La lealtad se encuentra en la base de toda relación que sea digna de tal nombre, y su surgimiento implica el respeto mutuo entre los que mantienen el vínculo. Uno sabe que el otro se va a comportar de manera leal, aún cuando desarrolle actividades ajenas, propias, privadas, y eso hace que la confrontación que pueda surgir por lo que se haga fuera de la relación sea lo menor posible. Ser leal a alguien es algo preciado, lo sabe el que lo es y lo sabe aún más el que puede confiar en el comportamiento del otro. La vida y sus avatares ponen a prueba todo esto, y cuando la lealtad se otorga, se recibe, se comprueba, la fidelidad del vínculo se afianza sobre raíces profundas, muy difíciles de arrancar.
Todo esto, que parece palabrería barata de autoayuda, vale para las relaciones de amistad, de pareja y, sí, también, internacionales entre países. Es cierto que en este último caso domina la máxima de aquel primer ministro británico (no era Churchill) que decía que los países no tienen amigos, sino intereses, y so hace que a veces algunas naciones sean sus amigas y otras no. En todo caso, cuando se establecen vínculos entre países se espera una lealtad mutua, se entiende que cada uno buscará lo propio por encima de todo lo demás, pero se espera un comportamiento predecible, una cooperación, y una actuación leal que permita que ese pacto suscrito sea llevado a la práctica y beneficie a ambos. Desde los años cuarenta hasta ahora el pacto trasatlántico ha sido uno de los mejores ejemplos de esto, una relación asimétrica entre EEUU y Europa en la que estaba meridianamente claro quién era el líder en lo económico y militar, quién el protegido, y donde todas las naciones se beneficiaban mutuamente de una simbiosis que les permitía ganar seguridad y prosperidad. El éxito de este pacto es que ha sido copiado por otros grupos de naciones, con mejor o peor fortuna. Recordemos el pacto de Varsovia en el mundo soviético en la guerra fría, que fracasó por ser un acuerdo de sumisión más que otra cosa, o la ASEAN en el Pacífico, centrado sobre todo en temas económicos, pero que supone una vinculación estrecha entre naciones que va más allá de los negocios. Pues bien, el pacto trasatlántico se está hundiendo ante nuestros ojos en pleno mar, lo que es una desastrosa noticia para todos aquellos que estamos involucrados por él. Curiosamente esto no se debe a que haya socios díscolos en la parte europea, donde el guirigay es constante y las opiniones no pueden ser más diversas dado el número de países soberanos que existen, no. El pacto se hunde porque es EEUU, la nación más poderosa, la que se ha embarcado en una senda de incumplimiento, de revancha y, sí, de deslealtad. Trump I ya fue un preludio de lo que vemos, pero no llegó a tanto. Desde antes de él ya se percibía una creciente indiferencia en Washington ante los problemas europeos, dado el creciente ascenso de China y la sombras que eso suponía sobre el mundo norteamericano, pero ese desentendimiento, que puede ser comprensible, no iba acompañado ni de formas ni de decisiones absurdas. Con Trump II las cosas han cambiado completamente en todos los sentidos. Desde un principio su discurso ha tenido en el objetivo al resto de economías y democracias liberales, atacándolas sin cesar, dedicándoles palabras gruesas y decisiones que buscaban romper el clima de entendimiento creado a lo largo de décadas. No es que EEUU con Trump se haya vuelto aislacionista, no. Eso sería un problema, pero un problema ya conocido en el pasado. Lo que sucede es que se ha vuelto agresor, marrullero, opositor a los principios liberales, y ahora es mucho más proclive a colaborar con dictaduras que le sirvan que con democracias con las que pueda negociar. Trump admira a los autócratas y recela de los sistemas democráticos. Aspira a ser gobernante único y perpetuo.
Ayer, por primera vez, y en bloque, la UE se negó en redondo a colaborar ante el llamamiento que hizo Trump de solicitar colaboración para una misión que garantice el paso de petroleros por el estrecho de Ormuz. No queremos meternos en algo que otros han iniciado, vino a decir desde Bruselas la UE, en una declaración que destilaba enojo por lo que pasa y por la decisión trumpista de levantar las sanciones de venta de crudo al invasor ruso. La UE ya ha comprobado que los actuales EEUU no son leales, no ya a sus intereses, sino directamente al concepto profundo que recoge ese término. Algo viejo y noble se hunde en el Atlántico, en medio del regocijo de nuestros enemigos.
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