Hay ciertos desastres naturales en los que la casa, tradicionalmente un refugio, se convierte en un peligro. No es el caso de, por ejemplo, nevadas o inundaciones, donde el hogar, más si cabe en el caso de ser un piso, ofrece protección. La casa se convierte en lugar de encierro, rememorando lo que pasó durante el Covid, y sus paredes, que nos separan de lo que pasa fuera, actúan como barrera defensiva, aunque también como prisión de la que no hay escapatoria. Demasiados días forzado a estar en casa suponen una prueba que muchos llevan con parsimonia y no pocos con desesperación. Todos sufrimos ese experimento social hace unos años, y seguro que son pocos los que quieren recordarlo.
El incendio es distinto. Como amenaza móvil, sujeta a los caprichos de la meteorología y la disponibilidad de combustible, supone un enemigo ante el que el hogar no es capaz de garantizarnos seguridad. Hay que huir en la dirección contraria cuando se acercan las llamas, con el viento de espalda, en busca de un lugar seguro, y en muchas ocasiones, hacerlo de manera precipitada. Vemos como cambios en la dirección del viento convierten en localidades que ven con temor el avance de las llamas en la lejanía en más que probables objetivos del incendio una vez que las rachas alteran su dirección. En este caso la huida puede ser a la carrera, descontrolada, en medio del pánico, y eso es una receta casi segura para que se produzcan desastres, como el que vimos hace no demasiadas semanas en Almería. Las evacuaciones que están provocando los malditos incendios de este julio, masivas, no han concluido en situaciones de ese tipo porque ha habido suerte y porque el personal encargado de gestionarlas es abundante y se trabaja en zonas bien comunicadas. Aun así, se han producido atascos considerables, inevitables, en muchas de las localidades que han sido forzadas a la evacuación. Los hay que pueden huir en sus coches, pero otros muchos no, bien porque no los tienen o porque ya no están en condiciones de conducirlos o por lo que sea. Hay personas que se resisten a huir, por el mero miedo de lo desconocido, porque no quieren renunciar a la seguridad de lo que hasta ahora ha sido su hogar y no ven cómo van a sobrevivir fuera de él. Esto es especialmente frecuente a medida que aumenta la edad de las personas, y complica mucho las evacuaciones. Cuando se decreta el abandono de una localidad no se hace como capricho, sino porque se cree que no hay otra alternativa más segura para los que allí viven ante un avance descontrolado de las llamas. Hay una causa objetiva, probablemente visible a poca distancia de las viviendas, que obliga a escaparse antes de que sea demasiado tarde. Los efectivos tienen como prioridad el salvar las viviendas de los pueblos para permitir que, aunque el entorno se destroce, los habitantes puedan volver a sus hogares y no sufran pérdidas materiales además de las emocionales, pero hay momentos en los que no está nada claro si ese objetivo se va a poder lograr o no, por lo que escaparse es lo más práctico para salvar la vida. En ese caso no hay que coger mucha cosa. Documentación, el móvil y el cargador, y medicinas en el caso de que sean necesarias por un consumo prescrito y recurrente. Apenas nada más. Se recomienda llevar algo de dinero en efectivo, pero eso hoy en día puede ser escaso en algunos hogares. En general, en los lugares habilitados para refugio a los que se lleva a la población se dispone de utillaje para poder comer y dormir. Rebuscar por la casa cosas que se antojan como valiosas o necesarias puede consumir un tiempo que, quizás, no tengamos. Hay que salir a la carrera, con lo puesto, tratando de salvarse a uno mismo y a los que nos rodean. Se ha visto como los equipos de emergencias llevaban a ancianos, personas con movilidad reducida y, en general, aquellos que no disponen de medios para desplazarse en su vida normal. No rebusque, no pierda ni un instante. Corra, y si no puede correr, avise para que quien sí es capaz pueda llevarle.
La incertidumbre de estar días como refugiado en tierra vecina sin saber qué habrá sido de las casas y pertenencias debe ser horrible. Los que están con los desplazados les cuidan de la mejor manera posible, pero no pueden aliviar su temor ante lo vivido y, sobre todo, ante lo que se pueda haber perdido en el caso de que el fuego haya entrado en las poblaciones. Esa angustia lo impregna todo, de igual manera que lo hace el olor a chamuscado, y no se va hasta que se puede retornar y se comprueba lo que ha quedado, el resultado de la macabra partida que los equipos de extinción han tenido que jugar contra el devastador fuego. Ojalá esto se acabe de una vez y los desplazados puedan volver, todos, a sus casas.