Ayer, antes de que la bolsa de Nueva York se cayera con todas las ganas del mundo, se produjo un nuevo incidente basada en múltiples amenazas de bomba en cerca de una veintena de vuelos comerciales que sobrevolaban los cielos europeos. Como hace unos días, cuando se produjo el primero de estos sucesos, se activaron todos los protocolos de seguridad establecidos, incluyendo la escolta de alguno de esos vuelos por parte de cazas, y se produjeron aterrizajes de emergencia no previstos en los aeropuertos más cercanos a las rutas por donde en ese momento los vuelos trascurrían. Afortunadamente, como la vez anterior, todos los avisos fueron falsos, y no hubo desgracia alguna.
Eso sí, el tráfico aéreo europeo pasó por momentos de caos y cientos y cientos de pasajeros acabaron muy lejos de donde esperaban llegar en medio de una incertidumbre creciente por lo que está pasando. Este ha sido el segundo de los incidentes que, basados en falsas alertas de bomba, se han dado en apenas una semana, y ha sido de una extensión mayor que el primero. Coincide, si al menos en lo temporal, con un nuevo ataque informático a los sistemas de refrigeración de numerosos supermercados del centro y norte europeo, que ha vuelto a causar pérdidas económicas no pequeñas al provocar la putrefacción de comida fresca, y esta vez se ha sabido que bancos de sangre franceses también se han visto atacados, sin que se sepa el grado de afectación que han sufrido. Vuelve a ser el segundo ataque de este tipo en poco más de una semana. Y es obvio empezar a preguntarse qué es lo que está sucediendo. Un primer ataque a unos supermercados puede verse como algo bastante capullo por parte de un grupo de hackers espabilados, un segundo mucho más amplio en extensión y alcance ya es otra cosa. Lo mismo se puede decir de los aviones. Algún desgraciado ha querido reírse a costa de hacer aterrizar unos vuelos, si estuviéramos ante un incidente aislado, pero la reiteración y, nuevamente, su extensión, hace levantar todas las sospechas. Que los dos tipos de ataque se den de manera simultánea, que coincidan como antes señalaba, pone a todo el mundo en ascuas y hace pensar sobre lo que está pasando. La idea de que hay una campaña organizada desde algún punto para atacar a Europa, para provocar disrupciones en la economía y sociedad de nuestros países empieza a verse no ya como el argumento de una serie de acción, sino como la explicación más probable ante lo que está sucediendo. La originalidad de los ataques y su, por ahora, incruentas consecuencias, pueden hacer pensar a alguno que estamos ante un juego, pero nada más lejos de la realidad. Las pérdidas económicas causadas ya son reales, y para algunas empresas no pocas. Y el miedo que puede empezar a crecer entre los usuarios del avión ante la incertidumbre de si, finalmente, llegarán a su destino, puede acabar retrayendo la demanda de un sector que ya está bastante golpeado por la subida del precio del combustible, uno de sus principales costes. Ayer una compañera de trabajo me comentó que estaba planteándose cancelar un vuelo que tiene dentro de un par de fines de semana, en el que se va de puente con su novio a una ciudad italiana. Lo más probable es que no pase nada, pero las aerolíneas van a empezar a recibir llamadas de dudas por parte de los pasajeros que han contratado vuelos, inquietos al ver en los medios las noticas de unos ataques de origen desconocido que les infunden preocupación, con toda la lógica del mundo. La ausencia absoluta de información sobre quién o quiénes están detrás de todo esto no hace sino alimentar las sospechas y el nerviosismo, dos malos compañeros de viaje.
Más allá de los sospechosos habituales, encabezados por Rusia, no está nada claro el origen de estos incidentes, y la información al respecto, como les comentaba, escasea. Podemos estar ante una acción patrocinada por un estado o, gracias a las herramientas que proporciona la IA, ante un movimiento en el que organizaciones privadas pretendan causar daños, terrorismo cibernético, por llamarlo de alguna manera. Lo único seguro es que, por ahora, todos los ataques se han dado contra naciones europeas, por lo que queda mucho más claro quién es la víctima que el culpable. ¿Rusia y Corea del Norte están detrás? La probabilidad no es nula, pero no hay certezas de nada.