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jueves, febrero 26, 2026

Juan Carlos I, Rey

Que se muriera Tejero ayer por la tarde fue como si el destino, que no existe, quisiera lanzar un guiño a los españoles, clausurando por todo lo alto la historia del golpe del 23F tras la desclasificación, al mediodía, de la documentación que seguía considerándose como secreta. Tejero era la imagen viva de esa asonada, su aspecto más chusco y visible, y era de los pocos que vivieron aquello en primera persona que seguía entre nosotros. Su muerte, a los 93 años, cierra un círculo y entierra un pasado que, afortunadamente, no llegó a ser. Tejero hizo todo lo posible para que una oscuridad volviera, pero otros, no pocos, consiguieron que no fuera así.

Poca información relevante ha surgido de los papeles desclasificados. No se esperaban grandes secretos, según decían los expertos en la materia, y así ha sido. Si acaso, de una visión general de lo conocido, emerge aún con más fuerza el papel del Rey Juan Carlos y su inquebrantable compromiso con la democracia. El Rey fue un espolón frente al que chocaron las intentonas golpistas, esta y otras que se fraguaron y no llegaron a fructificar. En aquellos momentos Juan Carlos, aunque la Constitución vigente ya le había desposeído de poder efectivo, conservaba un enorme ascendiente en la carrera militar, que constaba de miles de personas con poder real, y que hasta hacía no muchos años se habían repartido el país a su gusto. El ejército de entonces no era el de ahora, ni mucho menos. El miedo que entonces producían los “ruidos de sables” estaba más que justificado. Pues bien, ante este poder militar sublevado, parcialmente pero con ímpetu, Juan Carlos se planta, pone pie en pared. Universalmente conocida es su alusión en TVE esa noche en la que insta a los sublevados a deponer su actitud y a rendirse, a no causar más daños y a dejar las armas. Esa escena, que consagra a Jun Carlos como Rey constitucional, y que algún conspiranoico de tres al cuarto ha tachado de montaje para defender la figura del Rey, se ve ahora que no es sino la culminación de un día en el que, en todo momento, el Rey está en frente a los golpistas. En esos documentos hechos púbicos se ve como Juan Carlos se niega a renunciar a su corona, se niega a exiliarse, afirma que resistirá como sea y que no se doblegará ante el golpe, triunfe o no. Muestra valentía y creencia en la democracia, y se convierte en el mayor poder no controlado por los golpistas que se revuelve contra ellos. Podía haber algún momento de vacilación, duda, deseo de componenda, intento de diálogo para ver lo que se puede sacar de la situación, cualquiera de esas cosas cutres que ahora vemos en la sucia política que nos domina, pero no. Juan Carlos, desde sus primeras palabras registradas, se pone al frente de la democracia española y se determina a resistir cómo y cuánto sea necesario. Muestra valor, porque frente a una actitud violenta como la que entonces se estaba desarrollando la vida de los que mostrasen oposición podía correr riesgo, y pese a ello se juega el tipo en cada momento. Eso hace que algunos de los golpistas, tras su fracaso, expresen un odio desmedido, con lógica, ante la figura que les frenó, el Rey, y afirmen que, para ocasiones posteriores uno de los primeros pasos debe ser neutralizar al Borbón. En esto, y en no pocas cosas, los golpistas y los etarras compartían destino, y su proyecto totalitario pasaba por hacer caer la monarquía, garante de las libertades constitucionales. Unos lo intentaron el 23F, otros varias veces en atentados felizmente frustrados. Sí, Juan Carlos se doctoró como Rey esa noche, pero durante el día desarrollo la lección de manera espléndida. Su figura queda aún más engrandecida tras lo conocido.

Su hijo, Felipe VI, también ha tenido que hacer frente a un golpe de estado, en este caso postmoderno, sin militares con las calles, pero con civiles queriendo hacerse con el poder de manera ilegítima y desmontando la constitución. En 2017, tras la asonada del procés, también Felipe VI sale por la noche a dar un discurso de importancia máxima, y logra que la situación política se encauce tras lo vivido en Cataluña por los totalitarios, en este caso vestidos de independentistas. Pese a las sucias componendas con las que el actual desgobierno ha tratado de reescribir la historia, en ese momento el hijo, como el padre, vuelve a jurar la constitución delante de todos nosotros, y muestra que las libertades que en ellas se recogen exigen a los poderes públicos sumisión, respeto y creencia. No es poca lección en estos tiempos.

miércoles, junio 19, 2024

Diez años de reinado de Felipe VI

Hoy se cumplen diez años de la proclamación como Rey de Felipe VI ante el Congreso y Senado, en sesión extraordinaria. Da vértigo comprobar que la manida frase de “parece que fue ayer” se revela como cierta, por lo próximo que resulta el hecho y, a la vez, la cantidad de cosas que han sucedido y todo lo que, en casi todos los aspectos, se ha destruido en nuestro entramado institucional. Mucha de esa destrucción es culpa de algunos de los que asistían esa sesión plenaria, pero un mucho menos toda. Personajes oscuros, sediciosos y chulescos acabarían apareciendo en nuestra actualidad para condicionarla y, de paso, arruinarla.

Curiosamente, a lo largo de estos años, se ha producido un proceso inverso en lo que hace al prestigio de la institución monárquica. Al llegar Felipe coge el relevo de un Juan Carlos que abdica tras caerse el velo que ocultaba algunos de sus escándalos, y con una salud muy desmejorada, representaba a una institución que basa su existencia legalmente en la constitución pero, sobre todo, en la legitimidad de sus actos y en la ejemplaridad de los mismos. Como cargo representativo que es, la monarquía se basa en representar un papel, y debe hacerlo de la manera lo más perfecta posible para mantenerse en el tiempo. En 2014 las heridas de la crisis económica de la burbuja y la deuda soberana aún eran enormes, y la sociedad seguía golpeada por un trauma del que, creo, aún no hemos salido. La monarquía quedaba expuesta a la vista de todos con varios de sus privilegios, con escándalos de variado tipo y la sensación de haber perdido el control de sus actos. La renuncia de Juan Carlos, vista con el tiempo, era obligada, y su relevo, una pirueta arriesgada. Felipe VI tenía sobre sí la responsabilidad de mantener toda la institución por encima de lazos familiares, de amistad, de proximidad y de afecto, y si Juan Carlos contó durante décadas con el apoyo de medios y de la clase política, sabía el sucesor que la hostilidad de ambos iba a ser creciente contra su figura y lo que representa. A medida que esta década ha ido avanzando la degeneración de la política española se ha agudizado, en medio del creciente papel de los populismos estúpidos, que todo lo enfangan. El clima institucional se ha vuelto irrespirable, el interés táctico de los sátrapas que se sitúan al frente de las organizaciones políticas las ha convertido en meras cámaras de eco de la adoración debida al líder, y el enfrentamiento, que no se ha trasladado a la sociedad, se ha convertido en la norma. Y todo ello con un golpe de estado postmoderno entre medias capitaneado por los no pocos independentistas catalanes. En paralelo a esta degeneración, Felipe ha tenido muy claro que su camino era otro. Cada vez más solo, con apoyos pero no muy destacados, y enemigos en todos los lados de ese caduco espectro político que usamos para entendernos, ha ido forjando una imagen basada en la frialdad, el rigor y el desempeño de sus funciones. Ninguna queja, ninguna bronca, ningún escándalo. En este tiempo se han sucedido los juicios a su hermana Cristina y ex cuñado Urdangarín, y se han conocido muchos detalles de la relación financiera y sentimental de Juan Carlos con Corinna Larsen. Ante lo inevitable, Felipe ha optado por la separación, por dejar claro que nada de todo eso supone relación alguna con él o con su familia, habiendo roto los lazos de la misma y quedando, en la práctica, convertida en su matrimonio con Letizia y sus dos hijas. La decisión de Juan Carlos de irse a vivir a Abu Dabi fue un golpe para la sociedad, supongo que mucho más para él, pero ha dejado claro que su responsabilidad al frente del estado está por encima de todo, y también de los que comparten con el apellido. Su respuesta ante el desafío sedicioso de 2017 fue, otra vez, ejemplo de seriedad y de compromiso con los valores democráticos, cuando los ahora injustamente amnistiados demostraron hasta qué punto se puede ser traidor y delincuente.

Creo que Felipe VI ha interiorizado muy bien las lecciones de la tetralogía de la ejemplaridad de Javier Gomá. En un mundo en el que la indecencia política y el falso postureo de la mayor parte de la población lo inundan todo, él ha escogido ser juzgado por sus actos, y entre tanta mugre su actitud resulta ser aún más destacable. Hoy la monarquía cuenta con una de las valoraciones más altas de los últimos tiempos, cada acto del Rey es recibido por la población con festejo y, frente a los pitos que cosechan los políticos, su figura se agranda. Leonor, ya sucesora oficial, es cada vez más un activo de peso en la corona. Con todo en contra, Felipe VI cumple una primera década en el trono de manera triunfal, pero eso sí, a su discreta manera.

martes, octubre 31, 2023

Leonor de Borbón, 18 años

Hoy Leonor, la hija mayor de los reyes Felipe VI y Letizia, cumple 18 años. Alcanza la mayoría de edad y, como reza la Constitución, debe jurar cumplirla y hacerla cumplir en sesión extraordinaria ante las Cortes. A partir de hoy la heredera será directamente reina si Felipe VI es incapacitado, fallece o abdica, sin que haya regencia de ningún tipo. Es un paso trascendente para ella y un ritual del estado en el que se da mucho boato a una ceremonia importante, en la que los poderes de la nación se reúnen ante quien realmente debe mandar, que no es el Rey ni el presidente del gobierno, sino la propia Constitución y el parlamento.

Hay muchos que han criticado esta ceremonia porque supone una exaltación de la monarquía cuando, realmente, es todo lo contrario, es la representación más clara posible de la subordinación de la monarquía al texto legal supremo y ante los representantes de la soberanía nacional, los diputados y senadores elegidos en cortes. Felipe VI lo hizo y ahora lo hace su hija en una ceremonia que a todos los que sean funcionarios del estado les sonará un poco porque ellos también la han hecho, sin tanta cámara de televisión, pero con el mismo significado. El funcionario jura cumplir la constitución y las leyes que de ella se emanan, como también lo hace el presidente del gobierno y sus ministros. El cargo político es, por definición, temporal (a cuántos les gustaría que no fuera así) y el de funcionario resulta vitalicio, por lo que se puede decir que el Rey es una especie de funcionario, un empleado del estado. Cierto es que con características muy especiales, pero no tanto. Quienes hoy no asisten a la ceremonia de jura de Leonor lo hacen, dicen, para expresar sus convicciones republicanas, pero no deja de ser un absurdo que, cobrando de la institución en la que trabajan, no acudan a un acto que se celebra en dicha institución y que supone que el Rey, y hoy su heredera, se postran de manera legal ante los parlamentarios que allí se encuentren. Para un republicano convencido, que un Rey jure la norma legal de su nación ante él es lo más parecido al triunfo, que no puede lograr porque sociológicamente España no está por la labor de volver a una república. Vivir en la realidad que a uno le ha tocado vivir es una de las condenas que todos tenemos que sobrellevar en nuestro día a día, y cuanto más se tarda en aceptarlo más deprimente resulta la existencia. En España la monarquía fue refrendada en el referéndum constitucional, y una mayoría de la sociedad ve a la institución como útil, alejada del cada vez más enfangado ruido político, lo que le garantiza de momento la pervivencia en el tiempo. Es ese sentido de utilidad lo que permitirá a Felipe VI y, en el futuro a Leonor, mantenerse y alcanzar el trono respectivamente, y ellos son los que mejor lo saben. Han aprendido de los aciertos y errores cometidos por Juan Carlos, a quien probablemente la historia absuelva en el futuro, pero que ahora el día a día lastra por una actitud financiera y personal reprobable. En este sentido Felipe VI ha sido muy tajante en sus manifestaciones y comportamientos, y sabe que el listón de ejemplaridad que se le exige está muy por encima del que rige para los demás, y no digamos para los que más aceradamente le critican, que en tantas ocasiones muestran su falta absoluta de dignidad. Leonor también tiene esto bien aprendido, y conoce los riesgos de caer en tentaciones de todo tipo, especialmente las económicas, que nublan la mente de cualquiera. El caso Noos fue una prueba de fuego para la institución y la actual familia real optó por una decisión dura, que salvaguardase la institución por encima de otras consideraciones personales. Sabe el Rey y su heredera que tienen pocos amigos de verdad, que deben huir de los interesados que les puedan causar problemas, y que serán sus hechos los que les permitan mantenerse al frente de una institución que ha remontado en popularidad estos años y cuya vigencia se mantendrá si siguen, como hasta ahora, trabajando para el bien común de la nación.

¿Soy monárquico? Flojo, y por utilidad, como antes mencionaba. Los experimentos republicanos en España han salido fatal porque un poder republicano (y hay muchos tipos de repúblicas) exige un consenso social establecido sobre unos mínimos que en nuestro país no existen. Me gusta mucho el sistema norteamericano, pero uno ve cómo funcionan las copias a su imagen y semejanza en los países de América Latina y acaba espantado, o contempla los intentos de Trump por degenerarlo y sufre el miedo al poder desenfrenado. Leonor puede ser reina, el futuro es incierto en todo, y dependerá mucho más de ella misma y de Felipe VI que lo sea de lo que opinen quienes hoy no acuden a la ceremonia.

lunes, mayo 08, 2023

Coronación de Carlos III e imagen

Es la monarquía británica la única del mundo, si no me equivoco, en la que el Rey se corona como tal, poniéndole encima el símbolo de la realeza y otorgándole todo tipo de atributos que le designan como el elegido. Ni la japonesa, la única que le puede competir en tradición histórica, realiza una ceremonia con ese ritual. El resto de monarquías se proclaman. El heredero es investido Rey al fallecer su antecesor, y todo se realiza en los momentos o días más contiguos al de la muerte del anterior Rey. Carlos III ya era rey a los minutos del fallecimiento de Isabel II. La ceremonia de este sábado, por tanto, no tiene relevancia legal o constitucional.

Si la tiene en dos aspectos que son relevantes, aunque no lo parezcan. Uno es el religioso, y es que también en esto el Reino Unido es diferente. Desde que Enrique VIII descubrió que sí el mismo se nombraba “Papa” de su religión Roma no le impediría hacer lo que le viniera en gana con sus esposas, el rey de allí lo es también jefe de la iglesia anglicana, una versión del protestantismo venida a menos en tiempos de laicismo y descreencia, y que tiene al soberano de Londres como el principal responsable. Eso obliga a realizar un ceremonial religioso especial, que las devotas de nuestro país y otros observan con envidia, pero que es muy pecaminoso visto desde la óptica católica, porque el arzobispo de Canterbury, la cabeza de la estructura eclesial anglicana, jura pleitesía al Rey, y esto, desde la óptica de las pías que ven arrebatadas el ceremonial, es puro sacrilegio. El otro aspecto, es más etéreo, pero, curiosamente, importante en tiempos como los actuales, es el ceremonial, el de la imagen, la teatralización. El marco de la abadia de Westmisnter es magnífico para coreografiar un rito que se lleva repitiendo desde 1066, y eso da una continuidad y tradición de la que pocos pueden presumir, y claro, en tiempos como los actuales, donde la imagen lo domina todo, la coreografía de lo que se celebra lo domina todo. El boato, la pompa y circunstancia, que tan bien musicalizó Elgar, la relevancia de la figura del Rey se eleva en un acto algo ajeno al tiempo en el que vivimos pero que resulta perfecto para ser televisado, que atrapa por su magnificencia, y vuelve a convertir a la monarquía británica en una institución inmensamente rentable, en la que su imagen es poco distinguible de la del conjunto del país en el que se halla, y sirve como señuelo y enganche para los que, desde fuera, lo visitan. El negocio que se genera en torno a la casa de Windsord, los personajes que a ella pertenecen y no, es enorme. No hay turista que no quiera pasearse por los escenarios de los enlaces y actos reales, compre algo de merchandising y se quiera imbuir del espíritu de los “royals” locales, con una intensidad y desembolso económico como no sucede con ninguna otra casa real del mundo. En este sentido la monarquía británica lo ha hecho genial, se ha convertido en una marca global, reconocida en todo el mundo, con admiradores que están dispuestos a dejarse mucho dinero para visitar los lugares que ellos frecuentan y las cosas que tocan. Sólo Roma y los Papas han logrado hacer algo similar, pero en ese caso el peso de lo religioso es tal que, aunque la fama universal sea total, limita el mercado potencial de clientes que pueden acudir al Vaticano a gastar dinero. En Londres no, lo mundano y lo real se cruzan en balcones de palacio, jardines de altas verjas, biografías de príncipes destronados y escándalos sexuales de toda índole. La empresa familiar de los Windsor es una de las mayores del Reino Unido y la simbiosis entre ellos y la nación otorga grandes réditos financieros al país, por lo que la supervivencia de la casa, sea cual sea la aceptación popular de la misma, tiene ahí una base sólida y difícil de rebatir. Ceremonias como las de este sábado se traducirán en miles y miles de nuevas visitas a Londres y en nuevos ingresos. Carlos no será nunca Isabel, y se equivocará si a eso aspira, pero la imagen de la realeza seguirá siendo muy muy rentable.

Un detalle no menor de la ceremonia del sábado. El Reino Unido tiene un enorme patrimonio musical de siglos, y lo lucen a la más mínima ocasión. La profesionalidad de los coros de aquel país es absoluta, y en sus voces las melodías de Tallis, Byrd, Häendel y otras lumbreras suena a gloria. Junto a ellos se pudieron escuchar composiciones compuestas expresamente para la ceremonia, una de ellas de Anthony Lloyd Weber, piezas de góspel, una coral ortodoxa griega, solos de órgano… el sábado tuvo lugar un fantástico concierto de música sacra en un templo gótico en el que las notas reverberaban de una manera perfecta, y retransmitido por la BBC. El mejor del Proms de este año ya ha tenido lugar.

martes, mayo 24, 2022

Viajes eméritos

Hay imágenes que lo dicen todo, que apenas necesitan comentarios, y menos aún cháchara tertuliana. Se explican ellas solas. La ausencia premeditada de imágenes puede ser, aunque parezca paradójico, igualmente significativa. Lo que uno no muestra es lo que quiere esconder, para que no se sepa o porque no se quiere que el resto lo vea. Lo que se esconde es por valía o por vergüenza, y resulta sencillo acertar cuál es la causa por la que Zarzuela ha evitado por completo que no se publique imagen alguna del largo encuentro entre Felipe VI y su padre ayer en palacio. El que no veamos escena alguna ya nos dice la opinión del Rey sobre el asunto.

La visita de Juan Carlos no ha sido nada discreta, y quien esperase algo así es que vive en un mundo de fantasías, porque sólo el revuelo mediático que iba a rodar el acontecimiento lo iba a elevar a los altares de la actualidad. Dos años llevaba el Rey emérito sin pisar España, motivo más que suficiente como para que su reaparición despertase todo tipo de comentarios y expectativas sociales. Prensa y todo tipo de medios han colapsado la turística Sanxenxo, o como se escriba, convirtiéndola en el Puerto Banús del norte, con una jet de papel couché algo acartonado que rodea la figura del anterior Rey, en su proceso de ocaso. De las escasas palabras que ha dejado Juan Carlos en estos días se desprende que no parece tener un excesivo propósito de enmienda respecto a todo lo que le ha sucedido en los últimos años, y que le ha llevado a la impropia situación en la que vive. El desistimiento de la fiscalía respecto a las causas abiertas le ha dejado despejado el panorama judicial en España, aún no en Reino Unido, pero ha puesto sobre la mesa un conjunto de irregularidades que afean todo lo relacionado con su persona. Desde el momento que se produjeron varios ingresos por parte de sus abogados para regularizar deudas fiscales quedó impreso, negro sobre blanco, que se había cometido evasión fiscal por parte de Juan carlos, y sea ya punible o no, eso es lo que cuenta. Las explicaciones que el Rey emérito debe sobre sus finanzas no empañan su papel respecto a los momentos de la reciente historia de España en los que trabajó con denuedo para que la democracia se asentase, pero cuando a uno le pillan en delito fiscal, no tiene muchas excusas a las que agarrarse. Juan Carlos ha decepcionado a muchos, todos ellos pagadores de impuestos, y eso es lo que importa. El revuelo mediático de sus visitas a España irá disminuyendo a medida que estas se reiteren, y aparecerán nuevas polémicas que sepultarán a esta en el fondo de los titulares, pero el problema seguirá ahí. Reitero, no el legal ni el fiscal, sino el reputacional, el de la honra que sostiene la imagen de la institución que el representó. Juan Carlos debiera reingresar varios millones de euros a la hacienda española, como gesto de reconciliación no con la sociedad, sino con el fisco, y fijar su residencia en nuestro país, porque es absurdo que resida en Abu Dabi, lo defienda quien lo defienda. Su hijo ha impuesto un cortafuegos legal con él desde que hace dos años renunció a herencias y a todo lo que pueda provenir de su legado personal y familiar, y la no imagen de ayer en Zarzuela es un ejemplo de hasta qué punto el actual titular de la Corona sabe que su puesto depende de cómo se comporte delante de la sociedad, que no es súbdita. España es un país monárquico por lo práctico, no por creencia. Los experimentos republicanos han sido tan desastrosos que no nos vemos embarcados en otra, y la mera idea de tener a un jefe del estado, sea cual sea el poder que se le pueda asignar, que tenga unas siglas políticas por detrás nos espanta a muchos en este país de sesgos y banderizas. Esa es la principal baza con la que cuenta Felipe VI y por ahora, con su actitud responsable y recta, la está jugando con maestría. A buen seguro que con dolor, porque la mera contemplación de su familia allegada resulta ser un rosario de desgracias, dando un sentido muy particular, en este caso regio, al inicio de Ana Karenina.

Lo que también contemplo necesario en la figura de Juan Carlos, y veo con cierto asombro que nadie señala, es la necesidad de que pida perdón a su aún esposa, doña Sofía, reina emérita, que sigue manteniendo un prestigio social y respetabilidad fruto de su discreción y de la sensación general de estar ante una mujer engañada que ha debido de aguantarse por su responsabilidad institucional. Juan Carlos debiera ponerse de rodillas delante de ella y suplicarle perdón por lo que le ha hecho pasar en los años de infidelidad. De esa escena tampoco veríamos imágenes, pero debiera darse. Que sea en la intimidad, pero que se humille y suplique perdón ante la persona a la que, probablemente, más ha hecho sufrir en su vida.

jueves, diciembre 10, 2020

Hacienda y el Rey Juan Carlos

Pasa algo similar en España con la relación con Hacienda como con el saber inglés. En público todos conocemos la lengua de Shakespeare, el dramaturgo y el vacunado, y somos bilingües de nacimiento, y nos reímos de quien intenta hablar inglés como puede, pero lo hace mal, y a la hora de la verdad nuestro nivel real de inglés es malo tirando a nefasto. El mío es de esos que no llegan, que me permite chapurrerar unas palabras, leer y entender algo, pero que es tan endeble que un par de minutos con alguien que bien lo sepa bastan para desarbolarme. Nunca me reiré de quien no lo sabe y de quien trata de hablarlo, sufre y lo logra a medias.

El que el Rey Juan Carlos haya presentado una regularización fiscal para cubrir los adeudos de lo no declarado desde que dejó de ser inviolable es un reconocimiento, implícito, de que no los declaró en su momento, y que ahora se acoge a la tabla de salvación que la ley ofrece justo antes de que se pueda empezar a hablar de delito fiscal. Es una manera de admitir que no hizo lo debido, y por tanto que actuó mal. Se une Juan Carlos a una amplia nómina de personas, muchas de ellas famosas, acogidas a esta figura, que buscan así saldar sus cuentas con una Hacienda a la que ocultaron ingresos para evadir pagos, y por ello todos actuaron al margen de la ley. En el caso del Rey existe una pena adicional al intento, malogrado, de evasión fiscal, que es el de la imagen personal. Curiosamente a este grupo de personas que no contribuyen como es debido a las arcas públicas se les juzga moralmente de manera muy distinta en función de su actividad. En general, los deportistas, una de las fuentes de delincuencia fiscal más importantes de nuestro tiempo, siguen siendo alabados por la sociedad hayan defraudado mucho o muchísimo, y se les mantiene un aplauso que se esquiva con los políticos y se otorga con división de opiniones a artistas de todo tipo, que son asaetados o perdonados en función de filias y fobias personales y, también, ideológicas. Todo eso me da igual. Todos tenemos varios planos vitales, y es inevitable que la imagen que generamos sea la superposición de todos ellos, pero es conveniente distinguirlos. Uno puede ser un excelente escritor y un gran evasor fiscal, y una cosa no quita la otra, sus novelas serán tan buenas como intensa debe ser la pena económica, o de otro tipo, que pueda caerle por haber eludido el pago de impuestos. Pero en figuras como el Rey, cuyo poder es nulo más allá de su representatividad como institución y de la ejemplaridad con la que asuma su vida pública, un delito fiscal mancha más que en otros casos. Es como, digamos, la pena moral añadida que a un pederasta se le acumula si hizo además votos de pobreza, obediencia y castidad. El Rey debe ser ejemplar y parecerlo, y Juan Carlos, al menos en los últimos años de su vida, se dejó llevar por una corriente en la que el dinero fácil y las amistades peligrosas, y atractivas, le han acabado sumiendo en un descrédito personal. Que lleve desde hace cerca de medio año en el extranjero es una forma de calibrar hasta qué punto el ocaso de su trayectoria se ha visto empañado por acciones que pudo, debió, pero no quiso evitar. Supongo que la tentación era muy fuerte, irresistible, y que cuando estás en la cumbre y todos te adulan relajarte es lo más natural, y conseguir que sea tuyo lo que deseas debe volver loco a cualquiera, como vemos día a día en cada una de las tramas judiciales que investigan casos de corrupción. Ese mal, la corrupción, es uno de los cánceres de las democracias, de los sistemas que se basan en la legitimidad de quienes los representan y ejercen, no así en las dictaduras, muchísimo más corruptas, pero donde el poder es autoritario y no necesita legitimidad más allá de la que le otorga el miedo. Juan Carlos, presuntamente, cometió prácticas corruptas, y la declaración de ayer viene a ser una admisión de las mismas. Es un gran baldón en su figura, que siempre estará ahí.

Los servicios que el rey Juan Carlos ha prestado a la democracia española, a su propio surgimiento, son enormes, y la historia así los reconoce y lo hará, pero una cosa no quita la otra. Tampoco que muchos de los que ahora le denuncian por corrupto escondan sus propias corruptelas fiscales o de otro tipo. Eso da igual. Juan Carlos obró mal, y debe ajustar sus cuentas y situación legal con la justicia del país al que pertenece y se debe. Y cada uno de nosotros, muchos arrojadores tuiteros de grandes piedras, debiéramos pensar cómo actuar en esos encuentros con amigos en los que, a la segunda copa, alguno siempre presume de no haber pagado lo debido, y muchos le observan con envidia. Y yo, como pringado, pago y pongo en el currículum que tengo inglés “nivel medio”.

martes, agosto 04, 2020

La marcha de un Rey


Me da que este condenado año no va a hacer falta sacar chascarrillos gibraltareños para tener algo de actualidad que comentar en los distanciados y enmascarillados encuentros en las medio vacías terrazas veraniegas. Ayer, a tres de mes, supimos los datos del día del coronavirus, nefastos, y con problemas técnicos (excusa barata) de tres CCAA para no actualizarlos, y poco después se hizo oficial el comunicado de la casa del Rey sobre la marcha allende nuestras fronteras de Juan Carlos I, salida motivada por las noticias constantes que tiñen de corrupción financiera el tramo final de su reinado y vida. De los creadores de “en agosto no pasa nada” un nuevo capítulo de “todo sucede en 2020”.

La posición del rey emérito llevaba debilitándose sin cesar a cada noticia que surgía sobre los entramados de corrupción en los que, presuntamente, estaba implicado, y todo lo relacionado con lo que los medios siguen denominando “la amiga del rey” al referirse a Corinna Larsen, presunta comisionista y probable conseguidora de favores a cambio de favores. El que la posición de Juan Carlos se estuviera tambaleando no es lo más grave, siendo algo muy serio, sino las implicaciones que ello puede tener sobre la institución de la monarquía, que encarna su hijo, en un país de escaso republicanismo combativo de izquierdas y un sentimiento monárquico más bien utilitarista. No pocas veces ha caído la monarquía en España, y el experimento posterior no ha salido precisamente muy bien, lo que en parte ha vacunado a una amplia capa de la sociedad sobre el republicanismo y sus ventajas. No es la forma del estado lo que determina la eficiencia, la solidaridad y el buen gobierno del mismo, sino las personas que, al cargo de las instituciones que se definan, deben ejercer su responsabilidad. Juan Carlos I, en lo político y profesional, ha sido un gran rey, de los mejores de la historia de este país, el único de hecho que ha reinado en democracia, tal y como la entendemos hoy en día, y su legado en este ámbito permanecerá más allá de su existencia, pero a día de hoy el asunto de sus finanzas, un tema no privado dada su relevancia pública, lo oculta todo, y la necesidad de hacer un cortafuegos para proteger a Felipe VI era cada vez más acuciante. ¿Es acertada la medida tomada? Sí en el sentido de alejamiento, de distancia, de separación, no en la imagen que se ofrece de marcha del país, cruzando fronteras como un prófugo. En este sentido la nota de su abogado que señala que, pese a la marcha del país, sigue disposición de las autoridades judiciales españolas abre la puerta a que los procedimientos puestos en marcha por la Audiencia Nacional puedan seguir su curso si así lo determinan, y que a donde se haya ido el rey sea un lugar en el que la extradición sea un procedimiento acordado entre esa nación y la española. En todo caso es muy triste comprobar que una trayectoria histórica de enorme peso como la de Juan Carlos acaba mancillada de esta manera, sumida en la indignidad de la escapada agosteña, envuelta en presuntas mordidas y rubias amantes. Alguien señaló ayer que la persona de juan Carlos no ha sabido, finalmente, estar a la altura del personaje histórico de Juan Carlos, y que presuntas tentaciones tan burdas como el dinero y los chispeantes ojos corinnaceos, que a buen seguro a muchos de nosotros nos llevarían a la perdición, le han afectado de una manera tan profunda como lo haría al común de los mortales. En este caso su campechanía le ha igualado, presuntamente, y en exceso a los personajes de la actualidad corrupta patria, en la que vemos a un catálogo de sujetos de toda clase y condición, rendidos ante prebendas, algunas carísimas, otras de un grado de ridiculez alarmante, arrojando por la borda su imagen, prestigio, futuro y demás por unos relojes, unos trajes, unas cuentas en Suiza o cosas por el estilo. El alma humana es fácilmente corrompible, y quien mejor lo sabe es el que pone el señuelo para que pique el tentado, sea político, podemita bolivariano, esposo de la madre superiora de la presunta nación catalana o Rey.

Felipe VI se enfrenta a hora, muy solo, a uno de sus mayores retos, que es el de mantener la institución, en medio de la descomposición familiar, con ataques constantes de parte de la bancada política, y con la seguridad de que la bula, o el servilismo si ustedes lo prefieren, de parte de los medios y de la sociedad ante la figura del Rey ha caído. Será Felipe VI juzgado de manera constante por sus actos y su vida será escrutada como nunca. Sabe que no puede cometer errores, que carece de margen para ello, y que de ser pillado en ellos pocas opciones tendría de sostenerse en su actual papel. Confío en su sangre fría y su experiencia, sabe que este mundo no es el que conoció su padre, que ya nada es como era. No envidio en nada su posición

jueves, julio 09, 2020

Juan Carlos I y el dinero


¿Hasta qué punto la codicia puede manchar un legado? Día a día vemos personajes púbicos, e incontables habrá en lo privado, que se juegan su prestigio y nombre por unos fajos de dinero, en eso que llamamos corrupción y que alude a algo muy íntimo y grabado en el fondo de nuestra personalidad, el afán de poseer, de aparentar, de figurar, de tener, de ostentar. El dinero todo lo puede, es algo que asumimos como cierto en todas las facetas de la vida, aunque pandemias como las actuales nos demuestren que no es así, y por billetes vendemos nuestra honra y posición sin que nos importe el qué dirán, ya que mucho dicen pero pocos billetes tienen.

Cuanto más se sabe de la causa fiscal investigada en Suiza sobre las cuentas y sociedades del Rey Juan Carlos en peor posición queda su figura y legado, hasta el punto de que haya sido destruido ya para no pocos, monárquicos o no. Sociedades interpuestas, testaferros, rubias con pinta de amantes… y dinero, muchos millones de euros de dinero por todas partes. Las diferentes historias que giran alrededor de este asunto ofrecen una imagen doble de un Rey que ejercía su cargo con tino y sin estridencias, sujeto a su papel constitucional, y una persona que, presuntamente, buscaba vericuetos para tratar de salvaguardar patrimonio y dinero de la vista del fisco del país al que representaba. Probablemente con el tiempo se sepan todos los elementos de esta trama, los comisionistas que la alimentaron y hasta dónde llegaron los hilos que se urdieron por parte de abogados ansiosos de quedarse con un buen pellizco, pero el daño reputacional ya está hecho. En un país en el que la relación personal con la corrupción es muy hipócrita, teniendo en cuenta lo que se la critica de puertas para afuera y se practica a escondidas, parece que Juan Carlos I sí representaba a gran parte de esta sociedad, en la que si escarbamos descubriremos cosas que imaginamos, pero no queremos ver. Más allá de si hay delito en sus actos, y si la inviolabilidad de la figura regia, emérita o no, le cubre, la dignidad de su cargo deriva de su función constitucional y representativa. En España, como en otras monarquías parlamentarias, el Rey reina, pero no gobierna, no posee un poder efectivo como tal. Su labor es la de representar a un país, la de ejercer un papel de imagen, de figura en la que se encarna una visión de la nación, pero no puede dictar ni hacer dictar nada. Su poder reside en la gestión que haga de su imagen y comportamiento. Juan Carlos ha hecho enormes méritos para el bienestar de todos nosotros, porque vital fue su papel en el proceso de la transición que nos llevó desde la oscuridad de la dictadura a la democracia. Nunca dudó de lo que tenía que hacer en aquellos momentos, en los que ahora somos completamente incapaces de valorar el riesgo que se vivió, donde nada estaba escrito. Durante décadas su labor con distintos gobiernos ha sido elogiada por todos y vivió de una manera discreta y siempre sujeto a lo que la Constitución reglaba. En los años de su reinado la salud fue creciendo como tema de importancia a medida que se avejentaba, y los rumores sobre su vida personal y su labor de comisionista iban creciendo a la par que su familia empezaba a ser fuente de problemas. Todo lo sucedido en torno a Urdangarín supuso una primera prueba de fuego para la imagen de la institución y, ante ella, Juan Carlos actuó como es debido, sin provocar favoritismos para un personaje que se demostró ser un arribista de libro, y que hoy sigue pasando los días en una cárcel abulense. Sin embargo, de aquella historia, debió sacar una lección el rey ahora emérito, y es que en estos tiempos la información circula a la velocidad digital de la luz, y que no hay manera de tapar una trama si la componen más de una persona. Ahora vemos cómo se puede acceder al conocimiento de lo que se acordó de manera discreta en las sombras de Zarzuela.

El daño que este caso pueda hacer a la figura de la monarquía no es tanto legal como de imagen, de reputación, y eso es serio, porque esa, la reputación, es su principal activo. Felipe VI lo sabe, sabe muy bien que este país no es Reino Unido, donde los desmanes reales no son tenidos en cuenta por su población, aquí sí se penalizan. Conoce plenamente la solidez constitucional de su figura y la fragilidad social sobre la que se asienta si las cosas se ponen feas. Aprenderá en corona propia de los errores de la corona ajena, pero deberá tener mucho cuidado para que la figura de su padre, en un ocaso sin freno, no le opaque. Ese será uno de sus principales retos en lo que le queda de vida, y a todos nos conviene que lo supere con nota. Espero que lo haga.

jueves, enero 25, 2018

Davos, Felipe VI y el lobbysmo

En Davos, Suiza, es donde se sitúa la acción de “La Montaña Mágica”, de Thomas Mann, novela inmensa en tantos sentidos, que relata al estancia de Hans Castorp en un sanatorio de montaña durante lo que iban a ser unas semanas, convertidas finalmente en años, a lo largo de los cuales desfila la Europa burguesa previa a la Primera Guerra Mundial. La novela ofrece un retrato perfecto de la sociedad de su tiempo y el proceso de maduración de Castorp, que aprende algo de todos los personajes que deambulan por aquel entorno. No se si ese espíritu de retrato colectivo, de aunar a personajes, fue lo que inspiró a los creadores del Foro Económico Mundial para situarlo en Davos, pero lo cierto es que se da, quien es algo allí va, y quien no lo es, no.

España ha estado ausente de Davos durante muchos años. Entiéndaseme bien, acudíamos con una delegación, pero era de risa. Ausencia total de dirigentes de peso, ocasionalmente algún ministro, pero nada relevante, como queriendo dar la imagen, real, de que no nos importa la política exterior y asumiendo hasta el extremo la irrelevancia práctica de nuestro país en el contexto internacional, que para nosotros es un marco dado sobre el que muy poco podemos hacer más allá de adaptarnos. Esta vez es diferente. Por primera vez en la historia, el Rey ha acudido a Davos, en medio de la crisis catalana, y con la idea central de restaurar la imagen de España ante el mundo tras lo sucedido. Felipe VI ha hecho un discurso muy importante ante el foro más relevante en el que podía estar, y no ha eludido la situación, ha relatado el desgarro sucedido por Cataluña, el desafío soberanista, el marasmo producido en el conjunto del país y el deterioro de nuestra imagen por todo lo que ha pasado, y sigue sucediendo. El mensaje del Rey ha sido claro: la ley es la garantía de que los derechos se respetan y de que la democracia se mantiene. Sin ley, la democracia sucumbe ante la arbitrariedad, y ha sido muy acertado vincular este mensaje, y el episodio catalán, incomprensible para muchos (cada vez más para mi) con la ola populista que recorre el mundo, que extrema posiciones, que transforma democracias en regímenes autoritarios y que pretende disolver las bases de la libertad y los derechos que las sociedades abiertas nos hemos dado. Hungría, en la UE, es un buen ejemplo de lo que un gobierno populista puede llegar a destruir si alcanza el poder, Turquía es otro claro caso de depreciación democrática y de camino hacia el autoritarismo, y no hay duda de que los idearios de formaciones como el UKIP, Frente Nacional, Liga Norte, Alternativa por Alemania y cosas por el estilo ansían hacer lo mismo en sus respectivas naciones. Quizás pocos de los asistentes fuesen capaces de resumir, en pocas palabras, que es lo que sucede en España y Cataluña, pero entienden muy bien los movimientos extremistas que se dan en sus propias naciones. Con su discurso Felipe VI hizo el mejor de los trabajos de lobby que he visto en muchos años a favor de la imagen de España, y de paso se unió al coro de voces que, encabezadas en Europa por Macron y Merkel, se han convertido en resistencia frente al oscurantismo populista. Ayer Felipe VI puso a España, durante un breve instante, en el foco de la actualidad internacional, y ofreció la imagen de una sociedad abierta, libre, tolerante, que sufre problemas y carencias, pero que no se repliega, que trata de avanzar, que trabaja, que combate las ideas extremas, que aspira a un mundo abierto, libre, sabedora de lo que es estar décadas en la oscuridad de la dictadura. ¿Cuánto supone, en términos de imagen, de rentabilidad, de prestigio, de posicionamiento, un acto como el del Rey de ayer? Mucho, muchísimo, algo reamente impagable. Y, por cierto, del discurso y papel del Rey también debieran aprender los políticos españoles, dirigentes y no, que ayer volvieron a quedar retratados al bajo nivel en el que se encuentran, frente a la altura de Felipe VI.

Como contraste, hoy, en el mismo Davos, intervendrá Donald Trump, adalid de todo lo contrario a lo defendido por el rey. Trump es una anormalidad, más bien el reflejo de un problema de fondo, pero su discurso agresivo, proteccionista, egoísta, basado en el miedo, el orgullo mal entendido, la superioridad manifiesta, el comportamiento altivo y el rechazo a la cooperación, representa lo peor de la política y de la sociedad. Mucho se esperan sus palabras, más con miedo que con ganas, y de no producirse sorpresa alguna, volveremos a tener otra triste jornada en la que uno de los hombres más poderosos del mundo utilizará su influencia en pos del perjuicio global. Luces ayer en Davos, probables sombras hoy. Como consejo, lean a Thomas Mann, sus novelas son espléndidas.

martes, julio 18, 2017

El invierno…. Demográfico

Vamos hoy con uno de los factores de los que ayer hablaba en relación a EEUU y que también se da, y con mayor fuerza si cabe, entre nosotros, que es la caída estrepitosa de la natalidad y el envejecimiento de la población. Merece mucho la pena leer con detalle la última nota del INE referida a la población en España, publicada hace menos de un mes, en la que se describe como el número de residentes aumenta, 88.867 en el último año, crecimiento que se da por primera vez desde 2011. La recuperación económica también se nota en esta variable. Redondeando, somos 46 millones y medio de personas en el país, tamaño medio alto en el contexto europeo, ínfimo a nivel global.

La población puede crecer por dos motivos, porque nacen más de los que mueren, que es el llamado crecimiento vegetativo, o porque vienen más personas al país de las que se van, sean nacionales o extranjeras, vía migraciones. La combinación de ambas nos da en 2016 ese saldo positivo de casi noventa mil personas, pero señala el INE que el aporte vegetativo es, asómbrense, negativo. Es decir, se mueren más personas de las que nacen, concretamente 259, que parece poco, pero que es tremendo. Respecto a las migraciones, se reduce el número de españoles que dejan el país, principalmente por motivo económico, pero aun así son más los que se van de los que vuelven, lo que da un aporte negativo de -23.540. Dirá usted, querido lector, que si tenemos dos cifras negativas, vamos a necesitar una tercera positiva para que al final el saldo genere el valor de cerca de noventa mil al que antes me refería, y así es. Es 112.266 el saldo neto positivo que se queda en España entre los extranjeros que se marcharon, algo menos de doscientos cincuenta mil, y los que vinieron, algo más de trescientas cincuenta mil. En resumen, hemos ganado población, lo que es bueno, poniendo fin a una sangría de seis años continuados de descenso, pero esta ganancia no se debe tanto a nosotros mismos como a los que han decidido venir a vivir con nosotros. El saldo negativo del crecimiento vegetativo muestra, otra vez, que la natalidad española sigue derrumbada en uno de los niveles más bajos del planeta, y esto se traduce en un constante envejecimiento de la población. Cada vez nacen menos niños, los ancianos logran vivir hasta edades cada vez más elevadas y, obviamente, los inmigrantes que llegan suelen tener más edad que los recién nacidos, por lo que la edad media de la población no deja de crecer, y la presunta pirámide de población, a la que habrá que dejar de llamar de esa manera, se convierte cada vez más en un tronco, camino de un árbol de apenas raíces y lleno de amplias y longevas ramas. Las causas de este fenómeno, que se da con mayor o menor intensidad en todas las sociedades modernas, son múltiples, y tienen tanto que ver con motivos de comodidad y sanidad (es muy raro que se muera un niño, afortunadamente) como por la estructura económica, la imposibilidad de compatibilizar la maternidad con el trabajo, los horarios de imposible conciliación, los contratos precarios y otras causas que ustedes conocen perfectamente. Las consecuencias de este proceso de envejecimiento son enormes, empezando por la rígida inercia que poseen las variables demográficas. Al igual que un gran tren, que tiene que empezar a frenar mucho antes de aproximarse a la estación para que cuando llegue a ella esté quieto, modificar el rumbo de la demografía requiere tiempo y cambios sostenidos en las variables. Sólo conseguiríamos rejuvenecer nuestra población con unas tasas de maternidad que duplicaran a las actuales, y así se mantuvieran durante quizás varias décadas, o permitiendo la entrada en el país de muchísima población inmigrante joven. Y sinceramente no creo que ninguna de estas dos alternativas se de en nuestra realidad sea cual sea el plazo que utilicemos para medirla.


Una sociedad envejecida cambia sus prioridades, destina más dinero a sanidad que a educación, a ahorrar que a invertir, a protegerse que a innovar, se muestra más recelosa de un futuro que observa ya aquí y con temor frente a una joven, que se le antoja largo y esperanzador. Las consecuencias económicas y sociales de un envejecimiento continuado son enormes, y muchas de ellas se nos escapan. Japón, como país precursor en tantas cosas, que limita la inmigración desde antaño, se enfrenta a pérdidas de población continuadas y a un desarrollo de robots asistenciales para cubrir las necesidades de su sociedad, cada vez más senecta. Y su economía se aletarga poco a poco. ¿Será así nuestro futuro? ¿cómo gestionaremos este problema?

lunes, febrero 20, 2017

La Infanta Cristina y la ejemplaridad

Poco puedo añadir a lo muchísimo publicado y comentado sobre la sentencia del caso Nóos que se hizo pública el pasado viernes. Por un lado, la instrucción del juez Castro sale bastante tocada, dado que más de la mitad de los acusados han sido declarados absueltos, pero no es menos cierto que las penas impuestas a los dos cabecillas de la trama, Torres y Urdangarín, son elevadas y demuestran que hubo un delito, cosa que aún es negada por ciertas opiniones. Poco se ha dicho de la condena de tres años a Jaume Matas, la tercera que le cae, creo, en un rosario de juicios y sentencias que están poniendo en su sitio no sólo su gestión política sino, también, su catadura moral. Matas llegó a ministro y tenía buena fama. Hoy su nombre es sinónimo no ya de corrupción, sino de sentenciado delito.

La trascendencia del caso Nóos se deshizo, en gran parte, el día en el que el Rey Juan Carlos abdicó y se retiró de la vida pública. Una de las principales tareas que tenía encomendadas Felipe VI a su llegada al trono era la de desvincularse de su familia, especialmente de Cristina, no tanto porque supiera que ella o su esposo iban a ser culpables de lo que les acusaban, o no, sino por el mero hecho de la imagen que se asociaba. Felipe VI en un hombre sensato y sabe, mucho mejor que otros, que su cargo, su poder, es muy escaso, y que se basa fundamentalmente en la imagen, en la creencia que los demás tienen de él. Su prestigio no viene por la familia o un juramento, o el oropel de la corona (eso hoy en día más bien resta) sino por la discreción, sensatez y cordura con la que ejerza sus funciones. Se sabe observado y examinado en todo momento, y conoce hasta qué punto la ejemplaridad, ese concepto tan necesario y que Javier Gomá ha puesto en boca de todos, debe ser la brújula que guie sus pasos. Dolorosa o no, la separación absoluta respecto a Cristina y su marido era necesaria, y Felipe la ejerció de manera estricta desde el primer minuto de su reinado. Con ello el caso Nóos dejó de ser un “juicio a la Corona” para convertirse “sólo” en un “juicio de corrupción” y las implicaciones políticas de la sentencia quedaban diluidas. Estas lecciones a las que me refiero, de ejemplaridad y responsabilidad ante la opinión pública, son las que en ningún momento ha tenido en cuenta Cristina, la Infanta. Su título viene de herencia paterna, y nadie le puede desposeer de él, pero sólo ella es capaz de ejercerlo y, con su actitud, prestigiarlo o arruinarlo, y resulta bastante obvio por lo que se ha decantado. La sentencia la absuelve de culpa, le obliga a pagar una multa inferior a la fianza que había depositado (de ahí el chiste que ha circulado que le ha salido a devolver) pero deja bien a las claras que se benefició de una trama corrupta, que su marido y socios cometieron delitos de varios tipos y que, en ningún caso, su conducta, formas y modos han sido ejemplares. Y nuevamente hay que recalcar que esa exigencia de comportamiento, que debe ser máxima para todos nosotros, aún más si cabe se debe exigir a quienes ostentan un cargo público o representan una institución, bien de manera electiva o, como es el caso, encarnada. La Infanta Cristina ha mancillado, con su comportamiento, el título de infantazgo, el nombre de su casa, el prestigio de la Corona de España y la imagen del país. Quizás no ha cometido ningún delito punible, pero en ningún caso su comportamiento ha estado al mínimo nivel de la exigencia ética que le corresponde. Si actitud de hacer como quien ve llover durante todo los años de escándalo y juicio es reprobable, y ha sido a su padre y hermano a quienes más ha perjudicado, y de rebote a la institución monárquica. Alguien dijo hace ya años que Cristina era el mayor regalo que les había caído a los antimonárquicos, y así ha sido, pero no por sus delitos, sino por su actitud. Sólo espero de ella que realice el único acto que le queda para salvar una mínima parte de su honra, que es la renuncia voluntaria a sus derechos dinásticos y su título. Nada más.


Y una pequeña reflexión sobre las varas de medir. Tras la sentencia muchos han sido los comentarios indignados sobre la benevolencia de la justicia y la “salvación” de la infanta, comentarios que seguían a los que se lanzaron en su momento cuando alegó no saber nada. Entiendo la indignación de quienes así se pronuncia, pero no oí ese mismo desgarro de ira social cuando Neymar, Messi o cualquier otro deportista famoso usó el mismo argumento para eludir su pena por delito fiscal. Es más, veo que, semana tras semana, esa sociedad tan “indignada” sigue aplaudiéndolos sin cesar en estadios y campos deportivos. Esto es lo que se llama incoherencia.

viernes, junio 12, 2015

Cristina de Borbón, ex Duquesa de Palma

Lo de que vivimos tiempos aparentemente nuevos se demuestra día a día. Sea por convicción o conveniencia, muchos dirigentes cambian sus formas y modos para adaptarse a la nueva situación. En el caso de los pactos políticos vemos como los gobernantes que están siendo elegidos como presidentes o, mañana alcaldes, firman pactos contra la corrupción con medidas tan obvias como lógicas, pero sólo lo hacen tras verse forzados a ello por la pérdida de la mayoría absoluta. En este caso su cambio obedece a la ley de la supervivencia, para garantizarse el puesto. No denota propósito de enmienda y, en cuanto puedan, me temo, volverán a las andadas.

El caso de la monarquía es diferente. Es la institución de poder más representativa el país, la que, paradójicamente, menos poder tiene, la que no puede ser elegida en ningún caso, y la que, con diferencia, se debe a su prestigio para seguir existiendo. El Rey es útil de mientras sea útil, valga la redundancia, porque la mayor parte de los españoles, entre los que me incluyo, somos monárquicos utilitaristas. No creo en el Rey, pero de mientras haga su papel bien y sea útil al país, que siga. Juan Carlos lo fue, y cuando vio que el viento empezaba a soplar en contra, y tras cometer algunos errores de bulto, optó por la retirada, gesto que le honra mucho más de lo que parece, porque aceptar un cargo cuesta, sí, pero renunciar al mismo cuesta aún más. Felipe VI, nuevo Rey, tomó posesión hace casi un año, en un día caluroso que desembocó en tormenta de tarde, y desde el primer momento puso la ejemplaridad como guía en el desempeño de sus funciones. Sabe que debe ganarse a los ciudadanos, y que si actúa mal, los ciudadanos no le apoyarán. Y además de por interés personal, creo que Felipe VI lo hace por plena convicción. Se lo cree, y eso es lo que transmite. Curiosamente, la prueba de fuego de la ejemplaridad la tiene, sin ir más lejos, en el entorno de su familia. El caso Noos, en el que están involucrados su hermana, la infanta Cristina, y el marido de ésta, el inefable Iñaki Urdangarín, ha supuesto durante estos años un martilleo continuo a la imagen de la monarquía, de la familia y de su representatividad. Durante un tiempo se optó por la táctica, llamémosla, Rajoy, de hacer como si nada pasase para que el tiempo lo diluyera todo y no causase efecto alguno. Esta estrategia es errónea, y acaba volviéndose en contra de quien la utiliza. La marcha de Juan Carlos tuvo varias razones, propias y ajenas, y entre las ajenas destaca el asunto de Cristina. A medida que avanzaba el caso crecían las voces que exigían que el Rey tomara cartas en el asunto y forzase a Cristina a renunciar a sus derechos sucesorios, de utilidad simbólica, dado que es la sexta en el orden de sucesión, pero valioso gesto de reconocimiento de culpa, de asunción de responsabilidad moral, haya finalmente o no condena judicial. Cristina demostró día a día que era toda una “Gollum” incapaz de renunciar a su “tessssoro” poseída por él. La llegada de Felipe VI al trono aumentó la presión sobre la infanta y su entorno, y una de las primeras decisiones tomadas por el monarca fue la redefinición del concepto de “familia real, formado a partir de ese momento por el Rey, su esposa Letizia, y las dos hija. Y nadie más. Cristina se convirtió, en la práctica, en una hermana apartada de los focos y sin ninguna relevancia mediática. Empezó su ostracismo. Le quedaban, sin embargo, dos títulos con los que adornar su figura. El Ducado de Palma, que le permitió hacer algunas bromas obscenas a Urdangarín, y sus derechos sucesorios.

Y ayer, en una decisión sin precedentes, sospecho que dura para él, su hermano, el Rey, le quitó el ducado, que es la única de las dos cosas que le puede quitar. Ella podía renunciar a ambas, pero eligió no hacerlo, mostrando un comportamiento nada ejemplar, y desde luego en ningún caso merecedor de ostentar esas dos prerrogativas. Felipe VI ejerció ayer una enorme autoridad sobre su hermana, su sangre, su familia, y dio un ejemplo a los que ni son capaces de echar a los compañeros de partido, y desde luego aún menos a los familiares enchufados que pueblan los cortijos patrios. Volviendo locos a los periodistas al poco del cierre de las ediciones, Felipe VI se anticipó al aniversario de su coronación poniéndose al frente de la necesaria regeneración, en un gesto duro, muy inteligente, y que le honra.

viernes, junio 20, 2014

El discurso del Rey (Felipe VI)


Finalmente la proclamación de Felipe como el VI de los monarcas de tal nombre en la historia de España fue, aunque parca, lo suficientemente solemne y pomposa como para no parecer rácana. El acto en el Congreso, el desfile por las calles de Madrid, no muy llenas, y la salida al balcón del Palacio Real ofrecieron imágenes bonitas, dignas, lejos de la exuberancia de otras casas reales europeas y de repúblicas cercanas (miren la que montan en Francia cada cinco años) pero suficientes para que el acto transcurriese de acuerdo a la magnitud de lo que se estaba celebrando, y sin excesos de ostentación, en unos tiempos en los que nada de eso está permitido.

Lo más interesante del todo era el discurso que debía pronunciar el ya Rey. Se le notaba nervioso, quizás porque era el momento que llevaba esperando toda la vida, y lo declamó peor de lo que en él suele ser habitual. Hay muchas cosas relevantes en lo que dijo, pero yo quiero fijarme especialmente en el aspecto de la ejemplaridad, y lo que ella pueda proporcionar de soporte a la propia vigencia de la monarquía como institución. Ser Rey en occidente en el siglo XXI es poco más que portar un título vacío de significado y lleno de obligaciones morales. Puede que la legitimidad de quien ocupa el trono se derive de unos derechos dinásticos provenientes del pasado, pero realmente es el pueblo, el dueño de la soberanía, quien determina que exista (o no) un Rey. Por ello, vaciado de poder, la figura de monarca debe encarnar los valores que la sociedad reclama, dado que no siendo elegido por ella, a ella se debe por entero. Esto Felipe VI lo sabe muy bien. Su comportamiento, actitud, discurso, mensaje, debe estar libre de toda mancha asociada a corrupción, despilfarro, y a cualquier otra categoría de comportamiento que asociemos a indignidad. Frente a su padre, que recibió la corona del pasado y supo ganársela como garante de la democracia durante sus primeros años, Felipe llega al trono investido con el título de Rey pero con una corona pendiente de adquisición, que ocupa en alquiler, y que sabe muy bien que deberá ganársela día a día, con sus actos y hechos. Y sólo desde una posición de conducta ejemplar podrá ir adquiriendo la legitimidad que ayer se le refrendó legalmente, pero que no tiene aún valor social. En una sociedad descreída de todo, harta de ver como su dirigencia es incapaz de atajar la corrupción que parece no tener fin, y en medio de una crisis económica y política que amenaza con arrasarlo todo, sólo el ejemplo de virtud podrá arrastrar a las masas, sólo un Rey que se vea como estandarte del compromiso social, de la buena fe, de la acción valiente en favor de las causas justas, y que no robe, no delinca, no estafe, no se apropie dinero de la caja, no aparque en doble fila y no eluda sus obligaciones podrá ser elevado a rango de Rey para un pueblo que y no confía en casi nadie, y no le falta razón para ello. En su filosofía, Javier Gomá ha desarrollado ampliamente el concepto de ejemplaridad, y la teoría profunda del ejemplo como auténtica y profunda palanca de cambio, como llave que abre las puertas, frente a las palabras que muchas veces se quedan en el dintel. En una actualización del dicho bíblico “por sus hechos les conoceréis” Gomá parece querer decir algo así como “por su ejemplo lo juzgaréis” y es así efectivamente como sucederá. En el largo y complejo camino que tiene Felipe VI por delante su ejemplo será la vara de medida de su reinado, y la vía por la que será juzgado por la sociedad y su tiempo. El reto es enorme, confiemos en que sea capaz de superarlo.

Pero, pese a todo, debemos tener muy en cuenta algo que los medios y la sociedad parecen estar olvidando. Vivimos en una monarquía constitucional en la que el Rey reina pero NO gobierna. Sus funciones son las de representar al estado y el ser moderador y árbitro en la vida política, pero sin meterse en ella. Son los políticos, y la sociedad a la que ellos representan quienes deben, debemos, solucionar los problemas que padecemos. Felipe VI ni tiene poder para hacerlo ni, afortunadamente, puede acceder a él. Su papel será importante, sin duda, pero no caigamos en el error de pensar que él nos salvará de nuestra desgracia, porque ni puede ni debe.

lunes, junio 09, 2014

El debate entre monarquía y república


Es fascinante la capacidad que tenemos los españoles de abrir, de golpe, debates trascendentes sobre asuntos de la máxima importancia, enconarnos muchísimo mientras discutimos y, casi a la misma velocidad, olvidarlos sin conclusión alguna para pasar a toda prisa a otra discusión, igualmente apasionada, sobre otro tema de la máxima importancia. Diríase que usamos esto como si fuera un pasatiempo, un entretenimiento con el que alternar las conversaciones para darles algo de vidilla, como si el tiempo no nos bastase como tema común de discusión. Ahora mismo el debate, intenso, es entre monarquía y república.

En cierto modo es normal que este asunto surja tras la abdicación de Juan Carlos, porque si los republicanos no aparecen cuando se marcha un Rey, cuándo lo van a hacer? La monarquía, como institución, está hoy en día desfasada. Tiene difícil justificación que en estados democráticos donde impera la ley haya una familia, un linaje de apellidos, que mantenga una posición de privilegio sobre el resto, aunque ese privilegio se mucho menor del que parece. En general la monarquías han ido evolucionando hasta convertirse en una especie de representación institucional del país, en un gran edificio decorativo que luce y que da la imagen de la nación, pero que no poseen prebendas ni poder alguno. Sólo el Reino Unido en nuestro entorno posee una monarquía que aún detenta poder real, tanto económico como político. A efectos prácticos, no hay diferencias significativas en, por ejemplo, Europa, entre monarquías o repúblicas, dado que todas se desarrollan en sistemas democráticos, que es lo realmente importante. Si usted quiere meterse en un embrollo plantéese un par de preguntas. Qué prefiere, ¿una monarquía como la sueca o una república como la centroafricana? Todos querríamos la fría monarquía de Ikea. Ahora piense, qué prefiere, ¿Una república como la francesa o una monarquía como la de Arabia Saudí? Y nada más terminar la pregunta todos nos ponemos una escarapela tricolor y cantamos orgullosos la marsellesa. Por tanto, los términos justos del debate son dictadura versus democracia (la elección es sencilla, si ya residimos en un país libre, claro) y luego cada nación se organiza a su modo. Igual que no hay dos monarquías exactamente iguales, como señalaba antes, casi todas pintan poco menos la británica, sí hay muchos tipos de repúblicas, de tono más o menos presidencialista. La norteamericana y la francesa son de las que más poder otorgan al presidente, elegido por voto popular, pudiendo hacer y deshacer su gobierno cuándo y cómo desee, y teniendo prerrogativas muy importantes en el plano legislativo e, incluso, judicial. A partir de ahí las repúblicas van derivando a regímenes en los que es el Primer Ministro ( el Rajoy de turno) el que acapara más poder y el Presidente de la República se va convirtiendo poco a poco en una figura institucional, con un simbolismo y poder (nulo) muy similar al de nuestra monarquía. Alemania es un ejemplo de este tipo, en la que el Presidente de la República es elegido por el Parlamento y apenas es conocido por los no germanos (y tampoco mucho por ellos mismos) siendo el Canciller, ahora la señora Merkel, la que realmente detenta el poder. Por ello, cuando se discute sobre este asunto, hecho mucho en falta en las propuestas republicanas qué tipo de república se quiere, qué tipo de presidente y qué competencias se le otorgan para ejercer el cargo, porque hay presidentes de muchos muchos tipos.

En la práctica, y en España, yo soy como creo que lo son la mayor parte de los ciudadanos, monárquicos utilitaristas. Sin estar muy convencido de la figura, es lo que de momento mejor ha funcionado, y dada la tendencia que tienen los políticos patrios de gobernar sólo para quienes les han votado, careciendo del necesario sentido de estado, permite que el cargo que representa a la nación no sea usurpado por ideologías o siglas. La supervivencia de la monarquía no dependerá tanto de los republicanos como del comportamiento de quien ostente esa figura, y la ejemplaridad que transmita. Si lo hace bien, permanecerá. Si la monarquía empieza a ser vista como un problema por la sociedad, caerá, como cayó en el pasado. Así de simple.

miércoles, junio 04, 2014

Papistas, Juancarlistas y pelotas


Es incuestionable que la abdicación de Juan Carlos I es un hecho histórico, su reinado dura ya 39 años y es la primera abdicación que se da en España desde hace unos tres siglos, por lo que es comprensible el despliegue de los medios de comunicación, y vayan preparando los carritos si quieren adquirir los ejemplares que editen las revistas del corazón cuando se produzca la coronación de Felipe, el sexto de idéntico nombre. Pero junto con este despliegue aparecen, como no podía ser de otra manera, los aprovechados, los que todo lo sabían ya cuando nadie lo sabía y los que hasta el Lunes a las 10 de la mañana tenían una opinión sobre el tema y, media hora después, defienden ardorosamente la contraria.

Recuerdo cuando en Enero, con motivo de la Pascua militar, el rey pronunció un pequeño discurso en el Palacio Real, y ofreció una imagen muy triste. Desorientado, cansado, incapaz de terminar el texto que tenía escrito, con notables problemas de dicción, y con la sensación de que podría caerse de un momento a otro. Tras esa escena surgieron nuevamente voces que demandaban una abdicación, una renuncia, aunque fuera simplemente por las condiciones físicas que había ofrecido el monarca. Pues bien, una corte inmensa salió en tromba negando la mayor, aduciendo que todo había sido por problemas de iluminación de la sala (silencioso pero indisimulado cachondeo general el que produjo esta cutre excusa) y que el Rey ni iba a abdicar entonces ni lo haría en el futuro. Fueron muchos los articulistas, opinadores y editoriales que se manifestaron en este sentido, defendiendo una postura que, a la vista de lo sucedido, se antojaba imposible. A medida que la salud del Rey ha ido mejorando a la vista de todos la posición de los minoritarios abdicacionistas se iba apagando, pero llega el Lunes, Rajoy sale a la palestra para comunicar esa decisión nunca deseada… y todo son elogios, loas y aplausos a la actitud de renuncia del monarca. Los que, furibundos, acusaban a los defensores de la renuncia de atacar la figura del Rey y menospreciar a la institución llevan un par de días ensalzando el gesto de modernidad y sacrificio que ha realizado Juan Carlos en aras de la institución, el país y su hijo, usando exactamente los mismos argumentos que vilipendiaban hace escasos meses, en un ejercicio de transformismo tan veloz como arriesgado. Todo esto es bastante cómico. Y de hecho lo vimos de una manera muy similar hace un año con motivo de la histórica renuncia de Benedicto XVI quien, por cierto, tras su abdicación como Papa, dejó claro a todo el mundo que ya no hay cargos vitalicios, y que la renuncia nos puede llegar a todos, salvo a la Ministra de Sanidad de Ana Mato, o a Maleni, la del BEI, que no se irán salvo que los prorusos de Kiev les ataquen con fuego de mortero. Bien, vimos como Juan Pablo II moría ante el mundo en un proceso lento y doloroso, y los que defendían que debía renunciar se enfrentaron a críticas feroces, en las que les acusaba de todo, incluidos pecados mortales, dado el cariz religioso del asunto. Fallecido el Papa polaco, llega Benedicto XVI, un hombre bueno, carente del carisma de su predecesor, culto, sin fuerzas físicas ni estratégicas para poder poner en orden un Vaticano desmadrado, en lo económico y lo moral, y viéndose incapaz de ejercer la tarea que debe emprender, va y renuncia. Bombazo. Y entonces todos los apologetas de la continuidad hasta la muerte… viran en cinco minutos y se convierten en adalides de la renuncia, alaban el sabio gesto de Su Santidad y reescriben artículos, editoriales, libros y pensamientos, que eran constantes desde hace décadas, quedándose con el culo al aire, expresión no muy vaticana pero si muy gráfica.

¿Qué sucede? Que la vida es mucho más compleja de lo que uno pueda llegar a imaginar, y toda esa cantidad de opinadores no son en el fondo nada más que pelotas, aduladores de un personaje, figura o cargo, que dirán que todo lo que de ese personaje emane está bien, sea una cosa o la contraria, y que si la referencia vira, se verán obligados a virar con ella. Esa actitud es, aunque no lo parezca, una de las que más daño hace a la persona a la que dicen venerar. Todos podemos y debemos estar sujetos a críticas y alabanzas, porque haremos cosas bien y mal. El seguidismo ciego es infantil, irracional y acaba generando enormes ridículos. Evitémoslo, tanto nosotros como aquellos que dicen saber y opinan al respecto de casi todo, pero que demuestran en demasiadas ocasiones que poseen un guion muy cerrado.

martes, junio 03, 2014

La abdicación de un Rey


Una de las señales que distinguen realmente a los días importantes de la historia respecto a los demás es que, pasados los años, cuando los acontecimientos que se produjeron en esas fechas surgen en las tertulias o conversaciones, nos preguntamos unos a otros dónde estábamos el día en el que pasó eso, cómo nos enteramos de la noticia, cómo nos pilló y de qué manera la digerimos. El Golpe de Tejero, el 11S, el 11M son momentos en los que se, al recordarlos, se hacen referencia tanto a los sucesos que bajo ellos se esconden como a las vivencias personales de cada uno en ese día, independientemente de que nos pillará el evento o no.

Dentro de unos años nos preguntaremos: ¿Y tú, qué hacías el día en el que abdicó Juan Carlos I? ¿Cómo te enteraste? ¿Qué comentarios hubo en la oficina, en el trabajo, en la calle, en el café de esa jornada? A mi me cogió ayer en Elorrio, completamente de sorpresa y al poco de llegar del dentista, al que había acudido para que me revisase una muela que, intermitentemente, molesta y que al final del mes será dormida para siempre, previo pago de una onerosa cantidad, claro está. Volví a casa y me comentó mi madre que Rajoy había convocado una comparecencia institucional urgente en Moncloa a las 10:30. Raro raro. Lo primero que pensé es en una crisis de gobierno, dados los resultados de las elecciones europeas y la necesidad imperiosa que tiene de dar un impulso al gobierno en este tramo final de legislatura, pero al entrar en twitter y ver que muchas fuentes oficiales descartaban expresamente la crisis me entraron dudas. Pocos minutos antes de la hora fijada la web de elconfidencial se lanzaba en tromba anunciando que Rajoy iba a anunciar la abdicación del Rey, y eso sí que me sorprendió. Era un tema que, desde la explosión del caso Noos y el incidente de caza de Botsuana, por llamarlo de una manera, salía cada cierto tiempo al debate público, pero se acallaba rápidamente, sin que fuera más allá. Precisamente Jose Antonio Zarzalejos, periodista bien informado y que trabaja en el citado medio web, llevaba ya más de un año defendiendo la idea de que el Rey debía abdicar, asegurando incluso que era un tema que el mismo monarca ya había hablado en alguna ocasión con allegados suyos y la presidencia del gobierno. Cada vez que Zarzalejos escribía en estos términos recibía grandes críticas de todos los bandos posibles, y el tema no iba más allá. Sin embargo, al oír a Rajoy resultaba claro que la renuncia era un asunto meditado y que, a lo largo de estos últimos meses se había trabajado sin descanso en él. De hecho hoy un Consejo de Ministros extraordinario aprueba el Real Decreto de Ley Orgánica de la sucesión de la corona, que nunca se quiso hacer antes de ayer y que hoy es necesario, pero que ha sido redactado a lo largo de estas últimas semanas para poder aprobarlo a la mayor celeridad posible en las Cortes y que se pueda proceder al relevo de manera reglada, constitucional y coherente. Tras acabar Rajoy su discurso la bomba informativa había explotado, los periodistas, de Lunes por la mañana, tras la vuelta de un fin de semana que hubiera sido más o menos intenso, se encontraban con una de esas noticas que lo rompen todo, que desmontan la actualidad y que exigen plena dedicación. Los documentalistas empezaron a sudar tinta, rescatando de los archivos todo lo que hubiera, que es mucho, de la vida pública del Rey, la gente empezó a asimilar la noticia en medio de la sorpresa, y las redes sociales bulleron como casi nunca, en una mezcla de asombro, cachondeo y trascendencia que resultaba de lo más curiosa.

A lo largo del día la información ha sido apabullante sobre el tema, y es que lo debe ser, porque no abdica un Rey en España desde hace unos tres siglos, más o menos, y el legado del reinado de Juan Carlos I es tan enorme, tanto por su significado y acción como por la dimensión temporal del mismo, casi cuarenta años, que la labor de hacer balance requerirá muchas décadas, en las que se ponderará lo mucho bueno hecho y los errores cometidos, que de todo hay. El saldo es, a mi juicio, evidentemente favorable para el país, y ahora empieza otra etapa, que será distinta a lo vivido, porque nada puede ser igual a lo pasado. Cambia la jefatura del estado, pero el país sigue estando en las mismas manos de siempre. Las nuestras.Las de todos.

lunes, febrero 10, 2014

La infanta en rampa


Sospecho que el sábado por la mañana sólo se hablaba o del tiempo o de la infanta. Que si viene otro temporal, que si vaya rachas de viento que llevamos, cuánta agua, si bajará la rampa andando o en coche, si el viento le afectará en el vestido, de cómo será dicho vestido, etc. Tremendo, sí. Afortunadamente para los curiosos y apostadores antes bajó la infanta la rampa que llegó la tormenta, la meteorológica, claro está. Tras el descenso y comparecencia en los juzgados, el debate se ha trasladado a lo que allí dijo y a lo que no, a si hubo evasivas, medias verdades o sinceridades. Todo sea por hablar mucho durante mucho tiempo.

La verdad es que el asunto de la Infanta, su marido y demás no me interesa en exceso, salvo por la derivada que genera en forma de deslegitimación monárquica y, por ello, más inestabilidad política en medio de nuestra fenomenal crisis. Soy de los pocos que quedamos en España que opinamos que será el juez el que dictamine si Cristina es culpable de lo que se le acusa o no, el que diga si Urdangarín cometió todos esos delitos de los que se le acusa y, por tanto, deban cumplir penas civiles o penales. El problema para ellos es que la sociedad ya les ha juzgado y condenado, y en el caso de la monarquía y aledaños, el juicio social es más importantes que el judicial. Cuando el Rey visita un lugar y miles de personas le esperan y aplauden no acuden allí por la llamada de la ley o por un imperativo normativo, no, sino por curiosidad ante una figura pública y, obviamente, cierto aprecio por ella. Esa figura tiene una legitimidad legal, sí, soportada en la constitución, pero dado que no es electiva, ni se presenta a refrendos de ningún tipo, sustenta su presencia en el apoyo popular que la respalda. Los votos que cosecha el Rey son los aplausos que recibe allí donde va. Si hay mucho aplauso, bien. Si hay poco, mal. Cuando Cristina se casó en Barcelona, hace ya bastantes años, hubo cientos de miles de personas en la calle celebrándolo, asistiendo a los eventos señalados y vitoreando a la pareja. Eso es aprobación. El Sábado, junto a la rampa, no hubo muchos manifestantes, porque por seguridad y logística la cosa no daba para mucho, pero la sensación no era precisamente de apoyo popular y aclamación. En este caso la monarquía ha perdido el voto popular, Cristina y su marido son considerados culpables por la inmensa mayoría de los españoles, que ven en ellos un símbolo del poder que se ha comportado de manera innoble y, por tanto, es el blanco perfecto para descargar la ira que se acumula en gran parte de la ciudadanía tras años de crisis y depresión social. Urdangarín, que parece cumplir con todas las condiciones que se asocian a los arribistas y trepas, tiene un futuro judicial complicado y, sospecho, acabará entre rejas, pero la mala gestión de este asunto por parte del Rey y su entorno ha propiciado que el sacrificio del balonmanista no sea suficiente. Hubo un momento en el que era posible “salvar” mediáticamente a Cristina, obligándola a aparecer en público, compungida, arrepentida por lo sucedido, renunciando a sus derechos dinásticos, que son sobre todo simbólicos, y mostrando ser una víctima del comportamiento de su marido, cosa que en parte sí es. Pero se perdió la ventana de oportunidad para hacer eso, creyendo que las aguas se tranquilizarían y el caso no iría a más. Nuevamente el error de cálculo ha resultado ser devastador.

La imagen de Cristina de Borbón es ya irrecuperable, pase lo que pase, sea condenada o absuelta. Es un personaje “quemado” y el Rey y su entorno lo saben. Ella quizás no, será difícil asumir para alguien nacido y criado en una especie de paraíso (en mi opinión en una cárcel muy bien vestida) que su vida ha cambiado para siempre, y que ya nunca disfrutará del aprecio y respeto que, desde pequeña, el país entero le ha ido brindando. La rampa de los juzgados de Palma es la cuesta abajo por la que Cristina se despeña hacia su ostracismo social. Ahora los esfuerzos se centran en que su caída no arrastre a nadie más. En el fondo, todo esto es una historia bastante triste.

martes, enero 14, 2014

El dilema entre el columnista y el medio en el que escribe


Todos los que escribimos tenemos una ideología y una opinión dada sobre las cosas que suceden. Esto es una obviedad, pero siempre hay que tenerla presente. El opinador, si se me permite ese palabro, posee un bagaje, una experiencia y un conocimiento aprendido que, más o menos, condicionará sus afirmaciones sobre el tema de que se trate. Si uno es un profesional, debe tratar de leer y estudiar lo más posible para conocer lo más posible todos matices de las cosas, pero un sesgo existirá siempre. Pretender alcanzar la neutralidad absoluta es tan iluso como lograr la felicidad perpetua. Sólo conduce a la frustración.

Pero todo opinador que trabaja para un medio tiene el dilema de hacer compatible su postura con la del medio en el que trabaja. Se supone que existe una concordancia previa entre ambos para limitar los roces y discrepancias, pero a veces se dan, y cuando la realidad es cambiante la situación puede volverse muy tensa. Esta reflexión viene a cuento del viraje que han tenido que dar varios medios tras el anuncio de la Infanta Cristina de renunciar al recurso para comparecer (no voluntariamente, sino como se lo exigía el juez) en relación al cao Noos. Hasta el Sábado la Infanta no quería colaborar y los medios que la defendían a ultranza, y que atacaron con fuerza el escrito de alegaciones del juez que la imputaba, consideraban que esa era la postura correcta. Y hete aquí que el Sábado por la mañana Cristina, en una decisión acertada, aunque muy tardía, decide no recurrir al auto de imputación y comparecencia, solicitándola incluso, aunque la inclusión del término “voluntaria” haya sido más una fuente de chistes y despendole que un acierto jurídico. La cuestión es que los citados medios se encontraron a la hora de los postres del sábado con un grave dilema. Si todo lo que hemos defendido hasta ahora resulta que ya no es válido, ¿qué hacemos? Solución: Hacemos como que no hemos defendido nada hasta ahora y la nueva decisión de Cristina es la correcta, aunque sea exactamente la contraria a la que mantenía, y apoyábamos, hasta ayer. Así, me imagino al editorialista de, por ejemplo, el ABC, recibiendo la orden de que escribiera para el Domingo un texto en el que tenía que desdecirse de todo lo argumentado durante los últimos meses, en los que la línea editorial se basaba, además de en el obvio respeto a la figura de la Infanta, en desacreditar las acusaciones e indicios que, de forma cada vez más sólida, hacían inevitable la imputación. Y me imagino a ese editorialista en su particular noche de sábado, no se si en casa con su familia, o apoyado en la barra de un bar con un Gin-tonic muy cargado, maldiciéndose a sí mismo por ser, en el fondo, un instrumento del medio en el que trabaja, como lo son todos. A veces esa sensación es más liviana y soportable, pero otras, como esta, puede ser agobiante e insufrible. El problema de fondo es que una línea editorial no puede ser dogmática nunca, aunque exista como tal (ya he dicho que siempre habrá una) y debe tener cintura para adaptarse a las circunstancias, capacidad crítica para separarse de los dictados de esa citada ideología si las realidad va por otro camino, y propósito de enmienda y contrición, aunque esto suene a catolicismo trasnochado, para admitir una equivocación y pedir excusas por ello. Sin embargo, al menos en España, las líneas de los medios suelen mantenerse mucho más allá de lo razonable, aunque la realidad se empeñe en llevarlos al borde del ridículo. Basta recordar como El Mundo casi se inmola con el asunto de las mochilas del 11M cuando ya todo estaba sabido o El País seguía creyendo en la palabra de ZP a la vez que la EPA y el resto de indicadores macro señalaban, todos los días, el catastrófico derrumbe de la economía.

¿Es por ello que el columnista más honesto es el que es fiel sólo a sí mismo y no depende de nadie? Pues no tiene porqué ser así, porque también tiene sus sesgos personales, que a veces pueden ser más difíciles de detectar y de evitar. Mi consejo es que lean, y lean a muchos. Cómprense varios periódicos, lean a articulistas de medios dispares, nacionales y extranjeros, contrasten sus opiniones con las de todos ellos y constrúyanse un juicio personal que también tendrá sesgos, pero pulidos por la información y opinión que les llegará de varias fuentes. Aun así, se equivocarán, como nos pasa a todos, pero al menos en menor cuantía y frecuencia de los que sólo viajan por el único carril que conocen y desean transitar.

miércoles, enero 08, 2014

La imputación de la infanta Cristina y la marca España


Es inevitable referirse a ello. Hoy toda la prensa española, y buena parte de la extranjera, lleva a portada la nueva imputación que el juez José Castro ha decretado sobre la Infanta Cristina en relación a los negocios de las empresas en las que compartía titularidad con su marido Iñaki Urdangarín. El tono general es de respeto y espera, hasta comprobar si esta vez la imputación saldrá adelante o, como sucedió hace un año, se queda en nada. Ya saben ustedes que los procesos judiciales son complejos, enmarañados y, al menos en España, tediosamente largos, por lo que poco voy a poder añadir sobre el fondo del asunto.

Además, como podrán imaginarse, no me he leído el auto de más de doscientas páginas que ha emitido el juez. Imagino que ayer debió ser un duro día de vuelta tras las vacaciones para los que tuvieron que enfrentarse a ese mamotreto para extraer de él la información con la que llenar páginas y titulares. Por ello no estoy en condiciones de decir si la acusación del juez es consistente o no, está basada en hecho o conjeturas, y es suficiente para enjuiciar a Cristina o no. Como en casi todos estos casos, me basta la profesionalidad del juez para dar por supuesto que si así lo considera, algo habrá que le obligue a ello. Por tanto, creo que debemos esperar a ver cómo se desarrollan los acontecimientos y, en todo caso, actuar con mucha naturalidad en este asunto, naturalidad que no ha existido en casi ningún momento y que nos haría mucha falta a todos, empezando por la familia del Rey hasta el último periodista. Hay que recordar que el único miembro de la familia Borbón que tiene un papel constitucional es el Rey. Ni si quiera el Príncipe heredero posee una norma que regule su estatus y condición, y desde luego no es el caso de las infantas, que a todos los efectos legales y constitucionales son lo mismo que cualquiera de ustedes o yo a ojos del estado y la ley: Meros contribuyentes a los que extraer impuestos. Si la infanta Cristina y su marido cometieron delitos, deben ser juzgados por ellos y, en su caso, condenados. El apego familiar que existe ante todo miembro de la estirpe que se ve sometido a un problema relacionado con la ley es comprensible, y que levante la mano el primero que no ha ayudado a un amigo o familiar en un trance de este tipo. Sólo al Rey se le puede exigir, dado su papel constitucional, y la relevancia de la ejemplaridad que transmiten sus actos, una total separación de la figura de su hija y marido, para evitar ser contaminado por la misma, y en función de cómo se desarrollen los acontecimientos, sanciones de tipo personal e institucional, de corte más bien simbólico, como el despojamiento de los títulos en caso de condena o la exigencia de renuncia de Cristina a unos derechos sucesorios que sólo tendrían relevancia en caso de una tragedia familiar en Zarzuela de proporciones colosales. Por lo demás, la actitud del juez en el procedimiento demuestra que la justicia, lenta, torpe y coja, avanza en la misma dirección para todos, y que en España no se libra del acoso de la misma ni la hija del Rey ni el frutero de la esquina. Eso, y el hecho de que la corrupción no se esconda, aunque no lo parezca, son dos de las grandes diferencias que hacen que un país pueda ser considerado como democrático. Romperse las vestiduras por la imputación a Cristina es, además de un ejercicio inútil, algo propio de sociedades infantiles, necesitadas de un manto protector de poder que las dirija. Vemos muchas veces en España comportamientos de este tipo ante el encausamiento de políticos y autoridades, que suscitan el apoyo de ciudadanos “anónimos” que los escoltan a los juzgados, ofreciendo una imagen propia de épocas cuasi medievales.

Uno de los puntos más complejos de este asunto es cómo esta noticia y proceso afecta a la ya muy famosa marca España, por la que todo se hace y en nada se protege y promueve. A corto puede ser dañina, empezando por el hecho de que medios extranjeros no distinguen la diferencia entre infanta y princesa (Sólo Letizia lo es) pero a largo la sensación de igualdad ante la justicia será positiva. Lo que realmente destroza nuestra imagen como país son hechos como los de Sacyr en Panamá o el desastre eléctrico y de primas renovables, por poner dos ejemplos de actualidad, que lastran mucho más nuestro país de cara a inversores extranjeros que lo que le pueda suceder a una mujer a la que, fuera de España, conoce muy poca gente.

jueves, septiembre 26, 2013

El Rey, de baja


Tras haber sido sometido a la operación de cadera, primera de las dos que finalmente tendrán lugar, y una vez pasado el efecto de anestesias y medicamentos variados Juan Carlos habrá empezado a echar un vistazo, entre otras cosas, a lo que dicen los medios sobre su persona, la operación, la sucesión, el príncipe, la sanidad pública o privada o cualquiera de los infinitos asuntos de debate, algunos sustanciosos, otros pueriles, todos ellos polémicos, que se han abierto tras el anuncio de la operación real y, sobre todo, la larga convalecencia que se prevé.

El hecho de que la Monarquía sea, por definición, una institución encarnada en una persona, hace necesaria una regulación muy completa y estricta de los supuestos que pueden surgir si a esa persona le pasa cualquier cosa. Obsérvese que esto no sucede con el resto de cargos institucionales, porque por definición, la persona que los ocupa está, digámoslo, de alquiler en ellos, su estancia tiene una fecha de caducidad y, en caso de que le pase algún tipo de desgracia, la institución persiste, y siempre tiene vías para perpetuarse. La monarquía es, en este sentido, especial, pero debemos ser justos con la figura del Rey en este asunto, porque el hecho de que no se haya legislado nada para prever todo esto no es culpa suya, sino de los parlamentarios, que son los que tienen que diseñar y aprobar esa Ley orgánica a la que hace referencia el Título II de la Constitución. En una forma de trabajar muy hispánica, lo más alejada posible del estilo germano, la idea ha sido “bueno, ya lo hará otro” y se ha dejado el asunto abandonado. Ahora, con la nueva operación y, sobre todo, larga baja, vuelve a surgir la necesidad de regular el proceso sucesorio y todo tipo de cuestiones adyacentes. Afortunadamente nos encontramos ante un problema de salud menor, si se puede usar este concepto, que no afecta ni a las posibilidades vitales del Rey ni a su estado mental, por lo que el hecho de que no pueda andar bien es un asunto menor de cara a que pueda desarrollar su trabajo. Pero es indudable que Juan Carlos es cada vez mayor, lógico, y la biología corre en su contra, como nos pasa a todos. Tarde o temprano habrá un problema serio y tendremos que tener regulado qué hacer entonces. La salida más elegante, creo, sería que una vez que la baja de esta operación termine y el Rey se reincorpore a sus funciones con normalidad, parta de la propia casa del Rey la petición al Congreso para que se aborde este asunto, y que en el próximo 2014 se diseñe y apruebe la norma para tenerlo todo preparado. Nos curaríamos en salud, nunca mejor dicho, ante indeseables pero siempre probables avatares, y de paso sería un punto en el que PP y PSOE debieran estar de acuerdo, lo que introduciría algo de serenidad en el alocado y demagógico debate partidista en el que estamos instalados desde hace meses. El hecho de que la idea surgiera de Zarzuela también tendría ventajas mediáticas porque, aún sin conceder la abdicación que se reclama desde varios foros e instancias, que tiene ventajas e inconvenientes, el Rey mostraría como algo natural el hecho de asumir que tarde o temprano dejará de serlo, y que no habrá problemas formales o legales para llevar a cabo los trámites necesarios. Promover la fórmula que te permita abandonar tu puesto no deja de ser un acto de generosidad, sobre todo cuando el puesto es tuyo y nadie te lo puede quitar.

El resto de polémicas son, a mi entender, asuntos menores, aunque permiten debates apasionados, demagógicos y vocingleros, que lo único que demuestran es que en España se grita mucho y se sabe poco de lo que se habla, y ponen de manifiesto, y esto sí me parece relevante, que el péndulo de la opinión social respecto a la monarquía ha pasado de la indulgencia absoluta ante cualquier actividad, fuera lícita o no, a la crítica constante ante todo lo que haga el Rey y su familia, tenga fundamento o no. O lacayos o jacobinos, como siempre el español no tiene punto medio, lo que hace que el debate antaño fuera imposible y ahora sea ininteligible. Así somos.