Ayer por la tarde, de camino a casa, viví un incidente en el metro, de los desagradables, que afortunadamente no se dan con frecuencia. A tres paradas de casa el tren en el que iba empezaba a estar más tiempo de lo debido en la estación y el conductor avisó de que, por avería en línea, estaríamos detenidos un rato. El convoy estaba bastante lleno, pero no de manera agobiante. Uno de los pasajeros, al que ya se le había escuchado murmujear a lo largo del trayecto, empezó a cagarse en todo en voz alta, sin cortarse mucho, y se levantó y salió del tren. El vagón en el que viajaba era el primero, el más cercano a la cabina del conductor.
El pasajero iracundo, por así llamarlo, salió, como les decía, y se plantó en frente a la puerta del conductor del tren. Empezó a lanzar insultos a lo loco, gritando como un poseso, con toda la retahíla de hijos, madres meretrices y demás expresiones de ese tipo. Dio también algunos golpes, no se si con el puño o patadas, a lo que supongo sería la puerta del conductor, por lo que sentimos los que nos quedamos dentro del vagón, y al poco decidió volver al interior, sin gritar tanto, pero con una mala leche alucinante y hablando en alto claramente, cagándose en el conductor y en todo lo demás. Obeso, medio calvo, con vaqueros desgastados, camiseta sudada y mochila, sudaba abundantemente. Pocos instantes después el tren dio el aviso de cierre de puertas y salimos de la estación. Al poco llegamos a la siguiente, a dos paradas de casa, donde arribamos, se abrieron las puertas, y un empleado de seguridad, acompañado de dos miembros del personal del metro, entraron en el vagón y se dirigieron al iracundo, que seguía sentado en el suelo y perjurando por lo bajo. Le conminaron a que se bajase, cosa a la que él se negó. El vigilante empezó a ser insistente y dijo que mientras el iracundo siguiera en el vagón el metro permanecería detenido, a lo que siguieron algunas voces de pasajeros pidiendo al sujeto que se bajase de una vez. Al cabo de un minuto, el iracundo decidió levantarse del suelo y salir del vagón, escoltado por el personal del metro y seguido del vigilante de seguridad. En el andén, los dos empezaron a discutir y, en un momento dado, el vigilante le sujetó de la mano para que no acercase tanto el brazo, cosa que hacía de manera intimidatoria. Eso provocó que la iracundia se transformase directamente en intento de agresión. El iracundo se encaró directamente con el vigilante, amenazándole con hacerle de todo si le volvía a tocar y gritando como un descosido: Cada vez se acercaba más al vigilante, con esa pose chulesca de “que pasa” que mantienen algunos en las discusiones cuando tratan de acorta el espacio de cortesía que nos separa a todos en condiciones normales para hacerse con él. Los empleados del metro, dos mujeres, sacaron sus walkies y, supongo, llamaron para relatar lo que estaba pasando y pedir refuerzos. Con el iracundo desmelenado, a pesar de su calvicie, a penas a unos centímetros del vigilante, amenazando con mandarle mucho más allá del otro barrio a base de toto tipo de golpes, volvió a sonar la señal del aviso de puertas y se cerraron, tras lo que el tren emprendió su rumbo y, en no mucho, transcurrieron las dos paradas que quedaban hasta llegar a la que es la mía. Cuando el tren arrancó, dejando la escena al otro lado de los cristales, se pudo sentir una especie de alivio generalizado entre todos los pasajeros que íbamos allí, espectadores involuntarios de una escena desagradable, que había estado a punto de descarrillar en más de una ocasión, y que tenía pinta de que no iba a acabar nada bien.
El título de hoy, inacción, viene de que eso es lo que hicimos todos los que viajábamos en el tren durante todo el suceso. Nada. Mirar, si, cada vez con mayor atención y reparo a lo que iba pasando, pero sin mover un dedo. Sólo algunas voces que pidieron que se bajase el iracundo tras el aviso de detención del vigilante hicieron ver que había público en la escena, el resto fue un silencio sepulcral. La violencia desatada por ese sujeto hizo que nadie se atreviera a mover un dedo en ningún sentido, a pesar de que habíamos visto un intento de agresión al conductor, al que no le pasó nada por estar protegido en su habitáculo. La violencia coarta. El miedo es efectivo. Esa ley de la selva, que tanto se lleva ahora en la actualidad internacional, funciona en todos los escenarios.