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martes, julio 08, 2025

El matonismo trumpista de Óscar Puente

Qué remanso de paz son las formaciones políticas, qué entrañable reunión de amigos unidos por unos ideales que se escuchan y aprenden conjuntamente. Qué envidia. El que se graben las conversaciones de lo que son reuniones a puerta cerrada y se filtren al cabo de un par de días es muestra de la vileza a la que ha llegado una organización podrida en la que el odio es el dominante y sólo las migajas de poder que caen desde lo alto son capaces de mantener unidas unas siglas que hace tiempo que dejaron de significar lo que pretendían. Supongo que todas las ruinas son similares, pero es cierto que el estrépito de algunas al caer es bastante más llamativo.

De lo que hemos escuchado del comité federal del PSOE lo que más me llama la atención es cómo un sujeto como Óscar Puente puede seguir ahí, en posiciones de mando, y sobre todo, cómo el resto de los que le rodean son capaces de mantenerse a su lado, siendo la personalidad tóxica que muestra a cada paso que da y rebuzno que pronuncia. Puente es el típico matón de barrio, el chulo de la esquina que alardea de lo duro que es y que no duda en insultarte o pegarte una cuando menos te lo esperaras. Es ese personaje de instituto que abusaba de los que podía, porque siempre había alguno más débil, y que se creía superior a todos ellos. Una muestra de lo injusta que es la vida es que ese sujeto a llegado a Ministro y muchos de aquellos a los que ha maltratado, en todos los sentidos, ahora ocupan puestos profesionales de menor relevancia y, a buen seguro, mucha menor nómina. Puente es el típico jefe capullo que grita, que maltrata, que desprecia a los que no le siguen la corriente o le hacen la pelota, el sujeto que se deja llevar por las malas maneras, que no duda en cortar en las conversaciones, en amenazar, en elevar el tono de voz. En definitiva, Puente es un sujeto indeseable del que hay que permanecer lo más lejos posible si uno quiere mantenerse con un cierto grado de cordura. Un jefe de este tipo, o peor aún, convivir en pareja con alguien así, es la receta perfecta para el desastre profesional y personal. Ahora que las estanterías están llenas de libros de autoayuda barata sobre quererse, personas vitamina y demás, Puente es el típico ejemplo de personaje siniestro que chupa la energía y ganas de vivir de los que le rodean, que hace imposible las relaciones, que lo entiende todo como una lucha en la que él es el que debe prevalecer y el resto están condenados a callarse o a darle la razón de la manera más servil posible. Este tipo de personajes son capaces de medrar en las estructuras profesionales porque exprimen equipos, los destruyen, pero logran alcanzar algunos de los objetivos a los que se habían comprometido ante sus superiores, a costa de la salud de no pocos de los subordinados. Van ascendiendo y dejando cadáveres a su paso, y labrándose una cierta fama de eficientes a la vez que duros, en medio del silencio de los que han sido destruidos, el acojone general de los que les rodean en cada punto y el peloteo de unos pocos que ven que si se suben al carro del capullo van a poder medrar a la vez que él, ocultando sus propias incapacidades. El caso de Puente tiene algo de particular, porque este tipo de comportamientos repugnantes se producen habitualmente en la intimidad, en reuniones de trabajo que se convierten en comités inquisitoriales, en encuentros de despacho donde la amenaza, insultos y malas maneras son dominantes, pero no se llevan a la luz pública, no se suelen exhibir ante todo el mundo de una manera tan descarada. Sin embargo, quizás como una nueva muestra de la nueva era en la que vivimos, Puente ha decidido desde hace ya tiempo dejarse de medias tintas y usar el insulto y el tono matonista como un distintivo personal. Al menos no engaña, es tan indeseable como lo muestran sus formas. Que su jefe, un psicótico narcisista, lo mantenga, es una muestra más de lo que ha degenerado la política en general y ese partido en particular. Mi consejo es claro. Ante este tipo de sujetos, ante los Puente que se encuentren en la vida, mejor no enfrentarse a ellos. Huyan a la primera oportunidad, abandónenlos, déjenles lo más lejos posible de sus vidas. Son tan indeseables como incorregibles.

Lo cierto es que lo que les comentaba de la era en la que vivimos me ha hecho pensar que Puente es un perfecto exponente del trumpismo, en versión local. Trump presume de ser un tipo directo, de no ser diplomático. Insulta, abusa de su posición de poder, no guarda las formas, es mal educado, soez, patán, abusón, deslenguado, impresentable…. Si lo piensan, alguien como puente llegaría muy lejos en el gabinete de Trump, que a buen seguro vería al vallisoletano como una curiosa reencarnación latina de su estilo. El magnate naranja lo miraría con desprecio, dada su componente racista, pero, sin lugar a duda, con cariño. Reconocería en los ladridos de Óscar el mismo sonido que se le hace familiar cuando se escucha con arrobo.

jueves, diciembre 07, 2023

Desastre en PISA y excusas

Cada vez que salen los resultados de los test educativos PISA en España asistimos a la misma ceremonia, convertida ya en tradición. Aunque hay disparidades notables entre CCAA, los resultados globales son malos, lamentables, no dejan de empeorar, y ante eso los responsables de la gestión educativa, nacional y regional, echan mano de todo tipo de excusas baratas para salir al paso, justificar sus altos sueldos y exculparse del fracaso de unos indicadores que, sí, son mejorables, pero son los que son, y que retratan nuestro sistema educativo como uno de los peores de occidente. Sin paliativo alguno.

Lo de esta semana ya ha sido de traca, ante la publicación de una nueva oleada de este estudio internacional. Los datos obtenidos han estado condicionados, en todas partes, por el efecto de la pandemia de Covid y los confinamientos, el abuso sin medida de los dispositivos telemáticos como herramienta sustitutiva de una presencialidad inviable y todo el marasmo que recordamos bien respecto a cómo gestionar en las aulas una enfermedad nueva. Era de esperar que los resultados globales cayesen, y es lo que ha sucedido. En España hemos marcado un nuevo mínimo histórico en nuestra puntuación del test, por lo que, usando notas de esas que sirven y ahora no se suelen utilizar, hemos pasado del suspenso al muy deficiente. Pero hete aquí que la necedad que nos rige ha encontrado una vía de consuelo, y es que los datos del resto de naciones desarrolladas de occidente han empeorado más que los nuestros, por lo que la ventaja que nos sacaban se ha reducido. Nosotros hemos pasado de graves a muy graves y ellos de bien a graves, saltándose el escalón de “mal” por usar una analogía, por lo que la distancia mutua se reduce. Que nuestra capacidad de empeoramiento permanezca desde los tristes niveles en los que nos situamos es, la verdad, meritorio, pero que los encargados de diseñar las políticas educativas sigan cobrando fracaso tras fracaso, lo es más. Literalmente han aplicado el refrán ese que reza “mal de muchos, consuelo de tontos” para reconocer que sí, nos hemos hundido aún más en el pozo de la mediocridad, pero ya no estamos tan solos, porque otros se nos han acercado. Genial. Los alumnos, las principales víctimas de este fracaso colectivo que es nuestro sistema educativo, empeoran sin cesar, el profesorado cada vez se encuentra más abandonado y sin capacidad para imponer su criterio y autoridad en los centros, pero los que dictaminan cómo se ejecutan las políticas educativas, los responsables de dejar al alumnado en la incultura y sin herramientas para poder desenvolverse en la sociedad competitiva del futuro, encantados porque otros no lo han hecho bien. Es para cesarles a todos y que devuelvan los millones de euros que han cobrado de nóminas públicas en estos años de indolente gestión. Si exploramos los datos de PISA, vemos que hay bastante disparidad por regiones y naciones. En general, los países asiáticos vapulean a los occidentales, tendencia que se lleva registrando desde hace años, muestra de que esas naciones se han tomado en serio lo de la educación, poseen un sentido de la disciplina y el esfuerzo que aquí se ha perdido y tienen la convicción de que el futuro puede ser suyo, y para ello estudian con fuerza frente a un occidente ensimismado en problemas menores que le mantienen distraído. Dentro de España, por CCAA, también hay grandes diferencias, con un norte que presenta datos comparables a las naciones avanzadas y un sur que está muy a la zaga. De entre las regiones que destacan, Castilla y León lo hace con fuerza, lleva ya varias ediciones de PISA siendo la mejor en aspectos como comprensión lectora y matemáticas, y sus números son perfectamente comparables con los de Finlandia y otras naciones que suelen liderar el ranking. Algo se está haciendo bien en esa región. Por el otro lado, Andalucía y Extremadura vuelven a marcar valores muy bajos, y destaca sobremanera el desplome del País Vasco y, sobre todo, Cataluña, que obtiene, de largo, sus peores registros en este estudio. Su rendimiento es sinónimo de derrumbe.

Aquí, en Cataluña, se ha llegado al rizar el rizo de la excusa. Los portavoces de la consejería de educación de la Generalitat achacaron los malos resultados del estudio a la presencia excesiva de inmigrantes en las muestras de estudiantes analizadas, lo que, con razón, ha sido considerado un argumento completamente xenófobo por parte de otras formaciones políticas, no de la ERC que rige el departamento. Supongo que al supremacismo que marca la pauta educativa allí, y en otras regiones, le encantaría que todos los alumnos fueran catalanes de purísima cepa y que recitaran al unísono las consignas que emanan del gobierno. Con sujetos como estos al mando no es que la educación esté condenada al fracaso que muestran los datos, es que sólo sirve para adoctrinar. Seguro que eso es lo único que buscan. Pobres alumnos, pobres profesores.

viernes, junio 24, 2022

Graduación en ruinas

Hoy termina el curso escolar en todos aquellos lugares donde aún no lo haya hecho. Pistoletazo de salida para las largas vacaciones de verano, que parecían infinitas cuando éramos unos críos, quizás porque realmente lo eran. Una de las cosas que hemos importado de los EEUU son las ceremonias de graduación, esas fiestas de fin de curso en las que se entregan diplomas, se viste de gala, se celebran festejos y no pocos chavales entonan su primera cogorza y, quizás, encuentren el amor como una profunda novedad de sus vidas. En mi época, parezco un abuelo al decir esto, no había ceremonias similares ni al terminar la universidad, nunca hubo fiestas del encantamiento bajo el mar ni nada parecido. De amor mejor no hablemos

También se acaba el curso en Ucrania, curso que empezó con miedo y sombras ante un futuro incierto y que termina en medio de los bombardeos tras cuatro meses de guerra, comenzada el maldito 24 de febrero. La zona este del país está arrasada y el resto vive en vilo. Son incontables las instalaciones educativas que han quedado inutilizadas por los ataques rusos o, simplemente, se han utilizado para otros fines ante la falta de recursos y lugares donde, pongamos, acoger refugiados, distribuir provisiones o cosas por el estilo. Los chavales menores de edad no tienen que ir al frente, por lo que habrán intentado seguir con sus estudios, pero sus padres y profesores sí deben luchar, así que nada habrá sido como antes. Es difícil saber cómo intentar mantener rutinas en un lugar como un colegio cuando sabes que quien hasta hace unas semanas te explicaba algo en la pizarra ahora está jugándose la vida para que la tuya propia pueda seguir existiendo, impidiendo el avance de las tropas rusas. Si una escuela es un lugar en el que se busca dar respuesta a algunas preguntas (y sí, también el espacio en el que no debieran de dejar de surgir nuevas preguntas) supongo que las clases habrán quedado convertidas en obligaciones secundarias ante las inquietudes de los chavales, más cercanas al dolor de la realidad cuanto mayores sean, que las profesoras y el resto de personal que se ha quedado con ellos podrá hacer frente sin tener garantía alguna. El curso habrá quedado inevitablemente roto, y eso, claro, en las zonas occidentales donde se haya podido mantener. En el este del país clases enteras yacerán ahora mismo bajo tierra, sueños y futuros sepultados en medio de la devastación. Pero los que aún pueden estudiar tratan de rebelarse contra su destino y, aunque sea mediante gestos, mostrar resistencia ante el invasor. Hace unos días se pudo ver una iniciativa fotográfica en la que alumnos ucranianos de distintas localidades y edades posan en sus actos de graduación. Lucen bandas birretes, vestidos apañados. No lo hacen en grandes grupos, sino en solitario o en parejas o pequeñas formaciones. Lo más relevante es que no posan en plácidas praderas con pérgolas de flores en las afueras de sus instalaciones educativas, no. Se han ido a lo que hasta hace unos meses fueron barrios y lugares comunes de sus ciudades y pueblos, y ahora son montañas de escombros, ruinas y cascotes. Posan en la segunda planta de un edificio de apartamentos que está reventado, que da miedo sólo de ver, en el que faltan la mayor parte de las paredes y uno teme que sólo el hecho de acceder para sacar las imágenes sea un riesgo existencial para los que a ese lugar han entrado. Tres o cuatro chicos se muestran sobre las destruidas torretas de un par de tanques rusos que, como animales prehistóricos, yacen en unas calles rotas y sucias. Sobre ellos los estudiantes parecen tomar posesión de la chatarra que pisan, que ya no será capaz de disparar a nadie. Un grupo de chicas posa desfilando, con banda y vestidos, delante de un edificio carcomido por disparos, que fue testigo del horror, y que ahora permanece mudo e incapaz de responder ante la belleza y futuro que ante él transita.

Las imágenes son duras, chocantes, chirrían, impiden que uno se quede indiferente ante ellas. Generan preguntas sobre el gusto de la iniciativa, sobre su utilidad, pero más allá de cuestiones que a los apoltronados que vivimos en medio de las comodidades ajenas a una guerra nos puedan suscitar, muestran la crueldad diaria de lo que esos chavales viven, y el estado en el que está quedando parte de su país, cada día una parte mayor. Esos críos que ahora posan, sobre todo ellos, se han librado de ir al frente por unos pocos años, pero el frente ha llegado hasta ellos, y han decidido no esconderse. Su valentía está clara, también su determinación de resistir. En ellos, lo peor es que sólo en ellos, está nuestra propia esperanza para saber lo que sucederá con el devenir de la guerra. En septiembre empezará un nuevo curso, pero me temo que los combates continuarán, y quizás algunos de los que ayer posaron no puedan ya nunca volver a las aulas.

miércoles, mayo 12, 2021

Morir en una escuela

Ayer Rusia vivió una de esos horrendos episodios que son tan típicos en EEUU, en los que un exalumno cargado de odio y armamento arremete contra la escuela en la que estudió de pequeño, y a saber qué le pasó, y decide matar para purgar sus dolores o, como disolvente, extenderlos por doquier. El balance es el de siete críos muertos, y una profesora y una empleada de la institución también asesinadas por el instinto homicida de un chaval de diecinueve años que no se suicidó, sino que se entregó a la policía, haciendo declaraciones de posesión, de diablo, de odio. Será juzgado y condenado, pero el horror que ha creado ya nadie lo redimirá.

Si esta desgracia ha sido causada por un atacante solitario, lo que se ha vivido en Afganistán este fin de semana es algo muy distinto, fruto del odio sectario de los talibanes, del yihadismo, que considera a la mujer poco más que un felpudo sobre el que poder restregarse. El atentado perpetrado por esos extremistas contra una escuela femenina chií se salda con un balance tan atroz como difícil de asumir. Unas 85 fallecidas y camino de las dos centenas de heridos en una acción casi de guerra con coche bomba y explosivos de distinto tipo. El objetivo era eliminar la escuela, exterminar a quienes allí se encontraban. Así de simple y aterrador. Un lugar dedicado a la enseñanza, en este caso también de corte islámico, en el que las alumnas eran todas mujeres, más bien niñas, crías inocentes que apenas estaban empezando a conocer el amargo mundo que los adultos les habían fabricado, y que estudiando trataban de encontrar no se si un mundo mejor, pero sí al menos herramientas para poder entenderlo y enfrentarse a él. Todo eso, arrasado por una concepción sectaria de la vida tan absurda como cruel, que cree que la mujer no es un ser humano como tal, y que debe ser recluida, estabulada, sometida a vejación con el único fin de procrear a la mayor gloria de un Alá convertido en monstruo y de sus seguidores, fanáticos asesinos. La presencia de tropas norteamericanas en Afganistán durante dos décadas no ha evitado que se produzcan atentados con mayor o menor frecuencia, pero ha otorgado un mínimo de estabilidad a aquel país y ha permitido que generaciones jóvenes, especialmente de niñas, puedan nacer y crecer en una sociedad islamizada muy rigorista, con un elevado grado de opresión, pero al menos con acceso a educación, servicios y otras posibilidades profesionales. Toda esa endeble estructura social corre el riesgo de venirse abajo ahora que los EEUU empiezan, de verdad, la retirada de sus tripas en aquel país, con la vista puesta en el 11 de septiembre, vigésimo aniversario del atentado de las Torres Gemelas, cuando se prevé que la retirada haya terminado. Y claro, a medida que se marcha el guardián, se revuelve la perrera en la que algunos ejemplares desean morder sin cesar. Los talibanes, que nunca se fueron del todo, y que siguen imbuidos de su rigorista doctrina yihadista, esperan, no tienen prisa, no conocen de ciclos electorales, opinión pública, presión social y demás pamplinas occidentales. Sólo Alá en su mente enferma es lo que les llena, y quien no se pliega a Ala y a la visión que de él tienen sólo posee un destino; la muerte. Las acciones armadas de los talibanes han ido creciendo a lo largo de este año de una manera lenta pero constante, y está por ver la capacidad que pueda tener el gobierno sito en Kabul para detenerlas. Las, por ahora, autoridades del país, han alertado de su incapacidad para controlar el territorio con unas fuerzas armadas que han sido entrenadas por las tropas occidentales, pero que carecen del arrojo y determinación de los asesinos yihadistas, y si bien es cierto que pueden ser efectivas ante un enfrentamiento militar convencional, tienen poco que hacer ante ofensivas de guerrilla que se aprovechan de la escarpada geografía local y de las infinitas tribus que viven dispersas por aquel territorio. Nadie sabe lo que puede acabar pasando en aquel territorio cuando se deje a merced de los que allí están, ni cuánto aguantará el gobierno ni si el país se mantendrá como tal. Las perspectivas para los afganos son, como mínimo, sombrías.

Y para las afganas ni les cuento. Sólo pueden ir a peor, o mucho peor. Es una constante de los grupos yihadistas el asalto y destrucción de escuelas, especialmente femeninas, algo que los salvajes de Boko Haram llevan practicando en Nigeria desde hace años, porque saben esos asesinos que la enseñanza dota a la persona de herramientas para comprender lo que le rodea, y no caer tan fácilmente en la manipulación y la mentira. Explotar y someter a alguien es mucho más sencillo cuanto menos sepa. Por eso buscan arrasar con las escuelas femeninas, y si de paso se elimina a algunas mujeres, mejor que mejor. Nos regodeamos en distopías televisivas sobre regímenes teocráticos que someten a la mujer, y ni la más retorcida ficción alcanza el grado de sordidez y crueldad al que llegan los talibanes. Y, me temo, nada haremos para combatirles.

viernes, noviembre 20, 2020

Leyes que no buscan educar

Ayer por la tarde, por un voto más del necesario para alcanzar la mayoría absoluta, se aprobó la Ley Celaá, de reforma educativa, que busca derogar lo que recogía la anterior Ley, la llamada LOMCE, o Ley Wert. El nuevo texto ahonda en el camino trazado desde hace décadas de constante cesión a los nacionalistas de la gestión educativa, marginando cada vez más al castellano, y sigue en el empeño de rebajar el nivel de calidad requerida tanto para el paso de curso como para la obtención de títulos, en un proceso de devaluación que no cesa. Así mismo, toma una serie de decisiones de fuerte carácter ideológico, legítimas pero ideológicas, en lo que hace a la escuela concertada y a la educación especial, que buscan su progresiva desaparición.

Esta es la octava ley educativa en treinta años, y sólo ese hecho constata el fracaso absoluto que es la norma educativa en nuestro país, la desidia con la que las administraciones gestionan uno de los pilares básicos a la hora de crear sociedades y reducir desigualdades y, en definitiva, el profundo desprecio, o indiferencia, con la que nosotros, como sociedad, tratamos el tema educativo. Los colegios son vistos por gran parte del país como, en esencia, un aparcamiento vigilado de los niños, que permite a los adultos desarrollar su vida normal. Durante esta pandemia hemos visto como los protocolos escolares de seguridad eran dejados al final de la cola y pocos días antes del inicio del curso se realizaban reuniones de alto nivel entre consejeros autonómicos y gobierno central sobre qué hacer en las aulas al respecto. A una semana de empezar las clases pocas cosas estaban claras pero ya eran muchos los ayuntamientos que empezaban a colgar sus luces navideñas, con una premura que denota planificación y, sobre todo, importancia. A lo que sí la tiene se la damos, y a lo que no, no. Las leyes educativas en España son la conquista que todo nuevo gobierno quiere hacer, y sabemos que esta octava decaerá cuando lo haga este gobierno, y una novena será aprobada por un margen similar a esta (la ley Wert salió con unos cinco o seis votos más que la Celaá) y cuando eso suceda sus impulsores venderán sus falsos parabienes que, como sucede con la actual, sólo servirán para ocultar sus deseos de adoctrinamiento encubierto y de degradación de la calidad educativa. Sí, sí, no es casualidad que década tras década el nivel escolar medio caiga y que los estudios internacionales sitúen a nuestro país entre los peores de los desarrollados, y no es casualidad que nuestras universidades no destaquen en las clasificaciones globales. Eso se produce por lo que antes les comentaba, porque no nos interesa la educación, somos un país inculto, y orgulloso de ello, que mira con desprecio a quien algo sabe porque se sospecha de él, se piensa que es un listillo, que saber es de tontos, por paradójico que suene, y en este caldo de cultivo los gobiernos están encantados de que el nivel sea ínfimo, porque una sociedad que sabe menos puede ser manipulada con más facilidad. Además, la educación es, quizás, el más importante de los ascensores sociales, y degradarla supone condenar a los que poseen rentas bajas y medias a limitar mucho, quizás impedir, que puedan ascender a puestos de alta cualificación e ingresos. A la familia que tiene ingresos y le importa la educación le da igual la ley que se apruebe o si el gobierno sectario de su CCAA sólo permitirá que se estudie en el idioma no ya de su comarca, sino de su aldea. Gastará dinero y hará que su hijo estudie en un centro que le enseñe de todo, y eso le permitirá un mejor trabajo, contactos y oportunidades, por lo que muy probablemente mantenga un estatus de renta acomodada. Pero la familia de pocos ingresos y que no puede permitirse lujos no será capaz de algo así, y el sistema educativo será un obstáculo más, no una palanca, para impedir que su hijo prospere. Marginar a la educación, devaluarla, hacerla nacionalista, es una de las políticas más regresivas e injustas que existen. La ley anterior se nos vendió por la oposición como segregadora, la actual como progresista. Todas son sumamente reaccionarias.

Ninguna de estas leyes ha contado con la opinión de los profesores, de la comunidad educativa, de los que día a día se enfrentan a la gestión de un aula con los problemas, retos y dificultades que eso lleva, y que cada vez son más conscientes del absoluto abandono al que se les aboca desde las, presuntas, autoridades. Educar se ha convertido en una profesión casi absolutamente dominada por la vocación, y ni recursos ni ideas de la sociedad parecen destinados a su salvamento. Curiosos tiempos estos, en los que la tecnología es omnipresente, el conocimiento más accesible que nunca y la educación, cada vez, está más orillada. Los que más sufrirán en el futuro estas decisiones serán los alumnos de hoy. Ellos pagarán el error de nuestra sociedad.

jueves, abril 05, 2018

El caso Cifuentes y el prestigio universitario


¿Le convencieron las explicaciones de ayer de Cristina Cifuentes? La vehemencia con la que las expuso dejó al descubierto fallos graves en su estrategia y la sensación de que algo erróneo hay en el fondo de esta historia. El famoso TFM sigue sin aparecer y eso alienta todo tipo de dudas. No se si su carrera política está terminada, pero está cerca de ello. La moción de censura planteada por el PSOE y la huida hacia delante de Ciudadanos solicitando una comisión de investigación alargarán una interinidad que, dentro de un año, se resolverá en elecciones.

De quien no se está hablando mucho, y es quizás el mayor damnificado de toda esta historia, es la propia Universidad Rey Juan Carlos (estás en racha, Rey emérito) y por extensión, del sistema universitario español. Sea cual sea el papel desempeñado por Cifuentes en todo este asunto, la Universidad tiene que dar muchas explicaciones sobre el desarrollo del máster, responder a acusaciones tan graves como la presunta falsedad de algunas de las firmas que se recogen en los certificados expedidos por la entidad y, en general, la sensación de cachondeo que parece derivarse de todo el caso. ¿Se regalan los master si uno es autoridad o posee enchufe? Esa, en crudo, es la gran pregunta, y en este caso la interpelada no es una universidad privada, o un centro de estudios, o academia o chiringuito, no, sino una universidad pública financiada con los impuestos de todos los ciudadanos, cuyo prestigio se debe a su presenta excelencia educativa y que debe tratar por igual a todos los alumnos, pudiendo permitirles compatibilizar el trabajo con los estudios de postgrado, sí, pero en ningún caso otorgando ventajas en función de cómo se llame alguien, cuál sea su responsabilidad pública o la formación política en la que milite. Los alumnos que hoy mismo acudan a sus clases en la universidad Rey Juan Carlos tienen derecho a preguntarse si su esfuerzo sirve para algo o es una simple pérdida de tiempo. ¿Son los títulos expedidos por esta institución válidos? ¿Cuál es el prestigio que los respalda? ¿Es creíble la formación que imparte? El mero hecho de llegar a plantear preguntas así muestra hasta qué punto es grave la crisis que afronta esa Universidad. Cuya única causa de existencia es la de otorgar formación de primer nivel y de calidad reconocida. Si eso no existe, o tiene falas evidentes, el mero hecho de la persistencia del centro universitario se pone en entredicho. Podíamos ir un poco más allá, y hacer un examen de conciencia, sincero, sobre la universidad española en su conjunto, sobre su excesiva proliferación y, con ello, devaluación de la calidad otorgada. ¿Sobran universidades? ¿Tiene sentido que todas las ciudades las tengan? ¿Hemos convertido a la universidad en una mera extensión de los antiguos institutos de bachillerato? La ausencia de los centros españoles en los ránquines de excelencia globales muestra lo poco que, en general, contribuye nuestra Universidad al desarrollo científico, tecnológico y social del país. Hay excepciones, por supuesto, y profesionales de enorme valía que día a día, en la docencia e investigación, dan lo mejor de sí, pero es obvio que el sistema universitario español, en su conjunto, es algo que no funciona. Si a eso le sumamos la implantación de reformas como la de Bolonia, que ha hecho obligatorio el curso de masters de pago (se supone que bien realizados y con TFM) para dar algo de fuste a un título que la reforma ha devaluado, nos encontramos con un panorama muy complicado, en el que los alumnos son, al final del todo, los principales perjudicados por una formación que se les promete de calidad y con opciones de futuro laboral, y que al paso que vamos no se va a dar ni lo otro (ya se veía) ni siquiera lo uno.

Y junten a todo esto un factor global, con dos vertientes. Por un lado el exponencial desarrollo de los centros universitarios asiáticos, que forman a miles de prestigiosos profesionales con una velocidad, calidad y cuantía que es insuperable y, por otro, el desarrollo tecnológico que, a decir de algunos, pone en entredicho el mismo concepto de clase profesoral y la universidad como centro de estudios avanzados. Hacer frente a estos retos ya es, para cualquier centro, una pesadilla, y a eso los responsables de la Rey Juan Carlos deben añadir la tarea de explicar lo que ha sucedido y encontrar, en sus bibliotecas o departamentos, un TFM que, cada día que pasa, pierde prueba como valor probatorio. No envidio para nada su situación.

viernes, febrero 16, 2018

Un erasmus a los ochenta

Ha hecho bastantes entrevistas en los medios estos días ese señor que, con ochenta años cumplidos, se va de Erasmus a Italia los próximos meses para continuar sus estudios de Historia. Miguel Castillo, que así se llama el señor, es un notario jubilado, casado en segundas nupcias tras enviudar, que estudia en la Universidad de Valencia y que va con su mujer a pasar unos meses estudiando en el extranjero, probablemente sin acudir a las fiestas universitarias que los “orgasmus” montan de manera tan afamada y residiendo no en un colegio mayor, sino en un piso de alquiler. En sus encuentros con los medios contrastaba la naturalidad de Miguel con el asombro de los entrevistadores, que no entendían lo que veían. Menudo ejemplo nos da Miguel.

En un tiempo en el que se asume que todo se sabe, que todo es trivial y que uno tiene las soluciones para todos los problemas, y se pregona a los cuatro wifis esa soberbia, Miguel es un señor que, tras jubilarse, quería seguir aprendiendo, admitía que no sabía de algunas materias lo que desearía, y en palabras suyas, en vez de dedicarse a sestear, se apuntó a la Universidad. Miguel no ejerce eso que ahora se llama “cuñadismo” extraña expresión que todos entendemos, y que seguramente hace unos años se denominaba de otra manera, porque sabiondos los ha habido siempre. En estos tiempos que vivimos decir “no se” es uno de los mayores atrevimientos posibles, y una de las muestras más profundas de asumir la cada vez más compleja realidad. Y es que esto es lo más absurdo de todo, el mundo que nos rodea no hace sino complicarse cada vez más, acelerarse, volverse incomprensible. Las certezas que uno puede tener fallan sin cesar, y en distintos ámbitos de la vida la sensación de descontrol no hace sino crecer. En el trabajo, en la actualidad, en lo que nos rodea, mi sensación personal es que cada vez se menos, y me equivoco más, no tanto porque pasen los años, que quizás también, sino porque todo se complica y cada vez hay que tener en cuenta más y más factores. Trato de informarme de la realidad que me rodea y me sumerjo en un enorme océano descontrolado de datos y opiniones de los que apenas puedo sacar algo de conocimiento, pero que sobre todo acrecientan mis dudas. Dicen que es muy grande la osadía del ignorante, y Miguel muestra justo el reverso contrario de esa perversa sensación de dominio. Seguro que una larga charla con él nos mostraría a una persona que duda, que cree saber algunas cosas pero, sobre todo, es consciente de todo lo que desconoce, que se equivoca en sus predicciones y que apenas es capaz de atisbar razones o lógicas en muchos, muchísimos campos de la vida. A sus años ha visto mucho, muchísimo más que otros, infinitamente más de lo que he visto yo (y probablemente vea) pero eso no le ha saciado, porque cuanto más ha visto más ha deseado saber. Seguro que cuando comentó en su entorno que quería apuntarse a la universidad hubo cierto cachondeo entre amigos y familiares, tanto por una idea que algunos calificarían de excéntrica como por la inutilidad de “a esa edad, querer saber esas cosas” argumento que, a buen seguro, alguien empleo. Y ante esa frase Miguel, y uno mismo, no puede argumentar nada más que la ignorancia, la asunción de lo mucho que no se sabe y de lo que queda por aprender, y de la oportunidad que ofrece la vida y, hoy en día, los medios y tecnologías existentes, para poder aprender. Quizás el saber historia era algo que preocupaba a Miguel desde hace mucho tiempo, pero su trabajo y ritmo de vida diario no le permitieron hacer el hueco necesario para que esa materia se expandiera como deseaba. La jubilación, ese enorme caudal de presunto tiempo libre, le dio la oportunidad, y la aprovechó.


Muchos mirarán a Miguel como un caso exótico, sobre todo sus compañeros de clase, la mayoría de los cuales están ahí más por obligación que por ganas, pero Miguel es, para ellos, y para todos nosotros, no sólo un ejemplo de fuerza de voluntad y de ausencia de miedos, que también, sino sobre todo una señal, una guía, para que admitamos que no lo sabemos todo, que nuestra palabra no pontifica, que el conocimiento es amplio, complejo y está muy repartido, que cuando creemos estar en posesión de la verdad la mayoría de las veces sólo hacemos el ridículo, y que nunca, nunca, es tarde para aprender cosas nuevas. Disfrute del Erasmus italiano, Miguel estudie mucho, conozca la vida de aquel país y, también, cate la experiencia de la “bona vita” italiana. Muchas gracias por su actitud y ejemplo.

martes, noviembre 29, 2016

La esperanza de un pacto por la educación


¿Es posible alcanzar un pacto nacional por la educación? Responder afirmativamente a esta pregunta sería uno de los anhelos más buscados por la sociedad española que, paradójicamente, ha encontrado en el sistema educativo una de las herramientas más útiles para el enfrentamiento y la adoctrinación. Desde esos presupuestos partidistas, sesgados y cerriles las normas educativas se han diseñado, durante décadas, a la contra de los demás, sin buscar en ningún caso la excelencia educativa, la formación de los estudiantes y su futuro como personas cultas y letradas. En ese abandono al estudiante, y al docente, sí que ha habido consenso.
 
Por eso el acuerdo alcanzado ayer entre el gobierno y las Comunidades Autónomas para bloquear la LOMCE resulta un atisbo de esperanza, una buena noticia. Ya le tocó en su momento a Rafael Catalá, como Ministro de Justicia, desmontar las reformas que llevó a cabo Ruíz Gallardón, y que supusieron el enfrentamiento de todos contra todos en el mundo de la judicatura. Es ahora Méndez de Vigo el dinamitero que tiene que desmontar una ley, la LOMCE, que parte de unos supuestos bastante correctos, pero que los desarrolla de una manera tosca, y que la personalidad de su impulsor, el ministro Wert, acabó por convertir en ariete de enfrentamiento. La gestión de Wert, nefasta desde el punto de vista de la comunicación y el entendimiento, fue uno de los símbolos de la errada manera de entender la mayoría absoluta, en este caso por parte del PP en la pasada legislatura. Es la educación una materia en la que muchos grupos sociales se ven implicados, con diferentes incentivos, con reparto de competencias entre administraciones, con coberturas legales y financieras dispares, y que desde hace años no funciona. Tratar de organizar y arreglar este desmadre requiere mucha mano izquierda, sensatez, paciencia y capacidad de escuchar. Y Wert, que tonto no es, demostró carecer de esas virtudes. Se empeñó en contra de todo el mundo de sacar un proyecto que, sobre todo, se veía como una revancha de las reformas socialistas. El tema de la religión, algo menor en cualquiera de estos debates, volvió a ser uno de los argumentos sobre el que más se escribió en aquellos tiempos, y las reválidas, o como quieran ustedes llamar a las cada vez más necesarias evaluaciones, que habrá que crear sí o sí, se diseñaron de espaldas a todo el mundo. Consecuencia: el bloqueo, el caos y la incertidumbre absoluta para unos maestros y alumnos que no sabían qué temarios, pruebas e hitos tenían en su currículum escolar. Hubo una ventana para el consenso hace cinco años, cuando Gabilondo, el último ministro socialista de educación, trató de forjar un pacto educativo, pero entonces fue el PP el que no quiso sumarse. No quedaba mucho para las elecciones de noviembre de 2011 y era obvio que se iba a hacer con la mayoría absoluta. Eligió no atarse las manos para hacer su propia reforma. Cinco años después, lo único que se puede afirmar con seguridad es que hemos perdido cinco años en materia educativa, y en este tiempo se han roto muchos puentes entre los muy diversos actores de todo este complejo entramado. Reconstruirlos será una dura tarea que atañe a todos, y que corresponde liderar al Ministerio, no tanto por recursos y competencias, que no las tiene, sino por ser la cabeza visible de eso que llamamos “educación” en su vertiente orgánica, ser la sede frente a la que se manifiesta todo el mundo. Carece de poder, pero mantiene autoridad. Y los primeros pasos de Méndez de Vigo a este respecto, acuciados por la realidad de no tener mayoría absoluta, son esperanzadores.
 
No esperen soluciones mágicas e instantáneas, porque no existen en ningún campo, y en este menos. Puede haber leyes, mejores, peores o el caos español, pero sea cual sea la norma que se acabe pactando, y ojalá sea así, tendrá defectos. Pero con ellos, uno de los compromisos debiera ser, si se alcanza el pacto, que el acuerdo no se toque en muchos muchos años, otorgando la estabilidad que el sistema necesita para que padres, profesores, pedagogos, alumnos y en general, todos los que trabajan en el apasionante y difícil mundo de la educación puedan trabajar en el día a día para mejorarlo. Y se requiere la implicación de todos, de todos, para lograr una educación de calidad. El acuerdo de ayer es el primer paso de un largo camino.

martes, agosto 16, 2016

Seguimos en la tercera división universitaria

Nos gusta que nos den premios, pero no que nos examinen. Nos consideramos merecedores de ellos, pero no aceptamos que alguien nos confronte con otros y decida si, realmente, somos mejores o no. La oposición frontal que hay a las evaluaciones de la ESO y demás pruebas clasificatorias en la educación preuniversitaria es una constante en España, preguntes a quien preguntes, sin ser conscientes de que, si no nos examinan antes, lo harán después, y cuando más tarde sea la prueba, peor las consecuencias de no superarla. Pero nos da igual. Somos los mejores, y nuestros hijos, mucho mejores aún, Y que no lo discuta nadie.

Pero los exámenes existen. Y en el mundo universitario también. La Universidad de Shanghái elabora periódicamente un ranking global de universidades para determinar cuáles son las mejores y las no tan buenas. Siempre quedamos mal, muy mal en este estudio comparativo, que usa criterios como la presencia de premios Nobel entre el profesorado o la publicación de artículos en revistas prestigiosas. Los primeros puestos de la tabla, hasta el 100, son detallados, estando copados por las universidades norteamericanas en sus diez primeros, sólo dejando que Oxford y Cambridge se sitúen en ese top 10 como si fueran primas pequeñas de los grandes hermanos de EEUU. La primera universidad española, la Autónoma de Barcelona, aparece en el grupo sito entre el 150 y el 200. Sí, lo que han leído, sólo hay una universidad española entre las doscientas mejores del mundo, y empezando por la cola, no por la cabeza. Respecto a ediciones anteriores de este ranking, en términos globales, hemos empeorado, y mira que lo teníamos difícil. Nunca, repito, nunca, hemos tenido una universidad en el grupo de las cien primeras, y visto lo visto quizás no lleguemos jamás a ese registro. Se achaca a los recortes el bajo desempeño de las universidades patrias, y cierto es que no ayudan, pero antes de que se ejecutasen tampoco destacábamos en lo más mínimo. Nuestros movimientos en esa clasificación han sido cortos, escasos y sin llegar jamás a despuntar, hubiera presupuesto o no. El que dos facultades, la de Granada y la Pompeu Fabra, hayan subido de posición respecto al anterior baremo en época de estrecheces económicas demuestra que el presupuesto de gasto es condición necesaria, pero ni mucho menos suficiente, para hacer un buen trabajo y caminar hacia la excelencia. ¿Qué es lo que pasa? Es un asunto complicado, pero a mi entender lo fundamental es precisamente eso, que no buscamos la excelencia. Hemos convertido las universidades en depósitos muy locales, una por cada provincia como mínimo, de personas a las que aparcamos durante un tiempo para que no den problemas y obtengan unos títulos devaluados, con la esperanza de que luego se busquen la vida por ahí. Súmenle a eso el que la investigación, la innovación y la ciencia no se valoran en lo más mínimo en nuestra sociedad y es más que probable que el resultado sea el que describe este estudio de origen chino. En general los países que invierten recursos en ciencia e investigación y, sobre todo, creen en la ciencia y la investigación, obtienen buenos resultados. Los que hacemos inversiones cortas, escasas, con unas miras de corto plazo, y que son las primeras en ser eliminadas cuando las cosas van mal, no logramos otra cosa que resultados pobres. No es casualidad que Italia esté en una posición muy similar a la de España, nefasta, en este ranking. Nos parecemos mucho ambos países en lo que sí valoramos, lo que no y en lo que ponemos empeño.

Dice el profesor Luis Garicano que, si esta clasificación fuera de equipos de fútbol, hoy sería un día de drama para el país, y al hacer esta comparación da en el clavo, o en la dolorosa llaga, de ponernos delante del espejo y hacernos ver cuáles son realmente nuestras prioridades como sociedad. En otros países el deporte también es muy importante, como aquí, pero no es lo ÚNICO importante, no SÓLO importa el deporte, también otros factores. Aquí el deporte nos importa por encima de todo, y del resto pasamos olímpicamente, nunca mejor dicho. Verán a lo largo de esta semana muchas excusas para justificar el desastroso resultado del ranking universitario. Y sí, en esto de fabricar excusas sí que somos de los primeros.

jueves, junio 02, 2016

Se acaba la selectividad

Ayer, en Asturias, comenzaron los exámenes de la prueba de selectividad, la última que tendrá lugar en España con el formato actual. A partir del año que viene, se supone, será sustituida por una reválida de Bachillerato que, más o menos, servirá para lo mismo, pero que dada la inestabilidad política, los deseos de muchos grupos políticos de derogar la LOMCE, que recoge esa prueba, y lo incierto del futuro, es difícil saber qué es lo que acabará pasando. Para que luego echemos toda la culpa a los alumnos, que su parte tienen, de la desastrosa formación que poseen.

Mi recuerdo de la selectividad es malo, muy malo. Dos días de pesadilla a mediados o finales de Junio de 1990 que fueron una tortura en todos los sentidos. Era un estudiante del montón. Metía horas, trabajaba, pero dotado como estoy de un procesador normalito, mis notas eran de lo más común, y así fue también en la etapa universitaria. Aprobé todas las asignaturas de COU, con holgura las de la especialidad, salvado por la campana mis dolores de muelas de idiomas (inglés y euskera, calle de la amargura esquina travesía de los dolores) y me puse a estudiar para la famosa “sele” que era el único objetivo que llenaba el año del COU. Yo vivía en Elorrio, el Instituto estaba en Durango, a 9 kilómetros, y nos llevaban a la Selectividad a Lejona, al campus central de la Universidad del País Vasco, a algo más de cuarenta kilómetros, un lugar remoto, desconocido, inmenso, un complejo de edificios enclavados en lo alto de una montaña, lejos de todo (así se hacían los campus en el franquismo, para evitar manifestaciones estudiantiles urbanas). En definitiva, un lugar extraño en el que nos sentíamos completamente perdidos, de unas dimensiones inabarcables, para los pringados de pueblo como yo, en las que nos perdimos más de una vez y a punto estuvimos de llegar tarde a algunos exámenes porque no había manera de encontrar las aulas, numeradas de una manera compleja y totalmente obtusa para nuestras entendederas, en medio de aquel inmenso laberinto de pasillos opresivos y ambiente carcelario. Y súmenle a ello, obviamente, la tensión de unos exámenes en los que uno se jugaba gran parte de su futuro, de sus aspiraciones universitarias, que en aquel momento eran sobre todo dudas, porque no tenía claro qué es lo que quería hacer. Apenas sabía que lo que me gustaba, arquitectura, era imposible por notas y logística, y que otras carreras estaban descartadas por su dificultad (no me veía capaz de afrontar Ingenieros) o su coste (la privada de Deusto) por lo que las alternativas se reducían un poco y las posibilidades de, sacando una mala nota, meterme en problemas, crecían. Los exámenes se desarrollaban a lo largo de dos días, siendo el primero el de las asignaturas obligatorias y el segundo el de las especialidades. Me encontraba más cómodo en estas segundas, pero mucho más agotado cuando me tuve que enfrentar a ellas. Supongo que en la noche que transcurrió en medio de esas dos jornadas no dormí demasiado, ya empezaba a ser algo insomne por entonces, pero la verdad es que no lo recuerdo. Si tengo la imagen de dos días de mucho calor, de campas abarrotadas de estudiantes nerviosos, porque muchos institutos de la provincia éramos los que teníamos Lejona como destino, y en todos nosotros las mismas caras de sorpresa, nervio y desubicación. Las cafeterías al mediodía eran la viva imagen del caos, de colas ansiosas de chicos y chicas llenos de prisas, apuntes y comentarios sobre los exámenes hechos y los que quedaban… todo era un mar de nervios.

Acabaron las dos jornadas, y me viene a la imagen que llovía en Elorrio cuando llegué tras el segundo día de pruebas, pero no hagan mucho caso a mi memoria. Al cabo de varios días, no se cuántos, teníamos que ir al Instituto a recoger la nota de las pruebas, y sí recuerdo ese (ahora pequeño, entonces eterno) viaje como una pesadilla absoluta, con mucho miedo y temor sobre lo que un sobre podría determinar sobre mi futuro. Aprobé la Selectividad con una nota media de 6,12, lo que haciendo el cómputo con la de BUP y COU me otorgó el 6,44 que medía mi valía académica de cara a afrontar otro reto que se abría ante mi, la Universidad. Abracé como un loco al secretario que me dio ese 6,12, sólo por el hecho de haber aprobado. De esa escena, que casi todo el mundo dijo que fue ridícula, sí que me acuerdo.

martes, enero 26, 2016

Cuando un niño se suicida (para Diego y James Rhodes)

Ver que la vida, convertida en la más cruel pesadilla, requiere su final, y darse cuenta de ello a los once años, es un drama elevado a una potencia inexplicable. Eludimos los suicidios adultos, convertidos ya en la primera causa de muerte no derivada de una enfermedad, porque nos incomodan, alertan y preocupan. Pero los suicidios infantiles, el colmo de la perversión, de la tristeza, siguen ocultos en el fondo de las sombras que los generaron, manteniendo muchas veces a salvo a los criminales que, con sus infames hechos, llevaron a esos críos al desastre. A escoger su propia muerte como salvación.

El caso de Diego es el último de los conocidos. Con once años dejó escrita una carta, de una calidad que muchos adultos serían incapaces de hacer como ejercicio, y se quitó la vida, incapaz de soportar el acoso que sufría en su colegio. No se los datos concretos de este caso, si el chaval sufrió acoso por parte de sus compañeros, profesores o cualquier otra persona del centro, si fue un asunto entre chavales, en eso que ahora se llama “bullying” para seguir la manía de usar un palabro que suene a inglés para darle más importancia, o el problema derivaba de la presencia de un adulto (o varios) en la vida de Diego. Lo cierto es que Diego no podía más, se suicidó, y ni con su muerte nadie hizo nada para investigar qué es lo que había pasado, qué había motivado ese comportamiento, esa decisión límite. Todo lo que pudo fallar en la institución escolar, en la educativa, en la social, en la gubernamental... todo falló, y Diego se mató para huir del infierno en el que se encontraba. ¿Cuántos casos hay como los de Diego? ¿Y cuántos casos, que no acaban de esa misma manera, se ocultan y destruyen las vidas futuras de los niños? Hace una semana terminé de leer el libro “Instrumental” de James Rhodes, un pianista de música clásica que ronda los cuarenta años y que, durante varios, a lo largo de su infancia, sufrió devastadores abusos sexuales por parte de profesores de su colegio. Rhodes vio cómo su alegría vital, su curiosidad, su infancia, eran destrozadas por cada embestida que esos sádicos realizaban sobre cualquier orificio de su cuerpo. Llegaba a casa y, día tras día, no sabía qué hacer, qué decir, optaba por callarse, llorar sólo, tratar de superar el dolor físico y emocional que le desgarraba piel y alma. Convencido, amedrentado por sus abusadores de que la culpa de lo que le pasaba era suya, de su rareza, de su carácter, Rhodes no encontró ayuda en ninguna parte, y es un auténtico milagro que superase aquellos años vivo. Evidentemente todo eso le produjo secuelas de todo tipo, físicas y psicológicas, que le llevaron a transitar por lo más oscuro del mundo de las drogas, las autolesiones, los comportamientos psicóticos y todo tipo de patologías de las que, en parte recuperado, sabe que siguen existiendo tan cerca de él como para aterrarle cada mañana. Al igual que el recuerdo de esos años de sadismo que nunca podrá borrar. Rhodes es un superviviente, alguien que ha vuelto del otro lado del infierno y lo puede contar. Su historia es de una crueldad y dureza que asusta, y la cuenta de manera descarnada, sin disimulo alguno, sin edulcorantes. Tan crudamente como sucedió. Rhodes está entre nosotros para contarlo y que su testimonio sirva para que no vuelva a suceder algo así. Diego ya no está aquí. Está muerto.

La Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid anuncia que va a reabrir la investigación sobre lo que pasó en el colegio de Diego, pero no por la petición de los padres ni por conmiseración o sentido profesional, no, sino por el revuelo mediático creado a partir de la publicación de la carta de Diego. Es patético. Y vuelve a cumplirse una de las máximas que describe Rhodes en su libro. El niño que sufre abusos, que sufre acoso, está sólo. Es una víctima abandonada, en la que nadie cree y a la que nadie escucha. ¿Cuántos Rhodes, cuántos Diegos, han deseado esta noche morirse para que cese su infierno? ¿Cuántos? ¿Cuántos? ¿Cuántos?

martes, junio 24, 2014

El reconocimiento a un maestro (para DCM)


La semana pasada se acabó el curso escolar para los críos. Estos disfrutan ahora de las largas vacaciones de verano y los padres hacen malabares para tratar de compatibilizar el trabajo, que no cesa, con las obligaciones de unos niños que nunca se cansan. Por su parte, los maestros, que se les supone ociosos, preparan en los colegios el curso que viene y, en no pocos casos, reciben la noticia de que no se cuenta con ellos para septiembre. Para muchos su verano no es sinónimo de vacación, sino de desempleo. Días de contraste entre la alegría de las calles y las aulas, algunas esperanzadas, otras angustiadas.

Este Sábado, cenando en casa de mis amigos DCM y su mujer MCD pude ver el libro de dedicatoria que los alumnos de DCM le han dedicado, ahora que ellos suben de ciclo formativo y él se queda en la sección de primaria en la que les ha dado clase. Mi amigo y yo, aunque con una ligera diferencia de edad (con ventaja juvenil para él) somos de una generación en la que no se hacían cosas de esas y la expresión de las gracias se daba al final del curso en una sonrisa o abrazo, pero sin recuerdos materiales de por medio, o al menos esa es la sensación que tengo yo. Ahora las cosas se han complicado mucho, y parece que este tipo de regalos se dan con cierta asiduidad, en algunos casos de manera rutinaria, en otros, sentida. El libro constaba de una hoja para cada alumno en la que, en el anverso, escribía unas palabras de agradecimiento al profesor y un dibujo que les reflejase a ambos, maestro y alumno, mientras que en el reverso llevaba pegada una foto a buen tamaño del crío en la actitud y pose que hubiera preferido. Como es lógico había hojas más esmeradas que otras, más o menos originales, detallistas y dejadas, pulcras y revueltas, pero a medida que las iba pasando y leyendo con cuidado me daba cuenta de que, en general, todos los alumnos de mi amigo lamentaban sinceramente su marcha. Incluso los que se veían más retraídos, o que en estos años habían tenido más problemas de relación con él, porque de todo hay como es natural, dejaban un recuerdo cariñoso. Y en bastantes casos las palabras y dibujos mostraban tanto cariño como pena. Para casi todos ellos mi amigo ha sido el primer profesor del que, probablemente, guarden un recuerdo certero en su memoria, y él será el primero de los muchos maestros que, a lo largo de sus vidas, deje en ellos un poso de conocimiento y aprendizaje. Muchas alumnas estaban realmente tristes, mezclando la marcha del maestro con un inevitable, y primerizo, sentimiento amoroso, pero era ver aquellas páginas y notar que DCM había logrado llegar al fondo del corazón de aquellos niños. No se había limitado a entrar en el aula, enseñarles a sumar y restar (con llevadas) y hacerles leer y cumplir con el resto de materias docentes. No. Había tratado de enseñarles algo tan profundo y manido como eso de los “valores” el hecho de que ser buenos y comportarse como es debido es tan valioso (realmente lo es mucho más) como saberse la lección, que respetar al resto de compañeros y tratarles como iguales es la lección que más les va a servir en su vida diaria de adultos, en convivencia en sociedad, que dejar las cosas a otros, que tratar con cariño a los demás, que obedecer a los padres y muchas otras cosas similares, que algunos consideran arcaicas y carentes de sentido, son las bases que garantizan la convivencia entre personas, tanto en las aulas infantiles como en la vida adulta. El cariño, respeto y comprensión que se debe aprender, y que alguien nos debe enseñar. Y para esos niños ese alguien, a parte de sus padres, también ha sido mi amigo.

La educación, que criticamos a menudo sin demasiado conocimiento de causa, está llena de graves problemas, carencias y dificultades, pero también abundan, quiero pensar que son una amplia mayoría, los profesionales que ponen su vocación de docente, de enseñante, por encima de todo. En un trabajo tan sacrificado y mal pagado como el de maestro, que muy pocos valoran en este mundo de sueldos altos y cargos pomposos, mi amigo recibió la semana pasada la mayor “paga extra” que un profesional puede obtener, la del reconocimiento de aquellos por los que se desvela, desvive y sacrifica. Ese libro no le ayudará a pagar la hipoteca ni a rellenar su tripa cada noche, pero reconfortará su corazón y le hará saber que ha hecho lo debido, y que ese sacrificio ha tenido recompensa. Gracias, maestros, por otro año escolar de trabajo y entrega!!!!