De la serie de cuatro elecciones autonómicas con la que se inauguraba este año, el plato fuerte, la más importante, era la de Andalucía. Es la comunidad más poblada de España, granero de votos para el partido que la domine, y contaba con mayoría absoluta del PP tras los comicios de 2022. Por ello todos los partidos lo veían, con razón, como caza mayor, pieza que cobrada vale mucho y perdida es dolorosa en extremo, aunque ya se sabe que casi nadie miente tanto como un político a la hora de minusvalorar sus derrotas. El PP salía a ganar y revalidar la absoluta, y el PSOE a remontar con una candidata casi tan sanchista como el propio presidente del gobierno.
El resultado no ha tenido grandes sorpresas, salvo una que casi nadie vio, yo menos, que es el gran ascenso experimentado por Adelante Andalucía, antigua marca podemita que se salió de la secta de Iglesias hace ya tiempo y que ha derivado a una curiosa mezcla entre ortodoxia de ultraizquierda y andalucismo. Subió de dos a ocho escaños, eso es como para sentirse muy ganador, y se quedó con el último escaño en varios de los repartos de restos, y eso es lo que le ha privado al PP de reeditar la mayoría absoluta, habiéndose quedado a dos de los 55 escaños que otorgaban la plena tranquilidad. El propio Moreno Bonilla reconocía la noche electoral, en su alocución ante militantes y prensa, que habían logrado el objetivo de la victoria y no el de la absoluta, porque lo que D’Hont da unas veces te lo quita otras, y efectivamente fue así. Es curioso, y meritorio, que el candidato del PP dijera una verdad tan clara y sencilla como esa. Su victoria es incuestionable, arrasante, aunque al no tener la absoluta se ve abocado a entrar en el lío, como el mismo lo definió, de acordar políticas con Vox, está por ver si puestos en el gobierno. Los de Abascal han mejorado un solo escaño, se consolida la idea vista en las elecciones de Castilla y León de que su ascenso meteórico ha podido tocar techo y que ya han alcanzado el máximo de sus aspiraciones. Eso no les está quitando nada de su verborrea y chulería, impropia ante unos resultados que son buenos pero que ofrecen unas expectativas de estancamiento, que es el paso previo a descender. Los 13 escaños voxeros son poco frente a los 52 peperos, por lo que las exigencias que puedan plantear se antojan menores, pero en tiempos de chantajismo irracional como el que vivimos todo es posible, y no es descartable que los de Abascal acaben consiguiendo consejerías desde las que pregonar sus ideas locuelas e irrealizables, que en nada arreglan los problemas reales de la gente, incluyendo algunos de los que ellos denuncian sin cesar. El resultado del PSOE ha sido el que muchos esperaban y desde el partido y gobierno no se quería admitir. Partían de 30 escaños, el mínimo histórico cosechado por Juan Espadas en los comicios de 2022, y la candidata María Jesús Montero, probablemente la peor de las posibles a excepción del propio Sánchez, ha logrado perforar ese suelo, llegando a los 28 parlamentarios, y dándose por satisfecha de que el guarismo no hubiera sido aún menor. Si el PSOE planteaba estas elecciones como un plebiscito sobre la figura de Sánchez y la que ha sido su entregada número dos durante todos estos años, el veredicto es claro. Los numerosos errores protagonizados por la candidata durante la campaña, con meteduras de pata serias, han contribuido a crear la imagen de una improvisación constante y de una mera fachada para colocar a alguien a quien el dedo del presidente le ha otorgado prebendas constantes, sin que en ella recaiga capacidad ni valor alguno. Tras dejar el Ministerio de Hacienda arrastras, sólo tras la convocatoria oficial de los comicios, la candidata llegó al territorio como una paracaidista de libro, y su campaña ha sido el perfecto ejemplo de lo que no se debe hacer. Ha sido, de hecho, tan mala, como algunas de las últimas campañas desarrolladas por el PP, que es experto en pifiarla. Que eso lo haga una maquinaria mucho más profesionalizada como es el PSOE resulta curioso.
Como era de esperar, tras la derrota aplastante, no se ha visto en ningún momento al líder del partido saliendo a dar la cara. El PSOE se ha convertido en una extraña secta de entregados a un sujeto que los sacrifica en el altar de su ego, al que todos ellos aplauden sin cesar hasta que son derrotados uno tras otro, sin que nadie pida explicaciones al soberbio sobre su comportamiento, decisiones y actos. Visto desde fuera es incomprensible ese amor a la inmolación que surge en las filas socialistas, e insultante para los sacrificados la desvergüenza con la que, tras cada elección, el líder se escabulle, no asume responsabilidad alguna y hace como si nada de todo eso fuera con él. No hay más ciego que quien no quiere ver, y el PSOE ahora mismo es una nave de cegados en manos de un desquiciado.