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lunes, julio 20, 2026

No me gusta el fútbol

Esas cinco palabras del título de hoy ya son toda una declaración de intenciones vital, y en un país como el nuestro, motivo de exclusión, o como mínimo de observación por parte del resto de la sociedad, que me ve como si se tratase de un espécimen digno de ser guardado en una vitrina de museo. Si a eso se le suma una serie de cosas que tampoco me gustan y que la gente considera que son de obligado seguimiento, la imagen que tantos poseen de mi es, como mínimo, exótica. Cuando uno es pequeño eso le causa problemas, pero a medida que los años avanzan y todo resulta más relativo, no me preocupa lo que el resto quiera pensar. Sólo trato de que no me impongan sus aficiones. Al menos, claro, las que rechazo.

Manuel Vázquez Montalbán, que era muy del Barça, escribió un ensayo, que no he leído, con un título brillante: “Fútbol, una religión en busca de un Dios” en el que se planteaba, según relataban las crónicas, su pasión por ese deporte y, sobre todo, la pasión social que despertaba. Y sí, el título es muy bueno, porque describe bastante bien el irracional fenómeno de masas que se desata en torno a unas personas que pegan patadas a un balón y logran que millones crean que eso es relevante en sus vidas. Todos los procesos que se dan en el entorno de las religiones organizadas se reproducen de una manera casi milimétrica en torno al mundo del balón, con las congregaciones de fieles, adoradores ciegos de una enseña, unos colores, una marca, un equipo, una selección, a la que defienden a muerte respecto al resto, a la que ven como única. Un rebaño que comparte símbolos, autoridades y discursos en forma de sermones por parte de los dirigentes de su equipo y los que juegan en él, que son elevados a los altares formando un panteón de diosecillos que reciben adoración. En estos días se podía ver a aficionados montando altares en sus hogares o en los lugares de congregación de la feligresía futbolera en los que se ponían estampitas con la imagen de los jugadores, con fotos de celebraciones pasadas, con insignias, escudos y demás parafernalia, conformando altares con todas sus letras, donde sólo faltaban las barrocas columnas salomónicas para ser dignos de consagración. Ese movimiento de fe produce exaltados, creyentes acérrimos ciegos que no dudan jamás, que viven su pasión hasta el extremo y se dedican a perseguir a los que consideran impuros, tibios, o simplemente no dignos de su creencia. Pasa en todas las religiones, los exaltados se reúnen en sectas particulares y empiezan a dictar la norma que el resto ve como una exageración, pero en no pocas ocasiones se convierte en el objetivo a seguir. Envueltos en bufandas, uniformes, cánticos y no pocos signos más de pertenencia a la tribu, esos puristas van sembrando su mensaje entre los suyos y el resto y, antes o después, llegan los incidentes. El fútbol, como simulacro de guerra entre bandos, es proclive a la violencia y se considera que esta, mal vista de manera oficial, es algo natural en el entorno del balón. Todo el mundo ve obvio que existan corrientes de aficionados salvajes, de sujetos broncas, que extienden su mal vivir a los aledaños de los estadios, y cuyos actos son, no pocas veces, reídos como gracias por parte de los responsables de los clubes, que los consideran como muy necesarios de cara a conformar el espíritu de la entidad que dirigen. Esos mismos responsables que, casi siempre, eluden la ley, gestionan los equipos de manera opaca y con un ansia de protagonismo sólo comparable al nivel de presunto fraude que cometen ante todo tipo de leyes, especialmente las urbanísticas y financieras, y que cuentan con el beneplácito de las autoridades, que en nombre de los “colores” conceden privilegios a esas entidades del balón con los que no pueden ni soñar otro tipo de empresas o asociaciones, de lucro o no, que son perseguidas con saña por la administración en forma de normas e impuestos, mientras que los del balón se ven beneficiados de todo tipo de privilegios, quizás porque no hay nada que al poder le guste tanto como subirse a un palco de un estadio y sentirse por encima, en todos los sentidos, de la plebe a la que somete en sus formas de ocio y saja de manera financiera, mientras consigue el vulgo aplauda enfervorizadamente a los santones que corren por el campo.

Lo siento, soy un ateo de esa religión organizada que es el fútbol. Si el deporte me dice poca cosa, si verlo por televisión me parece una manera de aburrirse difícilmente superable, lo del fútbol es algo que me supera. Nunca me ha gustado, cada vez menos, y la intromisión que supone su desarrollo en la vida de los demás me parece un abuso que no tiene excusa posible. Obviamente me he enterado de lo que pasó ayer, aunque de todo lo que sucedió vi nada más que la entrega de premios, para comprobar qué espectáculo organizaba Trump y su secuaz Infantino. No defraudaron, actuaron a la altura de lo que ambos era esperable. Poca cosa más me interesaba de lo de ayer, nada del jolgorio de hoy, ni de lo que venga después, ni de los siguientes partidos, o ligas, o copas, o competiciones internacionales, o duelos del siglo, o….

martes, mayo 26, 2026

Lo de Alsina

Más de una vez ha declarado Carlos Alsina que su intención no era la de perpetuarse, sino jubilarse pronto, descansar, no trabajar tanto para poder disfrutar de eso que te ofrece la vida y que el día a día te lo niega. Creo que ni sus oyentes ni los jefes le hacíamos demasiado caso ante esas palabras, su carrera está en lo más alto en popularidad y facturación, su prestigio es grande, su imagen y nombre ya son marca de la radio en España y, también, no es muy mayor. Con 57 años se está en plenitud de facultades y aún se tiene cuerda para rato. Es cierto que las generaciones jóvenes ya vienen a coger el relevo, pero eso es ley de vida, ley natural. No es una edad para retirarse de nada, salvo que uno sea deportista, claro.

Por eso, conocer la decisión de Alsina de dejar el tramo de las noticias de su programa para presentar sólo la segunda parte, esa que huye de la política, ha supuesto una cierta conmoción para muchos, empezando por mi mismo, y más sabiendo que es la decisión menos mala posible, porque las intenciones iniciales de Alsina eran la de dejarlo todo, abandonar, renunciar a su carrera y colgar los micrófonos. Persuadido por los ejecutivos de su empresa, ha aceptado quedarse en lo que muchos consideran un destino menor, residual, secundario, el jiji jaja como él mismo afirmaba ayer que lo consideran muchos profesionales del medio, frente al portaviones blindado que supone el tramo político de muy primera hora hasta las 10 de la mañana. Declaró ayer Alsina que se siente gastado, cansado de dar la perorata todos los días, de incidir una y otra vez en una actualidad que, sí, cada vez es más amarga, en comentar una política que ha degenerado con el paso del tiempo y que no necesita casi ni comentarios, porque se ve lo cutre que es con sólo echarle un vistazo. Él, que es muy listo, sin duda ha llegado a hartarse de hacer entrevistas en las que sabe sin duda alguna que el entrevistado le está mintiendo de la manera más descarada, y que por mucho que intente sacarle algo de verdad, no de jugo, sino de simple sinceridad, no habrá manera, porque hace tiempo que la política ha huido de la verdad para esconderse en el relato fabricado, y ha visto en los medios, algunos quebrados, todos necesitados de ingresos en un mercado menguantes, a los siervos que les puedan ofrecer el servicio adecuado. Carlos ha visto, sin duda, la degeneración de la profesión, el banderismo que se ha instalado entre unos y otros, la obsesión por analizarlo todo desde la trinchera política (qué coñazo de gente, como ayer reiteró) y el papel cada vez menos relevante para la sociedad de un periodismo que se encuentra, quizás, en el nivel de prestigio más bajo de su profesión desde hace mucho tiempo. No son pocos los factores que han contribuido a ello, empezando por el cambio tecnológico y social que vivimos desde hace años, pero uno de ellos, y muy relevante, ha sido el abandono de la profesionalidad del periodista para hacerse amigo a sueldo de una corriente política que sea la que le garantice ingresos. Muchos periodistas y medios ya no cuentan lo que pasa, cuentan lo que les dicen que cuenten para justificar las decisiones que unos u otros toman. Para eso, ¿para qué consumir periodismo? piensa más de uno y de dos. Alsina ha tratado de huir de ese comportamiento, y en un país polarizado como el nuestro, sometido al infantilismo de unos y otros sobre cualquier asunto, en el que la carencia de razonamiento, criterio técnico y solvencia es la nota dominante de casi la totalidad de quienes hablan y opinan de manera remunerada y constante, Alsina ha tratado de escapar y crear, desde un medio de gran porte y alcance, una radio política que no diera vergüenza, que no tuviera fieles escuchantes, adeptos a la consigna que es conocida de antemano. Lo mejor que se puede decir de Alsina es que, antes de escucharle opinar sobre un tema, no está nada clara cual va a ser su postura, y en muchas ocasiones resulta sorprendente. E ilustra. Puede que esa sea una de las obligaciones del periodista, la de plantearse sus convicciones en contraste con la realidad. Alsina es de los pocos que ha tratado de hacerlo, día a día, año a año. Y sí, eso cansa. Eso gasta.

No les voy a engañar, parafraseando a Rufián, vaya vaya, estoy jodido, porque a partir de septiembre voy a tener una cierta orfandad informativa. No nos sobran las mentes lúcidas en este país, ni las voces con algo relevante que decir, como para que Alsina deje de opinar sobre lo que nos pasa y lo que los gobernantes nos imponen. Su marcha es una pérdida enorme que muchos lamentaremos, aunque más de uno y dos brindarán al no tener que soportarle. En un mundo de bandos Alsina ha tratado de escapar de ellos, y en no pocas ocasiones, por ambos ha sido atacado. No hay mayor elogio posible para un periodista, un opinador, un escritor, español. Muchas gracias por tanto, y fortuna en la nueva etapa, y vida.

lunes, abril 27, 2026

Monserrat Torrent, cien años

No, no voy a dar el protagonismo de hoy a Trump, pese a la gravedad de lo sucedido este fin de semana en la cena de corresponsales. Se lo voy a otorgar a una mujer que cumplió el centenar de años el pasado 17 de abril, hace una semana y media, y que no sólo merece reconocimiento por haber llegado a semejante edad, que también, sino porque es una de las personas más importantes de la historia de la música en España, reina eterna de la interpretación del órgano, instrumento al que ha dedicado la inmensa mayoría de todos esos años, y que, pásmense, sigue en activo, tocando con sus manos centenarias el teclado como si el tiempo no hubiera pasado.

Este sábado, en el ciclo de órgano que se celebra cada temporada en el Auditorio Nacional, se organizó un homenaje e Monserrat Torrent, la artista, la mujer, la matriarca, en el que ocho organistas españoles de estilos y trayectorias distintos interpretaron una pieza delante de ella. Todos, junto con muchos otros, han sido alumnos de Monserrat a lo largo de las pasadas décadas, y han aprendido de sus enseñanzas, y ahora alguno de ellos también la cuida y ayuda en la medida de lo posible. El concierto era muy especial, porque no se trataba sólo de una reunión de amantes de la música, sino también una fiesta de cumpleaños, y un reconocimiento a una longevidad y capacidad casi inimaginables. La movilidad de Monserrat es limitada, como resulta fácil de imaginar, por lo que cuando empezó el concierto ella no salió al escenario, sino que apareció directamente en la grada en la que se encuentra la consola del órgano junto con el resto de los intérpretes, que ya recibieron una ovación de gala por parte del público, que llenábamos el recinto. A partir de entonces Monserrat se quedó en un lateral de esa grada, oculta al público, cerca de los teclados, y cada uno de los intérpretes sí fue saliendo de manera convencional al escenario, en goteo, subiendo luego a la grada e interpretando la pieza del programa que le correspondía. Tras ello, saludaban a Monserrat, momento que se podía ver porque un sistema de cámaras retransmite la interpretación del organista (que se sitúa lejos del público y dándole la espalda) y dejaba su posición de intérprete y se sentaba en una parte de la bancada lateral, donde sí hay púbico, que está muy cerca del instrumento. Así uno a uno, cada uno con una pieza no muy amplia, de unos cinco o siete minutos, con repertorio barroco, impresionista, moderno, o antiguo, variado, hasta el momento en el que el programa indicaba que la última pieza sería interpretada por la propia Monserrat. Se trataba de la pastoral en fa mayor BWV 590 de JS Bach, composición compuesta de cuatro fragmentos de escucha agradable, estilo pastoril y de dificultad, como siempre en Bach, rozando lo imposible. Monserrat subió al banco de la consola ayudada por dos de los organistas que habían participado en el concierto, y uno de ellos, en la primera parte de las cuatro de la obra, interpreto las partes de pedal, porque Monserrat ya no llega desde su posición de sentada, con sus pequeñas piernas, hasta el pedalero. Pero en el momento en el que puso sus manos arrugadas sobre el teclado los dedos, centenarios, cobraron una vida inimaginable, y durante unos minutos que se antojaron suspiro se podía ver la proyección de sus brazos, manos y rostro atentos a la partitura, ejecutándola con precisión. Si durante el concierto el nivel de toses fue el habitual en una sala sinfónica, mayor de lo deseado, se suspendió de manera casi milagrosa en la interpretación de Monserrat, en un silencio de comunión y respeto como pocas veces se da en un recinto abarrotado, y que sólo la admiración por la música y un intérprete son capaces de lograr.

Terminada la interpretación, todos prorrumpimos en un aplauso absoluto, y nos pusimos en pie sin dudarlo. Casi dos mil personas entregadas a una mujer empequeñecida que era sostenida por el resto de organistas, pero que sigue siendo un prodigio al teclado. Con un micrófono pudo decir unas palabras, que entendí regular, en las que mostraba un agradecimiento profundo a todos los que a lo largo de su vida le han ayudado y a todos los alumnos que ha tenido, entre ellos los presentes en ese día, y agradecimiento rendido al público que siempre le ha respetado y admirado. Tras eso la ovación siguió, siendo nosotros los que agradecíamos la presencia de una profesional así y su magisterio. Historia viva de música y vida. Cien años de plenitud. Qué gozo.

viernes, abril 17, 2026

Inacción

Ayer por la tarde, de camino a casa, viví un incidente en el metro, de los desagradables, que afortunadamente no se dan con frecuencia. A tres paradas de casa el tren en el que iba empezaba a estar más tiempo de lo debido en la estación y el conductor avisó de que, por avería en línea, estaríamos detenidos un rato. El convoy estaba bastante lleno, pero no de manera agobiante. Uno de los pasajeros, al que ya se le había escuchado murmujear a lo largo del trayecto, empezó a cagarse en todo en voz alta, sin cortarse mucho, y se levantó y salió del tren. El vagón en el que viajaba era el primero, el más cercano a la cabina del conductor.

El pasajero iracundo, por así llamarlo, salió, como les decía, y se plantó en frente a la puerta del conductor del tren. Empezó a lanzar insultos a lo loco, gritando como un poseso, con toda la retahíla de hijos, madres meretrices y demás expresiones de ese tipo. Dio también algunos golpes, no se si con el puño o patadas, a lo que supongo sería la puerta del conductor, por lo que sentimos los que nos quedamos dentro del vagón, y al poco decidió volver al interior, sin gritar tanto, pero con una mala leche alucinante y hablando en alto claramente, cagándose en el conductor y en todo lo demás. Obeso, medio calvo, con vaqueros desgastados, camiseta sudada y mochila, sudaba abundantemente. Pocos instantes después el tren dio el aviso de cierre de puertas y salimos de la estación. Al poco llegamos a la siguiente, a dos paradas de casa, donde arribamos, se abrieron las puertas, y un empleado de seguridad, acompañado de dos miembros del personal del metro, entraron en el vagón y se dirigieron al iracundo, que seguía sentado en el suelo y perjurando por lo bajo. Le conminaron a que se bajase, cosa a la que él se negó. El vigilante empezó a ser insistente y dijo que mientras el iracundo siguiera en el vagón el metro permanecería detenido, a lo que siguieron algunas voces de pasajeros pidiendo al sujeto que se bajase de una vez. Al cabo de un minuto, el iracundo decidió levantarse del suelo y salir del vagón, escoltado por el personal del metro y seguido del vigilante de seguridad. En el andén, los dos empezaron a discutir y, en un momento dado, el vigilante le sujetó de la mano para que no acercase tanto el brazo, cosa que hacía de manera intimidatoria. Eso provocó que la iracundia se transformase directamente en intento de agresión. El iracundo se encaró directamente con el vigilante, amenazándole con hacerle de todo si le volvía a tocar y gritando como un descosido: Cada vez se acercaba más al vigilante, con esa pose chulesca de “que pasa” que mantienen algunos en las discusiones cuando tratan de acorta el espacio de cortesía que nos separa a todos en condiciones normales para hacerse con él. Los empleados del metro, dos mujeres, sacaron sus walkies y, supongo, llamaron para relatar lo que estaba pasando y pedir refuerzos. Con el iracundo desmelenado, a pesar de su calvicie, a penas a unos centímetros del vigilante, amenazando con mandarle mucho más allá del otro barrio a base de toto tipo de golpes, volvió a sonar la señal del aviso de puertas y se cerraron, tras lo que el tren emprendió su rumbo y, en no mucho, transcurrieron las dos paradas que quedaban hasta llegar a la que es la mía. Cuando el tren arrancó, dejando la escena al otro lado de los cristales, se pudo sentir una especie de alivio generalizado entre todos los pasajeros que íbamos allí, espectadores involuntarios de una escena desagradable, que había estado a punto de descarrillar en más de una ocasión, y que tenía pinta de que no iba a acabar nada bien.

El título de hoy, inacción, viene de que eso es lo que hicimos todos los que viajábamos en el tren durante todo el suceso. Nada. Mirar, si, cada vez con mayor atención y reparo a lo que iba pasando, pero sin mover un dedo. Sólo algunas voces que pidieron que se bajase el iracundo tras el aviso de detención del vigilante hicieron ver que había público en la escena, el resto fue un silencio sepulcral. La violencia desatada por ese sujeto hizo que nadie se atreviera a mover un dedo en ningún sentido, a pesar de que habíamos visto un intento de agresión al conductor, al que no le pasó nada por estar protegido en su habitáculo. La violencia coarta. El miedo es efectivo. Esa ley de la selva, que tanto se lleva ahora en la actualidad internacional, funciona en todos los escenarios.

miércoles, febrero 04, 2026

Cierra Tipos Infames

Cafeterías y librerías son los locales que más frecuento en Madrid, con diferencia. De hecho creo que son los únicos que visito por gusto, ya que el resto suelen estar relacionados con obligaciones que uno debe cubrir (ropa, alimentación, etc) Pasar la tarde en un centro comercial me parece un plan tan absurdo como aburrido. En esos dos establecimientos me dejo bastante dinero, cada vez más dado el coste creciente del café. Por eso, que cierre alguno de esos locales me parece una mala notica, una pena, una pérdida, algo que lamentar. No entiendo la politización de esos hechos, simplemente lo veo como algo que me aportaba y deja de existir, y eso es malo.

Tipos Infames es una librería que está en Malasaña y que abrió en medio de la debacle de la crisis financiera, tras los años más duros del desplome y cuando estábamos en el fondo de un pozo al que no se le veía salida. Tres amigos montaron un local para vender libros y que tenía la cafetería como una forma paralela de negocio. De hecho era un bar con espacio en el que la mayor parte de este se ocupaba con estantes y mesas expositoras con títulos de todo tipo, especialmente novedades y de editoriales no masivas, en los que el gusto personal de los propietarios se notaba mucho en la selección de la oferta. Cuando descubrí el negocio lo anoté como uno de los que debiera visitar con cierta frecuencia, cosa que he hecho a lo largo de estos años. Al principio la cosa debía ir funcionando lentamente, porque era sencillo poder encontrar sitio en sus dos o tres mesitas para poder tomarse un café y leer (soy más de café que de vinos, aunque ellos publicitaban más las copas que las tazas) en una escena que era el sumun de lo que entonces empezaba a llamarse cultura hípster, sólo que yo no cumplía ninguno de los estereotipos estéticos de ese grupo de gente. Era muy urbanita, propio de la capi, por así decirlo, lo de tomarse algo y leer en el mismo local, y me parecía una idea excelente, por la misma razón por la que hay gente que disfruta en esas inmensas tiendas de ropa en las que la música no cesa y siguen llenas. Que se lo pasen genial así, pensaba, yo lo hago de otra manera, y todos contentos. Con el tiempo el local empezó a crecer en audiencia y ya no era posible encontrar sitio para tomar algo, pero sí se podían seguir comprando libros, y lo hacía de vez en cuando, de tal manera que soy de los que ha contribuido a mantener la empresa en pie durante estos tiempos, con mi modesta aportación de cultureta pringado compra volúmenes, que es lo único que soy capaz de hacer en condiciones. Por eso, hace unas semanas, cuando me enteré de la noticia de que van a cerrar el negocio em entró mucha tristeza. Salían entrevistas en varios medios a algunos de los propietarios, en los que comentaban el disparo de precios en los alquileres en el barrio, sometido a una demanda desesperada y constante, y el cómo ya no han podido hacer frente a la marea. Al poco, cosas infames de verdad que suceden en estos tiempos, en las redes sociales empezó una especie de batallita cutre en la que algunos, ante las declaraciones anticapitalistas de los propietarios (creo que erradas) empezaban a acusarles de subvencionados, de falsos y de todo tipo de cosas sin sentido. Se podía percibir un cierto aroma de venganza en esos mensajes, como de “os lo tenéis merecidos, por modernos” en un movimiento áspero y sucio que carecía de sentido. Lo observaba y no entendía nada. La politización basura que nos absorbe y que todo lo enfanga también entró ahí, para buscar rédito o para echar aún más sal en la herida. Y seguía sin entender nada. Lo único que sabía es que una librería que he visitado varias veces, en la que me lo he pasado bien, en la que me han tratado bien, va a cerrar, y eso, para mi, es una pena.

A veces he soñado con regentar yo una librería, dado que me paso tanto tiempo leyendo en mi tiempo de ocio, pero me he desengañado rápidamente porque me da que el negocio no es lo suficientemente lucrativo como para cubrir la hipoteca de casa y ciertas necesidades, entre ellas la de comprar libros. Los que crearon Tipos Infames lograron llegar a ver su sueño cumplido, y durante años les ha permitido vivir de ello, y eso es algo que merece admiración, y, sí, también, un punto de envidia, en este caso sana. Cuando dentro de un tiempo pasee por esa zona y vea que en ese negocio hay obras de reforma, o se abre cualquier otra cosa, me dará pena, por un pasado que se fue. Al menos pude disfrutarlo de mientras existió. Gracias por ello.

viernes, diciembre 19, 2025

Libros recomendados del año 2025

Este año una famosa de las redes sociales, de cuyo nombre no quiero acordarme, ha dicho que leer está sobrevalorado y no te hace mejor persona. Aunque les choque, puede que tenga que darle la razón en lo segundo, porque la bondad personal es algo intrínseco, que si no se tiene es poco probable que los libros la otorguen. Pero lo que resulta indudable es que leer un buen libro entretiene, divierte, enseña, acompaña, relaja, proporciona consuelo, evade, forma, genera curiosidad, sirve de refugio, te hace preguntas, a veces te da respuestas… parafraseando al maestro Delibes, “es algo que, con su sola presencia, aligera la pesadumbre de vivir" Y eso, coincidirán conmigo, es mucho.

Recuerden que no tienen por qué ser libros editados en este año sino los que más me han gustado de entre los que he leído. Salvo los ganadores de cada categoría, el orden del resto de libros reseñados no indica una mayor o menor calidad, sólo que son los que más destaco.

Mejor libro de ficción.

Los vencejos, de Fernando Aramburu, editorial Maxi Tusquets 704 páginas

Aramburu partía con el hándicap de haber escrito Patria, una de las indiscutibles obras maestras de la literatura española de este siglo, por el fondo y la forma, y tras algo así son pocos los autores que logran escapar de la propia sombra que han tejido. Y lo logra. Para ello se escapa de sí mismo y se vuelva en un relato enorme en el que Toni, un profesor de instituto chamuscado por el trabajo y la vida, decide poner fin a sus días con un plazo programado. El texto supone la descripción precisa del pasado y presente de un hombre y de su contexto, familiar, sexual, vital, en el que una catarata de personajes aparecen como fruto de los recuerdos del protagonista, que nos desvela cómo ha llegado hasta ese punto de hartazgo. Te hace reír, te hace llorar, te atrapa… en ningún momento puedes ser indiferente a lo que te está contando.

* La autopista Lincoln, de Amor Towles, editorial Debolsillo, 592 páginas. 
Me fastidia que las ediciones de Bolsillo de Twles salgan con la tardanza con la que lo hacen, porque los dos libros que llevo suyos me han parecido excelentes. Este tiene el componente clásico de la “road movie” americana de fondo, con unos chavales que se llevan muy mal pero que emprenden el viaje desde el medio oeste hacia Nueva York en busca de una presunta fortuna que allí le espera a uno de ellos. Traiciones, engaños, sustos, descubrimientos, la trama se sucede sin cesar hasta un final que es deslumbrante. Es muy entretenida y está escrita de maravilla.
 
* La última función, de Luis Landero, editorial Tusquets, 224 páginas
Landero va recortando el tamaño de sus libros a medida que se vuelve más y más preciso con el lenguaje. Es admirable cómo escoge sus términos para, en un par de trazos, como un maestro caricaturista, describir la personalidad de una de sus creaciones con toda la consistencia posible. En este caso una extraña función de teatro en un pueblo de la sierra es el marco en el que dos personajes, hombre y mujer, unen sus vidas separadas de manera que queden marcadas pasa siempre. Un ejercicio literario inmenso.
 
* Klara y el Sol, de Kayzo Ishiguro, editorial Anagrama, 336 páginas
Ishiguro es el Nobel de la generación británica gloriosa que conforma con Amish, Barnes, McEwan… y es el más distinto de todos ellos en cuanto a temáticas. En este libro la protagonista es Klara, una Amiga Artificial, un robot dotado de IA general al nivel humano, que se vende para que sirva de amistad y compañía para, en este caso, críos en edad preadolescente. La novela se sumerge en una especie de futuro muy cercano de relaciones frías, distantes, en las que las IAs parecen estar más atentas a lo que realmente les pasa a las personas que los propios humanos. Una muy buena novela y una excusa para reflexionar sobre algo que ya casi está entre nosotros.
 
* Me piden que regrese, de Andrés Trapiello, editorial Booket, 400 páginas
Trapiello vuelve al Madrid de postguerra, pero esta vez no para relatar hechos verídicos, sino para novelar una trama de espionaje que se desarrolla en una ciudad con ruinas abundantes, miserias, fiestas de vencedores y violencia soterrada. Un norteamericano de origen español vuelve a su ciudad con un encargo del gobierno de Washington que le acabará metiendo en problemas. Personajes muy creíbles y una trama que mezcla la acción y el costumbrismo de una manera solvente
 
*  Caledonian Road, de Andrew O’hagan, editorial Libros del Asteroide, 672 páginas
Novela amplia, en fondo y forma, de tramas cruzadas y de multitud de personajes., En ella el autor realiza un retrato bastante certero de nuestro mundo. Encuadrada en la salida de la pandemia, Londres y un montón de gente que por ella desfila sirven para conocer cómo es la política, las redes sociales, los negocios, las influencias, las corruptelas y todo lo que se mueve en torno al dinero y el interés de los humanos modernos. Corre el riesgo de hacerse liosa, pero si se hace uno con ella es muy disfrutable. ¿Incluye bitcoins en la trama!
 
* El jardinero y la muerte, de Georgui Gospodínov, editorial Impedimenta, 224 páginas.
“Mi padre era jardinero. Ahora es jardín” es el perfecto resumen de este texto no muy amplio, fragmentado en abundantes capítulos, que se inscribe en el género del duelo a la pérdida, en este caso, del padre. El autor ve como la vida del mayor se consume ante sus ojos, asiste impotente a la decrepitud y no puede hacer mucha cosa más allá de describir lo que a él le pasa y lo que su padre ha supuesto a lo largo de su vida. Obviamente, al temática es triste, pero el texto resulta luminoso, por lo natural, sencillo y sincero.
 
El canto del cuco, de Robert Galbraith, editorial Salamandra Bolsillo, 544 páginas
Galbraith es el seudónimo bajo el que se esconde la escritora JK Rowling. Famosa en todo el planeta por la saga Harry Potter (muy buenos libros, merecen mucho la pena) ahora se ha pasado al policiaco, con el detective privado Cormoran Strike como su personaje principal. Londinense veterano de la guerra de Afganistán, Strike malvive con su agencia de investigación, un cuchitril en el que medio vive, donde necesita ayuda para sacar adelante el trabajo que le llega. Es una novela muy entretenida, densa y escrita con estilo. Es el inicio de una serie, de las que me he leído cuatro entregas. El personaje de Robin Ellacott es fantástico.
 
* Archipiélago, de Mariana Enríquez, Ampersand ediciones, 300 páginas
Debo reconocer que aún no he leído obras literarias de Mariana, por lo que me pierdo a una de las mejores cuentistas de nuestra lengua, según comenta la crítica. Ha querido la casualidad que comience con ella con esta especie de memorias de lectora, en la que en capítulos breves de dos o tres páginas describe decenas de referencias que le han marcado en la vida, tanto literarias como de cualquier otro tipo de expresión artística. Se descubre a una personalidad de lo más inquieta, interesante, con gustos eclécticos y muy personales, más que atractiva.
 
* V2, de Robert Harris, editorial Debolsillo, 304 páginas

Las novelas de Harris aseguran entretenimiento de calidad, con unas tramas que se suelen basar en hechos históricos, que se recrean con gran fidelidad. Finales de 1944, Alemania está perdiendo la guerra, pero desde la costa holandesa los ingenieros y militares nazis lanzan los primeros cohetes de la historia, misiles balísticos que atacan Londres y aterrorizan a la población. La historia de uno de los ingenieros que han desarrollado esas armas y la de una de las analistas británicas que buscan descubrir desde dónde se lanzan para destruir sus bases se cruzan en una historia de espionaje, guerra y traiciones.
Mejor libro de no ficción.
 
Otro año en el que la calidad de los ensayos me ha parecido algo superior a la de las novelas. La geopolítica manda mucho.

Mejor libro de no ficción

El ascenso de China, de Rafael Dezcallar, editorial Deusto, 352 páginas.
China es la obsesión de occidente, y más aún de todo aquel que la ha conocido recientemente y ha visto a un gigante avanzando sin cesar. En esta obra Dezcallar trata de describir cómo es la China actual, sin olvidar de dónde viene, cuáles son las motivaciones sociales y políticas que la definen y cómo se organiza su sociedad y su sistema de gobernanza. Es un magnífico y comprensible texto para hacerse una idea de cómo funciona la otra superpotencia global.
 
* Tierra baldía, de Robert Kaplan, editorial RBA, 304 páginas
El usar como título del libro el famoso poema de TS Elliot no es baladí, ya que Kaplan, en este análisis geopolítico, plantea una visión descarnada de un mundo en el que, según él, volvemos a esquemas del siglo XIX, de equilibrio tenso entre potencias y dominico exclusivo en las zonas de influencia que cada una considera suya. La Weimar de entreguerras también aparece como metáfora en este muy interesante trabajo.
 
* Guerra nuclear, un escenario, de Annie Jacobsen, editorial Debate, 416 páginas.
En este libro, técnico, detallado, y que se lee como si fuera la mejor novela de intriga imaginable, Jacobsen relata, en tiempo real, la sucesión de acontecimientos que se producirían en el caso de que, desde EEUU, se detectase el lanzamiento de un misil balístico intercontinental, ICBM, con cabeza nuclear, con un objetivo fijado en suelo norteamericano. Una cadena de sucesos se inicia para evitar lo inevitable, y el resultado final más probable es un escenario de destrucción absoluta. La última película de Katherine Bigelow “Una casa llena de dinamita”, excelente, se basa en esta obra.
 
* El tren, de Guillermo Abril, editorial La Caja Books, 328 páginas
China otra vez, pero en este caso como lugar de destino de un viaje apasionante que comienza en la estación de contenedores del Abroñigal, al sur de Madrid, donde acaba la línea ferroviaria más larga del mundo, que en un par de semanas es capaz de transportar un contenedor desde el gigante asiático al centro de Europa. El viaje es un libro de historias en torno a la logística, la producción y el intercambio, una guía sobre los cimientos que sostienen la globalización que nos proporciona servicios procedentes de todo el mundo. Y está escrito con estilo, sin tecnicismos, con mucho sentido.
 
* Los filósofos terrenales, de Robert Heilbroner, Alianza editorial, 528 páginas
Descubierto gracias a un artículo de prensa de Ramón González Férriz, este libro es una excelente introducción a la historia del pensamiento económico A través de ejemplos, se avanza a lo largo del tiempo, con los autores y escuelas más destacadas, mostrándose en cada caso sus visiones principales, sus puntos fuertes y los débiles. Es bastante sencillo de leer y no requiere un conocimiento previo detallado sobre el tema. Y demuestra nuevamente que la economía es mucho, mucho, mucho más que números.
 
* Oppenheimer, de Kai Bird & Martin J Sherwin, editorial Debolsillo, 896 páginas
El año 2023 fue el de la película, pero en este es cuando me he leído el libro en el que se basa, un trabajo monumental por el detalle y la intensidad de lo que se cuenta. La vida del físico norteamericano, analizada en detalle, sirve a los autores para hacer toda una biografía sobre la física cuántica, la geopolítica, el poder y la sociedad de la primera mitad del siglo XX, en una obra que resulta exigente por momentos, pero que en otros es mucho más interesante y atractiva que la propia película.
 
* La factura del cupo catalán, de Jesús Fernández Villaverde y Francisco de La Torre, editorial, Espasa, 356 páginas
El anunciado preacuerdo para la concesión de un cupo a la Generalitat de Cataluña, aún no concretado en nada, sirve a los autores para escribir una obra en la que desmontan tanto el agravio financiero que alega la Generalitat como varios de los mitos que existen en nuestro país sobre las finanzas públicas. Es un resumen acelerado de cómo y quién recauda en España, en qué se gasta, qué partidas son las que consumen la mayor parte del presupuesto, que tiene sentido descentralizar, qué no, cómo se ve afectada la lucha contra el fraude fiscal con este tipo de medidas…. El tema es farragoso, pero lo que se explica se hace con sencillez. Es un libro necesario, no sólo por cuestiones coyunturales.
 
* Quien tiene miedo muere a diario, de Giuseppe Ayola, Gatopardo ediciones, 262 páginas
Dejado por un compañero de trabajo. Es un libro testimonial de Giuseppe Ayala, fiscal antimafia italiano, íntimo amigo de Falcone y Borsellino, jueces asesinados por los delincuentes cuando desde la justicia se organizó, por fin, de manera decidida para luchar contra esa lacra. Crónica de esfuerzos, trabajo, vida, muerte y sacrificios de un grupo de funcionarios, servidores públicos en el mejor de los sentidos, que en no pocas ocasiones fueron abandonados por el estado al que servían. Denuncia de una impotencia, en gran parte, impuesta por las propias autoridades italianas.
 
* Una historia personal de la arquitectura europea, de David, editorial Tusquets, 400 páginas
David Ferrer es arquitecto, y, sobre todo, un amante de su profesión que la explica de manera muy clara para los no iniciados. A lo largo de todo el continente europeo, y desde la Grecia clásica hasta el periodo entreguerras del siglo XX, Ferrer ilustra las bases, condicionantes, evolución, usos, modas y formas de construcción que han dominado hasta conformar los estilos que ahora llamamos como clásico, gótico, neoclásico, la Bauhaus, etc. Es un texto excelente para introducirse en el tema, y sirve como compendio general de la materia.
 
Los extrañados, de Jorge Freire, editorial Libros del Asteroide, 224 páginas
Libro curioso en el que el autor, en cuatro capítulos, recrea la biografía de cuatro escritores famosísimos en su tiempo que acabaron desubicados por completo, y que hoy son muy poco reconocidos por el público general. Wodehouse, Bergamín, Blasco Ibáñez y Edith Warton le sirven a Freire para, con un estilo literario de gran belleza, recrear episodios históricos significativos que los cuatro tuvieron la oportunidad de vivir. Una especie de minimemorias de sujetos en el margen.
 
* El mundo no se acaba, de Hannah Ritchie, editorial Anagrama, 472 páginas
Ritchie es una de las responsables de la excelente web Our World in Data, uno de los mejores repositorios de información de toda la red. Es experta en datos y muy concienciada con la idea ecologista, pero desde una perspectiva racional, y sin caer en alarmismos exagerados. En el libro aborda algunos de los más graves problemas a los que hacemos frente en este campo (contaminación, pérdida de biodiversidad, plásticos, deforestación, etc) evaluando de manera sincera la eficacia de las medidas que se llevan a cabo para mitigarlos, que en algunos casos funcionan y en otros no. Huye en todo momento del tremendismo que tanto vende y supone una visión racional muy necesaria en este campo de estudio.
 
 
…….. y una coda de años pasados, pero que ahora se convierte en profética
 
La conjura contra América, de Philip Roth, editorial Debolsillo, 432 páginas

Todos los libros de Roth son excelentes, cojan cualquiera de ellos y sumérjanse sin miedo en su universo. Este es distinto al resto, es una ucronía, fechada en un 1940 alternativo en el que el candidato aislacionista Charles Lindberg, sí, el aviador, obtiene una clara victoria frente a Franklin D Roosevelt en las elecciones presidenciales de 1940. Con la guerra en Europa lanzada y los nazis conquistando sin freno, Lindberg y el resto de su equipo, con evidentes simpatías respecto al régimen de Berlín, dan un viraje total a la política norteamericana, dejando aislado al primer ministro británico, Churchill, desentendiéndose de todo lo que tenga que ver con el acogimiento de los europeos que huyen del continente, pactando con los nazis un entendimiento cordial, y poniendo en marcha en el territorio americano una política de persecución centrada en la numerosa comunidad judía que reside en el país.
 
Sí, es ficción, sí, pero, en este 2025 que dejamos atrás… ¿se les hace familiar el argumento?
 


martes, diciembre 02, 2025

Notificaciones

Desde hace un tiempo, no mucho, cuando iniciamos el viaje en bus a Bilbao, el conductor suele añadir a su aviso habitual de la obligatoriedad del uso de los cinturones de seguridad la recomendación de silenciar los móviles y de mantener las conversaciones en tono bajo. Esto viene de esa manía que tienen muchos de usar sus móviles sin auriculares y estar escuchando vídeos o cualquier cosa con la sensación de estar en el salón de su casa cuando ocupan un espacio público y al resto no nos interesa para nada lo que puedan estar escuchando. En el metro siempre hay más de uno en esta actitud, y pedirles silencio es, normalmente, inútil.

Ayer el chófer no dijo nada, lo que fue un inicio de viaje que me preocupó porque, abierta la veda, el descontrol podía ser intenso. Siempre con la espada de Damocles de un vídeo petardo o un tema reguetonero de fondo, el viaje trascurría sin incidentes (al final fue aburrido, ya se lo adelanto) pero con señales de notificación abundantes. Hubo un par de personas que recibieron varias llamadas a lo largo del recorrido y hablaron no poco, afortunadamente sin estridencias, una en castellano y otra en un idioma que no reconocía diría que de aire eslavo, pero no podría asegurárselo. Por fortuna tenían un tono de voz suave y aunque contestaron unas cuatro o cinco llamadas cada uno no causaron problema. Lo que era insistente eran los avisos de notificación que mensajes, whatsapps, actualizaciones o lo que sea que entraban en los terminales de muchos compañeros de viaje. No pasaba ni un minuto sin que sonase alguna campanilla, un “pop”, ping, u otra onomatopeya por el estilo que señalaba una entrada en el teléfono de alguien. Especialmente en la segunda parte del viaje el goteo de señales era casi como un contador de kilómetros, algo incesante. No eran avisos a un gran volumen, pero sí sonidos persistentes. Una de las principales causantes de ellos era una chica que estaba dos asientos delante y a mi derecha, que se pasó la mayor parte del tiempo trabajando con el ordenador portátil, y que simultaneaba dos teléfonos móviles con los que cruzaba mensajes y archivos. Había momentos en los que la pobre me daba pena, porque se le veía realmente agobiada con tanto cacharro y comunicación, y claro, todos los dispositivos emitían sus señales de recepción de mensajes cruzados con una insistencia intensa. De vez en cuando le llamaban y ella hablaba por teléfono, nuevamente con un tono suave y apenas perceptible, pero su conversación era interrumpida por sus propios avisos de entrada de nueva información en el resto de aparatos a los que se mantenía unida. Su compañera de asiento, que asistía en posición de palco de lujo al desfile de comunicaciones y señales, le lanzaba de vez en cuando miradas que, a mi entender, mezclaban hartazgo y conmiseración, pero no le dijo nada en ningún momento. A esa fuente constante de “pips” le acompañaban “pops” intercalados de manera irregular, así que, como les comentó, el viaje transcurría en medio de una noche cerrada y gélida, que en diciembre es lo normal, y con una actividad intensa entre los asientos. Se escuchaban bastantes menos ronquidos que cualquier otro tipo de señal tecnológica, como si en ese entorno también quedara claro cuáles son los elementos que dominan el mundo de hoy, y quiénes son los usuarios, o alguno diría esclavos, que los mantienen todo el tiempo en marcha y requieren saber lo que sucede. Supongo que nada nuevo bajo el sol, en el caso de ayer semi luna, en estos tiempos.

En el trabajo, por las tardes, cuando hay poca gente, me pongo los auriculares y de mientras hago cosas escucho un poco de música para aligerar las largas tardes de números que me suelen tocar, y es entonces cuando aprecio las notificaciones de mi propio ordenador, normalmente mudo dado que siempre están conectados los auriculares a la salida y, así, el sonido ambiente nunca se produce cuando trabajo. Y sí, ahí también los correos, actualizaciones, avisos y otro tipo de mensajes emergentes se suceden sin freno y perturban no poco, en este caso sólo a mi. Lo de captar la atención del usuario se convierte en imposible en medio del constante bombardeo de señales. Y de lo de la concentración, olvídense.

lunes, noviembre 17, 2025

Cuesta mucho ir contracorriente (para MLLP)

El pasado sábado por la noche me llamó un buen amigo, MLLP, para que, sin falta, acudiera el domingo por la mañana a la tercera y última interpretación del oratorio “El libro de los siete sellos” en el Auditorio Nacional, dentro del ciclo sinfónico de la orquesta y coros nacionales de España. Mi amigo salió extasiado de una obra que ya me comentó que iba a ir pero de la que yo carecía por completo de referencias. Compuesta por el austriaco Franz Schmidt y estrenada en 1938, nada había en mi cabeza para situar obra e intérprete, más allá del miedo de que se tratase de un ejercicio de vanguardias, de los que suelo huir porque no me gustan. Me aseguró que no, que no me iba a arrepentir, y que fuera sin dudarlo.

Por la noche, compré una entrada en el Auditorio para la sesión del domingo, porque me fío del gusto de mi amigo y de su sabiduría, no sólo musical, y allí que me planté en una fría y cubierta mañana, arriba del todo, en la grada alta, que permite ver a distancia y escuchar perfectamente. La obra consta de una introducción y dos partes, sin intermedio, y llega prácticamente a las dos horas de duración. La orquesta requiere la presencia de casi todos sus componentes y de un elevado grupo de percusionistas, y el coro estaba reforzado por el de la Comunidad de Madrid, ocupando por completo la bancada posterior al escenario donde se sitúan los instrumentistas. La obra me encantó. Sí, no es atonal, es melódica, y no es una imitación del barroco como pudiera pensarse al tratarse de un oratorio, sino una sucesión de música bella y potente con un recitativo que le permite ir avanzando en el texto y una orquesta, coro y órgano utilizados en su máxima expresión. Se alternan los pasajes tranquilos y melódicos con otros de gran exaltación, de enorme potencia sonora y dramática, y existe un grado de unicidad en la obra que permite identificarla y seguirla sin dificultad. Es posible encontrar ideas en la música de carácter cinematográfico, que recuerdan a algunos pasajes de Körngold, Waxman o Hermann, autores de una época posterior pero que tuvieron un mismo origen germánico y que escaparon con su calidad y formato a un Hollywood que llenaron de su estilo clásico. La cuestión es que no quiero fijarme tanto en el aspecto musical como en otro. A medida que la obra avanzaba me iba preguntando por qué una música tan buena, tan potente, era tan desconocida. No soy un experto absoluto en música clásica, ese es un mundo de una dimensión tal que es imposible abarcarlo por completo, pero lo cierto es que de esta obra apenas hay referencias, es algo exótico y está completamente fuera no ya del canon, que también, sino directamente de lo que puede llegar a sonar en el mundillo. ¿Por qué ese olvido? El programa de mano señalaba dos causas, una la actitud cobarde del compositor una vez que el régimen nazi se hace con el poder en su país, se estrena en un 1938 con el anschluss recién producido, lo que hizo que tras la derrota nazi su figura fuera orillada, y la otra, más importante, era el tono de la composición, el estilo, alejado de las vanguardias dominantes. Tras el derrumbe del romanticismo la música atonal, el dodecafonismo y otras variantes de lo que se denominaron vanguardias se hicieron con el poder de la música clásica occidental, y los compositores que no se sometieron a ellas fueron tachados de rancios, de desfasados, de carcas. Schdmit es uno de ellos, de muchos, que no se rindió a un estilo imperante que no le gustaba. Hay aires de Bruckner en su obra, del primer Mahler, de una estructura sinfónica brillante que escapa de las formas de vanguardia, que no deconstruye nada. Y probablemente esa fuera la causa principal de que su obra quedase muerta de risa tras la derrota del totalitarismo, porque tras eso la vanguardia siguió dominando el pensamiento y la historiografía musical durante muchos años. Al igual que era políticamente correcto decir que la magnífica música orquestal que se componía para Hollywood fuera considerada menor, mero accesorio comercial de productos de baja calidad, ese mismo desprecio se extendía a todas las composiciones de autores no relacionados con el cine que se dedicaran a extender sus ideas en un pentagrama con estructuras clásicas. Ese dogmatismo, errado como lo son todos, ha ido perdiendo fuerza a medida que la vanguardia, constatado su fracaso como elemento escuchable, se ha debilitado.

¿Cuántas obras y autores habrán quedado arrumbados por culpa de esa visión sesgada de la vanguardia? En general, lo que se pone de moda, y lo que la academia dictaba, en los tiempos en los que imponía todo su poder, hacen que muchas obras de otro tipo sean expulsadas, y a veces el tiempo y la suerte logran rescatarlas, pero en no pocas ocasiones la pérdida es definitiva y el olvido caer sobre autores y partituras que ya no volverán a la luz. El oratorio de Schmidt es una obra colosal, digna de figurar en el repertorio sacro de cualquier festival. La belleza del arte no entiende de estilos y épocas, su grandeza radica también en la atemporalidad, en lograr conmover a públicos distantes en el tiempo y contexto. Y Schdmit, en esta obra, lo consigue.

lunes, noviembre 03, 2025

Halloween arrasa

Ya a lo largo de la semana pasada varios compañeros de trabajo, padres y madres en su mayor parte, iban relatando el montón de tareas que tenían esos días de cara a la celebración de Halloween con sus críos, un evento que iba a tener reflejo no sólo en los colegios, donde el viernes 31 se preveían actividades varias, sino sobre todo en las casas y barrios donde vivían. Muchos de sus hijos iban a juntarse con otros y protagonizar fiestas, disfraces y actos como visitar a otras casas, pedir caramelos con lo del truco o trato y presumir de la decoración que sus padres y el resto de los vecinos habían ido preparando a lo largo de varios días. Cuando me lo contaban no salía de mi asombro.

Con una agenda de actividades lúdicas bastante más intensa que muchas de las jornadas laborales, el viernes todo era un trajín de agotados que llegaban al trabajo después de haber delado a los críos en los colegios, convertidos en una macrofiesta de disfraces siniestros, y el tiempo de la oficina era algo similar a un relax previo a la intensa sesión de la tarde. Tras el trabajo, comer y rematar algunas cosas en la oficina, no me fui a casa, sino que me di una vuelta por el centro para comprar unas cosas, y pude contemplar que lo de Halloween ya no es un mero evento de colegios o de críos, no, sino una festividad multitudinaria que ha arrasado por completo. No eran pocos los que en el metro iban disfrazados de maneras más o menos aparatosas, y a medida que caía la tarde y la oscuridad se hacía fuerte su proporción crecía entre los que atestaban unas calles que parecían vivir una Navidad alternativa, equivalente en densidad humana pero con una estética singular. La mayor parte de comercios y lugares lucían decoración relacionada con la cosa mortuoria y uno podía empezar a echar cuentas mentales de cuántos miles de contenedores habían llegado de China los meses anteriores llenos de calabazas de pega, huesitos, telarañas y complementos de disfraz. Ya de noche la sensación de que se iba a montar una juerga monumental era clara. Grupos y grupos de chavales, y no tanto, se veían animados con ganas de pasarlo bien y el bullicio era creciente por todas partes. La decoración se había extendido también a algunas marquesinas de autobús y paradas de metro, y el ambiente era inmejorable, con una noche no demasiado fría para estar a las puertas de noviembre, sin atisbo alguno de lluvia. Cuando acabé lo que tenía pensado hacer, y tras dar un pequeño paseo por algunas calles céntricas, empecé mi retorno a casa, dado que no tenía previsto estar en ninguna fiesta siniestra, y en el camino al metro me encontré con mucha gente que salía de la boca con aires de fiesta. Esa misma sensación me entró cuando emprendí el viaje propiamente dicho a casa, dos líneas de metro con un intercambio. El volumen de gente que acudía a la zona céntrica era mucho mayor que el de los que nos alejábamos, y su proporción de disfrazados crecía y crecía a cada momento. Frente a la fiesta de carnaval, que en Madrid pasa sin pena ni gloria, el paisanaje de la noche del 31 de octubre era todo un muestrario de pelucas, trajes y sangres que podrían figurar plenamente como extras del Thriller de Michael Jackson, aunque la mayor parte de los que veía no supieran ni cuál es esa canción ni si ese nombre propio hace referencia o no a un cantante. Me imaginaba a alguno de mis compañeros de trabajo, que a esas horas ya habrían pasado la mayor parte de las obligaciones infantiles, pero que mantendrían todavía el final de las fiestas y un agotamiento absoluto tras un día tremendo, terrorífico por muchas causas además de por lo estético. En el intercambio de líneas, yo de camino al sentido que lleva hacia las afueras de la ciudad, la riada de gente camino al centro era la de las grandes ocasiones, y el ejército de zombies y apuñaladas resultaba digno de ser visto.

Por lo que he visto en algunos medios, y a falta de conocer datos concretos, la noche de Halloween ya se ha equiparado a Nochevieja en lo que hace a reservas y facturación nocturna, e incluso la ha superado en algunos lugares. El dominio absoluto de la estética y la versión de ocio importada de EEUU ha arrasado con lo que era la celebración de Todos los Santos y se ha convertido en uno de los puntales de la actividad comercial de la hostelería. Es curioso, pero hace unos años, no muchos, esa noche del 31 era una noche como otra cualquiera. Ahora es una de las de más actividad del año y, por lo tanto, de las que más dinero mueve. Cuanto menos curioso. Y no, no me fui de fiesta. Y sí, alguna gana me quedó de pasar por alguna, no se lo voy a negar.

viernes, octubre 17, 2025

La locura inmobiliaria sigue

Aunque hoy la actualidad me obligaría a hablar de la fracasada OPA del BBVA al Sabadell, no puedo evitar comentarles una historia que he vivido de manera indirecta esta semana que muestra lo desquiciado que está el mundo de la compra y venta de pisos, y lo inaccesibles que se muestran estos a la creciente demanda, especialmente de la gente más joven y de los sueldos medios. La cosa es que, el lunes, al salir de casa, vi en el portal un cartel escrito a mano de SE VENDE con un móvil y así me enteré que, en una de las tres escaleras que compartimos entrada al bloque, se vendía un piso. Interesante.

Tras mucho lío en la oficina, por la tarde, en un hueco, me fui a la web de Idealista para ver si lo encontraba, y lo hice con relativa rapidez. El piso estaba en, si consideramos mi escalera la primera, la tercera, era un séptimo con orientación inversa al mío, sol por la tarde y vistas sobre Madrid capital y sierra, orientación oeste. Se vendía con garaje, cosa que mi bloque no posee, por lo que debía estar situado en otro edificio cercano. El piso es unos cuatro o cinco metros cuadrados mayor que el mío y se encontraba, por las fotos, más usado. Para mi no sería necesario hacerle una reforma, pero sospecho que la mayoría de compradores se inclinaría por ello. Lo que me dejó patidifuso fue el precio, porque si, supongamos, yo pague 6,2 veces X por el mío, sin garaje, lo que me hace poner un precio de partida comparativo de 7 veces X de salida entre ambos, eludamos costes de reforma, en el anuncio de la web se ofrecía el piso por 10 veces X. Me cambié en verano de 2022 y apalabré el precio de compra a finales de febrero de ese año, por lo que en tres años y medio mi piso se ha revalorizado en 3 X, una X cada año y poco. Sólo para que se hagan una idea, sí mi piso ya entonces hubiera costado 8 veces X no habría podido comprármelo porque mi ingreso no daría para sostener la cuota de la hipoteca necesaria, con los criterios estrictos con los que ahora se otorgan. El ritmo de subida del precio me pareció bestial, como impulsado por una fuerza imparable que arrasa con todo. Me fui a casa entre asombrado y asustado. Alguno diría que también eufórico al saber lo que se ha revalorizado mi compra en este tiempo, pero eso para mi es secundario, porque me compré el piso para vivir en él, no para hacer juegos de compra venta, así que suba o baje no voy a convertirlo en dinero ni a corto ni a medio plazo. En fin, reflexiones varias en mi cabeza esa noche y el martes, con abundantes comentarios entre los compañeros de oficina ante la situación, y el ejercicio extendido entre ellos de buscar pisos muy cercanos a los suyos en el portal inmobiliario para hacerse una idea de cómo está el mercado que les toca. En general, la sensación que teníamos todos era que los precios estaban desatados, pero cuando se hicieron esas pruebas de contexto conocido esa sensación tornó en varios casos en pura incredulidad, al ver las cifras que se piden por viviendas cercanas a las suyas, que conocen, y que pueden referenciar perfectamente respecto a lo que poseen y lo que pagaron en su momento. La idea general de que no estamos ante una burbuja de crédito, pero sí ante precios de burbuja empieza a ser la más extendida. La demanda presiona con una fuerza inusitada, la inversión ve en el ladrillo un activo que se revaloriza sin freno, la llegada de inmigrantes y de potentados de otras naciones con altos ingresos que demandan vivienda, los crecientes divorcios que disparan la necesidad de pisos donde crear hogares múltiples que una vez fueron únicos, el deseo de emancipación de unos jóvenes que debieran irse de casa pero que no lo logran… y una construcción de viviendas lenta, escasa, llena de trabas, permisos y malas opiniones por quienes ya tienen vivienda, que ponen obstáculos de todo tipo a que se edifiquen nuevas para los que no las poseen. El mercado de los pisos está loco, y sometido a una tensión inmensa.

En esas estaba cuando, el martes por la noche, vuelvo a casa del trabajo y me encuentro con que, en el portal, ya no está el anuncio del piso. No puede ser, pienso, no puede ser. Después de cenar vuelvo a la web inmobiliaria de referencia, busco el piso, y no lo encuentro. Pulso el enlace que mandé a algunos amigos para indicarles la referencia de la venta y el portal me responde que ese anuncio ya no está disponible. Dos días ha durado la exposición de la vivienda, y sospecho que en dos días se ha vendido, a ese precio 10 veces X que les comentaba. Tan asombroso como disparatado. ¿Hasta dónde va a subir esto?

jueves, octubre 16, 2025

Quince años de muerte abandonada

De entre todas las noticias que pueblan la actualidad ha habido una social que esta semana ha logrado escalar hasta lo más alto del debate en cafés, comidas y demás eventos diarios, que son los que definen el día a día de una sociedad. Se trata el hallazgo del cadáver de un hombre que llevaba quince años muertoo en su casa y a quien nadie había echado de menos. Las lluvias de la DANA Allice provocaron la inundación de la terraza de un edificio en Valencia y la gotera chorreante por varios pisos del bloque. Al acceder al último piso del edificio, justo debajo de la terraza inundada, quienes lo hicieron se encontraron un cadáver casi momificado en un dormitorio convertido en una especie de palomar improvisado.

El hombre se llamaba Antonio Famoso, y ha hecho honor a su apellido después de una vida sometida a un final de vacío espeluznante. Divorciado, con dos hijos de los que se distanció cuando eran muy pequeños, murió a los 86 años, en 2010, en plena crisis financiera global. El rastreo de los que permanecen vivos y llegaron a conocerle, realizado por los medios de comunicación tras el surgimiento de la noticia, ha permitido crear un perfil algo más detallado de una persona de aparente normalidad absoluta. Tras el divorcio Antonio se dejó ir, como señalaba alguno de los residentes por la zona que solían verlo pasear. Iba reduciendo sus apariciones y su aspecto se estropeaba poco a poco, como el de alguien que, tras perder lo que le impulsaba, se va frenando, y es la inercia menguante lo que le permite seguir avanzando. Saludaba a quienes se encontraba, pero no mantenía conversaciones. Correcto, distante, los lazos con su entorno eran mínimos. Es probable que llevara una vida tranquila, anodina y sin sobresaltos, triste. Y, sin duda, solitaria. A su muerte, mejor dicho, tras dejar de ser visto lo poco que ya era en el entorno, algunos pensaron que se habría marchado a una residencia, o a otro lugar, o que se habría recluido voluntariamente, quién sabe. En todo caso Antonio dejó de ser visto y nadie lo echó realmente de menos. El vacío en el que vivía se hizo total y la luz se apagó, real y metafóricamente, hasta esta semana, en la que la sorpresa ha sido mayúscula. El sistema burocrático en el que vivimos no ha detectado la muerte de Antonio, como es lógico, y seguía cobrando su pensión, lo que le permitía pagar los recibos domiciliados. Evidentemente no cogía el teléfono si le llamaban, y los comerciales pesados de cada día acabarían por ficharle como el peor de los engañables posibles, y hasta ellos le dejarían en paz. Como ya no se recibe apenas correspondencia su buzón no se llenaba de cartas, y la comunidad retiraba la publicidad que, muchas veces, es lo único que nos llega a ese punto de referencia. No compraba por internet, y por lo visto las revisiones técnicas de su instalación de gas o de cualquier otro suministro no eran lo frecuentes que indica la normativa, dado que nadie accedió a esa casa. La vida biológica de Antonio se detuvo de manera definitiva pero la relacionada con su persona jurídica no, y eso muestra lo implacable que puede ser la burocracia cuando se pone en marcha, y que su inercia no sufre efecto de rozadura alguna que la frene. La sorpresa de quienes encontraron los restos de Antonio debió ser enorme, y más dado que su habitación tenía la ventana entreabierta, así se quedó hace quince años, y desde entonces palomas y otras aves habían tomado posesión de la habitación, convirtiéndolo a la vez en el sueño y pesadilla de un ornitólogo, una escena digna de película de Tim Burton con cadáver incluido, que tenía todos los ingredientes para revolver el estómago del más aguerrido. Tras el hallazgo, se ha visto que los vínculos de la vida de Antonio con los demás eran realmente débiles, casi inexistentes. Un encierro voluntario hubiera bastado para romperlos del todo y dejar al hombre solo hasta la nada absoluta. Fue la muerte lo que lo logró, pero hubiera bastado un grado más de misantropía en su vida para conseguir el mismo efecto de huida de la realidad en vida que el logrado tras su fallecimiento.

Antonios no hay pocos, cada vez más, de hecho, y todos los que vivimos solos en nuestros pisos corremos el riesgo de acabar así, deslizándonos por una pendiente en la que la soledad sea cada vez más nuestra compañera. La biología hace que parientes y amigos vayan abandonando nuestras agendas, a las que llega una edad en la que la poda es superior al rebrote, y se van extinguiendo. Espero que no me suceda, pero más de una vez he pensado, si se produce una desgracia y, pongamos, me muero durmiendo en la cama, cuánto tardarían en darse cuenta el entorno de mi ausencia. En época laboral como la presente, intuyo que poco, pero ¿y en un futuro de retiro? Sí, un pequeño Antonio está presente en nuestras cada vez más solitarias vidas.

viernes, septiembre 26, 2025

ChatGPT como amigo

Historia real de la mañana de este pasado martes. Iba el metro atestado en el camino desde mi casa al trabajo, todos presionados. Mi idea de ir leyendo en el trayecto la tuve que aplazar. Un par de paradas después de la mía subió, entre otros, una chica joven, moderna, era guapa. Se tuvo que poner muy cerca de mi. Llevaba el móvil en las manos y podía ver su pantalla, de echo tenía que hacer esfuerzos para no hacerlo dado las posiciones prensadas en las que estábamos todos. En ese momento se escribía por whatsapp con su madre, a eso de las 07:20 de la mañana. Discutían, con formas adecuadas, pero con firmeza mutua. No quise hacer caso al contenido concreto del problema.

Una parada después, tras haber cerrado el whatsapp, la chica abrió la app de ChatGPT, y se puso a escribir, y ahí no puede evitar engancharme. Contaba, resumidamente, que era una chica de 23 años, estudiante de derecho, carrera que no le gusta pero que la hace porque sus padres se lo habían exigido. Saca buenas notas pero a desgana. Lo que a ella realmente le gusta es la música, desde pequeña cantar, y desde hace un par de años componer sus propias canciones con las apps que ha descubierto para ello. Tiene estudios básicos de solfeo y le gustaría ampliarlos. Su idea, su gran idea, es dedicarse a eso una vez que acabe la carrera y olvidar el derecho para siempre, pero en casa no están de acuerdo y cada vez que surge el tema se organizan serias discusiones. Le escribía a ChatGPT para contarle todo esto y para que le ayudase, para que le diera consejo, para que le guiara sobre cómo afrontar las discusiones en casa, que le estaban haciendo la vida imposible, para que le animase cuando se iba a llorando a la habitación después de haber tenido otra bronca en la sala sobre su futuro, para que le diera fuerzas…. Y más o menos por aquí es cuando ella se bajó de parada y yo seguí en el vagón. Durante el tiempo en el que escribió a ChatGPT lo hizo de una manera bastante más pausada y reflexiva que cuando discutía por whatsapp, como si estuviera pensando con mucho más detalle lo que estaba poniendo, con un cuidado muy superior a la interacción con su madre. Eso me permitió seguir bastante bien el hilo de lo que le escribía a la IA. A medida que iba relatando su historia mi asombro no dejaba de crecer, porque al otro lado, en la IA, no hay nadie. De hecho no hay exactamente ni inteligencia, pero sí hay algo que escribe y responde de manera personalizada a todo aquel que le consulta lo que sea. Es probable que, cuando acabara su escrito y se lo mandase, ChatGPT tardase poco más de unos segundos en escribirle un texto lleno de recomendaciones, avisos, sugerencias, relativas a la necesidad de compaginar los deseos de su familia y los suyos, y todo con un lenguaje frío pero respetuoso y fabricado en exclusiva para ella. Supuse, durante el resto del viaje, que esa chica habría contado su problema a los amigos de la universidad, o a los que tenga fuera del mundo educativo, pero luego pensé que a lo mejor su círculo de amistades, como pasa cada vez más, es muy corto, y la relación no es tan estrecha ni íntima como es necesaria. Si tuviera pareja es casi seguro que ese debe ser uno de los grandes temas de conversación, y problema, en la relación, pero obviamente no tengo información al respecto. ¿Estaría usando ChatGPT para contrastar su “opinión” con la de otras personas del entorno? Quizás no estaba satisfecha con lo que el resto le ha sugerido y quería una opinión adicional, y sabiendo que la IA siempre está ahí recurrió a ella. No quiero pensar que esa referencia, la IA, era la principal de las suyas, o que le estaba contando su problema antes que a otras personas de su círculo íntimo, pero la proliferación de casos que se ven en las redes y la vida real de personas que usan a ChatGPT como compañero y amigo son tales que es una posibilidad que no es descartable. Prefiero pensar que no es así, pero se que no puedo asignarle un cero de probabilidad a algo que supondría la soledad profunda de esa chica ante su problema y, desde luego, las demás complejidades de su vida.

Sí, cada vez estamos más solos. Tenemos montones de “amigos” en las redes que, en muchos casos, no son sino bots o personas que están al otro lado de una aplicación, pero fuera de nuestra realidad. En nuestros entornos personales la frialdad crece, la consolidación de las amistades se vuelve más difícil en un mundo de narcisismo creciente y la complejidad de la vida moderna erosiona los patrones de relación social que han existido durante infinidad de años y nos han moldeado a la hora de relacionarnos con los demás. Recurrir a ChatGPT como amigo o confidente es el síntoma de un problema más profundo, novedoso, y que, sinceramente, no se muy bien cómo se puede abordar.

Este finde subo a Elorrio y me cojo dos días de ocio. Si no pasa nada raro nos leemos el miércoles 1 de octubre.

miércoles, julio 30, 2025

Llevar la contraria al jefe

Hoy hay reunión de la FED en EEUU para decidir sobre los tipos de interés en aquel país en función de la economía. A ver si mañana o pasado puedo escribir sobre ello, pero, no huyan aún, hoy no quiero centrarme en la economía. La semana pasada Trump visitó las obras que se desarrollan en el edificio histórico de la FED, no muy lejos de la Casa Blanca. En un momento dado, habló del presupuesto de la obra, que ciertamente se ha disparado, y citó un coste unas tres veces mayor de lo que va a acabar siendo. A su lado, Powell, el mandatario de la FED, empezaba a cabecear en un claro gesto de negación. El subordinado contradecía a su jefe.

¿Cuántas veces se han visto ustedes en esa situación? En la de estar delante de un jefe que afirma algo que no es cierto, o que incurre en un error, y ustedes saben la respuesta correcta. ¿Se atreverían a contradecirle? ¿levantarían su voz para llevarle la contraria? Supongo que la respuesta depende mucho del contexto, de la relación personal con el jefe, del tamaño de la hipoteca que queda por pagar, de lo directamente relacionado que esté el jefe con el contrato que le une a usted a su empresa, y un montón de factores similares, pero, en general, es bastante poco común el ver una escena en público donde un superior es contradicho por alguien que, directa o indirectamente, depende de él. A medida que se asciende en el escalafón de una estructura, sea pública o privada, el poder es más intenso, y más es lo que se puede perder en caso de contradecirlo. Esto lleva a muchos a adoptar el rol del pelota, el adulador, el que siempre le da la razón al jefe pase lo que pase, aunque sepan que a veces tenga razón o no. Han descubierto que en su ecosistema se prospera más y mejor alabando las bondades de la jefatura que trabajando o siendo sinceros. Estos personajes se dan en todas partes, pero crecen en proporción a medida que nos acercamos a la cumbre, dado que desde ella el jefe puede decidir de manera discrecional quiénes le acompañan y quienes no (esos ya no podrán pagar sus hipotecas). Esto está muy estudiado y se sabe que el poder, cuanto mayor es, más ciego se muestra ante la realidad porque está todo el día oyendo voces aduladoras que le ciegan el juicio, creyéndose el superior el más listo de todos, cuando sólo está rodeado de un mayor número de aprovechados que viven a cuenta de él. Pero bueno, no nos vayamos a los cielos, donde viven muy pocos. En el día a día de su trabajo, en su empresa o negocio, tendrá muchas situaciones en las que su superior conoce más que usted y, al revés, y el cómo se gestiona eso cuando en ambos casos se deben acatar las decisiones que provienen sólo de un sentido es uno de los mayores problemas del trabajo habitual. Conseguir grados de confianza suficientes con los jefes para hacerles ver que hay cosas en las que están equivocados y no poner en riesgo la nómina es todo un arte, que a veces se aprende con el tiempo, y en otras muchas ocasiones resulta inaccesible. Mi experiencia al respecto es mixta y poco extrapolable, creo, dado que juego con red al tener un puesto de trabajo casi garantizado al 100%. En más de una ocasión le he llevado la contraria a mis superiores en aspectos técnicos que sí dominaba y ellos no, y el resultado ha sido variable, siendo mi criterio tenido en cuenta en unos casos y en otros no. De unos años a esta parte sí estoy notando dos tendencias que no me gustan nada en el mundo laboral en el que me muevo. Una es la inflación de cargos, el número de jefes no deja de crecer, y eso genera disfunciones y disputas entre ellos. Otra es que el criterio por el que reclutan a la gente no tiene tanto que ver con la valía profesional como con la lealtad, lo de no llevar la contraria y seguir las directrices. Y eso es condición necesaria para que una organización se estrelle. El papel del técnico se va reduciendo a medida que el nivel de jerarquía se dispara y opera de manera inaccesible, y justo cuando la vida real que nos rodea se complica cada vez más. No se, es lo que veo.

En la discusión entre Trump y Powell, Powell llevaba la razón. Trump le sacó un papel en el que figuraba esa cifra que triplicaba los costes. Powell se puso las gafas de leer y le contestó, en segundos, que eso hacía referencia a obras de otros edificios que no eran el del la FED, por lo que nada tenían que ver con él. A Trump ser pillado en renuncio le da igual, porque la realidad es lo que a él le parece, pero quedó claro hablaba sin saber y quién no. Eso no evitará que, en lo que le queda de mandato, Powell sea torturado sin cesar por los insultos de Trump, pero, al menos, se irá con la cabeza alta. Quizás eso, una vez pagada la hipoteca, sea lo más importante que se pueda decir del ejercicio de uno de su profesión y su relación con la jefatura.

miércoles, junio 11, 2025

Somos un país pobre

¿Cuánto ganas? Esta pregunta es una de las más habituales que los norteamericanos se realizan entre sí y plantean a los que conocen, al muy poco tiempo de entablar una relación. En España, sin embargo, nadie osa a pronunciarla, se considera una muestra de muy mala educación y quien trate de inquirir algo así será visto por los demás como un sujeto bastante despreciable. Siempre he pensado que esto se debe a la envidia que nos corroe a los españoles. No soportamos sospechar que los que nos rodean gana más que nosotros y, tácitamente, no nos lo preguntamos para que, en la duda, uno se pavonee en su interior de ser el más afortunado. Suena a infantilismo del cutre, quizás porque lo sea.

Así, el estudio como el que ha publicado estos días Kiko Llaneras resulta de una enorme utilidad y arroja unos datos demoledores sobre la estructura salarial de nuestro país, poniendo cifras a esa gran duda que no nos cuestionamos y dimensionando los ingresos de los españoles. Anticipo, son bajísimos. En términos brutos, el salario mediano en España es de 24.000 euros anuales, y recordemos que la mediana, que no la media, es el valor que divide entre dos la distribución. Eso significa que una mitad de los españoles gana menos de 24.000 brutos anuales y la otra mitad más. Eso supone que, descontadas las cotizaciones, retenciones y demás, esa cifra se puede traducir en una nómina mensual de unos 1.1150 euros en catorce pagas al año, o 1.330 en doce mensualidades exactas. Este cálculo de la nómina neta ingresada es un poco más aproximado, pero por ahí andará la cosa. La gráfica de la distribución nacional muestra que los 30.000 euros brutos divide la distribución de manera muy precisa. Dos tercios del país ganan menos y un tercio más. Apenas un 5% de los asalariados superan los 60.000 euros brutos anuales, lo que marca el estrato más alto de los ingresos. Por regiones la cosa varía, y como era de esperar Madrid, País Vasco o Navarra tienen las nóminas más altas mientras que Canarias o Extremadura se encuentran entre las regiones de cola, pero las diferencias no son tan abultadas como uno pudiera esperar. En el caso de Madrid si destaca que la presencia de salarios altos es bastante más relevante en el resto de comunidades, pero, en general, la cifra de los 24.000 de mediana resulta relevante. Si uno compara estos ingresos con los niveles de precios con los que nos relacionamos habitualmente, y que han experimentado grandes alzas en los últimos años, podrá deducir que la sensación que embarga a muchos de que no llegan a fin de mes es más que lógica. Especialmente sangrante es comparar esta distribución de salarios con los costes de acceso a la vivienda, tanto en propiedad como en alquiler. Los precios actuales de la cuota mensual para estar arrendado en las ciudades españolas medias y grandes suponen no ya un tijeretazo considerable a los ingresos mensuales sino, prácticamente, su expropiación. Estos niveles de salarios conforman un país de ingresos bajos en comparación con el resto de la UE. Una parte no pequeña de la competitividad de la empresa española en el extranjero es el coste escaso de la mano de obra, que como podemos ver con las cifras resulta palmario. El modelo de bajos salarios ha funcionado durante bastante tiempo pero la necesidad de acceder a las demandas de la clase media ha supuesto que las nóminas de los empleados de muchos sectores hayan subido en los últimos tiempos. Eso no se ha traducido en ganancias salariales completas en ese dato de la mediana porque, por ejemplo, la llegade de inmigrantes de estos últimos años, que copa en gran parte puestos que muchos de los españoles ya no quieren desempeñar, ha presionado a la baja a los salarios de numerosas categorías profesionales, que pesan mucho en el cálculo global (piense usted en todos los temporeros agrarios, empleados fabriles de base, cuidadores de hogar, etc). Más allá de los detalles, la imagen que ofrecen los datos es la de un país pobre en el contexto europeo.

Supongo que el instinto de cada uno al ver esos datos ha sido el de posicionarse en la gráfica, en buscar dónde nos encontramos, y sacar sensaciones de ello. El ejercicio es casi inevitable, y puede llevar a frustraciones y subidones artificiales, y a reflexiones del tipo “estoy mal, pero si me comparo con los murcianos no tanto”. Si quieren saber dónde estoy en el gráfico, les reconozco que por encima de la mediana nacional, pero supero la mediana del País Vasco por muy poco, que está en 30.000, la más alta del país. ¿Eso es, para mi, mucho o poco? Como nos pasa a casi todos, siempre creeré que no lo necesario, y les confieso que en mi entorno soy de los que se encuentra en la escala "baja". Es lo que hay.

martes, mayo 20, 2025

Comuniones

Este domingo tuvieron lugar las comuniones en Elorrio, en una única ceremonia en la que todos los niños y niñas fueron agrupados. Esta vez han sido doce los participantes en el sacramento, lo que dadas las dimensiones del pueblo y los tiempos que corren no me parece un mal número. Salió un día radiante, de auténtico verano, el primero del año en el que se alcanzaron los treinta grados y que, pese a las previsiones, no tuvo un reverso tormentoso por la tarde. No, el buen tiempo aguantó toda la jornada, lo que supuso una alegría añadida a críos y familias, que pudieron festejar de manera completa la jornada sin preocuparse por lo que pudiera caer del cielo. Ya llovió ayer, pero no el domingo.

A la vez que se celebraba la ceremonia en Elorrio, en el Vaticano tenía lugar la llamada misa de entronización de León XIV, y es que un Papa es un rey absoluto en el Vaticano como estado y en la iglesia como institución, y era ese día en el que tenía lugar algo parecido a una coronación, con todas las distancias que ustedes quieran tener, pero con el mismo significado. El Papa es la cúspide de la iglesia y esos críos de Elorrio su base, y entre medias, todo un mundo sometido a una crisis profunda. Mientras asistía a la misa en Elorrio, con una audiencia mucho mayor de la habitual, fruto de las familias y allegados que se habían reunido para la celebración, no dejaba de pensar en si lo que estaba presenciando tenía futuro o no. Esos críos han visto, por ahora, una cara de la iglesia asociada a lo festivo, a lo celebrante, no mucho al trabajo y sacrificio, y menos a la hipocresía, que es lo que los adultos descubrimos con el tiempo en casi todas partes, no sólo en los templos. ¿Cuántos de esos críos mantendrán una cierta vinculación con el mundo de la fe en el futuro? Ya en la ceremonia se comentó que el acto que se celebraba no era el final de la carrera de la fe, sino una etapa que debía ser sucedida por otras ¿Se apuntarán muchos a confirmación? ¿Alguno la hará? Dentro de, pongamos, dos décadas, ¿cuántos de ellos pisarán la iglesia más allá de algunos actos formales, como bodas o funerales? La pompa del Vaticano contrastaba notablemente con el fondo de una creencia que se ha debilitado notablemente en la sociedad. Sí, sigue habiendo creyentes, y algunos muy convencidos, pero el catolicismo está en retroceso en nuestra sociedad. Nadie lo diría viendo las masas que se han congregado recientemente en la Semana Santa, tanto en lo que hace a cofrades como a espectadores, pero eso lo asocio más a costumbres locales y a un cierto componente de folclore que a religión entendida como tal, como fe en la trascendencia. El número de sacramentos impartidos se ha derrumbado, los bautizos, comuniones, confirmaciones y bodas sean cada vez más escasos, y ahí se ha juntado tanto el proceso de descreencia como el del derrumbe de la natalidad. La inmigración creciente, en toda Europa, no tiene un anclaje religioso equivalente al del territorio que le acoge. Si em apuran, en España, somos la excepción dada la prevalencia católica de muchos de los latinoamericanos que llegan a nuestro país, pero entre ellos también han crecido con fuerza los componentes evangélicos, y el proceso de secularización a medida que sus vidas prosperan en lo material. ¿Es la religión algo del pasado? No, no lo es, porque el sentido de la trascendencia que les comentaba sigue anidando en el interior de cada uno de nosotros, y periódicamente reclama respuestas que no somos capaces de darle. La vida moderna, cada vez más ocupada y compleja, con absurdos crecientes, ha quitado mucho del espacio que antes era ocupado por el rito religioso, tanto en los horarios como en la mente. Y es evidente que la religión, tal y como era entendida en el pasado, no es capaz de dar las respuestas necesarias a gran parte de la población que, en el ocio y el disfrute, ha encontrado una manera de acallar sus miedos interiores. Para muchos es efectiva, no para todos. ¿Es ese, el disfrute hedonista, el pensamiento religioso de nuestro tiempo? Un observador ajeno seguramente concluiría que sí, dado el peso que le otorgamos en nuestro día a día y en la planificación futura de todos nuestros actos.

El nuevo Papa, como cabeza de la iglesia, tiene muchos retos, algunos mundanos, pero todos ellos importantes. El que más, creo, es lograr que la institución que preside sobreviva a la modernidad, y no se si se conoce la receta para ello. En Europa, al menos, el sentimiento religioso católico practicante puede ser superado en breve por el del rito musulmán, que crece con fuerza. El riesgo de que las iglesias y templos acaben siendo lugares de museo, en el mejor de los casos, cuando no espacios olvidados y sometidos a la decadencia, es real, y la iglesia debe plantearse qué debe hacer para reconectar con una sociedad que no la ve como uno de sus pilares. ¿Cuántos niños harán la primera comunión en unos años?

lunes, enero 27, 2025

Auschwitz, ochenta años después

Hoy se celebra el día mundial en conmemoración del Holocausto. La fecha escogida se debe a un 27 de enero de  1945, en su avance hacia Berlín, las tropas soviéticas llegaron a la localidad polaca de Auschwitz y se encontraron con el campo de concentración que, a las afueras de la misma, constituía todo un complejo industrial de enormes dimensiones. Lo que allí hallaron era la prueba de un rumor que corría por Europa desde hacía ya años, pero que nadie había querido confirmar, muchos ni creer. La dimensión del horror que se escondía detrás de aquel conjunto de alambradas, barracones, hornos y pabellones sigue, hoy, siendo incomprensible.

Hace ochenta años del descubrimiento de algo así, y bastante menos tiempo desde que la humanidad es consciente, y doliente, por lo que allí pasó. Los supervivientes contaron su testimonio tras la liberación pero muchos no los escucharon porque no daban crédito. Fue más el trabajo de los historiadores, recopilando las pruebas que demostraban la idea y creación de esa red de campos de exterminio lo que acabó calando en la imagen global que las palabras de los pocos que lograron salir de esas instalaciones con vida. Y recordemos, no nos consta testimonio alguno de los que entraron en las cámaras, porque ninguno de ellos salió con vida. Auschwitz se ha convertido en sinónimo de horror, pero de un horror inconcreto, de una monstruosidad ausente. No son los campos nazis los mayores exterminadores que haya conocido la humanidad, quizás ese siniestro mérito hay que otorgárselo a los gulags rusos o a los centros de reeducación de la revolución cultural maoísta en la China de mediados del siglo XX, pero si han logrado alcanzar la relevancia que poseen es porque en esas instalaciones nazis se aúnan una serie de cosas que parecen antitéticas, pero que nos describen perfectamente como seres humanos. Sí, porque sólo inteligencias humanas serían capaces de concebir lugares de exterminio como Auschwitz, y desatar todo el proceso administrativo, industrial, logístico, necesario para que una instalación de ese tipo funcionara. Sólo los humanos son capaces de trabajar coordinadamente en equipo, de una manera concienzuda, fría, inteligente y razonada, para alcanzar el logro de un lugar así. El exterminio de una parte de la humanidad como proyecto de trabajo de otra parte es algo que sólo los humanos somos capaces de hacer. Y la manera tan eficiente, planificada con la que esa labor se desarrolla en los campos nazis es lo que llega a estremecer hasta la locura. Diseñar una instalación en la que se asesine a unas diez mil personas al día a su máxima capacidad de rendimiento es un reto para ingenieros, planificadores, encargados de planta... Auschwitz era una fábrica de muerte, y enfrentarse a esa idea produce un vacío total. La negación de lo que allí pasó no es nueva, existe desde el momento en el que se descubre, en parte por el deseo de quienes estaban involucrados en lo que pasó de no hacerse responsables de algo que iba a ser juzgado con dureza por el resto del mundo, pero ese negacionismo no sólo se dio entre los jerarcas nazis y quienes simpatizaban con sus ideas, no. Miles y miles de personas en todo el mundo secundaban en su momento la incredulidad por lo que se iba sabiendo al descubrir ese y otros campos. En parte hay un sentimiento colectivo de culpa (no supe que eso pasaba, no hice nada para evitarlo, quiero pensar que no sucedió) pero también hay una negación ante lo que parece ser algo impropio del hombre. No es posible que algo así sucediera. Simplemente no se puede planificar el exterminio de millones de personas porque es algo tan atroz que escapa al entendimiento humano, no hay maldad real que sea capaz de algo así, debe existir un monstruo, algo no humano que ha hecho eso, algo que no somos nosotros. Es una reacción comprensible, equivocada, escapista, pero real. La imagen de que los nazis no eran humanos es la más sencilla de implantar en unas mentes que no son capaces de asimilar lo sucedido. Eso no pudo pasar. Pero sucedió. Ocurrió y, por ello, puede volver a suceder.

Apenas quedan supervivientes de Auschwitz con vida. El paso del tiempo está a punto de convertir al campo de un lugar de memoria a un espacio de la historia. Y esa ausencia de testimonios es el principal factor de olvido, de que Auschwitz se vaya empequeñeciendo en el espacio de la memoria de las generaciones vivas, que la señal que de allí emana, la del mayor peligro para nuestra existencia, nuestro irracional odio, pueda volver a reencarnarse en ideologías nuevas, o en versiones modernas de las de siempre. Hoy habrá muchos dirigentes en el campo reclamando mantener una memoria viva, y millones de personas ausentes que actúan como si eso no hubiera sucedido. Si hay algo que jamás debiéramos olvidar en nuestra existencia es todo lo que allí sucedió, y todo lo que lo hizo posible.