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viernes, octubre 22, 2021

Disparo de positivos en Reino Unido

Vivimos tiempos de coronavirus tranquilos en España, con una incidencia acumulada a 14 días del orden de los 40 45 casos por cien mil, lo que es un valor muy manejable, y próximo a ese umbral de 25 que se considera como riesgo bajo. La alta tasa de vacunación lograda entre todos, con el sistema sanitario en cabeza ha contribuido notablemente a lograr este éxito, que lo es en todos los sentidos imaginables. Frente a esta realidad apacible, en el este de Europa las cosas van muy mal, con unos mil muertos diarios en Rusia (cifras oficiales, a saber lo que pasa en realidad) y naciones como Rumanía o Bulgaraa con datos de contagios y fallecimientos como en nuestros tiempos más amargos.

La situación más interesante, con todos los matices que quieran darle al término, se vive ahora mismo en Reino Unido. Ese país ha sido un ejemplo perfecto de malas prácticas en la gestión de la pandemia y muestra cifras globales de fallecimientos por millón de habitantes que son superiores a las nuestras, si les sirve como guía de medida. Allí, tras un inicio fulgurante de la campaña de vacunación y un estancamiento de las personas inoculadas con la pauta completa en torno al 66% (aquí estamos en el 80%) se decretó por parte del gobierno de Boris Johnson el fin de la pandemia en el entorno de mediados de junio, creo recordar, levantando prácticamente todas las restricciones. Creo que se mantiene el uso de mascarillas en interiores, pero no estoy seguro. En ese momento los casos descendían en aquel país y las consecuencias hospitalarias y mortuorias con ellos. Reino Unido iba por el buen camino. Ahora las cosas son distintas. Ayer en esa nación se volvieron a alcanzar cifras de contagio como no se veían desde hace meses, superándose la barrera de los 50.000 en una sola jornada. Los datos de mortalidad que muestra el país en su balance diario oscilan entre el muerto y medio y los dos por millón de habitantes, lo que equivaldría a que en España fallecieran al día unas setenta personas, cosa que no sucede ni de lejos. Las autoridades del país han informado que han detectado una variante evolucionada de la Delta, predominante allí, aquí y en gran parte del plantea, que resulta ser aún más contagiosa que la original, aunque como todas las conocidas, las vacunas pueden con ella. Eso sí, si el número de personas que quedan sin vacunar es alto, y la transmisibilidad del virus es mayor que la conocida, las consecuencias de tener decenas de miles de casos nos pone ante un escenario difícil. La mortalidad efectiva del virus puede ser mayor o menor pero, suponiendo que no cambia, si manda más personas a urgencias por el mero hecho de que contagia a más colapsará antes lo servicios sanitarios y será más efectivo liquidando gente por el mero hecho de la acumulación de casos. Johnson, que ha sido u buen ejemplo a lo largo de esta crisis para ver lo que no hay que hacer, empieza a recibir presiones por distintas vías para que reestablezca restricciones en el país, tanto de aforos como de distancias y mascarillas, pero es muy reticente a ello. Con las navidades casi llamando a las puertas la sensación que había en aquel país era la de haber terminado la pesadilla del Covid, y ahora todo esto puede generar aún más frustración si cabe. Visto lo visto, lo mejor que pueden hacer los británicos, además de autoprotegerse, es vacunarse. La vacuna es lo que ha cambiado las reglas del juego de la epidemia en todas las naciones donde ha llegado, haciendo caer la mortalidad mucho o muchísimo, en función del número de personas inmunizadas, y es la principal arma que tenemos ante la enfermedad. Gobierno y servicio sanitario británico debieran intensificar todos los esfuerzos posibles para lograr vacunar cuanto antes a la mayor cantidad de población que aún no ha sido pinchada. Se acerca el frío, el tiempo de interiores, gripes y catarros, y vacunar debe ser una obsesión global.

Resulta curioso, y triste, observar como el Reino Unido parece estar siendo sometido a una especie de reedición de las siete plagas, dado que la combinación entre coronavirus y Brexit le está causando todos los problemas sanitarios, económicos, logísticos y sociales que uno pudiera imaginar, llevando el lema de aquel tema de los Sex Pistols “Anarchy in UK” a convertirse en una cruda realidad. Hay un extendido sentimiento fuera de sus fronteras de “schadenfreude” esa expresión alemana que significa alegría ante la desgracia ajena, algo así como la antiempatía, pero ver que ellos lo están pasando mal, en gran parte por errores propios, debe aleccionarlos al resto para no cometer más de en los que ya incurrimos cada día. Ojalá se recuperen.

miércoles, septiembre 29, 2021

El Brexit se va a pagar muy caro

Ayer les comentaba que varias eran las sombras que acuciaban a la economía nacional, fruto de problemas propios y del complicado contexto internacional que vivimos, y justo a lo largo del día los mercados financieros, que llevan semanas en rumbo lateral en Europa y alcistas en EEUU, empezaron a tomar conciencia de esas incertidumbres, aderezadas de temores sobre el caso Evergrande y el futuro de la economía china, y se dieron un porrazo en todo el mundo, con caídas algo superiores al 2%. El Ibex estuvo tan mal como el resto, no destacó especialmente. Está por ver si es el inicio de caídas mayores o un tropezón seguido de tumbos pero sin grandes desplomes.

Todos estos problemas económicos que les comentaba ayer también se dan en el Reino Unido, con la diferencia de que allí el brexit supone un enorme problema añadido que lo complica todo, y siempre para mal. La decisión de salir de la UE por parte de los británicos es el típico caso de decisión irracional que sólo ocasiona perjuicios, para el club que es abandonado, que pierde un socio, relevancia y contribución, y para el que se va, que se queda sólo y debilitado en un entorno hostil. El populismo británico, más bien inglés, que lideró aquella campaña, la amañó, y logró llevarse el gato al agua empieza ahora a ver algunas de las consecuencias reales de los falsos eslóganes que vendieron a la población. Es cierto que la pandemia, que ha golpeado a las islas con mayor fuerza que al continente, ha supuesto poner el tema del Brexit en un segundo plano y que sus efectos no se notasen demasiado, pero a medida que el virus queda bajo control (benditas vacunas) el desastre de la salida de la UE empieza a mostrar múltiples caras, todas desagradables. Desde hace meses se suceden las escenas de desabastecimiento de algunos productos en los estantes de los supermercados británicos, especialmente frutas y verduras. Para un país que importa la mayor parte de su comida parece un absurdo ponerse a instalar aduanas, controles, papeleos y burocracias en el proceso de traslado de la comida desde sus lugares de producción, muchos de ellos en España, hacia las despensas de los hogares británicos, pero esa es una de las grandes traducciones del hecho de abandonar un mercado común, el europeo. En estos días vemos cómo el abastecimiento de combustible en las gasolineras se está complicando en aquel país. Muchos surtidores están cerrados, otros racionan la cuantía que pueden dispensar y las colas crecen, y en ellas el hartazgo de muchos conductores, que han llegado a mostrar escenas violentas, con peleas a pie de manguera. Algo absurdo, difícil de imaginar, pero que ahora mismo se está dando en ese país. ¿Por qué? ¿No hay gasolina? Haberla hay, más que suficiente, pero la gasolina no tiene patas y no es capaz de ir andando sola desde las refinerías a las estaciones de servicio, se lleva en tanques arrastrados por camiones conducidos, y lo que no hay son conductores. El Brexit ha supuesto que muchos de los conductores, antiguos comunitarios, hayan perdido derechos respecto a otros no comunitarios, o que no hayan podido regularizar su situación y hayan acabado por salir del país. Como sucede también aquí, la gran mayoría de los camioneros no son nacionales, sino venidos de otros países, y el endurecimiento de las leyes de inmigración con motivo de la salida de la UE y el considerar como inmigrantes a todos los no británicos ha hecho que en la conducción, y en otras muchas profesiones industriales, de la construcción y similar, la mano de obra escasee y se empiece a rifar. Sin conductores los camiones de abastecimiento de gasolina, o los reponedores de comestibles en el supermercado, o tantos y tantos casos como usted pueda imaginar que impliquen grandes cajas con ruedas moviéndose por las carreteras se convierten en destinos no alcanzados, y el consumidor que los desea, o la empresa que demanda esos productos para sus procesos, no puede acceder a ellos. Y todo se para, y se disparan las colas, y surge la violencia, y se da cuenta uno del enorme error que ha supuesto eso que era tan “beneficioso” para los británicos, según les contaban algunos falsos populistas, valga la redundancia.

En medio de un nerviosismo creciente, con llamadas a la calma de un gobierno que no parece controlar la situación, algunas voces reclaman la intervención del ejército, y se están aprobando permisos de residencia para extranjeros de unos meses para aliviar la situación, que no servirán de nada porque nadie va a ir allí a trabajar con una fecha de despido dada tan certera, sin posibilidad alguna de compatibilizarlo con una vida profesional y personal carente de futuro. Lo que vemos es un perfecto ejemplo de ese dicho que reza que toda cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones, y ha sido el de los conductores el que ha roto el sistema de suministro británico. El gobierno de Johnson tiene una enorme papeleta encima de la mesa, que irá extendiéndose a otros sectores a medida que el Brexit siga generando destrozos, y sabe que la solución a todos ellos es echar atrás la disparatada decisión que el propio Primer Ministro defendió y usó para su beneficio. Eso me hace suponer que no quiera rectificar. El dolor crecerá.

jueves, enero 30, 2020

A un día del Brexit


Ayer el Parlamento Europeo vivió uno de los días más importantes, y tristes, de su historia, y me fastidia mucho que el indigno Puigdemont fuese uno de los testigos de ese acontecimiento. En una votación, por mayoría absoluta rotunda, aprobó el acuerdo del Brexit y ratificó el amputamiento de la UE, el corte de uno de sus miembros. Entre la congoja generalizada y el mínimo entusiasmo de los populistas de Farage, uno de los principales causantes de este desaguisado, la ratificación da vía libre legal a la desconexión del Reino Unido de la UE, que se producirá a las 24 horas de mañana viernes 31. Se acabará el mes y la pertenencia de los británicos al club común

Desde que se produjo el condenado referéndum de 2016 todo ha sido un camino de penalidades y sufrimientos autoinflingidos para el club comunitario y, sobre todo, para el Reino Unido. El que ha sido uno de los países más pragmáticos y serios del mundo, responsable con sus compromisos e intereses por encima de todo, fue abordado por una ola de populismo que consiguió llevar el patético comportamiento que despliegan los adolescentes guiris en las urbanizaciones de Magaluf hasta el mismo corazón de las instituciones que flanquean toda la avenida de WhiteHall, sede del poder en aquel país. Todo lo sucedido es la crónica de un fracaso político y social, de una decisión errónea que no deja ganancias para nadie, y que sólo alberga la duda de cuántas serán las pérdidas futuras para todos los implicados y cómo se repartirán. La existencia de un gobierno estable en Londres garantiza que los acuerdos que se puedan firmar entre la UE y Reino Unido sean ratificados y llevados a cabo a la práctica sin dilaciones ni rémoras, pero nada dice sobre las posibilidades de que esos acuerdos sean realmente alcanzados. De hecho, el acuerdo de Brexit ratificado ayer por la cámara europea no es sino el primero de los muchos acuerdos que deben suscribirse entre ambas partes para establecer cuál será la relación futura. Y esa relación es, como la niebla cuando se impone en el canal, una sombra misteriosa. La complejidad de lo que viene ahora para ambas partes es enorme, y la presión mutua también, y la incapacidad de alcanzar acuerdos un riesgo compartido que aumentará los daños. De momento el 1 de febrero el Reino Unido ya no tiene voz y voto en la UE, sus parlamentarios dejan de serlo y su representación institucional decae, pero la relación comercial sigue sujeta a las normas que estaban el vigor el 31 de enero. ¿Cuál será la relación futura entre ambos lados del canal? Nadie lo sabe. La pretensión británica de recuperar soberanía chocará en la práctica con el tupido tejido de relaciones profesionales, empresariales y de todo tipo que existen entre las economías y sociedades de ambos lados, y el desligar esas bridas que nos unen es mucho más costoso y difícil. ¿Jugará Londres a ser un paraíso fiscal a las puertas de la UE? ¿Qué tipo de tratado comercial firmará con unos EEUU en los que la veleta Trump les da una imprevisibilidad absoluta? ¿Cuándo será consciente el Reino Unido de que, al salir de la UE, se convierte en otro pequeño país europeo, cada vez más irrelevante? Las naciones de esta parte del mundo que llamamos Europa pintamos algo en la economía global si trabajamos de manera conjunta y coordinada, su aunamos esfuerzos y posiciones, porque ante el gigante norteamericano y chino nuestra insignificancia es cada vez mayor. Muchos británicos añoran la época, no tan lejana, en la que ellos eran el centro del imperio, pero eso ya pasó. Como España hace más de un siglo, tienen pendiente la digestión de la pérdida del poder global, la asunción de que no serán ya más los rectores del mundo. Y eso es un proceso duro, difícil, que exige madurez como nación y templanza. Hace unos años hubiera dicho que Reino Unido era un país capaz de afrontar ese reto con las mejores garantías posibles, pero hoy ya no puedo afirmar eso.

Una derivada interna para los británicos, que se abre con toda su crudeza a partir del sábado 1 de febrero, es su estabilidad interna como nación, su unidad como reino. El problema de Escocia e Irlanda empezará a adquirir una dimensión mucho más relevante una vez que el Brexit empieza a convertirse en realidad, y no está nada claro cómo van a gestionar desde Londres esas dos tensiones territoriales, de una complejidad enorme. Eso será un gran quebradero de cabeza para el gobierno británico y añadirá confusión a las negociaciones con la UE para la relación futura. El próximo fin de semana los populistas y nacionalistas están de fiesta, para el resto será una fecha triste, en la que no habrá nada que celebrar, y sí mucho que lamentar. Se nos van los british.

viernes, diciembre 13, 2019

Boris Johnson arrasa en Reino Unido


Los resultados aún son preliminares, pero no dejan lugar a ninguna duda. Boris Johnson no ha ganado, ha arrasado en las elecciones celebradas ayer en el Reino Unido. La mayoría absoluta en la Cámara de los Comunes se sitúa en 326 y el resultado final de los conservadores se puede llegar a la cota de los 360, por lo que su éxito es incontestable. La actual mayoría incapaz sobre la que se asentaba su gobierno torna ahora a un soporte fijo sobre el que podrá ejercer sus funciones de primer ministro sin muchas cortapisas, algo que no se produce en aquel país desde que May adelantó las elecciones tras ser nombrada en sustitución del innombrable Cameron.

El éxito de los conservadores es también el fracaso de los laboristas, y si Johnson hoy puede levantarse triunfante y con el pelo alborotado (como siempre) por una buena razón, el muy incapaz de Corbyn debiera estar ya empaquetando sus enseres y abandonando la sede de un partido laborista al que ha llevado al peor resultado desde la década de los años treinta del siglo pasado. No llega a los 200 escaños, su fuerza es nula y ha perdido feudos históricos en los que su voto estaba más anclado a las urnas que la mugre depositada en los viejos ladrillos de las casas. Corbyn encarnaba lo peor de un movimiento izquierdista extremo, que jugaba a rememorar los años marxistas de su lejana juventud en pleno siglo XXI, y que no se ha decantado en el debate del Brexit salvo para opinar más bien a favor el mismo cuando le han forzado a expresarse. También ha representado una siniestra ala del izquierdismo caracterizada por un antisemitismo larvado y apenas escondido, dando vergüenza ajena algunas de sus opiniones y, sobre todo, silencios. Lo peor, sin duda, de este laborismo de Corbyn ha sido que ha desperdiciado la gran oportunidad de enfrentarse a los conservadores encabezando, sin disimulos, sin tapujos, la bandera del “remain” la permanencia en la UE. La sociedad británica sigue muy dividida en torno a este asunto, pero frente a la dispersión de los votantes que desean volver a la UE, Johnson ha sabido concentrar el deseo de marcha de los que votaron salir en el referéndum de hace ya tres años, y lo que es más importante, ha conseguido con este movimiento capitalizar voto obrero que siempre ha sido laborista, y que ahora, movido por la promesa de un nuevo país tras la salida, se ha decantado por los conservadores. Con un partido conservador desgarrado por el brexit, con división entre sus familias internas y un candidato tan peculiar como Boris, la oportunidad que tenían los laboristas por delante era enorme, y de poseer un candidato de verdad y un programa moderno y europeísta quizás lo hubieran logrado, o al menos conseguido que la mayoría absoluta no existiera, pero no ha sido así. El suicidio laborista en Reino Unido es un aldabonazo para muchas formaciones progres de todo el continente que se están escorando hacia mensajes de izquierda pasados de moda (y lo peor, ineficientes) sin conseguir nada a cambio, excepto derrotas y derrotas. En estas elecciones el que aquí escribe no hubiera votado ni por los conservadores ni por los laboristas, sino por los liberales demócratas, que han quedado relegados a una tercera posición (nacional) muy mediocre y sin apenas valor en sus pocos escaños. El desbarre que ha mostrado la política británica ha sido tal que estas elecciones obligaban a escoger entre alternativas nefastas y horrendas. Así no hay manera de cohesionar una sociedad y que esta pueda avanzar a ninguna parte.

He puesto la coletilla de nacional en el resultado de los liberales porque, en escaños, la tercera formación del parlamento británico son los nacionalistas escoceses, que han arrasado, consiguiendo 55 de los 59 escaños que se disputaban allí. Proeuropeos y con aires independentistas, su posición se refuerza enormemente tras los resultados de ayer, y obliga a pensar que, junto con el problema irlandés ahora que se va a ejecutar el Brexit en pocos días, la U de Unido que acompaña al Reino va a haber que escribirla, de momento, en minúscula, porque las tensiones territoriales de esa nación se van a disparar, y de rebote nos afectarán aquí. Aclaran mucho el panorama los resultados de ayer, pero crean nuevos inquietantes problemas.

viernes, octubre 18, 2019

¿Acuerdo de Brexit?


Es normal que ponga el titular de hoy entre interrogantes, porque todo lo relacionado con este tema ha sido una sorpresa continua que nos ha llevado a plantearnos nuevas preguntas, casi siempre sin respuesta, por lo que dar por sentado que el paso logrado ayer va a ser el definitivo es, como mínimo, arriesgado. Pese a ello, es innegable que el acuerdo alcanzado entre la Unión Europea y Reino Unido supone un avance y una posible puerta de salida para todos los actores involucrados en este triste vodevil. Entre hoy y mañana los jefes de estado y gobierno de la Unión lo rarificarán y todo quedará a expensas del parlamento británico y su sesión del sábado.

El nuevo acuerdo es, básicamente, el anterior ya alcanzado por Theresa May y los negociadores europeos, con modificaciones en lo que hace a la frontera de Irlanda. Este es uno de los más graves escollo en todo este asunto, y no tiene solución buena. Un brexit duro obliga a establecer una frontera física entre Irlanda del Norte, perteneciente a Reino Unido, e Irlanda, perteneciente a la UE, y la mera imposición de fronteras y controles agita el fantasma de la violencia que durante años sacudió esa zona. La solución que se ha acordado supone una cesión de soberanía del Reino Unido sobre su apéndice irlandés, dado que admite que esa región esté dentro de la Unión Aduanera y por tanto, no haya fronteras entre las irlandas. Esos controles se situarán en el mar, que es una manera de decir que sí habrá una frontera entre Irlanda del norte y la isla del Reino Unido, por lo que lo que ahora es un país unificado se convierte en algo ligeramente distinto. Esto era para Theresa May una de sus líneas rojas, entre otras cosas porque la mayoría parlamentaria de su gobierno se sustentaba en el apoyo del DUP, un partido nacionalista norirlandés pro británico, que ahora ve como el gobierno conservador de Londres apoya una solución que está completamente en contra de sus planteamientos. Y claro, los del DUP están que trinan y ya han anunciado que en la votación del sábado se opondrán firmemente. Johnson, que ha perdido la mayoría parlamentaria que tuvo May, presentará este acuerdo a los comunes con la esperanza de que las bajas del DUP y de los muy eurófobos de su partido sean compensadas por liberales y algunos laboristas que, como mal menor, vean este acuerdo como una escapatoria posible para todos. Sin embargo, es evidente que las posibilidades de que la votación sea favorable no son muchas, y eso desinfló ayer gran parte de las ilusiones que, en forma de subida bursátil, suscitó el anuncio de acuerdo. La noticia hizo subir los índices europeos de golpe más del uno por ciento, pero luego los analistas empezaron a contar cuántos votos podría tener el acuerdo en los comunes y las cuentas les daban resultados feos. Se supone que hoy y mañana serán días frenéticos en la política londinense, donde reuniones de todo tipo se sucederán y, es probable, se hagan promesas de alto voltaje y presupuesto a cambio de unos votos que pueden ser vitales. Así, a muy corto plazo, los escenarios que se plantean son dos. El bueno es que el acuerdo se apruebe, y el 1 de noviembre el Reino Unido ya no sea miembro de la UE amparada su relación bajo ese acuerdo, y se evita así el Brexit duro. El malo es que el acuerdo no se apruebe, y en virtud de las leyes aprobadas hace unas semanas, Johnson se vea obligado a pedir una prórroga para que no se produzca un Brexit duro en la noche de Todos los Santos. Y ese escenario, además de malo, es muy incierto.

Así que este fin de semana, como dice esa frase clásica que usamos cada dos minutos para casi todo, se vivirán los momentos decisivos en el proceso del Brexit, con una emoción por todo lo alto y, a buen seguro, intensas y curiosas escenas en la cámara de los comunes que, como lo fue el parlamento griego en su momento, se convierte por un momento en nuestro Congreso de los Diputados. Pónganse cómodos, crucen los dedos y prepárense para todo tipo de escenarios, confiando en el bueno, y temiendo todos los demás. Lo más lógico es que las bolsas el lunes reaccionen con fuerza ante cualquiera de los dos resultados posibles, aunque hacer predicciones sobre esto ya es jugársela el todo por el todo. Y Johnson cubrirá un nuevo capítulo de su tumultuosa historia al frente del (des)gobierno británico.

Subo a Elorrio el fin de semana y me cojo dos días de ocio. Pásenlo bien, ojo con la lluvia y nos leemos el miércoles.

jueves, septiembre 05, 2019

Brexit va, Brexit viene


Es espectacular lo que está sucediendo en el Parlamento Británico. Obnubilados como estamos por las series y demás producciones audiovisuales, asistimos en tiempo real a unas escenas de confrontación, tensión, estética y dramatismo imposibles de superar por el mejor grupo de actores, y todo sin guion alguno, sin reglas sobre lo que va a poder suceder en los próximos minutos. Ese hemiciclo que no tiene forma de tal, en el que no entran todos los están habilitado para ocuparlo, y en el que, es genial, basta con que un parlamentario se cambie de bancada para que eso signifique el abandono de un partido y su adscripción al contrario. Es asombroso.

Dos fueron las derrotas consecutivas que sufrió ayer Boris Johnson en sus días de parlamento antes del cierre decretado. A buen seguro, de saber algo así, hubiera ordenado un cierre mucho más prolongado, y seguro que sueña, como otros, con aquellos autócratas que en el mundo hay que no tienen que soportar esa tortura de verse superados por los votos de un hemiciclo electo. La democracia es así, y no a todos les gusta. Su primera derrota fue la del proyecto de ley, que debe ser tramitado con urgencia extrema, para obligarle a solicitar una prórroga del plazo de salida del Brexit, que se cumple el 31 de octubre. Si esa ley al final sale, sería una absoluta humillación para Johnson que él fuera el que acudiera a Bruselas a pedir, rogar, por un aplazamiento. En esa derrota fueron capitales una veintena de diputados conservadores que votaron junto al resto de la oposición, dejando a las claras la fragilidad del grupo parlamentario que sustenta al precario gobierno. La segunda derrota vino derivada de la primera. Ante esa posible vergüenza que supondría para él renunciar al Brexit duro, Johnson solicitó ir a elecciones, pero esa convocatoria, que allí puede proponerla el Primer Ministro, requiere que dos tercios del Parlamento la validen, y no fue así. Corbyn, el líder de los laboristas, un político no tan nefasto como Johnson pero también negativo en muchos términos, no quiere, de momento, unas elecciones. Sospecha, como todo el mundo, que nos las podría ganar, por lo que no tiene especial prisa para convocarlas, y desde luego ninguna antes de que esa primera ley que les comentaba, la que obliga a pedir el aplazamiento, entre en vigor, porque sería un horror que se convocasen comicios y que llegara al poder y fuera justo él el que tuviese que gestionar el desastre de la salida. Sabe Corbyn que en las condiciones actuales una campaña electoral sería totalmente polarizada y que Johnson se presentaría como el mártir de los auténticos ingleses, traicionados en su voluntad de salir de la UE, por los que no respetan el resultado del referéndum. Aglutinador del boto extremista de los de Farage, tendrían opciones reales los conservadores de ganar la elección y eso es un panorama que aterra a Corbyn y, sobre todo, a los europeístas, que se presentarían divididos a estos comicios entre, al menos, los laboristas y los liberales. Eso, condado a condado, que es como se escoge a cada uno de los diputados de la Cámara de los Comunes, puede ser letal para el voto europeísta. Sin embargo la situación actual es de un marasmo tal que va a ser inevitable que las elecciones se den a no mucho tardar. Si las gana Johnson pero el mandato de prórroga se ha ejercido, habría un tiempo para gestionar las cosas, por eso, de todas maneras, se busca como prioritario forzar el reloj para que esa espada de Damocles que vence en menos de dos meses no se precipite sobre las cabezas de los británicos y el resto de los europeos. El problema es que, en medio de la absoluta confusión que se vive en el Reino Unido, sumido en la vergüenza, puede suceder de todo, hasta un Brexit por accidente, y nadie se atreve a predecir qué es lo que puede acabar pasando allí.

Bueno, nadie nadie… Enrique Feás ha escrito un artículo de política ficción que es apasionante, en el que Johnson dialoga con Dominic Cummings, uno de sus principales asesores y gran impulsor de la demagógica y triunfante campaña del Brexit. En el texto, Cummings va contando paso por paso lo que está sucediendo ahora y lo que podría pasar en los próximos días, previendo los acontecimientos que podrían darse, y dando forma de estrategia premeditada a los movimientos caóticos a los que asistimos, asombrados, desde la barrera. ¿Tiene Johnson una estrategia ganadora en todo este proceso? ¿La tiene Corbyn? Lo que parece seguro es que los perdedores de todo esto serán los ciudadanos británicos y del resto de Europa, porque pase lo que pase, ambas economías, muy relacionadas, ya se resienten ante el disparate que vivimos. Y en el capítulo de hoy, lso guionistas aún no saben qué es lo que escribir.

jueves, agosto 29, 2019

Johnson cierra Westminster


Westmisnter es sagrado para los británicos, y por muchas causas. Allí se encuentra su abadía, famosa en el mundo entero, la “catedral del oeste” que es lo que quiere decir el nombre de ese lugar, así llamado por los residentes del antiguo Londres, que se fundó en lo que ahora es la city. Al oeste, desde su punto de vista, se encontraba la sede de la iglesia, el poder del cielo. Con los años, junto a ella, se creó el parlamento, el gestor del poder en la tierra. En la “Carta Magna”, depositada en Salisbury, se encuentra el primer caso, junto con el de la corte de León, en el que el monarca absoluto ve recortado su poder, que se traslada en parte a una asamblea de electos que delibera y toma decisiones. Es el embrión del parlamentarismo moderno, su cuna.

La decisión tomada ayer por Boris Johnson de cerrar el parlamento durante cinco semanas, al borde de la fecha límite del Brexit, es una sucia, muy sucia jugada, que ya era anticipada por algunos analistas como una de las vías que tendría el primer ministro para acallar la contestación que en ese parlamento iba a suscitar su gestión del Brexit. Con una mayoría cada vez más exigua, que ahora apenas alcanza el valor de un diputado, sabe Johnson que basta un pequeño trasvase de votos del grupo conservador para tirar abajo su plan de salida abrupta, y eso le provoca un miedo horrible. Conoce perfectamente este otro mandatario de pelos locos que su posición es mucho más débil de lo que aparenta, y ante esta coyuntura ha escogido la salida deshonrosa, humillante y zafia de acallar la voz del parlamento para evitar que le diga que no. Un movimiento, que según parece la Reina estaba obligada a ratificar, que muestra las oscuras formas de hacer política que, cada vez más, nos rodean a todos y que, pásmense, han conseguido hacerse con el control del poder del Reino Unido, una de las democracias más consolidadas y recias del mundo. En medio del Blitz alemán, con las bombas golpeando la ciudad, Churchill arengaba desde esos mismos bancos verdes cutrosos que se ven hoy en día en la tele, a una sociedad asustada, casi tanto como lo estaba él, para que resistiera y no se rindiera nunca. Fue el parlamento británico la voz que en esos días, años, los más oscuros de la historia Europea de los últimos siglos, se mantuvo alta y firme, como única luz en medio de la debacle. Johnson ha escrito una biografía sobre Churchill, que no he leído, pero me queda una enorme duda de si entendió algo de lo que supuso la vida de aquel legendario dirigente. O lo que es peor, me queda la enorme certeza de que Johnson se fijó sólo en la gestión del poder, en las formas para poder alcanzarlo y en la obstinación absoluta no por el bien de su nación y conciudadanos, sino en su propio beneficio y ego. No tengo muy claro hasta qué punto es constitucional la decisión tomada ayer, entre otras cosas porque Reino Unido carece de constitución escrita y se rige por normas y tradiciones forjadas a lo largo de siglos de práctica, pero si no estamos ante un suave golpe de estado sí es que se lo parece lo suficiente como para asustarse. ¿Qué es lo que va a suceder ahora? ¿Qué hará Johnson durante estas semanas en las que, aparentemente, va a ocupar un papel de autócrata? ¿Cómo va a soportar su partido, el conservador, el papel de defenderle tras una decisión de semejante calibre? ¿Qué acciones, legales, van a tomar el resto de formaciones políticas para tratar de parar esto? Y la sociedad británica, de la que tanto tenemos que aprender todos los demás en tantas cuestiones (y ellos también de nosotros, sí) ¿qué va a hacer? Esto empieza ya a ser no sólo una discusión sobre el Brexit, que es de por sí un asunto de enorme trascendencia, sino un debate sobre la legitimidad del poder que ahora gestiona el país y lo que ese poder ha hecho con sus atribuciones. Una vez creado el precedente, ¿qué impide que otro primer ministro actúe de igual manera y suspenda nuevamente el parlamento, por el tiempo que determine? ¿y si lo suspende indefinidamente?

Comentaba ayer, en plan de coña, que ante el desastre que ha sido la historia europea del siglo XX era el Reino Unido el destino obvio para exiliarse para españoles y miembros de otras nacionalidades, envueltos sus países en guerras y desastres varios. Londres era sinónimo de seriedad, rigor, pragmatismo, libertades ante todo, democracia representativa, estado de derecho, ley, regulación, seguridad y orden. Muchas distopías futuristas encarnan sus más sombrías predicciones en la caída de la democracia británica y su sustitución por un régimen despótico que traicione todo lo que Reino Unido ha sido en el pasado. Dudo que Johnson sea el preludio de algo así, pero también tengo claro que no le importaría mucho si sucediera con él al frente del gobierno. Lo de ayer, además de tristeza, da miedo.

jueves, mayo 30, 2019

May se va


A la pobre Theresa May le han hecho chistes dese que llegó a ser primera ministra del Reino Unido por el mes, mayo, que significa su apellido y si sería capaz de llegar a junio, en una forma de expresar que casi nadie daba un duro por su liderazgo. Al final su mandato va a ser de tres años, lo que no está mal para las peripecias políticas que ha vivido. No se cómo le juzgará la historia, no estaré aquí para verlo, pero su figura ha ido adquiriendo, para mi, una talla mayor a medida que era obvio que se encaminaba la fracaso, que todos los suyos le empujaban al precipicio, y que nada de lo que hiciera sería suficiente para volver a enderezar el rumbo. Gobernando un barco fantasma, May encarna el sentido griego de la tragedia inevitable.

El anuncio de su dimisión tuvo lugar el viernes, después de las elecciones europeas, que en Reino Unido se celebraron en primer lugar de toda la UE. Si, los británicos conducen por la izquierda y votan los jueves, como mínimo gente curiosa. Aunque los resultados se conocieron, como en todas partes el domingo, las encuestas los clavaron bastante. El partido del eurófobo Niguel Farage ganó con algo más del 30% de los votos, los liberales antibrexit subieron bastante y conservadores y laboristas, las dos grandes formaciones, sufrieron un varapalo enorme que roza el ridículo para ambos partidos. May sabía que la derrota en esas elecciones era absoluta, incuestionable. Es más, era consciente de que el hecho mismo de celebrarlas era una derrota en sí mismo para los partidarios del Brexit, porque volvía a mostrar a las claras hasta qué punto sin firmes los lazos que unen a los británicos con la UE y lo difícil que es cortarlos. Durante los tres años de su mandato, dominado de manera obsesiva por este asunto, May ha buscado una salida con acuerdo y, tras el designio del parlamento que así lo forzó, una aprobación en la Cámara de los Comunes de Westminster. Tras casi dos años de negociaciones logró el acuerdo, que dejaba claras muchas cosas y otras no tanto, especialmente las salvaguardias con respecto al mercado único y el espinoso tema de la frontera de Irlanda. Los radicales entre los conservadores vieron desde un principio este acuerdo como una traición, porque sí suponía la salida de la UE, pero de una manera en la que no pocas de las disposiciones comunitarias seguirían siendo normas a acatar por un Reino Unido que, ya fuera de las instituciones europeas, nada podría hacer para alterarlas. Era un dictado, lo veían como un dictado, y por eso su oposición a ese acuerdo fue frontal desde el inicio. Los laboristas, tan divididos como los conservadores, y con un Corbyn al frente que demuestra día a día la incapacidad de su liderazgo y lo trasnochado de sus ideas, vieron en ese acuerdo y la división conservadora no una vía de salida al Brexit, sino una forma de derribar al gobierno para, en el mejor de los casos, acceder a él. Atacada sin piedad por todos lados, con un goteo constante de dimisiones en su gobierno, May llevó hasta tres veces el texto del acuerdo al parlamento y, de manera humillante, tres veces fue rechazado. En cada votación perdida el poder del gobierno se le escapaba, como si cada rechazo fuera una nueva raja en una rueda hinchada que aumenta la fuga de aire. Consciente de que su situación empezaba a ser insoportable, intentó en las emanas antes de las elecciones que se produjera una cuarta votación del acuerdo, pero ya carecía de influencia y capacidad para siquiera convocar esa reunión. Sabedora de la derrota conservadora en los comicios, May compareció sola el viernes 24 ante la puerta de ese 10 de Downing Street, una de las residencias del poder del mundo más conocidas y menos llamativas, y entre sollozos, anunció que se irá para principios de junio. Era la imagen de la derrota, de la pena, de la impotencia, de la traición sufrida por todos. Su presencia era propia de una obra de Esquilo.

La salida de May puso en marcha la pugna por el poder conservador, para la que ya hay casi una decena de candidatos, de todos los pelajes posibles. Dice la lógica que el ganador debiera pertenecer al ala dura de los partidarios de la salida sin acuerdo, que el tratado firmado por May está muerto y que las opciones de que los trenes británico y europeo descarrilen el 31 de octubre son muy altas. Pero ya sabemos que, desde el principio, todo este estúpido proceso del Brexit es cualquier cosa menos racional. No tengan dudas de que vamos a asistir aún a episodios insospechados, quizás alguno de los grandes favoritos (el inefable Boris) no logren sus propósitos y otros sí. Y May lo verá todo desde su casa con pena y amargura, y Cameron desde la suya, sin sentir un ápice de remordimientos por el desastre que causó en 2016.

jueves, marzo 28, 2019

El Brexit lo destruye todo en UK


Hace unos días comentó, acertadamente, un analista en una emisora de radio que si alguno de los países del sur de Europa ofreciera el triste espectáculo de división y batalla que se ve a todas horas en el parlamento y sociedad británica los medios anglosajones hace mucho que hubieran superado el calificativo de “pigs” para definirlo. Recuerden que pigs, cerdos en inglés, corresponde al acrónimo de Portugal, Irlanda, Grecia y “Spain” y tuvo mucho éxito en los años más duros de la crisis financiera. Se nos calificaba de tan elogiosa manera por parte de algunas naciones, como reino Unido, que eran ejemplo de cordura, seriedad, rectitud, pragmatismo y eficiencia. Ahora es cuando toca hacer un suave carraspeo, como ironía, para no decir lo que se piensa.

Tras quedar enfangado el gobierno de May y el laborismo de Corbyn en la ciénaga del Brexit, ahora es el propio parlamento de Westmisnter el que se empieza a hundir en semejante montaña de lodo, incapaz de gestionar una situación que parece completamente inasumible, y que está llevando al país a su mayor crisis política y social en décadas. Ocho fueron las votaciones que tuvieron lugar ayer en la angosta cámara de los comunes, ocho eran las alternativas que se estudiaban, desde un segundo referéndum hasta un acuerdo tipo EFTA y todas las combinaciones que ustedes quieran. Ocho Noes enormes, cantados por el presidente de la cámara, el ya muy famoso John Bercow, fueron el resultado de las ocho votaciones. Ayer se vio, otra vez, que no hay acuerdo en la cámara ante ninguna alternativa, que todo son rechazos masivos a cada una de las propuestas que se presentan y que el debate está en punto muerto, mientras los plazos corren y la incertidumbre crece. Quizás sea esta la estrategia de May, forzar la situación para cercar a los parlamentarios y obligarles a escoger entre dos alternativas. La mala, salir con el acuerdo que ella ha presentado. La peor, salir sin acuerdo. Los comunes han mostrado ya varias veces su rechazo a estas dos opciones, pero también reniegan de todas las demás posibles, por lo que al final el dilema puede acabar reduciéndose entre esas dos posibilidades. Para forzar el voto a favor de su acuerdo, May ofrece su cabeza, que visto lo visto ya no vale demasiado. Ayer ofreció su dimisión si el parlamento finalmente aprueba su acuerdo, comprometiéndose a que sea otro el que lidere el proceso efectivo de salida y la gestión del reino Unido ya fuera de la Unión. Es esta una táctica para que los diputados más conservadores y euroescépticos se tapen la nariz y acaben claudicando para reunir el número suficiente de votos para que el acuerdo se salve. De momento esta medida ha sido suficiente para generar disensiones entre ese grupo de euroescépticos duros, donde uno de sus líderes, el espigado Jacob Ress-Mogg, ya se ha mostrado partidario de modificar su postura y apoyar el acuerdo. El problema es que serían necesario muchos de esos diputados y el apoyo de los nacionalistas norirlandeses del DUP para que finalmente el acuerdo saliera, y a esta hora los números siguen sin dar. Quizás para los más recalcitrantes la cabeza de Amy en bandeja ya sea poca cosa, dada la sangría de poder que sufre su figura desde hace semanas, lanceada desde todos los frentes y abandonada por muchos, sobre todo los que se dijeron suyos en un momento. Personajes como Borish Johnson ve ahora una nueva oportunidad para volver a la primera línea del poder con la caída de May y quizás también se animen a cambiar el sentido de su voto. Si lo logra, May concluirá su carrera política con el mérito de haberse abrasado en unas llamas que no avivó en su momento, pero nada quiso o pudo hacer para evitar que se descontrolasen. Su figura empieza a adquirir dimensiones de tragedia griega.

Imagino que, como nos pasa a nosotros con la inestabilidad política y el tema catalán, el brexit devora las energías de todos los políticos británicos, monopoliza los debates y lo llena todo, expulsando cualquier otro tema de la agenda y contribuyendo a pudrir problemas urgentes y del día a día que exigen debate, tiempo y esfuerzo de gestión. Parece una derivada menor, pero esa parálisis, que vivimos nosotros mismos, es muy lesiva para los intereses de la nación, el crecimiento económico ya la calidad de vida de los ciudadanos. Los británicos se introdujeron hace tres años en esta pesadilla de la mano de líderes incompetentes (maldito Cameron) y populistas mentirosos, valga la redundancia. Veamos, con pena, a dónde conducen las falsas recetas de esos estafadores, se vistan del color que se vistan.

viernes, marzo 15, 2019

El caos del Brexit se agudiza


Tres han sido las votaciones celebradas en Westminster esta semana dentro del inacabable proceso del Brexit, que han deparado un resultado conjunto que nos deja en zona de sombra, de duda e incertidumbre. La primera de ellas, perdida por May, descartó el acuerdo alcanzado con Bruselas, y con ello la alternativa de salida menos dañina. La segunda, el miércoles, rechazó salir sin acuerdo, por lo que descartó la alternativa de salida más dañina para todos, y la celebrada ayer acordó solicitar una prórroga de la entrada en vigor del Brexit, prevista para el próximo 29 de marzo, buscando ganar tiempo para dedicarlo a no se sabe muy bien qué.

Dentro del absoluto caos que es todo este proceso, lo único que parece claro es que el Reino Unido no sabe lo que quiere y que no hay manera de llegar a parte alguna con la profunda división que se sufre en su sociedad y sistema político. La locura que empezó con el condenado referéndum de junio de 2017 (maldito seas, David Cameron) ha fracturado a aquella nación de una manera, no se si irremediable, pero si profunda y duradera. No hay estructura que no se haya partido en torno a esta cuestión, y7 el derroche de esfuerzos que supone este debate está agotando no ya la flema británica, sino su propio espíritu. Los principales partidos británicos son meras carcasas rotas que alojan guerrillas internas de intensidad desconocida entre antaño partidarios de siglas e ideologías, y cada votación que se celebra en el parlamento muestra esa descomposición de los grupos. ¿Han muerto el laborismo y el conservadurismo en Reino Unido? No diría yo que tanto, pero parecen auténticos zombis. La decisión de pedir más tiempo, que probablemente Bruselas conceda, no es sino una manera de dar una patada adelante a este enorme problema, pero sin que nadie sepa muy bien qué hacer con él. Los partidarios de la salida abrupta siguen enfrentados contra los que defienden la permanencia de la isla en la Unión y en medio hay un montón de diputados que visten una u otra chaqueta política pero que tienen opiniones diversas sobre el tema. No hay un consenso social sobre qué es lo que se pretende con el movimiento de salida, ni alternativas claras a todas las disposiciones económicas presentes en el acordado, y por dos veces rechazado, tratado de salida. Ni desde luego existe consenso sobre cómo gestionar el muy espinoso tema de la frontera norirlandesa, auténtico caballo de batalla de este divorcio, que juega el papel de las joyas de la pareja (ahora quizás ese papel puede desempeñarlo la tarifa plana de Netflix) que originan la disputa cruel para saber quién se queda con ellas. El aplazamiento, si se concede y es largo, obligaría a Reino Unido a participar en las próximas elecciones europeas de finales de mayo, dentro de poco más de dos meses, con lo que sería otra pieza que mantendría retenida a la pérfida Albión en las instituciones europeas, y así sería exhibida como tal por parte de los eurófobos, que no son mayoría pero sí son los más ruidosos. Realmente nadie tiene muy claro qué es lo que se puede hacer con ese tiempo de aplazamiento pedido si no se produce un acuerdo interno en el propio país. Todas las opciones siguen abiertas, desde una convocatoria electoral anticipada a un segundo referéndum o a cualquier otra cosa que a ustedes se les pueda ocurrir. En este serial sin guion que vivimos veinticuatro horas al día la incertidumbre es máxima, y no hay reality de televisión que lo iguale en intensidad, audacia y, también, cutrez de determinadas escenas. Algún día lo que quede de los Sex Pistols y el movimiento Punk tendrá que salir a la palestra para pedir orden y concierto, y quizás sus voces no se escuchen entre el griterío que llena a la sociedad británica y sus representantes.

Quizás, a pesar de todo, se puedan sacar algunas lecciones positivas de todo este desastre. Vemos en directo, en una gran nación, las lesivas consecuencias de tomar caminos populistas, de pretender decidir de manera simplista entre un Sí y un NO asuntos de enorme trascendencia sin pensar en las consecuencias de esas opciones ni en cómo llevarlas a cabo. El desmadre que todos vemos en directo sirve de vacuna ante otros procesos de salida de la UE, que ejercitados por países menos influyentes y poderosos que Reino Unido acabarían en catástrofe total para sus ciudadanos, y los “–exit” que se recrearon hace unos años se han diluido ante al crudo ejemplo británico. Su desastre nos sirve de vacuna a todos, pero las consecuencias de este problema también las vamos a pagar todos. Condenados populismos, fuente eterna de desgracias.

miércoles, febrero 27, 2019

Brexit, capítulo 9.328


Se me antoja que existe un paralelismo entre el dilema catalán en España y el brexit en Reino Unido. Más allá de la complejidad e importancia de ambos problemas, suponen un sumidero de energías, esfuerzo y capacidad, que lo absorbe todo y deja extenuadas a ambas naciones. Los daños que ambos procesos van a provocar a nuestra y su sociedad pueden ser profundos y duraderos, ya lo son en gran medida, y se pueden acabar convirtiendo en problemas crónicos con los que habrá que acostumbrarse a vivir, llegando a olvidar en parte aquellos tiempos en los que ese dolor, tan instalado, no existía, o no mostraba toda su fiereza. ¿Nos convertiremos en naciones permanentemente heridas? No lo descarten.

En el caos del Brexit poco se ve en claro con el paso de los días, y la cercanía cada vez mayor del límite del 29 de marzo, fecha en la que se ejecutará la salida, haya acuerdo o no, si nos e solicita una prórroga por parte de Reino Unido. La frase anterior define las alternativas que tenemos, tanto si pedir una prórroga o no o llegar al final con acuerdo o sin él. Los movimientos de May y del ala de diputados que la respalda parecen converger estos días a la solución de prórroga dado que no hay acuerdo, para evitar una salida sin acuerdo. May parece estar jugando al juego de la gallina para confrontar a los diputados, los suyos, los suyos no suyos, y los que no son suyos, ante un escenario de ruptura brusca y que se genere una mayoría parlamentaria que vote para pedir el aplazamiento. La división en el parlamento británico es total se mire por donde se mire, pero sí parece existir un mínimo de consenso sobre el rechazo a un Brexit duro sin acuerdo, postura defendida por los ultramontanos del Brexit que viven entre los conservadores, que no se muy bien que pretenden “conservar” con su actitud. Ganar tiempo con, pongamos, un aplazamiento de tres meses, hasta junio, ¿serviría de algo? Es una buena pregunta ante la que no tengo respuestas. En teoría no parece sencillo arreglar en tres meses de prórroga lo que no se ha podido remediar en meses de discusiones, y el gran problema que subyace a la salida, la situación de Irlanda del norte, sigue empantanado. De hecho el acuerdo ratificado entre May y Juncker y que fue rechazado por el parlamento británico resuelve ese dilema con una moratoria, es decir, un tiempo extenso para acordar realmente cómo gestionar esa frontera y las implicaciones políticas y económicas que se pueden producir a ambos lados. Es decir, un “ya lo veremos” para desatascar el asunto. Una de las novedades que se va a producir en este periodo de meses que van de marzo a junio son las elecciones europeas de mayo, en las que, de momento, Reino Unido ya no vota, y la creación de una nueva comisión europea, en la que Juncker y su equipo ya no estarán presentes. ¿Favorece o perjudica eso a alguna de las partes negociadoras? No lo se, pero es probable que tenga efectos. Otra cuestión interesante, si se produce ese aplazamiento, es la posición de la propia May. Los conservadores duros, los que con su actitud parecen buscar no conservar nada, ya empiezan a acusarla directamente de traición por buscar el aplazamiento. Argumentan que es un subterfugio para no ejecutar el mandato del referéndum y que, en el fondo, May busca no salir, con lo que viola el voto popular y se une a las huestes de los que piden un segundo referéndum. No está May a favor de esta segunda consulta, al menos a día y hora de hoy, pero sí está claro que la primera ministra sabe el desastre que supondría para Reino Unido una salida a las bravas sin acuerdo alguno, y no lo quiere. El peso de esa facción dura dentro de los conservadores se mantiene estable en el tiempo, peo su furibundia va a más y, con su poder mediático, monopolizan gran parte del debate social en el país, lo que les da una enorme influencia. Su actitud es muy lesiva, sobre todo, para los intereses del país que dicen defender, pero eso es algo cada vez más habitual entre los grupos extremistas que, envueltos en banderas, no hacen otra cosa que mancillarlas.

Y en frente a May se encuentra un partido laborista sumido en un caos muy simétrico al de los conservadores. No está claro que Corbyn sea el líder más incompetente y sectario de los que han pasado por ese partido, pero apunta maneras para hacerse con el nombramiento. Varios son ya los diputados de su partido que se han pasado al mixto, acusando a Corbyn y su equipo de autoritario, desnortado, antisemita y otras lindezas por el estilo, que tienen respaldo en manifestaciones y actitudes de un dirigente de partido mucho más preocupado por su propia supervivencia que por cualquier otra cosa. Imagino a la Reina den Buckingham agotando todas las provisiones de Beefeater en cada desayuno sin saber dónde se ha escondido la flema y raciocinio británico. Desde luego brillan por su ausencia.

miércoles, enero 16, 2019

May, humillada


Hablábamos ayer sobre cuál podía ser el resultado de la votación del acuerdo del Brexit en Westminster, y ya han visto que su contundencia ha sido lo más claro del proceso. Se comentaba a lo largo del día que una derrota por un margen de cien votos podía considerarse como una victoria moral para May, pero el resultado final, 202 a favor, 432 en contra, perder por 230 votos, es una humillación de un calibre como no se veía desde los años veinte del siglo pasado. Más de cien diputados conservadores votaron en contra de la líder de su partido, dejándola al borde del camino, abandonándola, en lo que, más allá del Brexit, es un castigo a un líder político por parte de sus propias huestes de una dimensión difícil de imaginar. Pese a todo, May sigue ahí.

Pónganse en la piel de esta mujer y tenderemos los mimbres para tejer todo un drama moderno de ribetes clásicos donde los haya. Política de amplia carrera en el partido conservador, moderada en el asunto europeo, hizo campaña cuando el inútil e irresponsable de Cameron convocó el malhadado referéndum para que el Brexit fracasase. Sí, sí, no quería que el Brexit ganara el referéndum. El resultado de aquella condenada votación acabó con el gobierno de Cameron, que lo dejó y no fue castigado con la pena de reclusión y exilio en una isla desértica cercana a la Antártida, que era lo que se había ganado. Ante la ausencia de liderazgo, May que era ministra del Interior, acabó presidiendo el gobierno un poco de rebote, aupada con pocos apoyos y con los silencios de los muy pro Brexit, encabezados por el histriónico Boris Johnson, que la veían como un personaje manipulable y débil. Se estrenó May con ese lema, tan en boga en tiempos de extrema y falaz simplicidad, de “Brexit significa Brexit” y se vio al frente de un ejecutivo que tenía que lidiar con un proceso de salida que ella consideraba un error. Llegas a poder para estar obligada a hacer con él lo que crees que es erróneo. No está mal como dilema. Con una mayoría absoluta en el parlamento, May pensaba, con acierto, que el resultado del referéndum y su llegada improvisada al poder deslegitimaban la composición de la cámara, y adelantó elecciones para, al menos, tener el voto popular de su lado de cara al proceso negociador que se debía iniciar con Bruselas. En estos tiempos los adelantos electorales los carga el diablo, lección que ya aprendió en sus carnes el irresponsable de Artur Mas y que nunca se estudió como debía la ingenua Susana Díaz, y May, entre ambos “liderazgos” experimentó la misma desazón. El recuento electoral le dio la victoria, sí, pero le quitó la mayoría absoluta en Westminster, dejándola en manos del DUP, un grupo nacionalista norirlandés. De las elecciones que pensaba reforzarían su autoridad May salió mucho más débil de como entró, y desde entonces todo ha sido un rosario de desgracias para su figura y liderazgo. En el plano interno le han dioa abandonando los radicales del Brexit, que se han comportado cada vez más como una caterva de aficionados al fútbol, chillones y maleducados contra todo lo que no sea su fanatismo, y el partido conservador se ha ido agrietando día a día, dejando a May y los probrexit blandos, por llamarlos de una manera, cada vez más aislado. En frente, el laborismo, en manos de un Corbyn extremista que sigue viviendo en los años sesenta, con dudas de si nos referimos al siglo XX o al XIX, salió reforzado de las elecciones, pero ha ido escorando su formación de un socialismo europeísta a un extremismo de izquierda nacionalista que ve con buenos ojos el desastre de la salida de la UE. Nunca fue claro en la campaña del referéndum y, sinceramente, su figura supone un baldón a la historia del partido, como son los brexiters duros para el conservador. Ha visto la debilidad de May y la ataca sin piedad, cosa que excita a sus bases.

Y May, día tras día, ha ido envejeciendo ante las cámaras, soportando una presión que me empieza a parecer equivalente a la crueldad. Su liderazgo es cuestionado hasta en el vecindario del número 10 de Downing Street. Se enfrenta hoy a una moción de censura promovida por Corbyn que, probablemente, fracasará, porque los conservadores díscolos odian a su jefa pero aman el (escaso) poder que, por ahora, retienen. Y a partir de ahí, el vacío, la duda, el misterio. A poco más de dos meses de la fecha pactada de salida del Reino Unido, ya no hay acuerdo firmado ni aparente capacidad del gobierno de Londres para lograr uno que pueda ser respaldado allí. Puede pasar de todo, incluso que no haya Brexit, y May vive cada día como una tortura. Lo que Shakespeare podría haber escrito de estar presente antes semejante vicisitud

martes, enero 15, 2019

La votación del Brexit


¿Recuerdan ustedes cuando los países anglosajones eran serios y predecibles? Pragmáticos, dominados por sus intereses y con un sentido de lo práctico que lo dominaba todo, EEUU y Reino Unido se convirtieron en naciones poderosas, influyentes y no dadas a cambios de rumbo y actitudes veletas, centradas en el mantenimiento de su poder e influencia por encima de todo, lo que redundó en el bienestar de sus ciudadanos. En cierto modo vivimos en el mundo que el despertar anglosajón protagonizó y dominó desde el inicio de la revolución industrial hasta el triunfo de las guerras mundiales del siglo XX. En ese mundo se habla en inglés, las cuentas lo dominan todo y la norma es respetable.

Frente a esa imagen, la decadente realidad de un Reino Unido que, desde el aciago día de la victoria del Brexit en su referéndum camina como pollo sin cabeza, dándose golpes por las esquinas y protagonizando, día sí y día también, escenas tan ridículas como lamentables. Hoy, se supone, el parlamento de Westminster votará el acuerdo de Brexit al que llegó el gobierno del May y Bruselas. Lo único que tengo claro es que son tres, y sólo tres, los escenarios que pueden tener lugar en este importante día. El primero de ellos es que la votación se vuelva a suspender, como ya pasó una vez anterior, lo que lo convierte en una posibilidad exótica pero no descartable. Los otros dos escenarios, derivados de que esa votación se de, son que el acuerdo se apruebe o se rechace. A estas alturas del texto alguno de los queridos lectores que aún siguen empezarán a pensar que les estoy tomando el pelo, y que esto parece un remedo de los episodios de “cerca y lejos” de Coco en Barrio Sésamo. Y la verdad no es muy lejana. Lo que quiero dejar claro ante sus ojos y mentes es que no tengo ni la más remota idea de los escenarios que se abren tras cada una de esas alternativas, porque el proceso del Brexit ha colapsado hasta convertirse en una infinita colección de absurdos que nada tiene que ver con la realidad. Casi todos los analistas dan por perdida la votación de hoy, con dudas sobre si la derrota será clara o aplastante, y todo lo que no sea derrota será una gran sorpresa. Si esa derrota se produce, Reino Unido se aboca a lo que se llama un Brexit duro, una salida sin acuerdo pactado, en el que ese texto acordado de más de quinientas páginas serviría para muy poco y la incertidumbre se haría dueña de todo lo que sucediera de ahí en adelante. Un acuerdo, mejor o peor, siempre es preferible a un no acuerdo (otra vez Coco) y la intensa relación comercial (por no hablar de la social o sentimental) entre los ciudadanos que viven a uno y otro lado del canal obliga a establecer unas reglas que impidan el colapso de los intercambios de bienes, personas, servicios y capitales, las cuatro libertades de movimiento que definen el espacio económico europeo. Infinidad de empresas, profesionales, inversores, negocios en general, cruzan los dedos ante la votación de hoy y temen como un nublado el más que probable fracaso del acuerdo. ¿Y mañana, si el acuerdo no vale? Teóricamente quedan poco más de dos meses para la salida efectiva del Reino Unido de la Unión, fechada par el 29 de marzo, y el gobierno de Londres tendrá que establecer planes de contingencia ante lo que puede ser un marasmo que afecte a todo lo que uno pueda imaginar, y luego a muchas más cosas. Las pérdidas a los dos lados del canal pueden ser enorme y el destrozo mutuo tan inútil como intenso. El Brexit es la mayor victoria del nuevo populismo del siglo XXI en Europa, y sólo ha generado miedo, disputas, división y pérdidas. Debiéramos tomar nota todos al respecto.

Ante todas estas graves consecuencias, el devenir político de Londres parece algo secundario, y sí, lo es. Conservadores y laboristas están rotos en su interior y actúan sin ninguna visión de futuro. May tratará de sobrevivir tras una votación perdida que, para ella, supondría una total humillación y Corbin volverá a mostrar como la falta de liderazgo y visión puede hundir al laborismo británico en la melancolía. Y Escocia e Irlanda del Norte algo harán en caso de esa ausencia de tratado, de una más que posible frontera dura si la votación se pierde, y el Reino Unido quizás deje de apellidarse así en un futuro. Sinceramente, una colección de desastres que son tan tristes como, lo peor, eran evitables. Ni los Sex Pistols hubieran podido imaginar semejante “Anarchy in the UK”

miércoles, diciembre 19, 2018

El Brexit es el caos


A lo largo de todo el año hemos asistido al desarrollo del Brexit, es especie de teleserie real en la que personajes de quita y pon se suceden en un reparto con figuras consagradas que buscan su espacio en una trama que no deja de dar giros y requiebros sin ton ni son. La ausencia de guionistas en la vida real hace que todo sea mucho más caótico que en las series televisivas, pero incluso en este caso el Brexit está alcanzando cotas de desorganización y sorpresa que no veíamos desde hace tiempo. Quizás sólo el vodevil que se representa cada día en la Casa Blanca por parte del demente Trump esté a la altura, pero en este caso la fuente del caos está bastante localizada en el poseedor del tupé naranja, mientras que es difícil encontrar a un británico sensato.

¿En qué punto estamos del proceso? Difícil decirlo, parece que en medio de un pantano de incertidumbre antes de que lleguen días intensos. Tras la anulación de la votación prevista la semana pasada y la superación de una moción de confianza de los suyos, ganada por dos tercios de los votos, May, esa primera ministra que agoniza ante el espectador día a día, se enfrentará en breve, puede que antes de fin de año, no es seguro, a una moción de censura que están organizando los laboristas, al menos algunos de ellos. Ven en esa maniobra la oportunidad para echarla del gobierno y convocar así elecciones que, creen, pueden ganar. No es un escenario descabellado, dado que la primera ministra puede caer si extrapolamos el resultado de su propia moción de censura. La votación que deberá producirse sí o sí es la del acuerdo del Brexit, la aplazada, y en estos momentos es casi seguro un rechazo al texto pactado entre May y Bruselas, que suscita rechazo en la oposición y, al menos, ese tercio díscolo de los conservadores. Un no al acuerdo es también un no a May, y aunque legalmente no haya relación causa efecto, es prácticamente imposible que ella y su gobierno sobrevivan a ese rechazo parlamentario, motivo último por el que retrasó la segura derrota la semana pasada. Trata estos días esa superviviente llamada May de lograr apoyos para el tratado, pero por lo que se sabe es casi imposible que puede alcanzar los votos necesarios. Gran parte de la oposición huele la sangre de la derrota conservadora y no quiere dejar escapar esa pieza de caza mayor por nada del mundo, y no es menor el ansia de derribarla entre muchos de los suyos. Los dos problemas serios que abriría este rechazo al acuerdo son, en primer lugar, que como pasó en la moción de censura contra Rajoy, parece haber un consenso en Westminster para rechazar el tratado del Brexit, pero tras ello el desacuerdo es completo. Todos los partidos, especialmente conservadores y laboristas están fracturados por completo sobre este problema, y en su seno viven al menos tres corrientes. Los partidarios del brexit duro, los de un acuerdo negociado (distinto al existente), y los del “remain” o volver al seno de la UE echando para atrás todo este desquiciado proceso. ¿Qué hay, entonces, de la alternativa de un segundo referéndum? Posee sus partidarios, sí, pero ¿cuál sería la pregunta a someter a votación? ¿la que ratifique un tratado negociado de salida? ¿la del “remain” y el retracto? Si uno escucha a n políticos británicos se encontrará con n+3 respuestas posibles, y la sensación de que el desorden se ha hecho fuerte al otro lado del canal y que no hay manera de lograr una posición común entre todas las partes enfrentadas. Lo más serio de todo es que esta fractura es transversal a toda la sociedad, parte izquierdas y derechas, ciudad y campo, rentas altas y bajas, y en este desorden es imposible saber no sólo qué es lo que va a suceder, sino cuáles serán los daños que la sociedad británica va a tener que sufrir a cuenta del deliro al que le llevaron Cameron y los estafadores que amañaron el resultado del referéndum de hace dos veranos.

El otro problema serio que se abre ese rechazo al acuerdo es que deja a las puertas la alternativa del brexit duro, desordenado, que ya ven que es el deseado por parte de la sociedad británica, especialmente la más proclive a la salida. La noticia de ayer de que el gobierno de May empieza a prepararse ante esa salida dura y moviliza a reservistas para tratar de contener fronteras y otras coyunturas no deja de ser alarmista, pero revela la gravedad de la situación que vivimos. Algunos malician que alarmismo es precisamente lo que May quiere sembrar entre los tibios para que acaben apoyando el tratado como un mal menor. ¿Le funcionará? No lo se. Lo cierto es que en esta aventura todos vamos a perder, nosotros algo, ellos más, y está por ver a cuánto ascenderán esas pérdidas. Mal negocio para todos, y sobre todo para un Reino Unido que muestra un rumbo decadente tras un año para olvidar.

jueves, diciembre 13, 2018

Las siete vidas de Theresa May


Una de las virtudes, o vicios, que adornan a todo político es la obcecación por el poder, el deseo absoluto de llegar y, una vez alcanzado, mantenerse en él cueste lo que cueste. Por eso algunas constituciones, sabias, establecen límites a los mandatos, pero el caso es que una vez que se alcanza la silla del jefe, todo esfuerzo se centra en conservarla. Sánchez en nuestro país es un buen ejemplo de ello, dada su absoluta minoría en número de escaños, pero todos los políticos son así. Quién está demostrando tener una madera de especial resistencia es Theresa May, que al frente de un gobierno caótico, y en medio de la tormenta política más intensa que vive el Reino Unido desde hace bastantes décadas, sobrevive en el puente de mando de su nave mientras esta queda cada vez más desarbolada y va pareciendo un vulgar y cutre cascarón.

Ayer May superó una moción de confianza que le fue planteada por parte de los diputados de su grupo. El resultado, 200 votos a favor de la primera ministra, 117 en contra, demuestra que conserva una mayoría absoluta en su grupo pero que el grupo de los oponentes es grande, ligeramente superior a un tercio, y desde luego más que suficiente para que, unidos a la oposición laborista, puedan echar abajo la propuesta de acuerdo para el brexit firmada entre May y Bruselas. Esta cuestión de confianza se venía larvando desde hace meses y fue el martes cuanto se lograron los apoyos necesarios, creo que eran ligeramente superior a la cuarentena, para proponer esta votación. Los extremistas entre los conservadores, encabezados por el exministro de Exteriores Boris Johnson y el diputado Jacob Rees-Mog (ambos son unos personajes de cuidado) han lanzado todos los días que han podido duros ataques contra May y sus iniciativas que dejaban las críticas laboristas en ejercicios constructivos. Ayer, tras perder el principal pulso que podían ejecutar desde su propio partido, Rees-Mog admitía la derrota de su iniciativa pero, incansable, volvía a pedir la irrevocable dimisión de May, por considerar que no tiene el debido poder parlamentario para sacar ninguna de sus propuestas. Se comenta en algunos medios que el voto favorable que ha obtenido May ha sido fruto de un pacto en el que ella ha prometido no ser candidata en las próximas elecciones, que tocarían en el año 2020, y que esa renuncia la ofrecería a cambio de obtener manos libres en lo que queda de mandato para terminar las negociaciones con Bruselas y comenzar a implantar el proceso de salida de la UE. Os ofrezco mi cabeza, sí, pero a plazo fijo, por decirlo de una manera. Si eso es así la posición de May es, efectivamente, muy débil, pero quizás sea lo suficientemente segura como para que durante unas semanas siga al frente de la iniciativa británica en todo este embrollo. Tras haber logrado salvarse, viaja hoy a Bruselas para tratar de conseguir algunos documentos que le permitan presentarse ante el parlamento, esta vez al completo, y poder aprobar el acuerdo del Brexit. Recordemos que la votación parlamentaria en Londres es ineludible y que a día de hoy el gobierno de May la tiene más que perdida, motivo por el que se ha atrasado sin fecha. Los socios comunitarios ya han dicho que no quieren renegociar el acuerdo, pero tampoco les interesa que naufrague al otro lado del canal, por lo que no es descartable que de la cumbre de estos días en Bruselas surja un compromiso anexo al tratado, sin formar parte de él, que ofrezca algunas salvaguardias a Londres en lo que hace a la gestión de la frontera con Irlanda, el gran escollo de las negociaciones. Estaríamos hablando de una documentación similar a la lograda por España respecto a Gibraltar, que no es parte del acuerdo, y no posee por tanto el valor y peso de lo allí contenido, pero que puede ser esgrimida ante tribunales en caso de contenciosos y permitiría respaldar la posición, sea española o británica, en los dos espinosos temas. Un anexo que no viene mal, aunque no es lo que ninguno de los dos países quisiera.

¿Bastará eso para que Westminster cambie de idea? No lo se, y es que en el cada vez más turbio y complejo asunto del Brexit ya nadie sabe nada de lo que puede llegar a suceder. Asistimos entre perplejos y asustados a una especie de vodevil que no deja de degenerar, en el que los serios británicos parecen haberse vueltos todos locos y la cordura, que no sobra, parece residir en el territorio continental. Todos los escenarios imaginables, quizás incluso algunos más, son posibles en este momento, desde un acuerdo ratificado hasta un Brexit duro y caótico, y el reloj corre sin descanso hacia ese 29 de marzo de 2019 en el que se ejecutará formalmente la salida, sea cual sea la forma que ésta adopte. No hay serie televisiva que supere a este intrigante folletín.

miércoles, noviembre 28, 2018

Lo de Gibraltar


Desde pequeño recuerdo como en las historietas largas del añorado Forges (sniff, sniff) en un momento dado uno de los personajes se giraba y, mirando a una montaña, gritaba en plan quijotesco un “Gibraltar español” que era más un grito de rebeldía que de deseo anhelado, o quizás incluso la forma de sustituir un taco que el personaje iba a exclamar por alguna contrariedad. Era divertido y hacía presente la historia de esa roca que, convertida en anacrónica colonia, existe en el sur de España desde hace tres siglos, y que probablemente siga así otros muchos siglos, dada la intransigencia de la decadente potencia imperial británica y la incapacidad económica de España de suscitar atractivo a los residentes del peñón. Ese es el principal argumento para que nadie quiera moverse de sus posiciones.

Gibraltar ha sido el último escollo para lograr la firma del acuerdo del Brexit. El gobierno español se dio cuenta de que el artículo 184 del tratado acordado entre los negociadores comunitarios y Londres ofrecía una interpretación que podría ser favorable a la pérfida Albión y lesiva para los intereses españoles. Desde un principio se aseguró que todo acuerdo entre la UE y Reino Unido sobre la roca requeriría el consentimiento expreso de España, otorgándonos de facto capacidad de veto, pero ese 184 no permitía tal cosa. ¿Qué hacer? Pataleta, poco más era posible. El gobierno de Sánchez se rebeló públicamente contra ese artículo, amenazando con un veto en la cumbre del domingo que no era tal, dado que la aprobación del protocolo por la UE requería mayoría suficiente, no unanimidad. Por detrás, se abrió una negociación a tres bandas para tratar de enmendar ese artículo. ¿Cuál ha sido el resultado final? Pues lo de siempre en estos casos, ni una posición ni la otra. El artículo se mantiene intacto, lo que es una victoria absoluta para los británicos, y se adjunta al tratado acordado una serie de documentos para que la interpretación de dicho artículo sea favorable a los intereses españoles, lo que es una relativa victoria nacional. Hay una enorme discusión entre expertos sobre si esos apéndices interpretativos poseen valor jurídico como tales o no, y según a quién se pregunte se obtendrá una respuesta, por lo que dado que no soy un experto, no esperen una de mi. A la hora de vender el acuerdo se ha producido lo que es obvio, y debe ser tenido en cuenta para su análisis. Los dos gobiernos, británico y español, han vendido en casa la victoria absoluta y total de sus intereses y la derrota del otro. Sánchez organizó una comparecencia en Moncloa en la que sólo le faltaba anunciar la derogación del tratado de Utrech, mientras que May alardeaba en su parlamento de la victoria e integridad de toda la familia británica, de la que Gibraltar es un hijo muy querido. Los opuestos a ambos acusaban con fiereza a ambos gobiernos de haber claudicado, con argumentos bastante similares. Y resulta evidente que si uno escucha a las cuatro fuentes, dos gobiernos y dos oposiciones, y sus medios de comunicación afines, encuentra una curiosa situación cruzada en la que los opositores británicos defienden al gobierno español y los detractores patrios a la primera ministra May. ¿Cuál es la verdad del asunto? Como muchas veces, el término medio. Cierto es que la situación británica es mejor que la española si atendemos a la mayor parte de juristas, pero España ha conseguido unas salvaguardias que pueden ser muy útiles si se trabajan y utilizan como es debido en caso de pleitos y confrontaciones. En el fondo el acuerdo y la posición lograda por cada uno refleja el poder e influencia que cada país posee en el mundo y, en este caso, en la UE. Nos guste o no, pintamos poco, y nada hacemos para pintar más. Países más pequeños como Portugal maniobran de maravilla para sostener cotas de poder más elevadas, mientras que nuestra indolencia se suma a la falta de medios y ganas para lograr representación. Lo sucedido con la justicia belga y alemana este año muestra hasta qué punto pesamos poco, y lo de Gibraltar ha sido una nueva muestra.

De todas maneras, recordemos que esta pseudobizantina discusión sobre el artículo y su interpretación puede tener una fecha de caducidad tan temprana como la del próximo 11 de diciembre. En menos de dos semanas el parlamento británico vota el texto del acuerdo, y si lo rechaza todo se iría a la porra y volveríamos a un escenario de brexit caótico y descontrolado. May está haciendo campaña por todo el país para lograr un sí que sería, de paso, la salvación de su gobierno y poder, pero a día de hoy los números no salen y las probabilidades de que salga un no son muy altas. Por lo tanto, detractores y partidarios del acuerdo, esperen unos días sentados y tranquilos, y tras la votación vemos en qué escenario estamos y cómo lo afrontamos. Y ajeno a todo esto, el paraíso fiscal de Gibraltar seguirá facturando sin límite alguno, dando trabajo a una zona depauperada hasta el extremo.

jueves, noviembre 15, 2018

May gana la primera batalla ante los suyos


Theresa May llegó casi de rebote a la jefatura del gobierno británico tras la espantada de Cameron, que le dejó uno de los mayores marrones que imaginarse uno pueda. Desconocida para muchos de los suyos, convocó unas elecciones para afianzar su poder y perdió los suficientes escaños para seguir siendo mayoría pero no absoluta. Apoyándose en nacionalistas norirlandeses, su gobierno avanza en medio de la marejada del Brexit, perdiendo ministros como si fueran hojas otoñales y dándose por sentado que en cualquier momento su espigada figura caerá, víctima de los errores propios y las conspiraciones de muchos de los que le rodean, auténticos peligros públicos. Pero a pesar de todo, May resiste, cual Rajoy.

Ayer su logro fue grande. Conseguir que un gobierno dividido, el suyo, apoyase la propuesta de acuerdo de Brexit alcanzada con Bruselas se puede considerar un éxito absoluto para sus aspiraciones negociadoras, su posición ante el gobierno y la sociedad de Reino Unido. Cuando empezó la reunión era imposible saber qué es lo que iba a pasar, ya lo comentábamos ayer, y tras varias horas de discusión finalmente May compareció ante los periodistas mostrando un gesto distendido y sonriente, dentro de lo que ella es capaz, sabedora del avance que había logrado, pero consciente también de que la victoria de ayer dará paso a nuevas y más cruentas batallas en las que nada está decidido. Como si fueran rondas de un concurso por eliminatorias, May debe ganar todos los encuentros que tiene de ahora en adelante, dado que la pérdida de alguno de ellos supondría la eliminación del acuerdo y, probablemente, la suya propia. A partir de ahora el juego se producirá en dos escenarios diferentes. Una vez que se convoque una reunión extraordinaria de jefes de estado y de gobierno de la UE que lo ratifiquen, serán Londres y Bruselas los epicentros de lo que vaya a suceder, especialmente la capital británica. Bruselas tratará de mantener la posición unida de todos los socios, algo que era más sencillo en el indeterminado mundo preacuerdo y que ahora puede ser más difícil, como ya señalan algunas fuentes provenientes de otras capitales europeas. El texto acordado, más de quinientas páginas, deja muchas puertas abiertas y en sí mismo es una base para negociaciones futuras que deben concluir en un tratado cerrado, que no es lo que tenemos ahora. Es probable que, con sus dificultades, el proceso en Bruselas pueda llevarse a cabo sin demasiados problemas, pero es en Londres donde se va a juagar el todo por el todo. May deberá convencer a su partido de lo que se ha acordado, a otras fuerzas políticas, especialmente a los desnortados laboristas, y conseguir que Escocia vea con buenos ojos el tratado. Y sobre todo, alcanzar una mayoría de votos en el Parlamento de Westminster cuando llegue el momento de la votación del acuerdo. Ese será el punto decisivo. Si esa votación rechaza el pacto todo el esfuerzo realizado hasta el momento se irá a la basura y volveremos a la casilla de salida. En el Parlamento se sientan dos partidos grandes, con otros pequeñitos, y sobre todo dos corrientes ante el Brexit, los radicales y los moderados, que fracturan cada una de las formaciones que allí anidan. Ahora mismo es más probable un voto en contra que a favor del acuerdo en las filas conservadoras, donde la campaña contra May es muy intensa, y del laborismo se puede esperar cualquier cosa, comandado como está por un Jeremy Corbyn que ha hecho amplios guiños a los duros del Brexit y exhibe una posición más centrada en un arcaico socialismo que en la visión progresista y moderna de la vida que se le debiera suponer a su formación. ¿Sabremos algo más cuando llegue el día de la votación? No descarten el suspense hasta el último minuto.

En todo caso, y dentro del desastre que supone el Brexit en sí mismo, la victoria de ayer también es un alivio para todos nosotros. El Brexit es, lo reitero, una derrota para todos, pero será menos malo si resulta acordado y suave, y más lesivo cuanto más discutido sea. May logra minimizar daños en casa y en la UE, y muestra a otras naciones que ni una tan poderosa y grande (en el contexto de Europa) como Reino Unido es capaz de romper amarras con el club comunitario. Lo reitero, todo sigue estando en el aire, más de lo que parece, pero hay trabajo entre bambalinas para ir tejiendo una red de seguridad que impida un castañazo. Y eso es bueno para todos. ¿Lo ideal?, que el Brexit no se produjera y que Reino Unido se reincorporase a la UE, pero dado que eso parece imposible, conformémonos con lo menos malo.

miércoles, noviembre 14, 2018

¿Acuerdo para el Brexit? Ojalá


La sorpresa saltó ayer por la tarde en forma de noticia no confirmada por Bruselas pero sí pregonada por los medios británicos. Se había alcanzado un principio de acuerdo para el Brexit que soslayaba el problema de la frontera de Irlanda del Norte, permitiendo así cerrar negociaciones en muchos capítulos y poner en marcha el proceso de ratificación del acuerdo por las partes para llevarlo a cabo. No ha trascendido mucho del texto acordado, y según algunas fuentes el consenso se ha logrado dando una patada adelante al problema irlandés, en vista de que resulta imposible poder hacer algo realmente definitivo en este momento. La noticia es gorda, y tiene muchas repercusiones, si finalmente el acuerdo sale adelante.

Y ese condicional sobre el acuerdo recae, fundamentalmente, en la parte británica, sumida en el más absoluto caos, que se encuentra dividida sea cual sea la sección de su sociedad que estudiemos, y que no ofrece garantía alguno de respaldo ni a este ni a otro acuerdo posible. Ayer por la noche empezó el peregrinaje de ministros ante la sede del gobierno de May, esa casa de ladrillos negros sita en el 10 de Downing Street, recibiendo cada miembro del gabinete una copia de lo acordado y comprometiéndose a estudiarlo y, hoy decidir si lo apoyan o no. Para un seguidor de la política resulta asombroso, y genera una envidia infinita, ver como el presidencialismo al que estamos acostumbrados en España se difumina en Reino Unido, con un gabinete en el que no sólo está permitido discrepar, sino que el mero hecho de las unanimidades se observa con suspicacia. May está en una posición muy difícil desde que llegó al gobierno, y quizás sea hoy el primer día en el que se juegue su puesto de verdad. Si esta tarde su gobierno no ratifica el acuerdo, o se fractura en exceso (se dan por sentadas algunas dimisiones) carecerá de fuerza para elevar al Parlamento el texto y, quizás, decaiga como primera ministra. Si consigue el apoyo de su gobierno, o de lo que vaya quedando de él, mantendrá el cargo y se lanzará a convencer a los comunes conservadores para que apoyen el texto en Westminster, porque si en esa votación parlamentaria se rechaza el acuerdo, propugnado por ella, su figura caerá sin remisión. Dado que existen profundas divisiones entre los conservadores, los laboristas, el gobierno May, los poderes económicos, la sociedad en su conjunto y, si me apuran, el arzobispado de Canterbury, resulta absolutamente imposible saber que va a pasar una vez que se reúna el gabinete, a eso de las 15 horas españolas, por lo que supongo que los aficionados a las apuestas, que en las islas son legión, estarán ante una jornada apasionante en la que uno de los retos será definir posibles escenarios, y ni les cuento el que uno de ellos sea el que realmente se produzca. ¿Mirará May de reojo las deliberaciones del Supremo español para aprender cómo no hay que hacerlo? Me temo que bastante tendrá con vigilar su espalda de las puñaladas que, día sí y día también recibe de sus presuntos compañeros de partido, convertidos en una jauría descontrolada que no cesa de pegar gritos en contra de la UE y d cualquier entente cordial. Personajes como el exministro de Exteriores Boris Johnson han convertido la flema británica en algo muy alejado de las formas y al ironía para llevarlo al terreno del esputo, mostrando una actitud y formas propias de un pub del centro del país en plena noche de fútbol europeo. ¿Es realmente posible alcanzar un acuerdo con esa facción conservadora? Parece que no, y de ahí el mérito de una May sometida a todas las presiones y odios posibles, que trata de salvaguardar una situación para la que ni ella ni nadie estaban preparados, y que mantiene a su país y al resto de la UE en la incertidumbre total.

La reacción de las finanzas ayer por la tarde, con las bolsas europeas cerradas, fue la de un ascenso de la libra y bajada del interés de la deuda británica, lo que es un respaldo a la economía británica, porque todo el mundo sabe que un mal acuerdo es mejor que un no acuerdo, excepto los Johnson y sus alocados seguidores. Pero como ven el escenario es de una complejidad enorme, y las posibilidades de que lo pactado ayer descarrile hoy o los próximos días es muy elevada. Como señaló ayer un corresponsal de la BBC, “I haven’t got the foggiest idea” lo que viene a decir que la niebla (fog) impide saber qué puede pasar, así que si quieren, si queremos, respuestas, toca esperar y ver.