viernes, febrero 20, 2026

¿La IA nos dejará a todos en paro?

Aunque la actualidad vuelve a atropellarme, en forma de ex príncipe detenido, voy a aprovechar el artículo de hoy para enlazarles un comentario en X de hace un par de semanas que tuvo mucho éxito, y que se dedica exclusivamente al impacto creciente, y potencialmente revolucionario, de la IA en el mundo del trabajo. Lo escribió Matt Shumer, un ingeniero informático que trabaja en Silicon Valley y que de esto sabe bastante, y en Le Grand Continent lo han traducido para que, si lo desean, puedan leerlo y entender lo que señala, y así lo puedan valorar en su justa medida.

La tesis de Shumer es simple. Escrita de una manera que trata de impactar al lector y, en cierta medida asustarle, indica que no somos capaces de asumir el crecimiento exponencial que están alcanzando los modelos de IA a la hora de desarrollar tareas intelectuales cada vez más complejas, que su evolución es cada vez más rápida y precisa, y que es probable que en mucho menos tiempo del que imaginamos esas IAs sean capaces de hacer la mayor parte del trabajo que hoy desempeñamos los humanos, y de una manera mucho más precisa, y por supuesto, más rápida. Shumer utiliza el símil del Covid, de cómo a principios de 2020 se hablaba de algo que estaba pasando en China pero que no estábamos muy seguros de lo que era, y que en ningún caso iba a llegar a afectarnos, y un par de meses después teníamos a todo el planeta revolucionado y a gran parte de él viviendo en pijama en casa de manera constante. Así describe la ola que viene, que va a ser, según él, mucho más disruptiva y trascendental, porque viene para quedarse. Es cierto que Shumer de esto sabe mucho y está en primera línea de los desarrollos que luego cada uno de nosotros, como usuarios, acabamos utilizando de una manera u otra, pero él, como todos nosotros, tiene una capacidad escasa para predecir realmente lo que puede suceder en el futuro, y sobre este tema de la IA el debate es tan profundo y disputado que, realmente, se me antoja difícil saber si este experto se ha tirado a una piscina con agua o no. Cierto es que su intención es al de llamar la atención, lanzar un aviso de cara a lo que viene, advertir a la gente de que sus empleos y formas de vida, que cree garantizadas, se enfrentan a un terremoto inmenso que puede trastocarlo todo, y no hace predicciones sobre impactos en PIB o cosas por el estilo. Sólo quiere hacer de señal de advertencia, de letreo luminoso en medio de la carretera que indica PELIGRO ante algo que se aproxima. ¿Es real el escenario que preludia Shumer? No lo se. Varias profesiones sí se están viendo afectadas por el desarrollo de la IA, y no hace falta pensar sólo en el mundo de los programadores y todos aquellos que trabajan con el desarrollo de sistemas informáticos. Su extensión al campo cultural es cada vez mayor y crecen ahí las voces, especialmente en el campo de los guionistas y actores, sobre la probabilidad creciente de que creaciones puras de IA sean capaces de suplirlos dada la cada vez mayor verosimilitud de lo que producen. En nuestro día a día leemos artículos y textos en los que la IA ha participado como apoyo o, directamente, como redactora, y a veces se nota y en otras ocasiones no. El propio internet se encuentra en un momento delicado, al ver como el tráfico de humanos cae y el del bots de IA se dispara, o cómo las búsquedas y el uso de enlaces se reduce a medida que los agentes de IA de las empresas de la red responden a las preguntas que se les plantean sin tener que llevarte a ningún otro sitio. Sí, la IA puede ser disruptiva.

En esto, como en tecnologías pasadas, cuando se descubrieron e implantaron, no es tan relevante el efecto que producen como la velocidad a la que lo logran, de tal manera que se disponga de tiempo para que, individual y socialmente, se puedan dar las adaptaciones precisas para que se acceda a los nuevos empleos y capacidades que suplan los perdidos. Precisamente ahí es donde más incide Shumer en su advertencia, en que la velocidad de lo que viene va a ser mucho más rápida de lo que somos capaces de imaginar, y que no nos va a dar tiempo a ajustarnos. ¿Será así? No lo se. En todo caso, el texto merece la pena ser leído y reflexionado.

jueves, febrero 19, 2026

¿Burbuja de inversión en IA?

A ver si puedo escribir un par de artículos sobre la IA, que está la cosa candente. Hoy vamos sobre temas financieros. Desde hace unos cuántos días las cotizaciones de las empresas vinculadas con la IA, el grupo de los siete magníficos (Apple, Alphabet, Meta, Amazón, Tesla, Nvidia y Microsoft) llevan goteando a la baja en bolsa, en un proceso de rotación de carteras que beneficia a sectores como el de la energía u otros más relacionados con el “value” una forma de inversión muy basada en análisis fundamental de las características financieras de la empresa, y menos en su capacidad innovadora. ¿A qué se debe esto?

El movimiento empezó tras la publicación de resultados de varias de estas empresas, en general buenos, o incluso mejores de lo esperado, pero que iban acompañados de mastodónticos anuncios de inversión en centros de datos y demás parafernalia destinada a la IA. Las cifras que las compañías han puesto sobre la mesa para un plazo que no llega a los dos años se sitúan en el entorno de los 600.000 millones de dólares, una barbaridad, o un disparate, según han querido verlo algunos analistas. Unas cifras de inversión que dejan a los presupuestos nacionales en I+D+i de las naciones europeas convertidos en propina y que comprometen la estabilidad financiera de empresas enormes, actualmente muy saneadas, pero que se han puesto un reto por delante difícil de imaginar. Además de con sus propias cajas, muchas de ellas han hablado de la necesidad de emitir deuda corporativa para hacer frente a semejante esfuerzo, y Alphabet, la empresa matriz de Google, ha sugerido la posibilidad de sacar bonos a un plazo de cien años para lograr conseguir los más de cien mil millones de dólares de inversión que, ella solita, pretende llevar a cabo. ¿Existirá Google dentro de cien años? Es una buena pregunta, y quizás sea correcto empezar a responderla imaginando qué de lo que conocemos lo logrará. En general el mercado ha acogido con prudencia, cuando no temor, estas perspectivas de inversión, porque se consideran exageradamente altas, y porque se corre el riesgo de que la apuesta por la IA alcance unas dimensiones existenciales para el futuro de estas empresas. Visto lo visto, o resulta el mejor negocio de la historia o no habrá manera de recuperar semejantes fortunas invertidas, por lo que muchos de estos planes se enfrentan a un todo o nada que no gusta demasiado. Lo de poner todos los huevos en la misma cesta y esas cosas. Además, como ha sucedido anteriormente en el mundo tecnológico, independientemente de si la IA resulta ser el negocio paradisiaco que se promete, la experiencia demuestra que no son varias, sino una empresa la que se acaba haciendo con el pastel. Hubo muchos buscadores, triunfó Google, Meta es la líder en redes sociales, Amazon lidera el comercio electrónico, Apple la tecnología de teléfonos…. Si la IA se acaba imponiendo es más que probable que alguna empresa, quizás ninguna de las mencionadas, sea la que domine su aplicación y se lleve la mayor parte de los beneficios, lo que supondría que el resto difícilmente serían capaces de recuperar las ingentes sumas invertidas. Lo que ha supuesto esta serie de anuncios es el recrudecimiento de toda una carrera de armamentos tecnológica que se ha desatado en Silicon Valley en torno a la IA, y a una especie de juego de apuestas desatado en el que los órdagos se suceden y las cifras se disparan hasta valores inmanejables. Con ello, evidentemente, también lo hacen los riesgos, en este caso los financieros, y si alguna de esas inversiones sale mal, empresas que ahora son joyas, símbolos globales de riqueza, poder y estatus, pueden acabar arrasadas. No sería la primera vez que sucede, desde luego que no.

Hay cada vez más estudios que relativizan el efecto de la IA en la productividad de aquellas empresas que la han implantado, que muestran ganancias relativas, menores que las esperadas, y que el uso de este tipo de tecnología puede tener más efectos sociales que económicos. El modelo de negocio de entidades como OpenAI (ChatGPT) o Antrophic (Claude) sigue estando en entredicho y no consiguen generar beneficios. Si la productividad no se dispara con la IA, como predicen sus gurús, los problemas de financiación de las inversiones irán creciendo y la paciencia del mercado se puede agotar. ¿Cómo va a acabar esto? Nadie lo sabe.

miércoles, febrero 18, 2026

La economía andaluza, golpeada

Ayer, con algunas incidencias menores, reabrió la línea de alta velocidad entre Madrid Córdoba y Sevilla, suspendida desde que se produjo el trágico accidente de Adamuz, del que hoy se cumple exactamente un mes. Tras todo el trabajo de rescate e indagación judicial se ha podido proceder a la reconstrucción de los cientos de metros afectados por el doble descarrilamiento, y la línea vuelve a estar operativa. No sucede lo mismo con el trayecto hacia Málaga, dado que sigue afectado por un desprendimiento sucedido entre la capital de la costa del sol y Antequera, ahí los plazos de reapertura son más dilatados, y los trabajos más costosos.

Entre el desastre del tren y las intensas lluvias que han azotado a todo el país, pero con especial incidencia al sur, se puede decir que Andalucía ha estado sometida a la tormenta perfecta, aislada en la práctica del resto del país no sólo por tren, sino también por carretera. En lo más crudo de las borrascas que nos han golpeado eran numerosas las vías locales y nacionales que se encontraban afectadas por balsas del agua, desprendimientos o cualquier otro tipo de incidencia y, en general, se desaconsejaba viajar hacia allí y moverse dentro de la región mientras la serenidad no volviera. Esto ha supuesto, como era de esperar, un duro golpe al sector turístico local. De por sí estos meses de invierno suelen ser los más flojos, pero es que sin tren ni visitantes no son pocos los negocios que se han visto completamente vacíos ante la ausencia de unos turistas que no llegaban porque no había manera de hacerlo. La mayor incidencia se vive en Málaga, que sigue sin conexión ferroviaria, y ha sido, junto a Cádiz, la provincia más dañada por las lluvias, pero el parón es generalizado. En BBAResearch han elaborado un análisis de coyuntura para poder medir este impacto, y los datos son claros. Los flujos bilaterales entre Madrid y Andalucía han caído y con ellos el gasto, en un 27,2% interanual, un desplome de algo más de la cuarta parte, lo que es imposible que no genere incidencias económicas. El gasto con tarjetas nacionales ha caído un 6,2% y el de extranjeras un 12,1%. A lo largo de esta semana habrán sido innumerables los eventos planificados en la región, de alcance nacional e internacional, que habrán sido suspendidos dadas las circunstancias. Congresos, ferias, reuniones de todo tipo… decisiones de gran volumen de masas que se han sumado al inmenso número de decisiones personales que, por prudencia, han optado por el repliegue. Muchos negocios, especialmente los ligados al ocio y la restauración, habrán visto caer su facturación una barbaridad y, dado que los costes para mantener sus stocks de productos ya se habrían producido, es de esperar que las cuentas de resultados de estas semanas sean de un rojo pasión nada agradable. Obviamente, a estos daños directos en el espacio y tiempo se les deberán sumar muchos otros, en forma de infraestructuras dañadas que deben ser reconstruidas, y, especialmente, del mundo agrario. Hay miles de hectáreas de todo tipo de cultivo que han sido dañadas de una u otra manera, o que permanecen encharcadas e inaccesibles. Se han perdido cosechas por el simple hecho de ser arrastradas por el agua, junto aquellas a las que no se ha podido acceder a recoger el fruto, mientras que otras se habrán podrido en los barrizales que son muchos campos. Adicionalmente, miles de hectáreas que debieran estar siendo plantadas para el cultivo no son trabajadas porque es imposible, por lo que no sólo los daños afectan a las cosechas presentes, sino a las futuras. Evaluar todo esto será mucho más complicado, y, me temo, costoso, que la medición del dolor del sector servicios.

La reapertura del tren, la vuelta de los vecinos de Grazalema a sus casas y, sobre todo, este fin de semana que viene, que será soleado en todo el país, marcarán el inicio de una recuperación que va a tener que ser sostenida para paliar los daños de cerca de dos meses de agonía y vendaval. El conjunto del país ha vivido una serie de episodios meteorológicos severos que han marcado ya 2026 como un año absolutamente histórico, sea lo que sea que pueda pasar en los meses que restan. Recuperar lo perdido es el principal afán ahora de muchos, esperemos que se pueda lograr lo antes posible, y que el Sol ayude.

viernes, febrero 13, 2026

La no seguridad europea

Hoy comienza en Munich la conferencia de seguridad, el principal encuentro anual en el continente en el que, a lo largo del fin de semana, analistas, dignatarios, empresarios y todos lo que son algo en el juego de poder continental se reúnen en la localidad bávara para debatir sobre las cuestiones más candentes. El año pasado la conferencia tuvo lugar apenas tres semanas después de la toma de posesión de Trump en su segundo mandato, y acudió a ella el ya vicepresidente JD Vance, que abroncó a todos los europeos en un discurso que hasta hizo parecer soleada a una de esas típicas jornadas brumosas alemanas.

Este 2026, con el primer año de mandato de Trump ya transcurrido, el ambiente será lúgubre. Europa va despertando poco a poco de su ensoñación y se encuentra ante un escenario en el que no ya la rivalidad, sino directamente la confrontación, le rodea. EEUU ha optado por el ejercicio de un imperialismo sin restricciones basado en su inmensa fuerza militar y un espíritu nacionalista que se ha hecho con el poder. La alianza trasatlántica se resquebraja y, en la práctica, existe sólo en el papel. Los mensajes que surgen desde Washington dejan cada vez más claro a las naciones europeas que la subcontrata de seguridad que tenían apalabrada ya ha caducado. Por el este, Rusia sigue su ofensiva contra Ucrania sin descanso. Apenas avanza en el frente, pero destruye sin cesar infraestructuras y viviendas en la nación atacada, y en este invierno duro que estamos viviendo la situación de la población civil atraviesa una de sus mayores penurias, con semanas de temperaturas bajo cero y cientos de miles de personas sin calefacción ni nada parecido. No se tiene constancia de cuánta gente puede estar muriendo en sus casas en medio de esta tortura helada, pero es de esperar que no se sean pocas. Rusia ve con alborozo como los intentos de negociación auspiciados por EEUU se han ido convirtiendo en un ejercicio de extorsión coordinado entre Moscú y Washington, en el que Putin no cede absolutamente en nada, Trump abronca con regularidad a Zelesnky y los ucranianos ven que sus únicos aliados reales, los europeos, se encuentran cada vez más divididos y a merced de unos acontecimientos que no controlan. El 22 de febrero se cumplirá el cuarto aniversario del inicio de la invasión rusa y la guerra no cesa, sus daños siguen creciendo y la herida humana en el este ya es inimaginable. Mucho más al este, en oriente, China observa todo lo que sucede con algo de nervio ante su irracionalidad pero, también, con deleite, al comprobar como las políticas del magnate hunden la imagen de la nación en el mundo. Sus problemas internos quedan opacados por el salvaje espectáculo que despliega cada día Trump desde una desprestigiada Casa Blanca, y aprovecha cada una de las renuncias que EEUU realiza para ocupar espacios, especialmente económicos. La invasión de productos chinos en todo el mundo ya no es sólo lo que se vende en los bazares del viejo “todo a cien” sino que empieza a copar sectores de alto valor añadido como la automoción, las industrias de todo tipo y la tecnología. China inunda Europa con sus productos y lleva a las empresas locales a un dilema de rentabilidades inasumibles, que les abocan o a la reestructuración o al cierre. China ve a Europa débil, se desentiende de sus problemas geopolíticos a la espera de lo que pueda sacar de ellos, echando en todo caso una buena mano a Rusia, y sobre todo, hace negocio sin cesar con los consumidores europeos como buenos compradores de sus productos.

Este es el escenario general al que se enfrenta la seguridad europea, al que se deben añadir factores relevantes como la inestabilidad generalizada de muchos de sus gobiernos, los populismos crecientes, la gestión de la inmigración, el envejecimiento de la población…. Europa se enfrenta a un policrisis, en parte por su culpa, en otra parte por agresiones externas, a la que debe hacer frente de manera unificada, sabiendo que su proyecto corre un riesgo existencial de seguir las cosas así. Como mínimo, lo que se diga este fin de semana en Munich será muy importante.

Este fin de semana subo a Elorrio y me cojo dos días. Nos leemos, si no pasa nada raro, el miércoles 18

jueves, febrero 12, 2026

La disolución del Washington Post

Jeff Bezos es uno de los hombres más ricos del mundo. Es el dueño de Amazon, líder global en las compras por internet y una de las mayores empresas en el sector de la nube, a través de su división AWS. De vez en cuando Bezos se compra cosas, y hace unos años, como quien va al supermercado a reponer su nevera, adquirió el Washington Post, el segundo periódico más importante de EEUU y uno de los más famosos del mundo. Lo hizo, según sus palabras, por lo mucho que le importa la prensa y el mundo de la información. Lo cierto es que en esa compra había mucho interés en usar ese medio como palanca para la propia autopromoción y vía para acceder a personas famosas, influyentes. Los periodistas están cerca del poder.

Tras la llegada de Trump a la Casa Blanca, Bezos es uno de los magnates a los que el sujeto presidente adula sin cesar, entre otras cosas por el dinero que le prestó para su campaña, y Bezos ya no necesita ni periódicos ni nada para pasearse por Washington con el aura de ser de los que deciden lo que va a pasar, así que ha empezado a olvidarse del medio o, más bien, ha comenzado su desguace. La semana pasada se anunció el despido de un tercio de la plantilla de la cabecera, formada por unos novecientos empleados, principalmente periodistas. El Post tiene unas cuentas precarias, y eso se observa con lupa por parte de un multimillonario que podría permitirse las pérdidas de toda la prensa global sin que su cuenta particular de resultados lo notara en exceso. Secciones enteras, como las de deportes o libros, cierran, y el recorte es muy intenso en internacional, donde áreas completas, como Ucrania o el sureste asiático se quedan sin nadie que las cubra. El Post se jibariza por completo en una decisión traumática para la empresa y mucho más aún para la profesión, que ve como una de las cabeceras más conocidas en el mundo entra en un proceso de achique del que, si nada lo remedia, acabará convirtiéndose apenas en la sombra de lo que fue. Ya antes de las elecciones de 2024 Bezos forzó a que el periódico no publicase su habitual artículo de “endorsement”, de apoyo o aprobación a uno de los candidatos que aspiraban a la contienda electoral. De todos era sabida la animadversión que en el Post suscitaba Trump, y también era más que obvia la sintonía entre el candidato y el dueño del periódico. Finalmente Bezos forzó a que no se publicase el texto que se esperaba de respaldo a Kamala Harris, y eso desató una oleada de cancelación de suscripciones, la vía principal junto a la publicidad con la que las cabeceras encuentran hoy la fuente de sus ingresos. Muchos habituales del Post consideraban que la vuelta de Trump a la presidencia era un error, y un peligro, y que su medio así debía de dejarlo claro en el posicionamiento editorial. Aquí ya se desató una seria crisis en la empresa que se ha ido agudizando a lo largo del primer año del segundo mandato, con algunas dimisiones, cuentas deterioradas y presiones crecientes desde el entorno de Bezos para que el periódico no realizara ataques a las cada vez más delirantes políticas de Trump. Finalmente, Bezos ha optado no ya por la tijera, sino por el hacha, y ha descabezado el periódico alegando las menguantes cifras de ingresos. De un día para otro articulistas que llevaban toda la vida allí o en corresponsalías, y que eran referentes de la profesión, se han visto en la calle, al modo americano, sin apenas indemnizaciones ni respaldos. Muchos simplemente ha recibido un correo notificándoles que ya no forman parte de la empresa y que se las arreglen como puedan. Si ese es el trato que reciben las grandes figuras de un medio más que centenario, ¿qué les esperará al resto?

Además de lo que esto supone para la prensa, para su libertad, y todo lo relacionado con el debate de los medios y la disputa entre los que en ellos trabajan y sus propietarios, este asunto revela que el movimiento de introspección que se vive en EEUU es profundo. Esa nación está cortando sus lazos con el resto del planeta, está demoliendo los puentes que la unen con los demás y que servían para mantener un canal de comunicación y, por qué no decirlo, de admiración hacia lo que pasaba en la gran nación norteamericana. La regresión crece, y la oscuridad en la que muere la democracia parece cernirse sobre los EEUU, rememorando cruelmente la advertencia que el Post incorporó a su mancheta con la primera presidencia de Trump

miércoles, febrero 11, 2026

Epstein y las redes de poder

En el caso Pellicot pudimos comprobar, con asombro y horror, cómo el marido de la abusada había organizado toda una trama en la que su mujer era el centro y decenas de hombres, de procedencias y vidas distintas, compartían un secreto y, ya de paso, ninguna moralidad. En esa situación la obscenidad se daba entre personas comunes, normales, sin fama ni relevancia, sujetos como cada uno de los que, aleatoriamente, usted puede seleccionar una tarde cualquiera en un vagón de metro o en el autobús en el que viaja, o entre los que se cruza por la acera en un momento dado. Maldad sin origen ni distinción. Cuesta imaginar que cosas así pasen, pero sucede.

Epstein nos pone ante una red muy similar, en la que la depravación y delito son equivalentes, con la única diferencia de que aquí nos encontramos ante un club exclusivo formado por personas famosas en todo el mundo, poderosas por sus influencias, cargos o cuentas corrientes, sujetos a los que medio mundo pone cara, nombre, responsabilidad y patrimonio estimado. Millonarios, políticos, personajes de relumbrón…. Como los socios del depravado marido Pellicot pero con todos los posibles imaginables. En la red de Esptein también se da un pacto de silencio, una complicidad para mantener el secreto de lo que sucede cuando los partícipes de la red se juntan, porque ellos saben que lo que hacen no sólo es ilegal, sino también repugnante, pero pueden hacerlo, y lo que les preocupa no es el hecho que cometen, sino que alguien se entere de ello. El secretismo es lo fundamental, el resto no importa. Epstein es el nexo común, el que los pone en contacto, el que dispone de un lugar perfecto para que se desarrollen los hechos lejos de la curiosidad del mundo, una isla privada, un enclave protegido. La socia de Epstein, Ghislane Maxwell es la organizadora de todo, la que se encarga de la logística, del funcionamiento, y también, claro, del abastecimiento de carne, de las chicas que van a ser abusadas por los potentados, que son tratadas como carne al peso, como muñecos sin valor, como objetos de usar y tirar. Ghislane sabe todo lo que pasa y le da igual, es una profesional en lo suyo, la más eficiente, la mejor. Todos le adoran. Los contactos y la red han permitido a Epstein hacerse con una fortuna respetable que le cubre todos los vicios posibles y le hace ser el rey de la fiesta. Es un síntoma de estatus poder accede a su isla, que te reciba, que Ghislane contacte previamente contigo para apalabrar los vuelos y la estancia, lo que deseas, el tipo de vicio que quieres consumir, rarezas y fetichismos que requieres, todas esas cosas necesarias de cara a maximizar la calidad de la experiencia. Sabes que si cas a la isla de Epstein estás en la cumbre del mundo, que las personas con las que contactas manejan información ultraprivilegiada, pueden hacer los mejores negocios del mundo, y escriben, si es necesario, las leyes que los convierten en lícitos. No hay cielo para el ego comparable a acudir a la isla de Epstein, y retozar allí con los sueños más oscuros que uno pueda imaginar. Quítenle todo el dinero, el lujo y el poder y tendrán nuevamente a la banda de malnacidos que abusaban de Giselle Pellicot, sin ostentaciones, sin palmeras ni villas con playas privadas de arenas finas, sin copazos de precio inimaginable ni excentricidades de millonario. Sólo sexo depravado, ilegal y abusivo, sólo violación, sólo abuso, sólo mierda. Ambas historias tienen un decorado muy distinto, casi antagónico, pero unos protagonistas que son de lo más similar. Y, desde luego, unas víctimas que sólo se han podido defender después de haber pasado una pesadilla inimaginable, una situación de horror que, vista desde fuera, es tan incomprensible como despiadada.

En el juicio del caso Pellicot los abusadores trataban de ocultarse, buscaban que no se conocieran sus rostros, rostros que no tuvieron problema de mostrar al marido organizador de la trama cuando se apuntaron a semejante asquerosidad. A medida que salen nombres de invitados a la fiestas de Epstein se repite el patrón de la negación, del callado arrepentimiento, del mea culpa, del “no sabía lo que pasaba” y demás clichés, predecibles y vacíos. Mentían los anónimos franceses, lo hacen los potentados epsteinianos. Ghislane Maxwell se puede cargar la imagen de medio mundo. Y lo sabe. Y los saben. Y, me temo, lo sabemos.

martes, febrero 10, 2026

Epstein y su derivada británica

El caso Epstein es una de los escándalos más profundos, densos y extensos de nuestro tiempo. La cantidad de personas de alto rango implicadas en él y lo que se sabe, y no, es realmente impresionante. Tenía pensado dedicarle algún artículo a este tema desde hace tiempo, especialmente por el uso que ha hecho Trump de él y por su falsedad para, cuando se le ha vuelto en contra, intentar diluirlo, pero la actualidad, ya saben, a veces atropella. Y de mientras pasan otras cosas siguen saliendo documentos sobre las actividades del pedófilo y de la red de amistades que cultivó a lo largo y ancho del mundo y el poder. Y la bola no deja de crecer.

Curiosamente, por ahora no es EEUU el lugar en el que más impacto tiene lo que se hizo al amparo del millonario abusador, sino en Reino Unido. Allí, desde el principio, la presencia de Andrés, hermano del actual rey Carlos III, en todos los papeles conocidos, supuso un escándalo mayúsculo en la casa real y, por extensión, todo el país. Cada vez que el príncipe negaba haber tenido relación con Epstein salía a la luz un documento o imagen aún más escabroso que lo ponía en entredicho. Obligado a renunciar a su distinción principesca, la policía se acerca cada vez más a su figura en medio del repudio popular, y el Rey ha optado, con inteligencia, por separarse lo más posible de su hermano para que todo esto no contamine a la institución, que no está muy sólida que digamos desde que la Reina Isabel II dejó el mundo de los vivos. Pero la cosa ya no es sólo monarquía, no. En la última tanda de papeles aparece muy destacada la figura de Peter Mandelson, Lord, prominente figura del laborismo, que en los tiempos de Tony Blair era apodado como el “príncipe de las tinieblas” por no tener cargo en el gobierno pero ser el que más mandaba por detrás, tano en el ejecutivo y en el partido. Mandelson llegó a ser nombrado embajador en EEUU, uno de los cargos más relevantes de la diplomacia británica, y su aura de poder nunca ha dejado de ser enorme. Pues bien, este señor aparece en el escándalo Epstein no sólo presuntamente en su faceta sexual, sin que de ello se hayan publicado pruebas claras, sino en otras dos vertientes muy feas. Una es la del desvío de dinero, de tal manera que Mandelson habría recibido ingresos de la trama Epstein que no habría declarado, y otro, que es muy grave desde la óptica del estado, es la sospecha de que Mandelson habría suministrado a Epstein y su círculo información confidencial sobre el Reino Unido, se supone que de seguridad y de carácter económico. Esto, desde la posición que representaba en EEUU, es directamente un acto de traición a la corona y al gobierno británico, y convierte al personaje en una de las cosas más repulsivas que en los estados pueden imaginarse, y más en aquel, donde la confidencialidad de la información ha sido siempre una obsesión. Mandelson ha contado, hasta hace muy poco, con el beneplácito de su partido y sus altos cargos, que lo han defendido sin cesar, pero desde hace unas semanas su situación se ha vuelto tan radioactiva que todo aquel que se acerca a él o ha tenido proximidad se arriesga a ser intoxicado. En los últimos días han dimitido dos altos cargos del ejecutivo británico, no dueños de carteras ministeriales, pero sí fontaneros de primer grado, de los que gestionan el poder real. El responsable de comunicación y el jefe de gabinete del primer ministro Stammer han cesado de sus cargos, y en sus renuncias se autoinculpan de haber confiado en la honestidad de Mandelson, y con ello haber respaldado su figura ante su jefe, el primer ministro. Ahora, afirman, al conocerse los hechos, se sienten traicionados y consideran que han errado, y deben irse. Su marcha es un pretendido cortafuegos para impedir que sea Stammer el que se abrase con este escándalo. ¿Funcionará?

Ayer mismo el jefe del laborismo en Escocia solicitaba públicamente la renuncia del primer ministro, que es de su partido, por si había dudas, dejando claro que Stammer no tiene, ni mucho menos, el control de la situación. Posee una mayoría clara en el parlamento, pero si figura, sin que hayan transcurrido dos años desde su elección, está claramente a la baja y sin visos de poder remontar. La crisis política que devastó al conservadurismo se puede replicar en el laborismo, por errores propios de gestión y por las derivadas de Epstein. Supongo que Stammer tratará de aguantar el chaparrón, pero esto le deja muy tocado. Y desde la barrera, Farage y los populistas ven como sus intenciones de voto se disparan sin hacer prácticamente nada.