Ayer volvieron a celebrarse elecciones regionales en Alemani. Concretamente en la capital berlinesa y en el estado de Meckelburgo Pomerania del oeste, creo que lo he escrito bien. En los cómicos de la ciudad la CDU del actual canciller Mertz quedó segunda, superada por Die Linke, la extrema izquierda, algo así como Pablemos aquí. En las regionales, como se esperaba y temía, ganó AfD, aunque esta vez parece que no tiene opciones de entrar en el gobierno. Los socialdemócratas del SPD sacaron resultados presentables y la CDU se hundió, y ayer por la noche aún no era seguro que superase el corte del 5% para poder acceder al parlamento regional.
Mertz, el líder del partido, compareció por la noche para analizar los resultados, brevemente y sin medias tintas. Al contrario que otros, pensemos en el irresponsable de Sánchez cada vez que el PSOE se ha estrellado en las elecciones autonómicas de este año, Mertz sí dio la cara. Calificó los resultados de la única manera posible, como desastrosos, y admitió una derrota que no tiene excusa alguna. Sí reiteró que no piensa dimitir como canciller federal y que el rumbo del gobierno que preside se mantiene. Si lo del resultado era esperado, también se preveía que Mertz iba a ser el pararrayos que aguantase el chaparrón de una derrota más, y que los altos cargos del partido empiezan a estar mucho más que preocupados por la figura del canciller y el rumbo del partido. Elección tras elección Alemania repite el patrón de ver cómo la extrema derecha de AfD sube sin cesar y la CDU conservadora convencional se desploma, con una socialdemocracia convencional del SPD que languidece y se ve asediada por su propio extremo. La suma de los dos partidos que sostienen desde hace tiempo la gran coalición que gobierna en berlín empieza a no ser suficiente si se extrapolan estos resultados a unas elecciones federales, y las opciones de que AfD sea el partido principal tras unos comicios de ese tipo quita el sueño a muchos, obviamente, pero empieza a forzar a cargos de la CDU a admitir que su única posibilidad de conservar el gobierno sería aliándose con los extremistas y renunciando a la coalición transversal. Esto sería revolucionario para la Alemania moderna, y, además, introduciría un factor de inestabilidad enrome en el seno del proyecto europeo, donde son Francia y Alemania las dos granes naciones que hacen avanzar la Unión. Con un partido de extrema derecha en Berlín y una posible victoria de Le Pen en las presidenciales francesas del año que viene el proyecto europeo puede estar herido, no se si de muerte, pero sí de gravedad. Por ahora ese escenario no existe, pero empieza a ser bastante posible. Desde luego en Alemania la situación empieza a ser complicada, con una economía que, día tras día, recibe golpes en su línea de flotación por parte de la despiadada competencia china, y un gobierno federal debilitado, hoy mismo noqueado por los resultados de ayer, que sigue presentando una hoja de ruta de reformas estructurales pero que empieza a carecer de fuerza para llevarlas a cabo. El descontento social de la población es creciente, y queman líderes con una facilidad no tan pasmosa como la británica, pero sí inhabitual para lo que es el mundo germánico. El socialdemócrata Scholtz acabó su mandato olvidado por todos y con una popularidad casi nula, y Mertz le sucedió tras una considerable victoria conservadora en septiembre de 2024, hace ahora un año. Sólo han pasado doce meses y Mertz está medio carbonizado, con su partido perdiendo elecciones sin cesar y su popularidad a niveles de Scholtz. La capacidad del gobierno de Berlín de impone políticas de cualquier tipo, tanto dentro del país como fuera, se reduce a altísima velocidad y eso puede hacer que la carrera del canciller está mucho más cerca de su final de lo que él mismo pueda imaginar.
¿Va a haber una revuelta entre los miembros de la CDU para relevar a Mertz? ¿Se verá obligado a anticipar elecciones si sus proyectos empiezan a ser rechazados en el parlamento? Si el canciller tuviera la falta de escrúpulos que atesora Sánchez se hubiera ido de vacaciones tras esta derrota, pero los que conforman su partido no son unos sumisos paniaguados como los que viven ahora mismo en el PSOE, y la posibilidad de la revuelta interna “a la británica” es un runrún que cada vez coge más fuerza en Alemania. Los tiempos de la estabilidad de Merkel han saltado por los aires y no van a volver en mucho mucho mucho tiempo.