viernes, febrero 06, 2026

Desalojar un pueblo

La situación de desbordamientos crecientes que se vive especialmente en Andalucía no afloja, a pesar de que hoy las lluvias serán menores. Mañana la borrasca Marta aportará un nuevo chorro de precipitación, con intensidades que podrán superar el centenar de litros por metro cuadrado a lo largo del día en numerosas áreas de la región. Todo lo que caiga se derramará sobre una superficie que no soporta más agua, que no absorbe nada, e ira a crecidas de ríos, desbordes de pantanos y anegación de cauces y riberas, donde ya son miles los desalojados que llevan numerosas horas fuera de sus casas, y lo que aún les queda.

El caso más espectacular, y complicado, es el de la localidad de Grazalema, el lugar donde más llueve de España por el efecto que su orografía genera cuando los vientos atlánticos húmedos impactan sobre él. La zona es un macizo kárstico, rocas de carbonato cálcico, que son solubles en agua. Esto genera paisajes llamativos y multitud de oquedades en el terreno, propiciándose la formación de grutas, ríos subterráneos y acuíferos. El que se encuentra en la zona donde se asienta la localidad está repleto tras el aluvión de agua que le ha llegado, y ha empezado a rebosar. Su nivel freático ha superado el de la superficie terrestre y, aunque no llueva, el agua fluye desde el subsuelo, por lo que lo inunda de manera natural. Si en ese suelo existen edificaciones el agua no tendrá más que reventarlas o encontrar las fugas “naturales” para brotar, por lo que grietas en las paredes, enchufes, agujeros o cualquier otra cosa se convierten en nuevas fuentes de las que mana agua sin cesar. No importa ya si llueve o no, el volumen de agua acumulado fruto de lo que llega desde la cabecera mantendrá el nivel por encima de la superficie del municipio hasta que baje de forma natural, por absorción. Eso llevará su tiempo, y un periodo de gracia sin precipitaciones. Es fácil imaginar que ahora mismo ese pueblo es inhabitable, todas las construcciones tienen sus sótanos inundados y sus bajos cubiertos de aguas hasta el nuevo nivel natural del acuífero, por lo que el desalojo de toda la población es una medida más que lógica. El mayor problema, sin embargo, no es tanto por la inundación como por la estructura. El efecto de la presión del agua y de la erosión acelerada por la potencia del flujo que mana de lo alto de la sierra genera una erosión brutal sobre la formación rocosa en la que se asienta el pueblo, y ya desde el miércoles empezaron a sentirse vibraciones en las casas de la localidad, síntoma de inestabilidades. No es difícil imaginar que al daño que el agua pueda hacer en las estructuras de las casas se le va a sumar un efecto de “hinchado” en el terreno y que, cuando el nivel del acuífero bajo, pueden haberse producido rupturas geológicas que se traduzcan en hundimientos del terreno. Como señalo ayer el alcalde de la localidad, no es que una calle u otra pueda sufrir un mayor riesgo de este tipo de derrumbe, no, sino que todo el municipio puede llegar a verse afectado, y ahora mismo es imposible determinar cuándo y de qué manera, por lo que la mejor de las medidas es sacar a todo el mundo de sus casas, vaciar el pueblo, y esperar a que el temporal pase, luzca el sol, baje el nivel freático y se pueda comprobar qué es lo que ha dejado en forma de movimientos en el subsuelo. Esto, para los habitantes de la localidad, es una pesadilla, porque al contrario de otras zonas desalojadas, en las que la bajada de las aguas, cuando se de, dará paso a una cierta tranquilidad y al proceso de limpieza y reconstrucción, en su caso el descenso del agua puede originar problemas mayores, y de una manera traicionera. Es una situación muy especial, potencialmente peligrosa, pero que ahora mismo nadie puede estar en condiciones de calibrar en toda su dimensión.

Lo de desalojar un pueblo es algo que se da en las películas, y que supone un reto pero, sobre todo, un trauma para sus residentes. En el verano pasado vimos localidades asediadas por el fuego en las que se realizaron evacuaciones masivas, pero, afortunadamente, se trataba de lugares pequeños, escasamente poblados. No disminuye para nada la angustia del suceso para quienes lo viven, pero sí es más fácil de gestionar por parte de las autoridades que se ven obligadas a ello. Grazalema tiene una población cercana a los dos mil habitantes, no son cuatro casas. Y ahora mismo todos ellos, realojados en Ronda, si no me equivoco, viven una pesadilla que se extiende en el tiempo mientras el cielo no quiera dar tregua. Y mañana es seguro que no la habrá.

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