Hoy es el día del libro, san Jorge en varias CCAA, y las calles se llenarán de tenderetes con autores y ejemplares, y rosas acompañantes, en un maridaje espléndido de belleza editada y natural, a pesar de que más de uno me acusará de ser cursi hasta el extremo. El poder de las tradiciones es su vigencia, pero las hay que, por sí mismas, valen la pena, y otras que no, y lo de comprar libros y rosas me parece algo no sólo digno de que se mantenga en el tiempo, sino una de esas cosas bonitas que no debieran dejar de existir en una sociedad que tiende a la grisura en muchos otros aspectos. El que critique, bien, y el que compre, también.
Hace unos días leía un artículo en el que se estudiaban algunas características de los libros editados en los últimos años. El tema de investigación, centrado en la pérdida de atención que se vive en nuestro mundo, comparaba la densidad de los textos, la longitud de las frases y su complejidad, y le salía como resultado que, progresivamente, los éxitos de ventas se van volviendo lingüísticamente más sencillos. La media de palabras por frases está bajando, poco a poco, pero de manera sostenida, y la ausencia de subordinadas es cada vez mayor, en unas estructuras mucho más lineales de lo que lo eran antes. Para los apocalípticos del tema esta es otra evidencia de la debacle a la que nos enfrentamos tras el dominio aplastante de las pantallas y del vídeo como fuente de conocimiento y diversión, mientras que para los integrados (Eco, Eco) el estudio es relevante pero no es indicativo de que se esté produciendo una decadencia de las capacidades lectoras, máxime cuando se venden más libros que nunca y el número de lectores activos se mantiene en cotas elevadas, sin haber sufrido desplomes como ha sucedido con el de los cinéfilos. Steve Pinker, psicólogo, uno de los estudiosos más relevantes sobre el comportamiento humano, y que tiende a estar en el lado de los optimistas vitales, ha comentado en algunas de sus últimas intervenciones que la preminencia del vídeo, gracias a la tecnología que lo ha hecho omnipresente, está sustituyendo al texto explicativo, y que leer algo es un esfuerzo que va en contra del instinto de ahorro que llevamos grabado a fuego en nuestro interior. Ver es más natural que leer, que no deja de ser una técnica introducida hace varios miles de años. Comenta Pinker que las búsquedas en internet de cualquier tema ofrecen, en la actualidad, como primera referencia un texto explicativo elaborado por la IA y, a continuación, una serie de vídeos que comentan sobre el tema. Esto es mucho más claro en búsquedas de carácter técnico que en otras (pruebe a buscar en Google cómo cambiar un grifo o enchufe, por ejemplo) y es probable que tenga razón. La pasividad que supone contemplar imágenes que nos explican las cosas es insuperable, frente al esfuerzo que supone leer e imaginarlas. Eso ya lo descubrieron los programadores de televisión hace varias décadas, de tal manera que consiguieron no ya hacerse un hueco, sino modificar completamente los estándares de ocio y acceso de la información de la sociedad. La tele se convirtió en la reina de los hogares, en un movimiento criticado por muchos por la escasa calidad de sus contenidos. “La caja tonta” es algo que se ha dicho toda la vida. Ese fenómeno se ha hecho exponencial con el móvil, de tal manera que esa pantalla es la absorbente completa de nuestras vidas, o de gran parte de ellas. El suministro de vídeo que supone acceder a algunas apps llega a ser infinito, y más de uno se puede pasar toda la tarde, o toda la vida, contemplando clips más o menos cortos de un tema para saltar a otro y a otro en un bucle absoluto. ¿Se está contagiando la literatura de ese concepto de la inmediatez, brevedad, concentración? Puede ser. De momento, bastante hace el sector con sobrevivir ante semejante competencia, que ha laminado industrias enteras, de ocio y de otro tipo.
No se va a dejar de leer, ni de publicarse novelas y ensayos relevantes, junto a muchos otros que no lo son tanto, porque no todo el campo está lleno de flores. La lectura siempre resultará más exigente que otras formas de ocio, pero ofrece a cambio una de las mayores posibilidades imaginadas, que es precisamente esa, la de imaginar lo que está sucediendo, la de ser uno el creador del vídeo personalizado que refleja lo que las letras le están contando. El vídeo de la web es idéntico para todo el que lo ve, la novela también, pero el resultado de la lectura es completamente distinto para cada lector que se enfrenta a ella. Esa es parte de su magia, de los pétalos de colores de esa rosa que, con sus espinas, sigue subyugando a tantos.