Aunque no se pueden descartar los riesgos sistémicos de la IA, ya hablaremos de ello en próximos días, se está extendiendo la opinión entre gente brillante, que sabe mucho más que yo, que la base fundamental del anuncio de Amodei de este fin de semana tienen mucho más que ver con los riesgos financieros de la IA y la que muchos ven ya como insostenible carrera financiera que están desarrollando las empresas que trabajan en esta industria. ¿Estamos ante una petición de acuerdo para frenar los costes insoportables? ¿Existe el riesgo cierto de que los compromisos de inversión y la deuda contraída se conviertan en una losa que no se pueda sostener y ahogue a todos?
A lo largo de los últimos años se han sucedido los anuncios de emisiones de deuda, de compras desatadas de los chips más caros y de construcción imparable de centros de datos para alimentar a la IA. Las cifras que se han manejado son asombrosas, medibles en cientos de miles de millones de dólares. En esta carrera hay dos competidores que adelantan a los demás en el desarrollo de sus modelos tecnológicos, OpenAI y Antrophic, pero que carecen de un modelo de negocio rentable. Queman capital como su fueran incendios forestales y mantienen estructuras societarias anómalas, basadas en fundaciones sin ánimo de lucro. Su idea de salir a bolsa en los próximos meses buscaba, además de reestructurar su forma social, conseguir capital fresco que les permitiera seguir en la batalla investigadora. Junto a ellas, en segundo nivel de capacidad tecnológica en IA, están empresas como Alphabet Google, Meta, Microsoft o X, del complejo Musk. Sus divisiones de IA cada vez son más importantes y costosas, pero se integran en empresas consolidadas, estructuralmente sólidas, y con una facturación en sus negocios propios alucinante que les permite obtener ganancias trimestrales de muchos miles de millones de dólares. La IA es su apuesta de futuro, pero no sólo viven de ella, ni mucho menos. Si para este segundo grupo las inversiones anunciadas les han puesto en el disparadero de los analistas por los riesgos que pueden suponer para sus cuentas de resultados, es evidente que la sostenibilidad de los dos líderes pasa, ineludiblemente, porque alguno de ellos sea capaz de desarrollar un modelo de IA que arrase al resto y se coloque en una posición de preminencia, cambiando su industria y el mundo. No hay garantías exactas de que esto se produzca en un momento dado, pero sí es cierto que cada día que pasa se quema capital sin freno. La visión que planteaba ayer Judith Arnal en su brillante artículo es muy sugerente. Consiste en pasar del actual equilibrio competitivo entre empresas, una carrera desaforada que puede arruinarlas, a un equilibro estático que frene los costes colectivos y permita acumular capital para sostener la viabilidad de las empresas. Ahora nos encontramos en un equilibrio en el que la no cooperación desata la carrera, y pasaríamos a un equilibro de cooperación entre las empresas. Esto requiere muchas cosas, entre ellas que estas empresas, provenientes unas de otras y con directivos que comparten historia pasada y no pocas broncas, se fíen unas de otras y aparquen sus diferencias para cooperar. ¿Es esto posible? Quizás, consultando a la IA, los directivos han visto que se les agota el fuelle del dinero, que es el que alimenta las inversiones y la investigación, y se pueden derrumbar antes de que el gran logro de la IA se alcance. ¿Sería esto una admisión de que existe una burbuja en torno a este sector? Es lo más parecido que se me ocurre. La secuencia de adhesiones corporativas al manifiesto de Amodei del fin de semana hace pensar que esta era la oportunidad que más de uno esperaba para frenar una competición que estaba dejando exhaustos a todos. Si eso es así, dejando los posibles riesgos existenciales aparte, estaríamos ante un problema de dinero, sólo de dinero. Eso sí, de muchísimo dinero.
De aquí surge la idea que tienen algunos analistas de que el movimiento busca convertir este mercado competitivo en una especie de cártel corporativo en el que los líderes establecen las normas y los estándares de regulación, entre ellos los de seguridad. Se iniciaría de esta manera un movimiento que buscaría proteger el negocio frente a entradas de terceros que pudieran hacerles la competencia. Si esto es así, sería como si los bancos sugirieran que ellos van a determinar a los ministerios y Bancos Centrales cómo van a tener que ser supervisados, lo que nadie vería con lógica, y sí con mucha suspicacia. No, la regulación y el control debe venir impuesto desde fuera del sector, como pasa en todas las industrias.