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martes, mayo 05, 2026

Americanos en retirada

Muchos son los pilares que sostienen al ejército de EEUU, y lo convierten en el más poderoso jamás conocido. Su personal, el empleo incesante de la tecnología más avanzada, una dotación de medios apabullante, unos cuadros de mando formados de manera moderna y rigurosa, un presupuesto descomunal… la lista es larga, y cada una de las piezas que podamos añadir resulta determinante. Como en toda maquinaria, una de ellas rota supone un problema para el conjunto del sistema, y en el caso de la defensa, o ataque, que de eso va el ejército, un problema es un paso claro hacia el fracaso. Todo debe tenerse lo mejor engrasado posible.

Las bases que EEUU tiene en el resto del mundo son uno de esos puntales, a los que no se les presta especial atención, pero resulta determinante. En cada momento del año son decenas de miles, cientos, los soldados de EEUU que están fuera de su país en las bases que el Pentágono tiene por todas partes, cubriendo la mayor parte de la geografía global. Estas bases ejercen un poder de disuasión en sí mismas, es verdad, pero sobre todo, son la punta de lanza logística que permite al ejército del país poder operar en todo el mundo de manera eficaz. Suponen un acopio de provisiones, suministros, munición, combustible, etc, que hace que aviones que partan desde el territorio norteamericano puedan ejercer las tareas asignadas en cualquier parte del mundo en cualquier momento, a sabiendas de que es esa rede de bases la que les va a permitir reabastecerse de queroseno, de armamento, o de lo que sea, no quedándose tirados en el camino. Como si fueran portaviones inmensos, que no se mueven, sino que están varados en un punto concreto del globo, las bases actúan como elemento imprescindible para proyectar la fuerza que el ejército es capaz de desplegar, y se convierten en un elemento decisivo cuando se pasa de las palabras a los hechos. Es impensable la realización de operaciones como las que ahora están sucediendo en Irán sin la red de bases que proporcionan cobertura logística a todo el despliegue de fuerzas militares. La negativa de algunas naciones a prestar el uso de sus bases compartidas para esta guerra, como ha sido el caso de España o Italia, ha obligado al Pentágono a rediseñar sus rutas de suministro, a alterar los planes logísticos, pero con la red de bases de que dispone la situación se parece mucho a la del metro de una ciudad, en la que el cierre de una estación por obras supone un incordio, pero el mallado de la red permite el diseño de caminos alternativos, de tal manera que las cosas no funcionan con fluidez plena, pero lo hacen de manera efectiva, y el problema se solventa. Por eso, mantener esa red de bases y alcanzar acuerdos de colaboración con las naciones en las que se sitúan es primordial. China lo sabe, y esa estructura es una de las patas de las que no dispone su ejército, que está diseñando asentamientos en África para convertirlos en protobases, por así decirlo, dentro de los contratos de inversión civil que patrocina en muchos de los países de la zona, pero es evidente que carece de esa red, y de su inmenso poder de proyección. Beijing lo sabe, y es consciente de que, por mucho que su ejército crezca, no deja de ser un poder regional, incapaz de actuar en naciones situadas lejos de su vecindad. Puede llegar a convertirse en el hegemón regional, es a lo que aspira, a ser un rival insuperable en su área de influencia, pero conoce sus limitaciones y la imposibilidad de proyectar un poder militar global si quiera mínimamente comparable al norteamericano. En esto los EEUU han jugado muy bien su estrategia en el largo plazo, y han creado una estructura inigualable, tanto por su poder como por su extensión planetaria. Son los únicos que pueden actuar en todo el mundo en un momento dado.

Por eso, decisiones como las de Trump de retirar soldados de sus bases europeas por el berrinche que ha cogido tras la negativa de esos países de colaborar en la desnortada ofensiva contra Irán, además de ser otra muestra del infantilismo de su persona, es uno de los mayores daños que puede hacer a la propia capacidad militar de su país. Esas bases son joyas que deben ser mimadas, porque su papel logístico es de una importancia abrumadora. Desmantelarlas, reducirlas, abandonarlas, sería ir minando una red hasta el punto de que ya no pudiera ser operativa. Eso, el sueño dorado de la mayor parte de los enemigos de EEUU, es lo que el desquiciado de Trump está ejecutando en cada una de sus órdenes. Ver para creer.

lunes, marzo 30, 2026

La logística lo es todo

Hay un ensayo que es de lectura obligada para los amantes de la logística y, en general, para todo aquel que quiera entender cómo funcionan las cosas que hacen que sea posible todo lo demás. Se titula Ingenieros de la victoria, y es de Paul Kennedy. El texto se centra en la IIGM, y en el desarrollo espectacular de la logística militar que fue necesaria para que el ejército de EEUU adquiriera las capacidades necesarias para poder combatir en dos frentes globales con miles y miles de tropas en ellos. Recursos, aprovisionamiento, fabricación, distribución, reemplazo, cuestiones que hasta entonces eran importantes, se convertían en vitales, y fue necesario inventar multitud de procesos para hacer frente al reto.

Me acordaba de esto cuando hace unos días leía que el portaaviones más importante de la flota norteamericana, y el más nuevo, el Gerald Ford, destinado a las operaciones militares contra Irán, tenía que salir del escenario de combate y dirigirse a Creta porque estaba medio inutilizado por dos cuestiones que parecen de chiste, pero que no lo son. Por un lado, había sufrido un incendio en la lavandería que había acabado con cientos de juegos de camas destruido, de los más de cuatro mil que componen la intendencia sabanera que se requiere en la nave, si se me permite así decirlo. El incendio acabó sofocándose tras varias horas pero dejó inutilizada la instalación, por lo que las sábanas, y resto de ropa, de los miles de residentes en la nave, la que no había ardido, no podía ser lavada como es debido. Por otra parte, se informaba que un casi un tercio de los cientos y cientos de retretes con los que cuenta el buque estaban atascados, y que no había manera de convertirlos otra vez en operativos, de tal manera que las colas en los que funcionaban iban a más y, se imaginan, el proceso de atasco generaba un goteo de retretes cerrados que no dejaba de crecer. Sí, el portaviones es nuclear, no necesita repostar combustible para moverse sin cesar por el mundo durante varios años, pero la tropa y marinería que está en él, unas cinco mil personas creo recordar, requiere un montón de cosas cada día para mantenerse operativa, entre ellas dormir e ir al baño. Imagínense lo que come esa cantidad de gente cada día y los suministros que porta en forma de proteínas e hidratos de carbono. Por lo que salía en las noticias, el buque llevaba ya diez meses de travesía ininterrumpida, ya que participó también el año pasado el proceso de hostigamiento a Venezuela, y la tripulación no pisaba tierra desde entonces. Diseñada para realizar relevos de seis meses, la tropa de ese barco ha excedido notablemente el periodo de estancia previsto en el mismo, y es de esperar que la degradación de algunas de las instalaciones sea equivalente al malestar que se acumula entre los hombres, que llevan mucho más tiempo del previsto y prometido, fuera de casa, y en condiciones de deterioro notable. Este es un buen ejemplo en el que la capacidad militar de uno de los principales activos de la flota norteamericana puede ponerse en entredicho por algo aparentemente tan banal como que cientos de sus integrantes no puedan dormir en las camas en las que descansan como es debido. La gestión de un barco de este tipo es de un complejidad inmensa, sólo por el hecho de la cantidad de gente que hay en él, sin contar con el peligro que supone portar armas y cosas que explotan a lo bestia por todas partes, y la planificación necesaria para mantener a todos los sistemas de abordo a pleno rendimiento no sólo se debe centrar en el armamento o el combustible de los aviones, que también, sino en cosas como el famoso papel higiénico, que si se acaba hacen que el nerviosismo se adueñe de la nave, sea nuclear o impulsada por velas romanas.

Las guerras suelen ser el ejemplo perfecto de cómo campañas pensadas para una duración corta y sorpresiva se pueden alargar más de lo previsto y, con ello, sus costes asociados, y sus necesidades logísticas, que crecen de manera exponencial y lo complican todo. Un ejército de tierra devora combustible, comida, armamento y suministros sanitarios como si no hubiera mañana, y la extensión máxima a la que puede llegar en una invasión es la que le permite esa cadena de suministros que le mantiene operativo. Si se alarga más de lo posible y la cadena se rompe, el ejército ya no funciona. Rusia nunca ha aprendido esta lección, y EEUU, que sí lo hizo, parece estar olvidándola. Y los errores en logística se pueden pagar muy muy caros.