viernes, febrero 27, 2026

Cocaína por doquier

Esta semana otra mujer, al parecer actriz, ha presentado demanda contra Íñigo Errejón por abusos sexuales, por haber sido forzada por el que parecía un crío inocente. Sobre el personaje, su hipocresía y demás ya he escrito, y otros lo también lo han hecho mejor que yo. Quiero fijarme en un detalle secundario de la denuncia En ella la demandante describe sucintamente la situación que derivó en abuso haciendo hincapié en el consumo de alcohol y cocaína por parte de ambos, agresor y agredida, en un contexto de fiesta, consumo que, por lo que se intuye, no tenía nada de esporádico ni de mínimo. Lo de ponerse de copas hasta arriba no es algo excepcional, pero por lo que parece, colarse con rayas tampoco.

Y digo esto porque los datos, siempre muy imprecisos en este campo, hablan de una realidad de consumo de cocaína que es más que abundante en nuestro entorno. Las principales estimaciones se hacen en función de los alijos decomisados, cada vez mayores, los que se estiman que no se interceptan, y la mejor de las pruebas, el estudio de las aguas residuales de las ciudades, que sirvió en sus tiempos para prevenir las olas de Covid y ahora también señala que la gente se mete polvos en su interior más de lo que podría imaginarse. A grosso modo se estima en un 7% el porcentaje de la población que consume cocaína, y eso en un país de casi cincuenta millones de habitantes es mucho. Mucho. Los consumos se supone que se disparan el fin de semana, por eso del ocio, pero esta droga está muy vinculada también al trabajo, a la activación máxima del cuerpo ante situaciones de tensión, y es por ello que, aunque sí hay picos, se ve que los valles de los días laborales no son muy profundos. Hay un consumo regularizado y sostenido por parte de cientos de miles de personas que ven en esta droga algo de lo más convencional en sus vidas. Por lo que me cuenta alguna persona bastante joven, en su entorno casi es más frecuente el recurso a la cocaína y a drogas sintéticas que al alcohol en sus múltiples variedades, lo que no deja de ser algo chocante. La cocaína es una droga que mata, que destruye al que la consume, que deja secuelas y que destroza los entornos personales y sociales de los lugares en los que penetra, pero aun así sigue teniendo una imagen positiva. A un consumidor de cocaína no se le ve como un adicto, un enganchado, un drogata. Si me apuran incluso lo contrario, como alguien de éxito que recurre a eso para mantenerse en la cresta. Es una droga que tiene un estatus muy especial y que no ha conseguido perder con los años. Así mismo se ha dado en estos últimos tiempos un fenómeno curioso, que es su abaratamiento. Mientras el precio de la cesta de la compra no deja de subir, el de la dosis de coca ha ido bajando a medida que parte de la producción que era consumida en EEUU se derivaba a Europa dado el impacto que el fentanilo ha tenido en el mercado de los adictos norteamericanos. Europa está invadida de alijos, no cesan de llegar de cualquier manera imaginable y sus efectos económicos empiezan a ser más que serios en naciones como Países Bajos, donde la economía de la droga comienza a tener mucho más poder del debido en un sistema político que no es un narcoestado, pero que empieza a tener algunas de sus características. Lo cierto es que el consumidor accede hoy en día a un producto más barato que antaño y de mejor calidad, en el que la pureza es mucho más elevada de lo que solía ser. Ponerse renta más en todos los sentidos. Fuerzas de uno y otro sentido alientan el crecimiento de un mercado que no parece tener techo, y las noticias en las que sucesos de todo tipo tienen implicados a personas que han consumido cocaína se suceden, y son vistas con la naturalidad que refleja la extensión de su consumo en nuestra sociedad. ¿Cómo no va a tomarla él si yo lo hago, o conozco a alguien que lo hace?

¿Toma usted cocaína? ¿Lo ha hecho alguna vez? No, no me conteste, por supuesto, píenselo en su interior. Les confieso que mi papel de recatado en la vida no es una pose, y pese a que he podido hacerlo, nunca he consumido esa droga (y creo que ninguna otra, salvo alcohol) No me llama la atención para nada, no me resulta atractiva, no me estimula su presencia, no me pone, no….. Nunca la he probado, se lo confieso. Lo cierto es que tenemos un problema social con la normalización de algo que no lo es, con el consumo de una sustancia tan dañina. ¿Cuántos de su entorno de trabajo darían positivo en cocaína si se hiciera un control aleatorio un día cualquiera? ¿Cuántos entre su familia o amistades?

jueves, febrero 26, 2026

Juan Carlos I, Rey

Que se muriera Tejero ayer por la tarde fue como si el destino, que no existe, quisiera lanzar un guiño a los españoles, clausurando por todo lo alto la historia del golpe del 23F tras la desclasificación, al mediodía, de la documentación que seguía considerándose como secreta. Tejero era la imagen viva de esa asonada, su aspecto más chusco y visible, y era de los pocos que vivieron aquello en primera persona que seguía entre nosotros. Su muerte, a los 93 años, cierra un círculo y entierra un pasado que, afortunadamente, no llegó a ser. Tejero hizo todo lo posible para que una oscuridad volviera, pero otros, no pocos, consiguieron que no fuera así.

Poca información relevante ha surgido de los papeles desclasificados. No se esperaban grandes secretos, según decían los expertos en la materia, y así ha sido. Si acaso, de una visión general de lo conocido, emerge aún con más fuerza el papel del Rey Juan Carlos y su inquebrantable compromiso con la democracia. El Rey fue un espolón frente al que chocaron las intentonas golpistas, esta y otras que se fraguaron y no llegaron a fructificar. En aquellos momentos Juan Carlos, aunque la Constitución vigente ya le había desposeído de poder efectivo, conservaba un enorme ascendiente en la carrera militar, que constaba de miles de personas con poder real, y que hasta hacía no muchos años se habían repartido el país a su gusto. El ejército de entonces no era el de ahora, ni mucho menos. El miedo que entonces producían los “ruidos de sables” estaba más que justificado. Pues bien, ante este poder militar sublevado, parcialmente pero con ímpetu, Juan Carlos se planta, pone pie en pared. Universalmente conocida es su alusión en TVE esa noche en la que insta a los sublevados a deponer su actitud y a rendirse, a no causar más daños y a dejar las armas. Esa escena, que consagra a Jun Carlos como Rey constitucional, y que algún conspiranoico de tres al cuarto ha tachado de montaje para defender la figura del Rey, se ve ahora que no es sino la culminación de un día en el que, en todo momento, el Rey está en frente a los golpistas. En esos documentos hechos púbicos se ve como Juan Carlos se niega a renunciar a su corona, se niega a exiliarse, afirma que resistirá como sea y que no se doblegará ante el golpe, triunfe o no. Muestra valentía y creencia en la democracia, y se convierte en el mayor poder no controlado por los golpistas que se revuelve contra ellos. Podía haber algún momento de vacilación, duda, deseo de componenda, intento de diálogo para ver lo que se puede sacar de la situación, cualquiera de esas cosas cutres que ahora vemos en la sucia política que nos domina, pero no. Juan Carlos, desde sus primeras palabras registradas, se pone al frente de la democracia española y se determina a resistir cómo y cuánto sea necesario. Muestra valor, porque frente a una actitud violenta como la que entonces se estaba desarrollando la vida de los que mostrasen oposición podía correr riesgo, y pese a ello se juega el tipo en cada momento. Eso hace que algunos de los golpistas, tras su fracaso, expresen un odio desmedido, con lógica, ante la figura que les frenó, el Rey, y afirmen que, para ocasiones posteriores uno de los primeros pasos debe ser neutralizar al Borbón. En esto, y en no pocas cosas, los golpistas y los etarras compartían destino, y su proyecto totalitario pasaba por hacer caer la monarquía, garante de las libertades constitucionales. Unos lo intentaron el 23F, otros varias veces en atentados felizmente frustrados. Sí, Juan Carlos se doctoró como Rey esa noche, pero durante el día desarrollo la lección de manera espléndida. Su figura queda aún más engrandecida tras lo conocido.

Su hijo, Felipe VI, también ha tenido que hacer frente a un golpe de estado, en este caso postmoderno, sin militares con las calles, pero con civiles queriendo hacerse con el poder de manera ilegítima y desmontando la constitución. En 2017, tras la asonada del procés, también Felipe VI sale por la noche a dar un discurso de importancia máxima, y logra que la situación política se encauce tras lo vivido en Cataluña por los totalitarios, en este caso vestidos de independentistas. Pese a las sucias componendas con las que el actual desgobierno ha tratado de reescribir la historia, en ese momento el hijo, como el padre, vuelve a jurar la constitución delante de todos nosotros, y muestra que las libertades que en ellas se recogen exigen a los poderes públicos sumisión, respeto y creencia. No es poca lección en estos tiempos.

miércoles, febrero 25, 2026

Muchas dudas sobre Irán

Pocas novedades en el discurso sobre el estado de la unión que ha pronunciado hoy Trump en el Congreso norteamericano. Casi dos horas de alocución en su estilo desordenado, faltón, soberbio, lleno de ira hacia los que no son exactamente como él. Se ha enorgullecido de los éxitos económicos que vive su nación, a pesar de las trabas que le impone, y el resto han sido insultos varios hacia todo el mundo, empezando por los jueces del Supremo que el viernes declararon ilegales sus aranceles. En el cuarto aniversario de la guerra de Ucrania su desprecio, en forma de ignorancia, a los ciudadanos atacados por Rusia lo dice casi todo.

Sí ha mencionado Irán, aunque poco más que para soltar algunas amenazas vagas, dejando claro que no consentirá que tenga el arma nuclear. Mientras que hoy se vuelven a reunir en Ginebra delegaciones norteamericanas y persas con el objeto de alcanzar algún tipo de acuerdo, la acumulación de tropas y efectivos logísticos en el entorno de Irán prosigue, en una escalada en la región no vista desde la guerra de Irak y con una forma de actuación que se empieza a parecer demasiado a la que preludió la acción militar en Venezuela. Excesiva acumulación militar para luego no hacer nada. Las demandas norteamericanas sobre el régimen son tres, con una de propina; la renuncia plena al programa nuclear, el recorte masivo de su programa de misiles balísticos, el fin del apoyo a todos los grupos afines que desestabilizan la zona en nombre del chiismo y, ya de paso, la apertura democrática y la liberación de los represaliados por la dictadura. Teherán ha dicho varias veces que está dispuesta a mantener conversaciones sobre todos estos temas, pero que la acumulación de líneas rojas que suponen las condiciones norteamericanas hacen inviable un acuerdo. El gran asunto es todo lo que tiene que ver con el programa nuclear. Si recuerdan, en el verano pasado se produjo un ataque norteamericano contra las instalaciones de enriquecimiento de Natzan y Fordo. Se aseguró que quedaron completamente destruidas y que el plan iraní de hacerse con material radiactivo de alta graduación, por así decirlo, se había convertido en historia. Lo que vemos ahora es un desmentido de esa afirmación. Puede que las instalaciones quedasen dañadas, pero el programa sigue. Irán repite sin cesar que lo que busca es material para la generación de energía, y todo el mundo sabe que enriquecimientos por encima del 4% se hacen para lograr material para un arma nuclear, y esa arma, en posesión de los Ayatolas, además de supone un riesgo, sería su absoluta garantía de inmunidad, por eso del pánico que genera conocer la posesión de la bomba. A partir de ahí el juego de amenazas se ha ido sucediendo en la zona, junto con la pérdida progresiva de poder de Irán en la región a causa de las ofensivas israelíes, que han ido laminando la capacidad de Hamas, Hezbollah o lo que quedaba del poder chií en Siria. Nunca el régimen de Teherán ha estado tan acorralado como ahora, y las últimas revueltas, de principios de este año, sofocadas mediante un uso indiscriminado de la violencia por parte de las fuerzas paramilitares afectas al poder de los clérigos, han vuelto a demostrar que la cúpula del poder en Irán sobrevive gracias a su empleo de la fuerza y al ejercicio de la represión. ¿Tiene futuro el régimen? A priori no, pero ha demostrado que es capaz de todo con tal de mantenerse, a sabiendas de que su alternativa no es pasar a la oposición, sino al otro mundo. Por eso las conversaciones que se tienen ahora en Ginebra, que son importantes, pueden ser sólo un compás de espera antes de que se de un tipo de intervención militar norteamericana, con o sin apoyo de Israel, que precipite los acontecimientos.

En todo caso Irán no es Venezuela. Estamos ante un régimen mucho más poderoso y compacto, con estructuras militares y de gobierno bien establecidas, y la caída del líder no implicaría precisamente el desmoronamiento del poder establecido. Lo que sucedió en Caracas puede otorgar a los norteamericanos una falsa sensación de seguridad respecto a sus opciones militares contra los Ayatolas, pero sería caer en un error. Irán es una pieza de caza mayor, y son crecientes las informaciones de fuentes militares de EEUU que hablan de la dificultad de desarrollar una operación militar quirúrgica en el escenario persa. Parece que en unas semanas podemos salir de dudas. O no, ya se verá.

martes, febrero 24, 2026

Cuatro años de guerra en Ucrania

Hoy se cumplen cuatro años desde que Putin lanzó su invasión contra Ucrania, una guerra de agresión que se suponía iba a ser breve y exitosa para el Kremlin y que se ha convertido en la más larga en más de un siglo para los rusos (hace poco superó a la duración para ese país de la IIGM) y que ha convertido el este de la nación invadida en una ruina en la que una tierra de nadie de más de mil kilómetros de largo se extiende, como una cicatriz de muerte, señalando el límite del avance ruso. Una quinta parte de la extensión del país invadido ha sido conquistada, a una velocidad de reptil inmundo, y los destrozos en el conjunto de Ucrania son considerables, y crecientes.

No hay visos de que la guerra termine a corto plazo, y si lo hiciera sería porque se fuerce a los ucranianos a una capitulación en la que debieran ceder territorio, soberanía y recursos. Durante estos años el pueblo ucraniano ha mostrado una fortaleza muy superior a la que nadie hubiera sido capaz de imaginar, y esa resistencia ha sido alimentada tanto por suministros exteriores como por el desarrollo de capacidades propias. La mayor parte del armamento del que han dispuesto los ucranianos ha sido norteamericano, que es el gran productor de occidente en este aspecto, financiado en su mayor parte con dinero europeo. Hasta la llegada de Trump a la presidencia EEUU ha ido aprobando regularmente paquetes de ayuda militar y de intendencia que incluían tanto donativo como material pagado por europeos que se destinaba a las tropas de Kiev para darles con qué luchar. En ucrania esas ayudas han sido decisivas para resistir, pero lo cierto es que el desarrollo de los combates, el disparo tecnológico que vive la guerra, junto a su configuración estática, en una mezcla de siglo XXI con el XIX que nadie hubiera sido capaz de prever, ha hecho que los ucranianos, poco a poco, hayan ido creando elementos militares de ataque de gran eficacia y en cantidades masivas. Esta necesidad se ha espoleado desde que el magnate naranja ha llegado a la presidencia en Washington y ha impuesto una política de hostilidad hacia Kiev que, con altibajos, parece perfectamente diseñada desde un despacho del Kremlin. Ucrania ha logrado desarrollar una industria de drones que es capaz de poner contra las cuerdas a las tropas rusas y causar cientos de bajas diarias, logrando alterar todos los esquemas con los que se inició el ataque. Los rusos, tristemente, también han aprendido sobre estas nuevas tácticas militares, y después del uso intensivo de drones de origen iraní, los sahel, han sido capaces de crear líneas enteras de producción de aparatos que les sirven tanto para atacar en el frente como para golpear a las ciudades del interior y occidente de Ucrania mediante oleadas de cientos de ellos de una sola vez. Enjambres de drones se destruyen mutuamente en la tierra de nadie y matan a todo lo que se mueva en el entorno en un combate de desgaste de enorme crueldad que no sirve para mover unas líneas de frente que, de hacerlo, se repliegan hacia el interior de Ucrania. Se estiman en varios centenares los muertos y heridos que se causan cada día en los combates, y es obvio que el país más pequeño es el que sufre la mayor sangría de población y recursos. Desde Kiev se contempla el deterioro de la situación con angustia, asumiendo que nadie esperaba que se pudiera aguantar tanto, pero con la duda constante de hasta cuándo se puede seguir así, en un proceso de desgaste constante que no parece tener fin. En Kiev importa la vida y futuro de los ucranianos. Huelga decir que en Moscú no, pero allí tampoco importa para nada la vida y el futuro de los rusos, y eso ofrece, si uno quiere seguir el baño de sangre, una excusa perfecta para mantener la guerra sin fin.

El creciente chantaje norteamericano y la debilidad europea a la hora de suministrar armamento pesan como una losa sobre las opciones de Kiev, que sabe que no puede ganar a Rusia pero que toda cesión será una derrota, preludio quizás de una capitulación total en el futuro. La necedad mostrada durante estos años por el ejército ruso es digna de estudio, pero con la matanza de sus propias huestes está logrando destruir la capacidad de Ucrania para sobrevivir como nación independiente, sobre todo si EEUU no cree en ella y no le apoya. Como dijo el excanciller alemán Olaf Scholtz, Ucrania no puede perder, Rusia no puede ganar. En esas estamos, y parecen que aún seguiremos bastante tiempo.

lunes, febrero 23, 2026

El Supremo para a Trump

Se esperaba la sentencia sobre los aranceles fálsamente recíprocos de Trump desde hace tiempo, desde finales de enero ya la invocaban algunos analistas, y existía un cierto consenso en que iba a ser negativa para los intereses del presidente. El caso lo interpusieron varias medianas y pequeñas empresas norteamericanas, perjudicadas por el gravamen dictado desde la Casa Blanca. Sí, sí, las medidas de Trump nos perjudican a nosotros, pero también les perjudican a ellos. Quizás sea la fortuna personal del sujeto y de algunos de sus secuaces lo único que se vea beneficiado por sus políticas.

La cuestión es que fue el pasado viernes por la tarde, hora española, cuando se hizo pública esa sentencia y, en efecto, era un varapalo a las medidas dictadas por Trump. Se consideraban arbitrarios los gravámenes impuestos e ilegal la norma utilizada para ello, por lo que se estimaba la petición de los demandantes de anularlos y de revertir lo ingresado por ello. La sentencia hace referencia a la dificultad de este último punto, dado que estamos hablando de cientos de miles de millones de dólares recaudados que debieran ser reintegrados, con el inmenso lío administrativo que eso supone y el daño a las arcas públicas. Pero el fondo de la sentencia es nítido. Trump actuó de manera arbitraria e ilegal. Al poco respondió el magnate desde la Casa blanca acusando al Supremo de haberse vendido a intereses antinorteamericanos, insultando a los jueces y mostrando hasta qué punto la degradación de la institución presidencial del país no deja de ahondarse en manos de semejante individuo. Prometió reponer los aranceles, y su equipo jurídico ha buscado nuevas fórmulas, de momento provisionales, para imponer un arancel universal a todo el mundo del 10%, que en la noche del sábado subió al 15%, generando aún más confusión en el tablero económico global ante las dudas sobre si esta nueva medida también será ilegal, o sobre dónde quedan ahora los acuerdos comerciales bilaterales firmados entre EEUU y otras naciones para eludir, o al menos suavizar, los aranceles que se impusieron en la primera ronde de agravios, ahora declarada ilegal. Como es habitual con Trump, ruido y caos a mansalva. Lo relevante de lo vivido el viernes, más allá de las consecuencias económicas, es que, por primera vez, una enorme institución del país, el Tribunal Supremo, le ha llevado la contraria al magnate. Tres de los miembros conservadores del Tribunal, algunos de ellos colocados por Trump, han votado en contra de los intereses del presidente que les llevó hasta esa alta magistratura, lo que es algo reseñable, y envidiable visto desde aquí. Es cierto que la pertenencia vitalicia al tribunal hace que los magistrados no se deban a quien les colocó una vez puestos en el cargo, dado que son incesables, sólo la enfermedad o la muerte les puede quitar el puesto, pero siempre da envidia comprobar como una institución en la que la ecuanimidad se encuentra entre los pilares principales que justifican su existencia la ejerce de esa manera. En el primer año de presidencia trumpista el sistema de check & balance, compromisos y cortapisas, por así decirlo, ha fracasado en aquel país. Con el control de la presidencia y las cámaras apenas nadie ha osado llevar la contraria el ególatra supremo, y su presidencia discurre por un decretismo autoritario que no cesa y que va a más. El viernes, por fin, alguien con poder de verdad en EEUU decidió decir basta a quien amenaza con sumir a la nación en el caos. Y aunque sea sólo por eso, debemos celebrar la sentencia del Supremo.

En su escrito de justificación de su voto, contrario el presidente, el juez Gorsuch, conservador, puesto en el Tribunal por Trump, argumentó que las decisiones legislativas de la nación deben tener un componente deliberativo incuestionable, deben por tanto nacer de una contraposición de ideas entre instituciones, sea la presidencia, las cámaras o similar, y en ningún caso la norma debe responder exclusivamente al deseo de una única persona, a las ambiciones de alguien que se apropie el derecho como uso exclusivo en su propio beneficio. Gorsuch defiende en su escrito la esencia de la república norteamericana y la separación de poderes que consagran las constituciones de las democracias liberales. Y si lo hace es porque sabe que ambas, república y constitución, están amenazadas.

viernes, febrero 20, 2026

¿La IA nos dejará a todos en paro?

Aunque la actualidad vuelve a atropellarme, en forma de ex príncipe detenido, voy a aprovechar el artículo de hoy para enlazarles un comentario en X de hace un par de semanas que tuvo mucho éxito, y que se dedica exclusivamente al impacto creciente, y potencialmente revolucionario, de la IA en el mundo del trabajo. Lo escribió Matt Shumer, un ingeniero informático que trabaja en Silicon Valley y que de esto sabe bastante, y en Le Grand Continent lo han traducido para que, si lo desean, puedan leerlo y entender lo que señala, y así lo puedan valorar en su justa medida.

La tesis de Shumer es simple. Escrita de una manera que trata de impactar al lector y, en cierta medida asustarle, indica que no somos capaces de asumir el crecimiento exponencial que están alcanzando los modelos de IA a la hora de desarrollar tareas intelectuales cada vez más complejas, que su evolución es cada vez más rápida y precisa, y que es probable que en mucho menos tiempo del que imaginamos esas IAs sean capaces de hacer la mayor parte del trabajo que hoy desempeñamos los humanos, y de una manera mucho más precisa, y por supuesto, más rápida. Shumer utiliza el símil del Covid, de cómo a principios de 2020 se hablaba de algo que estaba pasando en China pero que no estábamos muy seguros de lo que era, y que en ningún caso iba a llegar a afectarnos, y un par de meses después teníamos a todo el planeta revolucionado y a gran parte de él viviendo en pijama en casa de manera constante. Así describe la ola que viene, que va a ser, según él, mucho más disruptiva y trascendental, porque viene para quedarse. Es cierto que Shumer de esto sabe mucho y está en primera línea de los desarrollos que luego cada uno de nosotros, como usuarios, acabamos utilizando de una manera u otra, pero él, como todos nosotros, tiene una capacidad escasa para predecir realmente lo que puede suceder en el futuro, y sobre este tema de la IA el debate es tan profundo y disputado que, realmente, se me antoja difícil saber si este experto se ha tirado a una piscina con agua o no. Cierto es que su intención es al de llamar la atención, lanzar un aviso de cara a lo que viene, advertir a la gente de que sus empleos y formas de vida, que cree garantizadas, se enfrentan a un terremoto inmenso que puede trastocarlo todo, y no hace predicciones sobre impactos en PIB o cosas por el estilo. Sólo quiere hacer de señal de advertencia, de letreo luminoso en medio de la carretera que indica PELIGRO ante algo que se aproxima. ¿Es real el escenario que preludia Shumer? No lo se. Varias profesiones sí se están viendo afectadas por el desarrollo de la IA, y no hace falta pensar sólo en el mundo de los programadores y todos aquellos que trabajan con el desarrollo de sistemas informáticos. Su extensión al campo cultural es cada vez mayor y crecen ahí las voces, especialmente en el campo de los guionistas y actores, sobre la probabilidad creciente de que creaciones puras de IA sean capaces de suplirlos dada la cada vez mayor verosimilitud de lo que producen. En nuestro día a día leemos artículos y textos en los que la IA ha participado como apoyo o, directamente, como redactora, y a veces se nota y en otras ocasiones no. El propio internet se encuentra en un momento delicado, al ver como el tráfico de humanos cae y el del bots de IA se dispara, o cómo las búsquedas y el uso de enlaces se reduce a medida que los agentes de IA de las empresas de la red responden a las preguntas que se les plantean sin tener que llevarte a ningún otro sitio. Sí, la IA puede ser disruptiva.

En esto, como en tecnologías pasadas, cuando se descubrieron e implantaron, no es tan relevante el efecto que producen como la velocidad a la que lo logran, de tal manera que se disponga de tiempo para que, individual y socialmente, se puedan dar las adaptaciones precisas para que se acceda a los nuevos empleos y capacidades que suplan los perdidos. Precisamente ahí es donde más incide Shumer en su advertencia, en que la velocidad de lo que viene va a ser mucho más rápida de lo que somos capaces de imaginar, y que no nos va a dar tiempo a ajustarnos. ¿Será así? No lo se. En todo caso, el texto merece la pena ser leído y reflexionado.

jueves, febrero 19, 2026

¿Burbuja de inversión en IA?

A ver si puedo escribir un par de artículos sobre la IA, que está la cosa candente. Hoy vamos sobre temas financieros. Desde hace unos cuántos días las cotizaciones de las empresas vinculadas con la IA, el grupo de los siete magníficos (Apple, Alphabet, Meta, Amazón, Tesla, Nvidia y Microsoft) llevan goteando a la baja en bolsa, en un proceso de rotación de carteras que beneficia a sectores como el de la energía u otros más relacionados con el “value” una forma de inversión muy basada en análisis fundamental de las características financieras de la empresa, y menos en su capacidad innovadora. ¿A qué se debe esto?

El movimiento empezó tras la publicación de resultados de varias de estas empresas, en general buenos, o incluso mejores de lo esperado, pero que iban acompañados de mastodónticos anuncios de inversión en centros de datos y demás parafernalia destinada a la IA. Las cifras que las compañías han puesto sobre la mesa para un plazo que no llega a los dos años se sitúan en el entorno de los 600.000 millones de dólares, una barbaridad, o un disparate, según han querido verlo algunos analistas. Unas cifras de inversión que dejan a los presupuestos nacionales en I+D+i de las naciones europeas convertidos en propina y que comprometen la estabilidad financiera de empresas enormes, actualmente muy saneadas, pero que se han puesto un reto por delante difícil de imaginar. Además de con sus propias cajas, muchas de ellas han hablado de la necesidad de emitir deuda corporativa para hacer frente a semejante esfuerzo, y Alphabet, la empresa matriz de Google, ha sugerido la posibilidad de sacar bonos a un plazo de cien años para lograr conseguir los más de cien mil millones de dólares de inversión que, ella solita, pretende llevar a cabo. ¿Existirá Google dentro de cien años? Es una buena pregunta, y quizás sea correcto empezar a responderla imaginando qué de lo que conocemos lo logrará. En general el mercado ha acogido con prudencia, cuando no temor, estas perspectivas de inversión, porque se consideran exageradamente altas, y porque se corre el riesgo de que la apuesta por la IA alcance unas dimensiones existenciales para el futuro de estas empresas. Visto lo visto, o resulta el mejor negocio de la historia o no habrá manera de recuperar semejantes fortunas invertidas, por lo que muchos de estos planes se enfrentan a un todo o nada que no gusta demasiado. Lo de poner todos los huevos en la misma cesta y esas cosas. Además, como ha sucedido anteriormente en el mundo tecnológico, independientemente de si la IA resulta ser el negocio paradisiaco que se promete, la experiencia demuestra que no son varias, sino una empresa la que se acaba haciendo con el pastel. Hubo muchos buscadores, triunfó Google, Meta es la líder en redes sociales, Amazon lidera el comercio electrónico, Apple la tecnología de teléfonos…. Si la IA se acaba imponiendo es más que probable que alguna empresa, quizás ninguna de las mencionadas, sea la que domine su aplicación y se lleve la mayor parte de los beneficios, lo que supondría que el resto difícilmente serían capaces de recuperar las ingentes sumas invertidas. Lo que ha supuesto esta serie de anuncios es el recrudecimiento de toda una carrera de armamentos tecnológica que se ha desatado en Silicon Valley en torno a la IA, y a una especie de juego de apuestas desatado en el que los órdagos se suceden y las cifras se disparan hasta valores inmanejables. Con ello, evidentemente, también lo hacen los riesgos, en este caso los financieros, y si alguna de esas inversiones sale mal, empresas que ahora son joyas, símbolos globales de riqueza, poder y estatus, pueden acabar arrasadas. No sería la primera vez que sucede, desde luego que no.

Hay cada vez más estudios que relativizan el efecto de la IA en la productividad de aquellas empresas que la han implantado, que muestran ganancias relativas, menores que las esperadas, y que el uso de este tipo de tecnología puede tener más efectos sociales que económicos. El modelo de negocio de entidades como OpenAI (ChatGPT) o Antrophic (Claude) sigue estando en entredicho y no consiguen generar beneficios. Si la productividad no se dispara con la IA, como predicen sus gurús, los problemas de financiación de las inversiones irán creciendo y la paciencia del mercado se puede agotar. ¿Cómo va a acabar esto? Nadie lo sabe.