La maniobra de reentrada en la atmósfera de Artemisa II, el último punto crítico de la misión, se superó en la madrugada del viernes al sábado, hora española, sin contratiempo alguno. El esfuerzo al que fue sometido el escudo térmico se superó y la nave apareció ante las televisiones que allí se encontraban colgando de sus últimos y hermosos paracaídas, tocando las aguas del Pacífico apenas a una milla de donde estaba calculado que lo hiciera. Los equipos de rescate acudieron prestos y los cuatro tripulantes fueron izados al barco de la marina que se encontraba allí para llevarlos a casa. Éxito absoluto
Durante toda la misión, las declaraciones de los astronautas han estado llenas de admiración por lo que estaban viviendo, nerviosismo ante las comprobaciones que iban a realizar, con la certera sensación de ser cobayas ellos mismos de un gran experimento, y de agradecimiento, de un profundo agradecimiento ante todo y todos. Es curioso, las personas que más lejos han llegado de nuestro mundo, las que más se han alejado de todos nosotros, no han tenido palabra alguna de vanagloria, de orgullo propio, de superioridad, de altanería. En un tiempo en el que el yo domina la conversación, la presunción ante el mínimo hecho logrado bombardea las redes sociales y la egolatría lo domina todo, cuatro personas que han alcanzado una meta que les permitirá inscribir su nombre en la historia de la carrera espacial se han mostrado lo más lejos posibles del pavoneo, de presumir por lo logrado. Son casi la némesis del presidente de su nación, de ese narcisista patológico, que alardea como un payaso de todo lo que tiene, logra o destruye, pero que es le que mejor refleja esa corriente de nuestro tiempo a la que antes me refería. Koch, Glover, Hansen y Wiseman, los cuatro de Artemisa II, saben perfectamente lo que han trabajado cada uno de ellos para estar ahí, lo que han sacrificado en el plano profesional y personal para subirse a esa nave, lo que han renunciado en la parte de la vida familiar, del ocio, de todo, para alcanzar su sueño, pero sobre todo, saben que eso ha sido posible porque miles y miles de personas en medio mundo han trabajado con igual dedicación para que esa nave exista, funcione y les lleve y traiga de vuelta. Como si fuera una metáfora de todo el proceso, el cohete de Artemisa, de algo más de cien metros, se acaba convirtiendo en nada para que la cápsula habitada, la punta superior, pueda cumplir su misión. El papel de las tripulaciones en este tipo de viaje es importantísimo, pero no menor que el de los ingenieros que han diseñado los sistemas, los empresarios y fabricantes de cada uno de los componentes, los que se encargan de montarlo todo, los que siguen el día a día de la misión, los que van pensando en los problemas que pueden surgir y en cómo afrontarlos…. Los equipos humanos que están detrás de un reto como el conseguido con Artemisa son innumerables, y se extienden a lo largo y ancho del mundo, por lo que las palabras de agradecimiento que los cuatro astronautas han expresado sin cesar no sólo son debidas y sinceras sino, sobre todo, ciertas. Ellos son los más conscientes de cuánta gente ha hecho posible lo logrado, y allí arriba, en medio de la negrura, de la nada, en la que inmensa Tierra empieza a convertirse en poco más que una canica que se va empequeñeciendo poco a poco, saben que en ese punto azul del que se alejan siguen siendo miles y miles los que velan por la seguridad de su nave y de sus vidas, que les observan y tratan de anticiparse a lo que pasa. Aunque es imposible sentirse solo en medio de tanto espacio, al otro lado del interceptor hay un mundo de organizaciones y personas que, día y noche, sin descanso, se desvelan por ellos y por el cumplimiento de la misión. Solos están, pero no exactamente. Y lo saben.
Ante
hechos de esta naturaleza, ante semejante ejemplo de sacrificio, entrega y
cooperación, ¿dónde queda el vacío orgullo que contemplamos día a día, ese afán
desmedido por presumir que nos inunda? A mi me toda esa tropa de triunfadores
de pacotilla que no hacen sino alardear de la nada que hacen en cada momento, y
que no piensan jamás en lo mucho que deben a los demás de sus méritos propios
me dejan bastante frío, me desinspriran, si me permiten el palabro. Frente a ellos,
Koch, Glover, Hansen y Wiseman son su reverso, son la cara real de un triunfo
absoluto que, para nada, se baña en orgullo. Ojalá hubiera en este mundo algún
astronauta más, algún científico más, y menos influencers, directivos, asesores
y demás vendedores de humo.