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viernes, junio 05, 2026

Bad Bunny arrasa, aunque no lo soporte

Creo que de las pocas veces que he estado de acuerdo con Donald Trump fue cuando se quejó porque en el intermedio de la Superbowl de este año salió a actuar un cantante al que no se le entendía nada. Los hablantes españoles asentimos diciendo que nosotros tampoco le entendíamos, aunque se suponga que habla castellano. El artista se llama Bad Bunny, conejo malo, y arrasó en ese espectáculo, uno de los de mayor audiencia televisiva a lo largo de todo el año en los EEUU. Yo le conocía de antes, pero apenas había escuchado temas suyos. Me bastaron unos pocos minutos para tener claro que no, que el conejo malo me parece malo malo malo, que no me gusta nada de nada.

Como casi siempre, debo estar en minoría. Ya por entonces se estaba planificando su gira y las fechas de los conciertos que iba a dar en España y otros países. La demanda de entradas se disparó y las fechas de los eventos se iban sucediendo sin cesar, de tal manera que se acabó creando una secuencia de días que resulta asombrosa. Entre mayo y junio el conejo acabaría dando dos conciertos en Barcelona y, pásmense, diez en Madrid, con un aforo de unas cincuenta mil entradas en cada uno. Un conjunto de seiscientas mil entradas vendidas, que ya serán algunas más, a un precio mínimo de cien euros, que supone una de las mayores concentraciones de pago jamás registradas por un solo cantante. En estos días estamos inmersos en la secuencia de conciertos del malote en Madrid, que se celebran en el Metropolitano, el estadio del Atlético que se encuentra en la zona este de la ciudad, afortunadamente lejos del centro, donde los cortes y preparativos para la llegada mañana del Papa León XIV complican notablemente el tránsito. Creo que tendrían que pagarme más de cien euros, pongamos que bastante más, para que asistiera a un concierto de ese tipo, pero se ve que hay multitudes dispuestas a ello, y se congregan para un espectáculo musical y visual que, sinceramente, me echa mucho para atrás. Soy de los pringados que creen que un concierto es música, con aderezos, pero música, y si la música del intérprete no me gusta, el resto me da igual. Ahora no, los conciertos se han convertido en “experiencias” en las que la música es uno de los factores que congregan a la masa, pero no parece ser el más relevante en ciertos casos. Luces, juegos visuales, representaciones, cosas como lo de “la casita”, presuntos posicionamientos políticos y demás estrategias de marketing acaban ocupando las portadas de los medios y el interés de los asistentes y los que hablan del concierto mucho más allá de lo que en él se cante o haga. En general, todo eso que rodea al espectáculo me da bastante igual, creo que su sobreabundancia en estos tiempos tiene mucho que ver con el desplome de la calidad musical que se interpreta, y que todo lo demás consigue llenar el hueco que dejan unos temas plúmbeos, repetitivos y sazonados de reguetón y cosas así, que me parecen insoportables. Es realmente difícil distinguir un tema del conejo malo de otro de artistas de apodos similares, en los que la letra, si se llega a comprender parcialmente, suele ser la descripción de un par de escenas de porno barato y la música se reitera reguetoneramente sin cesar, inmisericorde, constantemente, aderezada según sea el caso con toques de bachata, salsa, merengue o algún otro tipo de aderezo latino que se le añade en función de la procedencia del cantante o del público o de lo que sea. A los pocos minutos la secuencia musical es una mera iteración de lo ya escuchado y el espectáculo se prolonga durante horas, en medio del éxtasis de los asistentes, sin que apenas haya nada de música que pueda ser calificada como tal. Muy, pero que muy muy interesante, debiera ser la acompañante que me hiciera ir a un concierto de este tipo, o muy sustanciosa la comisión (Leire, estírate) que me cayera si franquease las puertas del estadio para ir a la grada y pasar horas con Bad Bunny.

En todo caso, lo que yo opine da un poco igual. Realmente no sirve para nada. Hoy en día el éxito global del reguetón y asociados es incuestionable, y ha logrado que la música en español (si acordamos que eso que suena es nuestro idioma) logre superar en facturación a la anglosajona, cosa que no había sucedido nunca. Bad Bunny arrasa y convoca multitudes, yo escucho lo que me gusta y todos contentos. No cambiaré mi opinión sobre ese tipo de música por mucho éxito que tenga, aun a sabiendas que, en unas décadas, el reguetón será visto por no pocos como algo “bueno” frente a lo que suene en ese momento, que será lo peor. Es lo normal en cuestiones musicales, donde el gusto es personal y, no pocas veces, intransferible.

lunes, abril 27, 2026

Monserrat Torrent, cien años

No, no voy a dar el protagonismo de hoy a Trump, pese a la gravedad de lo sucedido este fin de semana en la cena de corresponsales. Se lo voy a otorgar a una mujer que cumplió el centenar de años el pasado 17 de abril, hace una semana y media, y que no sólo merece reconocimiento por haber llegado a semejante edad, que también, sino porque es una de las personas más importantes de la historia de la música en España, reina eterna de la interpretación del órgano, instrumento al que ha dedicado la inmensa mayoría de todos esos años, y que, pásmense, sigue en activo, tocando con sus manos centenarias el teclado como si el tiempo no hubiera pasado.

Este sábado, en el ciclo de órgano que se celebra cada temporada en el Auditorio Nacional, se organizó un homenaje e Monserrat Torrent, la artista, la mujer, la matriarca, en el que ocho organistas españoles de estilos y trayectorias distintos interpretaron una pieza delante de ella. Todos, junto con muchos otros, han sido alumnos de Monserrat a lo largo de las pasadas décadas, y han aprendido de sus enseñanzas, y ahora alguno de ellos también la cuida y ayuda en la medida de lo posible. El concierto era muy especial, porque no se trataba sólo de una reunión de amantes de la música, sino también una fiesta de cumpleaños, y un reconocimiento a una longevidad y capacidad casi inimaginables. La movilidad de Monserrat es limitada, como resulta fácil de imaginar, por lo que cuando empezó el concierto ella no salió al escenario, sino que apareció directamente en la grada en la que se encuentra la consola del órgano junto con el resto de los intérpretes, que ya recibieron una ovación de gala por parte del público, que llenábamos el recinto. A partir de entonces Monserrat se quedó en un lateral de esa grada, oculta al público, cerca de los teclados, y cada uno de los intérpretes sí fue saliendo de manera convencional al escenario, en goteo, subiendo luego a la grada e interpretando la pieza del programa que le correspondía. Tras ello, saludaban a Monserrat, momento que se podía ver porque un sistema de cámaras retransmite la interpretación del organista (que se sitúa lejos del público y dándole la espalda) y dejaba su posición de intérprete y se sentaba en una parte de la bancada lateral, donde sí hay púbico, que está muy cerca del instrumento. Así uno a uno, cada uno con una pieza no muy amplia, de unos cinco o siete minutos, con repertorio barroco, impresionista, moderno, o antiguo, variado, hasta el momento en el que el programa indicaba que la última pieza sería interpretada por la propia Monserrat. Se trataba de la pastoral en fa mayor BWV 590 de JS Bach, composición compuesta de cuatro fragmentos de escucha agradable, estilo pastoril y de dificultad, como siempre en Bach, rozando lo imposible. Monserrat subió al banco de la consola ayudada por dos de los organistas que habían participado en el concierto, y uno de ellos, en la primera parte de las cuatro de la obra, interpreto las partes de pedal, porque Monserrat ya no llega desde su posición de sentada, con sus pequeñas piernas, hasta el pedalero. Pero en el momento en el que puso sus manos arrugadas sobre el teclado los dedos, centenarios, cobraron una vida inimaginable, y durante unos minutos que se antojaron suspiro se podía ver la proyección de sus brazos, manos y rostro atentos a la partitura, ejecutándola con precisión. Si durante el concierto el nivel de toses fue el habitual en una sala sinfónica, mayor de lo deseado, se suspendió de manera casi milagrosa en la interpretación de Monserrat, en un silencio de comunión y respeto como pocas veces se da en un recinto abarrotado, y que sólo la admiración por la música y un intérprete son capaces de lograr.

Terminada la interpretación, todos prorrumpimos en un aplauso absoluto, y nos pusimos en pie sin dudarlo. Casi dos mil personas entregadas a una mujer empequeñecida que era sostenida por el resto de organistas, pero que sigue siendo un prodigio al teclado. Con un micrófono pudo decir unas palabras, que entendí regular, en las que mostraba un agradecimiento profundo a todos los que a lo largo de su vida le han ayudado y a todos los alumnos que ha tenido, entre ellos los presentes en ese día, y agradecimiento rendido al público que siempre le ha respetado y admirado. Tras eso la ovación siguió, siendo nosotros los que agradecíamos la presencia de una profesional así y su magisterio. Historia viva de música y vida. Cien años de plenitud. Qué gozo.

lunes, noviembre 17, 2025

Cuesta mucho ir contracorriente (para MLLP)

El pasado sábado por la noche me llamó un buen amigo, MLLP, para que, sin falta, acudiera el domingo por la mañana a la tercera y última interpretación del oratorio “El libro de los siete sellos” en el Auditorio Nacional, dentro del ciclo sinfónico de la orquesta y coros nacionales de España. Mi amigo salió extasiado de una obra que ya me comentó que iba a ir pero de la que yo carecía por completo de referencias. Compuesta por el austriaco Franz Schmidt y estrenada en 1938, nada había en mi cabeza para situar obra e intérprete, más allá del miedo de que se tratase de un ejercicio de vanguardias, de los que suelo huir porque no me gustan. Me aseguró que no, que no me iba a arrepentir, y que fuera sin dudarlo.

Por la noche, compré una entrada en el Auditorio para la sesión del domingo, porque me fío del gusto de mi amigo y de su sabiduría, no sólo musical, y allí que me planté en una fría y cubierta mañana, arriba del todo, en la grada alta, que permite ver a distancia y escuchar perfectamente. La obra consta de una introducción y dos partes, sin intermedio, y llega prácticamente a las dos horas de duración. La orquesta requiere la presencia de casi todos sus componentes y de un elevado grupo de percusionistas, y el coro estaba reforzado por el de la Comunidad de Madrid, ocupando por completo la bancada posterior al escenario donde se sitúan los instrumentistas. La obra me encantó. Sí, no es atonal, es melódica, y no es una imitación del barroco como pudiera pensarse al tratarse de un oratorio, sino una sucesión de música bella y potente con un recitativo que le permite ir avanzando en el texto y una orquesta, coro y órgano utilizados en su máxima expresión. Se alternan los pasajes tranquilos y melódicos con otros de gran exaltación, de enorme potencia sonora y dramática, y existe un grado de unicidad en la obra que permite identificarla y seguirla sin dificultad. Es posible encontrar ideas en la música de carácter cinematográfico, que recuerdan a algunos pasajes de Körngold, Waxman o Hermann, autores de una época posterior pero que tuvieron un mismo origen germánico y que escaparon con su calidad y formato a un Hollywood que llenaron de su estilo clásico. La cuestión es que no quiero fijarme tanto en el aspecto musical como en otro. A medida que la obra avanzaba me iba preguntando por qué una música tan buena, tan potente, era tan desconocida. No soy un experto absoluto en música clásica, ese es un mundo de una dimensión tal que es imposible abarcarlo por completo, pero lo cierto es que de esta obra apenas hay referencias, es algo exótico y está completamente fuera no ya del canon, que también, sino directamente de lo que puede llegar a sonar en el mundillo. ¿Por qué ese olvido? El programa de mano señalaba dos causas, una la actitud cobarde del compositor una vez que el régimen nazi se hace con el poder en su país, se estrena en un 1938 con el anschluss recién producido, lo que hizo que tras la derrota nazi su figura fuera orillada, y la otra, más importante, era el tono de la composición, el estilo, alejado de las vanguardias dominantes. Tras el derrumbe del romanticismo la música atonal, el dodecafonismo y otras variantes de lo que se denominaron vanguardias se hicieron con el poder de la música clásica occidental, y los compositores que no se sometieron a ellas fueron tachados de rancios, de desfasados, de carcas. Schdmit es uno de ellos, de muchos, que no se rindió a un estilo imperante que no le gustaba. Hay aires de Bruckner en su obra, del primer Mahler, de una estructura sinfónica brillante que escapa de las formas de vanguardia, que no deconstruye nada. Y probablemente esa fuera la causa principal de que su obra quedase muerta de risa tras la derrota del totalitarismo, porque tras eso la vanguardia siguió dominando el pensamiento y la historiografía musical durante muchos años. Al igual que era políticamente correcto decir que la magnífica música orquestal que se componía para Hollywood fuera considerada menor, mero accesorio comercial de productos de baja calidad, ese mismo desprecio se extendía a todas las composiciones de autores no relacionados con el cine que se dedicaran a extender sus ideas en un pentagrama con estructuras clásicas. Ese dogmatismo, errado como lo son todos, ha ido perdiendo fuerza a medida que la vanguardia, constatado su fracaso como elemento escuchable, se ha debilitado.

¿Cuántas obras y autores habrán quedado arrumbados por culpa de esa visión sesgada de la vanguardia? En general, lo que se pone de moda, y lo que la academia dictaba, en los tiempos en los que imponía todo su poder, hacen que muchas obras de otro tipo sean expulsadas, y a veces el tiempo y la suerte logran rescatarlas, pero en no pocas ocasiones la pérdida es definitiva y el olvido caer sobre autores y partituras que ya no volverán a la luz. El oratorio de Schmidt es una obra colosal, digna de figurar en el repertorio sacro de cualquier festival. La belleza del arte no entiende de estilos y épocas, su grandeza radica también en la atemporalidad, en lograr conmover a públicos distantes en el tiempo y contexto. Y Schdmit, en esta obra, lo consigue.

miércoles, mayo 29, 2024

El fenómeno Taylor Swift

El verano pasado, en una tarde de esas en las que no pasa nada, me puse cerca de una hora a ver vídeos en youtube de canciones de Taylor Swift, para saber cómo sonaba la cantante que, ya entonces, se había convertido en la más importante del mundo. Me quedé un poco como quien ve un río pasar y no se moja, agradable, pero nada más. Es un pop de estilo comercial, blanco, cuyas letras en inglés no entiendo, y que suena bien, pero al menos a mi no me dejó huella. No había melodías que fuesen muy pegadizas y, la verdad, si no la conociera de nada, la hubiera puesto entre otras muchas sin nada destacable. No tengo ojo para la industria musical.

Hoy es el primer concierto de los dos que la artista tiene programados en Madrid, en un Bernabeu que va a llenar consecutivamente en una muestra de poderío, una más a lo largo de su gira, cuyas dimensiones se escapan, sea cual sea la variable que se utilice para medirlo. Los aledaños del estadio, y mucho más, están llenos de material del equipo de montaje de escenarios y similares, con puestos de marketing que llegan hasta la zona donde está la oficina en la que trabajo, donde ya hay seguidores de la cantante que deben estar desde hace muchas horas. Los dos próximos días y noches van a ser muy calurosos en Madrid, lo que facilita este tipo de acampadas de fanáticos, sea de lo que sea. Me interesa Taylor Swift no por su música, que es preferible a toda esa ola reguetonera que nos asfixia, sino por lo que supone como evento social, económico, comercial, industrial…. Ahora mismo es la organizadora del mayor espectáculo del mundo, por el que se paga más para acudir, por el que millones de personas se mueven a lo largo del planeta para conseguir entradas a sus conciertos, a unos precios estratosféricos. El efecto de la visita de Swift a una ciudad se mide en decenas de millones de euros, en un arrastre de demanda asombroso y en todo un chute económico para distintos sectores equivalente a que el gran premio global de la lotería les escoja como agraciados. Hoteles, vuelos, restaurantes, bares, locales de ocio de todo tipo, apartamentos turísticos, medios de transporte, tiendas de ropa… lo que sea, se ve ocupado por miles y miles de propios y visitantes que acuden con un presupuesto de gasto desorbitado y se dejan allí donde han conseguido acceder al concierto cifras que equivalen a varias nóminas acumuladas. La industria Swift factura miles de millones de euros y genera efectos macroeconómicos que la FED norteamericana ha llegado a cuantificar en lo que supone de aportación al crecimiento del PIB de aquel país, y quizás más de una décima de sus registros provenga de la movilización de los fans de la cantante. Embarcada ahora en su gira europea, más o menos se puede decir lo mismo en las urbes donde ha acudido, y París, Londres, Lisboa, Madrid y otras son testigos de un fenómeno que, ahora mismo, no tiene parangón. Nadie es capaz de movilizar semejantes masas de acólitos y de dinero, ni siquiera esos que pegan patadas al balón y que, antaño, eran los que utilizaban en exclusiva el recinto en el que hoy Swift conquistará a su público. La capacidad de influencia de la cantante en el mundo es enorme, pero en EEUU aún va más allá y es una de las personas más poderosas del país, capaz de alterar la rutina del mismo con sus gestos, decisiones y opiniones. De cara a las elecciones de noviembre, hay enormes presiones por parte de ambos partidos para que Swift movilice a los votantes y les diga a quién escoger. Hace algunos años ya manifestó su preferencia por los demócratas, y no es descartable que, sin mucho bombo, esta vez haga lo mismo a medida que se acerque la fecha de los comicios. Su poder es enorme.

Habrá que esperar al final de la gira, pero esta, que se llama el Eras Tour, puede que alcance los registros económicos más altos jamás conseguidos por una banda o cantante en la historia. Hay que remontarse a las gira de Michael Jackson o Madonna en sus tiempos para ver algo así. NI U2 ni los Rolling o Sprengsteen se han acercado a las dimensiones de lo que Swift está logrando movilizar, en masas y en dinero. Es todo un fenómeno digno de estudio que merece ser analizado, desde la parte comercial, empresarial y psicológica. Algunos dicen incluso que sus letras son muy buenas y merecedoras de premio. A saber. En todo caso, disfruten del espectáculo los que a él acudan. Será un evento memorable.

miércoles, marzo 06, 2024

Cuando se jubila una voz (para Sergio Pagán)

En mi trabajo el ritmo de jubilaciones es creciente. Los años pasan y llega la edad del retiro. Algunos lo prolongan hasta el límite, y les aliento a ello dentro de mi papel de petardo en la oficina, porque van a estar mejor aquí que en el retiro forzado, pero mi iniciativa suele contar con escaso apoyo, aunque cierto que no nulo. La marcha de compañeros de trabajo por este motivo es, habitualmente, una pena, porque sabes que parte del contacto creado se va a mantener, pero es casi inevitable que se debilite. Sucede esto tanto con los que uno comparte trabajo como el resto de la vida, y las figuras públicas también se retiran, y dejan un hueco.

Hace un par de semanas se jubiló Sergio Pagán, una de las voces históricas de Radio Clásica, que ha llegado a ocupar altos cargos en la administración de la casa, como lo ha sido en su última etapa como director de programación, pero que, por encima de todo, ha sido una amante de la música antigua y barroca y se ha dedicado, con esmero, y paciencia, a difundirla por las ondas. Además de los programas de continuidad que llevaba en el verano, tenía dos fijos en la parrilla semanal de la emisora. Música antigua, los martes de 23 a 24 horas y la hora de Bach, los sábados de 11 a 12 de la mañana. Mientras que en el primero él utilizaba un motivo escogido cualquiera, sea una onomástica, un hecho histórico, la llegada de la primavera, un viaje a Venecia o lo que fuera para ir poniendo músicas desde los tiempos pretéritos hasta el barroco alusivas al tema que fuera, en el segundo la obra de Bach era el hilo conductor de todo el programa, aderezado a veces con autores contemporáneos del genio de Eisenac, en lo que era un constante homenaje a la figura del músico más complejo y, probablemente, genial de toda la historia. A Sergio Pagán le debo el haberme introducido en esos mundos musicales y llevar ya muchos años meciéndome en sus compositores y estilos, dejando otras músicas mucho más arrumbadas en el rincón del alma. En la década de los noventa escuchaba algo de clásica, especialmente Beethoven y Mozart, y también pinceladas de Bach, sobre todo en su obra instrumental de teclado, pero poco más. En aquellos tiempos Pagán tenía un programa en las noches de verano llamado Los colores de la noche, en el que, con un cierto aire de hilo de continuidad, engarzaba músicas de ese repertorio antiguo sin mucha temática previa que les sirviera de soporte. La sintonía de inicio era una música suave de violines con el rumor de una tormenta de fondo. A veces lo escuchaba, de manera esporádica, pero hubo una noche de verano especial, cerca de finales de los noventa. En Elorrio, noche calurosa, con la ventana de mi cuarto abierta, y como en la sintonía del programa, escuchando el rumor de trueno de fondo, con destellos de rayos que se distinguían detrás de Amboto, lo que quería decir que la tormenta estaba en la zona de Ochandiano o ya en Álava. Tenía la luz del cuarto apagada, para apreciar mejor el brillo de los rayos lejanos, y la radio puesta. Pagán empezó su programa y, tras una introducción breve, a la que no presté mucho caso, puso una composición larga, la misa Pangue Lingua de Josquin Desprez, en la versión de Tallis Scholar. Las piezas de la obra empezaron a sonar y, poco a poco, empecé a dejar de prestar atención a la tormenta, que seguía lejana, sin visos de querer acercarse, para escuchar aquella música que no tenía nada que ver con nada de lo que hubiera escuchado nunca en mi vida y que era, simplemente, maravillosa. Cuando llegó el Agnus Dei, el final de la pieza, yo estaba tan a gusto como asombrado, y claro, todavía quedaba esa triple invocación en las que Desprez es capaz de hacer cosas que nunca se han vuelto a lograr. Y descubrí un nuevo mundo musical. La obra terminó, se hizo un silencio de unos pocos segundos y, lo reconozco, mi gusto y valoración musical cambiaron radicalmente y para siempre. Pagán volvió a repetir el nombre del compositor, la pieza y el conjunto que la interpretaba, y puede apuntarlo parcialmente. Y al día siguiente, empecé a buscar cosas de esas.

Muchos habremos sido los que, gracias a Sergio y otros profesionales, hemos descubierto, músicas, producciones, trabajos de otros, y por ello debemos darles las gracias, porque su labor es la que permite que los nuevos retomen el trabajo de creadores antiguos y lo hagan salir a la luz. Modesto, de hablar pausado, ornitólogo, amate de la naturaleza, Pagan es uno de los mitos de Radio Clásica que ha llegado al final de su camino y comienza una vida nueva, alejado de los micrófonos. De él sólo conozco su voz, nada más, pero parte de mi vida le debe mucho. Poco más puedo decir que gracias, inmensas gracias, ante tanto y tan buen trabajo.

martes, mayo 17, 2022

Chanel y la hipocresía

En febrero, creo, TVE organizó el festival de Benidorm para escoger de manera alternativa una canción que representase al ente en el tortuoso festival de Eurovisión, donde nuestros resultados oscilaban desde hace décadas entre lo humillante y, a lo sumo, el bochorno. El festival fue un éxito en redes sociales, algo menos en audiencia, y generó una enorme y, a mi entender, estúpida polémica por algunas de las canciones y la que fue finalmente seleccionada. Como todo en nuestro cutre país, la política vino a ensuciarlo aún más y se juntaron los nuevos evangelizadores de la moral para decidir qué canción debió ser la escogida y lapidar a la que lo fue. Todo era patético, lleno de malas formas, insultos y agresiones verbales.

Tras aquello escuche las tres canciones que estaban en medio de la discusión; la ganadora, de Chanel, la de las tetas, de Rigoberta Bandini, y la de las Tantxugueiras, y ambas, muy distintas entre sí, me parecieron penosas, musicalmente horrendas. Nunca por propia voluntad escucharía algo así. Me da igual el mensaje o las letras de una canción, lo que me importa es la música (¿cuántos en España entienden, entendemos, las canciones cantada en inglés?) y en ese caso mi veredicto era claro, “zero points” para las tres. Pasaron las semanas, el odio fomentado desde las redes sociales por los nuevos obispos de la moral pública, ansiosos por quemar en la hoguera como lo eran los antecesores de los hoy en día consagrados, se fue apaciguando, sepultado por nuevos odios a nuevos asuntos, promovidos por ellos mismos o por otros sujetos igualmente evitables, y llegó la noche de Eurovisión. Como casi siempre TVE vendía que estábamos entre los favoritos, y la gala se presentaba con buenas expectativas para España, y la sensación general de que Ucrania arrasaría en el televoto. Apenas vi las actuaciones en sí, porque musicalmente Eurovisión apenas me dice nada, lo que me interesa son las puntuaciones, y contemplando varias veces el resumen de las distintas canciones que se emitieron en un largo y aburrido intermedio apenas me pareció intuir que la de Reino Unido y Suecia serían algo presentables. Cuando empezaron las votaciones comenzó a suceder algo raro, y es que España no hacía el ridículo. Más bien al contrario, varios “Twelve Points” nos elevaban a los altares de un pódium en el que Reino Unido y Ucrania iban en cabeza. Tras el voto de los jurados España quedaba tercera, algo no visto en décadas, y tras el televoto, la elección desde casa de los Eurofans, que pesa tanto como el voto de jurados, mantuvimos ese puesto, arrasando en ese caso Ucrania y llevándose el premio con una canción que, para variar, no me dice nada de nada. El resultado de Chanel fue excelente, lo mejor en casi tres décadas de participación, y ya desde la noche del sábado empezaron a lloverle elogios de los eurofans, pero es que la cosa iba a más. En la práctica, para España, Chanel había ganado, dado que la victoria de Ucrania se daba por descontada por motivos políticos, y nos habíamos quedado a unos pocos votos del representante británico. Y subidos a una ola de aclamación popular, empezaron las conversiones. Muchos de los que habían lapidado a Chanel en redes comenzaron a felicitarla, a sumarse de la manera más falsa e hipócrita posible a lo que era una ola de triunfo de la que no podían dejar escapar. El movimiento de falsedad más bochornoso visto en los últimos tiempos alcanzó cotas de sonrojo absolutas a lo largo de un domingo 15 en el que aquellos que habían amenazado con querellas en intervenciones parlamentarias insultando a la cantante hacían propio el éxito de España y de Chanel. Era patético. Ante los ojos uno veía cómo tuits de ira de hace apenas tres meses, escritos desde la más patética de las creídas superioridades morales se convertían en escritos de pelota alabanza a la cantante y todo su equipo. No había ni el más mínimo pudor o vergüenza, nada de nada, sólo aprovechamiento.

Vi la actuación después del concurso. La cantante y su equipo de bailarines se entregaron plenamente en un espectáculo que arrebató a los presentes en el recinto turinés en el que se celebraba el evento y lo dieron todo sobre la pista. Acrobacia y coreografía desatada en un tema que, musicalmente, me parece horrendo. Ella y el resto de artistas hicieron su trabajo perfectamente, y jurados y público así lo reconocieron. El resto es, probablemente, la antesala de la canción del verano de 2022, un gran éxito en lo profesional y personal para Chanel y la enésima confirmación del dicho que reza que las victorias tienen muchos padres y las derrotas son huérfanas. Vivimos rodeados de hipocresía y basura.

lunes, agosto 30, 2021

Quinientos años desde la muerte de Josquín

El pasado viernes 28 se cumplían exactamente los quinientos años desde la muerte de Josquín Des Prez, pero el maldito atentado islamista de Kabul me obligó, si es que se puede decir así, a cambiar el guion previsto y retrasar el homenaje, cosa que trataré de hacer hoy. Seguramente a muchos mencionar el nombre de Josquín Des prez no les suene a nada cuando, paradojas de la vida, pocos han sonado más y mejor a lo largo de la música occidental. Des Prez es la cumbre de la polifonía renacentista y, en mi opinión, uno de los tres mayores compositores de todos los tiempos, junto a Mozart y Beethoven. Todos ellos están algo por detrás de Bach, que es algo más que el mejor compositor de música.

Si les entra la curiosidad y bucean en la vida de Josquín se van a encontrar con un montón de agujeros, empezando porque no está claro ni dónde ni cuándo nace, aunque sí la fecha de su muerte y lugar, una localidad francesa cercana a la frontera belga. Por dudad verán escrito su nombre de múltiuples maneras; Josquín Des Prez, Josquen Despres, combinaciones entre ambos que incluyen Des Pres, un lío. Perteneció a la escuela francoflamenca de polifonía, en la que antes destacaron figuras como Machaut u Ockeghem, y tras él vendrían otros maestros como Combert, de la Rue, Willaert, de Rore, etc, pero Josquín está por encima de ellos. En una época de enormes polifonistas, como los británicos Bird, Tallis o Phillips, o el trío español formado por Morales, Guerrero o Victoria, el arte de conjuntar voces se desarrolla plenamente, la música coral se enrevesa, complica, y convierte los motivos religiosos de obligada composición en ejercicios donde mostrar el genio del creador y las posibilidades del coro del que dispone. La autoría de las obras empieza a ser indiscutida y las figuras maestras, los nombres citados y muchos otros, son disputados por las casas nobles y cortes que pueden pagar un conjunto musical para adornar sus vidas y celebraciones y, desde luego, presumir ante los demás de tener al más valioso de los compositores entre ellos. Josquín fue contratado por varias casas ducales, especialmente por las italianas de Este y Ferrara, donde creo gran parte de su obra. La fama de sus composiciones era enorme, y se puede afirmar que fue el primero de entre los músicos europeos que se convirtió en referencia, en una forma creadora que dictaba patrones y modos que el resto usaban como inspiración y referencia. Sus misas son de una belleza apabullante, pero a la vez muchas de ellas surgen como expansiones de temas profanos, algunos suyos y otros ajenos, que el maestro utiliza como base para crear todo el obligado de la celebración (Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus & Benedictus y Agnus Dei) de una manera unificada. Esto, en el que él es innovador, será una manera de componer para el resto de polifonistas de la historia. Esas misas tienen tanto éxito y son tan admiradas que Josquín se convierte en el primer autor para el que las imprentas venecianas de Ottaviano Petrucci, el mayor editor musical de su tiempo, dedica un volumen en exclusiva, sólo de misas suyas, para que el mundo entero pueda cantarlas sin problema. Es sólo un reflejo del enorme éxito de su obra, que empieza a ser imitada a discreción en un continente rendido a su trabajo. Esto ha hecho que parte de su legado artístico sea dudoso, que algunas obras que se decían que eran suyas no lo fueran, y que otras sigan estando en duda, pero no afecta en lo más mínimo al grueso de su producción, que es indiscutida. Se juntan en ella principalmente obras religiosas, pero también profanas, vocales casi todas, pero también instrumentales, que fueron los absolutos “números uno” de su tiempo. El “Mille Regretz” o canción del emperador, se dice que era la favorita de nuestro Carlos I, el V de Alemania, y fue un tema versioneado y repetido hasta el infinito en todo el continente.

Hay muchas y excelentes versiones grabadas de la obra de Josquín, destacando las interpretaciones vocales que grupos como Tallis Scholars, Huelgas Ensemble, Hilliard ensembre u Oxford Camerata, por nombrar algunos, han llevado al disco. Las misas y motetes constituyen el grueso de la producción, y cualquiera de ellas es un lugar fascinante para sumergirse en un mundo de armonías y complejidades vocales que llevaron al extremo y más allá lo conocido. Sólo Bach pudo superar los límites a los que logro llegar Josquín, pero los Agnus Dei de muchas de sus misas siguen siendo, a día de hoy, obras de una belleza, complejidad y, sí, modernidad, no superadas. Son completamente atemporales, pura belleza musical que desborda. Nadie compuso como Josquín, nadie lo haría con posterioridad de esa manera.

viernes, mayo 21, 2021

Un adiós a Franco Battiato

Sepultada en nuestro país por la grave crisis de Ceuta, en el plano global por el desastre diario de la pandemia y por otras noticias de alcance, la muerte de Franco Battiato ha pillado a muchos por sorpresa, a mi el primero, y ha dejado menos recorrido en los medios de lo que hubiera sido necesario, dada la trayectoria de un músico tan especial. No sabía que estaba enfermo, y al parecer ha sido el Alzheimer el causante de su muerte. Llevaba ya algunos años retirado de la escena pública, quizás desde que la enfermedad empezó a enseñarle su cara más oscura y le privó del deseo de danzar y de experimentar, que eran algo inseparable en su creación musical.

Que un músico como Battiato alcanzase el éxito comercial que disfrutó es una de esas pequeñas joyas que le reconfortan a uno con la vida, porque nada podía hacer creer que un personaje así pudiera llegar al estrellato. Con aspecto serio, aburrido, con la estética de un Woody Allen espigado, más tirando a funcionario, pinta de lector empedernido, Battiato era el típico arquetipo empollón frustrado con las mujeres que uno pondría en mente al imaginar a ese personaje. Su música era extraña, experimental, mezcal a veces caótica de ritmos, estilos, instrumentos, de todo lo que se le pudiera ocurrir y encontrase. A modo de Andrés Trapiello deambulando sin fin por su querido rastro madrileño, Battiato exploraba mundos sonoros sin parar, llenos de exotismo y rarezas, y los incorporaba a sus canciones hasta crear una mezcla que sonaba bien, pero que todo el mundo notaba como rara. Y si la música era llamativa, ni les cuento sus letras, que nadie era capaz de entender. Alguna vez leí enteras varias de ellas y llegué a la conclusión de que la noche en las que fueron escritas los psicotrópicos hicieron efecto en todo su esplendor. Pero todo eso daba igual. Con sus rarezas, su vida a parte de cualquiera de las corrientes musicales del momento, sus formas alejadas del marketing, Battiato subía al escenario y cantaba, bailaba, se lo pasaba bien y contagiaba una cierta alegría de vivir que era recibida con agrado por parte de un público que empezaba a ver a la música comercial como un producto estrecho, excesivamente diseñado (y lo que quedaba por llegar). Imagino a productores musicales de la época, en la que las ventas de discos eran la base del negocio y el sector tenía en las casas discográficas a sus grandes monstruos empresariales, echándose las manos en la cabeza cuando un personaje como Battiato acudía a ellos con algo que, como el resto, eran incapaces de entender. Seguro que sufrió muchos rechazos por parte de varias marcas y eso retrasó el lanzamiento de su carrera, pero fue un hombre que creía en lo que hacía, que veía la música tanto como forma de creación como camino para conocer otras culturas y experiencias. Se acercó a formas ajenas completamente al canon occidental con la curiosidad del crío que las ve por primera vez y quiere probarlas, y no cambió de estilo ni de formas a lo largo de toda su carrera, a pesar de que el riesgo de ser parodiado crecía a la par que lo hacía su fama. Me da que ningún sistema de inteligencia artificial de los que hoy en día tratan de predecir las tendencias en el mundo de la música y otras artes comerciales hubiera sido capaz de atisbar que un señor con aspecto doctoral acompañado de unos derviches (quizás nunca antes habíamos oído ni que era eso) girando en escena sería capaz de arrasar en las listas de ventas de medio mundo y crear temas que hoy pueden ser tarareados en casi cualquier parte y, al instante, ser reconocidos. Eso está al alcance de muy pocos y, todavía, no se sabe lo que permite llegar a ese grado de éxito global. Se busca la fórmula para replicarlo, pero no se encuentra.

El gran mérito de Battiato, su originalidad, es algo que cada vez se encuentra menos en el mundo creativo, necesitado como cualquier otro de la venta y el ingreso para sobrevivir. Si algo funciona empiezan a salir réplicas por todas partes, y en el caso de la música comercial el ecosistema de músicas y variedades que contemplamos hoy es poco más que un erial en comparación a lo que las décadas de los setenta u ochenta nos ofrecieron, con un rango espectacular en el que había muchas cosas buenas y, también, claro, cosas malas. Y en ese mundo frondoso Battiato ya era extraño. El recuerdo que deja es enorme y su querencia por seguir un camino no trillado un ejemplo para valientes.

lunes, abril 19, 2021

Una ceremonia británica

El sábado, bajo un radiante sol de abril, sin una sola nube, tuvo lugar en Windsor, a las afueras de Londres, la ceremonia religiosa de despedida del Duque de Edimburgo, el marido de la reina Isabel II. No fue exactamente un funeral, sino una celebración de réquiem en la que no se realizó no un sermón, ni discursos de los asistentes o celebrantes ni una misa, ya que no hubo consagración o comunión. Fue un servicio religioso católico en el que se leyeron algunos pasajes del evangelio y oraciones, y se cantó, mucho, y bien, da tal manera que textos y música fueron lo que despidieron a ese hombre del mundo ante la escasa presencia de los allí congregados.

Las medidas de seguridad por la pandemia impedían un acto multitudinario, cosa que tampoco era expreso deseo de la familia, menos del finado, que sabiendo que su papel ha sido de consorte a lo largo de tantas décadas no quería ni el protagonismo de estado en esta última despedida. Planificó su despedida y al organizó, y probablemente todo se hizo a su gusto menos el número de invitados, que de los cientos previsto se quedó en sólo una treintena de los familiares directos. El resultado de lo que se pudo ver el sábado fue, que quieren que les diga, perfecto. Como señaló una de las personas a las que sigo en twitter, los británicos siguen teniendo un sentido de imperio a la hora de realizar ceremonias, y lo volvieron a demostrar en unas circunstancias que, por el Covid, no permiten a priori mucho lucimiento. En la necesidad virtud, que se dice, y lo que hubiera sido una ceremonia con la capilla de San Jorge repleta de gente se convirtió en un espectáculo minimalista de apenas unas personas de riguroso luto en los bancos del coro de la capilla, un par de celebrantes religiosos, el catafalco con el féretro del finado y el coro y órgano al frente del apartado musical. Los cantantes eran sólo cuatro, pero lo hicieron perfectamente, y de hecho fueron los principales protagonistas de la ceremonia. En la zona previa al coro en el que estaba sentado el público presente, muy separados, con el director en medio, ejecutaron las piezas de un repertorio repleto de buen gusto y variedad, con predominio de compositores británicos, desde el más moderno Benjamin Britten hasta ejemplos de la rica polifonía renacentista de las islas, pero también hubo alguna pieza de origen ortodoxo ajena al repertorio inglés. Cerca del final de la ceremonia cantaron el himno de Reino Unido, en versión mínima, escueta y sin repeticiones. Como todo lo que hicieron, lo sostuvieron con alfileres. Nada de masas corales, nada de apabullar con volumen ni fanfarria. Una delicadeza propia de la escuela de interpretación coral británica, que tantos grupos maravillosos ha creado (Tallis Scholar, Oxford Camerata, Taverner Consort, Voces8…..) y que volvió a dar ejemplo ante el mundo entero de cómo, con delicadeza y maestría, se pueden levantar catedrales de sonido que emulen a las altas bóvedas góticas en las que se reflejaban esas voces. El diseño de la ceremonia, fruto de los deseos del propio Duque, resultó ser así una muestra del arte al servicio del acto, y de consagración misma del arte como muestra de su poder. Frente a ejemplos ramplones que abundan en el día a día de nuestras celebraciones, religiosas y civiles, los británicos nos han dado una lección de cómo hacer las cosas, cómo ensalzar lo que se busca elevar y cómo lograr una emotividad en lo común con el uso de pocos medios, mucho gusto y, desde luego, el rico y variado repertorio musical del que se dispone. Es cuestión de cultura y gusto, algo tan difícil de lograr como valioso cuando se alcanza. Al principio y final de la ceremonia el organista interpretó, en solitario, piezas de Bach, y sólo ese hecho, el reconocer que Bach es el alfa y omega, principio y fin de la música, sería ya motivo suficiente para que este que les escribe se ponga a los pies de quien así lo pensó y dejó escrito que se hiciera. Parafraseando a Santa Teresa de Jesús, sólo Bach basta para llenarlo todo.

La comidilla de periodistas y del público que seguía la ceremonia era el captar imágenes de una familia no muy bien avenida en la que los nietos de Isabel y Felipe y su relación eran el centro de los cotilleos de medio mundo. Me parece lo menos relevante. Desde luego mucho menos que la imagen de una Isabel II sola, sabedora de que ahora sí empieza el final de su reinado. Esa imagen de soledad de una mujer anciana vestida de negro, en un banco corrido de madera tallada, con la música sonando, lo era todo. Ahí no había cotilleo alguno, sólo la soledad del poder por parte de quien lo detenta y al arte al servicio de la monarquía de una nación que se sabe respetable y se enfrenta a enormes retos y dificultades. Si, los guiris nos siguen dando lecciones en muchos aspectos.

miércoles, diciembre 16, 2020

El silencio de Beethoven

Lleno de injusticias esta este año 2020, de planes frustrados, de desgracias sin fin, de cancelaciones de actos valiosos, públicos y privados. En el mundo de la cultura la pandemia lo ha arrasado casi todo, porque es obvio que es un sector en el que el público representa algo más que, también, una fuente de ingresos. Sin público, los conciertos, teatros y cines son sitios huecos. Hoy se cumplen los 250 años del nacimiento de Beethoven en Bonn, y con tal motivo, desde su inicio, este se planteó como el año Beethoven, para homenajear al gran maestro. Como supondrán gran parte de todos los actos, musicales y divulgativos, han sido cancelados y no se han celebrado. El silencio, la antítesis de la música, se ha impuesto.

Todos conocemos alguna pieza de Beethoven, es un compositor que ha creado obras eternas, y junto con Mozart y Bach, se le considera la cumbre del arte musical (yo incluyo a Desprez para crear el cuarteto perfecto) pero quizás Beethoven ha trascendido más a la opinión pública que los anteriores por saberse bastante más de su vida que de otros y porque resulta ser un personaje con el que es fácil intimar. Pese a su trato personal, que era caracterizado por muchos como arisco y difícil, Beethoven se presenta como un genio musical torturado en una vida de sacrificios, fracasos personales y búsqueda de la independencia económica. Quizás no sea el primero, pero sí es el más relevante de los que empiezan a rebelarse contra sus patronos económicos, príncipes alemanes sobre todo, exigiendo una relación profesional entre contratista y autor como ahora la conocemos, escapando del modo servil con el que la nobleza trataba a los músicos, que no eran nada distintos en consideración a otros siervos de las cortes. No es el primero, probablemente, pero sí aquel que rompe con el formalismo del clasicismo y deja que sus sentimientos se desborden y recorran la partitura. Crea, con su música, un nuevo movimiento artístico, el romanticismo, y si bien sus primeras obras ya indican que es algo más que un continuador de Haydn o Mozart, basta el arranque y todo el desarrollo de la tercera sinfonía para que lo anterior se considere pasado y lo que ya suena sea el futuro. En su carrera tuvo éxitos y fracasos, pero una creciente admiración del público, que empezó a adorarlo como una estrella, concepto que por aquel entonces no existía y que él empezó a desarrollar, quizás un poco en contra de su voluntad. Sus constantes fracasos amorosos y la creciente sordera, que le incapacita para escuchar lo que crea, lo vuelven cada vez más sombrío, mientras que, por el contrario, su obra se ilumina y crece a cada momento, con piezas como los conciertos para piano y cuartetos de cuerda que se enredan en belleza y complejidad. Beethoven no deja de experimentar nunca, crea música programática por primera vez, en esa joya que es la sexta sinfonía, la pastoral, y no deja de ampliar la dimensión de formas musicales, como la propia sinfonía, o los conciertos para piano y orquesta, hasta llevarlos al punto de ser las claves de toda obra de futuros compositores. Su magisterio se extiende por una Europa que lo adora y recibe con alborozo sus obras, aunque a veces no las entienda. Rasga vestiduras con una novena sinfonía gigantesca, en la que introduce un coro por primera vez, hecho que es considerado sacrílego por mucho, y en sus últimos años sigue componiendo cuartetos y variaciones de una complejidad y abstracción cada vez mayor. Completamente sordo, sólo puede escuchar música en su imaginación, no siente los aplausos del público, ese concepto de asistentes a un concierto que empieza a crearse a medida que su obra crece, y muere en 1827 en la cima de su fama. La pena por su muerte es extensa y la influencia de su obra en sus seguidores, hasta cierto punto, aplastante. Hoy sigue estando entre los compositores más interpretados en todas las salas del mundo y, cierto, su obra está más viva que nunca.

Encarna Beethoven, no sólo con su obra, el ideal romántico del genio torturado por la vida, del creador que maldice y sufre. Frente al músico cuya vida no es sino una excusa para componer y que no supone apenas nada en su biografía, lo que sufre, padece, disfruta y le acontece al genio de Bonn se refleja en su creación, como quizás nunca se había visto antes en compositor alguno. El que el llamado “sordo genial” haya sido silenciado por la pandemia en este su aniversario es una crueldad insuperable, que sin duda, de saberlo, le hubiera generado uno de sus famosos berrinches, que asustaban a quienes lo contemplaban. Quizás hubiera compuesto algo en tiempos como estos, iracundo ante lo que ve, esperanzado por lo que pueda pasar. Quién sabe. Él no sigue hablando con sus partituras, y quiere que seamos más libres, fraternos y mejores.

martes, julio 07, 2020

Un adiós a Ennio Morricone


Cuando hace unas semanas se supo que el premio Príncipe de Asturias de las artes de este año se concedía compartido a John Williams y Ennio Morricone hubo voces críticas que acusaron al jurado de haber mezclado cosas incompatibles y que la grandeza de ambos compositores les hacía merecedores, a cada uno por separado, de ese premio. Alguna voz agorera se elevó en la disputa diciendo que quizás la decisión del jurado buscaba premiarlos ya “antes de que se muera alguno de ellos” y ha querido la desgracia que en este fatídico año de 2020 suceda precisamente eso, y que una voz de mal presagio vuelva a ser la que nos indique el camino de la realidad.

Morricone ha fallecido en su Roma querida a los 91 años, edad elevada que no le ha servido para dejar de trabajar, sino para alargar una carrera de éxito que ya estaba en la historia del cine antes de que los premios, no muy generosos con él, empezasen a reconocerlo. Creador de un cine en música de una calidad extraordinaria, Hollywood fue muy rácano a la hora de reconocer sus méritos, y lo acabó haciendo casi por la puerta de atrás, como si se tratase de un artista menor que hubiera colaborado en obras de segundas. Y puede que, vistas en comparación, los spaghetti western de Sergio Leone sean obras de menor valía que las clásicas de Ford o Hawks, por poner a creadores del imaginario del oeste clásico, pero las películas de Leone han conseguido una trascendencia entre el público similar a las míticas de la época dorada, y gran parte de ese éxito se debe a su música, en la que Morricone logró crear un ambiente que mezcla inquietud y mala leche con una maestría insuperable. Muchas veces la banda sonora se utiliza para rellenar, para cubrir huecos. Posee un papel en los títulos de crédito y de cierre de la película, pero no va más allá, pero en este caso estamos ante partituras que desarrollaban una historia propia al servicio de lo que se narraba en la pantalla. La música es un personaje más, que no habla, pero se expresa, que no utiliza palabras, pero dice, y que no se limita a llenar espacios, sino que crea momentos. Morricone era de esos compositores que conseguía elevar el tono y calidad de las películas en las que trabajaba de una manera constante, lograba convertir escenas emotivas en momentos conmovedores en los que es imposible no llorar, creaba tensiones y dramatismos, acentuaba el carácter de los personajes con pasajes instrumentales atinados hasta el extremo, haciendo que algunos bustos parlantes de escasa capacidad expresiva adquirieran una dimensión psicológica fuera de lo común. Gran utilizador de la orquesta clásica cuando lo veía necesario, Morricone usó todos los recursos sonoros posibles para crear sus melodías, y le bastó apenas un silbido, el soplo de aire en una boca que palabra alguna expresa, para combinar cinco notas que son ya patrimonio emocional de la humanidad y que todos repetimos cada vez que nos asomamos a un paisaje desértico y creemos ver a unos bandoleros en el fondo, amenazándonos con su presencia. Frente al sonido Williams, que es mucho más identificable, Ennio logra crear músicas que son muy distintas unas a otras, que oídas de seguido no se asocian a un estilo concreto o a un único compositor, sino que parecen una amalgama surgida de varias mentes. Sólo la exactitud de lo que representan respecto a la imagen a la que acompañan y la calidad sonora que todas ellas muestran son los eslabones que les permiten ser unidas unas con otras. En su carrera, Ennio, como el propio Williams, es heredero de los maestros de la composición clásica que llegaron a Hollywood huyendo de una Europa en llamas. Autores como Korngold, Waxman, Herman o tantos otros llevaron la excelsa calidad de la composición clásica europea al nuevo mundo y al nuevo arte que allí surgía. Criticados por muchos por crear obras menores, supeditadas al cine, fueron maestros de compositores que han hecho toda su carrera a la sombra de directores e intérpretes, pero que han triunfado plenamente. Morricone creaba arte musical, fuera para acompañar una proyección o no.

Ha querido la casualidad que, al reabrirse algunos cines con motivo de la vuelta a la no normalidad tras el confinamiento, fuera Cinema Paradiso la película con la que varios de ellos han reabierto sus puertas. Es una gran cinta, homenaje al cine de pueblo, al que está grabado en la infancia de muchos de nosotros como fuente de imaginación y vidas soñadas en una gran pantalla, pero es una película que sin la música de Ennio correría el grave riesgo de no ir más allá de un telefilme sentimental de sobremesa. Sin embargo, cuando los acordes despegan y la luz de esa sala soñada se apaga, y sólo el proyector ilumina el espacio, el espectador asiste asombrado a una creación sentimental que le llena y arrulla. Modesto hasta el extremo, Morricone apenas hablaba, pero su música lo decía todo. Mil gracias, maestro.

lunes, septiembre 09, 2019

La melancolía de Camilo Sesto

Sí, yo también he cantado, como en un karaoke, “vivir así es morir de amor” al final de una noche de discoteca, gesticulando como el maestro Camilo, a veces simulando que cantaba, otras a voz en grito, y casi siempre pensando que la letra de la canción es una verdad como un templo y que sus armonías son, simplemente, perfectas, en una secuencia que no deja de crecer y crecer en un proceso extraño para una canción melódica, conteniendo en sí misma un carácter musical muy profundo. Pensar esto a altas horas de la mañana en un antro de mala muerte, y lejos de cualquier chica a la que se pueda adjetivar como amada es, quizás, el sumun del frikismo, y desde luego lo parece. En eso Camilo Sesto también fue un maestro, un adelantado a su época.

Me pilló tarde el boom del cantante de Alcoy, la música que asocio a mi adolescencia es la de los ochenta y, pese a que en esa década Camilo también tuvo éxitos, fue en los setenta cuando se estableció su reino absoluto sobre la canción melódica. No inventó al intérprete en solitario ni al cantautor, pero lo fue en ambos sentidos, y junto a Julio Iglesias y Raphael encarna el trío de ases de la canción española que rompieron las barreras del angosto y gris país en el que existían y fueron bendecidos con el éxito internacional. De los tres Iglesias se ha demostrado que era el mejor a la hora del marketing y la promoción, que Raphael es el mejor gestionando el éxito y la vida personal con la profesional y que Camilo era el mejor músico. Repasando sus éxitos a lo largo de los años resulta asombroso comprobar el enorme número de canciones que llevó a lo más alto y que persisten en la memoria colectiva de un país que apenas se acuerda de nada. Quizás sólo otro cantante valenciano, Nino Bravo, pueda estar en el imaginario colectivo con sus temas de la misma manera. La temprana muerte del maestro Bravo nos impidió saber hasta dónde hubiera sido capaz de llegar, pero la carrera de camilo fue prolífica y, sinceramente, llegó hasta donde quiso. En su caso se debe anotar el hecho de que él era el compositor y productor de sus temas, por lo que todo el mérito de sus éxitos era achacable a su genialidad, sin que existiera por detrás un grupo de mentes que creasen una percha sobre la que colgar a un chico guapo con muy buena voz. No, Camilo Sesto no era un producto de marketing, él creaba su propio marketing y se acabó convirtiendo en figura personal y personalista, en un divo particular. No perdió el instinto del éxito ni del riesgo, y supo ver que los musicales podían ser una apuesta ganadora en un país en el que la zarzuela ya se había pasado de moda y la ópera sólo era posible para dos o tres de las élites, que la usaban para la figuración, no el disfrute. Osó, al final de la dictadura nacional católica de Franco, de montar Jesucristo Superstar, que si ahora nos parece que hay censura entonces desde luego que la había, y con poder para encarcelar y pegar a quien se le pusiera por delante. Produjo el espectáculo y lo interpretó, sin que nadie confiara en él, y cosechó otro éxito avasallador. Su figura no dejaba de crecer con los años y el encadenado de éxitos, era invencible. Los ochenta fueron otros años, tiempo de modernidad adolescente en una sociedad que había cambiado de manera radical, que experimentaba buscando nuevas formas, despreciando todas las anteriores por antiguas. Muchos artistas de triunfo en décadas pasadas fueron dejados en la cuneta como vestigios de una era que había que olvidar, y eso en no pocas ocasiones generó olvidos injustos. Camilo Sesto fue uno de esos que se vieron como setenteros, como antiguos, y su imagen empezó a deteriorarse. Su retirada parcial de los escenarios para ejercer como padre, algo de una modernidad que hoy mismo sorprende, acentuó su separación con el público, y poco a poco se convirtió más en un mito que en un artista. Contadas actuaciones y rumores sin fin sobre su vida y salud hicieron que el personaje de camilo suplantase al artista, y con los años desapareció de la vida pública, convirtiéndose en una especie de espectro.

Una cosa que tenía Camilo muy desarrollada, mucho más que el resto de los mortales, era el sentido para saber qué es lo que tenía éxito y lo que no, y en un momento dado notó que su estilo, su forma de componer y actuar, ya no cuadraba con los gustos de una sociedad que se había decantado por otras formas. Se convenció de que su carrera como artista había terminado y actuó como tal. Su renuncia a la vida pública sorprendió en su momento, y seguía haciéndolo hasta ayer, cuando se supo que había muerto. En el Imprescindibles de TVE que se emitió hace pocos meses, repuesto nuevamente ayer, se le ve opinando sobre su vida y trayectoria. Uno duda mil veces si la persona física que ahí se expresa, muy mal, es Camilo Sesto, pero era él. El genio, en su ocaso, dominado por una aparente melancolía, porque morir de amor no es vivir, y él no sólo lo cantó, sino que lo supo.

viernes, agosto 16, 2019

Repartiendo letras escarlatas, para Plácido Domingo


Realmente poco voy a poder añadir hoy en mi artículo a lo ya expresado, y de manera tan certera, en piezas como la de Rubén Amón o Karina Sáinz Borgo, que argumentan una opinión al respecto de los casos de abusos de personalidades que comparto plenamente: Ha sido el tenor Plácido Domingo el último en vivir un episodio de estas características, debido a la acusación de una mezzo que hace tiempo trabajó con él. Ella, con nombre y apellidos, y otras mujeres, desde el anonimato absoluto, han lanzado acusaciones de contra el tenor por conducta inapropiada y acoso sexual, que él ejercía desde el pedestal de la gloria de su carrera. Inmediatamente han surgido defensores y acusadores de la figura de Plácido, y el debate el global.

Si se fijan, no hemos cambiado mucho desde la época medieval, nos encantan las ejecuciones en la plaza pública y jalear el ajusticiamiento de los reos. No sin motivo, esa era una de las principales diversiones que organizaban las autoridades en su tiempo. Hoy en día, en este moderno y tecnológico mundo que hemos inventado, nos encanta la asepsia y la aparente neutralidad, pero usamos las redes sociales como mentidero y, realmente, como palangana en la que evacuar toda nuestra bilis. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde que se ha conocido la noticia de Plácido Domingo hasta que cientos de perfiles lo han lapidado? ¿Cuántas hipócritas celebraciones se dan en las redes ante la posible caída de una figura de su pedestal? Esas opiniones tienen tanto valor como la mía, es decir, ninguna, pero no pueden suponer un juicio ni generar consecuencias. Para evitar conductas como las medievales, que alentaban en infundio de unos contra otros para quedarse con sus bienes, se establecieron sistemas judiciales que buscan escapar de esa condena pública y tratar de emitir un veredicto lejos del ruido y la furia. La figura de la presunción de inocencia es un clásico del derecho, y sirve para que todos, usted y yo también, estemos a salvo de infundios que un tercero pueda lanzar sobre nosotros con a saber qué fines. Los delitos deben ser demostrado por quienes acusan y los culpables no lo son hasta que un tribunal lo dictamina, es así de fácil y sencillo. Las acusaciones lanzadas contra Plácido no son poca cosa, y más en estos tiempos, pero corresponde a las acusadoras aportar pruebas, testigos y evidencias que justifiquen esos comportamientos, para en su caso abrir un proceso judicial que determine ante lo que estamos. Todo lo demás es ruido, pose, postureo banal e hipócrita de una sociedad que está cada vez más sometida a un escrutinio público gracias a la transparencia de internet, que nos ha desnudado en forma y fondo, y que se rige por un falso concepto de lo políticamente correcto que exterioriza de manera histérica y falaz. Bienvenida sea la caza de abusadores que en el pasado y hoy en día perpetran sus fechorías, y que todo el peso de la ley caiga sobre ellos, y que las víctimas sean reconfortadas, compensadas y comprendidas por aquellos que en su momento no les ayudaron. Y bienvenido sea el momento en el que las violaciones, los abusos y demás delitos sexuales, que tienen una enorme gravedad, sean tratados con la seriedad con la que se deben, y no sean unos meros términos utilizados para elaborar y ejecutar venganzas labradas desde antaño. Como se cuenta en la excelente novela de Nathaniel Hawthorne, que menciona Karina en su artículo, estamos cada vez más rodeados de repartidores de letras escarlatas, de impresores de las mismas, que en aras de la justicia que ellos proclaman, dividen el mundo en puros y justos frente a los abominables que deben ser marcados de por vida y señalados. Lo que ese texto relata es un comportamiento extremo, pero para nada imposible, que se daba en una pequeña comunidad protestante integrista de la costa este de EEUU, pero hoy, siglo XXI ya bien avanzado, los policías la moral proliferan por doquier y reparten letras escarlatas sin cesar, y disfrutan con ello. Al igual que los medievales frente al ajusticiado.

Tengo mi opinión personal sobre Plácido Domingo. Creo que es inocente de lo que se le acusa, y que si cometió errores en el pasado (el que no los haya hecho que tire la piedra) no fueron ni de la dimensión ni de la talla de lo que se le acusa. Habrá que determinar finalmente de qué se le acusa y si eso tiene recorrido judicial o no, y en su caso si eso se traduce en sentencias o no. Pero en todo caso, pase lo que pase, y como reitero una y mil veces, hay que distinguir el autor de la obra. Domingo es una figura absoluta, única, en el mundo de la ópera, y son miles los momentos y testimonios que así lo destacan. Nada puede diluir esos hechos y creaciones. Nada. Aunque queden impresos con letras marcadas en sangre de vísceras.

Subo a Elorrio el fin de semana y me cojo dos días. Si no pasa nada raro, nos leemos el miércoles 21. Descansen y disfruten

viernes, julio 12, 2019

El retorno del Rey, y de la música

Ayer, en medio de una ovación esplendorosa, terminó la proyección de la tercera de las películas del anillo en el Auditorio Nacional, una iniciativa desarrollada a lo largo de los pasados años, que hoy culmina con un nuevo pase de este capítulo, en la que la orquesta y coros nacionales de España han realizado, en directo, y con una pantalla gigante de fondo, la banda sonora completa de toda la filmación, en sus versiones extendidas. Un proyecto de dificultad extrema en el que músicos de todo tipo han debido coordinarse de una manera milimétrica con la velocidad tasada de una proyección en la que los tonos tienen que entrar donde se dice, frente a la cierta libertad que poseen las composiciones clásicas, donde los tiempos se indican pero deben ser interpretados.

He tenido la suerte de haber podido acudir a las tres películas a lo largo de estos años y el resultado ha sido, en todos los casos, excelente, y la sensación que me ha dado es que era una impresión compartida por todo el público que abarrotaba la sala sinfónica. Público que, en muchos casos, no es el habitual de este tipo de recintos, y que acudía a la llamada de una iniciativa innovadora y arriesgada por parte del llamado mundo clásico, que busca de esta manera expandir su audiencia y mostrar a los que rechazan este tipo de músicas y espectáculos que, en el fondo, todo está hecho para pasar un buen rato y divertirse. Bastantes de los que ayer llenaban la sala quizás no hayan acudido nunca, o en poquísimas ocasiones, a un concierto clásico, y a buen seguro hubo algún momento en el que se les pusieron los pelos como escarpias por lo que veían en la pantalla y, sobre todo, por lo que escuchaban, por un sonido limpio, a veces tan atronador como el más impactante de los conciertos de rock, que lo llenaba todo. La pantalla era gigante, sí, pero el sonido era lo que envolvía todo. El poder de una orquesta y coro, que no se demuestra sobremanera en función de su volumen, llega a desbordar las emociones de quien lo escucha de una manera irracional, a veces carente de sentido. La música es un lenguaje que no usa palabras, pero dice cosas, es una lengua de sonidos que entendemos sin saber muy bien por qué, pero que es capaz de despertar en nosotros sentimientos de una fuerza tan arrebatadora como quizás no haya palabra alguna. Esa experiencia, y perdón por el uso de esta palabra de la que tanto se abusa hoy en día, resulta de lo más intensa y, también, inexplicable. Las imágenes o las palabras, en muchas ocasiones, nos generan reacciones de intensidad similar, pero podemos explicarlas, porque lo que vemos es bello, agreste, repulsivo o lo que a usted le parezca, o porque lo que alguien nos dice nos encanta o hiere (a veces ambas cosas). Pero en el caso de la música, el sonido de un instrumento, una voz, una combinación de ellos, sin que haga falta saber nada de composición, teoría o similar, nos llega igualmente al interior. Sólo aquellos que poseen oído perfecto, no es mi caso, son capaces de identificar automáticamente qué notas suenan cada vez que las escuchan, y eso les ayuda a la hora de interpretar si son músicos, aunque puede que les reste placer en el mero acto de la audición, no lo se. En mi caso, e intuyo que en el de la mayoría de ustedes, no se cuando oigo algo si es sol sostenido menor o no, si el compás es tres por cuatro y la armadura de la partitura lleva dos bemoles. No soy capaz de “verlo” pero si la música me dice algo me “habla” y hace “ver”, y de eso se trata. Ayer, en el intermedio, al bajar de mi sitio al vestíbulo para estirar las piernas, un grupo de hombres que iban detrás de mí estaban comentando, literalmente “jo, la peli está de puta madre, sí, pero no tiene nada que hacer con la fuerza que sale de la orquesta, con toda esa gente tocando y cantando” y es que no sólo la plasticidad de la imagen de ver una orquesta interpretando, no. Es la magia de la música en directo, creada en el momento, ante uno mismo.

Es obligatorio dar las gracias a todos los que han hecho posible este fantástico proyecto, que ha involucrado, sin dudarlo, a muchísimas personas que han trabajado denodadamente para que el resto, simplemente, disfrutemos. El Centro Nacional de Difusión Musical, como organismo público coordinador de todo ello, es quién ha permitido que algo así salga adelante, y desde luego todos los aplausos y vítores del mundo para la Orquesta y Coros Nacionales de España, que han alcanzado un nivel de excelencia digno de las mejores agrupaciones del mundo y que ayer, ante un repertorio exigente y duro como pocos, nos llevaron a todos ante el monte del destino, y durante unas horas, destruyeron nuestros anillos del poder y nos liberaron de sus cargas. Tolkien, el que imaginó todos esos mundos, y tanto amaba la música, lo hubiera gozado.

lunes, mayo 06, 2019

Una noche de rock (para JAOP y FJSH)


¿Estamos viviendo el ocaso del rock? La edad media de sus seguidores crece a medida que las nuevas generaciones parecen ser víctimas de otras influencias, con el malvado reguetón a la cabeza, pero un par de noticias de estos pasados días dan algo de esperanza al género. Hace dos domingos Mark Knopfler llenó el palacio de los deportes de Madrid, y mucho me dolió no estar presente en lo que parece es la gira de despedida de un mito de la guitarra, y el pasado viernes, en el recinto de Valdebebas destinado al a veces esperpéntico Mad Cool, Metallica congregó a 66.000 espectadores en un triunfo absoluto, al que no me hubiera gustado asistir, porque no me va el estilo, pero en una muestra de dominio y seguimiento de masas indiscutible.

Sin tantas alharacas, este pasado sábado noche nos juntamos un grupo de nostálgicos, llamémonos así, en una sala del madrileño barrio de Fuencarral, para escuchar a una banda de tributo, de esas que se dedican a homenajear a los clásicos de los setenta, ochenta y noventa. Armados con batería, bajo, guitarra solista, voz y un teclista que, a última hora, no pudo asistir por un problema médico, la banda, llamada 5 jotas” desgranó un repertorio agradecido, jovial y con mucha fuerza, en el que se alternaban autores como la Creedence, Staus Quo, Joe Cocker, Robert Palmer, Alaska y muchos otros. Como sucede en los conciertos de música clásica, muchos de los que allí nos encontrábamos acudíamos a la llamada de nuestros amigos, que con toda la ilusión del mundo han montado la banda para recordar, pasárselo bien y tocar música, que es lo más importante, y por lo que pude apreciar el poder de convocatoria de alguno de los miembros del grupo, concretamente del batería, fue muy superior al del resto. La ausencia del teclista enmarañó un poco la actuación prevista, obligó a reducir las canciones ya preparadas y, en algunos casos, a recomponerlas para que no se notara la ausencia del instrumento. Ello sin duda aumentó la presión del grupo, en lo que era ya una cita trascendental al ser el primer concierto que hacían en público. Pese a ello el resultado fue muy bueno. Se notaba que los componentes del grupo, a pesar del sudor y nervios, disfrutaban de lo que estaban haciendo y, en el caso de la guitarra, al mando del JAOP, se pudo ver que quien tuvo, retuvo. Ya hace años formó parte de algunos grupos musicales y, tras mucho tiempo alejado de la escena, muy ocupada su vida por el trabajo y la familia, el gusanillo de la música volvía a rugir entre sus dedos, y esta nueva banda ha supuesto la oportunidad de encontrarse con un escenario, los amplificadores conectados y el sonido de la guitarra, rasgada, punteada o de las mil maneras que puede ser tañida, en un repertorio que gira, en su mayor parte, en el lucimiento más o menos virtuoso de la guitarra, instrumento fetiche del rock. Batería y bajo crean la secuencia de acordes y base fundamental para que la pieza funcione, no son tan apreciados por el oyente como debieran pero son fundamentales (heredan el papel del bajo continuo barroco) y el cantante solista acapara flashes y focos cuando canta, hace poses y se queda con el público, pero es ese momento en el que la guitarra empieza a hacer “cosas” el que levanta a todo el mundo, el que enfervoriza al rockero de verdad y al impostado, que sin poder evitarlo empiezan a simular que tienen un mástil entre las manos, y juegan con trastes y cuerdas invisibles, en unas poses que tratan de replicar lo que, desde el escenario, el profesional ejecuta con primura, trabajo y entrega. El que se hayan creado concursos internacionales de “Air guitar” o ejecución sin guitarra es una muestra de hasta dónde llega la fiebre por el instrumento en el rock.

El concierto duro algo más de hora y media y todos los que allí estuvimos pasamos un rato excelente, escuchando canciones que, para muchos, son la banda sonora de su adolescencia, que durante un tiempo reinaron en las emisoras de radio y que hoy, en época de plataformas, sobreabundancia de ofertas y desplome de la radio fórmula, suenan privadamente en el hogar o auriculares del aficionado. Sí, quizás el rock ha pasado ya sus mejores años y, como nos pasa a los seguidores de la clásica, sus aficionados serán poco a poco una legión cada vez más compacta y minoritaria, pero eso no quita nada de la calidad de las canciones que se escucharon el sábado, la entrega de los intérpretes, su valor para salir al escenario y los buenos momentos que pasamos entre todos. Todo fue “simply irresistible”.

lunes, octubre 08, 2018

Montserrat Caballé, la más grande


Poco puedo añadir, la verdad, a lo mucho, bueno y merecido que se ha publicado tras la muerte de Monserrat Caballé. Me pilla además en un tema en particular, la ópera, del que no soy ningún experto. No se si calificarme a mi mismo como melómano, quizás lo sea, pero en esto del arte y sus infinitudes pasa como, por ejemplo, en medicina. Uno puede ser médico, posee una especialidad y tiene nociones del resto, pero mejor que acuda al especialista de lo que sea cuando los problemas son graves. La ópera es todo un mundo dentro del universo musical, y ahí sólo soy un mero aficionado del montón. Caballé me sonaba prodigiosa, pero no pudo yo darles detalles precisos sobre la coloratura y otras características de su voz.

Su muerte ha sido portada en todos los medios nacionales e internacionales, porque sin duda era Caballé la soprano viva más importante, el mito de una época que se apaga, que muta en nuevas figuras, pero que no son tan conocidas ni universales como las pasadas. Caballé reinó en el mundo operístico y su trono, vacante, se halla disperso entre varias figuras sin que ninguna alcance su nivel ni popularidad. Retirada de los escenarios desde hace algunos años, las últimas veces por las que fue noticia se debió a motivos extralaborales, principalmente por sus pleitos con hacienda, en un asunto menor que a algunos les hirió en exceso, y que Monserrat debió vigilar más para que no empañase su figura. Su aparición en el horrendo anuncio de loterías de hace unos años supuso un ridículo nacional, no sólo para ella, que suscitó comentarios de todo tipo, pero eso no son sino meras anécdotas que en los tiempos virales actuales se destacan en exceso. No, Caballé fue mucho más, infinitamente más que eso. No hubo teatro o coliseo de ópera del mundo que no se la disputase y que no se rindiera ante su voz, que no la bañara en infinitos aplausos y que no la elevara a diva, palabra que a ella no le gustaba, y que rechazaba encarnar. El éxito de Caballé a lo largo de décadas de prodigiosa carrera logró aunar a crítica y público como pocos lo han conseguido, quizá Plácido Domingo sea el ejemplo simétrico en el caso de los tenores. Y como antes señalaba, el comportamiento natural del que hacía gala, muy alejado de la imagen de estrella que genios anteriores como Callas o Tebaldi cultivaron hasta el absurdo, la acercó mucho más al público y la sociedad. Era Caballé una cantante de pueblo, una imagen natural del artista que se entrega a su público pero que no vive en pedestal alguno. De orígenes humildes, contó varias veces que se dedicó a cantar para no pasar hambre, argumento que fue el tótem de la generación de los españoles de la postguerra, donde sobrevivir y acallar el ruido de las tripas era el principal objetivo diario. Esa naturalidad nunca le abandonó, siempre tuvo claro de dónde había salido, lo que le había costado llegar hasta arriba, lo mucho que había trabajado y, también, cómo le sonrió la suerte cuando la necesitó, empezando por su debut internacional. Por ello era Caballé una mujer agradecida, que a todo el mundo le trataba con una sonrisa, que no echaba broncas, que se entregaba en los espectáculos más rimbombantes del mundo y en las galas de poca monta, que acudía a conciertos y los daba con la naturalidad de sentirse en casa y entre los suyos, rodeada de música. Los testimonios de todos los que han colaborado con ella coinciden en esa bondad, esa personalidad abierta, extrovertida, simpática y amable. Y eso la hacía mucho más querida. Hoy en día la imagen del cantante lo es casi todo, y Caballé poseía una estética que, a buen seguro, le hubiera impedido ser contratada en muchos escenarios, donde prima la belleza y el tipo frente a la calidad y el conocimiento. Estaba gorda, sí, lo sabía y se reía de ello. ¿Hubiera triunfado Caballé en la dictadura actual de Instagram? Lo dudo, y eso que nos habríamos perdido.

Su amor profundo por la música no le hacía distinguir entre géneros y estilos, sino entre calidad y gusto. Lo que era bueno y le gustaba, lo cantaba y apoyaba, fuera ópera, rock o lo que sea. Esa transgresión fue criticada por algunos, pero sus voces se apagaban cuando Montserrat comenzaba a cantar, y con su tono a todos llenaba de silencio y música. Su relación artística con Freddy Mercury quedará para la historia como la de la conjunción, maravillosa, de dos genios muy distintos, en procedencia, estilo y gusto, pero unidos por el amor a la música, que para ellos lo era todo. La voz de Montserrat ya es historia de la música, nos quedan sus grabaciones, y el recuerdo de su risa, contagiosa y sincera. Nos dio luz musical y, escuchándoles, nos conmovió y nos hizo ser mejores. Cuántas gracias debemos darle por ello.

miércoles, febrero 21, 2018

Cantar por amor al arte (para Delia Agúndez y todos los músicos)

Este pasado sábado estuve en un concierto de música antigua celebrado en una iglesia del centro de Madrid. No pertenecía al ciclo del Festival de Arte Sacro que se celebra ahora en la ciudad, pero se realizaba en paralelo. Algo más de media entrada, que era de pago, en un edificio de buena acústica y muy baja temperatura, y con la polifonía de Cristobal de Morales como protagonista exclusivo. Actuaron Gradualia, formación encabezada por Simón Andueza y en la que participó la soprano Delia Agúndez, a la que conocía de anteriores conciertos. Polifacética y presenten múltiples proyectos, la carrera de Delia es un gran ejemplo de lo bello, y difícil, que resulta ser el trabajo del artista en un país donde tan poco se valora esta profesión.

Al final del concierto me quedé un rato para felicitar a Delia por su actuación, exquisita, como la del resto de cantantes, y entre una cosa y otra acabamos en un local cercano tomando algo los artistas y algunos de los miembros del público, a los que yo no conocía de nada. En una charla distendida, en la que yo aprendía mucho más de lo que era capaz de aportar, la música fue el tema fundamental de conversación, como era de esperar. Música en torno al concierto que habíamos vivido, que todos calificamos como excelente, tanto que incluso nos había permitido olvidar por momentos el frío de la iglesia. Y música como forma de vida de todos los que allí estaban reunidos, como intérpretes en el caso de los concertistas y como relacionados con ese mundo. Había un chico que era crítico de la revista Codalario, y otros dos, con los que tuve la oportunidad de charlar más en profundidad, que dedicaban su tiempo musicológico a rescatar partituras de lugares en los que yacen escondidas y abandonadas. Iglesias, monasterios, palacios, casas señoriales, edificios ruinosos, su vida era un deambular por España tratando de convencer a los dueños o gestores de lugares y posesiones de la necesidad de dar a conocer el patrimonio que se atesora, y que tantas veces corre el riesgo de pudrirse y perderse. En bastantes ocasiones habían tenido éxito, y algunos de los conciertos del citado Festival de Arte Sacro antes comentado van a ser posibles gracias a su labor. En otras ocasiones, no pocas, recurrían a argucias como sacar fotos indiscretas de pergaminos roídos por el tiempo (y algunos animalitos) sin que el responsable del archivo se diera cuenta. Y en no pocos casos su historia era la del fracaso, la imposibilidad, el no acceso a las fuentes, a veces ni siquiera a los lugares en los que se encuentran. Era una labora, tal y como la contaban, apasionante, detectivesca y proclive a encontrar joyas, pero también muy mal remunerada, a veces de ninguna manera, por lo que la vida de esos chicos buscadores era, como mínimo, precaria. Trataban de encontrar vías de ingresos alternativos, que les permitieran desarrollar su labor de arqueólogos musicales, y todo ello les obligaba a una vida frugal y llena de limitaciones. Y comentaba Delia, cuya carrera va viento en popa, que su caso era igual, que la vida de autónomo es dura, se ingresa algo, no se sabe muy bien cuanto, el día que se actúa, y al día siguiente nada es seguro. Y comentaban todos ellos como los grupos asentados, los que tienen nombre, muchas veces no pueden salir al extranjero porque no tienen dinero para pagarse unos viajes que, otras naciones, sabedoras de la importancia de la promoción cultural, sí cofinancian a sus grandes grupos musicales, que todos conocemos, y que cuentan con ese colchón que les permite mostrar su calidad, enorme, y hacer promoción comercial de su origen. Contamos en España con grupos e intérpretes de igual calidad, eso ya es una evidencia, pero sin ese apoyo ni músculo financiero que les permita girar y promocionarse, y de ahí que muchas veces parezca que el nivel musical nacional es mucho menor. Qué errónea, e injusta, percepción.


En ese rato de conversación, que fue sumamente agradable e instructivo, me encontré con un grupo de profesionales que, literalmente, daban su vida por amor al arte, y que reflejaban muy bien la precariedad en la que se mueven muchos profesionales de nuestro país, de diversos sectores y procedencias (piensen en los periodistas, tantos falsos autónomos, empleados de restauración y servicios, etc) agudizada en su caso por el abandono que el arte y la cultura sufren en nuestro país, en muchos casos por la indolencia de gobiernos que, esto es lo peor, reflejan el comportamiento de una gran parte de la sociedad. Poco más puedo hacer que dar apoyo y sentir admiración ante estos estajanovistas de la cultura. Y alentar para que todos los que puedan vayan a sus conciertos, compren algún CD, les aplaudan y animen. Viven del favor del público.

martes, febrero 20, 2018

Marta Sánchez y la letra del himno

Sea buscado o no, tampoco importa mucho, Marta Sánchez ha conseguido que durante un par de días no se hable de Puigdemont en los medios, lo cual ya es algo de lo que debemos estarle agradecidos, pero el tema de debate no han sido sus cualidades como cantante (no me gusta ese tipo de música) ni su buen ver (en eso no hay discusión posible) sino su versión del himno de España con letra propia. Ya en los noventa tuvo la oportunidad de, emulando a Marilyn, ir a cantar a las tropas españolas que participaban en la primera guerra del golfo, y desde entonces no se veía la cantante en una situación tan patriótica ni mediática. Hace bien en aprovechar el momento, dado que todo artista vive de él.

Sobre el tema de fondo, el de la letra del himno, poco les voy a poder aportar, porque soy de los que opina que hace mucho tiempo, al menos más de un siglo, que se perdió la oportunidad de ponerle versos a una marcha granadera, el himno nacional, que no es especialmente llamativa en lo musical y que, sin texto, es como la hemos vivido durante toda la existencia. No pocas han sido las iniciativas de ponerle un texto, que han acabado estrellándose en el debate público para que todo lo que sea necesario fuera recogido y nadie se sintiera ofendido, algo que era imposible ya antes de las redes sociales, y que ahora, al parecer, es un imposible a la altura de la paz perpetua entre cuatro tuiteros. Los himnos de otros países de nuestro entorno poseen letra, sí, que tiene varios siglos de antigüedad y que, si examinamos con cuidado, nos retrotrae a épocas presuntamente gloriosas de batallas cerriles y enfrentamientos. La Marsellesa menciona la necesidad de degollar a los enemigos, el “God save the Queen” es una alabanza a los cielos a ya la monarquía eterna, y así podríamos ir uno a uno, traducidos, viendo textos que casi todo el mundo hoy en día consideraría como imposibles. Si los habitantes de esos países los recitan es por tradición, más que por el significado, y no habiendo lo primero en España, parce imposible encontrar lo segundo que genere unanimidades. El himno de la UE, la oda a la alegría de la novena de Beethoven, tiene letra, el poema alemán de Schiller, pero ¿cuántos españoles se la saben? Muchos piensan que el texto es el que cantó Miguel Ríos en sus años mozos, pero esa no es sino una versión muy libre del texto originario. Hay himnos laicos, como el de Star Wars, que a todo el mundo emociona, y que no necesitan un texto asociado, pero que representan a millones de personas. ¿Es por ello necesario recitar algo mientras se escucha la música? No lo creo. Se aduce que en competiciones deportivas, quizás el lugar en el que más se escuchan estas composiciones, el equipo español parte en desventaja frente al resto, que unidos en una melodía y texto, reafirman su unidad de grupo antes de salir al campo. Pero estamos hablando de deporte, algo menor en la vida y donde el componente de mercenariado es mucho más importante que cualquier bandera, insignia o color. Seguro que los neozalandeses tienen un himno bonito y con texto (ya me pueden disculpar, no tengo ni idea de cómo suena ni lo que puede decir) pero sabido es que su selección de rugby se motiva con una danza ritual maorí que, sospecho, poco tendrá que ver con el sonido oficial del país, que apuesto a que hará alguna mención a la reina de Inglaterra y a la Commanwealth. El problema de fondo del himno, la bandera y los símbolos nacionales en España viene de la época franquista, cuando fueron usurpados por una parte de la sociedad y usados como arma frente a la otra. Poco a poco ese trauma, afortunadamente, se va superando, pero el poso que ha dejado es el de un profundo, y quizás sano, descreimiento en la simbología patria. La locura “Puigdemoníaca” ha hecho que afloren bandereas y sentimientos nacionales españoles como nunca las ha habido, pero es una respuesta ante las ofensas que un grupo de exaltados han hecho a toda nuestra sociedad, empezando por la que más cerca les toca a ellos, a la catalana. La vuelta a la normalidad, ojalá a no muy tardar, hará que muchas banderolas se caigan de los balcones.


En esto de los himnos, a cada uno le vuelve loco el suyo, y reconozco que mío, que me emocione, no está ninguno asociado a nación, región, terruño o, desde luego, club deportivo. Ese citado pasaje de la novena de Beethoven, el coro final de la Pasión según San Mateo de Bach, o cualquiera de sus arias, muchas de las arias de Häendel, varios pasajes de Star Wars, algunas fanfarrias de Monteverdi, Gabrielli o Praetorius… Canten con fuerza el himno con la letra que deseen, usen el “chunda chunda” o el “lo lo lo lo” versiones genéricas que se usan día tras día, entonen el “Asturias, patria querida” himno oficioso del país y, según dicen, oficial con unas copas de más, y respeten todos los demás. Eso es lo más importante, respetar los símbolos, no usarlos como objetos arrojadizos.

lunes, diciembre 04, 2017

Música, color, viento (para Maria Parra e ISM)

Sigo sin entender cómo funciona la magia de la música, pero la siento plena cuando la escucho. Supongo que me pasa como a tantos otros, y como decía San Agustín refiriéndose al tiempo, que cuando la oigo se lo que es, pero que cuando tengo qué explicarlo me veo incapaz de expresarlo en palabras y frases, no pudiendo explicarlo. Cómo un lenguaje tan abstracto, carente de letras que podamos entender, de fonemas y estructuras, nos puede transmitir mensajes y emociones de una forma a veces más intensa que el más apasionado de los textos. No se cómo es posible, pero sucede. Y quizás sea mejor dejarlo así.

El pasado viernes tuve la oportunidad de volver a sentir una sensación musical, gracias a ISM, antigua jefa mía ya jubilada, que con motivo del arreglo del piano de pared que está en el sótano de su casa, organizó un concierto privado al que invitó a pocas personas, no llegaríamos a la veintena, en una velada tan exclusiva como lujosa. Para nosotros en exclusiva iba a interpretar la pianista María Parra, mujer llena de talento y fuerza, que nos narró, con el teclado y de viva voz, el contenido de su segundo disco, centrado en piezas del impresionismo francés y algunas selecciones de repertorio español. Cuando hace unas semanas ISM me comentó la idea del concierto, surgida de la amistad de María con una de sus hermanas, me pareció una idea curiosísima, extraña y, pensaba para mi, loca, de esas que se dan en las ciudades y que son extravagantes de por sí, y me hizo mucha ilusión que ISM me invitase a un acto así. Cuando iba a él, bajo el viento frío de este invierno anticipado, y ya sentado en una silla en el sótano de la casa, al resguardo, en el calor del hogar, y con el piano al fondo, no podía dejar de pensar en lo insólito que era lo que estaba a punto de suceder, lo difícil que es conocer a un músico y lo casi imposible que es que toque para ti, que no estés en lo alto de un anfiteatro oyendo, y viendo las cosas a una distancia enorme, sino ahí, al lado, a tres cuatro metros de la silla que, todavía, seguía vacía. Supongo que la pianista estaría nerviosa, como ante cualquier actuación, y más si cabe en una de este tipo donde las caras de los espectadores están ahí, encima, junto a ella, pero yo estaba en esos momentos casi tan nervioso como ella. Bueno, quizás no fueran exactamente nervios, pero sí esa sensación de tensión que a uno le embarga ante situaciones importantes que se antojan difíciles. Supongo que no para la intérprete, pero esa sensación desapareció por completo para mi al poco de que María entrase en la sala de concierto y comenzara a tocar, y la música lo llenase todo. Música centrada en un Debussy desatado, cromático y volátil, con piezas que tratan de reflejar esos paisajes impresionistas que dieron nombre a la corriente artística, y que el compositor francés logra, de manera mágica, describir con pentagramas, y el intérprete tiene el reto de convertirlos en sonidos de color y sensaciones. María iba desgranando las piezas del repertorio, agrupándolas por bloques, y realizando antes de ello una introducción explicando qué es lo que íbamos a oír, qué significado le había dado el compositor a la obra y lo que esas piezas habían supuesto para ella a lo largo de su carrera profesional y de estudio del piano, que es lo mismo que decir de su vida, dedicada en cuerpo y alma a una pasión, a un instrumento, a una tortura, a una esclavitud, que todo lo pide, y que todo lo ofrece si uno se entrega sin límite. El concierto duró algo más de una hora y tuvo varias propinas, pero cada uno de los minutos de entrega de Maria ante el teclado, con nuestra absorta atención embelesada en sus manos y postura, se hicieron intemporales. Su interpretación fue excelente, su entrega total, nuestro disfrute, pleno.


Tras escuchar la música, estuvimos un buen tiempo en el salón de la casa de ISM de charla, picoteo y tertulia, no sólo de cuestiones musicales, y durante bastante tiempo el grupo de personas a las que yo conocía, que fuimos los últimos en marcharnos, tuvimos la oportunidad de contar con María como tertuliana, y pudimos hacerle preguntas sobre su carrera, gustos musicales, cuestiones sobre otros intérpretes, compositores y obras. Y hablamos largo y tendido de otros muchos temas no musicales, en una velada que fue un placer para los que la pudimos disfrutar, y de la que sólo puedo dar gracias a María por su arte y entrega, y a ISM y sus hermanas por habernos permitido disfrutar de una noche impresionista llena de calor y color.