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miércoles, diciembre 11, 2024

Irán, de derrota en derrota

La dictadura de Asad en Siria era chií. La familia reinante formaba parte de la minoría alauí, que profesa esa rama del islam, y es por ello por lo que el apoyo que recibía de Irán, la gran teocracia chií, era intenso. Además de por su posición geográfica y por intereses variados, el régimen de Teherán veía a los Asad como unos hermanos en la fe. Cierto es que la dictadura saudí no cargaba demasiado las tintas en temas religiosos. Su reino del terror tenía más que ver con el control del poder político y militar, no tanto por la fe. Asad y demás aparecían en los medios como piadosos, pero siempre vestidos de civiles y sin parafernalia de clérigos a su lado.

Para Irán, mejor dicho, para su régimen, este año está siendo un desastre absoluto, y me da la impresión de que nunca se arrepentirán lo suficiente del movimiento que forzaron a su peón de Hamas el 7 de octubre del año pasado. Desde entonces la sucesión de golpes que ha recibido su estrategia regional ha sido imparable y devastadora. Consciente de que su territorio está rodeado por naciones que no le eran afines, Teherán ha desarrollado con los años una estrategia de proxys, movimientos militares orquestados desde el régimen que actúan en naciones terceras y que son milicias paramilitares fuertemente armadas y entrenadas por Teherán. No hay vinculación orgánica directa con los dirigentes religiosos y militares del gobierno iraní, pero si una comunicación constante con la inteligencia militar y un flujo de dinero y suministros. Hamas y Hezbollah son las fuerzas más conocidas de este tipo, pero en Yemen y en otras naciones existen movimientos similares, con mayor o menor fuerza. En Siria o Irak no le ha hecho falta al régimen realizar operaciones de este tipo porque el devenir de la historia en un caso y el desastre posterior a la intervención de EEUU en otro les ha proporcionado aliados fieles y serviles, de tal manera que el poder que atesoraba Irán era bastante mayor que el relacionado con su ya estratégico y amplio espacio como nación. Pues bien, esta estrategia de tiempo y paciencia se ha derrumbado este año. Israel ha respondido con fiereza inusitada y altas dosis de inteligencia a los ataques de Hamas y, de paso, a las bravatas de Hezbollah, arrasando la franja de Gaza y el sur del Líbano, diezmando ambas organizaciones y reduciéndolas a poco más que sombras de lo que fueron. Los intercambios de salvas realizados directamente entre Irán e Israel han mostrado que los sistemas defensivos hebreos son capaces de mantener a raya las capacidades balísticas persas, y el balance del enfrentamiento entre ambas naciones ha sido un palo para Irán de grandes dimensiones. Y, como remate, su aliado sirio se ha desvanecido en apenas dos semanas de contraofensiva rebelde, dejando Damasco convertida en un posible foco de poder sunita que va a ver a Teherán como un enemigo. Es cierto que a la rama sectaria de ambas confesiones islámicas les une el odio a Israel, y por eso Netanyahu está aprovechando el marasmo de la caída de Asad para atacar con rabia todas las instalaciones militares sirias que pueda, para que no sean usadas en su contra en el futuro, pero la alianza férrea que existió durante décadas entre Teherán y Siria se ha terminado. El territorio sirio, que era campo de entrenamiento de Hezbollah y que servía como retaguardia tras incursiones en Líbano o el norte de Israel ha dejado de ser útil para los intereses iraníes, y la pieza de terreno que suponía Siria como retaguardia ha desaparecido. Irán ha perdido en este año a tres de sus grandes bazas operativas en la región, en un movimiento de derrota difícilmente imaginable, y que ha dejado a todo el mundo descolocado. Los enemigos tradicionales de Irán, sean las monarquías sunitas del golfo, o Israel y EEUU, están que no se lo creen o no saben cómo festejarlo.

Tras esta enorme muestra de debilidad, ¿qué va a hacer el régimen? Una dictadura acorralada es peligrosa, aunque creo que ahora creo que en Teherán domina más el miedo que el deseo de venganza. Ojalá todos estos movimientos sirvieran para que la maldita teocracia de los Ayatolas cayera y la sociedad iraní, una de las más jóvenes, dinámicas e interesantes de la zona, pudiera construir una nación libre y donde los derechos no siguieran pisoteados por las botas y las togas islamistas. Es difícil que eso ocurra, pero cierto es que nunca la dictadura de Irán ha estado en peor posición. Uno de los miedos que hay es el de involución, el de aumento de la represión interna y la búsqueda de una salida, léase armamento nuclear, como garantía de supervivencia. Habrá que estar muy atentos a lo que allí suceda.

martes, diciembre 10, 2024

Horrores e incógnitas sirias

La dictadura de los Asad se ha mantenido en pie en Siria durante un poco más de medio siglo gracias al empleo indiscriminado del terror, de muy variadas formas. El padre y fundador de la saga, Hafed Al Asad, apodado la esfinge por la nula expresión de sentimiento que emanaba de su rostro, nunca dudó en usar todo tipo de fuerza para imponerse, incluido el gaseamiento de poblaciones enteras con arsenales químicos, matando a millares para mantener el control del territorio. Su hijo Bashar, que estudió oftalmología en Londres, aprendió algo de ojos y, sobre todo, de torturas, y desde el año 2000 ha regido con puño de hierro la nación, aplastando todo lo que pudiera significar resistencia

No hay demasiadas diferencias entre las atrocidades sucedidas en Siria estos años y las fantasías pseudomedievales que se muestran en series de televisión de gran audiencia, con la salvedad de que lo que ha pasado en Siria es tristemente real. Durant años y años miles de personas han sido detenidas, torturadas y asesinadas de maneras infames por las fuerzas del régimen, y ahora que ha caído, se empiezan a liberar algunos de esos centros del horror del que salen, lo que queda de ellos, supervivientes en un estado que asombra y deja mudo a quien los contempla. Sednaya es una de los centros de tortura más famosos del país, y ayer, tras la toma del poder por parte de los rebeldes, fue abierto y se empezó a evacuar a los que allí quedan. No es un campo de exterminio en el sentido nazi, por sus escasas dimensiones, pero sí un lugar de matanzas y torturas inmensas, en el que se calcula que unas treinta mil personas han sido asesinadas a lo largo de su historia, y a saber cuántas miles han pasado por allí para cumplir condenas por delitos inexistentes, relacionados con la oposición a los Asad. Además del complejo de edificios que forman parte de la instalación, se está accediendo a los sótanos, enormes, de varios pisos, en los que cientos y cientos de personas se apiñan no ya en cárceles, sino en algo parecido a nichos, preconfigurando lo que sería su seguro futuro. Hay personas que llevan tanto tiempo encarceladas allí que no saben ni cómo se llaman, niños fruto de violaciones que pululan perdidos por los pasillos… es una auténtica galería del horror, y muestra de lo que ha sido el último medio siglo de esa nación, una de las más crueles del mundo. Paradójicamente, o no, ese abyecto régimen contaba con simpatizantes entre nosotros, algunos que se dicen de izquierdas, que alababan a los Asad y a sus patrocinadores iraníes. En fin, siempre ha habido indecentes a sueldo de las dictaduras, sean de un lado o del otro, tratando de sacar tajada de la crueldad ejercida sobre terceros, no sobre ellos, claro. La caída de Asad va a dejar al descubierto varios lugares cono Sednaya, y la existencia de una sociedad sometida al imperio de la delación, tortura y salvajismo como no somos capaces de hacernos a la idea, y durante algo más de medio siglo. No olvidemos que este es el régimen al que Teherán y Moscú han defendido a lo largo de toda la cruel guerra sucedida en su territorio, esta era la manera de actuar de un tirano al que algunas naciones recibían y agasajaban, y al que no le faltaba apoyo financiero o militar de esas otras naciones que acusan a occidente de decadencia. Asad era cruel en extremo, pero no muy alejado de las prácticas que se llevan a cabo por parte de las fuerzas represoras de los Ayatolas o del régimen de Putin. Tortura, asesinatos, represión… el miedo como forma de mantener el control es algo que todo dictador sabe que resulta efectivo, aunque pueda suponer que, con el tiempo, se le venga en contra. No ha habido ninguno en la historia que no haya hecho uso de esas crueles tácticas, empezando por el franquismo o los golpistas latinoamericanos y siguiendo por los regímenes comunistas de la era soviética. Los Asad ha sido crueles hasta un punto sádico, y su régimen pasará a la historia como uno de los más atroces que se hayan desarrollado en su época, lo que tiene mérito dado lo que ha habido y hay. Recuperar a la sociedad siria va a ser una tarea épica, sin ninguna garantía de éxito, sólo por el trauma que décadas de absoluto sometimiento pueden haber provocado.

Y si eso no fuera suficiente, la incertidumbre sobre lo que va a pasar en el futuro en aquella nación, incluso la posibilidad de que se mantenga como tal, es algo que lo domina todo. Las fuerzas insurgentes son muy dispares y sólo el objetivo de derrocar a Asad les unía. Caído el tirano no está claro que la unidad se mantenga. Los islamistas de HTS parecen ser la mayor de las fuerzas, y por ahora se muestran conciliadores, pero la experiencia de los talibanes “buenos” de Afganistán obliga a ser recelosos. La posibilidad de que en Siria se instaure un estado regido por la dictadura de la sharía no es nada descartable. Seguramente no sería tan horrendo como lo conocido, pero para nada sería bueno. A saber qué va a pasar a partir de ahora en ese desgraciado país.

lunes, diciembre 09, 2024

El fin de la dictadura de los Asad

Creo que fue Hemingway, aunque no estoy seguro, el que contestó a la pregunta sobre cómo había llegado a la ruina de esta manera tan brillante. “En dos fases. Primero poco a poco. Después, de repente”. Y esa es la perfecta descripción de cómo suceden en la realidad muchos procesos, físicos y políticos, que se deterioran de una manera lenta e inexorable, bien por abandono o por acoso, hasta que no pueden más y se desploman en medio del estrépito y sorpresa de los que los rodean, que se había acostumbrado a tenerlos allí, como parte inmutable del paisaje. Nada menos cierto, la estabilidad de muchas de las cosas que damos por sentadas no tiene porqué serlo. Las sorpresas, a veces, están siempre a punto de suceder.

Trece años ha estado Siria sometida a una cruel guerra civil que ha marcado hitos en lo que hace a horror y depravación. Lo que comenzó como una revuelta civil contra la dictatura de Bashar Al Asad degeneró rápidamente en una cruel represión del poder y en el establecimiento de un combate entre resistentes y leales al régimen. La presencia del islamismo entre los resistentes y el apoyo de socios como Rusia o Irán a la dictadura de Damasco ha marcado estos años de conflicto de ida y vuelta, en el que hubo momentos en los que parecía que el régimen caía y otros en los que su posición se fortalecía mucho. En medio, cientos de miles de muertos, se estima que algo más del medio millón, y millones de desplazados internos y exiliados, cerca de seis millones en cada caso, que han dejado sus casas y ciudades en un país arrasado hasta los cimientos. La guerra había entrado en una fase de ofensivas dispersas y prácticamente desaparecido del radar de los informativos, aplastada por otras guerras, sin ir más lejos las que se suceden en su vecindario, y en estas dos semanas en las que los combates han vuelto se ha producido el absoluto desplome del régimen, de su ejército y de sus aliados, que al parecer han decidido dejar de apoyarle, o tal vez huir para salvar lo que puedan tras verse debilitados en otros frentes. La cuestión es que, sin que mucha gente se lo esperase, Alepo cayó hace dos semanas en manos de los rebeldes y, desde entonces, todo ha sido un viaje relámpago camino Damasco, donde Homs y otras localidades no han sido sino piezas que, como en un dominó, se han derrumbado con sólo realizar un pequeño empujón. La fiereza de la dictadura de Asad ha quedado convertida en un trampantojo, un monstruo ya sin pies ni cabeza, que estaba presto a caer a poco que alguien le diera un empujón. Comandados por la milicia islamista de HTS y su líder Al Jalani (quédense con este nombre) las fuerzas rebeldes han presionado y la dictadura se ha deshecho. La noche del sábado al domingo Damasco cayó sin apenas defensa por parte de unas milicias gubernamentales que o no existían, o se habían largado o habían optado por desertar. Un golpe asombroso que ha dejado a todo el mundo perplejo, empezando quizás por los propios oponentes, que no esperaban la velocidad a la que se han sucedido los acontecimientos. Y siguiendo por todo el mundo, que de una manera u otra ha participado en esa guerra y ha visto como las posiciones inamovibles durante años han pasado a ser meras rayas en el agua, en el mapa de un país que ahora mismo se encuentra tomado por fuerzas rebeldes de muy distinto tipo. Para los aliados de Asad su caída es una derrota en toda regla, y se puede ver cómo Irán y Rusia encajan un golpe duro. El chiísmo alauí, que era la confesión y etnia de la familia Asad, ha sido un aliado fiel de Teherán durante décadas. Ahora la nación persa pierde a una de las grandes piezas con las que jugaba en ese tablero, y con Hezbollah y Hamas semi deshechas, se convierte en el gran perdedor regional en un año, este 2024, que puede ser histórico en la región por los cambios que se están produciendo. Muchos de ellos inesperados.

La toma de un palacio presidencial, la exhibición de sus lujos y el saqueo de algunos de ellos son clásicos de este tipo de situaciones. También lo son la huida del dictador en busca de refugio. Al contrario que Gadafi, Asad logró escapar y Rusia, sin imágenes hasta el momento que lo confirmen, ha anunciado que él y su familia son acogidos en Moscú como exiliados. El número de dictadores que residen en la capital rusa sigue creciendo. La mayor parte de ellos retirados, escapados de las prisiones en las que convirtieron a sus naciones. Uno de ellos vigente, reinante sobre el Kremlin, contemplando hoy una nueva derrota para sus crueles intereses. Putin debe estar rabioso. Ha perdido Siria, y está por ver el futuro de sus bases militares allí.

lunes, diciembre 02, 2024

Vuelco en la guerra de Siria

En la abundante oferta de guerras que vivimos en este tiempo, la de Siria estaba bastante olvidada. No detenida, pero sí abandonada por la mayor parte de los medios. Se sucedían las escaramuzas pero sin grandes novedades, hasta que ha llegado este fin de semana y, de repente, se ha producido un vuelco inesperado, con la derrota de las fuerzas de Asad, las oficialistas, y su pérdida de la ciudad de Alepo, la segunda del país, situada al noreste, lejos de Damasco. Alepo fue conquistada en su momento por las tropas de Asad gracias a la cruel intervención de la aviación rusa, que la arrasó en parte con una táctica de bombardeo salvaje y extensiva. Fue, lo que se dice en el argot, alfombrada.

¿Quiénes ha recuperado el control de Alepo? Es una buena pregunta, y la respuesta es múltiple. Las fuerzas que se enfrentan al régimen de Asad son principalmente tres. Por un lado, la oposición siria a la dictadura, que es la que inició las protestas y hostilidades hace ya bastantes años. Tiene un componente mayoritariamente laico. Por otra parte, hay fuerzas del PKK, el partido de los trabajadores del Kurdistán, que se oponen a Asad porque buscan crear su estado propio y una parte de ese territorio ahora lo ocupa Siria. Y en tercer lugar están las fuerzas islamistas suníes, de tendencia extrema o muy extrema. Asad y su régimen son islamistas chiíes, y por tanto han contado con el respaldo de Irán desde el principio y, de paso, de Rusia, socio colaborador de los Ayatolas desde hace tiempo. El islamismo suní extremista en la región llegó a ser mundial y desgraciadamente conocido como DAESH, el infame estado islámico, que alcanzó un gran poder en su momento y, afortunadamente, fue derrotado y casi exterminado. Ese casi ha permitido que algunas milicias islamistas suníes se rearmen y, con el tiempo, vuelvan a contar con peso suficiente como para emprender una nueva guerra de conquista. Ahora se encuadran bajo las siglas HTS, y mantienen el rigorismo islamista, pero se han vuelto algo más pragmáticos. No buscan la instauración de un califato global y, si me apuran, es el régimen de los talibanes afganos el que está en su referente para el caso en el que consigan hacerse con el poder en Siria, o en las zonas en las que puedan llegar a controlar. De todas las milicias que se enfrentan al régimen estos islamistas son los que poseen mayor fuerza, y aunque se niega una y otra vez, es casi seguro que cuentan con un importante apoyo por parte de Turquía, potencia islámica suní que busca debilitar al régimen de Teherán y extender su influencia en la zona. El que los kurdos, enemigos tradicionales de los turcos, sean aliados de los salafistas de HTS no es algo que haya servido para que Ankara deje de apoyarlos, aunque es probable que si las posiciones de la guerra avanzan se de una vuelta de tornas y Turquía promueva acciones de castigo contra el flanco kurdo del avance. En fin, en medio de todo este caos de alianzas, se ha producido el sorpresivo ataque sobre Alepo y el aún más sorprendente desplome de las fuerzas de Asad, que han mostrado ser una chapuza de ejército, incapaz de ofrecer una mínima resistencia. Lo que permitió al dictador Asad en su momento reconquistar la mayor parte del país durante la fase más álgida de la guerra fue el apoyo en tierra de la milicia iraní de Hezbollah y la aviación rusa, pero ahora ambos aliados están en problemas. Tras la tregua pactada en Líbano, Israel ha dejado a Hezbollah echa unos zorros, muy debilitada y desnortada, y va a tener que usar los pocos recursos que le quedan para tratar de sobrevivir. Por su parte, Rusia sigue entretenida en una cruel guerra en el este de Europa, que Putin pensaba que sería un paseo militar y va camino de los tres años de conflicto. Sin sus aliados, el régimen de Asad está en peligro.

¿Es factible pensar que Damasco puede llegar a caer? No lo creo, aunque vaya usted a saber. Antes de que eso se produzca Teherán o Moscú intensificarán todo lo que puedan sus ataques sobre las posiciones enemigas, y de hecho Rusia ya ha empezado a masacrar desde el aire posiciones en Alepo, buscando impedir el avance de las fuerzas que controlan la ciudad. En esa guerra el nivel de crueldad que se alcanzó en su momento dejó anonadados a todos los que la siguieron, con una saña en la destrucción y asesinatos que deja a las ofensivas israelíes en Gaza o Líbano convertidas en poco más que diplomacia. Siria y, probablemente, Sudán, sean ahora los peores lugares sobre la tierra, donde se desarrolla la violencia más cruel y despiadada.

lunes, octubre 28, 2019

Al Bagdadi ha caído


Como sucedió con la muerte de Bin Laden, que con posterioridad nos enteramos de bastantes detalles y de otros muchos nunca sabremos nada, la ejecución de Abu Baker al Bagdadi, que tuvo lugar ayer, es una de esas grandes operaciones de contrainteligencia que asestan un duro golpe a la organización que el líder preside, en este caso el infame DAESH, que queda descabezada, pero no supone el fin de la organización ni, mucho menos, que nos podamos relajar en la lucha contra el terrorismo islamista. La de ayer fue una jornada de triunfo frente a ese imperio del mal, pero como la hidra clásica, no tardarán en surgir nuevas cabezas dotadas de estrategias mortíferas.

De hecho uno ve la evolución del terrorismo islamista con los años y comprueba que su sofisticación y densidad maligna no dejan de crecer. La caída de Al Queda y Bin Laden fue suplida por la creación del califato asesino de Al Bagdadi, que fue mucho más poderoso y cruel de lo que nuca soñó el malnacido de Osama. Su creación de un auténtico reino del mal logró un éxito sin precedentes, tanto por la extensión del territorio conquistado como por los recursos que llegó a manejar y la población que sometió. Fue necesaria una coalición internacional, que sólo se vio realmente espoleada tras los crueles atentados yihadistas en Europa, en especial en Francia, para derrotar a DAESH sobre el terreno, y se hizo mediante la subcontratación de ese crudo trabajo principalmente a los milicianos kurdos, esos mismos a los que ahora EEUU, es decir, nosotros, volvemos a abandonar a su suerte tras haber derramado su sangre para librarnos de la pesadilla. En pocos lugares como el escenario sirio se han cometido vilezas, traiciones y salvajadas de dimensión tan enorme como irracional. Rusia, que en un principio miraba la situación de reojo, acabó entrando en esa guerra usando el combate contra DAESH como excusa, pero teniendo claro en todo momento que su único interés era el de mantener en pie el gobierno aliado de Asad en Damasco para conservar su acceso al Mediterráneo y posición en la zona. El devenir de los acontecimientos ha sido el mejor de los sueños para los estrategas de Moscú. Asad sigue en el poder de un gobierno que ya controla gran parte del antiguo territorio del país, el islamismo ha sido derrotado en gran parte, las milicias kurdas, abandonadas, se repliegan de sus posiciones y las tropas rusas campan por sus anchas por un país devastado que, en la práctica, empieza a ser un protectorado de Moscú y Teherán, el otro ganador en esta contienda. El papel de los occidentales en la guerra empezó siendo escaso y ha acabado en la más absoluta irrelevancia, o más bien ignominia tras los movimientos amparados por Trump, que si quería regalar el terreno de juego a su amigo Putin al menos podía haber disimulado un poco. La eliminación de Al Bagdadi es un gran golpe, y como tal lo vendió ayer la Casa Blanca, y bien que hace, porque no le falta razón al congratularse de la noticia, pero resulta algo irónico, por usar un término suave, que sean los americanos los que se atribuyen el éxito de una operación que, quizás sí, ha sido finalmente ejecutada por sus tropas, pero que en ningún momento se ha debido a los esfuerzos militares de la superpotencia. La cada vez más evidente intención de Trump de replegarse de los escenarios internacionales de conflicto llevará la tranquilidad a los buenistas que no desean las guerras sólo cuando son encabezadas por EEUU, que ahora observan con dilema que es este presidente precisamente el que les hace caso, pero esa retirada del imperio deja sitio a otros, que actúan aún con mayor crueldad y, desde luego, menor transparencia. Atrévase usted a preguntar a Putin cuál es su estrategia en Oriente Medio, y si es capaz de soportar la fría mirada de ese líder, que expresa odio sereno a cada momento, me lo cuenta.

Y sobre los islamistas, ¿es posible que resurjan? Sí, lo harán, pero de otra manera, sin lugar a dudas. Muchos de sus combatientes y los que hasta allí viajaron para unirse a la pesadilla de DAESH directamente ya no son un problema porque han sido liquidados en la guerra, pero no son pocos los que seguían encarcelados en manos de los kurdos, y uso un término en pasado porque la ofensiva turca de estos últimos días está contribuyendo a que muchos huyan y puedan reagruparse. La zona seguirá siendo inestable mucho tiempo y es casi seguro que muy pocas buenas noticias puedan surgir de allí. Junto con su nuevo aliado turco, Moscú expresa dudas sobre lo sucedido, pero parece que esta vez sí, que Al Bagdadi ha caído. Su vida de terror ha terminado.

viernes, octubre 11, 2019

Turquía avanza en el norte de Siria


Algún día terminará la guerra de Siria, y alguien escribirá un libro en el que la cuente en su totalidad. Empezará con la pretendida ilusión de unas revueltas populares que se llamaron primaveras árabes y que dieron lugar en todos los casos, salvo Túnez, a inviernos de sangre y dictadura. Hoy es el día en el que en tierra siria ha empezado otro capítulo militar de esa interminable contienda, en la que cambia poco el decorado de fondo y se repiten las caras de amargura de los sufrientes, las caravanas de desplazados y la huida en medio del ruido de proyectiles y las columnas de humo que se elevan sobre destrozos ardientes.

Tal y como amenazó, Turquía ha comenzado su ofensiva en la zona fronteriza. Su idea, o así la ha vendido, es la de crear una especie de marca o zona de contención en la resituar a los refugiados sirios que atestan el sur del país y de paso liquidar las posiciones kurdas que se han hecho fuertes en el norte de Siria yq eu suponen un peligro vistas desde el régimen de Ankara. Aviación y tropas turcas han atacado posiciones kurdas y comenzado a provocar la huida de civiles. Los kurdos también han respondido causando víctimas en el lado kurdo de la frontera, y se puede decir que ya tenemos en marcha la guerra turco kurda en la zona. Las consecuencias de este conflicto pueden ser muy serias, y ni mucho menos restringidas a su ámbito geográfico. No es menor la preocupación sobre lo bien que le va a venir al yihadismo de DAESH que aquellos que casi acaban con él sean ahora golpeados, y el riesgo serio de que los prisioneros islamistas que los kurdos conservan en su poder huyan de sus cárceles y se reagrupen de alguna manera. Este es, digamos, un riesgo a medio plazo, pero es que a corto la ofensiva turca ha mostrado claramente la alineación de los intereses de Rusia y Trump en la zona, y fíjense que digo Trump y no EEUU. En la reunión de ayer del consejo de seguridad de una ONU cada vez más irrelevante, se pudo comprobar como Rusia dedicaba algunas malas palabras a los turcos pero que, en el fondo, se desentendía de lo que allí pasase. Como potencia dominante en el tablero sirio, lo que Turquía pueda limpiar de poblaciones problemáticas en el norte del país es algo que se ve con buenos ojos desde Moscú desde sus títeres de Damasco. La representación de EEUU tuvo un papel bochornoso y vino a avalar las posiciones rusas, siguiendo el dictado emanado desde una Casa Blanca que en este episodio está enfangando el prestigio de aquella nación hasta unos límites no ya difícilmente asumibles, sino simplemente inimaginables. Dentro de EEUU existe un movimiento bipartidista que trata de frenar lo que considera, con toda razón, una traición a los aliados kurdos por parte de un Erdogan del que nadie se fía, y se busca aprobar una ley que imponga sanciones a Ankara. Las últimas declaraciones del veleta Trump al respecto muestran un aparente rechazo a la posición de Turquía, pero se expresa en este caso el mandatario con un tono tan comedido que se le nota a la legua que miente, algo que en él es casi la normalidad. Trump ve dinero, negocios a muy corto plazo, y admiración en lo político por los autócratas que no tienen que responder ante parlamentos y electores. Quizás por eso (y por lo que hubiera podido pasar en la campaña de 2016) admira tanto a Putin y se lleva muy bien con él. Y si Putin le dice que cargarse a los kurdos es bueno, pues Trump lo apoya. La fosa moral y política que está clavando el personaje que desgobierna a los EEUU es, en este caso, digna del mayor de los reproches. ¿Qué entiende Trump por aliado? ¿Sólo aquel que le prometa construir uno de sus hoteles casino en su territorio?

La división del consejo de seguridad de la ONU en este asunto no ha venido de la complacencia de las grandes potencias, no, sino del enfrentamiento entre estas y las naciones europeas allí representadas, que han salido en tromba a denunciar la infamia que se está produciendo. Pero no ha tardado en llegar la respuesta del autócrata Erdogan, amenazando con liberar el flujo de refugiados que el mantiene en sus fronteras, a cambio de nuestro pago económico, y provocar una nueva crisis como la del verano de 2016, si las naciones europeas no se callan y le dejan hacer lo que le plazca. Amenazas de primera división que, me temo, surgirán efecto en unas debilitadas naciones europeas donde los movimientos xenófobos no necesitan mucha más gasolina para ser influyentes. Qué absoluta desgracia es todo lo que sucede allí. Sólo dolor e impotencia es lo que genera contemplarlo.

martes, octubre 08, 2019

EEUU abandona a los aliados en Siria


Es habitual ver traiciones en la política nacional, en la que unos se escinden, otros se largan y terceros forman grupos de presión para defender sus cuotas de poder, esperando el momento más preciso para asestar un golpe que derribe al rival. Es el día a día y nos describe como seres humanos de manera precisa. En el campo de las relaciones internacionales, la situación es si cabe más virulenta, porque la inevitable sensación de lejanía que las rodea atenúa los sentimientos de empatía y fortalece los egoísmos propios. Dice un viejo dicho que una nación no tiene aliados, sino intereses, y cuando estos cambian, se producen deserciones y cambios de bando que pueden asombrar e indignar. Correcto lo segundo, pero no debiera darse el primer sentimiento

Ayer mismo EEUU decidió dejar en la estacada a sus aliados kurdos, a nuestros aliados kurdos, que durante varios años han estado matando y les han matado en la lucha contra los yihadistas de DAESH en el polvorín sirio. Las guerras se ganan apilando cadáveres contrarios y recogiendo cadáveres propios, y ante la inacción y cobardía de las naciones occidentales, que no soportamos la muerte de los propios, hemos usado a los kurdos como fuerza de ataque sobre el terreno para acabar con el infame califato yihadista que se había convertido en el autollamado estado islámico. Uno de nuestros socios en esta guerra, Turquñia, siempre fue muy reticente a esta opción, porque los kurdos son para el gobierno de Ankara un dolor de cabeza por su separatismo y actos terroristas. El caso de los kurdos es uno de esos de una nación sentimental formada por un amplio grupo de personas que carece de estado propio, que malvive en el territorio de varios estados que se asientan en lo que ellos consideran su territorio y que es maltratado de una u otra manera por todos los que rigen sus destinos desde las capitales de las naciones en las que viven. Especialmente cruda es la vida de los kurdos asentados en Turquía, Irak y Siria. Pues bien, estos kurdos sirios, y parte de los turcos, son los que han trabajado como fuerza de ataque contra los yihadistas durante estos años para acabar derrotándolos y logrando liberar ciudades como Raqqa, donde instalaron su capital los infames islamistas. Ahora, con el trabajo a medio hacer, con la guerra de Siria aún abierta y con múltiples dudas sobre cómo gestionar los restos del califato y los muchos de sus combatientes que permanecen detenidos, EEUU, por boca y tuit de Trump, ha decidido que se larga de allí y da vía libre a Turquía para que ataque a esas tropas turcas y defina así una tierra de nadie entre Siria y Turquía que le ofrezca la seguridad de que los combatientes kurdos no se den la vuelta y empiecen a luchar contra Ankara a la búsqueda de su supervivencia. En medios militares norteamericanos se ve esta decisión como un disparate estratégico, porque deja la zona completamente descontrolada y a merced de que actores como la mencionada Turquía, Irán o el propio gobierno de Damasco, con apoyo ruso, decidan entrar y convertirlo todo en un nuevo escenario de guerra local. Además, consideran los mandos estadounidenses, con razón, que esa retirada es una traición en toda regla a los que hasta ayer, y durante años, han sido sus aliados, y que eso es repugnante. Y por si fuera poco, que el mensaje conjunto que se obtiene de todo este tema es que la fiabilidad de la nación más poderosa de la tierra es nula, que depende de la voluble voluntad de un presidente que según cómo se levanta tuitea enfadado o directamente histérico. La dimisión hace unos meses del entonces Secretario de Defensa, James Mattis, estaba muy relacionada con este asunto. Trump lleva tiempo diciendo que quería largarse de allí porque no estaba obteniendo los beneficios que esperaba (quizás ansiaba construir una de sus torres con casino en esos terrenos de guerra) y todos los militares le decían que salir de esa forma sería un desastre desde todas las perspectivas posibles. La progresiva retirada de “adultos” del entorno de Trump le está dejando sólo al cargo de las decisiones, y a él parece importarle bien poco si estas son correctas o no.

Este es el último caso de una larga lista en la que Trump como cabeza visible muestra a unos EEUU en retroceso internacional. Es secular la tendencia aislacionista que domina gran parte de la política de ese país, y muchos estarán encantados de que la gran potencia deje de inmiscuirse en asuntos de terceros, pero la retirada de efectivos sin previo aviso y la sensación de búsqueda de un mero interés mercantil en las relaciones exteriores que revela Trump en cada uno de sus mensajes es un disparo a la línea de flotación del prestigio global de su nación, y se festeja en aquellos países que, aspiren al trono o no, actuarán de una manera mucho más descarnada y directa si los EEUU dejan libre el control del poder global. Créanme, Trump es lo peor que le podía haber sucedido a los EEUU, y lo peor que nos ha podido pasar a los occidentales.

jueves, enero 10, 2019

EEUU quiere largarse de Siria


Hemos tomado como normal que decisiones de enorme importancia se anuncien mediante tuits, mensajitos en esa red social del pajarito, que tiene muchos valores, pero que no es el foro adecuado para demasiadas cosas. Se levanta Trump por la mañana, escribe en la red y el mundo se convulsiona. A finales de diciembre anunció que retirará a sus tropas de Siria, una vez que la batalla contra DESH está ganada y el yihadismo derrotado. Como cuando su antecesor Bush hijo dio por ganada la guerra de desde un portaaviones, nada de eso es cierto, pero qué más da, y menos aún le importa a un sujeto como Trump. Esta decisión causó conmoción entre los aliados de EEUU ye n el seno del propio gobierno norteamericano, y colmó la paciencia de Mattis, secretario de defensa, que renunció a su cargo en medio de la decepción global.

Como pasa muchas veces, en más importante el significado de la decisión que los efectos prácticos de la misma. Las tropas que, oficialmente, posee EEUU en el avispero sirio no llegan más allá de los dos mil efectivos, por lo que el papel que han desempeñado en esta guerra es realmente escaso. Obviamente no se sabe cuántos efectivos poseen los norteamericanos sobre el terreno realizando funciones de otro tipo, y pensemos ahí en el espionaje, contrainsurgencia, logística y demás labores poco vistosas pero muy importantes. En todo caso, los años de guerra en Siria han mostrado que EEUU es un actor secundario en este conflicto y que ha actuado, como en muchas guerras modernas, vía proxy, es decir, representado por fuerzas locales, especialmente los kurdos. Lo trascendente del anuncio de Trump es la reiterada sensación de retirada, de abandono, de los EEUU de ese escenario, de otro escenario más, y la entrega del mismo a las fuerzas rusas, qué casualidad. Rusia se implicó en la guerra siria hace ya algunos años de manera muy decidida, sin contemplaciones ni complejos, y la ha ganado, permitiendo que Al Asad siga en el poder en Damasco, y reine sobre las ruinas de su país, y los restos moribundos de sus habitantes. El contubernio ruso iraní se ha hecho con el poder en Siria y es el calor triunfador de este combate, y el papel de EEUU en la zona se ha ido reduciendo paulatinamente a medida que los cazas rusos bombardeaban sin piedad todas las posiciones conocidas, fuera quien fuese el que las ocupase. La decisión de Trump es un regalo a su querido amigo Putin, que tiene el campo libre para extender y consolidar su influencia en la zona, y supone el completo abandono de las fuerzas kurdas, que han obtenido respaldo y aliento por parte de un Washington que, como ayer les comentaba, deja de ser fiable para convertirse en un agente veleta, de poco fuste y nula estrategia de largo plazo. Muchos han sido los kurdos que han muerto en la lucha contra los islamistas de DAESH y, también, contra las fuerzas del dictador Asad, y ahora se encuentran con que su aliado les abandona y que tanto el gobierno de Damasco como el siempre opuesto régimen turco de Ankara pueden actuar en su contra, sin que nadie en la esfera internacional les respalde. El negocio que han hecho las fuerzas kurdas no ha podido ser más desastroso. Ante esta evidencia muchas han sido las voces críticas en Washington que han tratado de virar la postura de un Trump que en este caso se ha mostrado claramente como un agente proruso, peor claro, una vez que has expuesto tus intenciones y dejas al descubierto tus debilidades, difícilmente volverás a una posición de poder que te de respetabilidad. El desplante de Erodogan al enviado norteamericano a Ankara es una buena muestra de cómo EEUU ha tirado por la borda su papel en la zona, en una actuación estratégica indigna de su poderío, absurda en su resultado y humillante para todos sus aliados.

Aunque no la miremos cada día, la guerra de Siria va ya por su octavo año y parece encaminarse al final con el resultado de la victoria de Asad y la ruina completa de la nación. El número de muertos se estima en unos cuatrocientos mil, aunque es realmente difícil dar cifras exactas. Son varios los millones de habitantes que han huido de esa guerra y el destrozo ha hecho retroceder al país a una versión medieval en el mejor de los casos. La influencia chií y rusa es amplia y DAESH, muy debilitado, es apenas una sombra de lo que llegó a ser, pero persisten reductos que pueden ser capaces de avivar su llama si no se mantiene la lucha contra ellos. Todas las guerras son tristes y deprimentes, pero la de Siria lo es especialmente. Ya sólo nos queda ver cómo Asad es recibido con honores en muchas cancillerías para sentir el sabor amargo de la humillación en una de sus más letales dosis.

martes, noviembre 13, 2018

Tres años desde Bataclán


Seguimos mirando a París y a amargos sucesos. Hoy se cumplen tres años de los atentados yihadistas que sacudieron la capital francesa y dejaron helado a medio mundo. Varios comandos asesinos atacaron las inmediaciones del estadio de Francia, donde se jugaba un partido de fútbol, algunos locales de ocio y, sobre todo, la sala de fiestas Bataclán, en la que se celebraba un concierto de rock que acabó convertido en una masacre. Cerca de ciento treinta muertos repartidos a lo largo de los escenarios del ataque resumen lo que allí pasó y dan una idea del horror vivido. No se si París ha vuelto a ser la que fue, pero la herida que supuso en su espíritu y población fue tan severa como profunda.

¿En qué estado estamos actualmente en la lucha contra el yihadismo terrorista? Es esta una pregunta peligrosa, porque no tengo información precisa al respecto y porque una de las maneras de responderse, el tiempo que llevamos sin atentados, puede ser falaz. El último gran ataque islamista que sufrió Europa tuvo lugar en Barcelona, en el verano del año pasado, así que vamos camino del año y medio sin hechos de este tipo. Ese dato es un indicador positivo, porque significa que, o bien los terroristas no han logrado crear planes operativos de ataque o estos, en desarrollo, han sido frustrados por las fuerzas de seguridad, produciendo en ambos casos la nada en la que nos encontramos, vendida nada. ¿Por qué es una impresión de seguridad que resulta falsa? Porque en la trastienda del día a día sigue la lucha constante entre la seguridad y el ánimo terrorista, y bien sabido es que basta que falle una de las piezas de seguridad para que el atentado pueda llevarse a cabo, y de nada sirven decenas de intentonas frustradas frente a una efectiva. Por ello, pese a que podamos tener la sensación de relajación, humanan, natural e inherente a este periodo de no actividad, debemos mantenernos alertas y prevenidos ante lo que pueda pasar. Uno de los miedos que tenían las fuerzas de seguridad a la hora de prevenir atentados en nuestras naciones era todo lo relacionado con la guerra de Siria, tanto el entrenamiento en tácticas de combate que allí se ha dado por parte de los que han viajado al conflicto como el retorno de los mismos, convertidos en personas muy distintas a las que eran cuando marcharon, y el mismo efecto propagandístico que la guerra en levante y el emblema de DAESH ejercía en las células locales, contuvieran o no componentes retornados. Se hablaba de miles de posibles retornados y, evidentemente, el riesgo que comportaban esas cifras se hacía inasumible. ¿Qué es lo que ha pasado finalmente? No está muy claro ni tengo cifras en la mano para decirlo, pero por lo que he leído por ahí me da la sensación de que la mayor parte de los supuestos retornados que se contabilizaban en su momento yacen ahora en las arenas del desierto sirio. La crueldad y extensión de la guerra siria ha destrozado a la mayor parte de fuerzas combatientes, que han sido laminadas por el ejército de Asad con el imprescindibles apoyo ruso. Uno de los grandes derrotados ha sido el propio DAESH. Privado de territorio, ciudades y población dominada, me da la impresión de que una de las órdenes de combate emitidas en su lucha ha sido la de no hacer demasiados prisioneros, en la idea de que un yihadista muerto deja de ser peligroso. Leo precisamente hoy la situación en la que se encuentran algunos centenares de yihadistas occidentales en Siria, retenidos allí en terreno reconquistado por las fuerzas del gobierno, que no son juzgados por los tribunales locales y que no vuelven a los países de origen porque esas naciones, las nuestras, así lo desean. Las cifras son considerables, pero aun así reducidas respecto a lo que uno pudiera esperar. Parece que Siria ya no será caladero de terroristas, al menos de manera tan masiva como lo fue en un principio y se llegó a temer.

Pero el yihadismo es una fuerza terrible, y que actúa en plazos largos, en dimensiones temporales que se escapan al cortoplacismo en el que vivimos los occidentales. Mientras Siria se estabiliza bajo el yugo de Asad, otras regiones como Afganistán o el Sahel vuelven a erupcionar con bandas yihadistas muy conocidas por todos (como los malditos talibanes) u otras de nuevo cuño, especialmente en África. ¿Surgirán de allí movimientos y combatientes que vuelvan a atentar contra nuestras ciudades? Pudiera ser, dado que ya pasó lo mismo en el pasado. Por lo tanto, como reiteraba antes, toca mantener alta la guardia, intensificar el trabajo de las fuerzas de seguridad y, en días como el de hoy, mirando a París y a otros lugares azotados por la barbarie islamistas (en Madrid hay tantos en los que poder fijarse, demasiados) recordar a las víctimas y a sus allegados.

lunes, abril 16, 2018

Ataque quirúrgico en Siria


Tras anunciarlo durante varios días, y buscando el Pentágono modular la verborrea tuitera del Presidente, en la noche del viernes al sábado se produjo el ataque contra objetivos militares sirios encabezado por EEUU, acompañado esta vez por Francia y Reino Unido. Fue un golpe militar más intenso que el ejecutado hace un año, con más de cien misiles de crucero Tomahawk y la presencia de aviones de combate, que no actuaron en la ocasión anterior, pero el alcance de la operación y las intenciones han sido los mismos. Un golpe sobre la mesa para mostrar indignación por el uso de armas prohibidas pero nada más allá, que altere el curso de la guerra o la posición de los combatientes.

Como la vez pasada, parece que esta vez también ha habido una comunicación previa entre los mandos militares norteamericanos y los rusos para evitar incidentes que pudieran degenerar en algo mucho más grave. Los objetivos atacados eran en exclusiva operados por el ejército sirio y ninguna de las posiciones en las que se encuentran los rusos ha sido golpeada o, ni siquiera, rozada. De todas maneras resulta obvio que, a medida que la guerra avanza, la relación entre Rusia y los países occidentales se deteriora y que el riesgo de que las cosas empeoren existe y es visible para todos los actores. En el primer ataque, hace un año, ese riesgo se contaba como una posibilidad cierta, pero no se le atribuía la gravedad con la que se ha tratado en esta ocasión, y eso se debe a esas relaciones que van a peor, y que puede que hayan llegado ya a un punto de no retorno. Con la guerra siria entrando en su tramo final (o eso parece) y el país convertido en un protectorado de facto del poder ruso, Putin ve cada vez con menos derecho al resto de países para inmiscuirse en un terreno y conflicto que lo considera suyo, y ganado por él. La localidad de Duma, que fue donde se produjo el ataque químico de la semana pasada, ya conquistada para el régimen de Asad, ha sido tomada por tropas que, directamente, enarbolaban banderas rusas, lo que muestra hasta qué punto Siria ha dejado de ser un país independiente como tal y va camino de ser una nueva Checoslovaquia o, más precisamente, una nueva república islámica tipo Kazajistán en la época de la URSS. Por eso la actuación aliada de este pasado fin de semana no va a tener consecuencia alguna en la evolución de la guerra ni en lo que allí acontezca. Su valor es testimonial, aunque sirve como toque de atención, aviso a navegantes amantes de las armas de destrucción masiva. Algo así como “no necesitamos ni a la ONU ni a nadie para intervenir” en caso de que se demuestre el uso de ese armamento. ¿Es una advertencia a Rusia? Quizás también, aunque no me atrevería a tanto. Se multiplican los artículos que hablan de una nueva guerra fría y, frente a ellos, otros muchos que señalan las diferencias entre lo que vivimos en la actualidad y lo que sucedió entonces, idea que comparto, pero sí hay un factor de los años del telón de acero que vuelve con fuerza, y es el recelo creciente, absoluto, incompatible, entre occidente y Rusia, entre las democracias y el autoritarismo. Ver el ataque del viernes como un aviso, en forma de golpe militar, destinado a un personaje como Putin que sólo hace caso a señales de fuerza quizás sea demasiado retorcido, pero es indudable que la capacidad tecnológica y de poderío del ejército ruso poco puede hacer frente a las fuerzas norteamericanas, más allá de las bravatas que Vladimir lance en campañas electorales amañadas. En este clima de tensión, en el que se incluye también la cada vez más deteriorada relación entre Rusia y Reino Unido, envenenamiento de Skripal de por medio, el ataque del viernes es otro paso más en el proceso de división, de separación de ambos mundos, yd e rotura de puentes y enlaces. Ese es el gran riesgo, que lleguemos a un punto de no retorno.

En los años de la guerra fría, por debajo de la mesa, existían canales de comunicación establecidos, seguros y de confianza entre las dos superpotencias con el objeto de amansar las crisis que se desataban cada dos por tres en todos aquellos conflictos terceros en los que actuaban de parte. ¿Existen hoy esos canales? Es una excelente pregunta, y suponer que sí sin certezas no da tranquilidad alguna. La errática y caótica política de Trump añade un factor de inestabilidad muy grande a la situación presente, aunque de lo visto en esta minicrisis parece deducirse que las tuiteras soflamas infantiles del presidente son encauzadas por la inteligencia del Pentágono, quizás uno de los últimos lugares que quedan sin ser corrompidos por el “trumpismo”. En todo caso, la guerra siria sigue. Y a los que allí mueren a nadie importan, ni antes ni ahora.

martes, abril 10, 2018

Nuevo riesgo de escalada en Siria


Llevamos ocho años de guerra en Siria, y la sensación de que este horrible conflicto se acabe de una vez no acaba de llegar. Desde el principio ha sido una guerra sucia y cruel, que ha ido escalando en intensidad y alcance, hasta implicar a todas las potencias regionales, de manera directa, y a las superpotencias, directamente a Rusia, no de manera tan clara a EEUU, en lo que desde hace tiempo se parece a una guerra mundial a escala. El número de contendientes, las distintas alianzas y los riesgos son tales que su complejidad se escapa al análisis básico, y varios han sido los momentos en los que el conflicto ha amenazado con extenderse hasta un grado global. El de ahora es uno de ellos.

Pocas dudas hay sobre el uso de armas químicas este pasado fin de semana por parte de las fuerzas leales a Asad en su ataque contra posiciones enemigas en Duma, una de las pocas ciudades, por llamar de alguna manera a esos enjambres de escombros que muestran las televisiones, que aún no se encuentran en manos de régimen de Damasco. Asad, gracias a la ayuda rusa, va a conseguir ganar una guerra que se le había puesto muy difícil, aunque su gobierno se extenderá sobre las ruinas de un país arrasado y despoblado. En ocasiones anteriores su régimen ya ha usado armamento químico, tres veces según aseguran fuentes internacionales, sin que realmente sea muy necesario recurrir a armas tan destructivas, sobre todo desde que el ejército ruso entró a formar parte de los refuerzos de su régimen. El primero de los usos de este armamento, que fue señalado por Obama como línea roja que no se debía traspasar, no supuso castigo para el régimen, y sí la puesta en marcha de un programa internacional para quitarle todo el armamento de este tipo que pudiera tener y destruirlo. ¿Fue eso un error? Creo que sí, dado que parece obvio que pese a las promesas Asad no se deshizo de todas sus letales provisiones. Además, el incumplimiento de la promesa ultimátum de Obama, dejó sobre la mesa un claro mensaje de no injerencia por parte de EEUU y, a su vez, la puerta abierta para que otras naciones, como Rusia, Irán o Turquía, actuasen sin disimulo y dando rienda suelta a sus planes e instintos. El último de los ataques químicos hasta la fecha, sucedido ya bajo la presidencia de Trump, fue respondido por EEUU con el lanzamiento de varios misiles Tomahawk desde barcos del Mediterráneo que destruyeron instalaciones aéreas de Asad y, probablemente, algunos aviones rusos que en ellas se encontraban. Fue un momento muy tenso, pero la ausencia de respuesta militar siria y rusa hizo que se quedara en un hecho aislado. Ante el ataque de esta semana, la respuesta tuitera y mediática de Trump ha sido airada, similar a la de la vez pasada, y ha dado un plazo de uno o dos días para decidir cómo responder, manteniendo de mientras contactos con algunos países aliados, especialmente Francia, buscando quizás no colaboración militar (EEUU no necesita a nadie para ello) pero sí respaldo diplomático ante la posible respuesta que se ejecute sobre suelo sirio. ¿Optará Trump por una respuesta similar a la de la vez anterior? Lo lógico sería que sí, que se limitara a un ataque puntual contra algunos objetivos señalados, habrá cientos de posibilidades sitas sobre su mesa para escoger. Y pese a las airadas respuestas diplomáticas de Rusia y el régimen, que niegan la mayor del ataque y aluden a los riesgos de una respuesta de este tipo, si se produce es probable que, como pasó en la vez anterior, sus palabras se queden en eso y poco más. El régimen ve el final de la contienda y su victoria, EEUU ha anunciado el deseo de sacar cuanto antes del terreno a los pocos militares que allí tiene y Rusia e Irán han logrado un dominio regional en la zona que no entraba ni en sus mejores sueños. Para qué complicarse con una respuesta.

Esto indica la lógica, pero también existe la posibilidad, escasa, de que no todo suceda de esta manera. La mera presencia de tropas y armamento ruso y estadounidense sobre el terreno, actuando cada uno de ellos en bandos opuestos, abre la posibilidad de que, por error o cualquier otra causa, uno cause bajas al otro, generando una posible situación de crisis de graves consecuencias. En el contexto actual de deterioro acelerado de las relaciones diplomáticas entre Rusia y occidente cualquier suceso no previsto puede escalar la situación y ponernos ante escenarios realmente graves. Siria, en todos estos años, ha sido un escenario muy arriesgado para la paz global, y una tumba para sus ciudadanos, que no importan a nadie. Muy atentos a lo que pase en los próximos días, y al alcance de las respuestas mutuas.

martes, febrero 27, 2018

Guta. Siria. El horror

En el catálogo de horrores universales que se dan en nuestros días, la competición está disputada y se centra en dos focos no muy alejados uno de otro, con un común decorado desértico, arenoso y cálido, pese a estar en Febrero. Apenas nos enteramos de lo que pasa en Yemen, inmerso en una cruel guerra, desatada por su poderoso vecino Arabia Saudí, y en la que los enfrentamientos civiles se suman a las luchas religiosas entre sunís y chiís, y todo ello aderezado con una epidemia de cólera que crece sin cesar y que mata tanto o más que la propia guerra. Como de eso no sabemos nada ni vemos imágenes, ni nos indigna ni impresiona, y en el desconocimiento encontramos la excusa para la inacción.

Para el caso de Siria tenemos que recurrir a otro tipo de excusas para argumentar nuestra indiferencia, porque poco y mal, que ya se encargan los combatientes de que así sea, pero algo nos enteramos de lo que allí sucede, y cada día supera en horror al anterior. Alepo se convirtió hace un año en un remedo de Stalingrado, con menos víctimas, pero igual crueldad urbana, infinita y desatada. La caída de la ciudad en manos de las tropas del régimen de Asad y sus amigos iraníes y rusos supuso el exterminio de la oposición, y en este caso no estoy recurriendo a metáforas literarias, y la pacificación que siempre llega tras la conversión de lugares habitados en cementerios. Y con ello Alepo desapareció de los titulares. Parecía que la guerra de Siria se acababa, y eso siguen afirmando los expertos, que su final está cerca, una vez que las tropas aliadas del régimen acaben con todos los reductos de insurgencia. Y uno de esos últimos bastiones rebeldes es Guta, un enclave muy cercano a la propia ciudad de Damasco, que está siendo golpeado con saña y fiereza por parte del régimen para destruirlo del todo y anexionarlo a la zona controlada por Asad, quizás con vistas a una futura negociación de paz (qué hipocresía) en la que cada ciudad y trozo de arena controlado supone una ventaja más en torno a una mesa diplomática. Por cientos se cuentan los fallecidos en estos últimos días en Guta, masacrados por la aviación del régimen y las fuerzas rusas, que laminan sin cesar la zona, sin distinguir si el objetivo que alcanzan es un combatiente rebelde, un islamista, un yihadista, un kurdo o un civil ajeno a todo. Da igual, el objetivo de la campaña es laminar Guta, exterminarlo, convertirlo en otro erial en el que, si nadie queda, nadie pueda ser opositor al régimen. Las reglas de la guerra, arcaicas convenciones de caballeros de épocas pasadas, hace tiempo que fueron olvidadas en los conflictos entre hombres, y en Guta se dispara de manera indiscriminada, se bombardea sin precisión alguna con cargas brutas, esos llamados “barriles bomba” que destruyen edificios completos sin que sea posible controlar el lugar de su impacto ni su posterior deflagración, y abundan los testimonios de heridos que están afectados por cloro y otras sustancias químicas, nueva muestra de que el régimen de Asad no ha dejado nunca de usar armamento no convencional, de destrucción masiva si lo prefieren, pese a los bloqueos y admoniciones de una acobardada, e inútil, comunidad internacional. En una muestra de quién y cómo se controla la guerra de Siria, portavoces del gobierno ruso han anunciado que en breve se pondrán en marcha corredores humanitarios en Guta, para cumplir la petición de la ONU de un alto el fuego. Quizás por esos corredores transiten gatos y perros, únicos supervivientes de la ciudad, ya se encargarán Asad y sus socios (y jefes) rusos e iranís de “regular” el tráfico de personas.


Y mientras tanto, hora tras hora, día tras día, la muerte se enseñorea de Guta, convierte a los hospitales en morgues, incapaces de realizar cualquier tipo de asistencia sanitaria en unas condiciones que son inimaginables para cada uno de nosotros, y las voces de algunos de los residentes allí, de los que sobreviven, usan Twitter y otras redes sociales para relatarnos su horror, para “molestarnos” a la hora de comer y cenar con, otra vez, la interminable guerra de Siria. Esa “molestia” es una llamada de auxilio a la que no contestamos en el pasado, a la que no contestamos ahora, y a la que, probablemente, no vamos a contestar nunca. La tragedia Siria es su guerra, y nuestra indiferencia, el mantener la duda de si pudimos hacer algo para evitar este horror y, siendo capaces, no quisimos.

lunes, febrero 19, 2018

Munich, Israel e Irán

La imagen es muy gráfica y expresa, de una manera clara, como la tensión puede seguir creciendo en una zona del mundo que siempre vive sobrada de motivos de disputa y peligros. Sobre un modesto atril, desde el que habla a la concurrencia, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu sostiene con su mano derecha un trozo de chatarra sucia, y se dirige al jefe de la diplomacia iraní, presente en la sala, para pedirle que se la quede, porque es suyo. Con este golpe de efecto el primer ministro da consistencia al incidente producido hace un par de semanas, cuando el ejército israelí derribó un dron, que Jerusalén afirma era de procedencia iraní, en lo que luego se convirtió en un acto de guerra que acabó con el derribo de un avión israelí por los antiaéreos sirias

Munich ha sido el escenario de este nuevo enfrentamiento regional en Oriente medio. En la ciudad bávara se celebra, todos los años, la llamada conferencia de seguridad, un foro de debate entre representantes diplomáticos de medio mundo que, sin tantos focos ni alharacas, algunos asemejan a una especie de mini Davos, centrado en exclusiva en las relaciones internacionales, y con la presencia de no muchas figuras, pero siempre relevantes. En Munich siempre se producen debates y declaraciones interesantes, y más en estos tiempos en los que eso que llamábamos orden internacional va cayendo, progresivamente, en un desorden cada vez más preocupante. La retirada de la primera fila de EEUU como gendarme global y, en paralelo, el ascenso de una China que, pese a todo, sigue sin tener un papel global en el mundo, están creando una especie de tierra de nadie en la que los diferentes actores locales actúan de manera muy “suelta” por así llamarla, y mantienen en marcha conflictos sobre los que las grandes potencias no quieren establecer frenos. El caso de Oriente Medio, siempre convulso, ejemplifica bien esta situación. La tensión regional va a más y está creando dos claros bandos con extraños compañeros de cama. Por un lado, Irán, enorme potencia regional, que extiende sus tentáculos chiíes por Siria, Irak y Líbano, controlando en parte en la actualidad esos países o regímenes. Frente a ese poder se está creando una coalición en la que la suní Arabia Saudí e Israel, enemigos acérrimos, acuerdan posturas, movimientos y declaraciones, en lo que no es sino una relación envenenada, unida sólo por el odio y temor hacia un enemigo común más poderoso. Cada uno de estos socios contra natura mantiene escaramuzas propias en su vecindad, relativamente controladas las israleítas y degeneradas en una cruel guerra las saudíes en el Yemen, pero no consta oficialmente que colaboren en el teatro común de enfrentamientos de la zona, que es Siria, aunque sí se sabe que actúan por separado. De hecho en el teatro sirio todos se enfrentan a todos, de una manera desorganizada, desde hace años, y aunque la guerra parece dirigirse hacia su final, las escaramuzas y combates continúan, y no están nada claro cuál será el tablero final que se componga cuando, algún día, se firme una especie de armisticio en ese torturado país. En un fantástico artículo de ayer, Lluis Bassets describía perfectamente el cenagal en el que se ha convertido Siria, los enfrentamientos cruzados que se dan entre todos los actores que allí tratan de ganar posiciones y cómo la guerra ha ido creciendo en dimensión y peligrosidad con el avance de los años, haciendo que más y más países se involucren, grandes potencias incluidas. Rusia lo ha hecho de manera descarada, y lleva las de ganar, EEUU de manera más o menos discreta, y lleva las de perder, y a China ni se le ha visto ni se le espera, en un escenario en el que, como mínimo, es ajena. ¿El posible final de la guerra de Siria supondrá una mayor estabilidad en la región o será el preámbulo de otro enfrentamiento, entre nuevos actores? Esta es, quizás, la pregunta más importante que tenemos sobre la mesa.


Muchos apuestan por la inevitabilidad de una nueva guerra. Si no pasa nada raro la victoria ruso iraní sobre el terreno crea un poder regional enorme que intranquiliza a todos sus vecinos, que es difícil que se queden de brazos cruzados esperando los futuros pasos de un liderazgo encabezado por un crecido Teherán. Israel, con el beneplácito de Trump, ya ha asegurado que se reserva el derecho de actuar, y la principal pieza que garantiza algo de seguridad en la zona, el acuerdo nuclear entre occidente e Irán, se ve asediado por todas partes. Su ruptura sería un desastre, y quizás la espita para que algo mucho más serio, e igualmente grave a lo visto en Siria, se diera en un lugar del mundo en el que la palabra guerra se invoca día a día en todos los idiomas posibles. Mucho ojo a lo que vaya a pasar allí en los próximos meses y años.

viernes, abril 07, 2017

EEUU ataca Siria tras seis años de guerra

En la noche de ayer crecía, como un rumor incesante, la inminencia de una posible acción militar de EEUU sobre territorio sirio, como respuesta al ataque lanzado por el régimen de Asad con armamento químico. Los corresponsales de los medios en EEUU hablaban de generales en televisión explicando escenarios y, en general, daba la sensación de que había que estar alerta a lo largo de este fin de semana por lo que pudiera pasar. Finalmente los hechos se han precipitado, y hace apenas tres horas la marina norteamericana ha lanzado más de cincuenta misiles Tomahawak, de largo alcance, sobre territorio sirio, destruyendo una base aérea del régimen, desde la que se cree despegaron los vuelos que utilizaron el mortífero armamento.

Dos eran los escenarios de los que se hablaba ayer. Uno, al parecer el empleado, consistía en un ataque de castigo a distancia, con intenciones quirúrgicas y queriendo enviar el mensaje de que acciones del tipo de las denunciadas a lo largo de la semana no salen gratis. Era en principio una operación sencilla, no invasiva y útil como señal de advertencia. Requeriría, como así parece haber sucedido, conversaciones previas con Rusia, para advertirle del momento y lugar del ataque para, sobre todo, evitar la muerte de soldados de Putin, lo que sería como mínimo peligroso. El otro escenario debatido, más duro y peligroso, era el de una intervención aérea en la que aviones norteamericanos atacasen objetivos en tierra. Sería una operación a mayor escala, más invasiva, y con mayores riesgos, empezando por el de los propios pilotos estadounidenses. La sola idea de que alguno de los aparatos fuera derribado, o que se produjera un error y aviones rusos que no cesan de volar sobre Siria fueran objeto de ataques empezaba a poner nerviosos a los comentaristas. Finalmente ha sido la primera de las opciones la escogida por el alto mando de Trump, en una acción que, por su naturaleza, no necesita de continuidad y, sobre todo, sirve como señal de advertencia. En 2013, tras el primer uso certificado por la comunidad internacional de armas químicas en esta guerra, que en aquella ocasión causó más de mil muertos, Obama tuvo sobre su mesa un plan muy similar al ejecutado esta noche, una vez que anunciara públicamente que su línea roja para intervenir en la guerra era el uso de armamento no convencional. En aquel momento Obama no actuó, no está claro si le pudo el miedo, la responsabilidad, la incertidumbre del después o lo que fuera, pero el caso es que no lanzó ataque alguno. Eso debilitó notablemente la posición norteamericana en el avispero sirio y dio, en la práctica, pista libre a la acción decidida a favor del régimen de Asad por parte de Rusia. En aquel momento la mayor parte de las voces respaldaron la no acción de Obama, o al menos no criticaron su inacción. Había un enérgico tuitero llamado Donald Trump, que entonces no soñaba con ser presidente, y el resto menos con verle convertido como tal, que gritaba con fuerza desde la red social contra la intervención de la Casa Blanca en aquella guerra. Cuatro años después, la guerra sigue, se enreda sin fin, y es Trump el que, desde su despacho oval, ha dado la orden de ejecución de lo que en su momento hubiera negado para Obama. Cuántas vueltas da la vida. ¿Ha actuado Trump correctamente? Me inclino a pensar que sí, y doy por sentado, lo cual es mucho, que este ataque cuenta con el beneplácito de Putin, oficialmente consta que se le informó del mismo, y de Xi Jinping, presidente chino, con el que Trump se reunió ayer en su paraíso de Florida. El ataque es, también, una señal de fuerza de Trump, que en su primera crisis internacional muestra que está dispuesto a utilizar todas las opciones, fuerza inclusive. En Corea del Norte habrán seguido lo sucedido esta noche con mucho interés.


Lo que no tengo claro, ni yo ni nadie, es cuáles pueden ser las consecuencias futuras del ataque, tanto en lo que hace a la infinita guerra siria como al papel de EEUU y Rusia en ella y a sus propias relaciones. Desde hace tiempo Siria juega el papel de mini guerra mundial en la que se enfrentan potencias, religiones, e ideologías globales, con una saña, violencia y destrucción difíciles de concebir. El conflicto no se acaba nunca y sigue teniendo la capacidad de extenderse más allá de sus vecinos y convertirse en una peligrosa crisis global. Si EEUU y Rusia acaban chocando en el escenario sirio, bien sea por intención o por accidente, las consecuencias pueden ser muy peligrosas. Si tenían esa guerra fuera de sus radares, vuelvan a fijarse en ella, no sólo por una cuestión de justicia, que es la mayor, sino porque lo que allí suceda puede acabar influyéndonos de muchas maneras. Cuidado.

miércoles, abril 05, 2017

Guerra química en Siria, otra vez

Ya hemos perdido la cuenta de las atrocidades que los siete años, siete, que lleva en marcha la guerra de Siria nos ha mostrado. Imágenes todas ellas dolorosas, de esas que “hieren la sensibilidad” como dicen los presentadores de los telediarios, que se ven forzados en el caso sirio a usar esa expresión que ya sólo utilizan referidas a escenas de maltrato animal. Las carnicerías humanas ya no nos afectan tanto y pasan con indiferencia ante nuestros ojos. Tras la caída de Alepo, que tuvo algunos minutos de gloria en las portadas de los informativos, la guerra siria volvió al fondo de armario de la actualidad. Sus muertos, asesinados de manera convencional, ni interesan ni venden.

Hace falta que en Siria se asesine de manera alternativa para que la rutina de la muerte masiva se vuelva a convertir en noticia. Es necesaria una masacre enorme, imágenes muy duras o, como es este caso, el empleo de armamento no convencional, lo que vuelve a llamar la atención de nuestras mentes y medios, y nos hace girar un instante la cabeza hacia ese constante polvorín que, como volcán en erupción perpetua, no deja de exhalar fuego y muerte. Ha sido esta vez en Jan Sheijun, localidad que yo no sería capaz de situar en el mapa sirio ni, sin que me dijeran a qué país pertenece, en el mapa global. Decenas de cuerpos se encuentran tirados por las calles, portales y establecimientos, en lo que parece el resultado de un ataque con armamento químico, mediante algún tipo de gas. No hay mucha sangre, y los cuerpos permanecen quietos, algo hinchados. En las escenas de televisión son rociados con agua por parte de los presentes, regados con mangueras, mientras otros se encargan de moverlos para sacarlos del lugar en el que han caído y llevarlos a quién sabe dónde. No se escuchan muchos gritos ni aspavientos, parece como si el silencio de la muerte se hubiera contagiado entre todos los presentes, caídos o no, y el tiempo fuera oro entre los escasos vivos para hacer lo que les corresponde con los muertos antes de juntarse con ellos. La localidad está en manos de los rebeldes, en una provincia controlada por rebeldes, fuera de la influencia del gobierno de Asad, y no es este el primer ataque aéreo que sufre ese pueblo y sus alrededores, castigados habitualmente por la aviación del régimen y la rusa, aunque sí parece que es la primera vez que en los ataques se utiliza armamento químico, que visto lo visto resulta especialmente eficaz para los propósitos de quienes lo han arrojado. No es la primera vez que vemos escenas así, hace ya tres veranos creo recordar se vivió una crisis por el empleo de armamento igualmente letal contra otra población, cuyo nombre soy incapaz de recordar, y las escenas televisivas, o al menos el recuerdo que tengo de las mismas, era muy similar, con cuerpos y más cuerpos apilados de manera informe, en pasillos que se convertían en morgues improvisadas, con ese cierto hinchazón que antes les comentaba y escasez de sangre. Fueron unos cientos los muertos en aquella ocasión los muertos que se contabilizaron en el ataque, intensas las condenas de la comunidad internacional, varias las reuniones de alto nivel para decidir qué hacer, numerosos los lavados de manos ante la barbarie y, finalmente, un acuerdo por el que el gobierno de Asad destruí parte de sus arsenales químicos fuera de Siria, en buques en el Mediterráneo y en zonas terrestres alejadas del país. Y pelillos a la mar. Como en las farsas que organiza ETA para mostrar que renuncia al armamento, Asad debió destruir algunos barriles con contenido químico y quedarse con una buena provisión de los mismos, porque será dictador y cruel, pero no estúpido, esperando la mejor ocasión para volver a usarlos. Durante el sitio de Alepo había demasiados ojos externos puestos sobre aquellos ataques y no parecía el momento adecuado para utilizarlos. Ahora, con la guerra otra vez fuera del foco mediático, se pueden volver a usar sin mucho riesgo.


¿Se va a producir algún cambio respecto a la secuencia de actos recorrida hace ya algunos años en el anterior ataque químico? Poco probable. Las condenas empezaron ayer, con salida de pata de banco de la administración Trump, cosa que ya ni llama la atención, y hoy se reúne el Consejo de Seguridad de la ONU para condenar un ataque realizado por el socio ruso en la guerra siria. Con la actual implicación de Rusia en la guerra y las buenas y complejas relaciones entre la administración de Putin y casi todos los personajes que rodean a Trump no esperen mucho más allá de comunicados de condena, palabras de congoja y caras largas. Y después, nada. Y en esa localidad llamada Jan Sheijun, mañana, lo de siempre. Pero ya sin la presencia de medios de comunicación, que buscarán otro lugar en el que poner un foco que nos conmueva.

miércoles, diciembre 14, 2016

La caída de Alepo, el Stalingrado sirio


2016 agoniza, y este año sorprendente también lo ha sido, por sexta vez consecutiva, el de la guerra de Siria, el que probablemente es el conflicto armado más violento, cruel y complejo de los que ahora mismo se desarrollan en el mundo. Seis años de salvajismo entre todas las partes imaginables en los que la entrada de las tropas rusas en apoyo de Al Asad, hace más de un año, empiezan a decantar la batalla a favor de las tropas del régimen. Alepo ha sido, durante cuatro años (párense a pensarlo un instante, cuatro largos años) frente de batalla, de bombardeos y asesinatos. Sus calles, convertidas en ruinas, han pasado de un bando a otro mientras en ambos se moría a discreción.
 
Ayer Alepo cayó. Cayó para el bando de Asad. Los últimos bastiones de la resistencia antigubernamental dejaron sus posiciones en la ciudad vieja y el este de la urbe, reducidas las zonas bajo su control apenas a unas pocas manzanas derruidas y miserables. Durante muchísimo tiempo hemos estado viendo escenas de guerra urbana, bombardeos, hospitales desangrados, rescate de cuerpos aplastados por forjados y otras muchas imágenes por el estilo, y la mayor parte provenían de ese Alepo que, hace apenas cinco años, era la segunda ciudad en población de Siria, con algo más de dos millones de habitantes, y la capital económica del país. Hoy de esa ciudad, de su riquísimo patrimonio histórico, de su fortaleza comercial y de muchos de sus habitantes no queda nada. Nada. Los que no pudieron huir cuando los combates llegaron a la puerta de sus casas se quedaron encerrados en ellas, sometidos bien al régimen de Asad o a los rebeldes, ambos llenos de fanatismo y odio mutuo y con ganas de revancha. El tercer grupo de población, el que no quería la guerra, el mayoritario en todos los conflictos, quedó recluido en la zona en la que tuvo la desgracia de caer, y allí han subsistido algunos y muerto la mayoría. Los escombros de Alepo son, en cierto modo, un camposanto improvisado, un cementerio en el que, bajo cada pedazo de hormigón y montaña de cascotes se esconden cuerpos, abandonados en muchos casos, que nadie reclamará nunca ni querrá enterrar. Años de guerra urbana de una ferocidad no vista desde los tiempos de Stalingrado, en los que el decorado invernal de la ahora ciudad rusa fue sustituido por el amarillo desértico, y los copos de nieve por la fina y amarilla arena. Pero las mismas escenas de desesperación y agonía que se vivieron durante el año largo de asedio nazi al centro industrial soviético se han repetido a lo largo de estos últimos años en torno a las mezquitas, barrios y calles de Alepo. No pudimos ver en los años cuarenta ese asedio retransmitido por televisión, tenemos crónicas del mismo, fotos, e imágenes dispersas. Testimonios de testigos que contaban las atrocidades y relataban la desesperación con la crudeza y seriedad con que lo hace el que la ha vivido en primera persona. Sí hemos podido visto ver en nuestras casas el asedio de Alepo, los bombardeos, escuchar los impactos de los barriles bombas, ver los hongos crecientes en el horizonte que significaban otro edificio demolido y nuevas vidas perdidas. Escuchar el tableteo de las armas automáticas, empuñadas por a saber qué facción, oír a testigos que, ahora por internet, cuentan idénticas pesadillas a las que escribían en cartas los que se hacinaban a las orillas del helado Volga. Hemos podido ser testigos de la guerra. Nada hemos hecho para detenerla y reducir sus estragos. Sólo la hemos contemplado y, cuando nos cansaban, veíamos otra cosa.
 
Se dice que hoy muchos civiles atrapados en la zona rebelde serán escoltados por fuerzas gubernamentales y sacados de manera segura de aquel infierno. Muchos de ellos saben lo que de falso hay en esos mensajes, y son conscientes de que serán asesinados por los leales al régimen tras permanecer tanto tiempo bajo las filas enemigas. Cuando esas vidas sean cortadas, otras respirarán aliviadas, las de los civiles que, refugiados en la zona gubernamental, sabían que ese sería su mismo destino en el caso de que la batalla urbana la hubiese ganado la facción rebelde. Nada hicieron unos y otros por merecer el destino que les aguarda, por salvarse o ser asesinados. Unos podrán contar su experiencia, otros no. Eso es la guerra.

lunes, septiembre 12, 2016

Otra tregua en Siria

Tras cinco años de imparable y salvaje guerra en Siria, cada uno de los anunciados altos el fuego que se han sucedido ha ido seguido de un mayor escepticismo. Treguas humanitarias, para crear corredores de abastecimiento y huida de ciudades sitiadas, que se ponían en marcha un lunes y, para el viernes, no eran sino mero recuerdo entre el nuevo fragor de los disparos y bombardeos. Con el paso del tiempo esa guerra se ha ido envileciendo y complicando de una manera tal que, hoy en día, nadie es capaz de afirmar qué es lo que la podrá parar. Hoy comienza una nueva intentona. Ojalá me equivoque, pero es probable que sirva para muy poco.

De hecho, la ambición del pacto es tan escasa que sólo aspira a detener la guerra durante dos días, cuarenta y ocho cutres horas sin combates, apenas un respiro. Menos es nada, cierto, pero esto casi lo es. Por buscarle algo positivo al acuerdo, lo han rubricado EEUU y Rusia, las dos grandes potencias que actúan en el tablero sirio apoyando a algunos de los agentes en conflicto (EEUU a las milicias rebeldes no islamistas y Rusia al gobierno de Asad) y se ha sumado a la tregua el gobierno turco, que ha abierto estas semanas un nuevo frente en el norte al penetrar con tanques en territorio sirio para luchar contra los kurdos. La principal fragilidad de este acuerdo, y de todos los que se suscriban en el futuro, es que son demasiados los agentes que se están atacando sobre el terreno y las dos grandes potencias apoyan, pero ni mucho menos controlan, a solamente dos de ellos. Es por ello que, pese a que desde Washington y Moscú se quieran embridar los combates, éstos ya poseen una dinámica propia que los hace muy difícil poder parar: Recordemos que, junto a los dos bandos clásicos mencionados (Asad versus rebeldes) se enfrentan las milicias islamistas, tanto de la rama de Al Queda como de DAESH, los kurdos y los turcos. Casi se puede decir que se enfrentan todos contra todos, y poseen territorios que se cruzan y superponen en medio de un desierto atroz. Recordemos también que el objetivo de las potencias internacionales es doble, por un lado parar la guerra y, por otro, lograr la derrota de los islamistas, especialmente de DAESH (de hecho este nanoacuerdo permite seguir combatiendo a esas milicias islamistas, cesando el resto de frentes), lo que hace que, en el fondo, se apoye a todos los grupos que luchan contra esos desquiciados. Y esa es la gran baza que posee Asad para seguir usurpando un poder ilegítimo que no suelta ni a tirso, muy literalmente. El enjambre sirio ha desestabilizado la zona en su conjunto y ahora mismo no es sino un agujero negro que, en contra de lo que sucede en la física, expele refugiados a millares mientras devora vidas y recursos sin cesar. Quizás sea ahora mismo la guerra más mortífera y compleja de todas las que se desarrollan en el mundo, y nadie es capaz de determinar ni cómo ni cuándo se acabará. Lo único seguro es que el país está destrozado, la mitad de su población ha huido, más de cuatrocientas mil personas han muerto y nada queda de lo que una vez fue una nación señera en lo comercial, turístico y simbólico. Siria ha muerto en el transcurso de la guerra.


Es evidente que estas iniciativas de treguas parciales no sirven para mucho, aunque quizás sean la única manera de encauzar una guerra completamente descontrolada. Parece obvio que en Washington y Moscú se ve claramente cómo seguir apoyando al socio local (esto es más sencillo para los rusos que para los norteamericanos) pero no se tiene una estrategia clara ni de cómo derrotar al adversario ni, al menos, llegar a una situación de tablas que obligue a todos a parar los combates. Quizás sea el mero agotamiento, la muerte de todos los que están sobre el terreno lo que acabe frenando los combates. Recordemos. Cinco años de guerra, cinco años. Y el horizonte es desolador.

miércoles, agosto 24, 2016

Niños que mueren en la guerra de Siria

Consumimos imágenes a la misma velocidad, fantástica, a la que las generamos, devaluándolas cada vez más. Los símbolos, que antaño duraban un tiempo más que prudencial para que se asentasen en nuestra memoria, son ahora tan fugaces como livianos. Cada día, a cada momento, generamos escenas y visiones de lo que ocurre a nuestro alrededor cargadas de fuerza, dramatismo y, muchas veces, fiereza, pero apenas les dedicamos unos instantes, y las olvidamos, y otras miles de imágenes que se suceden sin reno vienen a sepultarse, una tras otra, en nuestra retina. No llegan a la memoria. Ninguna de ellas.

Ese niño sucio, lleno de polvo y escombros, que la semana pasada vimos como nuevo símbolo de la guerra de Siria ya está más que olvidado. Su predecesor, Aylan, aquel niño muerto en la playa, tuvo una duración mediática más intensa y prolongada, pero fue olvidado como lo fue la última ola que lo mató. Cuando en el rescate de una de las últimas construcciones de Alepo atacadas por el ejército de Asad los rebeldes vieron a ese niño se les encendió la bombilla y pensaron en crear un nuevo Aylan. Cogieron al niño, le rescataron y dejaron en el interior de una ambulancia, sólo y en silencio, aturdido y aterrado como supongo que se encontraba en aquellos momentos, y el fotógrafo hizo su trabajo para retratarle. Con esa imagen encima, los rebeldes acudieron a los medios de comunicación para entregarles nueva munición, otra carga de profundidad con la que romper el cerco de Alepo, buscando la conmoción de los espectadores occidentales a la hora de sus cenas. Ha querido la mala suerte para los rebeldes que Omran, que así se llama este niño, se haya presentado en la sala de estar de occidente en medio de un cálido y olímpico agosto, en el que las noticias eran relevadas a segundo puesto frente a los logros patrios encarnados en medallas, independientemente del metal de las preseas y de la nacionalidad de los competidores. Río ha llenado durante dos semanas la actualidad del mundo, y la guerra de Siria, que no cesa, ha desaparecido de los informativos. En dura competición con las piernas de Bolt, la sangre y polvo de Omran llegó a colarse en las escaletas y titulares de los medios, pero su paso ha sido mucho más fugaz y liviano que el de Aylan. “Otro niño muerto” habrán pensado la mayor parte de los espectadores, hartos de imágenes crudas llegadas de una guerra lejana e interminable, y habrán expresado un rictus de pena y un comentario de compasión para quedar bien con los que en ese momento compartían palomitas olímpicas, para acto seguido olvidar el polvo, la sangre y la mierda de la guerra para asistir a la disputa de no se que prueba, la que tocase en aquel momento. Acabadas las olimpiadas, la guerra en Siria sigue, y Omran ya está olvidado, consumido mediáticamente, amortizado. Los milicianos rebeldes que lo utilizaron como símbolo ya no le van a sacar partido alguno, y está por ver que sepamos algo de lo que le vaya a suceder en el futuro, a buen seguro nada bueno. Sabemos ahora que su hermano murió en el bombardeo en el que él quedó herido, pero es poco probable que nadie nos cuente la historia futura de Omran, de si sus heridas se han curado o no, de con quién vive ahora, dado que su familia, sospecho que el gran parte, ha dejado de existir, y otros muchos detalles, algunos trascendentes, otros triviales, de lo que será su vida, que como todas las de Siria pende de un hilo extremadamente fino.

Y Omran ha sido afortunado, sí. Agraciado por la suerte de que le hemos puesto cara, de que nos hemos girado un pequeño instante para hacerle algo de caso, de que muchos medios han puesto sus ojos en él para escribir crónicas, artículos y semblanzas, más afortunadas sin duda que este pequeño texto. Y después, nada. Y con él, tantos y tantos niños y adultos que, desde hace cinco años, mueren en la cruel, bárbara y caótica guerra de Siria. De vez en cuando esa guerra logra meterse en nuestros salones, pero la repulsión que nos provoca hace que cualquier otra cosa la suplante en nuestro interés. Ayer fueron medallas, mañana serán goles u otras cuestiones. Y la guerra, seguirá. Y de Omran, probablemente, ya nunca más sepamos nada.

martes, mayo 10, 2016

Tres hombres, periodistas, libres del terror

La gran, muy esperada, y magnífica noticia del fin de semana, ha sido la liberación de los tres periodistas españoles que, desde hace casi un año, permanecían retenidos por Al Nusra, filial de Al Queda, en el infierno de Siria. Antonio Pampliega, José Manuel López y Ángel Sastre acudieron como freelance, sin cobertura de gran empresa y con medios precarios, al avispero de Alepo en medio de unos combates feroces, y de unas partes que han visto a la prensa como jugoso bocado con el que traficar y hacer sucios negocios. Su secuestro supuso una conmoción, pero la discreción requerida ha hecho que apenas hablemos de ellos desde entonces.

Ayer Ángel Sastre fue entrevistado en La Brújula de Onda Cero, en una charla muy emotiva (escúchenla, merece mucho la pena) con David del Cura, presentador del programa y, sobre todo, amigo. Sastre mostraba un tono de voz elevado, normal, sorprendentemente normal, sabiendo lo que acababa de pasar en su vida, y en sus declaraciones transmitía esa sensación de extraña normalidad que, por momentos, confundía. Sin embargo, en algunos requiebros o momentos, se dejaba ver, más bien oír, vacilaciones, dudas, síntomas del miedo que, hoy y aún muchos días, Sastre va a tener muy pegado en el cuerpo. Se le notaba como recién salido de una cámara de descompresión, sin ser muy consciente aún de lo que ha vivido ni de dónde se encuentra ahora. La experiencia que han pasado esos tres hombres es durísima, insoportable. Para ellos, acostumbrados a trabajar en condiciones adversas, rodeados de peligros, ha debido suponer todo un trauma, por lo que piensen por un momento su a usted o a mi, tranquilos y blanditos habitantes de las organizadas sociedades occidentales, nos pasa algo similar. El relato de Sastre tenía mucho en común con el de otros secuestrados, como los de ETA, en los que la necesidad de mantener la estabilidad mental era lo prioritario, más allá de la condiciones físicas del cautiverio. Tener la mente ocupada, mantener un objetivo firme, asumir que la vida de uno no está en sus manos sino en la de los captores y, pese a ello, tratar de controlarla, de no dejarse llevar, ha sido la guía que ha permitido a cautivos como Ortega Lara, Cosme Delclaux o Emiliano Revilla poder soportar su infierno. Un infierno que, recordemos, nunca se sabe ni cuándo ni cómo va a terminar. El sadismo con el que los islamistas han mostrado la forma en la que “resuelven” los secuestros obligaba a los tres periodistas y a sus familiares a estar preparados para soportar la peor de las ideas, unida a su obscena propagación por parte de esos bárbaros. Sólo los familiares de ellos, que han permanecido en un secuestro interior, rodeados de libertad durante estos meses, pueden entender la angustia, el calvario por el que han pasado sus seres queridos, y el abrazo de amor puro, desatado con el que les recibieron el Domingo en una empapada pista de aterrizaje de Torrejón de Ardoz supuso, también para ellos, el principio del fin de ese cautiverio virtual en el que se encontraban. Fue la de ese domingo la primera mañana desde hacía muchas en las que el temor a que una llamada oficial les avisara de lo peor, o de que, directamente, en su ordenador, pudieran ver un vídeo yihadista en el que uno de sus familiares fuera protagonista de una infamia. En ese abrazo compulsivo, en esa carrera que dan los familiares empiezan, como en la escena de Forrest Gump, a romperse los grilletes que les han mantenido presos a todos durante casi un año.


Poco a poco Pampliega, López y Sastre van a ir asimilando todo lo sucedido, siendo conscientes de los detalles de su cautiverio, y de lo que pueden contar de él y lo que, sin duda, jamás relatarán, porque hay cosas que se viven que no se pueden contar a nadie, ya que no hay quien las soporte. Su vida les ha sido devuelta y sus familiares ya les tienen otra vez en casa. Desde aquí mi reconocimiento a los funcionarios y profesionales que, durante estos meses, han trabajado en las sombras para traerlos a la luz, y un abrazo a todos ellos. Y por supuesto, a los tres periodistas y a todos los suyos. Bienvenidos a casa, curaros de vuestras heridas, las que se ven y, sobre todo, las que no se ven, en la compañía que durante tanto tiempo os fue arrebatada.