A medida que pasan los días y la guerra sigue, sus efectos económicos se amplifican. El barril de crudo se ha acomodado en una horquilla que supera ampliamente los 90$, volviendo ayer a rozar los 100$, pese a las medidas de liberación de reservas de la Organización Internacional de la Energía, acto más bien testimonial y destinado a generar un efecto placebo antes que efectivo. Aún estamos a tiempo de que, si todo se acaba ya, los efectos sean puntuales, como un golpe en la mesa pero sin romper cosas. Si la situación se prolonga varias semanas más los daños estructurales en la economía global pueden ser significativos, y el ciclo verse completamente trastocado.
Por ello, los gobiernos empiezan a pensar ay en planes de ayuda, en medidas para paliar las subidas de los costes energéticos, en una situación que suena bastante a lo que vivimos en 2022 cuando comenzó la invasión de Ucrania. El disparo inflacionario que se dio en esos momentos fue fruto de tres factores; sobredemanda aún remanente tras el encierro Covid, problemas logísticos de oferta para recomponer los sistemas de producción y suministro globales y shock de precios energéticos por la propia invasión y las sanciones a los productos rusos. Ahora mismo el tercer factor se está dando, sin que se vean los anteriores, aunque es verdad que las cadenas logísticas han empeorado su eficiencia desde entonces y eso se ha traducido en unos costes más elevados. Por lo que se oye, frente a paquetes de ayudas precedentes, se está pensando en medidas focalizadas en los sectores afectados más que en programas universales. Así, se ayudaría a agricultores, transportistas, electrointensivos y demás que dependen de la energía como fuente fundamental de trabajo, pero al consumidor que se dedique a, pongamos, estar en la oficina tecleando como yo, no le caerían ayudas específicas. Habrá que ver cómo se traduce todo eso de una manera práctica, pero lo único seguro es que a los gobiernos occidentales esto les pilla con una montaña de deuda pública mayor que en las crisis precedentes. Si se fija, desde el Covid, hemos entrado en una secuencia de crisis producidas por shocks externos que se han traducido en disparos de gasto público para paliar sus efectos (con mejor o peor diseño y ejecución) e incrementos de deuda pública constantes, en escalones, uno por cada golpe, de tal manera que apenas hay tiempo material para que los gobiernos reduzcan sus niveles de endeudamiento entre crisis y crisis. No estamos antes subidas o bajadas cíclicas, que exigen esfuerzo presupuestario y se traducen en años de déficit, seguidos de años de estabilidad en las cuentas cuando el ciclo vuelve a subir. No. Estamos ante constantes aumentos de niveles de deuda que apenas se amortizan cuando se da otra situación que exige recurrir de nuevo a ella. Entre medias la diligencia de los gobiernos no tiene tiempo para poder reducir el stock de deuda acumulada, siempre que el gobierno se ponga a la tarea, claro está. Algunas naciones, como la nuestra, tienen una extraña combinación de altísima deuda, gobierno manirroto donde los haya y recaudación fiscal disparada gracias a un ciclo de subida enorme y a decisiones injustas como la no deflactación del IRPF. Eso ha disparado los niveles de ingreso púbico y ha permitido, con el crecimiento del PIB, estabilizar la ratio de deuda, que está ahora mismo en el entorno del 103,2%. No hace falta ser muy listo para suponer que esos niveles van a crecer con fuerza si se imponen paquetes de ayuda y se produce una contracción económica, aunque sea leve. La senda de consolidación presupuestaria, si es que alguna vez fue tomada en serio por alguien, se vuelve a esconder en el cajón ante necesidades imperiosas.
Cuando los tipos estaban ridículamente bajos, o negativos, recurrir al endeudamiento era una política financieramente sensata, porque un mínimo aumento del ciclo te generaba recursos para cubrir intereses y principal, pero eso ya no sucede con los tipos actuales, y será aún peor sí, como parece, suben para luchar contra la previsible ola inflacionaria que puede venir del estrecho de Ormuz. Ya hemos visto en 2025 a naciones como Francia pasarlo realmente mal por el disparo de la carga de intereses de su deuda, y ese caso es el representativo de la mayor parte de las naciones occidentales. ¿Cómo vamos a afrontar financieramente lo que pueda llegar? No hay respuestas claras.