Este fin de semana se ha realizado en Europa occidental el cambio de hora de verano. Hemos dormido una hora menos con el objeto de alargar las tardes y, en teoría, ahorrar energía, sincronizando de manera óptima las tareas diarias con el alargamiento de la jornada que se produce a medida que nos acercamos al solsticio de verano. Hace tiempo que se señala que los estudios que, en su momento, avalaron ese ahorro como excusa del cambio de hora se han quedado obsoletos, y que no se puede decir nada al respecto. La inercia y la imposibilidad de llegar a acuerdos entre países, e incluso dentro de los mismos, sobre qué horario es el qué debe prevalecer lleva dos veces al año al reajuste de las manecillas.
Lo relevante es que esta medida se adoptó en los años setenta con motivo de la primera crisis del petróleo. Cuando se desató la guerra del Yon Kipur y los países árabes boicotearon a occidente con un corte de suministros el petróleo escaló de una manera brusca y se multiplicó de precio hasta por tres o cuatro veces respecto a los valores que cotizaba por aquel entonces. Eran unos precios originalmente muy bajos, pero multiplicarlos de tal manera era una vía directa para generar consecuencias en una economía que se había vuelto completamente petróleodependiente. Escasez, colas, nervios, estanflación, crisis… esos años se asocian a turbulencias económicas serias, que a España le cogieron en pleno cambio de régimen y, por tanto, entre despistada e incapaz. La cuestión es que el ahorro energético se convirtió en una obsesión, y medidas que hoy damos por obvias, como ese cambio de hora, o la generalización de los límites de velocidad en las carreteras, se adoptaron en occidente a partir de entonces para tratar de reducir los consumos, a los que hasta entonces apenas se les prestaba atención. En la película Licorice Pizza, de Paul Thomas Anderson, ganador del Oscar de este año, se muestra una california setentera en la que, en medio de la curiosa historia de amor y carreras de los protagonistas, los conductores hacen colas en las gasolineras para repostar porque no hay suministro, o es carísimo, y llevarse una garrafa de gasolina es el premio más cotizado que existe, casi tanto como el beso de la chica para el desgarbado protagonista. Verlo resulta curioso, pero en sus tiempos no tenía ni pizca de gracia, desde luego, y resulta casi inimaginable desde nuestra época de abundancia…. Hasta que empieza una guerra como la que se vive ahora en Irán y los nubarrones acechan. Hoy, las economías de todo el mundo han diversificado notablemente sus consumos de energía, y el petróleo ha caído notablemente en intensidad, de tal manera que es necesaria mucha menos cantidad de ese componente para producir una unidad de PIB de lo que hacía falta entonces, pero es ingenuo pensar que es un recurso secundario. Sectores de importancia estratégica como el de los transportes, de personas y mercancías, siguen dependiendo muchísimo de él, y otros como la química y los fertilizantes usan uno de sus primos, el gas, como herramienta básica para poder llevar a cabo sus procesos. Un barril a 115$, precio alcanzado ayer, casi duplica los sesenta y pocos que se pagaban en febrero, hace mes y medio, pero el problema no es tanto ese nivel, muy alto, sino cuánto tiempo se va a mantener ahí y si eso significa, entre otras cosas, una restricción permanente en el acceso a la materia prima. Naciones que son bastante más dependientes que nosotros, de manera directa, del flujo del crudo que pasa por Ormuz, como las asiáticas, empiezan a vivir escenas de “colas en las gasolineras” y de miedo a tener que restringir el acceso al combustible, a priorizarlo ante unos precios desatados y existencias menguantes. ¿Pueden llegar a nuestras vidas situaciones como esas?
La respuesta es sí, pero depende sobremanera de cuánto dure el conflicto y lo que se mantenga el precio disparado del barril. En todo caso, hay sectores sensibles, como el de la aviación, que consume queroseno, destilado del petróleo más ligero que la gasolina y no tan abundante en el proceso de fabricación de las refinerías, que empiezan a preocuparse por las existencias de combustible más allá del dolor de cabeza que les produce el disparo de su precio, que es el mayor de sus costes. Si la guerra acaba en breve todo se quedará en un susto, pero si se mantiene, o se producen más destrozos en infraestructuras estratégicas, no es descartable un escenario de tensión en la oferta y de restricciones. Y no sería nada romántico quedar a hacer cola en la gasolinera.