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jueves, junio 11, 2026

Antonio Gaudí en la Torre de Jesús

Cojan una cuerda con las manos y extiendan sus brazos, a lo ancho, creando envergadura, poniéndolos en cruz. Mantengan la cuerda tensa. Ahora, poco a poco, vayan cerrando los brazos y verán cómo, al destensarse, la cuerda cae poco a poco creando una curva. Esa curva se llama catenaria, es la forma que se genera cuando una misma tensión se aplica a cada punto. Es la que se puede ver en cualquier tendido eléctrico o en las que sostienen los puentes colgantes. Quizás les parezca una parábola, pero no lo es. A medida que acerquen sus brazos la cuerda colgará más y empezará a caer con fuerza, creando una imagen similar a un arco apuntado, pero raro.

Con las manos cerca una de otra, la extensión de la cuerda hacia abajo es casi máxima y su base estrecha. Ahora imagen ese trazado justamente invertido, con la base en el suelo y la cuerda elevándose al cielo y bajando. Acaban de crear ustedes una bóveda catenaria, y eso es lo que define gran parte de la arquitectura de Gaudí. Aunque parezca que son góticas, las naves y muchas de sus edificaciones no tienen nada que ver con ese estilo, de paredes rectas y bóvedas de arista, que inevitablemente acaban generando descargas que se salen de la verticalidad de las paredes y requieren apoyos, los arbotantes y contrafuertes que inventaron los constructores de las catedrales. Gaudí era un arquitecto genial que sabía de estructuras modernas. Jugaba con las formas y se exaltaba en la decoración, pero conocía los materiales modernos y el comportamiento de las estructuras como un buen ingeniero de su época, principios del siglo XX, cuando el desarrollo de arcos y otras formas había alcanzado niveles inauditos para los constructores del pasado. Sus edificios son raros por fuera, también por dentro, pero estructuralmente siguen las ecuaciones que rigen los que ahora utilizamos, ecuaciones que él conocía. Su genialidad absoluta fue llevar a ciertas formas estructurales a límites que no se habían intentado jamás y, desde luego, su inspiración en la naturaleza para dotar de organicidad (disculpen el palabro) a todo lo que edificaba, creando así obras con un sello muy propio que son inconfundibles. Algunas de sus creaciones se enmarcan dentro de la corriente de Art Nouveau, que si visitan Bruselas, por ejemplo, podrán admirar en todo su esplendor, pero es cierto que Gaudí va más allá, y su Nouveau no sólo tiene esteroides por la dimensión que alcanza, sino por el exuberante barroquismo que llega a ser invasivo. Las fachadas de Gaudí son sobrecargadas en extremo, y suponen un reto constante para el que las contempla, como una especie de cuadro de El Bosco donde los detalles se agolpan uno contra otro hasta llenarlo todo. No hay detalle del edificio, desde las barandillas de las escaleras hasta la última teja del techo, que no sea trabajado en extremo por el artista, que concebía sus edificios como un todo, como un conjunto en el que cada parte tenía la misma importancia que las demás, y no dejaba nada al azar. Este afán obsesivo encarecía mucho sus proyectos y le hacía incumplir plazos, aunque en general dejaba satisfechos a los mecenas que financiaban sus obras, que sabían hasta qué punto la dedicación del creador de las mismas había sido plena. Esa obsesión profesional, junto con su profunda vocación religiosa, se unieron en el que fue el mayor de sus proyectos, el de la creación de una iglesia a la mayor de las glorias, con motivo expiativo, lo que sería el templo de la sagrada familia. Una construcción en la que todo su genio se llevaría al extremo, en el interior y el exterior, con doce torres para los apóstoles, cuatro para los evangelistas, una para José, una para María y, como cimborrio, la de Jesús, la torre de iglesia proyectada con mayor altura del mundo para su tiempo, que superaría a la mítica catedral alemana de Ulm, y que se quedaría unos pocos metros por debajo de la altura de la colina del Tibidabo, techo geográfico del municipio de Barcelona, para no rivalizar con lo que Dios creo en la tierra.

Ayer, en una ceremonia emotiva, bella y con mucho sentido de la luz, con música plena, y en el marco de la visita del Papa León XIV, tras la misa que tuvo lugar en el templo, se procedió a la inauguración oficial de la torre, una vez que fue coronada hace no mucho por la cruz mirador de cuatro brazos que remata su cúspide. Entre toques de órgano, orquesta y voces de niños, la luz del interior de la torre y la imagen del propio Gaudí generada por drones luminosos en el cielo de Barcelona consagraron la cúspide de una obra asombrosa, que sigue impactando a quien la ve y provocando reacciones de todo tipo. Gaudí era un genio, y creo que le hubiera gustado ver el espectáculo de ayer.

lunes, abril 27, 2026

Monserrat Torrent, cien años

No, no voy a dar el protagonismo de hoy a Trump, pese a la gravedad de lo sucedido este fin de semana en la cena de corresponsales. Se lo voy a otorgar a una mujer que cumplió el centenar de años el pasado 17 de abril, hace una semana y media, y que no sólo merece reconocimiento por haber llegado a semejante edad, que también, sino porque es una de las personas más importantes de la historia de la música en España, reina eterna de la interpretación del órgano, instrumento al que ha dedicado la inmensa mayoría de todos esos años, y que, pásmense, sigue en activo, tocando con sus manos centenarias el teclado como si el tiempo no hubiera pasado.

Este sábado, en el ciclo de órgano que se celebra cada temporada en el Auditorio Nacional, se organizó un homenaje e Monserrat Torrent, la artista, la mujer, la matriarca, en el que ocho organistas españoles de estilos y trayectorias distintos interpretaron una pieza delante de ella. Todos, junto con muchos otros, han sido alumnos de Monserrat a lo largo de las pasadas décadas, y han aprendido de sus enseñanzas, y ahora alguno de ellos también la cuida y ayuda en la medida de lo posible. El concierto era muy especial, porque no se trataba sólo de una reunión de amantes de la música, sino también una fiesta de cumpleaños, y un reconocimiento a una longevidad y capacidad casi inimaginables. La movilidad de Monserrat es limitada, como resulta fácil de imaginar, por lo que cuando empezó el concierto ella no salió al escenario, sino que apareció directamente en la grada en la que se encuentra la consola del órgano junto con el resto de los intérpretes, que ya recibieron una ovación de gala por parte del público, que llenábamos el recinto. A partir de entonces Monserrat se quedó en un lateral de esa grada, oculta al público, cerca de los teclados, y cada uno de los intérpretes sí fue saliendo de manera convencional al escenario, en goteo, subiendo luego a la grada e interpretando la pieza del programa que le correspondía. Tras ello, saludaban a Monserrat, momento que se podía ver porque un sistema de cámaras retransmite la interpretación del organista (que se sitúa lejos del público y dándole la espalda) y dejaba su posición de intérprete y se sentaba en una parte de la bancada lateral, donde sí hay púbico, que está muy cerca del instrumento. Así uno a uno, cada uno con una pieza no muy amplia, de unos cinco o siete minutos, con repertorio barroco, impresionista, moderno, o antiguo, variado, hasta el momento en el que el programa indicaba que la última pieza sería interpretada por la propia Monserrat. Se trataba de la pastoral en fa mayor BWV 590 de JS Bach, composición compuesta de cuatro fragmentos de escucha agradable, estilo pastoril y de dificultad, como siempre en Bach, rozando lo imposible. Monserrat subió al banco de la consola ayudada por dos de los organistas que habían participado en el concierto, y uno de ellos, en la primera parte de las cuatro de la obra, interpreto las partes de pedal, porque Monserrat ya no llega desde su posición de sentada, con sus pequeñas piernas, hasta el pedalero. Pero en el momento en el que puso sus manos arrugadas sobre el teclado los dedos, centenarios, cobraron una vida inimaginable, y durante unos minutos que se antojaron suspiro se podía ver la proyección de sus brazos, manos y rostro atentos a la partitura, ejecutándola con precisión. Si durante el concierto el nivel de toses fue el habitual en una sala sinfónica, mayor de lo deseado, se suspendió de manera casi milagrosa en la interpretación de Monserrat, en un silencio de comunión y respeto como pocas veces se da en un recinto abarrotado, y que sólo la admiración por la música y un intérprete son capaces de lograr.

Terminada la interpretación, todos prorrumpimos en un aplauso absoluto, y nos pusimos en pie sin dudarlo. Casi dos mil personas entregadas a una mujer empequeñecida que era sostenida por el resto de organistas, pero que sigue siendo un prodigio al teclado. Con un micrófono pudo decir unas palabras, que entendí regular, en las que mostraba un agradecimiento profundo a todos los que a lo largo de su vida le han ayudado y a todos los alumnos que ha tenido, entre ellos los presentes en ese día, y agradecimiento rendido al público que siempre le ha respetado y admirado. Tras eso la ovación siguió, siendo nosotros los que agradecíamos la presencia de una profesional así y su magisterio. Historia viva de música y vida. Cien años de plenitud. Qué gozo.

viernes, enero 30, 2026

Liliana y la verdad

Es muy famoso el inicio de la novela del añorado Javier Marías Corazón tan blanco, ese “No he querido saber, pero he sabido” en el que el narrador relata como quiere negarse a conocer la verdad de un hecho cruel que ha sucedido en su entorno, prefiere vivir sin la carga que supone el conocimiento de lo que ha pasado. Lo evita. Yo tampoco quiero saber, no quiero, no quiero, no quiero, lo que viven las personas que han sufrido una pérdida, sin ir más lejos, en el desastre ferroviario de Adamuz. Esas familias rotas, que el domingo por la tarde no lo estaban, han conocido el dolor de una manera que no he vivido nunca. Y no quiero, no quiero, no quiero saberlo.

Ayer, en el funeral que tuvo lugar en Huelva como despedida a los fallecidos y homenaje a sus familias, subió Liliana Sáenz al atril para leer un comunicado en nombre de todos los fallecidos y sus familias. Con su hermano al lado, ambos despedían a su madre, que se quedó para siempre en ese rincón de Córdoba del que casi todos nada sabíamos, que se llama Adamuz. Liliana realizó una alocución de diez minutos tras la que, la verdad, todo lo que yo escriba, o lo que se añada desde cualquier medio, no sirve para nada, sólo es ruido y algarabía. Todo lo que había que decir lo dijo Liliana, y todo lo dijo bien. Desde una honda fe religiosa, que es la dominante en la ciudad onubense de la que procedían la mayor parte de los fallecidos en el desastre, Liliana trató de encontrar consuelo a su pérdida absoluta en la fe en Dios y en la esperanza de la resurrección, de un más allá de cielo al que su madre ha sido llamada con premura, inmensa premura. Liliana desgranó el sentimiento de angustia de las familias ante algo que no tiene sentido, ante la vivencia de unos hechos que son indeseables, que sólo generan dolor. En medio del desastre hay ayuda, sí, pero sólo sirve para paliar mínimamente el instante, no cubre la pérdida. En su alocución Liliana mencionó a todos los que, desde el domingo por la noche, se movilizaron sin cesar para asistir a los heridos, rescatar lo que fuera posible, dar cobijo… en este sentido los profesionales sanitaros y todo el pueblo de Adamuz, el que tuvo la desgracias de ser el más cercano al lugar de los hechos, estarán para siempre en la memoria de los supervivientes de la catástrofe, un lugar por el que algunos de ellos quizás pasaban regularmente, otros por primera vez, ni idea, pero que se volcó con sus recursos, todos los que disponía, para asistir en lo que fuera necesario. Agradecimiento sin límite expresó Liliana a todos los que han hecho posible que el dolor no creciera aún más, a sabiendas de que nada puede minimizarlo. Reclamó Liliana verdad sobre lo sucedido, expresando claramente que las familias la reclamarán sin cesar pero también sin rencor, e hizo mención expresa a la polarización indigna que ha calado entre todos nosotros, esa miseria moral que nos corroe y nos hace ver las cosas que suceden desde el sádico prisma de si beneficia “a los míos” y perjudica “a los de enfrente”, que pone en marcha calculadoras siniestras de votos en función de lo que ha sucedido, de donde y a quién le toca gestionarlo, para poder arrojarse las víctimas a la cara del contrario y así sacar un rédito repugnante. Liliana tuvo el valor de decir los que muchos piensan y, también, no pocos, callan. El valor de señalar una corrupción profunda que se ha quedado no sólo en la política, sino en los medios, en las opiniones, en el debate público, en las charlas del café, en tantos y tantos espacios de comunicación que han degenerado en vulgares cámaras de eco en las que los argumentarios de turno se suceden sea cual sea el hecho que se comenté, y que los muertos son uno de los activos que más se puede explotar de cara a herir a ese que se ve como el contrario. Liliana, con su discurso, se elevó muy por encima de la miseria moral que anida entre nosotros.

Sus palabras son un aldabonazo enorme, un grito que, a buen seguro, muchos no querrán escuchar, porque les deja desnudos ante la verdad, ante un dolor que no tiene cura, reparación, ante un hueco eterno que el tiempo suavizará, pero no logrará llenar. Ayer Liliana estuvo muy por encima de todos aquellos que se supone son representantes de la sociedad, fue la expresión del dolor y de la conciencia de una sociedad que se sabe manipulada, manejada, que entierra a sus muertos en medio de la incomprensión general, que se esconde ante la muerte y que, como mucho, la explota en beneficio propio. El discurso de Liliana es ya Historia de este país, pero, sobre todo, es ejemplo de ser y de estar. Todo sobra, basta lo que ella dijo.

lunes, octubre 13, 2025

Nobel muy merecido para Marina Corina Machado

Hubo el viernes un suspiro de alivio en medio mundo por la no concesión del Premio Nobel de la paz a Donald Trump. El personaje, ególatra hasta el extremo, desea todo para sí, incluido ese galardón. No sabe, como es habitual en él, que el comité Nobel suele otorgar sus premios tradicionalmente no por un hecho concreto, sino por una carrera, por un esfuerzo de años. Cierto es que a veces se han saltado esta norma, y una de las más sonadas, y erróneas, fue la concesión del premio de manera preventiva a Obama nada más llegar al cargo. Ese galardón no lo entendió nadie, creo que ni el mismo presidente de EEUU.

Marina Corina Machado, la premiada de este año, es una de las cabezas más visibles de la oposición venezolana y, a la vez, una de las mujeres más escondidas del mundo. Desde que el régimen la enfiló y ella, candidata a las presidenciales, vio de manera clara que su vida corría peligro, decidió esconderse dentro de Venezuela, sin que se sepa su paradero. Por eso, pese a ser la candidata unitaria de la oposición, no pudo disputar las últimas elecciones presidenciales, las amañadas, las de las actas que nunca aparecerán, y ella, junto con el resto de líderes opositores, escogieron la figura de Edmundo González como candidato para disputarle a Maduro el sillón presidencial. Tras lo que pasó en aquellos comicios y la posterior represión del régimen, Edmundo, un señor mayor y de carácter suave, tuvo que huir del país y reside en España, y Machado permanece escondida. Marina es una mujer fuerte, valiente, directa, que sobrevive en medio de una de las dictaduras más burdas y crueles de la historia de América Latina. Lo que comenzó con el triunfante golpe de estado de Hugo Chávez y se transformó en una dictadura vestida de revolucionaria para congraciarse con ciertas élites izquierdistas occidentales se ha convertido en un régimen militar obseso con el control del poder, del dinero y de la nación. Venezuela hace tiempo que se ha convertido en una gran prisión al aire libre, donde el ciudadano que no ha optado o podido salir del país malvive sometido a los designios de un poder arbitrario, caótico y despiadado. La economía de la nación es un desastre absoluto, con tasas de pobreza enormes y con unos indicadores que no dejan de agravarse año tras año, y el endémico problema de la violencia en la sociedad civil ha sido agravado por los actos represivos del régimen. Venezuela es un fracaso absoluto desde todos los puntos de vista, un país en el que, nadie, en su sano juicio, desea vivir, y no es mucho más allá de la finca particular para recreo de los militares del país, con Maduro en la presidencia y Diosdado Cabello como hombre fuerte, haciendo y deshaciendo a su antojo. Los vínculos de ambos personajes y, en general, los altos cargos del régimen, con el narcotráfico son bastante claros, y el enriquecimiento ilícito de todos los que se encuentran en la cúpula de semejante entramado es cada vez mayor, en una nación en la que la pobreza se ha convertido en la manera de vida habitual de los que permanecen en ella. La oposición al régimen ha actuado varias veces de manera dividida, con intentos significativos de cambiar las cosas, como la autoproclamación de Guaidó como presidente legítimo del país, que acabó siendo flor de pocos días, y ha visto como muchos de sus dirigentes eran apresados o perseguidos con saña. Escaparse del país ha sido la manera que han encontrado no pocos de ellos para mantenerse con vida. Marina Corina Machado ha sido la última gran figura unitaria de la oposición y ha mostrado poseer una valentía que pocos de los líderes nacionales han sido capaces de igualar. Su figura, y el hecho de ser mujer, le han catapultado a la relevancia internacional, y desde un principio el régimen tuvo claro que era peligrosa para sus intereses. El hostigamiento hacia ella ha sido contante, pero de una manera novedosa, Marina opto por exhibirlo, por mostrar al mundo cómo se las gastan los siervos de Maduro, y lo hizo en público hasta que el riego de su vida se disparó y tuvo que esconderse.

Este premio es un acto de justicia a la causa por la libertad en una nación sometida desde hace décadas a una crueldad pasmosa, y los silencios que se han dado en España al conocerse su concesión dicen mucho. Nuestro desgobierno aún no ha felicitado a Corina, muestra de cobardía absoluta y de complicidad con la dictadura madurista. Los socios del gobierno al menos sí han hablado para expresar lo que se esperaba, su alineamiento pleno con los represores y su absoluta hipocresía, la de unos personajes ricos y que hablan sin cesar del paraíso venezolano residiendo a cuerpo de rey a miles de kilómetros de allí. Por sus hechos les conoceréis, y Marina, con su valor, los desnuda a todos.

viernes, octubre 10, 2025

José Sacristán, 88 años, una voz

Raro es el día en el que, tras ver el concurso de Cifras y Letras en La2, permanezco delante de canales de televisión nacionales. Apenas doy una vuelta rápida por ellos y otros que me ofrece mi proveedor de telefonía para acabar siempre o en la CNN o la BBC, tratando de ver noticias no contaminadas por la cutre actualidad nacional y, de paso, hacer algo por mi pobre inglés. A veces estoy contento porque soy capaz de entender algo y me sube la moral, pero otras tengo auténticas dificultades para discernir si eso que hablan es inglés o no, y me da la depre. Supongo que será lo habitual, o al menos, como cenutrio en esto de los idiomas, eso quiero pensar.

Ayer tuvo lugar una excepción, porque al pasar fugazmente por El Hormiguero me encontré a José Sacristán, y eso le obliga a uno a hacer una parada en el camino y quedarse quieto, callado y atento. Sacristán, 88 años, comienza una nueva gira con una obra basada en la vida de Fernando Fernán Gómez, uno de los mayores genios españoles del siglo XX, al que él conoció en detalle. Ya sólo tener delante a alguien que, a esa edad, se sube a las tablas para hacer la función diaria es motivo de respeto constante, pero es que Sacristán es una máquina de contar anécdotas de su época, de la presente, y de cualquier otra, con un estilo propio inconfundible y lleno de sorna, que imposibilita al que lo ve no sonreír. Además, cuando habla de cosas de actualidad, lo hace con el aplomo del tiempo y con una enorme razón. Ayer no se explayó mucho sobre la actualidad nacional, pero su diagnóstico de cutrez generalizada, de bajeza de nivel en todos los sentidos y lados (y su especial dolor por que la izquierda, a la que el siempre ha dicho pertenecer, sea indistinguible en esto de la derecha) es compartida por muchos, y desde luego por el que les escribe. Pero más allá de sus historias, opiniones y frases, Sacristán es un gusto en sí mismo al ser oído. Posee una voz poderosa que el tiempo ha ido llenado de matices y profundidad. Empezó su carrera con papeles muy cómicos y con voz estirada frente a las ya graves de sus maestros de profesión, pero con los años no sólo él se ha convertido también en un maestro, sino que su voz ha alcanzado el temple propio de los doctos, de los que con su mero sonido logran captar la atención de todos aquellos que los rodean. Una presencia, una calidad, un timbre, una gravedad absoluta. Realmente da igual de lo que estuviera hablando Sacristán, podía ponerse a leer un recetario cocina o una lista de los infinitos y plúmbeos considerandos que preceden a todo reglamento comunitario, que el que lo escucha queda atrapado por su sonido y no puede hacer ya otra cosa. Sacristán pertenece a una escuela de actores que, durante años, han trabajado como locos por calles, plazas, teatros, salas y espacios de todo tipo, a los que el cine les hizo famosísimos y logró que tuvieran un elevado nivel de vida, pero no dejaban de ser cómicos de teatro. En ellos, la voz, el uso de la voz, era uno de sus principales instrumentos, a veces el más poderoso con el que contaban cuando el espectador estaba lejos, al fondo del patio de butacas, y el gesto del actor no le llegaba de ninguna manera. La capacidad de esa generación para hablar bien, no sólo con buen idioma, sino con una vocalización precisa, es excepcional. Frases entonadas con precisión, acentos marcados, nada de sube y bajas ampulosos o chillones, línea de sonido estable y no sujeta a extraños vaivenes, dicción precisa, proyección perfecta… no era sólo que se les entendiera perfectamente, es que era un gustazo oírlos. En el caso de Sacristán, ayer en la tele o cualquier día sobre el escenario, su voz es una presencia con un poder magnético y una capacidad de atracción irresistible. Desde el momento en el que alguien así te dice “hola” ya te ha ganado, y sospecho que saca un par de cuerpos de ventaja al resto de compañeros en el caso de las obras de reparto múltiple. Era imposible no estar pegado a la tele mientras en ella estaba Sacristán. Fuese, y no hubo nada.

Una de las cosas que he comprobado en los últimos tiempos, comparando las noticias en los canales anglosajones y los nuestros, más allá de la caída de la calidad y el sesgo infantiloide que domina en España, es la aparición cada vez más frecuente en nuestras cadenas de locuciones estridentes, de voces que, por hablar muy alto, de manera chillona, creen dar más empaque a las noticias o que estas sean más ciertas. En el mundo anglosajón se cuidan más los tonos y los informativos llevan un volumen sonoro mucho más estrecho, sin los sustos que uno se pega aquí. En ninguno hay voces como las de Sacristán, claro. Pero no requiero la excelencia para el informativo diario, me basta la sobria imitación.

jueves, septiembre 11, 2025

11 de septiembre

Hoy es 11 de septiembre, vigésimo cuarto aniversario de la destrucción de las Torres Gemelas del WTC de Nueva York en los sádicos atentados terroristas que también impactaron en Washington y dejaron un avión destruido en Pensilvania. En un mundo como el nuestro de ahora, de violencia creciente entre estados, de sectarismo y polarización, este día debiera obligarnos a recordar que la acción del mal, planificado, de manera inteligente, es capaz de destruir muchas de las cosas que consideramos permanentes o eternas. Sea el recuerdo de hoy a las más de dos mil víctimas de aquellos hechos atroces y, por extensión, a todas las víctimas del terrorismo que en el mundo hay, y a sus familiares y allegados, que sufren su pérdida.

martes, abril 15, 2025

Vargas Llosa y los intelectuales

Vargas Llosa era de los últimos que pueden ser considerados como intelectuales, en su sentido puro. Responde esa figura a una creación europea, francesa, en la que el artista toma posición en el escenario público para opinar y crear opinión sobre los temas políticos y sociales del momento. El intelectual vivió su época de gloria tras la IIGM y su decadencia ha sido lenta pero inexorable. Algunos de los popes de esa época tenían auténtico poder, su discurso condicionaba el quehacer de políticos y gestores, y ocupaban, sin detentarlo, cargos de responsabilidad en el país. Apenas queda nada de eso.

Una de las causas de la decadencia del intelectual, entre otras muchas, ha sido el comprobar cómo el presunto conocimiento con el que se comprometía en una causa no era sino mero interés ideológico, una pose, en la que de sapiencia había poco, soberbia mucha y deseo de figuración por todas partes. Que alguien como Sartre defendiera los derechos de los trabajadores franceses en nombre de la utopía comunista, una dictadura de las peores, supone el ejemplo perfecto de cómo muchos de los que se subían a los púlpitos a predicar a lo laico cometían las mismas incongruencias que los que, con sotana, declamaban sermones desde los tiempos pretéritos. Vargas Llosa tuvo su tiempo de enamoramiento marxista, un momento en el que esa ideología lo impregnaba todo y daba carta de moderno y respetable a cualquiera. Pero Vargas Llosa no era como los demás, anidaba en él un espíritu crítico que se llenaba con conocimiento, no con dogmas. Conoció la dictadura de verdad, no como los privilegiados parisinos que hablaban de ella desde la comodidad de una Europa democrática. Sabía el mal que el poder absoluto es capaz de hacer, y luchó toda su vida contra él. En sus años de juventud parisina el marxismo le pareció una ideología válida para combatir las dictaduras militares que se repartían por su país y otros de Latinoamérica, pero pronto se desencantó, al descubrir que ese discurso presuntamente libertador escondía otro tipo de dictadura. No, una no puede ser erradicada por otra, ambas deben ser proscritas. Famoso es el pasaje en el que, preguntado por la preferencia de una dictadura de derechas, tipo Pinochet en Chile, frente a una comunista, y los beneficios económicos de una y la ruina de la otra, Vargas Llosa afirma que ambas son injustas, y que el precio que se paga en una por la prosperidad no compensa, nunca. La sociedad libre es la aspiración a la que debemos entregar nuestras fuerzas, no porque en ella se construirá un paraíso, que no existe, sino porque es el único espacio conocido en el que los ciudadanos, cada uno con su pensamiento, preferencias y aspiraciones, logran buscar y desarrollar su futuro sin ser oprimidos. No alcanzar, porque eso no depende de uno ni de los demás, pero sí buscar. Hay que huir de pontífices que venden utopías, cielos, comunas de paz, eras doradas y cosas por el estilo, coartadas para que un hombre fuerte y su camarilla se hagan con el poder. Tras renegar del marxismo y de toda idea de totalidad, Vargas Llosa sufre el desprecio de muchos de sus correligionarios, que lo tachan de traidor, pero es entonces cuando empieza a desarrollar el auténtico papel del intelectual, de el que habla de lo que sabe, y calla de lo que no, el que pondera argumentos, lee, critica, analiza, huye de frases hechas y, sobre todo, renuncia a la manada. El de aquel que, en la soledad de su pensamiento y lecturas, desarrolla un juicio propio sobre lo que sucede y descubre verdades parciales en muchos lugares, mentiras manifiestas en no pocos, y pocas certezas a las que asirse. En la estela de Montaigne, el primer ensayista, que se encerró en su torre con libros para tratar de entender lo que le rodeaba, Vargas Llosa escribió y, sobre todo, leyó como pocos, en abundancia y variedad, y desarrolló una ideología personal en la que el liberalismo fue el ancla que le permitió encontrar un puerto seguro. Puerto en el que no se dicta a los demás sobre cómo ser, sino que se les permite ser y se les conmina a dejar al resto que lo sean. Ese fue su credo, con c minúscula, sin fe, pero con convicción.

De entre sus ensayos, para mi destaca por encima de todos La llamada de la tribu, un compendio de sus lecturas y de la vida de pensadores liberales que le influyeron a lo largo de todos sus años, un perfecto repaso de trayectorias y de ideas con las que Vargas Llosa elabora un discurso en defensa de la libertad individual, las sociedades abiertas, los derechos de las personas y la necesidad de que la vida social en la que nos desarrollamos los humanos esté presidida por el respeto mutuo y la no imposición de un gobierno absoluto. Vargas Llosa fue un intelectual de verdad, de esos que no presumen de serlo, que no van de ello, que dudan. De ahí la valía de su discurso.

miércoles, octubre 23, 2024

Un héroe en ADIF

A medida que se conocen más detalles sobre lo que pasó el sábado en el túnel de alta velocidad que conecta Chamartín y Atocha crece la sensación de que, por los pelos, hemos evitado una enorme tragedia. La mala fortuna, la impericia, los errores, la incompetencia, a saber cuáles han sido las causas y en qué proporción, que han generado una situación absurda y de altísimo riesgo, que pudo poner en peligro la vida de cientos de personas que viajaban en otro tren que estaba entrando en ese mismo túnel en sentido inverso. Ha sido, por lo que parece, la decisión valiente y de un empleado de ADIF que, en segundos, tuvo que escoger entre lo malo y lo peor, y actuar.

Como mínimo hay dos enormes fallos que exigen una profunda explicación. El primero es cómo, en el camino al segundo intento de subida de la rampa del túnel en su parte final, se suelta de la cabecera que lo arrastraba el tren que estaba averiado. Los enganches ferroviarios son algo más que un celo y una cuerda atada, son un sistema mecánico sencillo pero muy eficiente, que se puede lograr por impacto de un convoy contra otro, pero que en la práctica requiere una decisión e intervención para revertir, para desacoplar. Que dos unidades enganchadas se suelten es algo rarísimo. El segundo problemón es la total ausencia de un sistema de frenado en el tren remolcado que, una vez suelto, no hace otra cosa que empezar a bajar por la pendiente del túnel, sostenida un 2% - 3% a lo largo de sus siete kilómetros, salvando la cota de más de cien metros de altura que separa Chamartín de Atocha. En caída libre, y con el peso que tiene un tren y su ínfimo rozamiento, la velocidad que se puede alcanzar es enorme, y es casi seguro que los cien kilómetros por hora se cogieron sin gran dificultad. A bordo de la unidad remolcada iban dos mecánicos, cuyo testimonio será decisivo, y que van a poder contarlo porque han sobrevivido a la que puede que haya sido la experiencia más peligrosa de sus vidas. Al parecer la unidad remolcada estaba averiada, no se sabe qué tipo de avería, y el remolque buscaba trasladarla a las cocheras de Fuencarral para repararla. Es normal que, teniendo una avería, no arrancase y que, por ello, tuviera que recurrir a un tractor para avanzar, pero se me antoja asombroso que no tuviese ningún sistema de frenado de emergencia, nada que los mecánicos pudieran accionar en el vehículo cuando se ven desacoplados y que impidiese su loca carrera de descenso. Al menos, ya les digo, hay que explicar estos dos factores, y muy bien. Lo cierto es que, tras el fallo múltiple, la unidad suelta cae por la pendiente y acelera. En la parte final del tramo visto desde Chamartín, el acceso a Atocha, la vía se convierte en única y lleva hasta algo más allá de la playa de salida de la alta velocidad convencional, uniéndose al ramal principal. Antes de eso hay un cambiador de agujas bajo el jardín botánico, que permite que los convoyes puedan usar las dos vías que tiene el túnel una vez superado el cuello de botella del paso de Atocha. El tren alocado corre sin control por el túnel acercándose a todos esos puntos y hay un convoy de Iryo, uno de los operadores, que ha salido de Alicante y ha dejado Atocha con destino Chamartín. En no muchos segundos es casi seguro que el que está fuera de control acceda a la zona de vía única y pueda impactar con el tren que lleva pasajeros. La situación es crítica. En el centro de mando de ADIF cunde el pánico ante lo que parece un accidente casi seguro, y entonces un operario lleva a cabo, de manera remota, el cambio de agujas para que el tren sin control pase de la vía por la que va a la otra. A esa velocidad el cambio de vía es imposible (siempre es una operación que fuerza a los ejes y a la estructura del tren) y la unidad descarrila, se sale de la vía y se estrella contra el lateral del túnel, quedando ladeada y bloqueando por completo una de las dos vías. Los dos mecánicos que van en el interior sufren el impacto pero salen ilesos. Se ordena al Iryo, y a todas las composiciones que están en las proximidades del túnel que se detengan, y lo más grave se ha evitado. El miedo debe seguir vivo en todos los que han vivido ese momento durante horas y horas.

La decisión de ejecutar el cambio de vía era, visto lo visto, la única posible para evitar la colisión entre las dos unidades. Se decidió en segundos en una situación real de máxima tensión y de riesgos enormes para la seguridad de la infraestructura y vida de los pasajeros del tren que iba en sentido contrario. El operario que la ejecutó, decidió o lo que fuera, es un héroe. Su acción ha permitido que estemos tratando este incidente como la concatenación de una serie de fallos chapuceros y no como la enorme catástrofe que podría haber sido. No se quien será la persona que accionó esa orden de cambio de vías, pero ha salvado muchas muchas vidas. Se merece homenajes sentidos y la admiración de todos.

viernes, octubre 11, 2024

Rafa Nadal como estilo y ejemplo

Creo que habrá días de sobra para comentar las andanzas de Koldo, Aldama, Ábalos y demás presuntos corruptos de este desgobierno, así que vayamos hoy con Nadal, que anunció ayer su retirada. Probablemente sea uno de los españoles más famosos del mundo, su apellido es reconocible en todas partes y, en la historia del deporte, quizás sea el de nuestro país que más alto ha llegado. Ayer, la conocerse la noticia, anunciada por el mismo, los medios de comunicación de todo el planeta la difundían como si fuera un hecho de relevancia global, y en un mundo como el nuestro, obsesionado de manera absurda con el deporte, lo es.

No se si he llegado a ver más de una hora a Nadal jugando al tenis, apenas he seguido su carrera profesional, de la que obviamente me he enterado, porque es imposible no hacerlo, pero su trabajo, el tenis, me es ajeno y nada estimulante, como prácticamente el resto de deportes. No me interesa Nadal como tenista, me interesa como persona y como estilo de comportamiento. Agraciado con el éxito en su tarea, en este caso pegar raquetazos a una pelota, Nadal llegó muy deprisa a lo más alto y, seguramente, se vio tentado por todo eso que rodea a los que se llaman triunfadores, en forma de todo tipo de excesos y derroches, tanto económicos como personales. Te crees que por ser de los mejores en lo tuyo eres de los mejores en todo, y la corte de aduladores que surge a tu alrededor actúa para alentar esa idea, y de paso quedarse con algo del dinero que caiga desde lo alto. Nadal no ha sido así. Desde el principio su carrera ha estado dirigida por personas con cabeza, con estilo, con ideas asentadas, con la filosofía de que el tenis, como todo deporte, es un juego, no es nada importante, en el que uno se esfuerza lo más que pueda, se comporta con educación e inteligencia y obtiene el furto que su trabajo, el de sus oponentes, y la suerte, le otorguen. Nadal nunca se ha creído nada porque quienes le asesoran le han metido en la cabeza que nada debe creerse por el hecho de ganar partidos de tenis. Han sido esas mentes, especialmente la de su tío Tony, las que han forjado la personalidad de un luchador en su especialidad, alguien que se ha ido reponiendo de los problemas y adversidades, y que ha llegado a ser el mejor en lo suyo durante un tiempo, pero sobre todo alguien que sabe que las cosas importantes de la vida no son el tenis, los torneos o los títulos ganados. Nadal no discutía en los partidos, no se enfrentaba a los árbitros o al público. Si algo le salía bien lo festejaba, si algo le salía mal se callaba, rabiaba por dentro, aguantaba el dolor y seguía. Nunca ha echado las culpas a otros por lo que no ha sido capaz de hacer, ha reconocido el mérito de los adversarios y ha soportado derrotas que le han dolido con el estoicismo no de los manuales de autoayuda, sino con el que aporta la serenidad de haberlo hecho lo mejor posible y no haber sido capaz, porque el rival lo ha superado. Frente al comportamiento macarra que es habitual en el mundo del deporte profesional, reflejo en parte de la sociedad en la que vivimos, Nadal ha sido un ser extraño, que ha logrado forjar una profunda amistad y admiración con uno de sus mayores rivales, al que le ha dedicado elogios sin límites, en un gesto que es impensable en especialidades como esa en la que se pegan patadas a un balón o en muchas otras disciplinas deportivas, o de la vida. ¿Cuántos conocemos que alaben a un rival en lo profesional, le reconozcan méritos que el que los relata admite no poseer y lo considera superior? ¿En nuestros trabajos se dan comportamientos de ese tipo? ¿En nuestras familias? Seguramente la respuesta más frecuente sea que no, y eso es algo que hace a Nadal muy especial en nuestro mundo.

Ahora mismo, en medio de la epidemia de egocentrismo tan fortalecida por las redes sociales, en las que la apariencia lo es todo, la mediocridad se fomenta tanto como premia y la incultura ya no produce sonrojo sino orgullo, el comportamiento de Nadal se convierte en un extraño referente que suscita admiraciones declaradas, pero no tanto por lo que es sino por lo que ha conseguido en su deporte. A mi sus títulos me dan igual, lo que me importa es que Nadal, si se hubiera dedicado a cualquier otra profesión, sería igualmente excelente, entregado y generoso. Y, totalmente desconocido por todos, sería igualmente admirable. Ese es su máximo valor.

miércoles, septiembre 11, 2024

11S, veintitrés años después

Hoy es 11 de septiembre, se cumplen veintitrés años desde el salvaje atentado de las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono. Miles de personas fueron asesinadas en un instante y los iconos de una ciudad y un tiempo desaparecieron en un instante, gracias a la planificada acción de unas inteligencias humanas, como la suya o la mía, no ajenas a nuestro mundo. Hoy es un día de recuerdo a todas esas víctimas, y las causadas por el terrorismo en el mundo, y de repudio a los causantes de semejantes atrocidades, de rechazo frontal a sus cómplices, de mostrar con quién estamos, si con las víctimas o con sus asesinos. Ayer y hoy, en Nueva York, aquí y en cualquier otra parte del mundo.

viernes, julio 19, 2024

La sensacional Shannen Doherty

El pasado 13 de julio falleció Shannen Doherty, actriz estadounidense, con apenas un par de años más que yo. Desde hacía tiempo se le había diagnosticado un cáncer mamario de los agresivos, y los tratamientos a los que se ha sometido no han podido con la enfermedad. Sí acabaron con su riqueza, en una nación donde la sanidad no es un derecho sino un coste inasumible la mayor de las veces. Casi arruinada, su tramo final de la vida ha sido el de la decadencia total, y ahora muchos de sus compañeros que la lloran en público debieran pensar lo poco que la ayudaron en privado con algo tan básico como contribuir a pagar sus facturas.

Mi relación con Dogerty es extraña. Su fama fue universal, junto con todos los que compartía reparto, cuando se estrenó aquella serie llamada Beverly Hills 90210. Avalada por críticos y convertida en fenómeno en EEUU, llegó a España y arrasó sin discusión alguna… bueno, alguna sí, al menos la de este raro que les escribe. Vi apenas un par de capítulos de la serie y, lo reconozco, me pareció insoportable. A escala, con Friends me pasó lo mismo. Los protagonistas eran, presuntamente, compañeros de un instituto, pero lo que allí veía uno era un despliegue de vida y lujos inenarrable, un ambiente de pijerío insoportable y unas tramas nada creíbles. Lo poco que vi me dio la absoluta sensación de estar completamente alejado de mi vida, lo que es habitual en casi todo, pero también de la realidad que me rodeaba. No tenía empatía alguna con los personajes, no me emocionaban sus tramas, no me interesaban sus problemas, nada. Era todo artificial, ajeno. Eso sí, había una excepción, que era Shannen. Su belleza era descomunal, pero también su atractivo y morbo, en todos los sentidos, elevados y depravados, que usted quera imaginarse. Ajena al estereotipo de la chica guapa norteamericana, esa rubia animadora despampanante tan repetida como vista, Dogerty encarnaba una belleza profunda, con un rostro no muy convencional y una melena morena no muy extensa que la sacaba del imaginario de los pompones. Al verla no existía nada más en torno a ella, el resto de personajes podían irse a negro, eran meros comparsas, satélites orbitando sin cesar en torno al planeta Shannen. Aun así, la serie se me hacía insoportable, y como no soy de esos que ven las cosas porque salga una tía buena en ellas, mi experiencia televisiva con el barrio pijo de Los Ángeles duró apenas algo más que una película larga. La serie lanzó a varios de sus protagonistas a la fama, aunque no creo carreras muy consolidadas, pero llenó portadas de revistas con una tropa de ídolos adolescentes que encandilaron corazones de ellos y ellas. Dogerty fue de las que menos rendimiento sacó a su presencia en la producción, y eso que era una de las protagonistas principales, encarnando el papel de Brenda, hermana de Brandon (ya sólo esa elección absurda de nombres me hizo pensar que toda la serie era un truño) y pronto fue presa de cotilleos de todo tipo con la relación que existía entre los actores del reparto. El papel de mala en la vida real le casaba bastante bien, y con el tiempo empezó a ser más conocida por todos esos asuntos que por su trabajo real como intérprete. Jugó a la fama, porque le ofrecieron el juego y aceptó, y se metió en un mundo en el que lo más probable es que uno salga destruido. Sin ver la serie, era imposible no topársela en portadas, artículos o piezas televisivas, donde seguía siendo para mi uno de los cúlmenes de la belleza y el atractivo. No seguía los chismorreos sobre su figura, me daban igual, sólo me interesaba su belleza y atractivo. Decir esto ahora es casi delito, pero me da igual. No estaba enamorado de ella, porque soy consciente, desde pequeño, que las personas famosas que uno ve en los medios no existen en el mundo real para los que no estamos en su entorno, por lo que es absurdo tener sentimientos hacia ellas, pero no podía evitar mirarla cada vez que, en lo que fuese, apareciera. Luego su fama fue declinando y, poco a poco, su imagen dejó de vender, y ya no se supo mucho más.

Lo que más me llamaba la atención de todo aquel mundo fue el subtítulo que se le puso a la serie en España, ese “sensación de vivir” que expresaba de una manera rotunda y aspiracional lo que la imagen de la pantalla proyectaba, una vida sensacional en medios materiales que estaba a años luz de los nuestros, con unas rentas, propiedades, coches y opciones infinitas. Eso me llamaba la atención, obviamente, para eso se creó el producto, pero lo que más me motivaba era lo realmente sensacional que podía ser la vida al lado de alguien como Shannen, poseedora de un atractivo que dejaba a las mansiones en las que vivían todos los protagonistas convertidas en mero cartón piedra. ¿Cómo sería vivir con ella? me preguntaba. Nunca lo supe. Ni lo sabré. ¿Dónde está la fuente de para vivir con sensaciones semejantes?

jueves, junio 06, 2024

Ochenta años del día D

Hoy se cumplen ochenta años del día D, del desembarco aliado en Normandía, que supuso el principio del fin de la Segunda Guerra Mundial en el frente occidental europeo. A primeras horas de la mañana, casi sin despuntar aún el día, miles de soldados, subidos a lanchas de desembarco muy espartanas partieron de la flota que les había trasladado desde Reino Unido y acabaron en las playas normandas, bautizadas con nombres como Nebraska, Omaha, que han pasado a la historia. Frente a destacamentos de defensa alemanes, miles de ellos fueron masacrados, pero no pocos lograron hacerse con cabeceras en la costa y abrieron la puerta a la reconquista.

En los actos de hoy apenas asistirán testigos de aquellos hechos. El paso del tiempo y la biología son crueles, y casi todos los que sobrevivieron a la guerra han muerto, y apenas un puñado de veteranos son capaces de ver en sus recuerdos lo que pasó aquel día. Los hechos que fueron memoria se extinguen, al morir los cerebros que los alojaban, y pasan a ser historia, y es un hecho comprobado que la perdida de lo primero contribuye notablemente al olvido de lo segundo y, en parte, condena a una repetición. En los actos de hoy estará muy presente una nueva guerra en Europa, en el este, una de gran crueldad, en la que nuevamente hombres, y esta vez también mujeres, mueren en los frentes tratando de conquistar posiciones en medio de disparos, cohetes, drones y todo tipo de elementos diseñados para matar. Si algún superviviente del desembarco ha visto las imágenes que llegan de Ucrania será el más indicado para comprender lo que allí está pasando, para saber el miedo y el dolor que sufre cada uno de los que se enfrenta a la muerte en forma de enemigo. Hace ochenta años la mayor parte de los muertos acabaron en las playas, fueron no del bando nazi que defendía la costa, sino de los que trataban de conquistarla. Miles y miles de chavales nacidos muy lejos de allí, procedentes en su mayoría de una nación llamada EEUU que empezaba a ser la cabeza del mayor imperio del siglo, pero que aún no había ganado la guerra que así lo consagraría. Vieron la luz en las enormes, infinitas planicies del medio oeste del continente norteamericano, en un mundo joven, en expansión y crecimiento, donde el dolor de la depresión económica ya se había superado y la guerra era algo que contaban sus padres u otros conocidos, pero que siempre se desarrollaba lejos, al otro lado del océano que separaba a su inmensa nación de las del resto del mundo. Altos, bien alimentados, con un elevadísimo nivel de vida, esa chavalería norteamericana se enfrentaba su destino en las costas de un continente arrasado, que llevaba ya cinco años de suicidio programado, destruyendo todo lo que en su momento fue arte, creatividad, vida, futuro y esperanza. Frente a ellos, la maquinaria nazi, no la más mortífera de las viles ideas creadas para asesinar en el infausto siglo XX, creo que ese cruel mérito se lo lleva el estalinismo o el maoísmo chino, pero sí la más eficiente y sádica de todas ellas, la que mejor aunó en su diseño la psicopatía sádica y la eficacia industrial. Una nación, la más grande, avanzada y poderosa de Europa occidental, poseída por el recelo de la venganza y espoleada por el nacionalismo más sectario que uno pueda imaginar, llevaba años asesinando sin piedad y, en muchos casos, de manera industrializada, a todo aquel que se opusiera sus delirios de grandeza. En 1944 las tropas nazis ya retrocedían en el este, asediadas por el ejército ruso en lo que fue el frente de guerra más cruel y mortífero que los tiempos han conocido, pero controlaban el occidente europeo. Sólo en el Mediterráneo, con la toma de Sicilia y posterior liberación de parte de Italia, los aliados habían logrado hacer mella al imperio de Hitler, pero en la Europa central, la gran Alemania, que llegaba a todas partes, y su vasallo, el régimen de Vichy, mantenían el control del continente. Los bombardeos aliados empezaban a hacer mella a la industria y ciudades germanas, pero la capacidad de resistencia que mostraba el sistema productivo alemán ante los ataques era formidable, y sólo la conquista militar derrotaría al monstruo. Costaría aún casi un año lograrlo.

Hace ochenta años miles y miles de chavales desconocidos, algunos de los cuales aún sin tener claro qué era eso de Europa y dónde estaba, dieron su vida para que ustedes, nuestros padres, y abuelos, pudieran vivir en un continente en paz. Para que hoy, todos los que nos veamos a lo largo del día, nos conozcamos o no, estemos donde estamos, y vivamos en las ciudades en las que lo hacemos. El sacrificio de tantos permitió ganar la mayor de las guerras conocidas y liberar a Europa del yugo nazi. Ahora que nuevas amenazas surgen en el este y el ruido de la guerra resuena si uno le presta atención, la lección que nos dieron esos críos en las playas de Normandía adquiere un valor aún más inmenso si cabe. Infinitas gracias les sean dadas a ellos.

miércoles, marzo 06, 2024

Cuando se jubila una voz (para Sergio Pagán)

En mi trabajo el ritmo de jubilaciones es creciente. Los años pasan y llega la edad del retiro. Algunos lo prolongan hasta el límite, y les aliento a ello dentro de mi papel de petardo en la oficina, porque van a estar mejor aquí que en el retiro forzado, pero mi iniciativa suele contar con escaso apoyo, aunque cierto que no nulo. La marcha de compañeros de trabajo por este motivo es, habitualmente, una pena, porque sabes que parte del contacto creado se va a mantener, pero es casi inevitable que se debilite. Sucede esto tanto con los que uno comparte trabajo como el resto de la vida, y las figuras públicas también se retiran, y dejan un hueco.

Hace un par de semanas se jubiló Sergio Pagán, una de las voces históricas de Radio Clásica, que ha llegado a ocupar altos cargos en la administración de la casa, como lo ha sido en su última etapa como director de programación, pero que, por encima de todo, ha sido una amante de la música antigua y barroca y se ha dedicado, con esmero, y paciencia, a difundirla por las ondas. Además de los programas de continuidad que llevaba en el verano, tenía dos fijos en la parrilla semanal de la emisora. Música antigua, los martes de 23 a 24 horas y la hora de Bach, los sábados de 11 a 12 de la mañana. Mientras que en el primero él utilizaba un motivo escogido cualquiera, sea una onomástica, un hecho histórico, la llegada de la primavera, un viaje a Venecia o lo que fuera para ir poniendo músicas desde los tiempos pretéritos hasta el barroco alusivas al tema que fuera, en el segundo la obra de Bach era el hilo conductor de todo el programa, aderezado a veces con autores contemporáneos del genio de Eisenac, en lo que era un constante homenaje a la figura del músico más complejo y, probablemente, genial de toda la historia. A Sergio Pagán le debo el haberme introducido en esos mundos musicales y llevar ya muchos años meciéndome en sus compositores y estilos, dejando otras músicas mucho más arrumbadas en el rincón del alma. En la década de los noventa escuchaba algo de clásica, especialmente Beethoven y Mozart, y también pinceladas de Bach, sobre todo en su obra instrumental de teclado, pero poco más. En aquellos tiempos Pagán tenía un programa en las noches de verano llamado Los colores de la noche, en el que, con un cierto aire de hilo de continuidad, engarzaba músicas de ese repertorio antiguo sin mucha temática previa que les sirviera de soporte. La sintonía de inicio era una música suave de violines con el rumor de una tormenta de fondo. A veces lo escuchaba, de manera esporádica, pero hubo una noche de verano especial, cerca de finales de los noventa. En Elorrio, noche calurosa, con la ventana de mi cuarto abierta, y como en la sintonía del programa, escuchando el rumor de trueno de fondo, con destellos de rayos que se distinguían detrás de Amboto, lo que quería decir que la tormenta estaba en la zona de Ochandiano o ya en Álava. Tenía la luz del cuarto apagada, para apreciar mejor el brillo de los rayos lejanos, y la radio puesta. Pagán empezó su programa y, tras una introducción breve, a la que no presté mucho caso, puso una composición larga, la misa Pangue Lingua de Josquin Desprez, en la versión de Tallis Scholar. Las piezas de la obra empezaron a sonar y, poco a poco, empecé a dejar de prestar atención a la tormenta, que seguía lejana, sin visos de querer acercarse, para escuchar aquella música que no tenía nada que ver con nada de lo que hubiera escuchado nunca en mi vida y que era, simplemente, maravillosa. Cuando llegó el Agnus Dei, el final de la pieza, yo estaba tan a gusto como asombrado, y claro, todavía quedaba esa triple invocación en las que Desprez es capaz de hacer cosas que nunca se han vuelto a lograr. Y descubrí un nuevo mundo musical. La obra terminó, se hizo un silencio de unos pocos segundos y, lo reconozco, mi gusto y valoración musical cambiaron radicalmente y para siempre. Pagán volvió a repetir el nombre del compositor, la pieza y el conjunto que la interpretaba, y puede apuntarlo parcialmente. Y al día siguiente, empecé a buscar cosas de esas.

Muchos habremos sido los que, gracias a Sergio y otros profesionales, hemos descubierto, músicas, producciones, trabajos de otros, y por ello debemos darles las gracias, porque su labor es la que permite que los nuevos retomen el trabajo de creadores antiguos y lo hagan salir a la luz. Modesto, de hablar pausado, ornitólogo, amate de la naturaleza, Pagan es uno de los mitos de Radio Clásica que ha llegado al final de su camino y comienza una vida nueva, alejado de los micrófonos. De él sólo conozco su voz, nada más, pero parte de mi vida le debe mucho. Poco más puedo decir que gracias, inmensas gracias, ante tanto y tan buen trabajo.

jueves, febrero 08, 2024

Savater, Unamuno y El País

Como dejó escrito alguien en redes el pasado fin de semana, con la marcha de Fernando Savater de El País pierde mucho más el periódico que el filósofo, y ese es el perfecto resumen no de lo que ha sucedido, pero sí de sus consecuencias. La deriva en la que ha entrado la cabecera de PRISA llevaba inevitablemente a que Savater dejase esa empresa, bien por voluntad propia o por despido, que es lo que ha sucedido finalmente. La directora, Pepa Bueno, fiel correa de transmisión de los dictados de Moncloa, se encargó de comunicárselo en una reunión que todas las fuentes califican de cordial y clara. Se mantuvieron las formas, algo es algo, pero quedaron claras las posturas.

En esta vida si uno está del lado de Savater no tiene la certeza de que la razón le ampare, pero sí que la ética le cubra y que, con el tiempo, la soledad le rodee. Fernando es uno de los pensadores más lúcidos y transgresores de su generación, una persona que ha ido creciendo en sabiduría y compromiso social a lo largo de los años, partiendo de un punto que ya está muy lejos del alcance de muchos, y que ha tenido en la enseñanza y la defensa de la libertad sus grandes pilares (y bueno, también el hedonismo, que lo practica en cuanto puede). Todos los autoritarios se han encontrado con Savater de frente, lo que ha hecho de Fernando un sujeto especialmente incómodo, porque él, desde una posición ideológica de izquierda convencional, no ha dudado en enfrentarse a todos los que han deseado imponer un régimen totalitario o una mentira, sea cual sea la presunta argucia ideológica en la que basasen sus ínfulas de poder. Consiguió prestigio Savater entre la progresía clásica por su oposición al régimen franquista, que le llevó a la cárcel (a él sí, a otros que de eso presumen no) pero empezó a perder puntos en ese extraño oficialismo de lo políticamente correcto cuando, caída la dictadura, siguió enfrentándose a lo que quedaba de franquismo en España, que era ETA y toda la constelación de basura nacionalista que la amparaba. Ahí muchos que le admiraban empezaron a recelar de su figura, porque ETA se vendía como un movimiento de liberación, como la vanguardia de un partido marxista leninista, como la quinta esencia de la revolución frente a la burguesía, y un montón de tonterías similares. En el fondo ETA no era más que la mano armada de un movimiento racista, etnicista, xenófobo, que considera que hay unos humanos que son superiores a otros, y los superiores tienen derecho a autogobernarse y eliminar a los inferiores. La misma basura que generó el desastre del siglo XX europeo pero vestida con boina. La firmeza de Savater ante ETA, sus brazos utilitarios y toda la constelación de nacionalistas bien vestidos, pero igualmente racistas que se beneficiaban de lo que hacían “los chicos de la gasolina” empezó a convertir a Fernando en un personaje incómodo en muchos ámbitos, en el País Vasco y en el conjunto de España. Gracias a él y a otros valientes la sociedad despertó ante la ilusión terrorista y salió a las calles a oponerse, y ETA dejó las armas envuelta en el olvido de muchos, que la consideraron como algo inútil. Sin embargo, la ideología que le amparaba sigue viva, no sólo en el País Vasco, y Savater la sigue combatiendo, a esa y a todas las que amparan una visión de la vida en la que eso, la vida, está supeditada a los deseos de un liderazgo fuerte que marca la dirección que debe seguirse. Savater siempre ha estado frente al poder, civil, militar o religioso, porque el poder es capaz de corroer el corazón de los hombres y llevarlos a cometer actos infames en la creencia de que es por el bien de la sociedad a la que dicen cuidar. Ese componente ácrata que le domina hace que sea insobornable ante atropellos como los antes mencionados o los que ahora, día tras día, realiza Sánchez desde la presidencia del desgobierno, en nombre de una sarta de argumentos prefabricados que son tal mentira que, aunque a algunos engañe, no pueden seguir sosteniéndose de manera indefinida. Un sueldo, que acalla las conciencias de tantos, no sirve para que Savater enmudezca.

Es curioso. Aunque es guipuzcoano, Savater tiene un componente unamuniano muy propio del bilbaíno, que le lleva a la bronca con los suyos y los ajenos, y lo hace ponerse siempre en las posiciones más polémicas. No está su intelecto a la altura de la mediocridad que nos rodea en lo que hoy en día se hace llamar política, y se le nota el hartazgo ante lo que ve. Perdida su alma gemela, su amor que ya se fue, Savater vive en un mundo de recuerdos, añoranzas, placeres diarios para sobrellevarlos y de rabia ante la degeneración del discurso, la palabra, la promesa. Una vez que el periódico que él fundó ha dejado de hacer periodismo para pasarse al mundo de la propaganda, para así evitar su quiebra, poco pintaba allí. De buena se ha librado.

lunes, diciembre 18, 2023

Vargas Llosa se retira

Este año Mario Vargas Llosa ha publicado una novela de temática peruana, titulada “Les dedico mi silencio” que leeré cuando salga en bolsillo, y su agente editorial hizo saber que será el último trabajo de ficción del autor. Embarcado como está ahora mismo en un ensayo sobre la figura de Sartre, se ha informado también que este será el último texto que componga para ser publicado como libro, dando por concluida una gran trayectoria literaria en prácticamente todos los géneros posibles. A sus 87 años, el Nobel llega la final de su trayectoria y da por terminada la labro realizada a lo largo de toda una vida.

Este fin de semana, tras lo anunciado por su familia el sábado, publicaba El País la que, también, va a ser su última columna en la prensa, una colaboración que el escritor mantenía con la cabecera madrileña desde hace varias décadas, años noventa, y que se publicaba en la edición del domingo con periodicidad quincenal. Afirma en ella que la memoria ya no le funciona como antaño y que empieza a no tener fuerzas para realizar artículos y reportajes, que el tiempo de la escritura se le acaba. Dedica esta última columna a dar algunos consejos a los periodistas, especialmente a los de opinión, necesarios en estos tiempos de doctrina militante en los que la figura del periodista se confunde con la del acólito al servicio de la causa. Demanda Llosa que el columnista sea fiel a la verdad, y a su opinión al respecto, y que, si esta discrepa de la línea editorial que mantiene el medio, que no se achante y mantenga sus convicciones. El articulista debe tener una posición dada sobre el tema del que escribe (lo que no le obliga, por supuestos, a tenerla sobre todos los temas del mundo mundial) y con argumentos y razón debe justificarla. Si eso no es lo que el medio en el que trabaja propugna desde su enfoque editorial, da lo mismo. El propio Vargas Llosa ha sido un articulista molesto para El País en no pocas ocasiones, manteniendo una postura liberal que casaba ligeramente con las bases fundacionales del periódico, pero que cada vez se ha ido alejando más, no por la deriva del escritor, sino por el propio cambio de espectro del diario, que se sigue escorando cada vez más hacia una nada sanchista. Vargas Llosa ha evolucionado ideológicamente a lo largo de estos años y, de una juventud de militancia comunista y “sesenta y ochera” por así llamarlo ha acabado siendo un defensor del liberalismo en extenso, no sólo del económico, que también, sino del social, lo que también le ha enemistado con algunos que se hacen llamar liberales pero que asocian ese concepto sólo a la cartera pero no al sentimiento o la vida personal. Dotado de una cultura aplastante y una saber escribir propio de un genio, disputar una posición escrita por Vargas Llosa era un reto para todos aquellos que disintieran de su opinión, y los hay en abundancia. En muchos de los casos el Nobel no entraba al trapo, no es amigo de polémicas desde las que tuvo en su juventud con autores de su quinta y rehúye el enfrentamiento por encima de todo, sabedor de que en el ruido ni va a ser capaz de argumentar ni va a encontrarse verdad alguna. Muchos son los que admiran las novelas de Llosa pero discrepan notablemente de sus posiciones ideológicas, pero la inmensa mayoría le reconoce una coherencia profunda en las mismas. Uno de sus ensayos “La llamada de la tribu” que es muy recomendable, supone una defensa del liberalismo pero, sobre todo, de la libertad frente a la masa, de la capacidad crítica del individuo en la sociedad frente al poder establecido que siempre busca amordazar a la opinión discrepante. Natural de una nación y continente en el que la libertad siempre está en peligro por las asonadas militares y el populismo, Vargas Llosa llegó a la democracia europea y le fascinó desde un principio la maravilla de equilibro democrático que hemos alcanzado en nuestras sociedades y, pasmado se quedó, la admiración que los intelectuales europeos tenían de regímenes de pesadilla que él conocía muy bien. De ahí su desencanto ideológico y su conversión a la fe de la libertad por encima de todo.

Vargas Llosa es un excelente escritor, autor de algunas de las mejores novelas de las últimas décadas, y como periodista ha sido autor de grandes columnas. Para los que en ello trabajan, y los que, por afición, tratamos cutremente de imitarlos, ha sido todo un referente y ejemplo. Su decisión voluntaria de retirarse es dolorosa para los lectores, pero es el autor el que decide cuándo se ve en condiciones de seguir y cuándo no, y el lector, además de respetar esa voluntad, poco más puede hacer que agradecer el trabajo de estos años y el inmenso placer e ilustración que ha sido pasar horas envuelto en sus páginas. Un maestro sale de la escena y se retira.

jueves, noviembre 30, 2023

Carlos Alsina, premio Cerecedo, y el periodismo

Seguramente será Carlos Alsina el presentador de radio más interesante que hay en España. Polifacético a la hora de diseñar sus programas, se considera más creador de radio que periodista a secas, aunque sea un esclavo de la actualidad y su narración, tanto por convicción como por necesidad. Ficciones sonoras, espacios alternativos de calidad como La Cultureta, colaboradores de prestigio, entrevistas con un estilo muy propio… Alsina hace una radio que es similar a la que se hace en todas las cadenas, pero con unos matices muy interesantes. Pero sobre todo, Alsina no te deja claro a quién votaría en unas elecciones, y sólo por eso merece la pena escucharle.

Reconocido múltiples veces por su profesión, y por muchos fuera de ella, ha sido galardonado con la última edición del premio Enrique Cerecedo, y en su discurso, que les aconsejo fervientemente que contemplen, disecciona en unos veinte minutos los males que acechan al periodismo actual, especialmente ese proceso que ha convertido a los periodistas políticos en copia barata de lo que ya eran los deportivos, un vulgar grupo de hinchas del equipo al que, carentes de rubor, defienden sin complejo alguno, acierte o se equivoque. Alsina es amigo de ironías y cinismos, que dicen que en la radio no se entienden bien, pero que usadas con esmero son tan comprensibles como efectivas. Sin una palabra más alta que otra, sin faltar en lo más mínimo, pero con la gracia del que se ríe de todo, su discurso es una disección de unos medios que hace tiempo se han convertido en apéndices de los partidos, con la complicidad, cuando no aplauso, de los profesionales que los integran. Siempre ha habido periódicos y cadenas de partido, eso no es novedad. Como decía el clásico, si fuera un objeto sería objetivo, pero como soy un sujeto soy subjetivo, y eso nos pasa a todos, pero desde unos años, a medida que el populismo “sin complejos” ha ido conquistando cada vez más peso en la política normal y que las redes sociales se han convertido en el altavoz único de la opinión, la deriva hacia el partidismo de medios, columnistas, editorialistas y demás ha sido total, y con ello la pérdida de credibilidad de unas opiniones que, expresadas con convencimiento radical, son forzadas a cambiar de rumbo por completo en apenas horas en función de la conveniencia del líder al que se aplaude, que por su puesto carece de convicciones y escrúpulos, porque no los necesita. Cuando acudo a un periódico o a un medio informativo, sea cual sea su soporte, quiero que me cuente lo que ha pasado y me de algunas claves del por qué. Se que va a haber un cierto sesgo en su interpretación de los hechos y, conociendo la tendencia del medio, lo tamizaré. Consultando más de uno podré contrastar y, en definitiva, tratarme de hacer una idea de lo que ha pasado, en temas de los que puedo saber mucho o no, que me tocan cerca o lejos, de los que tengo una opinión formada o no. Esta estrategia, que requiere trabajo, fracasa desde el principio si el medio se convierte en el portavoz de un partido, si lo que me cuentan es mera propaganda, redifusión del argumentario del día fabricado en las mazmorras de ciertas sedes de partidos o de instituciones rectoras del poder. Distinguir información de propaganda empieza a ser imposible, y si uno no puede llevar a cabo ese trabajo de tamiz y contraste que antes les señalaba, la opción más sencilla es la de la renuncia. De qué sirve estar viendo o escuchando una tertulia en la que uno sabe, a priori, perfectamente lo que va a opinar cada uno de los presentes sobre todo lo que se diga, y en la que se no dejan de reiterar los mismos argumentos, a veces incluso las mismas frases, palabra por palabra, que se llevan escuchando desde primera hora del día por parte de los portavoces de los partidos o gobiernos. Uno descubre que eso que se vende como periodismo no lo es, y para escuchar a loros reiteradores de eslóganes renuncia, apaga el medio y busca otra cosa. Y entonces eso que se llamaba periodismo se adentra en la peor de las crisis posibles, la de la credibilidad.

Entre las muchas anécdotas que cuenta Alsina en su discurso la última, referida al entierro de Concha Piquer, es genial, y reitera la necesidad de que el periodista tenga, respecto a la actualidad y el poder, una actitud prudente y distante, sino puede acabar muy mal. Puede incluso llegar a ser censor, mandar callar a otros, no sólo elogiar sin freno al líder propio, sino directamente exigir a los demás silencio y pleitesía. De censores está el mundo lleno, que desean ejercer sin freno para extender su sectarismo. Ahora no llevan sotanas ni alzacuellos, pero se valen de la misma intransigencia. Alsina, al menos, es de los que los denuncia y consigue enfadar, que no es poco en estos tiempos. Enhorabuena por el premio y muchas gracias.

lunes, octubre 03, 2022

El homenaje de sus amigos a Javier Marías

Al día siguiente del fallecimiento de Javier Marías pudo Carlos Alsina hablar brevemente con Arturo Pérez Reverte, que se encontraba de viaje fuera de España. El dolor del amigo que ha perdido a otro era palpable. Comentó Arturo que a la vuelta, pasados unos días, tratarían los cercanos de organizar un homenaje a la altura del escritor fallecido, y con ese motivo un montón de gente brillante y allegados se juntaron este pasado viernes en el Círculo de Bellas Artes para expresar su dolor, su admiración y pena al saber que ya no podrán compartir nada con el desaparecido Javier. Y muchos más pudimos estar allí como testigos.

El acto, presentado por el poeta y columnista Antonio Lucas, consistía en la sucesión de aquellos que han tenido a Marías muy cerca de sí, en lo profesional, personal, literario o. simple y grandiosamente, amistada. Cada uno, introducido por Lucas, tenía unos tres minutos para decir lo que le viniera en gana, y la sucesión de subidas y bajadas en el escenario se daba por orden alfabético, de tal manera que Guillermo Altares fue el primero y Luis Antonio de Villena el último. Novelistas como Eduardo Mendoza, el propio Reverte, Manuel Jabois, el presidente del grupo editorial que le publicaba, su agente Marta Lynch, amigas íntimas, miembros de la RAE con los que tenía relación estrecha, incluyen al propio presidente de la institución… allí se sucedían personas de enorme valía, autores de éxito, profesionales como la copa de un pino que han logrado el éxito en sus trabajos y el reconocimiento público. Cada uno de ellos, por sí mismo, era merecedor de un homenaje por lo que ha logrado, pero todos se rendían ante la figura del desaparecido Marías, al que retrataban no tanto como el genio literario que era, sino como una persona tierna, tímida, bella, cariñosa y siempre leal a sus amigos. En lo literario bien lo dejó claro Eduardo Mendoza al señalar que Marías ha sido, es, el más grande entre todos, y que dejó puesto un listón al que el resto no son capaces de llegar. Y eso dicho por un premio Cervantes que concita el aplauso unánime, y merecido, tanto de crítica como de público. Fueron las notas de lo personal lo novedoso del acto, el relato de anécdotas que la mayor parte de los intervinientes tenía en su relación con Marías. Para todos era un maestro, un pozo de sabiduría y un alma bondadosa. Era exigente en el trato, como bien comentaron las que trabajaban con él en el día a día del mundo literario, pero lo daba todo, y se desprendía. Reticente a las tecnologías, trataba de mantener una cierta distancia con el mundo exterior, para estar a salvo de los tontos que por todas partes pululan, como señaló Jorge Fernández Díaz, y eso, en un mundo como el actual dominado por la imagen y la presencia constante, le daba una imagen huraña, de viejo cascarrabias, aumentada en los últimos tiempos por las críticas de los necios que cogían sus libres opiniones y las usaban para golpearle. Marías se escondía de una sociedad que, en gran parte, no entendía, la consideraba llena de ruido y furia, de vanidad pretenciosa, de estruendoso vacío. Pero ni mucho menos era ajeno a lo que en ella pasaba. De todo leía, se enteraba, quería saber, y lo compartía con los suyos. No era fácil acceder a su círculo, por esas protecciones que establecía, pero una vez en él los que estaban descubrían a un niño, como le describió Reverte, un alma infantil que jugaba y disfrutaba de las cosas que le hacían feliz, que vivía volcado en las letras y en otras pasiones, como el cine o el fútbol, y que se lo pasaba en grande ejerciendo su papel de Rey de Redonda, monarca de un ficticio reino que sólo existe en la imaginación de los que en él forman parte. Su editorial, a la que dedicaba tiempo y esfuerzo sin límite, tomó ese mismo nombre, y eran regios los libros que allí se editaban. Y los regalaba sin freno. Ahora la editorial y el reinado están en sede vacante, por usar una terminología vaticana que, me temo, no le gustaría, pero que describe muy bien la sensación de vacío en el palacio de las letras que su muerte ha dejado.

Al acabar el acto Álvaro, uno de sus hermanos, que desde hace años se dedica al mundo de la música antigua como director de conjunto y flautista, interpretó el lamento “lachrimae” de John Dowland en un arreglo para flauta de pico de Van Eyck. Es una pieza luctuosa, triste y conmovedora, que llena. Tras tantas palabras ajustadas, la música se hizo con el escenario y, en un silencio absoluto, con una secuencia de imágenes de fondo, dijimos adiós a Javier Marías de una manera tan honda y elegante que, a buen seguro, le hubiera dejado más que satisfecho. Cuánto lamento que su maldita muerte haya obligado a hacer algo tan bello y debido.

miércoles, septiembre 21, 2022

El viaje y el hogar (para JLRC y familia)

Uno de los aforismos más repetidos es ese que dice que el nacionalismo se cura viajando y, quizás, como todo lo que se reitera una y mil veces, tiene más de tradición que de certeza. En este tiempo en el que nos movemos muchísimo, por motivos dispersos, y tenemos la oportunidad de conocer naciones y culturas de lo más diverso, el nacionalismo perdura y, tristemente, goza de buena salud, alimentado por los rencores propios que ahí siguen. Para el creyente, salir al exterior no es sino una forma de reafirmarse en lo exclusivo de su pertenencia a la élite soñada, y el viaje refuerza aún más las convicciones. Si conoce a alguno de esos, tenga cuidado.

Aunque uno se vaya pocos días y a una nación cercana, en lo físico y emocional, como ha sido mi caso en estas pasadas jornadas, encuentra a cada paso diferencias en casi todo lo que le parece normal de la vida diaria. Pasa como con el cuerpo, que descubrimos que algo existe cuando no lo hemos notado nunca y, de repente, molesta. Las costumbres en cada sitio son las que en cada lugar se consideran las normales, pero para el que los visita se tornan en novedosas, curiosas, a veces incomprensibles. Es normal verlo así, y el viajero, si es que tiene tiempo y no se encuentra en uno de esos periplos de trabajo que todo lo absorbe, haría bien en poner en marcha su instinto de curiosidad e indagar en las costumbres y hechos locales, y el descubrir algunas de las causas que las originan. Todos vivimos en sociedades fruto de siglos de existencia, convivencia y adaptación a entornos y circunstancias diversos, que han conformado el mundo que consideramos como normal. Los horarios, las comidas, las costumbres sanitarias, la forma en la que se recoge la basura, el mero diseño de las aceras y los elementos con los que se edifica conforman el decorado en el que nos movemos y damos por sentado, hasta que uno traspasa su frontera y llega a un lugar donde las cosas no son exactamente como “debieran ser”. Ese contraste es una de las principales fuentes de placer, a veces de inquietud, que esconde todo viaje. Visitar lugares no debiera ser un mero catálogo de puntos de interés que uno debe cruzar como si fueran metas volantes en una carrera, sino el mero hecho de pasear y ver lo que se pone delante de nuestros ojos. Sí, a veces eso no es precisamente agradable, y el infinito tema de la recogida y gestión de las basuras puede ser uno de los puntos anecdóticos que lleva a zonas más sombrías de las ciudades de lo que uno pudiera imaginar, pero lo cierto es que el viaje supone una sobredosis de estímulos, un ejercicio en el que el mundo real se arma de fuerza y bombardea nuestras mentes con novedades a cada paso para así mantenernos entretenidos. A veces incluso logra que la gente despegue su mirada de la pantalla del móvil, lo que es el éxito absoluto para un paisaje, lugar o monumento dado en tiempos de adicción. No hace falta recurrir a lugares exóticos y lejanos, llenos de misticismo, para encontrar atractivos y sugerentes imágenes que llenen nuestra mente de placer y le hagan preguntarse ¿Cómo hicieron esto? ¿Para qué? ¿Por qué así? Y tantas y tantas dudas que a uno le surgen cuando no pisa terreno trillado. El idioma mismo del lugar que se visita, que siempre es un reto, y más para los que somos cortos en esto del don de lenguas, supone un reto y un mundo que llena de curiosidad a cualquiera, porque sin idioma, sin lengua, no somos, y lo que no podemos decir no existe para los demás. Hacerse entender, equivocarse una, dos, miles de veces, quedarse con la sensación de estar perdido, es uno de los mayores retos cuando uno sale de la zona de confort en la que vive habitualmente, en la que el idioma y la comprensión se dan tan por hechos como el aire que se respira. Y en esta Europa nuestra bastan a veces unos pocos kilómetros para saltar de zonas lingüísticas de tal manera que lo que sirve en una de nada sirve en otra y viceversa. Las letras se revuelven, y el viajero nota como el blando suelo sobre el que creía asentarse se torna aún más movedizo. Toca tirar de ingenio para sobrevivir.

Viajar también es encontrar refugio, lugar de reposo, un punto en el que coger fuerzas, un asidero. Habitualmente, desde la época romana, esto tiene forma de hotel, de lugar más o menos acogedor, casi siempre frío en lo humano, por lo obligadamente fugaz del paso. En otras ocasiones, como la de estos días, esa acogida tiene forma de hogar, de familia que se desvive por quienes le visitan y le trata de una manera desvivida que a uno siempre le hace sentir en deuda. En esos casos ese hogar pasa a ser un faro que, sea cual sea la experiencia vivida, actúa como refugio y guía, la luz segur a la que acudir cuando uno la necesitar. Dar las gracias siempre es necesario, mucho más cuando es tan debido.

martes, septiembre 13, 2022

Javier Marías, el intelectual libre

Junto a su obra literaria, Marías desarrollo una intensa faceta de articulista, lo que permitió a los que le leyeron acceder a sus opiniones sobre los temas de actualidad. Esa fue casi la única fuente para ello, porque se mostró siempre reticente a entrevistas y no quiso participar para nada en el mundillo literario ni en todo lo que tiene relación con la fama. Su vanidad, que muchos tachaban de elevada, era casi nula, aplastada por la timidez, la corrección en las formas fruto de una elevadísima educación y un resquemor muy profundo hacia las autoridades y, en general, sociedad española, dado como ambas trataron a su padre. Nunca nos perdonó por ello.

Julián Marías, uno de los mayores filósofos de su época, fue delatado ante las autoridades franquistas, y su filiación republicana no le condenó al paredón, pero sí al ostracismo. No pudo enseñar en universidades españolas ni tener contacto con otro tipo de instituciones. Algunos de sus amigos, pocos, que residían fuera, le acogieron, especialmente en EEUU, para darle algunos trabajos y así poder obtener ingresos, y allí que se fue por temporadas, llevando a toda su tropa de hijos, entre ellos a Javier, apenas un bebé que, con sus berridos, despertaba a un tal Nabokov que escribía en el piso de arriba en la casa de la costa este en la que la familia Marías pasaba temporadas. En España, muchos de los que se decían amigos de Julian se encargaron de repartirse su puesto y prestigio, y sacar réditos con ello. Traicionaron su memoria y abandonaron a los Marías de una manera vergonzosa. No fueron pocos, ni durante poco tiempo. Javier aprendió desde pequeño qué es vivir no en el exilio, pero sí en el abandono social. Y se hizo duro. Regreso a España con poco más de veinte años, tras estancias temporales, para residir definitivamente aquí, pero a sabiendas de dónde estaba, y cal era la talla moral e intelectual de quienes con él compartían la existencia. Desde un principio se apoyó en quienes le mostraron nobleza y despreció a los demás, y eso contribuyó a crear la imagen de un personaje algo oculta, huraña y recelosa. El hecho de que escribiera novelas como nadie lo hacía, y que fuera un anglófilo en tierras no afectas a la pérfida Albión aumenta la sensación para muchos de estar ante un personaje oscuro. Decisiones personales como las de ir renunciando poco a poco a los avances tecnológicos aumentaron esa percepción. Escribía a máquina, usaba fax, móvil con SMS, pero se negaba a utilizar ordenador e internet para su trabajo y vida. Renuncias que justificaba en el hecho de que a él le iba bien lo que hacía con los medios con los que los hacía, y que no necesitaba cambiar. Su renuncia más significativa, sin embargo, fue la de la adulación al poder, es decir, al de no ser un pelota del gobernante de turno para obtener réditos. El recuerdo de su padre pesaba como una losa y el desprecio que sufrió, y él lo volcó contra los que ocupaban los cargos públicos de nuestro país, personajes de una talla moral e intelectual cada vez más degradada, a los que sacudía sin piedad. Su independencia económica le hizo tener muy claro desde un principio que sus valores morales serían defendidos a capa y espada, metafóricamente en su caso, y se convirtió en un intelectual de verdad, un personaje dotado de un inmenso intelecto y capacidades, muy alejado de esa imagen del intelectual creada por algunos sujetos menores, primero en Francia, luego aquí, aún más disminuidos, cuyo principal objetivo era y es conseguir migajas financieras del poder público a cambio de loar al gobernante. Él no. Renunció expresamente a premios financiados por el erario público y eso, desde luego, le cerró la puerta a otros, como el Cervantes, que se queda también cojo en su prestigio al no contar con él entre los agraciados. Imposible de ser domesticado por la política, los que ocupaban los cargos pasaron a ignorarle y despreciarle, ya tendrían pelotas más fáciles de amaestrar y someter.

Envuelto en los últimos años en polémicas bobas fruto de las jaurías de basuras que utilizan las redes sociales para volcar en ellas su bilis e ignorancia, Javier Marías siempre dijo lo que pensaba hablara con quien hablase, y los que le conocen recalcan que era una persona de enorme bondad, gran timidez, muy cariñoso, educado, sin accesos de ira hacia los demás, sabio y sensible. En medio del lodazal en el que se ha coinvertido el debate público moderno, en el que los patanes gritones triunfan, alguien como Marías no podía hacer nada, por lo que era obvia su decisión de no participar en él, de expresar sus opiniones de manera diferida en artículos semanales y nada más. Su pérdida también nos arrebata una menta libre e independiente, y de eso no estamos nada sobrados, pero nada. Todo es pérdida con su marcha.

lunes, septiembre 12, 2022

Javier Marías, Rey de Redonda

Llegué tarde a las novelas de Javier Marías, y después de algunos encontronazos y decepciones. Le leía todas las semanas en la columna que iba después de la de su gran amigo Arturo Pérez Reverte, en la revista de El Correo, y luego seguí pasando por sus artículos cuando se trasladó a El País. Me gustaban mucho. Era enrevesado, pero dejaba clara su opinión, y no se casaba con gobierno o poder alguno. Era intelectual sin presumir de ello y renunciando a oropeles propios de literatos vanidosos. Hace ya años intenté leer sus novelas, y en un primer asalto, me derrotó, se me hicieron densas y no me enganchaban para nada. Seguí sólo con el Marías articulista.

Algún tiempo después volví a intentarlo otra vez con las primeras, las que tenían esos títulos tan shakespirianos que a él le encantaban (corazón tan blanco, negra espalda del tiempo, mañana en la batalla piensa en mi) y reconozco que las acabé a trancas y barrancas. Ya era un pope de las letras, pero no veía en él a un autor querido para mi gusto. Me perdía en sus párrafos enormes, divagantes, me llevaba de un lado para otro pero sin que me sintiera a gusto. Pero los artículos seguían gustándome, de hecho, cada vez más. En el tercer intento, un tiempo después, lo hice con una de sus novelas largas, “Los enamoramientos”, premiada y muye elogiada. Si ahí me estrellaba no había manera de recuperarse, llegaba ampliamente a las quinientas páginas. Y me encantó. Acabe la lectura con la sensación de gozo de lo bien que me lo había pasado en ella, pero también con la sorpresa de que, esta vez, los párrafos monstruosos no me habían mareado, sino mecido, en su ritmo de prosa melódica y sugerente. Hice, por tanto, un camino inverso, no volví a intentarlo con las novelas pequeñas y traté de subir a su trilogía “Tu rostro mañana”, que me supuso un gran esfuerzo, son tres volúmenes y unas mil quinientas páginas, y en algunos momentos caí en el riesgo de entrar en pérdida, pero sobrevolé con gusto la obra en la que el autor daba rienda suelta, sin freno alguno, a sus obsesiones, entre las que destaca la vida oculta, el engaño de quien parece ser una cosa pero lo finge, el que lleva una doble vida por gusto o necesidad y enseña a unos una faceta que no tiene nada que ver con la que muestra a otros, sin que esté muy claro que alguna de ellas sea más falsa que la otra. El espionaje era el terreno perfecto para este tipo de sujetos, y abundan los espías en sus obras, pero no piense el lector que estamos ante relatos como los de Le Carre, magistrales por otra parte, sino ante algo muy distinto. Con menos acción pero mucho más sibilino y perverso. Lo siguiente que cayó suyo fue “Ahora empieza lo malo” que es tan brillante como la novela de enamorados especiales a la que me refería hace algunas líneas. Empezaba a ver la dimensión literaria de un autor que crecía ante mis ojos a la vez que empezaba a ser repudiado en ciertos círculos y, sobre todo, redes sociales, por ejercer una libertad de pensamiento y escritura que hoy está penalizada. Marías iba subiendo escalones en el olimpo personal de autores y referentes a los que uno le gustaría preguntar cosas sobre cómo organizar su vida y valorar lo que en ella encuentra a su paso. Recogido en su casa, con unas costumbres rígidas y uso de la tecnología propia de otra época, Marías vivía en este mundo, pero consciente de que, en parte, algo de él ya se le había escapado, y no consideraba necesario hacer esfuerzo alguno para recuperarlo. Le eran ajenas muchas de las modas, costumbres, pleitesías y deberes a los que se nos fuerza en la vida actual, tan centrada en la presión de los demás sobre cada uno de nosotros. Era ajeno, vivía y creaba libre. No le bastaron las mil y algo páginas de su trilogía para explorar los recovecos de la falsedad, y volvió a sacar una novela enorme en la que aparecían algunos personajes de ese magno trabajo y otros nuevos. Berta Isla, que así se llama, acabó siendo la primera de una novela doble, junto a tomas Nevinson, la última de las publicadas, que aún tengo pendiente. Berta Isla es una maravilla absoluta en la que no merece la pena reseñar página alguna porque en todas encuentra uno no sólo contenido, sino sobre todo una belleza y exquisita en la forma, que se entrega en forma de frases tan profundas y ajustadas como yo no seré capaz de escribir en mi vida. Ni una sola de ellas. He releído esa novela un par de veces, cosa que no es habitual en mi, y en cada momento, junto al disfrute, estaba la lástima de saber que, avanzando, me acercaba a un final al que no quería llegar. Se podía vivir en esas páginas y uno sería feliz, o al menos encontraría momentos de felicidad verdadera.

El sábado, justo antes de ayer, leía este precioso cuento de Rafael Narbona en el que, fetichista, deseaba encontrar la vivienda del autor y hablar con él, atreverse a tocar el timbre, entrar en su sancta sanctorum y destripar el cómo se pueden crear maravillas así. Hoy es lunes, han pasado sólo un par de días y, entre medias, se ha muerto el creador de esas maravillosas páginas y el dueño de una mente abierta, lúcida, brillantísima y original, poseedor de una forma muy propia de ver las cosas. No doy crédito, no quiero darlo, no quiero que sea verdad. Como dice hoy Karina Sáín Borgo, ¿qué hago con mi rabia? ¿Qué hago con mi pena? ¿A quién le grito lo tremendamente injusto que es que vivamos en un mundo muchos más zafio, en el que ya no está Javier Marías?