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martes, abril 28, 2026

Un año del apagón, cero responsables

Hoy se cumple un año del apagón que llevó todo el país a negro y nos puso delante de una de esas situaciones peliculeras que cada vez se dan más en nuestras vidas. Al mediodía de hace 365 días la luz se fue en la oficina en la que trabajo, y lo que parecía el efecto de alguna obra de mantenimiento, cosa que antes pasaba con cierta regularidad, derivó en otra cosa mucho más extraña. Los semáforos del barrio no funcionaban, y la información que llegaba indicaba que la situación no se daba en mi puesto de trabajo, sino en todas partes, en todo el país. Algo anómalo estaba sucediendo sin que nadie supiera ni el qué ni el por qué. Incertidumbre máxima en un día completamente soleado, como de película.

Un año después se ha producido un apagón de responsabilidades, lo que dice mucho del nivel de degeneración en el que han caído no ya las instituciones, que también, sino sobre todo el músculo moral de la sociedad, que si siempre ha estado fofo ahora no es más que un acomodaticio depósito de grasa. Si uno escucha a los expertos sobre el tema, a los de verdad, no a los tertulianos incultos pagados por el gobierno y afines, sabe bastante bien lo que pasó, una mezcla de mala suerte, irresponsabilidad en la gestión y deseos de experimentar con cosas con las que no se debe jugar. El hecho de que, desde entonces, la factura de la luz haya subido en promedio más de un 10%, evento iraní aparte, por las medidas impuestas por Red Eléctrica para que no se vuelva a repetir algo así es sintomático de que se podía haber evitado el suceso si la gestión actual se hubiera dado ese día, y los precedentes, donde ahora sabemos que se dieron momentos que podían también haber generado una situación de colapso como la vivida el 28 de abril. Un año después la gestión de Red Eléctrica ha cambiado, y es casi seguro que algunos de sus técnicos, los profesionales que más saben de esto, habrán sido purgados, pero la cúpula directiva de la entidad, con su presidenta Beatriz Corredor a la cabeza, ahí sigue, cobrando los cientos de miles de euros anuales con los que está retribuido su cargo, para el que no poseía ni mérito ni conocimiento cuando fue nombrada para ello, y que desde el día de la desgracia no ha hecho otra cosa que esforzarse sin cesar para salvar su nómina y exculpar a todos los demás de sus propios errores. Reconozco que cuando llegue el día del cese de este señora me alegraré aún más que el del de Tezanos, porque lo del sociólogo manipulador es de vergüenza, pero el daño que produce resulta mínimo respecto al destrozo económico y social que supuso el apagón. Beatriz Corredor es el perfecto ejemplo de incompetente puesto al frente de una entidad gestora pública, que está ahí por su lealtad al partido gobernante y a sus dirigente, no por nada más, sólo por hacer la pelota mejor que otros a los que mandan, y que gracias a ello se lleva una retribución inmensa, que a cualquier ciudadano le supondría el fin de sus problemas económicos. Corredor es el exponente perfecto de esas élites extractivas que Acemoglu y Robinson tan bien describieron en su obra seminal, y que lejos de perseguirse, por lo dañinas que son, han proliferado como los mosquitos en las aguas estancadas de nuestra sociedad. Su presencia se da a todos los niveles y en todas las administraciones, sea cual sea su color político, pero es evidente que cuanto mayor es el grado de poder que detenta una entidad política más lejos pueden llegar sus inútiles, más pueden cobrar y más destrozos son capaces de crear. En los ayuntamientos de España, donde hay todas las ideologías que quieran, hay miles de Beatrices Corredores cobrando sin merecerlo y haciendo destrozos que afectan a la vida de los residentes en esas localidades, pero su impacto es muy local, no trasciende. Destruye, como las termitas que corroen el tronco, pero es difícil de apreciar. En el caso de un organismo de la importancia de Red Eléctrica los aciertos también son invisibles, pero los errores pueden ser tremendos e imposibles de disimular. La oscuridad total se ve perfectamente.

Corredor se ha mimetizado perfectamente con el zeitgeist de nuestro tiempo, ese que viene a decir que admitir las responsabilidades de lo hecho y asumir los errores, pagando por ello, es de pringados, de cobardes, de débiles. Que el ciudadano que paga impuestos es un sujeto despreciable al que se le puede engañar todo lo posible y que dimitir es para otros, no para los que tienen el rostro pétreo, el morro infinito y se encargan de que haya siempre alguien a sueldo que les cubra las espaldas y defienda, a ser posible en medios controlado. Caerá Corredor algún día, lo festejaré, pero la probabilidad de que sea sustituida por una necedad semejante es muy alta. Y si hay otro apagón, ya saben a joderse tocan, que culpables no hay. Ni habrá.

lunes, mayo 05, 2025

Apagón gubernamental

Aunque vamos a tardar en saber cuáles han sido las causas concretas que motivaron el apagón del pasado lunes, concretamente el por qué de las fluctuaciones que empezaron media hora antes del momento fatídico y que ya estuvieron a punto de tirar la red algo antes de lo que sucedió, sí resulta evidente que el imprudente mix que Red Eléctrica llevaba combinando desde hace tiempo le dejó sin posibilidades de reacción ante un caso que varios expertos habían estado señalando desde hace tiempo, y que por lo visto había generado situaciones de riesgo en numerosas ocasiones en el pasado. Entonces hubo suerte y no se llegó al colapso, pero el pasado lunes la suerte nos abandono y, en el juego, perdimos.

Esto, que no hay experto al que se le consulte que lo reitere una y otra vez, le entra por una oreja y le sale por la otra al inepto desgobierno, atrapado en un discurso buenista respecto a las energías renovables, que no es capaz de asumir que el fallo del sistema ha sido provocado por la arriesgada acción del operador, Red Eléctrica, REE, el único operador, y que lleva ya varios días fabricando uno de sus argumentarios chatarra para desviar la culpa de su tejado y repartirla lo más posible entre todos. Entre la complejidad del asunto (cierto, lo es) el gobierno ha lanzado una cortina de humo con dos patas falsas. Una, la de implicación en el problema de todos los “operadores privados” del sistema, lo que es una falacia total en cada una de sus partes. Sólo hay un operador, REE, que tiene el monopolio de la red y de su gestión, que cotiza parcialmente en bolsa y es controlado por el gobierno, del tal manera que su presidente suele ser un exministro ajeno al sector, que no suele conocer de él, y está ahí como recompensa por favores anteriores, llevándose a casa un suelo de entorno a medio millón de euros por figurar. Esto pasaba con el PP y pasa con el PSOE. El resto de los intervinientes en el mercado son productores y distribuidores, empresas privadas con intereses particulares que ofertan producción y venden a particulares y empresas, y es REE quien se encarga que el resultado de la subasta del mix celebrado el día N se distribuya correctamente el día N+1 y hace frente a posibles incidencias de la red. Así, la expresión que utiliza el gobierno es falsa y confusa a conciencia, como siempre. La otra pata falsa tiene que ver con el tema de las renovables. Esto no es un juego simplista entre renovables sí o no, y si eres de “izquierda” renovable siempre y si eres de “derecha” renovables nunca. No, no, y no. El tema es mucho más profundo. Las renovables ya son y deben ser una pata fundamental en el sistema de producción de energía del país, eso no lo discute nadie, y el ecosistema empresarial organizado en torno a ellas es un puntal de crecimiento, inversión y creación de empleo, pero como los técnicos señalan, las renovables, como toda fuente, tiene sus características y sus problemas. Uno de ellos, muy conocido, es su intermitencia, dependen de la meteorología, y una noche sin viento supone que la producción de solar y eólica es nula. La potencia instalada puede ser enorme, pero la producción no, en función del tiempo, por lo que es necesaria una fuente de respaldo sí o sí. El otro problema es el de la llamada falta de inercia, que tiene que ver con el hecho de que las centrales convencionales siempre tienen asociada una enorme turbina que gira a gran velocidad y con enorme peso, que cada vez que aumenta el consumo eléctrico supone un freno a su giro, y la inercia de la turbina es una manera de responder, de manera mecánica, ante subidas de consumo, o bajadas de producción. Esto no pasa en los parques renovables, que vuelcan electricidad a la red sin sistemas físicos equivalentes. Las plantas fotovoltaicas más modernas si poseen elementos tecnológicos capaces de “fabricar” inercia, pero son sistemas caros, que elevan el precio de la inversión y, lógicamente, del de la energía generada, por lo que la renovable ya no es tan competitiva. Muchos de los parques de energía renovable carecen de esa inercia, y los técnicos señalan que mantener por parte de REE un mix con muy poca inercia le dejaba vendida, sin capacidad de respuesta, ante sucesos imprevistos, como por ejemplo que una central dada en un punto del país se pare.

Se han corrido demasiados riesgos en la gestión del mix durante muchas ocasiones, en las que ha habido suerte y no se ha llegado al incidente insuperable, pero cuantos más riesgos se corren más inevitable se vuelve que se produzca el accidente. Quizás con el objeto de mantener muy bajos los precios, o para vender titulares sobre el porcentaje de renovable producido en un día o semana. No lo se, pero intuyo que REE tenía presiones de su jefe, el gobierno, para jugársela, y el pasado lunes la apuesta salió mal y nos estrellamos. Ahora Moncloa y el equipo de opinión sincronizada que trabaja a su servicio trata de crear un relato que le salve, o que dilate en el tiempo las explicaciones hasta que otro suceso haga olvidar lo pasado. Vamos, lo de siempre. Sea listo y cómprese pilas para la radio.

miércoles, abril 30, 2025

Cuando nada es sólido

Uno de los mejores libros de Antonio Muñoz Molina es su ensayo “Todo lo que era sólido” en el que se retrata el derrumbe de una orgullosa España que asiste perpleja al estallido de una burbuja negada y sostenida por todos. Desde el gobierno inepto de ZP hasta el último de los ciudadanos que especulaba con los pisos, cada uno con su cuota de responsabilidad, el texto repasa el paso de la gloria a la nada, y de cómo la grandilocuencia de los años de auge carecía de sostén. Apenas unos humildes pregonaban en el desierto de la vanidad, y todos acabamos pagando las consecuencias de aquellos errores, que aún hoy muchos no quieren aceptar como propios.

Desde el título, la metáfora es perfecta para describir lo que sucedió el lunes, y la absoluta sensación de hundimiento de la vida bajo los pies que se siente cuando las certezas que se dan por hechas desaparecen. La luz se enciende al apretar un pulsador, el metro acude a su estación, los ascensores suben y bajan, los semáforos regulan…. Miles y miles de actos a los que no damos importancia porque los consideramos automáticos se convierten en obstáculos insalvables cuando dejan de producirse, y en ese momento llega la zozobra. En medio de la ausencia total de información, y con la incógnita de saber lo que ha sucedido y cuánto tiempo va a tardar en volver la normalidad, el comportamiento se altera, y la sensación de fragilidad crece. No nos engañemos, a medida que las sociedades crecen y se hacen complejas, sus riesgos también lo hacen, y la única manera de evitarlos es cercenar la vida social. Por eso, los sistemas de seguridad crecen y se hacen cada vez más complicados en el mundo moderno a medida que los sucesos que pueden llegar a pasar creen en cantidad y dimensión. Y por eso, también, hay miles de personas que trabajan para evitar que esos sucesos no ocurran y, de pasar, paliar sus consecuencias lo más rápido posible. Pero a veces las cosas ocurren, bien por accidente, sabotaje o negligencia, y entonces todo se vuelve enrevesado, y la sensación de fragilidad en la vida se dispara. Día a día nos agarramos a certezas que son volátiles, que están ahí porque hay gente que trabaja con empeño para que se mantengan, y desaparecerían si no fuera así. El domingo, sin ir más lejos, se llegó a un acuerdo para que la huelga de basuras que había en Madrid capital se desconvocara. La basura sale de nuestra casa y llega al contenedor porque la llevamos, pero sigue su camino porque hay personas y empresas que se encargan de su recogida y gestión. Sin ellas la basura no se mueve, se va acumulando en los contenedores y crece. No desaparece sola, no se evapora ni transfigura en la nada. Lo mismo la luz. Es enorme el complejo empresarial, técnico y humano que, sin cesar, todos los días a todas horas, logra que el sistema eléctrico funcione sin interrupciones, y lucha constantemente contra todo tipo de incidencias. En nuestra vida real hemos delegado el mantenimiento de casi todo a otras personas que realizan esa función, pero imaginamos que todo ocurre de manera autónoma, natural, como el crecimiento de la hierba tras los días de lluvia. Y no, no es así. Lo que creemos sólido no es sino el resultado de mucho trabajo y esfuerzo. Mantener viva la ficción de que todo funciona correctamente siempre y sin incidencias, y que es inmune a problemas es un pensamiento profundamente infantil, de hecho es lo propio en bebes y niños, para los que sus padres son dioses capaces de todo, y que les proporcionan alimento, seguridad, cobijo y todo tipo de necesidades sin saber de dónde surgen. Se las dan sus padres y punto. En nuestro mundo el grado de infantilismo social es creciente, y enfrentarse a golpes como el del lunes es una manera de recordar que no podemos dar nada por supuesto, que las cosas funcionan porque otras personas logran que funcionen, y que poner de nuestra parte para que todo transcurra normalmente es, casi seguro, lo mejor que podemos hacer para minimizar riesgos, propios y sociales. Recuerden, minimizarlos, eliminarlos no es posible.

Ya veremos cómo se distribuye la causalidad de lo sucedido el lunes entre lo que antes comentaba; accidente, sabotaje o negligencia. Hoy en día, y con la información que se tiene, y las advertencias técnicas que llevan circulando desde hace tiempo, lo más probable es que nos encontremos ante una mezcla entre el primer y tercer factor, pero ya se verá. Me da que no habrá especial interés por parte del gobierno, parte implicada en lo sucedido, en descubrir las causas de lo sucedido, no vaya a ser que algunas de las personas colocadas en puestos de responsabilidad por su afinidad política sean vistas como posibles cabezas de turco de uno de los mayores desastres técnicos de la época moderna de nuestro país.

Mañana y el viernes son festivos en Madrid. Si no pasa nada raro, y dada la racha en la que estamos vaya usted a saber, nos leemos el lunes 5 de mayo.

martes, abril 29, 2025

Simulacro de colapso

El título de hoy se lo tomo prestado a Rafa Latorre, el presentador de la Brújula de Onda Cero, porque me parece una buena definición de lo que se vivió ayer, en uno de los días más anómalos, desagradables y peligrosos de nuestras vidas. Lo que empezó en la oficina pasadas las 12:30 como un suceso llamativo, con las pantallas vueltas a negro, se convirtió en pocos minutos en una experiencia colectiva extraña que se fue oscureciendo mucho más que el nulo reflejo de los ordenadores, en medio de un sol radiante. A los pocos minutos estaba claro que el día iba a ser muy negro.

Dentro de la secuencia de eventos históricos que se ha puesto de moda vivir, y de la que me manifiesto harto, el apagón general es uno de los que más se ha descrito como disruptor de la vida conocida, y tanto series como otras obras de ficción han relatado la sensación de desamparo que surge cuando todo se apaga. Divertido para verlo desde el sofá, pero nefasto en la realidad. La electricidad es la que hace que todo, todo, todo lo que nos rodea funcione. No hay ascensores sin luz, por lo que las torres de pisos u oficinas se convierten en celdas inaccesibles. No hay transporte colectivo de gran dimensión, porque trenes, metro y sistemas similares se paran y no sirven para nada. Los coches funcionan, pero las bombas que sirven para que el combustible suba de los depósitos subterráneos a las mangueras se paralizan, por lo que el surtidor se vuelve inútil, y la autonomía del vehículo empieza a descontarse a medida que se consume el líquido que resta en el depósito, y una vez terminado, el coche no sirve para nada. Los grifos del agua funcionan en algunos casos por gravedad, gracias a la presión, pero son muchos los sistemas de abastecimiento que requieren bombeo para que el líquido mantenga la presión en las tuberías, y esas bombas son eléctricas, por lo que el abastecimiento en muchos casos se paraliza, especialmente en los barrios altos de las ciudades. Así, poco a poco, uno empieza a contar todo lo que le rodea y se da cuenta de que la electricidad lo sostiene todo, y su ausencia nos devuelve rápidamente a un mundo medieval. Y luego, claro, está el mundo moderno de las telecomunicaciones, internet, móviles, datos y demás. Todo eso requiere electricidad a mansalva, y si falta todo se acaba. A una velocidad progresiva, pero se acaba. Los servidores de datos y equipos de nube suelen disponer de sistemas de respaldo para garantizar un cierto tiempo de vida encendidos o, en todo caso, proceder a apagados controlados, pero acaban cayendo, y la telefonía móvil y datos requiere que los miles de antenas situadas a lo largo de la geografía nacional puedan mantener su contacto con la red eléctrica. Algunas de ellas poseen baterías que les permiten aguantar más tiempo, pero cuando su capacidad se apaga dejan de funcionar. Ese es el motivo por el que ayer, alguna hora aún después de producido el apagón, móviles y redes todavía funcionaban y permitían conectarse, llamar, informar, avisar. Pero el proceso de caída de las antenas empezó, de manera inexorable, desde el primer momento en el que la corriente general se fue, por lo que era cuestión de tiempo que el sistema de telecomunicaciones del país colapsara. En mi caso perdí la conectividad a eso de las 15:30 más o menos, y desde entonces el aislamiento en el que se vivía hasta no hace muchas décadas empezó a ser la norma obligada para todo el mundo. A partir de ese momento, con o sin batería, el móvil tampoco servía para nada. Millones de personas, empresas y servicios que viven por y para la realidad digital se convirtieron en nada, en oscuridad y silencio. No es, ni mucho menos, lo más relevante de lo sucedido ayer, pero los adictos digitales se vieron sometidos a todo un síndrome de abstinencia ante el fracaso de la tecnología moderna. No hay influencer que aguante vivo más de una hora sin luz. Como definición de la fragilidad de nuestro mundo no está mal.

Cosas que funcionaron bien. La seguridad, en una jornada potencialmente peligrosa, que parece haberse saldado sin incidentes violentos ni actos de pillaje significativos. Los sistemas de respaldo diésel de hospitales y aeropuertos, que se activaron y permitieron que esas instalaciones críticas funcionaran de manera más o menos normal, frente a lo que sucedió hace pocas semanas en Heathrow, donde un cortocircuito no fue suplido por el sistema de respaldo y el aeropuerto se tuvo que cerrar. Y la paciencia de un país, exhausto, que ayer volvió a ser sometido a una prueba de estrés de enormes dimensiones, sin que a esta hora ni se sepa el por qué ni se haya esbozado una explicación coherente.