Hoy se cumple un año del apagón que llevó todo el país a negro y nos puso delante de una de esas situaciones peliculeras que cada vez se dan más en nuestras vidas. Al mediodía de hace 365 días la luz se fue en la oficina en la que trabajo, y lo que parecía el efecto de alguna obra de mantenimiento, cosa que antes pasaba con cierta regularidad, derivó en otra cosa mucho más extraña. Los semáforos del barrio no funcionaban, y la información que llegaba indicaba que la situación no se daba en mi puesto de trabajo, sino en todas partes, en todo el país. Algo anómalo estaba sucediendo sin que nadie supiera ni el qué ni el por qué. Incertidumbre máxima en un día completamente soleado, como de película.
Un año después se ha producido un apagón de responsabilidades, lo que dice mucho del nivel de degeneración en el que han caído no ya las instituciones, que también, sino sobre todo el músculo moral de la sociedad, que si siempre ha estado fofo ahora no es más que un acomodaticio depósito de grasa. Si uno escucha a los expertos sobre el tema, a los de verdad, no a los tertulianos incultos pagados por el gobierno y afines, sabe bastante bien lo que pasó, una mezcla de mala suerte, irresponsabilidad en la gestión y deseos de experimentar con cosas con las que no se debe jugar. El hecho de que, desde entonces, la factura de la luz haya subido en promedio más de un 10%, evento iraní aparte, por las medidas impuestas por Red Eléctrica para que no se vuelva a repetir algo así es sintomático de que se podía haber evitado el suceso si la gestión actual se hubiera dado ese día, y los precedentes, donde ahora sabemos que se dieron momentos que podían también haber generado una situación de colapso como la vivida el 28 de abril. Un año después la gestión de Red Eléctrica ha cambiado, y es casi seguro que algunos de sus técnicos, los profesionales que más saben de esto, habrán sido purgados, pero la cúpula directiva de la entidad, con su presidenta Beatriz Corredor a la cabeza, ahí sigue, cobrando los cientos de miles de euros anuales con los que está retribuido su cargo, para el que no poseía ni mérito ni conocimiento cuando fue nombrada para ello, y que desde el día de la desgracia no ha hecho otra cosa que esforzarse sin cesar para salvar su nómina y exculpar a todos los demás de sus propios errores. Reconozco que cuando llegue el día del cese de este señora me alegraré aún más que el del de Tezanos, porque lo del sociólogo manipulador es de vergüenza, pero el daño que produce resulta mínimo respecto al destrozo económico y social que supuso el apagón. Beatriz Corredor es el perfecto ejemplo de incompetente puesto al frente de una entidad gestora pública, que está ahí por su lealtad al partido gobernante y a sus dirigente, no por nada más, sólo por hacer la pelota mejor que otros a los que mandan, y que gracias a ello se lleva una retribución inmensa, que a cualquier ciudadano le supondría el fin de sus problemas económicos. Corredor es el exponente perfecto de esas élites extractivas que Acemoglu y Robinson tan bien describieron en su obra seminal, y que lejos de perseguirse, por lo dañinas que son, han proliferado como los mosquitos en las aguas estancadas de nuestra sociedad. Su presencia se da a todos los niveles y en todas las administraciones, sea cual sea su color político, pero es evidente que cuanto mayor es el grado de poder que detenta una entidad política más lejos pueden llegar sus inútiles, más pueden cobrar y más destrozos son capaces de crear. En los ayuntamientos de España, donde hay todas las ideologías que quieran, hay miles de Beatrices Corredores cobrando sin merecerlo y haciendo destrozos que afectan a la vida de los residentes en esas localidades, pero su impacto es muy local, no trasciende. Destruye, como las termitas que corroen el tronco, pero es difícil de apreciar. En el caso de un organismo de la importancia de Red Eléctrica los aciertos también son invisibles, pero los errores pueden ser tremendos e imposibles de disimular. La oscuridad total se ve perfectamente.
Corredor se ha mimetizado perfectamente con el zeitgeist de nuestro tiempo, ese que viene a decir que admitir las responsabilidades de lo hecho y asumir los errores, pagando por ello, es de pringados, de cobardes, de débiles. Que el ciudadano que paga impuestos es un sujeto despreciable al que se le puede engañar todo lo posible y que dimitir es para otros, no para los que tienen el rostro pétreo, el morro infinito y se encargan de que haya siempre alguien a sueldo que les cubra las espaldas y defienda, a ser posible en medios controlado. Caerá Corredor algún día, lo festejaré, pero la probabilidad de que sea sustituida por una necedad semejante es muy alta. Y si hay otro apagón, ya saben a joderse tocan, que culpables no hay. Ni habrá.