Si no pasa nada raro, esta mañana María Guardiola será investida como presidenta de la Junta de Extremadura tras la segunda jornada del debate destinado a ese fin. Los votos de Vox, conseguidos tras el acuerdo firmado la semana pasada, permitirán a la del PP alcanzar una presidencia que ya ostentó la vez pasada gracias a otro acuerdo con los populistas de derechas que se frustró tras la espantada voxera a cuenta del acuerdo de reparto de menores inmigrantes. En esta ocasión los de Abascal han bajado algo sus exigencias tras los últimos resultados electorales, pero han conseguido que su idea, falsa, de los nacionales primero, esté presente en el debate político.
Y digo falsa porque el ideario voxero, como el de todos los nacionalistas populistas, se basa en la asunción de una superioridad (falsa) de un conjunto de personas respecto a otras por cuestiones que se asocian a la raza, el origen y tonterías por el estilo. En esto los profesionales en España son los nacionalistas vascos y catalanes, que exhiben su racismo sin tapujos y han conseguido que parte de la inútil izquierda del país les compre el discurso y lo califique de progresista. Pues bien, los de Vox son igualmente racistas, sólo que cogen a otro grupo de población para determinar cuáles son los privilegiados y cuáles los discriminados. Es lo que tiene ser sectario, tu defines a conveniencia quiénes son los elegidos y desprecias con la mayor fuerza posible al resto. Y ese comportamiento, además de inmoral, es ilegal. La ley, eso que empieza a ser poco más que una referencia en papel pero que cada vez se respeta menos, empezando por nuestro desgobierno, define a los españoles como ciudadanos sujetos de derechos y obligaciones. No es posible discriminar a unos de otros, porque las leyes modernas occidentales, fruto de la evolución ilustrada y liberal, se basan en el reconocimiento de la individualidad como el sujeto del derecho, en la preminencia del ciudadano como el titular, y en la igualdad entre todos ellos, sean hombres o mujeres, blancos o negros, niños o ancianos, calvos o poseedores de melenas… todo eso no es relevante respecto a los derechos que posee el ciudadano. Vox, como el resto de nacionalistas, además de ser racistas, y otras cosas igualmente malas, vive en un mundo preilustrado, un mundo medieval en el que los derechos no son de los ciudadanos, sino regalías otorgadas por el poder absoluto, del que emana todo, que permiten a unos medrar y mantienen a otros eternamente condenados a la discriminación. Los delitos con los que tanto se le llena a Vox la boca, son delitos, los cometa quien los cometa, y tenemos capullos integrales causantes de daño, dolor, muerte y corrupción nacidos en España, nacidos en Senegal y nacidos en Noruega. La ley no juzga orígenes, juzga hechos y actitudes. ¿Acaso la ocupación ilegal de viviendas es menos ilegal si la realiza un ciudadano nacional que uno comunitario o uno nacido fuera de la UE? ¿En qué cabeza entra que el castigo ante los delitos deba estar condicionado a la procedencia de los que los llevan a cabo? Las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado deben perseguir a los delincuentes que lo sean, por los delitos que cometen, no por otra cosa, y los juzgados sancionar las conductas delictivas que sean probadas. Y todo ello, a ser posible, con celeridad. Es así de simple. Los voxeros han encontrado un presunto filón en el tema de la inmigración, que provoca tensiones en el acceso a los servicios sociales y a mercados como el de la vivienda, pero no tanto por el origen de los que vienen de fuera como por el mero hecho de que la población se dispara. Es tan complicado comprar piso en Alicante por la cantidad de nórdicos que se hacen por ellos como lograrlo en barrios del extrarradio de las grandes ciudades por la llegada de, pongamos, latinoamericanos. Curiosamente, o no, Vox sólo se fija en los segundos, para nada en los primeros. Es un racismo el suyo, como suele ser habitual, muy mediatizado por la renta per cápita del que llega al país, poniendo el umbral de la “españolidad” que otorga con displicencia en, intuyo, unos 35.000 euros de ingresos anuales. Por encima de esa cifra no le ve tantos problemas, seguro.
La gestión de los flujos migratorios es un problema para sociedades envejecidas como la europea, necesitadas de la llegada de gente de otras nacionalidades pero que ve, con temor e hipocresía, que el mundo que conocía se convierte en algo bastante distinto. Es un asunto en el que los populistas encuentran un buen caldo de cultivo para vender soluciones falsas, que logran prosperar en medio de la agitación social y la dejadez de las administraciones, más preocupadas por pillar mordidas que hacer su trabajo, como se intuye de los juicios que vemos a diario. Votar a populistas como Vox no solucionará problema alguno, sólo empeorará los que hay y creará a nuevos. Probablemente la sociedad lo descubra bastante más tarde de lo debido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario