Hubo unos años en los que Alan Greenspan no sólo era una de las personas más poderosas del mundo, sino también de las más admiradas. Capacidad de decisión y calidad de conocimiento se aunaban en un personaje de gafas grandes y calvicie creciente que acabó completamente pelado cuando alcanzó sus años de gloria. Recuerdo una tarde en el centro de cálculo de la Universidad, cuando estaba haciendo cursos postdoctorales (qué tiempos, qué envidia) en la que Greenspan comparecía, y sus palabras hicieron caer la bolsa norteamericana a plomo. Uno de mis compañeros de entonces, el gran PBN, empezó a cagarse en los muertos de Alan y en toda su familia viva, mientras que el SP bajaba. Todos conocíamos a Alan.
Greenspan estuvo diecinueve años, que se dice rápido, al frente de la FED, el banco central de EEUU, el organismo monetario más importante del mundo. Su gestión abarcó cuatro presidencias, multitud de crisis pequeñas y medianas, booms del mercado y situaciones de todo tipo. Instauró una gestión profesionalizada al frente de la institución, sistematizando procesos y dando cada vez más importancia a la información cuantitativa a la hora de la toma de decisiones. En su mandato se pasó de los ordenadores como algo exótico al dominio de la tecnología para la gestión financiera y estadística, en lo que supuso una revolución que, aún hoy, sigue imparable. Greenspan supo ver la importancia de la informática tanto como herramienta para su trabajo como sector productivo capaz de revolucionar al resto. Amigo de la teoría de las expectativas racionales, que acabaría siendo el paradigma de la economía en esos tiempos, se encargo de dictar lo que se denominó desde entonces las “forward guidance”, catálogo de intenciones de política monetaria previsibles, de tal manera que la FED, además de un regulador, se convirtiera en un agente económico fiable, no dado a las sorpresas. La idea era que ese conocimiento anticipado de lo que la Fed iba a hacer diera a los mercados la tranquilidad de un rumbo, de que el objetivo de inflación del 2% se mantendría como foco inamovible y que la rigurosidad de la institución sería el ancla en los tiempos turbulentos y en los días despejados. Durante los años de la presidencia de Clinton formó un tándem operativo con Robert Rubin, Secretario del Tesoro de aquel gobierno, que les hizo mundialmente famosos en el mundo de la economía y que llevó a EEUU a tasas de crecimiento sostenidas durante muchos años. Empezó ahí el despegue absoluto de esa economía, que aún por entonces se podía ver desde la distancia desde la Europa occidental, pero que ya empezaba a marcharse al infinito. Los años de la gran moderación, como se le empezaría a llamar entonces, con tasas de crecimiento económico, desempleo a la baja e inflación controlada eran el paraíso de los economistas y la balsa de aceite sobre la que crecía la prosperidad occidental. Muchos veían a Greenspan como una especie de mago que tocaba pocas teclas, pero siempre las acertadas y en el momento preciso, y su aura de infalibilidad creció hasta niveles delirantes. Bob Bodward llegó a escribir uno de sus libros, titulado “maestro” en el que la imagen de Alan ocupa toda la portada y es una especie de hagiografía desatada, una larga carta de agradecimiento a quien el periodista veía como uno de los principales artífices de la prosperidad de su país. También se recuerda mucho ese día en el que Greenspan habló de la “exhuberancia irraciona” de los mercados, pronunciada en 1996, en medio de la subida bursátil de la tecnología, que advertía de una posible burbuja en aquel mercado. Greenspan acertó, pero cuatro años antes de lo debido, lo que en economía es errar por mucho. Ese día sus palabras hundieron una bolsa que se recuperó al poco. Quizás fuera ese justo el momento en el que mi querido PBN se ciscó en todo, o no.
Greenspan pudo lidiar con la burbuja puntocom de 2000, y se fue de la FED en 2006 en medio de la aclamación global, sucedido por un desconocido profesor de Princeton llamado Ben Bernanke. En 2007 comenzó una tormenta que se convirtió, en 2008, en la gran recesión, que lo hundió todo. También la imagen del propio Greenspan, que se vio acusado por todos de no haber visto lo que venía y haber mantenido la burbuja de crédito desatada en los últimos años de su mandato. Greenspan trató de defender su legado, inútilmente, y fue Bernanke quien, junto con otros, nos salvó del desastre. Amante del jazz, saxofonista de gran nivel, ha fallecido a los 100 años. Hace tiempo que dejó de ser historia para convertirse en mito.