jueves, junio 25, 2026

La ciega soberbia

Se que me repito, a todos nos pasa, pero más a los que no callamos. Lo que no está en Homero o en la Biblia lo teatraliza Shakespeare o lo novela Cervantes. En Macbeth las tres brujas comen la cabeza al noble escoces, le hacen creer que él es el mejor y le anticipan su reinado, y preso de codicia, con el inestimable apoyo de su esposa, comienza una carrera de sangre y destrucción hasta lograr el soñado poder, desde el que ejercerá con la misma ira con la que llegó, y así cavará su tumba. La historia que se relata en la obra es la de un fracaso absoluto, la de la destrucción de un reino por las ambiciones de una persona. Los hay que prefieren ver un relato de heroísmo, pero no es así. Es una advertencia ante el peligro de creerse el poder.

Sánchez ejemplifica bastante bien el relato shakesperiano, trasladándolo a unos tiempos modernos en los que la liquidación de los adversarios políticos no pasa por su ejecución en la plaza público o por el sombrío asesinato en las alcobas. Llegado a la secretaría general del partido y a la presidencia del gobierno de una manera rupturista frente a los usos de la democracia española, se ha mantenido en el poder a base de mentir sin tapujos durante años, prometer cosas que nunca se cumplirían y traicionar a propios y extraños con el único objetivo de ser él el que se mantenga en el poder. A lo largo de este tiempo la figura de su gobierno se ha ido desdibujando, el mensaje socialdemócrata, que sirvió como trampantojo para enganchar al electorado, se ha travestido en mero culto al líder y su partido se ha ido jibarizando hasta convertirse en poco más de una secta de acólitos al que manda que ya no son capaces de hacer nada sin su permiso y que viven completamente desconectados de la realidad. Los constantes casos de corrupción que afloran desde hace tiempo en el entorno del presidente, sea cual sea el punto al que miremos, son tratados por él como algo ajeno, similar a fenómenos meteorológicos que se suceden en el cielo ante los que no hay responsabilidad alguna que se pueda achacar a quien lo dicta todo. Es precisamente la naturalidad con la que Sánchez miente sin cesar lo que ha destruido la credibilidad del personaje en el conjunto de la sociedad española, que en un momento dado lo recibió como un regenerador tras la estela de corrupción que arrasó el PP de Rajoy. Coincidía su llegada con las ascuas aún bien calientes del movimiento 15M, una llamada social a la regeneración del país que unos aprovecharon, otros desperdiciaron y, los más, exprimieron para su propio beneficio. Sánchez tuvo mucho olfato para detectar el sentimiento que existía cuando se embarcó de camino al poder, y desde entonces mantenerse en él ha sido su único objetivo, una obsesión que no logro entender, que se ha transformado en la destrucción del personaje y su marca a lo largo y ancho del país, de una manera que resulta tan obvia que sólo los que sigue cobrando gracias a él son capaces de combatir, como buenos empleados que son. El acto parlamentario que se vivió ayer, que vi de manera resumida por la noche, no fue sino la enésima reiteración de los comportamientos ya conocidos. Un sujeto soberbio hasta el extremo que se presenta ajeno a toda mancha que le rodea, una oposición cargada de razones pero que no logra construir el argumentario debido y unos socios de gobierno que sigue hundiéndose en la irrelevancia a cambio de las elevadas nóminas que ocupan en los cargos que, lo sabe, perderán el día en el caiga el gobierno, y, lo saben, al contrario que las oscuras golondrinas, no volverán. Un conjunto de mediocridades reiterativas en la sala de plenos del Congreso, en otro ejercicio de devaluación de la Cámara, uno más. En cierto modo, es algo coherente, dado el desprecio con el que Sánchez trata las instituciones que se diseñaron para limitar el poder, para deliberar, para frenar las ansias de quien se cree por encima de todo.

Con un estilo muy distinto, con formas opuestas, Sánchez es un presidente muy trumpista, muy en la línea de creerse por encima de todo y de todos que se estila en la Casa Blanca desde que el populista naranja se hizo con ella. Sánchez no se caga en los muertos de nadie, ni insulta sin cesar (Óscar, el indeseable, Puente sí) pero comparte el desprecio a la democracia como sistema de contrapesos y de limitaciones. Si el presidente soy yo, ¿quién me va a limitar? ¿Acaso no tengo derecho a hacer lo que me venga en gana porque mando yo, y sólo yo? Más de un pelota, bien remunerado, aún queda en los pasillos de Moncloa y en no pocos medios reiterando los síes fieles a estas preguntas cuando su líder se las hace. No esperen que Sánchez dimita, aunque se vea envuelto en causas corruptas que le afecten a él mismo. Nunca lo hará.

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