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martes, julio 21, 2026

La odisea, de Nolan

Fui a ver la peli de la odisea con reparos. Había tenido la oportunidad de contemplar un par de veces los avances y, la verdad, no me gustaban. Eran oscuros, había escenas marítimas propias del Mar del Norte más que del Mediterráneo, me daban una sensación incómoda que me llenaba de temores. Por ello, cuando empezó la proyección, a sabiendas de que me esperaban tres horas de visionado, me puse en guardia con unas expectativas bajas. A ver lo que ha hecho Nolan con la historia más vieja jamás contada, madre de todas las demás, pensaba en mi interior. Lo cierto es que, poco a poco, me acomodé a lo que veía y, finalmente, no pude sino alabarlo.

La complejidad de la historia, las tramas cruzadas, la fantasía que se relata en muchos de los pasajes, la violencia que todo lo impregna… la odisea es, junto a la iliada, el relato fundacional de la literatura occidental, y junto a algunos pasajes de la Biblia, el origen de todo. El resto lo único que ha hecho en estos miles de años transcurridos desde entonces ha sido copias, variaciones, alteraciones menores en un relato basado en la marcha de unos hombres a una guerra cruel y el desquiciado regreso de uno de ellos a casa. Tan simple como eso. Nolan opta por centrarse en el segundo de los relatos, el que da título a la película, pero con fragmentos intercalados de la primera historia, la de la guerra de Troya, presuntamente provocada por el rapto de Helena, hija de Menelao, por París, príncipe troyano. Uno supone que todo el mundo conoce la historia original pero eso no tiene por qué ser cierto, y las idas y venidas en el tiempo del relato permiten hacerse una idea al espectador que desconozca el origen de la historia de dónde surge todo. Es en Ítaca, la isla de la que es rey Ulises, Odiseo, donde se ancla toda la trama, con el acoso de los pretendientes a Penélope, la mujer de Ulises, que espera su vuelta mientras que los demás ansían un trono y lo esquilman de paso. La película elimina algunos de los pasajes del libro, por necesidad material de tiempo, pero incluye otros con un detalle espectacular, como el del cíclope Polifemo, la bruja Circe, o el paso por la isla de las sirenas, realizando una variante de los efectos del canto que resulta muy interesante. Hay mucha discusión entre los exégetas sobre cuánto hay de pérdida en la vuelta de Ulises o de demora deseada por parte de un pillastre, que es como se presenta al personaje, y la película no deja nada claro si opta por una u otra alternativa. No esconde, eso sí, que el héroe de la historia tiene un componente de crueldad intenso, no es para nada un hombre de corazón puro y blanco, sino un interesado, un tramposo, alguien que puede ser vengativo cuando no es necesario, que en ocasiones es sometido por la hibris, esa expresión griega que hace referencia a la ira desatada que enloquece. A medida que avanza el relato vemos como Ulises se salva de sus peripecias, sí, pero cada vez carga con más culpas de lo que sucede a su alrededor, del destino de los que le acompañan, a quienes rige, y pierde progresivamente en cada uno de los avatares que suceden en el camino. El proceso de carga de la culpa sobre el héroe aparece como uno de los grandes puntales de toda la historia, la llena de dramatismo y, como es habitual en todas las películas de Nolan, prácticamente hace que no haya ningún momento jocoso. Todo es muy serio, cada vez más. En la parte final de la película se nos descubre el origen del dolor que acosa al protagonista, fruto de la guerra a la que fue hace ya años, a esa Troya mítica que era la joya de la civilización de la época y que sucumbió al asalto de las tropas griegas gracias, entre otras cosas, a la astucia de Ulises. La culpa de lo que allí sucedió le atormenta de una manera absoluta, moderna, total. Hay un homenaje a “El corazón en las tinieblas” o “Apocalipsys now” en medio de las ardientes ruinas de una Troya devastada, en la que el soldado sucumbe ante las consecuencias de sus actos. Es, a mi entender, el momento culminante de toda la película, y es imposible permanecer inmune ante él.

Con una producción de enorme altura, en la que se nota el cuarto de millar de dólares invertidos en cada momento, la cinta ofrece un espectáculo absoluto, pero sometido al desarrollo de la historia. Como pasa en muchas de las cintas del autor, exige al espectador de una manera bárbara y lo deja exhausto, pero a cambio ofrece un producto de un nivel técnico perfecto y que resulta conmovedor. Nolan logra, a mi modo de ver, una excelente versión personal de la madre de todas las historias, en la que imprecisiones como las señaladas por muchos respecto al tipo de armaduras y otras cuestiones de contexto no desmerecen para nada el resultado final. El reparto borda una exigencia extrema y la película está, sin duda, entre sus mejores trabajos. No se la pierdan.

viernes, julio 03, 2026

250 años de EEUU

Mañana EEUU cumple 250 años, pocos países pueden decir que tienen una fecha de fundación dada, fija, y plasmada, en este caso en la famosa declaración de independencia de 1776. Una muestra de que la historia es impredecible es que nadie hubiera apostado en esas fechas, ni en muchas posteriores, a que esas trece colonias que se desgajaron de la corona británica iban a acabar siendo la nación más poderosa del mundo un par de siglos después y, depende de cómo lo veamos, la más poderosa que ha existido jamás en la Tierra. Con sus luces y sombras, EEUU tiene algo que celebrar mañana, y el objetivo de mantener lo logrado.

Precisamente llega este cumpleaños tan redondo en uno de los momentos más convulsos de la historia reciente del país. Hasta ahora, con aciertos y errores, era una nación que tenía clara su unidad y destino compartido, y también el papel que le correspondía en un mundo hecho, en parte, a imagen y semejanza de sus valores, al servicio de sus intereses. Desde la primera presidencia de Trump es evidente que ha nacido una división en el seno de la sociedad de aquella nación sobre cómo se ve a sí misma. A los europeos esto no nos suena raro, porque nuestros países han estado atravesados por conflictos civiles entre facciones que han tratado de hacerse con el conjunto de la nación desde premisas muy particulares, pero para los norteamericanos esto es nuevo. La unidad interna, el patrioterismo orgulloso que ellos exhiben, no pocas veces caricaturizado desde este lado del mundo, ha sido una de sus mayores fortalezas, y eso empieza a resquebrajarse. Hay una división profunda y creciente entre unos norteamericanos y otros, unos que ven a su nación de una forma radicalmente distinta a la que la contemplan los de enfrente, con una divergencia en las posturas que empieza a quebrar estructuras sociales en las que la política debe ser ajena. Eso es un peligro para toda sociedad, porque esa semilla de división, una vez que germina, resulta mucho más difícil de erradicar que cualquier otra cosa. La segunda presidencia de Trump no está haciendo sino ahondar en este problema, empezando por cuestionar las bases del sistema político de la nación, que ha soportado un cuarto de siglo de andadura sin haber sido jamás derribado por golpes civiles, militares o de otro tipo. Resulta cruel ver como desde naciones como la nuestra, con una experiencia democrática infantil, se pontifican lecciones hacia EEUU sobre cómo no perder la libertad. ¿Exime esto de riesgos a Norteamérica? No, ni mucho menos. Es difícil que suceda, pero también era difícil pensar que desde la presidencia de aquel país se desarrollara un programa de destrucción sistemática de los contrapesos y las costumbres legales que llevaban asentadas tanto y tanto tiempo. La disrupción que se ejecuta cada día desde el despacho oval por parte del populista naranja es asombrosa, pero también una advertencia de que EEUU no es inmune al virus de la degradación que tan bien conocemos los europeos y que, en el pasado, afectó a imperios y naciones que también se creyeron inmunes, bendecidas por los dioses, y elevadas a un rango más allá de la historia. El engreimiento es un camino seguro al fracaso, y no es fácil hacer ver a una potencia de las dimensiones de EEUU de los peligros a los que puede llevar una política populista ejercida desde sus propias instituciones. Para los que siempre hemos admirado a los padres fundadores de aquella nación, a los que pensamos que Franklin, Jefferson o Washington tuvieron la visión de crear una estructura política superior a todo lo conocido, la menos mala de las existentes, a los que creemos que presidentes como Lincoln o Roosevelt han encarnado lo mejor de eso que llamamos occidente, contemplar la deriva actual de EEUU nos duele, nos apena y, desde luego, nos preocupa. No podemos vivir en el mundo de hoy sin el papel que EEUU está destinado a cumplir en él.

Una muestra de la división del país es que gran parte de los actos previstos para este fin de semana se han suspendido porque Trump los ha querido patrimonializar para convertirlos en loas a su persona. Festivales de música que se iban a celebrar en Washington han visto como las estrellas de sus carteles se han caído a medida que el presidente iba convirtiendo lo que estaba previsto que fuera un homenaje a la historia de la nación en un mero acto de propaganda MAGA a su más absoluto beneficio. Este es el camino que acaba destruyendo consensos, generando rencillas profundas y debilitando a las sociedades. Sí, también las puede llevar a su enfrentamiento.

miércoles, junio 24, 2026

El infinito poder de Alan Greenspan

Hubo unos años en los que Alan Greenspan no sólo era una de las personas más poderosas del mundo, sino también de las más admiradas. Capacidad de decisión y calidad de conocimiento se aunaban en un personaje de gafas grandes y calvicie creciente que acabó completamente pelado cuando alcanzó sus años de gloria. Recuerdo una tarde en el centro de cálculo de la Universidad, cuando estaba haciendo cursos postdoctorales (qué tiempos, qué envidia) en la que Greenspan comparecía, y sus palabras hicieron caer la bolsa norteamericana a plomo. Uno de mis compañeros de entonces, el gran PBN, empezó a cagarse en los muertos de Alan y en toda su familia viva, mientras que el SP bajaba. Todos conocíamos a Alan.

Greenspan estuvo diecinueve años, que se dice rápido, al frente de la FED, el banco central de EEUU, el organismo monetario más importante del mundo. Su gestión abarcó cuatro presidencias, multitud de crisis pequeñas y medianas, booms del mercado y situaciones de todo tipo. Instauró una gestión profesionalizada al frente de la institución, sistematizando procesos y dando cada vez más importancia a la información cuantitativa a la hora de la toma de decisiones. En su mandato se pasó de los ordenadores como algo exótico al dominio de la tecnología para la gestión financiera y estadística, en lo que supuso una revolución que, aún hoy, sigue imparable. Greenspan supo ver la importancia de la informática tanto como herramienta para su trabajo como sector productivo capaz de revolucionar al resto. Amigo de la teoría de las expectativas racionales, que acabaría siendo el paradigma de la economía en esos tiempos, se encargo de dictar lo que se denominó desde entonces las “forward guidance”, catálogo de intenciones de política monetaria previsibles, de tal manera que la FED, además de un regulador, se convirtiera en un agente económico fiable, no dado a las sorpresas. La idea era que ese conocimiento anticipado de lo que la Fed iba a hacer diera a los mercados la tranquilidad de un rumbo, de que el objetivo de inflación del 2% se mantendría como foco inamovible y que la rigurosidad de la institución sería el ancla en los tiempos turbulentos y en los días despejados. Durante los años de la presidencia de Clinton formó un tándem operativo con Robert Rubin, Secretario del Tesoro de aquel gobierno, que les hizo mundialmente famosos en el mundo de la economía y que llevó a EEUU a tasas de crecimiento sostenidas durante muchos años. Empezó ahí el despegue absoluto de esa economía, que aún por entonces se podía ver desde la distancia desde la Europa occidental, pero que ya empezaba a marcharse al infinito. Los años de la gran moderación, como se le empezaría a llamar entonces, con tasas de crecimiento económico, desempleo a la baja e inflación controlada eran el paraíso de los economistas y la balsa de aceite sobre la que crecía la prosperidad occidental. Muchos veían a Greenspan como una especie de mago que tocaba pocas teclas, pero siempre las acertadas y en el momento preciso, y su aura de infalibilidad creció hasta niveles delirantes. Bob Bodward llegó a escribir uno de sus libros, titulado “maestro” en el que la imagen de Alan ocupa toda la portada y es una especie de hagiografía desatada, una larga carta de agradecimiento a quien el periodista veía como uno de los principales artífices de la prosperidad de su país. También se recuerda mucho ese día en el que Greenspan habló de la “exhuberancia irraciona” de los mercados, pronunciada en 1996, en medio de la subida bursátil de la tecnología, que advertía de una posible burbuja en aquel mercado. Greenspan acertó, pero cuatro años antes de lo debido, lo que en economía es errar por mucho. Ese día sus palabras hundieron una bolsa que se recuperó al poco. Quizás fuera ese justo el momento en el que mi querido PBN se ciscó en todo, o no.

Greenspan pudo lidiar con la burbuja puntocom de 2000, y se fue de la FED en 2006 en medio de la aclamación global, sucedido por un desconocido profesor de Princeton llamado Ben Bernanke. En 2007 comenzó una tormenta que se convirtió, en 2008, en la gran recesión, que lo hundió todo. También la imagen del propio Greenspan, que se vio acusado por todos de no haber visto lo que venía y haber mantenido la burbuja de crédito desatada en los últimos años de su mandato. Greenspan trató de defender su legado, inútilmente, y fue Bernanke quien, junto con otros, nos salvó del desastre. Amante del jazz, saxofonista de gran nivel, ha fallecido a los 100 años. Hace tiempo que dejó de ser historia para convertirse en mito.

jueves, mayo 28, 2026

Descomposición

Quizás recuerden ustedes cómo acabó el felipismo a mediados de los noventa. Se sucedía una causa tras otras de corrupción, a cada cual más escandalosa, en la que se veían implicados ministerios, todas las ramas del PSOE e instituciones como el Banco de España o el BOe, era un no parar de sobresaltos, con dos procedimientos largos que, día a día, proporcionaban noticias. Uno era el relacionado con los GAL, la X famosa y las pesquisas del entonces prestigioso Baltasar Garzón, quién le ha visto y quien le ve. La otra era la trama de financiación ilegal del PSOE, lo de Filesa, Malesa y Time Export, instruida por el vilipendiado juez Marino Barbero.

El aire de derrumbe era constante, la parálisis dominaba todo y, tras los fastos de 1992, la sensación era de desplome, de abatimiento, de lo que se pudo hacer en un país por modernizarlo y el destrozo que, desde el gobierno, estaban realizando una panda de mangantes insaciables. González, al frente de todo aquello, negaba sin cesar su participación en las tramas y decía sentirse traicionado por ellas, en unas declaraciones que quizás reflejasen la verdad, pero que no eran sino insultos dirigidos a los pagadores de impuestos, usted y yo entre ellos, que éramos los que financiábamos la juerga. Aquello no podía seguir y se acabó en las elecciones de 1996, donde el PSOE sacó un muy buen resultado, perdiendo sólo por 300.000 votos frente al PP, el ganador. Ni todo el descrédito de la corrupción sangrante pudo erosionar la base socialista, que sí se derrumbó en las elecciones de 2000, cuando Aznar logró una mayoría absoluta. ¿Soy el único que ve paralelismos entre aquel año socialista de 1996 y este de 2026? Treinta años son bastantes, la verdad, pero la similitud de los procedimientos que se ven resultan tan tiernos como curiosos. Tenemos una trama que afecta a las finanzas del PSOE, en la que, por ahora, no ha salido financiación ilegal, pero sí el uso ilegal de fondos para obstaculizar a la justicia en los procedimientos en los que el gobierno se vea implicado. La ristra de procesos que afectan a antiguos miembros del gabinete de Sánchez y a organismos del estado por ellos controlados no dejan de crecer, aportando nombres y estructuras a unas tramas que son cada vez más difíciles de comprender, aunque en todas ellas algunos seres se repitan y sean los nexos que permiten ir saltando de unas a otras. El destino del dinero de las corruptelas sigue aún sin ser descubierto en plenitud, y las mordidas de las que se está hablando en los medios se cifran en los centenares de miles o unos pocos millones, pero tramas como la presunta del ex presidente Zapatero en los negocios petrolíferos de Venezuela pueden elevar estos importes en varios órdenes de magnitud. La precariedad del actual gobierno es mucho mayor que la del de Gonzalez de finales de los noventa, dado que entonces sólo dependía de la que sería la procesada familia Pujol y ahora está en manos de una banda de aprovechados a los que les importa más el dinero que cobran por sus cargos parlamentarios o gubernamentales que cualquier otra cosa, a sabiendas de que jamás volverán a tener semejante oportunidad de acceso a sueldos y prebendas equivalentes. Una de las diferencias del pasado respecto a la actualidad es la talla de las cúspides de ambos gobiernos. González acabó deshecho por la corrupción, pero tuvo años de gloria en los que revolucionó el país y creo instituciones, derechos y conceptos que lo modernizaron por completo, la historia se lo ha ido reconociendo. Frente a él Sánchez ha demostrado ser un perfecto arribista, un sujeto arrogante obsesionado por el poder personal, que ha destrozado la imagen de su partido y de todo aquel que se le ha acercado, sin que eso le suponga rubor alguno. Poco quedará del sanchismo para la historia, salvo su obsesión por la resistencia personal, y un comportamiento más propio de un psicótico que de una persona en sus cabales.

Como pasó en 1996, creo que aún falta mucha trama por descubrir, y grandes tracas explosivas. Recuerdan sin duda la que se organizó cuando Roldán escapó de España para huir de la justicia tras su fraude en la Guardia Civil. Ese fue quizás el momento más chusco de todo aquello, y em da que aún veremos a alguno de los implicados en estas tramas, y a nombres nuevos que saldrán, escapándose para eludir la justicia, apuesten por República Dominicana como destino, en medio de la comprensión de no pocos medios de comunicación y periodistas, así se hacen llamar, que les defenderán hasta que, seguro, también aparezcan sus nombres en listados de cobro de mordidas. Sí, esto tiene pinta de derrumbe.

jueves, febrero 26, 2026

Juan Carlos I, Rey

Que se muriera Tejero ayer por la tarde fue como si el destino, que no existe, quisiera lanzar un guiño a los españoles, clausurando por todo lo alto la historia del golpe del 23F tras la desclasificación, al mediodía, de la documentación que seguía considerándose como secreta. Tejero era la imagen viva de esa asonada, su aspecto más chusco y visible, y era de los pocos que vivieron aquello en primera persona que seguía entre nosotros. Su muerte, a los 93 años, cierra un círculo y entierra un pasado que, afortunadamente, no llegó a ser. Tejero hizo todo lo posible para que una oscuridad volviera, pero otros, no pocos, consiguieron que no fuera así.

Poca información relevante ha surgido de los papeles desclasificados. No se esperaban grandes secretos, según decían los expertos en la materia, y así ha sido. Si acaso, de una visión general de lo conocido, emerge aún con más fuerza el papel del Rey Juan Carlos y su inquebrantable compromiso con la democracia. El Rey fue un espolón frente al que chocaron las intentonas golpistas, esta y otras que se fraguaron y no llegaron a fructificar. En aquellos momentos Juan Carlos, aunque la Constitución vigente ya le había desposeído de poder efectivo, conservaba un enorme ascendiente en la carrera militar, que constaba de miles de personas con poder real, y que hasta hacía no muchos años se habían repartido el país a su gusto. El ejército de entonces no era el de ahora, ni mucho menos. El miedo que entonces producían los “ruidos de sables” estaba más que justificado. Pues bien, ante este poder militar sublevado, parcialmente pero con ímpetu, Juan Carlos se planta, pone pie en pared. Universalmente conocida es su alusión en TVE esa noche en la que insta a los sublevados a deponer su actitud y a rendirse, a no causar más daños y a dejar las armas. Esa escena, que consagra a Jun Carlos como Rey constitucional, y que algún conspiranoico de tres al cuarto ha tachado de montaje para defender la figura del Rey, se ve ahora que no es sino la culminación de un día en el que, en todo momento, el Rey está en frente a los golpistas. En esos documentos hechos púbicos se ve como Juan Carlos se niega a renunciar a su corona, se niega a exiliarse, afirma que resistirá como sea y que no se doblegará ante el golpe, triunfe o no. Muestra valentía y creencia en la democracia, y se convierte en el mayor poder no controlado por los golpistas que se revuelve contra ellos. Podía haber algún momento de vacilación, duda, deseo de componenda, intento de diálogo para ver lo que se puede sacar de la situación, cualquiera de esas cosas cutres que ahora vemos en la sucia política que nos domina, pero no. Juan Carlos, desde sus primeras palabras registradas, se pone al frente de la democracia española y se determina a resistir cómo y cuánto sea necesario. Muestra valor, porque frente a una actitud violenta como la que entonces se estaba desarrollando la vida de los que mostrasen oposición podía correr riesgo, y pese a ello se juega el tipo en cada momento. Eso hace que algunos de los golpistas, tras su fracaso, expresen un odio desmedido, con lógica, ante la figura que les frenó, el Rey, y afirmen que, para ocasiones posteriores uno de los primeros pasos debe ser neutralizar al Borbón. En esto, y en no pocas cosas, los golpistas y los etarras compartían destino, y su proyecto totalitario pasaba por hacer caer la monarquía, garante de las libertades constitucionales. Unos lo intentaron el 23F, otros varias veces en atentados felizmente frustrados. Sí, Juan Carlos se doctoró como Rey esa noche, pero durante el día desarrollo la lección de manera espléndida. Su figura queda aún más engrandecida tras lo conocido.

Su hijo, Felipe VI, también ha tenido que hacer frente a un golpe de estado, en este caso postmoderno, sin militares con las calles, pero con civiles queriendo hacerse con el poder de manera ilegítima y desmontando la constitución. En 2017, tras la asonada del procés, también Felipe VI sale por la noche a dar un discurso de importancia máxima, y logra que la situación política se encauce tras lo vivido en Cataluña por los totalitarios, en este caso vestidos de independentistas. Pese a las sucias componendas con las que el actual desgobierno ha tratado de reescribir la historia, en ese momento el hijo, como el padre, vuelve a jurar la constitución delante de todos nosotros, y muestra que las libertades que en ellas se recogen exigen a los poderes públicos sumisión, respeto y creencia. No es poca lección en estos tiempos.

lunes, noviembre 17, 2025

Cuesta mucho ir contracorriente (para MLLP)

El pasado sábado por la noche me llamó un buen amigo, MLLP, para que, sin falta, acudiera el domingo por la mañana a la tercera y última interpretación del oratorio “El libro de los siete sellos” en el Auditorio Nacional, dentro del ciclo sinfónico de la orquesta y coros nacionales de España. Mi amigo salió extasiado de una obra que ya me comentó que iba a ir pero de la que yo carecía por completo de referencias. Compuesta por el austriaco Franz Schmidt y estrenada en 1938, nada había en mi cabeza para situar obra e intérprete, más allá del miedo de que se tratase de un ejercicio de vanguardias, de los que suelo huir porque no me gustan. Me aseguró que no, que no me iba a arrepentir, y que fuera sin dudarlo.

Por la noche, compré una entrada en el Auditorio para la sesión del domingo, porque me fío del gusto de mi amigo y de su sabiduría, no sólo musical, y allí que me planté en una fría y cubierta mañana, arriba del todo, en la grada alta, que permite ver a distancia y escuchar perfectamente. La obra consta de una introducción y dos partes, sin intermedio, y llega prácticamente a las dos horas de duración. La orquesta requiere la presencia de casi todos sus componentes y de un elevado grupo de percusionistas, y el coro estaba reforzado por el de la Comunidad de Madrid, ocupando por completo la bancada posterior al escenario donde se sitúan los instrumentistas. La obra me encantó. Sí, no es atonal, es melódica, y no es una imitación del barroco como pudiera pensarse al tratarse de un oratorio, sino una sucesión de música bella y potente con un recitativo que le permite ir avanzando en el texto y una orquesta, coro y órgano utilizados en su máxima expresión. Se alternan los pasajes tranquilos y melódicos con otros de gran exaltación, de enorme potencia sonora y dramática, y existe un grado de unicidad en la obra que permite identificarla y seguirla sin dificultad. Es posible encontrar ideas en la música de carácter cinematográfico, que recuerdan a algunos pasajes de Körngold, Waxman o Hermann, autores de una época posterior pero que tuvieron un mismo origen germánico y que escaparon con su calidad y formato a un Hollywood que llenaron de su estilo clásico. La cuestión es que no quiero fijarme tanto en el aspecto musical como en otro. A medida que la obra avanzaba me iba preguntando por qué una música tan buena, tan potente, era tan desconocida. No soy un experto absoluto en música clásica, ese es un mundo de una dimensión tal que es imposible abarcarlo por completo, pero lo cierto es que de esta obra apenas hay referencias, es algo exótico y está completamente fuera no ya del canon, que también, sino directamente de lo que puede llegar a sonar en el mundillo. ¿Por qué ese olvido? El programa de mano señalaba dos causas, una la actitud cobarde del compositor una vez que el régimen nazi se hace con el poder en su país, se estrena en un 1938 con el anschluss recién producido, lo que hizo que tras la derrota nazi su figura fuera orillada, y la otra, más importante, era el tono de la composición, el estilo, alejado de las vanguardias dominantes. Tras el derrumbe del romanticismo la música atonal, el dodecafonismo y otras variantes de lo que se denominaron vanguardias se hicieron con el poder de la música clásica occidental, y los compositores que no se sometieron a ellas fueron tachados de rancios, de desfasados, de carcas. Schdmit es uno de ellos, de muchos, que no se rindió a un estilo imperante que no le gustaba. Hay aires de Bruckner en su obra, del primer Mahler, de una estructura sinfónica brillante que escapa de las formas de vanguardia, que no deconstruye nada. Y probablemente esa fuera la causa principal de que su obra quedase muerta de risa tras la derrota del totalitarismo, porque tras eso la vanguardia siguió dominando el pensamiento y la historiografía musical durante muchos años. Al igual que era políticamente correcto decir que la magnífica música orquestal que se componía para Hollywood fuera considerada menor, mero accesorio comercial de productos de baja calidad, ese mismo desprecio se extendía a todas las composiciones de autores no relacionados con el cine que se dedicaran a extender sus ideas en un pentagrama con estructuras clásicas. Ese dogmatismo, errado como lo son todos, ha ido perdiendo fuerza a medida que la vanguardia, constatado su fracaso como elemento escuchable, se ha debilitado.

¿Cuántas obras y autores habrán quedado arrumbados por culpa de esa visión sesgada de la vanguardia? En general, lo que se pone de moda, y lo que la academia dictaba, en los tiempos en los que imponía todo su poder, hacen que muchas obras de otro tipo sean expulsadas, y a veces el tiempo y la suerte logran rescatarlas, pero en no pocas ocasiones la pérdida es definitiva y el olvido caer sobre autores y partituras que ya no volverán a la luz. El oratorio de Schmidt es una obra colosal, digna de figurar en el repertorio sacro de cualquier festival. La belleza del arte no entiende de estilos y épocas, su grandeza radica también en la atemporalidad, en lograr conmover a públicos distantes en el tiempo y contexto. Y Schdmit, en esta obra, lo consigue.

viernes, julio 11, 2025

Treinta años de Srebrenica

Hoy se cumplen treinta años de la masacre de Srebrenica, localidad bosnia que fue masacrada por las tropas serbias durante la cruel guerra sucesiva que vivieron los territorios de la antigua Yugoslavia durante la década de los noventa del siglo pasado. Los serbios, ortodoxos, asesinaron de manera genocida a unos 13.000 residentes de esa localidad, de religión musulmana, en apenas un par de días, con el consentimiento de las tropas de pacificación de la ONU, que ya estaban sobre el terreno, principalmente integradas por contingentes europeos, sobre todo de los países bajos. La orden de eliminar a los habitantes de esa localidad se ejecutó con frialdad y eficacia. Fue el primer acto genocida en Europa desde el fin de la IIGM.

Hoy, tres décadas después, asistimos a una repetición a escala de lo que pasó en Srebrenica en muchas de las localidades del este de Ucrania, donde las tropas rusas asesinan sin piedad ni organización a civiles y a todo lo que se mueva de una manera burda, chapucera, pero efectiva. No existe una planificación estructurada de limpiar las poblaciones como sucedió en el pasado, o al menos no ha trascendido un plan consistente al respecto, pero el resultado es similar. Asesinatos fríos, indiscriminados, generalizados, en los que se busca reducir hasta la nada la población que en un momento dado ocupaba el asentamiento, para que sea sustituida por nuevos vecinos, provenientes de allí donde la raza es la correcta, serbia entonces, rusa ahora. Los testimonios de los supervivientes de Bucha, localidad al norte de Kiev, en su extrarradio, que estuvo bajo control ruso durante las primeras semanas de la invasión putinesca de Ucrania, y que son el testimonio más fiel de lo que sabemos que ocurre en las zonas sometidas al yugo del invasor, relatan unas primeras semanas de ocupación fría, de soldados algo perdidos, de episodios de violencia aislados, absurdos, crueles, pero esporádicos. No se cortaban los rusos en matar a civiles en Bucha, por las causas más peregrinas posibles, pero no lo hacían de manera generalizada. El miedo entre todos los residentes era enorme, porque no sabías qué es lo que te podía salvar la vida o hacerla perder en medio de aquella situación, totalmente inesperada. Muchos optaron por salir lo menos posible de sus casas, hacer como que allí no había nadie y no pisar el exterior para no encontrarse con soldados que pudieran hacer preguntas para las que no hubiera respuesta. Cuando las tropas rusas empiezan a perder posiciones en el entorno de la población la cosa cambia, y entonces sí se desata un proceso de asesinato generalizado. Nuevamente, a lo ruso: desorganizado, improvisado, desestructurado, ejecutado por críos o personajes que van vestido de militar pero que carecen de instrucción ni de tablas. Eso sí, saben que disparar es fácil y les sale gratis. Grupos improvisados de soldados empiezan a entrar en las casas, a sacar a sus moradores y a tirotearlos por la espalda, dejando sus cadáveres abandonados en jardines, aceras o calles, así, sin más. Algunos aún están vivos después de ser abatidos, pero mueren en medio del asfalto desangrados en medio de la indolencia de sus captores, que les dejan ahí tirados de camino a otra casa. Cientos y cientos de personas fueron asesinadas de una manera tan irracional como esta durante los días en los que la soldadesca de Putin tuvo que abandonar el enclave al fracasar la toma de Kiev, en las primeras semanas de la guerra. Las imágenes de lo que allí sucedió dieron la vuelta al mundo, y fueron negadas por sus ejecutores y por aquellos que, a sueldo o por creencia, defienden la visión imperialista de Putin. También muchos negaron las matanzas de Srebrenica. Allí, como en Bucha, fue decisivo el papel de los periodistas, los corresponsales de guerra, que actuaron como notarios para atestiguar un horror que escapaba a la comprensión y que requería pruebas sólidas para ser asimilado y que, en un futuro, alguna condena cayese sobre los autores intelectuales y ejecutores de aquel crimen.

Karadzic y Milosevic, cada uno en su papel, fueron juzgados y condenados por las atrocidades cometidas en Bosnia, pero eso no sirvió para que ninguno de sus actos se revertiera. Hoy, la posibilidad de juzgar a Putin o a cualquiera de los dirigentes civiles y militares rusos que ejecutan la carnicería de Ucrania se antoja como una fantasía. Sus crímenes permanecen impunes, y su número crece a cada ataque masivo que lanzan sobre el país, a cada pequeña aldea que conquistan y arrasan. No, no parece que hayamos aprendido mucho en el tiempo transcurrido. Las tierras de sangre, como las denomina Timothy Snyder, siguen chorreando.

jueves, junio 12, 2025

Cuarenta años en la UE

Hoy se cumple el cuarenta aniversario del acto solemne, celebrado en el Palacio Real, en el que se firmó el tratado de adhesión de España a lo que entonces se denominaba la Comunidad Económica Europea, la CEE, o las comunidades europeas, que también se decía. Bajo el gobierno de Felipe González, con Fernando Morán como ministro de asuntos exteriores y Manuel Marín, añorado, como responsable principal de lo que había sido la interminable negociación, se rubricaron los documentos oficiales por parte de nuestro gobierno y representantes de lo que era la Comisión Europea, el garante de los tratados y ejecutor de las políticas. La entrada oficial tuvo lugar el 1 de enero de 1986.

Se puede decir que estas cuatro décadas, con sus sombras, que las han tenido, han sido las más prósperas, estables, seguras y transformadoras de la historia de nuestro país desde que hay registros. La España de hoy se parece bien poco a la de entonces, aunque mantenga atavismos y vicios inherentes a nuestra condición, y el nivel de vida del que disfrutamos no sería ni soñado por aquellos que en los ochenta vivían de las rentas de su trabajo. Tras haber logrado, como sociedad, el mayor de los éxitos posibles de nuestra historia, en ese periodo que se llama la transición, España logró llevar a cabo el mejor de los proyectos colectivos en los que se ha embarcado en su historia con otras naciones, que es este empeño extraño de construir una unión entre naciones que han llevado enfrentadas desde hace milenios. Europa era para los españoles una aspiración, un sueño, un imposible. Atrasados en lo económico y lo social, sometidos a un encierro de décadas por parte de la dictadura, Europa era vista como la panacea en la que todo sería posible, tanto en lo político como en cualquier otro aspecto. En Europa eran libres, ricos y modernos. Y nosotros éramos una dictadura pobre y atrasada. Por eso la firma de hace cuarenta años, tras el trabajo previo de demolición de la dictadura y la construcción de un régimen de libertades, se vio como un momento trascendental. Ozores, el cineasta, al que ya me referí la semana pasada al hablar de la lugarteniente del presunto corrupto Cerdán, decía al terminar sus intervenciones en el 1, 2, 3, con pose solemne “y por fin, seremos europeos” como el sueño que tenía un país que había estado ajeno a todo lo que sucedía en el continente durante el convulso siglo XX. Entrar en la CEE, ahora UE, ha supuesto un esfuerzo enorme para el conjunto del país, ha provocado la creación de nuevos sectores económicos y la destrucción de otros, ha transformado las expectativas de los que ya han nacido en un espacio carente de fronteras, donde es tan común ir a Ámsterdam como a la provincia limítrofe, y ha ensanchado el campo de las ides y la mentalidad de una buena parte de la sociedad. ¿Ha resuelto todos los problemas? Claro que no, porque Europa no es una utopía, sino un intento de cooperar para arreglar problemas comunes en beneficio de todos, y quien piense que la solución a todos los males humanos está ahí será pasto de la amargura permanente. No, Europa como aspiración es un camino hacia la integración de naciones, culturas, economías e intereses que, en muchos aspectos son divergentes, incluso opuestos, pero que se ven en la necesidad de coordinarse para ganar más y, ya de paso, sobrevivir en un mundo cambiante. En estas décadas nosotros hemos prosperado, la UE en su conjunto lo ha hecho, pero el resto del mundo no se ha quedado quieto, ni mucho menos. Se produjo el derrumbe del muro de Berlín, la caída de la dictadura soviética y las décadas de esplendor democrático y liberal, y ahora, desde hace algunos años, volvemos a una senda sombría en la que antiguos enemigos que parecían haberse disuelto nos atacan y socios que se suponía que lo iban a ser a perpetuidad empiezan a ser vistos como amenazas imprevistas. El marco global no tiene nada que ver con el que era hace cuatro décadas, y el poder de las naciones europeas en el mundo ha menguado de una manera espectacular. Eso, aunque no lo parezca, nos obliga a empeñarnos en el sueño europeo, porque también es de las pocas tablas de salvación que nos quedan como continente.

Si uno pone la mano en su cartera, o paga en tarjeta y ve el recibo, comprobará que la moneda con la que paga se llama euro, y que funciona en la mayoría de las naciones de la UE. Ese experimento de la unión monetaria es uno de los más trascendentales que se han hecho en estas décadas, y para un país pusilánime en lo monetario y abusón de devaluaciones y otras prácticas cutres como lo ha sido el nuestro, ha significado un cambio absoluto. Bendito el día en el que el gobernante español dejó de tener acceso a la financiación monetaria. Celebremos este aniversario y sigamos, pese a todo, construyendo Europa. Creo que seguimos sin ser conscientes del valor de lo logrado y del peligro que supone estar fuera de este proyecto.

lunes, abril 28, 2025

Arte vaticano

Quizás el momento más simbólico de toda la ceremonia funeraria del pasado sábado en el Vaticano fue ese, cercano al final, en el que los sediarios, esas personas que portaban el féretro de Francisco, lo levantaron e inclinaron hacia el público que abarrotaba la plaza, como queriendo incorpora el cuerpo que portaban en su interior, lo que provocó un aplauso espontáneo y cerrado. Ese mismo gesto se repitió poco después, cuando tras el traslado el ataúd se disponía a acceder al templo de Santa María la Mayor, donde ya reposa para siempre. Mismo gesto, misma respuesta del público.

Puede sonar a chiste, pero en todo esto del ceremonial y el arte asociado, el Vaticano está en el más allá. Sólo por disponer de escenarios de grandeza tales como la plaza vaticana o el interior de la basílica uno sale a jugar cualquier partido estético con una ventaja enorme, y mal lo tiene que hacer para desperdiciarlo. Y, obviamente, no fue ese el caso. La ceremonia de exequias del sábado fue un ejemplo de profesionalidad en lo religioso, en lo artístico y en lo televisivo. Quiso contribuir el día en Roma, despejado y suave, sin calor agobiante ni viento molesto, una agradable mañana de abril en la que la luz lo invadía todo y permitía que la realización del acto en el exterior fue no sólo posible, sino inmejorable. El uso de la música en el recitativo de la misa fue muy adecuado, recurriendo a repertorio polifónico de total garantía (Palestrina) temas gregorianos y algunas composiciones más modernas, y sin apenas contemplar los intérpretes se pudo disfrutar de ellos. El uso del color, reforzado por la presencia roja de los cardenales y el negro de los invitados, con la excepción de quien ustedes ya saben, permitía unos juegos de contraste muy llamativos, y así fueron explotados por una realización televisiva que hizo un trabajo excelente. En todo momento la cámara estaba atenta a lo que sucedía en el altar y en otros puntos de interés, y se compaginaban escenas de proximidad, primeros planos del oficiante o del ataúd, con vistas generales de la plaza, enfocadas tanto hacia el obelisco y la vía de la Conciliación como en el sentido inverso, hacia la fachada de San Pedro, tratando de hacer con la cámara el mismo juego con el que Bernini pretendió diseñar la columnata, el acogimiento, el abrazo que estrecha a quienes allí se congregan. Por eso, era un el maestro un genio, no sólo por lo arquitectónico, sino también como escenógrafo. Entre los planos de origen moderno o innovador, hubo uno que destacó mucho, supongo que mediante el uso de drones, que era esa visión cenital de la parte inicial de al plaza, en la que se encontraba situado el altar, ataúd, autoridades y cardenales, un plano cerrado visto perfectamente desde arriba que otorgaba una imagen de simetría espectacular, y que ofreció algunos de los mejores momentos, tanto cuando el féretro abandonó el interior de la Basílica y, tras él, lo hizo el séquito de cardenales que le honraban en el pasillo de la nave, cuando al terminar la ceremonia se vivió el proceso inverso, con el cadáver abandonando la plaza en medio de todo el mundo, portado por los sedarios, y tras él la disolución del bloque de cardenales, como el deshilachado de una tela, en la que una trama se iba desgajando en un hilo continuo. Las imágenes tomadas desde lo alto ofrecían una sensación de movimiento espectacular, preciosa, insuperable. Se sentía uno en lo alto, con la música de fondo y el juego de movimientos perfectamente coreografiados. Había momentos en los que la toma se movía y enfocaba, además de lo que sucedía en la plaza, la hilera de estatuas de los apóstoles que coronan la fachada de San Pedro, creando la sensación de que ellos mismos eran los que observaban desde allí y dirigían la ceremonia. Más allá del valor religioso del hecho y de la liturgia, todo resultó ser un espectáculo de un nivel estético insuperable y de una enorme belleza, lo que en sí mismo le otorga un valor indudable.

De entre los ausentes, y que sean realmente relevantes, el único que merece referencias es Xi Jinping, el presidente chino. Y es China quizás la única civilización del mundo que es capaz de enfrentarse a la idea de contemplar los ritos y ceremoniales de la institución occidental más longeva, dos milenios, con la sensación de estar ante algo que pueden entender. Ellos poseen ritos también llamativos, intensos y cargados de una tradición aplastante. Este sábado occidente ofreció al mundo, también a China, una muestra de lo más refinado de lago que en Beijing sí son capaces de apreciar y de valorar. Historia.

martes, abril 08, 2025

Esa escena de El Brutalista

Comentó Rosa Belmonte, a la hora de hacer la crítica, que esa escena era la mejor de la historia en la que se muestra la estatua de la libertad desde la de El planeta de los simios, que es insuperable. En su momento, al verla, se me hizo fugaz, excesivamente acelerada, sin poder entrar en detalles. Luego, pensando en ella, empieza a adquirir sentido cuando una comprueba que es uno de esos fugaces pases el escogido para ilustrar el cartel de la película. Algo profundo nos quiere decir con esa escena, y el significado se va desvelando a lo largo del metraje, que visto en la actualidad diaria que nos absorbe, resulta evidente.

Llegar a Manhattan y contemplar la estatua de la libertad era uno de los mayore sueños que uno podía albergar cuando se embarcaba en la diáspora que lo trasladaba al otro lado del Atlántico. De Europa se huía, del hambre o de la persecución, de la intolerancia religiosa o política, de la opresión, de la ruina, de las empresas fracasadas que no se podían reconstruir, y América, los EEUU, eran la esperanza para muchos, que llegaban apenas con lo puesto y con ganas de intentarlo en el país de las oportunidades, un lugar salvaje y despiadado pero que te permitía hacer lo que quisieras y en el que podrías forrarte si las cosas iban bien. Manhattan era el sueño urbano dorado y la estatua la señal de haber llegado a un lugar de promisión, refugio y esperanza. Puede sonar muy ñoño, pero durante gran parte del siglo XIX y hasta mediados del XX así fue, los problemas surgían de Europa y EEUU era la solución. Un país vasto, de dimensiones continentales, con un gobierno estable y una amalgama de refugiados de todas las nacionalidades posibles en el que siempre existía una comunidad que podía acoger a uno más llegado de la vieja fábrica de problemas europea. Esa estatua es uno de los mitos más poderosos de occidente, una señal de que derechos y libertades de la persona, reconocidos y defendidos por la ley, están en la base de nuestras sociedades y que serán siempre lo que las distinga. Regalo de Francia a la nación norteamericana, representa un símbolo de unión entre las dos orillas de un océano enorme, pero que hemos venido a denominar charco para hacernos entender que es sólo un trozo de agua que separa dos realidades diferentes pero con un fondo común. Por eso, la manera en la que se muestra la estatua en la película, muy distinta a la habitual, resulta paradójica. El plano habitual es el contrapicado, en el que el inmigrante que llega a la bahía del Hudson contempla la corona de espinas y la antorcha a lo alto, desde su pequeñez, como si fuera la gran recepcionista que le da la bienvenida a la nación, e impide que las pesadillas que le hicieron viajar traspasen ese umbral. Pero en El Brutalista la estatua se muestra forzada, violentada. El protagonista sube aceleradamente desde el fondo del barco en el que se ha escapado del infierno nazi al grito de sus compañeros, que le indican que ahí está. La cámara se mueve violentamente ascendiendo las escaleras hasta las cubiertas superiores, con el ímpetu del desposeído que llega a destino, salimos al exterior… y la estatua se muestra inestable, torcida, tumbada, apuntando hacia abajo. Unos pocos fotogramas de luz escasa, como de día cubierto, y el símbolo no está quieto, apuntando al cielo, sino que pega tumbos, y se llega como a caer. No hay gloria alguna en esa escena, no se eleva a los altares ningún símbolo, sino más bien lo contrario, se le golpea, se le rebaja de su pedestal y se le asoma a una especie de abismo en el que corre el riesgo de ser destruido. Ya les digo que son apenas unos pocos segundos, es un pasaje acelerado en el que uno puede perderse detalles porque va todo demasiado deprisa, pero no existe nada similar a la llegada a una tierra prometida, sino más bien lo contrario. El protagonista abandona su pasado, pero el presente es un país enorme que se le hace ajeno y que empieza a ver bastante alejado de la idílica visión que albergaba en su interior. Pese a los éxitos que pueda alcanzar en su carrera, la hostilidad que le provoca la sociedad en la que ha caído no deja de crecer. Es una película en la que el sueño americano tiene mucho de pesadilla.

Una de las mayores fortalezas de EEUU ha sido su papel de lugar aspiracional, de seguir siendo una nación fundada por pioneros que albergaban una idea, no un espacio atado a una tradición secular. Esa ciudad sobre la colina a la que se refirió hace ya siglos John Winthrop como aspiración ideal de justicia y libertad, de civilización frente a la barbarie, de la nueva Jerusalén que se alza frente al barbarismo. EEUU ha cultivado ese sueño y millones de personas de todo el mundo lo han hecho propio, y han convertido a esa nación en la más rica, poderosa y deseada del mundo. Si la actual necedad destruye esa idea, el golpe a la nación, a su prosperidad y futuro puede ser devastador.

jueves, febrero 20, 2025

Zelensky es nuestro Churchill

Les hablaba la semana pasada de la novela de Phillip Roth “La conjura contra América” para ejemplificar la pesadilla que estamos viviendo. Esa novela es una ucronía, un género literario que mezcla historia con ficción, y que se basa en suponer que un hecho acaecido en el pasado no se hubiera producido, y plantear, a partir de ahí, una historia alternativa en la que suceden cosas que no son las que realmente pasaron. Dado que la predestinación no existe, el relato de la historia tiene causas profundas y hechos fortuitos, y es la combinación de todos ellos lo que ha dado como resultado lo que hoy tenemos, y en ninguna parte pone que debiera haber sido así.

Un subgénero muy prolífico de la ucronía es la historia alternativa de la IIGM, en la que los nazis no pierden, y o bien ganan globalmente o llegan a una victoria parcial en la que se reparten el mundo con otro contendiente, principalmente EEUU, en una visión alternativa de la guerra fría. Dos buenas novelas en este contexto, y con bastante fama, son “Patria” de Robert Harris, y “”El hombre en el castillo” de Phillip K Dick. En la segunda los EEUU han sido divididos en tres partes, la este conquistada por los nazis, la oeste por los japoneses, y una tierra de nadie en medio que hace de colchón entre ambas potencias, que rivalizan constantemente. En la primera novela el Reich ha ganado la guerra, estamos en Germania, la nueva Berlín, la mayor ciudad del mundo, con más de diez millones de habitantes, en unos años sesenta en los que el nazismo es la fuerza global dominante y su poder se extiende por todo el mundo. En estas novelas, y en muchas otras, el punto de giro de la IIGM se apoya en dos premisas clásicas. La no apertura del frente ruso por parte de Alemania, lo que le permite acumular fuerzas y ganar la guerra en occidente, y la no intervención directa de EEUU. Sin el apoyo norteamericano Reino Unido no puede continuar la lucha y acaba cayendo por los bombardeos aéreos y una incursión terrestre que conquista la isla. En no pocas de esas tramas Churchill tiene que huir de su nación al exilio, a Canadá o a Australia, y trata de formar allí una resistencia y una pequeña versión de lo que fue el Reino Unido, pero acaba fracasando y muere sin apoyos, en el olvido. La gran figura europea de la IIGM se convierte en un paria apestado en una historia alternativa en la que los malos, los nefastos, triunfan, y condenan al héroe de Inglaterra a una muerte vil y lejana. No hay mayor desprecio posible. En esas historias, por lo general, se mantienen movimientos de resistencia al victorioso Reich, pero suelen ser testimoniales, más de activismo que de acción, recordando un poco a la penuria de la resistencia francesa durante los tiempos de Vichy. Lo relevante es que leer esos textos permite comprender que, si se ganó la IIGM, fue porque se trabajó de manera denodada para ello, con el mayor de los sacrificios posibles, y que la victoria aliada no estaba ni mucho menos predestinada. En 1941la imagen de una Europa que, nación a nación, o estaba dominada por el Reich o por regímenes afines como el de Franco otorgaba una imagen de solidez al proyecto totalitario nazi que un observador externo que tuviera que hacer apuestas no sería muy generoso con los movimientos de una isla solitaria en el noroeste del continente, auténtica pieza maestra del puzle para mantener sometida a toda Europa occidental, y así permitir a los generales nazis, cuando las fuerzas se hubieran repuesto y reagrupado, lanzar un ataque devastador al este ruso, no cayendo nunca en el gran error de los dos frentes, insostenibles. La segunda moraleja de estos libros es que, además de que el destino no existe, la historia la escriben los vencedores. La derrota nazi elevó a los altares a occidente y a líderes como Churchill, De Gaulle o Roosevelt, y permitió descubrir la atrocidad infinita de los campos de exterminio. Tras una victoria nazi es probable que Auschwitz hubiera seguido siendo un gran complejo industrial y el exterminio que allí se producía se hubiera llevado hasta sus últimas consecuencias sin que hubiera noticias del mismo, sólo rumores que serían perseguidos con saña por el estado dictatorial que reinaría sobre Europa y gran parte del mundo. Estremece pensarlo, pero pudo ser así.

Zelensky es, desde que inició la invasión rusa, este domingo cumplirá el tercer aniversario, nuestro Churchill. Atacado por las tropas de una infame dictadura, perseguido por las fuerzas del dictador Putin, Zelensky pudo optar por huir de Kiev durante el asalto de los primeros días, como lo hizo el cobarde de Karzay y el resto del gobierno afgano tras la llegada de los talibanes, pero decidió quedarse, resistir y jugarse la vida. Ahí Zerlesnky se ganó su lugar en el sitio de los valientes en la historia. Y frente a él, la siniestra figura de Donald Trump no es más que la de un traidor, un cobarde, un indeseable que rema en pos de su propio interés y el del dictador ruso que inició la invasión. Ante la grandeza de uno, la infamia de otro. La historia se sigue escribiendo, día a día, hora a hora.

lunes, enero 27, 2025

Auschwitz, ochenta años después

Hoy se celebra el día mundial en conmemoración del Holocausto. La fecha escogida se debe a un 27 de enero de  1945, en su avance hacia Berlín, las tropas soviéticas llegaron a la localidad polaca de Auschwitz y se encontraron con el campo de concentración que, a las afueras de la misma, constituía todo un complejo industrial de enormes dimensiones. Lo que allí hallaron era la prueba de un rumor que corría por Europa desde hacía ya años, pero que nadie había querido confirmar, muchos ni creer. La dimensión del horror que se escondía detrás de aquel conjunto de alambradas, barracones, hornos y pabellones sigue, hoy, siendo incomprensible.

Hace ochenta años del descubrimiento de algo así, y bastante menos tiempo desde que la humanidad es consciente, y doliente, por lo que allí pasó. Los supervivientes contaron su testimonio tras la liberación pero muchos no los escucharon porque no daban crédito. Fue más el trabajo de los historiadores, recopilando las pruebas que demostraban la idea y creación de esa red de campos de exterminio lo que acabó calando en la imagen global que las palabras de los pocos que lograron salir de esas instalaciones con vida. Y recordemos, no nos consta testimonio alguno de los que entraron en las cámaras, porque ninguno de ellos salió con vida. Auschwitz se ha convertido en sinónimo de horror, pero de un horror inconcreto, de una monstruosidad ausente. No son los campos nazis los mayores exterminadores que haya conocido la humanidad, quizás ese siniestro mérito hay que otorgárselo a los gulags rusos o a los centros de reeducación de la revolución cultural maoísta en la China de mediados del siglo XX, pero si han logrado alcanzar la relevancia que poseen es porque en esas instalaciones nazis se aúnan una serie de cosas que parecen antitéticas, pero que nos describen perfectamente como seres humanos. Sí, porque sólo inteligencias humanas serían capaces de concebir lugares de exterminio como Auschwitz, y desatar todo el proceso administrativo, industrial, logístico, necesario para que una instalación de ese tipo funcionara. Sólo los humanos son capaces de trabajar coordinadamente en equipo, de una manera concienzuda, fría, inteligente y razonada, para alcanzar el logro de un lugar así. El exterminio de una parte de la humanidad como proyecto de trabajo de otra parte es algo que sólo los humanos somos capaces de hacer. Y la manera tan eficiente, planificada con la que esa labor se desarrolla en los campos nazis es lo que llega a estremecer hasta la locura. Diseñar una instalación en la que se asesine a unas diez mil personas al día a su máxima capacidad de rendimiento es un reto para ingenieros, planificadores, encargados de planta... Auschwitz era una fábrica de muerte, y enfrentarse a esa idea produce un vacío total. La negación de lo que allí pasó no es nueva, existe desde el momento en el que se descubre, en parte por el deseo de quienes estaban involucrados en lo que pasó de no hacerse responsables de algo que iba a ser juzgado con dureza por el resto del mundo, pero ese negacionismo no sólo se dio entre los jerarcas nazis y quienes simpatizaban con sus ideas, no. Miles y miles de personas en todo el mundo secundaban en su momento la incredulidad por lo que se iba sabiendo al descubrir ese y otros campos. En parte hay un sentimiento colectivo de culpa (no supe que eso pasaba, no hice nada para evitarlo, quiero pensar que no sucedió) pero también hay una negación ante lo que parece ser algo impropio del hombre. No es posible que algo así sucediera. Simplemente no se puede planificar el exterminio de millones de personas porque es algo tan atroz que escapa al entendimiento humano, no hay maldad real que sea capaz de algo así, debe existir un monstruo, algo no humano que ha hecho eso, algo que no somos nosotros. Es una reacción comprensible, equivocada, escapista, pero real. La imagen de que los nazis no eran humanos es la más sencilla de implantar en unas mentes que no son capaces de asimilar lo sucedido. Eso no pudo pasar. Pero sucedió. Ocurrió y, por ello, puede volver a suceder.

Apenas quedan supervivientes de Auschwitz con vida. El paso del tiempo está a punto de convertir al campo de un lugar de memoria a un espacio de la historia. Y esa ausencia de testimonios es el principal factor de olvido, de que Auschwitz se vaya empequeñeciendo en el espacio de la memoria de las generaciones vivas, que la señal que de allí emana, la del mayor peligro para nuestra existencia, nuestro irracional odio, pueda volver a reencarnarse en ideologías nuevas, o en versiones modernas de las de siempre. Hoy habrá muchos dirigentes en el campo reclamando mantener una memoria viva, y millones de personas ausentes que actúan como si eso no hubiera sucedido. Si hay algo que jamás debiéramos olvidar en nuestra existencia es todo lo que allí sucedió, y todo lo que lo hizo posible.

jueves, junio 06, 2024

Ochenta años del día D

Hoy se cumplen ochenta años del día D, del desembarco aliado en Normandía, que supuso el principio del fin de la Segunda Guerra Mundial en el frente occidental europeo. A primeras horas de la mañana, casi sin despuntar aún el día, miles de soldados, subidos a lanchas de desembarco muy espartanas partieron de la flota que les había trasladado desde Reino Unido y acabaron en las playas normandas, bautizadas con nombres como Nebraska, Omaha, que han pasado a la historia. Frente a destacamentos de defensa alemanes, miles de ellos fueron masacrados, pero no pocos lograron hacerse con cabeceras en la costa y abrieron la puerta a la reconquista.

En los actos de hoy apenas asistirán testigos de aquellos hechos. El paso del tiempo y la biología son crueles, y casi todos los que sobrevivieron a la guerra han muerto, y apenas un puñado de veteranos son capaces de ver en sus recuerdos lo que pasó aquel día. Los hechos que fueron memoria se extinguen, al morir los cerebros que los alojaban, y pasan a ser historia, y es un hecho comprobado que la perdida de lo primero contribuye notablemente al olvido de lo segundo y, en parte, condena a una repetición. En los actos de hoy estará muy presente una nueva guerra en Europa, en el este, una de gran crueldad, en la que nuevamente hombres, y esta vez también mujeres, mueren en los frentes tratando de conquistar posiciones en medio de disparos, cohetes, drones y todo tipo de elementos diseñados para matar. Si algún superviviente del desembarco ha visto las imágenes que llegan de Ucrania será el más indicado para comprender lo que allí está pasando, para saber el miedo y el dolor que sufre cada uno de los que se enfrenta a la muerte en forma de enemigo. Hace ochenta años la mayor parte de los muertos acabaron en las playas, fueron no del bando nazi que defendía la costa, sino de los que trataban de conquistarla. Miles y miles de chavales nacidos muy lejos de allí, procedentes en su mayoría de una nación llamada EEUU que empezaba a ser la cabeza del mayor imperio del siglo, pero que aún no había ganado la guerra que así lo consagraría. Vieron la luz en las enormes, infinitas planicies del medio oeste del continente norteamericano, en un mundo joven, en expansión y crecimiento, donde el dolor de la depresión económica ya se había superado y la guerra era algo que contaban sus padres u otros conocidos, pero que siempre se desarrollaba lejos, al otro lado del océano que separaba a su inmensa nación de las del resto del mundo. Altos, bien alimentados, con un elevadísimo nivel de vida, esa chavalería norteamericana se enfrentaba su destino en las costas de un continente arrasado, que llevaba ya cinco años de suicidio programado, destruyendo todo lo que en su momento fue arte, creatividad, vida, futuro y esperanza. Frente a ellos, la maquinaria nazi, no la más mortífera de las viles ideas creadas para asesinar en el infausto siglo XX, creo que ese cruel mérito se lo lleva el estalinismo o el maoísmo chino, pero sí la más eficiente y sádica de todas ellas, la que mejor aunó en su diseño la psicopatía sádica y la eficacia industrial. Una nación, la más grande, avanzada y poderosa de Europa occidental, poseída por el recelo de la venganza y espoleada por el nacionalismo más sectario que uno pueda imaginar, llevaba años asesinando sin piedad y, en muchos casos, de manera industrializada, a todo aquel que se opusiera sus delirios de grandeza. En 1944 las tropas nazis ya retrocedían en el este, asediadas por el ejército ruso en lo que fue el frente de guerra más cruel y mortífero que los tiempos han conocido, pero controlaban el occidente europeo. Sólo en el Mediterráneo, con la toma de Sicilia y posterior liberación de parte de Italia, los aliados habían logrado hacer mella al imperio de Hitler, pero en la Europa central, la gran Alemania, que llegaba a todas partes, y su vasallo, el régimen de Vichy, mantenían el control del continente. Los bombardeos aliados empezaban a hacer mella a la industria y ciudades germanas, pero la capacidad de resistencia que mostraba el sistema productivo alemán ante los ataques era formidable, y sólo la conquista militar derrotaría al monstruo. Costaría aún casi un año lograrlo.

Hace ochenta años miles y miles de chavales desconocidos, algunos de los cuales aún sin tener claro qué era eso de Europa y dónde estaba, dieron su vida para que ustedes, nuestros padres, y abuelos, pudieran vivir en un continente en paz. Para que hoy, todos los que nos veamos a lo largo del día, nos conozcamos o no, estemos donde estamos, y vivamos en las ciudades en las que lo hacemos. El sacrificio de tantos permitió ganar la mayor de las guerras conocidas y liberar a Europa del yugo nazi. Ahora que nuevas amenazas surgen en el este y el ruido de la guerra resuena si uno le presta atención, la lección que nos dieron esos críos en las playas de Normandía adquiere un valor aún más inmenso si cabe. Infinitas gracias les sean dadas a ellos.

miércoles, julio 26, 2023

Oppenheimer, el efecto en la historia

La historia que relata la película es real, y aunque conocida, es una de las que menos se valora a la hora de analizar cómo nuestro mundo es como es. El desarrollo de la bomba atómica y su uso cambiaron por completo las reglas de la guerra, y no sólo supuso el final de la II Guerra Mundial y el entronizamiento de EEUU como líder mundial, sino una nueva era en la que, por primera vez en la historia, el hombre sí poseía los medios para destruirse a sí mismo. Todas las guerras anteriores a esta eran, por definición, limitadas, porque el grado de destrucción que se podía alcanzar era cada vez mayor, pero siempre concentrado en un punto. Uno escapaba de allí como fuera y salvaba el pellejo. A partir de Hiroshima ya no hay a dónde escapar.

Uno de los personajes que aparece en la película, Edward Teller, es el creador de la bomba H y el que espolea a EEUU para crear su arsenal de armamento nuclear y el conjunto de vectores que le permite alcanzar cualquier punto del mundo y, en su caso, destruirlo. El proceso de creación de ese arsenal se dio casi en paralelo entre EEUU y la URSS durante las décadas de los cincuenta y sesenta, dando lugar al escenario de destrucción mutua asegurada, lo que en inglés se llama MAD (y que corresponde, que cosas, a la palabra española loco). En este equilibrio del terror cada uno de los contendientes tiene capacidad de destruir no sólo al otro, sino al mundo entero, y sabe que el inicio de una guerra global supone el final de nuestra historia como humanos. El crecimiento de los arsenales de las dos superpotencias se produjo mientras terceros países iban accediendo al club nuclear no tanto con el objeto de atacar a otros sino con la idea, espeluznante pero certera, de que tener la bomba impone el miedo, y eso les protege de las intenciones agresivas de otras naciones. China, Reino Unido, Francia, India, Pakistán e Israel, este último de manera no oficial, son los países que a día de hoy tienen armamento nuclear declarado, con capacidades muy inferiores a las rusas y norteamericanas, pero lo poseen, y eso los hace respetables. Hay un nuevo país que hace no mucho se ha unido al club, que es Corea del Norte. El régimen de Kim llevaba tiempo buscando tener la bomba por ser esa la garantía de su supervivencia, la pieza que infunde el miedo que garantiza la respetabilidad, y en cuanto pudo hizo una prueba subterránea para que todos los que miden en el mundo lo detectase. Y desde entonces Pyongang ha pasado a ser un lugar más respetado, o temido, como quieran. Irán la busca, y su proceso de enriquecimiento de uranio no es sino una cortina de humo vestida de investigación civil con fines energéticos que trata de obtener material fisionable propio para desarrollar la bomba. De tenerla, empataría con Israel y el equilibrio del terror se daría en una de las zonas más conflictivas y llenas de odio del mundo. Oppenheimer crea la bomba como respuesta ante una guerra que no cesa, y en su ilusión está el que ese artefacto sea el que acabe con todas las guerras, pero no tarda demasiado tiempo en darse cuenta de que su creación ha dado a luz un nuevo mundo mucho más peligroso, en el que la caja de pandora de la guerra nuclear se ha abierto y ya no se puede cerrar. Los cerca de 250.000 muertos de Hiroshima y Nagasaki pesan como una losa sobre él, no tanto al principio, pero sí cada día que pasa desde que la IIGM es historia y se da cuenta de lo que ha hecho, y su papel como antibelicista crece en un mundo polarizado en el que el riesgo de una tercera guerra entre occidente y el comunismo es cada vez mayor. Sabe que en esa guerra no ganaría nadie, pero observa atónito como los arsenales crecen, en una acumulación absurda de riesgos, en una carrera en la que la posibilidad de un simple error basta para que la humanidad se consuma en el infierno por ella misma desatada. La película muestra esto con una intensidad mayor a medida que nos adentramos en los últimos años de vida del protagonista.

Ha querido la casualidad, la suerte o vaya usted a saber qué que no se hayan producido errores fatales que nos hayan llevado a la destrucción de manera absurda. En los ochenta hubo alguna posibilidad de que se desatase la guerra entre EEUU y Rusia por falsas señales que, afortunadamente, fueron no tenidas en cuenta. En la crisis de los misiles de Cuba quizás es cuando estuvimos más cerca de la conflagración declarada, pero afortunadamente no sucedió. Pero el armamento nuclear sigue ahí, y vemos como el mafioso de Putin lo utiliza de farol para amedrentar, y el hecho de que ayudemos a Ucrania pero pelee sola se debe, sí, a que en frente el enemigo tiene armas que nos arrasarían en minutos. Oppenheimer cambió las reglas de la guerra y del mundo, y fue de los primeros en darse cuenta de ello.

martes, julio 25, 2023

Oppenheimer, la película

El director Christopher Nolan es un obseso de la perfección, y en cada una de sus obras busca construir la que quede como referencia para el género. Lo ha hecho en el cine de superhéroes, en el de acción y en la ciencia ficción. Sus películas disfrutan en la complejidad, en trucos de tiempo y en no permitir descanso alguno al espectador. Hasta ahora todas sus obras han sido ficción y, aunque Dunkerke se basa en hechos reales, sus protagonistas han sido inventados, seres que no han existido y le han dejado enorme libertad para crear. Salvo Tenet, su filmografía me parece un logro y va camino de ser referencia. Quiere ser el Kubrick de nuestra era.

Para su última obra Nolan no se ha ido a un mundo de fantasía, sino que ha cogido un enciclopédico libro de memorias escrito por dos expertos, que aún no me he leído, y se ha embarcado en la vida de Robert J Oppenheimer, el conocido como padre de la bomba atómica de EEUU. El riesgo que abordaba en este trabajo era enorme, porque someter a un director acostumbrado a la fantasía a los rigores de una historia conocida, llena de personajes famosos a lo largo de parte del siglo XX es la vía más segura para que una forma de trabajar se estrelle contra los muros de la realidad. La expectativa que había en torno a la película aumentaba la sensación de vértigo, la posibilidad de que el estilo Nolan se diera de bruces contra algo que no es a lo que acostumbra. Ya les puedo anticipar que no tengan miedo a este respecto, porque el director sale triunfante de su arriesgada jugada, entre otras cosas porque trata muchas escenas de la realidad histórica con la extraña y compleja manera con la que aborda los viajes espaciales o los sueños anidados. Las tres horas que dura la cinta, rodada en película, por lo que el término “cinta” mantiene todo su significado, son un exigente examen al espectador, que no tiene tiempo para aburrirse en lo más mínimo, que no puede desconectar porque en todo momento se le suelta información relevante, y que siente que la película podía haber sido mucho más larga aún si el estudio se lo hubiera permitido. Tres son las historias que, en la práctica, se cuentan en paralelo durante la trama; La comisión del Congreso de EEUU que estudia avalar a Lewis Strauss, responsable de la agencia de seguridad nuclear del país, como miembro del gabinete; la comisión que investiga las actividades filocomunistas de Oppenheimer con el objeto de si corresponde retirarle la acreditación de seguridad que le permite seguir participando en el desarrollo de armas y tecnología nuclear y el propio proceso de construcción de la bomba en Los Álamos, como una de las partes decisivas del proyecto Manhattan. Cada una de estas historias se desarrolla en un momento del tiempo distinto, de más cercana a la actualidad a más lejana según las he ido presentando, pero al igual que hiciera en Dunkerke, Nolan las solapa y mezcla dando la impresión de que se llevan a cabo de manera simultánea, lo que permite contemplar la experiencia del protagonista de la película no de una manera lineal, sino como un conjunto de bucles que se entremezclan y aportan toda la complejidad posible. Probablemente son las tramas no relacionadas con Los Álamos las más desconocidas para el espectador, que sí sabe algo de la bomba y del resultado de la prueba (Trinity) y de sus consecuencias, y también son las que se pueden hacer más áridas por sus diálogos complicados y la sobreabundancia de nombres, testigos, intervenciones y cruces de parlamentos entre todos ellos. En parte hay momentos en los que estamos en una película de juicios de las que tanto les gustan a los norteamericanos, y algo no nos encaja con lo que esperábamos ver, pero si el espectador es paciente irá componiendo el puzzle que Nolan le muestra y podrá comprobar hasta qué punto las piezas encajan. Tras ello, la figura del Oppenheimer aparece con todas las aristas posibles y asistimos a su transformación personal de una manera como muy pocas veces una película ha logrado retratar. El resultado asombra.

Técnicamente perfecta, sin efectos digitales, con una música constante que puede volverse por momentos machacona, y un sentido del ritmo exagerado, sin descanso alguna, la película es excelente. El reparto trabaja de una forma soberbia, con Cillian Murphy erigido como protagonista absoluto y Robert Downey Jr como el robaescenas perfecto, dando una lección soberbia. Ellos y ellas dan lo mejor de sí en una película que avasalla, en la que el momento culminante, el de la prueba, es de los pocos en los que el silencio es el dominante. La explosión, real, no nuclear, filmada, se plantea no como el culmen, sino como el punto de inflexión de la vida del protagonista. Si disponen de tres horas no lo duden. Eso sí, probablemente salgan agotados.

viernes, junio 23, 2023

El Titanic fascina

Sí, antes que nada hay que señalar que es muy injusto que la atención mediática del mundo se haya centrado en la peripecia, concluida como tragedia, de la excursión turística al pecio del Titanic y no en los naufragios de inmigrantes que han tenido lugar en el Mediterráneo o en las costas aledañas a Canarias a la vez que el minisubmarino se hundía para siempre en las aguas de Terranova. Aún más injusto es la cantidad de medios empleados en buscar a la pequeña nave y sus tripulantes que la nada usada para si quiera rastrear la evolución de las embarcaciones cargadas de personas que se han convertido, también, en su ataúd. Cundo decimos que la vida es injusta, lo es por cosas como estas.

El Titanic genera fascinación, sigue siendo uno de los grandes mitos de la era moderna y todo lo relacionado con él consigue un nivel de atención que es difícil igualarlo. El éxito absoluto de la película de James Cameron no se debió sólo a que estaba muy bien hecha, que también, sino a que cuanta una historia narrada miles de veces, romanticona, en un entorno de tragedia no tanto provocada por el hombre como por la fatalidad. La idea de Prometeo, el orgullo humano que reta al destino y es castigado, reencarnada en un buque insumergible que se va a pique en su viaje inaugural. Como mínimo resulta llamativo. El pecio fue encontrado tarde, a finales de los ochenta, creo recordar, a unos cuatro kilómetros de profundidad, partido en dos y a no demasiada distancia del punto en el que se supone tuvo lugar el hundimiento la fatídica noche del 14 de abril de 1912. A semejante profundidad son muy pocos los sumergibles que pueden llegar, entre ellos los de la empresa que ha tenido el accidente, pero es una zona muy inexplorada, hostil a más no poder. La enorme presión del agua hace que descender por debajo de cotas de medio kilómetro sea ya una hazaña reseñable, y al fondo de los océanos, a la fosa de las Marianas, en Filipinas, a casi once kilómetros de profundidad, sólo se ha llegado dos veces, menos que a la Luna. El mundo submarino tiene su aquel a unos pocos metros bajo el agua y, a partir de ahí, empieza a convertirse en un lugar frío, oscuro y asesino sólo por el mero hecho de la presión que supone sobre lo que le rodea. La vida se va a adaptando a la profundidad y los cuerpos de los animales se empequeñecen y comprimen a medida que el fondo se hunde. En el caso que ha ocupado las portadas nos encontrábamos ante dos posibles problemas. Uno, que la nave hubiera sufrido una avería y, incapaz de volver a la superficie, hubiera asistido a la muerte de sus tripulantes tras el agotamiento del oxígeno, o que, lo que parece que ha sucedido, un fallo estructural del casco haya hecho que la presión lo pudiera reventar, implosionando y matando de manera instantánea a los ocupantes, por lo que es muy probable que apenas hayan sufrido lo más mínimo. Unos instantes para percatase de grietas crecientes, si es que se dieron en un lugar en el que podían apreciarse, y luego la compresión absoluta y el final. Los restos encontrados, unos fragmentos de cola y de algunas piezas de la nave, son compatibles con este escenario, por lo que han relatado los guardacostas y personal que ha participado en las labores de búsqueda y sabe cómo funcionan estas cosas. No hay restos humanos que recuperar del fondo abisal en el que lo que reste del submarino se haya precipitado y, ciento once años después de su hundimiento, el Titanic tiene el triste orgullo de añadir a su lista de fallecidos cinco nuevos nombres, en este caso también potentados, gente con dinero que podía pagarse los doscientos mil dólares que costaba la excursión para ver el lugar en el que gente con dinero falleció una fría y calma noche de abril de principios del siglo XX.

El Titanic es un recuerdo de que muchos de los sueños y proezas humanas sólo pueden ser llevados a cabo con grandes recursos, por los que tienen esos recursos, y que, a veces, salen mal. Su hundimiento fue una conmoción en un mundo que llevaba ya unos cuantos años de progreso tecnológico, económico y social como no se conocía y que soñaba con que la ciencia y el progreso eliminase los problemas que acuciaban a los que en ese tiempo vivían. Dos años después de ese desastre, en el verano de 1914, estallaría una guerra que muchos esperaban pero que se desarrolló de una manera que casi nadie esperaba, acabando con el sueño iluso de la sociedad y llevándole a lo que serían las horrendas décadas de los treinta y cuarenta. El barco de los sueños, lo denominaba la película, era la pesadilla para su protagonista femenina. Así es la vida, complicada.

Subo el fin de semana a Elorrio y me cojo dos días. Nos leemos el miércoles 28. Pásenlo bien y ánimo con el calor.

viernes, marzo 31, 2023

Miguel Ángel venció a Savonarola

Uno de los muchos sitios que tengo pendiente de visitar es Florencia. Entre las innumerables obras maestras que allí se encuentran está el David de Miguel Ángel, una enorme estatua de mármol expuesta en la galería de la Academia. Es uno de los puntos culminantes del renacimiento italiano, que entre otras cosas, supuso un redescubrimiento no sólo de las técnicas y estilos del clasicismo griego y romano, sino también la puesta en el centro de la expresión artística de la figura humana, con sus proporciones, órganos y atributos. El hombre de Vitrubio de Leonardo Da Vinci ejemplifica al ser humano como el canon de la proporción.

No sólo arte surgió en la Florencia renacentista, también oscurantismo. Savonarola es el ejemplo perfecto del intolerante que, fanatizado, logra hacerse con el poder y arrasa lo que encuentra a su paso. Fraile dominico, aprovecha el estado corrupto de la gobernanza de los Medici para, con un discurso centrado en la ejemplaridad y el castigo a los poderosos, imponer su propio régimen de terror. Y lo logra parcialmente, llegando a ser durante un breve tiempo la máxima autoridad de la urbe. Durante su dominio una de las cruzadas que emprende es contra el nuevo arte renacentista, degenerado, obsceno a sus enfermos ojos. Savonarola clama contra esas pinturas y esculturas que exhiben cuerpos desnudos, posturas obscenas, situaciones de ofensa a Dios y a la moral. Organiza aquelarres públicos en los que, con la excusa de destruir posesiones que los ricos de la ciudad habían acaparado, sirven para lanzar a la pira obras de arte que odia por encima de todo. Supongo que esas escenas no diferirían demasiado de las vistas en los años treinta en la Babelplatz berlinesa y otras localizaciones, con arengas nazis alentando a la turba a arrojar al fuego libros y creaciones anti arias. El reinado de terror de Savonarola cayó, él mismo fue conducido finalmente a una hoguera y sus cenizas se esparcieron por el río Arno para que lo que quedaba de sus seguidores no las utilizaran como reliquia. La calma volvió a la ciudad y el gobierno retomó su patrocinio de las artes, la corruptela generalizada y las conspiraciones típicas de los Medici, que han dado el sibilino sentido que tiene a la palabra “florentino”. Entre las obras que han llegado desde entonces a nuestro mundo el David destaca por su tamaño, precisión y por haberse convertido por sí mismo en un icono de la época y de lo que entendemos por belleza clásica. Siglos después de su creación, el nombre de Miguel Ángel Buonarroti es universal y el de Savonarola no le suena a muchos, siendo generoso. La historia ha sido justa en este caso y ha ensalzado a quien se lo merecía y condenado al olvido a quien sólo creo dolor y destrucción, pero a lo largo del tiempo, allí, aquí y en todas partes, los humanos demostramos que es mucho más fácil crear Savonarolas que Miguel Ángeles. Para lo primero sólo hace falta fanatismo, ansia de poder y, si me apuran, un cierto grado de inteligencia para sacar rendimiento a la maldad. Para lo segundo se requiere genialidad, que por definición escasea, enorme capacidad de trabajo, sacrificio, entrega, dedicación absoluta y algo de suerte. Los muchos Savonarolas de nuestros días se agazapan en las redes sociales y las utilizan para dictar sentencias instantáneas ante todo lo que suceda, a buscar en la masa gregaria la fuerza que no tienen sus argumentos, pero sí emana de su dogmatismo. Sin embargo, en la vida fuera de las redes también abundan los censores y emuladores de estos personajes. Hace unos días una profesora de arte de EEUU, del estado de Florida, tuvo que dimitir de su puesto, y dejar su colegio, por mostrar en clase imágenes del David. Los padres de algunos alumnos, al saberlo, pusieron el grito en el cielo, alegando que esa obra es pornografía, y que era totalmente inapropiada para ser enseñada a sus hijos o a cualquier otro. La presión fue de tal calibre que la profesora optó por huir y dejar su trabajo, en medio de la indefensión total por parte de autoridades educativas y la indignación de todos aquellos que hemos conocido la noticia. ¿Todos? No. En ese colegio de Florida, por ahora, los Savonarolas han triunfado

El ayuntamiento de Florencia ha decidido dar un premio a esa profesora en reconocimiento a su labor y, supongo, como desagravio ante lo que ha vivido. Bien por la institución municipal, pero este suceso, lamentable, muestra que la intolerancia que se vivió en los tiempos en los que la obra se creaba sigue con nosotros, y de hecho se ve reforzada por el enorme altavoz que las redes sociales otorgan a los descerebrados que, en su ignorancia, sólo ven el mal donde no lo hay. La historia, como antes señalaba ha juzgado y dejado claro quién es el triunfador de la contienda, pero nos corresponde a nosotros, en nuestro mundo y tiempo, seguir trabajando para que los Savonarola que no dejan de surgir no lleguen a causar daños. Y también, ya puestos, buscar a algún Miguel Ángel, que no nos vendría nada mal en este mundo tan clónico y grisáceo.

miércoles, octubre 26, 2022

Ignacio Varela, que todo lo sabe

Uno de los lujos de las noches electorales es poder escuchar en directo el programa especial que Carlos Alsina organiza por tal motivo. Por horarios me es imposible escuchar a Alsina en ese directo que es la radio, y me conformo con picar poadcast, que son comida enlatada, nutritiva pero no fresca. Empezando con la música del “El Al Oeste” cada noche plantea retos distintos y análisis de todo tipo, y entre los profesionales que allí están para diseccionarlos siempre destaca la grave voz de Ignacio Varela, que lo acierta casi todo y que es capaz de ver cosas que el resto de los mortales ni intuimos pero que, al descubrirlas gracias a él, notamos que son un factor determinante.

Hace unos meses me enteré de que Varela estaba escribiendo un libro sobre la llegada del PSOE de Felipe González al poder, cuyo cuarenta aniversario se cumple el próximo viernes 28, y me enteré de que él trabajó en ese partido durante muchos años antes de esa victoria y a lo largo de casi una década después, en la maquinaria de Moncloa. No conocía nada de la trayectoria pasada de Varela pero al descubrirla entendí dónde había aprendido tanto sobre política, demoscopia y electoralismo. El libro se convirtió en uno de los fijos que entran sin cesar en mi arruinante lista de volúmenes a comprar, y a medida que se acercaba la fecha del aniversario suponía que tendía lugar algún acto de presentación. De casualidad, y gracias a Twitter, descubrí que era ayer el día escogido, y pude escaparme a tiempo del trabajo para acudir a la sede de Abante Asesores, donde fue el evento. En un auditorio repleto de nombre ilustres de la política, economía, prensa, medios, con famosos de todo tipo ligados al mundo del poder, de antaño y de ahora, asistí a una charla coloquio moderada por Santiago Satrústegui, principal responsable de Abante, en la que participaron Javier Fernández, expresidente asturiano, y que lo ha sido de todo en el PSOE, Jose Antonio Zarzalejos, una de las mentes más sagaces y lúcidas del centro derecha mediático español y el propio Ignacio Varela. Poco tenía que hacer el moderador ante semejante trío, pero aún menos cuando Varela empezaba a contestar a algunas preguntas o comentarios de sus interlocutores, porque la voz que conocía de la radio se convertía en un creador de relatos en los que la historia, la política y la reflexión se mezclaban de una manera magistral. Hay gente que sabe cosas pero no sabe contarlas, y es mejor que no salgan mucho de los lugares en los que estudian y son productivos. Hay otros que tienen capacidad para relatar e hilvanan historias como de la nada, y gracias a ellos la literatura, y el mundo, es algo más bello y soportable. Pero hay una tercera categoría de personas, escasa, que aúna ambos logros, el de saber, el de ser experto en algo, y el de saber contarlo, e Ignacio Varela es uno de ellos. En cada una de sus intervenciones era capaz de descender a una década prodigiosa, la de los setenta, que pudo acabar muy mal y que, afortunadamente, concluyó con lo mejor que los españoles hemos hecho en más de un siglo, la creación de una democracia con un estado de derecho y una economía libre de mercado. El riesgo de encontrarse a un señor que cuente batallitas del pasado en una situación de este tipo es elevado. Contienen valor, pero pueden ser tediosas y muy autorreferenciales. Lo de ayer fue todo lo contrario, una clase de historia y política de primera, como en pocas ocasiones he podido escuchar, por parte de un señor que tiene una capacidad para el relato y la extracción de lecciones y sentidos realmente extraordinaria. Uno lee y aprende cosas, pero cuando se encuentra ante los que realmente sabe es cuando descubre lo poco que conoce de las cosas y lo mucho que le queda por aprender. Además de aprender mucho, asistir a una charla como la de ayer le infunde a uno de obligada modestia, porque bien poco es capaz de replicar a alguien que le desborda en todos los sentidos. No es la voz de Varela la más perfecta para el mundo de la radio, con su tendencia a los graves profundos, pero todo de lo que ella sale posee un enrome valor. Y ayer, en persona, en directo, sin papeles, lo demostró con creces.

Es muy irritante la tendencia al adanismo que existe en nuestra sociedad, alentada por la disrupción tecnológica. En el campo de la política hemos visto como nuevos proyectos que venían a derrumbar todo lo conocido han naufragado en pocos años por la soberbia de sus liderazgos y los enormes errores cometidos. Frente a tanto vendedor de humo, pasado y que ahora ostenta responsabilidades de poder, la sapiencia de los que conocen la victoria y la derrota, las enseñanzas de la vida real y larga, resulta un oasis en medio de la tormenta. Varela conoció a las brujas de Macbeth hace muchas décadas, vivió la hybris en su propia sangre, llegó al poder, y experimentó su pérdida. A buen seguro el libro es una referencia de una época que nos cambió.

viernes, septiembre 09, 2022

Isabel II, Reina

La imagen de la Reina de Inglaterra ha devenido en un icono global a medida que los años se han sucedido en su reinado de una manera tan eterna que parecía inacabable. Acontecimientos, personajes, hechos, todo se sucedía, cada vez a mayor velocidad, e Isabel II seguía ahí, inmutable, con sus vestiditos conjuntados y el aspecto de ver la vida desde lo alto de un balcón mientras que los mortales se desvivían en la calle, a sus pies, presos de iras y deseos. Su inmensa longevidad y el desempeño del cargo le habían convertido en un mito viviente, en el último personaje proveniente de otra época que seguía ejerciendo un papel público.

Escribir sobre Isabel II en pasado supone estar en un tiempo en el que ya es una más de los miles de millones de fallecidos que ha habido en nuestra historia. El martes se le pudo ver, muy empequeñecida, pero de pie, apoyada en un bastón, recibiendo a la nueva primera ministra Liz Truss en Balmoral, Escocia, y ayer falleció en esa propiedad, quizás la más querida de las suyas, en lo que parece un final de lo más plácido, sin agonías ni estertores que lo dilaten de ninguna manera. La llamada hecha a sus hijos por las autoridades médicas indicaba ya, a primeras horas de la tarde, que lo que parecía que nunca iba a suceder estaba a punto de darse. Setenta años de reinado, el segundo más largo de los conocidos tras el del Luis XIV de Francia, conmemorados en el jubileo de este verano, concluían con la sobriedad y estilo que sólo la BBC y los británicos son capaces de darle a los acontecimientos. Durante siete décadas Isabel ha sido reina de Inglaterra y de un montón de naciones, primero de manera efectiva, luego simbólica cuando el imperio que heredó se deshizo, y esa ha sido su vida. Consagrada a la corona, todo lo demás ha sido secundario, y en ese todo está todo. Vida privada, familia, amistades, gustos, lo que fuera. Su sentido del deber y sacrificio al ejercerlo han sido una señal constante en su vida, y frente a un mundo que ha ido arrinconando algunas de esas virtudes en pos de un hedonismo consumista y desnortado, ella seguía rígida por encima de todo. Rodeada de los escándalos que surgían en torno a sus vástagos y familiares, ella nunca fue motivo de polémica ni de enojo, no sólo porque fuese protegida por otros poderes, sino porque su desempeño nunca cayó en el error no forzado. En los tiempos modernos quizás la muerte de Diana de Gales y su funeral fuesen los días más duros de su reinado, en lo que hace a la relación con una sociedad que ya había cambiado mucho desde que ella se coronó, pero no es posible, como en otros casos de reyes habidos o eméritos, encontrar manchas que sirvan para criticar su figura. La monarquía es una institución extraña, la única encarnada en una personas física, humana, mortal, mientras que todas las demás son ocupadas de manera temporal por personas que van y vienen. El sentido de la monarquía es, hoy en día, cuestionado por muchos, también en el Reino Unido, e Isabel lo sabía perfectamente, y era consciente de que su poder, ausente en lo real, con r minúscula, sólo derivaba de lo que ella pudiera otorgar de dignidad a la figura Real, con R de Reina. O era abnegada y ejemplar o vería como la institución se degradaba hasta su caída. En medio de una sociedad cada vez más dividida, con enfrentamientos sociales y antagónicas visiones de cómo gestionarla, sometida a enormes cambios tecnológicos y morales, decadente en lo que hace a poder global y representatividad en el mundo, secularizada, dominada por el temor al futuro y el olvido cada vez más rápido de todo lo pasado, el Reino Unido es un perfecto ejemplo de cada una de nuestras naciones occidentales. Y durante siete décadas, al menos, han contado con un puntal inamovible, una referencia que les ha servido de guía emocional. Esa referencia falleció ayer, sucedida por Carlos, III, a sus 73 años.

Isabel II es pura historia del siglo XX y parte de este XXI. Su marcha pone fin, de manera simbólica, a la centuria pasada, porque si bien es cierto que quedan vivos personajes notables de ese tiempo, ella, y quizás Henry Kissinger, eran los únicos que ejercían aún un papel relevante en el mundo. Ella a años luz del estratega norteamericano. Hace pocos días murió Gorbachov, que fue muy importante, pero, como casi todos los de su edad, languidecía olvidado. Isabel II no, seguía hasta ayer, literalmente, ejerciendo como Reina. Reino Unido se enfrenta a una catarsis como no la ha vivido en muchas muchas décadas. El mundo pierde a uno de sus mitos.

martes, septiembre 06, 2022

Quinientos años de Elcano

Hoy, 6 de septiembre de 2022, se cumplen el quinientos aniversario de la llega de Elcano y un puñado de harapientos acompañantes a Sanlúcar de Barrameda, a bordo de la Victoria. Hacía tres años que una expedición, encabezada por Fernando de Magallanes, había partido de ese mismo lugar, en unos barcos que hoy en día da miedo ver, más imaginar, con el loco propósito de circunnavegar el mundo, demostrar que la Tierra es redonda y volver a ese mismo puerto por el lado contrario del que se partía. Visto en perspectiva, la audacia de aquella misión era tal como lo incierto de su cometido, teniendo en cuenta que, pese a que ya los griegos lo habían probado, casi nadie creía que la Tierra fuera esférica.

El viaje de Magallanes, fallecido en el entorno de las Filipinas, concluido por Elcano, es una odisea a la altura de las mayores gestas que se han dado en la historia humana. Reúne todos los ingredientes para llenar páginas y páginas de épica, emoción, aventura, miedo y sueños, y es, en definitiva, una de las grandes proezas humanas. El hecho de que la mortalidad de la expedición se acercase al 90% indica hasta qué punto era duro aquello, y también lo cerca que pudo estar de no haber concluido, porque el retorno desde Filipinas comandado por Elcano fue una sucesión de desgracias y pérdidas de tripulación que, por momentos, hacía ver el fracaso como el único puerto disponible. Ese viaje es una reescritura perfecta de la odisea homérica, con el agravante que el héroe clásico volvía a casa desandando el camino que presuntamente recorrió cuando partió de ella, rumbo a Troya. En el caso de la expedición de Magallanes, todo era un descubrimiento constante, porque no estaba claro ni si habría un paso que permitiera cruzar el continente americano por su extremo sur ni otro montón de cosas. El estrecho que ahora honra la memoria del navegante luso fue descubierto en ese intento de bordear las costas americanas, y resultó que había paso, pero pudiera ser que no, los mapas que los marinos llevaban en sus tartanas no recogían más allá de las costas orientales americanas, y algunas de las poblaciones que se encontraban a orillas del Pacífico, descubiertas por los aventureros y conquistadores españoles, que se habían adentrado tierra adentro y llegado al otro extremo del continente, pero el sur era lo que se denominaba “terra incognita” misterio, una zona en la que las líneas del mapa se desdibujaban y se convertían, literalmente, en nada. A cada milla que avanzaba la expedición descubría costas, territorios, moradores y paisajes, que nunca antes habían sido observados por europeo alguno. Es imposible hacerse a la idea de lo que eso puede suponer cuando ahora, en nuestros móviles, damos un par de pulsaciones a la pantalla y se nos despliega una vista satelital de todo el planeta con un grado de detalle y precisión que asumimos como normal, pero no lo es. Involucradas tanto la corona portuguesa como la española en la financiación de la aventura, el logro de lo conseguido es de ambas, y Elcano es el primero que puede colocar en su escudo nobiliario el “circumdederunt me” indicando que es el que ha conseguido darle la vuelta al mundo. La corona española fue rácana con los reconocimientos al marino de Getaria, creando la tradición hispana de ingratitud a los hijos que descubren, crean y conquistan, pero no ven reconocida su labor por las autoridades y los que en su tierra habitan. De tratase de otra nación europea Elcano tendría monumentos de talla ciclópea en ciudades y costas, avenidas enormes y su figura sería recordada con el boato que caracteriza a dichas naciones a la hora de recordar a sus hombres ilustres (y sí, también a sus indignos) Aquí no. Es probable que el mayor número de referencias que se den a la figura de Elcano sea en asadores y restaurantes de todo tipo, pero exceptuado el bautizo del buque escuela de la armada con su nombre, pocos son los homenajes y monumentos que recuerdan esta gesta. Hoy mismo, día del aniversario, el Gobierno Vasco ha decretado festivo, cosa que es de señalar como correcta, pero no creo que haya grandes actos en Madrid ni en otras ciudades, salvo probablemente en la citada Sanlúcar. Parece que nuestros políticos y dirigentes están más interesados en un teatral cara a cara que se va a producir por la tarde en el Senado que en rememorar la historia. Ya, de arreglar problemas de verdad, ni les cuento.

Ha habido algunas polémicas en estos últimos años entre el gobierno luso y español sobre cómo abordar el recuerdo de esta gesta, dado que ellos le dan más peso a la figura de Magallanes y nosotros a la de Elcano. Creo que es un error por parte de ambos países enzarzarse en discusiones absurdas ante un hecho que les trasciende completamente. Tripulaciones portuguesas y españolas, con financiación mixta, emprendieron uno de los viajes más alucinantes de la historia de la humanidad, demostraron lo que Eratóstones fue capaz de elucubrar muchos siglos antes con un par de palos de madera y cambiaron nuestra visión del mundo. El mérito es de todos ellos, de los que partieron, llegasen o no. Son héroes absolutos.