Si Sánchez, en la presunta entrevista que ayer concedió a la SER, mintió a la hora de decir que el Rey Felipe VI llega veinte años de mandato (son doce) ¿qué se puede esperar del resto de sus declaraciones? Una montaña de excusas, de vacías presunciones de lo que se ha hecho cuando está a la vista de todos lo casi todo que no y acusaciones a diestro y siniestro para repartir culpas. Nula autocrítica, ningún error cometido, nada de admisión de culpa. Y, claro, en todo momento, adulación constante a Marruecos, el mejor socio, vecino, aliado, compañero y compadre que uno pudiera desear en la vida.
Si se fijan, el manual de Moncloa ante la mayor parte de las crisis que ha tenido que afrontar el sanchismo es el mismo. Sean causadas por su incompetencia o por hechos sobrevenidos ajenos a la gestión política, una vez desatado el problema se comprueba, al poco rato, de que estamos en manos de inútiles que no es que no sepan gestionar un problema, es que dudo que sepan si quiera entender el acta de la comunidad de vecinos en la que viven. El objetivo único que guía los pasos monclovitas en el reinado sanchista es esa palabra maldita que ha corrompido, no solo ella, la política occidental, que es el relato, el XXX relato. Se trata de construir siempre, por encima de todo, un argumentario que cubra al gobierno, que sea lo que sea le permita sacar pecho a Sánchez y los suyos y se convierta en arma arrojadiza frente a todos los demás, especialmente aquellos a los que, ya en el inicio de esta desgraciada legislatura, y en la pasada, califico como los de enfrente, avalando la idea del muro que separa en dos partes a la sociedad. Realmente la metáfora no es exacta, porque el muro es una forma de proteger a Sánchez de la sociedad, a la que desprecia con asco profundo, pero que conoce bien y sabe cómo manipular para que sirva a sus intereses. Siempre es igual, lo único importante es buscar culpables y construir argumentarios que permitan a los medios dependientes del gobierno, públicos y privados, vender una sucesión de hechos que tiene un aire de coherencia, aunque sea falsa, y que su reiteración machacona y disciplinada a lo largo del día y los días sirva para cubrir la nefasta gestión práctica del problema. En el caso de la crisis ceutí la dificultad sanchista es mucha, dado que ha cometido errores de bulto que son imposibles de ocultar hasta para sus más entregados mariachis, como el hecho de irse de vergonzosas vacaciones con más de cien muertos y una ciudad española sometida a la invasión marroquí. El que día tras día defienda con ardor al país que ha alentado la invasión está produciendo en algunos sanchistas un ejercicio de contorsionismo que va a acabar con sus cuellos y las pocas meninges no sometidas al líder que les quedan, porque saben perfectamente quién ha sido el instigador de los hechos que han sucedido en Ceuta, el mismo que realizó una acción similar, a escala, en 2021 sobre la misma ciudad, el mismo que lanza proclamas soberanistas sobre esa urbe y Melilla cada dos por tres, el mismo que manipula y soborna sin freno a políticos nacionales y europeos para que defiendan sus posiciones en los foros en los que estos peones desempeñan su trabajo. Hacer creer a la opinión pública española que Marruecos es un socio leal y fiable es de una estupidez tan inmensa que no hay nadie con dos dedos de frente, y cartera no comprada, que avale esa versión. En este caso, a la incompetencia absoluta que muestra el gobierno para atajar la crisis se une, por tanto, la sensación de engaño ilimitado por parte de Sánchez, de traición si me apuran, de reírse a la cara de quien le escucha sin disimulo alguno cuando recita el mantra que Rabat desea escuchar, de cerrada complicidad con la nación invasora.
Sea por chantaje, soborno, táctica o por simple necedad, Sánchez lleva un mes fracasando en Ceuta a ojos de todo el que los tenga, y ayer se dedicó, en un medio que sobrevive gracias a las prebendas que el gobierno le otorga, a mentir sin freno y a desglosar una sarta de falsedades que el entrevistador no quiso, en ningún momento, rebatir. Probablemente estaba convenientemente advertido de que no se le ocurriera hacerlo. Da igual, la credibilidad del personaje se hunde a cada paso que da, aunque a él le importe lo más mínimo. Sólo su ego infinito es relevante, lo demás y los demás son meros accesorios.