Una buena muestra de hasta qué punto ha triunfado el Papa en su visita a Madrid es lo rápido que corren muchos a sumarse a su discurso, a coger fragmentos que creen que les benefician para intentar sacar rédito y conseguir que parte de las masas que aplauden a León XIV les sean propicias. Eso se vio ayer de manera descarada tras el discurso del Congreso, donde el Papa hizo una exhortación a favor de la doctrina clásica de la iglesia, en lo moral y social, y unos se quedaron con lo segundo, otros con lo primero, algunos con la integridad y Miriam Nogueras con la mano de su santidad en medio de su delirio nacionalista. Mucho interesado, pero poca sinceridad ayer en las Cortes por parte de sus señorías.
Lo cierto es que en estos días León XIV ha dado una lección práctica de liderazgo a muchos de los que cada día se llenan la boca con estrategias, campañas y demás operaciones de marketing. El liderazgo es algo muy difícil de lograr. Hay gente que tiene madera para ello, otros entrenan y lo consiguen, los hay negados, y los peores son los incapaces que creen serlo. El líder es el que guía, el que lleva a otros a cumplir la voluntad que él desea, bien por el interés colectivo o personal, y hay tantas formas de ejercer esa capacidad de liderazgo como uno pueda imaginar, pero básicamente, simplificando las cosas demasiado, las dividiría en dos. Por una parte, está el líder impositivo. Normalmente poseedor de un cargo, tiene una autoridad nominal y la ejerce. Es el consejero de legado de una empresa, el jefe de equipo, el cargo público, el directivo, el presidente, lo que sea. Ahí puede ejercer sus dotes y parte con la ventaja de que, a priori, se le va a hacer caso. En muchas ocasiones esta posición de autoridad deriva en autoritarismo, y el liderazgo se acaba ejerciendo por el mero ejercicio del poder, de la amenaza, de la imposición. Los equipos acaban cumpliendo los objetivos previstos, pero más por las amenazas que caen sobre ellos que por otra cosa. El cargo tiene la “potestas” que de él se deriva pero carece de la “autoritas” del ejercicio. Puede llegar a triunfar, pero la imagen que tendrán de él los que comparten trabajo y vida no será envidiable. Este tipo de liderazgo es el más común. El otro es el que yo denominaría líder persuasivo. Normalmente no está ligado directamente a cargos nominales, aunque puede darse el caso, y es aquel que logra convencer a los demás que lo mejor que pueden hacer es, precisamente, lo que él desea que suceda. Este es el liderazgo en el sentido puro, genuino, porque los demás ven en esa persona alguien en quien fiarse y observan como en su desempeño se da un grado de coherencia entre aspiraciones y sacrificios personales. El líder también se entrega. Sí, manda y coordina, pero trabaja como los demás, y uno se cree lo que hace bajo su dirección porque le ve igualmente implicado. Este tipo de liderazgo es mucho más instintivo, se puede tener o no, pero es difícil de adquirir. Se da en entornos variados, tanto profesionales como alejados del trabajo o de las esferas del poder. Es relativamente fácil de detectar, y muy difícil de imitar. En la práctica el liderazgo acaba teniendo un poco de todo, pero a mi entender la mejor combinación es la que tenga una escasa presencia del peso autoritario, que siempre debe darse en toda organización, y una elevada del componente persuasivo, que sea el ejemplo el que muestre el camino y mando. Abundan mucho más los liderazgos impositivos, porque son más fáciles, pero conseguir esa “autoritas” que sirva de guía es lo más difícil. En el caso del Papa, el actual titular del cargo, Prevost, parece un hombre sereno, poco dado a la efusión, tranquilo, con don de gentes pero lejos de la capacidad magnética de alguno de sus predecesores, como por ejemplo Juan Pablo II, líder carismático en estado puro. Ocupa un cargo de Rey absoluto en una jerarquía extendida por todo el orbe, y por tanto parte con ventaja de cara a ejercer su misión. Posee la “potestas” desde que fue elegido en el cónclave.
En esta visita ha empezado a construir su “autoritas”. Su estrategia parece sencilla, y es la de huir del dogmatismo de la tradición católica y, frente a unos liderazgos políticos globales basado en el grito, el insulto y las malas formas, con Trump como ejemplo perfecto de todo eso, lanzar un mensaje suave, conciliador, respetuoso con la tradición católica, pero sin estridencias. No abroncar, sino acompañar. Por lo visto estos días, y más allá de que existe un componente de “papilotría” en numerosos estratos de la sociedad, ha logrado posicionar su imagen global, ha empezado a construir su liderazgo. El cómo lo ejerza en el día a día y cómo afronte asuntos peliagudos (el tema de los abusos, las finanzas vaticanas, el choque con los gobiernos populistas) determinará su futuro, pero de momento ha acumulado un muy notable capital.