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miércoles, abril 22, 2026

Trampas del nacionalismo voxero

Si no pasa nada raro, esta mañana María Guardiola será investida como presidenta de la Junta de Extremadura tras la segunda jornada del debate destinado a ese fin. Los votos de Vox, conseguidos tras el acuerdo firmado la semana pasada, permitirán a la del PP alcanzar una presidencia que ya ostentó la vez pasada gracias a otro acuerdo con los populistas de derechas que se frustró tras la espantada voxera a cuenta del acuerdo de reparto de menores inmigrantes. En esta ocasión los de Abascal han bajado algo sus exigencias tras los últimos resultados electorales, pero han conseguido que su idea, falsa, de los nacionales primero, esté presente en el debate político.

Y digo falsa porque el ideario voxero, como el de todos los nacionalistas populistas, se basa en la asunción de una superioridad (falsa) de un conjunto de personas respecto a otras por cuestiones que se asocian a la raza, el origen y tonterías por el estilo. En esto los profesionales en España son los nacionalistas vascos y catalanes, que exhiben su racismo sin tapujos y han conseguido que parte de la inútil izquierda del país les compre el discurso y lo califique de progresista. Pues bien, los de Vox son igualmente racistas, sólo que cogen a otro grupo de población para determinar cuáles son los privilegiados y cuáles los discriminados. Es lo que tiene ser sectario, tu defines a conveniencia quiénes son los elegidos y desprecias con la mayor fuerza posible al resto. Y ese comportamiento, además de inmoral, es ilegal. La ley, eso que empieza a ser poco más que una referencia en papel pero que cada vez se respeta menos, empezando por nuestro desgobierno, define a los españoles como ciudadanos sujetos de derechos y obligaciones. No es posible discriminar a unos de otros, porque las leyes modernas occidentales, fruto de la evolución ilustrada y liberal, se basan en el reconocimiento de la individualidad como el sujeto del derecho, en la preminencia del ciudadano como el titular, y en la igualdad entre todos ellos, sean hombres o mujeres, blancos o negros, niños o ancianos, calvos o poseedores de melenas… todo eso no es relevante respecto a los derechos que posee el ciudadano. Vox, como el resto de nacionalistas, además de ser racistas, y otras cosas igualmente malas, vive en un mundo preilustrado, un mundo medieval en el que los derechos no son de los ciudadanos, sino regalías otorgadas por el poder absoluto, del que emana todo, que permiten a unos medrar y mantienen a otros eternamente condenados a la discriminación. Los delitos con los que tanto se le llena a Vox la boca, son delitos, los cometa quien los cometa, y tenemos capullos integrales causantes de daño, dolor, muerte y corrupción nacidos en España, nacidos en Senegal y nacidos en Noruega. La ley no juzga orígenes, juzga hechos y actitudes. ¿Acaso la ocupación ilegal de viviendas es menos ilegal si la realiza un ciudadano nacional que uno comunitario o uno nacido fuera de la UE? ¿En qué cabeza entra que el castigo ante los delitos deba estar condicionado a la procedencia de los que los llevan a cabo? Las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado deben perseguir a los delincuentes que lo sean, por los delitos que cometen, no por otra cosa, y los juzgados sancionar las conductas delictivas que sean probadas. Y todo ello, a ser posible, con celeridad. Es así de simple. Los voxeros han encontrado un presunto filón en el tema de la inmigración, que provoca tensiones en el acceso a los servicios sociales y a mercados como el de la vivienda, pero no tanto por el origen de los que vienen de fuera como por el mero hecho de que la población se dispara. Es tan complicado comprar piso en Alicante por la cantidad de nórdicos que se hacen por ellos como lograrlo en barrios del extrarradio de las grandes ciudades por la llegada de, pongamos, latinoamericanos. Curiosamente, o no, Vox sólo se fija en los segundos, para nada en los primeros. Es un racismo el suyo, como suele ser habitual, muy mediatizado por la renta per cápita del que llega al país, poniendo el umbral de la “españolidad” que otorga con displicencia en, intuyo, unos 35.000 euros de ingresos anuales. Por encima de esa cifra no le ve tantos problemas, seguro.

La gestión de los flujos migratorios es un problema para sociedades envejecidas como la europea, necesitadas de la llegada de gente de otras nacionalidades pero que ve, con temor e hipocresía, que el mundo que conocía se convierte en algo bastante distinto. Es un asunto en el que los populistas encuentran un buen caldo de cultivo para vender soluciones falsas, que logran prosperar en medio de la agitación social y la dejadez de las administraciones, más preocupadas por pillar mordidas que hacer su trabajo, como se intuye de los juicios que vemos a diario. Votar a populistas como Vox no solucionará problema alguno, sólo empeorará los que hay y creará a nuevos. Probablemente la sociedad lo descubra bastante más tarde de lo debido.

viernes, noviembre 14, 2025

La nacionalidad de los delincuentes

¿Se imaginan que Ayuso pidiera que se hiciese pública la nacionalidad de las personas detenidas por la policía por la comisión de delitos? No tardaría mucho el movimiento de opinión sincronizada alentado desde Moncloa en lanzarse contra ella acusándola de racista, y con un cierto grado de razón, al querer usar esos datos para alentar la idea de que son “los de fuera” los que cometen los delitos y eso justifica políticas antiinmigratorias duras, discurso que es defendido con poco disimulo y mucha hipocresía por Vox, y genera arrastre en otros partidos y organizaciones sociales.

Pues bien, ha sido el muy derechista PNV el que ha decidido hacerlo, ordenando a la Ertzaina la publicación de esos datos. Como el PNV es nacionalista y socio del gobierno tiene bula para hacer lo que quiera, aunque ideológicamente sea de lo más carca, y apenas se ha visto revuelo por parte de esa sincronizada, que ataca con precisión y se queda quieta indolente en función de la orden que se dicte desde el despacho de Sánchez. Sí, crisis es una palabra demasiado suave para definir el hundimiento de lo que se llamó periodismo. La cuestión es que esos datos, así, en bruto, refuerzan la idea de que sí son los inmigrantes, los no europeos para más señas, los que cometen el mayor número de delitos, destacando los de origen latinoamericano y magrebí. Eso es miel para los oídos de los que defienden los argumentos voxeros, y seguramente así serán utilizados. De hecho el PNV lo hace precisamente para captar votos en ese espectro, el de aquellos que buscan la seguridad, frente a la posición tibia que en este asunto tiene Bildu, su gran rival local. El problema de los datos que se han conocido es que son así, en bruto, y que un estudio adecuado de la sociedad permite ver que las cosas son un poco más complicadas. Es normal que los inmigrantes cometan más delitos desde tres puntos de vista. Uno, muchos se encuentran en una situación de desarraigo, desubicados, y la posibilidad de cometer errores en una sociedad que no es la tuya y no entiendes crece. Dos, por lo general, tienen unos ingresos mucho más bajos, porque la mayoría de los que trabajan desempeñan los puestos que el resto de la población no quiere, por lo que viven cerca de la precariedad, y los que no trabajan ni les cuento, y la correlación entre delincuencia convencional y renta es bastante alta, e inversamente proporcional a los ingresos regulares. El tercer punto, que puede resultar chocantes, es que cometen más delitos las personas jóvenes que las mayores, la adolescencia y juventud son épocas de riesgo, de sobrevalorar las capacidades propias, y en esas franjas de edad los inmigrantes son, en muchos casos, tantos o más que los nacidos de familias autóctonas, y esa sobrerepresentación en ese espectro genera que los datos agregados de los que cometen delitos les haga parecer que son muchos más. Si se hace un estudio un poco serio se verá que son estos factores los que explican gran parte de los datos, y rompen en gran medida la ecuación de inmigrante delincuente versus pacífico nacional. Las cosas no son tan simples. ¿Significa eso que debemos adaptar la ley para beneficiarles? No, la ley debe ser igual para todos, y si se comete un delito me da igual quién haya sido, sus apellidos, su origen o el Dios en el que cree o abandonó. La ley debe ser ciega, como se le representa, y tratar a todos por igual, y las normas son comunes. No debe castigarse de más a una persona por ser extranjera si se le pilla delinquiendo ni se le debe defender ante el mal que ha hecho alegando que es de fuera. No, debemos ser ecuánimes. Publicar esos datos busca lo que busca, que no es arreglar el problema de la inseguridad, sino captar algunos votos que ven en ella, en la inseguridad, un factor muy importante para decidir a quién escoger en unas elecciones.

De hecho, sino fuera trágico, daría mucha risa que fuera precisamente en el País Vasco donde se centre este debate, dado que ha sido el lugar de nacimiento de la mayor y más sanguinaria banda terrorista de nuestra época, ETA, formada toda ella por autóctonos muy autóctonos, y que ahora mismo algunos de los nostálgicos de las capuchas y la extorsión tratan de reanimar una especie de Kale Borroka 2.0 enmarcada en la ideología de extrema izquierda que abanderan grupos como GKS. Esos, que son muy muy muy de aquí, dan miedo, generan inseguridad, amenazan, destrozan cosas, se enfrentan a la Ertzaina, y no consta que allá inmigrantes en sus filas. Mal nacidos hay en todas partes, nos guste o no.

martes, junio 10, 2025

Sigue la bronca en Los Ángeles

Malo está siendo este año 2025 para la ciudad de Los Ángeles. En enero, avivados por los resecos vientos de Santa Ana, una oleada de incendios arrasó con varios barrios de la ciudad, reduciendo enormes extensiones de casas, algunas de ellas mansiones, y entornos arbolados a meras cenizas y escombro. Las imágenes que llegaban de allí eran propias de una versión alternativa de Blade Runner, carentes de la sempiterna lluvia sucia que baña toda la película original, bastante más acordes con la secuela de hace pocos años. El desastre que causaron los fuegos fue enorme.

Hoy, lo que arden metafóricamente son las calles, algunos coches y parte del mobiliario urbano lo hace literalmente, por las revueltas originadas ante la política de detención de inmigrantes de Donald Trump. La caza del inmigrante ilegal es una de las obsesiones de Trump, y una de las vías que ha encontrado para llevar a cabo una política que, en la práctica, es inviable, es el miedo. No se puede expulsar de EEUU a los millones de inmigrantes, legales e ilegales, que residen allí, por lo que una alternativa es que introducir el miedo en sus vidas sirva para que algunos decidan irse, muchos no vengan y, los que estén, se escondan lo más posible. Para generar ese miedo Trump ha escogido Los Ángeles, bastión demócrata de la demócrata california, y ha ordenado allí redadas en las que las fuerzas de seguridad han detenido a numerosas personas a las que se les acusa de residencia ilegal en EEUU. Esto, en algunos casos es cierto, en otros no, pero los arrestos han sido retransmitidos a todo trapo por las cadenas de televisión y mostrado al país lo que sucede cuando la mano dura de Trump actúa. Lo de inocular el miedo que les comentaba. Ante estas medidas se ha producido una reacción de protesta, comenzada en primer lugar por allegados de los detenidos, a los que se han sumado numerosas personas que tienen vínculos con la inmigración, y algunas de esas manifestaciones han acabado en bronca, y esto ha servido de excusa para que Trump haya movilizado a la Guardia Nacional, un cuerpo de carácter federal, para que varios de sus efectivos se trasladen a Los Ángeles e impongan el orden. La escalada de violencia que se vive en la ciudad aún está en un estadio bastante moderado si la comparamos con otras vividas en esa urbe (lo de Rodney King de los noventa por ejemplo) o los disturbios que se vivieron allí y en otras muchas ciudades del país tras la muerte de George Floyd, pero no dejan de ser escenas de enfrentamiento violento que resultan desagradables. La actitud de Trump es la de aprovecharlas para proclamar a la inmigración ilegal como un acto de insurrección, y sus declaraciones son incendiarias día sí y día también. El gobernador de California, el demócrata Gavin Newsom, uno de los pesos pesados del partido, denuncia sin cesar el abuso de poder que el gobierno federal está desarrollando en la ciudad y la propia movilización de la Guardia Nacional. No se lo suficiente de la legislación norteamericana para decir si el movimiento de esas tropas hacia California tiene base jurídica sólida o no, pero me da la impresión de que esta crisis viene bien para el mensaje trumpista y que la sobreactuación le beneficia de cara a los suyos y a la imposición de medidas más drásticas en el conjunto del país. El enfrentamiento en las redes entre el gobernador y el presidente es total, y esto, en un estado federal, es un riesgo que debe ser evitado, porque cada uno de los estado que componen la federación cuenta con un grado de poder bastante más elevado del que pensamos, y no es que California se vaya a separar de EEUU por lo que está pasando, pero sí que la disfuncionalidad del país se verá acrecentada por estos sucesos, y la sensación de descontrol creciente que se percibe desde fuera va a más en una nación en la que los disturbios tampoco son tan infrecuentes, (ni les cuento la violencia diaria) pero nunca han sido aprovechados de esta manera por el gobierno federal.

Acabe como acabe todo esto, parte del mal ya se ha sembrado. Trump y los suyos han mostrado ser capaces de recurrir a la fuerza a las primeras de cambio y de mostrar un perfil muy duro en un tema sensible para el electorado. Las primeras encuestas sobre lo que sucede muestran datos contradictorios, porque algo más de la mitad de los consultados se muestran favorables al discurso antiinmigrante de Trump y un porcentaje similar rechaza la manera en la que está gestionando la crisis de Los Ángeles. La posibilidad de que Trump militarice cada vez más toda protesta que se produzca contra su figura y medidas es algo que también se debe tener en cuenta en el contexto de degradación institucional que se vive en el país.

jueves, mayo 29, 2025

Dos tragedias

Ayer, mientras el desgobierno que padecemos se hundía sin cesar en la montaña de porquería que suponen todas sus tramas, cada vez más al descubierto, pudimos contemplar en directo dos tragedias humanas espantosas, que se saldaron con víctimas mortales, y que demuestran hasta qué punto el instinto de supervivencia, que nos mantiene en pie y a salvo cuando actuamos en soledad, se puede convertir en nuestro peor enemigo cuando son multitudes las que se enfrentan a un riesgo mortal. El individuo puede llegar a ser racional, la masa nunca, y el desastre está servido ante aglomeraciones y sometidas a presión vital. Mucha palabrería para enmarcar tragedias sin consuelo posible.

En el muelle de la restinga, en el Hierro, siete mujeres murieron cuando el cayuco en el que se encontraban, junto a muchísimas más personas, estaba apenas a cinco metros de la orilla del espigón, una distancia mínima, casi nula, frente a todo lo que ese grupo de personas había llegado a navegar desde que partieron de las costas de África, probablemente las senegalesas. En un momento dado se produce, a esa distancia tan enana, una aglomeración de personas en el lado del cayuco que está más cercano a tierra, y la barca empieza a zozobrar. A partir de ahí sólo la cabeza fría y la quietud pueden contener el desastre, pero no están por ningún lado, el miedo se dispara a medida que la borda se acerca al agua y algunas personas empiezan a caer. El colapso es muy rápido cuando la histeria se desata, y toda la barca se gira, cayendo al agua la gran mayoría de los que en ella estaban. El giro se mantiene por inercia y las personas que estaban metidas en lo más hondo de la embarcación, buscando un refugio frente al sol inclemente, quedan ahora, de repente, atrapadas entre el agua y el barco, que completamente girado, les impide salir a la superficie. Algunos de ellos aprovechan una mínima cámara de aire que se forma en el momento del brusco giro para aguantar, pero otros no son capaces de contar con tanta suerte y se ven hundidos sin remedio. En el agua la histeria es total y el personal que está en el muelle corre, se tira al mar, lanza salvavidas, hace lo que puede, pero a penas es capaz de mantener un mínimo control de la situación y de minimizar daños. Muchos de los inmigrantes se encuentran en estado de shock ante lo sucedido y no son capaces de reaccionar. Con enormes esfuerzos, se logra volver a girar la nave para que deje de ser una trampa para los que aún se encuentran en ella, pero ya es tarde, y no son pocos los cuerpos que, en el fondo del cayuco, yacen ya ahogados sin remedio. Inmigrantes y personal de emergencias tratan de recuperarlos, pero en la escena se ve como alguno de los que en ello están, de repente, se quedan fríos, aturdidos, inertes ante lo que ven, y no hacen nada. Están anulados, y deben ser retirados por el personal especializado, sacados de allí antes de que se caigan al agua o sufran cualquier otro tipo de contratiempo que ponga en peligro sus vidas y las de todos los que están en ese momento siendo rescatados, y las de los propios rescatadores. El episodio transcurre a una gran velocidad en tiempo real, pero parece detenido por momentos en fragmentos de terror y desastre personalizados, en los que hay rostros que expresan incredulidad, miedo, angustia… y también la nada, el vacío que se nos queda muchas veces en la cara cuando contemplamos algo que nos supera, el bloqueo que nos impide reaccionar. Lo sucedido es de una gravedad enorme, pero como bien señaló ayer Carlos Franganillo en su informativo, lo que pudimos contemplar es lo que muchas veces sucede de manera anónima en el mar, en las suicidas travesías que la desesperación y las mafias espolean para buscar el paraíso del rico occidente. A veces tenemos constancia de cayucos que se sabe que salieron y que no han llegado, pero en otras ocasiones sólo los rumores sostienen que algunos partieron, sin que se haya sabido nunca su destino ni, desde luego, hasta dónde llegaron. Ayer pudimos ver en directo esa tragedia, pero a sabiendas de que sucede, a escondidas, en medio del mar, de manera recurrente.

En el mismo día, no a la misma hora, no cerca, una multitud hambrienta y desesperadas asaltaba un almacén de provisiones en Gaza en busca de comida, una nave industrial que era reventada por una avalancha de desesperación y necesidad de comida, en una escena propia de películas apocalípticas de esas que tanto venden, pero que no es cinematografía orquestada, sino realidad provocada. No se cual fue el balance de lo que allí sucedió, pero sí es fácil hacerse a la idea de hasta qué punto de humillación se encuentra sometida la población de Gaza para que pueda suceder algo así. También en directo, el desastre, el horror, la desesperación. No hace falta decir nada más.

martes, septiembre 03, 2024

Canarias no puede gestionar la inmigración

Se quejan las Islas Canarias y Ceuta de abandono ante el gobierno central y el resto de administraciones autonómicas, de haberlas dejado solas ante oleadas de inmigración ilegal marítima que desborda sus centros de acogida y todo tipo de instalaciones. Y tienen razón. Por su ubicación, estas regiones están en primera línea de la llegada de embarcaciones ilegales, de los inmigrantes que más sufren y que llegan en peores condiciones, y el resto de la nación se aprovecha de ellas. No son, ni mucho menos, la mayor fuente de entrada de inmigrantes, puesto que le corresponde a Barajas y el Prat, pero sí la cara más visible y cruel del fenómeno.

Cientos de inmigrantes están llegando todas las semanas a unas Islas canarias que, hace tiempo, dejaron de ser capaces de gestionarlos. Ante la avalancha, la prioridad se centra en los menores no acompañados, léase niños, y mujeres, dejando a los adultos varones en una segunda línea, buscando que se apañen como puedan. No hay instalaciones allí para simplemente guarecer a toda esa cantidad de gente que llega día tras día, aprovechando las corrientes favorables y la bonanza meteorológica. En las costas africanas son centenares las embarcaciones que esperan y miles y miles los que buscan huir de sus naciones, bien porque la guerra les amenaza o porque la pobreza les impide ser lo que quieren. El sueño es Europa, pero Canarias es la primera etapa, y ahí se despliega toda la enorme hipocresía con la que nosotros tratamos este asunto. No podemos acoger a millones de inmigrantes de golpe sin que nuestras estructuras sociales colapsen, en lo económico y en lo meramente conceptual, pero sabemos que necesitamos a la inmigración para hacer el trabajo que muchos de los nacidos aquí no quieren efectuar. También sabemos que, de estar en su pellejo, muchos de nosotros haríamos lo mismo, dejar nuestra casa a la búsqueda de un nuevo destino, de un futuro en otro lugar, dado que en el que estamos no nos ofrece nada, sólo miseria y miedo. Cada uno de nosotros, fríamente, entiende perfectamente a todas esas personas que, día a día, aparecen exhaustas y son desembarcadas en los muelles canarios, pero, en conjunto, no queremos que lleguen a nuestras ciudades, pueblos, colegios, centros de salud, residencias, barrios, etc. Los hay que mantienen un discurso buenista de fronteras abiertas sin límite, muchos de los cuales residen en zonas muy acomodadas, donde la inmigración ya les hace muchas de las labores de casa y cuentan con servicios privados de educación y sanidad que les permite escapar de la masificación de lo público. En muchos casos esos discursos son el colmo de la hipocresía, de la mentira dicha para sentirse uno muy a gusto y moralmente superior al resto. En el otro presunto extremo ideológico se encuentran los que, disfrutando de comodidades similares y de igual acceso a servicios sociales privados, utilizan a la inmigración como el chivo expiatorio de todos los males, propagan discursos de odio y gritan, en la realidad y las redes, denunciando invasiones, conspiraciones y demás tonterías. Muchos de ellos mantienen sin regularizar a las asistentas de sus casas y a las cuidadoras de sus familiares mayores, la inmensa mayoría mujeres inmigrantes, que son las que les permiten dedicarse a sus trabajos y labores de propaganda. En medio, el conjunto de la sociedad, que no sabe cómo afrontar el tema más allá del hecho de que no quiere ver oleadas en su casa. Por eso Canarias está abandonada, y se queja con razón. Se ha convertido en la primera de las vallas del paraíso europeo en ser saltadas y el resto de España, y del continente, destino deseado por la mayoría de los que han arribado a las costas del Hierro y demás islas, miran hacia otro lado aliviadas por el hecho de que ese territorio insular tan alejado sea el lugar del que no puedan seguir viaje los inmigrantes. Tarde o temprano va a suceder algo muy desagradable en Canarias, porque el nivel de hacinamiento que se está alcanzando no puede sostenerse muchos más. Entonces muchos, con letras de hipocresía absoluta lo lamentarán, pero, en el fondo, lo harán aliviados, porque ha sucedido allí, no en su barrio.

Sólo hay una vía más o menos rápida para que estas oleadas de cayucos se frenen en su llegada a las islas, y es pagar dinero, mucho dinero, muchísimo dinero, a los pseudogobiernos que controlan los países de donde parten esas barcazas para que lo impidan, para que hagan de gendarmes, para que no se corten a la hora de detener, golpear, maltratar y acosar. Así de simple y cruel. Es lo que en la UE hacemos con Turquía y, supongo, es lo que ha ido a ofrecer Sánchez en su gira por Senegal y otras naciones. Comprar el freno del flujo, con un coste que esos gobiernos suelen ir subiendo, según sus apetencias, abriendo o cerrando el paso a los que desean huir. Es así de perverso y cínico. Pagando el problema ya no se ve, y entonces es como si no existiera.

viernes, agosto 30, 2024

Inmigración y Alemania

Este domingo se celebran elecciones en dos estados federados alemanes, Sajonia y Turingia, en los que la ultraderecha de AfD tiene muchas opciones de ser la fuerza más votada entre todas las que se presentan. Justo una semana antes, el pasado sábado, se producía un ataque yihadista en Solingen, otra localidad alemana, en la que un sirio refugiado y radicalizado atacó con cuchillos a la multitud que acudía a un festival musical en el que se conmemoraba un aniversario redondo de la fundación de la localidad. El maldito estado islámico se atribuyó la autoría del ataque y el detenido, pillado un par de días después de los hechos, lo ratificó.

Lo más interesante de este atentado no es tanto la tragedia en sí, o que reaparezca la pesadilla de DAESH, hechos que también son muy destacables, sino que se produjera a una semana de las elecciones, logrando que la inmigración monopolice la campaña y, dado de lo que estamos hablando, favorezca las posiciones de ultraderecha. Los habitantes de Solingen lograron evitar que se produjeran escenas de enfrentamiento como las vividas en Reino Unido hace unas semanas ante un hecho similar en las formas, pero distinto en el fono. Pero ello no ha impedido que AfD capitalice la protesta pública ante un hecho que ha asustado e indignado a los alemanes a partes iguales. El detenido tenía una orden de repatriación en vigor, pero por fallos burocráticos no se había ejecutado y llevaba varios meses en una situación irregular, y conocida. Echar las culpas por ello al estado federal del atentado es una falacia, pero que logra ser vendida entre cierto público, necesitado tanto de explicaciones como de chivo expiatorio al que echarle las culpas de lo que sucede. Por un momento pudiera parecer, siendo uno muy mal pensado, que los organizadores del ataque escogieron no la ciudad, pero sí el momento preciso para sacarle el mayor rédito posible, buscando un endurecimiento del clima contra el inmigrante en Alemania que favorezca su discurso victimista y les sirva para captar más adeptos. Razonar sobre cómo unos criminales fanáticos organizan sus masacres no deja de ser un absurdo, pero la cadena de hechos y consecuencias es sugerente. Por de pronto, el gobierno federal ha empezado por realizar anuncios en los que se promete un endurecimiento de la legislación para agilizar las expulsiones, restringir las entradas y, en definitiva, imponer más mano dura a la llegada de inmigrantes a Alemania, pero eso no creo que sea suficiente para evitar una derrota de los partidos de la coalición de gobierno, ya muy debilitados, en la votación del domingo. Tampoco está nada claro que una victoria de AfD les permita alcanzar el gobierno regional, y desde luego es absurdo pensar que desde esa responsabilidad administrativa, si llegaran a lograrla, serían capaces de resolver el problema de seguridad que ciertos colectivos de inmigrantes suponen. AfD es populismo radical de derechas, tira de un recetario de corte cutre, duro, lo opuesto al buenismo de izquierdas en este tema, y que es tan poco práctico y resolutivo como la posición de no hacer nada, o de facilitarlo todo, que venden los partidos llamados progresistas. Tanto en Alemania como aquí la inmigración es un problema complicado, que se desarrolla de manera distinta en cada nación por las particularidades propias y por la tipología de inmigrantes que recibe, y que debe ser abordado de una manera integral, seria, responsable y de largo plazo, y con un mantra común. Da igual la procedencia de la persona, sea nacional o extranjera debe cumplir la ley, y ser castigada si no lo hace. Sólo con esa idea de fondo se puede empezar a articular una política de inmigración seria, adaptada en cada caso a lo que corresponda. Huelga decir que AfD no tiene nada de eso en mente, sólo vísceras y oportunismo.

A este tema de fondo se le suma, en el caso alemán, la situación general de un país, locomotora de Europa, que acaba de firmar una caída del PIB del 0,1% en el segundo trimestre del año. Golpeada en su pilar industrial por la competencia china, con el caso sangrante del automóvil como el dolor que no cesa, dañada por la creciente ola de aranceles que ralentizan el comercio global, con unos precios de la energía que allí no dan freno, tras la renuncia al casi regalado gas ruso, y con la guerra de Ucrania mucho más cerca, la economía alemana no sale de un prolongado estancamiento, la UE lo nota, y la sociedad germana está apática. Caldo de cultivo ideal para populistas.

jueves, julio 11, 2024

Inmigración e hipocresía colectiva

La inmigración es uno de los grandes temas en las sociedades occidentales actuales, sometidas a presiones políticas y sociales en torno a la gestión de los que llegan de fuera que no hacen sino exacerbar los dilemas de un asunto mucho más complejo de lo que parece, y en el que la hipocresía es absoluta. Y en este caso ese sentimiento de falsedad anida tanto entre los dirigentes políticos como en el conjunto de los ciudadanos, que mantenemos discursos muy opuestos según donde estemos y en qué momento y circunstancia, seguramente porque no sabemos cómo compatibilizar lo que, a la vez, tantos ven como amenaza y oportunidad.

Hay dos discursos extremos en este asunto. Uno, el de la entrada sin restricciones, que es enarbolado por partidos que se dicen de izquierda, sobre todo cuando no están en el poder. Otro, el de la defensa del castillo, el cierre completo de fronteras y el impedir que los inmigrantes lleguen, que es vendido por las formaciones de extrema derecha. Entre medias, todo tipo de posiciones políticas que mezclan el derecho de acogida a los inmigrantes con la necesidad de que sean otros los que los acojan en proporciones muy diversas. Si se pregunta a la sociedad su opinión al respecto predomina más la visión del castillo que la de la acogida, pero en la práctica casi todas las familias españolas que conviven con una persona anciana tiene contratada a una asistenta, a tiempo completo o parcial, procedente en su inmensa mayoría de naciones de África o América Latina, haciendo un trabajo de gran responsabilidad, inmensa necesidad, nada valorado y que los de origen nacional no queremos hacer. Y esa dicotomía se da en multitud de empleos en los que la mano de obra inmigrante es la que trabaja ante la ausencia de nacionales que, por demografía, o por querencia, no existen. El mundo en el que vivimos no funcionaría si no hubiera inmigrantes, lo sabemos casi todos, no lo quiere reconocer casi nadie. Y claro, todos asociamos inmigración a la parte más cruenta de ese proceso, a las personas que mueren en el estrecho, Mediterráneo o Atlántico en viajes infames que le hacen a uno pensar de dónde huyen para creer que esa travesía es una opción mejor. Por esa vía cientos mueren cada año y unos pocos miles llegan a nuestro territorio, pero la gran pasarela de entrada de la inmigración, en nuestra nación y en todas, son los aeropuertos, donde cientos de miles llegan con visado de turista y no regresan. Ahí no hay desgracias, no hay muertes, no ha y periodistas que narren porque apenas hay nada que narrar. La inmigración latinoamericana en España, la mayor en porcentaje respecto a la total, no ha llegado en pateras, sino en vuelos de clase turista. Lo cierto es que si uno se pone a darle vueltas a este asunto descubre muchas verdades incómodas, discursos de odio por doquier y, por lo bajinis, la admisión de que la inmigración es necesaria para nuestra sociedad. El que los de origen nacional cada vez seamos menos, por la natalidad, y más envejecidos, contribuye a agriar el debate, porque los miedos vitales crecen con la edad y la sensación de que el paraíso de la juventud se perdió para siempre (destripe, no era ningún paraíso) nubla el entendimiento y el juicio. Nuestras sociedades son multiculturales, y lo van a ser más, por necesidad mutua. La ley debe ser aplicada a todos los que residen en el país, sea cual sea su origen de procedencia, sin distinciones. El empleo y la riqueza que la inmigración crea es un aporte para las naciones en las que se da y, pensemos, un enorme coste de oportunidad para los lugares de origen de esas personas, que las han perdido, a ellas y a todo lo que ellas hubieran podido crear. Hay que tratar este asunto con cabeza fría y sin demagogias, que son tantas y tan falsas como peligrosas.

En el caso particular de los niños de canarias, a los que hemos denominado con las siglas MENA para despersonalizarlos y podamos considerarlos como cosas, no como personas, es evidente que no pueden seguir en las islas, porque allí la capacidad de acogida está más que superada. Varios miles de ellos deberán ser trasladados a la península y realojados en las distintas regiones, que tienen recursos de sobra para ello si destinan una pequeña proporción de los gastos superfluos que todos sus gobiernos, sea cual sea el signo político, utilizan para darse coba y propaganda. Ante las urgencias, se acuerdan soluciones, y ante el problema de fondo, se piensa y trabaja. Es tan simple como eso. Pero no se hará así, casi seguro que no.

lunes, septiembre 18, 2023

Lampedusa y la inmigración

Lampedusa es una pequeña isla que pertenece a Italia, está muy al sur, casi más cerca de las costas africanas que del continente europeo, y está poblada por poco más de siete mil personas, algo así como Elorrio, mi pueblo. Su posición geográfica y el que sea territorio UE la han convertido en destino predilecto de las mafias que trafican con seres humanos, o directamente de aquellos que buscan huir del caos y, desde la costa del norte de África, parten hacia un futuro mejor. La llegada de miles de inmigrantes a la isla la ha colapsado y creado enormes problemas, que no son difíciles de imaginar para los recién llegados, pero que también alteran toda la vida de los residentes, que no son capaces no ya de acoger, sino directamente soportar las llegadas.

El problema de la inmigración es uno de los más vidriosos, feos, políticamente incorrectos, sucios y difíciles que tiene la UE. Nuestra frontera sur es uno de los lugares donde se produce una mayor diferencia de renta per cápita entre las distintas zonas del mundo. Somos un grupo de países ricos, algunos muy ricos, estables, sin guerras ni violencia. Al otro lado del Mediterráneo se suceden las dictaduras, los regímenes autoritarios, la violencia y un futuro que no existe, y esa misma zona lo es también de paso para personas de otras partes del mundo que huyen de sus propios conflictos, como puede ser el Sahel o Afganistán. En Europa envejecemos aceleradamente, no tenemos niños porque no queremos y cada vez las cohortes de población capaces de ello son menores, lo que lleva a crecimientos vegetativos negativos en varias naciones desde hace años. El mercado laboral ofrece puestos que no se cubren y el reemplazo de muchas industrias y negocios peligra. Necesitamos la entrada de inmigrantes para que cubran ese hueco, trabajen y, entre todos, mantengamos nuestras sociedades, pero no queremos que vengan. El rechazo a la llegada de inmigrantes está generalizado en la población europea, con unos matices distintos, pero todos ellos ligados a un cierto aire de racismo y al miedo que le entra al rico cuando el pobre acampa junto a su casa. Ese rechazo social encuentra un canal político en las formaciones de extrema derecha populista, que son las que dicen de manera alta y bruta lo que piensan muchos, pero no se atreven a pronunciar. Por parte de los partidos de izquierda se enarbola un discurso integrador y de acogida, que es lícito y fácil de proclamar, pero esconde la hipocresía de que no se hace realmente responsable de cómo gestionar esos flujos y, desde luego, acoger a los inmigrantes que llegan. La izquierda critica con fuerza las políticas duras que enarbola el gobierno de Meloni en Italia, pero está encantada de que esa avalancha de inmigración se quede en Lampedusa, y no vaya, por nada del mundo, a las ciudades y barrios donde gobierna. La derecha lanza proclamas de dureza, de levantar muros y vallas, de impedir todas las llegadas posibles, pero luego en el gobierno comprueba que sus gritos no son útiles frente a la cruda realidad. Entre unos y otros se arrojan el problema para tratar de contentar a sus electorados, pero sin tener ni la menor idea sobre cómo afrontar el problema. Lo único que se la ha ocurrido a la UE para parar los flujos, y funciona, es pagar a los países que hacen de última frontera para que confinen allí a los inmigrantes y los tengan encerrados, sin que los ojos de los ciudadanos comunitarios lo vean. Turquía o Marruecos sacan dinero, millones de euros, haciendo de policía de fronteras, y la violencia que denunciaríamos sin freno de producirse en territorio UE se da día tras día, y con mucha mayor saña, en esas naciones y en los espacios que han habilitado para acoger, qué eufemismo, a los inmigrantes. Como Libia no es un estado real y Túnez está en problemas serios, sus costas no son controlables, y el flujo de pateras desde ellas no deja de crecer. Por su parte, Turquía y, sobre todo, Marruecos, usan este tema como vía de chantaje a las naciones UE más cercanas a su territorio, España por ejemplo, y a veces se dan avalanchas “permitidas”, lo que encarece el precio del acuerdo o les permite lograr otras compensaciones en asuntos de su interés.

Este problema lleva muchos años enquistados y no va a ir a menos, sino justo al revés, a medida que los europeos de toda la vida envejezcamos y nuestras sociedades se escleroticen. Cuanto más mayores, mayor será la necesidad y, paradójicamente, el rechazo. ¿Cómo arreglarlo? Lo ideal sería con un plan a largo plazo, acordado por toda la UE, en el que se reconoce y cuantifican los millones de inmigrantes que se necesitan, y se organiza su llegada y distribución por la UE, de una manera transparente y con fronteras establecidas, pero no se ni cómo lleva eso a la práctica, ni cómo se paga ni, sobre todo, como sería aprobado por los electores en una votación.

lunes, junio 27, 2022

Masacre en Melilla

Se supone que el giro sin explicación que hemos dado en nuestras relaciones con Marruecos, y que nos ha encarecido el gas argelino en tiempos de escasez, tenía como fin principal el de fortalecer la seguridad de nuestro flanco sur, que se llama Ceuta y Melilla de una manera mucho más comprensible que en términos de geoestrategia. Plegarse a los deseos del sátrapa de Rabat permitiría que asaltos crueles como los que vivió Ceuta el año pasado, y que a todos nos asustaron, no se volvieran a repetir. Más allá de teorías conspiratorias sobre el espionaje al móvil de Sánchez y del contenido robado, ese asalto alarmó a todo el mundo, y quizás fuera el órdago, el gran chantaje si ustedes lo prefieren, para forzarnos a virar en nuestra política. “Mira de lo que soy capaz de hacer si no nos llevamos bien“ pareció ser el mensaje emitido por Marruecos.

Por eso resulta incomprensible el asalto que tuvo lugar el pasado jueves noche y mañana del viernes sobre la valla de Melilla, porque algo así no puede suceder sin que las autoridades marroquíes, que son las que controlan el territorio aledaño, lo permitan o consientan. Un asalto protagonizado por miles de subsaharianos, negros provenientes del centro de África principalmente, que se escapan de sus naciones, tanto arruinadas como sometidas en muchos casos a violentos conflictos donde el islamismo yihadista es uno de los grandes protagonistas, y que en su camino al dorado de Europa se encuentran con Marruecos como gran tapón. Los campamentos de subsaharianos se encuentran en varias zonas del país magrebí, pero especialmente en su zona norte, en las montañas que están cerca de la costa mediterránea y de las dos ciudades españolas. No es este el primer asalto de este tipo que viven nuestras ciudades, pero sí lo es desde el volantazo extraño de nuestra relación con Marruecos, y desde luego es el más cruel y siniestro de los que se han dado en tiempos recientes, porque el balance de fallecidos que deja es estremecedor. Las fuentes son confusas, dispares, pero las dos docenas de fallecidos se superan en todo caso, y no pocas hablan de treintena. Un número de muertos insoportable y unas escenas, que hemos podido ver todos, grabadas desde el lado de la frontera marroquí, en la que se ve la despiadada brutalidad con la que la policía alauí trata, no, maltrata, a cientos de personas que acumula como fardos pegados a un recinto de enclaustramiento. Palos, golpes, arrojamientos… las escenas muestran un nivel de sadismo difícil de soportar, y uno se hace a la idea de que el balance de muertos va a ser más elevado de cualquiera de las que sean comunicadas por las autoridades marroquíes. Sabido es que escenas de este tipo son más frecuentes de lo que pesamos, sólo que no las vemos, y lo son porque es Marruecos a quién hemos subcontratado la seguridad de nuestra frontera sur, desde hace décadas, y ese país tiene un concepto de democracia y derechos humanos bastante similar al que se estila en la Rusia de Putin. Ojos que no ven, corazón que no siente, y Marruecos pone la mano dura que nuestras leyes, conciencia e hipocresía nos impiden ejecutar. De vez en cuando surgían disputas por el “precio” que abonábamos a Rabat y oleadas no previstas de inmigrantes llegaban a las costas españolas, peninsulares y de Canarias, procedentes de playas marroquíes en las que, sorpresa, la vigilancia había desaparecido. Reuniones sin focos en salas oscuras y un nuevo acuerdo, un nuevo “precio” y las oleadas de pateras desaparecían de la misma manera como empezaron, de un día para otro. ¿Salvajadas como la que hemos visto son lo que habitualmente hace Marruecos para controlar las vallas? Me temo que si no es algo tan brutal, sí se le parecerá. Como las dimensiones de este asalto han sido mayores que las pasadas la actuación policial marroquí también ha sido superior y el balance que contemplamos, desolador, será de lo más grande y horrendo que se ha dado en esa zona de la frontera en mucho tiempo. Pero, permítanme la expresión, si nos hemos bajado los pantalones delante de Marruecos es para evitar situaciones de estas, para que la vigilancia de la frontera y de su propio territorio impidan asaltos y la consecuente respuesta de seguridad. Además de horrendo, es incomprensible.

Y entre las cosas incomprensible asociadas a esta tragedia también se encuentra la absoluta frialdad de nuestro gobierno, que en palabras de Sánchez despachó este tema en la rueda de prensa del sábado tras el consejo de ministros extraordinario con la alabanza a las autoridades marroquíes y la atribución exclusiva de todas las culpas a las mafias que trafican con personas, que parte de culpa tienen, no poca, pero no son las que aparecen en los vídeos maltratando y, en la práctica, matando, a un grupo de personas que alfombran lo que parece un campo de reclusión. Si este es el fruto de nuestra nueva política de vecindad con Marruecos, si esto es de lo que nuestro gobierno se muestra orgulloso, es para mandarles a todos nuestros dirigentes a l otro lado de la valla, no al nuestro, y que allí se las apañen

jueves, noviembre 18, 2021

Ceuta, seis meses después

Ayer, el Telediario de TVE emitió una serie de reportajes rodados en Ceuta para analizar la situación de la ciudad a los seis meses del asalto propiciado por las autoridades marroquíes que impulso a que miles de inmigrantes trataran de entrar en la ciudad. El equipo televisivo, con Carlos Franganillo al frente, entrevistó a menores que siguen pululando por ahí, trabajadores sociales y educativos, autoridades y otros profesionales, tratando de ver cómo respira la ciudad tras unos hechos tan graves, que ya no son objeto de interés de los medios, pero que sin duda será una de las noticias que, con razón, aparecerá en los resúmenes anuales, ahora que empezarán a confeccionarse.

Transcurridos estos meses, la situación en Ceuta sigue siendo mala, en todos los sentidos. No hay la sensación de catástrofe, de crisis casi existencial que se vivió los días del asalto, pero si un problema de fondo que no se ha solucionado y un grupo de personas, cientos, miles, que siguen en situación irregular y para las que no hay solución a la vista. La urbe es pequeña, apenas unas decenas de miles de personas, y está vallada. Funciona como una isla, con la sensación de desamparo de saber que la frontera es mucho más que un concepto, siendo una dura realidad. Ceuta, y España con ella, sufrió un ataque híbrido, como ahora se denomina, por parte de Marruecos, usando a la inmigración como arma, sin que la vida o el futuro de ninguna de las personas que fueron involucradas en este acto fueran tenidas en cuenta en lo más mínimo por parte de las autoridades de Rabat, que las emplearon como arma arrojadiza. Al igual que ahora Bielorrusia usa a los inmigrantes de Oriente Medio en su pulso con Europa, Marruecos nos lanzó un órdago, y visto con perspectiva es casi milagroso que apenas se registrasen víctimas mortales en aquella situación. En los meses transcurridos varios de los migrantes que entraron en la ciudad han salido, no pocos hacia sus países de origen, menos hacia el destino soñado del continente europeo, pero no es ese el caso de cientos y cientos de menores, que están varados en Ceuta sin poder ir a ninguna parte. Muchos de ellos tienen contacto con sus familias en Marruecos, pero son muchos los que ya han perdido lazos con aquellos de los que proceden, sean del país vecino o de mucho más al sur, y se tiene a sí mismo y a los compañeros de aventura, con los que pasan el día en la ciudad. Las instalaciones que acogen a muchos de ellos son precarias, les mantienen semi hacinados, y eso por la noche, cuando acuden a dormir. De día vagan sin rumbo por la ciudad, buscando cómo pasar el tiempo y viendo el estrecho y el sueño de una Europa próspera casi al alcance de la mano. Muchos viven en lugares ruinosos, abandonados, coches o naves industriales que se pudren en arrabales de la ciudad, y que ahora son su hogar. La capacidad de las autoridades locales para asimilarlos, si quiera mantenerlos, es manifiestamente escasa, y como en muchos otros aspectos, todo tiene que provenir de la península, también los refuerzos de seguridad y servicios sociales. La economía de la ciudad, ya golpeada como todas por los efectos de la pandemia, se desangra con el sostenido cierre de la frontera con Marruecos, dejando a pasos como el del Tarajal, anteriormente un zoco de intercambio y negocio entre ambos países, también de trapicheo, convertido en un páramo en el que verjas, puestos de control, locales comerciales y naves de almacenamiento son un monumento al abandono. Los ceutíes tratan de asimilar la pérdida de uno de sus escasos motores económicos pero el sector comercial de la ciudad sufre mucho, y si en el resto de ciudades españolas vemos el daño que la pandemia ha hecho al tejido comercial en nuestras calles, imagínense lo que sucede allí. Las perspectivas son sombrías.

Marruecos, el impulsor del asalto, la mano tras la malvada acción, salió perdiendo ese pulso ante las autoridades españolas y, sobre todo, la opinión pública internacional, que vio realmente quién estaba utilizando a los inmigrantes y quien era presionado y trataba de salvarlos. Pero las relaciones entre Rabat y Madrid siguen tensas, frías, pese a algunos mensajes conciliatorios de Mohamed VI, que temo que nunca admitirá en público el error de su estrategia. Pase lo que pase entre las autoridades, el problema creado en Ceuta persistirá, y la vida sin rumbo de los menores que allí fueron arrojados irá avanzando hacia ninguna parte. Las guerras híbridas pueden ser menos cruentas que las convencionales, pero crean víctimas, daños y destrozos de larga y complicada reconstrucción, como todas.

jueves, noviembre 11, 2021

Chantaje bielorruso

Ya lo vivimos en España en mayo. En ese momento, el régimen marroquí utilizó a migrantes nacionales y, sobre todo, provenientes del África subsahariana, para lanzarlos contra la frontera ceutí, buscando que esa entrada masiva supusiera una desestabilización de la ciudad y, de paso, un grave problema para la nación vecina, España. En ningún momento la satrapía de Marruecos estaba preocupada por el destino de esos migrantes, o sus condiciones, o el peligro que supondría realizar la entrada en la ciudad en por las peligrosas aguas del mar, no. Más bien lo contrario, esas personas eran usadas como armamento, como herramienta de presión, y si una herramienta se rompe o resulta dañada durante su uso, se cambia por otra. Así de crudo y cruel.

Algo muy similar es lo que estamos viendo estos días en la frontera entre Polonia y Bielorrusia, aunque a una escala mucho mayor. Minsk sigue sometida a sanciones internacionales desde que la UE y otras naciones dijesen basta al último y más chapucero de los amaños electorales que el dictador Lukashenko viene realizando en aquella nación desde hace décadas. Esta vez era demasiado descarado el autogolpe que el régimen se daba en unas elecciones a la nicaragüense, en las que el resultado se podía narrar días antes de su celebración. País pequeño en economía, empobrecido, dependiente casi en todo de su vecino ruso, Bielorrusia es una cosa extraña en medio de la estepa del este, un territorio que actúa como marca del poder de Moscú, y que es visto por sus vecinos como un caballo de Troya de las aspiraciones de Putin en la región. El régimen mantiene el control del país y en Moscú apoyan al régimen. Las sanciones, duras, han encabritado a Lukashenko, y se ha lanzado al contraataque, y eso en esta época de guerras híbridas, extrañas, en las que se dispara poco y se trata de hacer el mayor daño posible, se ha traducido en el uso de la inmigración por parte de la dictadura bielorrusa contra las fronteras de la UE. ¿Cómo? De una forma ingeniosa. Se recolectan refugiados de naciones de oriente medio sometidas a graves crisis, como pueden ser Irak o Afganistán, se fletan vuelos desde esos lugares hacia Bielorrusia y, una vez allí, las tropas del régimen se encargan de llevarlos a la frontera con Polonia, con la UE, y les fuerzan a que intenten atravesarla. Varios miles de personas, de procedencias diversas, pero marcados por la desgracia que se ha abatido con sus vidas, ven como a todos sus males se une el de ser utilizados como proyectiles arrojadizos en un enfrentamiento geopolítico en una zona del mundo de la que no saben nada y que, muy probablemente, nunca jamás habían pisado. Las autoridades polacas, desbordadas, han militarizado los pasos fronterizos y se aprestan a levantar controles, alambradas y vallas en la línea de demarcación de ambas naciones, en previsión de que estos movimientos no cesen. Los polacos impiden a los refugiados entrar en el país y les obligan a darse la vuelta pero, a los pocos kilómetros, destacamentos militares bielorrusos, les niegan la posibilidad de avance y les vuelven a dirigir hacia la frontera polaca. En la tierra de nadie que separa ambas naciones miles de personas malviven entre dos bloques de tropas, unas las responsables de que allí estén, que les han engañado, transportado y utilizado. Otras, las del país vecino, que cumplen órdenes de defender las fronteras de la nación y evitar que el fantasma de una nueva entrada masiva de inmigrantes sea otra vez portada de las noticias y de la actualidad política en las naciones del este, reacias como pocas al tema migratorio. Y en medio de este desastre, Lukashenko se muestra altivo y chulo, exigiendo a la UE un comportamiento humanitario ante “el sufrimiento de esas pobres gentes” mientras una sonrisa cínica se escapa de su cara sin apenas disimulo.

Parte de esa sonrisa apunta a Moscú. Desde allí Putin observa todo y se lo pasa en grande. Es muy aventurado afirmar que Rusia está detrás de este movimiento como elemento activo, organizador si se quiere, pero es casi seguro que Lukashenko no se hubiera atrevido a hacer algo así sin el permiso de Putin. “Vale, lánzate y yo te cubro” es algo que perfectamente pudo haberle dicho el sátrapa moscovita a su perro de presa bielorruso. Y la UE, con apenas instrumentos en su mano más allá de las declaraciones, ve como el flanco del este se convierte, cada vez más, en un grave problema no ya sólo de derechos y libertades, sino también de seguridad. Y todo esto en invierno, con temperaturas gélidas y con la necesidad de consumir el gas, ruso, en máximos. Un escenario de pesadilla.

miércoles, mayo 19, 2021

¿Cuál es nuestra estrategia en Ceuta?

Lo primero, resaltar que la decidida actuación del gobierno de ayer, enviando contingentes de refuerzo de policía y guardia civil, y militarizando la zona de Tarajal y aledaños para mantener el control de la frontera eran pasos que había que dar y, en efecto, se llevaron a cabo. Los efectivos desplegados tuvieron un incesante trabajo de control de perímetro y de rescate de personas, y deben ser valorados por ello. Así mismo, el mensaje de Pedro Sánchez y su decisión de viajar rápidamente a Ceuta es lo que cabía esperar de un Presidente del Gobierno, por lo que se debe alabar su comportamiento de ayer. Dijo lo que tenía que decir y estuvo donde tenía que estar, animando a los refuerzos enviados y con las instituciones y ciudadanos de Ceuta.

Ahora viene la gestión del problema, y sus consecuencias, asuntos complicados y enormes. La decisión de ofrecer asistencia sanitaria al líder del Polisario en un hospital de Logroño ha sido señalada por casi todos los analistas como la última decisión que ha llevado al gobierno de Marruecos a lanzar un golpe contra la seguridad de Ceuta y, por tanto, de España, como no se veía desde hace décadas. Tras el respaldo de EEUU, al final de la administración Trump, a las reivindicaciones marroquíes sobre el Sáhara occidental a cambio de la normalización de relaciones entre Marruecos e Israel, desde Rabat se demanda una posición similar por parte de España, y las presiones por parte de los enviados y agentes marroquíes han sido constantes para lograrlo, y en paralelo el uso de la política de inmigración como herramienta de presión. Que España acogiera al líder Polisario es un mensaje justo en la dirección opuesta, y Marruecos ha respondido con un órdago de primera división que ha descolocado a todos. Tras el golpe, el escenario ha cambiado, la tensión diplomática a ambas orillas del estrecho es muy elevada y será complicado volver al estatus quo anterior de relaciones, haya o no intercesión de las casas reales mutuas. Marruecos ha quebrado toda la confianza que pudiera ser tenida con él y ha enseñado hasta el extremo su chantajista comportamiento, sin que le importe en lo más mínimo la vida o seguridad de las personas de las que se ha aprovechado para realizar esta acción, algunas de ellas ciudadanos de su propia nacionalidad, en muchos otros casos terceros provenientes de otras naciones. ¿Se ha pasado de frenada el régimen de Rabat? Una de las posibles derivadas positivas de lo que ha pasado es que, a ojos del mundo, Marruecos ha quedado como lo que es, un país chantajista que desprecia los derechos humanos y que busca ventajas utilizando la miseria de los propios y ajenos. Esto nos puede venir muy bien ante nuestro principal foro de actuación internacional, la UE, que ha respondido diplomáticamente con un mensaje de apoyo a su socio, recalcando que las fronteras de España también lo son de la UE, y su integridad atañe e importa a todos los socios. En ese flanco no estamos solos, y eso nos viene bien, pero falta una pata, enorme, de apoyo internacional para asegurarnos el respaldo a nuestra posición, que es la de EEUU. El silencio de la administración Biden, o incluso que los pocos mensajes de apoyo que se hayan escuchado hagan más referencia a Marruecos que a otra cosa, y la sensación de que será muy difícil que desde Washington se de marcha atrás al reconocimiento de la soberanía marroquí del Sáhara nos pone en un brete, y muestra de paso que las actuales relaciones del gobierno con EEUU son malas, realmente malas. Es imposible que Rabat se modere del todo y recapacite si no recibe una clara advertencia desde Washington, que es quien tiene la porra y el dinero que ayuda a todos a recapacitar. Hemos parado el envite, sí, pero nada impide a Rabat seguir en el empeño o realizar acciones similares en, pongamos, Melilla, o las costas cercanas a Canarias.

Por ello, la pregunta es obvia, ¿Cuál es nuestra estrategia de ahora en adelante? ¿Cómo vamos a gestionar la relación con un vecino, socio comercial, con el que la gestión de la seguridad yihadista es clave? ¿Cómo forzar a que Marruecos se comporte como es debido? Más allá de soltar dinero para comprar tranquilidad y tiempo, necesitamos una política estratégica en la zona, que sea vista como política de estado por el PSOE y el PP, y que nos otorgue fuerza y actitud decidida ante este grave reto y los que se planteen en el futuro, y que nos permita recabar apoyos internacionales para defender nuestra posición. No somos un paria, no, pero no tenemos el peso y el poder de una gran potencia, y necesitamos que nos respalden. El gobierno tiene un enorme trabajo por delante para definir cómo actuar y llevar a cabo esos movimientos.

martes, mayo 18, 2021

Marruecos colapsa Ceuta

Las relaciones con Marruecos, el vecino del sur, siempre son difíciles, y la base de todo ello está en que, frente a nosotros, o al resto de países europeos, que somos democracias formales regidas por derecho, el reino alauí no deja de ser una autocracia en la que hay elecciones controladas por un régimen que tiene los derechos civiles como una posibilidad teórica, pero no práctica. Si no protestas y discrepas de las autoridades puedes progresar y vivir, sino te arriesgas a sufrir persecución y abusos por parte de unas instituciones que son un desastre vistas desde nuestros ojos. Por eso, por su capacidad para recurrir a la violencia y ser “carnívoro” frente a los “herbívoros” europeos, Marruecos juega en otra liga de relaciones. Una llena de aristas.

Es habitual que ese gobierno nos chantajee por una u otra causa, y la inmigración siempre está de fondo. Rabat hace de policía de control de la orilla sur del estrecho, y exige un precio a cambio. Cada vez que hay oleadas migratorias de cayucos a la península o a Canarias, provenientes de las costas marroquíes, es porque el gobierno de ese país así lo ha consentido, lo ha tolerado, y lo usa como arma de presión ante nuestro gobierno, el que sea, que sabe que no puede ningunear a los recelos de la opinión pública, cosa que al otro lado del estrecho importa bastante menos. A Marruecos no le importa lo más mínimo la seguridad o salud de los migrantes, es más, migrante que desaparece de su territorio es un problema menos, y da igual cómo desaparezca. Cuando ejerce su labro de control de fronteras es sabido que la policía marroquí se ensaña con los migrantes que permanecen en su territorio, con unas formas llenas de brutalidad que espolean aún más las ganas de huida de los retenidos, que subsisten en campamentos de precariedad extrema. A todo esto tenemos que sumar, obviamente, Ceuta y Melilla, ciudades españolas que desde hace unos cinco siglos se asientan en la orilla sur del Mediterráneo, que son pequeñas en población y extensión, y que presentan, a pesar de su pobreza relativa respecto al resto de España, un nivel de renta disparatado respecto a la nación vecina. Esas dos fronteras son, de hecho, una de las líneas divisorias del mundo que separan mayor diferencia de calidad de vida y de riqueza. Las tentaciones de saltar las vallas que separan ambas ciudades del territorio marroquí son enormes, y los problemas que pueden generar una actitud pasiva de Marruecos en el control de su lado a las autoridades españolas son igualmente inmensos. Más allá de los reiterados deseos de Marruecos de anexionarse esos territorios, su existencia le supone un excelente punto de presión a las autoridades españolas, y los chantajes en forma de asaltos y colapsos son comunes. Pero nunca hasta el punto de lo visto esta noche, en la que cifras enormes de personas, se habla de 5.000 pero pueden ser más, han entrado en Ceuta nadando, sorteando el espigón y valla que, en el mar, separa a esa localidad del país del sur. La población de Ceuta es de unas 85.000 personas, en un espacio físico acotado y que no se puede extender, por lo que pueden hacerse una idea de la inmensa presión que supone, sólo en el plano físico, lo que ha pasado allí la pasada tarde noche. Un problemón de enormes dimensiones que nos ha estallado a todos, al gobierno el primero, y que casi todo el mundo relaciona con la presencia en un hospital de Logroño de uno de los líderes del Frente Polisario, enemigo acérrimo de Marruecos. Desde que ese militar fue internado, aquejado de coronavirus grave, el gobierno reiteró que permitir su presencia en España era un asunto meramente humanitario, sin tener relación con un cambio de postura en la ambigua situación española en el conflicto del Sáhara, pero con unas relaciones que no son muy claras con Marruecos desde hace meses, entre otras cosas por las constantes declaraciones pro saharauis de la parte de Podemos del ejecutivo, eta puede haber sido la gota que ha hartado la paciencia de Rabat.

Lo cierto es que ahora mismo Ceuta afronta una crisis de una gravedad extrema. El gobierno ha ordenado que medio centenar de guardias civiles y centenar y medio de policías se trasladen a la ciudad para tratar de contener un orden alterado, pero son medios que, a todas luces, parecen insuficientes. El control de la frontera por el lado español está completamente sobrepasado y, o se repatrían a gran parte de las personas que esta noche han irrumpido en la ciudad o la crisis se puede agravar aún más. En esto el gobierno tiene que ser firme, actuar con cabeza, frialdad y, desde luego, con determinación, no tanto con discursos buenistas y sí con hechos, ante un problema muy serio. Hoy será un día tenso en aquella ciudad.

miércoles, agosto 21, 2019

El desastre del Open Arms


Desastre, como poco, es el único término que me viene a la cabeza para calificar todo, todo lo sucedido en el culebrón veraniego del Open Arms, una especie de serie emitida en directo en la que cada día se nos mostraba un nuevo capítulo regado de incompetencias, mala fe, aprovechamiento, cálculo político, miseria moral, afán de protagonismo y todo un reguero de males que no parecían cesar, como las aguas interminables de un Mediterráneo tan pequeño que puede hacerse infinito para los ojos de quien nada tiene y no sabe nadar. Quizás sean los propios emigrantes acogidos en el barco los únicos inocentes en esta historia, pero el resto, donde también estamos nosotros, poco nos podemos salvar. Menudo espectáculo.

Todo lo sucedido demuestra hasta qué punto no tenemos una solución de fondo al grave problema de la migración proveniente de África destino Europa, que no va sino a ir a más a medida que el desequilibrio demográfico entre las dos regiones sigue creciendo sin cesar. Libia, el lugar por el que parten la mayor cantidad de refugiados, no es un país, sino un territorio en disputa por varias bandas paramilitares que reinan en sus feudos y matan fuera de ellos. En el resto de naciones de la ribera sur se encuentran estados, como Marruecos, ansiosos de cobrarnos un precio para impedir que las pateras salgan, actuando como policía de frontera y manteniendo a todos esos inmigrantes en unas condiciones tan apestosas y humillantes como invisibles a nuestros ojos, y problema que no se ve, problema que no existe. A nadie podemos pagar en Libia, y de ahí surge ese reguero. Los barcos de las ONG acuden al rescate de los náufragos sin apenas condiciones para poder acogerlos ni mantenerlos el tiempo requerido hasta que lleguen a tierra, con mucho voluntarismo pero con poquísima capacidad y medios. Esta crisis ha desbordado por completo la capacidad de un ente privado como Open Arms, que bien haría en pedir al multimillonario Richard Gere que se hiciera menos fotos de propaganda y que, si de verdad le importa el tema, soltase algunos millones de euros (los tiene para aburrir) para organizar mejor las cosas. Pero han sido los gobiernos europeos los que han dado el espectáculo más escandaloso, con el subproducto que rige Italia a la cabeza y el tacticismo electoral que gobierna España detrás. Salvini, el hombre fuerte de la bota, el ministro del interior al que su primer ministro no osa llevar la contraria, se ha mostrado como lo que es, un sujeto sin escrúpulos, un racista profesional, un chulo de barrio y un oportunista que sabe muy bien que el mensaje duro contra la inmigración le aporta votos. Su actitud da miedo, porque demuestra que nada le puede frenar, y que sabe muy bien lo que quiere y cómo conseguirlo, y le da igual lo que tenga que hacer para ello. Si hace falta que se ahoguen algunos inmigrantes, que se ahoguen, pero donde hoy son inmigrantes mañana pueden ser ciudadanos de Nápoles o de cualquier otro lugar. Es el principal villano de esta historia y está encantado con su papel. El gobierno de España es, digamos, un paria que vive a golpe de sondeo y así actúa. Cuando ganó la moción de censura Pedro Sánchez sabía que mostrarse compasivo le daba votos, y trajo a nuestras costas el Aquarius, lo que generó un cierto efecto llamada en la zona del estrecho. Ahora sabe Sánchez que la llegada de inmigrantes en masa no da votos, y por eso hizo todo lo posible para demorar la salida del barco de Open Arms, desentenderse por completo de lo que hacía y, cuando no servía de nada porque era impracticable, ofrecer un puerto seguro en España a sabiendas de que no sería aceptado por una tripulación y rescatados en estado de colapso. La estrategia de Moncloa en toda esta historia ha sido de cinismo absoluto, y su lago así lo llega a llevar a cabo un gobierno del PP tendríamos manifestaciones y sentadas en todas las playas denunciando a un ejecutivo facha y racista.

En el fondo, los inmigrantes son, para los gobiernos europeos, un marrón de mucho cuidado. Europa los necesita, porque envejecemos y hace falta remplazo para trabajar, cotizar y mantener nuestras sociedades, pero el mensaje del miedo al otro ha calado en amplias capas de la población y se muestra recelosa. La llegada de inmigrantes quita más votos de los que da, y ese saldo es lo único que le interesa al político, sea del color que sea, que viste el argumentario como mejor puede y soborna a la prensa y demás medios amigos para que le defienda cuando da bandazos incomprensibles. Y todo para sacar un rédito en esas elecciones que, en todos los países, parece que son ya continuas, sucesivas, sin parar. Sí, desastre total, se mire por donde se mire.

jueves, agosto 02, 2018

No sabemos qué hacer con la inmigración


La inmigración es uno de esos problemas de largo recorrido al que los europeos hacemos frente desde hace tiempo y que no va a dejar de ir a más con los años. La espectacular diferencia de renta entre nuestras naciones y las de los países pobres, su demografía desatada frente a la nuestra, anquilosada, y la violencia que se vive en ciertos países, van a actuar como “efecto llamada” durante décadas sin que podamos hacer casi nada para frenar esas causas profundas. Peo para Europa la inmigración también puede ser una oportunidad, y depende cómo la gestionemos nos podemos ver todos beneficiados. Eso sí, se requiere paciencia y cabeza.

Poco de ambas cosas existe en la política continental sobre el tema en este momento. Dominan dos discursos polarizados y falsos. Uno es del buenismo, el de la capacidad de acogida solidaria e ilimitada, que no tiene sentido si nos ponemos a mirar las cifras no de los inmigrantes que llegan realmente, sino de los que lo desean hacer. En el polo contrario, está el discurso de la cerrazón, que antaño era minoritario pero que ahora ha cogido nuevos bríos gracias a partidos ultra llegados al poder, especialmente en el grupo de Visegrado e Italia. Esa corriente defiende el cierre completo de las fronteras, almenar el fortín europeo y, si se puede, expulsar a los que no sean de “aquí” sea ese aquí lo que a cada político le convenga. Estos discursos se enfrentan en público de manera agresiva y se acusan mutuamente de todo lo posible. Y cuando aparece un tibio o mediano entre ambos es atacado sin saña por los dos extremos. Bien, pues yo soy uno de los tímidos, que observa el problema de la inmigración sin verle soluciones sencillas ni, desde luego, inmediatas, pero que ve que, en la práctica, supone una oportunidad económica y social para ambas partes si se hace bien. La principal puerta de entrada de inmigrantes ilegales en España no son las costas de Andalucía, las más mediáticas y las que ofrecen la cara más cruel (y geoestratégica) del problema, sino el aeropuerto de Barajas. Millones son los inmigrantes latinoamericanos que han llegado hasta nosotros por esa vía, como turistas, y que luego se han quedado, y hoy en día muchísimos de ellos desarrollan una actividad profesional en España, regulada o no, y crean riqueza aquí o allí. El sector asistencial en España sería inimaginable sin ellos o, para ser justos, sin ellas. ¿Es esto una excusa para promover la barra libre de inmigrantes? No, porque eso no sería soportado por ninguna sociedad y menos por las temerosas europeas, pero sí una llamada no tanto a acoger a los inmigrantes sino a tratarlos como a nacionales, a darles los mismos derechos y obligaciones, a hacer que trabajen, coticen y paguen impuestos. Las perspectivas demográficas de España son aterradoras, lo de la España vacía no es un mito sino una cruel realidad que despuebla nuestro país, y este flujo de inmigrantes no va a solucionar ese problema pero sí puede paliarlo. A mi sinceramente me preocupa poco si en el piso de al lado reside alguien de color distinto, lengua extranjera o raras costumbres, me da bastante igual. Lo que quiero es que desarrolles actividades legales, que trabaje, pague impuestos y desarrolle su vida y la de los suyos. Ese fue, durante años, el espíritu que animó a los EEUU a la hora de acoger a los miles que llegaban a sus tierras, uno de ellos el abuelo, alemán, de Donald Trump. No les daba casi nada, pero les dejaba hacer lo que quisieran, y les aplicaba la ley con la misma dureza con la que lo hacía con los demás. Era justo en ese sentido, y por eso se convirtió en un país de acogida y oportunidades. Su sociedad es fruto de un mestizaje que, aunque mantiene enormes desigualdades raciales, es un ejemplo no ya de cómo integrar sino de las posibilidades que la inmigración ofrece.

En el caso europeo todo es mucho más difícil, dado que somos países individualizados, con opiniones públicas que votan cada una en su momento y con distintas sensibilidades y miedos. Vimos como normal, como obvio, que durante lo peor de la crisis española muchos de los nuestros se largasen a otros países para buscar las oportunidades que aquí no encontraban. No debemos ver, por tanto, como extraño, que gente de terceros países haga lo mismo poniendo sus ojos en el nuestro, que es mucho mucho más rico que su nación de origen. Hay que tener la cabeza fría, pensar a largo plazo, de manera coordinada, sensata, y sin demagogias baratas de ningún sentido que, quizás, consigan muchos votos, no lo niego, pero no arreglan el problema de fondo. Aunque quizás lo que importe sean los votos, no el problema.

viernes, junio 29, 2018

Europa se “orbaniza”


Hemos vivido en Europa otra de esas noches decisivas en las que las reuniones del consejo se eternizan y las horas de la madrugada caen sin que el acuerdo llegue, lográndose un apaño de mínimo poco antes de que salga el sol. Es casi tradición bruselense que así sea, y casi todos los acuerdos comunitarios, trascendentes o no, se han alcanzado de esta manera. El de esta madrugada es de los importantes, por lo que supone e implica, por el reparto de poder que representa en las instituciones comunitarias y, también, porque salva a Angela Merkel y a su gobierno de un amenazado abandono de los socios bávaros de la CSU. Y Merkel encarna Europa.

El acuerdo de mínimos sobre inmigración supone un punto de partida, no una meta, hacia una gestión distinta del problema de la que se ha ensayado hasta ahora. Se ha decidido establecer centros de acogida en los países europeos que hacemos de frontera sur, sin que esté muy claro cómo se crearan, cómo se gestionarán y qué destino se de a las personas que a ellos acudan. Como esto va a ser una responsabilidad de varios países Italia logra uno de sus grandes objetivos, que es el de no estar sola en la acogida de la avalancha migratoria. El desborde de sus instalaciones y poblaciones costeras por oleadas de inmigrantes llegadas desde que Libia no existe como tal se tradujo, entre otras cosas, en un ascenso imparable del voto antiinmigrante, y la llegada al poder de personajes racistas como Salvini, que han condicionado mucho esta cumbre. Su actitud chulesca y desafiante obtiene réditos y se puede considerar como uno de los ganadores de esta noche. El que la responsabilidad de acogida recaiga en los países frontera también es una victoria de los países del este, encabezados por los cuatro que forman el grupo de Visegrado. Polonia, Hungría, Chequia y Eslovaquia han organizado una entente reaccionaria en el seno de la UE que se opone a todo lo que no tenga relación con la recepción de fondos para esas naciones. Sus decisiones obstaculizan sin cesar el proceso de integración y, en el caso de la inmigración, su boicoteo es total, dejando claro que no van a admitir a ningún migrante en su territorio, sea cual sea el origen de su marcha de su nación originaria. A estos cuatro países les ha salido un grupo de naciones de apoyo, más tibias pero con idénticos sesgos, encabezadas por Austria y la mencionada Italia, cuyos nuevos gobiernos son nacionalistas propios a ultranza, y los referidos bávaros de la CSU alemana del principio, que ni son nación ni nada, pero poseen el poder para tumbar el gobierno de Alemania. El acuerdo de esta noche hace que, en general, no se vean implicados con el problema de la inmigración, les siga pareciendo algo lejano, y subcontratan en el sur del Europa el trabajo de gestión, acogida y auxilio de los inmigrantes. Ellos, por su parte, se dedicarán a blindar aún más sus fronteras y, en la medida de lo posible, hacerlo con fondos comunitarios, para no gastar muchos euros de su propio presupuesto. Son otros de los ganadores de esta noche. Al respecto de estos países del este surge cada vez más en la UE clásica una sensación de hartazgo, tristeza y rabia al ver cómo la gran ampliación de la Unión hacia un este que salía de una atroz dictadura comunista se ha convertido en la inserción ene l club de unas naciones que, sin que esté muy claro el por qué, se comportan de una manera egoísta y cicatera hasta el extremo. Nunca esos países, que han pasado un siglo XX atroz y cruel hasta el extremo, han tenido ante sí una mayor oportunidad de prosperidad y desarrollo. Y su comportamiento, profundamente exigente y desagradecido, resulta impropio, por ser generoso.

El titular del artículo de hoy hace referencia a Víctor Orban, presidente de Hungría, y adalid de las reformas reaccionarias en su país y en los de su entorno. Con un discurso populista y lleno de falsedades, revalida mayorías absolutas en cada elección y lleva a su nación, y a Europa en su conjunto, hacia unas posiciones cada vez más extremas no ya en materia de inmigración, sino en algo tan básico como los derechos y libertades civiles, que son la esencia de nuestra democracia. Orban representa un movimiento retrógrado que, no olvidemos, cosecha votos y apoyo popular, por lo que no podemos simplificar sus efectos y hacer como que no existen. Orban es la muestra de un problema, grave, que anida en el fondo de nuestras sociedades, y que cada vez aflora con más fuerza. ¿Cómo responder ante eso? ¿Cómo ganarle la partida?

lunes, junio 18, 2018

Inmigrantes sin periodistas


Ayer se produjo la esperada llegada de la flotilla del Aquarius al puerto de Valencia, y sin duda fue un hecho memorable, que dudo que puedan olvidar, para los algo más de seiscientos emigrantes que viajaban en las tres embarcaciones en las que fueron repartidos para garantizar, en la medida de lo posible, un viaje confortable. En el puerto, esperándoles, se agolpaba personal de auxilio y socorro, funcionarios encargados de la tramitación de su entrada en España y la determinación del régimen bajo el que acceden y, si se da el caso, permanecen, y cientos y cientos de periodistas, casi tantos como inmigrantes, que retransmitían el acontecimiento y aumentaban aún más la dimensión del mismo.

Casi a la vez que se producían estas escenas, el panorama era muy distinto en las costas andaluzas, en las que no se cesaba de contar la arribada de inmigrantes, el balance de fallecidos y la estimación de los que han podido desaparecer en las aguas del Mediterráneo. Más de mil personas, dos aquiarius si lo queremos decir así, han llegado a las costas andaluzas este fin de semana. No en una flotilla organizada y con cuidados paliativos, no, sino en un goteo de pateras, balsas y otro tipo de embarcaciones, que han dejado de ser flotilla para convertirse en enjambre. A su llegada no los esperaba nadie, salvo la policía y algunos servicios de emergencia, y eso en los casos en los que, mediante el servicio de observación y vigilancia, se detectó a tiempo la proximidad de las embarcaciones y sus pobres ocupantes. En muchos casos esas llegadas se produjeron en sobresalto, por abordaje a la playa, en medio de lo desconocido. Los inmigrantes, exhaustos y derrotados tras periplos que no somos capaces de imaginar, tocaban la tierra prometida de la orilla norte del mare nostrum a sabiendas de que dejaban atrás lo peor de sus vidas y de que nada puede igualar el horror de lo vivido. Sí, la misma sensación que anida en cada uno de los que iban en el Aquiarius y barco anexos. Sin embargo, esta inmigración de pateras apenas ha recibido cobertura mediática. Nos hemos enterado de ella como suplemento a los boletines y especiales informativos que nos detallaban lo que sucedía en Valencia y, de paso, nos contaban que cientos y cientos de inmigrantes eran rescatados en las playas andaluzas. Y que afortunadamente todos los que han llegado a Valencia lo han hecho sanos y salvos, pero que se teme que sean decenas los que se han ahogado este fin de semana en el estrecho mar que dista entre Marruecos y España. ¿Tiene alguna causa especial este repunte de ápteras procedente de Marruecos? Algunos ya hablan de efecto llamada ante hechos que son recurrentes y que no necesitan llamadas de ningún tipo para producirse. Me inclino a pensar que esta oleada viene a ser una especie de mensaje de bienvenida que las autoridades de Marruecos le dan al nuevo gobierno español, recordándole, por si no lo tenía claro, quién es el que controla el estrecho, quién se encarga de garantizar que los inmigrantes no desborden Ceuta, Melilla o las costas andaluzas y, por su puesto, actualizando el precio que cobra por esos “servicios”. Gobierno nuevo, tarifa nueva, por así decirlo. Manteniendo una tradición de anteriores presidentes, que tiene bastante lógica, el primer viaje internacional de Pedro Sánchez será a Marruecos, supongo que para renegociar “precios y cantidades” tras lo cual, a buen seguro, se reducirá el flujo de pateras que salgan de las costas alauís rumbo a España. No es cinismo lo que llena estas líneas, no, es la cruda y dura realidad.

Pero eso sí, una realidad oculta. A día de hoy, lunes, cientos de inmigrantes despiertan, como pueden, alojados de manera improvisada en colegios, barracones y otras infraestructuras en las que habitan provisionalmente, fruto del total colapso de las instalaciones destinada al efecto en gran parte de la costa andaluza por la avalancha de este fin de semana. Voluntarios y profesionales son incapaces de afrontar a tanta gente de golpe, y no cuentan, desde luego, con la presencia de periodista alguno que narre sus vicisitudes, angustias y problemas, enormes en días como estos. Frente al espectáculo de Valencia, la sombra sobre Andalucía, y en ambos casos seres humanos desvalidos, un enorme problema de largo plazo y nuestra falta de respuestas son los protagonistas.

miércoles, junio 13, 2018

El Aquarius es sólo una muestra del problema


Es infame dejar morir a los náufragos. En todos los mares y épocas los barcos han rescatado a aquellos que yacen en el agua o sobre embarcaciones improvisadas y no tienen manera de fijar un rumbo ni alcanzar destino. La decisión del gobierno español de acoger a los cerca de 600 migrantes que yacen en el Aquarius es humanitaria, lógica, y salvará probablemente las vidas de todos ellos, pero que nadie piense que este gesto, que es lo que es, un gesto, sirva para frenar el creciente e imparable proceso migratorio que desde áfrica se dirige a Europa. Como gotas de agua en el Mediterráneo, el Aquarius apenas es una muestra del drama que se vive en la orilla sur y del que apenas sabemos nada.

Tres son las causas principales que determinan la presión migratoria, y las tres tienen difícil solución, si entendemos como solución las vías que impidan que los habitantes de África quieran venir a nuestras naciones. La demografía, la economía y la violencia. Las tasas de natalidad en África son elevadísimas, bastante mayores que ese mítico 2,1 que garantiza el mantenimiento de la población, y desorbitadas si las comparamos con las tasas europeas, que por poco superan en 1 en países como Italia o España. Son los países africanos naciones de explosivo crecimiento demográfico, algunas camino de los cientos de millones de habitantes, y con ratio de juventud en sus poblaciones enorme. Y el futuro que afronta esa juventud es sombrío. Poca gente querría dejar su país y los suyos si las oportunidades económicas les permitirían crecer y desarrollarse. Las economías africanas crecen, sí, pero ni mucho menos lo que sería necesario para abastecer las ilusiones y demandas de esas enormes poblaciones jóvenes, que ven la emigración como única salida. Observábamos con naturalidad como, en los años más duros de nuestra crisis, jóvenes españoles salieran de aquí en busca de futuro hacia otras naciones europeas, y vemos con recelo que habitantes de países con PIBs per cápita que pueden ser ocho o diez veces inferiores a los nuestros quieran viajar a nuestras naciones. Es un movimiento lleno de lógica, y que muy probablemente usted y yo haríamos en su caso. Y el tercer factor es la violencia, la guerra y el terrorismo, que se abate con intensidad en varias de esas naciones. Mali, Congo, Libia, Nigeria… países en los que algunas de sus regiones viven guerras larvadas y actuaciones de ramas de Al Queda o DAESH que poseen la intensidad de un conflicto bélico. Poblaciones enteras obligadas a desplazarse simplemente para salvar el pellejo, que huyen de una muerte casi segura o de un sometimiento a califatos y otras pesadillas que nos harían poner los pelos de punta sólo de oírlas relatar en detalle. Todas estas razones son suficientes para que miles de personas intenten cruzar el Mediterráneo, pagando sus últimos y escasos ahorros a mafias que les estafan y sangran hasta el límite, sabiendo que en muchos casos la travesía puede acabar en tragedia. Y aun así lo intentan. ¿Cómo será de dura y horrible la vida que dejan atrás para arriesgarse a una salida tan peligrosa y llena de trampas? ¿Qué desesperada tiene que estar una persona para jugarse la vida en la ruleta rusa del Mediterráneo libio a cambio de no volver a su hogar? Miles, miles de personas cruzan desiertos, tierras baldías, zonas de guerra y parajes oscuros para acabar al borde de unas costas, marroquíes, libias o de cualquier otro lugar, al frente de las cuales, tras un horizonte de agua, se encuentra el paraíso, un lugar en el que poder trabajar, vivir y saber que no vas a ser asesinado. Piensen en la masiva emigración de europeos del siglo XIX a América en busca de una vida mejor, que llenaba barcos de irlandeses, italianos, y de otros muchos países rumbo al nuevo mundo. Y en ese caso no se encontraba como espoleta la violencia de origen, Europa no vivía grandes guerras civiles ni violencias desatadas, como las que sí hubo en el XVIII o el XX. Era pura huida económica. Y crearon un imperio allí donde fueron, sin saberlo ni esperarlo.

España, Italia Grecia, somos la frontera sur de una Europa rica, decrépita, envejecida y temerosa, que no quiere ver el drama que tiene delante de sí y trata de eludirlo como sea. Pero el problema de la inmigración irá a más. Cerraremos acuerdos como los que ya tenemos con Marruecos o Turquía, pagándoles mucho dinero para que hagan de policía de fronteras y frenen, sin respetar derecho alguno, las oleadas que tratan de cruzar sus países rumbo a los nuestros, pero en Libia, por ejemplo, no hay país al que pagar, no hay estado con el que negociar. Y en Europa el miedo al extranjero crece y se transforma en votos a partidos extremistas como el del nuevo hombre fuerte de Italia, Mateo Salvini, que clama victoria cuando consigue deshacerse de quienes, quizás, en el futuro, puedan pagar sus pensiones. El problema es enorme y no lo queremos afrontar.

jueves, enero 26, 2017

Muros en la frontera

En España sabemos lo que es tener un muro en la frontera para impedir la entrada masiva de inmigrantes. Ceuta y Melilla están rodeadas por una valla de seguridad de grandes dimensiones y moderna tecnología que establece un perímetro en torno a ambas ciudades en su franja terrestre, siendo el mar otra barrera difícil de franquear, la que las rodea por el lado no vallado. Ambos territorios son minúsculos y su frontera divide dos datos de renta per cápita de una desigualdad aplastante, una de las más altas del mundo. Si esa valla no existiera las dos ciudades se verían colapsadas por marroquíes en busca de futuro.

¿Hace esto más comprensible y justificable la promesa cumplida, ya van demasiadas, de levantar el muro que ha firmado Trump? No. La situación de ambas fronteras, su extensión y los flujos que se realizan a ambos lados son de naturaleza completamente distinta. Cierto es que de los más de tres mil kilómetros de frontera, sí, sí, tres mil kilómetros, un tercio ya tiene una valla más o menos compleja y estable, custodiada en algunos puntos por puestos de frontera que impiden el paso de quienes pretenden hacerlo que, recordemos, no sólo son mejicanos. La idea de Trump no sólo es absurda, porque la realidad demuestra que los muros son franqueables (y Ceuta y Melilla saben mucho de eso) y que las fronteras naturales pueden ser atacadas en caso de necesidad, como vemos todos los días en ese cementerio marino en el que se ha convertido el sur del Mediterráneo. Lo peor de la idea de Trump es el mensaje que lanza, mensaje racista, discriminatorio y basado en la idea de lo mejores que somos “nosotros” frente a la chusma que son “ellos”, y en esos pronombres puede usted, querido lector, situar no solo la coyuntura norteamericana sino muchas otras, actuales y pasadas. La gestión de la inmigración es un tema muy complicado, que requiere una combinación de medidas duras y blandas, organización, cohesión social y visión de largo plazo, y sobre todo didáctica, mucha didáctica. Las envejecidas sociedades occidentales, de las que formamos parte, somos cada vez más reducidas en la suma total de población mundial, vamos a menos. Hace un siglo Europa era la cuarta parte de la población mundial, hoy apenas representamos el 5%, y nuestras empresas, ciudades y pueblos necesitan personas jóvenes, que posean ideas, iniciativa y ganas de trabajar. Dado que no tenemos niños la inmigración es la solución más sencilla, pero es algo instintivo en toda población el sentir rechazo por aquellos que vienen de fuera, y en ese miedo es donde cala el discurso nacionalista y xenófobo que tan bien conocemos en todas partes. En la España del boom de los sesenta era charnego el término despectivo que se utilizaba sobre los que, llegados desde el resto del país, acudían a Cataluña a trabajar en sus empresas. En el País Vasco la palabra usada era maketo, que algunos todavía mencionan, y que posee una carga de racismo, desprecio y abuso de superioridad de tales dimensiones que podría ser introducida en alguno de los simplistas discursos de Trump. Miles, millones de personas se movieron en España de sus lugares de origen a donde había trabajo, igual que millones de españoles abandonaron el país en busca de un futuro que les era vedado en su nación de origen. De entre todas esas personas habría de todo, como entre las poblaciones que las acogieron, porque no hay pueblos ni naciones ni orígenes mejores o peores que otros. La bondad, inteligencia, estupidez, destreza con el baile, gusto culinario o ansia delictiva están igualmente repartidas por toda la población humana, y normalmente es la diferencia de renta y los sistemas legales y políticos imperantes en un territorio los que alientan o aplacan la maldad que reside en nosotros. Es así, aunque sea más fácil pensar que “nosotros” somos los buenos y “ellos” los malos. Eso es mentira, aunque siempre es más cómodo recurrir a una gran mentira que a una pequeña verdad.

Tenemos la desgracia de que Trump sea el único que ha ganado unas elecciones y esté cumpliendo lo que prometió en campaña. El panorama es desolador y, para México, alarmante. Los mejicanos cuentan con toda mi solidaridad y apoyo frente a las desgraciadas declaraciones que cada día provienen de una vejada, insultada, humillada Casa Blanca. Está por ver que el Congreso de EEUU dote de fondos a la idea del muro, y sin dinero no se podrá construir, pero las intenciones de quien ocupa ahora mismo el despacho oval son firmes. Con esta medida Trump vuelve a insultar a todo hispanohablante… bueno, lo cierto es que insulta a todo aquel que no “piense” como él. México, país hermano. Estamos, estoy con vosotros.