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viernes, septiembre 10, 2021

11S, veinte años después

Mañana se cumplirá el vigésimo aniversario de los sádicos atentados terroristas de Nueva York y Washington, que destruyeron las Torres Gemelas del World Trade Center, causaron miles de muertos y una conmoción internacional cuyo eco aún retumba en nuestro tiempo. Será un día de homenaje a las víctimas de esa masacre, de recuerdo a los suyos y a los miles que trabajaron en su salvación, no pocos de ellos fallecidos por respirar el tóxico humo que se generó en el incendio y colapso de aquellos gigantes. En su lugar, ahora, hay dos huecos en los que cae agua que cubren el espacio de lo que fueron los edificios, pero sobre todo reflejan el vacío que aquella jornada generó en tantos y tantos en todo el mundo.

Este aniversario va a ser especial porque se produce apenas unos días después del fin de la retirada norteamericana de Afganistán, retirada que puede ser sustituida como sustantivo por derrota. EEUU declaró la guerra a esa nación por ser la que alojaba a Bin Laden, organizador del infame atentado, y tras veinte años de ocupación militar sobre el terreno, los talibanes celebrarán mañana la inauguración de su nuevo régimen de opresión, una especie de versión 2.0 del que existía en ese recóndito país el día en el que las torres fueron derribadas. Dice el bolero que veinte años no son nada, y esa es exactamente la sensación que cunde entre no pocos al ver como los esfuerzos que se concitaron tras la masacre apenas se ha traducido en nada. Los que apoyaron ese atentado siguen al mando de sus naciones, los que lo organizaron y promovieron ya están muertos, empezando por el propio Bin Laden, que yace en el fondo del Índico, en un lugar no determinado, pero la maraña de integrismo islamista que se encontraba detrás de semejantes acciones ha demostrado, a lo largo de estas décadas, no sólo su capacidad destructiva, sino una plasticidad a la hora de adoptar formas de combate y resistencia inversamente proporcional a la rigidez mental que anida en las mentes de sus reclutas y seguidores. Al Queda ha ido perdiendo fuerza como movimiento frente a DAESH, una encarnación del califato integrista en la que se junta lo peor de lo peor, en doctrina y violencia, que ha promovido atentados en medio mundo, empezando por las propias sociedades islámicas, y que llegó a proclamar un califato del terror en el marasmo de la guerra de Siria que elevó a cotas no imaginadas el sectarismo y crueldad de sus actos. Hoy la vanguardia islamista vuelve a estar en manos de los talibanes y, en la sombra, grupúsculos que pertenecen a ese DAESH, que se reorganizan y cuentan con células militarizadas en zonas principalmente de Afganistán, Pakistán, en lo que antes fue Siria y en gran parte del Sahel africano, principalmente. El control de la seguridad de estos grupos es una prioridad para los países en los que anidan, pero los gobernantes de estas naciones buscan, sobre todo, que el islamismo no les ataque a ellos, dándoles bastante igual si decide atacar a terceros países, sobre todo si son occidentales. La estrategia de las células durmientes occidentales, que tan exitosas fueron en masacres como las perpetradas en Londres, Madrid, París, Bruselas o Barcelona, vuelve a estar en el ojo de las policías y servicios de inteligencia de todo el mundo, sabedores que la derrota en Afganistán ha supuesto, sin duda, una gran dosis de moral renovada para todos los que planean actos malvados en nombre de ese islamismo asesino. El riesgo de atentados en occidente ha crecido mucho tras lo sucedido este verano en Kabul y su entorno, y aunque es muy difícil saber cómo y cuándo se podrían materializar, lo cierto es que nadie duda de que los intentos de ataque crecerán y la seguridad colectiva se verá comprometida. Sea cual sea la óptica desde la que uno analice el tema, la sensación de vuelta a una casilla próxima a la de salida resulta casi inevitable. No es exactamente así, pero el peso de esa sensación abruma, y sí, también deprime.

En EEUU el desastre afgano ha llenado al país de dudas y preguntas carentes de respuesta directa. Como principal responsable de las operaciones de combate, y siendo la nación que más soldados ha sacrificado por ello, el por qué que se preguntan las familias de los caídos en las montañas afganas resuena en toda la nación en medio de un silencio avergonzado. Para qué han servido dos décadas de sacrificio de tantos, para acabar siendo retirados del terreno de una manera tan humillante y contemplar la vuelta al poder de los adversarios de antaño. El aniversario del 11S de mañana será muy triste, lleno del habitual dolor de esta fecha, pero sumido en una sensación colectiva de fracaso ante la que los líderes de ese país, presentes y pasados, debieran hacer frente.

miércoles, septiembre 01, 2021

Afganistán y la UE

Lo de Afganistán es un desastre colosal, ineludible. Ayer Biden compareció en la Casa Blanca y calificó lo sucedido como éxito, en una de las comparecencias más absurdas que imaginarse uno pueda, casi al nivel de la “misión cumplida” que proclamó Bush hijo justo antes de que Irak se convirtiera en un polvorín. Las consecuencias de lo que allí ha pasado nos interpelan a todos, y provocarán efectos, algunos a corto plazo, otros profundos, cuyo alcance no se atisba en su totalidad, ni creo que sea posible precisarlo ahora. A la UE, a nuestra Europa, lo sucedido allí nos va a facetar de muchas maneras, pocas buenas, y más nos vale que, frente a la irrealidad de Biden, nos pongamos a pensar, honestamente, en ello.

Si quieren, lo que más ha hecho destacar lo sucedido estas semanas de evacuación y huida es, hasta qué punto, Europa no pinta nada militarmente en el mundo, pero nada de nada. La retirada era un tema de las tropas norteamericanas y los talibanes, pero el resto de países que formábamos parte de la coalición internacional y que teníamos personal propio y colaborador allí estábamos a expensas de lo que se decidiera en Washington sobre los planes de evacuación, y el calendario y las formas fueron impuestos por ellos, sobre todo porque eran los únicos que tenían soldados de verdad en el terreno y capacidad de imponer el orden de alguna manera (por las armas). Países como España mandamos un pequeño contingente militar de decenas de personas para asegurar los embarques, pero lo cierto es que esos soldados españoles no tenían nada que hacer en caso de que los talibanes hubieran decidido que ahí no pintábamos nada antes y que nos largásemos. La sensación de impotencia era tan cierta como profunda. En la misión afgana, como en muchas otras anteriormente, el escudo de la OTAN ha significado que la inmensa mayoría de las tropas desplegadas sobre el terreno eran de EEUU, el ejército más poderoso del mundo, y que el resto de países éramos una comparsa de mariachis que, una vez pacificadas las zonas, montábamos bases de seguridad y con un cúmulo de objetivos civiles, pero sin capacidad real de defensa, siendo EEUU quien sacaba las castañas del fuego a todas las nacionalidades que se vieran envueltas en incidentes serios o amenazas de seguridad. La política de defensa, militar, es algo que en la UE no se quiere abordar en serio, y que sólo se ha tratado como tal desde su vertiente económica, con el desarrollo de empresas y programas de inversión destinados a uso propio o la venta a otras naciones, como los A400M de Airbus que hemos visto trabajando sin descanso estos días, pero no existe nada sobre un embrión de ejército comunitario, de fuerzas de defensa comunes o algo que suene a tropa real, a militares que enarbolen la bandera de las doce estrellas y que lleven armamento, y estén adiestrados para usarlo. Cada cierto tiempo este debate se abre pero choca con la impopularidad que tienen este tipo de inversiones en las sociedades europeas, postmodernas hasta el extremo, que rechazan la violencia como forma de solucionar las cosas. No sería malo este planteamiento si viviéramos en un mundo en el que el resto de actores pensasen de la misma manera, pero basta acercarse al límite de Ucrania con Rusia para comprobar que las milicias, armas y violencia son una manera de resolver disputas que se ve con naturalidad en otras partes. Por motivos históricos, la UE ha “subcontratado” a EEUU como ejército de defensa, obteniendo ambas partes ventajas mutuas, pero dejando claro quién tomaba las decisiones de dónde y cómo se intervenía. Ahora que EEUU puede estar de retirada, ¿seguirá la UE con esta política tan arriesgada para su propia integridad?

Las bravatas de la presidencia de Trump resonaron en los despachos de Bruselas tanto en lo económico y político como en este tema de la seguridad. El que “el primo de zumosol” norteamericano empiece a orillarnos era una situación inédita, no contemplada, pero que nos obliga como conjunto de naciones a madurar en temas como el de la defensa, a poner recursos y planes con vistas a un plazo medio en el que la defensa de las fronteras y la forma de vivir de Europa no se ejecuten sólo mediante la compra de voluntades de terceros países de los que nos avergonzamos, como va a suceder ahora para evitar flujos migratorios desde Afganistán. Urge crecer y asumir que, si queremos seguridad propia y capacidad de decisión en la materia, tenemos que tener fuerza propia. Sino, las quejas ante el comportamiento de EEUU no serán sino las constantes pataletas de un niño malcriado. Y eso, además de peligroso, es cansino.

martes, agosto 31, 2021

Dos vidas, en Afganistán

Algo antes de las doce de la noche de ayer 30, en lo que era la madrugada afgana del 31, partía de Kabul el último de los vuelos militares organizados por EEUU para evacuar su personal de la capital afgana. Concluían de esta manera, humillante, casi veinte años de guerra intermitente y presencia continuada de las tropas norteamericanas, y con ellas las del conjunto de socios de la OTAN, en esa nación asiática. Ha sido la guerra más larga de todas aquellas en las que ha combatido el país imperio, no la más cruenta, y está por ver si la más inútil de todas. En su forma de concluir, las comparaciones con el Saigón vietnamita son inevitables, pero está por ver que Afganistán sea, dentro de unas décadas, el país próspero y atrayente que ahora es Vietnam.

Dos imágenes, crueles, y con un estremecedor parecido estético, enmarcan estas dos décadas de intervención. En la primer se ve a personas cayendo de lo alto de las torres gemelas del WTC tras los ataques del 11S. Ciudadanos que horas, minutos antes, desarrollaban su trabajo de oficinista en uno de los edificios más altos y famosos del mundo, y que en ese instante contemplaban acercarse a la muerte, en forma de suelo, a creciente e insoportable velocidad. Nunca sabremos lo que esas personas vivieron, nunca podrán contar su experiencia. Casi veinte años después, algunas personas caen, nuevamente, esta vez de los trenes de aterrizaje y partes del fuselaje de los aviones americanos a los que se han agarrado para, en un intento suicida, tratar de escapar del Kabul talibán. El avión se eleva en el cielo y, en un momento dado, vemos unas sombras, que corresponden a unos cuerpos, que se desprenden del aparato y emprende su lineal y aplastante viaje para acabar estampados en el suelo. Nada une, en contexto vital, pensamiento, experiencia, o en tantas otras facetas de la vida, a los que en 2001 caían de las ventanas de un rascacielos o a los que, hace unos días, se soltaban de aviones que aceleraban con fuerza irresistible. Sin embargo, al menos un aspecto del final de sus vidas si es plenamente común; la desesperación. La absoluta impotencia de lo que están viviendo, el no entender que pasa. Uno se levantó en su piso norteamericano, desayunó y se fue al trabajo esperando, y confiando, en que la jornada laboral no le deparase sorpresas desagradables ni marrones. El otro, desesperado tras la toma talibán del poder, conocedor de cómo se las gastan esos fanáticos, sabedor de la mentira que propagan de puertas para afuera para ocultar las barbaridades que van a hacer de puertas para dentro, corrió una mañana hacia el aeropuerto de Kabul, proviniendo quizás de la ciudad, puede que como última etapa de un largo y peligroso viaje por el interior de su país, con el objeto de escapar de la locura. Es difícil encontrar dos historias vitales más distintas, más separadas en forma y fondo, en preocupaciones y angustias vitales, pero más unida por la tragedia final de sus vidas. En cierto modo la existencia segada, más bien aplastada, del hombre que cae de lo alto del cielo de Manhattan es lo que va a acabar provocando la caída del hombre del avión que despega en Kabul. Hay un hilo finísimo, invisible, pero tenso, que une ambas vidas, y que las arrastra inevitablemente al abismo del que no van a volver. Durante los años anteriores al 11S no es descabellado pensar que el oficinista no supiera nada de un lugar llamado Afganistán, y durante gran parte de la vida del afgano fallecido el 11S y sus consecuencias han sido, probablemente, el acontecimiento que ha determinado su existencia y la de todos los suyos. Pero ni uno ni otro soñaron nunca con que sus vidas concluirían de una manera tan cruel y absurda, tan brutal, destruidas por la ceguera terrorista y la incompetencia militar. Ambos nunca se conocieron, era imposible que llegaran a saber de su existencia mutua el tiempo en el que compartieron vida y amaneceres en este planeta, pero sus destinos, trágicos, enmarcan estas dos décadas de geopolítica e historia.

En medio de estas dos vidas, años y años de esfuerzo, inversión, dispendio, vidas, violencia, estudio, cooperación, trabajo, entrega, proyectos, atentados, escuelas, enseñanza, operaciones, desarrollo, contrainsurgencia, terrorismo, entierros, lutos, nacimientos, y un sinfín más de hechos y experiencias que algún día serán contadas en su integridad en un buen libro, que servirá para enmarcar el fracaso de la misión norteamericana en los pedregales de Afganistán, el desastre que para la OTAN ha supuesto la intervención, el desprestigio que occidente ha, hemos, cosechado con la forma de actuar y, sobre todo de huir, y la sensación de que lo construido en estas dos décadas en la sociedad afgana, que no ha sido poco, puede deshacerse como lo hace un cuerpo cuando, a cientos de kilómetros por hora, se estampa contra el duro suelo.

viernes, agosto 27, 2021

Masacre islamista en Kabul

Ayer les comentaba el enorme riesgo que corrían nuestros efectivos que trabajan sin descanso en la misión de rescate en Kabul, junto con todos los que allí se encuentran, por las tensiones derivadas de las avalanchas en el aeropuerto y la advertencia de atentados o ataques. Es una situación mucho más descontrolada de lo que parece y que podía ser alterada en cualquier momento por una acción criminal. Bastaron horas para que una tragedia de ese estilo se diera, y un doble atentado perpetrado por islamistas de DAESH rama Jorasan (el ISIS –K en anglosajón) sembró la ciudad de cadáveres, de terror a los supervivientes y de urgencia extrema a las evacuaciones, cancelándolas en muchos casos.

Un doble atentado bien diseñado con muchos objetivos. En primer lugar, un suicida se inmoló en una de las puertas de acceso al complejo aeroportuario de la ciudad, con lo que la gran mayoría de los fallecidos son afganos, puede que también algún miembro de la seguridad talibán que controlaba los accesos y de las fuerzas occidentales. Un acto bárbaro, que deja escenas desoladoras de muerte y salvajismo, que busca aterrorizar a los afganos y advertirles de que no traten de huir. En segundo lugar, un coche bomba junto al hotel Baron, cerca del aeropuerto, lugar utilizado sobre todo, aunque no sólo, por Reino Unido y EEUU para concentrar a sus colaboradores y conducirlos así unificados al aeropuerto, un ataque que buscaba tanto a los afganos que han colaborado con las dos principales potencias como al personal militar norteamericano encargado de la tarea de seguridad y retorno a casa. Y los encontraron. A esta hora el balance de estas explosiones aún está abierto, se habla de un centenar de muertos y cientos de heridos, y de todas esas bajas unas trece corresponden a militares norteamericanos, en lo que es uno de los golpes más duros que ha recibido su ejército en bastante tiempo. A última hora de la tarde de ayer los malditos islamistas de DAESH reivindicaron su cruel acción, y aunque no se si en el comunicado hacen referencia al respecto, son obvios los temores a que no sea la última antes de la fecha límite marcada por los talibanes del 31 de agosto. El ataque pone a todas las partes en aviso sobre el profundo deterioro de la situación en aquel país, en el que la milicia talibán, armada hasta los dientes y en poder del armamento dejado por EEUU, controla el territorio pero, obviamente, es incapaz de garantizar la seguridad, y la presencia de grupos de DAESH en el país, grupos que consideran blandos a los talibanes, que no los ven lo suficientemente rigoristas, e incluso que les consideran traidores tras el acuerdo al que llegaron el año pasado con el presidente Trump para regular las condiciones y plazos de la retirada. ¿Se abre desde ya un enfrentamiento interno entre los talibanes y DAESH? Pronto es para asegurar cualquier cosa, pero sin duda algo de eso hay. Ahora mismo ese país es un desbarajuste total en el que, a buen seguro, excombatientes de DAESH y dirigentes, algunos liberados por los talibanes, reorganizan su estrategia y tratan de consolidar una posición desde la que intervenir. DAESH fue derrotado en Siria, pero ni su funesta ideología ni todos sus miembros se erradicaron del mapa. La imagen de los talibanes venciendo al gobierno afgano y provocando la salida, mejor huida, de las tropas norteamericanas, ha debido ser festejada por todos los islamistas del mundo, desde los sitos en las montañas peladas de Afganistán a los que residen en barrios de nuestras ciudades. Es un triunfo clamoroso. Ahora, a partir de la semana que viene, sin presencia de tropas extranjeras en el terreno, con armamento por doquier y ganas de lucha, Afganistán corre el riesgo de sumirse, otra vez, en un mar de enfrentamientos entre facciones islamistas por el control del poder y el rigor doctrinario. Si usted fuera un afgano normal haría todo lo posible por salir de ese infierno. Eso es lo único seguro en toda esta cruel historia.

De momento, desde ahora hasta el martes que viene, un presidente Biden con aspecto compungido y cansado ha afirmado que los EEUU mantendrán el dispositivo de evacuación, sabiendo que el riesgo de nuevos ataques es extremo. Varios países, como Alemania o Francia, dieron ayer por acabadas sus operaciones tras lo sucedido, y hoy sabremos lo que vamos a hacer nosotros, aunque las apuestas apuntan a que pueda ser este viernes el último día de la operación española. Sobre el terreno, nuestros efectivos viven una situación angustiosa que no deja de complicarse a cada minuto. De momento no fueron afectados por los atentados de ayer, pero el riesgo es altísimo. Pesadilla sin fin en un Kabul que cae en las sombras islamislas.

jueves, agosto 26, 2021

Nuestros héroes en Kabul

Más de cien españoles han muerto en la misión afgana desde que en 2001, la coalición internacional echó a los talibanes del poder tras los atentados del 11S. La mayor parte de los fallecidos tuvieron lugar en el maldito accidente del Yak 42, y el resto en un goteo de atentados, ataques, accidentes y problemas varios. Asentados en su base Qala-I-Naw, las tropas españolas se sabían no queridas, pero eran subsidiarias de la fuerza norteamericana, la que lideraba la conquista y todo lo demás, por lo que hicieron lo debido, tratando de ganarse el afecto de la población local. Es probable que lo consiguieran más que tropas de otras nacionalidades.

Esa base fue traspasada en 2013 al ejército afgano, que desde entonces la regía y utilizaba como infraestructura propia, en lo que fue la retirada del grueso de las tropas españolas del país. Un pequeño grupo de militares y policías se mantenía en Kabul, prestando servicios de seguridad a la embajada y poco más. Ahora mismo, en esa capital, hay un retén de uniformados españoles, pertenecientes al ejército, GEOs y UIP de la Policía que, en su conjunto, no llegarán a la cuarentena, y que están desarrollando una de las misiones más difíciles y peligrosas de su vida, y que a buen seguro no imaginaron que iban a tener que hacer nunca, y menos en estas condiciones. Tratan de filtrar, entre la avalancha que ha invadido el aeropuerto, a los afganos que colaboraron con las tropas españolas durante los años de permanencia en el país, o con personal de nuestro país en estas últimas décadas, lo que les señala como traidores a ojos de los nuevos rectores de la nación. Miles de personas se agolpan en una terminal que apenas es capaz de proporcionar el más mínimo servicio, estando completamente desbordada, y los españoles saben que, fuera del entorno del aeropuerto, miles de talibanes armados esperan y tienen el dedo cerca del gatillo, como una amenaza permanente. En el aeródromo son constantes las avalanchas y los tiros al aire para tratar de controlar a una multitud que está desesperada por huir de un país que se va a sumir en el integrismo. Póngase por un momento en la piel de un afgano que lleva varios años viviendo en un régimen simulado de democracia y derechos y, de repente, la infamia talibán lo derrumba todo. Y póngase en la piel de uno de esos pocos efectivos españoles que contemplan el caos ante si, que saben que su seguridad, en el fondo, depende de lo que decidan los de los turbantes que se encuentran al otro lado de la terminal, y que saben que no podrán completar su misión porque en el caos que es ahora Kabul resulta imposible que todos los colaboradores que están identificados por las autoridades españolas puedan llegar a las pistas. Afirmó hace un par de días el JEMAD que algunos de los efectivos españoles estaban saliendo del recinto aéreo a la búsqueda de los colaboradores, lo que es una misión peligrosísima tanto para ellos como para las personas que buscan, pero lógicamente no dio detalle alguno sobre hasta dónde se están arriesgando los efectivos españoles para buscar a esos colaboradores, cómo los identifican y cómo logran volver al recinto del aeropuerto, en el que las tropas de EEUU, rifle en mano, establecen una disuasión armada que es la que permite que las evacuaciones que vemos estos días se lleven a cabo. Todo lo que está pasando estos días en ese aeropuerto es desolador, en muchos sentidos, y esos pocos españoles que están allí viéndolo en persona deben estar atesorando recuerdos y experiencias de enorme dureza, algunas de las cuales relatarán en el futuro, otras no, y se quedarán para siempre en sus retinas y corazones. Esta misión, condenada desde un principio al fracaso parcial, los marcará para siempre.

El pasado 7 de julio, San Fermín, la que fuera base española de Qala-I-Now fue tomada por los talibanes a las inoperativas tropas afganas, en lo que fue parte de la gran ofensiva talibán de reconquista del país, en la que ciudades, instalaciones y material caían sin cesar en manos de los fanáticos enturbantados. Quedaban cinco semanas para que cayese Kabul, y ninguno éramos ni conscientes de ello ni capaces de imaginarlo. Y en alguna parte de nuestro país, algún policía o militar, unos poquitos, que a saber qué estaban haciendo, quizás disfrutando de sus vacaciones, no podía sospechar que, cinco semanas después, iba a recibir una llamada que le trasladaría a uno de los peores lugares del mundo. Y que, como profesional, allí se iría. Esos son nuestros héroes en Kabul en el momento de la retirada occidental.

miércoles, agosto 25, 2021

El fracaso de Afganistán

Se hace bastante cuesta arriba contemplar en directo, ante nuestros ojos, el fracaso en Afganistán, fracaso no sólo referido a la operación de rescate in extremis que estamos desarrollando ahora mismo, en la que el miedo a la violencia talibán genera histeria en la población y un evidente temor en las fuerzas militares occidentales que tratan de evacuar a los que pueden antes de que venza el plazo del próximo martes 31 de agosto. Resulta bastante obvio saber quién tiene ahora mismo el poder en aquel lugar, y quiénes son los hostigados. Y este fracaso final es el colofón al fracaso general de la intervención en aquel país. Amargura sin límite para contemplar lo hecho y lo no.

Cierto es que estas dos décadas de intervención han conseguido fundar los pilares, en parte de la sociedad afgana, de un estilo de vida y valores occidentales, con derechos para todos y acceso a la educación. Y han sido las mujeres afganas las grandes beneficiadas de las conquistas sociales y culturales que se han logrado, dado que partían de la nada, de su consideración como meros animales reproductivos sin estatus propiamente humano. Todo esto ahora no es que esté en peligro, sino que literalmente puede ser barrido de la mano de los barbudos armados, y esa es la dimensión global del fracaso, el no haber sido capaces de crear un sustrato social que pueda y quiera defenderse ante el retorno a la barbarie que imponen partes de su sociedad. Los talibanes son parte de Afganistán, ineludible, inextirpable, pero no por ello dominante, no están predestinados a dominar al resto. Pero sí son los que empuñan las armas con fe y convicción, y eso les da un poder enorme. Frente a ellos, el estado afgano creado en estas dos décadas se ha mostrado no ya pusilánime, sino simplemente inexistente. Ha mostrado ser un cascarón vacío, una tramoya en la que algunos personajes secundarios ejercían el teatro del poder en un Kabul nada representativo del resto del país, poder que no llegaba mucho más allá de algunas manzanas de distancia de los palacios presidenciales. Las tropas de los EEUU y el resto de contingentes internacionales le otorgaban al gobierno afgano un cierto aire de control del territorio y sociedad, pero su marcha le ha dejado completamente desnudo. El ejército afgano, formado y dotado con los mejores elementos de la técnica norteamericana, en el que se han invertido miles de millones de dólares, ha sido un patético ejemplo de hasta qué punto la falta de convicciones y la inexistencia del estado era total. Ahora todo ese material militar ha caído, como un regalo de Alá, en manos de los talibanes, que se encuentran así con la perfecta conjunción de armamento y moral para imponer sus designios al resto de la población. El peor de los escenarios posibles es lo que ahora se vive en Kabul. El intento de crear un estado desde arriba, sin contar con las particularidades de la sociedad afgana, sin llegar a entenderla en ningún momento, y controlado por fuerzas extranjeras que eran vistas por muchos afganos como invasoras de su nación, ha resultado ser un fracaso absoluto, y frente a las tesis de algunos analistas occidentales, que aseguraban que estaban plantadas las semillas de una sociedad abierta y plural, la cruda realidad ha demostrado que bastaba el soplo de los talibanes para convertir, otra vez, al crudo suelo afgano en un lugar yermo, lleno de miedo y ausente de derechos y libertades.

Esta viene a ser la tesis de Daron Acemogú, coautor de dos excelentes libros “Por qué fracasan los países” y “El pasillo estrecho” en su último artículo publicado en la web, (gracias JLRC) en el que incide en que los EEUU estaban condenados, por la manera en la que han actuado, a conseguir el resultado que vemos en lo que hace al desmoronamiento del estado afgano, independientemente de la forma en la que se hubiera ejecutado la saluda del país. Hacerla como la estamos viendo ahora viene a ser el colofón final del desastre. Creo que Acemoglu tiene bastante razón, aunque es cierto que bastaban unos pocos miles de efectivos en el país y el no anuncio de salida para mantener la situación aparentemente bajo control, pero desde luego su tesis es una patada en sus partes a muchos pensadores, militares y ejecutantes de políticas que, sí, han fracasado. Todos los occidentales hemos fracasado en Afganistán

martes, agosto 24, 2021

El día en que cayó Kabul

Kabul cayó en poder de los talibanes un 15 de agosto, uno de los días más tontos de occidente, ni les cuento en España. Festivo casi global, vacacional extremo, con calores habituales que en nuestro país se tradujeron en una ola soporífera de sofoco que asfixió a casi todas las regiones, excepto las de la cornisa cantábrica, asomadas a un balcón de otoño en verano. Casi nadie estaba atento, en el chiringuito o en la eterna modorra del día, a lo que pasaba en Afganistán, pese a que los informativos llevaban narrando desde hace unos días una realidad que distaba mucho de ser la esperada, menos la prevista.

El día en que cayó Kabul los oficiales y servicios de inteligencia del mundo occidental esperaban que los talibanes estuvieran a cientos de kilómetros de ahí, a muchas provincias de distancia. Esperaban que se hicieran con el poder, pero mucho más tarde. Las lumbreras que trabajan en esos puestos, que saben mucho más que yo y ni les cuento la diferencia respecto a los sueldos, preveían hace un par de meses que los talibanes se harían con el poder en un año, y a principios de agosto ya daban por caída Kabul en torno al otoño avanzado. En apenas siete días de la segunda semana de agosto el ejército afgano, entrenado y suministrado por EEUU y el resto de países occidentales, poseedor de un armamento de última generación valorado en decenas de miles de millones de dólares, se deshizo a la misma velocidad con la que cayeron las torres gemelas hace ahora veinte años, con la diferencia que ella fueron abatidas tras cruentos ataques, y esa formación militar de la nación afgana apenas ha mostrado resistencia alguna y la “blitzkrieg” realizada por los talibanes se ha desarrollado en terreno yermo de enemigos. A tres días de la caída de la capital nadie, en las cancillerías europeas y menos en Washinton, quería saber nada sobre un escenario de derrota y desplome, porque directamente ni se contemplaba, mientras que los fanáticos de los turbantes y barbas sí que contemplaban, literalmente, los arrabales de una ciudad que ya acogía a miles de refugiados del resto del país, que huían de las zonas en las que el islamismo sádico ya había reconquistado el poder. Mientras en despachos de agencias y comandancias se seguía viviendo en una ilusión, los talibanes decidieron entrar en Kabul y dar por terminada su reconquista del poder, de una manera tan aplastante como ridícula para sus presuntos oponentes, ausentes por completo. El hasta entonces presidente Ghani, que dese hacía semanas negaba la peligrosidad del avance talibán, y desde hacía días se ofrecía a negociar con ellos un reparto del poder, huía del país de una manera tan cobarde como pocas veces se ha visto, demostrando entre otras cosas que poder, lo que se dice poder, tenía bien poco, más allá de la periferia de la ciudad que es la capital de ese presunto país, nido de tribus y grupúsculos en los que décadas de presencia occidental apenas han sido capaces ni de entender y menos unificar. Con el calor a plomo cayendo, muy por encima de los cuarenta, en el 15 de agosto español, es casi seguro que en Kabul hacía más fresco que en algunas de nuestras capitales de provincia, pero donde sí que se estaba fresquito era en las suntuosas salas de los palacios presidenciales de la capital afgana, donde empezaban a deambular sujetos enturbantados que hacían la competencia en extravagancia y miradas perdidas a algunos de los farsantes que asaltaron el Capitolio el pasado día de Reyes Magos, con la diferencia de que los de las barbas y rifles al hombro sabían que venían para quedarse, mientas que los payasos de los cuernos y las teorías conspiratorias hacían su propio tour turístico por el edificio de Washington antes de que la razón se impusiera y les desalojara. Pocas escenas tienen tan poco que ver y, sin embargo, poseen parecidos estéticos y un mismo significado, el fracaso del omnímodo poder norteamericano.

El día en que cayó Kabul no podías imaginar que los medios te iban a empezar a mostrar imágenes de un remoto aeropuerto asaltado por una turba de desesperados que trataban de huir de un régimen de pesadilla del que muchos, por edad, sólo habían conocido de oídas y por lo que habían leído, pero que su mera imaginación les producía el mismo miedo que a los que lo vivieron, mejor dicho, sobrevivieron, hace dos décadas, cuando su efímero reinado de poder sumió al país en lo más oscuro del medievo. No podías imaginar que la caída de Kabul se iba a dar, ni que sería de una manera tan humillante, no sabías nada de lo que iba a pasar a partir de entonces. En eso, no en sapiencia y sueldo, estabas tan anonadado como los más sesudos analistas de las agencias de inteligencia y seguridad occidentales. E igual de fracasado.

miércoles, julio 07, 2021

EEUU deja Afganistán

Parece que esta vez va en serio, y que la retirada de EEUU de Afganistán va a ser completa para la fecha anunciada por el presidente Biden, el vigésimo aniversario de los atentados del 11S. Anunciada alguna vez por Obama, deseada por Trump, ha sido el tercer presidente desde George W Bush el que ha firmado los decretos que permitirán a los norteamericanos dejar la guerra más larga de su historia, que se prolonga desde hace dos décadas. Hace tiempo que la sociedad de aquella nación ha dado la espalda a ese escenario de guerra y el rédito que en su día tuvo el conflicto se ha convertido en un reguero de costes, desilusión y pérdida de votos. Quizás esto último sea lo realmente decisivo para la decisión de abandonar.

El balance tras estas dos décadas de conflicto es, realmente, deprimente. La guerra, que empezó como respuesta internacional a las matanzas de Nueva York y Washington, derribó al gobierno terrorista talibán de Kabul en pocos meses, pero poco a poco se fue convirtiendo en un enfrentamiento entre la visión de un imperio todopoderoso y excesivamente creyente en su superioridad tecnológica y una población rebelde que apenas tenía con qué sobrevivir pero que se alimenta del odio al invasor. El joven Bush, que seguramente buscaba una presidencia tranquila, acorde a su escasa preparación, se vio envuelto en un lío monumental que le superaba, y fueron Cheney, Rumslfeld y Wolfowitz los que diseñaron una operación en oriente medio que culminaría con la guerra de Irak, segunda parte de la primera iniciada por Bush padre ante la invasión de Kuwait por parte del dictador Sadam Hussein en 1990. La guerra de 2003 fue un paseo militar, y un desastre en lo que hace a imagen y a la justificación que a ella llevó. Nunca aparecieron aquellas armas de destrucción masiva que se exhibieron como justificación de una derivada militar que nada tenía que ver con el yihadismo, y la imagen de EEUU en el mundo se deterioró. Lo peor es que agitó u avispero regional en el que no tenía muy claro qué pintaba ni que papel iba a desempeñar. EEUU ha vuelto a demostrar que es muy brillante ganando guerras, posee el mayor y mejor ejército que jamás han visto los tiempos, imbatible en todos los sentidos, pero carece de planes a largo plazo sobre los lugares que conquista, desconoce sus peculiaridades y no es capaz de organizar un sistema de gobierno que permita, eliminando las estructuras de poder represivas de la pasada dictadura, como era el caso de Irak, dar alivio a la población, servicios y una situación de paz que le permita ir prosperando. Al poco de ganar la guerra de Irak, y proclamar su victoria, el conflicto se enquistó en un constante goteo de bajas norteamericanas debido a los constantes ataques terroristas de la insurgencia local, en la que había exmiembros del gobierno de Sadam, yihadistas suníes, radicales chiíes, nacionalistas kurdos, pastunes afganos y todo lo que usted pueda imaginar. La zona era una fuente de noticias en forma de atentados, coches bomba, masacres, ametrallamientos, y las consiguientes bajas y lesiones de militares de EEUU, que volvían a casa en féretros o convertidos en lisiados permanentes. Las autoridades de Washington empezaron a dar la espalda a la zona, al ver como naufragaban todos sus planes, carentes casi todos de una completa visión de qué hacer y cómo colaborar con los posibles aliados locales, y el surgimiento de poderosas fuerzas locales, como el DAESH o las milicias proiraníes no han ido sino roturando aquellas tierras a base de sangre y violencia. Desde hace tiempo la idea de EEUU es largarse de ahí como sea y olvidarse de un conflicto que se ha gangrenado completamente y del que nada va a sacar en claro. La decisión de marcharse estaba tomada desde hace mucho, pero nunca ha estado claro cómo hacerlo de una manera rápida y segura para las tropas y, sobre todo, los colaboradores locales que allí se quedan.

Visto lo visto, la marcha más parece una huida que una retirada. La base de Bagram, la principal de las tropas norteamericanas en suelo afgano, ya ha sido desalojada, terminando este proceso de noche, a escondidas. En Kabul miles de traductores, empleados y todo tipo de profesionales que, durante estos años, han trabajado para las tropas, buscan desesperadamente un visado que les permita salir del país porque saben que los talibanes vuelven, sus milicias se hacen cada día con más poder territorial y militar, y el gobierno afgano que les cubre puede caer a no mucho tardar. Y entonces, señalados, sus vidas valdrán poco. EEUU deja aquel país de una manera improvisada y cruel, y la guerra allí no desaparece, ni mucho menos. Durante unos meses puede que, sin soldadesca, no veamos noticias desde esa zona, pero temo que no tardaremos mucho en volver a saber de Kabul y de cómo su gobierno cambia.

miércoles, mayo 12, 2021

Morir en una escuela

Ayer Rusia vivió una de esos horrendos episodios que son tan típicos en EEUU, en los que un exalumno cargado de odio y armamento arremete contra la escuela en la que estudió de pequeño, y a saber qué le pasó, y decide matar para purgar sus dolores o, como disolvente, extenderlos por doquier. El balance es el de siete críos muertos, y una profesora y una empleada de la institución también asesinadas por el instinto homicida de un chaval de diecinueve años que no se suicidó, sino que se entregó a la policía, haciendo declaraciones de posesión, de diablo, de odio. Será juzgado y condenado, pero el horror que ha creado ya nadie lo redimirá.

Si esta desgracia ha sido causada por un atacante solitario, lo que se ha vivido en Afganistán este fin de semana es algo muy distinto, fruto del odio sectario de los talibanes, del yihadismo, que considera a la mujer poco más que un felpudo sobre el que poder restregarse. El atentado perpetrado por esos extremistas contra una escuela femenina chií se salda con un balance tan atroz como difícil de asumir. Unas 85 fallecidas y camino de las dos centenas de heridos en una acción casi de guerra con coche bomba y explosivos de distinto tipo. El objetivo era eliminar la escuela, exterminar a quienes allí se encontraban. Así de simple y aterrador. Un lugar dedicado a la enseñanza, en este caso también de corte islámico, en el que las alumnas eran todas mujeres, más bien niñas, crías inocentes que apenas estaban empezando a conocer el amargo mundo que los adultos les habían fabricado, y que estudiando trataban de encontrar no se si un mundo mejor, pero sí al menos herramientas para poder entenderlo y enfrentarse a él. Todo eso, arrasado por una concepción sectaria de la vida tan absurda como cruel, que cree que la mujer no es un ser humano como tal, y que debe ser recluida, estabulada, sometida a vejación con el único fin de procrear a la mayor gloria de un Alá convertido en monstruo y de sus seguidores, fanáticos asesinos. La presencia de tropas norteamericanas en Afganistán durante dos décadas no ha evitado que se produzcan atentados con mayor o menor frecuencia, pero ha otorgado un mínimo de estabilidad a aquel país y ha permitido que generaciones jóvenes, especialmente de niñas, puedan nacer y crecer en una sociedad islamizada muy rigorista, con un elevado grado de opresión, pero al menos con acceso a educación, servicios y otras posibilidades profesionales. Toda esa endeble estructura social corre el riesgo de venirse abajo ahora que los EEUU empiezan, de verdad, la retirada de sus tripas en aquel país, con la vista puesta en el 11 de septiembre, vigésimo aniversario del atentado de las Torres Gemelas, cuando se prevé que la retirada haya terminado. Y claro, a medida que se marcha el guardián, se revuelve la perrera en la que algunos ejemplares desean morder sin cesar. Los talibanes, que nunca se fueron del todo, y que siguen imbuidos de su rigorista doctrina yihadista, esperan, no tienen prisa, no conocen de ciclos electorales, opinión pública, presión social y demás pamplinas occidentales. Sólo Alá en su mente enferma es lo que les llena, y quien no se pliega a Ala y a la visión que de él tienen sólo posee un destino; la muerte. Las acciones armadas de los talibanes han ido creciendo a lo largo de este año de una manera lenta pero constante, y está por ver la capacidad que pueda tener el gobierno sito en Kabul para detenerlas. Las, por ahora, autoridades del país, han alertado de su incapacidad para controlar el territorio con unas fuerzas armadas que han sido entrenadas por las tropas occidentales, pero que carecen del arrojo y determinación de los asesinos yihadistas, y si bien es cierto que pueden ser efectivas ante un enfrentamiento militar convencional, tienen poco que hacer ante ofensivas de guerrilla que se aprovechan de la escarpada geografía local y de las infinitas tribus que viven dispersas por aquel territorio. Nadie sabe lo que puede acabar pasando en aquel territorio cuando se deje a merced de los que allí están, ni cuánto aguantará el gobierno ni si el país se mantendrá como tal. Las perspectivas para los afganos son, como mínimo, sombrías.

Y para las afganas ni les cuento. Sólo pueden ir a peor, o mucho peor. Es una constante de los grupos yihadistas el asalto y destrucción de escuelas, especialmente femeninas, algo que los salvajes de Boko Haram llevan practicando en Nigeria desde hace años, porque saben esos asesinos que la enseñanza dota a la persona de herramientas para comprender lo que le rodea, y no caer tan fácilmente en la manipulación y la mentira. Explotar y someter a alguien es mucho más sencillo cuanto menos sepa. Por eso buscan arrasar con las escuelas femeninas, y si de paso se elimina a algunas mujeres, mejor que mejor. Nos regodeamos en distopías televisivas sobre regímenes teocráticos que someten a la mujer, y ni la más retorcida ficción alcanza el grado de sordidez y crueldad al que llegan los talibanes. Y, me temo, nada haremos para combatirles.

martes, enero 22, 2019

Masacre terrorista en Afganistán


¿Cuántas páginas, horas y esfuerzos dedicaríamos a debatir, dolernos y comentar un atentado que hubiera causado decenas de muertos en nuestro entorno cercano? ¡Qué cobertura le hubieran dedicado los medios de comunicación, qué despliegues? Este fin de semana ya pudimos comprobar hasta qué punto es cruel esa ley que dicta que lo lejano no es noticia, con el atentado perpetrado por el ELN en una academia de policía de Bogotá, que dejó más de veinte muertos, y que fue apenas un breve en los informativos televisivos y una mera columna perdida entre las páginas de internacional, afortunada edición en la que incluso llego a contar con una imagen impresa. Pero casi nada, y las dos decenas largas de cadáveres, olvidados.

Ayer se produjo en Afganistán una salvajada de dimensiones aún más considerables y que recibió, si cabe, menos cobertura mediática. Un comando talibán atentó con un coche bomba contra una base militar del ejército afgano y, tras ese ataque, se dedicó a masacrar a los posibles supervivientes que no habían fallecido por el impacto inicial de la explosión. Más de cien muertos en medio de un paisaje de guerra, ruinas y nieve, en lo que es una acción de guerra organizada más que un atentado. Casi cuesta encontrar en los medios referencias a ese cruel acto, perpetrado en la más absoluto vacío informativo global, como si no le importase a nadie. Y la verdad es que eso es lo que refleja la ausencia de cobertura, que a casi nadie le importa. Los periodistas que por aquellas remotas tierras se encuentren están mucho más aislados que los autóctonos que residen desde sus orígenes en los páramos afganos, porque esos periodistas conocen la realidad del otro mundo, del mundo del que proceden, que casi es un planeta distinto. Se juegan el pescuezo y tratan de explicar cómo tras dieciocho años de intervención sobre el terreno Afganistán sigue siendo un absoluto caos en el que el gobierno de Kabul control apoco más que la M40 de la ciudad mientras que el resto del país es un feudo de señores de la guerra, dueños de sus zonas de influencia, y de la milicia talibán, que rearmada y con bríos reobrados, empieza a ser otra vez una amenaza cierta para el conjunto del país, si es que el concepto de país sigue siendo válido en este caso. Los periodistas recibirán unos pocos euros por sus crónicas, remitidas probablemente desde unos lugares infames donde usted no se, pero seguro que yo no sería capaz de aguantar ni un par de horas, y todo por unos ingresos mensuales que no llegarán a lo que los taxistas, que siguen de huelga, se llevan a su casa en una semana de trabajo. En esas crónicas de urgencia la emergencia de los cultivos de opio será un tema recurrente, la cada vez más abundante cosecha que se transforma en la heroína que llena algunas de las calles de moda de ciertas ciudades occidentales, y que enriquece sin freno a señores de la guerra, milicias islamistas y todo aquel que quiera sacar tajada del lucrativo negocio de las drogas. Relatarán en reportajes cómo tras la caída inicial de los talibanes tras la guerra de 2001 el país vivió unos años de calma, de progreso económico y de aperturismo social, de días en los que el burka empezó a ser prohibido y las mujeres, por fin, podían empezar a ser vistas como personas humanas y no como objetos sometidos, de cierta libertad en las calles de un Kabul que soñaba con volver a ser una ciudad comercial y abierta, y de un país torturado por guerras desde que hay recuerdos intentaba salir de ese constante estado de violencia. Y de cómo esa apertura se ha ido frustrando poco a poco, de cómo el desinterés occidental y los intereses creados han vuelto a convertir ese país de geografía tan imposible como, probablemente, bella, en un polvorín lleno de inestabilidad, violencia y disputas crecientes. Y esas crónicas serán remitidas por profesionales que se juegan la vida por, recuerden, muchos menos euros de los usted se pueda imaginar.

¿A quién le interesan esas crónicas? A un par de pirados como yo, que las leen, y poco más. Los más de cien muertos de ayer, sangre roja a borbotones sobre el blanco níveo de la que no tenemos imagen alguna, para ni siquiera debatir sobre la conveniencia de la exhibición de la violencia, apenas son hoy un recuerdo. No habrá actos de contrición por su memoria, ni públicos ni privados. Su asesinato será tan olvidado como lo fueron sus vidas mientras transcurriendo en aquel más allá, y nuestra atención sólo volverá a mirar a la sede del “gran juego” como lo llamaba Kipling, si las milicias talibanes empiezan a ganar su guerra y, otra vez, se convierten en un riesgo para nuestra seguridad en la vida que, día a día, desarrollamos en esta otra parte del mundo.