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lunes, abril 13, 2026

Artemisa II y lo que es el éxito

La maniobra de reentrada en la atmósfera de Artemisa II, el último punto crítico de la misión, se superó en la madrugada del viernes al sábado, hora española, sin contratiempo alguno. El esfuerzo al que fue sometido el escudo térmico se superó y la nave apareció ante las televisiones que allí se encontraban colgando de sus últimos y hermosos paracaídas, tocando las aguas del Pacífico apenas a una milla de donde estaba calculado que lo hiciera. Los equipos de rescate acudieron prestos y los cuatro tripulantes fueron izados al barco de la marina que se encontraba allí para llevarlos a casa. Éxito absoluto 

Durante toda la misión, las declaraciones de los astronautas han estado llenas de admiración por lo que estaban viviendo, nerviosismo ante las comprobaciones que iban a realizar, con la certera sensación de ser cobayas ellos mismos de un gran experimento, y de agradecimiento, de un profundo agradecimiento ante todo y todos. Es curioso, las personas que más lejos han llegado de nuestro mundo, las que más se han alejado de todos nosotros, no han tenido palabra alguna de vanagloria, de orgullo propio, de superioridad, de altanería. En un tiempo en el que el yo domina la conversación, la presunción ante el mínimo hecho logrado bombardea las redes sociales y la egolatría lo domina todo, cuatro personas que han alcanzado una meta que les permitirá inscribir su nombre en la historia de la carrera espacial se han mostrado lo más lejos posibles del pavoneo, de presumir por lo logrado. Son casi la némesis del presidente de su nación, de ese narcisista patológico, que alardea como un payaso de todo lo que tiene, logra o destruye, pero que es le que mejor refleja esa corriente de nuestro tiempo a la que antes me refería. Koch, Glover, Hansen y Wiseman, los cuatro de Artemisa II, saben perfectamente lo que han trabajado cada uno de ellos para estar ahí, lo que han sacrificado en el plano profesional y personal para subirse a esa nave, lo que han renunciado en la parte de la vida familiar, del ocio, de todo, para alcanzar su sueño, pero sobre todo, saben que eso ha sido posible porque miles y miles de personas en medio mundo han trabajado con igual dedicación para que esa nave exista, funcione y les lleve y traiga de vuelta. Como si fuera una metáfora de todo el proceso, el cohete de Artemisa, de algo más de cien metros, se acaba convirtiendo en nada para que la cápsula habitada, la punta superior, pueda cumplir su misión. El papel de las tripulaciones en este tipo de viaje es importantísimo, pero no menor que el de los ingenieros que han diseñado los sistemas, los empresarios y fabricantes de cada uno de los componentes, los que se encargan de montarlo todo, los que siguen el día a día de la misión, los que van pensando en los problemas que pueden surgir y en cómo afrontarlos…. Los equipos humanos que están detrás de un reto como el conseguido con Artemisa son innumerables, y se extienden a lo largo y ancho del mundo, por lo que las palabras de agradecimiento que los cuatro astronautas han expresado sin cesar no sólo son debidas y sinceras sino, sobre todo, ciertas. Ellos son los más conscientes de cuánta gente ha hecho posible lo logrado, y allí arriba, en medio de la negrura, de la nada, en la que inmensa Tierra empieza a convertirse en poco más que una canica que se va empequeñeciendo poco a poco, saben que en ese punto azul del que se alejan siguen siendo miles y miles los que velan por la seguridad de su nave y de sus vidas, que les observan y tratan de anticiparse a lo que pasa. Aunque es imposible sentirse solo en medio de tanto espacio, al otro lado del interceptor hay un mundo de organizaciones y personas que, día y noche, sin descanso, se desvelan por ellos y por el cumplimiento de la misión. Solos están, pero no exactamente. Y lo saben.

Ante hechos de esta naturaleza, ante semejante ejemplo de sacrificio, entrega y cooperación, ¿dónde queda el vacío orgullo que contemplamos día a día, ese afán desmedido por presumir que nos inunda? A mi me toda esa tropa de triunfadores de pacotilla que no hacen sino alardear de la nada que hacen en cada momento, y que no piensan jamás en lo mucho que deben a los demás de sus méritos propios me dejan bastante frío, me desinspriran, si me permiten el palabro. Frente a ellos, Koch, Glover, Hansen y Wiseman son su reverso, son la cara real de un triunfo absoluto que, para nada, se baña en orgullo. Ojalá hubiera en este mundo algún astronauta más, algún científico más, y menos influencers, directivos, asesores y demás vendedores de humo.

lunes, mayo 26, 2025

Rafa Nadal y su manera de ser

Ayer Nadal recibió el homenaje a toda su carrera que le tributó el torneo que se juega en París, uno de los cuatro más importantes del mundo, y que él ha ganado un montón de veces. Esas victorias, entre otras, le convirtieron durante algunos años en el mejor tenista del mundo, y según los expertos, su palmarés hace de él el mayor deportista español de la historia. Es una persona famosa en el mundo entero por los partidos que ha disputado, que millones y millones de personas han visto, en vivo o a través de la televisión. En el acto de ayer, sobrio, Nadal se emocionó mucho, y dio gracias a mucha gente, también a los parisinos, público exigente como pocos, que ha acabado rendido a los pies de su figura.

Ya saben que el deporte me interesa poco, y creo que a Nadal lo he visto jugando unos minutos en mi vida, no demasiados. No se si alguna vez he visto un partido de tenis entero, creo que no. De Nadal no me interesa su juego, su palmarés, su revés o cualquier otra cosa relacionada con lo que hacía en las pistas, sino el cómo era en las pistas, y fuera de ellas. Entre los agradecimientos que mencionó expresamente ayer, Nadal citó a su tío, Tony, que es quien le ha forjado como jugador y persona. Durante muchos años ha sido su entrenador, y sólo dejó ese papel en el tramo final de la carrera de Rafa, cuando decidió retirarse después de haber hecho todo lo que creía que era capaz de hacer. Tony le inculcó a su sobrino, desde crío, una serie de ideas que son la base de lo que conocemos como “Rafa” en la actualidad. Le enseñó que jugar a tenis es difícil, y que si quiere ser bueno en ello debe ser constante, intenso, metódico, obsesivo, siempre entrenando, siempre practicando, siempre trabajando. Vio cualidades en el chaval desde el principio, pero le grabó en la cabeza que esas presuntas cualidades no son nada sino se ejercitan, sino se les saca todo el rendimiento posible. La idea que expresaba Picasso de que la inspiración era gloriosa, pero deseaba que le pillase trabajando, y por eso se pasaba horas y horas en el estudio creando sin cesar. Dedicación sin fin para que, pasara lo que pasase en la pista, el resultado estuviera al menos garantizado en lo que de él dependiera. Todo esto parecen obviedades, pero no lo son, y Nadal tío se las grabó a su sobrino bien en el fondo. Pero, con mucho, no son lo más importante de lo que le enseñó. Lo primordial es que el tenis, eso a lo que iba a dedicar la vida y su cuerpo sin descanso, no era importante, no es nada importante, sólo un juego en el que uno pega con una raqueta a una bola y trata de que el de enfrente no pueda hacer lo mismo. Nada más que eso. El tenista, el deportista, no es importante, el deporte no es importante. Las cosas importantes de la vida son otras, y en ellas uno debe ser consciente de su modestia, de su poco ser, de la necesidad de comportarse con honestidad en todo momento y de que el rival, el público, el recogepelotas, el que está en la taquilla vendiendo helados o cualquier otro es tan importante como uno, y que triunfar en la pista no es triunfar en la vida, sólo es triunfar jugando al tenis. Tony inculcó a Rafa, por encima de todo, a no creerse nada, a no pensar que por ser un buen jugador de algo es más que los demás, a no dejar que el ego que rodea todo el mundo del deporte le sobrepasase y empezara a creérselo. Le ancló los pies en la tierra de una manera casi inhumana, sorprendente, pero efectiva. Puedes llegar a ser el mejor jugador de tenis del mundo, o no, puedes ganar torneos o ser eliminado en una ronda intermedia, de tu rendimiento y del del rival dependerá lo que pase, pero nunca te creas superior por ganar, nunca menosprecies al rival, nunca achaques a otro las cosas que pasen porque sean fallos tuyos, nunca te llenes de soberbia por lo que consigas ni dejes de valorar lo alcanzado. Recuerda que sólo eres un chico que hace algo tan intrascendente como pegar golpes con una raqueta a una bola, nada más que eso. No eres Dios, no eres superior, tu yo no es más que el yo de los demás.

En una época donde ese “yoísmo” reina en todos lados, y las redes sociales fomentan el culto al narcisismo hasta unos límites que hace mucho que superaron el absurdo, el mensaje de Tony y Rafa es de una capacidad transgresora inmensa, casi revolucionaria. Todos los padres piensan que sus hijos son los mejores y más especiales, todo es lucir en Instagram en la mejor pose y lugar, para envidia del resto. Y ante ese falso vacío, el que durante un tiempo ha sido el mejor del mundo en lo suyos, sin discusión alguna, se muestra orgulloso de lo conseguido, pero sin ninguna muestra de soberbia, pompa o descaro. Es justo lo contrario de lo que nos rodea. Ese es el mayor de los éxitos de los Nadal. Ese es el mayor de sus triunfos.

lunes, enero 31, 2022

Rafael Nadal

No, no, no he enfermado y me he aficionado al deporte en este fin de semana. El tenis me parece, como el resto de disciplinas, algo bastante aburrido: A los cinco minutos de ver a unos señores pegándole con la raqueta a una pelota empiezo a verlo todo igual, y desconecto. Lo único que me produce asombro es esa extraña forma de contar los tantos, obtusa, incomprensible, digna de ser el resultado de una comisión ministerial destinada a simplificar algo, y que parió semejante lío de números y elementos. No veo heroicidad en la pista mientras dos personas se desloman lanzando raquetazos, sólo cansancio físico y un derroche de energía en algo que no sirve para nada. Entretiene, dirán casi todos ustedes, y ese es su valor, pero no le veo otro.

Debo ser de los muy pocos que viven al margen del deporte en estos tiempos, donde los que a ello se dedican de manera profesional han sido elevados a un pedestal en el que el heroísmo antes citado se queda corto, alcanzando absurdas cotas de endiosamiento. Y en general, el nivel intelectual y humano de las personas que llegan a esos niveles corresponde a la media de la sociedad en la que vivimos, cuando no es directamente el resultado de una selección adversa en la que lo más cafre se ve unido en torno a una pelota, a veces más grande y otras más pequeña. Por eso, en medio de ese erial de vanidades, desplantes y orgullos infinitos, alentado por la masa que los adora y les proporciona la fama, que lleva dinero sin fin, me cae bien Rafael Nadal, el tenista. Principalmente porque me parece un tipo normal. Cuando habla ante la prensa, obligado como otros para aumentar el circo mediático que rodea a su disciplina, no dice tonterías, ni insulta a nadie, ni se mete con nadie, ni chulea. Ya sólo por eso merece algo de atención, pero es que, además, y sobre todo, Nadal ha dicho más de una vez que lo que hace es jugar, entretenerse, divertirse, y que eso que hace no es importante. Es muy consciente de que la sociedad usa a los deportistas como símbolos en los que depositar cosas trascendentes, como la patria, el orgullo, el éxito y otras por el estilo, y eso otorga a esos gladiadores de nuestro tiempo un poder enorme, que la inmensa mayoría desperdician en actos llenos de orgullo y vanidad. La rivalidad que surge entre ellos alienta el espectáculo y los que a cada uno jalean cierran los ojos ante las indignidades que los suyos realizan sin cesar para alcanzar el añorado triunfo (y sobre todo, los millones de euros a él asociados). Siendo una especie de carísimos bufones cuya función es entretener a los demás el deportista, elevado a los altares, se comporta en demasiadas ocasiones como si las normas no fueran con él, como si la sociedad y todo lo que en ella hay estuviera para rendirle pleitesía. Día tras día vemos escándalos en el deporte en el que el comportamiento de sus figuras no es que deje de desear, sino que sería públicamente reprochado en caso de que lo llevasen a cabo personalidades de otras profesiones. Drogarse, defraudar a hacienda, engañar a un contrario, intimidar con violencia, son cosas que se ven con una frecuencia enorme en estadios de fútbol y otro tipo de recintos deportivos, y los “aficionados” no sólo perdonan estos hechos como si no hubieran tenido lugar, sino que los jalean, los ríen, los aplauden con deleite, porque los “suyos” tienen siempre la razón hagan lo que hagan. Por eso, en ese panorama lleno de fango y vacío, alguien como Nadal destaca por encima de todo. Sobrio cuando habla, apela al esfuerzo que le ha servido para llegar desde Manacor al olimpo de su especialidad, con años de trabajo incesante, a lo largo de los cuales no ha insultado, no ha hecho trampas, no ha chuleado ni se ha convertido en un creído de sí mismo. Su afición ha coincidido con el gusto de muchos y eso le ha permitido enriquecerse y llevar una vida privilegiada, pero no hace ostentación de ello y sigue pensando que lo que hace no es importante, o que al menos no es lo importante que tantos hacen creer que es. En un mundo de ególatras y en una sociedad en la que el yo domina desde el primer selfie, Nadal es una muestra de cómo actuar con cabeza, sentido común y responsabilidad. Y eso es lo que vale de él, no sus victorias.

Ayer, tras granar en Australia, Nadal se ha convertido en el mejor jugador de tenis de la historia, y nadie sabe mejor que Rafa lo que le ha costado llegar hasta ahí y lo poco que eso significa, porque otro vendrá, antes o después que lo supere, y a ese le sucederá otro, y así hasta que ese deporte decaiga, como lo hicieron otras disciplinas en el pasado. Sabe Nadal qué es lo que realmente merece la pena de la vida. La alegría que se llevó ayer es enorme, pero a sabiendas de que, cuando el fulgor del éxito pase, y ya no sea más que un extenista, lo realmente valioso seguirá con él, y junto a él. Ese es el gran ejemplo que nos da su figura. Que gane partidos, campeonatos o torneos es algo que, la verdad, a mi no me dice casi nada.

viernes, abril 05, 2019

Ángel Hernández, o cuando llega el final


Ya por la noche salía Ángel Fernández en libertad con cargo y sin medidas cautelares de los juzgados de Plaza de Castilla. Horas antes había colaborado activamente para acabar con la vida de su mujer, Maria José Carrasco, que llevaba varias décadas enferma de esclerosis múltiple y que, reiteradamente, había solicitado ayuda para morir, dado que su estado le impedía ejercer acción alguna, sobre ese respecto y sobre cualquier otro. Ángel ha documentado las peticiones de su mujer al respecto y el proceso final en el que acerca un vaso con barbitúricos diluidos en agua y una pajita a la boca de Maria José, y ella bebe, siendo ese su último acto en este mundo.

Es fácil pontificar y opinar sobre cosas que suceden a miles de kilómetros de distancia, trivial hacerlo sobre realidades que uno no vive o conoce, qué fácil es hablar y escribir. Lo difícil es vivir. Durante décadas Ángel ha visto la descomposición de su mujer y el mantenimiento de la firme voluntad de ser asistida en el final cuando ella, sabedora de la evolución de la enfermedad, ya no podrá hacer nada. Años y años de descenso en las condiciones de vida, en las expectativas, en la luminosidad de las tardes para convertirse en angustiosas noches eternas, de jornadas de reclusión, de abandono de todo. En cuerpo y alma se ha dedicado Ángel a cuidar a Maria José, negándose a acabar con la persona que más quería, aún a sabiendas de que era el deseo de ella y que tarde o temprano se iba a enfrentar al dilema moral de si ejercerlo o no. Qué fácil es, desde la distancia, emitir un veredicto, juzgar en pocas palabras hechos tan profundos  y complejos, y aún es más sencillo volcarlo en las redes y ajusticiar o alabar la conducta de Ángel, siempre que uno no pase por un trago similar. ¿Cuántos, en la situación de Ángel, hubieran huido? En un mundo en el que las parejas se rompen por cuestiones cada vez más triviales, tontas y banales, en el que prometemos amor perpetuo a otro semejante, pero rompemos nuestro encariñamiento por auténticas bobadas, en una época de nula paciencia, escaso compromiso y casi ninguna entrega personal, Ángel ha dado su vida por Maria José durante unos años que nadie, excepto él, será capaz de recordar hasta qué punto han sido de entrega y dolor. Su decisión, el acto de ofrecer ese vaso, quizás haya sido el más duro de su vida, aquel que nunca pensó que llegaría, el que deseó con todas sus fuerzas que no tuviera lugar. Y paradójicamente, puede que haya sido su último acto de amor, de entrega, su postrera inmolación ante Maria José, a la que se entregó en vida y ahora, una vez ella muerta, sigue ofreciendo su existencia en forma de proceso judicial y de dolor personal. Durante el resto de su existencia Ángel no podrá olvidar nunca ese momento del vaso, momento en el que su amor cruzó el Rubicón que separa la esperanza del vacío, y sabrá para siempre que sus manos, que con cariño infinito cuidaron a la persona que más quería, fueron las mimas que ayudaron a acabar con esa vida que para él era todo. ¿Es esto un enorme, inmenso acto de amor? Creo que sí, y creo que también lo es de dolor. Sólo a quien se quiere con pasión y locura se le puede acatar hasta la orden más loca, la que permite acabar con su propia vida. Tantos son los casos de maltrato y violencia, fruto de celos y deseos de posesión que son perversos, y frente a ellos, el ejemplo de Ángel y Maria José nos muestran hasta qué punto el amor, palabra desgastada hasta el extremo, posee un sentido y significado tan poderoso que nos puede enfrentar a dilemas como estos sin que haya manera racional de abordarlos, sin que podamos discernir con razones. Qué fácil es juzgar desde fuera, pero con qué instintivo pavor deseamos que situaciones como estas no se den en nuestro entorno, que no nos pase nunca nada así.

Hace unos años Michael Haneke realizó una película llamada “Amor” tan seria y amarga como casi todas las suyas, en la que se plantea un dilema similar en una pareja de ancianos. La película es excelente y de visión obligada, pero comprobé asombrado que muchas personas, de mi entorno y de medios de comunicación, decían preferir no verla porque era triste, porque te hacía pasar un mal rato. En nuestro mundo, de gomaespuma vital y aparente vacío emocional, en el que disfrutar lo es todo, ni ver una película que aborda un tema crudo resulta aceptable para muchos. Como para imaginar cómo responderán, responderemos, ante dilemas como estos si se dan en nuestras vidas. Qué sencillo es opinar, qué trivial juzgar, nada se tarda en olvidar.

viernes, junio 15, 2018

Aceleración


Comentaba en el viaje de vuelta a Madrid de la boda del pasado sábado a una de las acompañantes que iba en el coche que ya tenía ganas de vivir una semana tranquila, sin exceso de noticias, sin sobresaltos ni bombazos informativos que nos dejasen tan asombrados como agotados. Unos días aburridos, en los que no pasase nada, o diera esa apariencia. Pensaba entonces, ingenuo de mi, con la puesta sol reflejada en las torres de Madrid a nuestra llegada, que la reunión de Trump con Kim sería el gran acontecimiento semanal, y que tras los envites de la pasada, esta sería más serena. Sí, no dejo de equivocarme, y cada vez en mayor grado.

No creo que estemos viviendo hechos excepcionales, salvo miren por donde, la reunión entre Trump y Kim, pero si resulta asombrosa la velocidad a la que se suceden, solapan y se desarrollan. Dimisiones de ministros, órdenes de cárcel para famosos, líos en eso que se llama fútbol y cosas por el estilo han sucedido siempre, pero es cierto que esta semana se han producido episodios en todos los ámbitos de la sociedad y la política como precipitados por una cascada, amarrados unos a otros, en una secuencia imposible de digerir, menos analizar y ni soñar en asimilarlo. Quizás sea eso, la creciente velocidad, la aceleración, lo que caracteriza a este tiempo que vivimos, la sensación de que todo va muy rápido, cada vez más, y que el control de las situaciones se escapa de nuestras manos como arena en la playa. Es indudable que la invasión de las tecnologías de la comunicación y su omnipresencia nos ha cambiado la vida, y eso, entre otras muchas consecuencias, algunas aún por descubrir, ha provocado que las noticias y sus impactos corran a una velocidad inusitada. No pasaron ni doce horas desde que una web nos hizo saber de los chanchullos fiscales del ministro de cultura hasta su forzada renuncia por unos hechos que, a primera hora de la mañana, consideraba pasados e inocentes. El proceso de adquisición de una novedad, digestión, reacción, generación de consecuencias, respuesta de las partes implicadas, novedades, etc, se dio a una velocidad tal que era imposible de ser asimilado como es debido. Vivimos en una sociedad en la que este comportamiento veloz y antireflexivo se ha convertido en norma. Cierto es que mejor que antireflexivo debiera usar la expresión de imposibilidad, porque esa es la cuestión. La velocidad impide tener el tiempo necesario para informarse, reflexionar, sopesar y poseer una opinión fundada ante algo. Problemas complejos se muestran en tuits de decenas de caracteres y al instante uno debe poseer una opinión acertada, plena, inamovible y sin fisuras al respecto. Debe posicionarse, optar por un sí o un no ante cosas de las que, antes, quizás ni hubiera sido capaz de responder. Si no se tiene posición, uno se ve criticado por ello, por propios, ajenos y extraños, y el único consuelo es que la propia velocidad de los hechos hace viejos en días, horas, debates sesudos que son suplantados por la última hora producida en otro aspecto de la actualidad a veces tan distante como opuesto, y vuelta a empezar con el proceso del sí y el no, estos o aquellos, la elección de la posición y la defensa a ultranza de la verdad verdadera frente a la malvada falsedad, aunque uno a veces no sepa ni de qué habla. Debates y posturas falces las ha habido siempre, pero lo novedoso hoy es esa velocidad. ¿Cómo sortearla? Una opción muy socorrida es tirar de argumentarios. Uno trata de identificar en la noticia o tema de debate diversos conceptos que están ideológicamente marcados, sin que se tenga muy claro el por qué, y agarrándose a ellos se replica el argumento que dirían “los míos” ante ello frente a “los otros” y así se logra acertar muchas veces y no salirse de bando. No exige pensar y proporciona confort.

Es una actitud que, la verdad, me repugna. No se quiénes son los míos ni quienes los otros, y cada vez más lo que requiero es tiempo, instantes aunque sea, para digerir lo que sucede, y no acabar como una bulímica, empachado y vomitado tras una ingestión masiva y no digerida de actualidad frente a la que muchas veces no poseo una opinión plenamente formada, y desde luego ni mucho menos argumentada. En tiempos de creciente aceleración y complejidad, cuando más debieran crecer las dudas y menores parecen las certezas, más se polariza y simplifica el debate social. Justo al revés de lo que debiera. Ojalá la semana que viene tenga una actualidad más sosegada y nos deje reposar y pensar. Casi seguro que me equivoco.

miércoles, junio 14, 2017

Generaciones enfrentadas. “Millennials” vs “X”

Las redes sociales sirven para muchas cosas, y una de ellas, quizás la más tonta, es para extender hasta el infinito las polémicas y broncas de todo tipo, convirtiendo a veces esas redes en una inmensa charca llena de mosquitos chapoteantes de la que uno desea huir sin pensárselo dos veces. Es una pena, pero resulta más habitual de lo que parece. Mi actitud ante estos temas se parece bastante a la que aplico en la realidad. Rehúyo la bronca, la eludo, no participo y, si puedo, no la sigo. A veces es imposible no enterarse de ella y pensar en una postura al respecto, pero no la expongo ni interactúo, por no verme envuelto en una trifulca en la que, pase lo que pase, soy débil y acabaré perdiendo.

La última batalla se ha dado al respecto del este artículo sobre los millenials publicado en El País. Se considera que la generación “millennial” son los nacidos entre 1981 y 1997, por lo que en este año 2017 se estima que están en la franja de edad de los 20 a los 35 años. El artículo, que plantea una reflexión de fondo bastante interesante, se ceba demasiado en un argumento que todos hemos escuchado alguna vez y que, a partir de cierta edad, empleamos como propio, y es la escasa capacidad de la generación que nos sigue, lo poco preparados que están lo más jóvenes y el destino ruinoso del mundo que será inevitable cuando caiga en sus manos. Ya Cicerón estaba preocupado de la decadencia romana cuando observaba el comportamiento de sus jóvenes, por lo que se puede decir que es este un argumento universal, basado en la falacia de que no hay nada mejor que uno mismo ni la generación que uno encarna. En tiempos como estos de cambios de alta velocidad y sentido confuso, esa sensación se acrecienta aún más si cabe. Parece que los años estables del pasado fueron una arcadia ante el caos que vivimos ahora, que el dominio tecnológico que nos rodea es una perturbación de la naturaleza humanan y sus virtudes, y que ese añorado pasado que uno encarna, y que vivió en persona, era el punto ideal. No nos engañemos, esa sensación es errónea. Mi padre usaba idénticos argumentos, expresados de una manera bastante más burda, eso sí, para calificar como inútiles a todos los que eran más jóvenes que él, “porque no sabíamos hacer nada ni nada sabíamos de la vida”. ¿Tenía razón? En parte sí, pero en gran parte no. El mundo que conoció en su juventud sólo existía en fotos tomadas en aquella época, y creo que gran parte de su crítica exponía sobre todo su sorpresa ante cómo afrontar un mundo que no acababa de entender. A los que somos de la generación llamada X, la antecesora de los “millennials”, nacidos entre 1965 y 1980, y que ahora tenemos entre los 35 y 50 años, nos encanta rememorar lo que hacíamos en, por ejemplo, EGB, y como ahora nuestra franja de edad es la que empieza a ser la poseedora de las rentas e ingresos más altos de la sociedad, nuestros gustos imponen modas comerciales. Dentro de quince años es muy probable que se viva un proceso de añoranza de la “grandiosa ESO” que era lo mejor de lo mejor, no como eso que hay ahora (a saber lo que habrá entonces) y desde luego mucho más avanzada que esa carca de la EGB, que ya pocos recordarán, como ahora no se habla mucho del PREU, salvo entre los jubilados que lo tuvieron que realizar en sus tiempos. Y así hasta el infinito. Como en la película de Woody Allen “Midnight in Paris” cada generación añora un pasado mítico que no lo fue, y que en su momento se veía como decadente respecto a un pasado anterior que, ese sí, era genial. Este tipo de engaños mentales sólo conducen a la melancolía.


No se cuál será el destino de los “millennial”, ni del mundo que les tocará gestionar, igual que no se ni cuál es mi propio destino ni lo que hacer en gran parte con mi vida. Creo que la formación que posee esa nueva generación es inferior a la nuestra, pero que se van a enfrentar a retos distintos, propios, y que tendrán que superar como puedan. En ella se esconden miles de individuos con característica, sueños, limitaciones y posibilidades muy distintas. Cometerán errores viejos y otros nuevos, solucionarán problemas viejos y crearan nuevos, como lo han hecho todas las generaciones habidas, y no dejarán de oír en todo momento la crítica de las generaciones mayores. Ya les tocará a ellos mirar mal y criticar con saña a los nacidos a partir del año 2000, que eso seguro que serán mucho mucho peores….

viernes, marzo 03, 2017

El bus, la libertad y el error

La noticia más comentada de esta semana no tiene que ver con política, economía, ciencia ni nada por el estilo. Es la de ese autobús fletado por la plataforma católica Hazte Oír con un mensaje referido al sexo de los niños y niñas. Previa a cualquier consideración, resulta curioso que, gracias al bombo y ruido en las redes que ha conseguido esta campaña sus impulsores pueden estar plenamente satisfechos. Entre todos hemos hecho que su mensaje triunfe y eso, como mínimo, debiera llevarnos a reflexionar sobre el poder que tienen las redes, el uso que de ellas hacemos y quienes logran aprovecharse de las mismas. Eso daría ya para muchos debates.

No me gusta la campaña de Hazte Oír, ni en las formas ni en el fondo de su mensaje. Pero este asunto me pone ante dos enormes dilemas que, de sencillo, no tienen nada. Uno es de la prohibición de la misma. Prohibir es una palabra seria, que cada vez usamos con menos recato y más firmeza. Si abogamos por la libertad de expresión y, como se dice por ahí, el respeto a “todas las ideas” no tendría mucho sentido impedir que Hazte Oír siguiera con su campaña, pese a que yo pueda opinar que es errónea. Con el mismo argumento debiéramos prohibir a los grupos ultras que, en los estadios y fuera de ellos, gritan consignas xenófobas, a los partidos que promueven la discriminación, a los que enarbolan banderas que consideramos de odio… y eso, en algunos casos se hace y en otros, como bien sabemos, no. Por eso la idea de prohibir circular ese autobús, si se lleva a cabo, debe ser con todas las garantías legales y siendo rigurosos con el procedimiento. La fiscalía ha abierto diligencias al respecto, y si el proceso concluye con la prohibición, estará hecha de una manera consistente, y con todas las garantías posibles para los que, equivocados, enarbolan esa campaña y mensaje. Junto a este dilema se me abre otro aún más profundo, y es mi incomprensión ante la obsesión que tienen los grupos que se califican como religiosos, sea cual sea su fe, sobre la conducta privada de las personas y la laxitud que muestran sobre algunos problemas públicos de inmensa gravedad. La asociación directa y absoluta del concepto de pecado con las conductas humanas, casi siempre relacionadas con el sexo, y la comprensión ante otras conductas que, sin duda alguna, suponen un quebranto de cualquier principio, sea religioso, moral, ético o lo que ustedes deseen. Me preguntaba yo de pequeño, y sigo haciéndolo ahora, por qué los curas no podían dar la comunión a una persona divorciada pero sí a un terrorista, habiendo como había en mi pueblo personas de una y otra condición social. Me cuestionaba, cuando apenas sabía nada, y sigo haciéndolo, ahora que creo que se aún menos, que era ilógico que en un sermón en la iglesia de mi pueblo el sacerdote opinara con tanta claridad sobre temas espinosos como el aborto (luego vendría el tema del matrimonio homosexual) y nunca dijeran nada sobre la violencia etarra, o en todo caso, al referirse a ella, lo hiciera con una suavidad, y a veces disculpa, rayana en el perdón. Y así durante años y años. En los ochenta, en la época de plomo del terrorismo, los curas que bramaban en el País Vasco y resto de España contra el divorcio o la píldora se negaban a oficiar funerales por las víctimas del terrorismo o, si lo hacían, buscaban esconderlos de los ojos del público, como si fuera algo vergonzoso. Esa actitud no cambió apenas en las décadas posteriores, salvo por el mayor número de manifestaciones públicas en contra de algunas medidas sociales y el menor número de funerales por la eficacia policial contra el terrorismo. Hubo excepciones, sí, pero dentro de una regla general, y en ese caso la unidad de criterio que existía entre la iglesia vasca y el conjunto de la española era tan férrea como paradójica.

Nunca un grupo de confesión católica integrista, y no pocos son los que hay también en el País Vasco, fletó un autobús en el que, aún en minúsculo, pusiera ETA NO. Por miedo, por cobardía, por dejación, por “comprensión”, por acojone…. Nunca lo hicieron. Por eso ETA nunca asesinó a ningún religioso. Quizás los miembros de esos grupos, como sugiere el evangelio en las acusaciones de Jesús a los fariseos, disfrutan siendo fuertes con los débiles y débiles con los fuertes, a sabiendas de que en ninguno de los casos corren riesgos. Y todo eso, vestido con el ropaje de la religión, que es un mensaje de amor y paz, hace que no entienda nada de nada.

Subo a Elorrio el fin de semana y me cojo tres días festivos. Si no pasa nada raro, el siguiente artículo será el Jueves 9 de marzo. Descansen y ojo al cambio de tiempo de este fin de semana.


jueves, diciembre 22, 2016

2016, el año en el que nos equivocamos


Se acaba 2016, hoy subo a Elorrio de vacaciones navideñas y, si no hay novedades, volveré a Madrid la tarde del martes 3 de Enero, por lo que el primer artículo de 2017 será el del miércoles 4. Hora de hacer un apresurado e incompleto balance de un año en el que, lo fundamental quizás sea que nada ha salido como era de esperar, que las sorpresas han estado en todas las citas importantes del calendario y, fruto de las mismas, las expectativas de 2017 son complicadas y, para muchos, oscuras. Se ha hecho plena realidad la tesis que defiende Philip Tetlock en su libro “El juicio político de los expertos” donde demuestra que saber de un tema no es sinónimo de acertar el futuro de lo que en esa materia sucederá.
 
En un contexto de recuperación económica más intensa de lo previsto, primer desvío y en este caso positivo, los principales acontecimientos de este año han sido la persistencia del fenómeno terrorista islamista, que en Europa ha golpeado con fiereza a Bélgica, Francia y Alemania, siendo este hecho quizás el único que, triste, era esperable y se ha dado. Ha sido el año del fracaso de las encuestas y del ascenso del populismo al poder, con los hitos del Brexit en Junio y la elección de Donald Trump en Noviembre, elecciones que abren las puertas de la incertidumbre y el miedo en todo el mundo. El rechazo del plebiscito a la primera versión del acuerdo de paz de Colombia supuso el colmo del desprestigio para los politólogos y encuestadores, que ahora son tratados como vulgares economistas. La guerra de Siria ha continuado sin cesar a lo largo de su sexto año, y en estas navidades asistimos a la caída de Alepo bajo el control del ejército sirio, habría que decir ruso, y al relato de infinitas atrocidades cometidas por todas las partes sobre una población civil que, en esa ciudad y en todas las del país, malvive esperando la muerte y recordando a los millones que pudieron huir a tiempo. Otro frente de guerra que se desarrolla en Siria es la lucha contra los islamistas de DAESH, que pierden terreno, y se encuentran ahora cercados en su bastión de Mosul y capital de Raqqa, pero que aún son capaces de extender sus tentáculos de terror por todo el mundo. Han sido incontables los atentados islamistas que se han perpetrado en países como Egipto, Pakistán, Afganistán, Siria, o Turquía, con un balance de muertos y heridos que horripila, pero que están lejos, física y emocionalmente, y por ello no alcanzan la presencia que merecen en las portadas de nuestros medios. Turquía ha sido otro de los escenarios de la actualidad este año, escenario de convulsión, golpe de estado, con dudas sobre su autoría cierta, involución dictatorial, cadenas de atentados sin parar y degeneración social y económica en un país que, hace pocos años, era un ejemplo para el mundo musulmán de cómo poder conciliar fe, apertura social y desarrollo económico. Este año ha sido nefasto para el país, con la sensación permanente de caída en el vacío en todos los sentidos. Para la UE Turquía se ha convertido en un socio estratégico de primer orden gracias al acuerdo sobre los refugiados, y la inestabilidad y radicalidad del gobierno de Ankara es, ya, uno de los frentes abiertos más graves a los que se enfrenta una, cada vez más debilitada, UE. HA sido el año de los hombres “fuertes” con Putin a la cabeza, en el que hemos perdido grados de libertad pública y democrática, en el que China ha seguido creciendo y en el que nuestras vidas, cada vez más, se virtualizan para acabar en manos de nuestro Smartphone, que nos sirve para todo y, también, nos esclaviza hasta en los parques, haciéndonos buscar muñecos de Pokemon sin fijarnos para nada ni en la belleza de los árboles ni en la de las personas que nos rodean. Cada vez más, somos un “homo pantallas” si me permiten la aberración lingüística.
 
Y en España… sorpresa total para hacer un bucle que nos lleva a la casilla de salida. Hace un año, el 20D, tuvimos las elecciones que acabaron, para mucho tiempo, con las mayorías absolutas. Fracasaron nuestros políticos, fracasamos como sociedad, y volvimos a votar en Junio, con un resultado no muy distinto, pero lo suficiente como para lograr un mínimo de pactos que ha permitido arrancar una legislatura en la que Rjoy, superviviente, sigue mandando, y el resto de partidos penan con crisis propias, de mayor o menor entidad. Lo más sorprendente de todo es que, visto lo visto, España es ahora mismo uno de los países más estables de nuestro entorno. ¡¡Quién nos lo iba a decir!!
 
Disfruten mucho de las fiestas, descansen, vean a los suyos y tengan una feliz Navidad y entrada en el año. Mis mejores deseos para 2017

martes, agosto 02, 2016

Noche de Agosto (para AAM)

Agosto es, para casi todo el mundo, sinónimo de un tiempo feliz, de días largos que acortan y noches que crecen y se viven como nunca. De estancia en familia o con amigos, en parajes nuevos, de descanso tras los meses de trabajo y de agotamiento, pura extenuación, tras maratonianas excursiones, fiestas y descubrimientos. No asociamos agosto a malas noticias, lo tenemos grabado en la mente vinculado a lo bueno, desde la infancia, en la que los veranos eran eternos, daba igual el tiempo que hiciese y el colegio, ese mal que era septiembre, estaba muy lejos.

Morirse es una mierda. Morirse en agosto lo es aún más, y morirse en el verano de la vida es una injusticia clamorosa. Ese verano vital es el tiempo de plenitud, esos años en los que, ya superada la juventud clásica, creamos familias, vemos crecer a nuestros hijos y, en compañía de la persona amada, o a la búsqueda de la misma, observamos la vida con un cierto grado de perspectiva, porque ya superamos la convulsa primavera. Que una enfermedad nos lleve al más allá en ese tiempo de plena realización es cruel, infame, insoportable. Y muy injusto, si es que tiene sentido ese concepto tan humano en relación a temas tan eternos como la vida y la muerte. De todo esto pensaba ayer por la noche, bajo el tórrido calor de Madrid, intentando buscar un poco el fresco fuera de casa, y no encontrándolo. Horas antes había conocido la noticia de que uno de mis compañeros de clase de quinto de EGB, AAM, que aún no había cumplido mi edad, había fallecido de un cáncer. Residente en un pueblo vecino a Elorrio, coincidí esos años de escuela con él y otros muchos compañeros, con los que he acabado formando una especie de grupo emocional, todos unidos alrededor de la profesora, MEL, que nos acompañó en esos años de infancia, de naciente primavera en la que nuestras vidas, como tallos, eran prometedoras pero frágiles. No fui yo de los que más tuvo relación en clase con AAM, y con el paso de los años le veía muy poco, apenas una vez cada ejercicio en una cena mítica que organizamos en el final de noviembre, a la que no siempre puedo acudir. Pero cada vez que nos reencontramos todos y volvemos a rememorar nuestras andanzas infantiles, lo que domina nuestros rostros no es la añoranza por el pasado, sino la alegría por lo bien que nos lo pasamos y, quizás también, lo que aprendimos. En ese sentido cada uno de los que formamos parte de aquellos años de EGB somos una pieza del puzzle sentimental de todos los demás, una baldosa que marca el camino que luego tomamos con el paso de los años. Las vivencias actuales, diversas y a veces contrapuestas, como es normal, nos enseñan a todos cómo partiendo de ese tronco común en el que coincidimos hemos llegado a formar nuestra ramita. La pérdida de una de esas ramas, el corte, la caída, supone un daño para todo el árbol, para todos los que tuvimos contacto con él, fuera este más intenso o no. Ayer la noticia era el dolor compartido entre todos por la pérdida temprana, inesperada, sorprendente y, sí, digámoslo en alto, injusta, de un compañero del colegio, de alguien que nos aportó algo y al que algo dimos. Su marcha nos entristeció a todos y nos deja hoy un poco más solos, en una clase más pequeña, en la que uno de los pupitres está vacío, a sabiendas de que nunca más será cubierto.

Su mujer y dos hijas serán las que hoy, mañana y los días venideros sufran más su pérdida. Para ellas agosto dejará de ser algo asociado a vacaciones, y sólo con el tiempo podrán encontrar el consuelo de ver en estos días algo más que el recuerdo de la pérdida de su ser querido. Para nosotros, su generación, supone una pérdida en verano. Miraba anoche el suelo, viendo como empezaban a aparecer hojas caídas, resecas, que anuncian que el otoño, aún lejos, se acerca. Como una rama caída llena de hojas secas, como una rosa cortada que deja ver las espinas de su tallo, así fue el día de ayer para. Tratemos de cuidar las flores de nuestros jardines hoy, mañana y siempre, para protegerlas de los rigores del invierno

lunes, mayo 09, 2016

Hay motivos para festejar el día de Europa

Hoy es el día de Europa, fiesta laboralmente no festiva que se conmemora de manera discreta en un continente atribulado y ensimismado. Hasta hace un par de años el reglamento comunitario exigía, a los que trabajamos en temas relacionados con la UE, hacer hoy una conmemoración pública, con izado de bandera, suene de himno y presencia pública. Tras el cambio reglamentario, producto de un nuevo periodo de programación financiera, esa obligación se ha suprimido, y no saldremos a la calle a festejar nada.

Estuve ayer pensando en este caso, y la verdad es que la conclusión es deprimente. Sólo festejamos la existencia de la UE si nos obligan a ello, pero sin ninguna convicción ni deseo. Así no hay manera de que este proyecto compartido, uno de los más ambiciosos y complejos de los que nunca se han puesto en marcha en la historia, llegue a ningún lado. En esta época estamos de euroescépticos, o directamente antieuropeístas, que no dudan segundo alguno en sacar sus consignas a la calle, en gritar, pancarta en mano, contra la tiranía de Europa, de proclamar a todo aquel que quiera oírles las maldades que salen de Bruselas. El espectro ideológico de esos manifestantes es muy variado, moviéndose desde la extrema izquierda de los movimientos antiglobalización y los partidos tipo Podemos a la extrema derecha de grupos como la Alternativa por Alemania o las huestes de Le Pen. Todos ellos comparten un nacionalismo exclusivista de fondo y el miedo a perder los privilegios que se asocia a una unión con otras personas, entidades o naciones. Y frente a ellos, ¿hay alguien? La burocracia de la UE, inmensa, anquilosada y lenta, no es precisamente la imagen más atractiva y seductora que se puede ofrecer para apoyar el sueño de la Unión, y no parece haber mucho más. Los proeuopeos, los convencidos de ello, los que pensamos que la UE es la garantía de prosperidad de este conjunto de pequeños países en un mundo global, y supone el juramento de que jamás nos volveremos a enfrentar en una guerra unos contra otros ¿dónde estamos? ¿Se oyen nuestras voces? ¿Quién las proclama en alto? Frente a los maniqueos y opositores, ¿Quién hace “lobbismo” a favor de la bandera de las doce estrellas? En un año muy difícil para la Unión, con una economía que no acaba de arrancar, la tragedia de los refugiados y nuestra incapacidad (y no deseo) de abordarla y el referéndum británico sobre la permanencia, la UE se enfrenta a unos retos enormes, de los que puede salir fortalecida o gravemente herida, en función de cómo se desarrollen los acontecimientos. La campaña del Brexit nos permitirá ver los discursos que, a favor y en contra, pondrán un valor determinado, positivo o negativo, a la UE, pero más allá de los argumentos económicos que se esgriman al respecto, que supongo serán los dominantes, la UE es una idea política, una agregación de naciones a las que unen vínculos históricos, emocionales y sociales, y que por una vez en la vida, hartas de matarse entre ellas, decidieron cooperar. La unión económica es un fruto de esa cooperación, quizá el más visible y que más consecuencias nos genera en el día a día, pero es uno más de ella, y no hubiera sido posible sin la determinación de las naciones que, embarcadas en este proyecto común, luchan cada día para que la barca europea no zozobre ante el oleaje que, permanentemente, amenaza con hundirla.

Paseando este lluvioso fin de semana por Madrid veía como, con buen tino, la Comunidad y el Ayuntamiento han colgado banderas azules con las doce estrellas de sus sedes oficiales, mostrando un emblema que nos une a todos y debiera hacernos sentir orgullosos. Nunca se ha llevado a cabo esta idea de fusionar naciones ya existentes, con siglos de historia, en un proyecto compartido. Lograr que, día a día, esta idea se mantenga y avance, frente al egoísmo y la involución que tanto ruido hacen ahora mismo, es ya un aliciente poderoso para celebrar este día, para emocionarse ante una bandera por la que nadie ha muerto ni matado. Europa es nuestro proyecto, casa y futuro. En nuestras manos está que crezca. Trabajemos unidos por ello.

miércoles, diciembre 23, 2015

Resumen de un convulso año 2015

2015 comenzó el 7 de enero, en la calle parisina en la que se encuentran la redacción de Charlie Hebdo, y terminó el 13 de noviembre, no muy lejos de allí, en la sala de conciertos Bataclán. Un año corto, como el corto siglo XX, enmarcado entre dos atentados salvajes, uno con objetivo certero, otro puramente indiscriminado, que han mostrado a Europa, y a todo el mundo, hasta qué punto el terrorismo yihadista se ha convertido en una peligrosa amenaza global que no conoce fronteras ni límites en su capacidad de matar y hacer daño. París ha sido este año la capital sentimental y del dolor global. Su llanto es también el nuestro.

Una París sita en una Europa que ha afrontado, junto con la del terrorismo, otras dos graves crisis que la amenazan en lo más profundo de su ser. Una de ellas es la económica, que no se acaba nunca, otra vez con Grecia como epicentro del temor. Poco antes del verano la temperatura, que ya era demasiado alta en las calles, se disparó entre Atenas y Bruselas, y a punto estuvieron de saltar los plomos. La rendición de Tsipras ante la cruda realidad, no sin que antes la población helena sufriera en sus carnes las consecuencias de su irresponsable política, amainó las aguas, pero el problema griego, y en general, la disfunción económica en el seno de la UE, permanece, y es probable que rebote si, como creo, 2016 será un año económico peor de lo que muchos analistas estiman. La otra gran crisis europea ha sido la de los refugiados, en la que hemos visto lo mejor y lo peor. Lo mejor por parte de quienes huyen del horror, y de algunos que les han acogido, y de naciones como la alemana, que han dado un ejemplo. Lo peor, en la parálisis de la UE en su conjunto, en el levantamiento de fronteras y vallas por doquier, en el auge de populismos nacionalistas en gran parte del continente, especialmente en el este, que basan en el egoísmo y el miedo toda su política, por llamarla así. La crisis de los refugiados ya no sale en los medios, pero su drama, diario, sigue ahí, y no, no hacemos nada para evitarlo. La fuente del problema de los refugiados, el islamismo radical y la guerra de Siria, han sido el gran asunto internacional del año. Siria, por quinto ejercicio, se sigue desangrando en un conflicto salvaje, total, enrevesado hasta lo diabólico, en el que no cesan de aumentar las partes en conflicto. Se han creado grupos de trabajo y conferencias que pretenden auspiciar un plan de paz para la zona, pero se encuentran ante una oscura realidad a la que sólo miramos de reojo, pero que no deja de generar sangre, muerte, destrucción (y sí, obviamente, refugiados) cada día que pasa. No es probable que el año que viene esto cambie mucho. El derrumbe absoluto del precio del petróleo y del conjunto de materias primas, el frenazo de la economía china y la recesión brasileña, la subida de tipos de la FED y la bajada del comercio mundial, aunque sean materias que parecen sólo económicas, han condicionado la política, geoestratégia y vida de gran parte del planeta, y así seguirá siéndolo el año que viene, salvo gran sorpresa. Un año nuevo que vendrá condicionado por las elecciones norteamericanas de noviembre, esperemos que sin el impresentable Donald Trump ni de candidato, y por la amenaza del referéndum de salida de Reino Unido de la UE, el temido “Brexit”.

En España el año económico ha sido mejor de lo esperado, gracias a méritos propios y coyunturas externas. Invadidos por turistas, el PIB ha crecido más de un 3% en medio del constante soniquete del desafío independentista de un cada vez más acosado por sus corruptelas Artur Mas. La política patria ha esperado casi a las campanadas para ofrecernos el parlamento más complejo y divertido de las últimas décadas, y nos mantendrá entretenidos, quizás hasta el hastío, durante buena parte de 2016. Y como era de esperar, no hemos sido relevantes en ninguna de las grandes cuestiones internacionales citadas.

Subo hoy a Elorrio a pasar las Navidades y año nuevo. Salvo sorpresa, el próximo artículo será el martes 5 de Enero de 2016. Disfruten de unas fantásticas fiestas, sean muy felices, y hagan felices a los suyos. Y que nos sigamos leyendo.

martes, diciembre 01, 2015

Yo también fui a la EGB (para mis compañeros de quinto y maestra)

Está de moda la EGB. Circulan mails con presentaciones en las que se ensalzan los cachivaches que llevábamos entonces a clase, se editan libros, se producen musicales, existe un orgullo desmedido por aquella época escolar, quizás porque realmente la ESO que vino después es tan mala como se dice, o porque las generaciones que estudiamos en ese formato educativo hemos llegado a la edad en la que nos hacemos con las riendas del país, sus empresas y su economía (yo no, pero alguno habrá que sí) o porque se da, como siempre, una visión idealizada de un pasado, lo fuera realmente o no.

Yo, como muchos otros, hice la EGB, y una de las señas distintivas de aquellos años de estudio es la cena que, cada último sábado de noviembre, se organiza en mi pueblo por parte de los que estuvimos juntos en clase en quinto de EGB. ¿Por qué quinto? Quinto era un año distintivo. Era el último en el que la profesora que había comenzado nuestra educación, y acompañado a lo largo de tantos cursos, nos dejaba. A partir de sexto cada materia la impartía un profesor en exclusiva, cada maestro era “él de” matemáticas, lengua, inglés o lo que fuese, pero hasta quinto el maestro, maestra en nuestro caso, era uno. Esa palabra lo englobaba todo, todo lo bueno y todo lo malo, ella lo sabía todo, era para nosotros como una madre comunitaria que respondía a nuestras preguntas y nos acompañaba. De ahí el intenso vínculo que la clase generaba entorno a su maestra. Quiso la casualidad que esa mujer fuera también de nuestro pueblo, por lo que a los lazos educativos se le unieron los de amistad y conocimiento que, con los años, se han mantenido. De hecho es ella, junto a uno de los compañeros de clase, la que organiza cada año la cita, la que reserva el local, mesa y mantel, y en torno a la que nos acabamos juntando todos. En esta ocasión hemos sido bastante más de la veintena los congregados a una reunión ciertamente curiosa. Muchos de ellos, aún residentes en el pueblo o localidades cercanas, suelen verse con una cierta frecuencia. Otros, los menos, que vivimos más lejos, les vemos a trozos, por así decirlo. A veces te cruzas con alguno, saludas y charlas un poco, pero es más esporádico. Sin embargo resulta curioso, y hasta cierto punto entrañable, comprobar que el paso de los años (ya no tenemos diez u once) no hace mella ni en el aspecto que uno recuerda de los demás ni en muchos patrones de conducta que, desde entonces, se mantienen estables. Los que éramos charlatanes lo seguimos siendo, las personas tímidas permanecen con el pudor asociado y, a la hora de relatar anécdotas de aquellos años, que a mi me las tienen que contar porque mi memoria es desastrosa, me asombra pensar que muchas de ellas fueron protagonizadas por niños que, hoy en día, se hubieran comportado probablemente de una manera muy similar, incluso siendo exactamente los mismos los protagonistas. En mi caso puedo jurarles que sí, con el paso de los años creo que no he cambiado para nada en ciertos rasgos de mi persona que ya hace unas décadas eran muy marcados, para bien y para mal, y que hoy siguen conmigo. En esas anécdotas, añoranzas, y charlas de café dominaba en todo momento un magnífico ambiente, y aunque la vida de cada uno ha transcurrido por unos derroteros muy distintos, con suerte dispar, como es lógico, creo que todos conservamos un agradable recuerdo de aquellos años, y que el reencuentro fue, para todos, un momento agradable en el que compartir, desde los ojos y rostro de la madurez, la risa, el miedo y al emoción de una época en la que todo estaba aún por descubrir, en la que el mundo era tan joven para nosotros como nosotros mismos para él. Ahora, con algo más de cuarenta años, el reto es mantener esas ganas de conquistar una vida que ya no es joven, pero que siempre se renueva, aunque no nos lo parezca.

Cuando conté en mi trabajo que iba a la cena de quinto de EGB hubo caras de sorpresa. Ha querido la casualidad de que en mi oficina haya personas mayores que yo y otras algo más jóvenes, pero apenas representantes de mi quinta, en la que navego casi en solitario. Lo veían como algo exótico, más propio quizás de los pueblos que de una ciudad en la que el resto de los compañeros de clase se pierde, por causas vitales, con mucha mayor facilidad. Hoy cuando me pregunten por la experiencia, podré contarles alguna batallita a los jóvenes y cuentos de niños a los mayores, pero creo que todos acabarán con una cierta sensación de envidia, no tanto por lo bien que lo pasamos como por la oportunidad de poder reencontrarse con viejos amigos. Lo valioso que es eso.

viernes, julio 24, 2015

De momento, este es nuestro único hogar

La búsqueda de exoplanetas no cesa, y gracias a ello casi cada día podemos aumentar el catálogo de potenciales vecinos, con lo que aumenta la probabilidad, y con ello la esperanza, de que algún día sepamos si estamos solos en el universo o no. Ayer se dio a conocer el descubrimiento de Kepler-452b, un planeta de tamaño similar a la Tierra, un poco mayor de hecho, que orbita en la zona habitable de su estrella, definiendo habitable la posibilidad de que pueda haber agua líquida en su superficie, y que está a unos 1.700 años luz de nosotros. Al lado en términos espaciales. Otro candidato en el que fijarse más atentamente.

Pero de momento, y hasta que algo muy sorprendente se descubra, y ojalá sea pronto, el único planeta que sabemos que es habitable es en el que vivimos, el nuestro. Este lunes 20 la NASA publicó una preciosa imagen de nuestra Tierra tomada desde el espacio, en la que podemos verla en su totalidad. La imagen puede parecer convencional, pero no lo es. De hecho es la primera imagen de este tipo que podemos ver desde las misiones Apollo, de hace cuarenta años. Está tomada por un satélite situado a un millón y medio de kilómetros de nosotros, y es una captura real, sin filtros, del disco terrestre plenamente iluminado por el Sol. Las vistas habituales que vemos de la tierra tomadas por los astronautas se realizan desde la Estación Espacial Internacional, a escasos cuatrocientos kilómetros del suelo. En ellas se pueden apreciar muy bien las nubes, detalles geográficos, ciudades y demás cosas de interés, pero si se mira al horizonte la curvatura del planeta y la atmósfera, a modo de cinta situada sobre el mismo, impide todo tipo de impresión global del planeta. Los satélites geoestacionarios, como el meteosat meteorológico, orbitan más lejos, a unos 36.000 kilómetros de altura, y lo hacen en ese punto porque ahí su velocidad de giro se acompasa con la del planeta y pueden permanecer “quietos” sobre un mismo punto de manera constante en el tiempo. Pero aún desde tan lejos las imágenes tienen distorsiones y no permiten apreciar el mundo en su totalidad. Ahí que irse más lejos. Y da que pensar que en cuarenta años no hemos mandado una cámara de fotos (que no me lea nadie que sepa de esto) allá donde se pueda obtener la imagen en condiciones reales. Hasta este Lunes, la última toma de este tipo, tomada como les digo por los astronautas de las misiones Apollo, era conocida como “la pequeña canica azul”. En ella el objeto que dominaba la toma era el sur de África y, como en este caso, y por lógica, el mar era el fondo dominante. Esa imagen fue un revulsivo mundial, porque aparte de su belleza, indiscutible, supuso un impacto al poder ver todos, por primera vez, el mundo en el que vivimos. La aldea global, que empezaba a serlo gracias a las tecnologías de la comunicación, se convertía en un icono, en una imagen en la que se mostraba la belleza de nuestro mundo, su grandeza y, a la vez, su fragilidad. Era y es sobrecogedor comprobar como todo lo que somos sigue ahí, rodeado por el más vasto y frío negro que uno pueda imaginar, y que una franja minúscula de aire es lo que nos protege de convertirnos en nada. La imagen de los setenta supuso para muchos un cambio de paradigma, disparó las creencias en lo esotérico y, sin duda, impulsó la conciencia ecológica como pocas campañas podían haberlo hecho. Cuarenta años después, tras inmensos avances tecnológicos, podemos ver una nueva imagen de nuestra “casa” en todo su esplendor, y la misma sensación de belleza, inmensidad y fragilidad se vuelve a producir en cualquiera que la observe.

Es complejo asumir que todo, todo lo que hemos sido, somos y seremos, se produce en esa pequeña bola de colores. Alegrías, penas, dramas, emociones, arte, belleza, sentimientos, vacíos… todas nuestras vidas, y las de los que nos han precedido, y la de los que nos precedan, tendrán lugar en este planeta, en el que, visto desde el cielo, no hay fronteras ni divisiones ni colores de piel ni razas ni, desde luego, rastro de la presencia humana. Carl Sagan lo expresó hace ya unos cuántos años de una manera muchos más precisa y bella de lo que yo jamás podré hacerlo, así que no lo repetiré, pero les aconsejo que le lean. Todo está ahí. Y es libre soñar en un futuro en el que descubramos otro lugar en el que, también, podamos estar.

La semana que viene la pasaré entera en Elorrio, por lo que no habrá entradas en el blog. Si todo va bien, volveré a escribirles el Lunes 3 de Agosto. Descansen y ánimo con el calor!!

miércoles, abril 15, 2015

2.000 artículos en este blog

Dice Bilbo en el Hobbit, o en el Señor de los Anillos, no estoy seguro, que es peligroso ponerse en marcha en el camino, porque un pie lleva a otro y cuando menos se lo espera uno ha recorrido grandes distancias, llegado más lejos de lo que hubiera imaginado, y las ganas de seguir son cada vez mayores. Lanzarse a la aventura a veces te permite vivirla, con sus riesgos, emociones, problemas y satisfacciones. De hecho, todos los que estamos ahora en este mundo fuimos lanzados a esta aventura llamada vida, que llevamos como podemos, queremos o nos dejan, un poco de todo. Y a lo largo de esta vida creamos nuestros proyectos, o al menos lo intentamos.

Este artículo hace el número 2.000 desde que empecé el blog, allá por Febrero de 2006. Cuando lo creé, en un momento en el que se había producido un cambio laboral que me permitía ver la vida con más esperanza, lo hice porque desde pequeñito, cuando ya leía periódicos como un poseso, me encantaban las columnas de opinión. Veía distintas cabeceras, en algunas el articulista aparecía con foto, otras con un dibujo que lo retrataba, en la mayor parte de los casos sólo con su nombre. Y bajo ese capitel adornado, un fuste de letras impresas en las que el articulista opinaba sobre todo lo imaginable, y cada día de algo distinto. “Qué gente más lista” pensaba entonces con reverencia y admiración, y lo sigo haciendo hoy en día. En aquellos tiempos el oficio del periodista tenía más solera y respetabilidad que ahora, pero también se decía de él que era una mala profesión si querías hacer carrera y ganar dinero, aunque en mi infancia no tuviese muy claro que era eso de la carrera y, mucho menos, el dinero. Con el paso del tiempo aprendí algunas cosas, siempre pocas, pero seguía leyendo a los columnistas, a los que me gustaban y a los que no, y seguía reverenciándoles en mi interior. No hice la carrera de periodista, aunque tenía serias dudas de que mi elección, económicas, permitiese a mi persona y las miles con las que compartía facultad, mucho más brillantes que yo, por cierto, adquirir algo de dinero en el futuro y hacer carrera profesional. Seguía teniendo el gusanillo de “la columna” pero a medida que pasaba el tiempo lo veía como un sueño impracticable, una de esas cosas con las que uno se emociona al verse haciéndolas, pero que muchas veces se quedan en eso, en emoción volátil cual nube algodonosa. Pero entonces apareció internet, una de las tecnologías que más ha cambiado nuestra existencia, hasta el punto que no concebimos cómo podíamos vivir sin ella (y bien que lo hacíamos, ¿verdad?) Internet permitía tener una página web, escribir, colgar fotos, hacerse un hueco en un mundo virtual de dimensión infinita y que es accesible a todo el que quiera verlo. Parecía demasiado bonito para ser cierto, pero lo era. Creé alguna página web, que ahora dormirá en el sueño de una cinta de backup de algún armario de Leioa, donde se encontraban los primeros servidores web de la Universidad del País Vasco, pero no concreté la idea de “la columna”. Al poco empecé a trabajar, al año me vine a Madrid y todo fue tan deprisa y de forma tan confusa que durante un buen tiempo tuve que aparcar mis sueños para poder sobrevivir a las pesadillas.

Y en febrero de 2006, tras leer y curiosear sobre una herramienta que por aquel entonces estaba muy de moda, el blog, y que ahora sobrevive en medio del ruido social, me decidí. Di de alta una página en la que dudé si utilizar mi nombre verdadero, pero opté por él porque no quería escribir algo de lo que me fuera a avergonzar, y por tanto tampoco tenía por qué ocultar mi identidad. Escogí como título de la columna “Las Torres Gemelas” como homenaje a algo muy grande creado y destruido por el hombre, muestra de nuestra inmensa capacidad para el bien y el mal, y me puse a escribir cada día laborable desde entonces. Y si han llegado hasta este punto, es obvio que las gracias que les debo dar son miles de veces más intensas que el número de columnas escritas. Porque sin lector, sea un niño o un adulto, la columna, elevada, sólo sirve para acumular polvo en lo alto de su capitel.

jueves, marzo 05, 2015

Se nos ha ido la mano con el Smartphone

Se celebra estos días en Barcelona el Mobile World Congress, encuentro bienal, el más importante del mundo, sobre telefonía móvil y conectividad. Las cifras del evento son apabullantes, como lo es el efecto sobre la economía de la ciudad, volcada esta semana en la feria, que le retorna una actividad de negocio y servicios de varios cientos de millones de euros. En sí misma la feria es un magnífico negocio, y no les cuento nada de lo que allí se expone y vende, lo más avanzado en un campo que ha revolucionado nuestras vidas como pocos imaginaban hace apenas unos años.

Sí, el Smartphone, el móvil que llevamos encima en todo momento, nos ha vencido, nos ha ganado. En ocasiones sospecho que somos el vehículo que le permite moverse al aparato, no sus usuarios. El paisaje urbano y social se ha transformado de una manera radical en apenas cinco años desde la irrupción de los modelos táctiles, potentísimos ordenadores que caben en nuestra mano y que pueden ser usados para casi cualquier cosa, incluso para hacer llamadas, aunque eso sea lo de menos. Las relaciones sociales, los vínculos de amistad, el ocio, el disfrute, todo se ha puesto patas arriba gracias al uso compulsivo, desatado, que hacemos de esos dispositivos. En todo momento nos cruzamos con personas a las que ya no veremos la cara porque la tienen fija en la pantalla, cada vez más generosa, de su Smart. Con o sin auriculares, su atención está fija en los mensajes, juegos y demás aplicaciones que inundan los escritorios virtuales, y el contacto personal se diluye. Entrar al metro, esperar en un banco, pasear por la calle, se convierte en un ejercicio rutinario y silencioso de cientos de personas abstraídas, abducidas por su móvil, calladas, con sus miradas fijas y gargantas silenciosas. Recuerdo cuando uno lo pasaba mal si, mirando a una chica en el metro, ella te pillaba, y la vergüenza me poseía. Ahora eso no sucede porque ella, como casi cualquier otra, no mira a nadie, sólo a su pantalla, y no hay peligro de que pueda mirar a un pobre incauto como yo mirándola, porque realmente viaja sola. Las reuniones de amigos, las comidas, cualquier tipo de encuentro acaba derivando en un momento en el que uno de los asistentes saca su Smart y empieza a mostrar cosas a los demás, y a partir de ahí desenfunda cada uno el suyo y la reunión se convierte en un mero cruce de dedos nerviosos sobre la pantalla, reflejos de imágenes y sonidos de unos vídeos tomados o bajados de la red, chistes facilones y otras gracias similares. No es raro ver a grupos de personas comiendo juntas que, en un momento dado, se encuentran tecleando al unísono, chateando con otras personas que no están allí, manteniendo un silencio sepulcral en torno a una mesa plenamente ocupada pero, en el fondo, vacía. Nos pasamos gran parte del día en reuniones con personas a las que no hacemos caso, porque en esos momentos nos escribimos con otras a las que, cuando veamos, tampoco haremos caso porque nos mandaremos mensajes con terceras o cuartas.. y así hasta el infinito. La atención que prestamos a todo lo que no sea el móvil ha decaído de una manera excepcional, empezando por el citado comportamiento referido a nuestras compañías, y de ahí en adelante todo lo demás. Libros, películas, televisión, música, pintura, charlar, cualquier cosa en la que usted piense que requiera un cierto grado de concentración y continuidad es invadida por la pantalla que nunca cesa de emitir mensajes o contenidos, y al final ahí es a donde va nuestra vista y atención.

No quiero tirar del viejo recurso de que antes de los Smart todo era mejor. Ni es cierto ni tiene sentido planteárselo, pero debiéramos hacer una reflexión sobre hasta qué punto estamos enganchados a ellos. Ayer, en una repetición de una escena mil veces vista, en el vagón del metro de camino a casa tras el trabajo, mientras leía, eran apenas cinco las personas que no usaban su móvil, y muchas, muchísimas más, las que no dejaban de teclear con él. Y sí, no miraba en aquel instante a ninguna chica en concreto, aunque como siempre alguna muy guapa viajaba en el tren, pero de haberlo hecho la probabilidad de que hubiera podido verle los ojos hubiera sido, prácticamente, cero.

lunes, febrero 16, 2015

Adictos a las fotos

El Sábado por la tarde noche, mientras el islamismo fanático convertía la apacible Copenhague en el escenario de su última fechoría criminal, gran parte de medio mundo celebraba con la otra parte el día de San Valentín. El centro de Madrid, en sus calles comerciales, estaba atestado de gente haciendo compras, mirando, paseando, en un entorno decorado de roza, con globos, banderolas y muchos alicientes de todo tipo para consumir. Buscaban los tenderos lanzar sus flechas a la cartera de los consumidores y, quizás de paso, llenarles de amor con sus productos. Desde luego parecía que lo habían logrado, a juzgar por el gentío.

Ya de noche, en la calle Fuencarral, donde se encuentran un montón de tiendas de ropa moderna, algunas similares a discotecas de diseño, que para mi son tan exóticas en su contenido y exposición como una exposición de lepidópteros, me encontré con una escena curiosa. La revista HOLA había plantado en una placita de la zona un pequeño escenario color rojo intenso con una gran pantalla LED en la que se mostraban muchos corazones pequeñitos adoptando la forma de uno grande. Junto a la proyección se extendía un decorado color rojo igualmente contra el que las parejas que lo deseasen podían ser fotografiadas por un técnico que allí estaba, y entonces esa imagen era proyectada unos segundos en la gran pantalla, llenando todos los corazones y pudiendo ser vista por todos, y con el sello del infinito y arrebatador Glamour que aporta HOLA a todo lo que hace. Había cola para subirse al escenario, y unos cuantos curiosos que observaban aquello entre sorpresa y risas. Las parejas que subían lo hacían alegres y tomándoselo a cachondeo, y luego trataban de posar para la cámara, a veces de manera jovial, otras seria, otras imitando el tedio y abulia con el que se pasean ante los focos las modelos de pasarela (pura imagen de fealdad, si me permiten el comentario) y se quedaban arrebatados al verse reflejados en esa gran pantalla. No se si luego tenían la posibilidad de obtener el archivo de la foto, si se ha guardado en alguna web o si la imagen se perdía para siempre en la tarjeta de memoria de la cámara, pero desde luego fotos se estaban haciendo, y unas cuantas. En la era del dominio del selfie, de la pose, del postureo, del tratar de salir siempre en la foto, en todo momento y lugar, con la mejor de las sonrisas posibles, ese escenario de Fuencarral era un altar, y los que allí subían eran los fieles a la religión del posado. Vaya uno a la zona turística que sea, empieza a ser habitual ver que las personas no fotografían los monumentos o paisajes, sino que se fotografían a ellos con esos monumentos y paisajes de fondo. La idea ha dejado de ser “estar en” pasando al “yo en”. Antes era habitual que unos se hicieran las fotos a otros o que se pidiera a alguien que pasaba por ahí que te la hiciese, lo cual podía dar lugar a un encuentro interesante, y quién sabe si a algo más. Ahora no. La tecnología permite autofotografiarse de una manera compulsiva, infinita, desde todos los ángulos posibles y con todas las tomas del mundo. Uno sólo, incluso con un buen palo, de la manera más onanística posible, puede darse el gusto de verse de las maneras más insospechadas posibles sin requerir ayuda alguna. Y así los recuerdos y tomas de las vacaciones o de cualquier otro momento se convierten en una sucesión de infinitos rostros sonrientes, siempre llenos de dicha, que permiten atisbar, a veces no, lo que se encuentra detrás, porque lo importante no es el fondo, sino la cara que dice “yo estuve allí”.


En este sentido, la idea de HOLA es muy buena, porque no hay mejor noche que la de San Valentín para explotar a ese pequeño dictador omnipresente que se esconde en nosotros, y hacerlo aparecer con la pareja de turno. Y si se tienta a ambos con darles la imagen de estilo que adorna a los famosos (falsa como ella sola) mejor que mejor, éxito asegurado y campaña publicitaria coronada por el triunfo. En el fondo qué bien nos conocen las marcas, como saben captarnos, lograr que nos sintamos atraídos por su “encantos” y que, ahora más que nunca, les cedamos nuestra imagen cuando posamos para ellas, pensando que es para nosotros mismos.

viernes, febrero 13, 2015

¿Qué he hecho desde que se quemó el Windsor?

Esta semana, cuando vi por primera vez en la web las noticias que recordaban la década transcurrida desde el incendio del Windsor, un escalofrío me recorrió el cuerpo. Diez años desde aquello, diez!!! Si me dicen que fue hace tres, cinco o seis hubiera dicho que sí a cualquiera que me lo hubiese propuesto. Recuerdo que era un sábado y yo ese fin de semana estaba en Elorrio. Al levantarme mi madre me dio que había un gran incendio en Madrid, y lo primero que pensé fue en la zona antigua, en esos edificios colindantes, viejos, con mucha madera. Al poner la radio y oír lo del Windsor, la torre, la sorpresa me venció.

Pero el escalofrío al que me refería antes no tienen relación con el recuerdo de cómo me enteré del incendio, no, sino con el hecho del tiempo transcurrido y lo que ha pasado (y no) desde entonces. Escribo hoy este artículo desde la misma mesa que ocupaba el Lunes después del incendio, y donde entonces podía divisar los restos chamuscados del edificio, parcialmente cubiertos por la mole de Torre Picasso, hoy veo la nueva torre Titania, igualmente cubierta por el blanco vertical picassiano. Sobre mi mesa hay papeles distintos a los de entonces, el ordenador es diferente, la pantalla es mucho más grande y menos pesada, planísima, y el software que me proyecta es más estilizado, pero me sirve para realizar lo mismo. El trabajo que desarrollo es esencialmente igual y por el cobro menos de lo que lo hacía entonces. El mundo a mi alrededor ha cambiado mucho. El país se ha transformado por completo, desde esa fecha en la que aún seguíamos hinchando nuestra falaz burbuja y nos poseía la creencia de ser mejores, más guapos y mucho más ricos de lo que realmente éramos hasta ahora, cuando parece que queremos empezar a levantarnos y quitarnos los restos de la ruina que sobre nos otros se ha abatido durante los años en los que nuestras mentiras ardieron como el propio Windsor y nos mostraron, al igual que el edificio ya apagado, una realidad de negra ceniza y escombro. En la vida de los que me rodean han pasado muchas cosas. Matrimonios, hijos, carreras profesionales, avatares, despidos, nuevos empleos, divorcios (afortunadamente pocos) fallecimientos… un poco de todo, pero en la mía no ha sucedido nada que me haga pensar en unos años ganados, sino más bien lo contrario. Mi padre ha fallecido en este tiempo, en lo que es el hecho personal más trascendente de estos años, pero el trabajo, que he logrado consolidar, o eso dicen, sigue siendo igual. El piso en el que vivo es el mismo que hace diez años, empequeñecido por la constante acumulación de libros, más de mil en esta década, que llenan sus paredes, reclaman su espacio y rodean de manera confortable pero agobiante a su poseedor. No he conocido el amor en todos estos años, ni nada que se le parezca. Si la aspiración, la ilusión de creer que ahí estaba, pero como el Windsor, hay ocasiones en las que las llamas más poderosas no son las que más iluminan, sino las que arrasan con más virulencia el lugar con el que se ensañan. Me tocó despertar también de esa burbuja, artificial, creada por mi mismo, quizás imbuido por marcha del país, de la que tenía serias dudas, pero que con su fuerza me arrastraba a creer que podía alcanzar algunas cimas que parecían estar a mi alcance, y que se demostraron, como esas paredes de granito que en las cordilleras atraen a los escaladores, absorbentes pero inaccesibles. Queda el consuelo de que, si no he alcanzado esa felicidad supuesta, tampoco he causado pena ni tristeza a nadie, pero creo que eso no maquilla el balance. No puedo utilizar una contabilidad estilo Bankia para autoengañarme.

He hecho varios viajes, muy poco tiempo en total si se compara con esa década inmensa, en los que he disfrutado mucho y aprendido más. He leído grandes libros, visto buenas y malas películas, disfrutado de soberbias puestas de sol, escuchado grandiosa música, el mayor bálsamo junto con la palabra escrita para los que tenemos un corazón letraherido, en cursi quizás, pero créanme que acertada expresión, pero mantengo la sensación de que en estos diez años no he hecho nada que tenga un gran valor, ni he hecho feliz a nadie, ni he creado algo que merezca la pena por sí mismo. Ese es el poso que me deja esta década convulsa.

lunes, diciembre 22, 2014

Balance de 2014


Hoy, el día de la lotería, en la que nunca juego, como en cualquier otro juego de azar, es momento para recapitular este año, porque si todo va como preveo este será el último artículo de 2014. Para los que nos gusta la actualidad este año ha sido, me atrevería a decir, demasiado intenso. Empezó con recuerdos de centenario, de la Gran Guerra europea, y acaba con una guerra instalada en el este de Europa, siempre en el este, que deja miles de muertos en los territorios del oeste de Ucrania y el resurgir de Rusia como un problema para Europa occidental, que nunca ha estado cómoda con tan inmenso y poderoso vecino.

Cuatro han sido a mi entender las noticias que han marcado este año. A la citada Ucrania se le debe sumar el ébola, esa epidemia contagiosa surgida en África occidental, que existe desde hace décadas, que en febrero rebrotó con fuerza en algunos países cercanos al golfo de Guinea y que, pese a la virulencia y las cientos de muertes que llevaba causados, nos importaba a los occidentales lo mismo que brotes pasados, hasta que la enfermedad llegó a nosotros en forma de cooperantes religiosos repatriados, y se montó escándalo. Y se produjo un contagio, y se montó el gran escándalo, dejando ver las vergüenzas de nuestra sociedad, la incompetencia de los gobiernos de todo nivel, la dedicación de los profesionales y la cobardía de un mundo, el nuestro, acostumbrado a vivir entre algodones, que no soporta perturbación alguna y muestra una cara egoísta que da mucho que pensar cuando algo de este “perfecta sociedad” que hemos creado se resquebraja. El ébola nos definió mucho, y en gran medida para mal. Las otras dos noticas son el surgimiento del Estado Islámico y el derrumbe del petróleo. Los islamistas del EI se han hecho desgraciadamente populares a lo largo de este año, tanto por su habilidad para la propaganda como por su infinito grado de saña y crueldad. Expertos en grabar y retransmitir decapitaciones, su capacidad para el asesinato y la guerra van mucho más allá, y actualmente, controlando parte del territorio de la antigua Siria e Irak, y con abundantes recursos económicos, suponen una amenaza global, no sólo para aquella zona. Su capacidad de captación de radicales en todo el mundo, y el atractivo, incomprensible pero cierto, que genera en ciertas capas de la población, suponen un peligro para nuestras y otras sociedades, que ven como ciudadanos de las mismas son captados, transformados en asesinos, lanzados al combate y, si sobreviven, retornados a sus países de origen convertidos en una bomba amenazante. Su forma de actuar combina la más moderna de las estrategias con el más arcaico de los pensamientos, y suponen una nueva dimensión de la amenaza yihadista que amenaza con ser noticia durante mucho tiempo. El otro asunto, el cuarto, es el derrumbe de los precios del petróleo, tanto por el exceso de oferta (el fracking tiene mucho que decir ahí) como por la bajada de la demanda como por el uso del crudo como arma frente a enemigos (Arabia Saudí suní frente a Irán chií, créanme). El barril ha perdido más del 40% de su valor en tres meses y deja al borde del abismo a países productores que dependen por completo del mismo para su supervivencia, como Rusia, irán, Venezuela, Nigeria y otros. El desmadre monetario del rublo de estas semanas es sólo el primero de los grandes efectos de esta onda de choque que va a condicionar muchas de las noticias que sucedan en el próximo 2015, en donde habrá perdedores y ganadores. Su bolsillo estará entre estos últimos, al bajar el precio de los carburantes, y eso será gasolina para una economía, la española, necesitada de estímulos, que ha tocado fondo, y crece algo, pero sigue viviendo en el páramo devastado por la crisis.

Qué horror, pensarán algunos. Pero no, vivimos en el mejor de los mundos que hasta ahora han existido, con sus imperfecciones, sí, y maravillas, también, de las que ahora nos enteramos al instante, lo que desvirtúa nuestra opinión y la sesga hacia la negritud. Y si no les gusta este mundo, hay otros. En 2014 Rosetta Phillae en el asteroide 67P y Curiosity en Marte nos han mostrado que más allá de la Tierra hay compuestos biológicos y agua que pueden ser indicios o soportes de vida. Casi cada día se descubren nuevos planetas extrasolares, y quién sabe si un día hallaremos un vecino que pueda acogernos. Quizás el año que viene sea el momento adecuado para descubrirlo.

Si todo va bien, el próximo artículo lo escribiré el Lunes 5 de Enero de 2015. Pasen unas maravillosas fiestas, cuídense, sean muy felices y ojalá el espíritu de la Navidad nos dure más allá de estas fechas.

viernes, noviembre 14, 2014

Lágrimas en el metro


Ayer, durante en el viaje en metro de camino al trabajo, temprano, una chica se puso a llorar en el vagón en el que yo me encontraba, a escasos metros de mi. Se subió en una de las paradas que hay desde el tramo en el que yo lo cojo hasta el intercambiador en el que efectúo el primer cambio de línea rumbo a mi destino. No es de las chicas habituales que usan el metro a esas horas, dado que, como yo, otras personas mantienen sus rutinas de horarios y al final, entre semana, no somos pocos los que coincidimos, especialmente por la mañana, dado que la flexibilidad a la hora de la salida sueles ser mucho mayor.

La chica subió con un semblante serio, que es el que domina a unas horas en las que casi todo el mundo desearía seguir estando arropado por las mantas. Es una seriedad impuesta, que significa cansancio y sueño, pocas veces auténtica adustez. No había sitio para sentarse, yo iba de pie junto a una de las puertas de salida y ella se fue a apoyarse al extremo del vagón más cercano a la puerta en la que yo me encontraba. Altura mediana, gesto común, pelo largo liso, gafas grandes, vestimenta más bien deportiva y ojos amplios y brillantes, y una mochila que situó en el suelo entre las piernas. Como casi todo el mundo se sacó el móvil y empezó a trastear en él, moviendo los dedos, inicialmente rápido, luego de manera más pausada. A medida que se ralentizaba el gesto de sus manos su cara se iba poniendo más y más seria, su gesto forzado, tenso. Me pareció intuir por un momento un atisbo de lloro, pero creí que no sería tal. Sin embargo, en unos pocos segundos, esa sospecha se transformó en un llanto verdadero, en un gesto de auténtica tristeza, de dolor, en el que las lágrimas salían de los ojos y todo el cuerpo trataba de contenerlas. Ella intentaba controlarse, pero apenas podía. Seguía de pie, pero se le notaba que cada vez le costaba más estarlo. Emanaba impotencia y pena. De vez en cuando movía los dedos sobre la pantalla, a impulsos, ráfagas, quizás contestando algún mensaje, escribiendo notas, no lose. Alguno de los pasajeros del vagón que estaban cerca de mi también se apercibieron de lo que le estaba sucediendo a esa chica, pero en medio del silencio de un viaje matutino, roto por el ruido del tren en sus maniobras y alguna conversación que se desarrollaba en el otro extremo del vagón, ni una palabra salió de nuestras bocas. La chica se agacho sobre su mochila, la abrió y sacó un paquete de pañuelos de papel, del que extrajo varios para secarse las lágrimas que sus ojos seguían emanando. Se quitó las gafas y se pasó la cara con delicadeza pero muchas ganas. Por un momento parecía que las lágrimas se contenían, pero al poco elevó la vista al cercano techo y, como queriendo mirar al cielo, volvió a prorrumpir en llanto, siempre silencioso, sin aspaviento, sin gestos, seria y doliente, pero no trágica. En ese momento el tren llegó a la parada en la que me tenía que bajar. Abrí la puerta e hice el gesto de salir, no sin antes mirar hacia el lateral y comprobar que allí seguía la chica, mirando a un techo infinito, a un cielo metálico, marrón y artificial, no se si demandando justicia, buscando consuelo o queriendo despedirse de alguien. Hoy, en el mismo viaje, a la misma hora, no se ha subido a mi vagón.

No hay soledad mayor de la que se siente cuando, rodeado de personas, todas ellas te son ajenas. La ciudad, su multitud, esconde en sí misma una de las soledades más crueles y paradójicas imaginables, dado que en medio de la nada la mente entiende el vacío, pero no lo asume rodeado de personas. Esa chica, en un vagón bastante lleno, estaba completamente sola. Si hubiera sufrido un desvanecimiento o problema físico algunos le habríamos ayudado, casi seguro, pero su desgarro, emocional, sentimental, personal, de la naturaleza que fuese, era más profundo que muchos dolores físicos y, rodeada de personas, no recibió consuelo de ninguna de ellas. Entre todos, rodeada por todos, estaba sola.

Subo a Elorrio el fin de semana y me cojo festivo el Lunes y Martes de la semana que viene. Si todo va bien, el siguiente artículo será el Miércoles 19. Disfruten y descansen.

martes, octubre 14, 2014

El poder de las palabras


Cuando, de pequeño, empecé a leer literatura fantástica, te encontrabas una y otra vez con momentos en los que determinadas palabras, usadas como conjuros, desataban fuerzas sobrenaturales que el protagonista utilizaba para el bien o el mal, según hubiera determinado su creador. Palabras que, o por su grafía, por cómo sonaban, o por cualquier otro motivo, invocaban fuerzas superiores y servían de vínculo entre los hombres y, digámoslo de una manera, los dioses. A veces, tras leer, jugando, uno imaginaba ser uno de esos personajes y utilizaba esas palabras, que no producían efecto real, pero sí en la emoción.

Con el paso de los años y los muchos libros, descubres que las palabras mágicas ya no son aquellas que uno invocaba en las tardes de juegos infantiles, y que la magia en sí misma, ya no tiene un componente sobrenatural y omnipresente, sino que es algo que pertenece en exclusiva al mundo de la imaginación. La relectura de alguna de esas novelas se realiza desde una posición mucho menos ingenua, pero siguen produciendo placer, porque están bien escritas, y tras muchos y muchos libros leídos empiezas a darte cuenta de que la magia, el poder, no se encuentra en unas palabras dada, en unas fórmulas o rituales, sino en la gracia que el autor ha tenido a la hora de escribir las historias. Ya no invocas unos términos, sino unos personajes y argumentos, que más o menos complejos, te han llegado hasta el fondo. Empiezas a comprobar que eso que llamamos literatura, que a veces se estudia como una mera sucesión cronológica de escuelas, autores y fechas, es sobre todo una colección de emociones, impresas, que llaman al corazón del lector. Diálogos, párrafos, páginas enteras se convierten en puertas mágicas que te emocionan, inquietan, alegran, sanan, divierten, y que incluso pueden llegar a cambiarte la vida. Y es entonces cuando descubres el enorme poder de las palabras, la gracia que pueden tener si son utilizadas de manera correcta, no sólo gramatical, que eso es sencillo, sino emocional. Cuando te encuentras con un maestro en el arte de juntar palabras, como diría Javier Gomá, lo descubres sin que ninguna profesora o estudio te lo avale, porque logra emocionarte. Es muy grande mi admiración hacia aquellos que, en un momento dado, se pusieron a escribir y lograron transmitir sus ideas, mensajes y sentimientos de una manera que no sólo puedan ser compartidos por otros a través de la lectura, sino también percibidos como propios mediante la emoción. Hay muchísimos autores que a lo largo de la historia lo han conseguido, muchos de ellos consagrados, seguro que muchos más desconocidos, y cuando uno abre un libro, o pulsa el botón de una pantalla, y se introduce entre los renglones practicando ese disfrute que llamamos leer, puede encontrarse con un texto que no le llame, que no le diga nada, o que sea rutinario, sin contenido. Pero a veces, muchas, pocas, pero sin duda siempre alguna, ese texto nos atrapa, nos llama, reconocemos en esas letras no el tipo, la composición, los verbos y adverbios, sino una voz clara, que nos habla a nosotros mismos, que nos cuenta algo que es nuestro. Ese desconocido autor, o famosísimo, qué más da, está contando algo que me ha pasado a mi, que lo noto como propio, que no es una mera confesión privada, sino una experiencia que puedo compartir, y entonces la magia de la infancia vuelve con toda su fuerza, la emoción del juego lo llena todo, la sensación de que el lector es el personaje y se involucra en la trama se convierte en una vida plena que suplanta a la que nos rodea allá donde estemos leyendo, y el poder de la palabra nos transforma. Ese es un momento único, que todo lector creo que ha sentido alguna vez en su vida, y que justifica para siempre el trabajo del escritor, que muchas veces ni puede saber cuándo y con quién se ha dado ese instante de comunión.

Ayer, unas palabras que leí en el funeral de Jose Domingo, mi, nuestro compañero de trabajo, escritas en este blog hace una semana, lograron que algunas personas, familiares y allegadas a él, se emocionaran, y así me lo transmitieron cuando acabó la ceremonia. Yo no sabía que responderles, salvo darles las gracias, pero creía ver en sus ojos, llenos de tristeza como los míos, una mínima luz, que si era fruto del torpe ejercicio que había compuesto, la consideraba como el mayor de los logros posibles, obtenidos con la peor de las causas. Nada podrá cubrir el vacío que él nos deja, pero parece que algunas palabras contribuyeron a un instante de consuelo. No hay pena más grande. No hay mayor gratitud posible.