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miércoles, julio 29, 2026

El coste de los fuegos

Puede que sea un detalle menor, pero lo cierto es que los incendios forestales salen carísimos. Y no me refiero, desde luego, a los costes directos, ambientales y emocionales, que suponen su existencia, o al valor paisajístico destruido que tarda años en volver a ser algo comparable a lo que fue, no. El mero coste de la extinción es disparatado. Se estima en una cota que oscila entre los 10.000€ y 20.000€ por hectárea en función de si se han empleado medios aéreos para sofocarlo o no, siendo ese caso el que eleva las cifras hacia el rango alto. Multipliquen alguna de esas estimaciones por las cientos de miles de hectáreas que se queman al año y obtendrán cifras en el entorno de varios miles de millones de euros.

A este coste muy directo hay que sumar los costes derivados de los bienes destruidos. Particulares, empresas y sector público ven como algunos de sus activos físicos se pierden. Pensemos en viviendas, coches, cobertizos, instalaciones agrarias, reservas de comida para el ganado, pabellones industriales, carreteras, tendidos eléctricos, postes de telefonía móvil, antenas de Wifi… la lista de bienes a recuperar es enorme y se traduce en nuevos gastos de presupuestos de todo tipo e indemnizaciones de seguros, más o menos cicateras, que de todo hay, que se traducirán en primas más altas en años posteriores. En los incendios de esta semana sólo el coste de las viviendas perdidas en la comunidad de Madrid va a ser tremendo, dado que se estiman en decenas y decenas las perdidas, o pensemos en el entorno del pantano de San Juan, donde se encontraba toda una serie de negocios relacionados con la navegación de interior, con instalaciones de formación, chiringuitos y embarcaciones, habiendo sido todo ello arrasado. La factura global se eleva muy notablemente. Tras esto vienen los costes derivados de la reforestación o de, por lo menos, el tratamiento de los suelos arrasados. Miles de árboles que permanecerán en pie, ennegrecidos, estarán muertos o poco les faltará. Es necesario retirar todo eso y proceder a una regeneración de los suelos, y a un trabajo intenso por parte de los agrónomos de recuperación, siembra y replantado, estudiando en cada caso el diseño del paisaje que se quiera construir, las especies que van a ser adoptadas, su compra, labores de instalación, riego, abono, etc. La recuperación de caminos forestales y de toda una serie de instalaciones de monte, como conducciones de agua o tendidos también es costosa, y en ocasiones exige ser rediseñada por los destrozos causados por el incendio en el entorno. Esta es una tarea lenta, pausada, que no aparece en las noticias, pero que es primordial para que el terreno no sufra ya el abandono, sino la más profunda de las erosiones y se convierta en un anticipo de lo que es la aridez del desierto. Profesionales y empresas de todo tipo deben trabajar en estas labores, y hacerlo de una manera coordinada, y contando a ser posible con la suerte de la meteorología, en forma de otoño e invierno con precipitaciones que ayuden a crear una mínima capa de verdor que sea el principio de la recuperación. En zonas agrarias de Galicia, por ejemplo, se ha visto em años pasados como se procedía con urgencia a arrojar paja desde helicópteros sobre los terrenos chamuscados para que este material hiciera de cobertura ante las posibles lluvias del otoño. Se buscaba en este caso, en terrenos dominados por pendientes significativas, que esas lluvias no arrastrasen la ceniza depositada en las lomas tras el fuego, con la pérdida de sustrato de estos y el elevado riesgo de contaminación de ríos, acuíferos y todo tipo de sistemas fluviales de abastecimiento con los restos dejados por el fuego. La paja actuaría como compactador del terreno y limitaría los daños. Es probable que en la zona abulense arrasada este tipo de actuaciones se den con más frecuencia e intensidad que en la madrileña, a priori menos abrupta, pero en todo caso son tareas que requieren suministro de insumos y el uso de medios aéreos con intensidad, por lo que la factura no deja de crecer.

Hay un coste emocional enorme, e imposible de valorar, por la pérdida del paisaje, y otro, inmenso y, me temo, muy tangible, derivado de la ya nula explotación. Casas rurales, alojamientos de montaña, negocios de rutas y senderismos, decenas de actividades relacionadas con el ocio campestre, las excursiones o el asueto están condenadas a desaparecer una vez que los parajes que las sustentaban se han esfumado. Toda una red económica de servicios asociados a l turismo de naturaleza han desaparecido con las llamas. Para los pueblos del entorno es un daño inmenso, que se extenderá a lo largo del tiempo, y limitará mucho sus economías locales. Toda una serie de facturas que van a salir carísimas.

martes, julio 28, 2026

Evacuar la casa

Hay ciertos desastres naturales en los que la casa, tradicionalmente un refugio, se convierte en un peligro. No es el caso de, por ejemplo, nevadas o inundaciones, donde el hogar, más si cabe en el caso de ser un piso, ofrece protección. La casa se convierte en lugar de encierro, rememorando lo que pasó durante el Covid, y sus paredes, que nos separan de lo que pasa fuera, actúan como barrera defensiva, aunque también como prisión de la que no hay escapatoria. Demasiados días forzado a estar en casa suponen una prueba que muchos llevan con parsimonia y no pocos con desesperación. Todos sufrimos ese experimento social hace unos años, y seguro que son pocos los que quieren recordarlo.

El incendio es distinto. Como amenaza móvil, sujeta a los caprichos de la meteorología y la disponibilidad de combustible, supone un enemigo ante el que el hogar no es capaz de garantizarnos seguridad. Hay que huir en la dirección contraria cuando se acercan las llamas, con el viento de espalda, en busca de un lugar seguro, y en muchas ocasiones, hacerlo de manera precipitada. Vemos como cambios en la dirección del viento convierten en localidades que ven con temor el avance de las llamas en la lejanía en más que probables objetivos del incendio una vez que las rachas alteran su dirección. En este caso la huida puede ser a la carrera, descontrolada, en medio del pánico, y eso es una receta casi segura para que se produzcan desastres, como el que vimos hace no demasiadas semanas en Almería. Las evacuaciones que están provocando los malditos incendios de este julio, masivas, no han concluido en situaciones de ese tipo porque ha habido suerte y porque el personal encargado de gestionarlas es abundante y se trabaja en zonas bien comunicadas. Aun así, se han producido atascos considerables, inevitables, en muchas de las localidades que han sido forzadas a la evacuación. Los hay que pueden huir en sus coches, pero otros muchos no, bien porque no los tienen o porque ya no están en condiciones de conducirlos o por lo que sea. Hay personas que se resisten a huir, por el mero miedo de lo desconocido, porque no quieren renunciar a la seguridad de lo que hasta ahora ha sido su hogar y no ven cómo van a sobrevivir fuera de él. Esto es especialmente frecuente a medida que aumenta la edad de las personas, y complica mucho las evacuaciones. Cuando se decreta el abandono de una localidad no se hace como capricho, sino porque se cree que no hay otra alternativa más segura para los que allí viven ante un avance descontrolado de las llamas. Hay una causa objetiva, probablemente visible a poca distancia de las viviendas, que obliga a escaparse antes de que sea demasiado tarde. Los efectivos tienen como prioridad el salvar las viviendas de los pueblos para permitir que, aunque el entorno se destroce, los habitantes puedan volver a sus hogares y no sufran pérdidas materiales además de las emocionales, pero hay momentos en los que no está nada claro si ese objetivo se va a poder lograr o no, por lo que escaparse es lo más práctico para salvar la vida. En ese caso no hay que coger mucha cosa. Documentación, el móvil y el cargador, y medicinas en el caso de que sean necesarias por un consumo prescrito y recurrente. Apenas nada más. Se recomienda llevar algo de dinero en efectivo, pero eso hoy en día puede ser escaso en algunos hogares. En general, en los lugares habilitados para refugio a los que se lleva a la población se dispone de utillaje para poder comer y dormir. Rebuscar por la casa cosas que se antojan como valiosas o necesarias puede consumir un tiempo que, quizás, no tengamos. Hay que salir a la carrera, con lo puesto, tratando de salvarse a uno mismo y a los que nos rodean. Se ha visto como los equipos de emergencias llevaban a ancianos, personas con movilidad reducida y, en general, aquellos que no disponen de medios para desplazarse en su vida normal. No rebusque, no pierda ni un instante. Corra, y si no puede correr, avise para que quien sí es capaz pueda llevarle.

La incertidumbre de estar días como refugiado en tierra vecina sin saber qué habrá sido de las casas y pertenencias debe ser horrible. Los que están con los desplazados les cuidan de la mejor manera posible, pero no pueden aliviar su temor ante lo vivido y, sobre todo, ante lo que se pueda haber perdido en el caso de que el fuego haya entrado en las poblaciones. Esa angustia lo impregna todo, de igual manera que lo hace el olor a chamuscado, y no se va hasta que se puede retornar y se comprueba lo que ha quedado, el resultado de la macabra partida que los equipos de extinción han tenido que jugar contra el devastador fuego. Ojalá esto se acabe de una vez y los desplazados puedan volver, todos, a sus casas.

lunes, julio 27, 2026

Desastre absoluto

Ya el viernes por la tarde, mientras estaba trabajando en la oficina, en julio, se podía apreciar desde las ventanas que dan al oeste de mi edificio las enormes nubes de humo que cubrían la sierra de Madrid. Parecían formaciones tormentosas, el origen de los cumulonimbos que logran descargar en esa zona en los días de verano propicios para ello, pero no tenían un origen meteorológico, sino siniestro. Eran el reflejo del voraz incendio que estaba teniendo lugar en Ávila, en Toledo y en el suroeste de Madrid, todo zonas contiguas. El viento sostenido de suroeste originaba esa formación, que no llegaba a la ciudad, pero mostraba su amenaza.

A lo largo de estos días millones de personas residentes en el centro del país han, hemos, podido contemplar con nuestros ojos los devastadores efectos de unos incendios gigantescos, descontrolados, inabarcables, que se han cebado con vegetación, arbolado, enseres, infraestructuras y todo lo que han cogido a su paso. Las cifras de evacuados que se están teniendo que gestionar son propias de una catástrofe de película, o de una situación de guerra. En docenas de localidades, decenas de miles de personas, han tenido que abandonar sus hogares y llevan pasando ya tres o cuatro noches en polideportivos, locales municipales y cualquier otro tipo de instalación comunitaria, en medio del desvelo absoluto por no saber cómo estarán sus bienes. El único consuelo que queda es que, a estas alturas de la historia, no hay que lamentar desgracias personales, no hay fallecidos, ni heridos graves, pero todo lo demás es desolador. El número de personas que se emplean día y noche en luchar contra las llamas se cuenta por miles, entre bomberos profesionales, de reemplazo, voluntarios, militares, etc, en una movilización que también es digan, por su dimensión, de un tiempo de combate. Pese a todos los medios recabados, ha sido necesaria la variación de las condiciones meteorológicas, con el alivio del calor de este fin de semana, lo que ha permitido poner coto al avance de las llamas, pero el viento, el maldito viento, que sólo ayer empezó a ofrecer algo de tregua, ha traído por la calle de la amargura a todos los involucrados en la lucha contra el fuego. Las rachas sostenidas intensas, en los primeros días, llevaron las columnas de fuego a una velocidad insoportable, y a partir de este fin de semana, las más leves pero mucho más erráticas lo han expandido de manera caótica por zonas que los primeros días permanecieron a salvo. Se ha conseguido salvar el entorno de El Escorial, porque los medios y Dios lo quiso en forma de cambio de viento, pero ese mismo soplo de fortuna para esa zona supuso la condena del valle del Tiétar, en Ávila, una vez que el incendio de Castilla y León logró ascender toda la sierra en su vertiente norte y se lanzó sin freno a sotavento, recalentado. Muchas de las poblaciones que el sábado y ayer eran el centro de las llamas y la evacuación contemplaban con congoja, pero seguridad, la evolución del fuego el pasado viernes, cuando el suroeste sostenido les mantenía aparentemente lejos de la amenaza. El maldito viento ha sido su desgracia, ha jugado en su contra, y ha ganado a los esfuerzos de todos los que luchaban contra las llamas. No he estado nunca en esa zona de la sierra, que era conocida por sus parajes naturales, sus pueblos y por numerosos atractivos, la mayor parte relacionados con la gastronomía y el disfrute de los recursos. Cuando las llamas se extingan, muchos de los negocios de esas localidades se verán abocados al cierre, al existir, lo que quede de ellos, en medio de una extensión calcinada en lo que lo único que van a dar ganas de hacer cuando se pueda contemplar será llorar con rabia, con la angustia de saberse a salvo quien lo hace, pero encontrarse perdido en medio de lo que, hasta hace pocos días, era su paisaje, su vida, su pueblo, y ahora no es otra cosa que un erial de ceniza y desolación.

La meteorología vuelve a ponerse cuesta arriba a partir de esta tarde y mañana, con la llegada de varias jornadas de calor muy intenso, en el entorno de los 38 40 grados, por lo que, cuando los fuegos sean controlados del todo, la necesidad de refrescar el terreno deberá seguir siendo prioritaria para evitar reactivaciones, que el mero movimiento de una brisa entre semejante calorina bastará para convertirse en amenaza. Es de esperar que, con el avance de la semana, los desalojados vayan volviendo a sus hogares, pero aún queda bastante para hacernos una idea certera de las dimensiones del desastre que ha tenido lugar en esas comarcas, y de lo irreparable que va a ser en muchos de los casos. Qué maldito horror.

martes, julio 14, 2026

Cómo afrontar la extinción

Ver el paisaje desolado que deja un incendio es una de las experiencias más duras que se pueden experimentar, y más aún si es el entorno que ha protagonizado la vida de quienes lo contemplan. No hay peor catástrofe natural que un incendio forestal, ninguna deja secuelas más extensas y persistentes, ninguna duele como él. Pese a ello, año a año, gracias a la fatalidad, la desidia y los desalmados, miles de hectáreas arden en nuestro país, y en los demás, y el daño que producen se extiende, retroalimentando las emisiones de CO2 y dejando un rastro de destrucción y pérdidas, materiales siempre, en ocasiones de vidas, que ya no verán nada.

Me da la sensación de que, a medida que la virulencia de los incendios crece en medio de los veranos intensos y extensos que vivimos, la técnica que se enfrenta a ellos empieza a no ser suficiente. Se ven ejemplos constantes de grandes fuegos, en España, en Francia, en EEUU, en Canadá, donde los frentes de llama son amplísimos y las condiciones meteorológicas que provocan, con pirocúmulos asociados, se convierten en sí mismas en peligros para el entorno y todos los que se encuentran cerca, además de contribuir a la propagación despiadada de las llamas. O se actúa muy rápido, nada más comenzar el fuego, o muchos de ellos alcanzan rápidamente una dinámica que los vuelve incontrolables. La inversión en medios para apagarlos no deja de crecer, en forma de aviones, camiones motobombas y, en el caso particular de España, todo lo relacionado con la UME y su trascendental papel en esta labor de apagadores, pero no parece ser suficiente. Los expertos ven como las dimensiones del enemigo no dejan de crecer y, en muchos casos, la seguridad de los que trabajan en la extinción exige la propia retirada de su presencia ante el avance de unas llamas que pueden llegar a acorralarlos. En el incendio de Almería la superficie calcinada es elevada, 6.000 hectáreas, pero poco de ese terreno era arbolado, la mayor parte consistía en matojos, brezo, monte bajo, que espoleado por el viento desatado se convertía en yesca que hacía avanzar las llamas a una velocidad de vértigo. Sumado a eso una orografía endiablada y la dispersión de las viviendas, la receta para el desastre estaba servida, pero no ha sido un incendio como los devastadores de Zamora, León o Galicia del año pasado, de enormes masas forestales desatadas. En Almería el gran enemigo de la extinción ha sido el viento, con la orografía. El año pasado eran las dimensiones del propio fuego las que impedían atacarlo con opciones. Era demasiado grande, demasiado virulento. Con temperaturas asfixiantes y sin tregua no había mucho que hacer. Gran parte de la carga de agua que los aviones soltaban desde sus panzas se evaporaba antes de alcanzar las llamas, como si fueran virgas, y la desesperación era evidente entre todos los que trataban de combatir el incendio. ¿Cómo atacar a un fenómeno así? Si la meteorología no ayuda, ¿es posible vencerlo? Empiezo a sospechar que, a día de hoy, la respuesta es negativa, y eso nos pone ante un dilema difícil de asumir, que es el riesgo real de que alguno de estos incendios acabe por crear un enorme problema social y vital, en forma no ya de aldeas quemadas, sino de localidades de entidad atacadas y asediadas por unas llamas que no puedan frenarse. En enero del año pasado pudimos ver barrios enteros de la ciudad de Los Ángeles devorados por las llamas, que alentadas por los vientos de Santa Ana, corrían sin freno. Urbanizaciones de todo tipo, desde las residenciales de clase media hasta algunas de millonarios, sucumbían a un incendio que era imparable, y que no hubo manera de controlar hasta que los vientos aflojaron. Para entonces, cientos, miles de viviendas quedaron arrasadas, y barrios enteros del extrarradio de la ciudad se convirtieron en cenizas y ruina. El espectáculo era aterrador, y distópico, y generaba tanto miedo como impotencia. ¿Cómo frenar estos fenómenos?

Tras una desgracia de este tipo se reiteran los llamamientos políticos a pactos, que se olvidan pasados los días, pactos que se centran en contenidos políticos, pero que eluden la cuestión técnica de cómo afrontar algo para lo que empezamos a no estar preparados. Los veranos abrasantes y extensos pueden ser una “nueva normalidad” frente a la que el entorno forestal, abandonado, no sea capaz de sobrevivir de manera natural. Olvídense de eso de las políticas preventivas, estamos en España, tierra de procastinación perpetua. Urge pensar algo, inventar métodos, técnicas, soluciones, compuestos, ingeniería aplicada, lo que sea, para poder atacar a esos fuegos de manera más efectiva. Y lo de urgir va en serio.

viernes, julio 10, 2026

Tragedia en el incendio de Los Gallardos

Esta noche se ha producido una tragedia en la comarca almeriense de Los Gallardos, por culpa del incendio forestal que se desató ayer por la tarde. Parece que, causado por la caída de un tendido eléctrico, y avivadas por el intenso viento, las llamas han corrido de manera caótica por un paraje en el que hay muchas casas de campo habitadas. Los fallecidos serían residentes que cogieron sus coches para huir del incendio y fueron atrapados en caminos rurales por zonas de incendio que cambiaban de curso a medida que el viento los zarandeaba. A esta hora de la mañana las llamas siguen descontroladas y son once los fallecidos confirmados.

Los medios de extinción trabajaban desde ayer en la zona del fuego y esta noche eran más de mil las personas desalojadas que, de manera controlada, habían abandonado sus hogares para buscar refugio, pero evidentemente la situación fue más grave de lo que los equipos presentes podían afrontar y la diseminación de la población en casas de campo sueltas ha contribuido a que el desastre se produzca. En este caso ha sido el maldito viento el que ha traicionado a los profesionales y a los residentes. Por lo que se cuenta, la virulencia del fuego no es extraordinaria, pero esas rachas intensas y cambiantes no dejan de extenderlo de una manera caótica, imposible de prever, que cambia de dirección a cada golpe de un viento caprichoso que no da tregua, y todo en un paraje agreste, lleno de recovecos donde el viento se comporta de una manera mucho más brusca y cambiante si cabe. Va a costar mucho llegar a las zonas en las que se ha dado la tragedia y ver lo que ha pasado, pero a escala, esto es lo que ha sucedido más de una vez en Portugal, donde desgraciadamente no son raros los casos de ciudadanos que huyen con sus vehículos de asentamientos rurales dispersos y fallecen al ser atrapados en caminos que eran seguros antes de convertirse en trampas infranqueables. Recuerdo un verano de no hace muchos años en el que la escena de vehículos carbonizados en medio de una carretera rural rodeados de lo que, creo, eran pinares ennegrecidos, resultaba sobrecogedora, y más sabiendo el elevado número de personas que viajaban en ese convoy de coches que fue atrapado y no tuvieron posibilidad alguna de escapar con vida de allí. En España los protocolos de desalojo de municipios se han mejorado mucho, y se llevan a cabo cuando los riesgos ya se consideran suficientes para la población, sin esperar a que la situación se vuelva extrema. En no pocas ocasiones estos desalojos cuentan con la oposición de los vecinos, cosa que puede parecer extraña a primera vista, pero no lo es tanto. En muchos casos estamos hablando de poblaciones rurales en las que los residentes conviven con su paisaje de una manera que se puede hacer difícil de entender para más de uno, que acrecen de muchos medios más allá de las propiedades residenciales y agrarias en las que viven, y que huir de allí es desubicarles por completo de su entorno, de donde y de lo que son. Al instinto del miedo ante el fuego puede, por no poco tiempo, vencer el de conservación de lo propio, y el intento de luchar contra las llamas, y ahí se puede perder un tiempo precioso. El incendio puede comportarse con una virulencia o impredecibilidad que deja sin respuesta hasta al más profesional, también al que mejor conoce el terreno, y el tiempo que se pierde desde que se pudo huir cuando la llama se intuía al que transcurre hasta que se admite la derrota ante el fuego puede ser vital. Es fácil decirlo sentado en una mesa de oficina, ya lo se, pero si las llamas se acercan a su finca lo mejor que pueden hacer, haya profesionales cerca o no, es huir, escaparse, tratar de salvar la vida. Es una mierda perderlo todo, pero es irremediable perder la vida.

Durante todo el día los servicios de extinción van a estar trabajando en la zona afectada por el fuego, y contra el resto de incendios que se desarrollan en España en estos momentos, a sabiendas de que en la zona mediterránea el calor no va a dar tregua y el viento se irá intensificando a medida que avance el día. Los 40 grados que se registran en gran parte del país no ayudan nada, se lo imaginan, para controlar incendio alguno, y aunque hoy se ha acabado la segunda ola de calor del verano, la fechada de levante y Baleares puede vivir la semana que viene un episodio de temperaturas muy altas que disparará todos los riesgos imaginables. Mucha prudencia, mucho cuidado, y no se lo piensen. Huyan antes de que sea demasiado tarde si el maldito incendio se les acerca.

lunes, julio 06, 2026

Venezuela es una ruina

Transcurrida ya más de una semana desde que tuvo lugar el terremoto de Venezuela, aún es posible la existencia de milagros en forma de supervivientes rescatados bajo los escombros, pero las probabilidades son ya mínimas. Sólo aquellos que hayan sido localizados por los rescatistas y se les haya podido aprovisionar con agua pueden aguantar el tiempo necesario para que, tras el desescombro, sean rescatados con vida. El resto, o ya han fallecido o agonizan. Muchos de los voluntarios llegados de todo el mundo para auxiliar a las víctimas ya dejan el país ante la imposibilidad de nuevos rescates, y la tragedia empieza a perder puestos en el ranking informativo global.

Si Venezuela era ya una nación torturada por la opresión de su régimen, esta aleatoria catástrofe natural supone su ruina en el sentido literal del término. Antes sólo estaba arruinada, ahora el paisaje de escombros se repite por numerosas localidades del país. Como suele suceder en estas ocasiones, los gobiernos se ven superados por los acontecimientos, pero si en el caso de una democracia esto es grave, en una dictadura como la que se gestiona desde Caracas las consecuencias para la ciudadanía son insoportables. La incompetencia, la falta de recursos, de medios, de todo lo imaginable para rescatar o aliviar los daños personales aparecen con la mayor de las crudezas, porque el régimen chavista es muy bueno reprimiendo, por la cuenta que le trae para seguir en el poder, pero es la necedad absoluta en todo lo demás. Si en las coyunturas normales la gestión chavista ha sido capaz de hundir la economía venezolana hasta unos límites propios de la miseria más extrema, ni les cuento lo que va a pasar a partir de ahora. Privado de recursos y capacidad, el régimen tratará de cubrir con propaganda los desconchados y hacer creer a los propios que lo sucedido es poco más que una fatalidad, pero que en ningún caso es excusa para denunciar la corrupción que todo lo llena o la mera incompetencia. Por si fuera poco, el proceso de tutela que vive el país, sometido a los designios de Trump, no ayuda para nada. Al poco de producirse el seísmo se lanzaron declaraciones de apoyo desde la Casa blanca y se anunció el envío de material pesado y equipos especializados, pero la impresión de los que se encuentran sobre el terreno es que la ayuda norteamericana no se ve en abundancia. Algo hay, pero ni mucho menos de manera masiva. Conociendo los intereses de los que rigen la nación norteamericana es probable que su interés se mantenga puesto únicamente en las zonas extractoras de petróleo, situadas en una región bastante alejada de las que han sido más afectadas por el temblor. Si no se han producido daños importantes en las instalaciones petroleras del país es casi seguro que la administración Trump haya perdido todo interés en lo que hace a rescates y ayuda humanitaria, por lo que se mantendrá al margen y solo moverá un dedo para apuntalar al régimen. Si hay movimientos opositores de damnificados, que se ven, con toda la razón, abandonados a su suerte, es casi seguro que las fuerzas represoras manadas por Delcy y compañía sí que les respondan con la contundencia habitual y, de necesitarlo, contarán con todo el apoyo por parte de los norteamericanos. Las últimas noticias conocidas en las que EEUU actúa en contra del posible regreso de Marina Corina Machado a su país, en medio de la debacle, deja bien claro cuáles son las intenciones reales del régimen y de las fuerzas que lo controlan. Si los demócratas venezolanos esperan que de las ruinas de Caracas o la Guaira surja algún tipo de alternativa política al régimen, ya pueden ir perdiendo toda esperanza. Delcy es una buena lacaya de los intereses trumpistas, y si antes no se conmovía por la suerte de los suyos, ahora tampoco.

¿Qué esperar a partir de ahora? No lo se, pero las cifras de muertos y damnificados, que serán mucho más altas que las oficiales, abocan al país a una situación de desastre difícil de imaginar. Si la pobreza ya estaba generalizada, y la violencia urbana era un mal endémico, ahora a todo eso se le une un nivel de destrucción difícil de imaginar. La falta de recursos para reconstruir lo dañado aboca a miles de personas a malvivir en medio de un escenario de ruinas que pueden perpetuarse años y años. Quizás el terremoto sea el paso que lleve a Venezuela a “cubanizarse” a entrar en el más profundo escalón de la pobreza. Ojalá no sea así, pero pinta muy muy mal.

viernes, febrero 06, 2026

Desalojar un pueblo

La situación de desbordamientos crecientes que se vive especialmente en Andalucía no afloja, a pesar de que hoy las lluvias serán menores. Mañana la borrasca Marta aportará un nuevo chorro de precipitación, con intensidades que podrán superar el centenar de litros por metro cuadrado a lo largo del día en numerosas áreas de la región. Todo lo que caiga se derramará sobre una superficie que no soporta más agua, que no absorbe nada, e ira a crecidas de ríos, desbordes de pantanos y anegación de cauces y riberas, donde ya son miles los desalojados que llevan numerosas horas fuera de sus casas, y lo que aún les queda.

El caso más espectacular, y complicado, es el de la localidad de Grazalema, el lugar donde más llueve de España por el efecto que su orografía genera cuando los vientos atlánticos húmedos impactan sobre él. La zona es un macizo kárstico, rocas de carbonato cálcico, que son solubles en agua. Esto genera paisajes llamativos y multitud de oquedades en el terreno, propiciándose la formación de grutas, ríos subterráneos y acuíferos. El que se encuentra en la zona donde se asienta la localidad está repleto tras el aluvión de agua que le ha llegado, y ha empezado a rebosar. Su nivel freático ha superado el de la superficie terrestre y, aunque no llueva, el agua fluye desde el subsuelo, por lo que lo inunda de manera natural. Si en ese suelo existen edificaciones el agua no tendrá más que reventarlas o encontrar las fugas “naturales” para brotar, por lo que grietas en las paredes, enchufes, agujeros o cualquier otra cosa se convierten en nuevas fuentes de las que mana agua sin cesar. No importa ya si llueve o no, el volumen de agua acumulado fruto de lo que llega desde la cabecera mantendrá el nivel por encima de la superficie del municipio hasta que baje de forma natural, por absorción. Eso llevará su tiempo, y un periodo de gracia sin precipitaciones. Es fácil imaginar que ahora mismo ese pueblo es inhabitable, todas las construcciones tienen sus sótanos inundados y sus bajos cubiertos de aguas hasta el nuevo nivel natural del acuífero, por lo que el desalojo de toda la población es una medida más que lógica. El mayor problema, sin embargo, no es tanto por la inundación como por la estructura. El efecto de la presión del agua y de la erosión acelerada por la potencia del flujo que mana de lo alto de la sierra genera una erosión brutal sobre la formación rocosa en la que se asienta el pueblo, y ya desde el miércoles empezaron a sentirse vibraciones en las casas de la localidad, síntoma de inestabilidades. No es difícil imaginar que al daño que el agua pueda hacer en las estructuras de las casas se le va a sumar un efecto de “hinchado” en el terreno y que, cuando el nivel del acuífero bajo, pueden haberse producido rupturas geológicas que se traduzcan en hundimientos del terreno. Como señalo ayer el alcalde de la localidad, no es que una calle u otra pueda sufrir un mayor riesgo de este tipo de derrumbe, no, sino que todo el municipio puede llegar a verse afectado, y ahora mismo es imposible determinar cuándo y de qué manera, por lo que la mejor de las medidas es sacar a todo el mundo de sus casas, vaciar el pueblo, y esperar a que el temporal pase, luzca el sol, baje el nivel freático y se pueda comprobar qué es lo que ha dejado en forma de movimientos en el subsuelo. Esto, para los habitantes de la localidad, es una pesadilla, porque al contrario de otras zonas desalojadas, en las que la bajada de las aguas, cuando se de, dará paso a una cierta tranquilidad y al proceso de limpieza y reconstrucción, en su caso el descenso del agua puede originar problemas mayores, y de una manera traicionera. Es una situación muy especial, potencialmente peligrosa, pero que ahora mismo nadie puede estar en condiciones de calibrar en toda su dimensión.

Lo de desalojar un pueblo es algo que se da en las películas, y que supone un reto pero, sobre todo, un trauma para sus residentes. En el verano pasado vimos localidades asediadas por el fuego en las que se realizaron evacuaciones masivas, pero, afortunadamente, se trataba de lugares pequeños, escasamente poblados. No disminuye para nada la angustia del suceso para quienes lo viven, pero sí es más fácil de gestionar por parte de las autoridades que se ven obligadas a ello. Grazalema tiene una población cercana a los dos mil habitantes, no son cuatro casas. Y ahora mismo todos ellos, realojados en Ronda, si no me equivoco, viven una pesadilla que se extiende en el tiempo mientras el cielo no quiera dar tregua. Y mañana es seguro que no la habrá.

jueves, febrero 05, 2026

El diluvio sobre Andalucía

Ya enero, mes mitológico, arrancó con una meteorología llamativa, con temporales de frío que hicieron posible que el día de Reyes nevase en Elorrio y pudiera verlo blanco, cosa que no sucedía desde 2021. A lo largo de los días, la situación zonal se impuso en la península y un carrusel de borrascas, alguna de ellas de alto impacto, golpearon sucesivamente la fachada atlántica, de tal manera que las precipitaciones fueron remitiendo en el norte y disparándose en el centro y todo el oeste peninsular, con aislados pero intensos episodios de tormenta en el Mediterráneo central y norte. En Madrid se puso a llover a lo tonto, con nieve el miércoles 28, y así sigue.

La situación, anómala, ha ido derivando en extraordinaria, con el disparo en la intensidad de las borrascas. Kristin, a finales de la semana pasada, ya causó daños significativos en varias comarcas andaluzas y extremeñas, y contribuyó a saturar por completo unos suelos que ya no podían albergar más agua. La llegada de Leonardo, con menos intensidad ventosa, pero con una eficacia llovedora extraordinaria, está suponiendo graves problemas en numerosas comarcas de Cádiz, Granada y, en general toda Andalucía. Se ha configurado un impresionante pasillo húmedo que bebe del Caribe y que, impulsado por Leonardo, llega hasta nosotros, estrellándose de manera orográfica y descargando unas cantidades de agua salvajes. Ayer en Grazalema se superaron los 400 litros por metro cuadrado a lo largo del día. No hay infraestructura, paisaje o suelo que pueda hacer frente a eso. Toda esa montaña de agua caía calles y ríos debajo de manera salvaje e inútil, unida a la que el propio suelo vomitaba tras alcanzar la saturación plena. Casas y estructuras de todo tipo corren graves peligros en una situación como esta, y ha querido la fortuna que la buena previsión de la AEMET ha permitido establecer medidas preventivas, como la suspensión de colegios e institutos en casi toda Andalucía, por lo que los daños personales, por ahora, no son relevantes, salvo una mujer desaparecida en Málaga. La actuación previa de la UME y de protección civil en Grazalema y su entorno es seguro que ha salvado vidas, pero no va a poder evitar una situación en la localidad, y en muchas otras, en las que enseres, viviendas y muchas infraestructuras van a sufrir daños de gran intensidad. Desprendimientos por doquier, entre ellos uno que ha cortado las vías del AVE entre Córdoba y Málaga, derrumbes de muros de contención, presas que desaguan porque se encuentran ya al límite de su capacidad, cauces de ríos y arroyos, habitualmente escasos, convertidos en cataratas propias de zonas selváticas, completamente descontroladas…  prácticamente todos los ríos de la región se encuentran en un estado de alerta roja, con crecidas enormes y que siguen anegando riberas y zonas ya no tan aledañas. El Guadalquivir, que ya es de por sí un buen río, puede alcanzar cotas históricas, y la avenida que puede llegar a Sevilla será de las que hacen época. Con la luz del día se van a poder apreciar mejor las consecuencias del diluvio de ayer, pero se puede suponer que los daños se medirán en muchos millones de euros. Y hay daños que nos e ven, como todo lo que tiene que ver con zonas de cultivo inundadas y el campo olivarero completamente encharcado, con unos árboles que necesitan agua pero que llevan mal semejante aluvión de humedad. Todo el proceso agrario de invierno está detenido en Andalucía, y no sólo. Es imposible sembrar en el fango que es el terreno y lo que se pudiera haber puesto en los primeros días del año es probable que ya esté podrido, o se lo haya llevado alguna riada.

El río atmosférico de Leonardo ha subido unos grados de latitud y, desde la madrugada, afecta plenamente a toda la franja central, valle del Tajo y Castilla y León. Ahí también las alertas por inundaciones se están disparando por todas partes, con el Tajo y sus afluentes como los más peligrosos, pero en la zona de Salamanca y aledaños también el riesgo es elevado. Es de esperar que lo más intenso de las lluvias termine en torno al mediodía, pero mañana, y sobre todo el sábado, tendremos una nueva entrada intensa de precipitación. Jarrea sobre empapado. Máxima precaución en los desplazamientos, gran parte del país ahora mismo es una balsa rodeada de mares.

jueves, enero 22, 2026

Algunas certezas sobre el accidente, varias dudas

Ayer, mientras Trump ejercía de emperador gagá y no tan malévolo en su visita a la cumbre de Davos, el ministro Oscar puente y dos altos directivos de RENFE y ADIF, no sus presidentes, comparecían para explicar lo que sabían del accidente de Adamuz y las hipótesis con las que trabaja la investigación. Fueron más detallistas en la descripción cronológica de los hechos que en lo que hace a saber lo que realmente pasó, pero la hipótesis de fallo en la vía se abrió claramente a lo largo de su comparecencia como la más probable para justificar lo que ha sucedido. Quedó claramente descartada la responsabilidad humana y la del material rodante puede darse casi por eliminada.

Del relato de los hechos se deduce que ni el maquinista el Iryo ni el centro de control de tráfico de Atocha eran conscientes de que, además de haberse producido un descarrilamiento de la unidad que iba camino a Madrid, se había dado el impacto en la unidad Alvia, donde se han producido la inmensa mayoría de las muertes. El conductor del Iryo, en sus comunicaciones con el centro de mando, reporta una primera incidencia, que achaca a un enganche con la catenaria, y en dos o tres minutos vuelve a llamar para avisar que no, que la parte trasera del tren se ha salido y que ocupa parte de la vía contraria. Desde Atocha le indican que no viene nadie de frente, y son conscientes desde el primer instante, que el fluido eléctrico de la catenaria en la línea se ha interrumpido (no lo saben, pero medio kilómetro de cables están arrancados por completo) por lo que todos los convoyes están detenidos. Saben que el Alvia está cerca y llaman al maquinista, reiteradamente, pero no les contesta (tampoco sabe que lleva muerto ya unos minutos) y consiguen contactar con la interventora, que entre ruidos, les indica que está contusionada, que sangra de la cabeza, que todo le da vueltas. En ese momento es cuando en el control de Atocha surge el pánico, porque descubren que hay dos trenes involucrados en algo que ha pasado en el punto de Adamuz, y que todo pinta bastante mal, pero no son capaces de atisbar ni lo que ha sucedido ni sus dimensiones. La información que llega a los medios a partir de entonces habla de un accidente ferroviario en el que está implicada una unidad Iryo, y las primeras imágenes que llegan, noche cerrada, muestran, en efecto, unos vagones rojos detenidos sobre las vías, algunos de ellos correctamente posicionados, los que parecen ser la parte trasera del convoy salidos y doblados. Es al poco cuando se empieza a hablar de que hay otro tren involucrado, un Alvia, pero en las imágenes no se ve nada de ese vehículo (estaba a casi a medio kilómetro de ahí, nadie lo podía intuir en ese momento). Las llamadas de familiares y de allegados de los viajeros que a esa hora circulaban por la línea empieza a indicar que los que iban en el Iryo no se han visto muy gravemente afectados, pero hay decenas de personas que viajaban en la otra unidad que no responden a los suyos, y eso hace saltar todas las alarmas, por si quedaba alguna que ya no estuviera sonando. El balance de heridos y fallecidos, se empieza por confirmar dos, se circunscribe a la unidad Iryo, pero nadie de ese tren era medianamente consciente de que lo que les había pasado a ellos había tenido incidencia en otro convoy. La noche no contribuye a aclarar las cosas y los servicios de emergencia que acuden a la zona tardan en darse cuenta de que, a cientos de metros del tren rojo, empiezan a verse restos de un tren blanco que se encuentra en mucho peor estado. La dimensión del desastre crece aceleradamente y el escenario se convierte en doble, con la gestión de los viajeros accidentados del Iryo como problema fundamental de las asistencias médicas y civiles voluntarios, mientras que los pocos que han sobrevivido del Alvia, que ya de por sí transportaba bastantes menos personas, se mezclan con ellos.

El fallo en la vía, la posible ruptura del carril, parece que en uno de los puntos en los que se produce la soldadura entre raíles, ha dejado marcas en las ruedas del Iryo en los vagones uno a cinco, los que pasaron instantes antes que el seis, que es el que se sale. Es probable que ese punto de la vía se fuera deteriorando a cada paso que sufría y llegó al punto de ruptura en una de las ruedas del coche seis, provocando todo el desastre. Nada podía hacer el maquinista del convoy ni persona alguna para evitar lo que estaba a punto de suceder en el momento en el que el perfil de la rueda da el último paso útil sobre un carril fracturado que se astilla como si estuviera podrido. El resto ya solo es ruido, dolor y angustia.

miércoles, enero 21, 2026

Más accidentes

Se ve que en esto de las desgracias las rachas existen, como dicen que sucede en el juego cuando se encadenan victorias o derrotas. Ayer se produjo una colisión en el servicio de cercanías de Barcelona a la altura de Gelida de una unidad contra un muro de contención de una cercana autovía que, probablemente, a causa de las intensas lluvias de la borrasca Harry, había cedido. El balance actualmente es de decenas de heridos, algunos graves, y un fallecido, que algunas fuentes identifican con el maquinista, sin que a esta hora se pueda confirmar. El servicio ferroviario está suspendido en toda la provincia y se están revisando las líneas para ver si hay más afectaciones.

Este accidente no tiene nada que ver con el de Adamuz, entre otras cosas porque parece obvio que la causa del mismo es un imponderable fruto del temporal, pero no deja de ser otro desastre ferroviario en una semana marcada por informaciones donde los raíles han dejado de ser sinónimo de comunicación para convertirse en fuentes de dudas crecientes. Ayer mismo ADIF emitió una nota interna para los empleados de las operadoras en la que ordenaba limitar la velocidad en numerosos tramos de la línea Madrid Barcelona a los 160 kilómetros por hora, frente a los 300 para los que está diseñada y se supone que presta el servicio, catalogado y cobrado como de Alta Velocidad. Esa reducción implica que durante una cuarta parte del recorrido, más o menos, la velocidad máxima es apenas superior a la mitad posible, lo que supone una relativa estafa. La medida llega después de numerosos comunicados de los maquinistas de esa línea, y de otras, en los que se señalaban los constantes botes que los convoyes sufrían en unos tramos en los que la infraestructura no estaba, ni mucho menos, acorde a lo que debía ser. Esas quejas se han viralizado también gracias a vídeos de usuarios en los que han mostrado, vasos llenos de líquido en mano, cómo viajar en las líneas de AVE se ha convertido últimamente en una especie de danza espasmódica en la que el traqueteo se sustituye por un nada sugerente bamboleo que deriva en golpes constantes. No es difícil imaginar que cada uno de esos pequeños impactos supone un esfuerzo serio para los materiales con los que está fabricado el tren y para la vía, de tal manera que todo el sistema se somete a un esfuerzo extra que acelera su deterioro, hasta poder llevarlo a un punto de ruptura. Durante meses esas quejas de pasajeros y de trabajadores de las líneas, especialmente maquinistas, han sido ignoradas, cuando no ridiculizadas, por los portavoces del Ministerio de Fomento, acusándolas de alarmistas, de exageradas y cosas por el estilo. Tras la tragedia de Adamuz, ADIF ha hecho algo que se le demandaba desde hace tiempo y lo ha ejecutado de manera oculta para la ciudadanía, sin informar públicamente de ello en sus canales y sin que conste respaldo técnico a su decisión. ¿Se ha asustado el gestor de la infraestructura ante lo sucedido? ¿Sabía que algo no iba bien, lo minimizó, y tras el desastre, ha actuado con la prevención máxima? ¿Ha ocultado ADIF información relevante a los operadores de las líneas? ¿Hay estudios técnicos hechos después de las advertencias de los maquinistas? ¿Se ha jugado a la posibilidad de que “algo” no suceda frente a las consecuencias de que realmente sí había problemas? ¿Se parece esto a lo del apagón, que no iba a suceder, y tras él las renovables no eran las culpables, pero el uso del gas se ha disparado por orden del gestor de la red y con él la factura? ¿Hasta dónde se ha comprometido la seguridad de pasajeros y empleados de las operadoras? ¿Qué información relevante sobre el estado de las líneas ha tenido ADIF todo este tiempo y no ha compartido con nadie?

La catarata de preguntas que surgen con todo esto es tan enorme como grave, y aumenta la sensación de inseguridad del usuario de un servicio, y de quienes trabajan en él, al comprobar que no se trata ya sólo de denuncias de “baches” que uno ve en vídeos de las redes sino de riesgos evidentes, que pueden comprometer la seguridad y ocasionar accidentes de una enorme gravedad. Va a haber que dar muchas muchas explicaciones sobre lo que ha sucedido en Adamuz, y sobre el estado de toda la red de Alta Velocidad. ¿Tienen ustedes confianza en que eso se produzca?..... no, yo tampoco. Y sí, Beatriz Corredor, la responsable de REDEIA durante el apagón, sigue en su puesto y cobrando un dineral.

martes, enero 20, 2026

Buscar las causas del accidente

Ahora mismo hay dos investigaciones paralelas que estudian las posibles causas del gravísimo accidente ferroviario de Adamuz. Pese a las obvias prisas que nos entran a todos por saber qué es lo que ha pasado, un escenario de este tipo suele tener muchos factores y requiere un estudio pormenorizado de los restos y los testimonios de quienes lo han vivido, destacando en este caso el conductor del Iryo, superviviente. La recogida de pruebas se hace en paralelo al levantamiento de los últimos cadáveres, cosa que puede que suceda hoy si las grúas logran acceder definitivamente a la zona e izar los restos deshechos del Alvia.

Por un lado, la CIAF, la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios, organismo dependiente del Ministerio de Fomento, y por otro la Guardia Civil, en su labor de policía judicial por encargo del juzgado que se ha hecho cargo del procedimiento, están sobre el terreno desde ayer y estudian todo lo que hay intentando descubrir lo que pasó. Conocida la secuencia de los hechos, lo fundamental es descubrir por qué el Iryo descarriló en su parte trasera, haciendo que los dos últimos vagones de los ocho que lo componían se salieran de las vías y acabasen ocupando la vía contraria. La inmensa fatalidad de que a los 20 segundos pasara por esa otra vía el Alvia en sentido contrario es la causante de la tragedia a la que asistimos, ya que es bastante probable que, con un decalaje entre ambos hechos de un minuto o más, sólo un minuto, se hubiera podido detener el Alvia lo suficiente como para reducir mucho el impacto, y con algo más de margen no se habría dado la colisión, y tendríamos un serio problema pero un balance de víctimas mucho mucho menor. Ya se ha constatado que la velocidad de los dos convoyes era menor en ese tramo a la recomendada, por lo que no es esa la causa del siniestro, que el componente humano de la circulación no informó de nada anómalo y que el material rodante parece estar en un buen estado, con un Iryo que pasó su última revisión hace pocos días y con una edad de cuatro años, al principio de su vida útil. La mayor parte de las sospechas se están centrando en el estado de la vía, en un tramo recto y aparentemente sin problemas de ningún tipo. El accidente se produce junto a un aparato de vías, el sistema de carriles móviles que permite que un convoy pueda pasar de una vía a otra si es necesario, y se teme que, o bien alguna de las piezas de ese sistema falló y generó el descarrilamiento o, como se informó ayer, se produjo una rotura directamente en el carril, en un punto de soldadura que permite unir raíles unos con otros, evitando traqueteos, y que eso fue lo que generó la salida de las ruedas del Iryo. También pudiera ser que los hechos se dieran en el sentido contrario, que las ruedas del tren se salieran por una causa no determinada, suponga que algo extraño apareció en el carril y provocó la salida de la rueda, y que eso fuera lo que provocase la rotura del carril, hecho que es perfectamente posible. Sólo el estudio en el laboratorio por parte de los expertos podrá determinar si lo que se ha dado es por culpa del carril y cuál es la secuencia correcta de los acontecimientos, en un análisis que tiene bastante de forense, centrado en este caso en las piezas involucradas, sus roturas y las marcas que existan en el entorno. Que la causa sea una u otra es bastante importante, tanto para dirimir responsabilidades legales de lo sucedido como, obviamente, para impedir que algo así se vuelva a dar, y en este sentido sería más tranquilizador que el fallo fuera del material rodante que de la vía, porque es un punto mucho más concreto sobre el que poder actuar y corregir. Si se confirmase que el punto de rotura estuvo en la infraestructura sería necesario proceder a una revisión exhaustiva de la misma, y de otras similares, con el incremento de probabilidad de que se produjera algo similar en cualquier otro kilometraje de la red.

A las familias rotas por el dolor de las víctimas conocer las causas de lo sucedido no les va a aportar consuelo alguno, pero a la sociedad conmocionada sí le puede ayudar para dar algo de sentido a lo sucedido y, sobre todo, para saber que no se va a repetir algo así. Hay que dejar trabajar a los técnicos con los medios y tiempos que se requieran, teniendo presente que el escenario sigue siendo realmente dantesco, con cuerpos pendientes de recuperación (afortunadamente parece que pocos) pero, al contrario que otros graves fallos que hemos vivido recientemente, piensen en el apagón de abril de 2025, esto no puede quedar sin explicaciones ni asunción de responsabilidad. Como mínimo, es lo que las víctimas merecen.

lunes, enero 19, 2026

Choque de trenes en Córdoba

Las catástrofes suelen tener su propio ritmo en la generación de noticias. Aparecen brevemente como un suelto, un aviso de urgencia, una notificación que señal que algo ha pasado, y pasa un cierto tiempo para ponerle nombre y localización al hecho, y a partir de ahí suele ir sucediéndose un goteo de novedades que empieza a dimensionar lo que ha pasado, acentuando la intensidad del hecho en función del número de víctimas. Si la cosa sucede de noche y en un lugar apartado, esta secuencia se vuelve más angustiosa, por la lentitud y la ausencia de imágenes claras que permitan dimensionar. En esta era de redes sociales, junto con los bulos, se convierten en la vía principal de información que utilizan los afectados para hacer saber qué les ha pasado.

Ayer todo se produjo de esta manera, cuando al poco de pasar las 20 horas de la tarde empezó a llegar la información de un incidente ferroviario en la línea de Alta Velocidad Madrid Andalucía. Como últimamente los sucesos en los trenes son constantes, al principio la cosa parecía otra de esas incidencias que se basan en que el convoy se queda varado en medio de la desolación por a saber qué fallo técnico y los pasajeros comunican que ahí están, tirados, pero a los pocos minutos se podía comprobar que la cosa no era ni mucho menos algo por el estilo. Palabras como descarrilamiento o choque se asocian a accidente, y en convoyes de alta velocidad, repletos y raudos, esa situación puede convertirse en drama con una facilidad pasmosa. A eso de las 21 horas quedaba meridianamente claro que algo grave había sucedido en el entorno de Adamuz, pequeña localidad cordobesa situada a no demasiados kilómetros de la capital, antes de llegar a ella se viaja desde Madrid sentido Andalucía. En ese lugar hay un puesto técnico de ADIF y un cambio de agujas para permitir desvíos e intercambios de vía. En las imágenes que llegaban se veía la parte final de un convoy de Iryo, empresa italiana operadora de la línea, junto con RENFE y la francesa Ouigo. El tren, un Freccia Rossa de ocho vagones, con una máquina con cabina en cada extremo, estaba parado en las vías y se apreciaba que el penúltimo vagón estaba fuera de ellas y el último se encontraba caído de lado por completo sobre el balasto. Luces de emergencias, asistencias e imágenes titubeantes indicaban que la cosa era grave. Los primeros testimonios de pasajeros del tren aseguraban que se había movido mucho de manera extraña y luego habían sentido un fuerte golpe. Al poco se sabía que ese golpe no era sino el impacto de otro tren que circulaba por la vía anexa en sentido contrario. Sin que se sepan las causas, la parte trasera del Iryo descarriló e invadió las vías, siendo eso lo que mostraba la imagen de los vagones fuera de carril, y contra ellos impactó un Alvia que hacía el recorrido en sentido Andalucía, concretamente destino Huelva. Se supone que la maldita casualidad hizo que el descarrilamiento de uno se produjera justo cuando se cruzaba con el otro, de tal manera que el Alvia no tuvo opción alguna para poder frenar. En las imágenes no se ve nada de ese segundo tren, en medio de la noche heladora, pero los testimonios de los primeros auxilios que se habían desplazado a la zona hablaban de que era en ese segundo tren donde se concentraba la mayor gravedad. Debido a su velocidad, el impacto debió de ser bestial, y al menos dos de los vagones con los que contaba salieron despedidos, volando varios metros y acabando tras un terraplén, donde terminaron depositándose. La confusión de la noche no ayudaba en nada, pero era evidente que estábamos ante un accidente grave, con un número elevado de heridos y un balance de fallecidos que comenzó en la cifra de dos y escaló rápidamente a la decena, habiendo crecido a lo largo de la madrugada hasta la casi cuarentena que, a esta hora de la mañana, se informa en las webs de los medios de comunicación. No es difícil suponer que este balance crecerá con la luz del día si el choque ha tenido la virulencia que los testimonios de ayer indicaban, pero eso ya es un poco lo de menos. Cuantificar la dimensión exacta de la catástrofe es necesario, desde luego, pero eso no altera la sensación de desastre absoluto y de tragedia irreparable.

Ha sido una noche dura, muy dura, para cientos de viajeros, que fueron reubicados como se pudo en las instalaciones municipales de Adamuz, a donde han ido llegando algunos autobuses para trasladar a los que se encuentran ilesos, casi todos ellos del tren Iryo descarrilado, a sus lugares de destino, Madrid principalmente. Los heridos han sido llevados a los hospitales de Córdoba a lo largo de la noche y el trabajo abnegado de profesionales y voluntarios ha permitido dar algo de consuelo y cobijo a todos los afectados, pero lo más cruel comienza ahora, cuando se sepa el nombre de los fallecidos y sus familias salgan de la incertidumbre para caer en la cruda realidad. Es uno de los mayores desastres ferroviarios de la historia de España.

miércoles, octubre 29, 2025

Un año de la DANA

Hoy se cumple el primer aniversario de la DANA que arrasó la huerta sur de Valencia, la zona justo situada al otro lado del nuevo cauce del río Turia, que no afectó para nada a la ciudad, pero sí a todos los municipios que se encuentran en la zona. Paiporta, Alfafar, Benetúser, Aldaia… una cadena de nombres de localidades, de las que yo no sabía casi nada, que no hubiera sido capaz de localizar en el mapa antes, se hicieron famosos en todo el país por una desgracia apocalíptica que les destruyo todo tipo de infraestructuras, servicios, negocios y bienes, y mató a más de doscientas personas. Ha sido el mayor desastre de las últimas décadas en España, y hay que remontarse a escenas en blanco y negro para encontrar situaciones similares.

Esa DANA fue el culmen de la necedad que se ha hecho fuerte al frente de las administraciones públicas en nuestro país, y que ha descubierto que su incompetencia puede serle útil a la hora de arrojársela al partido contrario y tratar de salvar la cara propia. Nada podía evitar que cayeran los cientos y cientos de litros de lluvia que se concentraron en la zona alta de los barrancos, especialmente el del Poyo, y probablemente los daños materiales serían, en gran parte, imposibles de revertir, pero los humanos, los cientos de víctimas que se produjeron en esa maldita tarde, sí era posible que no se produjeran. Si se hubiera advertido a la población como se ha hecho con las últimas DANAS, las de este año por ejemplo, muchos de los ciudadanos se habrían quedado en casa, no tendrían que haber viajado por la comarca por trabajo, colegios o cualquier otra causa, y cuando las aguas empezaron a anegar los municipios la alarma habría ya vaciado las calles y todos los negocios. Pero no, no se hizo nada de eso, no se actuó de manera preventiva en ningún caso, y las alertas a los móviles sonaron pasadas las 20 horas, cuando la mayor parte del destrozo ya era realidad y las victimas, en su mayor parte, ya existían. Una negligencia en la gestión preventiva y en todo el proceso de alertas que era competencia de la Comunidad Autónoma, y que se ha convertido en el perfecto ejemplo de negligencia absoluta a la hora de afrontar algo así. Al frente de la Generalitat se encontraba Carlos Mazó, que un año después sigue siendo el máximo responsable autonómico. Su negligencia durante aquel día fue palmaria, y cada paso que se va conociendo sobre lo que hizo y no hizo en esa jornada, su papel queda no sólo en entredicho, sino casi sometido a la necesidad de un juicio penal. Es imposible hacerlo peor pero, pese a ello, Mazón sigue en su cargo. No puede ser despojado de él si no dimite, eso es cierto, pero su partido no ha hecho nada para relevarle ni cesarle de una posición política que respalda su autoridad administrativa. El PP se ha encontrado con Mazón un marrón enorme que no ha sabido o querido afrontar, y ambas alternativas son graves. Una vez producido el desastre y la nulidad autonómica, alguien vio en Moncloa la oportunidad de sacar tajada de lo que sucedía, y de ahí surgió esa comparecencia indigna de Sánchez en la que dijo lo de “si la necesitan ayuda, que la pidan” con doscientos muertos en el fango y miles de millones de pérdidas. La lentitud premeditada en el envío de recursos, la movilización de militares a cuentagotas para acudir al rescate, la asistencia masiva de voluntarios que, con lo que tenían, fueron a la zona a hacer lo que las administraciones no querían… durante esos días la vergüenza absoluta cayó en las espaldas de unas administraciones, principalmente la autonómica, subsidiariamente la central, que no sólo no hicieron su trabajo, sino que trataron principalmente de arrojarse el lodo de manera mutua, con el fin de que otro fuera el que cargase con toda la culpa. Hace un año el estado fracaso en Valencia, por pura maldad, por necedad, por vileza de unos irresponsables que dicen gestionarlos. La población fue abandonada antes y después del desastre y la inmensa mayoría de los cargos públicos que tienen algo de culpa de lo sucedido siguen cobrando sustanciosos sueldos pagados por todos, también por los afectados que aún no han visto llegar la reconstrucción a sus barrios.

La sentencia social de lo que sucedió en la DANA la dictó la ira popular, barro en mano, forzando la huida de Sánchez y la ocultación de Mazón ante la figura del Rey. Felipe y Letizia se comieron el barro que estaba destinado a esos dos sujetos, y fueron las únicas autoridades que mostraron proximidad, valor y coraje. El resto, una panda de cobardes ineptos, sólo merecieron el desprecio que se han ganado con sus actos. Un año después a la mayor parte de medios y demás sólo le importa la batalla política de los sujetos basura que siguen al cargo de las administraciones. Las víctimas no le importan a casi nadie, y rehacer lo que allí se destruyó, aún menos. Este es el país que hemos construido entre todos.

jueves, agosto 21, 2025

Tecnología incapaz frente al fuego

Si este fuera un país normal, tras conseguir apagar los fuegos, se organizaría un equipo de trabajo para estudiar qué es lo que ha pasado, cuáles han sido las causas, organizar la detención de aquellos que hayan provocado los incendios que no sean fruto del azar, evaluar todo lo que se podía haber hecho semanas y meses antes de que empezaran, redimensionar los efectivos de bomberos y avisos, y empezar a planificar cómo recuperar las zonas afectadas. Tranquilos, no se hará nada de eso. Requiere trabajo y pensar. Sólo tendremos sucia bronca política muy bien alimentada por sandeces vestidas de argumentarios de parte.

Lo que si requiere una pensada profunda, y no sólo aquí, es cómo combatir unos incendios que, en todas partes, adquieren cada vez más unas dimensiones que no son controlables. No hemos pasado la ola de calor más dura e intensa de la historia, por mucho que diga el gobierno, pero no es necesario que eso sea así para que unos cuantos días sostenidos a cuarenta grados hagan que las cosas ardan con sólo mirarlas fijamente. Aquí, en California, en Canadá, las oleadas de incendios crecen y los sistemas de extinción siguen anclados en los mismos métodos que se usaban hace décadas. Mucha intervención humana a pie de tierra y ataques aéreos con helicópteros y aviones anfibios descatalogados que sólo se usan para estos menesteres. Al contrario que otras muchas cosas, el fuego no se ha digitalizado, y las nuevas tecnologías que nos ofrecen todo tipo de comodidades al alcance del dedo apenas son capaces de aportar nada en la extinción de unos fuegos que cogen dimensiones monstruosas. Ya hace años suponía que, con la creciente dimensión del problema, agravada por unos veranos cada vez más largos e intensos, surgirían ideas sobre cómo poder atacar esos frentes de llama de una manera más efectiva, o cómo diseñar sistemas de aviso de alta velocidad que permitan atacar a toda velocidad un fuego nada más iniciarse, con el objeto de que no se descontrole en los primeros instantes, ofreciendo de esta manera una ventana de oportunidad. Pero no, no parece que se haya creado nada por parte de la comunidad científica e ingenieril. Si desde el martes las labores contra el fuego avanzan se debe más a la mejora en las condiciones meteorológicas que a la propia labor de los esforzados que se están dejando la piel frente a las llamas. Si la ola de calor llega a durar una semana más a lo mejor el fuego se apaga cuando llegue al mar, o a un terreno ya yermo en el que nada pueda arder. Contemplar la impotencia de los que se dedican al tema frente a un fenómeno tan destructivo contra el que apenas se puede hacer nada resulta desoladora. Hay gente miles, millones de veces más lista que yo, que seguramente podría crear algún tipo de tecnología o hacer brotar ideas novedosas sobre cómo atacar esos incendios, o al menos la manera de impedir que avancen y contener sus perímetros. ¿No hay sustancias retardantes efectivas que se puedan arrojar sobre aquellas masas boscosas a las que las llamas se acercan para que no ardan? Que tanto satélite y móvil sólo sirva para que llevemos un recuento lo más actualizado y preciso de las dimensiones del desastre resulta descorazonador. Y claro, para que podamos poner corazoncitos en las imágenes de los que luchan contra el fuego o las de los que han perdido sus casas. Y, desde luego, para lanzar insultos a diestro y siniestro y convertir las redes en un remedo sin llamarada del incendio que devora la realidad. Los botoncitos virtuales no ayudan para nada ante un problema que sigue siendo cruelmente analógico. Y, por lo visto, poco rentable.

Tampoco se ha inventado nada para el después. Los cientos de miles de hectáreas arrasadas han liberado toneladas de CO2 a la atmósfera en cantidades ingentes, que estaban almacenadas y ahora ya se han puesto otra vez en el sistema climático, reforzando el proceso de calentamiento global. El terreno tardará décadas en cubrirse de arbolado, porque no se ha inventado nada parecido a una clorofila artificial que permita crear “árboles” que realicen una fotosíntesis artificial pero efectiva. La velocidad de recuperación de los espacios sigue siendo la misma que hace décadas, siglos. Otro enorme problema analógico para el que, por lo que parece, tampoco hay ideas novedosas. No, tampoco debe ser rentable.

miércoles, agosto 20, 2025

Fuegos e ineptos eternos

Me repito hasta la saciedad. He dicho una y mil veces que no hay mayor desastre natural que un incendio forestal, por mucho que otros sean también dañinos y visualmente espectaculares. Nada destruye como un fuego, nada arrasa propiedades, enseres, vidas, infraestructuras y paisaje de una manera tan profunda y duradera como un fuego. Seguimos sin ser conscientes de ello, y lo naturalizamos, lo damos como normal, no castigamos con la dureza requerida a quienes prenden fuego al monte, no hacemos lo que es debido para evitarlos.

La previsión de ola de calor disparatada y larguísima que teníamos para primeros de agosto colocaba sobre la mesa las condiciones necesarias para que se desatasen fuegos, por lo que nadie debiera extrañarse de que se hayan producido. Necesario no es suficiente. Han tenido que jugar las tres variables que se le añaden al calor asfixiante para generar el desastre; la imprudencia, la mala suerte y la maldad delictiva. Las dos primeras son difícilmente evitables, porque errores humanos y desgracias como las provocadas por las tormentas secas son apenas imposibles de evitar. Las terceras, las maldades provocadas por sujetos odiosos que alientan sus fines particulares, económicos o de otro tipo, son las que deben ser perseguidas sin descanso, sin tregua, con el mismo afán desde los despachos judiciales con el que miles de personas se juegan su vida a diario para tratar de parar el avance de las llamas. Tengo por seguro que no se hará, que no conoceremos los partes de detenidos, que no habrá medios de comunicación siguiendo juicios en los que pirómanos son condenados a altas penas de cárcel por el enorme daño causado. No habrá nada de eso, casi seguro. También tengo claro que de este desastre, como de anteriores, como el de la DANA, volveremos a sacar la conclusión de que vivimos en un país disfuncional, un reino de taifas llamadas Comunidades Autónomas que, en general, son bastante incapaces de afrontar situaciones complicadas, y que una vez desbordadas, ni piden la ayuda debida ni, por su puesto, la encuentran en el gobierno nacional, que primero duerme, luego mira de qué color político son las CCAA afectadas y, haciendo unos cálculos sobre los votos que puede ganar o perder, actúa desganadamente para tratar de no chamuscarse. El mismo esquema que vimos en la DANA, en aquel caso con una Generalitat Valenciana inepta y un gobierno central inexistente, se ha visto en estos incendios, con el agravante técnico de que las muertes de la DANA se produjeron, casi todas ellas, durante la tarde noche de la maldita riada, y el destrozo ya era inevitable, pero aquí, afortunadamente sin un número de víctimas tan salvaje, el tiempo es fundamental para actuar y tratar de que un incendio no se convierta en un fenómeno incontrolable. Esos días en los que los que Castilla y León o Galicia no han sido capaces de atajar el fuego y el gobierno central no ha movido un dedo para actuar se han traducido en decenas de miles de hectáreas adicionales arrasadas, en pueblos que han desaparecido. En comarcas enteras convertidas en ceniza, donde antes había poca gente, algunos recursos y mucha riqueza forestal ahora ya no queda nada, ni siquiera casas en las que habitar. Cientos de kilómetros cuadrados donde residían personas mayores, abandonadas, olvidadas, se van a convertir en páramos arrasados donde ya no podrá vivir casi nadie, donde la sombra será inexistente y el recuerdo de un paisaje verde se morirá completamente en apenas pocos años, cuando los lugareños se extingan. El olvido que ya son esas comarcas se ha visto claramente en la incapacidad o indolencia a la hora de actuar contra los fuegos.

Sí, estamos, otra vez, ante un fallo de país, ante una inoperancia institucional y social, ante una batalla entre administraciones, encantadas de haberse conocido y de recaudar tributos, pero que no son capaces de actuar pase lo que pase en sus territorios porque su calculadora de votos es más importante que todo lo demás. El desastre natural es absoluto, el social enorme, el sentimental, para quienes son de allí, eterno. Para el político, regional o nacional, la oportunidad de navajear con lo sucedido vuelve a ser grande, y para el ciudadano común, se reproduce la sensación de asco y de temor, asco ante quienes nos gobiernan y temor por la evidente soledad de cada uno de nosotros ante lo que el futuro depara. Otra vez, hemos fallado como país. Otra vez.

jueves, julio 31, 2025

Desastre evitado

Al llegar ayer las primeras noticias del terremoto ruso y las alertas de tsunami en todo el Pacífico era imposible no recordar el desastre que se produjo en 2004, cuando un tsunami enorme, originado también por un terremoto, arrasó las costas de gran parte de Asia y causo víctimas en un balance que se pudo medir en cientos de miles, una de las mayores catástrofes de los tiempos modernos. Desde entonces tsunami se asocia a devastación, a miedo absoluto, y, en parte, esto es lo que ha permitido que ayer no se reprodujera un balance similar, ni a la escala más pequeña imaginable. Hemos tenido suerte y se ha actuado bien.

Transcurrido un día, el saldo del evento es, afortunadamente, nimio. Se han registrado destrozos en tierra, principalmente en la remota zona de la península de Kamchatka, uno de esos sitios donde se puede situar, de manera figurada, el fin del mundo. El tren de olas que ha generado el fuerte terremoto se ha sentido en ambas orillas del Pacífico, pero ni ha sido de una gran intensidad ni ha pillado a nadie en la costa. Hay zonas en las que el mar ha entrado anegando tierra, pero no son muy significativas, y las evacuaciones preventivas decretadas han minimizado los efectos en la población, de tal manera que se habla de uno o dos muertos, y creo que se han debido a infartos provocados por la angustia de la evacuación más que a otra cosa. Los daños materiales probablemente sean significativos en la zona rusa donde se ha dado el movimiento, pero en general son menores. Hemos tenido suerte. Dada la magnitud del sismo, de 8,8, enorme, las posibilidades de catástrofe eran muy altas, pero el movimiento de las placas que ha generado el temblor ha sido de desplazamiento entre ambas, no de levantamiento o subducción, y esto hace que las masas de agua que se encuentran sobre la placa se agiten, obviamente, pero en menor medida. Ante un movimiento de placas que se alzan o subduccionan el agua sufre un impulso vertical directo mucho más intenso y, por tanto, el oleaje generado también es de mayor potencia. Tsunami ha habido, pero menor del esperado. El otro factor que ha contribuido a que el desastre sea menor es el del aviso y evacuación de la población de las zonas potencialmente afectadas. En Japón más de dos millones de personas fueron ayer desplazadas a toda prisa de la zona en la que los modelos indicaban que se producirían los mayores efectos, lo que hizo que al llegar la ola no se encontrase a nadie allí. Este ha sido un perfecto ejemplo de lección bien aprendida, algo que no se da frecuentemente. El desastre de 2004 pilló a gran parte del mundo sin protocolos, sin sistemas de aviso mediante móviles o sirenas, sin planes de evacuación ni estrategias claras para responder ante algo así. Sumado a que la marejada era mucho más intensa, el desastre estaba servido. El trauma que generó aquello se tradujo en la creación de unos sistemas de alerta global en toda la cuenca del Pacífico, que desde entonces se han disparado más de una vez, siendo la de ayer la primera en la que se ha dado de manera efectiva un tsunami real. Esos sistemas de alerta están coordinados con los de emergencia de las naciones y localidades costeras, de tal manera que móviles, sirenas, policía y demás efectivos de protección civil se movilizan de manera casi instantánea, y coordinada, para responder ante lo que pueda suceder. Las rutas de evacuación para escapar de la costa y dirigirse a las zonas altas están bien señaladas, y aunque es imposible que no se produzcan escenas de aglomeración o miedo, como algunas de las vistas ayer en Hawái, el resultado global es que en un tiempo muy corto es posible sacar a casi todas la población de la franja más peligrosa, los primeros kilómetros de costa, de tal manera que las pérdidas materiales no puedan ser vitadas en caso de impacto pero sí las humanas, salvándose vidas que, sin información, estarían en un grave riesgo.

La imagen que ofrecieron ayer las naciones de la cuenca del Pacífico fue positiva, y aleccionadora. Se puede aprender de desgracias pasadas en las que o no se hizo lo debido o se falló al hacer cosas. Si alguno está pensando en la DANA de Valencia, sí, quizás lo único bueno de desastres de ese tipo, donde la naturaleza se alió con la necedad administrativa, es que cuando la naturaleza vuelva a castigar, que lo hará, nos pille con unas autoridades, medios y sistemas preparados para minimizar las consecuencias. Si al menos logramos eso habrá salido algo bueno de estos desastres. Ojalá tardemos mucho mucho tiempo en tener que comprobar si nos sabemos la lección.

miércoles, julio 09, 2025

Inundaciones en Texas

Ya el excelente guitarrista Stevie Ray Vaughan titulo uno de sus álbumes más conocidos como “Texas Flood” inundación en Texas, porque, aunque asociamos a este estado la aridez, no son infrecuentes las grandes tormentas que convierten a modestos ríos en corrientes impetuosas de gran peligro. Texas es un estado de dimensiones espectaculares, similar a toda España, y de la costa de Galveston hasta la frontera con Nuevo México hay tanta distancia como de Barcelona a Cádiz, un mundo. La meteorología en ese lugar es menos cambiante de lo que pueda parecer dado su tamaño, pero en verano es relativamente normal que fenómenos ciclónicos le asalten desde el mar o que frentes tormentosos del interior le golpeen con fuerza.

Eso es lo que ha pasado esta vez, un frente de tormentas de esos que se desarrollan en el interior de EEUU, que puede adquirir dimensiones inimaginables para nosotros y que no ha azotado ninguna de las grandes ciudades del estado, como Dallas o Houston, pero que se ha cebado en el curso medio del río Guadalupe, relativamente cerca de la capital, Austin. En pocas horas ese frente de tormenta convirtió el caudal apacible de ese río en un torrente descontrolado, que multiplicó por mucho su anchura y volumen, y arrasó todo lo que tenía cerca. El número de muertos ha ido creciendo a lo largo de los días, y ya el lunes se confirmó que superaban el centenar, pero en una comparecencia de ayer del gobernador del estado, el republicano duro George Abbott, se hizo saber que los desaparecidos, que se cifraban en poco más de una decena, escalaban de manera dramática hasta superar con creces el centenar, por lo que el balance del desastre puede subir mucho más de lo que ya lo ha hecho, hasta situarse en dimensiones equivalentes a la DANA de Valencia, nuestra gran desgracia del año pasado. Curiosamente, puede que ese trágico recuento de víctimas no sea lo único que la asocia con lo sucedido en el levante español. Desde el principio se ha instalado una intensa polémica en EEUU sobre el estado de la gestión de catástrofes, con dos vertientes distintas pero importantes. Una, la de la falta de avisos (¿les suena?) donde numerosos residentes de las zonas afectadas denuncian que las llamadas de alerta de las autoridades se produjeron tarde, y a unas horas de la madrugada en las que muchos de ellos dormían, por lo que la efectividad fue bastante escasa. Eso pudo, como pasó en el caso de Valencia, aumentar el balance de víctimas, porque el que te avisen de que viene un desastre no impedirá que se produzca, pero si puede lograr que no te pille y te salves, y eso es lo más importante. La otra denuncia tiene relación con los recortes impuestos por la administración Trump tanto en los servicios federales de gestión de catástrofes, allí denominados FEMA como en los organismos encargados del seguimiento y previsión meteorológica. Muchos son los que llevan meses insistiendo que los recortes en la NOAA, el gran organismo meteorológico de EEUU, empiezan a afectar a la calidad de las previsiones que realiza esta institución y a su capacidad de comunicar alertas, avisos y demás informaciones de relevancia. La predicción meteorológica es cara, requiere profesionales de primera, innumerables aparatos de medición dispersos por el territorio que aportan datos y potentísimos sistemas informáticos que realizan modelado y predicción para tratar de saber lo que va a pasar en los plazos cortos y medios de tiempo. En zonas de EEUU donde los desastres meteorológicos son tan frecuentes, pensemos en el corredor de los tornados o las costas azotadas por los huracanes, esas previsiones, como antes señalaba, permiten a la gente planificar la huida y salvar sus vidas ante fenómenos que escapan a cualquier capacidad de contención. En estos casos recortar inversiones supone aumentar los peligros.

Es pronto para saber si la dimensión de la catástrofe de Texas se hubiera podido reducir sin esos recortes, pero lo cierto es que ese peligro existe, y es probable que vaya a más. La tragedia allí ha sido especialmente dramática porque entre los fallecidos se encuentran muchos menores que se alojaban en un campamento juvenil cristiano de verano, que en parte fue arrasado por las aguas. En las imágenes de muertos y desaparecidos los rostros infantiles abundan sobremanera. Aún queda mucho para acotar por completo la dimensión de lo sucedido, ni les cuento para reconstruir. Lo único seguro es que la tragedia es absoluta.

martes, enero 14, 2025

En Los Ángeles también arde la unidad de EEUU

Sigue el incendio en la ciudad de Los Ángeles, aumentando la cicatriz urbana en forma de destrucción y propiedades arrasadas. Se espera que los vientos resecos del interior soplen nuevamente con fuerza, tras la tregua de este fin de semana, y aviven aún más las llamas. Eso hará que los daños sigan creciendo y, a pesar de los esfuerzos cada vez mayores destinados a contener el fuego, éste siga siendo un enemigo formidable y para nada contenido. Miles y miles son las personas que lo han perdido todo, que no tienen a donde volver, porque lo que fiera una vez su casa no existe en ningún sentido, más allá de la negruzca parcela en la que están sus restos arrasados.

Em está asombrando, a la vez que enojando y entristeciendo, que en el desastre de Los Ángeles se están dando muchos paralelismos con lo sucedido en la DANA de Valencia. En ambos casos el origen primario del horror es algo ajeno, un incendio forestal en la temporada en aquel caso, un diluvio histórico en el nuestro, y a partir de ahí se observa una secuencia de comportamientos por parte de las autoridades y responsables diversos que es, en ambos casos, un cúmulo de negligencias e irresponsabilidades. No hay información sobre lo que pasa a la ciudadanía, no se corre a tomar medidas, no existe una sensación en las personas responsables de que estamos ante un desastre de enormes dimensiones y de graves daños, personales y materiales. Hay una escasa respuesta de los medios de extinción en un caso y rescate en otro, y poco a poco, de manera remolona, se ve cómo los efectivos acuden, pero como si lo hiciesen a disgusto. En California no se ha visto la intervención del ejército de EEUU, el más poderoso del mundo, y aquí costó Dios y ayuda que lo hiciera. Ha habido fallos de coordinación, técnicos, logísticos, de todo tipo. Ambas son zonas proclives a los desastres que han sufrido, no les ha tocado algo que no les sonase, y pese a ello la respuesta ha sido muy deficiente. Y, para rematar, en algo muy repugnante, sí que ha habido una total coincidencia entre ambos desastres, y es su uso en la bronca partidista local y nacional. Aquí está más que debatida y, para mi, no admite discusión la necedad mostrada por Carlos Mazón al frente de la Generalitat Valenciana (cada día que sigue es un insulto a toda la ciudadanía) y el aprovechamiento del desastre por parte de Sánchez para hundir a un gobierno del PP (si necesitan ayuda, que la pidan) obstaculizando el envío de recursos. En California, gobernada por los demócratas, el gobernador Gavin Newson está siendo blanco de graves acusaciones por parte de unos y de otros ante la inacción de los recursos del estado, los fallos que se han visto en los puntos de suministro de agua y retardante y, en general, la escasez de medios mostrada. Ante esto, los republicanos, con Trump a la cabeza, se han lanzado a mandar mensajes en las redes sociales donde muestran poca afección ante las víctimas y sí mucho ímpetu para criticar a los demócratas y, en especial, a Newson. En su momento el gobernador de California sonó como posible rival de Trump en el caso de que Biden lo dejase y, tras la retirada del candidato presidencial y la elección apresurada de Kamala como candidata, sus aspiraciones presidenciales parecieron verse atenuadas, pero para muchos era el auténtico tapado tanto en el caso de que Kamala ganase, como posible relevo, como sobre todo si perdía, como posible esperanza para el partido. Este desastre puede ser la tumba política de Newson, aunque se toma lecciones de Mazón y se atrinchera en el cargo por encima de los muertos y la catástrofe puede acabar sobreviviendo. Eso le exigiría arecer de escrúpulos y de cualquier tipo de ética, pero bueno, eso es lo que se lleva en estos tiempos en la inmensa mayoría de los que se presentan a cargos políticos.

Sí, tanto en Valencia como en California, el desastre ha sido visto por unos y otros como una nueva herramienta de enfrentamiento político, como una oportunidad para atacar al contrario. Aquí y allí, las víctimas de la tragedia han sido, para ambos, un estorbo, coste, una contrariedad a la que hay que evitar, despreciar, orillar. Si se puede, como en el caso de Margarita Robles, abroncar. Es como si cada partido rezase para que se produzca un horror semejante cada cierto tiempo en una región controlada por el otro para usarlo como munición en el enfrentamiento mutuo. El agua y el fuego pueden ser destructivos, sí, pero son poca cosa frente al odio humano, al cinismo político, al cálculo de los que escriben “relatos” y viven de las cenizas y fango que la naturaleza es capaz de diseminar por un territorio. Pobres de nosotros.

lunes, enero 13, 2025

Los Ángeles sigue ardiendo

El cine de Hollywood nos ha acostumbrado a escenas de destrucción de dimensiones cada vez más aplastantes en las que las grandes ciudades, muchas veces del propio EEUU, sucumben ante catástrofes naturales o destructivos actos terroristas de lo más sombrío. Edificios arrasados, fallas, ruinas y demás clásicos de la catástrofe se suceden mientras algunos héroes, que protagonizan el relato, se salvan por los pelos o auxilian a desvalidos. Ya saben, la historia de superación en medio de la adversidad que infunde ilusión al espectador, azorado por descubrir cómo los protagonistas lograrán escapar de un destino tan destructivo.

En la realidad, ese destino parece ser inexorable. Aún es pronto para descartar que no llegue a suceder, pero el propio cartel de Hollywood ha estado a punto de sucumbir ante las llamas que asolan desde hace siete días a la gran ciudad norteamericana, una de las mayores del país. Los incendios, de origen forestal, avivados por los fortísimos vientos resecos del interior que suelen soplan en esta época, los llamados vientos de Santa Ana, se han extendido sin control por varias de las barriadas que forman la urbe, aunque realmente esos barrios son en sí mismo enormes ciudades residenciales formadas por miles y miles de viviendas unifamiliares que cubren gigantescas extensiones de terreno en un continuo urbano en el que es difícil determinar dónde empieza y termina cada uno. Si la ciudad norteamericana es una construcción desequilibrada en la que un centro compacto de rascacielos y edificios de gran volumen, destinados al negocio y la administración, están rodeados por enormes extensiones residenciales a las que sólo se puede acudir en coche, Los Ángeles es la versión exagerada de este modelo, con un centro poco definido y difícilmente visitable sin coche, y unos suburbios en los que los barrios, de nombres que se han hecho famosos en todo el mundo gracias al cine, se suceden unos tras otros hasta convertir a la urbe en una marcha poblada de dimensiones inabarcables. Pues bien, ahí es donde se está cebando el incendio, en un lugar para nada diseñado para que los bomberos y demás equipos de extinción puedan trabajar. Miles y miles de calles residenciales estrechas, llenas de casas unifamiliares y gran cantidad de vegetación, no dotadas de sistemas de abastecimiento de agua para incendio porque es imposible hacerlos en una estructura urbana tan liviana y extensa, en la que los camiones de bomberos apenas pueden circular. Sumen a esto el hecho de que, de tanto en cuanto, se sitúan elevaciones sobre el terreno en las que la vegetación, reseca, actúa como combustible para propagar un posible fuego descontrolado (Hill en inglés es colina, y todos los barrios que terminan en “Hill” acaban serpenteando por laderas más o menos abruptas) por lo que podrán hacerse una idea de las dificultades a las que se enfrentan unos medios de extinción completamente superados. A esta hora son dieciséis los fallecidos confirmados, se busca a varios desaparecidos, el número de evacuados supera ampliamente el centenar de mil y se cuentan por miles las viviendas que han sido destruidas por completo, desde las modestas hasta mansiones de las que quitan el hipo, pasando por cientos y cientos de casas de clase media suburbial que ahora no son sino ceniza y ruina. Con la previsión de que los vientos vuelvan a arreciar a partir de hoy, tras una tregua que ha durado el fin de semana, es difícil dar un pronóstico sobre cuándo se va a conseguir apagar el que ya es el mayor desastre en la historia de la ciudad. Los medios destinados a combatir el fuego son enormes pero, aun así, no son suficientes, y al sensación de que las autoridades del estado y las federales no están haciendo todo lo posible se extiende entre una población cuya angustia no deja de crecer.

La cicatriz urbana que estos incendios está causando en el tejido de Los Ángeles se mide ya en decenas de kilómetros cuadrados calcinados. El balance económico de lo que está sucediendo es devastador, con cifras en las que el centenar de miles de millones de dólares empieza a ser una unidad de cuenta, y las consecuencias a futuro para todos aquellos que han perdido su casa serán absolutas. Nada arrasa tanto como un incendio, nada destruye como el fuego. Propiedades, recuerdos, vidas y paisaje se han perdido para siempre en una ciudad tan de película, que ahora sí que está viviendo una catástrofe de verdad. Y no, aquí los héroes no son famosos ni logran salir indemnes.

miércoles, septiembre 13, 2023

Derna, Libia, el desastre total

No se si están escritas, pero hay leyes en el mundo del periodismo sobre el impacto que una tragedia es capaz de lograr en la opinión pública y, con ello, la atención y negocio asociado. La proximidad, física y emocional, es determinante, y la espectacularidad del propio hecho junto con el número de víctimas. Cada mil kilómetros de distancia, entendida en todos los sentidos posibles, necesita unos miles de muertos más para llegar. Un gato atrapado en un árbol en Manhattan que resulta herido al ser rescatado cotiza como unos doscientos muertos en Nepal, más o menos. Puede sonar crudo, pero así es, porque así funcionamos. Nos guste o no.

¿Cuántos muertos son necesarios para que una tragedia en Libia ocupe titulares en las portadas? Por de pronto requerirá muchos, muchos, varios miles por lo menos, y algo de espectacularidad en el fenómeno para destacar entre los sospechosos habituales de la naturaleza causantes de desastres. A priori lo sucedido en la ciudad costera de Derna cumple con todos los requisitos necesarios para ello, pero aún así uno le echa un ojo a la prensa del día y, aunque logra colarse, debe hacerlo a codazos sobre la zafia y amnistiante actualidad política de nuestro país, y debe competir en dramatismo con las escenas que nos deja el terremoto en Marruecos, que cumple muchas de las leyes de proximidad no escritas para llegar a lo más alto de la escaleta de las noticias. El que Libia sea una nación en guerra civil desde hace años, fragmentada, donde la vida ya de por sí vale poco y la presencia de medios es casi testimonial por lo peligroso que resulta estar sobre el terreno hace que lo que allí suceda pase desapercibido casi por completo, y debe ser un hecho extraordinario, como el que ha sucedido en Derna, para que el ojo de la actualidad se gire y apunte a ese sumidero de la audiencia. Abrir un informativo con escenas que se deben verificar sobre los probables miles de muertos causados por una enorme tormenta que ha derrumbado presas y arrasado una ciudad costera es una decisión de riesgo que un programador difícilmente llevará a cabo. Puede que sí en un medio público, donde la audiencia es un tema no tan importante y la cuenta de resultados no determina la renovación mensual de un formato o presentador, pero sigue siendo una opción peligrosa. Casi nadie sabe dónde está Derna, hay que localizarla, poner mapas, carece de la más mínima referencia visual que pueda resultar llamativa al espectador, no hay iconos, ni figuras urbanísticas famosas. Nadie ha estado nunca allí, ni conocemos a alguien que viva en esa urbe o sus alrededores. Cualquier relieve de una llanura marciana nos suena tanto a la vista como el perfil de esa ciudad mediterránea que está en la costa del país, en la costa pobre de un mar que consideramos nuestro. Algunos asociarán estas costas al lugar desde el que las mafias hacen partir los botes que acaban arribando a Lampedusa y otras localizaciones en Italia, pero poco más. Uno ve los vídeos que se han podido atribuir expresamente a la catástrofe y encuentra escenas similares a las de una riada de esas que se dan en la costa valenciana o murciana a estas alturas del año, pero con un decorado que no le suena de nada. Aparecen edificios de hormigón y otros que no lo son, y se atisban minaretes, síntoma de que no estamos en las orillas occidentales del mar, pero poco más se puede afirmar al ver las escenas, muchas de ellas nocturnas, que acaban con imágenes de día en las que lo que parece ser la costa de la ciudad se ha convertido en una informe escombrera de piedras, coches, basura y cadáveres, depositados de la manera más masiva y caótica que imaginarse uno pueda. ¿Sirven esas escenas para conmover al espectador? ¿Son relevantes para programarlas por encima de lo que se sabe que puede vender? Preguntas como esas se las harán muchos periodistas a lo largo de estas horas, sin encontrar respuestas claras, y sin apenas fuentes sobre el terreno que les ayuden a contextualizar los hechos y dar una imagen de presencia y cercanía. No pocos, con lógica, optarán por darlo como un breve, quizás citándolo en la escaleta de titulares por los “miles de muertos” pero con poco más énfasis.

Derna ha sido arrasada en una catástrofe muy propia de cualquier película de desastre que nos tragamos de una manera disfrutona cuando se desarrolla en un paisaje conocido y sabemos que es ficción. Lo que ha pasado allí es una cruel realidad que desborda a todo lo imaginable, y resulta realmente difícil de explicar. Desastre natural unido a catástrofe en las infraestructuras que deja como resultado una ciudad arrasada en la que más del 10% de su población puede haber fallecido en apenas unos minutos. ¿Cómo relataríamos algo así si se produce en nuestro entorno? ¿Cómo hacerlo cuando se da en un lugar que nos es tan ajeno? ¿Cómo resistir el dolor de tanta pérdida humana?