Ayer el Congreso de los Diputados vivió otra de esas sesiones infames, cuyo propósito parece ser el de destruir por completo el prestigio de esta importantísima institución. Durante la sesión de control al gobierno, una diputada del PP, cuyo nombre no deseo escribir, porque no se lo merece, sacó un bote de gas pimienta en medio del hemiciclo para denunciar la inseguridad que se vive en Ceuta. Eso es un artefacto que puede ser usado para defenderse y agredir, y que no pinta para nada en un pleno de sesiones. La presidenta obligó a la diputada a salir del pleno, cosa que hizo tras quejarse, y ya fuera del salón, dio el spray a un empleado de su partido.
Este trabajador afirmó haberse deshecho de él, pero lo cierto es que contaminó varios lavabos del Congreso, provocó que algunas personas, empleadas o no de la institución, se vieran afectadas por la toxicidad del producto y requirieran atención médica, y todo, claro, en medio de un nerviosismo evidente y justificado. La diputada innombrable aseguraba sin cesar que el spray estaba vacío, pero era evidente que, además de haber demostrado un elevado grado de estupidez, mentía a las claras. Supongo que lo mínimo que debiera hacer el PP tras lo vivido ayer, además de pedir disculpas, es despedir al empleado que se deshizo del spray de una manera tan negligente, provocando ese caos, y garantizarse que esa diputada nunca vuelva a ocupar puesto alguno en listas electorales, pero me temo que dado lo que vivimos hoy en día no haga ninguna de las tres cosas. El suceso, bochornoso, no es sino una vuelta de tuerca de la actitud predominante en nuestra sociedad, sometida a un infantilismo estúpido, de la lucha por la viralidad, e conseguir epatar al personal con la tontería más gorda posible, grabarla, difundirla y medir el éxito de nuestras acciones mediante el número de espectadores que congregamos haciendo el imbécil ante la cámara. La situación de seguridad en Ceuta es gravísima, fruto en gran parte de la desidia gubernamental, pero a esa diputada, ante un problema cierto, real, de verdad, no se le ocurrió otra cosa que montar un numerito pensando la de tomas suyas que iban a abrir los informativos, o que iban a circular por Instagram o Tik Tok en uno de eso millones de vídeos que se hacen cada día para captar la casi nula atención global. Quizás la diputada innombrable no tuvo ella misma la idea, visto lo visto le veo bastante incapaz de pensar por sí misma, sino que todo surgió del departamento de comunicación, de esa gente que llena gabinetes y puestos de asesores en empresas públicas, privadas y gobiernos, que se dedican al onanismo compulsivo de los medios y que sueñan con el trending topic y bobadas de esas con la misma ansia con la que desprecian los problemas reales de la sociedad, y no digamos el trabajar para solucionarlos. Ellos venden imagen, viralidad, éxito, comunicación, contactos, miden impactos y se corren de gusto, quizás literalmente, si logran que aquellos a los que asesoran consigan abrir un informativo con la performance que han ideado. No lo duden, la mayor parte de estupideces que vemos hoy en día en la política son planificadas por sujetos que cobran mucho más que yo, puede que de usted también, y que viven en una burbuja ajena al mundo real, donde el empleo, la vivienda, los precios, la seguridad, la educación, el funcionamiento de las cosas, la limpieza de las calles o todo eso que son cosas reales que importan a la gente no existen. Para ellos sólo las redes son la realidad, sólo el reel que dura segunditos es lo que merece la pena, las posturitas, las caritas, la pose, la representación. Una falsedad orquestada que, en no pocas ocasiones, acaba en situaciones tan insultantes como las vividas ayer en el Congreso.
Consiguió su minuto de gloria la diputada innombrable, aunque supongo que su madre, si sigue viva, seguirá avergonzada por lo que hace su hija en un lugar tan importante, al que ayer despreció. ¿De quién fue la brillante idea de ayer? ¿Cuánto se han gastado en hacer semejante numerito? ¿Cuánto tiempo destinaron a organizar una payasada indigna de una escuela de parvulitos? ¿Cuándo volverá un mínimo grado de seriedad, de adultez a la vida política? ¿Y ya puestos, a la vida pública? Me temo que nadie responderá a estas preguntas, nadie pedirá disculpas, nadie dejará de cobrar su sueldo público por todo esto. Nadie. Nada. Nada.