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martes, junio 23, 2026

Spielberg, y El día de la revelación

Acudir a una sala de cine y que se proyecté eso de “Dirigido por Steven Speilberg” no es sólo una garantía de calidad asegurada, sino volver al terreno añorado, a una casa en la que se sabe uno querido y se encuentra a gusto. Aún las películas que no son redondas de Spielberg entregan mucho más de la medía, y sospecho que nunca podremos agradecerlo lo que ha creado para todos, las imágenes en las que ha plasmado sus propios deseos vitales y nos los ha convertido en propios. Todos tenemos una peli de Spielberg, una escena particular, que ha penetrado hasta lo más profundo, que nos ha marcado. Eso pocos autores lo pueden decir. Muy muy pocos.

El título de la película no hace referencia al momento en el que Aldama empezó a desvelar las andanzas de Ábalos y la troupe de golfos que conformaban todos juntos, sino a la visión que el genio muestra de las conspiraciones ufológicas. Quiere creer el maestro que los extraterrestres han llegado hasta nosotros, en décadas pasadas, y que permanecen de alguna manera aquí. Sueña con el hecho de que si han logrado alcanzarnos no sólo poseen una tecnología fascinantemente superior a la nuestras, sino un grado evolutivo mucho mayor en el que la mayor parte de los instintos violentos que los humanos mostramos en demasía se han perdido, en aras de una convivencia colectiva en armonía, que aporta muchos más beneficios. Esa premisa ha estado presente en todas sus historias en las que ha habido un componente extraterrestre, es marca de la casa, y por tanto se puede considerar como el mayor hándicap a la hora de disfrutar de esta película, pero el mismo problema lo tenía ET o Encuentros en la tercera fase. La diferencia, si me apuran, es el nivel de cinismo que se ha alcanzado actualmente en la sociedad, donde la desconfianza en la dirigencia y en quienes ostentan cualquier cargo de responsabilidad es no ya creciente, sino casi imposible de superar (y viendo lo de Ábalos y sus jefes qué decirles). Spielberg habla al mundo desde una visión buenista, aunque no me gusta la palabra, que la sociedad no comparte, o ya no siente como propia, y eso lastra el resultado de esta película, en la que el desenlace puede no estar a la altura de las expectativas, en la que el clímax se alcanza justo en el vacío del conocimiento de una verdad oculta que muchos considerarían como una patraña más en un mundo de pantallas en el que el consumo de contenidos artificiosos no deja de crecer y que acabará superando al de historias reales. Si nos abstraemos de ese problema, la película funciona muy bien como una historia de tensión, persecuciones y personajes sometidos a fuerzas que les superan, sean estas muy terrenales o de origen paranormal. Como es marca de la casa, la producción resulta impecable y el realismo de todo lo que se ve es incuestionable. Spielberg sigue demostrando que, a su edad, nadie rueda como él, nadie es capaz de contar sólo con imágenes escenas completas, en las que los personajes se desnudan y relatan historias sin decir una sola palabra, porque lo que vemos ya nos lo cuenta. Eso es cine. En este sentido las cotas alcanzadas en Los Fabelman, su anterior trabajo, uno de los más deslumbrantes de entre los suyos, se muestran insuperables, no llegando en este filme a ese nivel de relato, pero es cierto que, como película de acción, la cinta no pivota tanto como la anterior en la vida interior de los personajes y sus relaciones como en la propia supervivencia de los mismos y de sus huidas. En todo caso, sea en las escenas de acción o en las relajadas, la precisión con la que rueda Spielberg logra sacar todo el jugo posible a un conjunto de actores que se muestra algo irregular, especialmente en sus caracteres masculinos, pero que desborda en los femeninos, con Emily Blunt y Eve Hewson comiéndose la tostada a todos los que comparte escena con ellos.

Si se quiere ver como una peli de acción, lo es. Si se quiere interpretarla como un alegato conspiranoico, funciona, si se busca una historia de encuentro y redención en la que el cariño entre personas y seres sea lo dominante, también cumple como tal. Las críticas que ha recibido el filme son dispares, y creo que, como señalaba al principio, se envuelven en exceso en un cinismo social que tacha a Spielberg de ingenuo, de ñoño, de no ser el adulto serio y duro que debe ser en el mundo de hoy. Es curioso que quien logró que muchos cerrasen los ojos porque no soportaban lo que Steven les mostraba en Omaha Beach el Día D sea tachado de infantiloide. Cada uno de los planos de sus películas velen mucho más que lo que yo pueda crear a lo largo de mi vida, y ese es punto de partida desde el que establezco mi juicio hacia su obra.

jueves, junio 11, 2026

Antonio Gaudí en la Torre de Jesús

Cojan una cuerda con las manos y extiendan sus brazos, a lo ancho, creando envergadura, poniéndolos en cruz. Mantengan la cuerda tensa. Ahora, poco a poco, vayan cerrando los brazos y verán cómo, al destensarse, la cuerda cae poco a poco creando una curva. Esa curva se llama catenaria, es la forma que se genera cuando una misma tensión se aplica a cada punto. Es la que se puede ver en cualquier tendido eléctrico o en las que sostienen los puentes colgantes. Quizás les parezca una parábola, pero no lo es. A medida que acerquen sus brazos la cuerda colgará más y empezará a caer con fuerza, creando una imagen similar a un arco apuntado, pero raro.

Con las manos cerca una de otra, la extensión de la cuerda hacia abajo es casi máxima y su base estrecha. Ahora imagen ese trazado justamente invertido, con la base en el suelo y la cuerda elevándose al cielo y bajando. Acaban de crear ustedes una bóveda catenaria, y eso es lo que define gran parte de la arquitectura de Gaudí. Aunque parezca que son góticas, las naves y muchas de sus edificaciones no tienen nada que ver con ese estilo, de paredes rectas y bóvedas de arista, que inevitablemente acaban generando descargas que se salen de la verticalidad de las paredes y requieren apoyos, los arbotantes y contrafuertes que inventaron los constructores de las catedrales. Gaudí era un arquitecto genial que sabía de estructuras modernas. Jugaba con las formas y se exaltaba en la decoración, pero conocía los materiales modernos y el comportamiento de las estructuras como un buen ingeniero de su época, principios del siglo XX, cuando el desarrollo de arcos y otras formas había alcanzado niveles inauditos para los constructores del pasado. Sus edificios son raros por fuera, también por dentro, pero estructuralmente siguen las ecuaciones que rigen los que ahora utilizamos, ecuaciones que él conocía. Su genialidad absoluta fue llevar a ciertas formas estructurales a límites que no se habían intentado jamás y, desde luego, su inspiración en la naturaleza para dotar de organicidad (disculpen el palabro) a todo lo que edificaba, creando así obras con un sello muy propio que son inconfundibles. Algunas de sus creaciones se enmarcan dentro de la corriente de Art Nouveau, que si visitan Bruselas, por ejemplo, podrán admirar en todo su esplendor, pero es cierto que Gaudí va más allá, y su Nouveau no sólo tiene esteroides por la dimensión que alcanza, sino por el exuberante barroquismo que llega a ser invasivo. Las fachadas de Gaudí son sobrecargadas en extremo, y suponen un reto constante para el que las contempla, como una especie de cuadro de El Bosco donde los detalles se agolpan uno contra otro hasta llenarlo todo. No hay detalle del edificio, desde las barandillas de las escaleras hasta la última teja del techo, que no sea trabajado en extremo por el artista, que concebía sus edificios como un todo, como un conjunto en el que cada parte tenía la misma importancia que las demás, y no dejaba nada al azar. Este afán obsesivo encarecía mucho sus proyectos y le hacía incumplir plazos, aunque en general dejaba satisfechos a los mecenas que financiaban sus obras, que sabían hasta qué punto la dedicación del creador de las mismas había sido plena. Esa obsesión profesional, junto con su profunda vocación religiosa, se unieron en el que fue el mayor de sus proyectos, el de la creación de una iglesia a la mayor de las glorias, con motivo expiativo, lo que sería el templo de la sagrada familia. Una construcción en la que todo su genio se llevaría al extremo, en el interior y el exterior, con doce torres para los apóstoles, cuatro para los evangelistas, una para José, una para María y, como cimborrio, la de Jesús, la torre de iglesia proyectada con mayor altura del mundo para su tiempo, que superaría a la mítica catedral alemana de Ulm, y que se quedaría unos pocos metros por debajo de la altura de la colina del Tibidabo, techo geográfico del municipio de Barcelona, para no rivalizar con lo que Dios creo en la tierra.

Ayer, en una ceremonia emotiva, bella y con mucho sentido de la luz, con música plena, y en el marco de la visita del Papa León XIV, tras la misa que tuvo lugar en el templo, se procedió a la inauguración oficial de la torre, una vez que fue coronada hace no mucho por la cruz mirador de cuatro brazos que remata su cúspide. Entre toques de órgano, orquesta y voces de niños, la luz del interior de la torre y la imagen del propio Gaudí generada por drones luminosos en el cielo de Barcelona consagraron la cúspide de una obra asombrosa, que sigue impactando a quien la ve y provocando reacciones de todo tipo. Gaudí era un genio, y creo que le hubiera gustado ver el espectáculo de ayer.

viernes, junio 05, 2026

Bad Bunny arrasa, aunque no lo soporte

Creo que de las pocas veces que he estado de acuerdo con Donald Trump fue cuando se quejó porque en el intermedio de la Superbowl de este año salió a actuar un cantante al que no se le entendía nada. Los hablantes españoles asentimos diciendo que nosotros tampoco le entendíamos, aunque se suponga que habla castellano. El artista se llama Bad Bunny, conejo malo, y arrasó en ese espectáculo, uno de los de mayor audiencia televisiva a lo largo de todo el año en los EEUU. Yo le conocía de antes, pero apenas había escuchado temas suyos. Me bastaron unos pocos minutos para tener claro que no, que el conejo malo me parece malo malo malo, que no me gusta nada de nada.

Como casi siempre, debo estar en minoría. Ya por entonces se estaba planificando su gira y las fechas de los conciertos que iba a dar en España y otros países. La demanda de entradas se disparó y las fechas de los eventos se iban sucediendo sin cesar, de tal manera que se acabó creando una secuencia de días que resulta asombrosa. Entre mayo y junio el conejo acabaría dando dos conciertos en Barcelona y, pásmense, diez en Madrid, con un aforo de unas cincuenta mil entradas en cada uno. Un conjunto de seiscientas mil entradas vendidas, que ya serán algunas más, a un precio mínimo de cien euros, que supone una de las mayores concentraciones de pago jamás registradas por un solo cantante. En estos días estamos inmersos en la secuencia de conciertos del malote en Madrid, que se celebran en el Metropolitano, el estadio del Atlético que se encuentra en la zona este de la ciudad, afortunadamente lejos del centro, donde los cortes y preparativos para la llegada mañana del Papa León XIV complican notablemente el tránsito. Creo que tendrían que pagarme más de cien euros, pongamos que bastante más, para que asistiera a un concierto de ese tipo, pero se ve que hay multitudes dispuestas a ello, y se congregan para un espectáculo musical y visual que, sinceramente, me echa mucho para atrás. Soy de los pringados que creen que un concierto es música, con aderezos, pero música, y si la música del intérprete no me gusta, el resto me da igual. Ahora no, los conciertos se han convertido en “experiencias” en las que la música es uno de los factores que congregan a la masa, pero no parece ser el más relevante en ciertos casos. Luces, juegos visuales, representaciones, cosas como lo de “la casita”, presuntos posicionamientos políticos y demás estrategias de marketing acaban ocupando las portadas de los medios y el interés de los asistentes y los que hablan del concierto mucho más allá de lo que en él se cante o haga. En general, todo eso que rodea al espectáculo me da bastante igual, creo que su sobreabundancia en estos tiempos tiene mucho que ver con el desplome de la calidad musical que se interpreta, y que todo lo demás consigue llenar el hueco que dejan unos temas plúmbeos, repetitivos y sazonados de reguetón y cosas así, que me parecen insoportables. Es realmente difícil distinguir un tema del conejo malo de otro de artistas de apodos similares, en los que la letra, si se llega a comprender parcialmente, suele ser la descripción de un par de escenas de porno barato y la música se reitera reguetoneramente sin cesar, inmisericorde, constantemente, aderezada según sea el caso con toques de bachata, salsa, merengue o algún otro tipo de aderezo latino que se le añade en función de la procedencia del cantante o del público o de lo que sea. A los pocos minutos la secuencia musical es una mera iteración de lo ya escuchado y el espectáculo se prolonga durante horas, en medio del éxtasis de los asistentes, sin que apenas haya nada de música que pueda ser calificada como tal. Muy, pero que muy muy interesante, debiera ser la acompañante que me hiciera ir a un concierto de este tipo, o muy sustanciosa la comisión (Leire, estírate) que me cayera si franquease las puertas del estadio para ir a la grada y pasar horas con Bad Bunny.

En todo caso, lo que yo opine da un poco igual. Realmente no sirve para nada. Hoy en día el éxito global del reguetón y asociados es incuestionable, y ha logrado que la música en español (si acordamos que eso que suena es nuestro idioma) logre superar en facturación a la anglosajona, cosa que no había sucedido nunca. Bad Bunny arrasa y convoca multitudes, yo escucho lo que me gusta y todos contentos. No cambiaré mi opinión sobre ese tipo de música por mucho éxito que tenga, aun a sabiendas que, en unas décadas, el reguetón será visto por no pocos como algo “bueno” frente a lo que suene en ese momento, que será lo peor. Es lo normal en cuestiones musicales, donde el gusto es personal y, no pocas veces, intransferible.

miércoles, febrero 04, 2026

Cierra Tipos Infames

Cafeterías y librerías son los locales que más frecuento en Madrid, con diferencia. De hecho creo que son los únicos que visito por gusto, ya que el resto suelen estar relacionados con obligaciones que uno debe cubrir (ropa, alimentación, etc) Pasar la tarde en un centro comercial me parece un plan tan absurdo como aburrido. En esos dos establecimientos me dejo bastante dinero, cada vez más dado el coste creciente del café. Por eso, que cierre alguno de esos locales me parece una mala notica, una pena, una pérdida, algo que lamentar. No entiendo la politización de esos hechos, simplemente lo veo como algo que me aportaba y deja de existir, y eso es malo.

Tipos Infames es una librería que está en Malasaña y que abrió en medio de la debacle de la crisis financiera, tras los años más duros del desplome y cuando estábamos en el fondo de un pozo al que no se le veía salida. Tres amigos montaron un local para vender libros y que tenía la cafetería como una forma paralela de negocio. De hecho era un bar con espacio en el que la mayor parte de este se ocupaba con estantes y mesas expositoras con títulos de todo tipo, especialmente novedades y de editoriales no masivas, en los que el gusto personal de los propietarios se notaba mucho en la selección de la oferta. Cuando descubrí el negocio lo anoté como uno de los que debiera visitar con cierta frecuencia, cosa que he hecho a lo largo de estos años. Al principio la cosa debía ir funcionando lentamente, porque era sencillo poder encontrar sitio en sus dos o tres mesitas para poder tomarse un café y leer (soy más de café que de vinos, aunque ellos publicitaban más las copas que las tazas) en una escena que era el sumun de lo que entonces empezaba a llamarse cultura hípster, sólo que yo no cumplía ninguno de los estereotipos estéticos de ese grupo de gente. Era muy urbanita, propio de la capi, por así decirlo, lo de tomarse algo y leer en el mismo local, y me parecía una idea excelente, por la misma razón por la que hay gente que disfruta en esas inmensas tiendas de ropa en las que la música no cesa y siguen llenas. Que se lo pasen genial así, pensaba, yo lo hago de otra manera, y todos contentos. Con el tiempo el local empezó a crecer en audiencia y ya no era posible encontrar sitio para tomar algo, pero sí se podían seguir comprando libros, y lo hacía de vez en cuando, de tal manera que soy de los que ha contribuido a mantener la empresa en pie durante estos tiempos, con mi modesta aportación de cultureta pringado compra volúmenes, que es lo único que soy capaz de hacer en condiciones. Por eso, hace unas semanas, cuando me enteré de la noticia de que van a cerrar el negocio em entró mucha tristeza. Salían entrevistas en varios medios a algunos de los propietarios, en los que comentaban el disparo de precios en los alquileres en el barrio, sometido a una demanda desesperada y constante, y el cómo ya no han podido hacer frente a la marea. Al poco, cosas infames de verdad que suceden en estos tiempos, en las redes sociales empezó una especie de batallita cutre en la que algunos, ante las declaraciones anticapitalistas de los propietarios (creo que erradas) empezaban a acusarles de subvencionados, de falsos y de todo tipo de cosas sin sentido. Se podía percibir un cierto aroma de venganza en esos mensajes, como de “os lo tenéis merecidos, por modernos” en un movimiento áspero y sucio que carecía de sentido. Lo observaba y no entendía nada. La politización basura que nos absorbe y que todo lo enfanga también entró ahí, para buscar rédito o para echar aún más sal en la herida. Y seguía sin entender nada. Lo único que sabía es que una librería que he visitado varias veces, en la que me lo he pasado bien, en la que me han tratado bien, va a cerrar, y eso, para mi, es una pena.

A veces he soñado con regentar yo una librería, dado que me paso tanto tiempo leyendo en mi tiempo de ocio, pero me he desengañado rápidamente porque me da que el negocio no es lo suficientemente lucrativo como para cubrir la hipoteca de casa y ciertas necesidades, entre ellas la de comprar libros. Los que crearon Tipos Infames lograron llegar a ver su sueño cumplido, y durante años les ha permitido vivir de ello, y eso es algo que merece admiración, y, sí, también, un punto de envidia, en este caso sana. Cuando dentro de un tiempo pasee por esa zona y vea que en ese negocio hay obras de reforma, o se abre cualquier otra cosa, me dará pena, por un pasado que se fue. Al menos pude disfrutarlo de mientras existió. Gracias por ello.

viernes, diciembre 19, 2025

Libros recomendados del año 2025

Este año una famosa de las redes sociales, de cuyo nombre no quiero acordarme, ha dicho que leer está sobrevalorado y no te hace mejor persona. Aunque les choque, puede que tenga que darle la razón en lo segundo, porque la bondad personal es algo intrínseco, que si no se tiene es poco probable que los libros la otorguen. Pero lo que resulta indudable es que leer un buen libro entretiene, divierte, enseña, acompaña, relaja, proporciona consuelo, evade, forma, genera curiosidad, sirve de refugio, te hace preguntas, a veces te da respuestas… parafraseando al maestro Delibes, “es algo que, con su sola presencia, aligera la pesadumbre de vivir" Y eso, coincidirán conmigo, es mucho.

Recuerden que no tienen por qué ser libros editados en este año sino los que más me han gustado de entre los que he leído. Salvo los ganadores de cada categoría, el orden del resto de libros reseñados no indica una mayor o menor calidad, sólo que son los que más destaco.

Mejor libro de ficción.

Los vencejos, de Fernando Aramburu, editorial Maxi Tusquets 704 páginas

Aramburu partía con el hándicap de haber escrito Patria, una de las indiscutibles obras maestras de la literatura española de este siglo, por el fondo y la forma, y tras algo así son pocos los autores que logran escapar de la propia sombra que han tejido. Y lo logra. Para ello se escapa de sí mismo y se vuelva en un relato enorme en el que Toni, un profesor de instituto chamuscado por el trabajo y la vida, decide poner fin a sus días con un plazo programado. El texto supone la descripción precisa del pasado y presente de un hombre y de su contexto, familiar, sexual, vital, en el que una catarata de personajes aparecen como fruto de los recuerdos del protagonista, que nos desvela cómo ha llegado hasta ese punto de hartazgo. Te hace reír, te hace llorar, te atrapa… en ningún momento puedes ser indiferente a lo que te está contando.

* La autopista Lincoln, de Amor Towles, editorial Debolsillo, 592 páginas. 
Me fastidia que las ediciones de Bolsillo de Twles salgan con la tardanza con la que lo hacen, porque los dos libros que llevo suyos me han parecido excelentes. Este tiene el componente clásico de la “road movie” americana de fondo, con unos chavales que se llevan muy mal pero que emprenden el viaje desde el medio oeste hacia Nueva York en busca de una presunta fortuna que allí le espera a uno de ellos. Traiciones, engaños, sustos, descubrimientos, la trama se sucede sin cesar hasta un final que es deslumbrante. Es muy entretenida y está escrita de maravilla.
 
* La última función, de Luis Landero, editorial Tusquets, 224 páginas
Landero va recortando el tamaño de sus libros a medida que se vuelve más y más preciso con el lenguaje. Es admirable cómo escoge sus términos para, en un par de trazos, como un maestro caricaturista, describir la personalidad de una de sus creaciones con toda la consistencia posible. En este caso una extraña función de teatro en un pueblo de la sierra es el marco en el que dos personajes, hombre y mujer, unen sus vidas separadas de manera que queden marcadas pasa siempre. Un ejercicio literario inmenso.
 
* Klara y el Sol, de Kayzo Ishiguro, editorial Anagrama, 336 páginas
Ishiguro es el Nobel de la generación británica gloriosa que conforma con Amish, Barnes, McEwan… y es el más distinto de todos ellos en cuanto a temáticas. En este libro la protagonista es Klara, una Amiga Artificial, un robot dotado de IA general al nivel humano, que se vende para que sirva de amistad y compañía para, en este caso, críos en edad preadolescente. La novela se sumerge en una especie de futuro muy cercano de relaciones frías, distantes, en las que las IAs parecen estar más atentas a lo que realmente les pasa a las personas que los propios humanos. Una muy buena novela y una excusa para reflexionar sobre algo que ya casi está entre nosotros.
 
* Me piden que regrese, de Andrés Trapiello, editorial Booket, 400 páginas
Trapiello vuelve al Madrid de postguerra, pero esta vez no para relatar hechos verídicos, sino para novelar una trama de espionaje que se desarrolla en una ciudad con ruinas abundantes, miserias, fiestas de vencedores y violencia soterrada. Un norteamericano de origen español vuelve a su ciudad con un encargo del gobierno de Washington que le acabará metiendo en problemas. Personajes muy creíbles y una trama que mezcla la acción y el costumbrismo de una manera solvente
 
*  Caledonian Road, de Andrew O’hagan, editorial Libros del Asteroide, 672 páginas
Novela amplia, en fondo y forma, de tramas cruzadas y de multitud de personajes., En ella el autor realiza un retrato bastante certero de nuestro mundo. Encuadrada en la salida de la pandemia, Londres y un montón de gente que por ella desfila sirven para conocer cómo es la política, las redes sociales, los negocios, las influencias, las corruptelas y todo lo que se mueve en torno al dinero y el interés de los humanos modernos. Corre el riesgo de hacerse liosa, pero si se hace uno con ella es muy disfrutable. ¿Incluye bitcoins en la trama!
 
* El jardinero y la muerte, de Georgui Gospodínov, editorial Impedimenta, 224 páginas.
“Mi padre era jardinero. Ahora es jardín” es el perfecto resumen de este texto no muy amplio, fragmentado en abundantes capítulos, que se inscribe en el género del duelo a la pérdida, en este caso, del padre. El autor ve como la vida del mayor se consume ante sus ojos, asiste impotente a la decrepitud y no puede hacer mucha cosa más allá de describir lo que a él le pasa y lo que su padre ha supuesto a lo largo de su vida. Obviamente, al temática es triste, pero el texto resulta luminoso, por lo natural, sencillo y sincero.
 
El canto del cuco, de Robert Galbraith, editorial Salamandra Bolsillo, 544 páginas
Galbraith es el seudónimo bajo el que se esconde la escritora JK Rowling. Famosa en todo el planeta por la saga Harry Potter (muy buenos libros, merecen mucho la pena) ahora se ha pasado al policiaco, con el detective privado Cormoran Strike como su personaje principal. Londinense veterano de la guerra de Afganistán, Strike malvive con su agencia de investigación, un cuchitril en el que medio vive, donde necesita ayuda para sacar adelante el trabajo que le llega. Es una novela muy entretenida, densa y escrita con estilo. Es el inicio de una serie, de las que me he leído cuatro entregas. El personaje de Robin Ellacott es fantástico.
 
* Archipiélago, de Mariana Enríquez, Ampersand ediciones, 300 páginas
Debo reconocer que aún no he leído obras literarias de Mariana, por lo que me pierdo a una de las mejores cuentistas de nuestra lengua, según comenta la crítica. Ha querido la casualidad que comience con ella con esta especie de memorias de lectora, en la que en capítulos breves de dos o tres páginas describe decenas de referencias que le han marcado en la vida, tanto literarias como de cualquier otro tipo de expresión artística. Se descubre a una personalidad de lo más inquieta, interesante, con gustos eclécticos y muy personales, más que atractiva.
 
* V2, de Robert Harris, editorial Debolsillo, 304 páginas

Las novelas de Harris aseguran entretenimiento de calidad, con unas tramas que se suelen basar en hechos históricos, que se recrean con gran fidelidad. Finales de 1944, Alemania está perdiendo la guerra, pero desde la costa holandesa los ingenieros y militares nazis lanzan los primeros cohetes de la historia, misiles balísticos que atacan Londres y aterrorizan a la población. La historia de uno de los ingenieros que han desarrollado esas armas y la de una de las analistas británicas que buscan descubrir desde dónde se lanzan para destruir sus bases se cruzan en una historia de espionaje, guerra y traiciones.
Mejor libro de no ficción.
 
Otro año en el que la calidad de los ensayos me ha parecido algo superior a la de las novelas. La geopolítica manda mucho.

Mejor libro de no ficción

El ascenso de China, de Rafael Dezcallar, editorial Deusto, 352 páginas.
China es la obsesión de occidente, y más aún de todo aquel que la ha conocido recientemente y ha visto a un gigante avanzando sin cesar. En esta obra Dezcallar trata de describir cómo es la China actual, sin olvidar de dónde viene, cuáles son las motivaciones sociales y políticas que la definen y cómo se organiza su sociedad y su sistema de gobernanza. Es un magnífico y comprensible texto para hacerse una idea de cómo funciona la otra superpotencia global.
 
* Tierra baldía, de Robert Kaplan, editorial RBA, 304 páginas
El usar como título del libro el famoso poema de TS Elliot no es baladí, ya que Kaplan, en este análisis geopolítico, plantea una visión descarnada de un mundo en el que, según él, volvemos a esquemas del siglo XIX, de equilibrio tenso entre potencias y dominico exclusivo en las zonas de influencia que cada una considera suya. La Weimar de entreguerras también aparece como metáfora en este muy interesante trabajo.
 
* Guerra nuclear, un escenario, de Annie Jacobsen, editorial Debate, 416 páginas.
En este libro, técnico, detallado, y que se lee como si fuera la mejor novela de intriga imaginable, Jacobsen relata, en tiempo real, la sucesión de acontecimientos que se producirían en el caso de que, desde EEUU, se detectase el lanzamiento de un misil balístico intercontinental, ICBM, con cabeza nuclear, con un objetivo fijado en suelo norteamericano. Una cadena de sucesos se inicia para evitar lo inevitable, y el resultado final más probable es un escenario de destrucción absoluta. La última película de Katherine Bigelow “Una casa llena de dinamita”, excelente, se basa en esta obra.
 
* El tren, de Guillermo Abril, editorial La Caja Books, 328 páginas
China otra vez, pero en este caso como lugar de destino de un viaje apasionante que comienza en la estación de contenedores del Abroñigal, al sur de Madrid, donde acaba la línea ferroviaria más larga del mundo, que en un par de semanas es capaz de transportar un contenedor desde el gigante asiático al centro de Europa. El viaje es un libro de historias en torno a la logística, la producción y el intercambio, una guía sobre los cimientos que sostienen la globalización que nos proporciona servicios procedentes de todo el mundo. Y está escrito con estilo, sin tecnicismos, con mucho sentido.
 
* Los filósofos terrenales, de Robert Heilbroner, Alianza editorial, 528 páginas
Descubierto gracias a un artículo de prensa de Ramón González Férriz, este libro es una excelente introducción a la historia del pensamiento económico A través de ejemplos, se avanza a lo largo del tiempo, con los autores y escuelas más destacadas, mostrándose en cada caso sus visiones principales, sus puntos fuertes y los débiles. Es bastante sencillo de leer y no requiere un conocimiento previo detallado sobre el tema. Y demuestra nuevamente que la economía es mucho, mucho, mucho más que números.
 
* Oppenheimer, de Kai Bird & Martin J Sherwin, editorial Debolsillo, 896 páginas
El año 2023 fue el de la película, pero en este es cuando me he leído el libro en el que se basa, un trabajo monumental por el detalle y la intensidad de lo que se cuenta. La vida del físico norteamericano, analizada en detalle, sirve a los autores para hacer toda una biografía sobre la física cuántica, la geopolítica, el poder y la sociedad de la primera mitad del siglo XX, en una obra que resulta exigente por momentos, pero que en otros es mucho más interesante y atractiva que la propia película.
 
* La factura del cupo catalán, de Jesús Fernández Villaverde y Francisco de La Torre, editorial, Espasa, 356 páginas
El anunciado preacuerdo para la concesión de un cupo a la Generalitat de Cataluña, aún no concretado en nada, sirve a los autores para escribir una obra en la que desmontan tanto el agravio financiero que alega la Generalitat como varios de los mitos que existen en nuestro país sobre las finanzas públicas. Es un resumen acelerado de cómo y quién recauda en España, en qué se gasta, qué partidas son las que consumen la mayor parte del presupuesto, que tiene sentido descentralizar, qué no, cómo se ve afectada la lucha contra el fraude fiscal con este tipo de medidas…. El tema es farragoso, pero lo que se explica se hace con sencillez. Es un libro necesario, no sólo por cuestiones coyunturales.
 
* Quien tiene miedo muere a diario, de Giuseppe Ayola, Gatopardo ediciones, 262 páginas
Dejado por un compañero de trabajo. Es un libro testimonial de Giuseppe Ayala, fiscal antimafia italiano, íntimo amigo de Falcone y Borsellino, jueces asesinados por los delincuentes cuando desde la justicia se organizó, por fin, de manera decidida para luchar contra esa lacra. Crónica de esfuerzos, trabajo, vida, muerte y sacrificios de un grupo de funcionarios, servidores públicos en el mejor de los sentidos, que en no pocas ocasiones fueron abandonados por el estado al que servían. Denuncia de una impotencia, en gran parte, impuesta por las propias autoridades italianas.
 
* Una historia personal de la arquitectura europea, de David, editorial Tusquets, 400 páginas
David Ferrer es arquitecto, y, sobre todo, un amante de su profesión que la explica de manera muy clara para los no iniciados. A lo largo de todo el continente europeo, y desde la Grecia clásica hasta el periodo entreguerras del siglo XX, Ferrer ilustra las bases, condicionantes, evolución, usos, modas y formas de construcción que han dominado hasta conformar los estilos que ahora llamamos como clásico, gótico, neoclásico, la Bauhaus, etc. Es un texto excelente para introducirse en el tema, y sirve como compendio general de la materia.
 
Los extrañados, de Jorge Freire, editorial Libros del Asteroide, 224 páginas
Libro curioso en el que el autor, en cuatro capítulos, recrea la biografía de cuatro escritores famosísimos en su tiempo que acabaron desubicados por completo, y que hoy son muy poco reconocidos por el público general. Wodehouse, Bergamín, Blasco Ibáñez y Edith Warton le sirven a Freire para, con un estilo literario de gran belleza, recrear episodios históricos significativos que los cuatro tuvieron la oportunidad de vivir. Una especie de minimemorias de sujetos en el margen.
 
* El mundo no se acaba, de Hannah Ritchie, editorial Anagrama, 472 páginas
Ritchie es una de las responsables de la excelente web Our World in Data, uno de los mejores repositorios de información de toda la red. Es experta en datos y muy concienciada con la idea ecologista, pero desde una perspectiva racional, y sin caer en alarmismos exagerados. En el libro aborda algunos de los más graves problemas a los que hacemos frente en este campo (contaminación, pérdida de biodiversidad, plásticos, deforestación, etc) evaluando de manera sincera la eficacia de las medidas que se llevan a cabo para mitigarlos, que en algunos casos funcionan y en otros no. Huye en todo momento del tremendismo que tanto vende y supone una visión racional muy necesaria en este campo de estudio.
 
 
…….. y una coda de años pasados, pero que ahora se convierte en profética
 
La conjura contra América, de Philip Roth, editorial Debolsillo, 432 páginas

Todos los libros de Roth son excelentes, cojan cualquiera de ellos y sumérjanse sin miedo en su universo. Este es distinto al resto, es una ucronía, fechada en un 1940 alternativo en el que el candidato aislacionista Charles Lindberg, sí, el aviador, obtiene una clara victoria frente a Franklin D Roosevelt en las elecciones presidenciales de 1940. Con la guerra en Europa lanzada y los nazis conquistando sin freno, Lindberg y el resto de su equipo, con evidentes simpatías respecto al régimen de Berlín, dan un viraje total a la política norteamericana, dejando aislado al primer ministro británico, Churchill, desentendiéndose de todo lo que tenga que ver con el acogimiento de los europeos que huyen del continente, pactando con los nazis un entendimiento cordial, y poniendo en marcha en el territorio americano una política de persecución centrada en la numerosa comunidad judía que reside en el país.
 
Sí, es ficción, sí, pero, en este 2025 que dejamos atrás… ¿se les hace familiar el argumento?
 


miércoles, septiembre 17, 2025

Ese chico rubio llamado Robert

Extraños en un parque, los días del cóndor, dos hombres y un destino, todos los hombres del presidente, leones por corderos, memorias de África, las aventuras de Jeremiah Johnson, Brubaker, juego de espías, el golpe, el hombre que susurraba a los caballos, ….. uno puede empezar a recitar títulos de películas que ha visto en varias ocasiones y no parar en mucho tiempo, y en todas ellas, como actor principal o secundario, aparecer un chico rubio que luego se transformó en un señor pelirrojo que encandilaba tanto a la cámara como a la audiencia, especialmente al sector femenino, pero también a todo el que adoraba al cine.

Robert Redford murió ayer a los 89 años y en vida llegó a ser una estrella de fama mundial de unas dimensiones con las que no pueden ni soñar los que ahora se dicen influencers en las redes. En un mundo en el que el cine era realmente la fábrica de los sueños, en el que la industria del entretenimiento tenía a las películas como su mayor estandarte, Redford logró un éxito apabullante gracias a su calidad como actor y, porque no negarlo, a una belleza masculina que arrasaba. De hecho, uno de sus principales problemas de cara a la cámara, como también le pasó a su contemporáneo Paul Newman, era como lograr que la belleza de la imagen no opacase el trabajo de actor. Ambos consiguieron superar ese reto con creces, y con el aplauso unánime de todos los que se desenvuelven en el mundo de las películas. Redford, al contrario que Newman, que tenía aficiones muy distintas a las del rodaje, llenaba su vida con el cine, y a medida que fue cumpliendo años escaló en la profesión hasta llegar a ser un director de corta producción pero alta calidad. Trabajos como gente corriente o el río de la vida son más que suficientes para consagrar a alguien al otro lado de la cámara, y no contento con eso, se embarcó en la aventura de crear su propio festival de cine. Él tenía poder y acceso sin límite a los popes de la industria, de la financiación y producción, pero sabía que los que empezaban no contaban con semejante apoyo, por lo que decidió que su festival se iba a consagrar a eso que se llama cine independiente, el alejado de las grandes productoras. Su alejamiento físico del mundo del Hollywood californiano y su refugio en Utah le llevó a crear allí el festival, en la localidad de Sundance, que desde entonces es una cita importante en el mundo de los creadores. Su vida transcurría en ese estado, y residía en un rancho que compró en la época de esplendor de su carrera y en el que daba rienda suelta a sus intereses por la naturaleza. Además del cine, la preservación de esos entornos fue una de sus principales obsesiones, y se convirtió en uno de los primeros famosos que abrazó el mensaje ecologista, sin titubeos pero también sin histerias. A medida que cumplía años esa faceta de naturalista fue creciendo en él, quizás al ver cómo el mundo urbano iba consumiendo cada vez más espacio incluso en unos EEUU en los que el corazón de la ciudadanía sigue siendo, cada vez menos, una granja en medio de un sembrado en una planicie infinita. Redford nunca se retiró de la escena pública, daba entrevistas y acudía a su festival y a toda clase de galas y homenajes, pero era evidente que la salud empezaba a pasarle factura. La edad es cruel, lo es para todos, probablemente más para ellas, y desde luego despiadada para los que han sido guapos, y la visión de Redford a sus superados ochenta años mostraba las cicatrices del tiempo, de las operaciones y de la piel de los pelirrojos, que tanto sufre con el contacto con el sol. Su muerte, no se la causa, pilló por sorpresa ayer a medio mundo, aunque a esa avanzada edad el tiempo se sabe que se disfruta de regalo, casi con la sensación de préstamo que exige devolución rápida. Hoy no hay medio de comunicación en el mundo que no recoja la noticia de su muerte.

Hubo unos años en los que Redford era una de las personas más conocidas del mundo, en todo el planeta su imagen era reconocible. Era el rey de lo que se llamaba el “star system” la factoría californiana que creaba iconos globales que en todo el mundo eran seguidos y generaban pasión. Millones de personas en todo el mundo, la gran mayoría mujeres, han estado alguna vez locamente enamoradas de Redford, de su mirada picarona, de su semblante, que sabía ser a la vez gracioso y serio. Millones de personas lamentan hoy su pérdida y la rotura del corazón adolescente que esos ojos y rubios cabellos les causaron en sus años de juventud.

viernes, septiembre 05, 2025

María Pombo no lee

Esta semana he conocido a María Pombo o, más bien, le he puesto cara. Y sí, es muy guapa. Me sonaba ligeramente pero no la tenía ubicada, dado el poco caso que hago al mundo de los influencers, fenómeno que no logro entender del todo. Busqué algo para saber quién era después de unas declaraciones suyas que le han dado relevancia a lo largo de la semana, y la trayectoria que tiene se me hace ajena a más no poder. En todo caso es evidente que la vida, al menos en lo material, ha sido bastante más gratificante para ella que para mi, por lo que en lo que respecta a la supervivencia, me gana de calle. Para eso no le ha hecho falta leer, desde luego.

Pombo ha dicho que las personas que leen no las hace mejores respecto a las que no leen, y que el mero hecho de leer está sobrevalorado. Esto ha generado mucha polémica, ruido en las redes y respuestas de todo tipo, en general críticas hacia ella. Eso le ha obligado a reconocer que algún libro se ha leído, y ha mencionado a unos cuantos de autoayuda y el principito. Más allá de que la fama de Pombo sea merecida o no, creo que no pero eso da igual, en parte tiene razón con sus declaraciones, al menos respecto a la bondad personal asociada a la lectura, porque creo que las buenas personas, las que son mejores, no tienen por qué leer, o no es algo que sea distintivo en ello, pero eso mismo se puede decir de mil facetas distintas de la vida. Uno puede ser bondadoso e iletrado, culto y capullo, devorador de libros y generoso, amante de la cultura y racista, etc etc. La gente, en estos tiempos en los que todo es blanco y negro, no logra entender que las personas somos complejas, tenemos un montón de facetas distintas en nuestra personalidad, combinaciones de todo tipo de gustos, preferencias, recuerdos, historias, hechos que nos han marcado, etc, y suele ser el efecto de todo eso lo que determina cómo somos. Leer es una manera intensa de aprender y acceder a conocimientos acumulados por la humanidad, y genera empatía respecto a las historias que se cuentan de esta manera, pero eso puede generar efectos de todo tipo en cada persona y a algunos volverles más receptivos respecto a lo que pasa en el mundo y a su alrededor y a otros no. La superioridad moral, de la que tanto presumen determinados colectivos e ideologías que pululan entre nosotros es, a mi entender, un oxímoron, porque quien así se manifiesta está cayendo en un desprecio hacia los demás, lo que es un comportamiento poco moral. Pombo, a quien no conozco de nada, puede ser una bellísima persona, o lo contrario, o ni fu ni fa, haya leído o no. A mi, que la lectura me encanta, me resultará mucho más interesante alguien a quien también los libros le digan algo, porque tendré allí una afinidad común que es muy relevante en mi vida, pero yo no leo porque me crea que eso me hace ser mejor que otros, por la misma razón que cuando como espaguetis no me creo superior a quien come ensalada. Ese pensamiento es una estupidez profunda. Leo porque me gusta aprender cosas, porque me seduce el hecho de sumergirme en un contexto no visual en el que lo que se cuenta debe ser complementado por la imaginación para conformar un relato. Leo porque me gusta que me cuenten historias, igual que si vas al cine o escuchas un poadcast en el que se relatan anécdotas. Leo porque me lo paso bien, porque me entretengo, porque me parece una manera fantástica de pasar el rato, porque me produce placer sentarme en un banco, o en casa, o en donde sea, abrir un libro y meterme dentro. Leo principalmente por el mero hecho del entretenimiento, del disfrute. Decía Savater que de pequeño le caía alguna bronca en casa por estar “ahí, leyendo, sin hacer nada” y el respondía que leer es hacer algo, y que no había momento en el que se lo pasase mejor que metido en las novelas y ensayos que le absorbían. Leer por placer es, para mi, una excelente manera de pasar la vida, y el montón de obligaciones de la vida adulta (en mi caso no tan adulta como lo normal, lo que genera menos debes) quita tiempo para ello, pero una vida de horas libres para poder leer lo que se quiera es una buena idea de paraíso.

Leer, escuchar música, asistir a conciertos o exposiciones, visitar museos…. Todo ese tipo de actividades que asociamos con la cultura son buenas porque, en general, otorgan a quien las practicas mayores criterios y recursos para enfrentarse a la vida, por lo que puede ser de utilidad. Pero, por encima de todo, pueden resultar actos gratificantes, estéticos, de gozo, de pasarlo bien, de sonreír mientras se ejecutan. Dudo que la cultura nos haga ser mejores personas, hay contraejemplos profundos al respecto, pero al menos, a los que nos gusta, nos va a hacer pasar buenos momentos y aliviar el paso vital. Y eso, que esté tranquila, no afectará al elevado nivel de facturación del negocio de María Pombo.

martes, abril 15, 2025

Vargas Llosa y los intelectuales

Vargas Llosa era de los últimos que pueden ser considerados como intelectuales, en su sentido puro. Responde esa figura a una creación europea, francesa, en la que el artista toma posición en el escenario público para opinar y crear opinión sobre los temas políticos y sociales del momento. El intelectual vivió su época de gloria tras la IIGM y su decadencia ha sido lenta pero inexorable. Algunos de los popes de esa época tenían auténtico poder, su discurso condicionaba el quehacer de políticos y gestores, y ocupaban, sin detentarlo, cargos de responsabilidad en el país. Apenas queda nada de eso.

Una de las causas de la decadencia del intelectual, entre otras muchas, ha sido el comprobar cómo el presunto conocimiento con el que se comprometía en una causa no era sino mero interés ideológico, una pose, en la que de sapiencia había poco, soberbia mucha y deseo de figuración por todas partes. Que alguien como Sartre defendiera los derechos de los trabajadores franceses en nombre de la utopía comunista, una dictadura de las peores, supone el ejemplo perfecto de cómo muchos de los que se subían a los púlpitos a predicar a lo laico cometían las mismas incongruencias que los que, con sotana, declamaban sermones desde los tiempos pretéritos. Vargas Llosa tuvo su tiempo de enamoramiento marxista, un momento en el que esa ideología lo impregnaba todo y daba carta de moderno y respetable a cualquiera. Pero Vargas Llosa no era como los demás, anidaba en él un espíritu crítico que se llenaba con conocimiento, no con dogmas. Conoció la dictadura de verdad, no como los privilegiados parisinos que hablaban de ella desde la comodidad de una Europa democrática. Sabía el mal que el poder absoluto es capaz de hacer, y luchó toda su vida contra él. En sus años de juventud parisina el marxismo le pareció una ideología válida para combatir las dictaduras militares que se repartían por su país y otros de Latinoamérica, pero pronto se desencantó, al descubrir que ese discurso presuntamente libertador escondía otro tipo de dictadura. No, una no puede ser erradicada por otra, ambas deben ser proscritas. Famoso es el pasaje en el que, preguntado por la preferencia de una dictadura de derechas, tipo Pinochet en Chile, frente a una comunista, y los beneficios económicos de una y la ruina de la otra, Vargas Llosa afirma que ambas son injustas, y que el precio que se paga en una por la prosperidad no compensa, nunca. La sociedad libre es la aspiración a la que debemos entregar nuestras fuerzas, no porque en ella se construirá un paraíso, que no existe, sino porque es el único espacio conocido en el que los ciudadanos, cada uno con su pensamiento, preferencias y aspiraciones, logran buscar y desarrollar su futuro sin ser oprimidos. No alcanzar, porque eso no depende de uno ni de los demás, pero sí buscar. Hay que huir de pontífices que venden utopías, cielos, comunas de paz, eras doradas y cosas por el estilo, coartadas para que un hombre fuerte y su camarilla se hagan con el poder. Tras renegar del marxismo y de toda idea de totalidad, Vargas Llosa sufre el desprecio de muchos de sus correligionarios, que lo tachan de traidor, pero es entonces cuando empieza a desarrollar el auténtico papel del intelectual, de el que habla de lo que sabe, y calla de lo que no, el que pondera argumentos, lee, critica, analiza, huye de frases hechas y, sobre todo, renuncia a la manada. El de aquel que, en la soledad de su pensamiento y lecturas, desarrolla un juicio propio sobre lo que sucede y descubre verdades parciales en muchos lugares, mentiras manifiestas en no pocos, y pocas certezas a las que asirse. En la estela de Montaigne, el primer ensayista, que se encerró en su torre con libros para tratar de entender lo que le rodeaba, Vargas Llosa escribió y, sobre todo, leyó como pocos, en abundancia y variedad, y desarrolló una ideología personal en la que el liberalismo fue el ancla que le permitió encontrar un puerto seguro. Puerto en el que no se dicta a los demás sobre cómo ser, sino que se les permite ser y se les conmina a dejar al resto que lo sean. Ese fue su credo, con c minúscula, sin fe, pero con convicción.

De entre sus ensayos, para mi destaca por encima de todos La llamada de la tribu, un compendio de sus lecturas y de la vida de pensadores liberales que le influyeron a lo largo de todos sus años, un perfecto repaso de trayectorias y de ideas con las que Vargas Llosa elabora un discurso en defensa de la libertad individual, las sociedades abiertas, los derechos de las personas y la necesidad de que la vida social en la que nos desarrollamos los humanos esté presidida por el respeto mutuo y la no imposición de un gobierno absoluto. Vargas Llosa fue un intelectual de verdad, de esos que no presumen de serlo, que no van de ello, que dudan. De ahí la valía de su discurso.

lunes, abril 14, 2025

Ha muerto Mario Vargas Llosa

Supongo que será manida la comparación, pero hoy, aniversario del hundimiento del Titanic, ha fallecido uno de los mayores escritores de la historia, en este caso en castellano. La levantarme y poner la tele me he encontrado con la desagradable noticia de la muerte de Mario Vargas Llosa, acaecida en Perú, donde se encontraba con toda su familia. A los 89 años, con una vida prolífica y larga, ha muerto rodeado de los suyos en la tierra que le vio nacer, que describió como nadie, y que será el lugar en el que sus cenizas reposen, tras ser incinerado por su expreso deseo. Las letras universales están de luto por una pérdida enorme.

En lo literario, Vargas Llosa lo ha sido todo, todo, todo. Fue parte del llamado boom latinoamericano, esa explosión de literatura y lenguaje que llegó del otro lado del charco con una frescura, imaginación y belleza que en España ya ni se podía imaginar. Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y el propio Vargas Llosa eran los estandartes de una generación de creadores que supieron renovar la forma de escribir y contaron con el éxito de la crítica y el público. Gracias al trabajo de Carmen Balcells, desde Barcelona, sus obras llegaron a nuestro país y el resto del mundo, y cambiaron la literatura en castellano. García Márquez fue el primero en ser reconocido con el Nobel, pero era Vargas Llosa el que iba desarrollando una carrera literaria más profunda. Menos centrado en el realismo mágico, sus novelas se centraban en retratar el Perú en el que había nacido, y la opresión que se vivía en el país por las dictaduras militares que lo regían. Vargas Llosa era literato, pero creyente en la libertad con la misma fuerza con la que la pasión de las letras le devoraba. Esto le hizo separarse de los popes ideológicos que servían de referente a muchos de sus correligionarios escritores, y le hizo apartarse de ellos. En las novelas de su primera etapa, con La ciudad y los perros, Conversaciones en la catedral o La casa verde, como grandes hitos, se muestra rudo, no ahorra dolor en las descripciones referidas a la arbitrariedad del poder y a cómo los ciudadanos, sometidos bajo él, degeneran para tratar de sobrevivir, adaptándose al miedo o dejándose llevar. Toda su obra tendrá como hilo conductor la defensa de la libertad y la denuncia de los dictadores, sea cual sea la presunta ideología en la que se envuelvan para tratar de encubrir su ansia infinita de poder. Candidato a las presidenciales de Perú, llegó a la segunda vuelta electoral, pero no logró salir elegido, y acabó escarmentado de la política activa. Tras ello, compaginó su labor de escritor con el desarrollo un activo papel como intelectual en defensa de sus ideas, con esa libertad como bandera. Articulista, ensayista, baluarte del liberalismo de corte anglosajón y abierto, huía de dogmatismos y era capaz de separar el polvo y la paja de la agria actualidad que le rodeaba. Residente en España desde hacía mucho, obtuvo la nacionalidad ya en los noventa y se convirtió en un personaje público de nuestra actualidad social. Sus novelas siguieron siendo excelentes, con Tiempos recios, o, especialmente, La fiesta del chivo, como cumbres absolutas de una labor literaria incansable. Abanderó causas políticas en nuestro país, como la inquebrantable defensa de las víctimas del terrorismo de ETA o la denuncia del procés catalán, siendo de los pocos valientes que, desde primera hora, se apuntó a la defensa de la democracia de nuestro país frente a los sediciosos que trataban de tumbarla. Creciente en edad y dudas, su figura creció de una manera enorme, y pese a que en los últimos tiempos más de uno le asoció a la prensa del corazón por la relación que tuvo con Isabel Preylser, su relevancia en el campo literario le consagró en todo el mundo. Recibió el Nobel en 2010 y fue miembro de la Real Academia Española y de la francesa, un honor compartido que, creo, nadie ha recibido nunca.

Hace un par de años se despidió de las páginas de la prensa, donde tenía una columna de opinión regular los domingos en El País. Su última novela, Le dedico mi silencio, era expresamente el final de su carrera como escritor de ficción, y dejó el mensaje de que estaba trabajando en un último ensayo sobre la vida de Sartre, uno de los grandes intelectuales del siglo XX, luz llena de oscuridad que en su momento le encandiló y que supo ver, con su clarividencia, las falacias que escondía tras su máscara de compromiso social. No se si ese trabajo verá la luz o no. Su obra es enorme y queda para siempre entre nosotros. Gracias por ella, y un sentido abrazo a los suyos por la pérdida de la persona que fue.

martes, marzo 04, 2025

Anora gana el Oscar

Hasta hace pocos años trataba de mantener una rutina a principios del ejercicio para intentar ver todas las películas que estaban nominadas a la categoría de mejor film en la ceremonia de los Oscar, y así tener mi favorita personal y ver si el resultado era coincidente con mis gustos o no. El disparo en el precio de las entradas y, sobre todo, el que desde hace un tiempo la categoría de mejor película ha disparado sus candidatos hasta llegar casi a la decena ha hecho que esto sea casi imposible, por lo que últimamente la ceremonia se da entre películas rivales de las que apena puedo opinar. Curiosamente, no fue así el año pasado, cuando ganó Oppenheimer.

Pero vuelve a ser este, donde el triunfo se lo ha llevado una producción independiente, menor en ambiciones, llamada Anora, de la que no puedo expresar opinión alguna, porque no la he visto. De entre las candidatas, sí vi El Brutalista, que reseñé aquí y me gustó mucho, y veía claro el premio a Adrian Brody, y me alegra que le hayan otorgado también el reconocimiento a la Banda Sonora, que me encantó. Del resto de nominadas, hasta un total de diez, sólo Dune 2 también la tenía vista, y estéticamente me gustó, pero me dejó algo frío. Dos de diez es un magro balance para que pueda opinar, y es que este es otro de esos años en los que Hollywood premia, o selecciona, películas que no han sido un bombazo, y no me refiero a recaudación, sino a impacto. Es sabido que el cine ha perdido su preminencia como referente audiovisual, desbancado por las series televisivas en el caso de los adultos y por las redes sociales para el conjunto de la población. Hace unos años ganar el Oscar era sinónimo de encumbrar la producción a nivel global, pero eso hoy no pasa. De todas las nominadas ha habido dos que han acaparado atención mediática por encima del resto. Por un lado Cónclave, británica, que aspiraba a varios premios y tenía aire de favoritismo los últimos días, y que se ha llevado bien poco. Sí he leído la novela de Robert Harris en la que se basa (gran y entretenido escritor, no lo duden, lean sus obras) y no deja de tener su aquel que esa película esté en el candelero cuando el titular de la Santa Sede pasa su tercera semana hospitalizado y entre crisis respiratorias que a algunos ya les recuerdan al preludio de una sede vacante. La otra, que ha sido la película de la temporada es Emilia Pérez, francesa, que ha cosechado premios durante toda la temporada de festivales de 2024 y era el título que contaba con mayor número de nominaciones, y hasta hace pocos meses pareciera destinada a arrasar en la ceremonia del domingo. La temática y algún otro aspecto de la película (un semi musical) no me llamaban mucho y no tenía ganas de verla, pese a sus buenas críticas. El papel de Karla Sofía Gascón era reverenciado por todo el mundo, al parecer con razón, y finalmente Zoe Saldaña se ha llevado el Oscar a la mejor actriz de reparto, y ese, junto con otro de carácter técnico, ha sido el único de los trece a los que estaba nominado que la cinta ha conseguid. Evidentemente todo el escándalo de los tuits de Karla ha derrumbado las posibilidades de premio para la película, y desde luego para la protagonista, que pasó injustamente de ser alabada por todos a ser apedreada de una manera infame, empezando por el despreciable sujeto que ha resultado ser el director de la película, que mientras pudo se subió a la ola de Karla y fue de los que con más saña la repudió cuando su nombre empezaba a ser tóxico de cara a los premios. Emilia Pérez ha quedado sojuzgada por un asunto extra cinematográfico y se va casi de vacío de lo que podría haber sido su consagración. Esa es una de las noticias más importantes, y reveladoras, de la noche de los Oscar.

Se ha comentado mucho entre críticos y entendidos las despiadadas campañas de promoción de las candidaturas que se han desatado durante estos meses, habituales en Hollywood, pero en pocas ocasiones más crueles, descaradas y onerosas. Todos los productores estaban buscando un momento “Karla” en el que alguno de los protagonistas de las otras películas candidatas hubiera meado fuera de tiesto para sacarlo a la luz y hundir sus aspiraciones. Muchas productoras han gastado muchísimo más dinero en promocionar su película que en producirla, en un año de productos relevantes baratos (El Brutalista, diez millones de dólares, Anora seis). La carrera de los Oscar está llena de codazos, zancadillas y pisotones. Da para una buena peli.

viernes, diciembre 20, 2024

Recomendaciones de libros 2024

¿No tienen la sensación de estar perdidos en medio del griterío? Cada vez más me siento así, con ganas de escaparme de una conversación pública que ha degenerado en un banal enfrentamiento entre bandos ruidosos que ni se escuchan ni argumentan. Sentarse, abrir un libro y estar en silencio, además de un placer entretenido, se está convirtiendo en uno de los actos más transgresores que imaginarse uno pueda. Quién me lo iba a decir a mi, sujeto de costumbres y sosainas hasta el extremo, que iba a hacer algo transgresor en mi vida….

Recuerden que no tienen por qué ser libros editados en este año sino los que más me han gustado de entre los que he leído. Salvo los ganadores de cada categoría, el orden del resto de libros reseñados no indica una mayor o menor calidad, sólo que son los que más destaco.

Mejor libro de ficción

El mago del Kremlin, de Giuliano da Empoli, editorial Booket, 336 páginas. En esta novela se nos cuenta, como si fuera una confesión, la vida de un asesor del kremlin que logró llegar hasta las más altas esferas del poder ruso, y de cómo firmó un pacto fáustico en el que entregaba su alma a cambio de una capacidad de influencia enorme en la política, economía y sociedad del país. Personajes ficticios que pueden ser identificables y uno, que no se menciona como tal, pero que siempre está, y al que todos ponemos perfecto rostro y mirada heladora. Una excelente novela sobre el poder, las relaciones personales, la familia, a lo que nos vemos obligados a hacer si la ambición es lo que nos domina. Se disfruta tanto como inquieta.

* M, el hijo del siglo, de Antonio Scurati, editorial Debolsillo, 824 páginas. Primero de los varios volúmenes que Scurati está dedicando a la historia de Mussolini, como perfecta encarnación del totalitarismo y de una época, la primera mitad del siglo XX. Alternando capítulos novelados con otros de contexto histórico, la figura de un patán aprovechado va surgiendo, cada vez con más proyección, en los años del caos tras la Primera Guerra Mundial en una Italia pobre, violenta y desorientada. Esta brillantemente escrito y el hecho de que sepamos lo que va a ocurrir en cada momento no le quita un ápice de emoción a lo que relata.

* Los alemanes, de Sergio del Molino, Editorial Alfaguara, 336 páginas. Una de las ventajas de la literatura de del Molino es que parece saltar de género en género de una manera natural, siendo bueno en todos ellos. En esta novela se mezcla el presente y pasado con una colonia de alemanes afincada en Zaragoza desde hace un siglo como referente. Historias familiares que esconden cadáveres mal enterrados, tramas actuales, el perdón y la culpa que los antecesores llegan a hacernos cargar toman forma en un texto ágil, intenso y que deja el regusto de la buena literatura.

* La anomalía, de Hervé Le Tellier, editorial Booket, 368 páginas. Novela ganadora del Goncourt hace pocos años, es un ejercicio de ciencia ficción muy interesante. Un avión con más de doscientas personas llega a su destino, Nueva York, tras haber despegado de París, y los pasajeros comienzan sus vidas tras el viaje. Tres meses después, el mismo avión con las mismas personas, repetidas, vuelve a llegar a Nueva York, otra vez desde París. Este imposible sirve para plantear una historia de paradojas físicas y vitales. Es una novela muy curiosa y de una procedencia, Francia, inesperada para el género.

* Hexalogía Blackwater, de Michael McDowell, editorial Blackie Books, seis volúmenes, 200 páginas cada uno. Uno de los grandes éxitos de venta del año, tanto por su estética como por lo que cuenta como por el hecho de ser una serie pensada como tal, que engancha. La historia de una familia, los Caskey, y el enfrentamiento entre la matriarca del clan y la recién llegada Eleanor, enorme personaje, en Perdido, localidad ficticia del profundo sur de los EEUU llena de misterios. Intriga, fantasía, momentos de terror a lo Stephen King, la trama relata cómo, a lo largo de las décadas, todo cambia y se transforma, las luchas se mantienen, las fortunas se crean y pierden, y sólo es eterna la salvaje y peligrosa corriente de los ríos Blackwater y Perdido, que rodean al pueblo. Muy entretenido.

* El reino, de Emmanuel Carrère, editorial Anagrama, 520 páginas. Tiempo llevaba esperando que Anagrama lo editase en bolsillo, y ha merecido la pena. Es una de las obras grandes del autor, en la que, como siempre, mezcla la historia que quiere tratar con su vida propia. En este caso nos sumergimos en el Carrère religioso, que sufre una conversión y se hace católico de una manera profunda, para acabar volviendo a la fe descreída de la que partía. Y en el camino se nos novela la obra de Pablo de Tarso, el auténtico creador de la iglesia católica, el que organizó el mensaje de Jesús en forma de estructura de culto y poder. Es un libro denso y lleno de reflexiones interesantes.

* Cementerio de animales, de Stephen King, editorial Debolsillo, 488 páginas. Un libro de Stephen King cada cierto tiempo es garantía de entretenimiento. No le darán el Nobel, por lo que es probable que el jurado del premio acabe alguna vez reventado por la ira de un monstruo que surgirá de una alcantarilla sueca. Novela intensa, con unos personajes trazados con tiralíneas que, desde el primer minuto te atrapan. Te hace pasar miedo de verdad y, para los que tengan mascotas, supongo que les forzará a mirarlas con unos ojos un poco más precavidos ¿Quién hay que sea capaz de escribir tanto con semejante calidad?

* El ancho mundo, de Pierre Lemaitre, editorial Debolsillo, 592 páginas. Lemaitre se ha convertido en un experto en contar la historia francesa en formato novelón, justo al contrario que Éric Vuillard y sus textos mínimos. Su pasada trilogía, muy recomendable, se centraba en el periodo entre guerras. En esta nos lleva al mundo tras la Segunda Guerra Mundial, a una Francia que se reconstruye, con personajes valientes y turbios, y a una Indochina en la que algunos protagonistas van a la búsqueda de un futuro y se encuentran con sorpresas algo tenebrosas. Entretenida y con mordaces apuntes sobre la historia reciente del país vecino.

* Proyecto Hail Mary, de Andrew Weir, editorial EdicionesB, 544 páginas. Weir se hizo muy famoso por la novela de El Marciano, que Ridley Scott adaptó en una muy buena película de aventuras. Especialista en ciencia ficción dura, de esas que cuentan cosas que son aparentemente imposibles, pero con una gran plausibilidad en los detalles y con ciencia real de fondo, nos lleva ahora a una misión interestelar de la que depende el futuro de nuestro planeta, amenazado por un agresivo fenómeno cósmico. El único superviviente de la tripulación, amnésico, va recordando poco a poco por qué está allí, y qué es lo que debe hacer para salvarse él mismo y a todo el mundo. Y cree que está solo…

 ….. y una coda muy especial. Duelo sin brújula, de Carme Lopez Mercader, editorial Reino de Redonda, 128 páginas. Este es un libro único, triste, el último de la editorial. Su autora es la mujer de Javier Marías. Juntos crearon esa empresa de libros y una vida en común que se extendió durante décadas. En estas páginas Carme da rienda suelta a su pena, expone el testimonio de alguien que ha perdido una de las causas por las que vivir, y acaba componiendo una espléndida, y desoladora, carta de amor a Javier, a su hombre, que todo lo fue, con quien todo lo compartió y que ya no está.


Este año han caído más ensayos que novelas, y de calidad notable.

Mejor libro de no ficción

La escritura de los dioses, de Edward Dolnick, editorial Siruela, 340 páginas. Libro dedicado a la apasionante labor de traducción de los jeroglíficos egipcios, y la carrera que mantuvieron Thomas Young y Jean-François Champollion, cada uno con aciertos y errores. De fondo, el casual descubrimiento de la piedra Rosetta, bastantes nociones sobre cómo funcionan los idiomas humanos, y un montón de historia sobre el antiguo Egipto, la época victoriana y las montañas de prejuicios culturales que debieron ser vencidos para poder lograr el éxito. Y el inquietante corolario de que, dado que aún existen idiomas no descifrados, era posible que no lo consiguiéramos. No es una novela policiaca, pero es mejor que muchas de ellas.

* Un verdor terrible & Maniac, de Benjamin Labatut, editorial Anagrama, 224 y 400 páginas. Si no quieren uno, dos. Muy alabados por la crítica, finalmente me lancé a por el verdor y quedé deslumbrado, y ya tuve que pillarme el otro. Son ensayos científicos sobre temas diversos, miscelánea el primero, e inteligencia con la vida de Von Neuman como guía el segundo, pero el autor los escribe con una carga literaria enorme que va creciendo a medida que las páginas avanzan, de tal manera que llega un punto en el que no está claro si estamos ante un ensayo o un trampantojo. Pero da igual, porque es fascinante.

* Los años peligrosos, de Ramón González Férriz, editorial Debate, 216 páginas. Hay muchos ensayos políticos en las estanterías. Este expone de manera excelente las claves de la polarización que estamos viendo, clarividentemente logra demostrar que responde a una decisión racional de los actores que la crean y, en definitiva, retrata de una manera precisa nuestro árido tiempo. Férriz es un intelectual con sólido conocimiento de la materia y gran capacidad para exponerlo. Sus artículos en los medios son muy recomendables. Una obrita suya anterior, La Ruptura, reeditada este año, es obligada.

* Homo Viator, de Pepe Pérez Muelas, editorial Siruela, 456 páginas. Libro curioso y denso. Montones de capitulitos de unas tres páginas, agrupados por temáticas, en las que el autor da rienda suelta a su pasión por el viaje. La era de los descubrimientos, la antigüedad, América, aventureros, historias de mapas, planisferios, viajes mitológicos… escrito con enorme elegancia, el compendio de anécdotas que se reúnen es enorme, y cada uno de los pellizquitos que se muestran daría para toda una novela de aventuras en lugares exóticos.

* En busca de consuelo, de Michael Ignatieff, editorial Taurus, 296 páginas. Ignatieff ha recibido este año el premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Es una figura globalmente relevante y un estupendo ensayista. Y a pesar de ser miles de veces más listo y culto que yo, se muestra igualmente perdido ante el mundo que nos rodea, y se pregunta en este libro, algo distinto al resto de los suyos, dónde poder encontrar consuelo ante la adversidad. Explorando la vida e ideas de varios pensadores a lo largo del tiempo, extrae lecciones que pueden servir para iluminar. No es un libro de autoyuda, por supuesto, sino de pensamiento y filosofía. Y de los muy buenos.

* Hacia el infinito, de Michael Lewis, editorial Deusto, 288 páginas. Con el subtítulo de “Ascenso y caída de Sam Bankman-Fried, fundador de FTX” Lewis nos lleva de viaje a la creación de la que fue la principal plataforma del universo “cripto” antes de su quiebra, mediante una sucesión de episodios en los que personajes, a cada cual más extravagante, parecen salidos de una serie de televisión con guionistas descerebrados. El propio Bankman-Fried resulta ser una perfecta mezcla entre todos los personajes de Big Bang Theory hecho realidad, pero en sus juegos de fantasía hay miles de millones de dólares. Es tan entretenido como alucinante.

* Los cielos retratados, de Jose Miguel Viñas, editorial Crítica, 304 páginas. Viñas es un excelente meteorólogo, colaborador en varios medios y autor de libros divulgativos muy recomendables. En este caso la obra mezcla dos disciplinas, la meto y el arte, ofreciendo un resultado excelente. Distintos tipos de nubes y fenómenos meteorológicos ilustrados con pinturas de todas las épocas y estilos en una sucesión de capítulos a cada cual más atractivo. Es tan interesante la lectura como bello el resultado. Una gran obra

* Viajes interestelares, de Pedro León, editorial Guadalmazán, 400 páginas. Todo lo que usted quiso saber sobre las sondas Voyager se encuentra explicado en este perfecto libro de divulgación astronómica, tecnológica y espacial. Desde el descubrimiento de maniobras como las de la asistencia gravitatoria, que es lo que permite que objetos lanzados al espacio puedan alcanzar los planetas exteriores e ir más allá, al diseño de las misiones, todas sus características, problemas sufridos, anécdotas, momentos de fracaso, suerte y éxito… todo está aquí. Y no hace falta saber para enterarse de lo que se cuenta. La web que las sigue en directo es https://science.nasa.gov/mission/voyager/

* La Roma de Constantino (gran formato) de Néstor Marqués y Pablo Aparicio, editorial Desperta Ferro, 224 páginas. El trabajo divulgativo de Néstor Marques sobre el mundo romano es, creo, el mejor que existe hoy en día. Este libro es especial, porque no sólo explora la historia de la urbe en un momento clave, la llegada de Constantino y la aparición del cristianismo, sino que realiza un enorme trabajo de reconstrucción con infografías para ilustrarlo. Con un formato de A4, hay páginas dobles y hasta cuádruples con ilustraciones fruto de las últimas investigaciones que, la verdad, hacen de Roma una realidad imponente.

* Manuel Chaves Nogales, de Francisco Cánova Sánchez, editorial Alianza, 416 páginas. Otro subtítulo que lo dice todo “Barbarie y civilización en el siglo XX” El libro es la biografía del legendario periodista y escritor, y un retrato de la España que le tocó vivir, del torbellino que fue el primer tercio largo de nuestro siglo XX y cómo la guerra y el infortunio le persiguieron aquí y en Francia, primer lugar al que huyó tras el inicio de la guerra civil. Es un excelente trabajo de memorias de la persona estudiada y de la evolución de los medios, especialmente la prensa, en aquellos años. Muy recomendable.

* Una película para cada año de tu vida, de Alejandro G. Calvo, editorial Debolsillo, 448 páginas. Libro ideal para discutir con el cuñado sobre gustos, lo visto y no. Alejandro, que es crítico y, sobre todo, amante del cine, hace una selección de cien títulos que considera imprescindibles, entre los que se encuentran algunos clásicos de toda la vida, bastantes modernas, unas pocas de cinefilia, grandes éxitos, de todo un poco, en una selección ecléctica fruto de los propios gustos del autor, que defiende con la pasión de quien lo ha gozado en la sala de cine. La edad a la que proponer verlas es lo de menos. Es muy divertido ir saltando entre una y otra propuesta y comparar nuestras apetencias con las del autor (destripe, tengo vistas unas setenta de las cien que comenta)

* Poder y progreso, de Daron Acemoglu y Simon Johnson, editorial Deusto, 568 páginas. Este año les han dado el Nobel de economía a Acemoglu y Robinson por su trabajo en la teoría institucional, expuesta perfectamente en su primer y genial libro “Por qué fracasan los países”. En este volumen, con la IA de fondo, los autores estudian el papel de la tecnología en el progreso económico de las sociedades, dejando claro que siempre hay ganadores y perdedores en cada avance, y que muchas veces cuesta saber quién es quién. Un muy buen ensayo de historia, economía y sociedad “marca de la casa”.

lunes, octubre 14, 2024

Enfrentarse a Gaudí en Barcelona

Gracias a un jefe de un amigo del trabajo, este sábado tuve la oportunidad de asistir a un acto relacionado con la Copa América de vela, y con ese motivo, mi amigo, un tercero y yo nos pegamos un viaje relámpago a Barcelona, en lo que ha sido mi primera visita a la ciudad y la segunda vez que, en mi vida, veo el Mediterráneo. Puede que no se lo crean, pero como decía Borges, mi vida es mucho más lo que he leído que lo que he experimentado, y aunque uno sea, entre otras cosas, amante de los clásicos y de todo lo relacionado con Grecia y Roma, el Mediterráneo como realidad física me es casi tan desconocido como la Antártida. Así son las cosas.

Ir a Barcelona es, sobre todo, llegar al centro del modernismo y el Art Nouveau en España y, desde luego, es encontrarse con Gaudí, al que nunca he visitado en obra alguna. Y sí, hay creaciones suyas no sólo en Barcelona, pero recuerden lo que les decía en el anterior párrafo sobre lo que conozco de haberlo visitado. Aunque el horario del día era ajustado, se podían ver algunas cosas relevantes de la urbe, y la más obligada es la Sagrada Familia, un templo como no hay otro en el mundo, y que requiere un ejercicio de introspección para contemplarlo que resulta imposible dada la cantidad de gente y vida comercial que lo rodea. La primera impresión, al verlo, es contradictoria. Se me hizo un poco más pequeño de lo que esperaba, pero al ir recorriéndolo en su perímetro, iba creciendo con volúmenes impropios y desatados, hasta alcanzar una majestuosidad propia de las catedrales que, sin duda, inspiraron a su creador. No pudimos entrar en el interior, por lo que sólo puedo contarles sensaciones de lo que la obra muestra a la calle. Y lo cierto es que consigue ser lo que pretende, un templo grandioso. Gaudí era un artista visionario, no tanto por el futuro, sino por una concepción muy propia de la arquitectura y el arte, una visión propia, en la que la religión ocupaba un papel fundamental. Creyente profundo, la fe era una motivación constante en su obra, y no son pocas las capillas que diseña y construye a lo largo de su carrera, pero planea esa Sagrada Familia como el culmen de toda su creación, como el no va más de lo que es capaz de hacer su ingenio y la técnica en la que se basa. Obsesionado con las curvas catenarias, esas que se forman cuando, por ejemplo, un cable se cuelga de dos extremos y es atraído por la gravedad en todos sus puntos, construye con ellas bóvedas y torres autosostenidas que no necesitan contrafuertes ni apoyos externos, lo que permite levantar naves altísimas sin nada que las esconda ni tape su rotundidad. La profusión de torres, representando apóstoles, evangelistas, Maria y Jesús, se suceden y agolpan, ofreciendo una imagen abigarrada, no de amontonamiento, pero sí de multitud congregada, y generan un acusado perfil vertical que, a medida que la construcción avanza, transforma el aspecto de la iglesia que había sido el más reconocible durante décadas. Las torres terminadas ya hace años que muchos identificaban como las de las portadas no lo son, sino que se encuentran en los laterales del transepto, y a medida que el proyecto avanza quedan convertidas en lo que fueron imaginadas, en acompañantes de la grandiosidad del cimborrio de Jesús, que cuando esté concluido, con unos 170 metros de altura, se convertirá en el techo de la arquitectura religiosa católica del mundo, superando la neogótica torre de la catedral de Ulm. El amasijo de grúas y andamios, que llevan viviendo con la obra desde sus inicios, no impiden hacerse una imagen del conjunto del templo, y los parques del tamaño de una manzana que se encuentran en sus laterales ayudan a imaginarse cómo es la iglesia en su totalidad. Otra cosa es lo que pasa en la calle Menorca, el lugar en el que debe erigirse lo que Gaudí soñó como la entrada principal que está apenas a un par o tres de carriles de una manzana de pisos que, creo, tendrá que ser eliminada para que la construcción, cuando se produzca, proceda a su invasión, no se si física, pero desde luego sí visual. Entonces la imagen del templo cambiará bastante respecto a la actual.

Inmersa en polémicas profundas por el resultado estético de las intervenciones modernas en la obra, sometida al problema de la pérdida de muchos de los diseños que Gaudí dejó hechos, y levantada en una época en la que la religión y fe, la fuente de su origen, han dejado de manar en la sociedad, el templo se convierte tanto en un museo al aire libre como en un lugar de experimentación, en el que cada añadido supone una aportación desde el tiempo en el que es insertado. Resulta inevitable desvirtuar el proyecto original del genio, que hace tiempo que no está, y no me opongo a que la obra siga y se concluya, y me parecen absurdas muchas de las discusiones al respecto. Cuando se acabe, si es que lo hace algún día, será grandiosa. Ya lo es. Ya lo era cuando nació en la mente de quien la soñó.