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lunes, diciembre 15, 2025

Matanza en la playa

La escena es muy rápida, improvisada, sin dirección alguna, pero con más fuerza que muchas de las películas imaginadas. El tirador, fusil en mano, apunta y dispara bajo unos árboles con unos coches aparcados a su espalda. Desde esos vehículos surge un hombre, calvo, gordito, que corre hacia el que dispara y se le echa encima por la espalda. Le agarra el cuello con el brazo derecho y trata de doblarle es espinazo. Son un par de segundos o tres los que los dos individuos aparecen unidos, con el rifle asomando por el lado izquierdo de la imagen, y transcurrido ese tiempo el asaltante pierde el control del arma, el que se le ha abalanzado se hace con ella, y las posiciones de fuerza se invierten, quedando el atacante desorientado.

El señor que se hizo con el arma e impidió al terrorista seguir disparando se llama Ahmed al Amed, tiene 43 años y es frutero, y ayer pasó de la irrelevancia en la que vivimos casi todos a la fama global por su acción, de un heroísmo extremo, en las cercanías de la playa de Bondi Beach, en Sidney, un lugar que todo el mundo asocia al relax, disfrute, sensación de paraíso, pero que la intolerancia antisemita convirtió ayer en el escenario de una matanza. Dos eran los atacantes que decidieron exterminar a cuando judíos pudieran, aprovechando que en la playa ese día se celebraba una concentración con motivo de la fiesta de Hanukkah. Armados con fusiles, apostados en una especie de puentes que parecen situarse en una posición que permite observar gran parte de la playa, las imágenes de lo sucedido muestran a los tiradores recargando su arma y disparando sin piedad una y otra vez sobre la multitud que, presumiblemente, se expone ante su mirada, haciendo blancos como si se tratase de una jornada de caza de perdices. El proceso de recarga del arma es manual, por lo que se aprecia, y eso aletarga un poco la secuencia de disparos, pero uno intuye que cada uno de los que se escucha hace mella en una persona, por la concentración y seguridad con la que el tirador ejercita su siniestra labor. En segundos la playa ha pasado de ser un lugar de ocio a convertirse en un insospechado escenario de pesadilla donde los gritos y las carreras se unen al sonido de los disparos que lo llenan todo. Miles de personas allí congregadas no saben lo que pasa, pero escuchan los tiros, e inevitablemente ven algunas de sus consecuencias, con cuerpos en el suelo, sangre y muerte. La situación se descontrola rápidamente y la llegada de los primeros cuerpos de seguridad no es capaz de poner en jaque a unos atacantes que actúan con una organización precisa, fruto probablemente de un entrenamiento eficaz y una voluntad a prueba de todo. Más y más policía llega al lugar del atentado, y la escena que van descubriendo les dejará, como al resto, en shock durante bastante tiempo. Se ha producido una matanza, no estamos ante un mero pánico y algunos heridos, sino ante un atentado con muchas víctimas mortales. Los esfuerzos de la policía empiezan a dar sus frutos, y uno de los atacantes acaba siendo abatido por ellos en un enfrentamiento armado. El otro es el que aparece en la escena del héroe que da la vuelta al mundo, y posteriormente a perder su arma, es detenido por la policía y custodiado. Se descubre un vehículo, en el que al parecer los atacantes han llegado al lugar de su acción, en el que según varias fuentes se hallan algunos artefactos explosivos, que no han sido utilizados. Quizás la idea fuera arrojarlos contra multitudes congregadas en la playa, o convertir al coche en una trampa para que, en medio de la confusión, estallase y aumentara el balance de fallecidos y contribuyera al caos. No se sabe con precisión. Las autoridades logran acotar el escenario, confirmando que los atacantes eran esas dos personas, la abatida y la detenida, padre e hijo según algunas fuentes, y que tras su neutralización el ataque ha culminado. Esa noticia llega cuando la zona de la playa y aledaños ya es un desierto, tras la huida de todos los que han podido, y sólo queda un rastro de fallecidos y heridos diseminados a lo largo de un amplio espacio. El balance es desolador.

Quince son las personas asesinadas y decenas las heridas por este ataque terrorista, el más grave de la historia de Australia, creo, una nación en la que la violencia es escasa. La motivación es claramente antisemita, y habrá qué estudiar cuáles han sido los orígenes de todo esto, si esas dos personas se han radicalizado por su cuenta o no, si han contado con apoyo externo, eran una célula durmiente islamista, estamos ante una venganza por lo sucedido en Gaza…. En todo caso, más allá de lo que dictamine la investigación, el horror por lo sucedido es enorme, el trauma para los supervivientes inmenso, y la sinrazón de la violencia, otra vez, dejándonos al resto mirando sin entender nada, sólo padeciendo.

lunes, marzo 25, 2024

Masacre terrorista en Moscú

En los vídeos que empezaron a circular el viernes por la tarde noche, poco recomendables dada su dureza, las tomas las realizan los que están dentro del Crocus City Hall, el pabellón multiusos donde se produce el ataque. La mayoría de las imágenes se captan desde la zona cercana a la entrada, un gran vestíbulo acristalado con escaleras mecánicas, con estilo de centro comercial moderno, donde los terroristas no dudan en acribillar a todos los que encuentran. Los cristales que rodean el acceso saltan en pedazos a la vez que se ve a personas que tratan de huir, pero, bajo ráfagas de disparos, caen y se amontonan unas sobre otras.

El segundo grupo de vídeos muestra el interior del auditorio del centro, una enorme sala semicircular con capacidad para varios miles de personas, donde se iba a celebrar un concierto de rock. El aforo parece parcialmente desalojado, pero la imagen es engañosa porque, al igual que el cámara que toma las imágenes, muchos otros asistentes se encuentran agachados, buscando que la fila de asientos que está delante de ellos les haga de parapeto ante lo que parece ser un grupo de personas que disparan. En efecto, vemos sobre el primer graderío a dos o tres terroristas con armas automáticas que no dudan en disparar a lo que ven, creando mucho más caos y pánico del que usted pueda ser capaz de imaginar. Las tomas son bastante estáticas, desde el refugio en el que el que las está captando trata de protegerse. Viendo esas escenas uno ya podía imaginarse la magnitud de lo que estaba sucediendo, pero luego nos enteramos de que se produjo el incendio del local, obra también de los terroristas, y que las llamas acabaron por consumir gran parte de la estructura del edificio, arrasando por completo el auditorio y convirtiéndolo en una absoluta ruina, con el techo derrumbado y precipitado en forma de vigas rotas sobre escenario y plateas. Las escenas de los bomberos al día siguiente muestran la sala, donde hace falta imaginación para situarse y pensar que corresponde al mismo escenario que vimos en los vídeos pasados, con un enorme boquete en el techo, desde el que se puede ver el cielo gris de un Moscú atacado. Policías y bomberos trabajan conjuntamente tratando de separar amasijos de hierro, para permitir el acceso a todas las zonas que han quedado en pie de la estructura en busca de posibles víctimas. El balance de la noche del viernes, una cuarentena de muertos, envejece rápidamente a lo largo del sábado, superándose con creces el centenar, y con varios cientos de heridos de diversa consideración. El exterior del recinto, un lugar similar al BEC de Barakaldo o al IFEMA de Madrid, se ve lleno de equipos de seguridad, asistencias sanitarias y policías, que intentan empezar a recopilar pruebas de lo sucedido, mientras en todo el país comienza una operación de caza a los terroristas que han perpetrado semejante barbarie. Las condenas internacionales a lo sucedido se agolpan unas sobre otras, así como los comunicados de reivindicación del maldito estado islámico en su rama del Jorasán, ISIS-K en siglas anglosajonas, y de hecho los islamistas difunden algunos vídeos tomados por los propios atacantes desde cámaras que portan con ellos, con el objeto de documentar sus atrocidades. Los dos escenarios comentados se repiten, pero esta vez no desde la perspectiva de los aterrados ciudadanos indefensos, sino desde la de los que los buscan para cazarlos. Las imágenes tiemblan y tienen poca definición, pero no otorgan duda alguna sobre lo que está pasando y añaden un toque de crueldad aún mayor si cabe a lo que vimos el día anterior. Personas orgullosas de asesinar en masa se graban con el anhelo de pasar a la posteridad por su acción, como esos psicópatas que atacan los colegios norteamericanos, atiborrados de armas y tecnología. Allí es una rabia escondida o el deseo de venganza personal, aquí es el fanatismo religioso y, también, la venganza contra Rusia por sus acciones en Siria y Afganistán. En el fondo es lo mismo, odio descarnado, sin límite, sin piedad alguna, buscando causar el mayor daño posible.

La sociedad rusa, conmocionada, vive el luto de un atentado de crueldad masiva, y su gobierno, noqueado, ve como sus servicios de seguridad no han podido evitarlo, a pesar de contar con información occidental que avisaba de la posibilidad de que algo así sucediera. A menos de una semana de la reelección aplastante de Putin como presidente del país, el dolor de los moscovitas será usado por el dictador en su beneficio, y ya pone un ojo en Ucrania como culpable de un acto vil del que el gobierno de Zelensky no tiene responsabilidad alguna. Días de lloros en Moscú, preludios de más días tristes en el este, de feos días de venganza alentada desde el kremlin.

martes, octubre 17, 2023

Habrá más atentados en Europa

A los pocos días del ataque de Hamas sobre Israel, y a medida que se disparaba la tensión internacional, muchos pensamos en que una de las derivadas más obvias de todo lo que estaba sucediendo era la de que el riesgo de atentados terroristas en Europa de corte yihadista se iba a disparar. Llevábamos un tiempo con esa amenaza medio olvidada, arrinconada, y sólo cuando alguna célula durmiente era desarticulada lograr escalar como noticia en la escaleta de los medios, pero hechos como el 11M, el ataque en las Ramblas o lo sucedido en Bataclan siguen en la memoria de muchos como hitos de un horror que era inimaginable entre nosotros.

Tristemente la realidad se ha encargado de convertir en exitosa esa agorera previsión, y fue en Francia, uno de los candidatos claros, el primer lugar en el que el terrorismo golpeo, con un ataque con cuchillos en el que un radical checheno asesinó a un profesor de instituto en Arras, al norte del país, e hirió a otras personas del colegio en el que tuvieron lugar los hechos, que es también donde estudió el autor del atentado. Este sábado se cerraron el Louvre y Versalles por amenazas de bomba que resultaron ser falsas, pero que lograron que la intranquilidad que existía en París se materializase en escenas de nerviosismo durante el desalojo del gran museo de la ciudad. El coste económico para el turismo galo aún será insignificante, pero empieza a surgir una sombra en este sentido, y no sólo allí. Ayer, en Bruselas, otro de los lugares donde el islamismo encuentra un refugio de difícil comprensión pero muy efectivo, un terrorista mató con una escopeta a dos aficionados suecos que, junto a varios miles, estaban en la ciudad para contemplar una cosa de esas de pegar patadas al balón que se celebraba entre las selecciones de ambas naciones. El atacante logró huir del lugar del crimen, no sin antes haber sembrado de alabanzas a Alá la escena macabra que había generado y grabarse en un vídeo diciendo que la defensa de la fe es lo que el creyente debe hacer sobre todo, y demás parafernalia integrista. Desde anoche Bruselas está en alerta terrorista máxima, entre otras cosas porque el asesino aún no ha sido detenido, y Francia también ha elevado notablemente la alerta de su personal de seguridad. Es el país galo el que ha sido objeto de los mayores atentados de este tipo, y es la nación europea que concentra la mayor comunidad judía y musulmana, por lo que las opciones de que se produzcan incidentes y ataques hacia los intereses israelíes es, a priori, más alta. Pero lo cierto es que toda Europa está ahora mismo empezando a entender que la amenaza yihadista puede volver a golpearla al calor de lo que está pasando en la franja de Gaza y la efectiva propaganda con la que Hamas e Irán explotan la actuación desatada de Israel, y eso antes de que se haya producido una entrada militar como tal sobre el territorio. En las calles y parque de nuestras ciudades permanecen los objetos que, como obstáculos, fueron colocados por parte de los ayuntamientos para impedir que suicidas con vehículos pudieran lanzarse contra la población. El horror que se vivió en el paseo de los ingleses de Niza hace algunos veranos, cuando un islamista con un camión asesinó a más de ochenta personas hizo imprescindible tomar medidas, y ahora las zonas peatonales tienen grandes macetas o similares, decorativas o no, que permiten el paso de vehículos si fueran necesarios, pero les obligan a realizar un incómodo zigzag, por lo que no se pueden lanzar a la carrera en ningún caso. Son medidas de seguridad pasiva pensadas para minimizar los daños que pueda cometer algún suicida, pero que no los eliminan por completo. Dificultan su acción, disuaden parcialmente.

A lo largo de este fin de semana, paseando por el centro de un Madrid abarrotado, me ha dado la sensación de que he visto más policía de lo normal, pero eso puede ser eso, una sensación de un testigo que no tiene valor alguno. Sí imagino a los responsables de seguridad de nuestro país y al del resto de naciones europeas empezando a movilizar recursos, a extremar las precauciones ya volver a ponerse en un estado de alerta vigilante como no se veía desde hace algunos años, porque la amenaza vuelve, y es de esperar que sea más intensa cuanto más dure y más cruel se vuelva la guerra entre Israel y Hamas. Crucemos los dedos, pero me temo que tendremos desgracias por delante que narrar.

lunes, octubre 09, 2023

Guerra Israel Hamas

De una manera imprevista, intensa, planificada y cruel, el grupo terrorista Hamas, dominante en la franja de Gaza, lanzó el sábado a primera hora de la mañana un ataque coordinado por tierra, mar y aire contra Israel, lanzando miles de cohetes, derribando parte de la alambrada que separa la franja del territorio israelí y logrando que cientos de sus combatientes penetrasen en el país. También se produjo una infiltración vía marítima con lanchas que partieron de las costas gazadíes hasta alcanzar las israelitas, e incluso guerrilleros montados en parapentes despegaron en el suelo de la franja para alcanzar territorio del país vecino y sembrar allí el terror.

Está es, sin duda, la mayor operación de ataque lanzada por Hamas en su historia, tanto en medios como en intensidad y, tristemente, en víctimas causadas. A mediodía del sábado, en medio del estupor absoluto, algunas localidades del sur de Israel cercanas a la franja estaban tomadas por milicianos de Hamas, que tenían dos objetivos principales; secuestrar a ciudadanos para utilizarlos como futuros rehenes y asesinar a todos los demás que pudieran encontrar. El balance de víctimas causado por el ataque es provisional, pero las bajas israelíes superan los 700 fallecidos en el peor episodio desde la guerra de Yon Kippur, que comenzó, curiosamente, o no, cincuenta años y un día antes del ataque del sábado. La festividad sagrada israelí, unida a que en Sabbath muchos de los servicios del país no funcionan, dejó más expedito el camino de lo normal para un ataque que ha llevado a Israel a un estado de guerra declarada frente a Hamas y lo ha puesto contra las cuerdas como no sucedía desde ese hace medio siglo. El primer ministro, Netanyahu, que ha estado estos meses muy ocupado en dividir a la nación con una reforma judicial que busca exonerarle de los posibles delitos que pudiera haber cometido (sí, en otras partes también se cuecen infames amnistías desde el poder) compareció ante la nación declarando la guerra de manera oficial y pidiendo unidad para lo que parece que serán bastantes días de lucha y dolor. Son un montón las reflexiones que se generan tras lo que ya ha sucedido este fin de semana, pero la de la sorpresa es, quizás, la más llamativa. Una operación como esta de Hamas no se organiza en un fin de semana de alocado yihadismo, sino que requiere tiempo, medios, entrenamiento y planificación. Ayer por la noche el WS Journal afirmaba que, desde agosto, fuerzas iraníes están detrás de la planificación de este ataque, lo que cuadraría con la intensidad de la operación, pero la pregunta obvia que surge es cómo la inteligencia de Israel, una de las más capaces del mundo, no se ha enterado en lo más mínimo de lo que se estaba organizando al otro lado de su frontera. La ausencia de información también parece ser la tónica de las agencias norteamericanas, que trabajan muy estrechamente con las israelíes, y que tampoco han emitido alerta alguna ni estaban sobre aviso de que pudiera suceder algo de semejante magnitud. El ejército de Israel, las IDF, ha sido pillado completamente por sorpresa, con reservistas diseminados por todas partes que ahora están siendo llamados a la movilización con toda la urgencia del mundo y con el estado mayor desubicado. Es posible que la situación de protestas que comentaba que se ha vivido en Israel durante meses a cuenta de la involución judicial del gobierno de Netanyahu haya servido para que, entre otras cosas, se hayan relajado vigilancias, controles y rutinas de seguridad. El propio ejército se ha dividido políticamente y muchos de los reservistas afirmaron públicamente en algunas manifestaciones que no estaban dispuestos a movilizarse para colaborar con un gobierno corrupto como el de Netanyahu si llegaba el caso. ¿Ha visto Hamas en este desmadre una ventana de oportunidad para lanar su ataque? ¿Ha percibido la debilidad necesaria para que la efectividad de su ofensiva fuera la mayor posible? No lo se, pero a buen seguro la división interna no ha ayudado nada a Israel, y la culpa de esas divisiones es de un gobierno radical, en manos de extremistas (¿les suena?) ofuscado en sus paranoias y luchando contra su propia sociedad. Tarde o temprano los responsables de seguridad e inteligencia de Israel deberán de dar explicaciones por su fracaso y, sospecho, dimitir de manera irrevocable.

Una de las causas que los analistas apuntan para que sea precisamente ahora el momento escogido por Hamas para atacar es el sostenido rumor de que las conversaciones que estaban auspiciadas por EEUU entre Arabia Saudí e Israel para otorgarse reconocimiento mutuo estaban muy avanzadas. Eso hubiera supuesto que Israel encontrase otro socio en el mundo árabe, tras los casos de Marruecos o de otras monarquías del golfo, y Hamas (léase Irán) no podía permitirlo, pese al principio de acuerdo firmado entre los saudíes e Irán. Es como pegar una patada en la mesa diciendo “aquí estoy” por parte del yihadismo. Y es patada se mide en cientos, miles de muertos.

viernes, enero 27, 2023

Ataque yihadista en Algeciras

Afortunadamente, y dentro de la desgracia que supone todo lo que ha pasado, el ataque yihadista que tuvo lugar el miércoles por la noche en Algeciras y que ha causado un muerto y varios heridos no parece ser obra de un grupo organizado, sino de un individuo aislado, eso que se denomina “lobo solitario” aunque en este caso estemos más ante la acción de un desquiciado al que el mensaje yihadista ha trastornado del todo. La ausencia de estructura en el ataque es el consuelo que queda a los que lo relatamos, pero de nada sirve a los familiares del sacristán asesinado.

Asesinato que, por lo demás, tuvo el componente de sangre fría y obstinación típico de este tipo de ataques, en los que los terroristas involucrados no dudan ni frente a víctimas heridas, corriendo a darles un remate lo más eficaz posible. El autor del ataque, provisto de una especie de katana, atacó a varias iglesias cercanas entre sí en el centro de la localidad, parece que en busca de los sacerdotes de las mismas, y fue en la segunda en la que encontró a un religioso, no el cura de la parroquia, y contra él fue. Su víctima, herida, huyó del templo pero encontró la muerte en una plaza que debe estar casi en frente del lugar de culto. Cuando el atacante quiso asediar un nuevo templo, que afortunadamente se encontraba cerrado, las fuerzas de seguridad ya pudieron hacerle frente, reducirlo y detenerlo. Se trata de un marroquí que vivía en un chamizo de mala muerte compartido por otras dos personas, que han relatado cómo en los últimos tiempos se había vuelto un desquiciado en el tema de la religión, en la devoción, en el deber del musulmán, en un proceso habitual en todos estos trámites de radicalización que se dan en los que abrazan el yihadismo. No tenía trabajo, no tenía ingresos conocidos, vivía en la marginalidad. Su acto ha vuelto a poner de relieve el peligro del yihadismo, que teníamos algo olvidado, afortunadamente, por su falta de acción en nuestro país. Pese a ello, y aunque ahora no ocupe titulares, de vez en cuando se registra la noticia de una intervención policial que desarticula una célula, o intento de creación de la misma, con la detención de algunas personas, sin que luego la atención mediática, volátil como ella sola, permita saber cómo han evolucionado las pesquisas posteriores. Es cierto que tras la caída del desgraciado DAESH el islamismo salafista ha perdido fuerza. El reino del terror que creo el mal llamado estado islámico atrajo la atención de desquiciados en todo el mundo y sus medios, físicos y financieros, permitían la proliferación y abastecimiento de células yihadistas por gran parte de occidente, en las que jugaban un papel importante los retornados, personas que habían ido a la guerra santa para defender el califato y, con un entrenamiento militar sobre el terreno, volvían a nuestras naciones dispuestas a atacar con conocimiento de causa y capacidad de crear gran daño. Esto, unido a una red de mezquitas que trabajaban en colaboración con DAESH, y al efecto imitación que surgía tras algunos de los más mediáticos atentados, nos llevó a situaciones horrendas, siendo Francia el país más atacado en nuestro entorno. Poco a poco la amenaza ha ido a menos, gracias como antes señalaba a la victoria militar sobre DESH y a la eliminación de sus componentes, pero también a la callada y muy profesional acción de las fuerzas y cuerpos de seguridad, que en España, después del desastre del 11M, se pusieron las pilas y son capaces de actuar de manera preventiva desarticulando tramas y realizando detenciones. Cada célula disuelta es una potencial tragedia evitada, que no aparece en las noticias. Las que logran huir del radar policial pueden llegar a ser letales, como la de Alcanar, causante de los atentados de Barcelona y Cambrils de 2017. El trabajo de vigilancia no descansa, no puede hacerlo.

Ha sido la figura del lobo solitario la que, en los últimos años, ha cogido el protagonismo yihadista, y realizado acciones, o al menos intentonas. De las últimas, la más cruel fue el atentado contra Salman Rushdie en agosto del pasado año, que dejó al amenazado escritor en un estado grave. Charlie Hebdo, el semanario satírico parisino, ha vuelto a ser objeto de amenazas, esta vez por parte de la teocrática dictadura iraní, tras publicar unas viñetas en las que ridiculizaba a su sanguinario Ayatola, líder supremo de la represión. La vigilancia policial ante sus sedes y para sus miembros se ha reforzado, en el temor de un futuro ataque integrista. Esa pesadilla que no cesa, que parece dormida, pero que ahí sigue.

jueves, agosto 25, 2022

Salman Rushdie sigue vivo

Durante mis dos semanas de vacaciones, la noticia más relevante que ha sucedido fue el atentado contra Salman Rushdie. Mientras yo estaba en la playa, en el que probablemente sea el único día del año que la pise, el escritor estaba en un encuentro literario que se celebraba en un pequeño pueblo en las afueras de Nueva york, cuyo nombre no recuerdo pero que remite al pasado indiano de toda aquella zona. En un momento, uno de los asistentes al evento sube al estrato en el que se encuentra Rushdie junto con otras personas, y lo apuñala, hiriéndole de gravedad. El asaltante es inmovilizado y Rushdie evacuado a un hospital, donde aún sigue.

Como comentó más de uno en las redes sociales en los días posteriores al ataque, es deprimente comprobar la ligereza con la que en occidente afrontamos los debates, que duran horas de tuits cruzados y se olvidan casi al instante, frente a la persistente memoria que demuestran los fanáticos islamistas, que muchas décadas después siguen manteniendo el odio irracional hacia el escritor anglosajón. El atacante de Rushdie, cuyo nombre, Heidi Matar, parecía ya predestinarle a cosas no muy bonitas, tiene poco más de veinte años, y cuando nació el sátrapa de Jomeini, que dictó la condena a muerte contra el escritor, llevaba ya bastante tiempo muerto, y sospecho que muy lejos de cualquier versión imaginada de paraíso. Eso no ha impedido que el odio sembrado desde el rigorismo chií iraní se haya mantenido vivo años y años, y pasado por generaciones que, ni antes ni ahora, han leído al escritor condenado. Cuando un fundamentalista decreta algo parece que escribe sus maldiciones sobre piedra, destinadas a permanecer perpetuamente en el horizonte, mientras que lo que escribimos los occidentales referido a nuestras convicciones y pensamientos se queda en el papel, que el viento se lo lleva, o en los ordenadores, que cuando se va la luz de nada sirven, tampoco cuando es tan cara como estos días. Descubre uno nuevamente que las semillas del odio logran arraigar con fuerza en los corazones de la gente y resultan muy difíciles de ser exterminadas. Tras el atentado a Rushdie se ha visto como la prensa rigorista iraní se congratulaba de lo sucedido, con un entusiasmo digno del mayor de los forofismos deportivos, y el gobierno de esa república islámica, siguiendo la tradición que ya uso en el pasado y que tan bien conocemos en nuestros lares gracias a su empleo por parte de Bildu y todo el entorno etarra, echó toda la culpa de lo sucedido al propio Rushdie, a la víctima. Por ser, por existir, por no doblegarse, por seguir ahí molestando, por no haberse muerto por sí mismo. La víctima es la culpable a los ojos del fanático, sea un escritor o un constitucionalista. Para el que odia el objeto del odio es culpable y debe ser exterminado, y todo lo que no sea eso es un desastre que debe ser corregido por el tiempo y los hechos. Nada hay de culpa en sus actos y ataques, sólo defensa ante la ignominia de que el objeto que focaliza su odio siga ahí. Rushdie lleva na vida de mierda desde que fue condenado por el nazi Jomeini, y en los últimos años, con su residencia definitivamente asentad en Nueva York, ha ido relajando sus costumbres y dejando de vivir de una manera completamente oculta, encerrada y protegida. Roberto Saviano, otro escritor amenazado por intolerantes, en este caso mafiosos italianos, ha descrito muy bien como la víctima que se oculta para protegerse acaba desarrollando un complejo de culpa que le desborda, y le sirve para justificar la vida de renuncia que lleva. Y en ese círculo de opresión y justificación el perseguido se puede derrumbar, llegando a veces a clamar para que la sentencia de muerte contra él dictada se cumpla y le libere del todo. Rushdie habrá vivido momentos similares, sin duda, pero parece haberlos superado. Su buen humor, que es algo que le caracteriza según los que le conocen, le habrá ayudado sobremanera. Y quizás, también, el agotamiento, el olvido occidental de lo trascendente.

Un aspecto interesante de este atentado ha sido no ya las condenas escuchadas por todo el mundo contra él, sino varios y clamorosos silencios que no han movido un dedo para pulsar teclas de repulsa. Gente que en redes sociales y grupos políticos denuncia la corrupción de todo y el peligro en el que se encuentra la democracia, tal y como ellos la entienden, desde que se levanta el Sol hasta que se pone, en un ejercicio de infatigable dogmatismo, no han dicho nada de nada. Obsesos que ven fascistas por todos lados pero que no los denuncian cuando los tienen realmente delante, armados y peligrosos. Nada nuevo en esos personajes, que siguen engañando a muchos, afortunadamente cada vez a menos. Por sus hechos les conoceréis.

miércoles, octubre 27, 2021

En el aniversario de Samuel Paty

En este mes de octubre se ha cumplido el primer aniversario del asesinato del profesor francés Samuel Paty, perpetrado por islamistas de origen checheno tras lo que fue una concatenación de errores, odios y mentiras. Paty enseñaba en sus clases historia y, de paso, veía la necesidad de que la libertad y la razón fueran de la mano en el mundo moderno, y sirvieran de guía para entender el pasado. Quiso la fatalidad que fueran, precisamente, el odio y el fanatismo los que acabasen con su vida en medio de una calle de su localidad de residencia, después de haber sido espiado, controlado y seguido. El asesinato de Paty tuvo poco de impulsivo, y mucho de premeditado, de obsesivo. Fue un crimen de una ominosidad difícil de superar.

En un año 2020 lleno de momentos de dolor, debo confesar que fue el de Paty el hecho que más impacto me causó, cosa que vistos los estragos del coronavirus puede sonar hasta frívolo, pero así fue. La personalidad del asesinado y todos los hechos que llevaron a su cruel muerte suponían algo ante lo que no podía evitar sentirme interpelado, afectado, o si quieren decirlo de otra manera, atacado. Cuando se produjo el crimen la ola de solidaridad con los profesores en Francia fue instantánea, el gobierno organizó un funeral de estado con la solemnidad y “grandeur” que sólo los franceses saben coreografiar y hubo llamamientos a repetir homenajes, a nombrar colegios con su nombre y a realizar actos de todo tipo en la nación para mantener viva su figura. En el aniversario de los hechos, la realidad muestra que la crueldad del asesinato posee una alargada sombra. Las autoridades francesas sí han hecho actos de recuerdo en memoria de Samuel, algunos de ellos muy públicos, y se han pronunciado discursos rememorando lo sucedido, pero el ambiente que ha dominado los actos ha sido extraño, impropio, como si la nación no quisiera realmente dar demasiada relevancia a los hechos. ¿Por qué? Por el miedo. Miedo a que una especial significación en contra del islamismo despierte monstruos dormidos que se traduzcan en nuevos atentados y muertes. Miedo al fanático, que mostró su forma de actuar y dejó claro que si él mismo ya no podrá volver a hacerlo otro lo hará. Apenas un par de centros educativos en Francia han puesto el nombre de Samuel Paty en sus instalaciones, y en casi todos los que se ha debatido el tema la discusión ha durado poco, porque la oposición de padres y otros integrantes de la comunidad escolar ha sido manifiesta. El miedo, el miedo, el miedo. Padres que temen que el lugar en el que estudia su hijo sea objeto de ataques si el nombre de un asesinado preside la entrada del centro, profesores que sienten a Paty como uno de los suyos, porque lo era, pero que no quieren acabar de la misma manera, asesinados de una forma cruel. Directores de colegios que ven cómo su figura debiera ser la que impusiera la decisión de cambio de nombre pero que están tan asustados como todos los demás, y saben que si toman esa determinación no sólo van a tener la sensación de que su vida peligra, sino que en el día a día van a enfrentarse a todos con los que trabajan, y para los que lo hacen, y ser vistos como los culpables de “lo que pueda pasar”. El miedo que el fanatismo islamista, que ese terrorismo ha sembrado en la sociedad es profundo, de raíces poderosas, regadas con sangre de cientos de víctimas, y funciona como herramienta de presión. Había necesidad por parte de las autoridades francesas de recordar el asesinato de Paty, pero un gran deseo por parte de la sociedad de hacerlo sin mucho ruido, como si no se notase, por lo bajinis, para que la bestia no se entere y suelte un nuevo zarpazo. Los ciudadanos no somos héroes, y el asesino bien que lo sabe.

En París, un pequeño jardín sito junto a la universidad de la Sorbona, junto a la plaza Paul Painlevé, se ha bautizado con el nombre de Samuel Paty, y se ha instalado una pequeña placa, mucho menor que cualquiera de los anuncios comerciales que podrán verse en la zona, recordando quién era y cómo fue asesinado y por qué. Este pequeño espacio es el destinado a la memoria de un hombre íntegro en una ciudad llena de monumentos que deslumbran por su audacia y tamaño. El jardín, poquita cosa, está en un sitio especial, cerca de uno de los templos de la educación europea, que ante este asesinato se ha comportado con la misma frialdad con la que lo han hecho otras tantas instituciones. El homenaje que se pueda hacer a Paty será, allí, discreto, oculto, temeroso. Ese jardín, y nuestra conciencia, es el lugar en el que anida el recuerdo de Samuel, y su valiente, necesaria, figura e historia.

viernes, agosto 27, 2021

Masacre islamista en Kabul

Ayer les comentaba el enorme riesgo que corrían nuestros efectivos que trabajan sin descanso en la misión de rescate en Kabul, junto con todos los que allí se encuentran, por las tensiones derivadas de las avalanchas en el aeropuerto y la advertencia de atentados o ataques. Es una situación mucho más descontrolada de lo que parece y que podía ser alterada en cualquier momento por una acción criminal. Bastaron horas para que una tragedia de ese estilo se diera, y un doble atentado perpetrado por islamistas de DAESH rama Jorasan (el ISIS –K en anglosajón) sembró la ciudad de cadáveres, de terror a los supervivientes y de urgencia extrema a las evacuaciones, cancelándolas en muchos casos.

Un doble atentado bien diseñado con muchos objetivos. En primer lugar, un suicida se inmoló en una de las puertas de acceso al complejo aeroportuario de la ciudad, con lo que la gran mayoría de los fallecidos son afganos, puede que también algún miembro de la seguridad talibán que controlaba los accesos y de las fuerzas occidentales. Un acto bárbaro, que deja escenas desoladoras de muerte y salvajismo, que busca aterrorizar a los afganos y advertirles de que no traten de huir. En segundo lugar, un coche bomba junto al hotel Baron, cerca del aeropuerto, lugar utilizado sobre todo, aunque no sólo, por Reino Unido y EEUU para concentrar a sus colaboradores y conducirlos así unificados al aeropuerto, un ataque que buscaba tanto a los afganos que han colaborado con las dos principales potencias como al personal militar norteamericano encargado de la tarea de seguridad y retorno a casa. Y los encontraron. A esta hora el balance de estas explosiones aún está abierto, se habla de un centenar de muertos y cientos de heridos, y de todas esas bajas unas trece corresponden a militares norteamericanos, en lo que es uno de los golpes más duros que ha recibido su ejército en bastante tiempo. A última hora de la tarde de ayer los malditos islamistas de DAESH reivindicaron su cruel acción, y aunque no se si en el comunicado hacen referencia al respecto, son obvios los temores a que no sea la última antes de la fecha límite marcada por los talibanes del 31 de agosto. El ataque pone a todas las partes en aviso sobre el profundo deterioro de la situación en aquel país, en el que la milicia talibán, armada hasta los dientes y en poder del armamento dejado por EEUU, controla el territorio pero, obviamente, es incapaz de garantizar la seguridad, y la presencia de grupos de DAESH en el país, grupos que consideran blandos a los talibanes, que no los ven lo suficientemente rigoristas, e incluso que les consideran traidores tras el acuerdo al que llegaron el año pasado con el presidente Trump para regular las condiciones y plazos de la retirada. ¿Se abre desde ya un enfrentamiento interno entre los talibanes y DAESH? Pronto es para asegurar cualquier cosa, pero sin duda algo de eso hay. Ahora mismo ese país es un desbarajuste total en el que, a buen seguro, excombatientes de DAESH y dirigentes, algunos liberados por los talibanes, reorganizan su estrategia y tratan de consolidar una posición desde la que intervenir. DAESH fue derrotado en Siria, pero ni su funesta ideología ni todos sus miembros se erradicaron del mapa. La imagen de los talibanes venciendo al gobierno afgano y provocando la salida, mejor huida, de las tropas norteamericanas, ha debido ser festejada por todos los islamistas del mundo, desde los sitos en las montañas peladas de Afganistán a los que residen en barrios de nuestras ciudades. Es un triunfo clamoroso. Ahora, a partir de la semana que viene, sin presencia de tropas extranjeras en el terreno, con armamento por doquier y ganas de lucha, Afganistán corre el riesgo de sumirse, otra vez, en un mar de enfrentamientos entre facciones islamistas por el control del poder y el rigor doctrinario. Si usted fuera un afgano normal haría todo lo posible por salir de ese infierno. Eso es lo único seguro en toda esta cruel historia.

De momento, desde ahora hasta el martes que viene, un presidente Biden con aspecto compungido y cansado ha afirmado que los EEUU mantendrán el dispositivo de evacuación, sabiendo que el riesgo de nuevos ataques es extremo. Varios países, como Alemania o Francia, dieron ayer por acabadas sus operaciones tras lo sucedido, y hoy sabremos lo que vamos a hacer nosotros, aunque las apuestas apuntan a que pueda ser este viernes el último día de la operación española. Sobre el terreno, nuestros efectivos viven una situación angustiosa que no deja de complicarse a cada minuto. De momento no fueron afectados por los atentados de ayer, pero el riesgo es altísimo. Pesadilla sin fin en un Kabul que cae en las sombras islamislas.

viernes, marzo 12, 2021

La mentira que mató a Samuel Paty

Cierto es que el fatídico año pasado está lleno de noticias enormes que lo cubren todo, y que nos marcarán durante décadas, casi todas ellas englobadas dentro de LA noticia que es la pandemia, pero pasaron más cosas que marcan. Una, al menos para mi, fue el salvaje asesinato en Francia de Samuel Paty, profesor, decapitado por un islamista, ejecutado por un fanático. Se sigue investigando sobre aquel cruel suceso, y las noticias que salen a la luz aumentan la vileza de todo lo que pasó y encumbran aún más a Samuel, cuyo homenaje público fue tan intenso y fugaz como perdurable parece ser el esfuerzo de nuestra sociedad en olvidar su legado.

Según la versión oficial del atentado, todo empezó varios días después de que Samuel, en una de sus clases, enseñase alguna de las viñetas de Mahoma de Charlie Hebdo y una alumna se ausentase del aula, haciendo uso de la prerrogativa que el profesor le daba para no sentirse ofendida si así se consideraba. A partir de ahí el padre de la alumna puso una denuncia contra el profesor por insultar a su religión y empezó una campaña de odio en redes sociales que acabó siendo escuchada por un islamista que fue el que asesinó al docente de una manera cruel y despiadada. Una historia interesante que, espoleada por el fanatismo, degenera en tragedia. Pues bien, ahora se ha sabido que la parte inicial de este relato es falsa. La estudiante que comentó a su padre lo que había hecho Samuel y que había salido de clase mintió, no estuvo en el aula ese día, ni vio las caricaturas ni nada de nada. Contó una mentira a su padre sobre lo que había pasado en esa jornada, y con esa mentira de base su padre puso una denuncia y encendió el odio en las redes, y luego vino todo lo demás. Sobrepasada por los hechos, asustada, la alumna de 13 años mintió a todos lo que hablaron con ella ese día y dio comienzo a una secuencia delirante de acontecimientos que degeneraron sin que ella ni pudiera evitarlo ni fuera capaz de imaginar lo que iba a pasar. Dio una patada a una piedra para esconder una falta (quizás una pira escolar como otra cualquiera) y esa piedra empezó a rodar hasta generar una avalancha que acabó con la vida de Samuel. Parece el argumento de una tragedia clásica de destinos enredados, dioses furiosos y sangre derramada, pero es la cruel realidad de lo que sucedió, con la triste paradoja de que es justo la sangre derramada del justo lo único que se asemeja plenamente a lo que, con esmero, se representa desde hace milenios atendiendo a los geniales textos griegos. La mentira de esa niña fue, de manera inconsciente, el primer clavo de la tumba de un Samuel que estaba en manos de fuerzas oscuras y poderosas de las que ni era consciente ni tenía manera de imaginar hasta qué punto iban a cebarse con él. El caso reúne lo mejor y lo peor de la condición humana, la fragilidad del héroe voluntario que no quiere serlo, que cumple con su deber de manera silenciosa, y la crueldad máxima del fanatismo que tiene en la violencia su arma más eficaz, para acallar la voz y pensamiento de quien de él discrepa. ¿cómo será la vida de esa niña cuando sea capaz de asumir lo que ha pasado? Ella no es culpable de la muerte de Samuel, lo es su ejecutor y la ideología que lo ampara, pero el ser consciente de que una mentira propia ha originado esa cruel cadena de sucesos no puede dejar inmune a nadie, le rodea de un conjunto de sentimientos que, a buen seguro, le condicionarán en el futuro. Y nunca podrá olvidar a su profesor, que ya no está, que no puede volver de la nada a la que le han condenado.

El ejemplo de Samuel debiera ser honrado sin cesar por parte de todos pero, ay, en nuestra sociedad, cobarde y acomodada, el valor de quien hace las cosas bien no se reconoce. Hace poco un instituto francés que iba a rebautizarse con el nombre de este maestro cambió de idea por miedo a posibles ataques islamistas. La mayor parte de la comunidad escolar votó en contra, por miedo. Ojalá en nuestras ciudades hubiera una calle dedicada a Samuel Paty, ojalá en nuestros pueblos hubiera colegios e institutos dedicados a Samuel Paty, ojalá pudiéramos hacer algo que nos permitiera estar mínimamente orgullosos de nosotros mismos, recordando la memoria de Samuel, que nos enseñó algo tan valioso como que la libertad cuesta, y que la luz es perseguida por las sombras. Ojalá no sigamos siendo tan viles y cobardes.

miércoles, octubre 28, 2020

¡Viva Francia!, ¡Viva Macron!

Resulta inquietante hasta qué punto el fanatismo religioso puede llegar a someter a poblaciones enteras y desatar iras por doquier. Hemos visto en estos pasados días lo sucedido con el obre profesor francés Samuel Paty, asesinado vilmente por un chaval de dieciocho años, que estaba imbuido en el odio islamista, pero resulta que la respuesta cívica desarrollada en Francia contra esa salvajada, frente a un atentado que va contra los principios básicos de la República francesa, ha desatado una ola de ira en gran parte de la comunidad musulmana de todo el mundo, poniendo en el ojo de la tormenta, y quizás en el punto de mira de alguno, a su presidente, Emanuel Macron, que pronunció un valiente discurso en el funeral de estado de Samuel.

Y no crean que esto es sólo un asunto de algunas mezquitas descarriadas que van por libre y están contaminadas por el odio, no, es mucho más profundo. El gobierno autoritario de Turquía, encabezado por Erdogan, otro hombre fuerte en un mundo creciente de ellos, ha visto que aquí hay carnaza para encabezar su particular movimiento de lucha pro islámica, que viene muy bien a un régimen que atraviesa por graves problemas económicos derivados del maldito coronavirus. Los improperios contra Macron por parte de algunos miembros intermedios del gobierno turco han ido subiendo de intensidad y han llegado a insultos proferidos por ministros, en lo que es una escalada verbal muy grave. De momento la diplomacia trata de frenar las cosas mediante la llamada a consultas de los embajadores respectivos y la congelación de relaciones, pero es evidente que, más allá del oportunismo del gobierno turco para sacar pecho ante la comunidad musulmana y convertirse en un referente político de la misma, aquí hay un problema de fondo muy serio sobre la libertad de expresión, el respeto a las ideas y el sagrado, absoluto, respeto a las personas. Nada de lo que ha dicho Macron, y otros líderes franceses de ideologías diversas, resulta ofensivo para un creyente musulmán, y sí lo es para el fanático islamista, porque en ningún caso se trata de prohibir una creencia, sino que esta se encauce dentro de la ley del país en el que se desarrolle. Este debate me recuerda mucho al viciado asunto del independentismo catalán, en el que los victimistas de Puigdemont y cía pregonan a todos los vientos que en España se prohíben las ideas, cuando lo que está prohibido, como en todas partes, es cometer delitos, sea cual sea la idea, o la ausencia de ella, que lo ampare. No hay ideologías prohibidas en España, como no hay religiones prohibidas en Francia, pero en ambos países es delito que alguien robe o mate a otra persona, lo justifique porque se lo ha dicho Maoma, el Papa o el independentista Abad de Monserrat. Esta separación entre creencias privadas y comportamientos públicos es uno de los pilares en los que se funda el sistema de libertades que se ha construido en occidente tras varios siglos de disputas y muertes, en las que han sido principalmente facciones del cristianismo las que han ensangrentado naciones como las europeas. Con el tiempo la religión cristiana ha sido “domesticada” y, pese a que hay diferencias profundas entre católicos, protestantes y ortodoxos, por poner tres comunidades que viven en nuestro continente, sería absurdo que un grupo de, pongamos, católicos fanáticos, se pusiera a atentar contra otra rama de la iglesia de Cristo por lo que fuera. Y si algo de eso sucediera las autoridades los debieran perseguir con el mismo ímpetu con el que se combate al islamismo, porque estaríamos ante el mismo fenómeno, el radicalismo de una ideología, en este caso de una religión, que considera a las personas como meros instrumentos para alcanzar sus fines y que, como tales, se pueden utilizar, sacrificar, eliminar o lo que se desee. Es libre creer en lo que se quiera, pero la ley hay que cumplirla más allá de las creencias.

Francia impuso el laicismo a partir de su revolución y es el sistema educativo republicano una de las herramientas fundamentales para que los ciudadanos de aquel país sean formados en los valores que inspiró aquel movimiento. Por eso, además de por su sádica crueldad e injusticia, el asesinato de Samuel Paty ha sido visto al otro lado de los Pirineos como un atentado contra lo más profundo del corpus que sustenta la Francia republicana. De ahí la defensa cerrada de Macron y del resto de dirigentes e intelectuales de aquel país de sus instituciones, de la libertad que en ellas se encarna y de la necesidad de defenderlas. No está Francia sola en su empeño. Mucho le apoyamos. Muchos nos sentimos gabachos ante situaciones como estas.

Subo hoy a Elorrio en medio de la incertidumbre y, si todo va normal, el martes por la tarde volveré a Madrid. A saber cómo estará la pandemia para entonces, y si el nuevo confinamiento hogareño será ya, como preveo, una realidad a las puertas. Cuídense mucho

lunes, octubre 19, 2020

Samuel Paty, profesor

Samuel Paty era profesor de geografía e historia de un centro educativo sito a unos treinta kilómetros al norte de París, en el extrarradio de la ciudad. Tenía 47 años, prácticamente mi generación. Enseñaba a los críos materias puras como las citadas pero también suscitaba en ellos debates y charlas sobre temas de actualidad. Dicen los que le conocían que le gustaba mucho que sus alumnos no sólo aprendieran el temario debido, sino que, siendo aún muy jóvenes, empezaran a hacerse preguntas sobre lo que les rodea, a cuestionarse cosas, a aprender de cómo funciona la vida y qué papel desean tener en ella. Paty les trataba como adultos.

Hace un par de semanas, más o menos, Paty organizó un debate en clase sobre la libertad de expresión y sus límites, al calor de la actualidad francesa, dominada como todas por el coronavirus, pero que entre sus temas de agenda local tiene el juicio de los atentados de Charlie Hebdo como uno de los ejes principales. Samuel avisó a sus alumnos de que tratarían este asunto y que les iba a mostrar las caricaturas que publicó el semanario satírico para que supieran de qué estaban hablando. Con alumnos y padres que profesan la religión musulmana, y a buen seguro sin creer en esa acción, Paty indicó a los que seguían esa religión de su clase que eran libres de abandonar el aula si no querían ver esas viñetas, que podían considerar ofensivas para su Dios, su profeta, su ley. Algunos al parecer lo hicieron, otros no. La clase tuvo lugar sin que haya trascendido noticia alguna sobre incidentes durante su transcurso. Pero a partir de ahí algo cambió. Alumnos que salieron del aula siguiendo el consejo del profesor contaron en casa a lo que habían dedicado la hora escolar, y algunos padres empezaron a mostrar enojo por lo que consideraban una repetición de la infamia que en su día perpetró, según ellos, el semanario parisino atacado. Se ha sabido con posterioridad que a partir de ese momento empezaron a llegar amenazas al centro educativo en el que trabajaba Samuel y que las redes, esos ríos de internet que pueden ser remansos de paz o pestilentes cataratas, se empezaron a llenar de insultos, de odio y amenazas ante lo que había hecho un infiel. Es difícil saber si Samuel supo durante esos días y los siguientes la dimensión del problema que se había creado, o el riesgo que corría. Seguramente, como casi todo el mundo en su entorno, no fue consciente de ello, y mientras una nube negra se cernía sobre él nada alteraba su vida, rutinas y empeños. El pasado viernes, por la tarde, un chico de apenas dieciocho años, de origen checheno, residente en Francia junto con el resto de su familia con el estatus de refugiado, encontró a Samuel en la calle, cerca del colegio. Al parecer había preguntado a algunos alumnos de allí para saber quién era concretamente el profesor, porque ese chaval, cuyo nombre no quiero reproducir, no estudiaba en ese centro. Cuando estuvo seguro de quién era el profesor, se acercó a él, sacó un cuchillo de poco menos de medio metro de largo y, sin mediar palabra, degolló a Paty, que probablemente en ningún momento fue consciente de lo que pasaba ni supo que ese era el final de su vida. El tajo certero dejó sin opciones al maestro, pero no contento con ello, el asesino terminó el proceso de corte, decapitó la cabeza y la dejó sobre el cuerpo, desmadejado, de su víctima, sobre los restos de la sumaria ejecución que había perpetrado. Al parecer sacó alguna foto y la colgó en otra de esas redes sociales, mostrando el absoluto orgullo de la acción realizada. Gritos, histeria de quienes veían una escena de horror absoluto, llamadas a la policía… la tarde noche del viernes es un caos en Conflans Sainte-Honore, que termina con las fuerzas de seguridad rodeando al atacante, a ese chaval, que opone resistencia movido por un ciego fanatismo, y finalmente es abatido a tiros por la policía, que no es capaz de reducirlo. Su cadáver acaba en el suelo, el mismo suelo que, hace pocas horas, fue mancillado por su repugnante acción. Sólo la sangre que gotea de ambos cuerpos y empapa la misma tierra es la única similitud entre ambas muertes.

La profesión de Paty, profesor, maestro, como quieran llamarla, es la vía más lenta pero efectiva para crear generaciones de ciudadanos en libertad, adultos, conscientes de que la vida a la que se enfrentan es complicada, pero que poseen armas para vencerla, como son el conocimiento, la razón, la inteligencia y la duda. Frente a la escuela, frente al saber, el fanatismo islamista volvió a demostrar el viernes pasado que es sólo rabia, sólo terror, sólo oscuridad. Paty, ejecutado, se ha convertido en un mártir laico de la educación en Francia, y en todo el mundo. Un ejemplo de la amenaza a la que se ven enfrentados los maestros allí, y en todas las partes del mundo, cuando el fanático desea acallarlos, para que su discurso totalitario sea el único. Samuel Paty es un ejemplo para todos, alguien que fue valiente y que, con orgullo, hizo una de las cosas más importantes que en la vida existen. Enseñar

lunes, diciembre 02, 2019

Morir en el puente de Londres


Aún hay detalles que se me escapan, pero parece que todo transcurrió de la siguiente manera. El atacante acude a una conferencia sobre la rehabilitación de terroristas que han sido condenados por su radicalización, y es a la salida del acto cuando, armado con un gran cuchillo, ataca a algunas personas que se encuentra en su camino. Carece de objetivos concretos, sólo quiere hacer daño y rápido, ya. Dos son las víctimas mortales que deja por el camino en su avance hacia la nada. Huye corriendo y llega al próximo puente de Londres, donde es rodeado por algunos perseguidores que le seguían desde la sala de conferencias. Le reducen, desarman. La policía lo acaba abatiendo.

La secuencia, a escala, se repite con una alta frecuencia en casi todos los atentados terroristas, con diferentes detalles, balance de víctimas y formas de conclusión. Esta es la segunda vez que el puente de Londres, quizá no el más famoso, pero sí el más antiguo de la ciudad, es testigo de un atentado yihadista. Hace un par de años el ataque tuvo lugar en la orilla contraria, cerca de la estación de London Bridge, y fue protagonizado por untos terroristas que usaron coches como armas para atropellar a la multitud, y también la actuación heroica de algunos ciudadanos evitó que el atentado siguiera aumentando su balance de víctimas, que en este caso creo recordad fue de seis o siete. Ese fue el atentado en el que falleció Ignacio Echevarría, el héroe del monopatín, que se enfrentó a los asesinos y dejó su vida en la orilla sur del Támesis, justo al lado del puente. Los héroes que impidieron al terrorista del viernes continuar su atentado no los conozco, pero su carácter y valor es idéntico al de Ignacio. Al parecer, con extintores tomados de la sala en la que se realizaba la conferencia, e incluso con un arpón o algo similar que decoraba aquellos salones, algunas personas no dudaron en perseguir al atacante hasta reducirlo, mientras otros llamaban a una policía que acudía a toda velocidad a un lugar tan céntrico como transitado. Portaba el terrorista un cinturón de explosivos que se demostró falso, pero que en ese instante era tan real para él mismo como, sobre todo, para los desconocidos que trataban de aprisionarlo de la mejor manera que se les ocurría. ¿Y si ese cinturón hubiera sido real? ¿Y si el terrorista se hubiera zafado de sus perseguidores acabando con sus vidas? La única diferencia sería el recuento de víctimas del atentado y el lugar en el que el asesino sería capturado, o la forma en la que sus restos mortales ingresarían en la morgue más cercana. El dolor del acto sería mayor, porque lo medimos en el número de víctimas, pero las tragedias individuales causadas serían, cada una de ellas, inmedibles para los allegados de las víctimas. No fue así, las bombas no eran tales, y la carrera del asesino acabó en la orilla norte del Támesis, pero las imágenes que hemos visto, de forcejeo, de espuma saliendo de la boca de los extintores, de brazos y cuerpos que se enzarzan en una lucha por impedir que el mal se prolongue dejan muy a las claras lo que pasó, reverdecen el recuerdo de ataques pasados, nos demuestran que el terrorismo no descansa, pese a que parezca dormido, que pese a encontrarse debilitado y asediado por nuestra inteligencia las mentes malignas siguen maquinando planes, que algún descerebrado no necesita armas de complejo diseño y cara factura para sembrar el terror y que la ciudadanía a veces responde con valor y arrojo ante situaciones que a muchos, empezando por mi mismo, me producirían un pánico atroz. La secuencia que hemos visto en otros atentados, concentrada esta vez en escasos minutos, en pocos metros, en apenas una distancia de pasos a la orilla del Támesis.

A las puertas de la Navidad Londres ha sido golpeada nuevamente por un atentado, que se inmiscuye plenamente en la campaña electoral que se vive en el país de cara a los comicios del jueves de la semana que viene. Johnson ha visto en este ataque una nueva vía para aumentar su populismo con promesas de dureza mediante ante una serie de actos que, más allá de las leyes, demuestran la irracionalidad absoluta y el descontrol que el maligno pensar impone a aquellos que logra someter a su voluntad. Vendrán más atentados, habrá nuevas víctimas, pero el puente de Londres seguirá en pie, los ciudadanos lo cruzarán y, por mucho dolos que causen, los terroristas nunca vencerán.

lunes, octubre 28, 2019

Al Bagdadi ha caído


Como sucedió con la muerte de Bin Laden, que con posterioridad nos enteramos de bastantes detalles y de otros muchos nunca sabremos nada, la ejecución de Abu Baker al Bagdadi, que tuvo lugar ayer, es una de esas grandes operaciones de contrainteligencia que asestan un duro golpe a la organización que el líder preside, en este caso el infame DAESH, que queda descabezada, pero no supone el fin de la organización ni, mucho menos, que nos podamos relajar en la lucha contra el terrorismo islamista. La de ayer fue una jornada de triunfo frente a ese imperio del mal, pero como la hidra clásica, no tardarán en surgir nuevas cabezas dotadas de estrategias mortíferas.

De hecho uno ve la evolución del terrorismo islamista con los años y comprueba que su sofisticación y densidad maligna no dejan de crecer. La caída de Al Queda y Bin Laden fue suplida por la creación del califato asesino de Al Bagdadi, que fue mucho más poderoso y cruel de lo que nuca soñó el malnacido de Osama. Su creación de un auténtico reino del mal logró un éxito sin precedentes, tanto por la extensión del territorio conquistado como por los recursos que llegó a manejar y la población que sometió. Fue necesaria una coalición internacional, que sólo se vio realmente espoleada tras los crueles atentados yihadistas en Europa, en especial en Francia, para derrotar a DAESH sobre el terreno, y se hizo mediante la subcontratación de ese crudo trabajo principalmente a los milicianos kurdos, esos mismos a los que ahora EEUU, es decir, nosotros, volvemos a abandonar a su suerte tras haber derramado su sangre para librarnos de la pesadilla. En pocos lugares como el escenario sirio se han cometido vilezas, traiciones y salvajadas de dimensión tan enorme como irracional. Rusia, que en un principio miraba la situación de reojo, acabó entrando en esa guerra usando el combate contra DAESH como excusa, pero teniendo claro en todo momento que su único interés era el de mantener en pie el gobierno aliado de Asad en Damasco para conservar su acceso al Mediterráneo y posición en la zona. El devenir de los acontecimientos ha sido el mejor de los sueños para los estrategas de Moscú. Asad sigue en el poder de un gobierno que ya controla gran parte del antiguo territorio del país, el islamismo ha sido derrotado en gran parte, las milicias kurdas, abandonadas, se repliegan de sus posiciones y las tropas rusas campan por sus anchas por un país devastado que, en la práctica, empieza a ser un protectorado de Moscú y Teherán, el otro ganador en esta contienda. El papel de los occidentales en la guerra empezó siendo escaso y ha acabado en la más absoluta irrelevancia, o más bien ignominia tras los movimientos amparados por Trump, que si quería regalar el terreno de juego a su amigo Putin al menos podía haber disimulado un poco. La eliminación de Al Bagdadi es un gran golpe, y como tal lo vendió ayer la Casa Blanca, y bien que hace, porque no le falta razón al congratularse de la noticia, pero resulta algo irónico, por usar un término suave, que sean los americanos los que se atribuyen el éxito de una operación que, quizás sí, ha sido finalmente ejecutada por sus tropas, pero que en ningún momento se ha debido a los esfuerzos militares de la superpotencia. La cada vez más evidente intención de Trump de replegarse de los escenarios internacionales de conflicto llevará la tranquilidad a los buenistas que no desean las guerras sólo cuando son encabezadas por EEUU, que ahora observan con dilema que es este presidente precisamente el que les hace caso, pero esa retirada del imperio deja sitio a otros, que actúan aún con mayor crueldad y, desde luego, menor transparencia. Atrévase usted a preguntar a Putin cuál es su estrategia en Oriente Medio, y si es capaz de soportar la fría mirada de ese líder, que expresa odio sereno a cada momento, me lo cuenta.

Y sobre los islamistas, ¿es posible que resurjan? Sí, lo harán, pero de otra manera, sin lugar a dudas. Muchos de sus combatientes y los que hasta allí viajaron para unirse a la pesadilla de DAESH directamente ya no son un problema porque han sido liquidados en la guerra, pero no son pocos los que seguían encarcelados en manos de los kurdos, y uso un término en pasado porque la ofensiva turca de estos últimos días está contribuyendo a que muchos huyan y puedan reagruparse. La zona seguirá siendo inestable mucho tiempo y es casi seguro que muy pocas buenas noticias puedan surgir de allí. Junto con su nuevo aliado turco, Moscú expresa dudas sobre lo sucedido, pero parece que esta vez sí, que Al Bagdadi ha caído. Su vida de terror ha terminado.

jueves, abril 25, 2019

Atroces atentados en Sri Lanka


Qué injusto es el tratamiento de la actualidad que realizan los medios, y qué injusta es la percepción de la realidad que tenemos como personas, valorando en extremo lo cercano y devaluando lo que se nos antoja lejano. El domingo de resurrección se produjo en Sri Lanka un ataque terrorista, en forma de suicidas coordinados cargados de explosivos, que atacó centros religiosos cristianos y hoteles de lujo, con un balance que aún no se ha cerrado, pero que supera ampliamente los trescientos muertos. Sí, sí, trescientos asesinados en una sola jornada, mediante el uso de un comando no formado por más de siete u ocho atacantes suicidas, que detonaron los explosivos que portaban con una frialdad y eficiencia tan pasmosa como escalofriante.

Una de las imágenes icónicas de los atentados la ofrece una de las iglesias arrasadas, en la que las cámaras muestran unos momentos de oración en la misa de Pascua. El templo, no muy grande, aparece repleto de gente y en el vídeo se señala al que, con posterioridad, se ha identificado como el asesino que perpetró la matanza, que entra y sale del recinto, cargado con una mochila portadora de muerte, en una escena que parece trivial y que nada hace presagiar que pudiera ser el preludio del horror. Cerca de cien personas murieron en el interior de esa iglesia, que quedó devastada por el efecto de la explosión. Que algo así se produjera precisamente en la celebración de la resurrección del Señor es aún más nauseabundo si cabe. La comunidad cristiana de aquel país es escasa, entorno al 7% de la población, casi la misma proporción que musulmanes en una nación donde el dominio religioso es claramente budista. A estos ataques religiosos se sumaron asaltos a hoteles de lujo en la capital, Colombo, y otras ciudades, con decenas de muertos en ellos, entre los que se encuentra la pareja española que ha tenido la desgraciada suerte de verse involucrada en medio de esta carnicería. Si los atentados contra los cristianos pudieran tener un origen de lucha religiosa, los dirigidos a los hoteles buscan, en apariencia, dañar al turismo, una de las principales industrias del país, y en conjunto, unos y otros, tratan de desestabilizar la sociedad de la antigua Ceilán, mosaico de culturas y orígenes, que lleva unos pocos años tranquila tras décadas de luchas entre el gobierno nacional y la guerrilla de los tamiles, un grupo separatista de, creo recordar, la zona norte de la isla. En parte el objetivo de ponerlo todo patas arriba buscado por los terroristas se ha logrado, dado que algunas informaciones señalaban que fuentes del gobierno e inteligencia poseían información sobre posibles atentados, pero esa información ni circuló por todos los estamentos del poder ni supuso adoptar medidas de ningún tipo. El gobierno está procediendo a una purga en los servicios de seguridad y defensa, por lo que parece un gravísimo fallo a la hora de gestionar la información. Queda la duda, siempre presente en estos casos, de si algo tan horrendo pudiera haber sido evitado, duda que en este caso resulta algo más que razonable ante esas informaciones no atendidas y esa falta de diligencia en la seguridad. Las autoridades del país deberán dar explicaciones muy serias sobre lo que ha pasado, que se hizo y qué no, que se sabía y qué no, y hasta qué punto la seguridad falló o carecía de certezas para haber actuado. Cientos, miles de familiares de las víctimas requieren una explicación clara de lo que ha pasado, y de lo que pudo hacerse. De nada sirve ya lamentarse, porque nada devolverá la vida a los asesinados y consuelos a sus allegados, pero quedan muchas preguntas por contestarse y el gobierno de Sri Lanka debe respuestas, una deuda que no se puede condonar bajo ningún pretexto.

Poco a poco se van conociendo los perfiles de los atacantes, de las personas como usted y como yo, que llevaron a cabo semejante salvajada, y nos encontramos ante individuos acomodados, de alto nivel cultural y de renta, no ante parias desesperados captados en medio de sus angustiosas necesidades. La implicación de un grupo yihadista local parece clara, y empiezan a estudiarse más que probables relaciones con DAESH, dada la complejidad de unos atentados donde la simultaneidad y precisión ha sido digna de un ataque coordinado por un grupo fuertemente entrenado. La décima parte de lo sucedido en Sri Lanka llenaría las portadas de todo el mundo de haber pasado en nuestro entorno mediático y emocional. Pero no dejemos que la lejanía de aquellas tierras nos haga olvidar que más de trescientas personas, más de trescientas personas, fueron asesinadas el Domingo de Pascua de 2019.

martes, marzo 19, 2019

El terror como respuesta


Aún no está claro qué es lo que pasó ayer en Utrecht, en un acto de aspecto terrorista que causó tres muertos y varios heridos. Un individuo, de origen tuco, disparó en uno de esos tranvías tan cucos, como de juguete, que viajan por las calles del norte de Europa, y sembró el terror en la localidad holandesa. Su detención se produjo entrada ya la tarde, y el sospechoso es un viejo conocido de la policía holandesa, con varias causas y antecedentes de todo tipo. Se sospecha que incluso el móvil sentimental pudiera estar detrás de lo sucedido, perdiendo fuerza la hipótesis de terrorismo que a lo largo de la mañana dominaba todas las redacciones. Habrá que verlo.

Pero el mero hecho de que conocida la noticia todos pensáramos en terrorismo es un mero, clarísimo, triunfo de la propaganda que los malvados han sembrado en nuestras sociedades. Tras el atentado de Nueva Zelanda del viernes era fácil pensar en una respuesta, y que algo así sucediera en la vieja Zelanda desataba todas las conexiones lógicas que nuestras mentes no dejan de hacer, sean correctas o no. La sensación de cierta inseguridad que el terrorismo yihadista ha inoculado en nuestras vidas es un absoluto éxito por su parte, y hace que su presencia, aunque se haya atenuado mucho respecto a lo que fue hace unos años, se mantenga. Como una especie de sombra tenebrosa, recurso muy utilizado en novelas fantásticas, el yihadismo ha conseguido existir entre nosotros como amenaza sin ni siquiera ejecutar actos viles, sólo con la posibilidad de que estos puedan darse. Para el terrorista clásico, el anarquista de principios del siglo XX o el nacionalista de la segunda mitad del pasado siglo, imponer una sensación de miedo en la sociedad era el objetivo fundamental. Sabían perfectamente que carecen de poder, y sólo ese miedo ese su arma para amedrentar y tratar de condicionar el debate. El mismo término “terrorista” indica cuál es la herramienta, el terror, que utiliza para ejercer su acción. Si analizamos las cifras fríamente, sabemos que la inmensa mayoría de los asesinados por yihadistas son musulmanes, y lo son en naciones musulmanas, principalmente de oriente medio. El número de muertos por terrorismo en los países occidentales supone un porcentaje, sobre el total de la población, absolutamente ridículo, ínfimo, estadísticamente despreciable, pero el miedo que nos genera es incomparable. El componente suicida de los ejecutores del yihadismo nos produce miedo absoluto tanto por el daño que cometen como por el mero hecho de que ellos mismos son los primeros dañados, los primeros muertos. A partir de ahí, ¿qué esperanza nos queda? Poca. Y ese es el triunfo absoluto del terrorista. El clásico de épocas malvadas, maligno y despreciable como todos, buscaba por encima de todo su seguridad, y eso acotaba los objetivos y acciones que podía desarrollar. Londres con el IRA y, sobre todo, Madrid con ETA, vivían con la existencia de comandos terroristas que se sabían planificaban atentados, pero con un cierto grado de control sobre las dimensiones y alcance de los mismos. Incluso cuando la despiadada ETA comete matanzas como las de Hipercor en Barcelona o la plaza de la República Dominicana en Madrid no logra inocular el miedo de manera absoluta. Pero todo eso cambió, y sabemos perfectamente que día sucedió esa transformación. Fue un 11 de septiembre de 2001, cuando el mundo contempló no sólo el horror terrorista, sino el nihilismo absoluto encarnado en el centro de la modernidad global.

La sensación de que, si se produce, el riesgo de morir es altísimo y que poco se puede hacer para evitarlo han elevado la amenaza yihadista a la categoría de fenómeno de la naturaleza, como si fuera un asteroide que, cada cierto tiempo, se abate sobre nosotros y que sólo podemos esperar a que le de a otros. Como bien señala Muñoz Molina, el 11 generó un estado de paranoia que aún no nos hemos quitado de encima. Ante noticias como las de Utrecht la mente se nos dispara y recreamos una forma de atentado indiscriminado, lo sea o no. Por mucho y bien que trabajan la policía y servicios de inteligencia para evitar estos actos (son nuestro “escudo antiasteroides”) sabe el terrorista que, desde hace diecisiete años y medio, cuenta con una baza enorme, en forma de torres, de aviones, de destrucción absoluta. Y ese es su superpoder.

miércoles, diciembre 12, 2018

Atentado en Estrasburgo


El otro día pensaba para mis adentros que mucho tiempo llevábamos sin la desgracia de un atentado terrorista, sin un ataque. Me surgió la idea el viernes por la tarde noche mientras miraba libros para comprar tras haber pasado unos minutos de agobio en el centro de Madrid en medio de la marabunta de gente que llena las calles en Navidad. “No es necesario que pase casi nada para que se desencadene un desastre” pensaba tratando de avanzar entre masas de gente parcialmente ordenadas y bien aprisionadas que a duras penas lograban moverse, alcanzando por momentos la densidad de un fluido viscoso estilo miel. En esos instantes un accidente o una acción mal interpretada bastarían para desencadenar cualquier tipo de desastre, ni les cuento un ataque coordinado.

Ayer por la noche se produjo en Estrasburgo un incidente que, aun en medio de la confusión que aún reina, tiene todos los boletos para ser calificado como ataque terrorista. No he estado nunca en aquella ciudad, pero muchos le adjudican el papel de capital de la Navidad en Francia, por su decoración, su imponente arquitectura medieval y los mercadillos que la llenan de color y gente dispuesta a pasar una tarde deambulando entre sus puestos. Fue en las inmediaciones de uno de esos mercadillos, a eso de las 20 horas, noche cerrada ya pero con las calles llenas de gente, cuando un individuo comenzó a disparar, al parecer con una pistola automática, no con un rifle de asalto, y comenzó el balance de la noche. A estas horas ese balance se sitúa en tres muertos y once heridos, varios ellos de levada gravedad. Al parecer se produjo posteriormente un tiroteo en un barrio cercano, en el que cuerpos de seguridad pudieron herir al atacante, pero no detenerle, y a esta hora lo único que parece seguro es que, en efecto, el sujeto autor de los disparos iniciales sigue sin ser detenido. También parece, según fuentes policiales, que el presunto autor de los disparos estaría identificado, e inmerso en la lista que recoge potenciales autores de atentados, o al menos sujetos peligrosos a seguir. El personaje parece tener veintinueve años y un amplio expediente delictivo tanto en Francia como Alemania, y algunas fuentes señalan que ha podido experimentar un proceso de radicalización en los últimos tiempos, lo que apuntaría a la inspiración yihadista de lo que sería un atentado clásico de este estilo de terroristas. Sin embargo, la habitual lentitud con la que la policía francesa suministra los datos, tratando así de ofrecer información corroborada en todo caso y las dudas e informaciones contradictorias que siempre acompañan a estos sucesos cuando se producen obligan a ser cautos, a informar con tiempo y a no precipitarse. Si estuviéramos ante un atentado, que en este momento parece la hipótesis más probable, sería el primero en Francia tras unos cuantos meses de tranquilidad en ese frente y añadiría nueva presión, aún más, a una sociedad cuyos frentes se multiplican, y a un gobierno que apenas da abasto para contenerlos. El impacto económico de un ataque de este tipo tampoco es despreciable, ni mucho menos, y debe ser añadido a las nefastas consecuencias de las revueltas que están arruinando la economía parisina en la temporada navideña, y que pese a las medidas anunciadas por Macron, pueden volver a repetirse este fin de semana, aumentando así las cancelaciones en una ciudad que vive algunas de sus peores semanas en tiempo. Todo ello puede acabar creando unos daños que minen incluso alguna décima el PIB del país, en un final de ejercicio tan decepcionante como inquietante. La alerta antiterrorista se mantenía alta en Francia pero, para qué negarlo, había una cierta sensación de relax en Europa ante bastantes meses sin ataques, y seguro que no era yo el único que me asombraba, triste que esto sea sorprendente, por el tiempo de tranquilidad en el que llevábamos inmersos. Parece que, tristemente, esa calma se ha roto, y nuevamente ha sido en la castigada Francia el lugar en el que lo ha hecho.

Ayer por la noche Estrasburgo era una ciudad de confusión, miedo e incertidumbre. Al ambientillo navideño se juntaba el que había sesión plenaria en el parlamento europeo, del que la ciudad francesa es sede compartida junto con Bruselas, y las medidas de seguridad que se desataron tras el ataque supusieron la cancelación de los trabajos parlamentarios y el cierre de las instalaciones, reteniendo a los que en ellos estaban para tratar de garantizar su seguridad. Testimonios de parlamentarios, ciudadanos que se encontraban fuera de las instalaciones, políticos que paseaban por la ciudad, o de cualquier otra persona eran relatos de miedo, de no saber, de encontrarse en refugios improvisados junto con desconocidos, compartiendo un temor a lo sucedido sin tener muy claro ni que era ni si los hechos seguían produciéndose. El miedo que siembra el terrorismo apagó la luz navideña de Estrasburgo. Ese ese su maligno poder

martes, noviembre 13, 2018

Tres años desde Bataclán


Seguimos mirando a París y a amargos sucesos. Hoy se cumplen tres años de los atentados yihadistas que sacudieron la capital francesa y dejaron helado a medio mundo. Varios comandos asesinos atacaron las inmediaciones del estadio de Francia, donde se jugaba un partido de fútbol, algunos locales de ocio y, sobre todo, la sala de fiestas Bataclán, en la que se celebraba un concierto de rock que acabó convertido en una masacre. Cerca de ciento treinta muertos repartidos a lo largo de los escenarios del ataque resumen lo que allí pasó y dan una idea del horror vivido. No se si París ha vuelto a ser la que fue, pero la herida que supuso en su espíritu y población fue tan severa como profunda.

¿En qué estado estamos actualmente en la lucha contra el yihadismo terrorista? Es esta una pregunta peligrosa, porque no tengo información precisa al respecto y porque una de las maneras de responderse, el tiempo que llevamos sin atentados, puede ser falaz. El último gran ataque islamista que sufrió Europa tuvo lugar en Barcelona, en el verano del año pasado, así que vamos camino del año y medio sin hechos de este tipo. Ese dato es un indicador positivo, porque significa que, o bien los terroristas no han logrado crear planes operativos de ataque o estos, en desarrollo, han sido frustrados por las fuerzas de seguridad, produciendo en ambos casos la nada en la que nos encontramos, vendida nada. ¿Por qué es una impresión de seguridad que resulta falsa? Porque en la trastienda del día a día sigue la lucha constante entre la seguridad y el ánimo terrorista, y bien sabido es que basta que falle una de las piezas de seguridad para que el atentado pueda llevarse a cabo, y de nada sirven decenas de intentonas frustradas frente a una efectiva. Por ello, pese a que podamos tener la sensación de relajación, humanan, natural e inherente a este periodo de no actividad, debemos mantenernos alertas y prevenidos ante lo que pueda pasar. Uno de los miedos que tenían las fuerzas de seguridad a la hora de prevenir atentados en nuestras naciones era todo lo relacionado con la guerra de Siria, tanto el entrenamiento en tácticas de combate que allí se ha dado por parte de los que han viajado al conflicto como el retorno de los mismos, convertidos en personas muy distintas a las que eran cuando marcharon, y el mismo efecto propagandístico que la guerra en levante y el emblema de DAESH ejercía en las células locales, contuvieran o no componentes retornados. Se hablaba de miles de posibles retornados y, evidentemente, el riesgo que comportaban esas cifras se hacía inasumible. ¿Qué es lo que ha pasado finalmente? No está muy claro ni tengo cifras en la mano para decirlo, pero por lo que he leído por ahí me da la sensación de que la mayor parte de los supuestos retornados que se contabilizaban en su momento yacen ahora en las arenas del desierto sirio. La crueldad y extensión de la guerra siria ha destrozado a la mayor parte de fuerzas combatientes, que han sido laminadas por el ejército de Asad con el imprescindibles apoyo ruso. Uno de los grandes derrotados ha sido el propio DAESH. Privado de territorio, ciudades y población dominada, me da la impresión de que una de las órdenes de combate emitidas en su lucha ha sido la de no hacer demasiados prisioneros, en la idea de que un yihadista muerto deja de ser peligroso. Leo precisamente hoy la situación en la que se encuentran algunos centenares de yihadistas occidentales en Siria, retenidos allí en terreno reconquistado por las fuerzas del gobierno, que no son juzgados por los tribunales locales y que no vuelven a los países de origen porque esas naciones, las nuestras, así lo desean. Las cifras son considerables, pero aun así reducidas respecto a lo que uno pudiera esperar. Parece que Siria ya no será caladero de terroristas, al menos de manera tan masiva como lo fue en un principio y se llegó a temer.

Pero el yihadismo es una fuerza terrible, y que actúa en plazos largos, en dimensiones temporales que se escapan al cortoplacismo en el que vivimos los occidentales. Mientras Siria se estabiliza bajo el yugo de Asad, otras regiones como Afganistán o el Sahel vuelven a erupcionar con bandas yihadistas muy conocidas por todos (como los malditos talibanes) u otras de nuevo cuño, especialmente en África. ¿Surgirán de allí movimientos y combatientes que vuelvan a atentar contra nuestras ciudades? Pudiera ser, dado que ya pasó lo mismo en el pasado. Por lo tanto, como reiteraba antes, toca mantener alta la guardia, intensificar el trabajo de las fuerzas de seguridad y, en días como el de hoy, mirando a París y a otros lugares azotados por la barbarie islamistas (en Madrid hay tantos en los que poder fijarse, demasiados) recordar a las víctimas y a sus allegados.

martes, agosto 21, 2018

Incidente yihadista en Cornellá


Ayer tuvo lugar un extraño incidente yihadista en Cornellá, que parece un intento frustrado de atentado, en el que falleció un individuo por disparos de los Mossos d’Esquadra cuando atacó a los que se encontraban en una de las comisarías de la localidad. El atacante entró en la sede policial, y al grito de Alá es grande, sacó un cuchillo de grandes dimensiones y se dispuso a atacar a la primera agente a la que vio. La agente respondió con fiereza, lógica dada la situación en la que se encontraba, y abatió, que es como se dice ahora, al exaltado de unos certeros disparos. El caso está siendo investigado como terrorismo yihadista, aunque tiene aspectos cuanto menos extraños, como esa declaración de la pareja alegando la homosexualidad reprimida.

A los pocos días de la (cutre, desangelada, fría y politizada) conmemoración de los atentados de Barcelona, podemos contemplar lo que llevamos de 2018 como un año extrañamente tranquilo en lo que hace a ataques yihadistas. Han disminuido tanto en frecuencia como en intensidad, y ha sido este de Cornellá, o el intento de atropello y ataque a las defensas del parlamento británico de hace unos días de las pocos sucesos de este tipo de los que hemos tenido constancia en los últimos meses. Esto es, en sí mismo, una excelente noticia que debiera alegrarnos a todos, y en casos como estos se descubre hasta qué punto es injusto que las buenas noticias no lo sean. Cuánta cobertura reciben los atentados terroristas y qué poca la sensación de seguridad en la que nos vemos inmersos en estos últimos tiempos. ¿A qué se debe? Probablemente sean varias las causas, y sin duda, la principal, es el incansable trabajo de cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, nacionales y extranjeras, que no cesan día a día de analizar información, perseguir sospechosos, estudiar pistas y líneas de investigación y desarticular comandos, tramas e intentonas, algunas en fase muy preliminar, otras ya avanzadas. Tampoco tiene en las noticias la relevancia debida todo ese trabajo policial y de seguridad. También los servicios de inteligencia están cada vez más entrenados y su pericia a la hora de cazar a estos terroristas mejora. Poco a poco el instinto de los que nos protegen se va a afilando cada vez más frente al enemigo yihadista, al que empiezan a conocer más en profundidad. También habrá contribuido, sin duda, la derrota del maldito DAESH en Siria, lo que ha privado de recursos, ideario y santuario a muchos de los indeseables que se dedicaban a captar terroristas y a los que querían ejercer el martirio, allí y aquí. Es relativa la derrota de DAESH, cierta en territorio sirio, pero empieza a coger fuerza en otras áreas como Afganistán o el Sahel africano, y ya saben que para estos fanáticos el tiempo es algo mucho más extenso y calmo que la prisa con la que los occidentales lo vivimos. La derrota de DAESH en Siria ha sido mediante el exterminio de muchos de sus miembros, no creo que haya muchos prisioneros, y un fanático muerto es poco probable que sea capaz de atentar en ninguna parte. Esta es la causa más probable por la que uno de los miedos de las policías europeas, el papel de los retornados que lucharon en la guerra siria, sea menor del esperado. Al haber fallecido en su mayor parte, el volumen de retornados es de esperar que sea mucho menor de lo previsto inicialmente, y con ello los riesgos asociados. De todas maneras este problema de los retornados sigue presente en países como Bélgica o Francia, donde esas “reducidas” cifras alcanzan valores de centenares, suficientes como para generar un ímprobo trabajo a cualquier cuerpo de seguridad y permitir que alguno de ellos se pueda escapar de la vigilancia establecida.

Por lo tanto, debemos felicitarnos ante la situación actual, pero no conformarnos y, nunca, nunca, bajar la guardia. En este momento se puede estar planificando otro atentado en cualquier parte de Europa y el constante trabajo de gato y ratón entre terroristas e inteligencia debe desembocar, esperemos, en su frustración. Pero tengamos siempre presente que, con que sólo una de las acciones yihadistas tenga éxito, el daño estará hecho, y de poco servirá todo el trabajo previo de seguridad si unas muertes lo contemplan. Sigamos trabajando, demos gracias y ánimos (y recursos) a los que sin descanso trabajan para protegernos y que la racha de detenciones y desarticulaciones no cese. Ese es el único, lento pero seguro, camino para acabar con ellos.

lunes, enero 29, 2018

Kabul, masacre terrorista en la plaza de Sadarat

Dando por sentado que todos sabemos que Kabul es la capital de Afganistán, ¿sería usted capaz de situarla en el mapa? ¿Conoce alguien a alguna persona que viva allí? ¿Sabemos algo de lo que sucede en el día a día de esa ciudad, de los gustos de sus habitantes, de los resultados de sus equipos deportivos? ¿es Kabul algo más que un nombre? Quizás alguien posea referencias, contactos, historias relacionadas con esa ciudad, pero es probable que pocos, muy pocos en nuestro entorno estén en esa situación. Para nuestras vidas, Kabul está muy lejos en lo físico, pero a una distancia infinita en lo emocional, y en el fondo, nada de lo que allí suceda nos importa o afecta en exceso.

Este fin de semana, otro atentado en Kabul ha sacudido a la ciudad, provocado decenas de muertos y convertido sus calles en improvisados campos de batalla y a cualquier local afectado en morgue temporal. Un suicida ha hecho estallar los explosivos que portaba, que llenaban su vehículo, una ambulancia bomba, causando un centenar de muertos y un número mucho mayor de heridos. Piensen por un momento en la contradicción absoluta que encierran las palabras “ambulancia bomba”, el unir un sinónimo de salud y auxilio con el terrorismo más indiscriminado. De esa combinación aberrante sólo puede surgir el horror que ha segado vidas en un Kabul que, día tras día, se hunde en una espiral de atentados terroristas talibanes que conmocionan a sus sufridos habitantes y les hacen vivir, para siempre, en la pesadilla de la guerra. Las imágenes que hemos podido ver a lo largo del fin de semana, que no han sido demasiadas, son indistinguibles de las que vimos la semana pasada y hace otras tantas. Carreras, cuerpos, dolor, rabia, sufrimiento, cascotes, coches destrozados, calles polvorientas y secas, y confusión y un constante idioma que se nos hace ajeno e indescifrable. Uno ve el mapa de la ciudad y la posición de los últimos atentados y se da cuenta de lo que están sufriendo los residentes de ese lugar, sometidos a un constante ataque por parte de los integristas islámicos, sin que a mucha gente le parezca importarle. ¿Hemos visto campañas en internet con corazoncitos asociados a Kabul? ¿Se ha apagado la Torre Eiffel o algún otro monumento emblemático como solidaridad con las víctimas y allegados? No, nada de eso, ni ha sucedido, ni lo hemos demandado ni lo hemos echado en falta. Porque Kabul está muy lejos, infinitamente lejos. El centro de las grandes y famosas ciudades occidentales está, para muchos de nosotros, más cerca de nuestro corazón e imaginario que el extrarradio de nuestras propias ciudades, en las que vivimos y debiéramos sentir como propias. La esquina de la 42 con Broadway es más identificable para casi todos nosotros que, pongamos, muchos barrios madrileños sitos fuera de la M30, y lo mismo podríamos decir de zonas de Londres, París, Roma, Ámsterdam y muchas otras urbes, donde lo que sucede lo sentimos como propio, y su daño sí que nos duele. El atentado de este sábado en Kabul se ha producido en la Plaza de Sadarat, según veo en internet, plaza cuyo nombre no me dice nada. Podría ser Sadarot o Dasarat y me hubiera quedado igual. Es un lugar vacío, lleno de personas y edificios, sí, pero vacío de sentimientos para mi, y sospecho que para la mayoría. No nos dice nada, no lo ubicamos ni en el espacio ni en sentimiento alguno. Este fin de semana ha sido escenario de una salvajada, pero puede que nunca más en nuestras vidas oigamos ese nombre y nada de lo que allí suceda vuelva a llegar a nuestros oídos, o aparecer en nuestras pantallas. Y de hecho, casi seguro, para la hora de la comida, siendo generoso, habré olvidado ese nombre, ese espacio en el callejero de Kabul, y volverá al rincón de la nada de donde salió, explosivamente, este sábado.


Años y años de guerra en Afganistán que, nuevamente, se traducen en inestabilidad y descontrol, con un gobierno local que parece estar perdiendo no el terreno, pero sí la seguridad, frente a os talibanes y todo tipo de insurgencia yihadista que ataca sin piedad a la capital y a otros lugares aún más remotos y desconocidos. Tras las guerras famosas y mediáticas, Afganistán y sus desgracias han sido confinados al espacio intermedio de la actualidad internacional, a la tierra de nadie informativa a la que no se le presta demasiada atención, más bien poquísima, y que no vende nada. Pero las desgracias se suceden, y hoy esa plaza de Sadarat será escenario de duelos, llantos e intentos de vuelta a una forzada normalidad, hasta el siguiente atentado. Ojalá sea capaz de recordar el nombre de esa plaza, ojalá no pueda olvidarlo.