martes, julio 28, 2026

Evacuar la casa

Hay ciertos desastres naturales en los que la casa, tradicionalmente un refugio, se convierte en un peligro. No es el caso de, por ejemplo, nevadas o inundaciones, donde el hogar, más si cabe en el caso de ser un piso, ofrece protección. La casa se convierte en lugar de encierro, rememorando lo que pasó durante el Covid, y sus paredes, que nos separan de lo que pasa fuera, actúan como barrera defensiva, aunque también como prisión de la que no hay escapatoria. Demasiados días forzado a estar en casa suponen una prueba que muchos llevan con parsimonia y no pocos con desesperación. Todos sufrimos ese experimento social hace unos años, y seguro que son pocos los que quieren recordarlo.

El incendio es distinto. Como amenaza móvil, sujeta a los caprichos de la meteorología y la disponibilidad de combustible, supone un enemigo ante el que el hogar no es capaz de garantizarnos seguridad. Hay que huir en la dirección contraria cuando se acercan las llamas, con el viento de espalda, en busca de un lugar seguro, y en muchas ocasiones, hacerlo de manera precipitada. Vemos como cambios en la dirección del viento convierten en localidades que ven con temor el avance de las llamas en la lejanía en más que probables objetivos del incendio una vez que las rachas alteran su dirección. En este caso la huida puede ser a la carrera, descontrolada, en medio del pánico, y eso es una receta casi segura para que se produzcan desastres, como el que vimos hace no demasiadas semanas en Almería. Las evacuaciones que están provocando los malditos incendios de este julio, masivas, no han concluido en situaciones de ese tipo porque ha habido suerte y porque el personal encargado de gestionarlas es abundante y se trabaja en zonas bien comunicadas. Aun así, se han producido atascos considerables, inevitables, en muchas de las localidades que han sido forzadas a la evacuación. Los hay que pueden huir en sus coches, pero otros muchos no, bien porque no los tienen o porque ya no están en condiciones de conducirlos o por lo que sea. Hay personas que se resisten a huir, por el mero miedo de lo desconocido, porque no quieren renunciar a la seguridad de lo que hasta ahora ha sido su hogar y no ven cómo van a sobrevivir fuera de él. Esto es especialmente frecuente a medida que aumenta la edad de las personas, y complica mucho las evacuaciones. Cuando se decreta el abandono de una localidad no se hace como capricho, sino porque se cree que no hay otra alternativa más segura para los que allí viven ante un avance descontrolado de las llamas. Hay una causa objetiva, probablemente visible a poca distancia de las viviendas, que obliga a escaparse antes de que sea demasiado tarde. Los efectivos tienen como prioridad el salvar las viviendas de los pueblos para permitir que, aunque el entorno se destroce, los habitantes puedan volver a sus hogares y no sufran pérdidas materiales además de las emocionales, pero hay momentos en los que no está nada claro si ese objetivo se va a poder lograr o no, por lo que escaparse es lo más práctico para salvar la vida. En ese caso no hay que coger mucha cosa. Documentación, el móvil y el cargador, y medicinas en el caso de que sean necesarias por un consumo prescrito y recurrente. Apenas nada más. Se recomienda llevar algo de dinero en efectivo, pero eso hoy en día puede ser escaso en algunos hogares. En general, en los lugares habilitados para refugio a los que se lleva a la población se dispone de utillaje para poder comer y dormir. Rebuscar por la casa cosas que se antojan como valiosas o necesarias puede consumir un tiempo que, quizás, no tengamos. Hay que salir a la carrera, con lo puesto, tratando de salvarse a uno mismo y a los que nos rodean. Se ha visto como los equipos de emergencias llevaban a ancianos, personas con movilidad reducida y, en general, aquellos que no disponen de medios para desplazarse en su vida normal. No rebusque, no pierda ni un instante. Corra, y si no puede correr, avise para que quien sí es capaz pueda llevarle.

La incertidumbre de estar días como refugiado en tierra vecina sin saber qué habrá sido de las casas y pertenencias debe ser horrible. Los que están con los desplazados les cuidan de la mejor manera posible, pero no pueden aliviar su temor ante lo vivido y, sobre todo, ante lo que se pueda haber perdido en el caso de que el fuego haya entrado en las poblaciones. Esa angustia lo impregna todo, de igual manera que lo hace el olor a chamuscado, y no se va hasta que se puede retornar y se comprueba lo que ha quedado, el resultado de la macabra partida que los equipos de extinción han tenido que jugar contra el devastador fuego. Ojalá esto se acabe de una vez y los desplazados puedan volver, todos, a sus casas.

lunes, julio 27, 2026

Desastre absoluto

Ya el viernes por la tarde, mientras estaba trabajando en la oficina, en julio, se podía apreciar desde las ventanas que dan al oeste de mi edificio las enormes nubes de humo que cubrían la sierra de Madrid. Parecían formaciones tormentosas, el origen de los cumulonimbos que logran descargar en esa zona en los días de verano propicios para ello, pero no tenían un origen meteorológico, sino siniestro. Eran el reflejo del voraz incendio que estaba teniendo lugar en Ávila, en Toledo y en el suroeste de Madrid, todo zonas contiguas. El viento sostenido de suroeste originaba esa formación, que no llegaba a la ciudad, pero mostraba su amenaza.

A lo largo de estos días millones de personas residentes en el centro del país han, hemos, podido contemplar con nuestros ojos los devastadores efectos de unos incendios gigantescos, descontrolados, inabarcables, que se han cebado con vegetación, arbolado, enseres, infraestructuras y todo lo que han cogido a su paso. Las cifras de evacuados que se están teniendo que gestionar son propias de una catástrofe de película, o de una situación de guerra. En docenas de localidades, decenas de miles de personas, han tenido que abandonar sus hogares y llevan pasando ya tres o cuatro noches en polideportivos, locales municipales y cualquier otro tipo de instalación comunitaria, en medio del desvelo absoluto por no saber cómo estarán sus bienes. El único consuelo que queda es que, a estas alturas de la historia, no hay que lamentar desgracias personales, no hay fallecidos, ni heridos graves, pero todo lo demás es desolador. El número de personas que se emplean día y noche en luchar contra las llamas se cuenta por miles, entre bomberos profesionales, de reemplazo, voluntarios, militares, etc, en una movilización que también es digan, por su dimensión, de un tiempo de combate. Pese a todos los medios recabados, ha sido necesaria la variación de las condiciones meteorológicas, con el alivio del calor de este fin de semana, lo que ha permitido poner coto al avance de las llamas, pero el viento, el maldito viento, que sólo ayer empezó a ofrecer algo de tregua, ha traído por la calle de la amargura a todos los involucrados en la lucha contra el fuego. Las rachas sostenidas intensas, en los primeros días, llevaron las columnas de fuego a una velocidad insoportable, y a partir de este fin de semana, las más leves pero mucho más erráticas lo han expandido de manera caótica por zonas que los primeros días permanecieron a salvo. Se ha conseguido salvar el entorno de El Escorial, porque los medios y Dios lo quiso en forma de cambio de viento, pero ese mismo soplo de fortuna para esa zona supuso la condena del valle del Tiétar, en Ávila, una vez que el incendio de Castilla y León logró ascender toda la sierra en su vertiente norte y se lanzó sin freno a sotavento, recalentado. Muchas de las poblaciones que el sábado y ayer eran el centro de las llamas y la evacuación contemplaban con congoja, pero seguridad, la evolución del fuego el pasado viernes, cuando el suroeste sostenido les mantenía aparentemente lejos de la amenaza. El maldito viento ha sido su desgracia, ha jugado en su contra, y ha ganado a los esfuerzos de todos los que luchaban contra las llamas. No he estado nunca en esa zona de la sierra, que era conocida por sus parajes naturales, sus pueblos y por numerosos atractivos, la mayor parte relacionados con la gastronomía y el disfrute de los recursos. Cuando las llamas se extingan, muchos de los negocios de esas localidades se verán abocados al cierre, al existir, lo que quede de ellos, en medio de una extensión calcinada en lo que lo único que van a dar ganas de hacer cuando se pueda contemplar será llorar con rabia, con la angustia de saberse a salvo quien lo hace, pero encontrarse perdido en medio de lo que, hasta hace pocos días, era su paisaje, su vida, su pueblo, y ahora no es otra cosa que un erial de ceniza y desolación.

La meteorología vuelve a ponerse cuesta arriba a partir de esta tarde y mañana, con la llegada de varias jornadas de calor muy intenso, en el entorno de los 38 40 grados, por lo que, cuando los fuegos sean controlados del todo, la necesidad de refrescar el terreno deberá seguir siendo prioritaria para evitar reactivaciones, que el mero movimiento de una brisa entre semejante calorina bastará para convertirse en amenaza. Es de esperar que, con el avance de la semana, los desalojados vayan volviendo a sus hogares, pero aún queda bastante para hacernos una idea certera de las dimensiones del desastre que ha tenido lugar en esas comarcas, y de lo irreparable que va a ser en muchos de los casos. Qué maldito horror.

viernes, julio 24, 2026

ChatGPT se escapa

Una de las noticias más interesantes de la semana, que da mucho que pensar, es el incidente sucedido con un modelo de IA de la empresa OpenAI, creadora de los ChatGPT X. Al parecer, según han contado y ratificado otras fuentes, un modelo de IA que estaban entrenando en un entorno seguro y, presuntamente, aislado del exterior, logro encontrar un agujero en las medidas de seguridad que cercenaban su hábitat y escapó, de tal manera que violó el confinamiento. No sólo eso, sino que procedió directamente a lanzar un ciberataque a una empresa tecnológica emergente, de nombre Huggin Face. Esta empresa ha confirmado que sufrió el ataque.

La IA tiene, en este momento, dos grandes riesgos, de naturaleza muy distinta, y que en ningún caso, en mi opinión, se están afrontando como es debido. Uno es el financiero. La industria de la IA requiere enormes inversiones en centros de datos que sirvan para entrenar y abastecer de información a los modelos, llenos de carísimo equipamiento informático de última generación, y con ellos enormes costes energéticos de uso y refrigeración. Para lograr todo esto las empresas metidas en la carrera de la IA han anunciado inversiones inmensas, de cientos de miles de millones de dólares, se ha lanzado a la emisión de deuda privada a lo loco y se han convertido en devoradoras de capital con una voracidad pocas veces vista. Hasta ahora el mercado se lo ha consentido todo en aras de la expectativa de negocio que se puede estar creando, pero empiezan a surgir serias dudas de que toda esa montaña de costes pueda no sólo llevarse a cabo, sino ser rentable en un plazo razonable. Si crece la sensación de que estos costos no van a ser asumibles y este castillo financiero se derrumba, la IA puede llevarse por delante compromisos, emisiones, derechos y todo lo que ustedes imaginen que sucede cuando se produce una estampida financiera. La dimensión de las cifras apostadas en el sector es capaz de provocar un crack global si no cumple lo que promete. El otro problema, más de concepto si quieren, es el derivado de una tecnología que puede no ser tan controlable como se nos ha vendido. Desde el principio, mucho antes del surgimiento de los modelos LLM, ha habido una corriente precautiva con la IA ante el temor de que, si se alcanza, se escape de nuestro control y sea capaz de causar daños masivos. El que muchas películas hayan basado sus argumentos en este temor lo ha ridiculizado parcialmente para muchos expertos serios mantienen dudas profundas sobre qué va a suceder cuando las aplicaciones de IA sean capaces de operar solas y el control de quienes las diseñan no pueda mantenerlas en cautividad. La carrera que se vive entre empresas y naciones (EEUU y China) en este sector no hace sino aumentar los miedos a que alguno de los modelos llegue a un punto de escape. No hace falta que se alcance la AGI, la Inteligencia Artificial General que tanto ansían las empresas norteamericanas y que no dicen perseguir las chinas. Basta con que un modelo empiece a superar las capacidades de comprensión y seguridad de quienes lo han desarrollado para que se vuelva peligroso, como una criatura que ya no responde a quien le ha amaestrado, en este caso más bien creado. ¿Algo de esto es lo que le ha pasado esta semana a OpenAI? Puede ser, aunque recuerden que en este sector las noticias que asustan también son una excelente fuente de marketing. En todo caso, parece que estamos ante un incidente serio, que ha comprometido las medidas de seguridad de la empresa y que, probablemente, revele hasta qué punto esas medidas son, cada vez, más escasas ante el avance que se registra en la carrera tecnológica. Es probable que OpenAI haya sido sobrepasada por una de sus creaciones. Es muy necesaria una auditoría seria de lo que ha sucedido y tomar las medidas que sean necesarias para impedir que se repita.

En ambos planos, financiero y tecnológico, la IA corre a sus anchas sin apenas regulación, más allá de los intentos de una UE sobrepasada por completo. Las similitudes entre la carrera nuclear y la de la IA son numerosas, aunque hay un factor que, por ahora, las distingue claramente. En el caso nuclear primero vino la bomba, vimos el hongo y, tras ello, se vio la necesidad global de la regulación por seguridad. En la IA el desarrollo tecnológico sigue imparable sin apenas controles, pero con el temor de que, en algún momento, se produzca un accidente que revele la peligrosidad potencial de esa tecnología ¿Habrá que esperar a que eso suceda para regular como es debido? Ojalá no sea así, pero ya ven, los problemas crecen y las medidas para atajarlos no.

jueves, julio 23, 2026

Petróleo por encima de 90$

Llevamos ya algo más de una semana de ataques cruzados entre EEUU e Irán. Teóricamente las conversaciones entre ambas naciones siguen en vigor tras la firma del memorándum de entendimiento que se celebró tras la reunión francesa del G7, pero lo cierto es que desde hace días no hay noche en la que no se produzcan ataques norteamericanos y represalias iraníes. Se han dado también, y es el argumento norteamericano para reiniciar los bombardeos, ataques por parte de la guardia revolucionaria iraní contra navíos que pretendían cruzar las aguas de Ormuz, y es evidente que el tráfico de buques en esa zona del mundo sigue sin volver a la normalidad de febrero, antes del inicio de la guerra.

Todo esto ha llevado a que el pecio del petróleo se vuelva a disparar. Tras la firma del acuerdo, el barril de crudo se relajó, perdió la cota de los ochenta y el Brent europeo hizo un mínimo de 71$ a principios de julio, sin romper esa barrera. Recordemos que antes de la guerra, pongamos enero de este año, ese barril cotizaba en el entorno de los 60$. Pues bien, como era de esperar, la reanudación de las hostilidades ha provocado ascensos en el petróleo, y los 70$ se abandonaron rápidamente, y no ha pasado demasiado tiempo para que los 80$ dejen de ser el techo. Ahora mismo el barril cotiza claramente por encima de los 90$. En esta semana se ha ido encareciendo día a día, y a esta hora de la mañana lo hace en 96,027$ un previo muy muy alto. El máximo alcanzado durante la guerra fue de 114,44$ a principios de mayo. A las puertas de la gran operación salida del verano nacional, con el consumo de gasolinas y demás productos en máximos, en una época de viajes largos y multitud de escapadas locales, la presión del barril va a impulsar los precios de los combustibles al alza, lo que va a poner aún más por los cielos las que se esperaban ya como las vacaciones más caras de historia. El gobierno anunció hace unas semanas el apaciguamiento progresivo de la subvención que otorga a los combustibles, en consonancia con el relajamiento de los precios del barril tras el acuerdo, de tal manera que, si no recuerdo mal, serían 15 céntimos el descuento que se aplicaría en julio, 10 en agosto y 5 en septiembre, para en octubre eliminarse por completo. Eso era en el escenario en el que ya habíamos dejado atrás lo peor de la subida, pero si ahora empezamos una nueva escalada de precios es probable que ese calendario de medidas deba ser revisado en el caso de que estemos ante un ascenso sostenido. Conociendo la volatilidad de Trump puede que organice la marimorena en agosto o que, por las buenas, decida dar otra vez carpetazo a este fracaso de guerra. En todo caso, como eso es algo parecido a la meteorología, caprichosa e impredecible en plazos superiores a los pocos días, no podemos contar con ello, y habrá que ir siguiendo la actualidad día a día. Lo único seguro es que cada jornada en la que el precio del crudo sigue alto, y más de 90$ es muy alto, la presión inflacionista que se creía controlada, lo que parecía un shock de apenas unas semanas, puede volver en forma de fantasma permanente, haciendo que los precios de la mayoría de los productos escalen progresivamente a medida que los costes crecientes de la energía se filtren por la cadena productiva. La dimensión de este proceso depende sobremanera del tiempo en el que los precios del petróleo se mantengan altos. Nuevamente, si lo que vivimos es una escaramuza que se apacigua en días, el efecto será escaso, pero si la dinámica de ataques y represalias se mantiene en el tiempo, aunque la crudeza de la guerra no escale, puede ser suficiente para sostener precios energéticos altos durante más tiempo de lo que las cuentas de resultados de muchas empresas son capaces de soportar. Y eso se traduciría es ascensos de precios sostenidos y relevantes, tipos de interés al alza y frenazo económico. Supongo que los que se dedican a la modelización macro deben estar pasando un año de pesadilla a cuenta de esta maldita guerra y los shocks que provoca en los precios del petróleo.

Hay otro amiguito al que no debemos olvidar en esto de los precios y suministros, que es el gas natural. Aunque parezca lejano, ya hemos consumido el primer mes del verano y el recorte en el día empieza a ser relevante. Sí, aún queda mucho calor, pero es necesario empezar a rellenar los stocks de gas de cara al próximo invierno. En Europa las reservas están bajas, y los precios de la materia prima, espoleados por el disparate de Ormuz, altos. Si esto sigue así este invierno vamos a tener unas facturas de calefacción disparatadas, y en función de la intensidad del frío, veremos a ver si algunas naciones no pasan estrecheces de suministro. Queda tiempo, sí, pero hay que empezar a acumular ya.

miércoles, julio 22, 2026

Nolan y la ambición

Es indudable que Chritopher Nolan posee un sentido de la ambición fuera de lo común. Sus producciones son mastodónticas, y el éxito que ha cosechado con varias de ellas le permite mantener unos ritmos de inversión y despliegue de medios que están al alcance de muy pocos. Algunos le critican por eso, aunque no veo nada malo en ello. Lo que sí apruebo es el paralelismo que no pocos le dan con Kubrick, uno de los grandes, en su deseo de hacer, en cada género que toca, la obra total que lo deja clausurado, el referente que marcará el paso al resto, la búsqueda de la excelencia, el hito.

A Kubrick se le tachaba de perfeccionista, de histérico, de dictador en sus rodajes, etc. Una serie de comentarios que no le importaban para nada y no impidieron que el cineasta norteamericano, exiliado por propia voluntad en Reino Unido, dejara joyas de la historia del cine que son clásicos sin discusión alguna, y que hoy en día siguen creando ciertos problemas de interpretación entre los que las ven. ¿Era ambicioso? Claro, lo era, porque pensaba que lo que estaba creando era mucho más importante que los que en ello participaban. Tiene pinta de que Nolan también trabaja con esa idea en mente, aunque lo que se oye de sus rodajes no lo pone mal en el trato personal. Tener ambición a la hora de crear una obra no es necesario, no la convierte por ello en superior, es la cantidad, calidad del trabajo y la genialidad del creador lo que le otorga a lo creado una cualidad que destaca sobre el resto, pero tener ambiciones grandiosas en la vida puede ser la única manera de levantar monumentos que perduren. En la época dorada de Hollywood existían directores y productores que sabían que estaban ante retos fabulosos, pero que si los lograban pasarían a la historia y se convertirían en estrellas globales. Títulos como “Lo que el viento se llevó”, “Ciudadano Kane”, “Ben Hur”, “Cleopatra” o “Gigante” requieren una ambición desmedida por parte de quienes los desarrollaron, pero junto a ese deseo de grandeza también existía una enorme cantidad de trabajo de mucha gente y la presencia de genios, delante y detrás de las cámaras, que lograron llevar a buen puerto unos proyectos que podían haber naufragado por sus propias dimensiones. “Titanic” es un ejemplo de película moderna sobrada de ambiciones que acabó siendo un éxito rotundo en todos los sentidos, pero que fue un empeño megalómano de James Cameron, que casi supone su ruina y que era vista, en un principio, como un ejercicio absurdo por parte de un director especializado en acción y ciencia ficción, con títulos muy buenos en esos géneros, pero que no iba a ser capaz de levantar una historia realista, y con unos costes de producción disparados. Lo logró. De hace dos años es la película “El brutalista” de Brady Corbet, una cinta de enorme extensión temporal, más larga que La Odisea (llega a las tres horas y media y fuerza intermedio) que es un ejercicio de ambición de libro por parte de un director apenas conocido, que no llega a los cuarenta años, y que con un coste no muy elevado quiso llegar muy lejos en su diseño y filmación. ¿Lo logro? Creo que sí, o al menos a mi me gustó, aunque reconozco que es una película que tiene barreras de entrada y que, si no se superan, puede hacerse muy cuesta arriba. Corbet pedía mucho a su productora y pide mucho al público, y en algunos casos lo tiene y otros no. Recibió numerosos premios que le valieron reconocimiento y prestigio, y el ajustado coste de producción le ayudó a no generar pérdidas en su recorrido comercial. Corbet no juega en la liga de Nolan, desde luego no en lo presupuestario, pero probablemente sí en la visión de la obra que crea como algo enorme, desmedido, digno de realizarse por encima de todo obstáculo imaginable, y con la idea de que ese monumento perdure en el tiempo y ante los que se presenta, que sirva de referencia. Seguro que en eso están ambos muy de acuerdo.

Sí, no hay mayor fracaso que uno en el que la ambición ha sido la máxima, porque soñar con el cielo y estrellarse es lo peor. Ansiar vivir en el suelo y caerse hace menos daño, pero es necesario que haya en el mundo de la creación personas ambiciosas, que vayan más allá del resto, que intenten hacer cosas que no se han logrado o que ni siquiera se hayan planteado. Pueden tener éxito o no, y si lo que se busca es sólo el éxito es probable que la ambición creativa sea cercenada. Soñar con nuevos retos es lo que puede lograr que el arte alcance cotas no logradas. Sí también desastres antológicos, pero bueno, así es la gloria, pertenece a los que quieren llegar al cielo…. Y consiguen flotar en él.

martes, julio 21, 2026

La odisea, de Nolan

Fui a ver la peli de la odisea con reparos. Había tenido la oportunidad de contemplar un par de veces los avances y, la verdad, no me gustaban. Eran oscuros, había escenas marítimas propias del Mar del Norte más que del Mediterráneo, me daban una sensación incómoda que me llenaba de temores. Por ello, cuando empezó la proyección, a sabiendas de que me esperaban tres horas de visionado, me puse en guardia con unas expectativas bajas. A ver lo que ha hecho Nolan con la historia más vieja jamás contada, madre de todas las demás, pensaba en mi interior. Lo cierto es que, poco a poco, me acomodé a lo que veía y, finalmente, no pude sino alabarlo.

La complejidad de la historia, las tramas cruzadas, la fantasía que se relata en muchos de los pasajes, la violencia que todo lo impregna… la odisea es, junto a la iliada, el relato fundacional de la literatura occidental, y junto a algunos pasajes de la Biblia, el origen de todo. El resto lo único que ha hecho en estos miles de años transcurridos desde entonces ha sido copias, variaciones, alteraciones menores en un relato basado en la marcha de unos hombres a una guerra cruel y el desquiciado regreso de uno de ellos a casa. Tan simple como eso. Nolan opta por centrarse en el segundo de los relatos, el que da título a la película, pero con fragmentos intercalados de la primera historia, la de la guerra de Troya, presuntamente provocada por el rapto de Helena, hija de Menelao, por París, príncipe troyano. Uno supone que todo el mundo conoce la historia original pero eso no tiene por qué ser cierto, y las idas y venidas en el tiempo del relato permiten hacerse una idea al espectador que desconozca el origen de la historia de dónde surge todo. Es en Ítaca, la isla de la que es rey Ulises, Odiseo, donde se ancla toda la trama, con el acoso de los pretendientes a Penélope, la mujer de Ulises, que espera su vuelta mientras que los demás ansían un trono y lo esquilman de paso. La película elimina algunos de los pasajes del libro, por necesidad material de tiempo, pero incluye otros con un detalle espectacular, como el del cíclope Polifemo, la bruja Circe, o el paso por la isla de las sirenas, realizando una variante de los efectos del canto que resulta muy interesante. Hay mucha discusión entre los exégetas sobre cuánto hay de pérdida en la vuelta de Ulises o de demora deseada por parte de un pillastre, que es como se presenta al personaje, y la película no deja nada claro si opta por una u otra alternativa. No esconde, eso sí, que el héroe de la historia tiene un componente de crueldad intenso, no es para nada un hombre de corazón puro y blanco, sino un interesado, un tramposo, alguien que puede ser vengativo cuando no es necesario, que en ocasiones es sometido por la hibris, esa expresión griega que hace referencia a la ira desatada que enloquece. A medida que avanza el relato vemos como Ulises se salva de sus peripecias, sí, pero cada vez carga con más culpas de lo que sucede a su alrededor, del destino de los que le acompañan, a quienes rige, y pierde progresivamente en cada uno de los avatares que suceden en el camino. El proceso de carga de la culpa sobre el héroe aparece como uno de los grandes puntales de toda la historia, la llena de dramatismo y, como es habitual en todas las películas de Nolan, prácticamente hace que no haya ningún momento jocoso. Todo es muy serio, cada vez más. En la parte final de la película se nos descubre el origen del dolor que acosa al protagonista, fruto de la guerra a la que fue hace ya años, a esa Troya mítica que era la joya de la civilización de la época y que sucumbió al asalto de las tropas griegas gracias, entre otras cosas, a la astucia de Ulises. La culpa de lo que allí sucedió le atormenta de una manera absoluta, moderna, total. Hay un homenaje a “El corazón en las tinieblas” o “Apocalipsys now” en medio de las ardientes ruinas de una Troya devastada, en la que el soldado sucumbe ante las consecuencias de sus actos. Es, a mi entender, el momento culminante de toda la película, y es imposible permanecer inmune ante él.

Con una producción de enorme altura, en la que se nota el cuarto de millar de dólares invertidos en cada momento, la cinta ofrece un espectáculo absoluto, pero sometido al desarrollo de la historia. Como pasa en muchas de las cintas del autor, exige al espectador de una manera bárbara y lo deja exhausto, pero a cambio ofrece un producto de un nivel técnico perfecto y que resulta conmovedor. Nolan logra, a mi modo de ver, una excelente versión personal de la madre de todas las historias, en la que imprecisiones como las señaladas por muchos respecto al tipo de armaduras y otras cuestiones de contexto no desmerecen para nada el resultado final. El reparto borda una exigencia extrema y la película está, sin duda, entre sus mejores trabajos. No se la pierdan.

lunes, julio 20, 2026

No me gusta el fútbol

Esas cinco palabras del título de hoy ya son toda una declaración de intenciones vital, y en un país como el nuestro, motivo de exclusión, o como mínimo de observación por parte del resto de la sociedad, que me ve como si se tratase de un espécimen digno de ser guardado en una vitrina de museo. Si a eso se le suma una serie de cosas que tampoco me gustan y que la gente considera que son de obligado seguimiento, la imagen que tantos poseen de mi es, como mínimo, exótica. Cuando uno es pequeño eso le causa problemas, pero a medida que los años avanzan y todo resulta más relativo, no me preocupa lo que el resto quiera pensar. Sólo trato de que no me impongan sus aficiones. Al menos, claro, las que rechazo.

Manuel Vázquez Montalbán, que era muy del Barça, escribió un ensayo, que no he leído, con un título brillante: “Fútbol, una religión en busca de un Dios” en el que se planteaba, según relataban las crónicas, su pasión por ese deporte y, sobre todo, la pasión social que despertaba. Y sí, el título es muy bueno, porque describe bastante bien el irracional fenómeno de masas que se desata en torno a unas personas que pegan patadas a un balón y logran que millones crean que eso es relevante en sus vidas. Todos los procesos que se dan en el entorno de las religiones organizadas se reproducen de una manera casi milimétrica en torno al mundo del balón, con las congregaciones de fieles, adoradores ciegos de una enseña, unos colores, una marca, un equipo, una selección, a la que defienden a muerte respecto al resto, a la que ven como única. Un rebaño que comparte símbolos, autoridades y discursos en forma de sermones por parte de los dirigentes de su equipo y los que juegan en él, que son elevados a los altares formando un panteón de diosecillos que reciben adoración. En estos días se podía ver a aficionados montando altares en sus hogares o en los lugares de congregación de la feligresía futbolera en los que se ponían estampitas con la imagen de los jugadores, con fotos de celebraciones pasadas, con insignias, escudos y demás parafernalia, conformando altares con todas sus letras, donde sólo faltaban las barrocas columnas salomónicas para ser dignos de consagración. Ese movimiento de fe produce exaltados, creyentes acérrimos ciegos que no dudan jamás, que viven su pasión hasta el extremo y se dedican a perseguir a los que consideran impuros, tibios, o simplemente no dignos de su creencia. Pasa en todas las religiones, los exaltados se reúnen en sectas particulares y empiezan a dictar la norma que el resto ve como una exageración, pero en no pocas ocasiones se convierte en el objetivo a seguir. Envueltos en bufandas, uniformes, cánticos y no pocos signos más de pertenencia a la tribu, esos puristas van sembrando su mensaje entre los suyos y el resto y, antes o después, llegan los incidentes. El fútbol, como simulacro de guerra entre bandos, es proclive a la violencia y se considera que esta, mal vista de manera oficial, es algo natural en el entorno del balón. Todo el mundo ve obvio que existan corrientes de aficionados salvajes, de sujetos broncas, que extienden su mal vivir a los aledaños de los estadios, y cuyos actos son, no pocas veces, reídos como gracias por parte de los responsables de los clubes, que los consideran como muy necesarios de cara a conformar el espíritu de la entidad que dirigen. Esos mismos responsables que, casi siempre, eluden la ley, gestionan los equipos de manera opaca y con un ansia de protagonismo sólo comparable al nivel de presunto fraude que cometen ante todo tipo de leyes, especialmente las urbanísticas y financieras, y que cuentan con el beneplácito de las autoridades, que en nombre de los “colores” conceden privilegios a esas entidades del balón con los que no pueden ni soñar otro tipo de empresas o asociaciones, de lucro o no, que son perseguidas con saña por la administración en forma de normas e impuestos, mientras que los del balón se ven beneficiados de todo tipo de privilegios, quizás porque no hay nada que al poder le guste tanto como subirse a un palco de un estadio y sentirse por encima, en todos los sentidos, de la plebe a la que somete en sus formas de ocio y saja de manera financiera, mientras consigue el vulgo aplauda enfervorizadamente a los santones que corren por el campo.

Lo siento, soy un ateo de esa religión organizada que es el fútbol. Si el deporte me dice poca cosa, si verlo por televisión me parece una manera de aburrirse difícilmente superable, lo del fútbol es algo que me supera. Nunca me ha gustado, cada vez menos, y la intromisión que supone su desarrollo en la vida de los demás me parece un abuso que no tiene excusa posible. Obviamente me he enterado de lo que pasó ayer, aunque de todo lo que sucedió vi nada más que la entrega de premios, para comprobar qué espectáculo organizaba Trump y su secuaz Infantino. No defraudaron, actuaron a la altura de lo que ambos era esperable. Poca cosa más me interesaba de lo de ayer, nada del jolgorio de hoy, ni de lo que venga después, ni de los siguientes partidos, o ligas, o copas, o competiciones internacionales, o duelos del siglo, o….