Mañana EEUU cumple 250 años, pocos países pueden decir que tienen una fecha de fundación dada, fija, y plasmada, en este caso en la famosa declaración de independencia de 1776. Una muestra de que la historia es impredecible es que nadie hubiera apostado en esas fechas, ni en muchas posteriores, a que esas trece colonias que se desgajaron de la corona británica iban a acabar siendo la nación más poderosa del mundo un par de siglos después y, depende de cómo lo veamos, la más poderosa que ha existido jamás en la Tierra. Con sus luces y sombras, EEUU tiene algo que celebrar mañana, y el objetivo de mantener lo logrado.
Precisamente llega este cumpleaños tan redondo en uno de los momentos más convulsos de la historia reciente del país. Hasta ahora, con aciertos y errores, era una nación que tenía clara su unidad y destino compartido, y también el papel que le correspondía en un mundo hecho, en parte, a imagen y semejanza de sus valores, al servicio de sus intereses. Desde la primera presidencia de Trump es evidente que ha nacido una división en el seno de la sociedad de aquella nación sobre cómo se ve a sí misma. A los europeos esto no nos suena raro, porque nuestros países han estado atravesados por conflictos civiles entre facciones que han tratado de hacerse con el conjunto de la nación desde premisas muy particulares, pero para los norteamericanos esto es nuevo. La unidad interna, el patrioterismo orgulloso que ellos exhiben, no pocas veces caricaturizado desde este lado del mundo, ha sido una de sus mayores fortalezas, y eso empieza a resquebrajarse. Hay una división profunda y creciente entre unos norteamericanos y otros, unos que ven a su nación de una forma radicalmente distinta a la que la contemplan los de enfrente, con una divergencia en las posturas que empieza a quebrar estructuras sociales en las que la política debe ser ajena. Eso es un peligro para toda sociedad, porque esa semilla de división, una vez que germina, resulta mucho más difícil de erradicar que cualquier otra cosa. La segunda presidencia de Trump no está haciendo sino ahondar en este problema, empezando por cuestionar las bases del sistema político de la nación, que ha soportado un cuarto de siglo de andadura sin haber sido jamás derribado por golpes civiles, militares o de otro tipo. Resulta cruel ver como desde naciones como la nuestra, con una experiencia democrática infantil, se pontifican lecciones hacia EEUU sobre cómo no perder la libertad. ¿Exime esto de riesgos a Norteamérica? No, ni mucho menos. Es difícil que suceda, pero también era difícil pensar que desde la presidencia de aquel país se desarrollara un programa de destrucción sistemática de los contrapesos y las costumbres legales que llevaban asentadas tanto y tanto tiempo. La disrupción que se ejecuta cada día desde el despacho oval por parte del populista naranja es asombrosa, pero también una advertencia de que EEUU no es inmune al virus de la degradación que tan bien conocemos los europeos y que, en el pasado, afectó a imperios y naciones que también se creyeron inmunes, bendecidas por los dioses, y elevadas a un rango más allá de la historia. El engreimiento es un camino seguro al fracaso, y no es fácil hacer ver a una potencia de las dimensiones de EEUU de los peligros a los que puede llevar una política populista ejercida desde sus propias instituciones. Para los que siempre hemos admirado a los padres fundadores de aquella nación, a los que pensamos que Franklin, Jefferson o Washington tuvieron la visión de crear una estructura política superior a todo lo conocido, la menos mala de las existentes, a los que creemos que presidentes como Lincoln o Roosevelt han encarnado lo mejor de eso que llamamos occidente, contemplar la deriva actual de EEUU nos duele, nos apena y, desde luego, nos preocupa. No podemos vivir en el mundo de hoy sin el papel que EEUU está destinado a cumplir en él.
Una muestra de la división del país es que gran parte de los actos previstos para este fin de semana se han suspendido porque Trump los ha querido patrimonializar para convertirlos en loas a su persona. Festivales de música que se iban a celebrar en Washington han visto como las estrellas de sus carteles se han caído a medida que el presidente iba convirtiendo lo que estaba previsto que fuera un homenaje a la historia de la nación en un mero acto de propaganda MAGA a su más absoluto beneficio. Este es el camino que acaba destruyendo consensos, generando rencillas profundas y debilitando a las sociedades. Sí, también las puede llevar a su enfrentamiento.
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