Ayer el INE publicó el indicador adelantado del IPC de septiembre. Desde hace ya algún tiempo se viene publicando, hacia el final del mes, un valor adelantado de lo que va a ser el índice de precios del mes, sin que ese periodo de tiempo haya finalizado. Posteriormente se revisa, en un ejercicio de corrección que no suele deparar más allá de una décima o dos de los datos adelantados. Es, por tanto, una señal fiable, y se busca con ella hacer un seguimiento lo más exhaustivo posible a la evolución de los precios, ya que cuando estos presentan variaciones significativas es necesario tomar medidas que permitan controlarlos.
Pues bien, el dato de ayer fue desastroso, así de simple. Un 4,9%, casi el 5%. Es la estimación de lo que han crecido los precios desde septiembre del año pasado. Un valor que bastante más que duplica el mítico objetivo del BCE del 2% y que muestra el peligro en el que nos encontramos, no ya de enfrentarnos a una nueva espiral inflacionista, sino de estar asentados en ella. La inflación subyacente, que es un índice paralelo que se elabora eliminando de la cesta del IPC los productos energéticos y los alimentos frescos, que sufren volatilidades propias, también ha subido, y se sitúa en el 3,1%. La tendencia de esta subyacente importa más a los expertos que la del IPC convencional, porque puede darse que, por ejemplo, haya un shock en los precios de un producto de los volátiles, pensemos en una mala cosecha de cereales por casusas meteorológicas, pero que no se acabe trasladando a la cadena productiva de los productos que se basan en el cereal porque el productor de bollería, sabiendo que es un shock puntual, no traslada la subida de costes a su precio final a sabiendas de que en pocos meses volverá al precio de origen, bien porque se de una entrada de cereal del extranjero a precio menor que palíe la falta de producción local o porque los fenómenos que provocaron la subida se reviertan. Es decir, no todos los shocks generan inflación persistente. Para lograrlo, deben ser intensos y duraderos, deben provocar una subida de precios en los bienes afectados muy significativa y que se mantenga en el tiempo, lo que hace que las expectativas del fabricante de bollería cambien, y por ello acabe repercutiendo el aumento de los costes en la cadena productiva, ya que teme que la reversión del coste que sufre no se va a dar. El brote inflacionario que sufrimos tiene mucho que ver con la guerra de Irán, y todo el caos logístico global organizado en torno al mercado del petróleo y, por extensión, de otras materias primas. En la gráfica del INE se ve perfectamente como el IPC conjunto llevaba una tendencia oscilante durante todo 2025, con una subyacente que sí subía, pero hasta niveles que no eran aún preocupantes, y de repente, en marzo de este año, la gráfica pega un salto descomunal y se dispara del 2,3% hasta el 3,4%, más de un punto en un mes. En esos niveles ha estado durante algunos meses, con la subyacente goteando al alza hasta el 3%, pero desde julio se ha producido un acelerón del IPC que le ha permitido romper con claridad la barrera del 4%. Los precios turísticos, desatados en otro verano de sobredemanda internacional, han tirado al alza de la cesta y han alimentado las brasas de una caldera que no parece tener visos de apaciguarse. A medida que ha avanzado septiembre se ha visto en los surtidores un nuevo empujón en el caso de los combustibles, alcanzando la cota de los dos euros casi todos ellos, sea cual sea su composición, y esto ha obligado al gobierno, en el caótico consejo de ministros de ayer, a aprobar la renovación de las ayudas de los 20 céntimos para el próximo mes de octubre, que empieza mañana. Si la situación de Ormuz no revierte de poco servirá esa bonificación.
Este subidón de precios es un golpe tremendo a las clases medias, que lo sufren día a día cuando van a hacer su compra, y se enfrentan a unos niveles que consumen sus salarios casi al instante, y es un mazazo absoluto para ciertos sectores productivos, como el agrario, la pesca o las industria energéticamente intensivas, que ven como sus costes se disparan y no pueden trasladarlos en su totalidad, ya que eso les obligaría a duplicar o más el precio de sus productos y destruirían gran parte de su mercado. Las perspectivas de los próximos meses son sombrías en este aspecto. O se normaliza el suministro energético global o se produce un colapso de la demanda o los precios seguirán al alza. ¿Temen a la Navidad? Yo sí.