorreos sobre su figura, me daban igual, sólo me interesaba su belleza y atractivo. Decir esto ahora es casi delito, pero me da igual. No estaba enamorado de ella, porque soy consciente, desde pequeño, que las personas famosas que uno ve en los medios no existen en el mundo real para los que no estamos en su entorno, por lo que es absurdo tener sentimientos hacia ellas, pero no podía evitar mirarla cada vez que, en lo que fuese, apareciera. Luego su fama fue declinando y, poco a poco, su imagen dejó de vender, y ya no se supo mucho más.

Lo que más me llamaba la atención de todo aquel mundo fue el subtítulo que se le puso a la serie en España, ese “sensación de vivir” que expresaba de una manera rotunda y aspiracional lo que la imagen de la pantalla proyectaba, una vida sensacional en medios materiales que estaba a años luz de los nuestros, con unas rentas, propiedades, coches y opciones infinitas. Eso me llamaba la atención, obviamente, para eso se creó el producto, pero lo que más me motivaba era lo realmente sensacional que podía ser la vida al lado de alguien como Shannen, poseedora de un atractivo que dejaba a las mansiones en las que vivían todos los protagonistas convertidas en mero cartón piedra. ¿Cómo sería vivir con ella? me preguntaba. Nunca lo supe. Ni lo sabré. ¿Dónde está la fuente de para vivir con sensaciones semejantes?

jueves, abril 11, 2024

Bronca por Broncano

En este extraño país nuestro se da por sentado que los medios de comunicación públicos, pagados por los impuestos de todos, deben de estar al servicio del gobierno de turno, sea cual sea el medio y gobierno. El caso más obsceno es el de las televisiones autonómicas, auténticos NO DOs de sus creídos dirigentes, que cuando no retransmiten la boda del alcalde de la ciudad, como este sábado en Telemadrid con el enlace de Almeida, se dedican directamente al proselitismo sedicioso e independentista, como bien saben hacer en TV3 o EiTB. No entiendo, ironía, como alguien puede ver eso y cómo esas televisiones no son, directamente, privatizadas.

La joya de la corona, decadente, es TVE, sometida al más cutre de los mangoneos cada vez que cambia el equipo directivo de Moncloa, que inmediatamente empieza a escoger a candidatos afines para sentarlos en el Consejo de Administración con el único fin de que conviertan a los informativos de la empresa en portavoces oficiales de la verdad, es decir, de lo que al gobierno le interesa decir. Dentro del ente hay grupos de personas de afinidad más que descarada a cada uno de los partidos y bien que se encargan de pregonarlo y sacarle rédito, en forma de sustanciosos sueldos, cuando los suyos mandad, retirándose a los cuarteles de invierno cuando el viento sopla en otro sentido y conviene mantenerse a cubierto. Así, son muchos los empleados del ente que viven, y muy bien, en un escenario de politiqueo, sin importarles lo más mínimo la veracidad de la información, o el mero ejercicio de una profesión, el periodismo, que se está hundiendo en el lodazal del servilismo al partido de manera generalizada. La última gran polémica de la casa ha sido el intento, varias veces frustrado, finalmente logrado, de fichar al cómico David Broncano para que lleve su programa, La Resistencia, de Movistar al horario estrella de la noche. La idea, directamente ordenada desde Moncloa, busca hacerle la competencia al líder de las noches en España, El Hormiguero, en Antena3, considerada como cadena el averno por parte de los especialistas en propaganda sanchista. Pablo Motos, el presentador y creador del hormiguero, y Broncano, realizan un programa que no es muy distinto en el fondo, siendo ambas variaciones del formato de “Late Show” creado por las televisiones norteamericanas hace ya varios años, con enfoques diferentes en cada caso. Si quieren mi opinión particular, ambos programas me parecen un truño, son notablemente insoportables y no me hacen gracia, por lo que no los veo. En el caso de Antena3, financiada por la interminable retahíla de anuncios con la que llena su programación, es libre de hacer las producciones que le de la gana siempre que sean legales, allá ella con su dinero, como el resto de televisiones privadas, pero TVE, que se financia con el presupuesto del estado, con el dinero de todos los ciudadanos, la vean o no, tiene unas servidumbres de programación, estilos y contenidos que sí desarrolla en La2, canal que apenas se ve, pero que viola flagrantemente en La1 a todas horas. Gastar veintiocho millones de euros en un contrato con una productora ajena a la empresa pública, de la que van a sacar notable beneficio empresas amigas del gobierno como el Terrat o Prisa, para hacer un programa de entretenimiento con el que Moncloa quiere hacer la competencia a cadenas privadas y, de paso, recibir coba, es, me parece, malversación, derroche de dinero público, desvío de fondos que tendrían cientos, miles de prioridades antes que esa, algunas en TVE, otras muchas fuera de ella. La idea adiciona, plasmada en el contrato, de reducir el tiempo de emisión del Telediario de las 21:00 para que el programa de Broncano empiece antes es, además de una absoluta traición al departamento de informativos de la casa, una descripción de lo más precisa de para qué quiere el gobierno, en este caso este que padecemos, la tele pública.

Lo más probable, aviso que me suelo equivocar mucho, es que Broncano no triunfe porque el perfil de espectadores que tiene no se acerca nada al público que suele ver TVE, aunque pueda hacerle daño al Intermedio de Wyoming, una versión aún más sanchista de este tipo de espacios, que se emite en La Sexta (del grupo Antena3). Todo este asunto ha dinamitado el consejo de administración de TVE, presidido ahora por una militante socialista orgullosa de serlo, como no podía ser de otra manera, y hará un daño tremendo a la imagen de los informativos de la cadena, que debieran de ser lo más importante, pero que, por contrato, son considerados como meros teloneros de Broncano. Al final sí hay algo en lo que se parecen TVE y BBC. Ambas tienen tres letras en sus siglas.

martes, enero 16, 2024

Carlos Franganillo y Marta Carazo

Cerca del final de 2023 se produjo una gran conmoción en el panorama audiovisual al conocerse la noticia de que Mediaset había fichado a Carlos Franganillo, presentador del telediario de las 21:00 de TVE para ocupar el puesto de Pedro Piqueras, que se jubilaba con el final del año, y hacerlo así responsable de unos nuevos informativos en una cadena de total ausencia de tradición en estos temas. Piqueras, y el resto de presentadores de noticias de Tele Cinco, llevaban años sometidos a un ostracismo y desprecio impropio, con un estudio que ya sería añoso en los años noventa y una falta de relevancia social clarísima. El fichaje fue un bombazo.

Franganillo, desde que fue nombrado presentador del telediario, ha conseguido un prestigio enorme a base de hacer las cosas bien y con seriedad. Sin dejarse arrastrar por el espectáculo del morbo, ha liderado unos informativos a los que ha logrado sacar oro a base de exprimir recursos y a los profesionales de la casa. Suyas han sido las iniciativas de rodarlos fuera de estudio cuando la actualidad así lo demandaba, con especiales en Ucrania, en un colegio toledano o a pie de inundaciones, en espacios que ya son objeto de estudio en las escuelas de periodismo. Curioso, conocedor del medio y apasionado de la actualidad internacional, Franganillo aportaba credibilidad a una marca que, en España, siempre está sometida a los designios del gobierno que rige y considera a RTVE como uno de sus principales altavoces. Esto es ajeno a ideologías y tradicionalmente ha lastrado a la casa, con acusaciones de partidismo más o menos obsceno y tensiones internas enormes, que muchas veces se podían apreciar en las realizaciones en directo. Sólo Ana Blanco, como un tótem, aguantaba, y sigue sin saberse muy bien por qué fue relevada de su cargo como presentadora perpetua. En su ausencia Franganillo se convirtió en la cara de la información de la cadena, y en medio del irrespirable ambiente político en el que vivimos, logró que sus telediarios fuesen un lugar de rigor. Se notaba la mano de Moncloa en ciertas decisiones a la hora del peso y sesgo que había que darle a ciertas informaciones, pero eso, tristemente, parece inevitable en nuestro país, y es una de las causas por las que TVE no será nunca la BBC. Quizás el aumento de esas presiones y la tensión interna en la casa hayan sido motivos para alentar su fuga, unido evidentemente a una oferta económica que, sin duda, debe ser mucho mayor que la que le ofrecía el ente público. Para Franganillo la marcha es un salto de máximo riesgo, porque aunque la cadena ha creado un nuevo estudio para los informativos, uno que parece de verdad, la ausencia de músculo en la redacción y en los medios de que dispone le obligan prácticamente a crear equipos de profesionales casi desde cero, e incluso la propia marca de informativos en una cadena donde lo relevante es la continua telebasura que no deja de emitir a todas horas, y que es la fuente de sus ingresos. Su proyecto allí requiere tiempo para asentarse, paciencia por parte de los directivos de la casa y espera para ver si las audiencias responden al cambio, acostumbradas ya a un liderazgo claro por parte de una Antena3 intocable y al duelo de segundones entre una TVE que iba al alza y una Tele Cinco en decadencia, con el resto de canales a una distancia sideral. No creo que, al menos hasta el verano, podamos hacer un juicio certero de sí la decisión de Carlos ha sido la correcta o no, y de si su proyecto, de un inmenso riesgo profesional, se consolida o se convierte en una continuidad en la irrelevancia informativa de su nueva cadena. La ventaja es que lo tiene todo por hacer, pudiendo crear casi desde cero. El inconveniente es que lo tiene todo de cara, en una cadena que es sinónimo de vergüenza.

Para responder al golpe de su marcha, duro, TVE tenía varias opciones, y ha optado por una relativamente conservadora y, a mi entender, óptima. Ha tirado de la cantera de profesionales que son de la casa y ha colocado a Marta Carazo, hasta diciembre corresponsal en Bruselas, como nueva presentadora. Carazo no es amante del espectáculo, es una mujer seria, como Carlos, y tiene un perfil neutro, alejado de filias y fobias políticas, no como alguno de los nombres que sonaron en un principio. Llega a un portaviones con varias fugas de agua que Carlos trato de poner a navegar a toda máquina. Desde ayer se enfrentan a las 21:00 en la pantalla en una rivalidad en la que ambos disputan y, también, se admiran. Me tocará verlos a trozos.

martes, julio 06, 2021

Dos mitos televisivos

Ayer fallecieron dos personajes que han dado sentido al mundo de la imagen durante décadas, que tenían un público entregado y que dejan un recuerdo imborrable entre sus fans. Dos personajes que no se parecían en nada, salvo en su capacidad de trabajo, su profesionalidad y su capacidad para dar con esa tecla que es lo que distingue lo rutinario de lo brillante, lo popular del éxito rotundo. Y no es poco ese nexo de unión. No son demasiados los artistas que lo logran, y cada vez parece más difícil alcanzarlo. Tuvieron la fortuna de vivir en un tiempo en el que sus dos medios, televisión y cine, dominaban el espectáculo de masas en occidente.

Decir que Raffaella Carrà lo fue todo en televisión es quedarse corto. En Italia arrasó, en lo musical y lo televisivo, pero aquí hubo un momento en el que se convirtió en la auténtica reina de la pantalla, con programas en los que su nombre era el que llenaba la carátula y todo giraba en torno a su presencia, musical, entrevistadora o de lo que fuera. Las “reinas de la mañana” como se les denomina a veces a Ana Rosa Quintana o a Susana Griso (Mónica López ha sido destronada antes de llegar a pertenecer a la corte) son un débil reflejo, en todos los sentidos, de lo que era la influencia televisiva de Raffaella. A mi sus programas nunca me gustaron, no me llamaban para nada la atención, pero su éxito era imbatible. Sabedora de que meterse en jardines políticos era una vía para restar audiencia, los eludió, y sus magacines de noche mezclaban, sobre todo, música y entrevistas en las que lo lúdico era lo primordial. Eran programas “blancos” como se suele decir a veces, que probablemente hoy no triunfarían, en medio de la retrocida sociedad en la que vivimos, pero que en ese momento lograron conectar con el público y llevaron a lo que ya era una muy exitosa cantante al pedestal de las audiencias. Arrasó. De la misma manera que la italiana conquistaba a nuestro público, desde EEUU un director llamado Richard Donner iba creando mitos de la pantalla que reventaban las taquillas de todo el planeta y que iban a ser las joyas de toda la mitología que rodea al actual mito de los ochenta y su poso sentimental. Director menos conocido que Spielberg o Lucas, su lista de películas taquilleras es inabarcable, empezando por el primer Superman, de 1978, y siguiendo con cintas como Los Goonies”, “Lady Halcón” o “La Profecía” y muchas más. Casualmente ayer La2, dentro de su sección de cine clásico, emitió Tiburón, de Spielberg, que es quizás la primera película moderna de acción, y que abrió la puerta a que estudios y creadores se lanzaran al cine comercial de una manera definitiva. El éxito global de estos trabajos es incuestionable, y fundaron no sólo una forma de hacer cine, sino un grupo de películas y escenas que han condicionado muchísimo a todas las que luego han venido, que han copiado muchos de los recursos que en esa época surgieron. Si verlas hoy supone enfrentarse a una técnica que queda muy desnuda en comparación a los recursos informáticos que nos deslumbran, sus historias siguen emocionándonos porque los personajes que en ellos se retratan y los actores que los interpretan están plenamente vivos. Este tipo de cine tuvo críticas en su momento por su levedad, por su falta de arte, por dedicarse sobre todo a asaltar las taquillas, pero más allá de algunos que viven entre aburridas sombras, es prácticamente imposible no ver una de las “pelis” de Donner y no pasarlo en grande. Su obra es mucho más grande que un grupo de cintas míticas, porque en toda ella se ve reflejado su estilo profesional, sobrio, la búsqueda de la eficacia de la película. No era un artesano ni estilista, ni falta que le hacía, sino un creador de obras eficaces para lograr el entretenimiento y la evasión, algo que es muy necesario y que, cuando uno va al cine, casi siempre busca.

Ni una ni otro aburrieron nunca a su público, y le hicieron feliz en cada una de sus apariciones. De pocos se puede decir algo tan rotundo e importante. Se sigue valorando más por parte de la academia, de los entendidos, el trabajo que genera tristeza, el drama frente a la comedia, la reflexión frente al entretenimiento, y creo que no es justo. Obras grandes las hay en todos los géneros, y los éxitos de taquilla a veces también lo son de estilo y producción. En la televisión y en el cine, en una época en la que ambos medios lo eran todo y no contaban con la infinita competencia de plataformas y alternativas audiovisuales que hoy fragmentan la audiencia de todo hasta el extremo, Raffaella y Richard triunfaron plenamente, y haciendo que la gente se lo pasara bien. Eso es éxito.

jueves, junio 03, 2021

RTVE en su laberinto

Ayer realizó su primera comparecencia ante los medios Jose Manuel Pérez Tornero con el cargo de presidente de RTVE. Hombre de perfil mediático bajo, aspecto discreto, profesoral, y con voz suave, su intervención tuvo más de presentación y de retahíla de intenciones que de decisiones prácticas, lo que por otro lado era lo esperable nada más haberse producido su aterrizaje en la casa. El mensaje constante de toda la comparecencia fue el de hacer de RTVE un servicio público de información y rigurosidad, huyendo de polémicas. Dijo sentirse ocupado, que no preocupado, por la audiencia, que no deja de bajar, y puso su intención de trabajar sin descanso por lo que antes se llamaba “el ente”. Labor enorme tiene Tornero por delante.

Pocas empresas están sometidas a un escrutinio tan intenso como RTVE y a ser manipuladas a cada paso que dan. Objeto absoluto de deseo por parte de todos los gobiernos que han sido, la colocación de los propios al frente de la corporación ha sido la obsesión prioritaria del poder, con los contenidos y estrategia de las cadenas como aspecto secundario. Ha tenido la casa épocas de mayor o menor manipulación, siempre con un grado, y aunque es verdad que nunca ha llegado a los cutres límites de bombo político que se pueden ver en las televisiones autonómicas, auténticos órganos al servicio del tantas veces corrupto poder local, ha pasado por épocas en las que sólo faltaba el logo del partido del gobierno inserto como marca de agua en algunas de las noticas que se emitían. Actualmente, el barco de RTVE va a la deriva, tras más de un año de administración provisional a cargo de Rosa María Mateo que ha hundido las audiencias y dejado un sabor muy amargo en todas partes. El antaño buque insignia del audiovosual español se encuentra en tierra de nadie, muy lejos en audiencia de las dos grandes cadenas privadas, que casi le doblan, con unos informativos vapuleados por los de la competencia, que han dejado de ser el gran referente de la materia, y con la sensación de que dentro de la empresa hay una enorme bronca entre profesionales de uno y otro signo político, bronca que se transforma en tensión ante las cámaras. El intento durante el tiempo de la administración provisional de que La 1 se transformara en una especie de Sexta bis ha sido un rotundo fracaso. Programas como “Las cosas claras” presentado por un señor que en una privada de su ideología no tendría problemas pero que en una pública chirría por todas partes han marcado un estilo de hacer las cosas que ha terminado por hartar a propios y ajenos. Quizás en punto más bajo de esta etapa se vivió en el programa especial y debate tras las autonómicas catalanas del 14F, que fue una de las mayores vergüenzas emitidas por la tele pública en mucho tiempo. El nivel de los “analistas” que allí se congregaron y las cosas que se dijeron, y en su tono, fue el culmen. Luego otros momentos de “gloria” que ha dejado ese programa del mediodía han hecho que profesionales de la casa denuncien la deriva del infoentretenimiento que se había apoderado de parte de la escaleta por obra y gracia de ciertos directivos nombrados en la época Mateo. Día tras día RTVE ha sido objeto de polémicas por rótulos absurdos y demás anécdotas que dejaban traslucir una manipulación profunda, a la que la audiencia ha dado la espalda por completo. Sigo viendo los telediarios de la casa, los que reúnen al más completo grupo de profesionales y medios, sobre todo en la cobertura internacional, a años luz del resto de canales, pero es evidente que el peso de estos programas, que son los portaaviones de la cadena (y deben serlo) ha disminuido mucho frente a informativos como los de Antena3, que ahora mismo comandan la audiencia y que, pese a que se desfondan a lo largo de su desarrollo, son los que marcan la agenda de las noticias en la televisión.

Además del lío político y la necesidad de reorientar su programación, RTVE debe afrontar un problema particular, que es el de la financiación, dependiente de los arruinados presupuestos públicos postpandemia, y uno que afecta a todo el ecosistema mediático, que es el de la irrupción de las plataformas de pago y el anunciado ocaso de la televisión lineal, la programada y visionada al uso. Este es un cambio sistémico que afecta a todos los medios de comunicación, pero que para un mastodonte como RTVE le puede suponer un problema aún mayor dada su dimensión y presencia en todos los formatos imaginables, lo que le da más opciones de respuesta, pero, a la vez, le obliga a luchar en todos los frentes. Difícil papeleta tiene Pérez Tornero entre manos.

lunes, marzo 08, 2021

María Casado o la reinvención

Este sábado tuvo lugar la extraña gala de los Goya de la pandemia, en la que las conexiones virtuales y actuaciones sin aplausos ofrecieron un resultado que, para los críticos, fue satisfactorio. Vi poco del acto, estaba con un libro interesante y, tras la presentación inicial de la ceremonia a cargo de Antonio Banderas, quité la tele y seguí leyendo. Al cabo de una hora volví a encender la pantalla y vi algunas actuaciones y entregas, pero lo quité antes de que terminase la gala. De vez en cuando, junto a Banderas, aparecía María Casado en el escenario, o como voz de fondo, presentando a los siguientes encargados de entregar los premios. Creo que no tuvo tanto protagonismo como Banderas, el anfitrión, a lo largo de toda la ceremonia.

La trayectoria de María Casado es bastante interesante y es, a la vez, un buen ejemplo de superación de las adversidades y de cómo reinventarse cuando vienen mal dadas. Empezó su carrera profesional en Cataluña, haciendo un poco de todo en medios, no sólo en TVE, pero acabó recalando en la casa en la que se haría famosa. Tras unos años en la delegación, llega a la central de Madrid y empieza a presentar informativos, logrando estar al frente de algunas ediciones del Telediario, algo por lo que sueñan, y matarían, muchos periodistas, y otros tantos que no, en este país. La de favores y adulaciones que se hacen por parte de presuntos profesionales al partido que toque para poder acceder a los telediarios, la joya a la que aspiraba Iglesias, que lo dijo en alto, y el resto, que no lo dicen, pero igualmente lo codician. De bello rostro, dicción correcta, mirada serena, voz algo dura y estilo agradable, Casado tiene el don de la credibilidad ante la pantalla. En unos años anteriores a la moda de hacer desfilar al presentador por el estudio para que el atrezzo aplastante esconda la inanidad política que se relata, Casado permanecía anclada a la mesa de presentadora sin poder salir de ella, pero realizaba de una manera perfecta su trabajo. Hizo sustituciones de los primeros espadas (que un solo día suplas a Ana Blanco debe ser el sueño de casi todos) y empezó a ser un rostro propio de TVE, participando en magacines, especiales y demás producciones de la casa, Su trayectoria iba en alza. En un momento dado se produce un giro y pasa del olimpo de los telediarios al duro trabajo de los desayunos, el programa informativo matinal de actualidad, que expandía el concepto de noticias con entrevistas y tertulia, una especie de réplica televisiva de lo que, a esas horas, llevaban a cabo las cadenas de radio generalistas, y que ellas inventaron en su momento. Casado siguió desempeñando esa labor allí con una corrección absoluta. Fu comentada la decisión del ente de cambiarle de programa, pasándola a presentar el espacio posterior a los desayunos, una especie de magacine de actualidad en el que los sucesos, la salud desde un punto de vista algo absurdo y la crónica social dominan el tiempo de emisión. Un registro más abierto, polifacético, en el que el peso de la información (y el rigor) decaían. Sustituía Casado a Mariló Montero, que salió por la puerta de atrás de TVE tras una serie de absurdas polémicas, y se pudo ver a una María más jovial, a la que la cámara le quería tanto como cuando informaba, que andaba en el plató con estilo y naturalidad, que se le notaba con un pleno dominio del medio y de la forma. Era una profesional de primera que igual de bien hubiera hecho ese programa que cualquier otro que se le habría encomendado. Frente a las reinas de la mañana, en las cadenas privadas rivales, Casado trató de no convertir su programa en una mera réplica de lo que la competencia hacía, sino en algo similar, pero con el sello de calidad que se le supone a TVE. En paralelo, se presentó a las elecciones a la presidencia de la Academia de televisión y las ganó.

Un día, hace poco más de un año, casado fue despedida sin muchas explicaciones, porque TVE quería remodelar toda su mañana para crear un contenedor único, llamado “La mañana de la 1” que presenta Mónica López. El despido fue degradante, y Casado lo admitió con una elegancia asombrosa. Al poco hizo público que abandonaba el mundo televisivo, a lo que se había dedicado toda la vida, para unirse al proyecto del teatro del SoHo de Antonio Banderas, en un salto mortal profesional de órdago, y llegó la pandemia y todo enmudeció. María Casado es un perfecto ejemplo de reinvención, de hacer de la necesidad virtud y de, ante el despido que a todos nos asusta, rehacerse. Una profesional de primera, que Banderas supo ver y que sus anteriores jefes dejaron escapar.

miércoles, junio 19, 2019

Cachitos y La bola de cristal


Ayer, el programa Cachitos de La 2 se dedicó en su integridad a repasar y homenajear el contenido de La bola de cristal. Por si no lo conocen, y les advierto, se pierden algo muy interesante, Cachitos es un programa musical que se basa en enlazar recortes de actuaciones que se encuentran en el inmenso archivo de TVE. Con carácter temático, sus episodios enlazan secuencias de fragmentos temas aderezados por la presentación de Virginia Díaz, locutora de Radio 3, y una rotulación que comenta lo que estamos viendo y escuchando, todo ello con un tono desenfadado, humorístico y transgresor. Se nota que los que lo producen eran adictos a “esa bola que a todo el mundo le mola”.

De vida breve, la bola de cristal fue un programa infantil que se emitía los sábados por la mañana, y que en formato contenedor, incorporaba un conjunto de series infantiles con aderezo de grupos musicales, actuaciones variadas y la presencia de los presentadores del programa que eran un grupo de marionetas conformado por la bruja avería y los electroduences, todos ellos coordinados por Alaska. La imagen que ofrecía aquel espacio era extraña, fruto de una época, marcada por la movida madrileña, que tuvo en la bola uno de sus principales productos de exportación y escaparate. La inmensa mayoría de los que presentaban o actuaban en el programa no tenían nada que ver con el mundo de la televisión, aunque estaban experimentados en salir al escenario y cantar. Para ellos las cámaras eran algo raro, y hoy en día contemplarlos deja un poso de ingenua admiración no tanto al valor que tuvieron para ponerse delante de los focos, que también, sino por esa ingenuidad con la que actúa el que lo hace sin que le importe que le vean o no, ingenuidad que es, casi siempre, la base de la mejor interpretación. Ver la bola los sábados era, o ese es mi difuso recuerdo, asomarse a un lugar extraño, en el que salían personajes divertidos e interesantes, que hacían reír, daban miedo, gesticulaban… sentarse ante la tele era, en ese momento, algo raro, porque no voy a negarlo, no entendía mucho de lo que veía, pero llamaba poderosamente la atención lo que por allí pasaba. No era algo infantil al uso, ni mucho menos, y como muchas otras cosas, contemplarla con el paso de los años permite hacerse una idea mucho más cabal y completa de lo que pretendían los creadores de aquel invento. A la cabeza del mismo se encontraba Lolo Rico, donostiarra fallecida hace pocos años, que siempre trató de crear formatos infantiles en los que los niños no fueran tratados como estúpidos, sino como personas pequeñas en estatura, grandes en imaginación y con ideas en formación. Ver hoy la bola, decía, permite entender muchas más cosas, aunque es cierto que algunas siguen siendo incomprensibles, y otras, de transgresoras y rupturistas, siguen estando más allá del entendimiento. En una época tan moderna como la actual, o que está todo el día alardeando de serlo (dime de que presumes y….) es casi seguro que la reposición de un programa íntegro de la bola generaría una enorme catatara de tuits, legiones de ofendidos, quejas a viva voz, peticiones de cierre y amenazas varias a los productores por parte de grupos, colectivos, portavoces y todo tipo de expresiones afines que se sentirían perjudicados por lo que estarían viendo. La mera presencia de la bruja avería amenazando con romper el televisor si no se le hace caso, manipulando como el estudio de producción como si fuera un antecesor de un bot ruso, y gritando “viva el mal, viva el capital” a diestro y siniestro sería considerado por tantos como el anatema de la subversión. Seguro que el programa no aguantaba el par de emisiones.

¿Quiere decir esto que aquella época era mejor que la actual? No, son distintas, ambas fruto de las experiencias y sentimientos dominantes de las sociedades de entonces y ahora. Lo que si es cierto es que, más allá de la calidad musical de la movida, elevada en algunos casos, más que discutible en otros, es que aquellos años, tras décadas de grisura, supusieron una fuente de innovación que duró mucho más que su propio tiempo. No había miedo a la experimentación, se probaba de todo (también lo muy malo, no lo olvidemos) no se copiaba directamente lo que era éxito y no daba miedo probar caminos distintos a lo ya conocido. En eso debiéramos imitarles, tratar de crear, de innovar en el sentido artístico del término. ¿Qué es difícil? Muchísimo. Pero en nuestras manos está que, como pasaba con la bola, hagamos cosas y que nos digan, mola.

lunes, junio 10, 2019

El gran Chicho Ibáñez Serrador


La última vez que se le pudo ver a Chicho fue en la entrega del Goya de honor, un homenaje tierno del mundo del cine a él, que con sólo dos películas, sentó las bases del cine del terror para cualquiera que desee dedicarse a eso. En silla de ruedas, enjuto, con los ojos vivos e intensos, pero con unas manos esqueléticas que reflejaban hasta qué punto el cuerpo se había convertido en una prisión inexpugnable para su brillante mente. Su voz era rugosa, pálida y suave, apenas recordaba a la del realizador omnisciente que siempre fue, y la sensación que transmitía era de agonía, de apagamiento inexorable. Se dio el final este pasado viernes, a los 83 años.

Cuando alguien se muere se loan sus grandezas elevándolo a los altares, en una tradición que en España es marca de la casa, y así lo describió Rubalcaba, quien seguro no llegó a imaginar que él mismo sería pontificado de manera oficial tan pronto y con el boato con el que lo fue. Muchas y grandes cosas se han dicho de Chicho a lo largo de este fin de semana, y todas ellas son ciertas, y es que su figura llegó a ser mucho más que la de un productor televisivo, pero en el mundo de la pequeña pantalla Chicho llegó a ser un dios que lo creó todo y tuvo al público en sus manos como nadie lo ha tenido en este país. Todos los que ya tenemos una cierta edad hemos visto alguna vez el 1, 2, 3. En mi recuerdo permanece la segunda versión, presentada por Mayra Gómez Kemp, que arrasó en audiencia con un formato dinámico, moderno, que lo mezclaba todo, que tenía concurso estricto, actuaciones musicales, espectáculos de magia, humor… un carrusel que cogía al país entero y lo sentaba tres horas delante de un televisor con audiencias de más de dos decenas de millones. Cierto es que entonces no había competencia, y cierto es también que ningún otro programa de la casa se acercaba a registros similares. El concurso era espectáculo, y muestra de lo que Chicho era capaz de crear y coordinar. Profesionales de todos los gremios, artísticos y no, se juntaban en aquellos montajes que se creaban a lo largo de toda la semana, en sesione maratonianas de producción y ensayo, en los que todos trabajaban hasta la extenuación, dirigidos por un hombre que tenía la tele en su cabeza, les exigía de todo y se dejaba aún más horas que todos los demás en el empeño de sacar adelante aquella criatura. El 1, 2, 3 es historia de la tele, y no se puede entender la sociología del país en aquellos años sin referirse al concurso, que ha dejado expresiones en el habla coloquial como sólo los grandes acontecimientos logran, pero Chicho hizo muchas más cosas, y todas ellas revolucionarias. Creo formatos, sistemas de dirección, formas de grabar y realizar. En una tele única en la que experimentar estaba mal visto, pero que como él decía, las penalizaciones salían gratis porque no había competencia, probó, probó, aprendió y reaprendió. Hizo de sí mismo uno de los personajes de su creación, inspirado en Hitchcock cuando realizaba sus “Historias para no dormir” pero luego mucho más complejo y retorcido, jugando con el humor negro y con la figura del realizador todopoderoso, como él lo era. Llegó un punto en el que el personaje amenazó con devorar al profesional, y Chicho supo volver al segundo plano, manteniendo la autoridad, llevando las riendas del control de sus productos, pero exponiéndose lo justo. El disparo de la competencia privada alteró a TVE para siempre, y los programas de Chicho empequeñecieron en formato y presupuesto a medida que el nivel de gasto de la clase media española consideraba como normal tener un apartamento en Torrevieja. Pero seguía siendo igual de serio y riguroso en todo lo que hacía, fuera cual fuese su relevancia. Waku Waku fue un pequeño concurso de animales, muy blanco, para todísimos los públicos, pero lo hizo redondo y lanzó a la fama a Inés Ballester y Nuria Roca. Y con hablemos de sexo revolucionó a un país, en un programa que a buen seguro hoy estaría prohibidísimo, y convirtió a Elena Ochoa en famosa. Hoy, caballera del imperio británico, casada con Norman Foster, es todo un personaje.

Los que trabajaron con él cuentan anécdotas sin fin de su exigencia, perfeccionismo, hasta cierto punto tiranía en las formas y tiempos, con un altísimo nivel de exigencia que se aplicaba en primer lugar a él mismo, pero todos coinciden en la absoluta brillantez de sus planteamientos, en su manera modernísima de analizarlo todo y en la capacidad de ver donde otros no veían el cómo crear y coordinar. Su nivel de genialidad era absoluto, y todos lo veían en el día a día trabajando con él, y todos coinciden en sentirse deslumbrados por una personalidad mucho más tímida y dubitativa de lo que aparentaba, pero que tenía el don de la maestría bajo sus gafas, bajo su barba, bajo el humo de su inseparable puro. Chicho fue único, fue creador, y su marcha es una pérdida para todos. Descansa en paz, y gracias por tantos momentos inolvidables

viernes, mayo 17, 2019

Locos por los tronos


Parece una obviedad el hecho de que vivimos en un mundo de alto grado de postmodernismo, que muchas veces me supera por completo. Los mayores problemas para miles, millones de occidentales hoy mismo no son ni las elecciones europeas ni el cambio climático ni la economía ni lo que suceda en el Golfo Pérsico. No, tienen que ver con series de televisión, que consumen de manera compulsiva, como de forma ávida y desmadrada, a veces con una tendencia a la bulimia que es preocupante. Este fin de semana se acaban dos que han marcado una época en el medio, y han forrado completamente a todos los que han estado involucrados en su desarrollo y creación.

Creo que es hoy cuando se emite en EEUU el último capítulo de The Big Bang Theory, ejemplo perfecto de genialidad que, al ser alargada en exceso para hacer caja, pierde gran parte de su sentido. ¿Personajes como esos que se casan, tienen sexos e hijos? Eso es algo completamente inverosímil. Larga vida a Sheldom y su tropa, aunque es mejor eliminar las últimas temporadas en su totalidad y quedarse con la grandeza de las primeras. Pero lo que tiene a todo el mundo desquiciado es el final de Juego de Tronos, que creo que tendrá lugar la noche del domingo en EEUU. El último capítulo de esta octava temporada se emitirá y, en teoría, se acabará la franquicia más elefantiásica, rentable y apabulladora de la historia reciente de la televisión. Las audiencias no son espectaculares, dado que se emite por plataforma, no en abierto, y aun así superan de largo la decena de millón de espectadores al otro lado del charco, pero el impacto que ha generado la serie es global. Aquí ha pasado algo parecido, con audiencias cortas y dependientes de plataformas y streamming y millones de comentarios en redes sociales, descargas ilegales e intentos de asesinatos ante la que se ha convertido, sin lugar a dudas, la serie en la que el destripe posee mayor valor como arma y resulta tan mortal para el espectador como para los personajes de la trama. Millones de personas han seguido en todo el mundo las andanzas y penares de las criaturas creadas por George RR Martin, que en televisión se simplificaron para poder ofrecer un conjunto coherente que se desborda en unos libros complejos, muy bien escritos pero de lectura difícil a la hora de hacerse una idea completa de la trama. Llegó un punto en el que la serie alcanzó a los libros y se tuvo que optar por esperar a Martin o buscar otro camino. La facturación en aquel momento ya era salvaje, el negocio financiero de la serie generaba una cantidad de millones que ni la fortaleza de los Lannister en Roca Casterly sería capaz de alojar y, obviamente, los productores pasaron de la tendencia de Martin a disiparse y emprendieron un nuevo rumbo, diseñando tramas alternativas y una tendencia a futuro, con un final que se hará público este fin de semana. La promoción que ha tenido la serie ha sido espectacular, y a ella han contribuido personajes como Trump, que en sus inefables tuits la ha mencionado muchas veces, y casi todos nuestros políticos, carentes de ideas sobre cómo gestionar el país (ni apenas saben cómo mantener en pie sus propios partidos) que se autoproclaman Khalessis, guardianes de la noche o cualquier otra cosa, cometiendo ridículos de talla mayor cada vez que hacen mención a la trama. Si el abuso de poder, la codicia infinita y la irresponsabilidad son los males que se retratan una y otra vez en los libros y la serie, ¿qué narices hace un candidato electoral, que ansía el poder sobre todas las cosas, apropiándose de un texto que, si uno se fija bien, lo pone como peligro público? En fin, quizás algunos hayan cobrado de la productora por todo el juego que le han dado al tema.

El absurdo del fanatismo de la serie está llegando a que ya son cientos de miles las firmas que solicitan un final alternativo porque no les gusta el que les están dando. Imagino al bueno de Martin, desde su sofá, riéndose a carcajadas, ante tanta tontería, y pergeñando unas novelas en las que las cosas no acabarán como lo han diseñado los guionistas de la serie. Y preveo que en el futuro, una mañana de agosto, en un campo desolado de Iowa, miles de seguidores de la serie y miles de los libros se enfrentarán a muerte para dilucidar cuál de los dos finales es el correcto. Volarán cabezas, manos y la crueldad extrema se alzará como la victoriosa, y sobre los restos de los vencidos, sin dragones, el fuego de las piras funerarias se alzará para coronar al mayor de los fanáticos de la televisión, que tendrá siervos, hijos, amantes, y soñará con un castillo enorme al borde de un fiordo, donde pueda desembarcar como Rey.

Subo a Elorrio y me cojo el lunes festivo. Nos leemos el martes.

martes, noviembre 20, 2018

Doscientos años del Museo del Prado


Ayer el equipo del Telediario de TVE, con Carlos Franganillo a la cabeza, tuvo la osadía de realizar su emisión desde el Museo del Prado, en el día en el que esa pinacoteca, quizás la mejor del mundo, cumplía 199 años y daba comienzo a los festejos del doscientos aniversario de su fundación. Durante muchos minutos, salas, personal y obras de arte se emitieron en horario de máxima audiencia compitiendo contra el resto de la programación, en un ejercicio de realización tan difícil como quijotesco. Franganillo daba paso a las noticias desde uno de los platós más espectaculares del mundo, con Las Meninas de fondo, escena de la que han aprendido todos los realizadores y directores de cine del mundo.

Leí hace unas semanas, no recuerdo donde, que El Prado es un museo familiar porque muchos españoles acuden dos veces en su vida; una cuando son niños llevados por sus padres, otra cuando son padres llevando a sus hijos. En mi caso incumplo plenamente este dicho, raro que soy en todo, dado que nunca lo he visitado con mis padres y casi seguro que jamás llevaré a unos hijos que no existirán. Mi primera visita al Prado está llena de brumas, tuvo lugar en el viaje de estudios de octavo de EGB en 1986, ya penas tengo recuerdo de las obras vistas, salvo las sensaciones de las grandes galerías y la columnata de la puerta de Velázquez. En las esporádicas vistas que hice a Madrid con posterioridad creo que apenas tuve la oportunidad de volver al museo, y no fue sino hasta que por trabajo me convertí en residente de la capital hasta que volví a encontrarme con sus salas y pasillos, que ahora suelo frecuentar un par de veces al año, aprovechando las exposiciones temporales que se organizan para dar un garbeo por la colección general sin prisa ni orden. Es El Prado un museo soberbio, tanto en la colección que alberga como por el edificio que la contiene, ejemplo para museos de todo el mundo y logro máximo de aquel autor llamado Juan de Villanueva, que supo crear en una parcela amplia pero irregular y desnivelada un bloque compacto, lo suficientemente inmenso para albergar lo que en su día se pensó que fueran colecciones de naturaleza pero con un diseño tan sobrio que lo hace parecer modesto e integrado en su entorno. Convenció Bárbara de Braganza a Fernando VII, quizás el peor Rey de nuestra historia, para que cambiara de destino aquel edificio y sirviera para exponer las colecciones de pintura real, y así comenzó la historia de un museo muy especial, enclavado en la zona noble de la ciudad, que da nombre y sentido a un paseo que con los años se ha convertido en referencia para el arte universal y que, como el Sol, se sitúa en el centro de un sistema de museos que orbitan en torno a él. El Reina Sofía y el Thyssen, poseedores de colecciones de enorme valor y belleza, complementa y agrandar la leyenda de un Prado que, como si fuera un templo, requiere de cierta conmoción del visitante y de una ligera reverencia en su entrada, pero que colma al que cruza sus puertas con un despliegue de arte tan espectacular como valioso, no en el sentido monetario, sino en el patrimonial de la humanidad. Sus salas, a veces atestadas, esconden joyas en casi todas las esquinas, muchas veces orilladas por las masas que acuden a ver las grandes y famosas obras, merecedoras de todos los aplausos que reciben. Por su tamaño, el Prado no es abordable en una visita y hacerlo supone en sí mismo una manera de desperdiciarlo, de tratar de empacharse con la mejor pastelería en vez de degustarla poco a poco. No dejen de ver esas obras maestras si no las han contemplado nunca en persona, pero piérdanse por sus salas sin orden ni rumbo, de puerta en puerta, saltando de una a otra sin saber lo que les espera, y a buen seguro saldrán colmados sea lo que sea que el museo les muestre. Como los amigos de toda la vida o el amor verdadero, que puede que sean lo mismo, el Prado siempre cumple lo que de él uno espera, y lo entrega a cambio de nada. Sí, hay que pagar entrada, en España los museos no son gratuitos como en otros países, pero ¿cuánto dinero gastamos en cosas superfluas que no nos aportan nada? Pruebe a cambiar una mañana de rutina en el centro comercial por una visita al Prado. Su bolsillo y alma se lo agradecerán.

Es Madrid una ciudad con componentes raros. Carece de río como tal, aunque se haya adecentado ahora el entorno del arroyo que quiere juagar ese papel, y sus iglesias son, salvo excepciones, bastante decepcionantes. La Almudena quiere ser catedral pero a mi modo de ver se queda en un pastiche que ni quiere ni puede, y que frente al Palacio Real al que mira de frente apenas puede levantar un palmo del suelo. Es el Prado la auténtica catedral de esta ciudad, reverenciado, respetado y querido como tal. Todos los habitantes de la urbe, amen o no el arte, saben que ese lugar es importante, por lo que es y lo que alberga, y harán todo lo posible para defenderlo del paso del tiempo y las desidias humanas. El mejor regalo para su cumpleaños es visitarlo, hacerlo realmente propio, sentirlo como lo que es, la extensión más regia del salón de la casa de cada uno de nosotros.

viernes, octubre 26, 2018

Ver series alta velocidad


Leo, leo mucho. En ocasiones creo que bastante más de lo aconsejable para mi presupuesto y de lo que soy capaz de gestionar en volúmenes de papel en mi nanopiso. También escucho música, mucha, y en ocasiones simultaneo lectura y escucha, aunque a veces realizo ambas actividades en casa de manera separada, según como me dé. Esas dos aficiones ocupan casi todo mi tiempo de ocio, que es lo que queda tras bastantes horas de oficina y trabajo. A veces es un buen rato, otras no tanto, pero trato de sacar un buen hueco cada día, al menos para leer unas cuántas páginas todas las jornadas. No soy capaz de seguir el ritmo de novedades publicadas ni los objetivos de compra que a veces me pongo a mi mismo.

Como raro que soy, o fama que tengo, no estoy suscrito a ninguna plataforma televisiva de esas que están ahora tan de moda y no sigo la avalancha de series que nos invaden sin cesar. En las conversaciones de café y otros lugares escucho comentarios sobre unas y otras, y sumando a lo que leo en los medios acabo sabiendo por dónde van los tiros de lo que está ahora más en boga, de lo que parece mejor y de lo que parecía la bomba y se queda en petardos de feria, y uno de los comentarios habituales es el de la imposibilidad de gestionar la avalancha de contenidos, de producción que esas plataformas generan. Se ha convertido en costumbre habitual el pegarse una panzada de temporada completa de la serie que a uno le gusta, dado que ahora esas plataformas estrenan las temporadas con todos los capítulos. Lo de ver uno por semana y esperar a ver qué pasa se ha convertido en una antigualla, y el maratón de consumo es lo que se lleva. Es tal la cantidad de producción que los emisores detectan que empiezan a ser bastantes los que las ven de manera acelerada, a 1,X o 2 de su velocidad normal de reproducción. ¿Qué buscan los que así lo consumen? Quizás saciar su apetencia de dosis televisiva, y en no pocos casos el poder interaccionar con los que saltan al ruedo de las redes sociales para comentar, destripar, criticar, algunos incluso alabar, lo que se está viendo. Parece que hay carreras por ser el primero en devorar la serie, el producto, y tuitear al respecto, en un comportamiento que cada vez me recuerda a los enfermos de bulimia, que devoran la comida con un ansia ciega para luego vomitarla con una mayor intensidad aún. Cada pocos meses prensa y medios audiovisuales publican titulares del estilo de “las tropecientas series que no te puedes perder en los próximos meses” movidos sin duda por el interés económico, dado que algunas de las recomendadas son producidas por sus propios grupos empresariales, pero llamadas de este tipo surgen por doquier y alimentan una especie de carrera desenfrenada por el consumo, convirtiendo la red, plataformas y el salón de las casas en la versión moderna de esas carreras que veíamos antaño al inicio de las rebajas, con consumidores buscando desesperados la ganga para sentirse afortunados por lograrla y, sobre todo, dichosos al arrebatársela al de al lado. Las series se han convertido en una nueva especie de droga, o producto de necesario consumo para poder ser alguien, y eso ha disparado los clientes e ingresos de empresas como Netflix, Movistar o HBo, por citar a las más granes, que juegan con este efecto llamada, ofreciendo además la posibilidad de consumir sus productos en cualquier soporte y ocasión, lo que flexibiliza mucho su uso y favorece que el consumidor pueda rellenar momentos de ocio mucho más allá del salón de su casa. Ya no es raro ver personas consumiendo series en el metro o en cualquier otro lugar. La multipantalla ya es real y funciona a pleno rendimiento, para alegría de consumidores y, sobre todo, de productores y vendedores.

La duda que me surge en todo esto es dónde está el ocio, el disfrute, porque para mi consumir algo de esa manera no tiene nada que ver con el relax. Convertir el visionado de series en una actividad estresante, sujeta a unas necesidades de tiempo que se reducen y obligan a estrujarlas es algo totalmente contrario a mi idea de pasatiempo, de tiempo libre, de consumo de objetos y servicios para pasarlo bien. ¿Se relaja uno con esta manera de ver series? ¿Vivir a 1.7 de velocidad es descansar? ¿Cuántos desearían no vivir atenazados por la necesidad de tuitear o (perodón) instagramear lo que acaban de devorar? Cada vez que pienso sobre esto la sensación que me entra es que, para muchos, ver se ha convertido en un trabajo más, igual de estresante y con obligaciones al que se desempeña en el tiempo de no ocio. ¿Es así o sólo me lo parece?

Subo a Elorrio el fin de semana y me cojo el lunes festivo. Llega el invierno, así que abríguense de verdad. Nos leemos el martes 30

viernes, diciembre 16, 2016

Pablo Escobar y la blanca Navidad


La primera ley del marketing es llamar la atención, distinguirse entre el medio del ruido que, como marabunta, nos bombardea para atraer nuestra atención. Toda campaña busca diferenciarse, romper, hacerse especial, con el objetivo final de vender más, pero con el propósito, nunca ocultado, de que se hable de ella y que el consumidor retenga el producto y mensaje, compre al final o no. Lograr esa retentiva es, quizás, el mayor de los éxitos posibles para un publicista. Es un arte y negocio muy complejo, en el que muchas veces se rompen barreras y límites para lograr una victoria. A veces se acierta, otras no.
 
Uno de los edificios de la Puerta del Sol, sometido a restauración perpetua de su pared, tiene una lona publicitaria en estas navidades en la que figura un único señor, el actor que encarna a Pablo Escobar en la serie “Narcos” de la plataforma NetFlix. Esta plataforma norteamericana, aterrizada recientemente en España, es una de las grandes productoras de series del momento y, junto con otras empresas similares como AMC o HBO lidera las audiencias y críticas de los productos que produce y distribuye. En ese cartel publicitario la imagen de Escobar, su busto, ocupa más o menos toda la mitad izquierda, en una escena de poca luz pero que permite distinguir perfectamente al personaje, y en el lado derecho de la imagen se puede ver el texto principal del anuncio, un “Oh, Blanca Navidad” que ofrece todos los significados y matices que uno pueda imaginar. Escobar es para las generaciones actuales un desconocido, pero en los ochenta llegó a ser el rey de la cocaína en el mundo, lo que le permitía ser, de facto, una de las personas más poderosas y ricas del mundo. Avispado para los negocios, carente de escrúpulos y ávido de riquezas y poder, creo que fue Escobar el primero en crear una de esas estructuras de cártel, o agrupación de intereses entre narcotraficantes, para controlar el mercado de la oferta de droga, tener el poder de poner los precios y garantizarse unos beneficios cada vez mayores. No se cortó Escobar en lo más mínimo a la hora de recurrir a la violencia, que en sus manos alcanzó cotas nunca vistas en su Colombia natal y, en general, en todo el continente americano, si nos referimos al mundo de las drogas. Logró crear un estado paralelo al colombiano, dotado de un poderoso ejército ante el que las tropas militares de Bogotá, las que no eran sobornadas, poco podían hacer. Durante sus años, las muertes directamente causadas por sus deseos y las indirectamente producidas por el veneno que distribuía se pueden contar por millares. Es Escobar uno de los mayores asesinos de las últimas décadas, un personaje odioso y repugnante, que inauguró una forma de actuar que hoy en día se encuentra plenamente asentada en naciones como Méjico, donde cada uno de los cárteles (Sinaloa, Caballero Templarios, etc) actúa de una manera igualmente despiadada y sanguinaria. El chapo Guzmán, vuelto a encarcelar tras su espectacular fuga, es una viva imagen de lo que fue Escobar, aunque carente del estilo y aura de triunfo que emanaba el “jefe” colombiano. Su muerte, aún no del todo aclarada, no derrumbó su imperio, pero permitió a otros hacerse con parte de él, y las cosas ya nunca fueron lo mismo para la camarilla que, con una fidelidad digna de encomio, le seguía a todas partes. Es Escobar un reflejo de su época, un forjador de la misma y, sobre todo, uno de sus más nauseabundos representantes. Un asesino de masas que no dudaba en ejecutar a quien osara no ya hacerle sombra en sus negocios, no, sino simplemente eclipsar parte de su brillo y poder. Él era el Rey de la coca, él y nadie más.
 
En esa valla publicitaria Netflix trivializa los devastadores efectos sobre la salud que genera la cocaína, que no es sino un veneno de mierda que lo único que provoca en la destrucción de la persona y de su entorno. Y también ensalza la imagen de un asesino otorgándole una cualidad irónica, divertida, que para muchos le convertirá en alguien atractivo, quizás admirable, en todo caso muy alejado del personaje real, nefasto, que fue. No he visto la serie, por lo que no puedo opinar sobre hasta qué punto ella refleja una imagen real del narcotraficante o la distorsiona en un sentido heroico. Creo que la campaña publicitaria es errónea, y me parece de mal gusto, aunque reconozco que, a la hora de que lograr que se hable de ella, el triunfo alcanzado es total.

martes, noviembre 08, 2016

Esto no es “El Ala Oeste de la Casa Blanca”


Pase lo que pase en las elecciones norteamericanas de hoy, y crucen los dedos para que Trump pierda, el resultado de la contienda deja muchos heridos y daños en todas partes, no sólo en aquel país. Aunque más tarde que en Europa, el populismo ha arraigado en los EEUU y tiene posibilidades de hacerse con el país. El ganador o ganadora se va a encontrar al frente de una nación dividida, rencorosa, en la que muchos creen que si su candidato no gana es porque las elecciones están amañadas, porque el sistema se las ha arrebatado. Nunca pensé que vería comportamientos tan zafios en la política de EEUU.
 
Mi personal doctorado en política, estadounidense y general, además de por muchos libros leídos, proviene de haber visto las siete temporadas de “El Ala Oeste de la Casa Blanca”, una serie de los años noventa que dibujaba una corte de Camelot en Washington en la que políticos idealistas y asesores que trabajaban día y noche hasta el extremo se desvivían por el bienestar de su país y por tratar de sobrevivir a las contradicciones que la política real imponía sobre sus ideales. Era un serie falsa, en la que los guiones, excelentes, te hacían pensar que en aquellos pasillos que se recorrían a la velocidad del rayo mientras los debates eran igual de intensos colgaban fragmentos de obras de Shakespeare, que eran recitadas por los actores. Era una serie falsa porque, ante la duda, los protagonistas se decantaban por su ideal, costara lo que les costase, y se iban contentos a la cama porque se sentían satisfechos de haber cumplido con su deber. Era una serie falsa porque cada personaje, por encima de sus ambiciones, ideas y egoísmos, que los tenía, ponía el bien común de la nación y llevaba grabado en fuego el ideal del “civil servant” que no abunda entre los funcionarios y demás servidores públicos que en España somos, y esa noción de servicio hacía que sus vidas privadas se agostasen, se quemaran día a día en el altar del gobierno, para que éste pudiera hacer lo debido para con sus conciudadanos. Y dentro de tanta falsedad, de tanto idealismo, por el que fue criticada en su tiempo, cada capítulo ofrecía una lección moral de entrega y planteaba un dilema, del día a día de la gobernanza de un país moderno, y entregaba al espectador un argumentario de respuestas posibles que, casi siempre, eran insatisfactorias, porque decidirse por una de ellas implicaba sacrificar acciones, proyectos futuros o promesas del pasado. En cada trama los personajes, desde la posición más alta del Presidente a la de cualquiera de sus asesores, descubrían que el poder, ese poder maravilloso al que habían accedido tras las elecciones, no era sino una cárcel de responsabilidades, exigencias y alternativas para, siempre, determinar quién sería perjudicado en última instancia. Poder es decidir, y decidir es escoger perdedores. Y eso se veía sin parar. Muchas veces uno estaba tentado de actuar de manera distinta ante los problemas que planteaba la serie. “Yo hubiera hecho otra cosa” pensaba al verla, pero me daba cuenta que el guion me trataba, trataba al espectador, con honestidad, como un adulto, poniéndole en el brete de saber lo que dolía a los protagonistas cada paso que daban y lo que le dolería a cada uno de nosotros si hubiéramos optado por otra alternativa. La serie enseña no sólo política, que también, sino sobre todo humildad. Porque ni desde la posición presuntamente más alta del gobierno ni desde la más baja se tiene todas las claves y resortes, y hay problemas que, simplemente, no tienen solución, y muchísimos más para los que sólo hay alternativas malas o peores, nunca buenas. La serie es una vacuna contra el populismo, el simplismo, las recetas mágicas y la demagogia.
 
La campaña que hemos vivido estos meses en EEUU comparte con la serie los decorados, la imagen presidencial y el imaginario que Washington y Nueva York ofrecen como soberbios fondos de imagen, pero ha sido exactamente lo contrario al espíritu de la serie. Meses y meses de griterío, mentiras e insultos por parte de un candidato populista, xenófobo, machista y derrochador, frente a una candidata que no emociona y que posee un pasado, como mínimo, turbio. En pocas elecciones ambos candidatos han sido tan rechazados por los votantes, y en veinticuatro horas uno de ellos se hará con las riendas del país y de parte del mundo. Que haya suerte, y que gane Hillary. Como mañana es fiesta en Madrid lo analizaremos el jueves.

viernes, septiembre 16, 2016

El inesperado éxito de First Dates

El gran éxito televisivo del verano ha sido First Dates, FD, primeras citas, el programa de emparejamiento de Cuatro. Sito en la franja que da acceso a la máxima audiencia nocturna, solapado con los telediarios de La 1 y Antena3 y el programa del Wyoming, FD empezó con el ánimo de suplir a alguna serie que se encontraba de capa caída y, poco a poco, empezó a coger audiencia, sin bajarse del millón de espectadores, y ha acabado siendo el programa de referencia del verano. Sin llegar a cotas disparatadas, marca tendencia y empiezan a surgir proyectos en otras cadenas que lo copias. Eso es tener éxito, que te imiten.

Reconozco que no lo he visto entero en su totalidad, no puedo, pero sí he echado algún que otro vistazo a un formato que tiene su interés en ciertos aspectos, pero que no deja de comercializar con algo tan íntimo como son las relaciones personales y, sobre todo, exhibe a sus protagonistas ante todo el mundo. En el casting previo ellos y ellas mandan sus gustos, preferencias y algunos aspectos de su pasada vida sentimental, y el programa trata de emparejarlos con quien cree que puede haber una posibilidad de relación. El resto es una cerna en un restaurante preparado al efecto en el que se encuentran el resto de parejas de la noche en cuestión. Como en todos los (incomprensibles) programas de telerrealidad parte del éxito se basa en esa preselección de candidatos, y en explotar en lo posible rarezas, extremos y todo aquello que pueda ser chocante y atractivo para una audiencia ávida de personajes que le llamen la atención, lo cual no deja de tener su lógica, dado que el programa, como antes comentaba, se basa en exhibir personalidades ante los ojos de los demás. Ese es uno de los aspectos que más me repele de todos estos espacios y, en particular, de este. Muchos de los que acuden han tenido relaciones en el pasado, o no, pero no les da vergüenza que todos les vean intentando ligar, o conocer, a alguien, delante de las cámaras de televisión, ante las cuales pocos se comportarán de manera natural. En los fracasos sentimentales el dolor generado puede ser muy intenso, quizás el más profundo y duradero de los posibles, y que algunos quieran expurgar ese dolor delante de una cámara es algo que no logro comprender. Hay fragmentos que he presenciado que me recuerdan a mi experiencia personal, aunque no por completo (es la mía una muy particular en este asunto) y me preguntaba al contemplarlo si sería capaz de acudir a un programa de televisión para paliar el daño que poseo, similar al que mostraba esa persona con la que me podía sentir identificado, y algo profundo en mi interior bramaba en contra de esa idea, le parecía horrendo pasearse como un modelo a la vista de todos, mostrando y pregonando características muy íntimas de una persona, aquella, yo, que pocas personas en la vida real conocen. ¿De dónde surge la necesidad de que todos lo sepan? ¿De que todos me vean? Imaginaba por un momento la escena y más que vergüenza o pudor, me entraba un sentimiento de tristeza. Quizás, dirán algunos, todos los caminos son buenos si permiten a alguien paliar sus problemas, en este caso de amor y soledad, y si alguno de los que ha participado en el programa ha conseguido ser feliz en compañía, ha merecido la pena. El argumento de siempre de que si funciona, hazlo. Y ante aquella persona a la que le ha ido bien, jamás podría rebatirle de manera alguna lo que ha hecho. En todo caso, y de manera sincera, le felicitaría por haber logrado arreglar un problema emocional que puede llegar a ser devastador.

Los que me conocen, y que con razón me acusan muchas veces de hablar de cosas de las que poco se por lo vivido, clamarán esta vez al cielo, dado que el tema del amor y la pareja es, probablemente, del que más desconozco en esta vida, y quizás vean mi punto de vista sobre el programa retrógrado, cerril y nada moderno. Y puede que tengan razón, no se lo niego. Pero, para no utilizar el tajante adverbio nunca, veo prácticamente imposible que yo acabe en un programa de ese tipo, o usando algunas de las aplicaciones que hoy en día pueblan las web y nuestros teléfonos, que nos prometen amor, no se muy bien qué nos dan, y que se basan en la soledad, difusa a veces, sideralmente inmensa y fría en ocasiones, en la que vivimos demasiados.

Subo a Elorrio y cojo semana y media de vacaciones. Si todo va bien, el próximo artículo será el Miércoles 27, tras las elecciones vascas y gallegas, y un poco más cerca de las posibles terceras nacionales.

miércoles, marzo 16, 2016

Política en serie

Ayer, en un bar de Malasaña, centro de Madrid, tuvo lugar una charla sobre política y series de televisión, con motivo del libro que libros.com está a punto de publicar al respecto. Moderado por Pablo Simón, uno de los creadores de la web Politikon y afamado politólogo, el acto consistió en coloquio moderado por Pablo, en el que tres de los autores trataban de responder las preguntas que él les lanzaba, y posteriormente el público tuvo la oportunidad de hacer preguntas, comentarios y sugerencias. No estuvimos más allá de las cuarenta personas, creo, y lo cierto es que buen rato que allí pasamos, cerca de dos horas, estuvo repleto de intervenciones sensatas, con mucho conocimiento de causa y bagaje. Aprendí mucho.

No se si estamos en medio de una burbuja de series, aunque algunas cifras que leí la semana pasada que contabilizaban en torno a las cuatrocientas las estrenadas esta temporada en EEUU podría indicarnos que sí, porque es realmente difícil que haya mercado para tanta producción. Es cierto que el canal de emisión se ha diversificado mucho más allá de la televisión, pero conseguir una masa crítica de espectadores que consiga hacer rentable el producto es, como siempre, un reto que a priori no se cumple. En lo que hace al subgénero de las series políticas, quizás sea en España donde ahora nos estamos fijando más en ellas, sobre todo desde que la inestabilidad económica nos ha traído la política, como una tercera o cuarta derivada de esa crisis que todo lo ha trastocado. En tiempos de dirigencia revuelta la ficción acude y nos muestra ejemplos de cómo pactar o acceder al poder y gestionarlo desde puntos de vista complejos, desde ópticas que no son novedosas, pero que sí se nos muestran como tales. Las tres series más citadas ayer, entre decenas de ellas, fueron El Ala Oeste de la Casa Blanca, House of Cards y Borgen. La primera de ellas es de hace algunos años, pero sigue siendo plenamente vigente, no tanto porque muestra una visión hasta cierto punto idealizada de la política, del servicio público, sino porque es, en mi opinión, la perfecta escuela para aprender cómo funciona un sistema parlamentario presidencial, cómo se organiza el poder y sus contrapesos, cómo las pulsiones personales entran en disputa frente a los objetivos políticos y, desde luego, para demostrar que los dirigentes, muchas veces, no saben ni tienen los resortes necesarios para actuar frente a los problemas que enfrentan, pese a que el aura de poder que les rodea lleve a suponer a muchos que a sus aledaños yacen que son capaces de todo. House of Cards es, por así decirlo, el reverso tenebroso del Ala Oeste, y es también a mi entender fruto de la crisis, del descreimiento de la política por parte del ciudadano que acuda a Washington, La Moncloa o cualquier otro signo de poder establecido de servirse sólo a sí mismo, no a los electores. Ante ese cinismo desatado en la ciudadanía, Frank Underwood, encarnado por Kevin Spacey con maestría, ofrece un personaje cruel, sádico, sin escrúpulos, y sin adversarios creíbles. La fascinación del mal que arrasa en una audiencia que lo odia pero no puede evitar admirarlo. La danesa Borgen, por su parte (línchenme, admito que no la he visto aún) muestra las negociaciones, la política de pactos, la necesidad de acordar en una sociedad compleja, dividida, en la que los referentes se han diluido y las mayorías son mero recuerdo de un pasado, que algunos añoran, pero que no volverá por bastante tiempo. El hecho de que ahora en España estemos en una situación tan parecida (aunque ya podríamos parecernos también a Dinamarca en otras cuestiones) ha elevado esta serie a visión obligada para los que quieren entender el contexto de donde nos encontramos. Ya tengo deberes.

Leí una vez, no me acuerdo donde, que la prensa no es sino la crónica diaria de la lucha por el poder. Ese relato, extendido en el tiempo y con argumentos cerrados, es lo que muchas de las series políticas ofrecen hoy en día, inspirándose todas ellas más o menos en los modelos que el gran Shakespeare dejó escritos ahora hace cuatrocientos años. Y es que las pulsiones por el poder, las ansias que desata, los efectos que genera en las personalidades, y el irrefrenable atractivo que produce su conquista son eternos. El bardo los versó como nadie. Y quizás hoy se interpretan para la pequeña pantalla como nunca. Eso sí, recuerden que en la vida real no hay guionistas. Por eso seguirla día a día es aún más apasionante.