Lo más relevante de la declaración plasma de ayer de Sánchez, sin periodistas, sin preguntas, sin nadie, en medio de la soledad de la sala de prensa de Moncloa, ejerciendo un presidencialismo autoritario que no le corresponde, fue que abre una probabilidad, por ahora pequeña, para que se adelanten las elecciones generales a este año, una vez que los gurús del presidente han encontrado en el “No a la guerra” un lema para, creen, movilizar a los suyos, que se mueven tras el desastre de gestión de la actual presidencia. ¿Acabará dándose esa carambola de elecciones conjuntas en Andalucía, Cataluña y generales? Sigue pareciéndome muy complicada, pero ya no es descartable.
Yendo a lo que importa, ¿nos puede bloquear comercialmente Trump, como amenazó hace un par de días? La respuesta rápida y convencional es que no, pero con el ególatra supremo ya se sabe que hay pocas cosas convencionales. Nuestro gobierno ha usado la ley de manera correcta al no permitir el uso de las bases conjuntas para el actual ataque a Irán por entender que no es una actuación legítima, de la misma manera que convirtió en legal el ataque que, con el apoyo de esas bases, se dio en verano, también sobre Irán. En todo caso, la posición de denegar el uso tiene respaldo con el convenio suscrito entre EEUU y España en la mano. El cabreo de Trump ante esta decisión se puede traducir en palabras, como las de hace dos días, o en hechos, aún no realizados. Las políticas comerciales de España son soberanas, pero con una “s” pequeñita, dado que muchas de sus competencias están transferidas a la UE, que es la que tiene la capacidad para firmar tratados. En este caso nosotros vamos con el resto de socios europeos, y cuando empezó el lío de los aranceles ilegítimos del año pasado, los que ha tumbado el Supremo de EEUU hace un par de semanas, la Comisión le recordó a EEUU que no podía dictar normas distintas a las naciones de la UE, que todas debieran ser tratadas de igual manera. Esto es lo que dice la ley. ¿Puede saltarse Trump la ley? Sí, lo hace con frecuencia, y ese es el problema máximo. Desde que dijo esas palabras todas las empresas y los que trabajan en las relaciones comerciales con EEUU están agobiados, porque saben que la seguridad jurídica con la que se han desarrollado esas relaciones en las últimas décadas se ha derrumbado. Donde antes había reglas claras ahora dicta la voluntad de un sujeto que decide de manera arbitraria y son argumentos. En números, en los últimos años la balanza comercial con EEUU se ha ido deteriorando porque hemos aumentado nuestras compras de energía, especialmente desde el comienzo de la invasión rusa de Ucrania, de tal manera que ya es uno de nuestros principales suministradores de petróleo y gas natural licuado. Eso hace que ahora el déficit comercial con ellos supere ampliamente los 10.000 millones de dólares. Es decir, EEUU gana dinero en sus relaciones comerciales con España, no le conviene reducirlas, aunque sea por un mero interés financiero. Nuestras exportaciones allí se centran en maquinaria, servicios industriales y de consultoría (sector importante en el que hemos ganado mucha cuota de terreno desde hace años) y, claro, la agroalimentaria. Este último sector es el que más ha sale en los medios cuando se habla de este tipo de problemas. Bodegueros, fabricantes de queso, jamones y demás productos, especialmente los de alta gama, tienen en EEUU desde hace tiempo un mercado que compra con firmeza sus productos y de donde saca unos márgenes nada despreciables. Desde el inicio de Trump 2, esto se ha resentido notablemente, tanto por los aranceles famosos como por la creciente sensación de inestabilidad. Vender allí se complica cada vez dada la actitud hostil de la administración, que no la de los clientes, que son los perjudicados por las subidas de precios. Es de esperar que este clima confuso, lejos de mejorar, se enturbie aún más.
El problema de fondo, que Sánchez no es capaz de ver y que el resto de naciones europeas no quieren admitir, es que el país más poderoso del mundo, dotado del mejor ejército, ha decidido actuar de manera unilateral en nombre de lo que se supone son sus intereses, aunque realmente sean sólo los de Trump y la camarilla que le rodea. Un mundo de reglas y acuerdos, sostenido por la voluntad y fuerza de EEUU, se derrumba ante nuestros ojos, demolido precisamente por aquel que ha contribuido a crearlo. Ante esto, las actitudes de países de segundo o tercer nivel, como somos nosotros, pueden resultar pueriles y ser castigadas de una manera desproporcionada. ¿Cómo gestionar este escenario? Ni la más remota idea.
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