Pero, antes de empezar a comentar la actualidad desatada, quiero dedicarle el día de hoy a la tormenta, la de verdad, la meteorológica, que cayó en Elorrio el pasado sábado 8 de agosto por la tarde, un tormentón espectacular, de unas dimensiones y virulencia apenas vistas por aquellas latitudes, que ha dejado destrozos de todo tipo y que, casi, ha sido el único episodio de lluvia que se ha vivido allí en estas dos semanas, en medio de la sequía y calores de un verano de récord, que ha batido todos los registros de máximas medias y de noches tropicales. A tono con esas marcas, la tormenta fue histórica.
La previsión señalaba que podía llegar, así que a primera hora de la tarde empecé a estar atento, a ver si se cumplía el vaticinio. Sabido es que las tormentas son muy caprichosas, tanto al darse como al desplazarse, y pueden no llegar a surgir, o crecer y caer a lo loco en un sitio y, a pocos kilómetros, sentir su presencia de fondo pero apenas unas gotas mal caídas. Pasadas las 16 horas ya se había formado un cúmulo de tormenta en las proximidades de Elorrio, pero se quedó detrás de Udala, el monte que hace la divisoria entre el municipio y el vecino y guipuzcoano Mondragón. Por ahí se movió y luego ascendió hasta la costa de Deba Zumaia, por lo que no tocó a nuestro valle. Oportunidad perdida. Pasadas las 17 horas otro núcleo empezó a formarse en la zona de Villareal, donde se encuentra el pantano de Landa, ya en Álava, y ese empezó a coger una trayectoria de desplazamiento hacia el noroeste que sí le ponía en camino a Elorrio, si no se desviaba por cualquier cosa. En espera de que nos tocase la lotería, cogí el coche y subí hacia la zona de Mendraka, donde se ve todo el valle y la visión, centrada en el sur, cubre 180 grados sin obstáculos. Desde ese punto contemplé el famoso eclipse cuatro días después. Llegué al sitio que más me gusta para observar y, en efecto, ahí estaba la tormenta, al fondo, mirando hacia el sureste. Un núcleo negro inmenso, que empezaba a estar demasiado cerca como para poder contemplar la forma completa de su cota superior. Se empezaban a ver cortinas de precipitación a lo lejos que podían llegar hasta Elorrio, pero aún no lo hacían. Se escuchaba el tremor de los truenos, no muy cercanos, pero sí perfectamente distinguibles. Con el paso de los minutos, ya cerca de las 18 horas, la trayectoria de la tormenta era ya clara, y muy evidente que nos alcanzaba. Esa cortina de precipitación se había convertido en un proceso de desplome constante de una nube negrísima, asemejándose a un hongo nuclear pero invertido, que cae en vez de ser elevado por su columna. Los rayos iban a más y estaba claro que iba a caer una buena. Junto con todo lo demás se escuchaba un ruido sordo, que no lograba identificar, creciente, como de golpes. En pocos minutos la tromba alcanzó los montes de Udala y todo el entorno de Betsaide, que encierra el valle de Elorrio por su tramo este y sur, y a medida que avanzaba el horizonte quedaba cubierto por una cortina de precipitación y ese ruido que crecía sin cesar. En pocos minutos empezó a llover en Elorrio pueblo, que podía contemplar en su totalidad desde lo alto, y en un par más en la zona en la que me encontraba. Me metí a todo correr en el coche con la idea de esperar allí a ver qué pasaba. La lluvia inicialmente era torrencial, nada de ir poco a poco, pero en poco tiempo se empezó a mezclar con granizos, inicialmente pequeños, pero a los pocos minutos eran bolas de unos dos centímetros de diámetro o más las que caían de manera desatada. El ruido de su impacto contra el coche era brutal y empecé a temer por la integridad de las lunas. Decidí emprender el camino de descenso para buscar un refugio donde meter el coche y que no fuera deshecho. Bajé algo más de un kilómetro hasta encontrar una tejavana que se usa como aparcamiento, con plazas libres en ese agosto de vacaciones. En el descenso granizos, ramas y hojas caían sin piedad cubriéndolo todo. Pasé algo de miedo, pero logré llegar a cubierto.
Aproximadamente diez minutos duró la granizada, que estuvo al borde de ser capaz de abollar coches y romper lunas, pero que logro perfectamente arrasar todas las huertas del pueblo e infinidad de árboles y ramas, dejando la localidad y alrededores tapizada de hojas y restos que, días después, gracias a la desidia municipal, ahí seguían. El centro urbano se inundó por completo por la riada que caía desde lo alto. El ruido de fondo que no lograba interpretar era ese montón de granizos salvajes chocando unos contra otros en la nube y desparramándose al caer. No hay recuerdos en la localidad de una granizada de semejantes dimensiones.