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martes, septiembre 02, 2025

La vuelta al cole

Septiembre es un nuevo enero, un reinicio para muchas cosas, que viene expresado en esas tres palabras, vuelta al cole, que tanto contenido tienen. Los críos dejan el odio infinito y rehacen maletas para volver a llenar las aulas. Ahí tienen, por ejemplo, al crío de Illa, que sometido a la autoridad de Sánchez, acude hoy a visitar al prófugo puigdemoníaco para tratar de negociar, a escondidas, nuevos chantajes que permitan al inquilino de la Moncloa seguir ahí sin límite y al sedicioso manipular todo lo habido y por haber. Hay más decencia en el mayor repetidor de la clase más cutre del país que en esta banda de sujetos, alguno ya condenado, otros que quizás en el fututo también lo estén.

En los inevitables y repetitivos informativos en los que la “vuelta al cole” laboral es la apertura durante los últimos días de agosto se reiteran testimonios sin fin de los que vuelven agobiados por tener que hacerlo, que se lo han pasado bien en su descanso pero que querían seguir allí eternamente, y que desde que han empezado el camino de retorno hacen cuentas para cuándo va a ser el próximo puente o la siguiente escapadita. Todos los años igual. De vez en cuando se cuela entre los entrevistados alguno que afirma tener deseos de volver, porque echa de menos la rutina de su vida laboral, y ese testimonio de deseo, curiosamente, o no, se da más entre los chavales, que afirman querer volver al cole para reencontrarse con sus amigos, a muchos de los cuales no han podido ver en todo el verano. Como suele ejercer en mi entorno el papel de insidioso oficial reitero una y otra vez que los que vuelven de vacaciones son unos afortunados por tener un trabajo al que reincorporarse, porque el desempleado, que carece de él, no tiene vacaciones como tales, sino un tiempo de espera, de angustia, que se prolonga sin límite conocido. El concepto de vacación se define por su opuesto, el de trabajo, como el negro es lo contrario al blanco. En el mundo de los jubilados no existen las vacaciones, porque el tiempo se mide de una manera mucho más homogénea, ni hay distinciones relevantes entre martes y sábado, entre laborables y festivos. Los que trabajamos, y nos quejamos de las incomodidades que pueden tener las labores que desempeñamos, no queremos reconocer que el mundo laboral aporta una serie de certezas a la existencia, entre ellas la de la medición del tiempo y la distinción de los periodos, que ayudan mucho a mantenerse sano en cuestiones mentales. Hay gente que tiene trabajos desagradables o, mejor dicho, condiciones desagradables, o jefes nefastos, o malos compañeros, o situaciones de estrés muy abundantes. En esos casos la vuelta al curro supone un esfuerzo añadido, y las vacaciones, una necesidad de desconexión respecto a un entorno que aporta bastante menos de lo que quita, pero muchos otros tienen trabajos normales, donde se hacen cosas, y unos días son buenos y otros son malos, lo que viene siendo la normalidad de la vida. Enfrentar la jornada laboral por defecto con caras largas, con agobio, con sensación depresiva y cosas por el estilo es el mejor camino para que las cosas se tuerzan. Y no, no estoy cayendo en tópicos de autoayuda. Ir feliz al trabajo es tan absurdo como ir feliz al supermercado a rellenar el carrito. Uno va a ambos lugares porque debe y, una vez allí, ya se verá como va la cosa. Lo que no tiene sentido es ese bombardeo de negatividad constante que, sobre todo desde los informativos televisivos, se realiza a finales del pasado mes como si se tratara de la próxima ejecución de una condena global, como si todo lo bueno del mundo se terminara el 1 de septiembre, como si la vacación fuera el paraíso y el trabajo el infierno. Y no es así, Y pensar que así es puede llevar a serias equivocaciones. La mejor manera de frustrar unas vacaciones en poner sobre ellas unas expectativas imposibles. Eso, que ahora se lleva mucho, no se por qué, es la receta perfecta para que el tiempo de descanso se convierta en algo bastante más siniestro.

Además, no debemos olvidar nunca que, si uno está de vacaciones, y hace cosas, es porque otros que trabajan permiten que esas cosas sean posibles. Irse a comer a un chiringuito de verano se puede hacer, si se ha ampliado lo necesario la hipoteca para financiarlo, porque en el establecimiento trabajan cocineros, camareros, personal de limpieza, reponedores, y un largo desfile de empleados de todo tipo. Las vacaciones de unos suponen el trabajo de no pocos, y de eso también nos olvidamos (y los de la televisión no caen nunca en ello, faltaría más). Unas vacaciones completas de todo el mundo supondrían el fin de la sociedad tal y como la entendemos, nada funcionaría. Piense en ello cuando vuelva a estar en la playa, mirando a la nada.

miércoles, abril 03, 2024

Milagros de Semana Santa

Era revuelta la previsión para los días festivos de Semana Santa, ya desde varios días antes. El fin de semana del domingo de Ramos tuvimos un anticipo de la primavera muy avanzada, con calor agradable y una estabilidad que animaba a salir de casa al más pintado. Casi todo el país disfrutó de un sábado y domingo pletórico, aderezado por un ambiente de floración espectacular gracias a las lluvias caídas a finales de febrero y finales de marzo. Pocos años en Madrid el arranque de la primavera ha sido tan pródigo en flores y frutos, con casi todo brotado.

A partir del lunes los cielos empezaron a hacer caso a los modelos, y era evidente que el temor de muchos se iba a confirmar. Cofrades, artistas y demás miembros del folclore asociado a la época de Pasión empezaron a temer que, realmente, la cosa se fuera a torcer, pero creo que ni en la peor de sus pesadillas se imaginaban lo que estaba por venir. Durante los primeros días el tiempo fue empeorando de manera progresiva, con bajada de temperaturas, vientos crecientes y chubascos que iban cogiendo forma y consistencia en todo el país, pero, especialmente, en la zona sur y occidental, la más necesitada de lluvia y la que tiene mayor actividad cofrade. El miércoles era evidente que la suspensión de pasos al aire iba a ser la tónica de los dos siguientes días, los grandes, pero más allá de los festejos, todo el sector turístico que depende del sol y playa empezaba a asustarse al ver como los arenales andaluces eran una imitación de la costa noruega, con vendavales y lluvia incesante. El flujo de visitantes empezó a rotar a un Mediterráneo en el que las precipitaciones eran más escasas, pero donde el viento no soplaba poco, con una sensación desapacible en la que la terraza era el lugar más desagradable para pasar la mañana. El proceso de cancelaciones iba a más a medida que el temporal arreciaba. Nelson, que así se bautizó la borrasca madre de todos los frentes asociados, se hizo fuerte al norte del Reino Unido y, desde ahí, se encargaba de generar líneas de inestabilidad que, arrastradas por sus vientos, barrían día tras otro nuestro país y gran parte de la fachada atlántica francesa. El jueves, el gran día para los sevillanos, amaneció con una cobertura nubosa intensa que no fue sino el preludio de un día y noche lluvioso que, por primera vez en décadas, iba a ser una “madrugá” totalmente suspendida, con todas las procesiones canceladas, la carrera oficial llena de sillas vacías empapadas y abandonadas, templos abiertos con concurrencia de fieles y turistas que trataban de ver las imágenes de los santos que iban a deambular por la ciudad encerradas, protegidas del inmenso temporal que se desataba un paso más allá del dintel de la puerta. El panorama era similar en el resto de ciudades, donde apenas unas pocas procesiones pudieron salir en Málaga o Valladolid, las más tempraneras, con una cascada de cancelaciones que iba a ser histórica. En Pirineos y el centro peninsular el temporal derivó en nevada en las cotas de montaña, y los que escogieron las estaciones de esquí para disfrutar de los días de ocio descubrieron un panorama casi como no se había dado en todo el invierno, de ventisca, copos gruesos, centímetros acumulados y valles atestados de nieve. Dos semanas antes cayó la mayor nevada de la temporada, tras un invierno de altas temperaturas y apenas un par de copos mal puestos en todas las cordilleras del norte. La nevada marciana salvó las perspectivas de Semana Santa, y la generada por Nelson ha permitido que toda la infraestructura de invierno del norte esté a pleno rendimiento en los días de más demanda. Eso no permitirá cubrir el déficit de una temporada frustrante en su mayor parte, pero algo es algo.

Lo que ha caído de lluvia en Semana Santa es extraordinario y, también, un auténtico milagro. A pesar de los lloros de los cofrades y hosteleros, las consecuencias de estas lluvias son maravillosas, con ríos y embalses rebosantes en zonas que necesitaban el agua por encima de todo. Campos de cultivo de todo tipo, arbolados, masas forestales y cualquier cosa que se levante por encima del suelo y crezca se ha visto beneficiada por el regalo de unas lluvias que, en Andalucía y Extremadura, han podido ser la salvación de todo el año. Cataluña no se ha visto tan beneficiada, aunque algo también ha caído allí. No ha habido procesiones, pero las rogativas pasadas se han visto cumplidas. El cielo agua nos ha regalado.

miércoles, agosto 23, 2023

Vacaciones de “poquita fe”

Desde hace tiempo lo de irse de vacaciones se ha convertido en otro ámbito de competencia entre las personas. Se hacen planes, conjuntos o individuales, en los que prima conocer algo de lo que interesa, visitar y, desde luego, tratar de epatar a los demás con lo que se ha hecho. No le encuentro sentido, pero así es. El estallido de las redes sociales ha disparado este fenómeno hasta límites inimaginables, de tal manera que ya son un grupo muy significativo el que escoge sus destinos de ocio en función de lo que ve en las redes y en cómo creen que quedan en ellas las imágenes del lugar buscado. Es una búsqueda del trofeo en toda regla.

De hecho, muchas de esas vacaciones son la caza de los lugares que se señalaron como obligatorios en el tiempo de la preparación. Como si fueran metas volantes, el turista acude a cada uno de los hitos que su prescriptor en redes le ha señalado como obligatorios y los va cosechando, con la imagen de rigor (bueno, las cientos de ellas) y así de escala en escala. La caza de la pose se convierte en un objeto en sí mismo, y no hay caza real se no se publica en la red el triunfo logrado. Se dedica bastante más tiempo a la selección y edición de la imagen que a la estancia en el lugar y la toma de la misma, y las vacaciones de no pocos se acaban convirtiendo en un agotador trabajo de autopromoción personal que no deja lugar al descanso, imaginación o disfrute. Pensará usted que estoy exagerando, pero créanme que esto que describo es una realidad, no mayoritaria, pero sí muy presente. El postureo, palabra que encaja como un guante en este comportamiento, es un término que define perfectamente esta forma de vivir las vacaciones y, también, la vida. ¿Existía este fenómeno antes de la eclosión de las redes? Sí, y todos tenemos en mente aquellos chistes de Forges en los que el cuñado llegaba con los álbumes de fotos de su estancia en Matalascañas y amenazaba a toda la familia con una amena sesión de visionado. Los había incluso que usaban carretes de diapositivas y se compraron el carro para poder proyectarlas, en un ejercicio de presunción vacacional que dejaba muchas preguntas en el aire sobre el estado mental de quien organizaba aquellas sesiones. Claro que el fenómeno existía, pero su alcance era mucho más limitado, y para escaquearse de ello bastaba con aducir una indigestión en la tarde en la que todos estaban citados en el salón donde se proyectaban las vacaciones de la vida de Hermenegildo, y así dejar que el momento se consumiera. El que portaba los álbumes y los sacaba varios días por si acaso para pillar hasta el último de los familiares o amigos era más difícil de evitar, pero bueno, un rato de evasión con él el trance pasaba. Ahora no. Salvo que uno no esté metido en el mundo de las redes, las posibilidades de encontrarte con el relato fotográfico de las aventuras de todos aquellos a los que conoces, y a los que no, son elevadísimas. Hay redes, como Instagram, en la que no estoy, que si en su uso convencional son el sumun de la presunción y postureo en verano alcanzan cotas dignas de estudio psiquiátrico. Uno puede darse una vuelta por ellas y contemplar miles y miles de imágenes colgadas por miles de personas que se sitúan frente al mismo monumento, pongamos la romana Fontana di Trevi. Hay escenas en el agua, frente a los chorros, junto al vaso que contiene el agua, tirando la moneda, metiendo la mano en la lámina de agua… todas las posibles interacciones entre humanos y el monumento que usted pueda ser capaz de imaginar están retratadas una y mil veces, por miles de personas distintas de todas partes del mundo. Es imposible ser original. Pero, pese a ello, son cientos los que cada día lo intentan, inmortalizan y publican. No acabo de entenderlo, pero el fenómeno existe.

En las dos semanas de vacaciones que he tenido, partidas justo por la mitad por un accidente doméstico de mi madre, el plan inicial era escaso, y el resultado ha estado acorde a lo previsto. Huno un día de playa en una jornada radiante desde el orto hasta el ocaso, que no han abundado. Mucho paseo para ver obras de la Alta Velocidad en los alrededores del pueblo, y, en general, por caminos cercanos. Cafés contemplativos y charlas con algún buen amigo, de los pocos que se han quedado en el pueblo en un agosto de desalojo completo de los locales y de marcada presencia de turistas. No hay escenas en estas semanas dignas de Instagram, ni falta que las hace, añado.

martes, abril 19, 2022

Huida Santa

Se preveía por parte de los analistas una Semana Santa como las de antes, de mucho turismo nacional y reservas de alojamientos llenas, pero creo que incluso los augurios más desatados se han quedado cortos ante el éxodo absoluto que se ha vivido en estos días. A una especie de orden no escrita, con “tonto el último” como rúbrica, la salida de vacacionantes ha sido masiva, y se han llenado todas las carreteras hacia los destinos de procesión y costa. Las playas se han abarrotado como en los mejores tiempos del veraneo, y las escenas de arenales en los que no cabía nadie, que según algunos no se iban a volver a repetir, han sido la estampa general.

Como me he subido al pueblo, la sensación ha sido exactamente la inversa, o por decirlo de otra manera, la habitual en la Semana Santa de antes del Covid. Nadie, nadie, nadie. Desolación absoluta. Fácilmente más de la mitad de los que viven en mi pueblo se han ido de vacaciones y aquello estaba desierto. Tras dos Semanas Santas anómalas sin movilidad, volvió la estampida. En la del 2020,que no tuvo lugar, pilló el confinamiento, por lo que nadie se fue a ninguna parte, y yo la pasé en el piso madrileño. En la de 2021, algo más normalizada, existían cierres perimetrales en las CCAA, que algunos pudimos eludir de manera legal, pero se notaba que, en la inmensa mayoría de los casos, no había habido viajes de ningún tipo, y el pueblo ofrecía un aspecto inusualmente lleno para esas fechas. En esta de 2022 la sensación es que el Covid se ha terminado, y la desbandada así lo atestigua. También ha habido movimiento turístico hacia el pueblo, lo que dejaba estampas curiosas, en una plaza con las terrazas medio vacías en medio de un sol bastante llamativo y grupos de turistas que se paseaban por allí destacando sobremanera, de tal forma que en algunos momentos había más turistas que locales en las calles. No se la procedencia de esos visitantes, pero probablemente el nacional sea el origen de la mayoría de ellos. Algunos de los amigos que conozco que han viajado ya me han dicho que en los destinos en los que han pasado los días han visto llenazo, pero con menor presencia extranjera que en años pasados, y muchísimo más nacional, que ha compensado la bajada de los primeros. Había algunos factores que presagiaban nubes sobre la perspectiva turística de estos días, especialmente lo referido a los precios, tanto de los combustibles como de todo lo demás, y el freno que eso supondría en las decisiones de consumo. Pasar unos días de vacaciones fuera de casa no es barato, y con esta subida de precios mucho menos. Los enormes atascos vistos en las carreteras se traducen en combustible que se quema camino a ninguna parte y en euros, muchos euros, dado el precio al que cotiza el petróleo. Sin embargo, nada ha podido frenar un ansia de viaje, de salir, de volver a donde se iba que llevaba dos años frenada por el virus y las restricciones. De una manera oficiosa estos días festivos han sido la forma en la que la sociedad ha dado por terminado el tema de la pandemia, por superados los dos años de sombra y, con solete y chiringuito dado la bienvenida a la normalidad de antes, a la de verdad, que ni es vieja ni nueva, sino la que uno reconoce a la primera como propia. El deseo de volver a ella ha podido más que los precios y cualquier otro posible escollo.

Luego están las voces que, ante las imágenes de aglomeración, dicen que ya volverán los contagios y viven con el miedo. Son comprensibles, hemos pasado unos años muy duros que han dejado huella profunda, y es verdad que el virus no se ha ido y puede haber repunte de positivos, pero la altísima vacunación, su efectividad y la prevalencia de variantes menos virulentas ha cambiado el juego sanitario, y es muy probable que los hospitales no registren subidas significativas tras estos días de ocio. El covid estará ya siempre con nosotros, domesticado como otras tantas enfermedades, pero sin que suponga restricciones vitales. Y el desparrame de ocio de estos días es una muestra de que, sí, lo hemos dejado mentalmente atrás.

miércoles, agosto 26, 2020

Casi nada


Pasear con rumbo fijado, dando vueltas y rutas en torno al pueblo, pero sin prisa. Sólo en un par de ocasiones de manera apresurada, con el tiempo controlado, haciendo algo parecido a ejercicio, pero el resto simulando ser un flaneur fuera de la urbe, perdido en un campo que me es familiar, parándome, mirando detalles que conozco desde siempre y otros en los que no había reparado antes, consumiendo tiempo, mañanas en las que el reloj va despacio una vez que uno ha cumplido con las obligaciones familiares caseras. Todo a unas horas tempranas, en las que en verano muchos desperezan, y cuando la mañana aún está fresca.

Haciendo recados, todos los días a por el pan y el periódico, y muchos de ellos al supermercado local, a la farmacia o a similares, con la lista de la compra que se reproduce en casa de una manera que no logro entender, siempre con algún artículo que falta en un hogar en el que me da que sobra de todo. Prensa por duplicado, dos cabeceras al día, que ojeaba al llegar a casa y revisaba con detalle al volver del paseo, relajado tras el camino, dispuestos a tirar por la borda ese relajo y a convertirlo en enojo ante la incompetencia de todos aquellos que se dicen gobernantes y que no dejan de fracasar en la gestión de esta maldita pandemia. Compras hechas en un pueblo a medio gas, pero del que este agosto se ha ido algo menos de gente que en otros años, donde se veían más coches de lo habitual, y el vacío del estío, que siempre ha acompañado a este mes, lo era un poco menos. A la hora de volver del paseo solía a veces cruzarme por el centro con algunos turistas, de los pocos valientes que en este año de locos se han atrevido a viajar a sitios ajenos, paseando por las callejas, viendo la arquitectura local y preguntándose cosas que serán comunes a todos los que visitamos otros lugares y nada sabemos realmente de cómo se vive en ellos, más allá de tópicos y lugares comunes. Tardes largas, muy largas, que son sinónimo de verano, de no tener mucho que hacer, de leer algo, de oír la radio, de intentar quedar con algún amigo, de pasear nuevamente, a veces por el camino de la mañana, otras por otro, buscando las sombras que juegan y se invierten respecto a cómo se muestran al principio del día. Tardes que, comparadas con el leve ajetreo de la mañana, son un estanque inmóvil, una masa de agua calma hasta el extremo, sólo alteradas por el parte diario de infectados y fallecidos, y ni eso en los fines de semana, donde la ineptitud gubernativa da a entender que nada pasa y nadie enferma y muere. Tardes que se extienden y mueren en una noche de quietud total, de talleres apagados, de fábricas en vacaciones, que durante el resto del año hacen que los pueblos puedan llegar a generar más ruido que una gran ciudad, y dejan el mito de la calma rural enterrado en toneladas de estruendo, polvo de fundición y humos corrosivos. Talleres que yacen inertes, como enormes cadáveres, con heridas en sus fachadas, revocos y cristales caídos, fruto de incesantes vibraciones, y que, en estas semanas, como seres inertes que son, no se curan, pero tampoco se agravan sus heridas, mostrándolas sin que nada de su actividad pueda disimularlas, a sabiendas de que la próxima vez que vaya, con la actividad ya de vuelta, se ampliaran, se extenderán, y nuevas marcas afearán aún más esas tristes fachadas, que no se cuidan ni aíslan como es debido. Noches en las que las calles de talleres parecen lugares perfectos para la llegada de los extraterrestres, con esas farolas alineadas delimitando pistas de asfalto completamente vacías, que sólo sirven para reflejar una luz emitida que a nadie ilumina, y que parecen mandar un mensaje al cielo… “venir, aterrizar aquí” en medio de polígonos yermos, donde ni siquiera el típico grupo de macarras adolescentes hace ruido con sus coches muy trillados, en este, el verano de la nada.

El mar, una tarde. En un día de sol radiante, viento sur y calor hasta decir basta, el mar, verlo, contemplarlo desde la mañana en el entorno de la ciudad y por la tarde en un pueblo costero, y provechar la oportunidad de ponerme el bañador y, quizás, en la única oportunidad del año que tenga, descalzarme, andar sobre la arena con la incomodez que me produce, y llegar hasta el punto del agua. Mojarme los pies, sentir el frío en las rodillas y caderas, pero de ahí en adelante dejarme llevar por el agua, y bañarme en un Cantábrico que a los pocos minutos de acogerme me da la sensación de ser un mar cálido y propio de veraneantes. En una playa llena de gente, en un verano extraño, en un tiempo de casi nada.

martes, septiembre 01, 2015

Eso del síndrome postvacacional

Ayer, hoy, miles de personas se reincorporan a su puesto de trabajo tras haber disfrutado de unos días de vacaciones, no se si lejos de su lugar de residencia, pero a buen seguro que alejados del trabajo, tanto física como mentalmente. Con amigos, solos o en familia, estos días, puede que los más deseados del año, ya han pasado, y la vuelta a la rutina laboral, el reencuentro con los compañeros y jefes y ponerse a hacer las actividades del resto del año son el síntoma de que los días oficiales de playa y asueto quedaron atrás. Es lo que toca.

Se ha puesto de moda en estos últimos años hablar del síndrome postvacacional para definir ese periodo de tristeza que nos embarga al terminar las vacaciones y la pataleta que entra cuando no queremos volver al trabajo. En los años más duros de la crisis, por vergüenza y decoro, se evitaba hablar de esto, pero veo que la recuperación económica permite que nuevamente en los informativos aparezcan serios médicos hablando del tema y comentando que puede ser una patología leve, y que no es necesario el consumo de medicamentos, salvo casos puntuales, y todos los tópicos asociados a los reportajes clínicos de sociedad. Si quieren que les diga la verdad, esto me parece una solemne estupidez. Todos hemos tenido una tarde triste cuando se acaban las vacaciones, y ni les cuento en la época del colegio, en las que el verano era infinito y las vacaciones duraban tanto que el final del curso pasado parecía otra época. Decir que uno está deprimido porque vuelve al trabajo es, la verdad, una forma de tomarse a recochineo la situación de desempleo de los muchísimos, demasiados, que siguen en el paro, y no ser consciente de que, en el fondo, el concepto de vacaciones se deriva de que tenemos un lugar al que volver. Si uno está impedido, jubilado o desempleado, vive en una especie de vacaciones perpetuas, que vistas desde cierto punto de vista no tienen por qué ser, ni muchos menos, envidiables. Lo ideal es el contraste, y al igual que sería insoportable pasarse todo el año trabajando, la perspectiva de estar todo él de vacaciones puede resultar, hasta cierto punto, sombría. Quien lea esto seguro que se indigna y piensa que qué puede haber de malo en unas infinitas vacaciones, pagadas, por su puesto, sin preguntarse quiñen pagaría ese ocio sin fin, y quizás sin admitir que pasadas las semanas, los meses en los que uno hace muchas de esas cosas que tiene pendientes, lo de ir a la playa todas las mañanas puede convertirse en una rutina tan soporífera y esclavizante como otras que asociamos al trabajo. Cuando llega la jubilación, que se festeja por todo el mundo, no son pocas las personas que echan de menos su época laboral, siendo cierto que muchas no lo hacen en absoluto, y sienten que algo les falta. Puede que hayan disfrutado de su trabajo, hayan hecho amistades profundas en él, aunque no sea ese el objetivo de tener un empleo, y noten que falta algo en sus vidas y en su tiempo. Se abre ante ellos un inmenso, eterno verano adolescente, en el que hay muchas horas que cubrir. Algunos lo logran, otros no, y no son pocos los que desearían pasar ese “síndrome” como si fuera el gusanillo que les da aliciente a sus vidas. Serán pocos los que lo reconozcan en público, porque está mal visto, pero muchos lo sentirán en su interior.

Otro factor que me revienta de este “síndrome” es la tendencia que tenemos, en esta sociedad cada vez más infantil, a “medicalizar” las cosas. Lo que no es sino un proceso normal de cambio y adaptación lo etiquetamos como enfermedad, lo que viene muy bien a los que venden pastillas y remedios para superarlo, haciendo negocio con una necesidad creada donde no la había. Y con ese aire de experto médico que aparece en televisión a ver quién es el valiente que se atreve a rebatirlo y decir que la medicina y las pastillas son para las enfermedades de verdad, y para las tardes de final de agosto basta con el recuerdo de lo vivido y las ganas de, en el trabajo y fuera de él, llevar una vida plena y satisfactoria. Tan simple, y difícil, como eso

viernes, junio 05, 2015

¿No iba el gobierno a acabar con los puentes?

Hoy es puente en Madrid, ya que ayer fue festivo por el día del Corpus. No se cómo se enseña a los extranjeros este concepto tan nuestro del término, dado que la palabra inglesa “bridge” no lo tiene, sospecho. La idea de hacer un salto entre días para vadear el laborable es ingeniosa a más no poder, y el concepto de puente, que une orillas festivas, es una muestra de ingenio de uso del idioma difícil de superar. Hoy la oficina estará tranquila y la ciudad, sumida desde hace días en un calor de Julio, funcionará al ralentí. Ideal para los que cojan coches y se sientan reyes de la calle.

Una de las ideas con las que empezó su legislatura el gobierno de Rajoy, imbuida de un profundo afán reformista que luego se convirtió en cosmético, era la de acabar con los puentes. Se decía que su existencia restaba productividad a la economía, y que dentro de un proyecto general de racionalización de horarios y calendarios, que buena falta nos haría, se iba a estudiar el pasar todos los festivos a los Lunes (salvo excepciones como Navidad, 1 de enero y poco más) para aprovechar mejor el tiempo y evitar perder jornadas de trabajo. Cuando se lanzó la idea surgieron, como siempre, voces a favor y en contra. Los opositores eran, principalmente, hosteleros, que veían en los puentes la posibilidad de crear espacios de vacaciones donde se dieran viajes y estancias de turismo en el interior del país. Argumentaban que con tres días pocos se animarían y, por ejemplo, con cuatro, muchos más saldrían. Y dado que España es un país turístico este es un factor a tener muy en cuenta. También estaba en contra eso que podemos definir como la “cofradía del no” que es un grupo variopinto de personas que siempre se oponen a todo, por principio, como forma de ser. Surgen como setas tras la lluvia (expresión hecha en un año en el que, de momento, apenas llueve) y agitan pancartas con infinitos lemas que empiezan siempre por NO. Yo estoy a favor de la medida de la concentración al lunes, y reconozco que el argumento de los hosteleros tiene su cierta lógica, pero cada vez que este sector ha vendido su futuro apocalipsis por una medida gubernamental la realidad ha demostrado que de desastre nada de nada. ¿Se acuerdan de lo que se organizó con la ley antitabaco y que eso iba a suponer el cierre de todos los bares y restaurantes? Los que han cerrado lo han hecho por la crisis, no porque se pueda fumar en ellos o no. La idea del lunes festivo se estila en otros países, y no los veo sumidos en el desastre en lo que hace a ocio y restauración. E implantarla sería un primer paso en ese proceso que tenemos pendiente de ajustar horarios a nuestra realidad geográfica y laboral, en el que tenemos todo por hacer, y donde los del NO van a trabajar como si les fuera la vida (y el reloj) en ello. De momento este puente madrileño ha sido como los de antaño, y aproximadamente la mitad de mis compañeros y jefes de trabajo se lo han cogido, por lo que espero un Viernes tranquilo que me permita avanzar en algunos de los frentes que tengo por delante, y que necesitan una cierta calma para poder ser estudiados. Quizás hoy alguno más recuerde esa idea de los lunes y de la propuesta del gobierno, pero sospecho que serán pocos. La mayor parte de ellos, a buen seguro, habrán pillado puente.

Este asunto de los puentes es una buena metáfora, por cierto, de cómo el gobierno de Rajoy, que podía haber modificado muchas cosas de las “gordas” de la legislación y sociedad española, gracias a su mayoría absoluta y aclamación popular tras las elecciones de 2011, se ha limitado a la cosmética, a tocar cosas mínimas, a aplicar soluciones brutas y sin demasiado calibre, y ha desperdiciado la oportunidad de reformar en serio, en este y otros aspectos. Su gobierno tenía una ventana de oportunidad para hacer cosas que, finalmente, no ha querido utilizar. En cierto modo, y para esos importantes asuntos, Rajoy y su gobierno no dudaron en cogerse puente en cuanto pudieron.

martes, septiembre 23, 2014

Una silla para poder sentarse en París


El turismo urbano gratifica, llena los sentidos y alegra, pero agota. Podrá uno hablar de todas las cosas que ha visto y hecho, de lo bien que se lo ha pasado, y todos sentirán con un cierto conformismo, pero cuando haga referencia a lo que le dolían los pies, lo agotado que estaba o la sensación de paliza que se le viene a uno encima tras días y días de turismo, entonces suscitará el murmullo general de aprobación, y uno tras otro los interlocutores con los que esté empezarán a relatar sus propios dolores de turista, sus males en piernas y cuerpo en general, y de cómo necesitaban el reposo cada vez con más frecuencia.

Una ciudad inmensa como París agota tanto como su propia dimensión. Diseñada para asombrar, para dejar al visitante aplastado ante la magnificencia y el poder, lo consigue, pero sus grandes dimensiones y el no estar pensada para el clima soleado y radiante que me ha tocado la convierten en un potro de tortura para el cuerpo. El horario que me imponía en cada día de visita, basado en que duermo poco y madrugo mucho, hacía que las jornadas de catorce horas de caminata y paseo fueran lo habitual, lo que para un cuerpo desentrenado como el mío no deja de ser una exageración. Paseos, aceras, empedrados, suelos de losa, alfombras, en el día a día las zapatillas iban pisando de todo, y cada uno de esos golpes los sentía en unos pies que, en el caso del izquierdo desde el final del primer día completo, fallaron más de lo esperado. Esa jornada llegué al hotel a eso de las 10 de la noche muy cansado, y con ampollas variadas, y tras la ducha empecé a pensar que si todos los días iban a ser así lo iba a pasar mal, pero que merecía la pena. En el segundo día, Sábado, con sol igualmente espléndido, la sensación de cansancio no se iba, y pese a que en las colas o en breves momentos uno buscaba un asiento donde parar un instante, nada era lo suficientemente cómodo. La búsqueda puede desesperar, agotar por completo, pero a veces uno encuentra la solución sin siquiera proponérselo, le sale al paso como puesta por manos de otros. Y así, a media tarde, atravesando los jardines de las Tullerías camino a la plaza de la Concordia, alcancé una piscina octogonal que está justo antes de los cruces que dan acceso al obelisco. Y entorno a esa piscina decorativa, de esas de lámina de agua reflectante, rodeada como estaba de arboleda espesa y menuda, había puestas por el suelo sillas. Muchas, decenas, sillas metálicas de respaldo y apoyabrazos, algunas incluso diseñadas con un respaldo abatido fijo. Sueltas, que uno podía coger y poner allá donde quisiera, al sol o a la sombra, mirando a la piscina, al obelisco, a las ramas de los árboles o a la nada, que se podían juntar formando grupos y corros, o ponerse aisladas en un lugar en el que, por lo que fuera, no había nadie. Sillas públicas para usar en medio de una plaza, sin tener que recurrir a un banco de piedra recalentado al sol, o a un suelo que, en esa zona, era de una piedrilla arenosa que con el calor ambiental se transformaba en polvo cuando apenas un par de pasos avanzaban rápidos sobre ella.. La idea me pareció magnífica y sorprendente, y más aún el hecho de que, estando como estaba la zona, con mucha gente, hubiera sillas libres. No me lo pensé dos veces. Miré entre la oferta y cogí una de las que tenía el respaldo abatido. La levanté, comprobé que pesaba lo suyo pero que era fácil de transportar y, poniéndola a la sombra de uno de los árboles, la orienté con vistas al octógono y un poco más allá, al obelisco de la concordia. Me senté, dejé los trastos que llevaba sobre mi mismo, me estiré sobre el respaldo y me dejé caer sobre él.

La vista, no les voy a engañar, era de lujo, con la alineación monumental que se produce entre el obelisco y el Arco del Triunfo, y el imaginado arco de la defensa al fondo, invisible al estar oculto por una buena capa de contaminación, y el paisanaje de turistas, locales y gentes variadas, muchas de gran belleza, que por la zona se encontraban. Allí, bajo esa sombra, con un cielo azul radiante digno del Mediterráneo, descansé por primera vez desde que estaba en París, y aunque me dio pereza volver a levantarme, lo hice sabiendo que en ese jardín y, como luego descubrí, en otras plazas similares, alguna silla estaría esperándome para darme el descanso merecido.

lunes, julio 28, 2014

El verano desata las pasiones (internacionales)


Llego a Madrid tras una semana de vacaciones en Elorrio y la encuentro como todos los veranos, recalentada, sudorosa, ardiente, sin tregua alguna para el que a ella llega, esperando al visitante con la afilada daga del calor, presta a clavarla cuando menos se lo espere, quizás por la noche, en medio de un sueño mediodesvelado que se revela húmedo pero no por la pasión, sino por el mero calor que todo lo rodea. La imagen del verano, rural o urbana, es la de sed, sudor y siesta, que dijo el clásico meteorólogo. Madrid la cumple a rajatabla.

Días tranquilos por arriba, sin mucha cosa que contar, pero todo lo contrario en el mundo, que parece haberse vuelto loco, no se si por el calor o porque ya le tocaba. Poner los telediarios esta semana era adentrarse en un curso acelerado de geopolítica internacional que te iba llevando de guerra en guerra, de conflicto en batalla, sin solución de continuidad. Ahora mismo tenemos abiertos dos frentes muy claros que pintan mal y que no van a ser de rápida solución. Por una parte se encuentra Ucrania, donde el derribo del avión comercial por parte de los prorusos volvió a proporcionar gasolina al conflicto y relevancia mediática. Antes del suceso del avión se mataban en torno a la treintena de personas al día en las zonas en disputa entre Rusia y Kiev, pero el tema ya había dejado de ser portada. La salvajada del avión volvió a llevar a los periodistas sobre el terreno, y de mientras los editores lo consideren útil, nos contarán como se siguen matando día a día en el este del país, sin que haya información fiable más allá de la propaganda de uno y otro bando y la constatación de que lo que allí pasa es muy feo. El otro conflicto, agudizado estas últimas semanas, es el de la guerra entre Israel y Hamás, que cuesta la vida sobre todo a los palestinos que malviven en la franja de Gaza. Más de mil muertos en un área especialmente sensible, un Israel que no cesa de bombardear para ganar una guerra que, militarmente, es imposible que pierda, pero que de hecho ya ha perdido en los demás frentes, ante un Hamás que brinda con te (dado que no pueden tomar alcohol) cada vez que unos niños palestinos son asesinados, a sabiendas de que esa es la propaganda que necesita para reforzarse en la franja y adquirir respetabilidad. Y no podemos olvidar que esta guerra de Gaza se da en medio de la ya continua y desatada guerra que se vive en medio mundo islámico, entre chiitas y sunitas. En la práctica uno puede viajar desde las costas de Gaza hasta el estuario de Basora, de momento en Irak, de guerra en guerra, de disparo en bombazo, sin solución de continuidad, todo ello aderezado con algunos conflictos locales como el que se vive en Libia, el caos absoluto, y las frecuentes y olvidadas campañas terroristas que Al Queda desata en Yemen cada dos por tres. La zona en su conjunto parece caminar hacia una inestabilidad cada vez más acusada y profunda, y es muy difícil saber en qué va a desembocar. La influencia de las potencias occidentales cada vez es menor y el peso de las potencias regionales, el chií Irán y la suní Arabia Saudí, que se enfrentan a través de peones por ellos controlados (IS, Hamas, Hezbola, Al Asad, etc) se encaminan cada vez más hacia un punto en el que, si nadie lo evita, lucharán de tú a tú, lo que hace más necesario que nunca el acuerdo con Teherán para la renuncia de su programa atómico. Todo, como ven pesadillesco.

Si en el caso de Ucrania el conflicto se prevé largo, en oriente, próximo y medio, es ya eterno. Cada propuesta de paz para el caos entre Israel y Palestina se salda con un débil acuerdo que resulta ser roto por una violencia de intensidad superior a la pasada. EEUU no logra sentar a ambas partes en la mesa, y si antes uno de los problemas era que los árabes le acusaban de parcialidad proisraelí, ahora puede darse el caso de que en Jerusalén tampoco sea el amigo americano tan bien visto como lo fue en el pasado. Y no tengo dudas de que estas bombas de hoy serán la mecha que encienda nuevas bombas en el futuro. Así de caliente se nos presenta el verano.

lunes, abril 21, 2014

Vivir la Semana Santa sin tópicos


Nos recibe Madrid a los que hemos vuelto de vacaciones con su cara más fría y oscura. Completamente cubierta de nubes, empapada tras una noche de chubascos intensos y con la sensación de que hoy será un día ideal para despojarse de los recuerdos soleados de los días pasados, santos o veraneantes, ociosos en todo caso, y disfrutados bajo un sol casi generalizado, que ha hecho que el tópico que señala que por Semana Santa siempre llueve este año no se cumpla. Sí será cierto para los que hoy, Lunes de Pascua, tengan fiesta, pero estarán de acuerdo conmigo que este año ha hecho muy buen tiempo.

Pasar la Semana Santa en, por ejemplo, Elorrio, mi pueblo, es como irse al extranjero. Viendo por televisión las interminables procesiones, alardes y desfiles que se dan en cada uno de los pueblos que son de interés turístico y cultural, demasiados, mirar por la ventana de mi casa ofrece una imagen completamente distinta. Una localidad que, como cada vez que hay festivos, se vacía, en la que la gente huye hacia destinos vacacionales, pueblos de origen o, simplemente, buscando el reposo que no encuentra en su residencia habitual, y deja las calles vacías, silenciosas, con huecos para aparcar donde habitualmente no hay manera de poner el coche, y silencio, mucho silencio. Con las fábricas paradas, los coches aparcados y los pisos vacíos estos días son de silencio sepulcral. Pudiera usted pensar que roto por el tañer de las procesiones, pero no. En ese silencio no se mueve casi nada. En mi pueblo no hay procesiones ni demás eventos típicos de estas fechas, y las misas de los días santos no son sino celebraciones que se producen a una hora algo distinta a la habitual, pero poco más. Acompañando a mi madre he asistido a casi todas ellas, y en algunas creo que he sido el más joven de todos los presentes, lo que a cada año que pasa dice menos dada mi menor lozanía. Media entrada, edad elevada, silencio y comentarios a la salida sobre achaques, dolores, vistas hospitalarias, tratamientos y otras dolencias. Y luego el vacío. Acompañados este año por un sol casi de verano, inusual, y unas temperaturas cálidas, la entrada y la salida de misa era un ritual en el que los viejos del pueblo aprovechan para saludarse, dado que en pocas ocasiones más se ven, y en algunos casos para despedirse, no vaya a ser que la próxima cita tenga lugar ya en el otro mundo. Miradas algo perdidas, deambulantes, piernas inestables, y todo el muestrario imaginable de cachavas, muletas, palos, apoyos y demás ayudantes para el camino, que para muchos es el del calvario, que separa su portal de la iglesia. Si uno tiene que buscar las raíces o la revitalización de su fe en estos escenarios, no la va a encontrar, sospecho. Más bien descubrirá la cara decrépita, el ocaso de una tradición, la lenta agonía de una fe que quizá fue viva en el pasado pero que se marchita poco a poco a medida que el relevo generacional se apaga. Sin turistas que jaleen, hagan fotos o se emocionen, el cortejo de penitentes que soportan bajo sus pies el peso de su edad sale de la iglesia y, a ritmo de paso, se encamina hacia su casa, dispersándose poco a poco en silencio, ni roto por palmas ni por trompetas ni por flashes. El silencio más absoluto.

Y luego, poniendo la tele, ve uno los despliegues de Semana Santa del sur, del norte y de otras partes, en los que me da la impresión de que la fe cada vez cuenta menos, frente al espectáculo, el costumbrismo, el turismo y el negocio. Procesiones en las que hay codazos por participar, quizás para penitenciar, seguro que para figurar. Y en compañía de miles de personas que no quitan sus ojos de las imágenes, los pasos avanzan lentos, solemnes, por las calles atestadas, mientras que, a la misma velocidad, los últimos viejos llegan a sus casas en mi pueblo, en medio del silencio y la soledad. Porque no todas las Pasiones son iguales.

jueves, septiembre 12, 2013

Trazos sobre Berlín


Sábado, 7 de Septiembre. Tras haber visitado Leipzig, rezado frente a la tumba de Johan Sebastian Bach y haber escuchado un oficio religioso con cantatas bachianas y de Vivaldi en la iglesia de Santo Tomás, en el que los turistas formábamos la mayor parte de la congregación, volví a Berlín y acabé. Agotado, en un pequeño parque que se ubica en el triángulo formado por el río Spree y el anillo ferroviario que transita cerca del centro de la ciudad. La zona verde no es muy extensa, apenas unos miles de metros cuadrados y una decena de árboles, pero se encuentra concurrida, dado que, otra vez, el día ha sido radiante y soleado.

Me siento en la hierba y ante mi se extiende una escena más propia de Malasaña, Debod o de cualquier otra zona de ambiente de Madrid. Mucha gente, sobre todo jóvenes, se encuentran sobre la hierba, en corros, o parejas, y beben, algunos con moderación, y otros con un estilo mucho más cercano al botellón mediterráneo. Las parejas, que son bastantes, se muestran íntimas y, en general, la escena parece desubicada de lo que uno pudiera imaginar propio de una ciudad alemana, o del tópico que de ellas tengamos. Pocos somos los que estamos solos, pero no es mi caso el único. Me fijo en el paisanaje y a pocos metros de mi veo la espalda de una chica morena, de pelo largo que le cae por la espalda, sobre uno de los costados en exclusiva dado lo forzada de su posición. Con las piernas cruzadas sobre el suelo, escribe afanosamente en un libro en blanco, como si el tiempo se le acabara, con un bolígrafo o pluma, no logro distinguirlo, generando un trazo firme, compulsivo, unido y de color negro. Apenas mira al frente, concentrada en su papel y texto, y eso que la vista merece la pena, dado que es la isla de os museos lo que puedo contemplar si elevo un poco la vista, y a la izquierda, a penas a un par de cientos de metros, la cúpula de la catedral se erige sobre el cielo, con su tono de bronce verdoso. Al sol no le queda más de un cuarto de hora para meterse y al tarde empieza a oscurecerse poco a poco. Vuelvo a fijarme en mi chica escritora, que ahí sigue afanosamente juntando letras, cuando en un momento dado se para. Hace un punto y aparte en el texto y la postura, y levanta la cabeza y dirige su mirada a la cúpula de la catedral. Se queda con el, pongamos, bolígrafo en el aire, suspendida, pensando en no sé que, y vuelve a posarlo en el papel, empezando a realizar trazos firmes y largos, dibujando unas formas curvas que, poco a poco, empiezan a recrear la escena de la catedral junto al río. En apenas un par de minutos, con una destreza que me parece inaudita, la hoja recoge un esquema preciso y muy bello de la imagen de la iglesia, el río y un puente adyacente que, visible para ella, se encuentra oculto para mi tras un frondoso árbol. En otro par de minutos el dibujo parce estar completado con trazas que representan el río, y los estratos que, en lo alto, se atreven a rayar el inmaculado azul del cielo que ya ha adquirido el inevitable toque que preludia el anochecer. La luz se va y, dando por bueno su relato y dibujo, la chica se levanta, recoge sus cosas y se marcha rumbo al puente con destino desconocido, tras lo que supongo ha sido el relato de su día y la ilustración del momento que más le ha interesado.

Y durante un rato, me quedo allí, mirando el hueco que ha dejado la chica, y al poco me levanto, avanzo unos pasos y tras superar el parque, llego a la orilla del río y me apoyo en la barandilla para contemplarlo con más detalle, pudiendo apreciar plenamente el puente que remataba el dibujo de la chica. Sospecho que había visto realizar el diario de una jornada de viaje, el relato de un día que para ella había sido intenso, lleno de momentos para recordar que merecían ser plasmados en un papel. Para mi el día también había sido completo, lleno. Saciado por el recuerdo de Leipzig, y añorando la capacidad de escribiente y dibujante de la chica que había visto, caminé hacia el puente poniendo rumbo a mi hotel, donde aún tardaría un buen rato en llegar, tras deambular por Berlín tras la puesta del sol.