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viernes, enero 24, 2025

Volver a los dieciocho

El otro día, en el café de la mañana, no se muy bien a cuenta de qué, uno de mis amigos planteó la pregunta de qué le diríamos a nuestro yo cuando tenía 18 años si pudiéramos volver, en plan Regreso al Futuro II, para darle consejos útiles. Se supone que tener más años y experiencia ayuda a evitar errores con los que te vas a dar de cabeza sí o sí, y más a esas edades. Él que planteó la pregunta dijo que él le recomendaría aprender a bailar, porque eso facilita mucho el conocer chicas y ligar. Me entró la risa, porque creo que mi yo pasado fracasaría en ese asunto hiciera lo que hiciese.

Rápidamente contesté, y em salió la vena materialista. Dije que le chivaría que, cuando se entere que hay una empresa norteamericana llamada Google que saca acciones a bolsa, que coja todos sus ahorros y los ponga ahí, y que casi todo lo que tenga, también lo meta en esa entidad. Que espere y que, mientras valga poco, pida prestado, venda lo que sea, para seguir metiéndolo ahí, y luego se dedique a hacer otras cosas mientras el valor se dispara. Que no venda y acumule ganancias hasta que aparezca una cosa extraña llamada bitcoin, y entonces venda todo su valor en Google y compre las cosas esas raras, que no entenderá, cuando valgan poco más de un par de dólares, y que esperes hasta el día que llegue a 100.000 y entones decida qué desea hacer con el resto de su vida. A los que estaban en el café mi respuesta les dejó algo fríos, quizás porque esperaban una opinión más centrada en valores morales o sentimentales. Reconozco que es lo primero que se me ocurrió, me salió la vena de economista. Se supone que si uno tiene aspiraciones el poseer independencia económica te ayuda a lograrlas y favorece notablemente que uno se pueda dedicar a ellas, te da la tranquilidad necesaria para hacer lo que desees y, en todo caso, quita preocupaciones. El café se terminó y volvimos cada uno a su oficina, pero me quedé pensando en el asunto y en lo que dije y en lo que, quizás, hubiera tenido que decir. El planteamiento de la historia es artificial, porque no se puede volver al pasado a sabiendas (el juego del almanaque deportivo de Regreso al Futuro II es brillante, pero imposible) pero queda la duda eterna del “y si…” que lleva reconcomiendo a la humanidad desde el principio de los tiempos. Lo que hicimos en el pasado ahí se queda, aunque ahora se venda la idea falsa de que el pasado es reescribible. Si cada uno analiza la vida que lleva podrá hacer un cierto balance y medir, más o menos, si ha conseguido las cosas que esperaba, si algunas de ellas han resultado ser como creía, sui determinados esfuerzos han sido productivos, en lo económico o personal, si las elecciones hechas en un momento dado han sido realmente condicionantes o no… es un asunto complicado, que puede llevar su tiempo, y que realmente no sirve para nada, porque lo que escogimos como sendero en una bifurcación del pasado no se puede alterar, y hay elecciones que parecieron trascendentes que quizás no lo fueron tanto y otras más nimias que sí han condicionado nuestras vidas. ¿Cómo calibrarlas? Cada uno debe recurrir a su experiencia y personal balanza a la hora de ponderar. Lo cierto es que en la edad en la que estoy, cincuenta y pocos cumplidos (sí, son muchos) empieza a ser inevitable hacer un cierto balance. No duplico esos dieciocho de punto de referencia, pero me queda poco, y eso hace que haya vivido mucho más desde ese punto que hasta él. ¿Sólo le diría a mi yo fórmulas para ganar dinero? ¿Debiera darle consejos sobre las cosas “importantes” de la vida que he ido aprendiendo para que no sufra, más allá de la carrera profesional y financiera que tenga? ¿Acaso he aprendido realmente cómo funciona la vida adulta como para sacar conclusiones que sirvan de algo? Mi sensación a medida que avanzan los años es que cada vez se menos de cómo se hace todo, de que lo que tenía por seguro se desmorona y lo incierto no deja de crecer, y que no se realmente cómo se lleva la vida en el mundo adulto, que me sigue pareciendo algo ajeno, arcano, y sí, peligroso.

Quizás debiera decirle a mi yo que cubra algunas de las taras que me han limitado en estos años. Que tenga algo más de valor a la hora de tomar decisiones profesionales, que aprenda inglés de una XXX vez, porque eso le va a ser más útil que muchas otras cosas, que intentase la aventura profesional de irse al extranjero cuando acabe la carrera, que lea algo menos, porque no aprenderá tanto pero no le va a sacar partido a lo que sabrá de los libros. Y que no haga nada cuando una chica le guste, que no se equivoque, que no se meta en esos líos, que vaya a un descampado y grite y se pegue porrazos contra un árbol, pero que a ellas no les diga nada, que se ahorre esos dolores. Quizás muchos recomendasen justo lo contrario. ¿Ven cómo no se qué hacer?

viernes, mayo 17, 2024

Guerra de clarisas

Con la creación de la figura literaria del esperpento, Valle Inclán daba forma de relato a acontecimientos que se escapaban de lo normal, empezando por su propia vida y actos, llenos de sorpresa, irracionalidad y, también, carcajada. Lo esperpéntico se ha convertido en una denominación de origen, y la actualidad española siempre ha estado bastante dispuesta a ofrecer historias con las que llenar ese tipo de crónicas. Si no fuera por su importancia y gravedad, casi todo lo que pasa en nuestra política entra de lleno en esa categoría, donde el ridículo que provocan los personajes y las tramas que crean sólo inducen a pensar en un teatro irracional.

Lo de las clarisas de Belorado, Burgos, entra de lleno en la definición, y hasta el mismo Valle Inclán hubiera disfrutado de lo lindo con el tema. Unas monjas de clausura que, en un momento dado, se dicen poseídas por la verdad religiosa y abjuran del catolicismo del último medio siglo, o un poco más, en busca de pureza espiritual que no encuentran. Un convento en la localidad vizcaína de Derio, que las clarisas burgalesas pretenden vender para, con ese dinero, hacerse con otra propiedad monástica en Orduña, Vizacaya, en el linde con Burgos, y formar allí su comunidad de religión verdadera. Una operación inmobiliaria de compra venta en la que hay bastante dinero en juego, al que se suma el que las monjas obtienen por los dulces que fabrican, que les ha llevado a ser famosas en medio mundo y a aparecer en congresos tipo Madrid Fusión junto a restauradores de varias estrellas Michelín. Una madre superiora que actúa como tal, gestionando las redes sociales del convento (lo de clausura con Instagram debe ser como una de esas recetas modernas con maridaje de los cocineros estrellados) y se erige en portavoz de todas ellas. Y, desde luego, la presencia de un personaje estrafalario, un sujeto que se hace pasar por Obispo, un tal Pablo de Rojas, alguien que ni es cura ni obispo ni nada, que reside en un pisazo de la Gran Vía de Bilbao decorado con el mal gusto típico de Donald Trump, que se dice preconciliar, admirador de Franco, encarnado de las virtudes teologales y mundanas, con un señor adjunto que actúa de portavoz que va de serio pero no puede ser más ridículo, y que se convierte en el faro de pureza teológica al que las clarisas, que reniegan del pecado en el que han vivido tantos años, se ofrecen como servidoras. El Pablo ese las acoge en su seno, a ellas y a todas las propiedades materiales e inmobiliarias de las que sean titulares, y les ofrece crear una iglesia cierta, donde refulja la luz de Cristo y el pecado de los impíos se consuma en zarzas siempre ardientes, siempre bajo la protección del invicto caudillo. Uno junta todos estos elementos, sin copas de alcohol de por medio, y obtiene una ensalada mental de alta graduación capaz de volver lisérgico a cualquiera. Los medios de comunicación, en este caso tan asombrados como el resto del mundo por una historia sin pies ni cabeza, han intentado hablar con las monjas, con el renacido Papa bilbaíno y con las autoridades de la iglesia católica, que por ahora no salen tampoco de su asombro y ven como su institución es objeto de cierta mofa ante el desarrollo de un guion más loco que cualquier comedia imaginada. Las similitudes de lo que se puede estar cociendo aquí son altas con la historia del Palmar de Troya, de aquella secta que organizó el autodenominado Papa Clemente en las marismas de Doñana, y que era una de las historias más cachondas que se podían leer en sus tiempos, con toda la parafernalia del mundo al servicio de una estafa organizada, que lograba generar ingresos más que sustanciales para mantener una basílica, empleados y demás. En sus tiempos hubo bastante turisteo por los alrededores de aquel tinglado, hoy casi olvidado.

¿Es esto un cisma? Más bien me parece una mezcla de chaladura y estafa a partes iguales. Creo que el Pablo ese ha visto que las clarisas tienen bastante más dinero que él y ha decidido hacerles una OPA de absorción, sin descartar que haya convencido por su parte a la madre superiora de una u otra manera. Los familiares de las monjas de clausura están preocupados por las decisiones que se puedan tomar por parte de esta banda sobre sus allegadas, pero lo cierto es que, por ahora, domina el cachondeo absoluto en un serial del que aún quedan por escribir varios capítulos, sin guion alguno. ¿Cuánto tardará alguna de esas ávidas plataformas en hacer la serie? El tal Pablo de Rojas da para mucho pero, eso sí, con el compromiso de que los beneficios los done a los pobres y necesitados, sin que un solo euro llegue a sus bolsillos.

lunes, noviembre 06, 2023

Un amor en la FNAC

A veces, por fortuna, en medio de la deprimente actualidad que se vuelve insoportable, la vida ofrecer ventanas de oportunidad, espacios en los que poder respirar y conseguir fuerzas, ver que hay esperanzas más allá de la mentira política y el sectarismo. No me pasó a mi, pero sí fui testigo de excepción de un hecho romántico este pasado viernes por la tarde en la FNAC de Callao, en pleno centro de Madrid, que me pareció muy bonito y que, sin saber cómo acabará, espero que sea una oportunidad para los que lo protagonizaron, aunque desconozco si mutuamente llegaron a saber quiénes eran.

Fui a pagar un libro que había comprado, me tocó la caja 5, la última de las abiertas. En la 1 estaba trabajando una chica joven, guapa, con estética moderna, en la mía una señora algo mayor. Cuando llegué a mi caja a pagar me apareció un chico alto, de gran envergadura, un potencial jugador de baloncesto, que empezó a insistir a mi cajera para que le pasase una nota a la cajera del uno, y llevaba, en efecto, en su mano, un papel doblado que trataba de dejar a la cajera. Ella se negaba y decía que no podía, pero el chico, con formas suaves, insistía. En un momento dado la cajera le preguntó. “Pero, vamos a ver, ¿eres familia de ella o qué? ¿Te conoce?” a lo que él, entre serio y sonriente, dijo, “no, no me conoce de nada, lo que pasa es que me he enamorado completamente de ella y quiero que lo sepa”. El semblante de la cajera cambió completamente y empezó a reírse, pero no cambió en su idea de que no podía darle la nota. Tras unos segundos, y viendo el chico que no iba a tener opciones de convencerla, se rindió, pero dejando la nota, el papel doblado, junto al datafono de la cajera. Tras esto ella empezó mi proceso de cobro sin tocar el papel. Le comenté que se animase y le diera la nota, que era un asunto bonito y que, la verdad, es que la chica sí era guapa, y probablemente no esté sola, añadí. Añadió la cajera que lo era, sí, y buena chica y trabajadora. Terminé mi pago y salí, y allí fuera, cerca del escaparate, estaba el chico grandote con un par de amigos y otra chica, y no pude evitar acercarme para saludarle y desearle suerte. Le añadí que había apoyado su empeño de que la cajera entregase la nota, pero que no estaba por la labor, a lo que ellos me agradecieron mi gesto. El me reiteró que la chica era guapísima y se había quedado encandilado por completo. El di ánimos, aunque señalé que, siendo como era ella, es raro que las joyas así estén libres, pero que era valiente por intentarlo. Nos despedimos y seguí mi rumbo hacia otra librería cercana donde quería mirar una cosa. Entré y curioseé entre los estantes, pero no dejaba de dar vueltas a lo que había sucedido. Admiraba al chaval, yo había hecho cosas similares en el pasado, que habían fracasado estrepitosamente, y deseaba que él tuviera un poco más de suerte. Sin quitarme lo sucedido de la cabeza, no compré nada en ese establecimiento y, al salir, me decidí a acudir nuevamente a la FANC, que estaba cerca, para curiosear si en el tiempo transcurrido los acontecimientos habían evolucionado de alguna manera. Al llegar a la tienda vi que, donde me encontré a la salida al protagonista y sus amigos, no había nadie, por lo que mi primera táctica para enterarme de lo que había sucedido se complicó. Miré por el escaparate, desde donde se pueden ver las cajas de cobro desde que han remodelado parcialmente la tienda, y allí seguía la cajera atractiva en el 1 y la que me había cobrado a mi en el 5, pero ni rastro del enamoradizo ni de sus acompañantes. ¿Qué hacer? Decidí echarle un poco de morro y entré nuevamente en la tienda. Pasee por el vestíbulo y me cercioré de que, en efecto, él y su grupo no estaban, por lo que podía haberse rendido y marchado o logrado que ella se hubiera enterado de su enamoramiento y haberla saludado… se me empezaron a ocurrir un montón de posibilidades, y necesitaba algunas certezas, por lo que me acerqué a la caja 5, la que me había cobrado a mi, que en ese momento ordenaba papeles y no atendía a ningún cliente, y le pregunté por la nota, por si finalmente la había entregado y qué había sucedido.

La cajera me informó de que había llamado a la encargada y dado la nota, y que la encargada sería la que se la pasaría a la cajera del 1, por lo que supongo que la información fue entregada a la anhelada destinataria, pero a partir de ahí no se nada más. Salí de la tienda y vi a la cajera de la 1, que estaba atendiendo a otro comprador. Sí, era guapa, seguro que no es la primera vez en su vida que se ha visto en situaciones similares. Comencé el paseo de vuelta a casa pensando en, si la nota llegó a sus manos, las múltiples opciones que se abrían en su vida y en la del que la redactó. Muchas de ellas, seguro, frustradas a partir del momento en el que ella no hiciera caso al mensaje de amor, pero, ¿y sí respondió a ese mensaje? ¿y sí en la nota había un número de móvil y ella escribió a ese número un mensaje con un “hola? ¿Surgió algo allí ese viernes?

viernes, julio 28, 2023

Un amor de frío verano

Ayer por la tarde salí algo antes de lo habitual del trabajo, hice mi compra semanal de juguete y, aprovechando que hacía calor, pero sin exageraciones, bajé al parque que está junto a mi piso para leer un poco. Estar sentado en un banco bajo un árbol, leyendo, es uno de los mejores planes de verano que se me ocurren (ay, mis pocos lectores ya están huyendo). Quedaba poco para terminar el libro y en un banco que estaba a mi izquierda, delante, a una cierta distancia de mi como para que todos fuéramos ajenos pero la suficiente como para verlo todo en detalle, una pareja joven, diría que de universitarios, tenía una profunda crisis.

Me di cuenta de que ella estaba muy rígida mientras que él se movía bastante tratando como de decirle algo, cogiéndole las manos, pero sin que ella mostrase reacción alguna. La escena se repetía sin cesar. Hierática, fría, distante, la chica estaba sentada algo rígida, con su faldita, top y melena larga rubia sin moverse apenas, en un gesto de ignorancia. Cuando él le agarraba las manos ella hacía ademán de soltarle, de impedir que le tocase, de sentirse acosada, o sucia si él ponía las manos encima. El chico, un poco más alto, de pelo rizado y gafas grandes, pantalones convencionales y camisa vaquera de manga corta por fuera, no gritaba, no escuché en ningún momento una palabra más alta que otra en todo lo que duró la escena, no hubo exabruptos ni nada por el estilo, sólo distancia infinita. Pareciera que ella estuviera muy enfadada por algo que él hubiera hecho y la petición de perdón por parte del chico no estaba resultando muy fructífera. En un momento dado ella se movió de la esquina del banco que ocupaba a la opuesta, sin decir nada, sin cambiar de gesto, sólo se volvió a sentar manteniendo la postura seria. A los pocos minutos algo en ella se ablandó, no en su gesto, pero sí en el consentimiento para que él le tocase, cosa que hizo en manos y brazos, y que le llevó a abrazarla desde atrás, sin mirarle a la cara. Ella mantenía en todo momento el mismo rictus y sin decir palabra, pero era evidente que él, abrazado, le hablaba, le contaba cosas, le decía no se qué, todo en volumen bajo. Ella no respondía. No trataba como al principio de separar sus brazos de su cuerpo, pero supongo que conseguía que, pese a estar rodeada, no sintiera nada, y que él, pese a estar con ella, se sintiera como abrazado a una farola. La escena se mantuvo, con algunas variaciones de postura pero con la misma sensación de frialdad, durante no pocos minutos, hasta que en un momento dado él debió admitir que allí no pasaba nada, que si estaba tratando de pedir perdón no lo obtenía o que, en todo caso, era como una ola que no hacía más que romper contra un espigón inmutable, que ni se enteraba si le rociaba la espuma o no. Él se separó, siguió sentado junto a ella durante unos minutos, muy cerca, pero sin tocarla, con los brazos apoyados en las rodillas pero el gesto oculto, mirando al suelo. Al cabo de unos minutos se levantó mirando al frente, avanzó unos pasos y se giró para ver como ella seguía sentada en la misma posición, sin mirarle, sin seguirle. Volvió a avanzar y a girarse, dos tres veces el mismo proceso, viéndola desde cada vez más distancia, hasta que él desapareció de mi punto de vista, se introdujo en una zona más frondosa y abandonó la escena. La chica se quedó sola y, durante unos pocos minutos, nada cambió. Sacó un instante su móvil, cosa que ninguno de los dos había hecho en todo el tiempo de la discusión, hizo como que tecleaba algo rápido, pero en un par de minutos lo volvió a esconder en su bolsito, sin tocarlo más.

A los cinco minutos sacó un paquete de pañuelos de papel del bolsito y, sin distinguirlo bien, era evidente que los uso para enjuagare algunas lágrimas que tenía, sin caer en ningún momento en el llanto compungido o el aspaviento, una figura serena, reposada, pero que exhalaba tristeza por todos sus poros. Tras enjuagarse siguió sentada un breve tiempo y, al poco, se levantó del banco, despacio, como cansada, haciendo un leve esfuerzo para enderezarse, y se marchó lentamente en dirección opuesta hacia donde había partido el chico. Desapareció de mi ángulo de visión y la pareja se convirtió en recuerdo de una tarde de verano. Quizás su amor, que lo hubo, sea ahora también un recuerdo sobre el que el tiempo actúe, erosionándolo, llevándolo al olvido.

jueves, marzo 30, 2023

Luz en la oficina (para FMC, LBB, GMA y SGJ)

El trabajo no es la vida, y no vivimos para trabajar, pero trabajar es necesario para obtener ingresos y vivir a cuenta de ellos, es una responsabilidad personal y, en cierta manera, un compromiso social. A veces es cierto que el trabajo realiza, otras es una pesadilla, pero no deja de ser la manera en la que hemos organizado nuestras sociedades. Pasamos muchas horas al día en el trabajo y establecemos en él relaciones personales que tienen una valía sólo por el hecho de que otras personas también están como nosotros. Distintas en casi todo, iguales en sus deseos de mejora, de búsqueda de ingresos, de una vida mejor para ellas y los suyos.

Ayer, en un día un poco especial para mi, un grupo de compañeros de una rama hermana del Ministerio en el que trabajo me hicieron un pequeño agasajo y regalo, que para mi fue tan inesperado como ilusionante. Ellos, junto al resto de miembros de esa rama hermana, ocupan provisionalmente parte de las oficinas en las que nosotros trabajamos habitualmente, a la espera de que les proporcionen unos espacios propios en un edificio cercano. A estos compañeros, en concreto, les han juntado a lo bruto en una sala de reuniones interior, sin ventanas, con una de las cuatro paredes hecha de cristal, pero cubierta en parte con un envoltorio plástico translúcido que tiene su sentido cuando la sala se usa para encuentros de trabajo, pero supone una venda para los ojos si, permanentemente, está ahí dentro. Ayer, sin embargo, estos compañeros consiguieron crear luz de verdad en su angosto hueco, y puede ser beneficiario de ella, lo que me supuso una gran sorpresa e ilusión, y me hizo pensar mucho, a lo largo del día, sobre cómo en cada una de nuestras jornadas, más allá de que hagamos lo que debemos hacer por nuestra responsabilidad profesional, vamos sembrando luces o sombras en nuestros entornos de trabajo. A lo largo de unos cuantos años ya de carrera profesional me he ido encontrando con muchos tipos de compañeros, la mayor parte de ellos han ejercido labores de jefe, porque en este empleo no tengo cargo alguno y debo hacer lo que casi todos me piden que haga y, en general, mis experiencias han sido positivas. Cada uno es como es, con sus particularidades, ventajas e inconvenientes, pero los entornos de oficina como este obligan a compartir labores, deberes, vidas y problemas, y más en espacios diáfanos como los que se llevan ahora en este mundo, donde la intimidad es algo que casi se busca ocultar. No he tenido problemas serios con ningún compañero y a más de uno de los que aquí han estado y permanecen les puedo llamar amigo, y es cierto que al trabajo uno no va a hacer amigos, pero se pueden encontrar aquí perfectamente. Hay personas de valía extraordinaria de las que he aprendido mucho, tanto en lo profesional como en lo personal, también hay algunos otros más cascarrabias, que se salen poco de las vías por las que transitan y uno debe saber hasta dónde puede llegar y cuándo apartarse para no ser arrollado, y así poco a poco se va confeccionando un catálogo de recuerdos de momentos en el trabajo que se quedan mucho más que los hitos laborales que se debieron alcanzar (ya puestos, sí, se logran) y de los números que rodean en todo momento lo que hago en el día a día. Quizás llegue un momento en el que las inteligencias artificiales nos manden a todos a casa y tengamos un serio problema de productividad, ingresos y de sentido social, pero hasta entonces, cada día, somos personas y trabajamos con personas, a ellas nos debemos y con ellas compartimos atardecer, problema, obligación y desempeño, y es de las relaciones con las personas, de sus detalles, de tus errores y arrepentimientos, de lo que uno al final se acaba acordando por encima de todo. El trabajo es un entorno de relaciones que deben ser cuidadas en extremo, y no por el interés de una carrera de ascensos, no, sino por mera deferencia a los que nos rodean. Y cuando, como ayer, uno es objeto de esa atención, no puede sino dar las gracias, reconocerlo, y guardar en un lugar especial de su memoria el recuerdo de lo vivido, un lugar que sea seguro, custodiado como merece por el gran valor de lo que guarda.

Aprovechando que era una tarde distinta, salí un poco antes de la oficina y me di un paseo de camino a otra estación de metro, no la más cercana. Era la de ayer una tarde en la Madrid se vestía de verano, la primera del año de esas en las que esta ciudad te muestra su cara más cálida. Niños por doquier en las aceras al ser jornada escolar, tráfico intenso, negocios atestados, vitalidad de primavera con árboles que ya muestran sus hojas, pero sin alcanzar la plenitud. Una tarde luminosa, sin apenas nubes ni viento, serena y apacible como diseñada a propósito. Una tarde, pensaba, que cerraba un día laboralmente bueno, excelente en lo personal, en el que la luz había conseguido llegar hasta lo más profundo de un gris y burocrático edificio del gobierno.

lunes, julio 18, 2022

Un día con la madera

Ayer, mientras media España ardía y toda ella se sofocaba, y los ucranianos seguían muriendo bajo los bombardeos decretados por Putin, me pasé todo el día encerrado en el piso envuelto en cartones, cintas, plásticos y maderas fruto de las compras que había hecho pocos días antes en una multinacional nórdica de muebles de montaje de todos conocida. No es que haya comprado muchas piezas, ni muy originales. Dice mi madre que carezco de gusto a la hora de conjuntar, y en todo no, pero en esto creo que tengo que darle la razón, por lo que el salón que he imaginado no pasará a la historia ni lucirá en revistas de diseño, pero si me sirve para poner los CDs, libros y cosas que quiero hará su servicio, que de eso se trata.

Curiosamente el encargo, que tenía un amplio intervalo de hora de entrega a lo largo de la mañana, llegó apenas pasados unos minutos del inicio de ese periodo, cosa que es de agradecer. Los operarios aparecieron por el ascensor cargados de cajas de cartón enormes y las metieron en casa con una facilidad pasmosa, más si luego uno trata de recolocar esos bultos y ve que apenas tiene fuerza para moverlos ligeramente. A partir de ahí se trataba de planificar cómo desembalar las cosas, romper cajas y empezar la tarea de una manera organizada, tratando de llegar lo más tarde posible al colapso del salón, que ahora es más grande que antes, pero no hay tamaño suficiente para afrontar el despliegue de embalajes y maderos de unos muebles nuevos. Decidí que los estantes, que ya conozco bien en forma y proceso de montaje, serían lo último, y que la pieza principal sería el mueble que soporta la televisión, y sus aparatosos cajones, cuatro, que se montan uno a uno con sus tapas y rieles. El sistema de montaje de esa multinacional sueca es bastante convencional, pero posee trucos que empezaron a darme dolores de cabeza. Frente al cajón de toda la vida, que corre sin más por presión humana sobre huecos de madera, todos los del mueble llevan un sistema de rieles que, en este caso, permite que se cierren suavemente cuando son presionados, pero que supone un conjunto de piezas metálicas enrevesadas que se van poniendo en el interior del mueble y que, a medida que se colocan y se montan los cajones, se convierten en físicamente inaccesibles para las manos. Los cajones nunca se podrán caer al suelo, no son extraíbles, pero me da que si alguna pieza falla todo el tinglado debe ser desmontado. En la obtención y separación de las piezas del mueble tardé un buen rato, y ya dejé todo el suelo lleno de hojas, maderas y desorden de cartones. Me dije a mi mismo que no había prisa alguna, que todo el día iba a estar dedicado a esto y que, cuando acabara la jornada, lo hecho hecho estaría y lo pendiente me esperaría para la tarde noche siguientes, y las que llegaran. Monté los cajones y parte de la estructura del mueble, con los primeros dolores asomando ya en mis brazos de juguete, y luego me puse a investigar cómo iba el montaje de los rieles, que me llevó bastante tiempo, y me hizo retroceder pasos en la estructura del mueble, que no podía llegar al nivel de construcción alcanzado si quería montar lo otro. Sin tener muy claro cómo, monté un primer juego de rieles y coloqué el cajón sobre ellos, guiándome no tanto por lo que indicaban las instrucciones impresas como cierta intuición, y tras darle algunas vueltas, sin saber cómo, logré que el primer cajón se ajustase al mecanismo y funcionara, y no se soltase ni cayera. Curioso, éxito. Ahora, como si fueras el buen funcionario que, casi, eres, sólo tienes que volver a hacerlo por triplicado. Les va a dar la risa, pero el segundo cajón me costó más que el primero, pero tras él el tercero y cuarto fueron más sencillos. Mis brazos empezaban a doler con ganas y las manos a fallar. Desde el principio me puse los guantes de la bici para que palmas y resto de la mano estuvieran protegidas de tornillos, rebordes de madera y demás agresivos, pero las puntas de los dedos quedan al aire. Cuando logré terminar el mueble de la tv, con éxito, ya me había hecho la primera herida en el extremo de un dedo al fallarme la fuerza del brazo contrario y empujar el destornillador contra lo que no debía. Aparatoso, pero leve.

A eso del mediodía había vencido al mueble más complejo de los que me esperaban de tarea. Sólo quedaban dos estanterías y media, enormes, aparatosas, pero de montaje más sencillo. Lo más difícil con ellas es mover las piezas, largas y pesadas, con las que apenas puedo en condiciones normales, y menos tras la dura mañana que llevaba. Finalmente pude montarlas y rematar el trabajo cuando no pasaba mucho de las cinco de la tarde, y con una segunda herida en la cabeza, fruto de una tontería, que como la del dedo, era aparatosa, pero nada seria. Derrengado, contemplé lo hecho, y a su lado, cajas de cartón sin fin que iban a tener que iniciar su camino al contenedor, en múltiples, agotadores y calurosos viajes. Daba igual que el destino estuviera cerca de casa, ya me había dejado todas las fuerzas en la madera del salón.

lunes, julio 04, 2022

Cajas de cartón

Castillos de cartón fue el título de una de las primeras novelas de Almudena Grandes, de su etapa personal, por así llamarla, que se vendió muy bien, como todas las suyas. Debido a la mudanza de piso en la que me embarqué el jueves he acumulado suficiente cantidad de cartón como para construir no ya un castillo, sino una ciudadela a su alrededor, y con grandes fosos y fortificaciones de esas renacentistas, de formas estrelladas que se extienden mucho más allá de las murallas de las torres del homenaje medievales. Y en su interior, por el tamaño, podría cobijar guarniciones de soldados, víveres y enseres como para resistir asedios perpetuos, siempre que no llueva y el cartón se reblandezca, claro está.

Este fin de semana, de prácticamente encierro en el nuevo piso, me lo he pasado abriendo cajas, vaciando su contenido y comprobando que todo lo que debía ser transportado lo fue. He pasado de un cierto orden organizado en bloques de cartón, que se asemejan a sillares de obra predispuestos para elevarse unos contra otros, a pilas y torres de libros de aspecto informe, de desorden controlado pero alta inestabilidad, una especie de manhattans pegados a las paredes en los que la altura y el equilibrio permite que se puedan ir descargando las cajas pero que no las tienen todas consigo a medida que torres y torres se van solapando unas con otras. Como los rascacielos de la Avenida de las Américas de Nueva York, incesante secuencia de paralelepípedos que le deja a uno convertido en casi nada. No tenía mucha cosa en casa en lo que hace a efectos personales, y la ropa es algo a lo que no me dedico en exceso, por lo que su transporte y puesta en orden fue algo bastante rápido. Los enseres de cocina son un mundo desconocido para mi, y todo lo que tiene relación con vajilla, cubertería y cosas por el estilo no fue capaz de llenar una sola de las cajas de la mudanza. CDs de música hay bastantes, pero los empaqueté en cajas por mi cuenta antes de la mudanza para mantener el relativo orden que tenían, y en volumen no han ocupado excesivamente. Pero, ay, los libros, eso es otra cosa. Si algo he comprado estos años sin control ni medida han sido libros, y son los que me han traído por el camino de la amargura de la falta de espacio. Ellos fueron colonizando poco a poco cada esquina del pequeño piso, y sus accesorios inevitables, las estanterías, comenzaron a aparecer poco a poco, envolviendo paredes y achicando el espacio vital, ya de por sí comprometido desde un principio en una vivienda de 41 metros cuadrados. Poco a poco lo fui organizando todo en torno a los libros, y algunos recortes de periódicos que insertaba en ellos cuando se publicaban cosas que los nombraban, o entrevistas a sus autores. Organicé en la habitación pequeña la sección de ensayo, con tres excepciones de novelistas que tenía casi en su totalidad, y en la habitación principal la de novela, nacional y extranjera. Las Billys de esa marca de muebles escandinavos que a todos nos salvan la vida comenzaron a aparecer en casa, tras la compra de dos estantes baratos de un cercano centro comercial, que al par de años me demostraron por qué salían tan económicas. Las Billys son algo más caras, tampoco mucho, y ofrecen un rendimiento espectacular. Sólo tienen un problema, se llenan si el pirado de su dueño compra y compra ejemplares sin control. A medida que pasaron los años la acumulación se empezó a hacer inmanejable, veía que el piso no daba más de sí y por la noches me entraban sudores fríos sobre un posible hundimiento de la estructura y yo en las noticias como culpable de un desastre en la escalera. Había que tomar medidas drásticas, y poco antes de la pandemia me compré un trastero, a donde he llevado algo más de un tercio de toda mi biblioteca. Pero claro, las compras seguían, con el interludio de los tres meses de encierro. El problema iba a más.

Cambiarse de piso porque no entran los libros es un argumento que suena a bilbainismo del más chulesco, si cabe, pero es la justificación más precisa que puedo darles del porqué de este movimiento. También el hecho de que, en ciertos puntos, el piso pequeñito iba a necesitar, de manera ineludible, una inversión para reformar ciertos aspectos que ya eran inevitables, y que he ido retrasando por pereza, desidia y temor ante los efectos de las obras. La solución de venderlo y comprar uno más grande era la mejor para arreglar todos los problemas de golpe, aunque era la que más miedo me daba, pero lo cierto es que es la que finalmente ha sucedido, con una serie de carambolas que me han venido muy bien. Ahora el piso nuevo está lleno de torres de libros y cajas de cartón de embalaje. Sigue habiendo mucho trabajo para ordenarlo todo.

lunes, junio 28, 2021

El valor

Sigues con tu café en la mesa, te queda poco. Desde que ella llegó y se sentó a apenas unos metros de ti la tarde ha cambiado completamente su sentido, y el día, que era oscuro, refulge. Se ponga las gafas para leer o se las quite, te deja asombrada la serenidad que refleja su rostro, su insultante atractivo envuelto en una madurez que nada tiene que ver con lo despampanante, y sí con lo pleno. Parece que espera. De vez en cuando deja la lectura, consulta el móvil que a todos nos esclaviza y mira a la entrada del local, como buscando a la persona con la que teclea. En ese momento quieres ser esa persona, y a la vez te parece infame que ese otro ser humano haga esperar a quien no merece ningún segundo de tedio.

Sigue la lectura y la espera, y tu café se acaba. Lo apuras, está bueno, pero ya no importa su sabor. Tus tripas empiezan a revolverse en una mezcla de emoción, angustia y miedo que te intranquiliza. Sabes que no puedes hacer nada. Es más, no debes hacer nada, pero quieres hacerlo. Empiezas a darle vueltas a escenarios, opciones, y todos te parecen payasadas propias de un crío que sigue viviendo en sueño absurdos. La situación no puede seguir así, y muy nervioso, te levantas. Empiezas recoger tus cosas, llevas la taza a la barra y pagas la consumición, tras lo que dejas en espacio de la cafetería, pero rodeada como está de estanterías de libros aprovechas para echar unas miradas a los tomos y seguir pensando qué hacer. Ella sigue enfrascada en su lectura, de un clásico breve de la novela norteamericana del pasado siglo, escrito por una mujer. Se enfrenta a él en inglés, con el enorme valor que eso supone. Tú has leído esa novela, y un par de ellas más de la misma autora, te gustaron por lo bien escritas que están, pero no mucho por lo triste de la historia que relatan, reflejo de la vida tortuosa de la escritora. Denota un excelente gusto al escoger esa lectura, y pese a que se le ve impaciente en una espera que se alarga, no cesa en su lectura. Haces tiempo frente a unos estantes para tratar de ordenar tus ideas, decidir si alguna de las estupideces que piensas puede llegar a ser realidad o no, y te das cuenta que la distancia física que existe entre tú y su mesa es una medida de la infinitud del universo, tan inmensa que es absurda, tan imposible de recorrer como ni siquiera de intentar. Tienes delante un anaquel de novelas juveniles, en las que se mezclan historias distópicas con amoríos y romances, y no eres capaz de distinguir en qué tipo de textos la fantasía de lo relatado es más increíble. Ella vuelve a consultar el móvil y mirar a la salida del local, hace ademán como de empezar a recoger sus cosas, pero se frena, y se vuelve a la posición de lectora. Es inevitable observar un cierto gesto de contrariedad en su rostro, algo no le ha cuadrado esta tarde, alguien no está haciendo lo que estaba previsto y no se encuentra en el lugar adecuado, el que miles de millones de años de evolución, azar y física teórica han fabricado para su regocijo, en esta tarde y junto a ello. Y tú lo observas desde una falsa distancia, sopesando alternativas en tu desquiciada mente, descartando unas y otras, inventando escenas de esas que en las novelas, o en las películas, resultan factibles, pero que la realidad se encarga de estrellar contra el suelo y hacer añicos como si de delicada porcelana se tratasen. Dice Marta Fernández en su último libro que autoayuda es que Woody Allen se quede con la chica, y tú, que tienes un aspecto no muy alejado del cómico neoyorquino, pero que careces por completo de su gracia y brillantez, asientes plenamente, a la vez que te acuerdas de la madre y del resto de familiares de los que escriben esos libros que no compras, que inducen a la gente a creer que todo lo pueden, para acabar frustrándolos. En medio de la escena, piensas, ya estás frustrado, pero al menos te ha ahorrado el precio de esos libros y el tiempo desperdiciado en hojearlos.

Esto no puede seguir así, es patético, te dices. Y entonces, contando hasta cero, decides que hoy es un día tan bueno como cualquier otro para hacer uno de esos ridículos a los que, de vez en cuando, acostumbras, y que para nada sirven. Dejas los estantes de libros adolescentes, soñando no tanto con volver a serlo, sino con recuperar algo de eso que debió ser aquella época, por la que dudas haber pasado, y caminando cerca de su mesa, la dejas atrás y vuelves a la barra, donde la camarera limpia unas tazas, sacas la tarjeta y mirando a una mujer que te ha cobrado hace bien poco y que no entiende qué vuelves a hacer ahí, te dispones a rodar el guion que te mente ha fabricado, y que en nada se convertirá cuando se enciendan las luces de la razón en la sala.

lunes, agosto 03, 2020

Cuando las piernas ya no pueden más


No aprendemos, no aprendo. Tenemos los hechos delante, pero nos creemos superiores a ellos, tratamos de forzar la realidad para que se amolde a nuestros deseos y luego nos estrellamos, y el daño nos hace pensar la dimensión del error cometido. Nos pasa como sociedad y a cada uno de nosotros, que pensamos que somos mucho más fuertes de lo que nos creemos. Uno piensa que tiene veinte y pocos años y se pone delante del google maps a planificar una ruta en bici, haciendo rayitas sobre una pantalla y calculando que esos repechos que ahí se muestran son accesibles, pero resulta que cada una de mis piernas es la que tiene veinte y pocos años, por así decirlo, y claro, tiran lo que tiran y dan para lo que dan. No poco, pero no más.

Todos los años, llegado agosto, suelo hacer una excursión a la sierra para intentar subir Navacerrada, que es un señor puerto. Para ello he tenido que hacer varios intentos del anillo ciclista de Madrid y ver que he llegado a cada derrengado, pero con un poco de reserva. Subir Navacerrada es toda una excursión, requiere madrugar mucho, coger el metro, el cercanías y llegar a Cercedilla a una hora muy temprana, no tanto por el calor sino por el tiempo, porque dando pedales cuesta arriba se da la paradoja de que cada minuto parece una hora, pero el reloj corre como un poseso, y el tiempo se evapora. Tras dejar el pueblo y una serie de cruces que llevan camino al puerto, comencé la subida, que logré terminar en un estado aceptable, yendo en todo momento en modo supervivencia, ajustando el pedaleo a un desarrollo cómodo y buscando conservar fuerzas. Es un puerto tendido, de primera, de ancha carretera, siete kilómetros de subida con porcentajes de entre el siete y el 8 por ciento y un último del 10 por ciento que te deja a más de mil ochocientos metros de altitud. Una vez allí descansé un poco y seguí con la ruta prevista, llegando al puerto de cotos por una carretera que es casi llana y posee una refrescante fuente a mitad de trayecto. Ya en Cotos, dudé unos minutos, porque la decisión loca empezaba ahí. ¿Me daba la vuelta y volvía por donde he venido o me lanzaba al abismo? Cometí el error, y me lancé, en este caso a bajar Cotos, una carretera virada, preciosa, rodeada de bosque que baja todo el valle del Lozoya hasta llegar a El Paular y Rascafría, en un entorno idílico. Una vez ahí el plan era coger a la derecha en Rascafría y subir a la Morcuera, otro alto de primera categoría, de perfil mucho más revirado, carretera estrecha, firme irregular y paisaje agreste, que no se acaba nunca. Al poco de empezar a subir me di cuenta de que estaba justito de fuerzas, y al contrario de lo que pasa en Navacerrada, la vertiente norte de Morcuera no muestra el destino hasta que uno está casi en él, por lo que el ascenso se hace eterno. Vi el cartel que señalaba nueve kilómetros hasta la cota y me asusté, porque era obvio que no tenía piernas para hacer nueve kilómetros con rampas medias del siete u ocho por ciento. Hice los kilómetros nueve, ocho y siete, que incluyen un conjunto de reviradas curvas de herradura que dan un cierto respiro cuando se toman hacia la izquierda y se abren, pero pasado el siete empiezan unas rampas inmisericordes que se suceden una tras otra en medio de un paisaje cada vez más pedregoso que empezó a ganarme. No puede llegar al cartel de kilómetro seis sin pararme, poniendo el pie en tierra e invalidando la subida. Tras unos minutos reanudé la marcha, pero el dolor en las piernas empezaba a ser angustioso. Apenas unos cientos de metros después volvía a poner pie en tierra y comprobé que no había manera, que no iba a ser capaz de hacer aquella ascensión a pedales, y lo que es peor, que no tenía sentido darme la vuelta, por lo que opté por el único camino posible, seguir andando hasta la cima, a pie, llevando la bici a mi lado como una burra que me sirviera de compañía, y, cada vez más, a cada paso que daba de apoyo. Los kilómetros caían cada vez más despacio y, cálculo que cada trescientos metros de marcha, me tenía que parar, porque ahora eran los músculos encargados de andar los que gritaban basta. A falta de tres kilómetros para la cima sólo había daño en las piernas, negación en la cabeza y arrepentimiento ante la funesta idea que había tenido delante de la pantalla del ordenador.

Sí, conseguí llegar a la cima, en un estado calamitoso, en silencio, sin fuerzas para la queja, y dominado por el dolor. Era evidente que no podría terminar el recorrido previsto, que era bajar ese puerto gasta Miraflores y llegar a Colmenar, donde cogería otro Cercanías que me dejase en Madrid. Hice la bajada del puerto, espectacular como pocas, en mal estado, sin poder fijarme en los detalles, pasé Miraflores y, siguiendo la carretera que desciende, llegué a Soto del real, pero allí el viento en contra y el final de mis fuerzas fueron suficientes para decidirme a parar en una marquesina y esperar a un bus que me llevase a Madrid. Con un aspecto más propio de un Ecce Homo que de una persona, esperaba ese bus como la salvación. Y llegó, y pude subir la bici, e iniciar el camino de regreso a la ciudad en un estado de derrota muscular que aún me dura.

lunes, octubre 14, 2019

Una butaca de cine


Una de las cosas que me parecen asombrosas de vivir en una gran ciudad como Madrid es que cada día, paseando por la calle, en el transporte público, donde sea, se cruza uno con un montón de personas que, probablemente, nunca vuelva a encontrar en su vida. Soy regular en mis horarios para venir al trabajo, y ahí suele haber coincidencias y rostros que acaban siendo familiares, pero lo habitual es hacer acopio de imágenes de personas que pasan fugazmente por la existencia de uno mismo, que comparten por unos instantes espacio y tiempo, y que luego desaparecen, abandonan ese conjunto intersección que la casualidad nos ha dado y se hunden en el vacío infinito de la cambiante realidad. Vidas que van y vienen y, unos segundos, se cruzan.

Este sábado fui al cine, solo, y me tocó el penúltimo asiento de una fila, junto al pasillo, en la zona más bien cercana a la pantalla. Compré la entrada el día anterior porque la película, Joker, tiene una muy alta demanda, y aun así no abundaban los huecos. Cuando adquirí la entrada toda la fila a mi derecha estaba llena y el sitio que, a mi izquierda, completaba el rango, seguía libre, pero no sabía si eso iba a ser así o no en el momento en el que me senté en mi butaca. Pensé para mi que si alguien lo ocupaba también vendría sólo, casi son seguridad, y que compartiría la peli con ese acompañante sin saber nada de él, sin conocerle, dos horas a oscuras en una sala llena. Pocos minutos antes de que comenzasen los anuncios llegó la persona que ocuparía esa butaca durante la película, y resultó ser una chica de esas que a uno le llenan de interés y hacen plantearse hasta qué punto la vida es un fracaso por no haber acabado al lado de alguien así. De aspecto moderno, diría que más de treinta años, aunque soy malo para las edades. De pelo largo ondulado, gafas de pasta modernas, americana, camiseta blanca y pantalones vaqueros con los ya habituales rotos, pero de esos que son comprados con rasgado hecho, zapatillas deportivas y bolso pequeño, discreto. Nos dijimos el “hola” de cortesía que se dedican dos desconocidos y que no tiene significado alguno, y se sentó en la butaca. Al poco de asentarse, dejó en ella algunas de sus pertenencias y, coincidiendo con el inicio de la publicidad, volvió con un refresco comprado en el bar del cine, que sorbía con pajita sin hacer apenas ruido. Durante la sesión de anuncios que nos echaron, de duración y pesadez creciente, no pudo evitar la tentación moderna y entró en Instagram para ver algo, pero fue una consulta rápida, fugaz, de apenas un anuncio. Volvió a meter el móvil en el bolso y no tengo la sensación o recuerdo de que lo volviera a utilizar durante todo el resto de la sesión, cosa que, lamentablemente, cada vez es más infrecuente. Al comenzar la película estiró sus piernas y se puso algo más cómoda, sin quitarse la americana en ningún momento, y cogió una postura algo ladeada, porque no estábamos en el centro de la sala, pese a tener un diseño moderno, el centro de la imagen estaba algo escorado hacia nuestra derecha. A medida que avanzaba la proyección y la historia se retorcía, me surgía la duda de si le estaría gustando. No ya si le haría gracia lo que veía, dado que no es precisamente una película cómica, pero sí me empezaba a intrigar hasta qué punto lo que veía le llamaba la atención, correspondía a sus expectativas, le causaba repulsión o inquietud… y me contestaba a mi mismo que no habría forma de saberlo nunca. Apenas centímetros de distancia separaban nuestros cuerpos y, sobre todo, nuestras mentes, que estaban concentradas en lo que veían, pero podían estar situadas a años luz en gustos, aficiones, apetencias, vivencias y cualquier otro tipo de experiencia o sensación. Éramos dos absolutos extraños que, esta vez, habíamos coincidido por un tiempo largo, dos horas de película y un montón de anuncios, y que tras acabarse la proyección volveríamos a divergir. La peli terminó, se encendieron las luces y, al poco de empezar los títulos de crédito, se levantó de su asiento rumbo a la salida. Me quede un rato en la sala pensando en lo visto y en ella, en la belleza desaparecida entre las luces de “exit” que ya no iba a ver más.

Salí del cine y, en la calle, oh sorpresa, me esperaba una tormenta para nada prevista en el pronóstico meteorológico. Desprevenido, corrí hasta el tejadillo de un local de espectáculos cercando para guarecerme de la lluvia, que caía con ganas. En el cielo que contemplaba de fondo, los rayos se sucedían, y el edificio de Telefónica de gran Vía se apreciaba, rojo, envuelto en descargas. Corría la gente para evitar mojarse, y al verles me daba cuenta de que, quizás, o no, una de las personas que corría para protegerse del chubasco era la chica con la que compartí la película, si se puede usar ese verbo, y que su recuerdo, su rostro apenas esbozado, se diluirá entre muchos otros miles de desconocidos a lo largo de mi vida como, usemos una metáfora de cine, lágrimas en la lluvia. Ya si eso mañana les cuento qué me pareció la muy alabada Joker.

viernes, agosto 02, 2019

No hay nadie en casa, no venga


Ayer. Tras varios intentos infructuosos, consigo que el informático contestador derive mi llamada y logro hablar con una operadora de la empresa responsable de la revisión de gas que iba a tener lugar en mi casa. Le aviso que estoy en Madrid y que puede ser, pero que no llegaré a casa antes de las 17:00 por lo que le indico que se lo comunique al técnico para que se planifique la tarde y las visitas mejor. Vivo solo y hasta que llegue nadie va a haber en casa para poder atenderle. La operadora toma nota, me da las gracias y me pasa, por si acaso, el nombre y teléfono del técnico para que pueda comunicarme directamente con él. Le llamo unas cuantas veces a lo largo de la mañana pero no lo consigo. Por si acaso, le mando un whatsapp.

A eso de las 16:45 llego al portal de mi casa, accedo a la escalera y subo hasta mi puerta, y en el canto de la jamba me encuentro el papelito de aviso de que el técnico ha pasado por allí y no me ha encontrado, y me ruegan que llamo a la empresa para concertar una nueva cita en un día posterior. Cojo la hoja y la miro con cara de no entender nada, abro la puerta, entro en casa, me cambio, me siento en el sofá y, a unos diez minutos de las 17 horas del 1 de agosto miro al techo dando por sentado de que en breve allí no va a aparecer nadie. Hago algunas cosas, escucho la radio y pasadas las 17:30 tengo la constancia de que mi espera es bastante inútil, por lo que me vuelvo a cambiar y salgo a dar un paseo, para al menos airearme un poco. Por lo visto el aviso que di por la mañana a la empresa no sirvió de nada. Al bajar la escalera (suelo usar el ascensor sólo para subir) veo que en otras puertas también está el mensaje de aviso, y aunque desconozco si el resto de vecinos están en casa o no, han llamado a la empresa o no han avisado, sospecho que sus acciones, de producirse, hubieran sido tan irrelevantes como las mías. No todos los pisos de mi portal tenían revisión ayer, y no en todas las puertas de los pisos a revisar había papeles, por lo que algunas de las inspecciones tuvieron lugar, casi seguramente las que se daban en pisos donde vive gente que todo el día está en casa, o varias personas, y una de ellas permanece en el hogar. Pisos que cada vez abundan más en Madrid y otras ciudades, pisos de personas solas, que si son jubilados pueden atender los incomprensibles horarios de reparto y vista de este tipo de empresas, pero que si son ocupados por personas en edad laboral, como es mi caso, se convierten en hueco vacíos durante todo el día, en los que casi nunca hay nadie dentro de las horas de la jornada laboral, jornadas que cada vez son más largas. No es la primera vez que hablando con empresas de este tipo se empeñan en hacer entregas o vistas a las 11 o d12 de la mañana, y les reitero una y mil veces “es que a esa hora (y bastante antes y después) estoy trabajando y no hay nadie en casa para poder atenderles” y entonces una voz al otro lado del teléfono responde “bueno, si a las 12 no puede, ¿qué tal a eso de las 12:15”?. Y entonces uno levanta el auricular, lo mira y, además de no entender nada, se pregunta para qué sirve tanta inteligencia artificial cuando la natural no existe en ninguna parte. Este tipo de negocios no pueden seguir viviendo en la época pasada en la que las amas de casa vivían permanentemente en el hogar y estaban a cualquier hora. En agosto, y en noviembre, al mediodía, miles, millones de pisos están vacíos en una ciudad como Madrid, y sus residentes están trabajando, estudiando o dando vueltas envueltos en sus quehaceres, y miles de timbres pulsados suenan sin cesar emitiendo tonos de todo tipo, sin que puedan encontrar respuesta. Los repartidores o inspectores pierden tiempo, se desesperan, los clientes no obtienen el servicio que se esperaba, y todo es un ejercicio de melancolía costosa e improcedente.

Lo más divertido es que esta mañana me va a tocar volver a llamar a la empresa para concertar una nueva jornada de inspección, y a ver cómo le convenzo de que no pueden pasarse por mi casa a eso del mediodía o a muy primera hora de la tarde. Estoy por decirles que manden su revisión a la porra y que todo funciona muy bien, pero al parecer es obligatoria, impuesta por la Comunidad de Madrid, y eso hace que no pueda escaparme de sus garras. Ahora, esa obligatoriedad no es acorde a la existencia de un horario y una lógica. ¿Cuántos miles de paquetes y servicios se desperdiciarán hoy por malas gestiones como estas? A buen seguro muchas. Menudo desastre para ellos y todos los usuarios.

viernes, febrero 22, 2019

Auster, la música del azar


Ayer. Deposité las pocas cosas que llevaba en la cesta de la compra en la caja del supermercado para pagarlas, mirándolas con cierto tono de vergüenza, el mismo que me asalta cada semana cuando hago un gesto semejante uy es casi lo mismo y escaso lo que contemplo en la cinta que avanza hacia el lector óptico para ser cobrado. La cajera me peguntó si necesitaba bolsa y le dije que no. Me fui al extremo de la caja, donde dejé el gordo libro, pese a ser de bolsillo, que llevaba encima, y me dispuse a ir cogiendo los enseres y meterlos en las dos bolsas que llevaba encima, repartiéndolos entre ellas para que ninguna pese demasiado y sean manejables por mis enclenques brazos.

De mientras pasaba los artículos por el lector, la cajera se fijó en el libro que había depositado en una esquina y me preguntó que qué tal estaba. Es un ejemplar de 4 3 2 1, la última novela de Paul Auster, una vuelta de tuerca hasta el extremo de las obsesiones del autor por el azar y los cambios en la vida. Mucho más grande que sus anteriores trabajos, y muchísimo más enrevesada, se disfruta pero exige al lector una alta atención. Eso es más o menos lo que le conté a la chica mientras metía cosas en las bolsas y ella facturaba a una velocidad aún mayor  de lo que operaba el procesador de la caja. Joven, veintimuypocos años, voz agradable y normal, coleta, me dijo que Auster era un escritor que le gustaba mucho y que las cuatro o cinco novelas suyas que había leído le encantaron. Comentamos algunas de ellas, tanto de las primeras (la música del azar, el libro de las ilusiones, Leviatán) como de las últimas (Sunset Park, Brooklyn Folies) y ambos coincidimos en que era divertido entrar en el juego que el escritor neoyorkino plantea al lector, que se arriesga a introducirse en una trama en la que, de repente, suceden cosas no previstas que alteran el rumbo de los personajes, del rumbo que ellos habían trazado para sus vidas y del rumbo que el lector preveía que siguieran en las páginas siguientes. De mientras depositaba la tarjeta en el lector de contacto y unos pocos euros me eran retirados, como por arte de magia, de mi cuenta, y el intercambio económico terminaba, le comenté que Auster está muy marcado por un episodio que sucedió cuando era pequeño, en una excursión en la que una gran tormenta le pilló a él y a unos amigos que estaban en el campo. Buscaron refugio, pero quiso la mala casualidad que uno de ellos muriera por el impacto de un rayo, hecho poco frecuente, pero no tan inverosímil como pudiera parecer, y que es visto en todas las culturas como paradigma de lo aleatorio. Auster vivió la escena y salió indemne, pero se grabó en su cabeza no sólo la fragilidad de la vida que poseemos cada uno, que en un momento dado puede desaparecer sin que seamos conscientes de ello, sino sobre todo lo insignificantes que somos frente a la realidad que nos rodea, que pensamos ingenuamente que controlamos, que dirigimos, y no hacemos nada más que engañarnos en todo momento para no admitir que es justo lo contrario. Que, como copos de nieve, es la realidad la que nos moldea y arroja al mundo, la que en cada momento nos condiciona, y ante ella respondemos en la creencia de que nuestros deseos y razones nos guían, cuando muchas veces lo único que hacen es inventar las perfectas excusas que justifiquen el por qué nos hemos comportado de una manera dada, imprevista, ante sucesos que no hubiéramos sido capaces de imaginar que iban a suceder en nuestro devenir. El episodio del rayo y la tormenta figura en esta última novela que, de manera muy retorcida, es una autobiografía del escritor en la que parece querer contar lo que le ha sucedido a él y, también, lo que le hubiera podido pasar si no hubiese actuado como lo hizo en ciertos puntos de la vida. Es un libro muy autorreferencial en la obra de Auster, casi una explotación hasta el extremo de sus recursos, y siempre con una narrativa fluida y aparentemente sencilla, pero trabajada hasta el extremo.

Recogí mis bolsas mientras contaba cosas como estas y la chica me dijo que este año intentaría el asalto a esta novela, de casi mil páginas, que impone por volumen. Estaba muy de acuerdo con lo que le había comentado y compartía la idea de que el azar era, en gran parte, el motor de nuestras vidas. Le di las gracias por el trabajo bien hecho, nos dijimos adiós y me fui mientras la montaña de productos de un cliente con un pedido normal iba ocupando el espacio que yo dejaba. Y al salir del supermercado pensé en la gracia que le haría a Auster que una de sus novelas, y su estilo y forma de ver la vida fueran el centro de una conversación en el proceso de pago de cuatro cosas en la caja de una tienda sita a miles de kilómetros de su casa y vida. Y es que cuando un escritor arroja un texto, los lectores lo hacen vivir. Y la vida, ya saben, azar, es.

jueves, agosto 23, 2018

Ventanas y vidas abiertas


Sigue haciendo calor en Madrid, superamos sin dificultad los treinta grados todas las tardes y, pese a que los días acortan con velocidad, la noche no permite aún refrescar las casas como es debido. Por eso, cuando se mete el sol, es instintivo el acto de levantar las persianas y dejar todas las ventanas abiertas de par en par, para que se ventile algo la vivienda, aunque en noches como las últimas no corra brisa y tengas la sensación de que ese refresco que buscas se obtiene por agotamiento del aire exterior, que se deja caer tras el calor, pero sin que haya nada más que lo sostenga. Haces la vida nocturna hasta que vas a la cama con toda tu casa expuesta al exterior.

En mi barrio los bloques están separados por zonas de jardín, que viven del riego natural de la lluvia, que estaban verdes hasta bien entrado el lluvioso mes de junio y ahora lucen yermas y desangeladas. En ellas varios árboles proporciona sombra y fronda, y por ello cada bloque no está pegado uno al otro, habrá unos veinte metros, así a ojo, entre ellos, pero nos vemos. Y cuando llega la anoche no queda más remedio que vernos. Todos los que pasamos agosto aquí, que no somos tan pocos, comenzamos el espectáculo de vivir de cara al exterior, de mostrar nuestras intimidades y vida personal en unas “jornadas de ventanas abiertas” que nada ocultan. Igual que ellos me ven a mi, yo veo sin hacer esfuerzo a cinco o seis pisos que cada noche se exhiben y mantienen sus propios ritos. Son viviendas iguales a la mía, pequeñas, modestas, en las que el salón es la gran pieza de la casa (el resto parecen de juguete) y es allí donde se desarrolla toda la existencia, donde la gente cena, charla, ve la tele, disfruta de ocio, se reúne y encuentra. Cada uno mantiene rutinas propias que parece desarrollar todas las noches, con horarios de cena y comportamientos clavados. Se asiste a un despliegue de lo que supongo serán platos, dado que se ve a personas sentadas en torno a una mesa. En una de las viviendas la cena es así, seria, como una comida de mediodía, nada frugal, sino reposada y con su ceremonial. En otra no, es la televisión la reina de la noche y su trino, no Mozartiano, llena sin duda el salón en el que se juntan al menos tres chicas, que esporádicamente se asoman a la ventana para fumar pero que parecen residir en el sofá que mira hacia la pantalla. ¿Cuántas plataformas tendrán contratadas? ¿Cuántas series serán capaces de ver a lo largo de este mes de agosto? En uno de los bajos de enfrente reside un señor sólo, como yo, que tiene varias pantallas de ordenador unidas, como si fuera el típico puesto de un bróker financiero, y que fuma algo y plancha muchas camisas, lo que quizás sea síntoma de que, en efecto, se dedica al mundo de las finanzas, o no. En otro de los pisos reside una señora mayor, junto con una pareja, siendo quizás la madre de uno de ellos. Esa señora mira mucho por la ventana, su piso da hacia Madrid, por así decirlo (resido en la zona este de la ciudad) y siempre se oye alguna de las llamadas que hacen los miembros de la pareja para que se separe de la ventana, desde la que contempla pasar la vida sentada en una silla o taburete, para que vaya a cenar. Casi todos los hombres de estos pisos llevan poca ropa de noche, un bañador y poco más, muy pocos camisetas. Ellas llevan camisetas o vestidos de verano, de esos que parecen cómodos y muy frescos, y es imposible captar conversaciones, salvo que se grite, cosa que a veces pasa, por lo que uno contempla el espectáculo como si de una película muda se tratase. Ve escenas pero no oye voces, de conversaciones que sí que existen, que se suponen, sin que haya subtítulos ni carteles que expliquen la escena que se desarrolla. La privacidad de lo que allí sucede se mantiene, la exhibición pública de los hechos no logra romper toda la carga de secretismo que se asocia a la vida interior de cada uno de los protagonistas.

Más allá de un recuerdo a “la ventana indiscreta”, tuve una sensación similar las dos veces que he visitado París, y no por las vistas desde mi hotel, sino por el trayecto en metro. Camino a casa la línea que usaba era elevada, no muy rápida y discurría entre avenidas a una altura del segundo o tercero, y en el viaje y paradas podías ver salones y habitaciones de los residentes en esa calle, y te asomabas a su intimidad, su decoración y enseres, con una facilidad pasmosa. Ahora, aquí, en agosto, la sensación es muy distinta, es mucho más larga y densa, y sobre todo, silenciosa, sin prisa. Por momentos las fachadas de enfrente se asemejan a un cuadro de museo, en el que el artista retratase vidas compartidas separadas por tabiques y pisos, y en cada una de las facetas en las que se dividiera la obra nos mostrase escenas de hogar, obligando a preguntarnos quiénes son los que allí figuran, cómo son sus vidas.

lunes, julio 30, 2018

Empezamos mal la vuelta de vacaciones


No tenía pensado hablarles en este primer artículo tras la vuelta de la semana de vacaciones de mi estancia en Elorrio, porque ha sido muy tranquila y sin apenas sobresaltos, ni cosas reseñables. Iba a centrarme más en la actualidad diaria, que no cesa, con huelgas salvajes del taxi que bloquean ciudades y aguas marcianas que nos sorprenden y ofrecen nuevas perspectivas científicas en nuestro propio barrio sideral. Iba a hablarles de eso, pero me he dado cuenta cuando he llegado a la oficina que el móvil no estaba en su sitio, he movido el bolso que me acompaña y he comprobado que no estaba “lo” que debía.

Tras el susto inicial, que no se va del todo, he accedido a la web de google para que me lo localice y, mi gozo en el pozo de las tinieblas, nada me dice. Eso implica robo, porque de habérmelo dejado en casa, que pudiera ser, me lo encontraría. Incluso el remedio básico, que es llamar al mismo habría dado resultado, pero eso tampoco ha funcionado. Abocado a asumir el robo del dispositivo, no queda otra cosa más que hacer lo obvio. Llamar a la compañía para que anule la tarjeta SIM y no sea utilizable y esperar a llegar a casa para que, si como doy por seguro, el móvil no está allí, coger la caja del día de la compra y acercarme a una comisaría de la policía para poner la denuncia correspondiente, que sospecho servirá de poco, pero que habrá que interponer en todo caso. Una vez hecho esto, cosa que sucederá al final del día de hoy, tendré que plantearme mañana la compra de un nuevo dispositivo, y el gasto que eso supone, que no estaba previsto bajo ningún concepto, y el desagrado que me generan estos imprevistos, desagrado que se ve aumentado porque hoy en día perder el móvil ya es mucho peor que perder la documentación, y se ha equiparado a la sustracción de las tarjetas de crédito, por todo lo que en él llevamos y lo que nos pueden hacer con esa información. En mi caso no es mucho, dado que no tengo (no tenía, me temo) aplicaciones financieras, por lo que no pueden acceder a servicios bancarios, pagos y tarjetas, y confío en que el gran Hermano google, al que tanto se le implora en estos momentos, tenga guardados todos los contactos y registros, cosa que por lo que me indica la web, puede ser, dado que la última sincronización de datos tuvo lugar ayer por la noche. ¿Conserva google las fotos que se sacan con los dispositivos? Si es así podré recuperar algunas de las hechas esta semana, en las que abundan los paisajes locales y poco más, y que si se pierden son fácilmente recuperables dando nuevamente un par de paseos por los alrededores de Elorrio, que es lo que más he hecho en estas vacaciones. No eran demasiadas las aplicaciones que tenía instaladas, dado que pese a que se usa mucho, demasiado, no soy un compulsivo probador de programas, y aparte de las cuatro o cinco a las que solía recurrir de vez en cuando, no instalaba más. Eso sí, todas ellas eran accesibles sin contraseña alguna, dado que estaban registradas, por lo que sospecho que a lo mejor hay alguien escribiendo en mi cuenta de Twitter sin mi permiso, sin ser yo, o mandando whatsapps a troche y moche y a saber con qué contenidos, a múltiples destinatarios, suplantándome, usurpando mi yo virtual.

Sin él, sin el complemento virtual, me va a tocar estar algunos días, con la extraña sensación de orfandad que se padece en estos tiempos cunado hemos convertido ese dispositivo no en una extensión de nosotros mismos, no, sino en una extremidad más, en otro brazo o pierna, en otro ojo y, en muchos casos, en el cerebro de verdad que nos guía y gobierna. Ya les diré como se vive sin móvil, ahora que me veo forzado a ello, o cómo se sobrevive a la sensación de aislamiento del mundo virtual en el que se desenvuelven nuestras actuales vidas. Confío en que en un par de días, pasta y papeleo mediante, solucione todo esto. Para casi todo hay una primera vez.

lunes, junio 11, 2018

Boda y tradición (para CPS y JRM)


Suelo decir muchas veces que hay un país dentro de la M40 de Madrid y otro muy distinto fuera, dos realidades que conviven en un mismo territorio que casi nada tienen que ver una con otra. Quiero hacer referencia con esa expresión al contraste entre la España urbana, moderna, rápida, tecnológica y abierta frente a la España rural, que vive muchas veces en la soledad el hastío, la falta de recursos, de conectividad y que mantiene costumbres y tradiciones que parecen sacadas a veces de reportajes antropológicos de documentalistas de prestigio. En el verano esa España atávica vuelve a tomar protagonismo con el éxodo de las ciudades a los pueblos, pero el resto del año parece marchitar.

Este sábado tuve la oportunidad de vivir una experiencia de inmersión en algunas de esas costumbres, completamente desconocidas para mi, sacadas de no se qué baúl, que te asombran al verlas y te retrotraen a épocas pasadas. Acudí, con otros compañeros de trabajo y a la vez amigos, a la boda de CSP y JRM, que tuvo lugar en Navalcán, de donde es parte de la familia de CSP. Un pueblo de la provincia de Toledo, cercano a Talavera de la Reina, en una zona que ya es cercana a Cáceres y que, en aspecto y amiente, es más Extremadura que Castilla la Mancha. El pueblo, en medio de un paisaje de encinas y prados que lucen un verdor esplendoroso tras esta atípica, y regalada, primavera lluviosa, es una acumulación de casas con poco orden y concierto entre ellas, sin que se pueda decir que es bonito. La iglesia, modesta y apropiada, sigue siendo el edificio más alto de la localidad y en su torre, con aspecto de castillo almenado, unas cigüeñas lo observaban todo desde sus nidos. Acudimos al pueblo con unas indicaciones precisas de CPS de cómo se iba a desarrollar no ya la ceremonia de boda, sino un fin de semana de festejos en los que todo el pueblo se vuelca en la decoración y agasajo a los novios. El programa de la boda, como si se tratase del de unas fiestas populares, se extendía desde la tarde del viernes a casi la mañana del domingo, aunque yo y gran parte de mis compañeros sólo estuvimos el sábado. No vimos, por tanto, el proceso de decoración de la iglesia y aledaños que la tarde del día anterior era efectuado por familiares y amigos de los contrayentes, pero llegamos a tiempo para asistir a los cortejos y previos al enlace, actos que están presididos por la presencia del novio que, en compañía de sus familiares y agrupaciones folclóricas, acude a la casa de la novia un rato antes de que tenga lugar la ceremonia para presentarse ante ella, recogerá y acompañarla al altar. Frente a la casa de CPS se agolpaba una multitud que esperaba ansiosa el momento, y llegamos nosotros pocos minutos antes de que, por un extremo de la callejuela, asomara la comitiva del novio, en medio del sonido de guitarras, bandurrias y castañuelas. La casa de la novia era un ir y venir de gente, agolpada en la entradilla de la misma, que poseía un pequeño porche elevado sobre el nivel de la calle, y que era visible a través de las ventanas del edificio, desde las que se intuían coloristas vestidos, prisas e ilusiones. El novio se plantó frente al porche y esperó, con la calle atestada de invitados y curiosos, mientras de la casa de la novia salían familiares en goteo, precediendo a la protagonista, que tan emocionada como él, le dio el primero beso de la jornada en medio de nuestro aplauso. Ya juntos, ambos encabezaban una especie de procesión laica en la que todos los presentes, fuéramos invitados o no, recorríamos las calles del pueblo para llegar a la explanada elevada sita en frente a la iglesia, donde se congregaba aún más gente de la localidad, para ver, admirar, aplaudir, comentar y acompañar el cortejo. La iglesia se llenó con los invitados, pero era una continuación del ambiente de la calle. Las puertas permanecieron abiertas y no había separación entre el jolgorio popular y la imaginería religiosa, decoración de unas tradiciones tan arraigadas como la fe.

La salida de la iglesia, el cortejo y bailes posteriores, el nuevo procesionar hasta la modesta plaza del pueblo en la que los novios bailaron algunas danzas locales junto a miembros de los grupos de danzas, el atavío y trajes típicos que vestían muchos de los presentes, la presencia de los lugareños que en todo momento nos acompañaban, sintiéndose tan invitados al evento como nosotros… cuando volvía en coche hacia Madrid y empezaron a divisarse, al fondo, los rascacielos de la ciudad, volví a tener la sensación de que no es la distancia en kilómetros, sino el tiempo y la costumbre, lo que separa ambos mundos, que parecen enfrentados, pero que se necesitan y complementan. CPS organizó este sábado una de las bodas más curiosas en las que he estado en toda mi vida.

miércoles, septiembre 27, 2017

Leer a la orilla del Sena

Una de las impresiones que he sacado de mis breves días en París y alrededores es que la gente allí está menos enganchada que nosotros a dispositivos electrónicos. El Smartphone se ve por todas partes, sí, pero no es el rey absoluto del tiempo de los franceses. Hay muchos que, en el transporte público leen periódicos en papel, libros en formato clásico o simplemente miran por la ventana. Ese muchos se debe entender en relación a los que aquí practicamos esas costumbres (casi nadie). Quizás sea una percepción errónea, como otras que uno cree detectar de la observación de la vida, pero es lo que me ha parecido

Y eso provoca escenas en las que el leer sea el componente principal, el dejarse la mirada, la mente y toda la existencia entre las páginas, el ser captado por la historia o ensayo que en ellas se relata y abstraerse por completo de todo lo demás. Es este uno de los vicios más onanistas y placenteros posibles, y qué poco lo practicamos, y cuántos obstáculos se interponen ante nosotros para lograrlo. Creo que era la tarde del viernes 15, o quizás la del sábado 16, no estoy seguro. Iba paseando por la orilla del Sena junto a unos puestos en los que se vendían libros viejos, postales, afiches y demás objetos que parecían sacados de la feria del libro viejo que se suele organizar en Madrid en el Paseo de Recoletos. Curioseaba entre los puestos, sin intención de comprar, dado que no se francés, y junto a mi algunas personas merodeaban con curiosidad, fijándose en lo expuesto. En un momento dado llegué a un puesto en el que una chica, de pie, junto a un montón de libros, leía. Era de melena rubia, corta, estatura mediana, sin gafas. Llevaba una chaqueta corta de cuero, unos vaqueros convencionales y unos botines negros. Pasé a su altura y avancé unos metros. A una distancia prudencial, no pude evitar girarme, y ahí seguía, leyendo. Sostenía el libro con las dos manos, en una postura erguida, pero con aire relajado. La mirada completamente fija en las páginas, que dado cómo pasé junto a ella desconozco por completo a qué obra pertenecerían. Estaba en un sitio no excesivamente concurrido, pero sí de paso frecuente de personas, que iban y venían a su lado sin que ella alterase el gesto o postura en lo más mínimo. Movió las manos para pasar de página, y siguió absorta en su lectura. Y junto a ello, en torno a su figura, una ciudad enorme, desbordada, ruidosa, caótica y frenética giraba sin cesar, emitiendo toda clase de perturbaciones, a las que la lectora era inmune. Nada, ni el tráfico tan duro ni el viento que en ese momento arrastraba nubes que, en pocos minutos, serían lluvia. Ni los olores de los tubos de escape o el petardeo de las motos. Nada perturbaba su concentración. Durante el tiempo en el que ella estuvo allí el mundo no existía, o más exactamente, su mente estaba en otro mundo, a saber cuál. Y me arriesgo mucho al decirlo, ya lo se, pero creo firmemente que en ese instante de evasión esa chica era completamente feliz. Quizás en uno de los grados más plenos de los que puedan imaginarse.


Pocos segundos estuve mirando aquella estampa lectora, suficientes para sentir, yo también, algo de felicidad, un pelín de envidia, y curiosidad por saber cuál sería el texto que estaba llegando tan al fondo de aquella letraherida mujer. Seguí mi paseo, rumbo hacia otro destino que tenía pensado visitar, en el que, como he anticipado antes, coincidí con la lluvia que amenazaba con llegar. Pero, paraguas en mano, guarecido de las gotas, no pude evitar pensar en la lectora, si salió corriendo bajo el chubasco o, buscando un refugio en un toldo improvisado junto al puesto, siguió con su lectura. Apuesto, a riesgo de equivocarme nuevamente, a que fue esto último lo que sucedió.

martes, marzo 14, 2017

Hoy es el día de PI (π)

La notación norteamericana, que hace que el mes preceda al día, al revés de la nuestra, permite hacer algunos juegos de palabras con los números que tienen su gracia. El 4 de Mayo es el día internacional de Star Wars, porque se escribe “May, the four” y al pronunciarlo se parece mucho al “may the force (be with you)” que recitaban los personajes de la saga. Hoy es otro de esos días interesantes, porque el 14 de marzo se escribe 3 / 14, y por eso se le ha llamado, no oficialmente, el día internacional de PI, por la letra griega que representa la constante que mide las veces que el diámetro se contiene en la circunferencia, ese cifra infinita que empieza por 3,14159…. Y no se acaba nunca

Sirva el día de hoy para homenajear a las matemáticas, una de las asignaturas hueso de los colegios, pero que si se tiene la suerte de poseer un buen profesor, como en casi todas las materias, puede ser apasionante. Las “mates” no son sencillas, hay gente muy dotada para ellas (yo no) y luego la mayoría, que las estudiamos y aprobamos con esfuerzo, pero son de lo más necesario y útil en la vida, y cada vez más. Vivimos en un mundo en el que la matemática, el manejo de números, datos, la operación con los mismos, resulta fundamental para cada vez más profesiones, algunas de ellas muy ajenas al concepto numérico. La invasión de lo que se denomina “big data” rompe fronteras y alcanza a los estudiosos del arte y la literatura, permitiéndoles encontrar patrones y reglas ocultas en las obras que estudian desde hace tiempo, pudiendo así observarlas desde una nueva perspectiva y, también, seguir aprendiendo de ellas. La omnipresencia de este fenómeno se da en cada una de las pantallas de nuestros dispositivos, que nos muestran publicidad personalizada en función de las búsquedas y rastros que hemos ido dejando en la red, y son cientos de ordenadores, miles de datos y una enorme cantidad de software el que se encarga, en cada segundo, de traducir la información, mediante el empleo de las matemáticas, en ofertas que se dirijan a cada uno de nosotros, nada más. En este caso las matemáticas no son una vía para hacer negocio, directamente son la fuente del mismo. En cada uno de nuestros bolsillos llevamos un aparato que, además de dominarnos y mantenernos enganchados al mundo del onanismo virtual, posee una capacidad de cálculo jamás soñada. Para reproducir uno de esos vídeos que calificamos como “virales” y que en su mayor parte son memeces, se requiere una capacidad matemática enorme para que el procesador dibuje los polígonos y que van a conformar las escenas que cobrarán vida ante nosotros, lo mismo que para visualizar fotos, que son enormes fórmulas matemáticas comprensibles para un ordenador, que secuencian miles de bits donde se indica, como mínimo, una posición en un tablero y un rango de colores. Las predicciones del tiempo, que vemos cada día, se nutren de una enorme cantidad de datos, y hacen uso no sólo de inmensos ordenadores, capaces de procesarlos, que también, sino sobre todo de fórmulas matemáticas muy complejas, de mecánica de fluidos, que permiten establecer relaciones entre esos números. Muchas de esas ecuaciones no tienen solución real, o al menos una “x” que poder despejarse, y deben ser resueltas mediante lo que se denominan métodos numéricos, algoritmos que una y otra vez iteran con los datos para precisar y, como si fueran escaladores, acercarse cada vez más a un pico en el que las curvas se giran y, allí, poder encontrar un equilibrio. Y podríamos ir viendo aspectos de nuestra vida que, aparentemente, nos parezcan alejados de los números, pero con que escarbemos un poco descubriremos que no es así, que las matemáticas aparecen por todas partes y, también, el omnipresente número PI.

En una entrevista que leí hace unas semanas, no recuerdo donde, el autor francés Frederic Beigbeder se quejaba de que el mundo estaba en manos de frikis enganchados a sus computadores y modelos, ajenos al mundo real de las sensaciones (los calificaba de pajeros compulsivos, frustrados por no haber ligado nunca). No se si eso es así o no, pero es verdad que celebrar el día de PI es algo con un toque friki, quizás más propio de Sheldom y sus compañeros de “The Big Bang Theory” que de otro tipo de personas más “normales” pero coja monedas para pagar el café, unte una galleta en él, y habrá visto tres circunferencias en las que, lo único común a ellas, lo único inmutable, es PI. Ya tiene excusa para hacer su café de hoy algo más sugerente y “nerd” de lo habitual.

miércoles, octubre 05, 2016

La globalización une vidas

Trump sigue pregonando su idea del muro y cosecha votos con ello, en Hungría el autoritario Orban incumple sus propias leyes y da validez a un referéndum que no alcanzó el cuórum requerido para rechazar las cuotas de refugiados impuestas por la UE, ayer en Reino Unido el responsable de sanidad amenazaba con expulsar a todos los médicos, especialmente los españoles, que no sean británicos, del sistema de salud de las islas… Populistas de izquierdas y derechas braman contra una globalización que, bien gestionada, es la mayor de las bendiciones que pueden sucederle a la economía y, sobre todo, a las sociedades humanas.

Ejemplo no económico. Este pasado viernes noche estaba en una parada de metro esperando a que llegase el tren en mi camino de vuelta a casa (no envidien mi vida nocturna de ocio, créanme). Leía de pies junto a un banco en el que estaba sentad, al lado mío, sola, una chica guapa, de cabellos rizados, que ojeaba un prospecto de propaganda de una marca de electrodomésticos. Llevaba manga corta y en su brazo derecho tenía tatuados unos caracteres en árabe. Aún quedaban unos minutos para que llegase el tren cuando se produjo la llegada de los pasajeros de otra línea que, correspondiendo con esa estación, se cambiaban a la línea en la que yo esperaba. Entre la nueva gente que poblaba el andén aparecieron dos chicas jóvenes, rubia y morena, que se sentaron en el banco junto a la que leía el folleto. Hablaban en un inglés que me sonaba muy norteamericano, pero no soy experto en esto, así que pensé que bien pudiera ser así. En un momento dado, la rubia se quedó mirando fijamente el tatuaje que llevaba la primera de las chicas, el de los caracteres en árabe, y en un castellano dificultoso pero bastante correcto, le preguntó a ver por qué llevaba escrito eso y si tenía familiares de origen árabe. La interpelada, un poco sorprendida al principio, dejó el folleto y le contestó que sí, que tenía ancestros árabes en su familia. Y entonces a la rubia le salió una enorme sonrisa en la cara, porque, en efecto, era norteamericana, pero su abuelo por la rama materna era árabe, y su madre había sido llamada en un nombre de esa cultura, que pronunció, pero que no soy capaz de poner aquí porque no llegué a entender bien ni me sonaba familiar. Y ella se llamaba de esa misma manera, y ninguna de sus amigas entendía por qué llevaba ese nombre tan raro en EEUU, nombre que ella llevaba con orgullo. La española, al oír el nombre, se alegró mucho, porque una de sus primas (creo) también se llamaba así. Sus abuelos paternos eran de ascendencia cubana y marroquí, y se habían conocido en Córdoba. Desde entonces era común que ambas tradiciones tuvieran mucho peso en su familia y, además de los caracteres tatuados en el brazo, sabía algo del idioma árabe, y era capaz de leerlo y escribirlo a nivel básico. La norteamericana le comentó que en su familia también existía la tradición de, al menos, aprender algunos caracteres, palabras y frases en árabe, para recordar al abuelo ya fallecido, y que ella lo hacía con mucho gusto y placer. Poco a poco, en apenas un par de minutos, las dos chicas habían encontrado un nexo común a sus muy distintas vidas de la manera más insospechada y, quizás, remota posible.


Llegó el tren, subimos todos a él y las tres chicas (la morena norteamericana miraba y asentía, pero apenas participaba en la conversación) y yo acabamos distanciados lo suficiente para que ya no pudiera oír sus conversaciones, pero sí seguir apreciando la felicidad en sus rostros durante las dos paradas en las que coincidimos. Ahí fue cuando las americanas se despidieron y bajaron del vagón y fueron rumbo a su salida, mientras el tren arrancaba, la española del tatuaje se quedó sentada en su vagón y yo, leyendo aún, pensaba que la escena que había contemplado era una prueba de que, aunque nada es idílico, el intercambio, el derribar fronteras, el conocer a los demás, el no dejarse llevar por miedos absurdos pude ser fascinante.

viernes, mayo 06, 2016

Haciendo el ridículo en el Mercadona

Los que me conocen saben que no me gusta ir a hacer compras, aunque sean necesarias. Cuando llego a Elorrio tengo la lista hecha por mi madre para el sábado por la mañana, y en Madrid, una vez por semana más o menos, acudo a rellenar un stock de cosas que tengo en casa. Compro más o menos lo mismo de una manera automatizada y no pienso en casi nada mientras lo hago, con el deseo de que todo pase rápido. Súmenle a ello mi torpeza física y falta de destreza con las cosas que para el resto de personas son normales y podrán entender algunas de las situaciones que me suceden habitualmente. Ayer dos de golpe.

Compré plátanos, y los metí en su bolsa para ser pesados y adherir a ella la etiqueta con el precio. Soy un incapaz para hacer nudos, por lo que tardé lo mío en hacer uno para dejar la bolsa cerrada, y acabó siendo un churro de plástico más que un nudo. Con la bolsa depositada en la cesta (horribles cestas, por cierto. Roig, cámbialas!!!) fue cogiendo otras cosas y el churro nudo de deshizo, sin esfuerzo alguno, y la bolsa se quedó abierta. En un momento dado me vivo un vigilante jurado para advertirme de que tenía la bolsa abierta y de que debía ir a la báscula para comprobar que no había metido más plátanos de los que marcase la etiqueta. Yo le dije que no me dedicaba a robar plátanos, no es mi pasión, pero estaba cansado, no tenía ganas de discutir y tenía pocas opciones ante aquel armario, así que volvía a la zona de frutas, cogía la bolsa abierta, la deposité en la báscula y el peso que marcó era, exactamente, el que figuraba en la etiqueta. El vigilante se quedó satisfecho, cogió la bolsa e hizo un nudo en tres nanosegundos que seré incapaz de soltar en toda mi existencia futura, por lo que rasgaré la bolsa cuando vaya a abrirla. Tras ello volví a mi recorrido de compra y, al acabarla, llegué a las cajas de pago. Poco a poco, con una sola mano, dado que en la otra sostenía un libro y un paraguas, fui sacando los enseres y depositándolos en la cinta. Al llegar mi turno le pedí al dependiente una bolsa grande de plástico para llevármelo todo, que me dio, y empecé a meter los productos en ella poco a poco, mientras que las hábiles manos del cajero los facturaban y cobraban a una velocidad que ya quisiera para sí el McLaren de Alonso. En medio de la avalancha me lie a la hora de organizar los productos en la bolsa para optimizar el espacio y el transporte, y tuve unos segundos de parón para pensar como reorganizarlo y, de paso, pagar. Una vez cobrado todo, ahí estaba con la bolsa medio llena, desordenada, y varias cosas al final de la cinta, y un par de chicas esperando, dado que su carro, atestado de cosas, se vaciaba a la misma y eficaz velocidad a la que me habían llegado mis cosas, y sus productos, como si fueran una riada de primavera, llegaban a juntarse con los míos, lo que me complicaba más aún la labor de cogerlos y meterlos en la condenada bolsa, que en ese momento empezaba a superar mis capacidades. El cajero, viendo que se le empezaba a montar un pequeño atasco, frenó algo su ritmo, pero eso ya no servía de nada, Tras unos segundos de parada, que a todo el mundo se le debieron hacer eternos, me indicó que, por favor, me retirase a una esquina del extremo de la caja para que allí llenase mi bolsa y no obstaculizase al resto de clientes que, sobre todo las dos chicas, me miraban con una cara de cierto hastío y conmiseración. Arrastré los productos que me quedaban al margen, dejé el paso abierto y allí, en la esquina, llené la bolsa sin orden ni concierto, con la única idea de salir de allí cuanto antes.

Como todo estaba metido en desorden, el aspecto del conjunto era propio de una moderna obra de arte y su estabilidad, nula. Cuando la levanté me di cuenta de todo lo que pesaba y que sólo el camino hasta la boca del metro cercana iba a ser complicado, por lo que me resigné a no pasarlo nada bien hasta que llegase a casa, en un viaje algo circense con un paraguas, libro y bolsa del demonio que, cuando la posaba en el suelo, ya podía encerrarla entre unas muy arqueadas pierna para que todo su contenido no acabase, como un pequeño vertedero, desperdigado junto a mis pies. A veces, como ayer, conseguir llegar a casa y sentarse en el sofá es un triunfo, pero no evita la sensación de derrota. Mercadona 2, yo 0.

lunes, octubre 26, 2015

Arte en la pelu (para ABG, y sus amigas E, T y S)

No suelo hablarles mucho en este blog de mi vida personal porque ni es el objeto del mismo ni, seguro, les interesan las escasas andanzas de mi persona, que no destaca por su actividad social ni por vivir experiencias al límite, como ahora se ha puesto de moda experimentar cada fin de semana. Sin embargo, de todo tiene que haber excepciones, y este viernes tuve la oportunidad de vivir una tarde noche diferente, de esas que sólo se pueden vivir en las ciudades cosmopolitas, de esas en las que me siento tan desubicado como en tantas otras, y que creo merece ser relatada, aunque en el fondo pueda parecerles de lo más normal.

La cosa empezó en una peluquería moderna, de esas en las que parece que hay expositores de joyas en vez de secadores y tijeritas, en pleno barrio de Chueca. En ese local mi amiga ABG exponía algunos de sus cuadros, y los vendía, y con motivo de su próximo traslado de residencia, organizó una especie de fiesta de despedida con una Dj, música tecno suave y algunos vinos y aperitivos. ¿Nunca han estado en una peluquería en fiesta exposición de arte moderno? ¿No? Yo tampoco, hasta este viernes, claro está. A la fiesta fue llegando gente de lo más variada, cuyo nexo en común era ser amigos de ABG. Nos reunimos un curioso grupo de chicos y bellas chicas en la que abundaban todas las profesiones posibles, a excepción de las más habituales. Consultoras, funcionarias, artistas estudiantes, peluqueras (sí, había competencia invitada), empleados de agencias de noticias, freelance relacionados con la fotografía y el diseño… de todo un poco. En un momento dado todos estábamos hablando unos con otros, con la música y cuadros de fondo, y en un lateral otro grupo de personas, que no eran de nuestra fiesta, charlaban animosamente entre ellas, pero la cuestión es que ninguno hacía uso de los servicios de la peluquería, aunque sí ocasionalmente de los baños. Comenté a algunas personas con las que charlaba que cada vez me daba más la sensación de encontrarme en medio de una escena de película de Woody Allen, ya saben, de ese tipo en la que un montón de personas sofisticadas charlan animosamente en un escenario moderno a más no poder, rodeados de arte, filigrana y con las atestadas calles de Manhattan de fondo, sobre la vacuidad de la vida, el existencialismo, los diferentes tonos del color blanco y otras cuestiones por el estilo. Varios de los asistentes me dieron la razón, y aunque nadie lo dijo, creo que yo era el candidato ideal a hacer de Allen, pero sin sus rizos en la cabeza ni su genio en la mente, claro está. Comenté esta idea a ABG y la verdad es que ella no lo veía nada claro, quizás porque estaba en la gloria por ver a sus amigos junto a ella y su obra, pero su expresión era la de una protagonista de las películas del bueno de Allen, llena de sorpresa y de interés ante mis apreciaciones. Al cabo de unas horas varias de las personas de la fiesta tuvieron que irse, no sin antes despedirse de la agasajada, a la que probablemente no vean, veamos, en un tiempo indefinido (eso es habitual dada su volátil y agitada vida) y finalmente nos quedamos ABG, tres amigas suyas y yo, y dada la hora que era, y que el hambre acuciaba, optamos por irnos a cenar. La oferta del barrio es inmensa, lo que complica muchas veces la elección, y tras dar alguna vuelta y ver que también la duración de los locales en Chueca es tan efímera como la solidez de los partidos de izquierdas, nos decantamos por un mejicano, entre otras cosas porque E, una de las amigas, había residido un largo tiempo en ese país y le apetecía recordar tiempos pasados.

Así que imagínense la escena. Noche en Chueca, gente por todas partes, más en una sola calle de la que pueda concentrarse en mi pueblo en fiestas, temperatura agradable, y mi humilde persona en una mesa acompañado de ABC, E, T y S, cuatro mujeres bellas y agradables como ninguna otra, sentados los cinco junto a un ventanal en el que pasaba mucha gente que, como algunos de los del restaurante, se quedaban mirando a las cuatro cariátides y al que las acompañaba. Y con esa sensación de infantil ego desmedido que me desbordaba, de ser el protagonista de una noche de película, iban saliendo platos, a cada cual más extraño, mientras en mi mente sonaba la “Rapsodia in Blue” de Gershwin y mi Allen interior empezaba a pensar en Manhattan…