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miércoles, octubre 22, 2025

El Louvre es Francia

En este caso sí puedo decir que he visitado el museo del Louvre. Lo hice en mi segundo viaje a París. En el primero opté por no acudir a museo alguno y contemplar la ciudad, que es desbordante, y ya en el segundo entré en alguno de los muchos que están por la ciudad. El Louvre me dejó sensaciones encontradas. Aplastante por la dimensión del edificio, su suntuosidad y por todo lo que allí se exhibe. Es un edificio apoteósico que, por ejemplo, deja a Versalles convertido en la casita del perro. Aún vacío el Louvre es una barbaridad que merece una visita intensa por el mero hecho de acceder a semejante edificio. Es lujo y poder sin límite.

En sí, el museo me pareció un caos apelotonado. Los accesos, modernizados tras las obras de la pirámide de Ming Pei en el patio, se habían quedado ya pequeños para la marabunta que trataba de acceder, todos con entradas ya compradas. En general la circulación interior era difícil, y el principal consejo que uno puede recibir si lo visita es no acercarse a la zona de la Mona Lisa ni a la de la Victoria de Samotracia, porque aquello va a estar siempre como los andenes de cercanías de Atocha. El espectáculo en ese caso no es la obra expuesta, y las que le rodean, sino la aglomeración de gente que allí se encuentra. En el resto del museo la densidad humana disminuye y hay zonas de gran interés poco frecuentadas que se pueden ver sin apelotonarse. Vi muy mala educación por parte de visitantes y grupos organizados con respecto a los vigilantes, personal de sala y demás empleados del museo, escenas que en España no he contemplado en ningún caso, y la sensación de que el control del espacio estaba en manos de los encargados de mover a los turistas. Respecto a la seguridad, cualquier apreciación que uno pueda tener es errónea, porque carece por completo del conocimiento real de los sistemas, visibles y no, que están instalados y que garantizan que las obras expuestas ni sean dañadas ni sustraídas. La impresión de que algunas zonas del museo tenían el ambiente propio de la Gran Vía madrileña debilitaba la sensación de posible seguridad que pudiera existir, y casi uno esperaba que el siguiente grupo de orientales que entraba por una puerta decidiera, motu proprio, llevarse alguno de los cuadros expuestos, así, por las buenas, tras haber decidido entre los miembros de la manada cuál era el preferido. Mientras deambulaba por allí hacía algunas ligeras cuentas sobre el precio de la entrada y las miles de personas que se encontraban en el interior, imaginando unas cifras de facturación millonarias, por no hablar de las relativas a las ventas de merchandising, recuerdos y servicios como el de cafetería. El Louvre es, en sí mismo, una fabulosa máquina de generar ingresos. Es evidente también que los costes de mantenimiento de edificio son enormes y su gestión diaria debe suponer un presupuesto disparatado, tanto en personal como en suministros, pero uno tenía la sensación de que estaba ante un negocio rentable, que proporcionaba más ingresos que gastos. Y, dado el carácter patrimonial de la institución, contando con la garantía del estado francés para solventar cualquier tipo de apuro que se pueda sufrir en forma de obras, reformas o cualquier otro tipo de intervención que, por las características del complejo, pueden resultar bastante más complicadas que las que se llevan a cabo en edificios modernos. De hecho, a principios de este año, Macron presentó un plan de reforma general en el que se hacía mucho hincapié tanto en la modernización de las instalaciones como en la reforma de los sistemas de acceso, y se abría la posibilidad, debatida desde hace tiempo, de que para garantizar la supervivencia de la instalación, hubiera dos entradas reales, una a todo sin la Mona Lisa y otra exclusivamente para ella, de tal manera que la obsesión que genera esa obra, absurda a mi entender, no acabe por destruir la experiencia de visitar el conjunto de la colección y desborde por completo las infraestructuras del museo. En ese plan también se habló de la seguridad, de cuestiones como la conservación de cubiertas, ventanas y otro tipo de elementos que empezaban a ser denunciados por los empleados del museo por su deterioro. Macron dijo que tranquilos, que todo se iba a estudiar, financiar y mejorar.

El robo de joyas napoleónicas producido este fin de semana en una de las galerías del museo ha dejado sorprendido a casi todo el mundo salvo, al parecer, a los empleados de seguridad de la institución, que empezaron a comentar en los medios los parches con los que llevan tiempo trabajando. El golpe, audaz, de película, ha dejado en entredicho a toda la gestión del museo y ha supuesto un golpe moral, otro, más, a una Francia que va camino de una crisis psicológica profunda, en la que lo económico, lo político y social presentan grietas que no dejan de extenderse. Para “grandeur” los fallos que han facilitado la acción a los delincuentes.

miércoles, octubre 08, 2025

Francia, encallada

“Durar menos que un primer ministro francés” es una expresión que puede acabar calando en la calle como sinónimo de brevedad, ahora que la campaña contra el azúcar sigue hostigando a los vendedores de dulces, estén o no junto a colegios, y la política francesa ha entrado en una deriva de inestabilidad impropia. Si en España el panorama político es deprimente, lo cierto es que no están las élites de París para dar muchas lecciones sobre estabilidad, mantenimiento del orden y estrategia. Antaño era Italia la que devoraba gobiernos a un ritmo casi anual, quién iba a pensar que Francia dispararía la frecuencia de sus ceses a apenas unos meses.

La espantada de Lecornou (sí, el apellido da para muchos chistes) ha supuesto el último fracaso del presidente Macron de dotarse de un gobierno tras las mociones de censura que derribaron a los ejecutivos de Barnier y Bayrou. Desde su disparatada idea de adelantar las legislativas a apenas un mes de la cita olímpica del verano pasado, todo ha sido un caos en Francia. La cámara quedó dominada por fuerzas extremistas de izquierda y derecha, y el macronismo no tiene el peso suficiente para ganar votaciones en ella. Es cierto que la constitución francesa otorga enormes poderes al presidente, elegido directamente por voto popular, y puede gobernar a golpe de decretos, e incluso impugnar decisiones que salgan del legislativo, pero una cosa es que la ley lo contemple y otra que la posición de poder efectiva del presidente lo soporte. Macron está siendo erosionado de manera determinante por el rumbo de los acontecimientos, y cada primer ministro que cae es un fuste que se derrumba de la columnata que lo sostiene. No puede aguantar mucho más en esta situación. Ha rogado de Lecornou que se lo piense y que medite sobre su renuncia, efectuada al día siguiente de haberse presentado el gobierno, y está por ver si Sebastián asumirá el sacrificio de quedarse para verse chamuscado en unos pocos meses o, directamente, le dirá a Macron que se niega a sumarse al grupo de cadáveres que salen de la Asamblea Nacional. Si decide aguantar, Macron habrá ganado algunos meses, pocos, pero sino, la decisión que le toca al presidente es profunda. Puede escoger a otro candidato, y sospecho que no habrá muchos voluntarios para el puesto. Puede lanzarse a la piscina y convocar legislativas anticipadas, repartir la baraja de los escaños y ver si se conforma una nueva mayoría estable. Los extremos claman por elecciones desde hace tiempo, conscientes de que aumentarán aún más su representación en la cámara, y quizás sea en esas siguientes legislativas, cuando se convoquen, cuando la extrema derecha de LePen alcance el número de escaños suficientes para que un primer ministro de Francia sea de su partido. Lo único que parece seguro de esas nuevas elecciones, cuando sean, es el más que probable derrumbe del partido de Macron. Una tercera opción, la más drástica de todas, es que Macron anuncie que dimite, que lo deja, y adelanta las presidenciales, un hecho que sería el gran terremoto de la política gala. Esas son las elecciones determinantes en aquel país. Siempre se ha dicho que Francia decapitó al Rey pero se quedó con ganas de tenerlo, y el presidente francés tiene un mandato poderoso sobre la nación y sus instituciones. Su figura determina todo el juego político y la llegada a ese cargo de un candidato de extrema derecha (pongamos Bardela) sería no ya una convulsión en aquel país, sino en toda la UE, donde es el equilibro entre Francia y Alemania lo que determina el rumbo de la Unión. Esa opción de presidente extremista gana enteros día a día, porque sino me equivoco, y no hay adelantos, las presidenciales serían en primavera de 2027, dentro de año y medio de manera irremediable. ¿Qué va a hacer Macron?

De mientras todo esto sucede, la economía gala sigue mostrando síntomas de estancamiento y la cotización del bono francés ha superado al italiano, hecho absolutamente histórico. Ahora mismo el bono a diez años galo cotiza al 3,5670 frente al 3,5610 del romano. Esto significa que al estado galo le sale más caro endeudarse que al italiano. Los costes de la ingente deuda francesa y la elefantiasis que vive su estado, a la que nadie se atreve a meter mano, ponen cada vez más cerca a esa nación de una posible crisis de deuda, como la que vivimos las economías del sur en 2012 2013.Algo que sigue siendo impensable para muchos, pero que ya no se mide con un cero por ciento de probabilidad. Y el caos político, evidentemente, no ayuda.

martes, septiembre 09, 2025

Otro gobierno francés a la basura

No hubo sorpresas, y ayer el gobierno francés del primer ministro Bayrou perdió la moción de confianza que había planteado ante el legislativo. Desde que se presentó el plan de recortes de gasto a principios del verano, la posición del ejecutivo se había debilitado notablemente, y el consenso en la cámara, por parte de la extrema derecha y la izquierda, era que esas medidas no podían salir adelante. La votación estaba cantada desde hace varios días, y eso ha permitido el curioso ejercicio de ver a Bayrou, un gobernante aún en ejercicio, expresarse con una absoluta sinceridad sobre la situación política y económica del país, a sabiendas de que la penalización por ello ya estaba fijada. Es algo notable.

Francia se enfrenta a graves problemas financieros, principalmente fiscales, con un déficit que no cesa, una deuda que se acumula sin freno y una competitividad de fondo que no deja de erosionarse. Es un país mucho más rico que nosotros, desde luego, pero no tanto como él mismo se cree, y como le pasaba a las economías periféricas de la UE, ahora también se mantiene gracias a la creencia de los acreedores en su deuda, lo que supone un hándicap enorme para sus posibilidades futuras. Es el país de la UE en el que el gasto del estado más supone sobre el PIB, superando ampliamente el 50%, cifras desorbitadas para una economía occidental de mercado, un estado además centralizado, tan poderoso como ramificado. El modelo francés se encuentra herido, tanto por problemas propios como por causas que soportamos el resto de naciones, pero allí hay una particularidad, que es la aparente ceguera de la población a admitir que su situación económica es la que es. Mientras que aquí y en otros países se mantienen debates profundos sobre la sostenibilidad del sistema de pensiones, por el daño a la competitividad que van a suponer tanto los aranceles de Trump como la pujanza china, en Francia se sigue soñando con un excepcionalismo que les haga mantenerse inmunes ante la marejada global que vivimos. Junto a Alemania, es el corazón de la UE, en lo económico y en lo político, pero mientras que en Berlín se lleva ya un tiempo asumiendo que pintan bastos globales y que el problema es serio, en Francia no se ha hecho apenas nada para mirar de frente a la situación. Ha sido este ejecutivo de Bayrou el primero que realmente ha expuesto a la sociedad francesa la crudeza de las cifras, las dificultades por las que atraviesa el presupuesto, los costes elevados de financiación de una deuda cuya prima de riesgo respecto a la alemana (¿les suena, eh?) no deja de crecer, y la necesidad de empezar ya a realizar ajustes, con el riesgo de que todo lo que se dilate su puesta en marcha en el tiempo será una vía segura para tener que hacerlos de manera más intensa cuando el margen se estreche. La ventana de oportunidad para realizar reformas se está cerrando, allí y aquí, porque es cuando los ciclos suben cuando, al calor de la bonanza económica, es posible realizar ajustes que sean menos lesivos para el ciudadano. Si el ciclo ha tocado techo o empieza a bajar, a saber si estamos en ese punto o no, las medidas contractivas aumentarán la sensación de crisis del ciudadano y contribuirán a agravarla, creando una retroalimentación negativa de muy malas consecuencias. Por una vez, el ejecutivo galo ha actuado ante su ciudadanía, en materia económica, tratándola como la adulta que es, exponiéndole la situación y ofreciendo unas medidas paliativas para tratar de que no empeore. Políticamente ha sido un suicidio, y el resto de formaciones del parlamento, que saben que tarde o temprano habrá que tomar medidas de ese tipo, se regodean en que sean otros los que las propongan y paguen el precio del rechazo en sus carnes.

La posición de Macron es débil, y esta cascada de gobiernos fracasados está minando su segundo mandato de una manera, probablemente, definitiva. Las expectativas de voto de su formación son muy malas, descontando que creo que no puede presentarse a un tercer mandato, y la extrema derecha lidera ahora con ventaja las encuestas de una nación que ya ofrece una perspectiva similar a la que se podía intuir en la periferia europea antes de 2012. Cada crisis es distinta y cada nación tiene sus particularidades, pero el mero hecho de que en el “core” de la UE se esté hablando de problemas de sostenibilidad de la deuda es un paso significativo en el mal camino. Es probable que el nuevo ejecutivo que encargue Macron no tenga una vida mucho más larga y productiva que este y los que le han precedido.

martes, julio 22, 2025

Recortes severos (de festivos) en Francia

Entretenidos como estamos en la disputa de corruptos de nuestro cutre patio nacional no prestamos atención a lo que sucede fuera, y no hay que irse muy lejos para ver cosas que nos debieran hacer pensar. Basta, después de echar un vistazo a la etapa del día del Tour, pensar en el ajardinado país vecino y hacerse una idea de las propuestas de recorte que el primer ministro Bayrou presentó la semana pasada, con el objetivo de reducir en 40.000 millones el importe de gasto público, actualmente desbocado, en una nación rica, pero bastante menos de lo que ella misma cree.

La economía francesa es un caso especial dentro de las occidentales. Es, probablemente, la más centralizada y la que presenta una mayor proporción de gasto público sobre el PIB, superando ampliamente el 50%. París es un el corazón, cerebro y músculo del mayor país en extensión de la UE y de lo que antaño fue una potencia global, ahora en declive. Su peso en el contexto internacional declina año a año, pese a los constantes esfuerzos que hacen los presidentes de la república por aparentar ser líderes globales (sí, la ampulosidad de los salones en los que se pasean les da empaque), su idioma hace tiempo que dejó de ser lengua franca global, habiendo sido superado ampliamente por el español, por ejemplo, y la competitividad general de la economía francesa deja mucho que desear, poseyendo grandes empresas de alcance global pero mostrando una cuota de mercado internacional que se erosiona sin freno. Las finanzas públicas, como las de la mayor parte de los países occidentales, dan miedo, con déficits presupuestarios año tras año y un volumen de deuda pública que no deja de crecer. En todas esas ratios está peor que nosotros, que no estamos bien. La prima de riesgo de la deuda francesa ha superado a la española desde hace ya algún tiempo, y la sensación de que una posible crisis fiscal en el euro pueda surgir allí es uno de los temores recurrentes de muchos analistas. Las prestaciones sociales siguen siendo más generosas que en otras naciones y el proceso de envejecimiento, aunque más lento que en el resto de la UE al mantener un mínimo saldo vegetativo positivo, se nota cada vez más. Y todo con la sabida inestabilidad política que se lleva ahora tanto en nuestras naciones, para desgracia de todos. Bien, en este contexto, y con la idea principal de controlar el crecimiento de la deuda y dar una señal a los mercados que le prestan el dinero a “Marianne” de que se va a poner seria, el gobierno francés ha presentado un conjunto de medidas de recortes sociales, reformas y redistribución de partidas de gasto, que ha soliviantado a media clase política gala y promete, tras el verano, un otoño caliente de manifestaciones y protestas, que ya se sabe la querencia de los galos a la bronca callejera, por mucho que su pastelería, moda y estilo de vida estén llenos de sofisticado encanto. Las medidas aumentan el gasto en una partida, defensa, en la que Francia posee no pocas empresas de carácter estratégico, por lo que ese aumento de gasto puede ser visto como un paquete de estímulo para la economía nacional y un intento del equipo de Macron de que la industria de defensa gala tome algo del relevo que los EEUU dejan con su actitud despectiva respecto a la UE. Que la asunción de capacidades estratégicas de defensa de la UE se traduzca en empleos e inversiones en Francia es uno de los sueños del Eliseo. El resto de las ideas, más o menos las habituales en los paquetes de austeridad. Recorte de prestaciones, congelación de sueldos públicos, reducción de inversiones no esenciales… seguro que les son familiares, pero hay una que ha llamado mucho la atención, y es la propuesta de suprimir dos festivos en el calendario laboral, de tal manera que se conviertan en laborales ordinarios y, así, la productividad del país crezca. Es algo bastante novedoso y que ha delado descolocado a muchos.

¿Es una buena idea? Dado que las naciones asiáticas trabajan mucho más que las occidentales, y que el esfuerzo del ciudadano occidental está en retroceso frente a la competencia china o coreana, no es un disparate proponer algo así. También tiene sus contras, y más en una nación en la que el turismo es una de las mayores industrias (por ahora Francia sigue siendo el país más visitado del mundo, con unos cien millones de turistas al año). Póngase en el papel de los franceses, mire nuestras cuentas públicas, no buenas, y piense. ¿Cómo respondería si nuestro gobierno, este o cualquier otro, propusiera eliminar dos festivos? ¿Cómo se lo tomaría? ¿Qué haría? Creo que no tardaremos en ver propuestas similares en otros países de la UE. ¿Llegarán hasta aquí?

miércoles, abril 02, 2025

Le Pen, inhabilitada

Últimamente Francia se mueve a golpe de sentencias, muchas relacionadas con sordideces difíciles de imaginar, pero en este caso se trata de un caso vulgar de corrupción, de desvío de fondos de la UE para el beneficio de una formación política que las utiliza en su propio beneficio, malversación de las de toda la vida. El partido implicado y condenado por ello es el Frente Nacional, el movimiento que tanto aboga por el respeto a la ley y costumbres, que deben incorporar el hacerse con el dinero de todos para el uso particular. La condena incluye la inhabilitación de Marine Le Pen, la líder del partido, que no se ha lucrado personalmente, pero es responsable legal última de la formación.

Las elecciones presidenciales francesas son dentro de dos años, y ahora mismo Le Pen sería la apuesta más segura para poder relevar a Macron, que si no me equivoco no podrá presentarse. La condena, por cinco años, impediría a Marine acceder a esa carrera electoral y ha supuesto una conmoción política en el país vecino y, sospecho, un nuevo factor de división en la ya quebrada sociedad francesa. No tengo objeción alguna por el veredicto, que se fastidie Le Pen por las prácticas corruptas de su partido, pero me da miedo que esto sirva para movilizar aún más a los extremistas galos y que lo utilicen de bandera para exhibir un victimismo falso, hipócrita, destinado a enardecer a los propios y a erosionar las costuras del estado de derecho francés. La catarata de reacciones desde la extrema derecha francesa tras la sentencia, y el vocabulario utilizado, es idéntica a la que podemos escuchar en todos los países por parte de políticos delincuentes que ven como los jueces frenan su actos ilegales. Dictadura de los jueces, sometimiento de la voluntad popular a las togas, violación de la soberanía… un montón de frases altisonantes y huecas que da igual que las repita el sedicioso Puigdemoníaco, Sánchez refiriéndose a su mujer o hermano, Netanyahu, los seguidores de Le Pen o Trump. Todos dicen tener ideologías propias, muy distintas, opuestas, pero en el fondo son muy similares. Son sujetos que sólo aspiran a llegar al poder para ocuparlo y explotarlo en su beneficio, y consideran que el voto electoral les exime de toda responsabilidad pública. Para ellos la ley, eso que nos juzga a todos, no es sino un corsé que debe apretarse sin cesar a los ciudadanos normales, mientras que el Valhala en el que creen habitar todos estos sujetos debe estar ajeno a cualquier interferencia judicial. Si algún magistrado osa emprender una causa contra ellos será tachado instantáneamente de fascista o de woke, escoja usted el bando sectario al que quiera apuntarse, y a partir de ahí el intento de deslegitimación del estado de derecho será constante. En ocasiones esta banda de personajes logra sus más profundos deseos, y el caso del indeseable Puigdemont es uno de los más significativos, ya que se ha elaborado una ley para que él y sus secuaces queden impunes de todos los actos que realizaron durante el golpe separatista de 2017. El caso de Trump se acerca bastante, porque ha indultado a los golpistas que asaltaron el Capitolio en 2021 y, en la práctica, ha conseguido una inmunidad presidencial que avale todos sus actos, pasados y presentes. Varios jueces han impugnado algunos de los polémicos decretos que ha estipulado con su firma gruesa y agresiva, y la reacción de Trump, Musk y los suyos ha sido la de atacar a los jueces. Con un estilo y todo muy similar al empleado por la Ministra de Hacienda para destruir la presunción de inocencia, Trump y cía amenazan a magistrados de todo el país por hace su trabajo, y se niegan a acatar sus decisiones, en lo que no es sino una insubordinación del poder político ante el judicial, en un enfrentamiento profundo que amenaza con herir, veremos a ver con que nivel de gravedad, al estado de derecho, que es el que legitima la convivencia de nuestras sociedades. El camino emprendido por todo este tipo de líderes populistas es peligroso, y puede desembocar en escenarios oscuros, de impunidad y poder desmedido, que es lo que desean para ellos mismos.

Jordan Bardela, el delfín de Le Pen, ha llamado a movilizar a sus bases y ha reclamado manifestaciones en las calles, de apoyo a Marine y de repudio a la sentencia, mostrando una enorme irresponsabilidad. Las sentencias podrán gustar más o menos, pero se acatan y punto. Se recurren si no se comparten, y, cuando se acaba el recorrido judicial, no hay más que decir. Sacar a la calle a miles de personas en contra de una sentencia judicial es una manera de atacar directamente a los jueces, al procedimiento, a la ley. Es una manera de buscar la impunidad mediante el ejercicio de la amenaza. La situación política en Francia se va a envilecer aún más.

jueves, diciembre 05, 2024

Reabre Notre Dame

El colapso del gobierno francés, del que hablábamos ayer, finalmente tuvo lugar, y ahora mismo el país vecino atraviesa una situación inédita desde hace bastantes décadas, sumido en la inestabilidad política. Los malditos populismos siguen cobrándose naciones. Allí donde se instalan las convierten en ingobernables. Esta tarde Macron se dirige a la nación, puede que para presentar a su próximo candidato a inmolablle primer ministro. Lo hará sabiendo la gravedad del momento y en capilla de uno de los acontecimientos más esperados para todos los franceses de los últimos años. Y también deseado por medio mundo, entre los que me incluyo

Sí, este fin de semana se reabre la catedral gótica de Notre Dame, el monumento más relevante de un París repleto de ellos, el símbolo de la ciudad, en torno a la que se fue construyendo lo que ahora es una de las capitales más llamativas y famosas del mundo. En primavera de 2019, dirían algunos que como preludio siniestro de lo que vendría meses después, un incendió causado por una chispa en las obras de restauración que se estaban realizando en las cubiertas degeneró en un incendio total que arrasó la techumbre, parte de las bóvedas y a punto estuvo de generar el derrumbe del templo. Las escenas de la cubierta de Notre Dame ardiendo y de la aguja neogótica que se instaló en el siglo XIX desplomándose sobre la estructura herida de la iglesia conmocionaron a los parisinos y a todos aquellos que lo contemplábamos por televisión. Las catedrales góticas son edificios majestuosos, de apariencia poderosa e inmutable, pero como toda construcción, sujetos a esfuerzos y tensiones que, si se desequilibran, pueden provocar la caída de parte o de toda la construcción. Los bomberos consiguieron extinguir las llamas ya muy de noche, pero se tardaron varios días en apagar todos los rescoldos y comprobar hasta dónde llegaban los daños, que eran muy considerables. Toda la cubierta de la nave destrozada, bóvedas caídas, desequilibrios varios, vidrieras dañadas, contaminación tóxica en todas las paredes interiores, daños variados en la decoración y pinturas, el órgano gravemente afectado… el balance daba la imagen de ser la de un accidentado con un pronóstico grave. Las torres aguantaron indemnes, aunque parece ser que por poco, y era evidente que se debía afrontar no ya un proceso de restauración, que también, sino directamente de reconstrucción. Macron, en su primer mandato, tenía ante sí el reto de devolver a la capital de su nación el lustre al monumento más valioso, y se marcó un objetivo ambicioso, el de que Notre Dame volviera a la vida en un plazo de cinco años. Calificada por muchos como irrealizable, esa ambición ha guiado los pasos de vientos y cientos de expertos, profesionales y colaboradores de todo tipo, desde aquellos habituados al uso de las tecnologías más innovadoras hasta los que han sido sacados de talleres en los que se mantienen conocimientos medievales para reconstruir elementos que se han rehecho mantenido la absoluta fidelidad a lo que fueron antes del incendio. Más allá de alguna vidriera que se ha reelaborado con motivos modernos, en la reconstrucción ha dominado la fidelidad absoluta a lo que fue destruido, lo que también ha suscitado polémicas, por el hecho de que se puede caer en una falsificación, al ver algo que antoja ser antiguo cuando no lo es. Las imágenes que han trascendido del interior del edificio también han provocado broncas entre los expertos, porque ofrece una imagen de limpieza chocante, una claridad como de recién hecho, sin la pátina del pasado que otorga abolengo a estas construcciones, o al menos se lo da según nos hemos acostumbrado a verlas con el tiempo. La reinauguración servirá para comprobar realmente cuál es el resultado de la obra, qué es lo que se ha hecho y cómo ha quedado, y ofrecerá a técnicos y especialistas sensaciones certeras de cómo se ha resuelto el gran problema de la reconstrucción, más allá de unas fotos aisladas que pueden estar influenciadas por el momento de la toma. Como vivimos en tiempos de discusión permanente, es difícil que haya acuerdo, pero lo único seguro, e importante, es que el edificio y el templo están vivos, a salvo, y vuelven a realizar su función social, cultural y religiosa.

Este domingo, cuando comiencen nuevamente las celebraciones en su interior, se celebra la advocación de la Inmaculada Concepción de María, bajo la que también se encuentra la basílica de Elorrio. No es casualidad, ni mucho menos, que Macron fijase ese día en cinco años como punto de reapertura, siendo Notre Dame una iglesia de advocación mariana. La vuelta de la catedral desde las sombras de su medio ruina es una excelente noticia, una pequeña gota de esperanza en medio de tanta sombra y estupidez. Mandatarios de todo el mundo, Trump incluido, acudirán a París a un evento que tendrá mucho de exhibición de poder, por lo que el sábado serán las ceremonias políticas y el domingo las celebraciones en su interior. Notre Dame vuelve a reinar en su isla, sobre el Sena.

miércoles, diciembre 04, 2024

El caos avanza en Francia

Si todo sucede como está previsto, y nada indica que no vaya a ser así, hoy se votará la moción de censura en la asamblea nacional francesa y el gobierno de Michel Barnier se convertirá en el más breve de la historia de la actual republica francesa, con apenas tres meses de vida. En Francia las mociones son destructivas. Al contrario que aquí, que obligan a presentar candidato, allí se vota la reprobación o no del primer ministro vigente, y corresponde al presidente escoger un nuevo primer ministro que sea refrendado por la cámara. Es aquel un país presidencialista en extremo, y la figura del primer ministro se chamusca con velocidad, pero nunca como ahora.

Si sucede esto, se verá claramente el fracaso de la apuesta de Macron del pasado verano, y quedará más que clara la total inestabilidad política del país. Tras las elecciones europeas, en las que cosechó un mal resultado, Macron decidió disolver las cámaras y adelantar las legislativas. Las encuestas ofrecían la posibilidad real de que la ultraderecha del Frente Nacional de Marine LePen alcanzase una mayoría suficiente para gobernar, y subido a ese miedo, Macron diseñó una campaña de respuesta, que no le salió bien. El resultado final fue que el voto acabó dividido en tres grandes bloques; los macronistas, la extrema derecha y la coalición de extrema izquierda que, contra todo pronóstico, y por poco, fue la que alcanzó la primera posición por número de escaños. Tras estos resultados era obvio que Macron perdía el control de la asamblea, que hasta entonces había mantenido, y que era necesario un acuerdo entre dos de los bloques para lograr un gobierno estable. El Eliseo, tras dar vueltas, decidió no escoger al candidato a primer ministro propuesto por la extrema izquierda, la formación ganadora, y seleccionó a Barnier, un alto funcionario que lo ha sido todo en el poder francés y europeo. Tras muchos sudores Barnier logró ser escogido, pero gracias a que la extrema derecha lo consintió. Era evidente desde el primer momento que su gobierno era resultado de la concesión de LePen, y que ella decidiría cuánto iba a durar. Macron ha tratado durante este tiempo de fracturar al bloque de extrema izquierda, buscando que los socialistas, ahora una fuerza minoritaria en ese grupo, apoyen a su candidato y políticas, logrando ofrecer una imagen de transversalidad y de pactismo, asociada a la idea del macronismo como un movimiento alejado de la clásica división entre derechas e izquierdas. Lo cierto es que esos esfuerzos no han dado furto, y a la hora de votar el presupuesto el gabinete de Barnier se ha quedado sólo, y no ha tenido otra opción que aprobarlos mediante un decreto que conllevaba automáticamente la convocatoria de la moción de censura que se vota hoy. Legalmente Francia ha conseguido sacar adelante unas cuentas, pero no está nada claro que pueda haber un gobierno que las ejecute, que lleve a cabo las políticas e inversiones que en ellas se recogen. En definitiva, tras el resultado de hoy, la pelota vuelve al tejado de Macron, pero con un candidato menos, chamuscado por completo. La ley francesa impide repetir legislativas antes de que transcurra un año respecto a las pasadas, por lo que Francia se enfrenta a este panorama de descontrol como mínimo hasta el verano que viene. Da un poco igual la persona que Macron escoja para desempeñar el puesto, se va a enfrentar al mismo hemiciclo que ha triturado a Barnier. Sólo una cesión clara de los macronistas a uno de los dos extremos ideológicos le garantizaría estabilidad, a cambio de la destrucción política del movimiento, que en unas futuras elecciones legislativas quedaría completamente desdibujado. La propia figura de Macron se está erosionando gravemente en medio de todo este desmadre, y su autoridad, que es enorme dada la legislación gala, no podrá resistir mucho el declive de su formación y una opción real de perder la presidencia en la siguiente elección.

Estos días la prima de riesgo de la deuda francesa ha superado, por poco, a la española. La economía de aquel país no carbura. Las olimpiadas de verano ofrecieron buenos datos de visitantes, pero fue un espejismo. El PIB y el resto de variables languidecen, y el campo francés, junto con el resto de sectores, ve con miedo los futuros aranceles que pueda imponer Trump a los productos europeos cuando llegue al poder. El coche francés está, si me apuran, aún más en crisis que el alemán, con el conglomerado Stellantis descabezado y sus ventas a la baja. El caos político del país, problema y reflejo de problemas, no ayuda para nada, y me temo que se va a prolongar en el tiempo.

lunes, julio 08, 2024

Legislativas francesas. Segunda vuelta

Lo primero es que, tras el incumplimiento de los sondeos y la reversión de la tendencia que apuntaba la primera vuelta, Francia, y la UE, se ha librado de un gobierno de extrema derecha encabezado por Le Pen. Las consignas de voto para establecer el cordón republicano, o sanitario, y la formación de extrema derecha no sólo no ha ganado las elecciones, sino que ha quedado en tercera posición, por lo que uno de los peligros que tenía la loca idea de adelantar las legislativas ha sido conjurado. Por así decirlo, y parafraseando la expresión de Shakespeare, hemos evitado lo peor. Ahora empieza lo malo.

El ganador ha sido el nuevo frente Popular, asociación de partidos de izquierda desde los convencionales socialistas hasta la extrema izquierda de Melenchon, el Pablemos local, cuyos postulados son igual de psicóticos que los de Le Pen, vestidos en su caso de marxismo decadente. En segundo lugar ha quedado la formación de Macron, que ha resistido mejor de lo que se esperaba. En aquellos sitios donde quedaron con opciones han recibido los votos de la izquierda para desbancar a los de Le Pen y eso les ha otorgado un plus de escaños que, seguramente, no entraban en sus previsiones. Lo cierto es que las diferencias de escaños entre la primera y tercera fuerza política tras los resultados finales, que se conocerán a lo largo del día de hoy, no son excesivas, y cada uno de esas tres formaciones se ha quedado bastante lejos de una mayoría de gobierno, por lo que la expresión de “parlamento colgado” se repite en muchos de los titulares de los medios desde ayer por la noche. Francia pasa de tener un legislativo en el que los de Macron tenían una mayoría suficiente para gobernar a un parlamento en el que va a ser imposible aprobar nada si no se produce un acuerdo entre varias formaciones políticas. Todos los ojos se ponen ahora en el partido de Macron, porque desde su posición de centro es el único capaz de articular acuerdos en los que puedan participar derechas e izquierdas. Y entendiendo ambas posiciones como las moderadas de entre los suyos. Los republicanos, la derecha tradicional francesa, ha sacado unos cuantos escaños, a gran distancia de las tres formaciones, pero no escasos. Dentro del Frente Popualr ganador hay una amalgama de partidos, que se odian bastante entre ellos. La Francia Insumisa de Pablemos Melenchon ha sido el que más escaños ha logrado, pero otros, como los socialistas clásicos han conseguido representación. ¿Es viable una gran coalición moderada a la francesa? Habrá que esperar, como les decía, a que termine el escrutinio y se produzca la asignación completa de escaños, pero una suma de macronistas y derechas e izquierdas moderados puede estar cerca no de una mayoría absoluta, pero sí de la relativa necesaria para ir sacando proyectos e iniciativas. Y, sobre todo, puede tener el peso suficiente para frenar a Le Pen y Melenchon, que es el objetivo último de todo gobierno serio que pretenda serlo. Si se logra, el cordón sanitario contra el extremismo podría ser una realidad y, aun débil y sometido a tensiones diarias, y jugándosela en cada votación, el que fuera escogido como primer ministro tendría posibilidades de desarrollar una agenda que no incurriese en las disparatadas ideas de Le Pen y Melenchon. Quizás lo que estoy describiendo es más el fruto de un deseo que una posibilidad cierta, pero es lo único a lo que se me ocurre agarrarme para evitar un escenario de bloqueo total, de una asamblea legislativa que, al modo de la española, sólo sea una cámara de eco de insultos, ruidos y despropósitos diarios. Es ese acuerdo entre moderados o la parálisis, y a la UE tampoco le conviene nada de nada este segundo escenario.

Lo cierto es que el poder en Francia gravita mucho más en torno a la figura del presidente que de la asamblea, que tiene un papel relevante, pero menor. Macron, en los tres años que le quedan de mandato, sigue teniendo las riendas del poder y capacidades que, desde nuestra óptica, pudieran parecer casi dictatoriales. No propondrá a Melenchon, ni a ninguno de los suyos, como candidato a primer ministro, y puede vetar acuerdos y resoluciones de la cámara llegado el caso. Eso aporta un grado mínimo de estabilidad que no tenemos aquí. En todo caso, en Francia van a tener que empezar a sentarse unos cuantos a discutir y tratar de acordar, en una experiencia bastante nueva para sus usos políticos modernos. Sí, hemos evitado lo peor, pero el panorama sigue estando muy turbio.

lunes, julio 01, 2024

Legislativas francesas. Primera vuelta

Lo más noticioso del resultado de la primera vuelta de las legislativas francesas es que todo ha transcurrido como se esperaba. La victoria ha correspondido a RN, la marca de extrema derecha de Marine Le Pen, que ha sacado un tercio de los votos, con el nuevo Frente popular de izquierdas como segunda opción, a unos cinco puntos de ventaja, y el partido de Macron en tercer lugar con un 20% de los sufragios. Los republicanos tradicionales, la derecha de toda la vida, ha sido cuarta, en el entorno del 10% de los votos, un resultado desastroso pero que se convierte en valioso de cara a la segunda vuelta, que tendrá lugar el domingo que viene.

El sistema electoral francés es lioso, pero se basa en asignar de manera mayoritaria el escaño en cada circunscripción. Si en esta primera vuelta alguno ha sacado más de la mitad de los votos, la silla es suya y se acabó. En caso contrario, pasan a segunda vuelta los candidatos que hayan superado el 12,5% de los votos, y el que quede primero de entre todos ellos es al que se le asignará el escaño. Por eso, en la segunda ronda, suele haber partidos que, en determinadas circunscripciones, deciden retirarse para concentrar el voto de los suyos en otra marca, buscando que gane alguien en concreto o, mucho más habitual, que sea otro el que no lo haga. Por eso, en la elección de ayer es probable que fueran muy pocos los asientos del legislativo francés los que quedaron escogidos, y todo queda a expensas de lo que suceda en siete días. Los mensajes que han transmitido ya los candidatos del frente Popular se basan en pedir que los que hayan quedado terceros se retiren para que no sean los de Le Pen los que consigan los escaños, y la declaración del, por ahora, primer ministro, el delfín de Macron, sin pedir la renuncia de sus candidatos, sí ha llamado al voto para impedir la victoria de la extrema derecha. Por eso les comentaba que el resultado de la derecha convencional, esa cuarta fuerza, puede ser relevante. Sus dirigentes han decretado libertad de voto y no van a pedirlo para ninguna otra fuerza, por lo que es probable que de ahí salga muy poco para la coalición de izquierdas y algo más para Le Pen. Con estos resultados, es muy difícil que, tras la elección del próximo domingo, San Fermín, RN no sea la primera fuerza en la cámara legislativa, y en función de sus resultados estará la posibilidad de que pueda acceder al gobierno o no. La agrupación de izquierdas genera aún más rechazo entre muchos de los franceses que la extrema derecha, porque la presencia de Francia Insumisa, el partido de Melenchon, es tóxica para muchos. Esa formación es algo parecido a nuestro Pablemos, con la misma delicadeza en sus formas y profundidad de pensamiento en el fondo. Socialistas y otras fuerzas moderadas se han unido a ellos con una pinza bien gorda en la nariz, buscando únicamente la derrota de Le Pen, pero sin tener nada claro como colaborar entre ellos en el engendro que han organizado, Frente a ellos, los de Le Pen se muestran sólidos, optimistas y, por primera vez, en condiciones reales de alcanzar la mayoría que les permitiría obtener el gobierno, lo que llevaría a tres años de cohabitación con el presidente Macron, Otro posible resultado del próximo domingo es una victoria de Le Pen, sí, pero insuficiente, lo que nos puede llevar a un escenario de parlamento colgado, en el que no haya una mayoría clara ni estable, y la posibilidad de elegir primer ministro sea remota. Y de hacerlo, su cargo esté al albur de cada votación, lo que llevaría al país al bloqueo. Como pueden ver, las alternativas políticas francesas pasan por lo desconocido, siendo malos o peores los escenarios en función de dónde nos coloquemos. Lo que parece segura es la debacle de la actual mayoría centrista y la posibilidad de que, en los próximos años, Francia sea un referente de estabilidad en la UE. Sabido es que, sin Francia ni Alemania nada sucede en la UE, por lo que el resultado galo nos afecta a todos, mucho más de lo que nos podamos creer.

La vedad, tristemente, es que Francia ofrece un espectáculo en el que dos extremos, retroalimentados, se disputan el poder desde una visión antagónica, existencial y populista de la vida. Dos formas completamente opuestas de entender la sociedad y la economía, llenas de sesgos, prejuicios y errores, que pueden llevar a las cuentas públicas francesas al colapso, disparando deuda y gasto, y debilitar al euro y al mercado común. De un gobierno centrista y moderado pasaremos a uno extremista, si es que llega a haberlo, por lo que la sensación de derrota para los que somos moderados, buscamos aburrimiento en la política y abominamos de los populismos, sea cual sea el traje con el que se vistan, es grande. Malos tiempos para la razón.

martes, junio 18, 2024

Francia inestabiliza el mercado europeo

La dinámica que ha tomado el panorama político francés tras la convocatoria sorpresiva de elecciones legislativas par dentro de un par de semanas ya está causando efectos bastante más allá del territorio galo. La semana pasada los índices bursátiles europeos cayeron con ganas, especialmente el francés, que se dejó un 6%. Nuestro Ibex cayó algo más de la mitad de ese valor. En el mercado de deuda, se ha producido un sorpasso inesperado, y es que la prima del bono francés ha superado a la del portugués. Ahora mismo la deuda emitida en Lisboa se considera más segura que la emitida en Francia. Es todo un notición, un orgullo para los portugueses y un dolor para los gabachos.

La posibilidad de que gane Le Pen en las legislativas es real, aunque es una elección mayoritaria a doble vuelta, lo que puede generar asociaciones de voto de todo tipo. En la primera se vota en todas las circunscripciones, más de quinientas, y si un candidato consigue más de la mitad de los votos ya es elegido como parlamentario. Como eso no es lo habitual, la segunda vuelta enfrenta, donde no se haya producido la mayoría que antes señalaba, a los dos que más votos han sacado y el ganador entre ellos es el que se queda con el escaño. Antes de la primera vuelta ya se ha presentado oficialmente una alianza de formaciones de izquierda, en la que se incluye lo que fuera el Partido Socialista francés, convertido ahora en poco más que un club de amigos sometido a la deriva radical de las formaciones que encabezan la alianza. También se presenta, obviamente, Le Pen, y el partido de Macron, que se presupone será el gran perdedor. Por la derecha tradicional, los Republicanos, la formación que llevó a Sarkozy a la presidencia, vive una crisis total, dividida entre los que asumen que el partido está muerto y su única opción de conseguir una cuota de poder es pactar con Le Pen y los que creen que deben presentarse en solitario para ofrecer una alternativa de derecha moderada, abjurando de todo pacto con la extrema derecha. Las escenas de vodevil vividas estos días, con el máximo dirigente de la formación, partidario de pactar con Le Pen, expulsado de su partido por el resto de dirigentes y manteniéndose encerrado en la sede como si fuera un okupa muestran hasta qué punto lo que fue el gaullismo clásico francés está tan enterrado como el socialismo. Hay también nombres en el mundo de la extrema derecha que aún están decidiendo qué hacer. Personajes como Zemmour, que en las presidenciales de hace dos años apareció como un candidato antisistema extremo, para luego ser relegado en los escrutinios reales, pueden optar por intentarlo o, directamente, ofrecer sus votos a Le Pen, cosa que sucederá seguro en la segunda vuelta, en caso de que la decisión sea entre un candidato de la formación de Marine o cualquier otro. Como verán, el panorama es caótico y es lógico que un inversor, que observa fríamente el desarrollo de los acontecimientos, tenga algo de nerviosismo por lo que pueda pasar. Lo más probable es que, sea cual sea el resultado, Macron pierda el control de la Asamblea Nacional y, por tanto, la elección del primer ministro y las directrices del gobierno. Esa situación será peor para el presidente cuanto más clara sea la mayoría que sustente el nuevo ejecutivo, y claro, una victoria de Le Pen y un gabinete comandado por Jordan Bardella, veintiocho años, el que sería su candidato para el puesto, pondría a Macron en serias dificultades. Es cierto que el presidencialismo del sistema francés es exagerado, y el inquilino del Elíseo tiene unas potestades cuasi reales, versallescas podríamos decir para recordar de donde vienen. Puede vetar decisiones de la Asamblea en determinados aspectos y condicionar la labor del primer ministro, pero la cohabitación, la convivencia entre un presidente y primer ministro de signo opuesto, es algo que ya se ha vivido en Francia en el pasado y que, sobre todo, generó parálisis y discusiones frecuentes. En el momento geopolítico y económico actual, una Francia bloqueada en el corazón de la UE es un peligro en todos los sentidos, y un riesgo para todo el proyecto europeo. Desde luego, también para nosotros.

Le Pen, si accede al poder de la Asamblea, puede mostrarse conciliadora, a lo Meloni, o bronca, a lo Orban. Más nos vale que, de estar en condiciones de escoger, lo haga por la primera opción, pero dado que el gobierno es un paso previo a alcanzar la presidencia, el sueño de Marine, es probable que optase por una agenda dura para vender un cambio en la política francesa que satisficiera a sus bases y a los protestantes que, con su voto, le pueden aupar al poder. De momento vienen semanas muy intensas en lo político y, sí, también en los mercados. A priori no esperen fortaleza en el euro hasta que el resultado de la votación se sepa.

miércoles, junio 12, 2024

Tormentón político en Francia

No hubo sorpresas en las europeas del pasado domingo, y las encuestas de verdad, no la patraña manipulada del CIS, estuvieron atinadas. El PP ganó con el margen de votos suficiente para salvar los muebles, pero sin el necesario para darse por satisfecho, el PSOE perdió, pero no quedó noqueado, y el resto fracasaron en mayor o menor medida, a excepción de Alvise, el agitador de Telegram, que se llevó tres escaños y se convirtió en el nuevo Pablo Iglesias. Diez años después, tenemos a otro iluminado demagogo, amante de la bronca, que cosecha un excelente resultado electoral. Ahora vestido de populismo de extrema derecha.

En el resto de Europa tampoco hubo grandes sorpresas, y el ascenso de la extrema derecha se dio como se esperaba pero no tanto como se temía. En Francia es donde las consecuencias electorales han sido mayores. Ganó Le Pen, como señalaban todos los pronósticos, y, en la misma noche electoral, Macron activó el botón y convocó a elecciones legislativas. Ojo, no presidenciales, no deja el cargo, y seguirá en él tres años más, pero sí llamó a votar a la Asamblea Nacional, el parlamento de la república, que tiene importantes competencias, entre ellas la de elegir el primer ministro, pero que está algo subordinado al poder de la presidencia imperial de la república, tal y como la concibió De Gaulle. Hasta ahora el partido de Macron era la primera fuerza en la asamblea, pero no tenía mayoría absoluta, por lo que algunas normas las tenía que negociar, y otras votaciones las perdía, traduciéndose eso en imposibilidad o no para el presidente en función del tema de que se tratara. El mensaje electoral del domingo fue claro, la representatividad que tiene ahora la asamblea no es la que salió de las urnas, por lo que algo hay que hacer, y Macron ha optado por la jugada más arriesgada de todas, una apuesta al todo o nada por el que llama a los electores a elecciones, son mayoritarias por distrito a dos vueltas, en la esperanza de que la concentración de voto anti Le Pen le permita revalidar unos resultados en la asamblea que mantengan en pie su agenda de gobierno. ¿Le saldrá bien? Ahora mismo la mayor parte de las apuestas señalan que no, que el votante francés está muy cabreado con el rumbo del país, y que Le Pen ha conseguido conectar con él, y que ese miedo a la extrema derecha que, hasta ahora, ha funcionado como cortafuegos para impedirle el ascenso a la presidencia de la república ya no funciona como antaño. Los cordones sanitarios, favorecidos por el sistema electoral, han permitido que votantes de ideologías muy dispares acabasen votando de manera conjunta para que la candidata extremista no llegara al poder, pero es probable que eso no suceda en las próximas semanas. Se ha producido ya un primer acuerdo entre las formaciones de izquierda, débiles y radicalizadas, para presentar una candidatura conjunta, y lo más interesante es la fractura que ya ha surgido entre la derecha conservadora convencional, que es una sombra de lo que fue, a la hora de apoyar o no a Le Pen. Algunos de sus cuadros dirigentes sí optan por la unión al caballo ganador, mientras que otros reniegan completamente de esa postura, se mantienen fieles a lo que ha sido su estrategia en los años pasados y amenazan con fracturar el partido. Si lo que antaño fueron los republicanos, el PP de allí para entendernos, era ya una formación secundaria, tras el resultado de la bronca que están viviendo las posibilidades de volver a ser algo en la política francesa se convierten prácticamente en la nada. Curiosamente, puede acabar como el Partido Socialista francés, convertido en poco más que una marca comercial sin apenas dirigencia, votos ni poder. La capacidad de Le Pen de absorber todo el electorado de derecha, sea cual sea la intensidad de su sentimiento, es muy elevada.

El partido de Macron, la Francia en Marcha, cuyas siglas, EM, coinciden con el nombre de su máximo dirigente (no, no es casualidad) sale como perdedor en todas las encuestas, y es posible, a día de hoy, que la derrota sea la única de las realidades que ser afronte desde el Eliseo a principios de julio, tras la segunda vuelta electoral. Con un sistema de doble vuelta en cada uno de los más de quinientos distritos en los que se divide el país, el partido mayoritario puede conseguir una representación mucho mayor de lo que un sistema proporcional otorgaría. Esto, hasta ahora, ha penalizado sobre todo a Le Pen, pero puede ser, por primera vez, su gran baza para vencer. La parálisis política se cierne sobre una posible Francia en cohabitación. Y eso es malo para toda Europa.

viernes, mayo 24, 2024

Disturbios en Nueva Caledonia

Sí, la situación nacional es cutre hasta el hartazgo, pero uno mira por ahí fuera y apenas encuentra consuelo, síntoma quizás de que estemos en un momento decadente, o todo lo contrario, sólo la historia nos lo dirá en el futuro. Si cruzamos los Pirineos y llegamos a Francia podemos ver que, a escala, está sufriendo un momento noventayochista como el que sufrió España a finales del siglo XIX. La evaporación de su poder en África está siendo acelerada, casi tanto como la velocidad a la que debe repatriar tropas y enseres de lo que antaño fueron sus feudos. Los dictadores locales mantienen pisazos en París, pero ahora son otros los que se los financian, normalmente rusos y chinos.

Y en la otra punta del mundo las cosas no les van mejor. Nueva Caledonia está lejos, muy lejos, al este de Australia y al norte de Nueva Zelanda, no es nuestra antípoda pero se le acerca. En este territorio de ultramar, de soberanía francesa, se llevan produciendo serias revueltas desde hace varios días, que han causado algunos muertos, y han obligado a la metrópoli a trasladar hasta allí contingentes de tropas desde suelo europeo para tratar de encauzar la situación. La causa de los enfrentamientos ha sido una reforma de la ley electoral local que rebaja el número de años que los ciudadanos franceses deben estar viviendo allí para otorgarles derecho de voto. Esto ha sido visto por los locales, despectivamente apodados como canacos por parte de los franceses, como una manera de quitarles poder y dárselo a los franceses que allí acuden, en su mayor parte para ocupar puestos de relevancia en la administración o en empresas locales donde el capital francés es el mayoritario. La sensación de que las elecciones pudieran ser amañadas de una manera u otra ha encendido una chispa que arde en un terreno fértil para ello, porque la renta de los locales y sus posesiones son bastante inferiores a las de los naturales franceses, y los disturbios han sido realmente violentos, con saqueos, incendios y descontrol bastante generalizado. Para París ese territorio siempre ha sido visto como algo exótico, más como una muestra de hasta dónde llegó su gloria imperial que otra cosa. Recordemos que ahí es donde Francia hizo sus últimos ensayos nucleares en los noventa, con Chirac, si no recuerdo mal, nueva muestra de lo que supone para el gobierno nacional un lugar al que puede destinar lo más complicado y tóxico que sea capaz de realizar. ¿Hay un movimiento independentista en la isla? No lo se con certeza, pero no es descartable que algo de eso haya también en el origen de las protestas, o que puedan ser utilizadas para alentar una idea de separación de la metrópoli. Además, dada la presencia de capital chino extendiéndose en todo el sureste asiático y ya sentado en la zona norte de Australia, para nada se puede descartar que algunos de los locales vean a ese nuevo poder y fuente de riqueza como una alternativa al ya conocido y decadente poder gabacho. No conozco plenamente la realidad de lo que allí sucede pero es probable que se de un poco de todo lo que le está sucediendo a occidente en el mundo, con una progresiva pérdida de poder, léase también control, a manos de nuevas potencias emergentes, léase China, que invierten sin freno en busca de recursos y se ofrecen como liberadoras. Supongo que la intervención militar francesa logrará calmar los ánimos y, al menos, hará que los disturbios remitan, por lo que si hasta ahora apenas nos hemos enterado por aquí de lo que allí sucede es probable que después la opacidad sea total, pero lo que allí está pasando es una crisis en toda regla, que golpea a una nación que no pasa, ni mucho menos, por sus mejores horas, y que muestra que su capacidad de disuasión es baja, y su atractivo como centro político, cultural y económico es algo bastante venido a menos. Desde el Elisio Macron podrá disimular lo que quiera, y lo hará, pero no podrá ocultar una sensación de descontrol, algo que no ha hecho sino aumentar en estos últimos años. Francia está desapareciendo en África, ¿lo hará también en el Pacífico?

Curiosamente, en un par de meses tendrán lugar los juegos olímpicos en París, uno de los mayores acontecimientos globales, que suelen servir para poner de largo la ciudad organizadora y el país anfitrión. A estas alturas, y con el panorama geopolítico que vivimos, la seguridad del evento es una de las mayores preocupaciones de todos los involucrados en su desarrollo, y el riesgo de atentados, o de que mismamente los fallos que se han visto en los dispositivos de seguridad galos en otros actos deportivos masivos se repitan está presente en todos los analistas que hablan de los juegos. Francia puede dar una buena imagen o convertirse en el centro de la noticia por algo ajeno a lo deportivo. Esperemos lo primero, pero el temor a lo segundo es palpable. ¿Cuántos verán las pruebas parisinas desde las islas del Pacífico?

martes, julio 04, 2023

Francia en llamas

Poco a poco parece que decae la ola violenta que ha asolado Francia en estos días, pero el número de detenidos sigue aumentando noche tras noche, los actos vandálicos, más escasos, persisten, y la sensación de impunidad por parte de los atacantes aún es lo suficientemente amplia como para permitirles organizar ataques coordinados en los que el pillaje es la tónica común, aderezado con destrucción de bienes públicos y siembra de miedo entre el conjunto de la población. Se han producido ataques propios de mafia terrorista ante instituciones, alcaldes y cargos electos, destruyendo sus propiedades en auténticos intentos de asesinato.

La chispa que ha prendido todo fue la muerte, a manos de la policía, de un chaval menor de edad parado en un control en Nanterre, un barrio periférico de París, que se localiza algo más allá del barrio de la Defensa, el complejo de oficinas que domina el este de la capital francesa. Justo detrás de la opulencia de los rascacielos se extiende ese barrio, ejemplo práctico de lo que se denomina la Banllieu, la conurbación que se extiende más allá de París y que la rodea, un lugar de urbanismo duro, en el que la población mayoritaria o es inmigrante llegado en los últimos años o descendiente de aquellos que pertenecieron a las colonias francesas del siglo XIX y XX. Los niveles de renta de esos lugares son mucho más bajos que los de la capital que tienen a tiro de piedra, las condiciones de vida tienen poco que ver con las que asociamos a las capitales occidentales y la creencia religiosa de muchos de ellos, islámica, les enfrenta a una sociedad francesa que antaño era muy católica y ahora va, como muchas otras, camino del laicismo descreído. Los problemas sociales que aquejan a estos barrios son conocidos desde hace tiempo, y son serios, y los distintos gobiernos de la república no han hecho mucho para solucionarlos. ¿Es eso excusa para la ola de violencia que se ha desatado? No. Hay que tener claro que la respuesta violenta, en democracia, nunca es legítima. Nuestras sociedades pueden tener problemas de todo tipo, algunos de ellos son serios, enquistados, extendidos, y no se puede negar su gravedad, pero responder quemando, destruyendo y robando sólo sirve para eso, para quemar, destruir y robar. El caso ucraniano es aquel en el que la violencia se vuelve legítima, porque existe una agresión externa de otro estado, pero en nuestros países, en los que se da una burbuja de seguridad, derecho y procedimientos, actuar como hordas es algo que carece de sentido. Todos los movimientos sociales albergan en su seno a extremistas que buscan la violencia, la necesitan y la usan alegando excusas de todo tipo, para enmascarar su deseo de agredir a otros. Una de las cosas que todo movimiento debe hacer es confinar a esos violentos, separarlos, impedir que se hagan con el estandarte que une a todos. En Francia la actitud violenta es una de las características más llamativas de toda protesta, que acaba generando unos disturbios que en España, afortunadamente, son difíciles de ver. Sea cual sea la causa de la protesta, social, cultural, religiosa o de otro tipo, tras una manifestación convencional empiezan a aparecer exaltados que buscan bronca, y la montan ante una policía que en el país vecino está más que harta de ser ninguneada y despreciada por varias de las formaciones políticas. Con cultura y sociedad muy distinta, resulta llamativo ver como algunos de los comportamientos que vemos a diario en las urbes norteamericanas, donde los niveles de violencia son inmensos frente a los europeos, se trasladan a la periferia de un París convertido en el Minneapolis que ardía tras la muerte de George Floyd. En ambos casos, brutalidad policial mediante, la ira social arrasó con todo sin justificación.

Francia muestra, con estos incidentes, que hay algo profundo que no funciona en la sociedad, y lo peor es que los más beneficiados tras olas de ira como estas son los movimientos políticos que abogan por la simple mano dura como única respuesta. Es necesaria, sí, pero sola no basta. Es probable que las encuestas reflejen como Le Pen es la gran ganadora en estimación de voto tras lo sucedido, lo que agudiza la sensación de división social y enfrentamiento. Europa no es posible como proyecto sin una Francia centrada, próspera y que piense en el futuro, y ahora mismo el país vecino, cada vez, se encuentra más sumido en un marasmo que su enorme riqueza enmascara, pero que no es capaz de ocultar.

viernes, marzo 24, 2023

París es una bronca

También habría podido titular el artículo de hoy como “arde París” y es que la capital francesa da juego para frases hechas y desvaríos. Resulta un lugar de lo más bucólico y cursi cuando quiere explotar eso de la luz y el amor, pero el ramalazo bronco francés es capaz de transformar el más encantador boulevard en un campo de batalla lleno de incendios, barricadas y enfrentamiento entre fuerzas del orden y manifestantes que protestan por cualquier cosa. La degeneración violenta que sufren las manifestaciones en Francia es algo que llama mucho la atención, sobre todo desde aquí, donde somos acusados de bárbaros atrasados y contadas son las ocasiones en los que los antidisturbios deben intervenir tras una protesta.

Esta vez han sido las pensiones. Macron tenía su reforma como uno de los hitos fundamentales en el programa electoral, pero el caos pandémico retraso el proyecto. La anterior gran revuelta, la de los chalecos amarillos, demostró que hay un caldo de cultivo de ira en la sociedad francesa que puede saltar con cualquier cosa, y este tema es lo suficientemente sensible como para aunar a los que se oponen desde ópticas muy distintas y los que lo ven como la excusa perfecta para atacar a un gobierno que consideran distante y elitista. El problema de las pensiones es algo que afecta a todas las naciones europeas, con una longevidad extrema, natalidad deprimente y envejecimiento acelerado. Súmenle a ello una productividad menguante, en la que la dinámica demográfica también juega para frenarla, y tendrán un cóctel económico bastante tóxico. El que la masa de pensionistas sea cada vez mayor en el conjunto de la sociedad, léase aquí electorado, hace que las decisiones de los gobiernos cada vez se sesguen más hacia sus intereses, creando agravios que, en naciones como la nuestra, son sangrantes, con el sueldo juvenil bastante por debajo de la pensión media. Francia tiene, como nosotros, un sistema de jubilación generoso, siendo aún más injusto en su caso por albergar privilegios heredados de sectores que usaron su poder para otorgarse ventajas respecto a otros (todo el que tiene poder está tentado a ejercerlo en su propio beneficio) y con una edad media de retiro menor a la de otras naciones europeas. La reforma de Macron busca pulir ambos asuntos, extendiendo un régimen general común, recortando así ventajas de profesionales muy concretos, y alargando la edad de jubilación media de los 62 a los 64 años. Dado el sistema político francés, centralista y presidencialista en extremo, Macron no necesita si quiera el aval de las cámaras para llevar a cabo su reforma. Siempre quedaría más legitimada de tenerlo, pero puede optar al decreto, como ha hecho, hurtando al parlamento el debate y votación de la norma. Es lo que tiene tener un presidente elegido por sufragio directo de los ciudadanos y una constitución que, en el fondo, mantiene una nostalgia de los reyes versallescos, aunque Francia fuera la nación revolucionaria que los decapitaba. Las formas y el fondo han servido de aglutinante a protestas y huelgas de todo tipo, legítimas, y a broncas callejeras organizadas por alborotadores profesionales que llevan causando destrozos en París y otras ciudades galas desde hace semanas. Como siempre en estos casos, el argumento de los que protestan debe ser escuchado y estudiado, mientras que los que destrozan cosas carecen de argumento. La tensión que se vive en la política y sociedad francesa es elevada, y Macron confía en que el mero tiempo sirva para hastiar a los manifestantes y los vaya llevando poco a poco a la irrelevancia, pero es verdad que, al poco de empezar su segundo mandato, a poco más de un año de su reelección y con aún cuatro por delante, su presidencia se encuentra en horas bajas, con un rechazo popular elevado y con la sensación de que parte de la sociedad no le respeta.

Francia, en cierto modo, es el reflejo de una Europa sumida en problemas profundos, de largo plazo, más allá de lo que son las miserias políticas diarias que nos lanzan los gobiernos y sus medios. La demografía menguante, economías que no crecen con fuerza, la dependencia del exterior para la seguridad y la energía, los destrozos causados por la guerra de Ucrania… una cierta sensación de agotamiento y miedo existencial al futuro se apodera de parte de nuestras ricas sociedades, que temen dejar de serlo ante la pujanza de otras que vienen pisando con fuerza, con China y, en general, Asia, como rivales aparentemente inalcanzables. El debate que existe en Francia sobre cómo construir nuestro futuro social, y que aquí se elude, es mucho más importante de lo que parece, y por ahora hay más preguntas que respuestas.

lunes, abril 25, 2022

Macron revalida victoria en Francia

Lo primero, las buenas e importantes noticias. Con un 58,5% de los votos Macron ha vencido en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas y revalida mandato. En un tiempo de sorpresas políticas, de resultados populistas triunfantes y descalabro de las expectativas el electorado francés ha conseguido que la realidad no se desvíe de lo previsto y ha apostado por una alternativa moderada, europeísta, moderna, que introduce estabilidad en la ecuación continental y aleja fantasmas indeseados. Es el primer presidente francés que repite desde Chirac, y tras los mandatos únicos, y decepcionantes, de Sarkozy y Hollande. Hoy es un día para respirar aliviados tras unas jornadas de nervios.

Y ahora, los problemas, que ahí siguen. Si respiramos con alivio como antes señalaba es porque había auténticas opciones para que Le Pen ganase, y el resultado que ha logrado, un 41,5% de los votos, así lo indica. Esto no tiene mucho que ver con las elecciones de hace cinco años, en las que Macron duplicó a Le pen con un 66% de los votos frenet a un 33%. Ni el candidato victorioso es ya la novedad absoluta que representó hace cinco años ni el miedo a la ultraderecha funciona ya como antídoto ante unos resultados extremistas que no dejan de crecer. El sistema de doble vuelta francés lo ha impedido, pero el resultado de la primera otorgaba un escrutinio que llevaba al desastre. Más de la mitad de los electores franceses votaron a formaciones populistas extremistas, repartidas entre la extrema derecha, con Le Pen a la cabeza y Zemmour a la zaga, y la extrema izquierda, con Melenchon. Aparentemente opuestas en lo ideológico, esos partidos tienen el común el ser frentes antisistema, formaciones que buscan romper con lo que existe vendiendo un discurso combativo de los de abajo contra los de arriba, que arrastra muchísimo voto. Es obvio que ninguno de esos partidos tiene remedio alguno para los problemas que denuncian y que, de llegar al gobierno, los agravarían notablemente, pero eso da igual, son bendecidos con el apoyo de masas. Macron, victorioso, sabe que muchos de los votos que ha recibido no son suyos, que provienen de rebotados que no soportan la idea de una presidencia encarnada en Le Pen, y que han usado al candidato europeísta como mal menor, pero que odian igualmente las formas e ideas del Júpiter que ha encarnado la República durante este pasado quinquenio. Varios de esos votos prestados provienen de la extrema izquierda, aunque es relevante que los estudios ya muestran que un 18% de los votantes de Melenchon se han decantado por Le Pen. La corriente antisistema de Francia es intensa, se ha llevado a las formaciones tradicionales de izquierda y derecha por delante, y sólo tiene a Macron y su movimiento en frente. Eso nos pone ante un peligroso dilema, porque el ganador no puede volver a presentarse. Dentro de cinco años el partido de Macron perderá a Macron, y cierto es que hacer futurología en estos tiempos es un riesgo disparatado, ya que apenas es posible saber lo que va a pasar en unas semanas, pero la verdad es que la formación que ha supuesto el freno a la ultraderecha perderá al líder carismático que la encarna, y que la creó. ¿Podrá sobrevivir el movimiento de Macron a su ausencia? ¿Cómo va a diseñar el presidente su sucesión? El número de preguntas y su dimensión crecen tras el triunfo de la pasada noche, y empezarán a hacerse cada vez más insistentes a medida que avance el segundo mandato presidencial, que de momento comienza con los estragos de una guerra en el continente y la más que presumible crisis económica que de ella se va a derivar. Algunos chalecos amarillos ya estarán calentando en las rotondas para volver a levantarse contra el gobierno de París si no hace algo. Y Macron lo sabe.

Dentro de, más o menos, un par de meses tendrán lugar las elecciones legislativas, para renovar la Asamblea Nacional francesa. Dado lo presidencialista del sistema, el inquilino del Elíseo puede gobernar con unas cámaras en contra, pero se pueden dar situaciones de bloqueo y cohabitación, como ya se vivieron en el pasado. Le Pen y Melenchon ven en esas legislativas la “tercera vuelta” de las presidenciales y aspiran a lograr un alto número de escaños. Nuevamente el sistema electoral francés, con distritos uninominales a segunda vuelta, puede hacer que el parlamento no represente el sentir general del voto, pero los antisistema están ahí, y su fortaleza crece. Podemos respirar hoy aliviados, cierto, pero nada de campanas al vuelo.

lunes, abril 11, 2022

Macron gana la primera vuelta, pero…

Las encuestas francesas han acertado el nombre del ganador y de su rival en la que será, dentro de dos semanas, la segunda vuelta de la elección presidencial, pero no han atinado bien en la abstención, elevada, pero menor que la predicha, ni en la distancia alcanzada entre el primer y segundo candidatos. Se preveía un resultado muy ajustado ente Macron y Le Pen, y finalmente él le ha ganado a ella por unos cuatro puntos, lo que es una holgura mayor de la que obtuvo en la primera vuelta de hace cinco años. Eso, en principio, sería un síntoma de tranquilidad respecto a la segunda vuelta, pero no, no es el caso.

Si uno mira los resultados descubre, con preocupación, que Le Pen, con el 23,41% de los votos, Melenchon, extrema izquierda, con el 21,95% y Zemmour, aún más extrema derecha, con el 7,2% suponen más de la mitad de los votos emitidos ayer en la rica, desarrollada y culta Francia. Más de la mitad de los electores votaron por propuestas populistas que se basan en ideologías extremistas, de confrontación, de lucha, de enfrentamiento, de odio. Ideologías que no sólo no tienen ni ideas ni criterios para solucionar los problemas económicos y sociales de los franceses, sino que, de llegar al poder, supondrían la creación de nuevos y fabulosos problemas. Frente a estas opciones, el voto moderado, encabezado por Macron, se queda por debajo de esa mitad de sufragios, por lo que el miedo a una asociación de radicales en la segunda vuelta resulta obvio y justificado. Podría pensar el lector que no hay porque asustarse, dado que el votante de Melenchon, algo así como el Podemos de Francia, no va a respaldar a la ultra Le Pen, pero es obvio que, en gran parte, el resultado electoral de dentro de dos semanas va a depender de lo que decida ese grupo de votantes, entre los que habrá desencantados que no acudan a las urnas ante el rechazo que les puedan dar ambos candidatos y otros que votarán más a uno que a otra, se supone, pero de cómo se produzca el reparto entre estos tres grupos determinará lo que acabe pasando. Zemmour ya ha indicado que sus votantes deben agruparse en torno a Le Pen, por lo que la extrema derecha actuará unida, y el resto de partidos no populistas han dado instrucciones para que se vote a Macron, lo que sucede es que ese resto de partidos ha quedado convertido en un grupo más pequeño que la agrupación de mariachis que suele rondar las sedes de los partidos derrotados en España. El republicanismo gaullista, el clásico, el que llevó a Chirac o Sarkozy al poder, ha sacado un cutre 4,8%, y sui candidata Valérie Pécresse, que en algún momento llegó a despuntar en las encuestas, ha rubricado el final de esta formación histórica. Si la derecha clásica quiere buscar algún consuelo a su cruel derrota puede hacerlo mirando a los socialistas que, en la práctica, han dejado de existir. Con Ane Hidalgo al frente, los correligionarios de Sánchez han sacado el 1,7% de los votos, una cifra aún menos que el ridículo 2% que les otorgaban las encuestas. Ambas formaciones, que hasta la llega de Macron se han repartido el poder en Francia durante décadas, han quedado por debajo del 5% y, según he leído por ahí, eso hace que no puedan recibir subvenciones que les cubran los costes de la campaña, por lo que, además de irrelevantes, esos partidos deben estar al borde de la quiebra. Lo lógico sería que se juntasen en un local, no muy grande, y firmaran su disolución, quizás con vistas a refundarse en un futuro, pero con el presente convertido en la nada. La política tradicional francesa ha muerto y sólo Macron, cabeza de un movimiento personalista y sin demasiado arraigo local, es el dique de contención del populismo que, al otro lado de los pirineos, comanda la dinámica electoral. Comparado con esto la política española resulta hasta optimista, dado que aquí los populismos, aunque en alza, todavía no han llegado a esas cotas de votos y poder.

De cara a la segunda vuelta Macron va a tener que hacer una campaña muy intensa, y tratar de recoger voto de esa extrema izquierda para que, con pinzas en la nariz, le vote. Le Pen, que se ha visto favorecida por la presencia del radical Zemmour para poder exhibir un aire menos extremista, vuelve a ser la cabeza visible de todo el radicalismo de derechas, y eso beneficia, a priori, una campaña macroniana de unidad nacional contra el frente populista, pero la verdad es que, hasta que la noche del domingo 24 se acabe no podremos saber si tendremos cinco años más de continuidad en Francia o un terremoto se abatirá sobre el corazón de Europa. Por si acaso, Putin tiene enfriada una botella de vodka para brindar por si su candidata acaba ganando. Y no lo olviden, puede suceder.

miércoles, febrero 09, 2022

La mesa de Putin

Cuando Hitler llega al poder considera que el edificio de la cancillería no es lo suficientemente grandioso como para su persona y poder, y Albert Speer, reconstruye el complejo y lo dota de aspecto y dimensiones de templo romano, con una galería de acceso de cientos de metros y un despacho para el canciller que puede ser medido en el estándar internacional de campos de fútbol. El objetivo único es el de impresionar, dejar claro quién manda, intimidar a aquellos que allí acuden, sean nacionales o mandatarios de otros países, para hacerles ver que el que posee el poder es el residente en ese palacio.

Putin no es Hitler, pero lo que vimos hace un par de días en su encuentro con Macron buscaba ese mismo efecto. La escena roza lo ridículo, bueno, más bien lo supera. En un salón enorme de grandes ventanales y cortinas como para elaborar vestidos para una recua de princesas saudíes, Putin y Macron se veían en los extremos de una de esas mesas que se pueden usar para hacer el Consejo de Ministros de Sánchez o para celebrar la última cena, y que tanto juego han dado en películas de dibujos animados cuando la bestia se sienta en un extremo y, al otro, bella apenas es distinguible. Alegó el Kremlin motivos sanitarios para salvaguardar la distancia de seguridad, y cierto es que, con semejante distancia, o el Covid aprende a saltar a la pértiga o las posibilidades de contagio son tan escasas como las de acuerdo. Más allá de las excusas, lo que quedaba claro en la escena era el ninguneo a Macron, la sensación de ser recibido en casa ajena como un extraño, como un inferior, como alguien que viene a molestar al dueño del palacio. En todas las reuniones la escenografía importa, y más cuanto menos se sabe del contenido de las mismas, y es obvio el mensaje que quiso trasladar Putin y su camarilla, de dominio de la situación, de superioridad, de que no se estaba ante un encuentro entre homólogos, sino en la visita de un enviado inferior, un segundón. Probablemente, antes de llegar a esa sala, Macron fue paseado por diversas salas y estancias del Kremlin, esa enorme fortaleza que domina el centro de Moscú, y que debe poseer lugares de belleza apabullante. Sin duda la idea sería la misma, pavonearse ante el invitado y mostrarle hasta qué punto el anfitrión exuda poder y él no. Un antecesor de Macron, si se me permite la licencia, hacía los mismo, y qué es Versalles sino la gran cola del pavo real que alardea poder y lo muestra para que el resto se inclinen a admirarlo. Francia siempre ha sido muy pomposa en lo que hace a los signos del poder, empezando por París y la pompa con la que está decorada cada una de sus esquinas. El Louvre, el Quay D’orse y otras sedes del gobierno que se encuentran en la capital son edificios de una majestuosidad aplastante, decorados en su interior hasta lo cargante, y buscan realzar la gloria y el poder de sus ocupantes, dejar claro quién manda aquí. Si Macron esperaba que en su encuentro con Putin las cosas iban a ir bien para los intereses de Europa y, claro está, de Francia, debió darse cuenta muy pronto al ver la escenografía del encuentro que el viaje había sido una pérdida de tiempo. Tras una reunión muy larga, cinco horas, Macron salió anunciando la posibilidad de una vía de desescalada, pero todos los comunicados posteriores del Kremlin han ido desinflando ese soufflé, dejando claro desde un principio que, posibilidades de acuerdo o no, no se considera a Francia como el interlocutor válido, al no ser un país de peso en el conflicto. Para Putin sólo EEUU está a su altura, y no pierde la oportunidad para demostrarlo. Como lección práctica para una UE que no posee poder real de disuasión la imagen de la mesa es muy práctica.

Si tiene usted curiosidad por visitar la imperial cancillería del Reich se va a quedar con las ganas, porque tras la IIGM no quedó nada de ella. Bombardeada hasta el extremo, el edificio desapareció y sólo los jardines, arrasados, y el búnker subsistieron a la invasión soviética de esa zona de Berlín. Ya ocupado, los restos que quedaban se volaron por completo. En los terrenos que ocupaba ese complejo ahora mismo hay un aparcamiento cutre y unos bloques de pisos que tienen el típico aspecto del desarrollismo franquista de los sesenta. La calle de Berlín, Vostrasse, si no recuerdo mal, es decepcionante para el que la visita, pero esconde una lección profunda. El tamaño del despacho, o de la mesa, no importa, llega un momento en que se puede reducir a nada.

viernes, enero 28, 2022

Francia busca su hueco en la crisis ucraniana

El otro día comentaba el papel de perfil, asustado, que ha adoptado Alemania en todo el conflicto de Ucrania, sin mostrar carta alguna y no ejerciendo el más mínimo liderazgo europeo. Aunque ya no pertenece a la UE, tampoco el Reino Unido está jugando las cartas que le suelen corresponder en este tipo de crisis, sumido como está él mismo en sus propios desastres, de escándalo en escándalo de un Johnson que es un filón para los medios y una vergüenza para todos los demás. Su reciente pacto con EEUU, ese Aukus firmado en verano de 2021, en cierto modo le priva de voz al supeditarse a todo lo que haga EEUU. Londres distribuye información, pero ni lidera ni actúa como parte activa.

¿Quién queda? Sí, sí, Francia, Francia, el eterno imperio que hace mucho que ha dejado de serlo, pero nunca dejará de creérselo. Los ocupantes del Eliseo tienen una fascinación desmedida por el flirteo amoroso y por ser imprescindibles en el orden mundial, y no decepcionan nunca en ambas facetas. Si Macron, al parecer, nos ha salido recatado en sus costumbres privadas, manteniéndose fiel a su mujer Brigitte, no se ha resistido a desempolvar los oropeles napoleónicos y erigirse como el portavoz de Europa ante Rusia. Quizás sea porque desde su residencial el puente de Alejandro III sobre el Sena le queda muy cerca y el recuerdo de las ententes zaristas y parisinas es algo que dejó poso en el país, pero lo cierto es que, desde hace tiempo, Francia abandera un movimiento de contactos con Rusia para destensar la relación entre la UE y el complicado vecino del este. Tras la anexión de Crimea y primera guerra del Donbás, Francia se sumó a las sanciones que se impusieron desde occidente a Rusia, no le quedó otra, pero al poco tiempo empezó a tener un discurso distinto, intentando rebajar el tono occidental y abriendo líneas de contacto con el Kremlin. Sin duda las empresas francesas, con intereses en Moscú, lo agradecían, pero creo que esos movimientos se daban más por la necesidad imperiosa que tiene el país vecino de marcar posición propia respecto al mundo anglosajón que por otra cosa. En la UE, con la retirada del Reino Unido, el proyecto ha quedado aún sí cabe más liderado por Alemania y Francia, y si los primeros son los responsables de las directrices económicas, los segundos siguen queriendo ser los que dictaminen el espíritu político de la Unión, y con él su acción exterior. A esto se debe añadir que en mayo de este año se celebran elecciones presidenciales en Francia, es una de las grandes citas marcadas en el calendario desde hace tiempo, y Macron, que sigue con relativa ventaja frente al elenco de candidatos de extrema derecha, no va a desaprovechar la oportunidad de exhibirse como líder global ante los suyos, sea eso solamente una pose destinada a exaltar su figura y buscar votos o contenga también algunas opciones reales de convertirse en vía de negociación. Con estas ideas de fondo, juzgue usted cuáles cree que pesan más, esta mañana se va a producir una conversación telefónica entre Macron y Putin. El jefe del gobierno galo será el primer mandatario que hable con el presidente ruso desde que éste recibió el escrito de EEUU en el que se contestaba a sus peticiones. Esa respuesta no ha sido vista con agrado desde el kremlin, al considerarla insuficiente en todos sus aspectos, pero la vía diplomática se mantiene, y de mientras sea así las opciones de que esto no acabe mal siguen vivas. ¿Qué mensaje y estrategia tendrá pensado presentar Macron? No lo se, no está nada claro. Lo lógico es que insista en que la posición a la que aspira Putin es inviable pero que trate de ofrecer garantías de que la UE, o sea Francia, tengan posición propia frente a EEUU, tratando de hacer sombra al socio americano, cosa que Putin siempre verá con agrado.

¿Tiene Macron opciones reales de ser relevante? ¿Va a conseguir algo a parte de la conversación? Desde un punto de vista interno el convertirse a lo largo del día de hoy en el interlocutor preferente ante Rusia ya es un tanto, y ciertamente eleva el papel de Francia en todo este lío, aunque realmente todos sabemos que sólo dos naciones, EEUU y Rusia, son determinantes y que es esta última la que dictará cuáles van a ser los siguientes pasos de la crisis. En todo caso hoy el Eliseo y el Arco del Triunfo se van a hincar de orgullo, de “grandeur” reverdecida, aunque sea de postal. En una sociedad marcada por la imagen, Macron logra un tanto para sus intereses internos, ya veremos si es realmente útil o se queda a la altura de selfie de Instagram.

miércoles, octubre 27, 2021

En el aniversario de Samuel Paty

En este mes de octubre se ha cumplido el primer aniversario del asesinato del profesor francés Samuel Paty, perpetrado por islamistas de origen checheno tras lo que fue una concatenación de errores, odios y mentiras. Paty enseñaba en sus clases historia y, de paso, veía la necesidad de que la libertad y la razón fueran de la mano en el mundo moderno, y sirvieran de guía para entender el pasado. Quiso la fatalidad que fueran, precisamente, el odio y el fanatismo los que acabasen con su vida en medio de una calle de su localidad de residencia, después de haber sido espiado, controlado y seguido. El asesinato de Paty tuvo poco de impulsivo, y mucho de premeditado, de obsesivo. Fue un crimen de una ominosidad difícil de superar.

En un año 2020 lleno de momentos de dolor, debo confesar que fue el de Paty el hecho que más impacto me causó, cosa que vistos los estragos del coronavirus puede sonar hasta frívolo, pero así fue. La personalidad del asesinado y todos los hechos que llevaron a su cruel muerte suponían algo ante lo que no podía evitar sentirme interpelado, afectado, o si quieren decirlo de otra manera, atacado. Cuando se produjo el crimen la ola de solidaridad con los profesores en Francia fue instantánea, el gobierno organizó un funeral de estado con la solemnidad y “grandeur” que sólo los franceses saben coreografiar y hubo llamamientos a repetir homenajes, a nombrar colegios con su nombre y a realizar actos de todo tipo en la nación para mantener viva su figura. En el aniversario de los hechos, la realidad muestra que la crueldad del asesinato posee una alargada sombra. Las autoridades francesas sí han hecho actos de recuerdo en memoria de Samuel, algunos de ellos muy públicos, y se han pronunciado discursos rememorando lo sucedido, pero el ambiente que ha dominado los actos ha sido extraño, impropio, como si la nación no quisiera realmente dar demasiada relevancia a los hechos. ¿Por qué? Por el miedo. Miedo a que una especial significación en contra del islamismo despierte monstruos dormidos que se traduzcan en nuevos atentados y muertes. Miedo al fanático, que mostró su forma de actuar y dejó claro que si él mismo ya no podrá volver a hacerlo otro lo hará. Apenas un par de centros educativos en Francia han puesto el nombre de Samuel Paty en sus instalaciones, y en casi todos los que se ha debatido el tema la discusión ha durado poco, porque la oposición de padres y otros integrantes de la comunidad escolar ha sido manifiesta. El miedo, el miedo, el miedo. Padres que temen que el lugar en el que estudia su hijo sea objeto de ataques si el nombre de un asesinado preside la entrada del centro, profesores que sienten a Paty como uno de los suyos, porque lo era, pero que no quieren acabar de la misma manera, asesinados de una forma cruel. Directores de colegios que ven cómo su figura debiera ser la que impusiera la decisión de cambio de nombre pero que están tan asustados como todos los demás, y saben que si toman esa determinación no sólo van a tener la sensación de que su vida peligra, sino que en el día a día van a enfrentarse a todos con los que trabajan, y para los que lo hacen, y ser vistos como los culpables de “lo que pueda pasar”. El miedo que el fanatismo islamista, que ese terrorismo ha sembrado en la sociedad es profundo, de raíces poderosas, regadas con sangre de cientos de víctimas, y funciona como herramienta de presión. Había necesidad por parte de las autoridades francesas de recordar el asesinato de Paty, pero un gran deseo por parte de la sociedad de hacerlo sin mucho ruido, como si no se notase, por lo bajinis, para que la bestia no se entere y suelte un nuevo zarpazo. Los ciudadanos no somos héroes, y el asesino bien que lo sabe.

En París, un pequeño jardín sito junto a la universidad de la Sorbona, junto a la plaza Paul Painlevé, se ha bautizado con el nombre de Samuel Paty, y se ha instalado una pequeña placa, mucho menor que cualquiera de los anuncios comerciales que podrán verse en la zona, recordando quién era y cómo fue asesinado y por qué. Este pequeño espacio es el destinado a la memoria de un hombre íntegro en una ciudad llena de monumentos que deslumbran por su audacia y tamaño. El jardín, poquita cosa, está en un sitio especial, cerca de uno de los templos de la educación europea, que ante este asesinato se ha comportado con la misma frialdad con la que lo han hecho otras tantas instituciones. El homenaje que se pueda hacer a Paty será, allí, discreto, oculto, temeroso. Ese jardín, y nuestra conciencia, es el lugar en el que anida el recuerdo de Samuel, y su valiente, necesaria, figura e historia.

miércoles, octubre 28, 2020

¡Viva Francia!, ¡Viva Macron!

Resulta inquietante hasta qué punto el fanatismo religioso puede llegar a someter a poblaciones enteras y desatar iras por doquier. Hemos visto en estos pasados días lo sucedido con el obre profesor francés Samuel Paty, asesinado vilmente por un chaval de dieciocho años, que estaba imbuido en el odio islamista, pero resulta que la respuesta cívica desarrollada en Francia contra esa salvajada, frente a un atentado que va contra los principios básicos de la República francesa, ha desatado una ola de ira en gran parte de la comunidad musulmana de todo el mundo, poniendo en el ojo de la tormenta, y quizás en el punto de mira de alguno, a su presidente, Emanuel Macron, que pronunció un valiente discurso en el funeral de estado de Samuel.

Y no crean que esto es sólo un asunto de algunas mezquitas descarriadas que van por libre y están contaminadas por el odio, no, es mucho más profundo. El gobierno autoritario de Turquía, encabezado por Erdogan, otro hombre fuerte en un mundo creciente de ellos, ha visto que aquí hay carnaza para encabezar su particular movimiento de lucha pro islámica, que viene muy bien a un régimen que atraviesa por graves problemas económicos derivados del maldito coronavirus. Los improperios contra Macron por parte de algunos miembros intermedios del gobierno turco han ido subiendo de intensidad y han llegado a insultos proferidos por ministros, en lo que es una escalada verbal muy grave. De momento la diplomacia trata de frenar las cosas mediante la llamada a consultas de los embajadores respectivos y la congelación de relaciones, pero es evidente que, más allá del oportunismo del gobierno turco para sacar pecho ante la comunidad musulmana y convertirse en un referente político de la misma, aquí hay un problema de fondo muy serio sobre la libertad de expresión, el respeto a las ideas y el sagrado, absoluto, respeto a las personas. Nada de lo que ha dicho Macron, y otros líderes franceses de ideologías diversas, resulta ofensivo para un creyente musulmán, y sí lo es para el fanático islamista, porque en ningún caso se trata de prohibir una creencia, sino que esta se encauce dentro de la ley del país en el que se desarrolle. Este debate me recuerda mucho al viciado asunto del independentismo catalán, en el que los victimistas de Puigdemont y cía pregonan a todos los vientos que en España se prohíben las ideas, cuando lo que está prohibido, como en todas partes, es cometer delitos, sea cual sea la idea, o la ausencia de ella, que lo ampare. No hay ideologías prohibidas en España, como no hay religiones prohibidas en Francia, pero en ambos países es delito que alguien robe o mate a otra persona, lo justifique porque se lo ha dicho Maoma, el Papa o el independentista Abad de Monserrat. Esta separación entre creencias privadas y comportamientos públicos es uno de los pilares en los que se funda el sistema de libertades que se ha construido en occidente tras varios siglos de disputas y muertes, en las que han sido principalmente facciones del cristianismo las que han ensangrentado naciones como las europeas. Con el tiempo la religión cristiana ha sido “domesticada” y, pese a que hay diferencias profundas entre católicos, protestantes y ortodoxos, por poner tres comunidades que viven en nuestro continente, sería absurdo que un grupo de, pongamos, católicos fanáticos, se pusiera a atentar contra otra rama de la iglesia de Cristo por lo que fuera. Y si algo de eso sucediera las autoridades los debieran perseguir con el mismo ímpetu con el que se combate al islamismo, porque estaríamos ante el mismo fenómeno, el radicalismo de una ideología, en este caso de una religión, que considera a las personas como meros instrumentos para alcanzar sus fines y que, como tales, se pueden utilizar, sacrificar, eliminar o lo que se desee. Es libre creer en lo que se quiera, pero la ley hay que cumplirla más allá de las creencias.

Francia impuso el laicismo a partir de su revolución y es el sistema educativo republicano una de las herramientas fundamentales para que los ciudadanos de aquel país sean formados en los valores que inspiró aquel movimiento. Por eso, además de por su sádica crueldad e injusticia, el asesinato de Samuel Paty ha sido visto al otro lado de los Pirineos como un atentado contra lo más profundo del corpus que sustenta la Francia republicana. De ahí la defensa cerrada de Macron y del resto de dirigentes e intelectuales de aquel país de sus instituciones, de la libertad que en ellas se encarna y de la necesidad de defenderlas. No está Francia sola en su empeño. Mucho le apoyamos. Muchos nos sentimos gabachos ante situaciones como estas.

Subo hoy a Elorrio en medio de la incertidumbre y, si todo va normal, el martes por la tarde volveré a Madrid. A saber cómo estará la pandemia para entonces, y si el nuevo confinamiento hogareño será ya, como preveo, una realidad a las puertas. Cuídense mucho