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martes, julio 21, 2026

La odisea, de Nolan

Fui a ver la peli de la odisea con reparos. Había tenido la oportunidad de contemplar un par de veces los avances y, la verdad, no me gustaban. Eran oscuros, había escenas marítimas propias del Mar del Norte más que del Mediterráneo, me daban una sensación incómoda que me llenaba de temores. Por ello, cuando empezó la proyección, a sabiendas de que me esperaban tres horas de visionado, me puse en guardia con unas expectativas bajas. A ver lo que ha hecho Nolan con la historia más vieja jamás contada, madre de todas las demás, pensaba en mi interior. Lo cierto es que, poco a poco, me acomodé a lo que veía y, finalmente, no pude sino alabarlo.

La complejidad de la historia, las tramas cruzadas, la fantasía que se relata en muchos de los pasajes, la violencia que todo lo impregna… la odisea es, junto a la iliada, el relato fundacional de la literatura occidental, y junto a algunos pasajes de la Biblia, el origen de todo. El resto lo único que ha hecho en estos miles de años transcurridos desde entonces ha sido copias, variaciones, alteraciones menores en un relato basado en la marcha de unos hombres a una guerra cruel y el desquiciado regreso de uno de ellos a casa. Tan simple como eso. Nolan opta por centrarse en el segundo de los relatos, el que da título a la película, pero con fragmentos intercalados de la primera historia, la de la guerra de Troya, presuntamente provocada por el rapto de Helena, hija de Menelao, por París, príncipe troyano. Uno supone que todo el mundo conoce la historia original pero eso no tiene por qué ser cierto, y las idas y venidas en el tiempo del relato permiten hacerse una idea al espectador que desconozca el origen de la historia de dónde surge todo. Es en Ítaca, la isla de la que es rey Ulises, Odiseo, donde se ancla toda la trama, con el acoso de los pretendientes a Penélope, la mujer de Ulises, que espera su vuelta mientras que los demás ansían un trono y lo esquilman de paso. La película elimina algunos de los pasajes del libro, por necesidad material de tiempo, pero incluye otros con un detalle espectacular, como el del cíclope Polifemo, la bruja Circe, o el paso por la isla de las sirenas, realizando una variante de los efectos del canto que resulta muy interesante. Hay mucha discusión entre los exégetas sobre cuánto hay de pérdida en la vuelta de Ulises o de demora deseada por parte de un pillastre, que es como se presenta al personaje, y la película no deja nada claro si opta por una u otra alternativa. No esconde, eso sí, que el héroe de la historia tiene un componente de crueldad intenso, no es para nada un hombre de corazón puro y blanco, sino un interesado, un tramposo, alguien que puede ser vengativo cuando no es necesario, que en ocasiones es sometido por la hibris, esa expresión griega que hace referencia a la ira desatada que enloquece. A medida que avanza el relato vemos como Ulises se salva de sus peripecias, sí, pero cada vez carga con más culpas de lo que sucede a su alrededor, del destino de los que le acompañan, a quienes rige, y pierde progresivamente en cada uno de los avatares que suceden en el camino. El proceso de carga de la culpa sobre el héroe aparece como uno de los grandes puntales de toda la historia, la llena de dramatismo y, como es habitual en todas las películas de Nolan, prácticamente hace que no haya ningún momento jocoso. Todo es muy serio, cada vez más. En la parte final de la película se nos descubre el origen del dolor que acosa al protagonista, fruto de la guerra a la que fue hace ya años, a esa Troya mítica que era la joya de la civilización de la época y que sucumbió al asalto de las tropas griegas gracias, entre otras cosas, a la astucia de Ulises. La culpa de lo que allí sucedió le atormenta de una manera absoluta, moderna, total. Hay un homenaje a “El corazón en las tinieblas” o “Apocalipsys now” en medio de las ardientes ruinas de una Troya devastada, en la que el soldado sucumbe ante las consecuencias de sus actos. Es, a mi entender, el momento culminante de toda la película, y es imposible permanecer inmune ante él.

Con una producción de enorme altura, en la que se nota el cuarto de millar de dólares invertidos en cada momento, la cinta ofrece un espectáculo absoluto, pero sometido al desarrollo de la historia. Como pasa en muchas de las cintas del autor, exige al espectador de una manera bárbara y lo deja exhausto, pero a cambio ofrece un producto de un nivel técnico perfecto y que resulta conmovedor. Nolan logra, a mi modo de ver, una excelente versión personal de la madre de todas las historias, en la que imprecisiones como las señaladas por muchos respecto al tipo de armaduras y otras cuestiones de contexto no desmerecen para nada el resultado final. El reparto borda una exigencia extrema y la película está, sin duda, entre sus mejores trabajos. No se la pierdan.

viernes, octubre 10, 2025

José Sacristán, 88 años, una voz

Raro es el día en el que, tras ver el concurso de Cifras y Letras en La2, permanezco delante de canales de televisión nacionales. Apenas doy una vuelta rápida por ellos y otros que me ofrece mi proveedor de telefonía para acabar siempre o en la CNN o la BBC, tratando de ver noticias no contaminadas por la cutre actualidad nacional y, de paso, hacer algo por mi pobre inglés. A veces estoy contento porque soy capaz de entender algo y me sube la moral, pero otras tengo auténticas dificultades para discernir si eso que hablan es inglés o no, y me da la depre. Supongo que será lo habitual, o al menos, como cenutrio en esto de los idiomas, eso quiero pensar.

Ayer tuvo lugar una excepción, porque al pasar fugazmente por El Hormiguero me encontré a José Sacristán, y eso le obliga a uno a hacer una parada en el camino y quedarse quieto, callado y atento. Sacristán, 88 años, comienza una nueva gira con una obra basada en la vida de Fernando Fernán Gómez, uno de los mayores genios españoles del siglo XX, al que él conoció en detalle. Ya sólo tener delante a alguien que, a esa edad, se sube a las tablas para hacer la función diaria es motivo de respeto constante, pero es que Sacristán es una máquina de contar anécdotas de su época, de la presente, y de cualquier otra, con un estilo propio inconfundible y lleno de sorna, que imposibilita al que lo ve no sonreír. Además, cuando habla de cosas de actualidad, lo hace con el aplomo del tiempo y con una enorme razón. Ayer no se explayó mucho sobre la actualidad nacional, pero su diagnóstico de cutrez generalizada, de bajeza de nivel en todos los sentidos y lados (y su especial dolor por que la izquierda, a la que el siempre ha dicho pertenecer, sea indistinguible en esto de la derecha) es compartida por muchos, y desde luego por el que les escribe. Pero más allá de sus historias, opiniones y frases, Sacristán es un gusto en sí mismo al ser oído. Posee una voz poderosa que el tiempo ha ido llenado de matices y profundidad. Empezó su carrera con papeles muy cómicos y con voz estirada frente a las ya graves de sus maestros de profesión, pero con los años no sólo él se ha convertido también en un maestro, sino que su voz ha alcanzado el temple propio de los doctos, de los que con su mero sonido logran captar la atención de todos aquellos que los rodean. Una presencia, una calidad, un timbre, una gravedad absoluta. Realmente da igual de lo que estuviera hablando Sacristán, podía ponerse a leer un recetario cocina o una lista de los infinitos y plúmbeos considerandos que preceden a todo reglamento comunitario, que el que lo escucha queda atrapado por su sonido y no puede hacer ya otra cosa. Sacristán pertenece a una escuela de actores que, durante años, han trabajado como locos por calles, plazas, teatros, salas y espacios de todo tipo, a los que el cine les hizo famosísimos y logró que tuvieran un elevado nivel de vida, pero no dejaban de ser cómicos de teatro. En ellos, la voz, el uso de la voz, era uno de sus principales instrumentos, a veces el más poderoso con el que contaban cuando el espectador estaba lejos, al fondo del patio de butacas, y el gesto del actor no le llegaba de ninguna manera. La capacidad de esa generación para hablar bien, no sólo con buen idioma, sino con una vocalización precisa, es excepcional. Frases entonadas con precisión, acentos marcados, nada de sube y bajas ampulosos o chillones, línea de sonido estable y no sujeta a extraños vaivenes, dicción precisa, proyección perfecta… no era sólo que se les entendiera perfectamente, es que era un gustazo oírlos. En el caso de Sacristán, ayer en la tele o cualquier día sobre el escenario, su voz es una presencia con un poder magnético y una capacidad de atracción irresistible. Desde el momento en el que alguien así te dice “hola” ya te ha ganado, y sospecho que saca un par de cuerpos de ventaja al resto de compañeros en el caso de las obras de reparto múltiple. Era imposible no estar pegado a la tele mientras en ella estaba Sacristán. Fuese, y no hubo nada.

Una de las cosas que he comprobado en los últimos tiempos, comparando las noticias en los canales anglosajones y los nuestros, más allá de la caída de la calidad y el sesgo infantiloide que domina en España, es la aparición cada vez más frecuente en nuestras cadenas de locuciones estridentes, de voces que, por hablar muy alto, de manera chillona, creen dar más empaque a las noticias o que estas sean más ciertas. En el mundo anglosajón se cuidan más los tonos y los informativos llevan un volumen sonoro mucho más estrecho, sin los sustos que uno se pega aquí. En ninguno hay voces como las de Sacristán, claro. Pero no requiero la excelencia para el informativo diario, me basta la sobria imitación.

lunes, julio 29, 2024

Fiasco en París

No suelo seguir en detalle las olimpiadas, ni las pruebas deportivas ni las ceremonias con las que se inauguran y clausuran. Esas ceremonias suelen ser actos que siempre se alargan más de lo previsto, que incluyen un programa de mensajes y significados que, muchas veces, no logro captar, y que se diseñan a mayor gloria del país anfitrión, que las usa como escaparate de sus logros, como si no fuera ya poco éxito lo que le costó en su momento “convencer” a los siempre transparentes y nunca corruptos miembros del COI que la ciudad en la que se celebra el evento fuera la seleccionada entre otras candidatas.

El comité organizador de París 2024 dijo que la ceremonia de apertura de esta olimpiada iba a sr única, por primera vez fuera de un estadio, y que sería el Sena y sus orillas el escenario que iba a coger al desfile de atletas y toda la serie de actos asociados que se iban a suceder. Desde un punto de vista televisivo, la ceremonia de apertura es un evento goloso, que permite lucirse a los realizadores y ofrecer lo último en técnica de grabación y dispositivos. A su favor cuenta el hecho de que se produce en un recinto cerrado, controlado, y que eso hace que uno sólo se tenga que preocupar de hacerlo bien en ese entorno. La idea de sacar el acto al exterior, en un espacio enorme y difuso, se mostró, al entender de los expertos, como fallida. Era imposible dar una imagen de unidad de lo que sucedía en un entorno tan grande y en el que había múltiples puntos de interés demasiado alejados unos de otros. Por lo que iba leyendo, la sensación general era de deslavazada, inconexa, fragmentaria. No había un hilo conductor claro. La secuencia de barcos con los atletas no se podía seguir de manera coherente y ellos eran casi indistinguibles dada la distancia a la que se hacían las tomas. La sucesión de números musicales, artísticos e interpretaciones en todo el proceso también resultaban poco acordes con lo que se veía en el río, y la sensación general era de algo improvisado, cutroso y con un aire de pachanga de pueblo, nada que ver con lo que se espera de una ceremonia de este tipo en un escenario tan espectacular como es París, una ciudad en la que el arte y la belleza aparecen casi en cada esquina. A medida que transcurría la ceremonia los comentarios críticos iban subiendo de tono por lo que se veía, por lo que no y por cómo la realización televisiva trataba de mostrarlo. En tiempos de basura política como los que vivimos se empezó a crear una batalla entre los que defendían la originalidad y transgresión de lo que se nos enseñaba frente a los que lo calificaban de mamarrachada. Me apunto a estos últimos, pero no por el hecho de que se mostrasen drags o cualquier otro tipo de personaje ambivalente o similar, no, sino por la cutrez y fealdad con la que los organizadores combinaron unos elementos que no pegaban entre sí y que, en su conjunto, eran absurdos. Todos los años en Canarias se organiza una gala de elección de Drag Queens que le da mil vueltas a lo mostrado en París en gusto, clase y estética. No, lo que acabó siendo la ceremonia parisina fue algo feo, cutre, de saldo, propio de una verbena de bajo presupuesto, que no tenía un pase. Además, cosas del exterior, contaron con la mala suerte de la lluvia, una lluvia que por momentos era torrencial, y que contribuyó a deslucirlo todo. Ante los elementos poco se puede hacer, pero bueno, dado que París tiene el clima que tiene y que llueva y haga frío es algo que puede suceder en cualquier momento del año, se volvieron a ver las costuras de una organización que pensó que esa tarde iba a ser como una de las del tórrido verano madrileño. Las cámaras televisivas poco podían hacer en medio del aguacero y, por lo poco que vi e iba leyendo de comentarios de personas a las que valoro, con un gusto y criterio estético superiores al mío, el resultado global era desolador.

En el tramo final hubo dos puntos estéticos que sí fueron acertados. El momento de encendido del pebetero, colectivo, con una escenografía que homenajea al globo aerostático de Montgolfier, y la actuación de Celine Dion, rememorando a Edith Piaf, desde la balconada de la Torre Eiffel. Dion triunfó porque cantó excelentemente bien, y lo hizo con una canción de Piaf que es, sí, bella. La ceremonia fea y cutre acabó con un toque de belleza, que no pudo eludir todo lo que se vio en las varias horas precedentes. En fin, un fiasco. Pero bueno, siempre quedará Paris, que vale mil veces más que cualquier olimpiada. La imagen que proyectó Francia al mundo fue la de una nación en crisis, ajena al gusto y la estética.

miércoles, mayo 29, 2024

El fenómeno Taylor Swift

El verano pasado, en una tarde de esas en las que no pasa nada, me puse cerca de una hora a ver vídeos en youtube de canciones de Taylor Swift, para saber cómo sonaba la cantante que, ya entonces, se había convertido en la más importante del mundo. Me quedé un poco como quien ve un río pasar y no se moja, agradable, pero nada más. Es un pop de estilo comercial, blanco, cuyas letras en inglés no entiendo, y que suena bien, pero al menos a mi no me dejó huella. No había melodías que fuesen muy pegadizas y, la verdad, si no la conociera de nada, la hubiera puesto entre otras muchas sin nada destacable. No tengo ojo para la industria musical.

Hoy es el primer concierto de los dos que la artista tiene programados en Madrid, en un Bernabeu que va a llenar consecutivamente en una muestra de poderío, una más a lo largo de su gira, cuyas dimensiones se escapan, sea cual sea la variable que se utilice para medirlo. Los aledaños del estadio, y mucho más, están llenos de material del equipo de montaje de escenarios y similares, con puestos de marketing que llegan hasta la zona donde está la oficina en la que trabajo, donde ya hay seguidores de la cantante que deben estar desde hace muchas horas. Los dos próximos días y noches van a ser muy calurosos en Madrid, lo que facilita este tipo de acampadas de fanáticos, sea de lo que sea. Me interesa Taylor Swift no por su música, que es preferible a toda esa ola reguetonera que nos asfixia, sino por lo que supone como evento social, económico, comercial, industrial…. Ahora mismo es la organizadora del mayor espectáculo del mundo, por el que se paga más para acudir, por el que millones de personas se mueven a lo largo del planeta para conseguir entradas a sus conciertos, a unos precios estratosféricos. El efecto de la visita de Swift a una ciudad se mide en decenas de millones de euros, en un arrastre de demanda asombroso y en todo un chute económico para distintos sectores equivalente a que el gran premio global de la lotería les escoja como agraciados. Hoteles, vuelos, restaurantes, bares, locales de ocio de todo tipo, apartamentos turísticos, medios de transporte, tiendas de ropa… lo que sea, se ve ocupado por miles y miles de propios y visitantes que acuden con un presupuesto de gasto desorbitado y se dejan allí donde han conseguido acceder al concierto cifras que equivalen a varias nóminas acumuladas. La industria Swift factura miles de millones de euros y genera efectos macroeconómicos que la FED norteamericana ha llegado a cuantificar en lo que supone de aportación al crecimiento del PIB de aquel país, y quizás más de una décima de sus registros provenga de la movilización de los fans de la cantante. Embarcada ahora en su gira europea, más o menos se puede decir lo mismo en las urbes donde ha acudido, y París, Londres, Lisboa, Madrid y otras son testigos de un fenómeno que, ahora mismo, no tiene parangón. Nadie es capaz de movilizar semejantes masas de acólitos y de dinero, ni siquiera esos que pegan patadas al balón y que, antaño, eran los que utilizaban en exclusiva el recinto en el que hoy Swift conquistará a su público. La capacidad de influencia de la cantante en el mundo es enorme, pero en EEUU aún va más allá y es una de las personas más poderosas del país, capaz de alterar la rutina del mismo con sus gestos, decisiones y opiniones. De cara a las elecciones de noviembre, hay enormes presiones por parte de ambos partidos para que Swift movilice a los votantes y les diga a quién escoger. Hace algunos años ya manifestó su preferencia por los demócratas, y no es descartable que, sin mucho bombo, esta vez haga lo mismo a medida que se acerque la fecha de los comicios. Su poder es enorme.

Habrá que esperar al final de la gira, pero esta, que se llama el Eras Tour, puede que alcance los registros económicos más altos jamás conseguidos por una banda o cantante en la historia. Hay que remontarse a las gira de Michael Jackson o Madonna en sus tiempos para ver algo así. NI U2 ni los Rolling o Sprengsteen se han acercado a las dimensiones de lo que Swift está logrando movilizar, en masas y en dinero. Es todo un fenómeno digno de estudio que merece ser analizado, desde la parte comercial, empresarial y psicológica. Algunos dicen incluso que sus letras son muy buenas y merecedoras de premio. A saber. En todo caso, disfruten del espectáculo los que a él acudan. Será un evento memorable.

martes, julio 25, 2023

Oppenheimer, la película

El director Christopher Nolan es un obseso de la perfección, y en cada una de sus obras busca construir la que quede como referencia para el género. Lo ha hecho en el cine de superhéroes, en el de acción y en la ciencia ficción. Sus películas disfrutan en la complejidad, en trucos de tiempo y en no permitir descanso alguno al espectador. Hasta ahora todas sus obras han sido ficción y, aunque Dunkerke se basa en hechos reales, sus protagonistas han sido inventados, seres que no han existido y le han dejado enorme libertad para crear. Salvo Tenet, su filmografía me parece un logro y va camino de ser referencia. Quiere ser el Kubrick de nuestra era.

Para su última obra Nolan no se ha ido a un mundo de fantasía, sino que ha cogido un enciclopédico libro de memorias escrito por dos expertos, que aún no me he leído, y se ha embarcado en la vida de Robert J Oppenheimer, el conocido como padre de la bomba atómica de EEUU. El riesgo que abordaba en este trabajo era enorme, porque someter a un director acostumbrado a la fantasía a los rigores de una historia conocida, llena de personajes famosos a lo largo de parte del siglo XX es la vía más segura para que una forma de trabajar se estrelle contra los muros de la realidad. La expectativa que había en torno a la película aumentaba la sensación de vértigo, la posibilidad de que el estilo Nolan se diera de bruces contra algo que no es a lo que acostumbra. Ya les puedo anticipar que no tengan miedo a este respecto, porque el director sale triunfante de su arriesgada jugada, entre otras cosas porque trata muchas escenas de la realidad histórica con la extraña y compleja manera con la que aborda los viajes espaciales o los sueños anidados. Las tres horas que dura la cinta, rodada en película, por lo que el término “cinta” mantiene todo su significado, son un exigente examen al espectador, que no tiene tiempo para aburrirse en lo más mínimo, que no puede desconectar porque en todo momento se le suelta información relevante, y que siente que la película podía haber sido mucho más larga aún si el estudio se lo hubiera permitido. Tres son las historias que, en la práctica, se cuentan en paralelo durante la trama; La comisión del Congreso de EEUU que estudia avalar a Lewis Strauss, responsable de la agencia de seguridad nuclear del país, como miembro del gabinete; la comisión que investiga las actividades filocomunistas de Oppenheimer con el objeto de si corresponde retirarle la acreditación de seguridad que le permite seguir participando en el desarrollo de armas y tecnología nuclear y el propio proceso de construcción de la bomba en Los Álamos, como una de las partes decisivas del proyecto Manhattan. Cada una de estas historias se desarrolla en un momento del tiempo distinto, de más cercana a la actualidad a más lejana según las he ido presentando, pero al igual que hiciera en Dunkerke, Nolan las solapa y mezcla dando la impresión de que se llevan a cabo de manera simultánea, lo que permite contemplar la experiencia del protagonista de la película no de una manera lineal, sino como un conjunto de bucles que se entremezclan y aportan toda la complejidad posible. Probablemente son las tramas no relacionadas con Los Álamos las más desconocidas para el espectador, que sí sabe algo de la bomba y del resultado de la prueba (Trinity) y de sus consecuencias, y también son las que se pueden hacer más áridas por sus diálogos complicados y la sobreabundancia de nombres, testigos, intervenciones y cruces de parlamentos entre todos ellos. En parte hay momentos en los que estamos en una película de juicios de las que tanto les gustan a los norteamericanos, y algo no nos encaja con lo que esperábamos ver, pero si el espectador es paciente irá componiendo el puzzle que Nolan le muestra y podrá comprobar hasta qué punto las piezas encajan. Tras ello, la figura del Oppenheimer aparece con todas las aristas posibles y asistimos a su transformación personal de una manera como muy pocas veces una película ha logrado retratar. El resultado asombra.

Técnicamente perfecta, sin efectos digitales, con una música constante que puede volverse por momentos machacona, y un sentido del ritmo exagerado, sin descanso alguna, la película es excelente. El reparto trabaja de una forma soberbia, con Cillian Murphy erigido como protagonista absoluto y Robert Downey Jr como el robaescenas perfecto, dando una lección soberbia. Ellos y ellas dan lo mejor de sí en una película que avasalla, en la que el momento culminante, el de la prueba, es de los pocos en los que el silencio es el dominante. La explosión, real, no nuclear, filmada, se plantea no como el culmen, sino como el punto de inflexión de la vida del protagonista. Si disponen de tres horas no lo duden. Eso sí, probablemente salgan agotados.

lunes, julio 03, 2023

Indiana Jones V es una buena película

Acudir a un evento que vive en gran parte de la nostalgia es algo arriesgado, porque uno va con expectativas y recuerdos anclados que son una rémora a la hora de valorar lo que ve. De hecho, existe una cierta sensación, que me pasa, de eludir estos eventos para evitarme chascos. Las tres pelis de la nueva trilogía de Star Wars son buenas, mejores que los episodios I a III, pero beben mucho, mucho, demasiado, de la trilogía clásica, y eso es una tara que no son capaces de soportar. Indiana Jones IV resultó ser la peor de la saga con diferencia, entre otras cosas, porque incluir a un personaje que aspiraba a ser un nuevo Jones, y que se quedaba en nada. Al saber que este verano estrenaban Indiana Jones V me entraron sudores fríos.

Se presentó en Cannes, y tuvo críticas flojas, lo que a priori me elevó las ganas de ir a verla, porque desde hace bastante tiempo lo que viene con el marchamo de bueno en festivales parece directamente concebido para echar a la gente de las salas. Acercándose el fin de semana del estreno empecé a preguntarme si iría o no, y una de las bases de la duda es lo que les comentaba de que tenía miedo a asistir a otra decepción. El sábado por la tarde, agotado tras un largo paseo en bici por la mañana, decidí que, qué narices, si es mala que no me guste, y si es buena que sí. Acudí a una sala, pagué la carísima entrada (más de 11 euros) y me senté en la butaca junto con el resto del aforo, aproximadamente tres cuartos de entrada en un Madrid soleado, caluroso y abarrotado con motivo de las festividades del orgullo. Casi tres horas después, de las cuales unas dos y media son de la peli, salía del cine con una sensación satisfactoria. Los miedos que llevaba se habían ido diluyendo a lo largo de una película, precedida por una larga obertura, que juega con la nostalgia, como era de esperar, pero no carga las tintas, y que afronta de la manera más lógica posible el envejecimiento del héroe. Harrison Ford está mayor, lo sabe él y lo sabe el espectador. En la introducción, ambientada en el final de la IIGM, se utilizan efectos digitales para rejuvenecerlo. En El Irlandés, de Martin Scorsesse, ya se usó esa tecnología de manera intensiva, con resultados que fueron polémicos. Aquí las cosas son más creíbles, y si uno da por sentado que lo que ve es a Indiana de joven tiene ante sí un intenso episodio lleno de nazis y trenes, lo que garantiza emoción. Concluido el interludio, la película comienza en la época en la que se ambienta, 1969, con un Indiana viejo, decrépito, mayor, que se jubila de su puesto de profesor en una universidad neoyorquina en la que nadie del alumnado le hace caso. A partir de ahí surge una trama en la que, achacoso, el héroe tendrá que coger nuevamente el sombrero, pero sabedor de sus limitaciones, llevado muchas veces en volandas por los acontecimientos, y dominado en no pocas escenas por “Wombat”, la protagonista femenina, encarnada por Phoebe Wallace-Bridge con todo el brío y calidad propios de la estrella de la interpretación que es. Este personaje adora la arqueología, como Indiana, pero para sacarle rédito, ganar dinero, hacer negocio, sin respeto alguno al valor de las cosas y con la idea de medrar a cuenta de los pedruscos que encuentra por el camino. Es interesante el planteamiento que se muestra entre ambos en todo momento, dándole un juego a la película bastante interesante, y mostrando que Indiana no sólo está mayor en edad, sino en filosofía, que proviene de un mundo ya superado en el que la tecnología y la riqueza han convertido al mundo arqueológico no en una disputa entre expertos, buenos o malos, sino en un mercado en el que el mejor postor se lo lleva todo. La trama del filme es sencilla de llevar, teniendo numerosos episodios de persecuciones y acertijos en el juego de pistas que se convierte toda película de Indiana para llegar al punto culminante, que contiene una interesante sorpresa. El villano de la trama es encarnado por Mads Mikkelsen, otro gran actor que le da mucho juego a su papel y consigue dotarle de credibilidad. Hay, por cierto, una vertiente muy siniestra en el diseño de su personaje que, me da, no habrá sido vista con buenos ojos por parte de la NASA y los creadores de la carrera espacial norteamericana, pero que le otorga mucha más verosimilitud.

El final de la película es un homenaje a la familia de Indiana, es un reencuentro con el pasado perdido y la llega del héroe a la Ítaca soñada, con Penélope también envejecida, pero expectante como la joven que teje y desteje. Tiene un tono sentimental muy logrado y consigue emocionar el espectador. El metraje es largo, como se lleva ahora, pero disfrutable. La película no está a la altura de los grandes episodios, I o III, pero sí por encima del IV, y hace que uno salga satisfecho de lo que, probablemente, sea el final de uno de los grandes personajes de la historia del cine. La BSO de John Willimas sigue siendo portentosa y el trabajo de Mangold a la dirección, que no es Spielberg, es muy bueno. Una gran película de aventuras para una tarde de verano. Un buen plan.

viernes, mayo 21, 2021

Un adiós a Franco Battiato

Sepultada en nuestro país por la grave crisis de Ceuta, en el plano global por el desastre diario de la pandemia y por otras noticias de alcance, la muerte de Franco Battiato ha pillado a muchos por sorpresa, a mi el primero, y ha dejado menos recorrido en los medios de lo que hubiera sido necesario, dada la trayectoria de un músico tan especial. No sabía que estaba enfermo, y al parecer ha sido el Alzheimer el causante de su muerte. Llevaba ya algunos años retirado de la escena pública, quizás desde que la enfermedad empezó a enseñarle su cara más oscura y le privó del deseo de danzar y de experimentar, que eran algo inseparable en su creación musical.

Que un músico como Battiato alcanzase el éxito comercial que disfrutó es una de esas pequeñas joyas que le reconfortan a uno con la vida, porque nada podía hacer creer que un personaje así pudiera llegar al estrellato. Con aspecto serio, aburrido, con la estética de un Woody Allen espigado, más tirando a funcionario, pinta de lector empedernido, Battiato era el típico arquetipo empollón frustrado con las mujeres que uno pondría en mente al imaginar a ese personaje. Su música era extraña, experimental, mezcal a veces caótica de ritmos, estilos, instrumentos, de todo lo que se le pudiera ocurrir y encontrase. A modo de Andrés Trapiello deambulando sin fin por su querido rastro madrileño, Battiato exploraba mundos sonoros sin parar, llenos de exotismo y rarezas, y los incorporaba a sus canciones hasta crear una mezcla que sonaba bien, pero que todo el mundo notaba como rara. Y si la música era llamativa, ni les cuento sus letras, que nadie era capaz de entender. Alguna vez leí enteras varias de ellas y llegué a la conclusión de que la noche en las que fueron escritas los psicotrópicos hicieron efecto en todo su esplendor. Pero todo eso daba igual. Con sus rarezas, su vida a parte de cualquiera de las corrientes musicales del momento, sus formas alejadas del marketing, Battiato subía al escenario y cantaba, bailaba, se lo pasaba bien y contagiaba una cierta alegría de vivir que era recibida con agrado por parte de un público que empezaba a ver a la música comercial como un producto estrecho, excesivamente diseñado (y lo que quedaba por llegar). Imagino a productores musicales de la época, en la que las ventas de discos eran la base del negocio y el sector tenía en las casas discográficas a sus grandes monstruos empresariales, echándose las manos en la cabeza cuando un personaje como Battiato acudía a ellos con algo que, como el resto, eran incapaces de entender. Seguro que sufrió muchos rechazos por parte de varias marcas y eso retrasó el lanzamiento de su carrera, pero fue un hombre que creía en lo que hacía, que veía la música tanto como forma de creación como camino para conocer otras culturas y experiencias. Se acercó a formas ajenas completamente al canon occidental con la curiosidad del crío que las ve por primera vez y quiere probarlas, y no cambió de estilo ni de formas a lo largo de toda su carrera, a pesar de que el riesgo de ser parodiado crecía a la par que lo hacía su fama. Me da que ningún sistema de inteligencia artificial de los que hoy en día tratan de predecir las tendencias en el mundo de la música y otras artes comerciales hubiera sido capaz de atisbar que un señor con aspecto doctoral acompañado de unos derviches (quizás nunca antes habíamos oído ni que era eso) girando en escena sería capaz de arrasar en las listas de ventas de medio mundo y crear temas que hoy pueden ser tarareados en casi cualquier parte y, al instante, ser reconocidos. Eso está al alcance de muy pocos y, todavía, no se sabe lo que permite llegar a ese grado de éxito global. Se busca la fórmula para replicarlo, pero no se encuentra.

El gran mérito de Battiato, su originalidad, es algo que cada vez se encuentra menos en el mundo creativo, necesitado como cualquier otro de la venta y el ingreso para sobrevivir. Si algo funciona empiezan a salir réplicas por todas partes, y en el caso de la música comercial el ecosistema de músicas y variedades que contemplamos hoy es poco más que un erial en comparación a lo que las décadas de los setenta u ochenta nos ofrecieron, con un rango espectacular en el que había muchas cosas buenas y, también, claro, cosas malas. Y en ese mundo frondoso Battiato ya era extraño. El recuerdo que deja es enorme y su querencia por seguir un camino no trillado un ejemplo para valientes.

lunes, diciembre 18, 2017

Star Wars VIII Los últimos Jedi. Riesgo y acierto

Puede que eso que denominamos “universo Star Wars” sea el mayor mito de nuestro tiempo, la historia de ficción que ha alcanzado un éxito más rotundo y global en un mundo disperso como el nuestro. Tocarla, hacer algo con y sobre ella, se convierte en sí mismo en un asunto de debate internacional. La decisión de Disney, la actual propietaria, de realizar los episodios VI a XIX levantó una enorme polvareda, a sabiendas de que el negocio, lo que sostiene a la franquicia, iba a ser fabuloso. Esto, el negocio, es un arma de doble filo que, por una parte, permite que la saga continúe pero por otra la desvirtúa. Como siempre, los idealistas son un puñado de rebeldes, sea cual sea la galaxia que habitemos.

El estreno hace un par de años de SW VII gustó mucho a los fanáticos de la serie y tuvo críticas muy buenas, aunque en general se acordó que era una revisión, actualizada en medios y presupuestos, del episodio IV originario. JJ Abrahams, hizo salivar a los nostálgicos y, como muchos pensamos al salir del cine y se dijo luego en las redes, le dejó un inmenso marrón al encargado de la siguiente película. Rain Johnson, el director, creador de obras como Looper (una de las películas sobre viajes en el tiempo más interesantes que existen) debía decidir si seguir la estela de Abrahams y hacer una revisión del episodio V, el de mayor calidad de la saga, o escoger una vía propia y crear algo nuevo. La primera opción sería del agrado de los fieles y demostraría a todo el mundo que la franquicia está agotada en lo que hace a ideas y tramas. La segunda opción equivalía a meterse en un jardín peligroso, del que podría salir mal herido y con el desprecio de todo tipo de públicos. ¿Cuál ha sido el resultado final? Pues un poco de todo, una serie de guiños a los mitos y recuerdo de las películas clásicas junto a una visión innovadora de la saga y los personajes que hace que SW VIII sea la más extraña de todas las películas de la serie, y quizás por eso el debate en la red es intenso y crudo entre partidarios y detractores, que la alaban y critican con igual intensidad. Probablemente Johnson no ha tenido libertar total para crear y desarrollar una historia completamente ajena al pasado, pero lo ha intentado, y ha dado un aire nuevo a la historia y creado una serie de elementos que condicionan bastante lo que podemos pensar de los personajes, sus acciones y motivaciones. En una época como la nuestra donde destripar un argumento es visto como causa de pena capital, pueden estar tranquilos porque no voy a caer en ese gravísimo delito (qué pueriles nos hemos vuelto todos) pero creo que cuando vean la película, y les recomiendo que lo hagan, van a tener la sensación de que algo no les cuadra, de que les han contado algo que no es lo que esperaban, y eso en sí ya es algo interesante, que vuelve a hacer de SW una fuente no sólo de aventuras, sino de historias. Creo que no se puede entender este episodio sin “Rogue One” película del verano pasado que contaba una historia sita entre el episodio III y justo como preámbulo del IV. Ese trabajo, que fue visto como un sacacuartos para reventar la taquilla veraniega, cosa que logró, escondía muchas claves sobre cómo son los personajes actuales de la saga, y el complejo mundo en el que se mueven, en el que la bondad y la maldad están, por así, decirlo, difuminadas por todas partes. La parte militar de la historia era determinante en Rogue One, y empieza a serlo en el universo SW, porque es una de las fuentes del poder que se mantiene inalterable en una galaxia caótica en la que todo el mundo puede disparar, haga o no uso de la fuerza. En resumen, SW VIII arriesga, quizás no todo lo que el director quería, y sale ganadora, a mi entender, del enorme reto al que se enfrentaba. No es una película perfecta, desde luego, pero brilla y, sobre todo, algo innova.


Un punto que no quiero dejar de mencionar es que, en general, SW no se ha caracterizado por tener grandes interpretaciones de actores, dado que el peso de sus personajes en ocasiones los aplastaba. No es este el caso. Daisy Ridley crea una Rey con convicción y una personalidad mucho más ambigua de lo esperado, lo que entra en su haber. Pero creo que los dos grandes actores de esta función son Mark Hammill y Adan Driver, que componen a un Luke y Kylo que se comen las escenas en las que aparecen. Driver es un inmenso actor que fue muy atacado en SW VII por su aspecto de niño malcriado. Ahora se destapa como un inmenso malcriado que asusta y domina con su mirada. Y crea un villano de película. Si quieren pasar un largo rato entretenidos, dos horas y media, vayan a verla.

lunes, julio 03, 2017

Madrid y el éxito del Orgullo gay

No he pasado por los conciertos y actos celebrados a lo largo de estos días en Madrid con motivo del día del orgullo gay, festividad este año que contaba con el añadido de ser el evento mundial, que cada dos años recala en una ciudad distinta. De hecho, dada la aglomeración de gente prevista, eran días ideales para no pasar mucho por el centro. Las previsiones eran de cerca de dos millones de visitas a lo largo de estos días y de concentraciones que rebasasen el millón, como probablemente sucedió en el desfile concierto del sábado, la cita más importante de todo el calendario festivo, que llenó y colapsó todo el centro urbano, con presencia de políticos de todo signo y una multitud inabarcable.

Es difícil hacer un balance de un evento de este tipo, porque las cifras siempre son difusas, pero lo más importante es que la gran beneficiada de todo ello ha sido la propia ciudad de Madrid. Visitantes de todo el mundo han llegado hasta aquí, en una semana en la que las temperaturas han sido engañosamente bajas para las fechas, y han disfrutado de la fiesta en un ambiente cordial y, muy importante, seguro. Había mucho miedo a que las concentraciones de personas fueran aprovechadas por terroristas y radicales de todo tipo para montar jaleo o planificar atentados que, contando con la ventaja de la marabunta, pudieran ser de gravedad. Finalmente no ha sucedido nada de nada, cosa de la que debemos alegrarnos todos, y en no poco habrá contribuido el trabajo de los miles de agentes de seguridad de todo tipo de cuerpos que se han desplegado por la ciudad, tomando incluso algunas zonas, pero dando en todo momento imagen de control. La suerte influye, sí, pero que la tengas y te pille trabajando. Salvo algunos incidentes aislados, típicos en las reuniones nocturnas en las que abunda el cachondeo, el alcohol y otras sustancias, el parte de sucesos de estos días es, comparativamente, menor al de una Nochevieja, por poner una fiesta masiva que nos pueda sonar. El impacto económico del evento es otro de los aspectos reseñables, y también ahí las cifras bailan. He oído estimaciones que van desde los 150 a los 300 millones de euros de beneficio para la ciudad, por lo que no se qué decirles, pero sí que ha sido rentable y beneficiosa, convirtiendo durante unos días a Madrid en el centro del turismo global, en el inicio de la temporada de verano que, hasta hace no muchos años, suponía el inicio del desalojo de la ciudad, que no era el punto fuerte de la oferta turística nacional. Esto está cambiando desde hace unos años, y Madrid se consolida como destino de ocio y turismo, pese a que carece de playa, el atractivo que hasta ahora se consideraba obligatorio para reclamar visitas foráneas. Hemos pasado de unos veranos capitalinos de desierto y locales cerrados a unos agostos en los que el centro luce lleno de terrazas y es imposible encontrar un sitio libre, imagen que resulta chocante para los locales tras décadas de remanso veraniego. La fiebre del turismo, con sus ventajas e inconvenientes, ha llegado a Madrid, y parece que lo ha hecho para quedarse un tiempo. Eventos como el del orgullo gay global recién celebrado consolidan a la ciudad como destino de ocio y disfrute, y le permiten sacar la cabeza en un mercado global en el que muchas ciudades del mundo ya poseen una imagen consolidada y Madrid, la verdad, aún carece de ella, o por lo menos no resulta tan definida. Lograr que durante unos días se hable de una ciudad en todo el mundo por un acontecimiento que se celebra en ella es el objetivo último de eventos como las Olimpiadas, campeonatos de fútbol y otros similares. La labor de promoción que ofrecen espectáculos de ese tipo para la ciudad que los alberga no tiene precio.


Por eso, lo sucedido estos días en Madrid se puede calificar de éxito sin paliativos. Más allá de los mensajes y las reivindicaciones sociales, el orgullo se ha convertido en una fiesta social de primera magnitud, cosa que no gusta mucho a alguno de sus promotores al perder precisamente parte de su carácter reivindicativo. Y en ese marco festivo Madrid ha ofrecido una imagen integradora, libre, de ciudad abierta y cosmopolita, que te acoge seas de donde seas, que te deja ser lo que quieras y que te permite expresarte, a ti y a tus amigos. Y ese carácter abierto de Madrid, que conocemos los que la habitamos, es lo que ha podido descubrir parte del mundo. No me digan que no es un éxito para la ciudad.

miércoles, febrero 22, 2017

¿Me cobra, por favor?

La técnica, que ya es omnipresente en nuestras vidas, contribuye a ofrecernos muchísimas posibilidades y, también, complica algunos aspectos del día a día que son bastante sencillos, produciéndose de vez en cuando situaciones absurdas. Ayer, en compañía de unos amigos y compañeros de trabajo, acudí a una función de teatro, una especie de monólogo extralargo sobre las relaciones de pareja contado por una mujer que había sufrido de todo, siempre con el humor presente. La sesión fue divertida, no se si aprendí algo pero me lo pasé bien, y los que allí estábamos nos reímos y estuvimos divirtiéndonos un buen rato, que no es poco.

Antes de la función, tomamos algo en una cervecería anexa al teatro. A la hora de pagar la consumición cada uno pusimos lo nuestro, sobrante arriba o abajo, y fuimos a la caja que estaba en el centro del amplio local, para abonar el importe. Uno de nosotros no tenía cambio y puso un billete y, junto con las monedas de todos los demás, le acompañé a efectuar el pago, mientras el resto de compañeros abandonaba el local y, entradas en mano, se ponía a la cola para acceder al espectáculo. La barra era una de esas que, girada sobre si misma, se situaba en medio del espacio del bar, por lo que desde cualquier punto se veía a los camareros que te daban la espalda cómo trabajaban en sus pantallas de cobro o poniendo las consumiciones. Ya fue algo sospechoso que, para el mero hecho de pagar, tardaran tanto en hacernos caso como lo hicieron, pero al final uno de nos camareros se fijó en nosotros, no tanto en nuestras pintas sospechosas como en nuestros gestos que denotaban interés, y vino y nos atendió. Tardo otro poco en sacar el ticket en el que venían impresas, correctamente, nuestras consumiciones, y le dimos el billete para que, vía cambios, mi acompañante quedara saldado. El camarero fue con el dinero y recibo a una de las pantallas táctiles que servía como TPV, y empezó a teclear en ella un montón de códigos de acceso y, tras desbloquearla, cifras y datos en abundancia. Preguntó varias veces a algunos compañeros el número concreto de la mesa en la que estábamos, y haciendo otras cosas a la vez, seguía pulsando botones en su pantalla y rellenado lo que parecía un formulario del IRPF. En un momento dado el proceso se detuvo, el camarero se quedó impaciente ante el terminal y, sin que pudiera ver qué es lo que había pasado, la siguiente vez que lo vi se encontraba nuevamente ante la pantalla de desbloqueo inicial. Volvió a teclear abundantes caracteres y, con el programa abierto, empezó lo que parecía una nueva cuenta, síntoma de que, por algo, la anterior había fallado. Mi acompañante y yo veíamos que el tiempo pasaba y el acto de pagar se empezaba a dilatar más de la cuenta. En el nuevo proceso de carga de datos del camarero, que empezaba a tener aspecto de analista financiero, algo debió salir mal otra vez, pero esta vez el fallo implicó el bloqueo de la pantalla. Acudió a pedir ayuda a un compañero y, entre ambos, lograron inicialmente cerrar el programa de facturación y volver al escritorio de lo que, por aspecto, parecía un Windows XP. Desde ese punto hicieron algunas intentonas para lanzar el software de cobro, pero parecían no tener éxito. Finalmente, optaron por la solución clásica, que es reiniciar el equipo, cosa que llevó un pequeño tiempo, pero que supuso toda la cascada de pantallas negras y de color clásicas asociadas al arranque. Pasados unos minutos, el camarero volvía a estar ante la críptica pantalla de identificación del programa de cobro, y tras introducir su código secreto, reinició el proceso de generación de la factura. Esta vez hubo éxito y, como por arte de magia, se abrió el cajón del dinero sito en la parte inferior del TPV y pudo proceder al cobro y traernos las vueltas.


Escenas de este tipo son cada vez más similares, una vez que los puntos de venta se han convertido en puertas de acceso a las bases de datos de los negocios y recopiladores de “data” a veces “big” otras no tanto. En muchas ocasiones las etiquetas de los productos salvan a los dependientes en el siempre complejo proceso de cobro, piense usted en la cola del supermercado y el lector de códigos de barra, pero la hostelería, entre otros negocios, carece de identificadores de este tipo y el proceso de carga de la información requiere un trabajo del empleado que, muchas veces, debe atender a todo lo demás mientras rellena el albarán correspondiente. Ayer fueron varios minutos, no pocos, los que empleamos, mi amigo, el camarero y yo, en cumplimentar todo ese proceso.

viernes, octubre 23, 2015

The Martian, una magnífica película

Si se dan cuenta, esta semana ha estado muy marcada por el cine. El miércoles tuvimos la celebración de la llegada al futuro de Marty y Doc, y de ser cierta, una de las cosas que les hubieran asombrado es que en un par de meses se fuera a estrenar el episodio VII de la Guerra de las Galaxias, cuyo tráiler, absorbente y que no desvela casi nada de la trama, ha sido estrenado mundialmente esta misma semana. Y para redondear la jugada de las películas de ciencia ficción, tenemos el estreno de “el Marciano” que es como debiera haberse titulado en castellano la peli de Marte que el pasado viernes llegó a las carteleras, y que les recomiendo encarecidamente que vayan a verla.

La historia de la película tiene su aquel. Andy Weir, el autor de la novela, la escribió sin aspiración alguna. Mandándola por entregas vía correo electrónico a sus amigos, al acabó colgando en Amazon autoeditada a un precio ridículo, de 0,5 dólares o algo así. Quiso la casualidad que Ridley Scot la viera, leyera, y quedase asombrado ante el material que tenía delante, un guion en potencia. No tardó nada en comprar los derechos y en ponerse manos a la obra para rodar la película. Y se puede decir que, tras trastazos bastante considerables, que nos han decepcionado a casi todos, Scot ha fabricado una perfecta película de aventuras en la que la acción, la emoción, el humor y la aventura están presentes en todo momento. No es esta la película sobre trascendencia espacial que pudieran ustedes imaginar, estilo Interstellar, no, esto es una “peli” de aventuras para pasar algo más de dos horas de manera muy entretenida. El argumento es bastante sencillo. En un futuro cercano los humanos hemos logrado llegar a Marte y tenemos un pequeño habitáculo en la superficie que sirve de alojamiento a las misiones que realizan el viaje de ida y vuelta. Tras una tormenta de arena que se abate sobre la base marciana, la tripulación debe abandonar a toda prisa la misión y volver a la nave nodriza que orbita en torno al planeta rojo, cancelarlo todo y volver para casa. Sin embargo, uno de los astronautas resulta golpeado por objetos desplazados por la tormenta y no logra acceder al cohete salvador. La tripulación, ya a salvo, ve como uno de los suyos ha muerto y emprende un triste viaje de regreso. Sin embargo Mark Watney, que así se llama el astronauta perdido, no ha muerto. Tras la tormenta se encuentra inconsciente y, al despertar, logra volver a la base marciana. Y trata de sobrevivir y comunicarse con la tierra para hacerles saber que sigue vivo y que espera una misión de rescate. Y el resto de la película consiste en, por un lado, las peripecias de este “marciano” que, en plan nuevo Robinson, debe sobrevivir en el hostil ambiente del planeta, y los avatares de la tripulación y todo el personal de la NASA en la tierra para lograr mandar suministros o misiones que puedan llegar hasta Mark antes de que, de hambre o de cualquier cosa, fallezca. La acción va saltando continuamente del escenario planetario a lo que sucede en La Tierra y, si tienen vista la película de Apollo XIII, cosa que les recomiendo, en todo momento parece que nos encontramos en esa escena, que fue real, en la que los astronautas lunares tuvieron que ingeniárselas para convertir su módulo de mando en módulo de supervivencia, una vez abortado el alunizaje, y lo que a Houston y resto del mundo se les ocurrió para ayudarles. Imaginación, ingenio, ideas audaces, desesperadas, carambolas, accidentes, de todo un poco, con un grado de realismo muy logrado y, desde luego, con un sentido del ritmo y la emoción que logran que uno se lo pase en grande viendo la historia del náufrago Mark.

La producción no ha reparado en gastos, y se nota, y el plantel de actores se luce, con mención especial a un Matt Damon, que encarna al solitario Mark, que carga con gran parte del peso de la película, y que logra imprimir a su personaje mucha fuerza, estilo, humor y credibilidad. Su actuación es excelente, y le acompaña un reparto de secundarios, porque frente a él todos lo son, que bordan sus escenas. Con gran rigor científico respecto a lo que sería una misión a Marte y las condiciones de vida en aquel planeta (quizás la tormenta, demasiado virulenta para la bajísima presión marciana sea la mayor “fantasmada” de todas) El marciano ofrece más de dos horas de entretenimiento de calidad, ocio del bueno, risas y ratos muy agradables. ¿Qué más se puede pedir?

lunes, julio 20, 2015

Del Reves, de Pixar. Una maravilla

¿Qué somos? Poseemos conciencia, sí, ¿pero qué es eso? ¿Tenemos libertad o alguien nos rige en nuestro interior? ¿en qué punto la complejidad biológica es lo suficientemente intensa como para generar pensamiento abstracto? Estas inmensas preguntas que nos las hacemos a nosotros mismos, y cuyas respuestas no somos capaces de atisbar, están en el fondo de la última película de Pixar, titulada “Del revés” en donde la mayor parte de la acción sucede en el interior de la mente de una niña de 11 años, y donde no se busca responder a esas preguntas, sino simplemente, nada más que eso, enfrentarnos a ellas para ver hasta qué punto somos complejos y diferentes.

Pixar es, probablemente, es estudio de cine que ha creado las mejores películas de los últimos tiempos, basadas además en ideas originales. Sólo han hecho secuelas de sus propios grandes éxitos. El que sean películas de animación no quiere decir nada, porque a mi modo de ver lo importante es que cuenten una historia bien contada, pero sí debiera ser un toque de atención para muchos actores acartonados, que no transmiten ni la milésima parte de la emoción de que son capaces los dibujos de la empresa del flexo. Wall-E y Up marcaron una cota que parecía imposible de alcanzar Perfectas, emotivas, técnicamente perfectas, con uno diálogos grandiosos, y una soberbia ausencia de los mismos en dos inicios que son imposibles de olvidar, no dejaron indiferentes a nadie. Muchos lloraron, lloramos, al verlas, las varias veces que las hemos visto. Ahora, tras unos años de películas “normales” Pixar vuelve a deslumbrar con otra propuesta arriesgada, en la que los protagonistas no son los personajes que pudiéramos pensar en un principio, la niña citada, sus padres y el resto de humanos que deambulan por el mundo, sino las emociones que rigen a los personajes. Cinco de ellas (alegría, tristeza, miedo, ira y asco) rigen la mente de cada persona desde el puesto de mando del cerebro, que tiene conexión con la memoria, el almacenamiento de recuerdos, el subconsciente, y todas las áreas imaginables de la mente humana. Las distintas emociones luchan a veces, cooperan en otras, para hacerse con el control del panel de mandos que rige la personalidad de la protagonista, que responde como una autómata ante las acciones de esos sentimientos, y las palancas y botones que manipulan. Tras una mudanza no deseada que rompe la tranquilidad de los protagonistas “humanos”, las peripecias y aventuras que sufren dos de esos sentimientos, alegría y tristeza, cuando por un accidente son expulsados del centro de mando y caen una región perdida del cerebro, sirven para explicarnos cómo funcionan nuestras mentes desde un punto de vista subjetivo, con un despliegue visual apabullante y un nivel de imaginación portentoso. La sola idea de hacer que los recuerdos sean bolitas de colores, cada uno de ellos propio de la emoción que se asocia, y eso genere un mundo en el que las bolas se encuentren por todas partes es realmente perfecta. A medida que avanza la acción, y con asco, ira y miedo al frente de la mente de la humana, esta se irá volviendo cada vez más recelosa y emprenderá una huida de casa de sus padres, que la lleva hasta el borde del precipicio, mientras que tristeza y alegría intentan de todas las maneras posibles volver al puesto de mando para arreglar los, cada vez más graves, destrozos que no dejan de crecer en la mente de una niña confusa, donde ya nada será igual a como lo recordaba. La acción y, sobre todo, la emoción, son permanentes a lo largo de todo el metraje.

Y un punto muy importante que quiero destacar. En esta película, que sólo los adultos comprenderán del todo, no hay malos. No hay un personaje destructivo que hace faenas o causa problemas, no. Lo bueno y malo, todo, sucede en el interior de nosotros mismos, fruto de nuestra propia complejidad. Hasta ese punto es honesta la película, porque muestra que las decisiones que tomamos nosotros y los que nos rodean son la fuente de nuestra felicidad y las raíces que determinan la personalidad de cada uno. No es necesario ni un héroe ni un villano. Todos somos ambos a la vez, y es responsabilidad nuestra, y de quienes nos acompañan, que uno venza al otro. Vayan al cine, diviértanse y, sobre todo, asómbrense de un derroche de inteligencia y emoción como pocas veces habrán visto.

lunes, marzo 30, 2015

Tocando el cielo con Bach y Herreweghe

La música de Bach es infinita. Incluso muchos a los que no les gusta la música clásica conocen piezas suyas e, inconscientemente, las han tarareado alguna vez. Su producción es inmensa y abarca todo lo imaginable en su época, y puede programarse en cualquier momento, pero es obvio que muchas de sus piezas religiosas se colocan en estos tiempos de Semana Santa, en especial oratorios, cantatas y pasiones. Dos son las pasiones suyas que nos han llegado completas, la de San Mateo y la de San Juan. Esta última fue ayer interpretada en el Auditorio Nacional.

La ocasión era muy especial, no solo por la obra, un conjunto de corales, arias y recitativos inmensos, de cerca de dos horas de puro sonido, sino por el intérprete, el conjunto belga Collegium vocale de Gante, con su orquesta, y todos dirigidos por Phillipe Herreweghe, un mito en lo que hace a la dirección musical, especialmente antigua, pero no solo. Con un trabajo incansable a lo largo de décadas, en las que ha tocado todos los registros posible,s y ha salido del mundo de la antigua para interpretar a compositores más modernos, Herreweghe ha logrado erigirse como una figura mítica. No hay melómano que no tenga un disco suyo en casa, y estando como está, ya mayor, las oportunidades para verlo empiezan a escasear. En mi caso ayer fue la primera vez en mi vida que pude verle, al mando de su conjunto, una pequeña orquesta y modesto coro, de entorno a las veinte personas, pero que sonaban con una fuerza y precisión arrolladoras. Inicios, finales, silencios, clavados completamente sin un atisbo de duda, matización o riesgo. Arias en las que, bien el tenor, soprano o bajo, el que toque, lidia con una subsección de la orquesta, en ocasiones apenas un chelo, violín y el órgano positivo, de tal manera que, además de la obligada coordinación que requiere toda orquesta, la virtuosidad de cada músico debe manifestarse en todo su esplendor, y consiguiente riesgo. Es en esos momentos delicados donde más se está cerca del peligro, donde un ligerísimo error, el más mínimo, puede darlo todo al traste, y donde yo me suelo poner muy nervioso al ver cómo se la juegan, y sufren, los intérpretes. Pero ayer no había sensación de nervio alguno, y si de total maestría. A medida que la obra avanzaba, y con ella su intensidad, camino al clímax de la crucifixión (en estas obras se teatralizaba algo en su tiempo y la música expresa muy bien algunas de las escenas bíblicas) el público presente en la sala iba, íbamos, cayendo en el silencio total. Ni toses ni carraspeos, sólo un silencio en el que una música poderosa, de belleza absoluta, nos envolvía con cuidado, como lo hace una madre a su bebe cuando lo arrulla, y como ese niño que se siente seguro, la felicidad se extendía por doquier. Fragmentos corales y recitativos, con poca presencia de solos en el conjunto de la obra, caminaban con una determinación absoluta hacia su destino, y desde su puesto central, sin atril ni batuta, con movimientos pequeños y tratando de no esforzarse, Herreweghe comandaba todo con precisión. Cuando llegó el coro del “Ruht Wohl” el descanse en paz, penúltima de las piezas, de una intensidad sobrecogedora, no pude evitar ponerme a llorar, y no fui el único, ni mucho menos. En mi entorno personas de edad diversa, y de historias distintas, derramábamos lágrimas de emoción ante la misma música, la misma belleza, el mismo sentimiento.

Al acabar la pieza la ovación fue absoluta, por parte de un Auditorio repleto y entregado, que había estado recogido como si de una sola persona se tratase. Muchos minutos de aplausos enfervorizados se dedicaron tanto al director como a los instrumentistas, solistas y coro, que realizaron una labor espléndida. En medio del estruendo las voces que oía a mi alrededor eran unánimes, y “maravilla” era la palabra que más se repetía en todo momento. Un momento de éxtasis y alegría colectiva, y todo ello gracias a Bach y a unos de sus más insignes intérpretes.

miércoles, junio 25, 2014

Música para todos los gustos


Ayer tuve la oportunidad de darme otra velada musical de esas que merecen ser recordadas. Acudí al Auditorio Nacional al concierto extraordinario de Ibermúsica, en el que jóvenes intérpretes ya consagrados mostraban su talento, casi carente de límites. Andrés Salado al frente de la orquesta Opus23 interpretó obras de Ginastera y Gershwin en la segunda parte, mientras que en la primera, para el lucimiento de los solistas, se acompañaba de Manuel Blanco a la trompeta en una pieza de Haydn, Judith Jaúregui al pino con Chopin y Leticia Moreno al violín interpretando a Ravel. Un programa de lo más variado y atractivo.

No me gusta hacer apuestas porque casi siempre pierdo, pero estaría casi seguro que a ninguno de los que lean hoy mi blog (gracias, siempre gracias por hacerlo) les sonará ninguno de los intérpretes que he mencionado anteriormente. Una pena. La música clásica sigue existiendo en nuestros días con un montón de prejuicios adosados a su espalda que impiden que el gran público le preste atención. Aburrida, sosa, cosa de mayores y carcas, soporífera… la clásica se ve por muchos como ese aburrido desván lleno de polvo en el que habitan señores mayores con pelucas y que tocan notas lentas, sosas y carentes de emoción. Nada más lejos de la realidad. La música clásica es, sobre todo, y ante todo, música, en mi opinión la mejor jamás compuesta, pero es un mundo sonoro inmenso en el que hay piezas maravillosas, obras desconocidas, trabajos rutinarios y composiciones del montón, como en todas las ramas. Es curioso ver que en un mundo como el actual, en el que la tecnología ha matado al soporte físico de la música, en el que miles y miles de horas de composición se acumulan en dispositivos cada vez más pequeños, y en el que el poder de los medios de comunicación para crear estrellas se ha visto muy reducido, con la clara agonía del imperio de “los cuarenta” y la radiofórmula, sólo a la música clásica se le trata con mirada despectiva. Los géneros musicales modernos se han diversificado de una manera extraordinaria, los rockeros empiezan a ocupar más páginas en los libros de historia que en los folletos de los conciertos, y el nombre de las distintas tendencias de rock, rythm & blues, soul, funky, tecno, indie, latino, etc, se disgregan en infinitas familias cada vez más especializadas y escuchadas por un público menor. Nunca se ha escuchado más música que ahora, con estilos tan diversos y, probablemente, de calidad tan discutible. Pero eso es lo de menos. Lo importante es que cuando uno escucha un tema que le gusta se lo pasa bien, le emociona, le transmite, como ustedes quieran decirlo. La música, que es el más abstracto de los artes, logra que el oyente alcance un nivel de sensaciones como ninguna otra forma de expresión consigue, sin que se sepa muy bien cómo se produce ese milagro. Una congregación de apasionados de flamenco delante de un cantaor, o un grupo de heavies enfervorizados con las melenas al viento frente a su banda favorita no se distinguen demasiado de los incondicionales que ayer llenábamos el auditorio, porque ambos estábamos haciendo lo mismo: disfrutar de la música que nos gusta y viendo interpretar a quienes consideramos que son maestros en lo suyo. Ambos disfrutamos, nos lo pasamos en grande y vivimos la experiencia del concierto como algo único y especial. La principal diferencia viene al día siguiente, cuando en la oficina o en cualquier otro entorno cuentas que has ido a tal o cual concierto. Las caras de los que te rodean, normalmente, suelen divergir bastante entre un caso y otro, y casi seguro que la mayoría se decantaría por una sonrisa cómplice en caso de oír tus experiencias heavies (muchos pensarán en las chicas del concierto, pero no es este el caso que nos ocupa) y cuando empieces a hablar de música clásica no pasarán muchos segundos hasta que alguien ponga cara de aburrimiento… ¿Por qué?

Dentro de unas horas, a tres manzanas de donde les escribo estas líneas, estarán en concierto los Rolling Stones, un grupo de setentaañeros que siguen rodando por ahí, quizás para poder pagarse sus caros vicios, pero que tienen un montón de grandes canciones y miles de seguidores en todo el mundo. Los críos de hoy en día empiezan a no saber quiénes son los Rolling, o los Beatles, y casi seguro que dentro de un par de centurias esos grupos sean parte de lo que entonces se denomine la “música clásica del siglo XX”. El concierto de hoy será un presumible éxito, con todo vendido desde hace muchísimo tiempo y la garantía de un público enfervorizado que acude a ver a sus ídolos ya  disfrutar de….. la música.

lunes, mayo 12, 2014

Lo Hipster triunfa en Eurovisión


Le pasa a Eurovisión lo mismo que a muchos programas de telebasura, que todo el mundo niega verlos y despotrica contra ellos pero, cuando se emiten, alcanzan cotas de audiencia enormes, que los hacen rentables y eternos. Pregunte en su entorno la opinión que les produce a sus conocidos el festival de la canción (casposo será de lo más suave que vayan a oír) y, sin embargo, todos sabrán quién ha ganado, el puesto en el que hemos quedado (nunca los ganadores) y cuáles han sido, entre todas, las actuaciones más horteras, espectaculares o, simplemente, frikys. Y muchos le contestarán con un “twelve points” dicho en inglés macarrónico con pose de presentadora.

Yo no soy fan de Eurovisión, ni del concurso en sí mismo ni de los estilos musicales que por él desfilan, pero no tengo nada en contra del festival y, lo confieso, me divierte ver algunas de las canciones, comentar lo que me parecen y, sobre todo, asistir al complejo y surrealista proceso de votación, en el que casi siempre la geopolítica, la vecindad y los afectos locales entre naciones son los que determinan a quienes se votan. Este año la edición se celebró en Copenhague, en un recinto gigantesco, sito en un antiguo muelle, en un escenario en el que la luz y los efectos especiales se salían y con un despliegue de medios apabullante en todos los sentidos. Vi en directo hasta Alemania, más o menos un tercio de los concursantes, y me reafirmo en que no es mi estilo musical lo que allí se expone. Como no vi actuar a la cantante española no puedo juzgar si lo hizo bien o no, pero esta vez hemos quedado en un honroso puesto 10, cima a la que no llegábamos desde hace mucho tiempo, por lo que se puede considerar un éxito. Dirán algunos que vaya bodrio, dado que España es uno de los países que paga el festival (y por eso no bajamos nunca) no somos capaces de ganarlo ni soltando pasta. Sí vi las dos actuaciones más impactantes, por diversas cuestiones, de las que desfilaron por el escenario. Una fue la austriaca, la ganadora de la edición, en la que un cantante convertido en musa hipster, tribu urbana de moda en este momento, con sus melenas sueltas, barba y figura escultural, cantó una balada simple, efectiva, de manera estática en el escenario, sin acompañamiento, y con el morbo de ver como la cámara le enfocaba mientras medio continente se preguntaba quién era realmente Conchita, nombre artístico del intérprete. La canción, a mi entender, es correcta pero no vale mucho, y no es lo que se dice “festivalera” pero el marketing y la interpretación fueron suficientes para coronar a Austria a la cabeza de la clasificación. La otra actuación de impacto, que lo buscaba, fue la de Polonia, país católico y recatado donde los haya que, como la España de los setenta, quizás dio por inaugurada el sábado su época del destape de manera muy europea. En el escenario un trío de rubias polacas cantaban, es un decir, una canción mala de solemnidad que hablaba de la belleza de las mujeres eslavas, algo indudable, de mientras que el papel de los coros lo ejercía una rubia que hacía como que lavaba unas prensas sobre la orilla de un río, insinuando que el detergente y el suavizante salían de sus pechos, y en el otro extremo otra polaca completamente hormonada y con un sujetador a prueba de bombas desarrollaba una escena propia de una peli porno en la que imitaba, con un grueso palo entre sus manos, el movimiento de la mezcla que se realiza en un cuenco para elaborar mantequilla, o algo similar, mostrando unos pechos aún más ceñidos y voluptuosos que la anterior. La escena caminaba entre el surrealismo y el patetismo, causando asombro, risa y pena a partes iguales. Por no mucho la canción española fue más votada que la polaca, pero varios países le dieron puntos. Entre ellos, oh sorpresa, Italia, seguramente todos ellos votados por un Berlusconi a quien le gustó más la interpretación que la melodía.

A medida que las votaciones avanzaban y Austria se encaramaba a lo alto del pódium el cachondeo en internet iba a más. Destaco dos ideas. Una es que el ogro homófobo de Putin ha tenido su merecido, al ver como Europa corona en su festival a un transexual barbudo, tras lo cual es probable que Rusia, directamente, bombardee Viena para evitar un nuevo episodio por el estilo. El otro, muy agudo, fue el “mensaje de twitter  que Wilkinsom, la marca de cuchillas de afeitar, envió para felicitar a Conchita por su victoria, recordándole que de usarlas también habría ganado dada su buena voz e interpretación, en lo que me parece un uso magnífico, veloz y con mucha guasa, del poder de las redes sociales por parte de una marca.

lunes, mayo 05, 2014

Teatro, lo tuyo es puro teatro (para IGU)


Este fin de semana he tenido despedida de soltero, mixta y tranquila, y no la mía, antes de que empiecen a preguntarse cosas, sino la de un buen amigo de Elorrio, IGU, todo, corazón, que tanto se merece, y al que hemos agasajado durante estos días con motivo de su boda, que tendrá lugar a mediados de Junio. Alquilamos una casa rural en un pequeño pueblo de la provincia de Zaragoza y como actividad, dado que no había consenso a la hora de realizar pruebas deportivas o con un cierto riesgo físico, optamos por representar un “cluedo en vivo” un teatro en el que se simula el asesinato de uno de los invitados a una fiesta y el novio, entre otras cosas, debe investigar quién ha sido el culpable.

¿Ha hecho usted teatro alguna vez? No, no me refiero al que interpretamos en la vida diaria, llena de falsos cumplidos, besos vacíos y carantoñas engañosas, que ojalá no sea así, pero que todos sabemos que existen y realizamos con mayor frecuencia de la debida. Me refiero a teatro de verdad, de subirse o no a un escenario, pero sí de representar un papel ante un público, de recitar unas líneas ensayadas e interactuar con otros personajes ante la atenta mirada de unos ojos que los ven y tratan de involucrarse en la escena que se desarrolla ante ellos. No estoy seguro, pero creo que la experiencia del sábado, siendo como fue algo de juguete y sin otro público más allá de mis amigos y los que organizaban el juego, ha sido mi primera experiencia de este tipo. Y me lo pasé bien, entre otras cosas porque nos conocíamos todos y la presión era muy pequeña, el objetivo final era divertirse y poco más. Pero subirse de verdad a unas tablas, encarnar un papel y soportar la presión del público, sean pocos o muchos, debe ser una experiencia dura, compleja y de alta tensión. Más allá de que uno pueda cometer errores con el guion que ha tenido que memorizar (y yo no tengo memoria, qué desastre sería!!) lo más difícil es eso que se dice de meterse en la piel del personaje, hacerlo tuyo, o mejor, que él sea tú. Se puede uno poner pelucas, disfraces, caracterizaciones varias, atrezo más o menos elaborado, pero lo más importante es ser creíble, es lograr que la persona que te ve no te vea a ti, sino a quien representas. Que la figura, la persona, el rostro de quien actúa desaparezca, se vuelva transparente, y que sobre la escena emerja un rufián, un asesino, un policía, una huérfana, un borrachuzo, un cura, un rey de Dinamarca… lo que sea. Los buenos actores son los que logran ese milagro de la transparencia, y se convierten en vasijas que, al contrario que las originales, que obligan al líquido a adaptarse a su forma, se contorsionan y moldean para que sean ellas las que, al recibir el líquido, se transformen en lo que el líquido les impone. Cuando una interpretación nos emociona es porque ha logrado ese punto en el que, como espectadores, el personaje nos llega, no el actor, sino el personaje. En ese momento de emoción nos da igual si el que está representando la figura es alguien famoso o conocido, es un rostro popular o se nos antoja completamente ajeno. Es indiferente. Porque para nosotros él ya no es “él” sino el personaje que representa. Y pese a que no soy un experto en la materia, y como sucede en los conciertos, a veces uno logra notar que esa comunión que existe entre el público y el personaje se logra, y se convierte en algo colectivo, en una emoción compartida por un público que se asombra, divierte, ríe, emociona, sufre o malvive la experiencia de un personaje que, ante ellos, se desnuda por completo para mostrarse tal y como el guionista, el autor, lo ha diseñado. Esa es la magia eterna del teatro.

Evidentemente la experiencia del sábado, como juego que fue, tuvo bastante más de divertimento entretenido que de interpretación, por lo que no surgió nada de todo lo anterior, ni era mucho menos el objeto buscado, pero si hubo momentos en los que todos los que allí estábamos nos encontrábamos muy metidos en nuestros personajes, y que la escena, vista desde fuera, sería tan surrealista como divertida, lo cual sería muestra de que mal no lo estaríamos haciendo. En fin, que me da la sensación de que, no sólo por la actuación, IGU se lo ha pasado muy bien, y que el veneno del teatro, que en tantos anida, debe ser conjurado viéndolo, asistiendo a representaciones, apoyando a las compañías y, si alguno se anima a dar el paso, subirse a un escenario, y empezar a recibir el líquido que nos moldeará a su antojo.

jueves, abril 10, 2014

Los Lannister vuelven para cobrarse sus deudas


Pudiera pensarse que el tema que ha suscitado la atención global es el debate sobre la consulta soberanistas de Cataluña, o el avance del Ébola en Centroáfrica, o el atentado que ayer mató a más de veinte personas en un mercado en Pakistán, o los graves disturbios de las facciones prorusas que tratan de hacerse con el poder en el este de Ucrania, o incluso, para algunos pocos, los éxitos o fracasos de sus equipos deportivos en esas competiciones de guasa en las que se juegan el todo por el todo. Sí, hay muchos acontecimientos en la actualidad que pudieran ser el centro de la atención de todo el mundo.

Pero no ha sido ninguno de todos ellos, no. Lo que ha revolucionado a todo el mundo ha sido el estreno de la cuarta temporada de Juego de Tronos, la serie televisiva basada en los libros de George R.R. Martin. El Lunes por la noche en horario de la costa Este de EEUU, la HBO, esa cadena que se ha hecho universalmente conocida por la calidad de las series que financia y emite, dio a conocer el primer capítulo de los diez que van a componer esta nueva temporada, en la que se va a seguir el argumento que se expone más o menos, en la segunda parte del tercero de los libros de la saga, titulado “Tormenta de Espadas”. Millones de fieles seguidores, casi fanáticos de la saga, esperaron expectantes ante el televisor, tablet, o cualquier otro dispositivo dotado de pantalla, para ver como los Stark, Lannister, Tyrrelj, Targayren y demás apellidos que determinan las casas protagonistas siguen su encarnizada lucha por el poder de Poniente, y ya de paso de las ciudades libres de Oriente. A la vez, millones de internautas empezaron a grabar y almacenar el episodio para compartirlo, y en apenas un par de días más de un millón de descargas ilegales se han realizado de dicho capítulo, por lo que se ha batido el record de ser el episodio televisivo más pirateado de la historia. En su emisión norteamericana la audiencia fue magnífica, igualando prácticamente la que alcanzó el último capítulo de Los Soprano, la serie que elevó la HBO al pedestal de los consagrados y la que, a lo largo de sus temporadas, supuso el estandarte de la renovación televisiva, que ha convertido a la serie en un producto de culto y calidad que, en muchas ocasiones, supera con creces al cine. Seguro que ustedes conocen a algún fanático de Juego de Tronos, alguien que se ha devorado los libros, que se ve los capítulos nada más ser estrenados, que no puede aguantar la espera y que, sabiendo o no lo que pasa en las tramas, mataría con la ira propia de un dragón a todo aquel que le reventase algún detalle o le contara algo en particular que en la versión televisiva sea novedosa o diferente respecto a los libros. En este sentido Juego de Tronos es una serie muy peligrosa, dada la elevada mortalidad que aflige a los personajes, ay sean principales o secundarios. Resulta complicado cogerle cariño a alguno de ellos, sabiendo el gusto retorcido que tiene el autor por degollarlos, ensartarlos en una pica o, simplemente, destruirlos. Esa incertidumbre, que parece estar grabada a fuego en la mente de los personajes, hace que cada uno de ellos viva cada día de su vida como si fuera el último, con la mayor intensidad posible, jugándose el todo por el todo en cada momento, arriesgando mucho, cometiendo errores y dándolo todo por lograr al ansiado poder, para luego perderlos a veces tan deprisa como ha sido alcanzado. Quizás sea esa una de las causas que vuelven loca a la audiencia, la sinceridad de los personajes, su entrega total, y el aura de sacrificados que todos ellos pueden tener. Nadie es intocable en Poniente, todos pueden morir en cualquier momento.

En este sentido la serie, que tiene componentes fantásticos como los dragones, los caminantes blancos o la magia valyria, es muy realista. Representa la lucha que día a día vemos en nuestras vidas por el poder, el dinero, el sexo y la influencia, pero eso sí, sin cortapisas ni límites morales de ningún tipo. Suelo decir que en la trama hay personajes malvados y luego otros peores, pero que bueno bueno, lo que se dice bueno, no los hay. Algunos opinan que es una mezcla entre El Señor de los Anillos, Los Soprano y una peli porno, y algo hay de todo ello, pero es innegable la calidad de su producción, el inmenso trabajo que hacen los actores y que, como no, uno se lo pasa en grande leyendo los libros y viendo la serie. Y como la cosa va bien, seguirá al menos dos temporadas más. Disfrutémoslo.

miércoles, octubre 23, 2013

La fiesta del cine y la curva de Laffer


Como en los últimos años, se celebra en estos días la llamada fiesta del cine, unas jornadas en las que las entradas se rebajan de precio de manera muy notable, y que para disfrutar de semejante descuento basta con inscribirse en una página web creada al efecto. En años precedentes se ha comprobado que la idea fue exitosa, aumentando el público asistente a las salas de manera notable, pero el éxito que ha suscitado la convocatoria este año ha desbordado a organizadores, exhibicionistas y medios de comunicación. Colas inmensas abarrotan las calles y plazas frente a los cines, como no se veía desde hace muchos años.

El cine está en crisis, eso no es ninguna novedad, y en España, más. Su decadencia viene motivada por varios factores, pero los dos principales son la tecnología y el hundimiento de la renta de los consumidores. Por el lado de la técnica, muchas son las alternativas que han surgido, en la misma palma de la mano las más adictivas, para proporcionar el tiempo de ocio que antes generaba la pequeña pantalla, y las descargas ilegales de internet permiten consumir productos audiovisuales desde casa a un coste cero y en unas pantallas cada vez más perfectas. Por este lado, poco se puede hacer en un país concreto, porque quizás haya un público potencial del cine que se ha perdido para siempre y que, en todo caso, costará mucho que vuelva a sentirse atraído por la gran pantalla. El otro factor de crisis es el puramente económico. A unos precios muy elevados, completamente desorbitados, se le suma un IVA del 21% que los eleva a la estratosfera, y los hace prohibitivos para el bolsillo de una cada vez más deprimida clase media, que apenas llega a final de mes, y que empieza a ver el cine no como un producto de ocio sino de lujo. A falta de dinero, se recorta en lo prescindible (el desayuno no lo es y el cine sí) y habiendo alternativas de coste nulo las salas se vacían del público que sí desearía visitarlas y que no puede hacerlo. Consecuencia. Las salas cierran, las recaudaciones se hunden, la inversión en películas baja y parte del talento creativo se deriva hacia la televisión, lugar en el que actualmente se encuentran los mejores creadores, guionistas y actores. Las voces del cine claman en un desierto cada vez más ardiente y desolado, reclamando una bajada de impuestos que, visto lo visto, no se va a producir, y auguran la desaparición de un sector que ha visto como en un par de décadas se han cerrado decenas, cientos de salas, algunas de ellas convertidas en cutrosas tiendas de moda, otras aún menos afortunadas, abandonadas a su ruina. Y en medio de este complejo problema, llega la fiesta del cine, que logra que en Madrid la entrada baje desde los nueve euros que cuesta en un fin de semana normal a los 2,90, una rebaja del 66%, un tercio. Y las salas se llenan, quizás de muchas personas que han esperado a estos días para ir a ver las películas que estaban en cartel aprovechando el descuento, pero sin duda de muchos otros, consumidores habituales de cine, que ya no pueden ir, que quisieran pero no se lo pueden permitir, y que en estos tres días se están pegando un atracón para saciar su ansia de cine, y que tras el festín volverán al mundo de las sombras, a ver las carteleras desde la acera y a contemplar las puertas de las salas cerradas con la etiqueta de un precio tan alto que les impide acceder.

Moraleja de todo esto. Sencilla. Vivimos en un nuevo mundo tecnológico y en un país con una demanda deprimida que va a estarlo durante muchos años, y si se quieren vender productos, se deben bajar los precios. Así de sencillo. El cine que, por ejemplo, a partir de este fin de semana rebaje el precio de sus entradas a la mitad, de manera permanente, llenará sus salas, ingresará mucho más dinero y devengará al estado una recaudación por IVA mucho mayor. Estas colas del cine son una plasmación práctica, asombrosamente exacta, de la ley de la oferta y la demanda, y de la odiada por muchos, pero certera como pocas, curva de Laffer, que viene a decir que en ocasiones bajar los precios aumenta los ingresos, porque se vende mucho más. Será complicado salvar al cine, sí, pero al menos pongámosle un precio atractivo que no lo condene a la ruina.

miércoles, octubre 16, 2013

Gravity, o el vacío del espacio en el cine


Este pasado Domingo fui a ver Gravity, última película del director mejicano Alfonso Cuarón, que ya anteriormente dirigió la mejor de la serie de películas de Harry Potter, la tercera, “El prisionero de Azkabán”, y sobre todo realizó una maravilla de ciencia ficción titulada “Hijos de los hombres” que les recomiendo encarecidamente. Gravity viene precedida por una potente campaña de promoción y unas críticas muy buenas, tanto de la prensa especializada como del público que ya la había visto. Y les advierto que los elogios, en este caso, son merecidos.

Resumidamente, la película trata sobre un accidente en el espacio, a la altura de la órbita baja terrestre, y de los avatares que sufren los protagonistas tratando de salvarse, pero en el fondo el tema que se trata es la angustia que se vive en uno de los entornos más hostiles imaginables cuando la técnica, la única fuente de soporte vital que nos permite estar allí, falla. Es en este sentido una película angustiosa, con pocos protagonistas, en la práctica dos personas, y el espacio, el auténtico protagonista, retratado como lo que realmente es. Un lugar vasto, frío, oscuro y depravado en el que nada de lo que conocemos o hemos experimentado como especie a lo largo de toda nuestra existencia nos sirve para poder orientarnos en él. Al principio de la cinta se dice, correctamente, que en el espacio no hay aire, no hay sonido, las temperaturas son extremas y todo puede llegar a ser completamente oscuro. Es difícil, casi imposible, lograr que un espectador, que por motivos obvios jamás ha viajado allá arriba, pueda llegar a experimentar esas sensaciones extremas, que no tienen nada que ver con ninguna de las que podamos recordar o imaginar en el mundo real, en la Tierra, por muy fascinantes o extravagantes que nos parezcan. Y el hecho de que Gravity logre transmitir esas sensaciones es su mayor baza, su gran logro, el reto que logra superar, lo que unido a unas interpretaciones muy buenas por parte de la pareja protagonista ofrece como resultado una película de tensión y, hasta cierto punto, aventuras, que te deja enganchado a la butaca y te atrapa como hacía tiempo no sentía en una sala de cine. Por si esto no fuera suficiente, el uso del 3D resulta modélico, ideal para trasmitir esa sensación de ingravidez, de flotar en el aire que tan sugerente parece cuando se ve por primera vez, pero que puede ser insufrible cuando las cosas se ponen feas y pisar el suelo sería una garantía de seguridad y protección. No creo que sea necesario verla en ese formato, pero si lo tienen disponible, aprovéchenlo y, por una vez, huyendo de estafas que se venden como tridimensionales y que no son otra cosa más que simples sacacuartos de triste factura, ajústense las gafas para flotar sobre la Tierra. Y es que esa Tierra que se encuentra al fondo de muchas de las escenas es uno de los protagonistas invitados que más fascinan en todo el metraje. Mostrada en todo su esplendor, de día o de noche, con las luces de las ciudades, los verdes de los bosques y el inmenso mar, la Tierra se contempla desde los ojos de los astronautas, desde nuestros ojos, con una precisión y majestuosidad como en pocas ocasiones se ha visto en la gran pantalla. No es un mero decorado que sirve como fondo, no, sino el auténtico teatro sobre el que se representa la tragedia de los protagonistas, y que con su inmenso tamaño y presencia acrecienta aún más la sensación de nulidad, de insignificancia, que poseemos los humanos, tanto como individuos perdidos en el espacio como en nuestras vidas diarias, tensas, a veces muy desagradables, que se desarrollan sobre la fina y casi inexistente superficie de nuestro querido, y único, planeta.

Como casi siempre, aquí también hay fallos en lo que hace al comportamiento real de los astronautas en el espacio y a otros detalles de física que, en la práctica, no son como se describen en la pantalla (en este artículo el gran Daniel Marín lo explica todo perfectamente, OJO, con spoilers) pero eso no afecta para nada a la contemplación de la cinta, y a las emociones que surgen a medida que la trama avanza. En definitiva, un espectáculo de primera, una película de verdad y una fuente de sensaciones que no dejará indiferente a ningún espectador y que, de rebote, puede hacer que prensa en nuestros corazones, nuevamente, la llamada del espacio, la fascinación por subir allí arriba, por explorar y conocer ese vasto mundo que se extiende más allá de nuestras cabezas y que es lo más parecido que existe al concepto del infinito. Ojalá Gravity, además de entretener, logre el milagro de crear nuevos astronautas.

lunes, junio 03, 2013

Enfrentarse al auditorio y ganar


¿Se han enfrentado ustedes alguna vez a un auditorio? ¿Han salido a un escenario a hablar, exponer o disertar, por trabajo o por algo muy distinto¿ ¿Es esa situación una de sus pesadillas? o, por el contrario, ¿les entra un gusanillo en el cuerpo cuando ven a un conferenciante y desean estar en su lugar? Hablar en público, utilizar recursos expresivos y de dicción ante una audiencia es una de las materias que debieran ser obligatorias en la educación de todo joven y que poseen una utilidad inmensa, tanto en el ámbito laboral como fuera de él. En España seguimos sin darle la importancia debida, pero hoy voy a referirme a dos casos de éxito en este campo que he presenciado este fin de semana.

Justo al principio del tiempo de ocio, el viernes por la tarde, asistía a la conferencia inaugural de la feria del Libro de Madrid, que corrió a cargo de Javier Gomá, y que versaba sobre la vocación literaria, de cómo surge, en este caso particularmente en él, y qué implica. Ante un auditorio comedido en su tamaño y dispuesto a la escucha, Gomá desarrolló un discurso de media hora ameno, centrado y que, a pesar de que el tema no era sencillo, lograba que cualquiera de los presentes se introdujera en el mundo de la vocación y la filosofía con naturalidad. Tras esa primera intervención, se produjo un diálogo entre el filósofo y Manuel Borrás, editor de sus dos primeros ensayos que, mediante el recurso a la pregunta y la respuesta, mantuvo el interés de la audiencia sin abusar en ningún momento del monólogo y la perorata. Era un formato de comparecencia clásica, con los ponentes sentados en torno a una mesa y el auditorio de frente, igualmente sentado, en una relación tipo profesor alumnado pero desvestida del rigor y seriedad que acompaña en muchas ocasiones esa imagen docente. Ayer por la tarde, en otro contexto muy distinto, acudí a la puesta en escena de una nueva hornada de contacuentos, entre los que se encontraba uno de mis compañeros de trabajo. Presentados por su maestro a lo largo de los meses en los que se han ido formando, y en el acogedor y desenfadado marco de Libertad 8, cada uno de los cinco miembros de la promoción de cuentistas (y no me refiero a ejecutivos postgraduados de un máster bancario) subió al escenario y contó un cuento. Algunos de ellos fueron sentidos, otros divertidos, por momentos pura carcajada, pero hubo momentos también para la seriedad, el sentimiento y la ternura a flor de piel. Para varios de los que ayer se subieron al escenario era su primera vez, el primer momento en el que se enfrentaban a un auditorio expectante, igual de entregado que en el caso de la conferencia, pero igualmente exigente (había mucha familia por allí), que llevaba unas expectativas de casa, unas ganas de pasarlo bien, de aprender, de sentirse estimulado, y de responder ante lo que se le iba a mostrar. Y como sucedió en la conferencia del viernes, los cuentistas del domingo lograron su objetivo, y acabaron por llevarse al público de calle. En el marco de Libertad 8 el éxito del artista se manifiesta de una manera más ruidosa y expresiva que en el de una conferencia, con aplausos, risas y brindis de copas en los momentos de desenfado, pero tanto en el acto del viernes como en el del domingo se alcanzó ese punto necesario que debe existir en la relación público artista, que hace que se unan de una manera especial, en la que ambos se retroalimentan, se buscan y encuentran, y ese punto, que tanto busca el artista o ponente, muy difícil de alcanzar y aún más de sostener, es mágico en el momento que se logra, y así es percibido por todos los que se encuentran vinculados a él. Pese a ser novatos en la materia, mi compañero de trabajo y los que con él actuaron lograron llegar a ese estadio, y gracias a su esfuerzo y entrega cosecharon un éxito entre los que allí nos encontrábamos que, a mi entender, no tenía duda alguna. Fue una bonita tarde para todos, ellos y nosotros.

Y seguro que Gomá antes de empezar su charla, o los cuentistas minutos antes de subir al escenario, eran un manojo de nervios, tenían dudas sobre lo que iban a hacer o decir… ¿lograré captar su atención? ¿y si me equivoco, qué hago? ¿Y si a mi madre no le gusta, dejará de hacerme la tarta los domingos? Seguro que en el momento de la actuación surgieron instantes de duda, y algunas frases o texto son se dijeron como esperaban, o se improvisó respecto a lo que se tenía preparado, pero es la técnica lo que ayuda a solventar esos problemas, y la práctica lo que permite pulirlos y que pasen desapercibidos. El resto es entrega, ganas de hacerlo y pérdida del miedo al escenario, y ayer se perdieron muchos miedos, y eso también es un triunfo.