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lunes, mayo 07, 2018

Jose María Íñigo, mito y creador


No sabemos a qué personas conoceremos hoy, mañana o el resto de nuestras vidas, pero sí tenemos la lista de los que despediremos cuando llegue el momento, cuando se marchen definitivamente, llamadas por la muerte. Nuestras agendas privadas y listas de conocidos públicos engordan con el azar y la fama, y adelgazan cuando uno de ellos cae, sumiéndonos en el desconcierto y haciéndonos recordar cuándo le conocimos, le vimos por primera vez, qué momento inolvidable pasamos a su lado, qué jugarretas nos hizo, etcétera. Dice Philip Roth que la vejez es esa edad en la que sólo se tachan nombres y teléfonos de la agenda, que se va despoblando, y nada puedes hacer ante ello. Quizás crecer sea algo parecido.

Para muchos, Jose María Íñigo forma parte de sus vida de una manera más familiar que muchos con los que comparten apellidos y, quizás, habitación y lecho. Desde que tengo uso de razón su voz, poderosa, su bigote desproporcionado y su pelo, enorme en su momento, inexistente los últimos años, está presente en lo que asocio a la radio y la televisión. Por ser más joven, no llegué a vivir su etapa gloriosa de la televisión, esas entrevistas con actuaciones musicales que, en la cadena única, congregaban a medio país y llevaban hasta las casas de una gris España sonidos y melodías modernas que eran lo más conocido en la Europa de color a la que siempre soñábamos pertenecer. Desde sus inicios Íñigo demostró que el mundo se le quedaba pequeño para lo mucho que quería vivir, conocer y disfrutar, y eso, dicho y hecho por un bilbaíno que abandonó el botxo camino a Londres, es mucho decir. Hizo carrera en Reino Unido, trabajó en la BBC y llegó a España sabiéndoselo todo de la música moderna, de los grupos, estilos y formas de actuación que triunfaban en todo el mundo, en una época en la que la información viajaba mucho más despacio que ahora y en la que lo más moderno musicalmente de la televisión española eran los coros y danzas regionales a mayor gloria del Caudillo. Íñigo cogió la televisión y le pegó un meno brutal, la creo de cero, hizo programas modernos, tan modernos que hoyen día se siguen haciendo prácticamente igual, porque la fórmula no ha sido mejorada. En ellos la música y el entretenimiento estaban por encima de todo, pero era, como bien resaltó ayer Alex Grijelmo en su obituario, un entretenimiento digno, de altura, de calidad. Decía Íñigo que se negaba a hacer algo que le diera vergüenza de ver a él o a su mujer e hijos, y esa fue su máxima. Con los años nuevos profesionales llegaron a TVE y la creación de las privadas cambió el panorama televisivo. Íñigo fue relegado, considerado como algo propio de una época pasada, y su presencia en el medio se fue reduciendo mucho. Pero no estuvo quieto nunca. Los viajes y la gastronomía, otras de sus pasiones, le llevaron por todo el mundo y se dedicó a gestionar webs y portales de viaje con consejos sobre qué hacer y ver en destinos tanto convencionales como exóticos. Hace ya varios años Pepa Fernández, que dirige los fines de semana “No es un día cualquiera” en Radio Nacional, otro espectacular ejemplo de radio entretenida, cultural y de calidad, lo rescató, lo incluyó en su nómina de colaboradores y le dio secciones de todo tipo, que iban cambiando de temporada en temporada. Porque Pepa sabía que Íñigo, al igual que Forges, era un genio, y que le pusiera a hacer lo que fuera, lo iba a hacer de maravilla. Ella ha confesado muchas veces que él era uno de sus grandes maestros, que cada vez que presentaba un programa o hacía entrevistas se fijaba y trataba de hacer que eso tan difícil que lograba Íñigo con naturalidad le saliera a ella, con enorme esfuerzo y tesón. Los responsables de “Aquí la tierra” en TVE, otro muy buen programa, le ficharon hace pocos años, y por toda España le mandaban para que probase platos y descubriera lugares. Y él, como un becario, ahí que se iba, cataba, disfrutaba y daba lecciones de naturalidad y dominio de la cámara.

Creo que ha habido en España tres grandes creadores de la televisión, de sus formatos y programas. Son Chicho Ibáñez serrador, Jesús Hermida y Jose María Íñigo. Ya sólo nos queda vivo Chicho, muy retirado. Este sábado Pepa Fernández se descomponía ante el micrófono al empezar su programa, a las 8:30, dando la noticia de la muerte de su maestro y amigo, pero su profesionalidad le llevó a hacer el programa, todo el fin de semana, como él hubiera querido que saliera, con la congoja de todos los participantes pero con la profesionalidad y el deber por encima de todo. El gruñón de Íñigo seguro que hubiera estado encantado con el resultado, y le hubiera soltado a Pepa uno de sus “Naturalmente que sí” cada vez que ella, a punto de derrumbarse, sacaría fuerzas de donde no las hay para poder seguir con el programa. Él hubiera hecho lo mismo. No podía haber mejor homenaje.

viernes, enero 20, 2017

El adiós a Obama

Hoy, al mediodía de Washington, 18 horas en España, Donald Trump jurará su cargo como el 45 presidente de los Estados Unidos en el escenario fabricado al efecto en la escalinata oeste del capitolio de la ciudad, con el mall de fondo, desde una perspectiva fabulosa, en una ceremonia que es lo más parecido a una entronización sin corona. Tras el acto de jura Trump y su mujer recorrerán la Avenida de Pensilvania en algo parecido a un cortejo, desfile de mucha pompa, hasta llegar a su nueva residencia, la Casa Blanca. Y desde entonces la historia cambiará, sin que tengamos nada claro hasta qué punto y consecuencias.

Hoy se acaban los ocho años de presidencia de Obama, en medio de la controversia sobre cuál es su legado, y si Trumo es la herencia más visible del mismo. Es muy difícil juzgar años de presidencia en los que pasan tantas cosas, muchas de ellas ajenas a la labor presidencial, pero siempre se puede hacer un intento, por lo que aconsejo que lean a los expertos en la materia. Por lo que empiezo a ver los análisis son de un sesgado subido, fruto quizás de estos tiempos de gritos, inmediatez y mentiras atrapatitulares. Si juzgamos a Obama por las expectativas que generó su nombramiento, el fracaso de su gestión es enorme, como lo sería el de cualquiera que hubiese suscitado una ilusión semejante. La concesión de aquel preventivo Premio Nobel de la Paz, que tanto daño hizo a la propia academia, es una muestra de lo mucho que se esperaba y, en comparación, poco se obtiene. Si la juzgamos por las precedentes presidencias de Bush hijo, el balance es más que bueno, por lo que quizás la verdad esté en medio de todas las impresiones. Llegó Obama en medio del derrumbe financiero de 2008 y hoy en día la economía norteamericana crece y el desempleo está en mínimos, aunque los trabajos no son como los de antes y muchas heridas creadas por la crisis quizás no cicatricen nunca. Llegó a la Casa Blanca con la guerra de Irak y Afganistán aún abierta en canal, y trató de cerrarlas como pudo, pero la eclosión de la primavera árabe, que tanta esperanza trajo, y su mutación en islamismo salvaje produjo una desestabilización en todo oriente medio que ha empantanado a los EEUU en guerras locales y globales. Para luchar en ellas Obama ha recurrido a menos tropa sobre el terreno y mucho más dron teledirigido, innovando en el arte de la guerra y matando menos en apariencia, pero quizás tanto o más en números absolutos. La guerra de Siria ha sido, quizás, su gran fracaso, sobre todo por su promesa de actuar tras marcar unas líneas rojas y su inacción cuando fueron franqueadas. Esa guerra permitió a Rusia volver a la escena global, tras la primera conquista territorial que llevó a cabo en la Crimea antaño ucraniana. El ascenso de Putin en detrimento de Obama es visto por muchos como otra de sus taras, y gran parte de la opinión pública, especialmente en su país, considera que en el juego de estrategia que se vive entre ambos países EEUU ha salido bastante mal parado. De carácter reflexivo, frío y más reservado de lo que aparenta, ha sido el primer presidente que, desde hace mucho tiempo, ha puesto mucho más los ojos en Asia que en Europa, y eso nosotros lo hemos notado, acentuando la pérdida de influencia de nuestra región en el mundo. Le ha tocado gestionar los años de la explosión de las redes sociales y la viralidad, que entre otras cosas ha permitido que, nuevamente, el ránking de las mayores empresas globales esté encabezado por firmas de su nación como GAFA, acrónimo de Googl Apple Facebook y Amazon, dejando a las pujantes empresas chinas en segunda posición. Ha buscado liberalizar el comercio y abrir fronteras y, durante bastantes años de su mandato, las cámaras se han opuesto a sus medidas. Aprobó el Obamacare por los pelos, pero está por ver si durará como medida más allá de, pongamos, la semana que viene.

Frente a Obama, Trump parece el opuesto absoluto, y llega, también a la contra, con las peores expectativas posibles. Eso le da un margen para mejorar, y convertir un “no ha sido el desastre que augurábamos” en toda una victoria, pero el personaje y su comportamiento son completamente imprevisibles. Hoy el ambiente no será tan festivo en Washington como en otras ocasiones, pero es indudable la importancia y trascendencia del acontecimiento. No imaginé que iba a llegar a pasar. Ahora es verdad, y toca ver de qué es capaz la administración Trump y en qué nos puede afectar. Preparémonos para todo lo que se nos pueda ocurrir, y para lo que no

jueves, noviembre 17, 2016

La triste gira de despedida de Obama


Seguro que cuando fue organizada, intuyo que hace ya varios meses, la gira de despedida de Obama por Europa se pensó como un momento dulce, uno de los más sentimentales y agradecidos para el casi ya expresidente norteamericano, dado el entusiasmo con el que han sido recibidas sus palabras y estancias cada vez que ha pisado nuestro continente. Quizás haya sido, de los recientes, el presidente que menos caso real le ha hecho a Europa, pero eso no ha impedido que sea de los más aplaudidos y vitoreados, preventivo y ridículo Premio Nobel inclusive.
 
Como pasa muchas veces, la realidad se encargar de transformar nuestros ilusos planes en otra cosa muy distinta. Esta gira, que ayer transcurrió por Grecia y hoy por Alemania, es triste, muy triste. Obama pisa por última vez el continente sabedor de que en su triplex dorado de Manhattan maquina Trump cómo establecer su gobierno, y que partes de las medidas de su predecesor desea arruinar. La derrota demócrata empaña notablemente el balance presidencial de Obama, y él lo sabe. Su implicación en la campaña, muy intensa, no ha impedido que Hillary, que fue su secretaria de estado, haya fracasado, quedándose muy por detrás en votos respecto a los que consiguió Barack en sus dos elecciones. Además del plano interno, sabe Obama que la relación trasatlántica va a sufrir mucho, sean cuales sean las decisiones futuras de Trump, dado que su elección rompe el invisible pero necesario vínculo de confianza entre los socios. Esto de la relación trasatlántica no es sólo la presencia de bases norteamericanas en Europa, que también, sino los fuertes lazos comerciales, personales, de ideas y sentimientos que unen a las dos orillas de lo que llamamos occidente, que somos muy distintas, pero compartimos una misma fe en la ley, la democracia, los derechos humanos, al libertad y la economía de mercado. Esas son algunas de las características que nos definen, y que día a día tratamos de ejercer, proteger, cuidar o, al menos, no destruir. Junto a nosotros, vecinos o no, existen regímenes donde esas ideas no se dan, o simplemente se vetan. Mantenemos excelentes relaciones comerciales con ellos, fruto de la necesidad y el egoísmo mutuo, pero China o Arabia saudí, por citar sólo dos, son países donde no nos gustaría vivir por mucho dinero que tuviéramos. Hay algo más que el dinero, algo mucho más importante. Y es ese algo más lo que está en riesgo, sobre el que se ciernen nubarrones de tormenta que amenazan con descargar. El ascenso de los populismos, las manifestaciones de xenofobia, asociados antes al Brexit, ahora a Trump, la renacionalización, el apelar constantemente a “lo nuestro” frente a los demás, son síntomas peligrosos de regresión, y bien sabemos en Europa, nuestra querida Europa, hasta qué punto somos capaces de generar infiernos que comienzan con meras declaraciones de superioridad racial. Más de una vez EEUU ha venido a salvarnos de nuestros propios demonios, tanto por su interés propio como por un anhelo de lucha por la libertad, y los cementerios que jalonan media Europa son recuerdo imborrable de ese pacto de sangre que tenemos entre los dos mundos. No debemos olvidar a aquellos que cayeron para que nosotros podamos ser libres, y debamos ejercer esa libertad con cabeza y sentido.
 
Hoy Obama se reunirá con Ángela Merkel, quien se ha convertido, a su pesar, en la única luz de libertad que queda en nuestro mundo. Tras la renuncia de Reino Unido, el misterio sobre el futuro de EEUU, el potencial desastre político que es Francia y la irrelevancia del resto, Merkel, Berlín, se convierten en nuestra gran esperanza para poder reconquistar terreno al populismo. Será un trabajo duro, llevará mucho tiempo, pero es una batalla ideológica en la que no podemos desfallecer, y siempre tendremos que estar. Se lo debemos a los caídos, sí, pero también a nosotros mismos y a las generaciones que nos van a suceder. Si caemos en los errores del pasado les dejaremos un mundo mucho peor que el que hemos conocido. Será no sólo el fracaso de Obama. Será, sobre todo, nuestro propio fracaso.

lunes, julio 11, 2016

Obama, Madrid…. Dallas

No tenemos buena suerte en lo que hace a las visitas de mandatarios norteamericanos. Ya en una ocasión el viaje previsto del Secretario de Estado John Kerry tuvo que ser suspendido porque se estrelló con la bici horas antes de comenzar la visita. En esta ocasión Obama ha llegado a España, sí, pero su visita, de una duración prevista de un par de días, se ha tornado tan fugaz como volante. Apenas un día, con agenda intensiva en Madrid, suspensión de la estancia en Sevilla y despedida en la base naval de Rota ante sus tropas allí desplegadas. En un domingo de calor abrasador Obama no ha estado quieto.

La causa de esta brevedad, y motivo de entidad suficiente para que se hubiera llegado incluso a pensar en suspender toda la visita, ha sido el ataque de Dallas, ciudad que ya anteriormente asociábamos a un tiroteo, “el tiroteo” si me lo permiten. A estas alturas todos sabemos qué es lo que ha sucedido allí, pero aún ignoramos las consecuencias de un ataque de semejante magnitud. La acción, de un precisión militar devastadora, ha metido el miedo en el cuerpo a todo el mundo, empezando por los propios policías, que se vieron cazados como pajaritos por parte de un tirador experto que les puso en el punto de mira. Los movimientos a favor de los derechos de los negros, reunidos en torno a ese lema que corean sin cesar “Black lives matter” Las vidas negras importan, también salen muy perjudicados por lo sucedido, ya que aunque han sido rápidos y tajantes a la hora de condenar este crimen, la mera idea de que se haya dado un episodio de reacción violenta asusta a un colectivo que, ya de por sí, tiene que soportar una presión social que le hace sentirse prejuzgado. Es lo peor que podía sucederles. Y para el conjunto de los EEUU, lo sucedido en Dallas es perturbador, muy grave. Supone el mayor ataque contra las fuerzas de seguridad de la nación desde el 11S, y pone en guardia a todos ante unos sucesos no previstos, ni imaginados, que quién sabe si volverán a repetirse a lo largo de tantas y tantas manifestaciones que estos días se suceden por aquel país en defensa de los derechos de los negros y denunciando los casos de abuso. Resulta hasta cierto punto paradójico que estos rebrotes de violencia racial se den precisamente cuando acaba el mandato de Obama, el primer presidente negro del país, pero no creo que este repunte del problema racial tenga que ver con el hecho de que ahora se produzcan más casos que antes, sino con la posibilidad que ahora disponemos para poder verlos. Cada uno de nosotros lleva una o varias cámaras encima, y los dos últimos casos de violencia policial han sido grabados en buenas condiciones y colgados en la red al instante, de tal manera que hemos pasado de una denuncia local que tenía poco recorrido mediático a la exhibición en las televisiones de todo el mundo de unas escenas de violencia descontrolada, lo que más desean los programadores de las cadenas, que le dan relevancia global a lo sucedido y enardecen los ánimos de todo un país. Antes se hablaba de los casos de violencia. Ahora se ven. Y esto provoca que su impacto sea mucho mayor. Y los efectos de ese impacto han llegado hasta un punto en el que un exmilitar ha decidido vengarse de los policías blancos acribillándoles como si de una escena de su guerra pasada se tratase.

El problema racial, expresión políticamente correcta y, obviamente, muy blanca, es uno de los que anidan en el seno de la sociedad norteamericana, y que ella misma debe tratar y eliminar. Eso unido a la tendencia de la policía de allí a disparar primero y preguntar después (si van al país de visita ninguna broma con los policías, ninguna!!!). Si a eso sumamos el descontrol de las armas que las hacen más comunes en las casas que los jarrones florales, tenemos los ingredientes necesarios para que sucesos como el de la semana pasada en Dallas puedan repetirse. Ojalá que no. Obama ha estado de visita en Madrid, sí, pero creo que en todo momento su cabeza estaba en Dallas

martes, junio 07, 2016

Obama nos visita en Julio

Ayer se confirmó que, dentro de la gira de despedida de la presidencia de Obama, y enmarcada en el viaje a Europa cuyo principal destino es la cumbre de la OTAN en Polonia, el presidente de EEUU visitará España del 6 al 9 de Julio, pasando por las ciudades de Sevilla, puesto el ojo en la base conjunta de Rota, y Madrid. Ayer, al conocerse la noticia, circulaba el chascarrillo de si Obama iba a aprovechar las fechas para pasarse por Pamplona y conocer los San Fermines, lo cual dice ya bastante de nuestra (nula) seriedad. La contestación de circunstancias que dio el portavoz de la Casa Blanca ante esa pregunta escondía, seguro, algo de vergüenza ajena.

Es esta la primera visita a España de un presidente norteamericano desde hace quince años, quince, que se dice rápido. Tras el desplante de las banderas de ZP y el desaguisado de Irak quedó claro que George W Bush no iba a volver a visitarnos nunca, cosa que los primeros años del mandato de Zapatero fue exhibido como un valor en sí mismo y los últimos como un baldón. La llegada de Obama al poder (recuerden, madre mía, la conjunción planetaria de Pajín) se vio como la oportunidad del deshielo, pero no ha sucedido tal cosa. La administración norteamericana ha logrado alguno de sus principales objetivos en España, sobre todo el de la titularidad y uso estratégico de las bases, caso de especial importancia el de Rota, pero sabe que España es, en general, un socio poco fiable, disperso, y de una opinión ante los asuntos estratégicos tan volátil como débil. El antiamericanismo está muy impreso en gran parte de la ideología española, pese a que el ciudadano de a pie lleve una vida que refleja por completo las aspiraciones y estéticas del imperio norteamericano, y eso es conocido en Washington y el resto de capitales. España como sociedad se ha desentendido por completo de las cuestiones exteriores y, como mucho, sólo les presta atención si es capaz de sacar tajada de ellas, pero rehúye compromisos y decisiones que le puedan suponer costes de cualquier tipo, bien sean políticos, económicos o sociales. No hace falta irse al otro lado del Atlántico para comprobarlo. Con motivo de los crueles atentados que sufrió París en Noviembre, vimos una procesión de políticos y líderes que visitaron algunos de los escenarios de la masacre y honraron allí a las víctimas y condenaron a sus asesinos. Inmersos como estábamos en una campaña electoral, que ya vimos para lo que sirvió, ningún dirigente español se asomó por el bulevar Voltaire, no vaya a ser que fuera visto por los potenciales electores como un acto que nos significase ante el terrorismo y aumentase nuestro grado de amenaza (que ya es grande, tanto como el del resto de naciones occidentales). Es decir, se actuó como siempre lo hacemos en política internacional. Con desgana, con visión de muy corto plazo, con un cálculo pacato de qué es lo que gano y lo que pierdo si hago algo, sin importarnos mucho la opinión que nuestros socios puedan tener de nuestros actos y, en el fondo, dando la impresión de que lo que sucede fuera de nuestras fronteras ni nos va ni nos viene, cuando nunca ha sido así, y menos aún en estos tiempos globalizados en los que al alcance de un dedo tenemos casi todo el planeta. Nuestra visión, quizás fruto de un miedo sociológico al exterior y del peso de cuarenta años de encierre cuartelero bajo un franquismo que renegaba de todo lo ajeno, es muy perjudicial para nosotros mismos, y debemos cambiarla ya. Las empresas españolas han empezado a hacerlo, forzadas por la crisis del mercado patrio, y exportan sin complejos y con ratios sobre la economía local que son muy meritorios. El resto del país y, desde luego, los políticos, debieran (también en esto) aprender de ellas.

Cuando Obama nos visite, tras las ahora mismo inciertas elecciones del 26J, se encontrará con un presidente en funciones, Rajoy, que llevará seis meses en ese estado y que, quizás, sepa si seguirá en el puesto o no. Habrá colas para hacerse una foto con el presidente de EEUU, por parte de críticos y admiradores, que no regatearan esfuerzos, y seguro que asistimos a escenas de papanatismo y provincianismo extremo para que todos puedan salir lo más cerca posible del aura Obama en la imagen de la posteridad. Y seguro que en esos momentos el presidente negro piensa, y se reafirma, en la escasa seriedad que este “socio” le ha mostrado en sus años de mandato. A ver cómo nos comportamos con él (o la) siguiente.

lunes, abril 25, 2016

Obama, Europa y el Tratado de Libre Comercio

Está Obama de visita en Europa, un viaje que no va a incluir a España, lo que puede hacer que en los ocho años de su presidencia, que ya agoniza, nunca haya pisado nuestro país. Esto ya lo dice todo sobre nuestro nulo papel en el mundo, y la nada que nos importa. La primera parada del viaje presidencial ha sido Reino Unido, donde Obama se ha pronunciado claramente contra el “Brexit”. La salida de los británicos de la UE sería mala para ellos, para el resto de la Unión y para todo el mundo, y pese a las polémicas suscitadas por sus palabras, tonterías racistas de Boris Johnson incluidas, ha hecho bien Obama en decir lo dicho.

Desde ayer está en Alemania, que sabe que es el país líder de la UE. Varios son los intereses de Obama en una Europa a la que no ha hecho demasiado caso en su presidencia, volcado más en cuestiones internas y, en lo exterior, con los ojos puestos en los conflictos de oriente medio y en las economías asiáticas. Ucrania y Siria son los objetivos políticos del encuentro en Alemania, Ucrania por las fronteras compartidas de la UE y el conflicto latente con Rusia que se da en ese país, y Siria, como fuente de refugiados y origen de mucha de la inestabilidad que golpea a la zona, y que también, en forma de atentados suicidas sanguinarios, extiende su hedor de muerte por Europa de la mano del islamismo de DAESH. Más allá de buenas palabras es poco probable que de las reuniones de Obama surjan compromisos claros y vinculantes en ambos asuntos. El otro gran tema de esta visita a Alemania es el tratado de libre comercio que la UE y EEUU llevan años negociando. Conocido por sus siglas en inglés, TTIP, se ha convertido en una gran esperanza para reforzar los vínculos económicos entre ambas orillas, fomentar el crecimiento y la creación de empleo. Y también es enarbolado por críticos como una herramienta de desregulación peligrosa que puede afectar a la seguridad jurídica y de los consumidores, especialmente de los europeos. Los tratados bilaterales de comercio han surgido en los últimos años tras el fracaso, en la práctica, de la Organización Mundial de Comercio, que es incapaz de lograr acuerdos globales para rebajar aranceles, eliminar trabas proteccionistas y fomentar los intercambios entre países. Así, al margen de una OMC que está moribunda, han surgido varios acuerdos entre distintas áreas comerciales y países que sólo rigen en su ámbito geográfico y en los productos y servicios acordados. En este sentido, el comercio mundial se fragmenta y complica, al depender en cada lugar de tratados distintos, y esto no es bueno. El TTIP puede ser una excelente herramienta para impulsar dos economías, la de EEUU y la UE, que ya están sumamente relacionadas, y se necesitan, pero debe superar obstáculos técnicos e ideológicos muy profundos. Teóricamente la UE protege mejor los derechos del consumidor frente a las tácticas de las empresas y la salubridad de los productos y no quiere oír hablar, por ejemplo, de alimentos transgénicos ni de otras cosas similares. EEUU quiere eliminar privilegios a determinados productos europeos que, como el caso de las denominaciones de origen agrarias, suponen una protección extra y, en muchos casos, ayudas gubernamentales. Y en ambos casos hay recelos sobre el papel que las grandes empresas pueden jugar, tanto a la hora de desarrollar las normas de comercio como al acatarlas. Alegan los críticos que los textos que se están negociando les dan demasiado poder, quizás reflejando el que ya poseen en nuestra vida diaria.

No soy partidario de la desregulación absoluta, eso no tiene sentido, pero si de la apertura comercial, sujeta a normas que no deben ser infinitas pero sí precisas. Menos regulación, mejor regulación, podría ser mi lema en estos casos. Las posibilidades que otorga el TTIP a ambas orillas son enormes, y recordemos que España, que en estos últimos años ha sido una de las grandes potencias exportadoras en medio de la crisis global, puede ser, de rebote, una de las beneficiarias en caso de crecimiento de los intercambios entre ambos polos. En todo caso es un tema complejo, muy técnico, por lo que aconsejo que huyan de los que, con argumentos de dos líneas, lo definen, alaban y descalifican. Frente a los temas políticos antes comentados, en este caso Obama sí puede que logre un compromiso.

jueves, enero 14, 2016

El último Estado de la Unión de Obama

Una de las noticias río que van a air evolucionando y llenando la actualidad a lo largo de todo este 2016 son las elecciones presidenciales norteamericanas, que tendrán lugar, siguiendo esa costumbre heredada de la época agraria, el primer martes después del primer lunes de noviembre, que si no me equivoco, en esta ocasión, es el día 15. Eso quiere decir que este año, tras siete en el cargo, es el último de Barac Obama en la presidencia del gigante. Me asombra lo rápido que han pasado estos años, porque recuerdo la emoción de la noche electoral de 2008 como si fuese ayer.

El discurso del Estado de la Unión que pronunció Obama el martes pasado fue, por tanto, su último discurso de este tipo. La presidencia se encamina hacia el final y, junto con la carrera de los sucesores, comienzan los primeros balances de cómo han sido los años de Obama al frente del gobierno. Recordemos que su mandato empieza en un 2008, salpicado por las guerras de Irak y Afganistán, que generan un continuo goteo de muertos que se tratan de ocultar a la población estadounidense, y una crisis económica de proporciones devastadoras que, iniciada en EEUU, se convierte en global. Siete años después la situación en ambos frentes ha cambiado mucho, pero esa evolución dita mucho de ser positiva. Es en la economía donde Obama puede exhibir sus mejores credenciales. La crisis no se llevó por delante al sistema financiero internacional ni a los ciudadanos, pero ha cambiado por completo el panorama productivo y laboral de nuestras economías. La rapidez y contundencia con la que se actuó en EEUU, unido a ventajas objetivas como el ser un enorme mercado único y poseer la moneda internacional de reserva, le permitieron recuperarse mucho antes que una Europa que sigue sumida en el marasmo. Pero no hay que olvidar que la economía norteamericana, recuperada, exhibe datos malos que son graves. La tasa de participación en el mercado laboral sigue bajando, la precariedad crece a la vez que lo hace la desigualdad, los créditos para pagar estudios universitarios amenazan con reventar como una burbuja de impagos masivos, las inversiones en fracking, una de las revoluciones de esta era, caminan hacia la ruina a medida que el barril perfora cifras de precios a la baja, y la señales que hoy mismo emite la economía son presagio de un año, o más, turbulentos y, quien sabe, recesivos. En el plano internacional la situación es, objetivamente, más compleja y peligrosa que hace siete años. La guerra de Irak ya no sale en la tele pero sigue existiendo, y el protagonismo se lo ha robado Siria y el Estado Islámico, que se han convertido en las grandes amenazas regionales y globales. EEUU ha intentado estos años abandonar ese escenario para centrarse en el Pacífico, donde el interés económico y geoestratégico crece a la vez que lo hace una China cada vez más poderosa, pero la realidad, la crudeza de la guerra, ha impedido consolidar este movimiento. Hace un par de años Obama no cumplió sus amenazas de actuar cuando el régimen de Asad traspasó las líneas rojas del uso del armamento químico y, a mi modo de ver, abandonó a su suerte a esa guerra, que ahora está comandada por Asad, el islamismo radical y una Rusia fanfarrona y débil, pero quizás por ello más rabiosa y peligrosa. El escenario es muy complejo para ser analizado y más aún para emitir juicios sobre quién ha actuado mejor o peor.

En el plano interno, los años de Obama se recordarán, quizás, por ser los de la vuelta del poderío empresarial norteamericano, esta vez comandado desde un Silicon Valley en el que Apple, Google, Facebook y demás monstruos gobiernan nuestras vidas, carteras, datos y, esperan conseguirlo, voluntades. Parece que, quizás como resaca de esa grave crisis económica no superada del todo, la ilusión del sueño americano se ha debilitado algo, y los conflictos raciales, quién lo iba a decir con el primer presidente negro, han vuelto a la primera plana de las noticias en un país en el que la violencia interna y el uso de las armas sigue fuera de cualquier tipo de control. Obama, ya como pato cojo, espera sucesor o, más probablemente, sucesora.

viernes, noviembre 21, 2014

Obama y la reforma migratoria


Tras la derrota en las elecciones parciales de hace unas semanas, Obama afronta el tramo final de su mandato con unas cámaras en contra y un electorado propio muy desmotivado. Los años del “pato cojo” como se conocen a este último tramo del mandato, amenazan con ser para él devastadores, sobre todo dada la ilusión con la que fue recibida su llegada al cargo y los réditos, escasos, que a día de hoy se perciben de su ejercicio. Por ello, y dado que haga lo que haga ya no se volverá a presentar, tiene ante sí dos opciones claras. Rendirse y dejar pasar el rato o enfrentarse y hacer algo de lo que prometió. Parce que opta por lo segundo.

Si la sanidad fue el tema estrella de su primera legislatura, la inmigración parece serlo el de este final de mandato, con permiso de lo que suceda en el escenario internacional. El asunto de la inmigración, que se ve de manera diferente en una nación como la norteamericana, creada por sucesivas olas de inmigrantes, es ahora mismo un campo de batalla política entre demócratas y republicanos, y que tiene a millones de personas, se estiman en más de diez, pendientes de lo que se acabe decidiendo. En su discurso de ayer, muy esperado, Obama anunció que se salta los vetos de las cámaras y propondrá un decreto presidencial para evitar la expulsión de unos cinco millones de indocumentados, en lo que puede ser el primer paso para un proceso de regularización que consiga que todos los inmigrantes ilegales que ahora residen en el país pasen a ser ciudadanos de ley. Muchos de ellos trabajan, pagan impuestos, compran y venden, pero carecen de papeles que, en caso de ser detenidos o parados por la policía, les impidan acabar al otro lado de la valla, en un Méjico que es la puerta de entrada para casi todos ellos. Hay cientos de miles de niños que han cruzado la frontera, cuyos padres y demás familia se han quedado al otro lado, y que viven como pueden en EEUU, suministrando divisas muchos de ellos a sus familias. A muchos de estos inmigrantes se les conoce como los “dreamers”, soñadores, porque saben que EEUU es el país en el que quizás sea posible alcanzar una vida que, por los motivos que fuera, se les niega en su nación de origen. Huyen de la desesperación, sí, pero acuden atraídos por la llamada del sueño americano, que conocen de primera mano porque parientes suyos o conocidos lo lograron en el pasado. Y esa ola imparable, aunque parezca un problema de fondo para los norteamericanos, es, en mi opinión, una de sus mayores fortalezas, porque sigue siendo un lugar visto por gran parte del mundo como el más propicio para poder desarrollarse, ejercer una vida y alcanzar el bienestar. Por eso creo que las medidas que logren regularizar a esas personas, además de solucionar un grave problema legal y social que existe ahora mismo en el país, lograrán a largo plazo que la nación en su conjunto crezca mucho más, siendo fiel a su propio espíritu de integración, mucho mayor del que existe en Europa, donde el cantonalismo nacionalista siempre ve al otro como un invasor, un usurpador, alguien que viene a robarnos, y no como quien, con nosotros, puede crear, construir y crecer.

Y claro, además de toda esta bella filosofía de fondo, están los intereses políticos. Obama sabe que millones de regularizados serán muchos votos futuros para un partido demócrata, y que un republicanismo cerril que les niegue la legalidad verá como la demografía de sus votantes se estanca, y no será rejuvenecida por la savia nueva del latino, que supera ya los cincuenta millones de personas en el conjunto de la unión. Con su discurso de ayer, emitido por internet y no por las cadenas nacionales, ojo, Obama declara la guerra a unas cámaras que le van a hacer la vida imposible, y espera ganar el enfrentamiento no tanto con votos electorales sino con la política de los hechos consumados. Será muy interesante ver cómo se desarrolla este asunto.