Cojan una cuerda con las manos y extiendan sus brazos, a lo ancho, creando envergadura, poniéndolos en cruz. Mantengan la cuerda tensa. Ahora, poco a poco, vayan cerrando los brazos y verán cómo, al destensarse, la cuerda cae poco a poco creando una curva. Esa curva se llama catenaria, es la forma que se genera cuando una misma tensión se aplica a cada punto. Es la que se puede ver en cualquier tendido eléctrico o en las que sostienen los puentes colgantes. Quizás les parezca una parábola, pero no lo es. A medida que acerquen sus brazos la cuerda colgará más y empezará a caer con fuerza, creando una imagen similar a un arco apuntado, pero raro.
Con las manos cerca una de otra, la extensión de la cuerda hacia abajo es casi máxima y su base estrecha. Ahora imagen ese trazado justamente invertido, con la base en el suelo y la cuerda elevándose al cielo y bajando. Acaban de crear ustedes una bóveda catenaria, y eso es lo que define gran parte de la arquitectura de Gaudí. Aunque parezca que son góticas, las naves y muchas de sus edificaciones no tienen nada que ver con ese estilo, de paredes rectas y bóvedas de arista, que inevitablemente acaban generando descargas que se salen de la verticalidad de las paredes y requieren apoyos, los arbotantes y contrafuertes que inventaron los constructores de las catedrales. Gaudí era un arquitecto genial que sabía de estructuras modernas. Jugaba con las formas y se exaltaba en la decoración, pero conocía los materiales modernos y el comportamiento de las estructuras como un buen ingeniero de su época, principios del siglo XX, cuando el desarrollo de arcos y otras formas había alcanzado niveles inauditos para los constructores del pasado. Sus edificios son raros por fuera, también por dentro, pero estructuralmente siguen las ecuaciones que rigen los que ahora utilizamos, ecuaciones que él conocía. Su genialidad absoluta fue llevar a ciertas formas estructurales a límites que no se habían intentado jamás y, desde luego, su inspiración en la naturaleza para dotar de organicidad (disculpen el palabro) a todo lo que edificaba, creando así obras con un sello muy propio que son inconfundibles. Algunas de sus creaciones se enmarcan dentro de la corriente de Art Nouveau, que si visitan Bruselas, por ejemplo, podrán admirar en todo su esplendor, pero es cierto que Gaudí va más allá, y su Nouveau no sólo tiene esteroides por la dimensión que alcanza, sino por el exuberante barroquismo que llega a ser invasivo. Las fachadas de Gaudí son sobrecargadas en extremo, y suponen un reto constante para el que las contempla, como una especie de cuadro de El Bosco donde los detalles se agolpan uno contra otro hasta llenarlo todo. No hay detalle del edificio, desde las barandillas de las escaleras hasta la última teja del techo, que no sea trabajado en extremo por el artista, que concebía sus edificios como un todo, como un conjunto en el que cada parte tenía la misma importancia que las demás, y no dejaba nada al azar. Este afán obsesivo encarecía mucho sus proyectos y le hacía incumplir plazos, aunque en general dejaba satisfechos a los mecenas que financiaban sus obras, que sabían hasta qué punto la dedicación del creador de las mismas había sido plena. Esa obsesión profesional, junto con su profunda vocación religiosa, se unieron en el que fue el mayor de sus proyectos, el de la creación de una iglesia a la mayor de las glorias, con motivo expiativo, lo que sería el templo de la sagrada familia. Una construcción en la que todo su genio se llevaría al extremo, en el interior y el exterior, con doce torres para los apóstoles, cuatro para los evangelistas, una para José, una para María y, como cimborrio, la de Jesús, la torre de iglesia proyectada con mayor altura del mundo para su tiempo, que superaría a la mítica catedral alemana de Ulm, y que se quedaría unos pocos metros por debajo de la altura de la colina del Tibidabo, techo geográfico del municipio de Barcelona, para no rivalizar con lo que Dios creo en la tierra.
Ayer, en una ceremonia emotiva, bella y con mucho sentido de la luz, con música plena, y en el marco de la visita del Papa León XIV, tras la misa que tuvo lugar en el templo, se procedió a la inauguración oficial de la torre, una vez que fue coronada hace no mucho por la cruz mirador de cuatro brazos que remata su cúspide. Entre toques de órgano, orquesta y voces de niños, la luz del interior de la torre y la imagen del propio Gaudí generada por drones luminosos en el cielo de Barcelona consagraron la cúspide de una obra asombrosa, que sigue impactando a quien la ve y provocando reacciones de todo tipo. Gaudí era un genio, y creo que le hubiera gustado ver el espectáculo de ayer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario