miércoles, marzo 18, 2026

Piezas cobradas en Oriente y EEUU

Ayer Israel volvió a demostrar que posee los mejores servicios de información del mundo, y que ese trabajo de análisis se puede traducir, en breves instantes, en operaciones de ejecución tan frías como certeras, capaces de eliminar a aquellos sujetos que el gobierno tenga identificados como de interés. Pese a las precauciones tomadas, Israel ha descabezado nuevamente a la cúpula del poder iraní, no al proclamado nuevo líder supremo Jamenei hijo, del que se sabe bien poco, sino a los que actualmente regían los designios del país: el líder de la seguridad iraní, Ali Larijaní, y el jefe de la milicia Basij, Gholamreza Soleimani. Dos hombres fuertes capaces de controlar las riendas del poder, lo militar y la represión social.

Por su parte, en EEUU caía el responsable de la seguridad interna antiterrorista, John Kent, pero no eliminado físicamente ni nada por el estilo, no. Dimitía de sus cargos, y en una carta hecha pública acusaba al lobby israelí de haber engañado a Trump y sus asesores para embarcarse en una guerra inútil contra un Irán que no suponía una amenaza para la nación. Ante esta baja, la respuesta del ególatra supremo ha sido de calificar a Kent como “débil”, literalmente, y no darle importancia alguna a su marcha, pero el hecho es que lo tiene. Por una parte, lo que dice en su escrito de renuncia es lo que se defiende desde muchos altavoces, de ideologías variada, la idea de que EEUU ha sido arrastrado a una intervención en la que no creía y que veía con más problemas que ventajas, que es Netanyahu el que lidera las hostilidades y el que tiene una posición de fuerza, entre otras cosas muy necesaria para salvar su propio pellejo político respecto a las acusaciones de corrupción que no pueden actuar contra él mientras se mantenga la guerra. Por otra, Kent, el dimitido, no es precisamente un demócrata que viene de la administración Biden y que, en su momento, no fue relevado por Trump. No, Kent es un miembro activo del MAGA, el movimiento populista que creo Trump y que ensalzó a Trump como su mesías. Es un conservador furibundo, alguien para el que el republicanismo clásico llega, como mucho, al nivel de derechita cobarde, para entendernos por aquí, y que se ha apuntado a todas las campañas de desinformación habidas y por haber desarrolladas por el entorno MAGA respecto a la actualidad nacional e internacional. Es un nacionalista norteamericano radical y un aislacionista patológico. Si ha dimitido no es por la conciencia de que EEUU esté actuando erróneamente, o por el miedo a que las consecuencias económicas de la guerra castiguen al bolsillo del votante o cosas por el estilo. No, si lo ha hecho ha sido porque considera que Trump ha traicionado los principios con los que se presentó a las elecciones y cosecho millones de votos, entre ellos el suyo. Trump vendió la idea de que EEUU no se iba a meter en más guerras inútiles, de esas que duran muchos años, llevan cadáveres a los pueblos del interior del país y acaban o en espantadas humillantes o en derrotas sonoras. Eso era cosa de los demócratas, de esos intervencionistas que olvidan al pueblo norteamericano. Él se iba a centrar en el país, en arreglarlo, en olvidar lo que pasara fuera y dejar que si alguien tuviera problemas en el exterior se las apañase. Poco después de cumplir el primer año de mandato Trump y su gabinete e han desatado en una política internacional intervencionista en grado sumo de una manera tan bruta, improvisada y macarra que tiene estupefactos hasta a los suyos. La base de votantes MAGA se está revolviendo contra las directrices de una administración, por llamarla de una manera, que se ha convertido en la más intervencionista y belicosa de las que ha habido en las últimas décadas, y eso de momento sólo se ha traducido en cadáveres volviendo al país, por ahora pocos, y unos precios que amenazan con volver a dispararse y asediar al consumidor, y votante.

Con este panorama es normal que las encuestas pronostiquen la elevadísima probabilidad de que, en las elecciones de medio mandato, a celebrar en noviembre de este año, los demócratas se hagan tanto con el Senado como con la Cámara de Representantes, cercenando notablemente los poderes presidenciales. Trump dice que eso le da igual, y lo peor es que quizás sea cierto, tanto por la absoluta indiferencia que muestra hacia todo lo que no sea él como por el hecho de que pueda osar a incumplir la voluntad de las cámaras, mandando en contra de sus elecciones, o incluso porque ya tenga pensado que eso de las elecciones de medio mandato es un incordio que no debe celebrarse, para no distraerle de sus ensoñaciones. Todo puede ser.

martes, marzo 17, 2026

Lealtad

La lealtad se encuentra en la base de toda relación que sea digna de tal nombre, y su surgimiento implica el respeto mutuo entre los que mantienen el vínculo. Uno sabe que el otro se va a comportar de manera leal, aún cuando desarrolle actividades ajenas, propias, privadas, y eso hace que la confrontación que pueda surgir por lo que se haga fuera de la relación sea lo menor posible. Ser leal a alguien es algo preciado, lo sabe el que lo es y lo sabe aún más el que puede confiar en el comportamiento del otro. La vida y sus avatares ponen a prueba todo esto, y cuando la lealtad se otorga, se recibe, se comprueba, la fidelidad del vínculo se afianza sobre raíces profundas, muy difíciles de arrancar.

Todo esto, que parece palabrería barata de autoayuda, vale para las relaciones de amistad, de pareja y, sí, también, internacionales entre países. Es cierto que en este último caso domina la máxima de aquel primer ministro británico (no era Churchill) que decía que los países no tienen amigos, sino intereses, y so hace que a veces algunas naciones sean sus amigas y otras no. En todo caso, cuando se establecen vínculos entre países se espera una lealtad mutua, se entiende que cada uno buscará lo propio por encima de todo lo demás, pero se espera un comportamiento predecible, una cooperación, y una actuación leal que permita que ese pacto suscrito sea llevado a la práctica y beneficie a ambos. Desde los años cuarenta hasta ahora el pacto trasatlántico ha sido uno de los mejores ejemplos de esto, una relación asimétrica entre EEUU y Europa en la que estaba meridianamente claro quién era el líder en lo económico y militar, quién el protegido, y donde todas las naciones se beneficiaban mutuamente de una simbiosis que les permitía ganar seguridad y prosperidad. El éxito de este pacto es que ha sido copiado por otros grupos de naciones, con mejor o peor fortuna. Recordemos el pacto de Varsovia en el mundo soviético en la guerra fría, que fracasó por ser un acuerdo de sumisión más que otra cosa, o la ASEAN en el Pacífico, centrado sobre todo en temas económicos, pero que supone una vinculación estrecha entre naciones que va más allá de los negocios. Pues bien, el pacto trasatlántico se está hundiendo ante nuestros ojos en pleno mar, lo que es una desastrosa noticia para todos aquellos que estamos involucrados por él. Curiosamente esto no se debe a que haya socios díscolos en la parte europea, donde el guirigay es constante y las opiniones no pueden ser más diversas dado el número de países soberanos que existen, no. El pacto se hunde porque es EEUU, la nación más poderosa, la que se ha embarcado en una senda de incumplimiento, de revancha y, sí, de deslealtad. Trump I ya fue un preludio de lo que vemos, pero no llegó a tanto. Desde antes de él ya se percibía una creciente indiferencia en Washington ante los problemas europeos, dado el creciente ascenso de China y la sombras que eso suponía sobre el mundo norteamericano, pero ese desentendimiento, que puede ser comprensible, no iba acompañado ni de formas ni de decisiones absurdas. Con Trump II las cosas han cambiado completamente en todos los sentidos. Desde un principio su discurso ha tenido en el objetivo al resto de economías y democracias liberales, atacándolas sin cesar, dedicándoles palabras gruesas y decisiones que buscaban romper el clima de entendimiento creado a lo largo de décadas. No es que EEUU con Trump se haya vuelto aislacionista, no. Eso sería un problema, pero un problema ya conocido en el pasado. Lo que sucede es que se ha vuelto agresor, marrullero, opositor a los principios liberales, y ahora es mucho más proclive a colaborar con dictaduras que le sirvan que con democracias con las que pueda negociar. Trump admira a los autócratas y recela de los sistemas democráticos. Aspira a ser gobernante único y perpetuo.

Ayer, por primera vez, y en bloque, la UE se negó en redondo a colaborar ante el llamamiento que hizo Trump de solicitar colaboración para una misión que garantice el paso de petroleros por el estrecho de Ormuz. No queremos meternos en algo que otros han iniciado, vino a decir desde Bruselas la UE, en una declaración que destilaba enojo por lo que pasa y por la decisión trumpista de levantar las sanciones de venta de crudo al invasor ruso. La UE ya ha comprobado que los actuales EEUU no son leales, no ya a sus intereses, sino directamente al concepto profundo que recoge ese término. Algo viejo y noble se hunde en el Atlántico, en medio del regocijo de nuestros enemigos.

lunes, marzo 16, 2026

Pocas sorpresas en Castilla y León

En el primer fin de semana de la campaña electoral para las elecciones de Castilla y León estalló la guerra de Irán, y desde entonces, tanto las dos semanas de mítines como la jornada electoral han estado sepultadas por lo que iba sucediendo en el país persa y sus alrededores. El ojo de los informativos ha estado muy alejado de esa Comunidad Autónoma, y sólo ayer, el día de las votaciones, los informativos se centraron en ella, pero incluso en los programas especiales se mantenía un ojo fijo en Ormuz, con las últimas noticias que llegaban desde allí, entre escaño bailante y porcentaje de escrutinio.

Los resultados no han sido demasiado sorpresivos, aunque sí hay algunas diferencias respecto a lo que señalaban las encuestas. El PP gana, como se esperaba. Sube en escaños, de 31 a 33, y en porcentaje de voto, algo más de cuatro puntos, siendo este su dato más positivo de la noche. La mayoría absoluta queda muy lejos para Mañueco, pero eso lo daba todo el mundo por descontado. Frente a los resultados extremeños o aragoneses, buenos, pero por debajo de las expectativas, el PP puede estar bastante satisfecho. El PSOE sube en escaños, pasa de 28 a 30, y gana casi un punto porcentual. Esta es una de las sorpresillas de la noche, porque las encuestas daban por sentado que iba a perder los comicios, como así ha sido, pero le otorgaban un resultado peor. Tras la debacle de Extremadura o Aragón el PSOE puede sentirse aliviado, aunque no el sanchismo. En este caso el candidato no es un exministro, sino alguien local, que lleva siendo alcalde de Soria bastante tiempo, y que ha hecho una campaña propia en la que Ferraz no ha tenido papel relevante. Huir del sanchismo le ha beneficiado al PSOE, lo que es algo que todo el mundo sabe menos en la menguante secta de los adoradores al líder monclovita. ¿Extraerá alguna lección de esto el partido? Probablemente no, ya que los siguientes comicios, Andalucía, presentan a la Vicepresidenta de candidata, por lo que el voto de castigo al sanchismo, como en las dos primeras elecciones regionales de este año, se repetirá. VOX ha quedado tercero, como se esperaba. Sube un escaño, llegando a 14. Es un muy buen resultado numérico, pero confrontado con las expectativas resulta un gatillazo. Ansiaban llegar al 20% de los votos y, por poco, no han logrado el 19%. Su trayectoria de disparo, que se dio en Extremadura y Aragón, se ve frenada en estas elecciones, y por primera vez se pueden encender algunas señales de alerta en los cuarteles, nunca mejor dicho, de la formación. Supongo que las purgas de estas últimas semanas y la deriva psicótica que caracteriza a esa formación desde sus inicios, que no hace sino acentuarse, no contribuirán a que su ascenso sea sostenido. Un partido que se dice amigo de los agricultores y que sigue de manera servil al magnate que está provocando una subida de los precios de los combustibles por sus aventuras en Irán debiera hacérselo mirar. Pero no esperen reflexión en VOX, me sorprenderían si así fuera. En todo caso, mantienen el control de la investidura, porque sus votos son necesarios para ella, por lo que están en una situación de chantaje similar a la que presentan Extremadura y Aragón. Es probable que, tras la jornada de ayer, se empiecen a desencallar los pactos de coalición entre PP y VOX en estas regiones, pero no es menos cierto que hoy VOX tiene una posición algo más débil que la que mantenía ayer antes de los comicios. El resto de procuradores se atribuyen a fuerzas regionalistas como la agrupación leonesa, con tres, Ávila existe con uno y Soria ya con uno. Esta última formación pierde dos parlamentarios, uno de ellos va a parar al PSOE, por lo que sale derrotada de esta noche. La izquierda de la izquierda a la izquierda de la izquierda del PSOE consigue unos resultados lamentables. Con unos veintitantos mil votos lo que es IU Sumar se convierte en una resta absoluta. Pablemos alcanza un tercio de esa cifra de votantes, y es duplicado por lo que saca la cutrez de Alvise. Las tres formaciones son escombros.

El resultado de ayer es beneficioso para el bipartidismo, ya que las dos formaciones nacionales salen ganando, y malo para los extremos, que menguan. El espectro extremo de izquierdas sufre, como les comentaba, un resultado tan lamentable que Rufián empieza a temer seriamente por la vidorra que se pega a cuenta de representar las presuntas esencias de algo que se disuelve. La extrema derecha también ve un primer escalón, el del 20% de los votos, que se le vuelve resistencia, que no logra franquear. Ojalá esto suponga el inicio de su bajada y que, junto con Pablemos y cía, llegue a la irrelevancia absoluta.

viernes, marzo 13, 2026

Otra crisis, más deuda

A medida que pasan los días y la guerra sigue, sus efectos económicos se amplifican. El barril de crudo se ha acomodado en una horquilla que supera ampliamente los 90$, volviendo ayer a rozar los 100$, pese a las medidas de liberación de reservas de la Organización Internacional de la Energía, acto más bien testimonial y destinado a generar un efecto placebo antes que efectivo. Aún estamos a tiempo de que, si todo se acaba ya, los efectos sean puntuales, como un golpe en la mesa pero sin romper cosas. Si la situación se prolonga varias semanas más los daños estructurales en la economía global pueden ser significativos, y el ciclo verse completamente trastocado.

Por ello, los gobiernos empiezan a pensar ay en planes de ayuda, en medidas para paliar las subidas de los costes energéticos, en una situación que suena bastante a lo que vivimos en 2022 cuando comenzó la invasión de Ucrania. El disparo inflacionario que se dio en esos momentos fue fruto de tres factores; sobredemanda aún remanente tras el encierro Covid, problemas logísticos de oferta para recomponer los sistemas de producción y suministro globales y shock de precios energéticos por la propia invasión y las sanciones a los productos rusos. Ahora mismo el tercer factor se está dando, sin que se vean los anteriores, aunque es verdad que las cadenas logísticas han empeorado su eficiencia desde entonces y eso se ha traducido en unos costes más elevados. Por lo que se oye, frente a paquetes de ayudas precedentes, se está pensando en medidas focalizadas en los sectores afectados más que en programas universales. Así, se ayudaría a agricultores, transportistas, electrointensivos y demás que dependen de la energía como fuente fundamental de trabajo, pero al consumidor que se dedique a, pongamos, estar en la oficina tecleando como yo, no le caerían ayudas específicas. Habrá que ver cómo se traduce todo eso de una manera práctica, pero lo único seguro es que a los gobiernos occidentales esto les pilla con una montaña de deuda pública mayor que en las crisis precedentes. Si se fija, desde el Covid, hemos entrado en una secuencia de crisis producidas por shocks externos que se han traducido en disparos de gasto público para paliar sus efectos (con mejor o peor diseño y ejecución) e incrementos de deuda pública constantes, en escalones, uno por cada golpe, de tal manera que apenas hay tiempo material para que los gobiernos reduzcan sus niveles de endeudamiento entre crisis y crisis. No estamos antes subidas o bajadas cíclicas, que exigen esfuerzo presupuestario y se traducen en años de déficit, seguidos de años de estabilidad en las cuentas cuando el ciclo vuelve a subir. No. Estamos ante constantes aumentos de niveles de deuda que apenas se amortizan cuando se da otra situación que exige recurrir de nuevo a ella. Entre medias la diligencia de los gobiernos no tiene tiempo para poder reducir el stock de deuda acumulada, siempre que el gobierno se ponga a la tarea, claro está. Algunas naciones, como la nuestra, tienen una extraña combinación de altísima deuda, gobierno manirroto donde los haya y recaudación fiscal disparada gracias a un ciclo de subida enorme y a decisiones injustas como la no deflactación del IRPF. Eso ha disparado los niveles de ingreso púbico y ha permitido, con el crecimiento del PIB, estabilizar la ratio de deuda, que está ahora mismo en el entorno del 103,2%. No hace falta ser muy listo para suponer que esos niveles van a crecer con fuerza si se imponen paquetes de ayuda y se produce una contracción económica, aunque sea leve. La senda de consolidación presupuestaria, si es que alguna vez fue tomada en serio por alguien, se vuelve a esconder en el cajón ante necesidades imperiosas.

Cuando los tipos estaban ridículamente bajos, o negativos, recurrir al endeudamiento era una política financieramente sensata, porque un mínimo aumento del ciclo te generaba recursos para cubrir intereses y principal, pero eso ya no sucede con los tipos actuales, y será aún peor sí, como parece, suben para luchar contra la previsible ola inflacionaria que puede venir del estrecho de Ormuz. Ya hemos visto en 2025 a naciones como Francia pasarlo realmente mal por el disparo de la carga de intereses de su deuda, y ese caso es el representativo de la mayor parte de las naciones occidentales. ¿Cómo vamos a afrontar financieramente lo que pueda llegar? No hay respuestas claras.

jueves, marzo 12, 2026

Crece la división entre EEUU e Israel

¿Engañó Israel a EEUU para enfangarse en la guerra de Irán? Es una pregunta con mucha miga que, a medida que pasan los días, no deja de adquirir mayor sentido. Hay algunas fuentes que señalan que Netanyahu llevaba tiempo deseando que se produjera el ataque del sábado 28 de febrero, y que susurraba sin cesar al oído de Trump para que diera su permiso. Trump, reacio en principio a intervenciones, se ha ido soltando en este aspecto de una forma sorprendente, pero en su círculo íntimo no lo veían nada claro. El éxito de la operación de Maduro en Venezuela sorprendió a todos, y envalentonó a los más intervencionistas, pero muchos repetían, con razón, que Irán no es Venezuela, y que en el país persa todo sería mucho más difícil.

Camino de las dos semanas de intervención, es evidente que EEUU tiene prisa para dar por cerrada la operación y que el gobierno de Israel no siente apremio alguno, y si por el fuera seguiría el resto de la existencia golpeando. Los precios del petróleo suponen para Trump una losa, porque sabe que, tarde o temprano, los va a acabar pagando el consumidor estadounidense, que es también el votante. En Israel la economía está intervenida de facto desde los ataques islamistas de Hamas del 7 de octubre de 2023 y se mantiene asistida por lo que EEUU le proporciona, y la población aprueba mayoritariamente la escalada militar frente al que ha sido su enemigo histórico en la región. A Bibi y los suyos no les importa que el crudo supere los 100$ pero a EEUU y a occidente sí. Además de este coste directo existen costes financieros asociados a la guerra que son crecientes y que suponen una factura extra para el presupuesto norteamericano. El mero hecho de mantener cada día la maquinaria de guerra operativo supone cientos y cientos de millones de dólares, y el consumo que se está haciendo de armas de precisión agota los stocks y obliga a reponerlos con unos costes no previstos. Los que pensaban en el entorno de Trum que lo de Irán sería un paseo están empezando a sudar mucho, y las declaraciones contradictorias que salen de unos EEUU carentes de estrategia de salida una vez comenzadas las hostilidades resultan ser la principal muestra de una división, de una desorientación interna que no augura nada bueno. Trump ahora mismo desearía dar por terminada la operación, cosa que dice los días impares, aunque los pares repita que el esfuerzo sigue hasta que no se alcancen todos los objetivos. Parece evidente que el régimen islamista, tocado, no se ha hundido, y que la población de Irán va a sufrir en sus carnes tanto el efecto de los bombardeos norteamericanos como la represión de una teocracia que sigue haciendo todo lo posible para aguantar, convencida de que el tiempo que sea capaz de prolongar las hostilidades es su mejor aliado, tanto por los efectos económicos globales que puede causar como por la falta de paciencia del niño naranja que gobierna en la Casa Blanca. Más de uno lamentará ahora mismo en el complejo presidencial de Washington haberse embarcado en este berenjenal viendo cómo se están desarrollando los acontecimientos, y los recelos respecto a las promesas de victoria segura que vendería Netanyahu y su gestión local de la guerra es casi seguro que crecerán día a día. Visto desde fuera, resulta sorprendente cómo la primera potencia del mundo se encuentra inmersa en un conflicto en el que es Israel el que parece llevar la voz cantante en cuanto a operaciones, estrategias y decisiones. Es absurdo, y para los EEUU, a mi modo de ver, humillante.

Una derivada no menor de lo que sucede es que una y otra nación están consumiendo sus stocks de munición de la mejor calidad a una velocidad más alta a la que la pueden reponer. Ayer se supo que EEUU desviaba baterías de Patriots asentadas en Corea del Sur para trasladarlas a Oriente medio. Otro signo de mala planificación de la operación principal, de improvisación del ataque del 28 de febrero y, ojo, aviso a navegantes de que el teatro de operaciones de Irán empieza a enfangar a la maquinaria norteamericana. ¿Va a aprovechar alguno la coyuntura para intentar algo? El poderío del ejército de EEUU es inmenso, pero no infinito, y mal gestionado puede cometer errores tan burdos como algunos de los que vemos estos días.

miércoles, marzo 11, 2026

Europa en el laberinto

Cuando se utiliza la expresión “el mundo de ayer” se vuelve inevitablemente a la obra homónima de Stephan Zweig, su biografía, un libro que todo europeo, al menos, debiera leer en su vida. En ellas el bueno de Stephan cuenta lo ilusos y felices que vivían todos antes de la IGM, cuando ese conflicto no se había desatado y, desde luego, nadie pensaba que se acabaría llamando de esa manera. Exuda nostalgia el texto por un pasado perdido, idealizado, porque esa sensación no es de ahora, sino eterna, la de la seguridad de lo ya transitado frente a la incertidumbre de lo que nos espera. Escrito de maravilla, es un testimonio vital impagable y la crónica del suicidio del continente.

Todo esto viene a cuento de lo que dijo ayer Von der Layen, la presidenta de la Comisión europea, al respecto de cómo afrontar el nuevo desorden mundial. Úrsula tiró la toalla y abogó porque Europa deje de defender un orden que ha caído, un orden multilateral basado en reglas que ahora empiezan a ser papel mojado. Desde la oposición política a la presidenta, y también desde dentro de las instituciones comunitarias, se lanzaron serias críticas a esta declaración, tanto por considerar que era una manifestación que, con mucho, excedía las competencias sobre las que la presidenta de la Comisión puede hablar, como por el fondo. El presidente del Consejo, Antonio Costa, socialdemócrata, encabezó la oposición institucional europea a las declaraciones de Von del Layen, y ayer era el día para ponerse en uno u otro bando en función de la ideología en la que uno esté adscrito. Creo que las cosas son un poco más complicadas, y crudas. Yo soy partidario del orden multilateral liberal basado en reglas que todos acatamos, y que cumplimos de una u otra manera, a veces mejor, otras peor, pero en un marco estable y conocido, un marco que todos damos por sentado, y que nos permite establecer vínculos de confianza. Un marco regulado, protegido y defendido. Esa es la situación en la que hemos vivido durante bastantes décadas, principalmente desde el final de la IIGM, en un orden en el que los europeos hemos ido perdiendo influencia poco a poco y en el que EEUU ha sido el gran hegemón, el garante de la estabilidad, tanto económica como de seguridad. Sí, el orden multilateral se ha mantenido porque los europeos hemos abogado por ello, pero, sobre todo, porque la primera potencia económica y militar del mundo también lo ha hecho, y ha puesto financiación y soldados para ello. Sin el respaldo de EEUU estas pasadas décadas de multilateralismo hubieran sido imposibles, y por eso la pesadilla a la que ahora nos enfrentamos es tan alarmante. Otras naciones han podido saltarse el orden, de una manera u otra, pero sus perturbaciones no iban a ir más allá del conflicto regional, normalmente alejado del territorio europeo, por lo que no nos perturbaba mucho más allá de ocupar espacio en los informativos a la hora de la cena. La prosperidad y seguridad europea y nuestros lazos globales estaban sostenidos por los EEUU, que colaboraba con nosotros, que ganaba en esa simbiosis, y que permitía que las reglas se acatasen. El disparo económico de China a partir del siglo XXI empezó a alterar este escenario, porque su dimensión y potencia eran ya demasiadas para mantener las reglas que habían funcionado hasta entonces, pero los europeos hicimos como que no queríamos ver, mientras que nuestras economías eran superadas métrica a métrica por el gigante asiático, que no dejaba de crecer hasta tener a EEUU a tiro. La hegemonía económica occidental hace tiempo que ha pasado a ser un juego a dos, con China compitiendo en todas las dimensiones y ganando ya en muchas de ellas. Su capacidad de imponer reglas es casi natural en muchos de los mercados, porque es quien dictamina la oferta, la calidad, el volumen, la tecnología... todo.

Ahora EEUU, dominada por un populismo ciego, ha decidido romper el pacto de seguridad global, y dar rienda suelta a sus instintos, sabedor de que nadie puede hacer frente a su capacidad militar, y eso incluye no tener en cuenta las opiniones de las pequeñas, débiles y divididas naciones europeas. Si el garante de nuestra seguridad nos ignora (cuando no torpedea) y nuestra economía empieza a estar dominada por China, es normal que el pánico cunda entre las cancillerías europeas. El mensaje de Von der Layen es útil si acaba cristalizando en un debate serio sobre cuáles son nuestras alternativas reales, hoy y ahora. En cierto modo ya lo dijo bien claro Carney en su discurso de Davos. El mundo de ayer no va a volver, y nos toca a nosotros decidir cómo afrontar lo que se nos viene encima, nos guste o no.

martes, marzo 10, 2026

Locura en el petróleo

Cuando se pronuncia la expresión “guerra en Oriente Medio” lo primero que se le viene a la cabeza a todo el mundo es el precio de la gasolina, las colas ante los surtidores, los contadores locos, el coste disparado. Desde hace dos sábados los combustibles han comenzado a subir a lo loco, anticipándose a lo que pueda pasar con el precio del barril de petróleo, que ayer vivió su jornada más caótica en mucho mucho tiempo. Si uno va a repostar pagará unos veinte céntimos de más, como mínimo, respecto a los precios de febrero. Ese sobrecoste es un impuesto a todo, a todos, una fricción, un dolor que se filtra por la cadena productiva y sólo genera inflación.

El gráfico del Brent de ayer fue impresionante. Comenzó la jornada en el entorno de los 93$, y rápidamente subió, superando la barrera de los 100, hasta marcar un máximo de 115$, precio desatado que significa dolor. Desde ese punto inició un suave goteo a la baja que se aceleró bruscamente cuando Trump empezó a lanzar mensajes sobre el hecho de que la guerra estuviera ya casi ganada, queriendo hacer creer que esto iba a durar poco más. El precio se derrumbó y llegó a cotizar por debajo de los 90, marcando un mínimo diario en 86$. Todo esto en un solo día. Esos mensajes trumpistas fueron los que giraron las bolsas de EEUU y les permitieron cerrar al alza, frente a las pérdidas moderadas de las europeas y durísimas de las asiáticas. Ahora mismo el Brent cotiza en los 93,4$ muy caro, recogiendo la montaña de incertidumbre que sigue en pie en torno a Irán y la errática conducta de Trump. Es cierto que el mundo no es lo que era, que la intensidad de consumo de petróleo en las economías ha ido cayendo de manera sostenida a lo largo de las últimas décadas y que la aparición de fuentes de energías alternativas, junto a soluciones tecnológicas, han contribuido a que el crudo no sea el determinante de todo. No, no estamos en los años setenta u ochenta, pero no es menos cierto que determinados sectores, como el transporte, siguen siendo determinados por el precio de la gasolina, y todo lo que hace referencia a logística, mover cosas que pesen de un lado para otro, se correlaciona muchísimo con el mundo del crudo, y que los precios del barril se disparen no es una buena noticia. Para los europeos, que lo importamos en su práctica totalidad, es nefasto. Al petróleo se le une su primo el gas, energía que ha ido creciendo en uso e importancia en sectores como el energético o industrial. Los fertilizantes, la calefacción y muchas otras cosas dependen ya más del gas que del petróleo. También lo importamos los europeos, en este caso principalmente licuado en barco, tras el corte de los suministros rusos desde la invasión de Ucrania, por lo que el daño que nos puede provocar es mayor que a otras regiones. El miedo generalizado entre los economistas es que unos costes energéticos altos, pero que duren apenas unos días, no van a pasar de un susto desagradable, pero si esta situación se mantiene será inevitable una filtración de la subida de los costes a las cadenas productivas, y de ahí a una nueva ola inflacionaria no hay nada. Tras el subidón que se vivió entre los años 2021 y 2022 las alzas de precios se han moderado, pero los niveles no han vuelto a los de entonces. Ir al supermercado, o a una cafetería a tomar algo se ha vuelto un deporte de riesgo, donde es casi imposible no salir herido víctima de una cuenta dañina. ¿Cuánto más pueden soportar las familias y empresas un disparo de precios generalizado? ¿Qué sectores, más allá de los obvios, serían los más perjudicados y tendrían un futuro negro por delante? Un barril que se mantenga de manera sostenida en el tiempo por encima de los 90$ es un freno a la economía considerable y una fuente de subidas de precios. Valores del barril por encima de 100$ empiezan a causar daños directos en algunos sectores y hacen muy probable que el ciclo económico se revierta.

Esto, el daño en los precios, puede ser lo que haya provocado que Trump anuncie que queda poco. Al consumidor americano, que tiene la ventaja de no quedarse desabastecido dada la capacidad de EEUU de producir petróleo, también le sube el precio de la gasolina, y de lo que compra en el súper, y la inflación fue una de las principales causas que provocaron la derrota de Biden. Allí tampoco se pueden permitir otra ola de precios al alza. Por eso tratar de que el petróleo no fluya por Ormuz y que el mercado se desestabilice es una de las mejores estrategias de Irán para resistir, y puede ser la clave para que el enfrentamiento acabe en breve. De momento, hoy seguimos por encima de los 90$.