miércoles, marzo 04, 2026

Fernando Ónega, Periodista

Ayer, cuando llegué a casa por la noche, algo más tarde de lo habitual, me enteré de la noticia del fallecimiento de Fernando Ónega, a los 78 años, edad no demasiado avanzada para estos tiempos. Había tenido en el pasado algunos problemas de salud y tuvo que recibir un trasplante de riñón, donado por su esposa. Él decía que ella le había dado la vida personal y, tras eso, también la física, en un agradecimiento profundo que era tan sincero como comedido en sus formas. Ónega siempre fue suave, en tiempos duros y no tantos, y más aún en tiempos de algarabía incesante como los que ahora nos toca sufrir sin cesar.

Ónega lo ha sido todo en el periodismo nacional, y consiguió llegar, muy joven, a lo alto de la comunicación política, como escritor de los discursos de Suárez, en los inicios de nuestra democracia. Ese “puedo prometer y prometo” que tanto se ha parodiado y que con énfasis pronunciaba Suárez en sus discursos salió de la mente y dedos de Ónega. No duró mucho aquella etapa porque Suárez abandonó su cargo tras pocos años de permanencia, y a partir de ahí Ónega desarrolló una carrera periodística que le ha llevado por multitud de medios, tanto en radio como en televisión, tanto en la pública como en la privada. Su dicción, suave, con marcado acento gallego, algo carrasposa, era inconfundible. Ejerció el periodismo en el ámbito político, que era el que mejor conocía, y junto a Luis del Olmo creó eso de la tertulia, extensión en el mundo de la radio de lo que se hacía desde antaño en los cafés, formato que ha muerto de éxito y del que Fernando renegaba últimamente la ver en qué se había convertido. Sus análisis eran finos, normalmente acertados, nunca hirientes, tratando de buscar el por qué de las decisiones de los gobernantes, siempre en un marco de honestidad. Como todos, poseía una ideología propia, pero nunca dejó que le cegase. Tenía claro que lo primero de todo era ser periodista, testigo, relator y analista de lo que sucede, y que el público al que informaba se merecía todo el respeto, empezando por ser tratado de manera adulta y sin recurrir a la consigna. Huyó desde el principio de esa corriente que se ha convertido en la dominante, que ha transformado al periodista en activista, en propagandista de ideologías sin rubor y mendicante de apoyos por parte de los gobiernos de turno, o de los que puedan venir, para ganarse un jornal con una actitud nada cercana al espíritu del narrador de noticias. Ónega tuvo muy claro que ese estilo no era el suyo, y a medida que logró compaginar su labor de periodista con la de gestor en empresas de comunicación, llegó a ante grandes cargos en el grupo Plante Atresmedia, quiso que su estilo también se notase en la directriz de los equipos y empresas. Se centró cada vez más en la radio frente a la televisión, y fue en Onda Cero donde pasó sus últimos años de carrera, extensos, desde una primera línea de gestión y una secundaria de opinador, de editorialista de cabecera, en la que trataba de mantener un estilo que muchos, cada vez más, veían anticuado por el mero hecho de que escucharle no supusiera sentir un golpe en la mesa. Todos los que le conocían, y ahora a su muerte lo reiteran, señalan que en lo profesional y personal era como lo que parecía, alguien afable con el que se podía trabajar, y alguien que enseñaba a quien se lo pedía. Muchos comunicadores, especialmente de la radio, son deudores de los consejos que Ónega les ha dado y de haber sido subordinados suyos. Ha sido un maestro para generaciones enteras de periodistas, sobre todo en lo que hace al mundo de la actualidad y la política. Su muerte es hoy noticia en todos los medios del país, porque en todos ellos hay alguien, uno o muchos, que ha aprendido de Ónega y lo ha tenido como mentor.

En los últimos años sus hijas, especialmente Sonsoles, empezaban a ser más famosas que él para las nuevas generaciones. Cuando se retiró de la profesión, hace sólo tres años, en la última entrevista que le hizo Alsina, reconoció que en la vida había trabajado mucho y vivido menos de lo que deseaba, y que ya le tocaba un poco de eso de pasar los días sin agobios, deberes y agenda. Siguió activo en algunas facetas, especialmente en lo relacionado con los problemas de la gente mayor, pero su presencia en los medios se redujo totalmente. Hoy habrá numerosos obituarios en España que glosen su memoria. En pocas ocasiones serán tan sentidos y sinceros por quienes los van a escribir. Se va un maestro en su profesión. El “cole” está de luto.

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