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miércoles, junio 28, 2023

El golpe del sábado en Rusia

Transcurridos ya varios días desde el fracasado golpe del sábado en Rusia las dudas que allí se crearon siguen sin ser respondidas, y la incertidumbre no deja de ser enorme. Creo que aún no somos conscientes de la gravedad de lo que se vivió apenas hace unos días y de lo cerca que estuvo Rusia de una guerra civil declarada entre un grupo de miles de mercenarios y las fuerzas regulares del ejército. El derribo de algunos aviones militares por parte de los sublevados hace que el episodio no se haya saldado sin víctimas, pero para lo que pudo ser, se quedó en poco. Y ese es el único consuelo de lo sucedido. Lo demás, nervio e incertidumbre.

La resolución del suceso, con una mediación declarada del esbirro bielorruso de Putin, deja un montón de preguntas en el aire y a un grupo de mafiosos heridos en su orgullo y tocados en sus ansias de poder. Definitivamente, por si había alguna duda, Rusia es un estado sometido por mafiosos y bandas rivales que se disputan el poder, los recursos e ingresos de la nación para sus propios intereses, y es la capacidad de matar que cada uno tenga la que sirve para amedrentar al resto y someterlo. El miedo del que empuña la pistola es lo que manda allí, y el relevo del poder se produce cuando otro, con su pistola, mata al anterior y ocupa su cargo, y esto no es una metáfora, sino la cruda descripción de la realidad. Putin mantiene el poder porque mete más miedo que el resto y no duda a la hora de eliminar a los que se le interpongan, y Prigozhin ha sido el primero en mucho tiempo que ha utilizado las mismas armas de Putin, directamente las armas, para meter miedo y tratar de usurpar el poder. Su idea de mover las tropas de la milicia Wagner hacia Moscú y las ridículas escenas en las que algunas excavadoras habrían zanjas en las autovías de acceso a la capital para impedir el paso de las columnas de blindados ejemplificaban, como pocas cosas, la tensión que se vivió el sábado, la relativa inacción del ejército regular y el miedo que empezó a apoderarse de algunos pasillos del Kremlin al comprobar que el grupo de mercenarios, auspiciado y pagado por la mafia principal que domina el país, trataba de levantarse en armas frente a quien le daba de comer. No parecía, a doscientos kilómetros de Moscú, que los mercenarios fueran a deponer su actitud tras haber recorrido tres cuartos del camino que les separaba de Rostov del Don, donde se habían hecho fuertes y, muy importante, contaban con el apoyo popular de la población de la ciudad. El acuerdo, al que se llegó poco después, frenó lo que parecía una columna directamente encaminada al enfrentamiento, que vendería cara su vida frente a la desmoralizada tropa rusa. Para los que seguíamos todo lo que allí pasaba con asombro y temor, la noticia del acuerdo fue aún más sorprendente, y me sigue pareciendo un extraño apaño que nadie podía esperar ante una situación que se iba de las manos. ¿Qué pinta Lukashenko en toda esta historia? ¿Qué capacidad de influencia tiene el dictador bielorruso, que es un mero peón del Kremlin? Es imposible saber lo que pasó ahí, en esas horas de la tarde, si Putin y Prigozhin hablaron directamente, si se cruzaron tacos y amenazas, si se dirigieron maldiciones mafiosas propias de películas buenas o de serie B, pero lo cierto es que vimos cómo se escenificaba un poder militar leal a una facción tratando de asaltar el poder establecido, en un remedo de lo que pasaba en la decadente roma imperial cuando un general, harto de las proclamas del emperador, y sabiéndose respaldado por la tropa que comandaba, decidía ponerse en camino a Roma para, directamente, de poner al dictador y mostrar a la plebe quién era el nuevo hombre fuerte, ejecuciones públicas mediante. Y así sin cesar hasta que el imperio aguantase.

Se supone que Prigozhin está en Bielorrusia, o eso ha dicho Lukashenko, pero no hay pruebas conocidas de que así sea, y en todo caso, de haberse ido allí, es poco probable que dedique las horas a hacer maquetas de barcos o crucigramas. Supongo que tendrá cuidado con lo que come y que no pasará de la planta baja de cualquier edificio que visite. Putin, que se mantiene en el poder, ha sufrido una erosión grave, ha mostrado grietas en su férreo control del estado y ejército, está más débil tras el peor de los pulsos que ha vivido desde que es el dictador del país. Necesita dar un golpe de autoridad para recalcar que manda y que no está tocado. Como ha dicho el secretario de estado de EEUU, el poder en Rusia ha mostrado grietas desconocidas que pueden ir a más. Lo del sábado ni mucho menos se ha acabado.

viernes, noviembre 12, 2021

La UE frente a sus enemigos

Lo que hizo ayer el presidente bielorruso es un farol, una amenaza chulesca con poco contenido real, pero que dice mucho del personaje y de lo que estaría dispuesto a hacer si pudiera. Sus gritos diciendo que a lo mejor corta el gas a Europa si las sanciones económicas a su país aumentan son una bravata que no puede hacer realidad porque el gas que pasa por su país es ruso, no bielorruso, y solo Putin es capaz de decidir lo que va o no por esas tuberías. ¿Hablaba el dictador por boca de su amo o era un calentón? ¿Amenazaba a sabiendas de algo que quizás sí puede acabar sucediendo? ¿Cuánto daño es capaz de infringirnos Bielorrusia si se lo propone? ¿Y hasta dónde le acompañaría Rusia en esa intención?

Lo que está pasando en esa frontera del este vuelve a reavivar el debate eterno de la autonomía estratégica de la UE, que se suscita en cada crisis de este tipo y se vuelve a dormir aplastado por la velocidad de los hechos del día a día. Si recuerdan ya hablamos de esto en agosto, durante la huida de Afganistán, y algo se avanzó en los discursos políticos al respecto, pero estamos a finales de año, con una nueva crisis geopolítica, esta a las puertas de casa, y no hay realidades sobre inversión e intenciones comunitarias. La recuperación económica, que se está frenando, y el disparo de precios, especialmente los energéticos, copan el debate del día a día europeo, y las apelaciones a la creación de una fuerza de intervención común, aunque sea de tamaño reducido, vuelven a ser opacadas en medio de una sociedad que ni tienen una sensación de peligro, aunque esté rodeada por ellos, ni ganas de soltar el dinero que requiere algo así. Este año ha supuesto poner sobre la mesa, de la manera más cruda posible, la amarga realidad de que la UE está sola en el mundo geopolítico en lo que hace a defensa. El pacto Aukus firmado por anglosajonia nos ha dejado de lado, el escenario del Pacífico, en el que se dirime la rivalidad EEUU China nos queda muy lejos y la sensación de ser periferia crece en las cancillerías de un continente, el europeo, que es visto desde hace siglos desde Moscú como una península que se extiende más allá de sus dominios. Creo que fue Robert Kagan el que acuño la expresión de que Europa era un herbívoro en un mundo en el que los carnívoros acechan, y estos últimos años de desmoronamiento del orden internacional han dado carta libre a que algunos carnívoros locales no se corten demasiado a la hora de intimidar a lo que consideran sus presas. Vivimos buenos tiempos para las autocracias, los regímenes duros, de hombres fuertes. La entronización de Xi Jinping al frente de China es un paso más en la involución de ese régimen, no por esperado menos preocupante, y desde Beijing, huelga decirlo, no van a soplar vientos democráticos por el mundo, sino simples intereses económicos y escasos escrúpulos sobre lo que hagan los regímenes de terceros países con derechos y libertades siempre que sus actos sean beneficiosos para los negocios chinos. Rusia, un actor global en decadencia, aparenta ser más de lo que realmente es porque no se corta a la hora de recurrir a tácticas de violencia explícita o disimulada, combinando intervenciones militares duras con actos de desestabilización cibernético en medio mundo y, en general, apoyo financiero a terceros que puedan socavar la estabilidad de naciones vistas como rivales (los independentistas catalanes entre otros muchos también han recibido ayudas desde Moscú), la situación se tensa en el Magreb con Marruecos y Argelia escalando verbalmente en una zona en la que la inversión en armamento es creciente por parte de ambas naciones desde hace varios años, y podríamos seguir viendo un panorama global que no es que apunte a desestabilización general, pero sí a movimientos descoordinados, de cada uno por libre, sin que haya ningún tipo de liderazgo de seguridad que evite frenar conflictos locales de, potencialmente, peligrosa capacidad de expansión.

Y frente a todo esto estamos los europeos, que seguimos utilizando herramientas de presión eficaces pero blandas, como las sanciones económicas y la condena moral, que son efectivas en la medida de que son dictadas por un actor que cuenta con un respaldo duro por detrás. Ese papel, que hasta ahora ejercía de facto EEUU, se está diluyendo y eso debilita poco a poco nuestra posición. Más allá de invertir en defensa seria, lo que es un gran esfuerzo económico que se debe realizar durante un plazo largo de años, no está nada claro cómo hacernos valer frente a personajes como Lukashenko y, a corto plazo, su juego de bravatas sí supone un riesgo real para la integridad y futuro de la UE. Queramos verlo o no, así es.

Me cojo dos días de ocio y subo a Elorrio. El siguiente artículo será, si no pasa nada raro, el miércoles 17. Cuídense mucho

jueves, noviembre 11, 2021

Chantaje bielorruso

Ya lo vivimos en España en mayo. En ese momento, el régimen marroquí utilizó a migrantes nacionales y, sobre todo, provenientes del África subsahariana, para lanzarlos contra la frontera ceutí, buscando que esa entrada masiva supusiera una desestabilización de la ciudad y, de paso, un grave problema para la nación vecina, España. En ningún momento la satrapía de Marruecos estaba preocupada por el destino de esos migrantes, o sus condiciones, o el peligro que supondría realizar la entrada en la ciudad en por las peligrosas aguas del mar, no. Más bien lo contrario, esas personas eran usadas como armamento, como herramienta de presión, y si una herramienta se rompe o resulta dañada durante su uso, se cambia por otra. Así de crudo y cruel.

Algo muy similar es lo que estamos viendo estos días en la frontera entre Polonia y Bielorrusia, aunque a una escala mucho mayor. Minsk sigue sometida a sanciones internacionales desde que la UE y otras naciones dijesen basta al último y más chapucero de los amaños electorales que el dictador Lukashenko viene realizando en aquella nación desde hace décadas. Esta vez era demasiado descarado el autogolpe que el régimen se daba en unas elecciones a la nicaragüense, en las que el resultado se podía narrar días antes de su celebración. País pequeño en economía, empobrecido, dependiente casi en todo de su vecino ruso, Bielorrusia es una cosa extraña en medio de la estepa del este, un territorio que actúa como marca del poder de Moscú, y que es visto por sus vecinos como un caballo de Troya de las aspiraciones de Putin en la región. El régimen mantiene el control del país y en Moscú apoyan al régimen. Las sanciones, duras, han encabritado a Lukashenko, y se ha lanzado al contraataque, y eso en esta época de guerras híbridas, extrañas, en las que se dispara poco y se trata de hacer el mayor daño posible, se ha traducido en el uso de la inmigración por parte de la dictadura bielorrusa contra las fronteras de la UE. ¿Cómo? De una forma ingeniosa. Se recolectan refugiados de naciones de oriente medio sometidas a graves crisis, como pueden ser Irak o Afganistán, se fletan vuelos desde esos lugares hacia Bielorrusia y, una vez allí, las tropas del régimen se encargan de llevarlos a la frontera con Polonia, con la UE, y les fuerzan a que intenten atravesarla. Varios miles de personas, de procedencias diversas, pero marcados por la desgracia que se ha abatido con sus vidas, ven como a todos sus males se une el de ser utilizados como proyectiles arrojadizos en un enfrentamiento geopolítico en una zona del mundo de la que no saben nada y que, muy probablemente, nunca jamás habían pisado. Las autoridades polacas, desbordadas, han militarizado los pasos fronterizos y se aprestan a levantar controles, alambradas y vallas en la línea de demarcación de ambas naciones, en previsión de que estos movimientos no cesen. Los polacos impiden a los refugiados entrar en el país y les obligan a darse la vuelta pero, a los pocos kilómetros, destacamentos militares bielorrusos, les niegan la posibilidad de avance y les vuelven a dirigir hacia la frontera polaca. En la tierra de nadie que separa ambas naciones miles de personas malviven entre dos bloques de tropas, unas las responsables de que allí estén, que les han engañado, transportado y utilizado. Otras, las del país vecino, que cumplen órdenes de defender las fronteras de la nación y evitar que el fantasma de una nueva entrada masiva de inmigrantes sea otra vez portada de las noticias y de la actualidad política en las naciones del este, reacias como pocas al tema migratorio. Y en medio de este desastre, Lukashenko se muestra altivo y chulo, exigiendo a la UE un comportamiento humanitario ante “el sufrimiento de esas pobres gentes” mientras una sonrisa cínica se escapa de su cara sin apenas disimulo.

Parte de esa sonrisa apunta a Moscú. Desde allí Putin observa todo y se lo pasa en grande. Es muy aventurado afirmar que Rusia está detrás de este movimiento como elemento activo, organizador si se quiere, pero es casi seguro que Lukashenko no se hubiera atrevido a hacer algo así sin el permiso de Putin. “Vale, lánzate y yo te cubro” es algo que perfectamente pudo haberle dicho el sátrapa moscovita a su perro de presa bielorruso. Y la UE, con apenas instrumentos en su mano más allá de las declaraciones, ve como el flanco del este se convierte, cada vez más, en un grave problema no ya sólo de derechos y libertades, sino también de seguridad. Y todo esto en invierno, con temperaturas gélidas y con la necesidad de consumir el gas, ruso, en máximos. Un escenario de pesadilla.

martes, agosto 03, 2021

Asilo político en los Juegos

Los Juego Olímpicos siempre son un asunto político, aunque a veces no lo parezca. Un lugar, en el que un país anfitrión concita la atención de medio mundo, en el que todas las naciones se enfrentan y se establecen clasificaciones de medallas y palmarés es muy tentador para que las naciones exhiban músculo, nunca mejor dicho, y lo que veamos sea fruto de años de inversión para que un país dado se lleve la medalla en la categoría más absurda o prestigiosa. Se analiza por parte de los expertos la evolución de los países y cómo se mantienen en la posición pasada, ascienden o descienden, y lo que ello puede querer decir.

La petición de asilo en la embajada polaca en Tokyo de la atleta bielorrusa Kristsina Tsimanuskaia ha vuelto a poner sobre el tapete la situación en ese país europeo y el uso que las dictaduras, no sólo pero especialmente, hacen del deporte para ofrecer una mejor imagen de las naciones que rigen. El régimen del sátrapa Lukasenko no ha caído, pese a las protestas de gran parte de la población, y en parte debido a la respiración asistida que le ofrece la vecina Rusia, encantada de que la dictadura de ese personaje sujete con mano de hierro un territorio fronterizo con exrepúblicas soviéticas y con zonas de la UE. A cada acto infame cometido por el gobierno de Minsk la UE y otros organismos internacionales han respondido con indignación, pero la respuesta que han obtenido ha sido siempre el desprecio de un régimen que, por ahora, se mantiene muy confiado en su supervivencia. Muy probablemente tendría las horas contadas en caso de que Putin lo abandonase, pero ambos personajes, Lukashenko y Putin, se necesitan, cierto que en un grado muy distinto uno de otro, pero lo suficiente como para defenderse mutuamente y mantenerse en el poder. El caso bielorruso, además, vuelve a demostrar que olimpismo y dictadura se dan demasiadas veces la mano como para considerar inmaculado el fondo en el que se muestran los anillos de la bandera olímpica. El presidente del comité olímpico bielorruso es el hijo del dictador Lukashenko, nada como tener un padre que vele por ti, y a buen seguro tenía ya una opinión muy formada de los componentes de la delegación que ha viajado a Japón, y más aún de los que no lo habrán hecho y penen en prisiones del país. Tsimanuskaia, que al parecer ya antes había hecho declaraciones opuestas al régimen, no ha aguantado más, a buen seguro se ha visto amenazada, y ha optado por la huida en terreno neutral, aprovechando la disputa de los juegos. Ha hecho bien, porque pocas oportunidades reales tendría de salir de su país en condiciones normales y es más que seguro que a la vuelta le esperase un comité de bienvenida con pocas flores y varias porras en la mano de los secuaces del hijo de Lukashenko. El episodio en su conjunto recuerda mucho a la época de la guerra fría, de la que la propia Bielorrusia funciona como un museo del tiempo, en el que atletas del bloque del este caían por goteo mediante peticiones de asilo en cada una de las competiciones internacionales en las que participaban. En aquellos tiempos el control que ejercían los regímenes soviéticos y aliados sobre sus “ciudadanos” era mucho más rígido que el de ahora, y cada delegación viajaba al exterior con tal cantidad de personal de seguridad para evitar fugas y deserciones que todo era mucho más difícil. Eran unos juegos completamente adulterados, en los que participantes de Checoslovaquia, Bulgaria, la RDA o la propia URSS competían completamente hormonados, dopados hasta unos límites inhumanos, pero que eran imposibles de detectar por las consecuencias políticas, y sobre todo militares, que una suspensión hubiera tenido. Los juegos de Moscú 1980 y Los Ángeles 1984 asistieron a un boicot mutuo respectivamente de los bloques, mostrando hasta el extremo la tensión que se vivía en un mundo siempre con el riesgo de la guerra nuclear al otro extremo de un botón. No, no era una época ideal, aunque ahora nos lo parezca.

Fueron los nazis, en Berlín, en 1936, los maestros a la hora de convertir este espectáculo deportivo en exaltación patriótica y elemento perfecto de propagan de un régimen. Su lección, siniestra, fue magistral. En los tiempos modernos, con otro grado de violencia implícita muy distinta, fue China en 2008 la que aprovechó la oportunidad para presentarse oficialmente como superpotencia al mundo, y desde ahí en adelante no ha hecho nada más que crecer. El olimpismo, un negocio opaco, con muchas comisiones de todo tipo, decisiones arbitrarias, ingresos no declarados y negocios paralelos de ética más que dudosa, siempre estará unido a las disputas entre naciones, y a la lucha de algunos ciudadanos de las mismas por alcanzar su libertad. Ojalá en los siguientes Juegos Bielorrusia sea un país libre.

lunes, mayo 24, 2021

Bielorrusia secuestra un avión

Ayer tuvo lugar un extraño y desagradable incidente aéreo que demuestra hasta qué punto las dictaduras son capaces de llegar para conseguir sus objetivos, y deja a las democracias en una postura tan ridícula como inoperante. El frenesí de la actualidad diaria ha dejado a Bielorrusia algo de lado, pero allí siguen las protestas populares y la represión del régimen tras el amaño de las últimas elecciones. Lukashenko, el hombre fuerte del país, no cede, y sigue deteniendo a todos los que le muestren la contraria. El número de exiliados del país crece y la condena internacional, sostenida, sirve de bien poco. Y los periodistas que aquello cubren apenas son nadie.

Pues en estas estamos cuando ayer por la tarde, un vuelo de Ryanair que hacía el trayecto Atenas Vilna es advertido por las autoridades bielorrusas de un posible riesgo de atentado en vuelo y, escoltado por cazas de esa nacionalidad cuando sobrevolaba su espacio aéreo, se le conmina a tomar tierra en Minsk para descartar riesgos. El avión aterriza, el pasaje es desalojado y, a las pocas horas, vuelve a la nave. ¿todo él? No, uno de los viajeros, el periodista Román Protasevich, no regresa a su asiento, y permanece detenido en la terminal del aeropuerto mientras el vuelo enfila la pista de despegue y abandona la ciudad. Protasevich es un periodista que denuncia los abusos del régimen bielorruso y ha participad como activista en numerosas acciones para despertar la conciencia internacional sobre lo que allí pasa. Desde hace tiempo el régimen le tenía echado el ojo, como a otros tantos opositores, y cuando lso servicios de información de Lukashenko advirtieron que iba a emprender el viaje de ayer no lo dudaron en lo más mínimo, y organizaron un acto que, como mínimo, puede ser calificado de piratería, y que ha violado todas las reglas de la aviación internacional, los derechos humanos y cualquier otra reglamentación que se les pueda ocurrir. A estas horas no se sabe mucho del periodista, salvo que está encarcelado en Minsk, y que es muy seguro que tardará mucho, mucho tiempo en volver a recobrar la libertad. Durante las horas en las que el vuelo privado permaneció en la escala bielorrusa no prevista la inquietud internacional fue creciendo a medida que lo que parecía un tema de seguridad aérea iba derivando en un ejercicio de autoritarismo propio de la guerra fría, por parte de un régimen que volvía a enseñar los dientes a los opositores y al mundo libre. El destino del vuelo, Vilna, lleva a la pequeña Lituania, en la que están refugiados varios opositores al régimen bielorruso, entre ellos Svetlana Tijanóvskaya, mujer del que fuera líder de la oposición en las últimas, y manipuladas, elecciones presidenciales. Tras el encarcelamiento de su marido tras las protestas que sacudieron Minsk tras la nueva proclamación de Lukashenko como presidente, Svetlana vio que su seguridad y la del resto de su familia se ponía en riesgo a medida que su propio papel como líder opositora crecía, y tuvo que optar entre el miedo a la represión y la búsqueda de la libertad, y huyó a Lituania poco antes de que finalmente las fuerzas represoras actuasen contra ella. En aquellos momentos la cobertura mediática de lo que sucedía en Minsk era intensa y Svetlana podía dar entrevistas a los medios contando su situación y haciendo ver a todo el mundo lo que pasaba en su olvidado país. Mostraba la mujer una imagen sobrepasada, de líder que no quería serlo, de persona común superada por los acontecimientos y que veía como su vida se había ido al garete por la presión de un régimen autoritario. Hoy la presencia en los medios de Svetlana es bastante menor, no por la gravedad de lo que pasa en su país, sino por las modas de los medios, que pasan de crisis a crisis sin esperar a que ninguna de ellas se solucione. Lo sucedido ayer vuelve a poner el drama bielorruso sobre el tapete y la desagradable situación que se vive allí.

Hoy hay reunión en Bruselas del Consejo Europeo, con los jefes de estado y de gobierno, con la pandemia como gran tema de fondo y dos crisis en las fronteras de la Unión, Ceuta y Bielorrusia, que se han desatado con fuerza en los últimos días. La fábrica de comunicados comunitarios está estos días a pleno funcionamiento, incluyendo esa expresión de “deeply concern” para mostrar su enojo y, también, frustración, por no poder hacer mucho más que acordar unas sanciones económicas y comerciales que no parecen hacer mella a dictadores que ven en el uso de la porra su principal baza para mantenerse en el poder. A medida que pasa el tiempo los “vecinos” de la UE se muestran más y más agresivos. Sí que es para estar profundamente preocupado.

viernes, agosto 28, 2020

Bielorrusia sin amor


La crisis que se vive en Bielorrusia es otra de esas noticias que, en ausencia de coronavirus, coparía portadas y atención en medio mundo, por la trascendencia de lo que allí se vive, para esa nación y, sobre todo, para el equilibrio de poder entre la UE y Rusia. Asistimos, por así decirlo, a una repetición, con sus muchas diferencias, de lo que se vivió en el Maidan de Kiev en la revolución naranja que derrocó el gobierno pro ruso que, entonces, mandaba en Ucrania. Sin embargo, Bielorrusia es un país mucho más opaco, desconocido, y posee un régimen que, en calidad represora, es una dictadura de primera división. Comparado con él Ucrania era una fértil democracia occidental.

Muchos han descubierto ahora la figura de Andrey Lukasehnko, presidente de Bielorrusia durante el último cuarto de siglo, un sujeto estirado, calvo, con bigotito, que dirige el país con mano de hierro desde que llegó al poder, tras el proceso de desmembramiento de la URSS, y que ha mantenido a su país en el ostracismo global durante todos estos años. ¿Les suena que laguna vez se haya hablado de ese país en nuestros informativos? ¿Algo ha pasado allí relevante en las últimas décadas? Dotada de una gran extensión de terreno, habitada por menos de diez millones de personas, la economía de esa nación es una foto ajada de lo que era el mundo soviético, con fábricas e industrias colectivas en las que se gana un salario de miseria por un trabajo que se hace mal para poder así comprar las tres o cuatro cosas que se venden. Viajar allí debe ser una especie de viaje en el tiempo, a los ochenta, pero no esos que se venden como agradables de nuestra época educativa, no, sino los duros y grises ochenta del herrumbroso imperio soviético. Desde su llegada al poder Lukashenko se las ha arreglado para firmar acuerdos de cooperación con Rusia, buscando principalmente suministros de energía y cereales, logrando abastecer al país, y dejando el resto del tiempo libre de su gobernanza en mantenerlo sometido. Una tras otra, ha celebrado elecciones en las que era reelegido por resultados que superaban ampliamente el 90% de los sufragios emitidos. Quizás no fuera realmente así, pero que más daba. Eso se anunciaba y ya está. En las elecciones de hace unas semanas las cosas debieran haber sido así, pero algo se ha torcido en el férreo plan del dictador. Una oposición democrática, que llevaba tiempo larvada, ha surgido y osado enfrentarse al jerarca y su máquina del poder. Por primera vez en décadas se vieron mítines opositores en las calles de Minsk, y las elecciones en sí mismas fueron percibidas por el régimen como un riesgo, algo inaudito en las mentes totalitarias que rigen la nación. Llegó el día de las votaciones y, uy, casi casi, Lukashenko obtuvo poco más del 80% de los votos, lo que para Iglesias sería motivo de profunda autocrítica. La oposición, ante un resultado que no era creíble, se lanzó a la calle, y ahí está desde entonces, denunciando la opresión del régimen, las décadas de persecuciones, encarcelamientos y represalias que ha sufrido todo aquel que no está a los pies del dictador, y las concentraciones desbordan Minsk un día sí y otro también, con la sensación de que este pulso ha venido para quedarse un tiempo y que, esta vez, el dictador no se saldrá con la suya tan fácilmente. La líder opositora, Svetlana Tijanóvskaya, ha huido a Lituania para evitar ser detenida, y desde allí concita apoyos internacionales para denunciar lo que pasa en su país y presionar al régimen. ¿Busca Tijanóvskaya una vía a lo Juan Guaidó para disputar el poder y obtener legitimidad? No es descartable.

En todo caso, parece evidente que el desenlace de lo que pase en Bielorrusia estará completamente condicionado por lo que se decida en Moscú. De momento Putin mira, espera, y no toma decisiones. Ayer anunció que está dispuesto a enviar refuerzos para defender al dictador en caso de que así sea necesario, añadiendo más presión. Lo único seguro es que Rusia quiere seguir teniendo en Minsk un régimen servil y que le sirva de tapón, de marca defensiva, ante la UE, dado que Bielorrusia posee frontera física con Polonia. Si ese régimen requiere que Lukashenko siga o sea sustituido por otro títere está por ver. Lo que Putin no vería nada bien sería la llegada de una democracia a aquella nación, y eso lo sabe perfectamente la Nobel de literatura Svetlana Alexievich, en el punto de mira del régimen, que lleva el temor en su rostro.