jueves, marzo 19, 2026

Escalada energética

Ayer se produjo una serie de ataques cruzados que tuvieron como objetivo grandes y cruciales infraestructuras energéticas en la zona del Golfo Pérsico. Israel atacó las instalaciones iraníes de South Pars, que explotan el mayor yacimiento de gas natural del mundo, una bolsa que se encuentra bajo la parte interior del golfo pérsico, situado de manera perpendicular a la forma alargada que adopta el mar en esa zona. Ese yacimiento también es explotado por Qatar, país riquísimo precisamente gracias a él: Qatar no tiene petróleo, pero sí gas. Produce más o menos el 20% del Gas Natural Licuado del mundo, y lo hace desde el complejo de Ras Laffan.

Esas instalaciones, uno de los lugares más importantes del mundo en lo que hace a energía e industria, fueron atacadas por Irán como represalia ante el ataque a South Pars. No consta que haya habido víctimas, según las informaciones difundidas por el gobierno qatarí, pero sí daños materiales cuantiosos, imposibles de precisas, pero que afectan la estabilidad del complejo y a su operativa lo suficiente como para dejarlo en barbecho. Todo el mundo está mirando el petróleo, con razón, pero el gas es otra enorme fuente de energía, cuyo papel no ha hecho sino creer con el paso de los años, y que tiene unos usos mucho más extensos que el del transporte o la calefacción. El gas natural se usa mucho en procesos químicos básicos como el de la producción de nitratos, cuyo principal uso es el de los fertilizantes agrarios. Comemos todos, principalmente, a la industria global de fertilizantes, que permite que las cosechas alcancen las dimensiones que nos permiten subsistir. Si esa industria sufre las cosechas lo harán, y el precio de los alimentos puede experimentar subidas muy considerables a corto y medio plazo. El gas también se usa en otros procesos que acaban generando helio, gas noble que, además de para llenar globos de feria que tanto gustan a pequeños y mayores, se utiliza en procesos de fabricación de fibra óptica, chips y otros componentes tecnológicos avanzados…. Uno puede pensar que las cosas salen de las estanterías de los supermercados o centros comerciales como por arte de magia, pero no, cada objeto esconde una cadena de producción que tiene indeterminados eslabones, muchos de ellos cruzados, que se extiende en el espacio y el tiempo, y que logra que un paquete de macarrones o un disco duro externo con USB esté a nuestra disposición a un precio razonable. Y en el fondo de todos los productos se encuentra la energía y los procesos industriales básicos capaces de producir elementos imprescindibles para que todos los bienes, todos, se acaben elaborando. Los ataques cruzados de ayer no se dieron sobre arenales sin poder estratégico o pabellones de almacenamiento de enseres, no, se produjeron sobre algo parecido al corazón de la industria global, uno de los puntos en los que se inician procesos capaces de alcanzar dimensiones planetarias. No se izo un rasguño a un fragmento de piel del brazo, no, se produjo un trombo en una de las principales arterias de la economía, logística e industria global, con unos daños que tardarán mucho tiempo en ser reparados, a un coste muy elevado, y que a cortísimo plazo suponen la interrupción de suministro y el destrozo de las cadenas logísticas para muchos sectores, además de un obvio disparo de los precios en todas partes. Lo de ayer fue el típico cruce de actos estúpidos que se produce cuando la ira de los contendientes le da por destrozar cosas de comer, y eso acaba con los que se pelean mucho más pobres. Y de rebote todo el mundo. Ayer se destruyeron cosas de una importancia que no somos capaces de calibrar. 

Trump se mostró enojado por el ataque israelí a South Pars, más que por las consecuencias o porque Qatar sea un aliado suyo porque, quizás, ya le habían dicho cuánto iba a robar haciéndose con las instalaciones y ahora están medio inutilizadas, porque al ególatra supremo la estabilidad logística y productiva global le da igual, por decirlo de manera suave. En todo caso, lo de ayer también va a suponer un abrupto encarecimiento de la vida del consumidor norteamericano (ni le cuento la nuestra) y eso puede que sí le importe más otras cosas. A punto de llegar a la tercera semana de guerra la situación se descontrola, en lo económico y militar, y los costes de este desastre no hacen sino crecer sin límite conocido.

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