Este fin de semana, mientras los ojos de medio mundo y toda la logística del estado estaban puestos en Canarias, en la operación de desembarco y reparto de los pasajeros del Hondius, el crucero afectado por el brote de hantavirus, morían dos guardias civiles, otros dos guardias civiles, en medio de una persecución a narcolanchas en la zona de Huelva. En el fragor de la carrera, persiguiendo a la nave de los delincuentes, las embarcaciones de la benemérita sufrieron un choque y el fatal desenlace deja dos fallecidos y dos heridos, que fueron trasladados lo más rápidamente posible al hospital para tratar de recuperarlos. Los malos huyeron
Otra vez en aguas próximas a la costa andaluza, esta vez no en Barbate, pero no muy lejos, y nuevamente la sensación absoluta de desamparo por parte de los que se dedican a la persecución de la delincuencia, los que trabajan para que nosotros estemos seguros, al comprobar como su voluntad choca contra el muro de la falta de medios frente a un enemigo que rebosa de dinero y es capaz de hacerse con embarcaciones, armas, coches y cualquier otro dispositivo que supera con creces todo lo que puedan llevar a cuestas los miembros de la benemérita. Casi siempre en estas persecuciones en el agua las lanchas de los narcos son, directamente, inalcanzables, llevan una capacidad motora fuera de toda regla, y la única posibilidad de frenarlos es una actuación coordinada que las intercepte, que trate de romper sus trayectorias rectas, lanzadas, y que en una de estas se vean bloqueados. Eso expone cada vez más a los agentes frente a unos delincuentes que tampoco se cortan a la hora de usar la violencia. Los métodos desatados que reinan en el mundo del narco latinoamericano, piense usted en México por unos instantes, ya han llegado aquí, y dotados de armas de precisión y potencia casi militar, los traficantes no dudan en disparar contra las patrulleras, o directamente embestirlas, confiando en que su velocidad sea la fuerza que les permita eludir las intercepciones. Es un juego asimétrico en el que las posibilidades de fuga de los malvados son altas, casi tanto como las de los agentes de salir mal parados. La sensación de desánimo cunde sin freno entre los miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado que operan en toda esa zona, que incluye al estrecho, al ver que día sí y día también se enfrentan a un juego de toreo en el que ellos no llevan el estoque y, cada vez más, son los que caen y acaban arrastrados en la plaza. La mayor parte del país descubrió esta situación cuando se produjo el asesinato, porque no tiene otra denominación posible, de dos guardias en Barbate cuando su patrullera fue embestida por una narcolancha que iba con el propósito directo de acabar con ellos, cosa que consiguió. En los días posteriores, de luto y rabia, el clamor de la impotencia llegó con fuerza desde una zona en la que el narco cada vez tiene más poder real en la calle, gracias al riego de dinero con el que inunda comercios, empleos, vidas y esperanzas. Frente a ello, los servidores de la ley malviven con sueldos bajos, material escaso, cuando no claramente defectuoso, y una gran parte de la sociedad que, o está temerosa por el poder del narco y su imperio de la violencia, lo que le hace callar, o ve en el negocio de la droga una alternativa vital que no es la que prefiere, pero que le permite acceder a un nivel de vida que sería completamente impensable de alcanzar de maneras legales. La imbricación del narco en la sociedad en esa zona del país está alcanzando niveles de gravedad extrema, y si no se muestra voluntad para dotar de medios a los agentes, piensen en lo que se hace (nada) para evitar que cientos de chavales y mayores se conviertan en prósperos empleados de unas redes de narcotráfico que son casi multinacionales.
El ministro de Interior no acudió al funeral de los guardias en Huelva. Estaba en Madrid en el dispositivo organizado en relación con el hantavirus. Sin duda prefirió la tranquilidad de la oficina y los medios sedosos que pisar una población en la que dos personas habían fallecido en el acto del deber. Nada hacía Marlaska en Madrid que fuera más importante que estar en la capilla ardiente de los agentes muertos. Su ausencia en ese acto, la ausencia clamorosa de ministro alguno es una muestra de lo que le importa al gobierno este tema, de los medios que dedica a ello, de la prioridad que le otorga a este asunto. Abandonados por el estado murieron los agentes, abandonados por el estado fueron durante su despedida.