Hay un ensayo que es de lectura obligada para los amantes de la logística y, en general, para todo aquel que quiera entender cómo funcionan las cosas que hacen que sea posible todo lo demás. Se titula Ingenieros de la victoria, y es de Paul Kennedy. El texto se centra en la IIGM, y en el desarrollo espectacular de la logística militar que fue necesaria para que el ejército de EEUU adquiriera las capacidades necesarias para poder combatir en dos frentes globales con miles y miles de tropas en ellos. Recursos, aprovisionamiento, fabricación, distribución, reemplazo, cuestiones que hasta entonces eran importantes, se convertían en vitales, y fue necesario inventar multitud de procesos para hacer frente al reto.
Me acordaba de esto cuando hace unos días leía que el portaaviones más importante de la flota norteamericana, y el más nuevo, el Gerald Ford, destinado a las operaciones militares contra Irán, tenía que salir del escenario de combate y dirigirse a Creta porque estaba medio inutilizado por dos cuestiones que parecen de chiste, pero que no lo son. Por un lado, había sufrido un incendio en la lavandería que había acabado con cientos de juegos de camas destruido, de los más de cuatro mil que componen la intendencia sabanera que se requiere en la nave, si se me permite así decirlo. El incendio acabó sofocándose tras varias horas pero dejó inutilizada la instalación, por lo que las sábanas, y resto de ropa, de los miles de residentes en la nave, la que no había ardido, no podía ser lavada como es debido. Por otra parte, se informaba que un casi un tercio de los cientos y cientos de retretes con los que cuenta el buque estaban atascados, y que no había manera de convertirlos otra vez en operativos, de tal manera que las colas en los que funcionaban iban a más y, se imaginan, el proceso de atasco generaba un goteo de retretes cerrados que no dejaba de crecer. Sí, el portaviones es nuclear, no necesita repostar combustible para moverse sin cesar por el mundo durante varios años, pero la tropa y marinería que está en él, unas cinco mil personas creo recordar, requiere un montón de cosas cada día para mantenerse operativa, entre ellas dormir e ir al baño. Imagínense lo que come esa cantidad de gente cada día y los suministros que porta en forma de proteínas e hidratos de carbono. Por lo que salía en las noticias, el buque llevaba ya diez meses de travesía ininterrumpida, ya que participó también el año pasado el proceso de hostigamiento a Venezuela, y la tripulación no pisaba tierra desde entonces. Diseñada para realizar relevos de seis meses, la tropa de ese barco ha excedido notablemente el periodo de estancia previsto en el mismo, y es de esperar que la degradación de algunas de las instalaciones sea equivalente al malestar que se acumula entre los hombres, que llevan mucho más tiempo del previsto y prometido, fuera de casa, y en condiciones de deterioro notable. Este es un buen ejemplo en el que la capacidad militar de uno de los principales activos de la flota norteamericana puede ponerse en entredicho por algo aparentemente tan banal como que cientos de sus integrantes no puedan dormir en las camas en las que descansan como es debido. La gestión de un barco de este tipo es de un complejidad inmensa, sólo por el hecho de la cantidad de gente que hay en él, sin contar con el peligro que supone portar armas y cosas que explotan a lo bestia por todas partes, y la planificación necesaria para mantener a todos los sistemas de abordo a pleno rendimiento no sólo se debe centrar en el armamento o el combustible de los aviones, que también, sino en cosas como el famoso papel higiénico, que si se acaba hacen que el nerviosismo se adueñe de la nave, sea nuclear o impulsada por velas romanas.
Las guerras suelen ser el ejemplo perfecto de cómo campañas pensadas para una duración corta y sorpresiva se pueden alargar más de lo previsto y, con ello, sus costes asociados, y sus necesidades logísticas, que crecen de manera exponencial y lo complican todo. Un ejército de tierra devora combustible, comida, armamento y suministros sanitarios como si no hubiera mañana, y la extensión máxima a la que puede llegar en una invasión es la que le permite esa cadena de suministros que le mantiene operativo. Si se alarga más de lo posible y la cadena se rompe, el ejército ya no funciona. Rusia nunca ha aprendido esta lección, y EEUU, que sí lo hizo, parece estar olvidándola. Y los errores en logística se pueden pagar muy muy caros.
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