¿Qué hago? ¿Reciclo el artículo de hace nueve meses tras el desastre de Adamuz? ¿Lo pego aquí y le doy a Edición / Reemplazar para sustituir los “Adamuz” por “Urda”? ¿Reitero la indignación y la pena para llegar al mismo punto de desconsuelo? ¿Me indigno igualmente ante los necios que nos desgobiernan a sabiendas de que les da igual lo que pase, como les dieron igual las víctimas de hace nueve meses? ¿Despotrico para desfogarme a sabiendas de que, en función de cuánto pague el desgobierno, no faltarán palmeros que lo defiendan y se tapen los ojos ante los fallecidos? ¿Todo da igual?
Es horrendo comprobar que sólo nueve meses después, a un ritmo insoportable de incidencias en la red ferroviaria de todo tipo, que la han convertido en el hazmerreír de todo el mundillo especializado, volvemos a un punto desolado de la geografía nacional en el que la chatarra y los cadáveres se acumulan sin sentido alguno, al trasiego de ambulancias, a la imagen de las grúas que levantan y destruyen carrocerías reventadas para permitir buscar restos de fallecidos, a las familias de cientos de personas que no tienen ni idea de si sus seres queridos están en hospitales, morgues o aún entre los hierros y que deambulan, provenientes de provincias ajenas, por las instalaciones improvisadas de un pueblo que hasta ayer apenas nadie conocía y que hoy es el punto de encuentro del dolor y de la noticia. Al ritual de la espera angustiosa, vacía, incrédula, que no encuentra sentido a nada de lo que pasa y que ya ni reclama respuestas, porque sabe que no las va a obtener de la necedad que nos rige. En España nos estamos haciendo expertos en los rituales de gestión de catástrofes, porque si no es por la climatología cebada en un punto es por la desgracia provocada por la nefasta gestión. El rosario de localidades que están marcadas por tragedias que pudieron ser evitadas con inversión y profesionalidad no deja de crecer, y dentro de poco se puede acabar creando una asociación de lugares damnificados, marcados por la tragedia, que podrán ser recorridos en coche por carreteras bacheadas, dado que el tren no existirá o no funcionará, y se podrán hacer paneles con el número de víctimas de cada lugar, la cantidad de periodistas que acabaron visitando el pueblo, el tiempo que tardaron las necias autoridades en aparecer por allí, en algún caso ni eso, y los apenas segundos de su sucia agenda que ocuparon en aparentar conmoción por lo sucedido, para luego desaparecer y seguir al frente de sus departamentos, nominas, privilegios y chulerías. Se podrán hacer recorridos itinerantes por media España, saltando de catástrofe en catástrofe. En ese furto, dentro de muchos años, muchas de esas desgracias seguirán judicializadas, bien empantanadas para que no haya sentencia que condene a los responsables de lo sucedido, que a buen seguro seguirán en puestos de responsabilidad, quizás no tan mediáticos, pero sí excelentemente retribuidos, y con un número significativo de pelotas a sueldo para que les sigan protegiendo. Habrá jueces jubilados, fiscales comprados, abogados de oficio saturados, procuradores desbordados, y el típico juzgado provincial vetusto, que no ha visto un euro de inversión en años, que tramita las cosas a la velocidad del siglo XIX, precisamente porque quienes pudieran ser alcanzados por su competencia penal bien se han encargado de no dotarle de medio alguno para que desarrolle su trabajo. En esos pueblos de catástrofe habrá vecinos que tengan en su casa algo de chatarra del accidente de antaño, porque se acercaron a verlo y cogieron fragmentos para recordar lo sucedido, pese a que ocasionalmente, por la noche, se despiertan años después del desastre con las tripas revueltas, porque se acercaron a verlo, y no son capaces de olvidar lo sucedido, sin la necesidad de resto físico alguno. Ellos y las víctimas serán los únicos que mantengan en la memoria lo sucedió.
En Urda, ese pueblo que hoy es el centro del desastre, dentro de unos días volverá a ser el sitio al que no va casi nadie, será despreciado por los dirigentes que se acercaron ayer u hoy a cumplir un protocolo que cada vez realizan con una desgana más descarada, dejando claro a todo el mundo la nada que les importan las víctimas, lo sucedido, el desastre, la memoria, que sólo les importa su cargo, su puesto, su privilegio y, en estas semanas preelectorales, el voto que puedan ganar o perder. Urda volverá a ser un lugar olvidado, y la red de Ave, u otra infraestructura crítica sometida al mangoneo político y al abandono profesional comenzará un nuevo periodo de descuento hasta el próximo accidente fatal, que también será evitable, pero que nada se hará para ello.