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lunes, febrero 17, 2025

Luchas de poder en el PNV

Probablemente, de todos los partidos que hay en España, el PNV es el que tiene más profundamente asentado el concepto del poder como motor y causa de su ser, y la posesión de las instituciones como algo a lo que una especie de derecho divino le ha otorgado para su encomienda. La profesionalidad de los burukides, jefes del partido, es conocida, y la manera en la que tratan al País Vasco como a su cortijo no tiene parangón con ninguna otra región ni partido en el resto del país. Ni el PSOE en Andalucía o el PP en Galicia han llegado a semejante nivel de simbiosis, de naturalidad a la hora de dejar claro que todo es su posesión.

Por eso extrañan mucho los movimientos que están teniendo lugar en el partido últimamente, que a los propios los tienen descolocados, pero mudos por obligación, y a los ajenos nos llaman mucho la atención. Asediado por el ascenso constante de Bildu, con unos resultados electorales menguantes en los que la demografía juega en su contra (se mueren los nacionalistas de toda la vida) desnortado por una evolución social en la que el clasismo en el que se ha envuelto el partido está desdibujado, y manteniendo una alianza contra natura para un partido muy de derechas como es él con alguien como Sánchez, las voces que clamaban una renovación han ido surgiendo desde hace tiempo en el seno de la formación, y ese cambio empezó a darse, de manera sorpresiva, cuando se decidió relevar a Urkullu, entonces Lehendakari, impidiéndole volver a presentarse, siendo sustituido por Pradales, un candidato más joven, completamente desconocido (han cambiado un triste por otro, como comentó mi brillante amigo BLL) en un juego de cromos que nadie entendió. Desde la dirección del partido, que siempre ha estado separada de la gestión del gobierno, el presidente Andoni Ortuzar clamaba por una renovación y comenzó un proceso para relevar a las jefaturas provinciales del partido, proceso que debía culminar con su propio cambio, pero finalmente Ortúzar sorprendió a todos cuando hace pocos meses comunicó, vía carta a sus militantes, que la renovación bien entendida no le afectaba, aunque sí a todos los demás. Otro movimiento sorprendente que nadie logró entender. Mientras Bildu seguía con la organización de su congreso en el que Otegi iba a volver a ser investido sin discusión alguna (es lo que tienes las organizaciones de herencia militarista, prietas las filas) el PNV se metía en una situación extraña en la que su principal líder era puesto en cuestión por lo bajinis, pero sin que surgiera un movimiento concreto que le pidiera dar el paso atrás que él había requerido a todos los demás. En pocas semanas este mar de fondo desembocó en un movimiento aún más sorprendente, porque surgió la candidatura no proclamada de Aitor Esteban, el portavoz parlamentario en el Congreso, sin que él dijera nada. Corrientes locales y portavoces no autorizados dejaban caer que esteban sería el líder adecuado, creando una narrativa en la que Ortúzar era, claramente, un estorbo. Una de las damnificadas por la renovación impuesta por Ortúzar fue Itxaso Atutxa, mujer de Esteban, y durante mucho tiempo responsable del partido en Bizkaia, que incluso llegó a sonar como posible candidata a Lehendakari en el caso, raro, que un partido tan machista como ese se atreviese a poner a una mujer como líder electoral (en esto coinciden con Bildu, otro grupo de rancios machotes). Los Atutxa son una de las familias más poderosas del partido en Bizkaia, y es obvio que el movimiento no proclamado de Esteban tenía mucho que ver con lo que ellos han visto sobre la situación del partido y la estrategia de poder. Finalmente, con una división del partido clara, justo antes de iniciar un proceso oficial de primarias, Ortúzar entregó la cuchara y renunció a su cargo, que será ocupado por Esteban. Ambos tienen 62 años, así que de renovación poco.

¿Qué ha pasado dentro de la secta peneuvista? ¿Ortúzar dio un golpe a algunos usando a Urkullu para ello y ahora ha recibido la venganza? ¿Cómo se han podido alentar las divisiones internas en una formación tan monolítica y profesional? Pocos entienden lo que ha pasado ahí, muchos creen que la renovación ha sido poco más que una especie de juego de tronos interno y no son dos o tres los que ven al PNV noquedado ante un futuro que no pinta nada bien para sus aspiraciones, con Bildu quizás en su techo, pero con la sensación de no ser El partido indispensable que siempre fue. Algo revuelto y poco habitual ha pasado en su seno.

martes, abril 09, 2024

Ardanza y el PNV pactista

Ha querido la casualidad de que Jose Antonio Ardanza, ex Lehendakari del gobierno vasco, haya fallecido en plena campaña electoral de las autonómicas vascas. Ayer, a los 82 años, murió sin que tuviera noticia alguna sobre cuál era su estado o si padecía una enfermedad prolongada. Un poco de manera sorpresiva, su marcha hizo que volvieran a televisión imágenes de épocas pasadas, de relativa unidad ante el terror, y de los crueles efectos del mismo, ejecutado por ETA y su entorno, en una sociedad amedrentada, oscura, de escenas televisivas en color, pero de permanente negrura.

Ardanza representó durante muchos años la cara racional, la posibilista, del nacionalismo vasco. Allí, al contrario que en Cataluña, ya se había producido una escisión desde los sesenta entre el sentimiento nacionalista moderado y el radical, casi de manera perfecta coincidente con la división ideológica entre derecha e izquierda. Con el apoyo de los extremistas y el silencio de los moderados nació ETA y la violencia que de su mano se adueñó de décadas de historia vasca, que no terminó con el final del franquismo y la llegada de la democracia, sino que siguió con más saña si cabe en los tiempos de la libertad reconquistada. En el PNV convivieron siempre dos filosofías ante el terror, una de oposición y de cierta incredulidad ante lo que sucedía, que era la que representaba gente como Ardanza, y otra de comprensión a la causa, de discrepancia en las formas, pero de cierto apoyo en el fondo, que muchos identificaron con los discursos de Arzallus, pero era más evidente en otros dirigentes nacionalistas como Eguibar. El PNV, partido de poder, poseedor de una cultura marcada por el catolicismo a ultranza, el carlismo decimonónico y la constante sensación de superioridad frente a todos los demás, veía a ETA como un estorbo para sus planes, pero también, como un elemento que le hacía el trabajo sucio y le permitía obtener réditos, las famosas nueces del árbol caído que dijo una vez Arzallus. Desde su posición de gestor de la Comunidad Autónoma, Ardanza veía como ETA se iba convirtiendo poco a poco en un cáncer totalitario que, alentado por una parte no pequeña de la sociedad, iría atentando cada vez contra más instituciones en su afán por hacerse con el poder y sembrar el miedo como herramienta perfecta para lograr sus objetivos. Por encima del nacionalismo estaban las personas, y es probable que, en su fuero interno, Ardanza siguiera pensando que los que no tienen los apellidos vascos son menos que los que sí los lucen, pero su repugnancia ante la violencia fue creciendo a medida que pasaban sus años como Lehendakari y la vileza etarra se acrecentaba. Con una Herri Batasuna que cambiaba de nombre con frecuencia y servía como soporte, defensa y milicia popular a la aristocracia de las pistolas, Ardanza supo ver que el PNV debía comprometerse en la lucha contra el terrorismo, aunque el precio a pagar fuera poner a los suyos, a los que si consideraban como suyos, en la lista de objetivos de los asesinos. No estuvo sólo en esta posición política, algunos de los dirigentes de su partido le apoyaron, pero justo es decir que no estuvo arropado por todo el partido. A medida que el pacto de Ajuria Enea, impulsado por él y los dirigentes de otras formaciones políticas, se convertía en un baluarte ante el ataque terrorista, parte del PNV empezó a inquietarse tanto por el mero hecho de que los etarras empezaran a amenazarles a ellos como por la incomodidad que les suponía tener que enfrentarse a unos desalmados que, en el fondo, eran creyentes de la misma fe nacionalista que ellos, desde los batozkis, defendía. Eran los radicales, los ultras, sí, pero los etarras eran de los suyos. Este desgarro en el partido fue creciendo, y también la campaña de atentados etarras, que ya no dudaba en tocar instituciones que el PNV creía que eran suyas (y lo sigue pensando) como la ertzaina, EITB y, en general, todo lo que tenga que ver con el poder establecido. Llegó un momento en el que Ardanza, tras demasiados años al frente del ejecutivo vasco, no quiso o no pudo seguir, y dejó de ser candidato. Su relevo sería Ibarretxe, el pupilo de aquellos peneuvistas que deseaban pactar con ETA para que les dejase en paz, dejara de matar al resto o no.

Ardanza, al contrario que Garaikoetxea, su predecesor, desapareció de la política vasca, en un movimiento que desde fuera se ve como anómalo, pero que no lo es tanto en un partido, el PNV, donde el poder de las siglas y la formación excede, por mucho, al que pueda llegar a proporcionar un cargo institucional. La extraña defenestración de Urkullu de hace unos meses es una nueva muestra de esa forma rara de ejercer que tienen los de Sabin Etxea. Con Bildu pisándoles los talones y amenazando con ganar, la muerte de Ardanza es el recordatorio de que existió, aún lo hay, un nacionalismo posibilista, con el que se puede hablar y pactar, aunque en el fondo de él rabie la misma intolerancia hacia el otro que caracteriza esa ideología, por encima del toponímico con el que se asocie. Fue mejor que muchos de los que le rodearon, no es poco elogio.

miércoles, noviembre 29, 2023

Crisis en el PNV

El PNV es uno de los partidos más especiales de entre los que pululan por la vida política española. Amante de tradiciones que denominan ancestrales, y que son de lo más carca que uno pudiera imaginar, ha logrado aunar el ejercicio del poder con el blanqueo de su ideario de una manera pasmosa, consiguiendo ser visto como progresista en ciertos ámbitos de la sociedad, aunque represente la derecha clásica en lo económico y una extraña mezcla de arcaísmo y necesidad de aparentar ser moderno en lo social. Su sentido del poder, de lo que supone tenerlo y lo que representa, es profundo, mucho más que el de los partidos nacionales.

Y no es amante de las sorpresas. Una de las bazas que explota el PNV es la de la seriedad, la de la previsibilidad. El humor no es lo que más destaca entre los peneuvistas, más bien lo contrario. El gesto serio, triste, la sensación de estar recogido en una especie de ejercicio espiritual permanente, como buen heredero del clerical orden en el que se funda, caracteriza a los cuadros del partido. Ellos son de fiar, no como otros, que improvisan y van a lo loco. Por eso la decisión conocida el viernes de que Urkullu no repetiría como candidato a Lehendakari fue toda una sorpresa entre propios y extraños. Algún rumor había de disputa en la mítica bicefalia nacionalista entre un Urkullu más pragmático, con supuestas ganas de seguir, y enfadado con Puigdemont desde la traición del sedicioso de 2017 y los burukides, los cargos orgánicos que detentan el poder de la formación, que se habían reunido un par de veces en Bruselas con el fugado a cuenta del nuevo pacto de gobierno que sostiene el ejecutivo sanchista. Un ruido de fondo que no parecía que fuese a más. Tras tres legislaturas de mayoría de Urkullu, y con el miedo a las próximas elecciones y el posible sorpasso en votos de Bildu, el nacionalismo vasco podía tirar de sabiduría de casa y usar la expresión ignaciana de no hacer mudanza en medio de la tribulación. Pero no. Huno sorpresa en Sabin Etxea, la sede del partido en Bilbao, y se decidió descabalgar al actual Lehendakari sin dar muchas explicaciones, más bien ninguna. El sábado la sorpresa entre los periodistas era total pero, por lo que se comentaba, pequeña frente a lo que se decía entre los círculos de la militancia nacionalista, que veían cómo se quedaban sin cartel a pocos meses de unas elecciones decisivas. La presión para que la cúpula designase a un candidato a toda velocidad para cubrir el imprevisto hueco era alta, y ya el domingo se produjo el designio. El elegido fue Iñigo Pradales, un señor que no llega a los cincuenta por poco, alto cargo de la Diputación Foral de Bizkaia, un señor gris, desconocido por casi todo el mundo, de aspecto tecnócrata y sin trayectoria política relevante. Las fuentes del partido se dedicaron con ahínco el sábado a crear un relato del escogido, señalando que fue alumno de Urkullu, que se dedica al remo en la trainera y eso le da grandes dotes de trabajo en equipo y perlas similares que, en algunos casos, provocaban el sonrojo al ser leídas, pareciendo provenir más del departamento de celebraciones de la norcoreana familia Kim que de un partido occidental. Eso sí, ni palabra sobre las causas que habían determinado el cambio de cabeza de cartel y el relevo imprevisto. Mucha publicidad propia sobre el nuevo elegido y mantenidos elogios al que ya es personaje en retirada, pero ni pío sobre lo que sucedió el viernes y precipitó las cosas. Algunas vagas referencias a eso del cambio de ciclo, a que hay que relevar a las personas y frases de esas que se usan como comodines en las jubilaciones de empresa, pero poco más. Certezas nulas, la sorpresa sigue siendo un misterio y el desempeño del partido a la hora de gestionar su relevo un acto cuasi suicida impropio de un ente serio, solvente, de esos que se dicen de fiar.

En las próximas elecciones vascas, que serán en julio de 2024 como muy tarde, corre el riesgo el PNV de, por primera vez ser ganado en votos por un Bildu ascendente que, de la mano del PSOE, tonto útil, se ha convertido en la bandera de la izquierda en el País Vasco, blanqueando su negro pasado y oscuro presente. Hay mucho miedo en Sabin Etxea ante el resultado de unos comicios que pudieran hacerles perder el poder y dárselo a poderosos enemigos, que no dudarían en usarlo para atacar las fuertes redes clientelares que el PNV ha ido forjando a lo largo de décadas en lo más alto de la administración. ¿Es Pradales la solución para ellos? ¿Ni idea?

viernes, septiembre 29, 2023

El PNV, en crisis

Desde que en 2015 la política española se descompuso, las estrategias clásicas de los partidos se han deshecho y se han obligado a un ejercicio de recolocación constante para tratar de salvaguardar sus intereses, que es lo que realmente les importa. La actitud de Sánchez de no tener palabra y de mentir descaradamente a todo el mundo le ha servido para mantenerse en el poder, pero a costa de hacer de sus promesas un vacío que todo el mundo conoce como tal. Que tu palabra no valga nada es algo que no deja de ser llamativo, pero es lo que hay. Algunos partidos se han amoldado mejor a este juego, otros no.

El PNV fue el que inició el disparate de 2015 dejando caer el gobierno de Rajoy un día después de aprobarle los presupuestos, y durante un tiempo ha sacado tajada de esta coyuntura volátil y peligrosa, pero desde hace unos años se encuentra en una posición cada vez más incómoda. Es curiosa la posición del PNV, un partido de la derecha más clásica y, en ciertos aspectos, rancia, que coincide mucho más con Vox de lo que alguno pudiera imaginarse, travestido de “progresista” con tal de llevarse réditos económicos que engorden aún más la fortuna de sus dirigentes de los que los apoyan. Pocos partidos hay en España que tengan tan claro cómo funcionan los entresijos del poder que el PNV, que sean tan profesionales a la hora de amarrar lo que es trascendente para mantenerse al frente de instituciones o presupuestos, y que posean visión no de estado, sino de cuadrilla, en el sagrado sentido vasco que se otorga a ese extraño concepto de amistad. Las estructuras del PNV se han filtrado por todos los resquicios de poder del País Vasco y, tengan capacidad institucional para ello o no, mandan allí. El votante de derechas de toda la vida es el suyo, y lo saben, y ahí el PP siempre ha pinchado en hueso, porque su electorado prototipo es peneuvista. Pues bien, los seguidores del legado del racista Sabino Arana están en crisis. Llevan cayendo en votos desde hace algunas elecciones y, aunque mantienen el control absoluto sobre Vizcaya, en Guipúzcoa y Álava se encuentran bastante disminuido. En su fuero vizcaíno también contemplan con temor la pérdida de ciertos municipios que se les han escapado desde hace ya algunas votaciones, y son incapaces de retomar. ¿quién está ocupando el espacio que deja el PNV? Bildu. Es una gran sorpresa, y en parte se debe al trabajo intenso que ejercita Sánchez sin cesar para blanquear a los batasunos, vistiéndolos de moderna formación progresista donde hay poco más que un proyecto etnicista y orgulloso de la violencia terrorista. Los años que han pasado desde la disolución de ETA, junto al efectivo trabajo de los nacionalistas, amparados por el gobierno nacional, en ocultar crímenes y demás matanzas han permitido que ya exista una primera protogeneración de votantes en el País Vasco que contemplan el panorama electoral en la dicotomía clásica de PNV derecha Bildu izquierda, y se decantan por los batasunos porque les prometen más ayudas para viviendas y cosas por el estilo (sin aclarar que no saben gestionar la economía y que pueden arruinar hasta la región más rica de España si se lo proponen). La cosa es que el electorado del PNV, envejecido y asediado, mengua, y el de Bildu crece, y de cara a las trascendentales elecciones autonómicas de julio del año que viene, si no hay adelantos, se puede dar, por primera vez una victoria en votos de Bildu en el conjunto del País Vasco. Si la aritmética lo permite PNV y PSE se reeditaría el pacto que ahora mantiene a Urkullu al frente del gobierno vasco, pero eso ata al PNV en Madrid a apoyar al gobierno de Sánchez, sino la venganza en Lakua, sede de la Lehendakaritza, puede ser letal.

Se sabe asediado el PNV, están asustados. No son capaces de controlar un escenario en el que siempre han actuado como los chantajistas más profesionales y efectivos y, ahora, con fuerzas menguadas, otros les empiezan a ganar la partida de la extorsión. No hay que precipitarse en enterrar a un partido que es mucho más que eso, pero lo cierto es que la perspectiva de los peneuvistas es complicada. Si tuvieran las manos libres no verían mal un gobierno de Feijóo, encantados estarían de dejar caer al Sánchez que ha alimentado de tal manera a su rival batasuno, pero están atados. Caen las nueces, sí, pero empiezan a no ser ellos los que deciden cómo golpear el árbol ni cuántas recoger. Y eso, para el tradicional cacique del pueblo, es trágico.