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lunes, julio 20, 2026

No me gusta el fútbol

Esas cinco palabras del título de hoy ya son toda una declaración de intenciones vital, y en un país como el nuestro, motivo de exclusión, o como mínimo de observación por parte del resto de la sociedad, que me ve como si se tratase de un espécimen digno de ser guardado en una vitrina de museo. Si a eso se le suma una serie de cosas que tampoco me gustan y que la gente considera que son de obligado seguimiento, la imagen que tantos poseen de mi es, como mínimo, exótica. Cuando uno es pequeño eso le causa problemas, pero a medida que los años avanzan y todo resulta más relativo, no me preocupa lo que el resto quiera pensar. Sólo trato de que no me impongan sus aficiones. Al menos, claro, las que rechazo.

Manuel Vázquez Montalbán, que era muy del Barça, escribió un ensayo, que no he leído, con un título brillante: “Fútbol, una religión en busca de un Dios” en el que se planteaba, según relataban las crónicas, su pasión por ese deporte y, sobre todo, la pasión social que despertaba. Y sí, el título es muy bueno, porque describe bastante bien el irracional fenómeno de masas que se desata en torno a unas personas que pegan patadas a un balón y logran que millones crean que eso es relevante en sus vidas. Todos los procesos que se dan en el entorno de las religiones organizadas se reproducen de una manera casi milimétrica en torno al mundo del balón, con las congregaciones de fieles, adoradores ciegos de una enseña, unos colores, una marca, un equipo, una selección, a la que defienden a muerte respecto al resto, a la que ven como única. Un rebaño que comparte símbolos, autoridades y discursos en forma de sermones por parte de los dirigentes de su equipo y los que juegan en él, que son elevados a los altares formando un panteón de diosecillos que reciben adoración. En estos días se podía ver a aficionados montando altares en sus hogares o en los lugares de congregación de la feligresía futbolera en los que se ponían estampitas con la imagen de los jugadores, con fotos de celebraciones pasadas, con insignias, escudos y demás parafernalia, conformando altares con todas sus letras, donde sólo faltaban las barrocas columnas salomónicas para ser dignos de consagración. Ese movimiento de fe produce exaltados, creyentes acérrimos ciegos que no dudan jamás, que viven su pasión hasta el extremo y se dedican a perseguir a los que consideran impuros, tibios, o simplemente no dignos de su creencia. Pasa en todas las religiones, los exaltados se reúnen en sectas particulares y empiezan a dictar la norma que el resto ve como una exageración, pero en no pocas ocasiones se convierte en el objetivo a seguir. Envueltos en bufandas, uniformes, cánticos y no pocos signos más de pertenencia a la tribu, esos puristas van sembrando su mensaje entre los suyos y el resto y, antes o después, llegan los incidentes. El fútbol, como simulacro de guerra entre bandos, es proclive a la violencia y se considera que esta, mal vista de manera oficial, es algo natural en el entorno del balón. Todo el mundo ve obvio que existan corrientes de aficionados salvajes, de sujetos broncas, que extienden su mal vivir a los aledaños de los estadios, y cuyos actos son, no pocas veces, reídos como gracias por parte de los responsables de los clubes, que los consideran como muy necesarios de cara a conformar el espíritu de la entidad que dirigen. Esos mismos responsables que, casi siempre, eluden la ley, gestionan los equipos de manera opaca y con un ansia de protagonismo sólo comparable al nivel de presunto fraude que cometen ante todo tipo de leyes, especialmente las urbanísticas y financieras, y que cuentan con el beneplácito de las autoridades, que en nombre de los “colores” conceden privilegios a esas entidades del balón con los que no pueden ni soñar otro tipo de empresas o asociaciones, de lucro o no, que son perseguidas con saña por la administración en forma de normas e impuestos, mientras que los del balón se ven beneficiados de todo tipo de privilegios, quizás porque no hay nada que al poder le guste tanto como subirse a un palco de un estadio y sentirse por encima, en todos los sentidos, de la plebe a la que somete en sus formas de ocio y saja de manera financiera, mientras consigue el vulgo aplauda enfervorizadamente a los santones que corren por el campo.

Lo siento, soy un ateo de esa religión organizada que es el fútbol. Si el deporte me dice poca cosa, si verlo por televisión me parece una manera de aburrirse difícilmente superable, lo del fútbol es algo que me supera. Nunca me ha gustado, cada vez menos, y la intromisión que supone su desarrollo en la vida de los demás me parece un abuso que no tiene excusa posible. Obviamente me he enterado de lo que pasó ayer, aunque de todo lo que sucedió vi nada más que la entrega de premios, para comprobar qué espectáculo organizaba Trump y su secuaz Infantino. No defraudaron, actuaron a la altura de lo que ambos era esperable. Poca cosa más me interesaba de lo de ayer, nada del jolgorio de hoy, ni de lo que venga después, ni de los siguientes partidos, o ligas, o copas, o competiciones internacionales, o duelos del siglo, o….

lunes, septiembre 15, 2025

La violencia venció a las bicis

Era de esperar, y por ello ni me acerqué a la zona, cosa que sí he hecho en los años anteriores. Con el ambiente caldeado por la animación, entre otros, del propio presidente del gobierno, y con la esperable pasividad de la delegación, que está controlada por el propio presidente, las manifestaciones pro palestinas acabaron desbordándose y los grupos violentos que se encontraban en ellas tomaron el centro de Madrid e impidieron por completo la finalización de la etapa de la vuelta y el acto protocolario del pódium, con la entrega de premios e himnos. Un espectáculo de violencia se impuso al evento deportivo y dejó una imagen triste.

Ya lo he dicho en muchas ocasiones, y me reiteraré hasta el hartazgo, aunque me temo que me quede sólo en mi opinión. Uno puede manifestarse por lo que quiera, la libertad de expresión implica precisamente eso, pero la libertad de uno termina donde empieza la de los demás, y tanto derecho tienen los manifestantes que denuncian la actuación del gobierno de Israel como los ciclistas a recorrer una etapa en un evento organizado. Esto, que es tan obvio, genera una enconada discusión por parte de los que, esta vez amparados en la bandera palestina, ayer en cualquier otra cosa y mañana a saber, se creen con el derecho de usurpar las calles atizar la violencia contra el resto de los que se encontraban en la zona del circuito, por no hablar de los heridos registrados entre las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, que hicieron lo que pudieron frente a la movilización que les desbordaba y sabiendo que la autoridad de sus mandos jaleaba a los manifestantes. Se podía haber corrido toda la etapa y que las banderas palestinas, como ha pasado en muchas etapas, fueran las que llenasen los arcenes y las pantallas de televisión, y la protesta hubiera sido efectiva para aquellos que quieren usar la carrera como escaparate para sus reivindicaciones, pero no pasó eso. El evento se suspendió, los ciclistas y sus equipos se vieron atrapados en una encerrona en la que en algún momento peligró su integridad física y la escena que ayer se ofreció al mundo fue la equivocada. La algarada en la que se convirtió la tarde atrapó a no pocos ciudadanos, varios de ellos familias con niños, que acudieron al circuito a ver el paso de los corredores con la ilusión que sólo los críos tienen (y que tristemente los adultos suplimos con cinismo y mala leche) y tuvieron que salir de allí corriendo para que nada de lo que pasaba les supusiera daños. Cargarse La Vuelta, que es lo que ha sucedido, no va a alterar para nada los planes de Netanyahu en Gaza, sólo supone cargarse La Vuelta. Si las cosas fueran así de sencillas muchos de los problemas del mundo se arreglarían. La legitimidad de la protesta de ayer fue perjudicada por los violentos que creen que la calle es suya, y la calle es de todos, lo que significa que todos podemos usarla, utilizarla y hacer de ella un espacio de ocio, disfrute y, sí, también, reivindicación. La organización de la carrera no puede expulsar de la misma al equipo contra el que se dirigen las protestas si las autoridades deportivas internacionales no lo inhabilitan, que es lo que pasó hace unos pocos años con las entidades rusas. No siendo así, la organización del evento carece de derechos para impedir su presencia. Es a las autoridades federativas internacionales, a los estados, a los gobiernos, a los que los manifestantes deben exigir que actúen para que consigan lo menos relevante, la no presencia de un equipo deportivo en un evento internacional que se rige por normas no nacionales que, en este caso, se ha producido en España, y lo relevante, que es que se detenga la guerra de Gaza. Suena tan imposible como es. Resulta curioso, en este sentido, cómo un ente tan entregado a la causa como RTVE, tan sometido al gobierno que ya es un apéndice más, no toma en firme la decisión, tema menor donde los haya, de no participar en la siguiente edición de Eurovisión, cosa en la que tiene toda la potestad para decidir estar presente o no, alegando que Israel sí va a concursar. ¿Qué le importa más a RTVE, su compromiso con la causa palestina o los ingresos que le reporta Eurovisión? Por ahora la respuesta es clara, e indicativa de lo que realmente le mueve.

En fin, durante unos días vamos a tener una bronca política de primera a cuenta del triste espectáculo de ayer, y la sensación de que el gobierno ha encontrado en la desgracia palestina un banderín de enganche para tratar de ocultar sus corruptelas y necedades. Todo es muy patético. Y de mientras, en Gaza, Netanyahu seguirá ordenando arrasar la franja sea cual sea el coste en vidas palestinas, que para nada le importan, mientras Trump le mantenga su apoyo. Lo demás, folclore en las opiniones públicas de países ricos que viven ajenos a la guerra y a sus infames consecuencias. Y los palestinos, entre masacrados y utilizados, muriendo a decenas.

lunes, septiembre 08, 2025

Incidentes en la Vuelta a España

Ayer un corredor del Movistar resultó herido durante el transcurso de la etapa de la Vuelta a España al caerse por la irrupción de un espontáneo que, bandera palestina en ristre, trató de provocar un parón de todo el grupo principal. Afortunadamente no hubo más implicados en la caída, pero el susto fue monumental, y para el corredor afectado, doloroso. Pudo reincorporarse a la ruta, magullado. En la meta, antes de la llegada de los corredores, se reprodujeron los incidentes y algunas personas fueron detenidas por su actitud violenta. Finalmente, la llegada se produjo sin que hubiera problemas y la etapa acabo con normalidad.

Queda una semana de carrera y se está hablando mucho más de todos estos incidentes que de la propia competición. La presencia de un equipo patrocinado por Israel entre los integrantes del pelotón ha convertido a La Vuelta en el escaparate perfecto para los manifestantes que protestan por las acciones que Israel está desarrollando en Gaza. La presión para que este equipo se retire ha ido creciendo a medida que las protestas ganan fuerza, y el propio equipo ha decidido retirar el nombre de Israel de su equipación para disimularla y así pasar algo desapercibido, pero ha dejado claro que no va a abandonar voluntariamente la carrera. La Vuelta la organiza una entidad privada, que decide, en función de baremos deportivos y de negocio, los equipos que pueden correrla, y aunque se ha especulado con que se han lanzado mensajes al equipo israelí para que se retire, públicamente no ha hecho comunicado alguno. El gobierno, que no decide nada en este caso, ha mostrado su apoyo a la retirada del equipo, pero es una declaración voluntarista. A medida que pasan las etapas y se acerca la conclusión en Madrid, con un final de montaña el sábado y el domingo con el circuito por las calles de la capital, crece la preocupación ante lo que puede ser un acto de boicot completo en un evento que otorga una enorme visibilidad y que, por sus dimensiones físicas, es casi imposible de controlar en todo su recorrido, a pesar de que las fuerzas y cuerpos de seguridad se están empleando a fondo. Todo esto está pasando factura a varios corredores, que se sienten incómodos en medio de un clima de inseguridad creciente. Los serios incidentes que se produjeron en Bilbao, donde el final no pudo disputarse por invasión de la meta por parte de manifestantes, fueron el primer gran aviso del riesgo que corre la competición, y sus integrantes, ante los grupos violentos que pueden tomar el control de un espacio público. El mismo aficionado puede pensárselo dos veces si acudir al evento o no en vista de que las condiciones de seguridad se van deteriorando a medida que pasan los días. Hoy es jornada de descanso, y supongo que de reflexión de todos los organizadores y participantes, ante los días que quedan por delante, con las dos citadas etapas finales en Madrid y una contrarreloj individual en Valladolid que está por ver cómo se va a controlar. No hay ninguna noticia que haga supone que La Vuelta se vaya a cancelar ni nada por el estilo, pero es evidente que todo el mundo desea que acabe cuanto antes, y que en cuanto sea posible la sombra de la actualidad internacional desaparezca de un evento que no tiene nada que ver con la actuación del gobierno israelí. El Tour de Francia se salvó de este tipo de protestas, y eso que en él también corría en aquel caso el equipo de la discordia. Hace unos meses la guerra de Gaza y la crueldad que en ella se vive también se desarrollaba a plena luz del día, pero por lo que fuera en Francia no se vieron protestas al respecto, o no fueron relevantes, y desde luego no causaron incidencia alguna en la carrera. En este sentido La Vuelta ha tenido peor suerte, y o bien la mayor conciencia social de lo que pasa en Gaza o la presencia de alborotadores profesionales de origen local (en el caso de Bilbao es obvio) han sido factores distintivos que están llevando la carrera a una crisis bastante seria. Si el temor a lo que pueda pasar en los arcenes domina a lo que sucede en la carretera la carrera en sí queda bastante en entredicho.

Como siempre, me reitero, nada justifica la violencia. Se puede protestar por lo que se quiera, y lo que está haciendo Israel en Gaza merece todas las críticas posibles, pero la actitud violenta de los manifestantes deslegitima sus actos, siempre. También en este caso. Agredir a corredores, sabotear etapas y recorridos, enfrentarse a la policía, son actos violentos que no deben permitirse nunca, nunca, nunca. La Vuelta determinará lo que quiera respecto a su organización y los estados harán lo mismo, ya veremos si es así, en las competiciones en las que tengan competencias. Lo demás es bronca y malos modos. Y, por cierto, nada útil para aliviar el sufrimiento de los palestinos o para frenar a las tropas de Netanyahu.

lunes, mayo 26, 2025

Rafa Nadal y su manera de ser

Ayer Nadal recibió el homenaje a toda su carrera que le tributó el torneo que se juega en París, uno de los cuatro más importantes del mundo, y que él ha ganado un montón de veces. Esas victorias, entre otras, le convirtieron durante algunos años en el mejor tenista del mundo, y según los expertos, su palmarés hace de él el mayor deportista español de la historia. Es una persona famosa en el mundo entero por los partidos que ha disputado, que millones y millones de personas han visto, en vivo o a través de la televisión. En el acto de ayer, sobrio, Nadal se emocionó mucho, y dio gracias a mucha gente, también a los parisinos, público exigente como pocos, que ha acabado rendido a los pies de su figura.

Ya saben que el deporte me interesa poco, y creo que a Nadal lo he visto jugando unos minutos en mi vida, no demasiados. No se si alguna vez he visto un partido de tenis entero, creo que no. De Nadal no me interesa su juego, su palmarés, su revés o cualquier otra cosa relacionada con lo que hacía en las pistas, sino el cómo era en las pistas, y fuera de ellas. Entre los agradecimientos que mencionó expresamente ayer, Nadal citó a su tío, Tony, que es quien le ha forjado como jugador y persona. Durante muchos años ha sido su entrenador, y sólo dejó ese papel en el tramo final de la carrera de Rafa, cuando decidió retirarse después de haber hecho todo lo que creía que era capaz de hacer. Tony le inculcó a su sobrino, desde crío, una serie de ideas que son la base de lo que conocemos como “Rafa” en la actualidad. Le enseñó que jugar a tenis es difícil, y que si quiere ser bueno en ello debe ser constante, intenso, metódico, obsesivo, siempre entrenando, siempre practicando, siempre trabajando. Vio cualidades en el chaval desde el principio, pero le grabó en la cabeza que esas presuntas cualidades no son nada sino se ejercitan, sino se les saca todo el rendimiento posible. La idea que expresaba Picasso de que la inspiración era gloriosa, pero deseaba que le pillase trabajando, y por eso se pasaba horas y horas en el estudio creando sin cesar. Dedicación sin fin para que, pasara lo que pasase en la pista, el resultado estuviera al menos garantizado en lo que de él dependiera. Todo esto parecen obviedades, pero no lo son, y Nadal tío se las grabó a su sobrino bien en el fondo. Pero, con mucho, no son lo más importante de lo que le enseñó. Lo primordial es que el tenis, eso a lo que iba a dedicar la vida y su cuerpo sin descanso, no era importante, no es nada importante, sólo un juego en el que uno pega con una raqueta a una bola y trata de que el de enfrente no pueda hacer lo mismo. Nada más que eso. El tenista, el deportista, no es importante, el deporte no es importante. Las cosas importantes de la vida son otras, y en ellas uno debe ser consciente de su modestia, de su poco ser, de la necesidad de comportarse con honestidad en todo momento y de que el rival, el público, el recogepelotas, el que está en la taquilla vendiendo helados o cualquier otro es tan importante como uno, y que triunfar en la pista no es triunfar en la vida, sólo es triunfar jugando al tenis. Tony inculcó a Rafa, por encima de todo, a no creerse nada, a no pensar que por ser un buen jugador de algo es más que los demás, a no dejar que el ego que rodea todo el mundo del deporte le sobrepasase y empezara a creérselo. Le ancló los pies en la tierra de una manera casi inhumana, sorprendente, pero efectiva. Puedes llegar a ser el mejor jugador de tenis del mundo, o no, puedes ganar torneos o ser eliminado en una ronda intermedia, de tu rendimiento y del del rival dependerá lo que pase, pero nunca te creas superior por ganar, nunca menosprecies al rival, nunca achaques a otro las cosas que pasen porque sean fallos tuyos, nunca te llenes de soberbia por lo que consigas ni dejes de valorar lo alcanzado. Recuerda que sólo eres un chico que hace algo tan intrascendente como pegar golpes con una raqueta a una bola, nada más que eso. No eres Dios, no eres superior, tu yo no es más que el yo de los demás.

En una época donde ese “yoísmo” reina en todos lados, y las redes sociales fomentan el culto al narcisismo hasta unos límites que hace mucho que superaron el absurdo, el mensaje de Tony y Rafa es de una capacidad transgresora inmensa, casi revolucionaria. Todos los padres piensan que sus hijos son los mejores y más especiales, todo es lucir en Instagram en la mejor pose y lugar, para envidia del resto. Y ante ese falso vacío, el que durante un tiempo ha sido el mejor del mundo en lo suyos, sin discusión alguna, se muestra orgulloso de lo conseguido, pero sin ninguna muestra de soberbia, pompa o descaro. Es justo lo contrario de lo que nos rodea. Ese es el mayor de los éxitos de los Nadal. Ese es el mayor de sus triunfos.

viernes, octubre 11, 2024

Rafa Nadal como estilo y ejemplo

Creo que habrá días de sobra para comentar las andanzas de Koldo, Aldama, Ábalos y demás presuntos corruptos de este desgobierno, así que vayamos hoy con Nadal, que anunció ayer su retirada. Probablemente sea uno de los españoles más famosos del mundo, su apellido es reconocible en todas partes y, en la historia del deporte, quizás sea el de nuestro país que más alto ha llegado. Ayer, la conocerse la noticia, anunciada por el mismo, los medios de comunicación de todo el planeta la difundían como si fuera un hecho de relevancia global, y en un mundo como el nuestro, obsesionado de manera absurda con el deporte, lo es.

No se si he llegado a ver más de una hora a Nadal jugando al tenis, apenas he seguido su carrera profesional, de la que obviamente me he enterado, porque es imposible no hacerlo, pero su trabajo, el tenis, me es ajeno y nada estimulante, como prácticamente el resto de deportes. No me interesa Nadal como tenista, me interesa como persona y como estilo de comportamiento. Agraciado con el éxito en su tarea, en este caso pegar raquetazos a una pelota, Nadal llegó muy deprisa a lo más alto y, seguramente, se vio tentado por todo eso que rodea a los que se llaman triunfadores, en forma de todo tipo de excesos y derroches, tanto económicos como personales. Te crees que por ser de los mejores en lo tuyo eres de los mejores en todo, y la corte de aduladores que surge a tu alrededor actúa para alentar esa idea, y de paso quedarse con algo del dinero que caiga desde lo alto. Nadal no ha sido así. Desde el principio su carrera ha estado dirigida por personas con cabeza, con estilo, con ideas asentadas, con la filosofía de que el tenis, como todo deporte, es un juego, no es nada importante, en el que uno se esfuerza lo más que pueda, se comporta con educación e inteligencia y obtiene el furto que su trabajo, el de sus oponentes, y la suerte, le otorguen. Nadal nunca se ha creído nada porque quienes le asesoran le han metido en la cabeza que nada debe creerse por el hecho de ganar partidos de tenis. Han sido esas mentes, especialmente la de su tío Tony, las que han forjado la personalidad de un luchador en su especialidad, alguien que se ha ido reponiendo de los problemas y adversidades, y que ha llegado a ser el mejor en lo suyo durante un tiempo, pero sobre todo alguien que sabe que las cosas importantes de la vida no son el tenis, los torneos o los títulos ganados. Nadal no discutía en los partidos, no se enfrentaba a los árbitros o al público. Si algo le salía bien lo festejaba, si algo le salía mal se callaba, rabiaba por dentro, aguantaba el dolor y seguía. Nunca ha echado las culpas a otros por lo que no ha sido capaz de hacer, ha reconocido el mérito de los adversarios y ha soportado derrotas que le han dolido con el estoicismo no de los manuales de autoayuda, sino con el que aporta la serenidad de haberlo hecho lo mejor posible y no haber sido capaz, porque el rival lo ha superado. Frente al comportamiento macarra que es habitual en el mundo del deporte profesional, reflejo en parte de la sociedad en la que vivimos, Nadal ha sido un ser extraño, que ha logrado forjar una profunda amistad y admiración con uno de sus mayores rivales, al que le ha dedicado elogios sin límites, en un gesto que es impensable en especialidades como esa en la que se pegan patadas a un balón o en muchas otras disciplinas deportivas, o de la vida. ¿Cuántos conocemos que alaben a un rival en lo profesional, le reconozcan méritos que el que los relata admite no poseer y lo considera superior? ¿En nuestros trabajos se dan comportamientos de ese tipo? ¿En nuestras familias? Seguramente la respuesta más frecuente sea que no, y eso es algo que hace a Nadal muy especial en nuestro mundo.

Ahora mismo, en medio de la epidemia de egocentrismo tan fortalecida por las redes sociales, en las que la apariencia lo es todo, la mediocridad se fomenta tanto como premia y la incultura ya no produce sonrojo sino orgullo, el comportamiento de Nadal se convierte en un extraño referente que suscita admiraciones declaradas, pero no tanto por lo que es sino por lo que ha conseguido en su deporte. A mi sus títulos me dan igual, lo que me importa es que Nadal, si se hubiera dedicado a cualquier otra profesión, sería igualmente excelente, entregado y generoso. Y, totalmente desconocido por todos, sería igualmente admirable. Ese es su máximo valor.

viernes, agosto 23, 2024

Me supera lo del deporte

A lo largo de este verano se han ido sucediendo una serie de grandes eventos deportivos que han tenido a medio planeta consumiendo televisión como si fuera aire respirable. En junio tuvo lugar una competición europea de eso de pegar patadas a un balón, que duró casi todo el mes, al poco de acabarse empezó el Tour, que este año no acabó en París porque en esa ciudad, una semana después, comenzaban los juegos olímpicos. Al terminar, muchos tenían mono de deporte, y resulta que en pocos días empezaban la vuelta ciclista a España y la competición nacional de pegadores de patadas al balón. Un no parar.

De todo esto que he mencionado he visto un poco el Tour, que me llama ya más por los paisajes con los que la realización francesa promociona a su país, y un poco de las olimpiadas, tres o cuatro horas en total. Nada de todo lo demás, y en general, no me ha causado impacto alguno lo que en esos eventos se ha desarrollado. Más allá de mi profundo rechazo al fútbol y todo lo que tiene que ver con él, en general cada vez contemplo más los deportes televisados como una rareza que se me hace ajena, como algo que casi todo el mundo contempla con pasión y le supone entretenimiento, y que a mi me aburre, no me dice nada y me supone un tiempo perdido. Alguna reflexión sí se puede sacar de las derrotas de algunos de los deportistas en la olimpiada, y cómo se lo han tomado, pero, en general, no me siento identificado para nada con nadie de los que sale ahí para competir. Olimpiadas, mundiales y demás suscitan la pasión de los habitantes de los países, que virtualmente se enfrentan unos a otros en un acto, afortunadamente incruento, en el que el honor, el orgullo, la patria y todo eso se exhibe con la grandeza de las mejores ocasiones. Se clasifica a las naciones por el número de medallas que consiguen, países vencedores van pasando rondas mientras que países derrotados se vuelven a casa con el dolor de lo no logrado. Los vencedores son acogidos en sus naciones de origen como héroes, con multitudinarios recibimientos en los que miles de personas se reúnen para festejar lo logrado, y los medios de comunicación reiteran, una y mil veces, las imágenes del momento en el que se logra la gesta deportiva. Todo el mundo exultante. Y yo, más frío que Groenlandia, contemplo todo esto y se me hace ajeno. No logro emocionarme con la victoria de un compatriota en una carrera de remo que apenas sabía que existía, menos aún si uno del pueblo de al lado mete un gol y desata unas turbas celebrativas, de las que hay que huir lo más lejos posible. El deporte se ha entronizado como una religión absoluta, omnipresente y consentida, y los que en él logran premios se enmarcan en la categoría de los dioses, contando con el reconocimiento y adoración sin límites de masas de personas que los encumbran en lo más alto. Permítame definirme como un ateo de esta religión moderna de los sudores y las victorias. No encuentro muchos valores en lo que se nos bombardea a diario en un mundo dominado por la competitividad extrema, el dopaje camuflado y el desprecio hacia el rival. Que un equipo logre un trofeo no tiene mucho de meritorio, dado que “trabaja” día tras día para lograrlo, y si no es un año otro será en el que lo consiga. La aplastante presencia del deporte en los medios hace a veces imposible huir de la catarata de “noticias” que generan, y este verano requería auténticos esfuerzos saber qué pasaba fura del mundo del deporte, copado como estaba todo por retransmisiones sin fin que se iban sucediendo una tras otra en una especie de continuidad que tenía encantados a sus fieles, y más que harto a quien esto suscribe. A todas horas había deportes por todas partes, y apenas tres días de descanso en las competiciones supusieron que muchos aficionados entrasen en una especie de síndrome de dependencia televisivo, asombrados de que en la pantalla no saliera, pongamos, un partido de vóley playa.

Me reconozco en franca minoría en este tema, se que mi posición es poco comprendida, menos respaldada y aún menos apoyada. Las audiencias que registran los deportes son enormes y el negocio montado en torno a ellos no deja de crecer, lo que les hace entrar en una especie de bucle retroalimentado de inversiones, espectáculo y audiencias aún más crecientes. Será que los tiempos son así, pero no logro entender qué atrae a la gente de una competición entre pegadores de patadas a un balón, de señores que se lanzan una pelota con una raqueta, de carreras en una pista (en esto, al menos, hay un sentido de justicia, el más rápido gana y punto). Seguiré en mi posición minoritaria, espero que no tan asediado como es este verano plasta.

lunes, julio 29, 2024

Fiasco en París

No suelo seguir en detalle las olimpiadas, ni las pruebas deportivas ni las ceremonias con las que se inauguran y clausuran. Esas ceremonias suelen ser actos que siempre se alargan más de lo previsto, que incluyen un programa de mensajes y significados que, muchas veces, no logro captar, y que se diseñan a mayor gloria del país anfitrión, que las usa como escaparate de sus logros, como si no fuera ya poco éxito lo que le costó en su momento “convencer” a los siempre transparentes y nunca corruptos miembros del COI que la ciudad en la que se celebra el evento fuera la seleccionada entre otras candidatas.

El comité organizador de París 2024 dijo que la ceremonia de apertura de esta olimpiada iba a sr única, por primera vez fuera de un estadio, y que sería el Sena y sus orillas el escenario que iba a coger al desfile de atletas y toda la serie de actos asociados que se iban a suceder. Desde un punto de vista televisivo, la ceremonia de apertura es un evento goloso, que permite lucirse a los realizadores y ofrecer lo último en técnica de grabación y dispositivos. A su favor cuenta el hecho de que se produce en un recinto cerrado, controlado, y que eso hace que uno sólo se tenga que preocupar de hacerlo bien en ese entorno. La idea de sacar el acto al exterior, en un espacio enorme y difuso, se mostró, al entender de los expertos, como fallida. Era imposible dar una imagen de unidad de lo que sucedía en un entorno tan grande y en el que había múltiples puntos de interés demasiado alejados unos de otros. Por lo que iba leyendo, la sensación general era de deslavazada, inconexa, fragmentaria. No había un hilo conductor claro. La secuencia de barcos con los atletas no se podía seguir de manera coherente y ellos eran casi indistinguibles dada la distancia a la que se hacían las tomas. La sucesión de números musicales, artísticos e interpretaciones en todo el proceso también resultaban poco acordes con lo que se veía en el río, y la sensación general era de algo improvisado, cutroso y con un aire de pachanga de pueblo, nada que ver con lo que se espera de una ceremonia de este tipo en un escenario tan espectacular como es París, una ciudad en la que el arte y la belleza aparecen casi en cada esquina. A medida que transcurría la ceremonia los comentarios críticos iban subiendo de tono por lo que se veía, por lo que no y por cómo la realización televisiva trataba de mostrarlo. En tiempos de basura política como los que vivimos se empezó a crear una batalla entre los que defendían la originalidad y transgresión de lo que se nos enseñaba frente a los que lo calificaban de mamarrachada. Me apunto a estos últimos, pero no por el hecho de que se mostrasen drags o cualquier otro tipo de personaje ambivalente o similar, no, sino por la cutrez y fealdad con la que los organizadores combinaron unos elementos que no pegaban entre sí y que, en su conjunto, eran absurdos. Todos los años en Canarias se organiza una gala de elección de Drag Queens que le da mil vueltas a lo mostrado en París en gusto, clase y estética. No, lo que acabó siendo la ceremonia parisina fue algo feo, cutre, de saldo, propio de una verbena de bajo presupuesto, que no tenía un pase. Además, cosas del exterior, contaron con la mala suerte de la lluvia, una lluvia que por momentos era torrencial, y que contribuyó a deslucirlo todo. Ante los elementos poco se puede hacer, pero bueno, dado que París tiene el clima que tiene y que llueva y haga frío es algo que puede suceder en cualquier momento del año, se volvieron a ver las costuras de una organización que pensó que esa tarde iba a ser como una de las del tórrido verano madrileño. Las cámaras televisivas poco podían hacer en medio del aguacero y, por lo poco que vi e iba leyendo de comentarios de personas a las que valoro, con un gusto y criterio estético superiores al mío, el resultado global era desolador.

En el tramo final hubo dos puntos estéticos que sí fueron acertados. El momento de encendido del pebetero, colectivo, con una escenografía que homenajea al globo aerostático de Montgolfier, y la actuación de Celine Dion, rememorando a Edith Piaf, desde la balconada de la Torre Eiffel. Dion triunfó porque cantó excelentemente bien, y lo hizo con una canción de Piaf que es, sí, bella. La ceremonia fea y cutre acabó con un toque de belleza, que no pudo eludir todo lo que se vio en las varias horas precedentes. En fin, un fiasco. Pero bueno, siempre quedará Paris, que vale mil veces más que cualquier olimpiada. La imagen que proyectó Francia al mundo fue la de una nación en crisis, ajena al gusto y la estética.

lunes, marzo 04, 2024

Pelotas de pádel

El viernes pasado, por la tarde, en compañía de un amigo, fue de espectador a una competición de pádel organizada por un cuerpo de funcionarios de los que más conozco, en el que tenemos amigos y allegados comunes. El evento era una competición de parejas en rondas de tal manera que se iban eliminando hasta llegar a unas semifinales y final, quedando así establecida quién era la pareja ganadora de la competición. Todo en un ambiente distendido, sin protocolos y con más ganas conjuntas de verse y tomar algo tras los partidos casi que la competición en sí. Nunca había visto eso del pádel en vivo y, la verdad, es llamativo.

Sí me había enterado de la fiebre que se vive con ese deporte, que para mi es como una versión rebajada del tenis, ahora que no me oyen los puristas de uno y otro lado. En este modelo la bola te puede venir por delante y por detrás, y es un poco lioso. Para mi, que carezco completamente de coordinación, es lo más parecido a una pesadilla, con una bola en movimiento por todas partes a la que hay que golpear, habilidad que me parece totalmente fuera de mi capacidad y entendimiento. A los pocos minutos de ver los partidos eso se transforma en lo habitual del deporte, algo que absorbe por completo a quienes lo desarrollan y que me resulta algo ajeno, así que empecé a fijarme en el tinglado en el que se desarrollaba la competición. Era una nave industrial en una zona urbana de Madrid algo aparatada, lindando con la M40 por el sureste. El pabellón estaba completamente reconvertido y alojaba una quincena de pistas de este deporte, sino más. Todas ellas estaban ocupadas, y por lo que pude ver menos de la mitad eran por el alquiler del campeonato de mis amigos. Cada partido lo juegan cuatro personas, por lo que entre jugadores y acompañantes allí había bastante gente. A un precio de alquiles de 25 euros la hora y media, por lo que me comentaron suele ser la tarifa habitual, ese pabellón estaba facturando una considerable cantidad de dinero. Cerca de la entrada se situaba la cafetería bar, con unos precios más propios del cogollo urbano de Madrid que de un polígono de las afueras, y su aforo, no pequeño, estaba bastante repleto, por lo que ahí también se generaban ingresos en abundancia. A medida que mis amigos más cercanos jugaban y quedaban eliminados por otros, algunos conocidos por mi, la mayoría no, iban dejando pistas libres, pero por lo que veía, en ningún momento se daba la situación de una pista vacía, un hueco o tiempo muerto. Nuevas parejas de grupos de gente ajenos a nosotros aparecían por allí y llenaban la instalación, en un flujo constante de personas que mantenía el local lleno, el pabellón con un nivel de ruido no elevado, pero constante, y las pelotas en permanente movimiento en cada una de las canchas. A cada minuto que pasaba aquel local generaba rentas que nada tenían que ver con el uso para el que fue construido, pero que mostraban hasta qué punto la reconversión industrial puede deparar sorpresas y llevar las infraestructuras obsoletas a tener una nueva vida totalmente ajena al destino para el que fueron configuradas. A saber qué empresa decidió levantar esa instalación y con qué fin, probablemente más ruidosos, sucio y, en su momento, igualmente rentable. Seguro que quienes lo hicieron no podían imaginar que en el postmoderno mundo de la tercera década del siglo XXI los pelotazos con raquetas extrañas de gente que trabaja en el mundo de la oficina iban a acabar colonizando sus instalaciones y abarrotándolas por completo. Si es que el futuro es un misterio imposible de desvelar, y en lo que hace a los gustos y aficiones humanas, más.

Terminado el torneo, todos nos juntamos en la cafetería del complejo para tomar algo, y pude comprobar que éramos algo menos de la mitad de los presentes en el local, donde había, al menos, un par de grupos numerosos de gente que estaba por allí y otros pequeñitos sueltos. Salí de las instalaciones a eso de las 21 horas, noche cerrada ya, y me fijé en las pistas que se veían desde las cristaleras del bar. Todas ellas seguían ocupadas, completamente, pegando pelotazos constantes y generando dinero. No se cuál sería el horario de la instalación, pero me da que desde que abre hasta que cierra está llena. Sí, lo del pádel es un exitazo y, también, un gran negocio. Dan ganas de buscar pabellones ruinosos y meterse a montar pistas a lo loco.

martes, diciembre 19, 2023

Quinientos millones de razones

Jon Rahm es golfista, uno de los mejores del mundo. Tiene un enorme número de seguidores y dotes para la comunicación, lo que le ha convertido en una persona popular y querida en gran parte del mundo. En muchas ocasiones declaró que no abandonaría los circuitos oficiales del golf por muy buena que fuese la oferta que recibiera de ligas alternativas, como las patrocinadas por los países del golfo. Un contrato de cuatro años por quinientos millones de euros le han llevado a desdecirse y a vestir con frases estilo “la ilusión de un nuevo reto” un cambio de opinión que ha descolocado a muchos y abierto un cisma en el mundo del golf.

Hay muchos aspectos interesantes en esta historia de Rahm, y el más obvio es que tenemos aquí un nuevo caso de alguien que traiciona sus presuntas convicciones por dinero, una cantidad fabulosa de dinero. Acostumbramos a criticar a los políticos, esa tropa de mentirosos parlantes, que venden sus promesas por poder, pero el dinero es la otra gran vía por la que la gente pierde la cabeza y se altera completamente (hay una tercera, que es el sexo, pero eso es otra historia). Tras el anuncio de Rahm no tardaron ni un segundo miles de seguidores suyos, y no, para criticarle con saña, acusándole de todo, empezando por vendido, y de ahí hacia arriba. Ya saben ustedes, el inútil e infantil desfogo de la mala educación en las redes sociales. Como las cifras de lo que ha firmado Rahm son difíciles de comprender, pongamos algo a escala. La milésima parte de su contrato, reitero, la milésima, es más de lo que puede ingresar uno si tiene un décimo premiado en el sorteo del gordo de este próximo viernes. La milésima parte es más, y por un décimo de lotería, antes del sorteo, sin que valga nada, la gente muestra algunos de los comportamientos más rastreros que imaginarse uno pueda. Por los trescientos y algo mil euros que a uno le pueden tocar este viernes de tener el décimo ¿Cuántos de ustedes serían capaces de hacer maldades? Por ese importe cambiarían su vida, pero, lo que interesa aquí, ¿la venderían? ¿Mantendrían silencio ante sus jefes? Una cifra de cientos de miles de euros ya marea las cabezas y debilita todo tipo de convicciones, e inestabiliza a más de uno, que puede dar rienda suelta a comportamientos que pueden ser sorprendentes, o no, y en ocasiones muy perjudiciales. Imagino que la inmensa mayoría de los que criticaron a Rahm desde las redes harían cualquier cosa por tener un décimo premiado en la mano y, con ese dinero ingresado, pasar de lo que digan los demás sobre ellos, e incluso aprovechar para insultar con más fuerza a otros sabiendo que ahora están sobre un colchón mucho más mullido. Las convicciones y las promesas se testan cuando las circunstancias cambian, igual que la fidelidad a la pareja se pone a prueba no en una reunión de trabajo con Powerpoints llenos de flujogramas, sino ante la presencia del o la amante. El caso de Rahm es una exageración desde el punto de vista material y de la relevancia del personaje, pero en cada uno de nosotros anida un diablillo que, espoleado por cifras de dinero que nos supongan ensueño, puede acabar haciéndose con nuestro control, nos guste o no. En el fondo, y aunque no se quiera admitir, la inmensa mayoría de las críticas a Rahm lo que escondían era envidia, una profunda envidia por el inmenso pastonazo que se lleva el golfista y por la nada de dinero que ve el que, cabreado, tuitea, deseando ser él, él, ÉL, el que se lleve los euros a paladas. Sentimiento humano como pocos, la envidia es corrosiva y muestra un lado amargo de las personas. Aunque en dosis muy moderadas puede ser útil, para nada es buena consejera. Y claro, con el contrato de Raham aparecen envidiosos a millones, a cientos de millones.

La verdad es que a mi lo que más me asombra de la historia de este contrato, y otros similares, es que son rentables. Si Rahm cobra quinientos millones es porque va a generar mucho más, gracias a la adoración global que hay al deporte y a los que, desde la élite, lo representan. No lo entiendo, es lo que más ajeno me parece de esta historia. Para mi Rahm, o uno que pega patadas al balón, o un baloncestista de élite, no hacen nada memorable. Se pasan horas y horas entrenado para ser los mejores en lo suyo y lo consiguen, pero eso que hacen no me aporta nada, no me genera valor personal. No pagaría nada por verlos, de hecho no lo hago. Como yo soy el raro en esto (y en otras muchas cosas) esos deportistas cobran lo que cobran y generan esas envidias.

lunes, agosto 28, 2023

Rubiales, o los que huyen cuando el poder se va

Nada sucedió el viernes como estaba previsto, o como se anunció por parte de todos los medios de comunicación que iba a suceder, lo que nos vuelve a recordar que la vida tiene sorpresas y que el futuro no existe hasta que se produce. Curiosamente, menos el título, el contenido del artículo de ese día se mantiene plenamente en vigor, porque es cierto que Rubiales no dimitió, pero sí que hizo gala de todos los atributos negativos con los que le definí. Es más, decidió enarbolarlos a todo el mundo con el mayor de los megáfonos posibles, y ahora en gran parte del planeta conocen el rostro del personaje y la calaña la que pertenece. Impagable campaña de destrucción de imagen propia la que ha elaborado el solo.

Lo que me parece más interesante del patético espectáculo propiciado por Rubiales el viernes no es ya su contenido, escenificación y consecuencias, que dan para varias tesis, sino cómo funciona la gestión del poder y la lealtad de quienes rodean al que lo detenta, lealtad que es absoluta hasta que ese poder decae. Mientras Rubiales encadena improperios, gritos y expresiones de chulería propia de matón de barrio, la mayoría de quienes le escuchan aplauden, y no pocos terminan el discurso levantándose y mostrando apoyo sin fisuras a lo que acaba de hacer su jefe. Todos son personajes del mundo del balón, por lo que no se puede esperar ni decencia ni nada por el estilo entre ellos, por lo que no debiera sorprendernos. En un momento dado Rubiales, mostrando que manda y que tiene la capacidad de comprar voluntades, anuncia la renovación de uno de los cargos que lo es gracias a él, y le oferta un sueldo de medio millón al año, quizás el precio que él considera suficiente para mantener a sueldo la voluntad del cargo. El interpelado asiente y aplaude con fuerza, pensando ya quizás en lo que va a comprarse con ese estratosférico ingreso. Los que asienten y aplauden están ahí porque Rubiales les ha puesto y les paga, y se deben a su jefe. A partir de lo del viernes empieza un rosario de consecuencias que obligan a todos los que están metidos en eso del balón a posicionarse, y salvo unos pocos, que tienen claro que su deber es agredir a Jennie Hermoso, el resto calla con una cobardía casi tan inmensa como sus ingresos. Pero hete aquí que pasa una cosa el fin de semana, que es la decisión de la FIFA, una de las instituciones más corruptas y vergonzosas del planeta, de suspender a Rubiales de sus funciones y empezar a castigarle de una manera como no lo ha hecho nadie aún en España. Se empieza a sentir frío entre los que aplaudieron a rabiar el viernes. Si Rubiales es suspendido de funciones no podrá determinar en qué gastar el presupuesto, a quienes ascender y a quienes no, cómo repartir dádivas en función de quién se le muestre más leal o, mejor dicho, servil. Y empiezan a surgir comunicados de algunos de los aplaudidores en los que manifiestan su rechazo a la actitud de Rubiales y que ellos no son así, y que bla bla bla. Como se suele decir siempre en estos casos, las ratas son las primeras que abandonan un barco que se hunde, y tras la decisión de la FIFA se produjo la conversión de muchos, entre los que se incluye el que recibió la oferta de renovación en directo, delante de todo el mundo, por ese medio millón de euros, que el viernes apenas podía contener las lágrimas de emoción, con logos de euro titilando en sus ojos, y ni cuarenta y ocho horas después incluía en su comunicado la repulsa ante las declaraciones de su jefe. ¿Es cobardía? Sí. ¿Es hipocresía? Mucha. ¿Es repugnante? Por completo. ¿Es humano? Totalmente. La falta de valores y moral que exhiben cada día estos sujetos del balón, que llegan incluso a elevar en comparación a ciertos políticos a la altura de hombres de palabra, es tan enorme que se les ve en directo cómo se desdicen y hacen lo que sea sólo por mantener cargo, sueldo, privilegios, lujos… nada les importa la agresión, la presunta víctima, los hechos que han motivado todo esto, las consecuencias de sus actos… sólo tienen ojos para su cuenta corriente y su estatus de seres superiores, que es lo que se creen que son.

Es bastante difícil que un sujeto como Rubiales acabe manteniéndose en el puesto después de lo que ha sucedido, aunque no duden de que se agarrará a lo que pueda con tal de seguir, pero la masa que le aplaudió el viernes empieza a virar para mantener los privilegios que tuvo con él, en previsión de que llegue otro y tenga ideas distintas. Y hay que hacerse amigo del que manda para seguir compartiendo algo de poder y del dinero que se trapichea. En definitiva, una reunión de sujetos siniestros, podridos, repugnantes, que harán lo que sea por mantenerse en donde están. Qué edificante todo, cuánta deportividad, qué ejemplaridad más absoluta.

viernes, agosto 25, 2023

Rubiales se va, otro igual vendrá

Una de las muchas cosas que no entiendo de la sociedad en la que vivimos es la adoración que se da a los deportistas, la pleitesía de todo ante los que juegan o hacen un deporte y consiguen victorias. Nada veo de relevante en ello, son profesionales que dedican horas sin límite a correr, saltar, pegar patadas a un balón o lo que sea. Haberlos endiosado como lo hemos hecho los convierte en intocables, y les hace comportarse de una manera, por lo general, infame, que sería intolerable si la desarrollase alguien en cualquier otro aspecto de la vida, pero que es perdonada sin límites por los seguidores del deportista o del equipo en el que se encuadra. Es absurdo, pero así funciona.

Luis Rubiales es el presidente de la Real Federación Española de Fútbol, un organismo continuamente envuelto en la sospecha por todo tipo de prácticas presuntamente corruptas desarrolladas por sus directivos. Rubiales sucedió a Ángel María Villar, que llevaba un porrón de años al frente de la institución y poseía un expediente judicial digno de Donald Trump. Al poco de ser elegido Rubiales empezaron a conocerse sus emolumentos, las dietas que cobraba por residencia alguien que está empadronado en Madrid y que las destinaba a la compra de un pisazo que hasta es difícil de imaginar. Los escándalos en forma de amaños, corruptelas y demás se han ido sucediendo a medida que decisiones como trasladar algunos campeonatos al extranjero o el reparto de los derechos televisivos generaba enfrentamientos entre los miembros de la federación y los clubes que conforma la liga. En todos ellos encontramos personajes siniestros, que han hecho del fútbol el mejor de los negocios para poder esconder sus presuntas corruptelas, y expandirlas mucho más allá. En el negocio del balón se dan todos los tipos de fraude que uno pueda imaginar, pero el respaldo de la afición es la excusa perfecta para seguir con ellos y que no se detengan. Uno mira a Rubiales, el conjunto de los presidentes de los equipos de fútbol y todos los que en ese mundo se mueven y difícilmente encontrará más casos de chanchullo y comportamiento directamente mafioso en otro estamento profesional. Súmenle a ello una misoginia que viene de fábrica, o si se quiere, un comportamiento salido y abusón, en el que los “huevos” están presentes en todo momento, en el que la chulería de estos sujetos se expresa día tras día en los estadios en forma de gestos soeces que avergonzarían a cualquiera, pero que son aplaudidos por la afición y los que les ríen las gracias sin cesar, con tal de que la pelotita de marras entre en la portería. Por eso lo que vimos el otro día tras la victoria de la selección femenina en el mundial no tiene nada de extraño. Mucho de baboso, indignante y denunciable, pero nada de extraño. Rubiales es un macarra, como todos los demás, que cree que las chicas están para lo que él piensa que están, y besa como le da la gana y a la que le da la gana porque quiere y puede. De hecho lo explicó perfectamente creo que esa misma noche en uno de esos lamentables programas de deportes que invaden las radios y televisiones, en el que tachó de pringados y gilipollas a los que le estaban criticando. De aquellas declaraciones lo más relevante es el uso del término pringados, que denota perfectamente cómo funciona la mente de todos estos sujetos que se mueven en el entorno del balón. Se saben protegidos, se saben privilegiados, adorados, consentidos hasta el extremo, y así actúan, no como los pringados, como yo o los millones de personas que tenemos que cumplir las leyes, que pensamos que las mujeres y el resto de personas que nos rodean tienen los mismos derechos y deberes que nosotros, que nos regimos en una sociedad en la que los excesos de uno suponen pérdidas y abusos sobre otros…. No, en el mundo de Rubiales las cosas no son así. Si él quiere robarle un beso a una jugadora lo hace, porque es su jefe, porque él manda y ella está para obedecer, porque él puede hacer lo que le de la gana y nadie del resto de pringados mortales le va a decir nada que sea relevante. Así es Rubiales y los que le rodean en el mundo del balón.

Hermoso, la jugadora que sufrió el abuso de poder delante de todo el planeta, ha sido muy presionada por la Federación para que se callase y no hiciera ruido, porque es una pringada, pero no ha resultado serlo tanto. Apenas ninguna voz directiva del mundo del fútbol o de las estrellas que alardean sin cesar los millones que cobran sin merecerlos ha salido en su defensa, y sólo cuando la posición de Rubiales ha empezado a tambalearse algunos han salido a criticarle, con un nivel de hipocresía tirando a aprobado en la muy exigente escala de Putin. Si Rubiales dimite otro, que seguirá considerándonos a todos como pringados, le sucederá, y quizás cuide algo más la formas, pero en el fondo seguirá representando el soez y mafioso mundo del fútbol.

viernes, febrero 10, 2023

Casi nadie mira, casi todos graban

Esta semana Lebron James batió el récord de puntos anotados por un jugador en activo en la NBA, desbancando la marca que poseía Karim Abdul Jabar. Como no me va mucho el deporte el registro se me hace una estadística más del mundo del baloncesto, pero lo que me pareció interesante fue un tuit que se publicó ese día comparando la imagen del pasado con Karim y al del presente, que en formato se asemejaban bastante pero incorporaban una profunda diferencia que retrata, nunca mejor dicho, el tiempo que vivimos, y lo que hacemos con él. No les enlazo el tuit en este artículo porque escribo desde el ordenador del trabajo y la red corporativa capa casi todas las redes sociales, pero aquí pueden observar la imagen moderna, la de esta semana.

Ambas escenas tienen un encuadre similar. Tomadas desde el medio campo, enfocan a la canasta a la que el jugador protagonista de la noticia está lanzado para encestar, y el graderío repleto es el marco en el que toda la escena se desarrolla. El color más apagado de una denota cual es la precedente, pero la similitud de ambas es grande. Lo realmente interesante es el graderío. En la antigua, cientos de personas contemplan la escena. Aficionados al baloncesto que están siguiendo a sus ídolos y saben que están en un día especial. En la segunda volvemos a ver cientos de aficionados en un día que, también, saben que es especial, pero realmente lo que vemos no es a los espectadores, sino a sus teléfonos. La inmensa mayoría de los que están contemplando la escena desde el público realmente no están viendo lo que sucede en la cancha, sino lo que su teléfono móvil, enfocado en ella, les muestra. Cientos y cientos de móviles, algunos en apaisado, otros en horizontal, sí contemplan lo que sucede en el terreno de juego y junto a la canasta, pero sus dueños no. Están allí, pero no ven lo que pasa. Su objetivo no es vivir ese momento, disfrutar del juego o admirarse al contemplar el récord de puntuación que saben que va a caer, no. Su objetivo es atesorar las imágenes, la escena. Guardarla. Quedarse con ella. Almacenarla, junto a otros cientos, miles, en sus dispositivos y, seguramente, acto seguido, compartirla en redes sociales para dar testimonio de que han estado allí viéndolo, cuando la realidad es que sí han estado, pero no lo han visto. El capturar la escena es lo que les obsesiona, y pueden sustituir ese “les” por “nos” sin problema alguno. El despliegue de cámaras resulta tan avasallador que las poquísimas personas que no las portan y ven la jugada destacan sobremanera. Son unos pocos. Un señor mayor que está sentado en primera fila, que según he leído es el propietario de la empresa Nike, y, poco detrás de él, dos personas casi en línea que sí que miran; una chica negra y, un poco a su derecha, otra chica de melena rubia que se convierte, con su gesto y la suerte apenas tener a nadie delante, en la protagonista involuntaria de la escena. Esos tres personajes están rodeados por todos los demás, y son no ya la excepción, sino la absoluta rareza de una imagen que, la verdad, se repite a diario en nuestro entorno, en el que todos vivimos obsesionados por captar lo que nos interesa sin ni si quiera mirarlo. En un concierto las escenas que se viven son muy similares. Ya casi nadie mira al escenario donde la banda toca para disfrute del espectador, sino que son miles los flashes de las cámaras de los móviles los que enfocan allí donde la música surge, nuevamente para guardarlos, para encerrarlos y tenerlos siempre, en la ilusión de que ese siempre se prolongue más allá de lo que nuestros recuerdos sean capaces de pervivir, aunque en no pocas ocasiones sea un siempre falso, un espacio de tiempo limitado, en el que la acumulación de capturas de imágenes y vídeos haga que no podamos ya guardar tanto y, por pura pereza, eliminemos muchos de nuestros recuerdos eternos, depositándolos en la papelera de reciclaje, ese lugar en el que acaban tantas y tantas cosas.

Vivimos en un mundo “móvildependiente”, todos lo somos. Eso no es, por definición, malo. Las posibilidades que ofrece la tecnología son maravillosas y permiten hacer cosas que siempre hubiéramos deseado, pero nunca conseguido, y eso es genial, pero el hecho de que veamos como normal la renuncia a los momentos en los que vivimos algo especial para registrarlo constantemente, y que toda nuestra existencia se base en mirar fijamente la pantalla de nuestro dispositivo es algo que ya es no sólo un signo definitorio de nuestro tiempo, sino la fuente de varios problemas. La vida es eso que sucede a nuestro alrededor de mientras miramos al móvil. Perdérsela es un error.

lunes, enero 23, 2023

La última montaña (para JAA y amigos)

Mi piso en Madrid da al este. Tengo una cierta altura y, aun así, veo edificios que delimitan el horizonte pero, si los superase, tendría el llano que acaba en el Mediterráneo como paisaje infinito de fondo. Si la orientación fuera norte u oeste intuiría que la sierra está presente en todo momento, con sus montañas ahora heladas, cubiertas de nieve, peladas hasta hace bien poco. En Elorrio, o en cualquier otro pueblo del norte, resulta imposible evadir la sensación de estar rodeado de montañas. Vivas donde vivas, da igual a dónde se oriente tu casa, un pico más o menos agreste aparecerá en tu campo de visión, allí, por encima de ti, dominándote.

Quizás sea por eso, no lo se, por el que subir al monte allí es casi como una religión, un credo militante que se practica sin cesar a la más mínima oportunidad por miles de personas que hacen de conquistar las cumbres una de sus grandes pasiones. Como en otras tantas religiones, soy bastante agnóstico de esta, pero reconozco mi papel de minoría. Los que la practican reconocen que engancha, que es duro, que agota, pero recompensa. Que al llegar a la cumbre ves el mundo desde otra perspectiva y tienes la sensación de haber ganado al gigante que, desde el inicio de la ascensión, te miraba con cara amenazante, como queriendo indicar que tu insignificancia no llegaría hasta lo más alto. Una vez conquistadas las montañas locales los retos crecen, y en estos tiempos todo el mundo está disponible para que el que quiera ascenderlo, o recorrerlo, o lo que le plazca. El catálogo de cumbres es inmenso, y los que a ellas dedican su pasión conocen perfectamente los nombres de los pioneros que, hace tiempo, lograron ascenderlas por rutas que llevan sus nombres, refugios en los que descansar y avituallarse que antaño fueron edificados por otros que, enganchados por la misma pasión, supieron dónde reposar para coger fuerzas y servir así de ayuda a los que en el futuro se encontrasen con la fatiga y necesidad de alivio. Y sí, también conocen los nombres de los caídos, de aquellos que una vez comenzaron la ascensión y, por lo que fuera, no lograron volver. La montaña está llena de historias de heroísmo y tragedia, de momentos de suerte asombrosa que impide la desgracia y de accidentes que llevan el dolor a los valles, dejando una marca imborrable en las cumbres. Cada gran montaña tiene un catálogo de conquistadores y caídos, que se suma a su propio nombre y la engrandece ante los ojos de los que, cada día, tratan de ganarla. Es imposible que para muchos esa montaña dada, que para el nuevo explorador supone sólo un reto, no sea también sino el lugar en el que reposan sus seres queridos, el espacio mítico y, también, maldito, en el que un día esa persona amada dejó su vida en un collado, un risco, un punto concreto de la ascensión o el descenso. Para sus allegados esa montaña pasará a ser, para siempre, un lugar de duelo, un camposanto, el espacio inaccesible en el que reposan quienes un día fueron parte de la vida compartida y, una mañana, o una tarde, se convirtieron en extraños para siempre por una llamada de teléfono que trajo la noticia nunca deseada. El aviso de un accidente, una desgracia, un susto. Siempre existe ese riesgo, la posibilidad crece con la altura, la dificultad, la meteorología adversa, y el profesional sabe que el entorno en el que se mueve es hostil. Como dice Pérez Reverte de la navegación, nunca se puede uno relajar, porque en cualquier momento puede surgir algo que nos ponga en dificultades y nos lleve al extremo. Normalmente no sucede, pero a veces sí. Amaia e Iker son los últimos nombres que se suman a la lista de los caídos en la montaña. Su final se haya lejos, en el Fitz Roy, Patagonia, un macizo espectacular, precioso, difícil, que está al otro lado de nuestro mundo, y que es donde sus cuerpos se quedarán, quizás, para siempre.

JAA y sus amigos volverán a escalar montañas, sospecho que no dejarán de hacerlo porque lo llevan en la sangre y no renunciarán a ello. En cada ascensión, sea cual sea el grupo que formen, habrá dos personas que nunca estarán en su cordada, no pesarán en el grupo, pero siempre les acompañarán en sus pensamientos. Cada nueva cumbre que asciendan, sea muy lejos o en las laderas de cualquier loma de Abadiano, les recordará a ellos, y la memoria de los caídos, los suyos, no se deshará como nieve arrastrada por la ventisca. Seguirá firme. Sus familias y las cumbres siempre les tendrán presente, allá donde estén.

lunes, noviembre 21, 2022

Hipocresía infantina

El deporte en general, y eso que consiste en pegar patadas a un balón, es uno de los ámbitos de la vida en los que sigue habiendo una impunidad absoluta en lo que hace a la comisión de corruptelas. Estamos acostumbrados a ver operaciones que desarticulan tramas en el inmobiliario, las finanzas, los despachos de abogados y, en general, todo tipo de negocios y profesiones, que les voy a contar de la política. Pero curiosamente, o no, apenas tenemos detenciones por delitos financieros relacionados con la corrupción en el deporte, o en eso del balón, cuando las cifras que se mueven en ese mundo son mareantes y la sensación de absoluto descontrol que desprende es hedionda. ¿Hay un pacto tácito para que la ley no entre ahí?

Esa impunidad hace que los sujetos que viven de ese negocio se chuleen al resto del mundo sus fortunas y estulticias sin recato alguno. Estos días ha comenzado una competición internacional de lo del balón en un país del golfo pérsico, Qatar, que no tiene relación alguna con ese deporte, ni con ningún otro, pero que es uno de los mayores productores y exportadores de gas, lo que le permite comprar lo que sea y convertirse en un actor respetado en el mundo. La necesidad energética convierte a las monarquías teocráticas del golfo en incómodos pero necesarios aliados, y uno entiende que los principios morales duran algo más, pero no mucho, que tres meses de frío invierno sin calefacción, pero de ahí al descaro hay una distancia que no conviene cruzar. Qatar organiza el campeonato internacional de lo del balón porque, simplemente, se lo ha comprado. Puso una cifra de dinero inmensa encima de la mesa y, obviamente, los que tenían que decidir dónde se celebraba el evento calcularon el porcentaje de comisión de lo que les tocaba, y votaron sin miramientos. El que fuera una nación sometida a una dictadura islamista y con veranos de cincuenta grados no le importó a nadie. Se cambian las fechas para que se celebre a las puertas del invierno y los derechos se ocultan bajo convenientes fajos de dinero. Bien, esto lo sabemos todos, rasgarse las vestiduras ahora por ello, cuando la decisión se tomó hace años, entra dentro del postureo que queda bien en las redes sociales para enjuagar las conciencias débiles de nuestro tiempo, pero lo que no es admisible bajo ningún punto de vista es el recochineo. Un par de días antes de empezar el evento, un sujeto llamado Gianni Infantino, que debe ser uno de los jefazos administrativos de esto del balón, celebró una rueda de prensa en la que, desde luego, se hizo acreedor ante sus jefes qataríes de la fortuna que ha debido de cobrar para que la competición se celebrase allí. Tirando de hipocresía hasta un grado pocas veces visto, un presunto corrupto, jefe de una banda de presuntos corruptos, con el aspecto de que ya no le cabe más dinero encima, empezó a dar lecciones de comportamiento, civismo y derechos humanos a las naciones que los cumplen en nombre de las que no, argumentando que la explotación colonial del pasado es la causante de que ahora no se respeten derechos en ciertas partes del mundo, entre ellas la que acoge el gran negocio global del balón. Todo serio, sin que en ningún momento en su cara pétrea asomase la mínima grieta producto de la vergüenza, comenzó a embestirse como abanderado de todo tipo de causas progresistas de manual, desde el feminismo a los derechos sexuales y otro tipo de iniciativas, Y lo hizo en un tono abroncante ante unos medios, como siendo consciente de que, en cualquier momento, podía decidir cuál de ellos comprar con la fortuna que ha cobrado de manera ilegal y, tras eso, despedir a quienes se encontraban frente a él en esa sala. El tal Infantino hubiera quedado de cine celebrando esa misma rueda de prensa con los mismos argumentos en una de esas salas rococó que abundan por el Kremlin. El tono mafioso necesario para hablar desde ellas lo posee, sin duda.

Puede parecer el Infantino un sujeto sacado de un lugar extraño, una excepción, pero no lo es. La dirigencia de eso del balón, en cualquier club que tenga un mínimo de representatividad y presupuesto, está llena de sujetos que parecen sacados del casting de una serie de mafiosos: personajes chulescos, atrevidos, algunos barriobajeros, otros sibilinos, pero todos conscientes de su poder, de su inmunidad, de su fortuna, de los modos en que la han conseguido y de la sensación de estar por encima de los demás, desde luego de los millones de personas que son engañadas mediante la estafa que gestionan sin cesar, para seguir robando a manos llenas. Infantino será el más rico y mafioso de todos ellos, pero en nada le distingue del resto.

lunes, enero 31, 2022

Rafael Nadal

No, no, no he enfermado y me he aficionado al deporte en este fin de semana. El tenis me parece, como el resto de disciplinas, algo bastante aburrido: A los cinco minutos de ver a unos señores pegándole con la raqueta a una pelota empiezo a verlo todo igual, y desconecto. Lo único que me produce asombro es esa extraña forma de contar los tantos, obtusa, incomprensible, digna de ser el resultado de una comisión ministerial destinada a simplificar algo, y que parió semejante lío de números y elementos. No veo heroicidad en la pista mientras dos personas se desloman lanzando raquetazos, sólo cansancio físico y un derroche de energía en algo que no sirve para nada. Entretiene, dirán casi todos ustedes, y ese es su valor, pero no le veo otro.

Debo ser de los muy pocos que viven al margen del deporte en estos tiempos, donde los que a ello se dedican de manera profesional han sido elevados a un pedestal en el que el heroísmo antes citado se queda corto, alcanzando absurdas cotas de endiosamiento. Y en general, el nivel intelectual y humano de las personas que llegan a esos niveles corresponde a la media de la sociedad en la que vivimos, cuando no es directamente el resultado de una selección adversa en la que lo más cafre se ve unido en torno a una pelota, a veces más grande y otras más pequeña. Por eso, en medio de ese erial de vanidades, desplantes y orgullos infinitos, alentado por la masa que los adora y les proporciona la fama, que lleva dinero sin fin, me cae bien Rafael Nadal, el tenista. Principalmente porque me parece un tipo normal. Cuando habla ante la prensa, obligado como otros para aumentar el circo mediático que rodea a su disciplina, no dice tonterías, ni insulta a nadie, ni se mete con nadie, ni chulea. Ya sólo por eso merece algo de atención, pero es que, además, y sobre todo, Nadal ha dicho más de una vez que lo que hace es jugar, entretenerse, divertirse, y que eso que hace no es importante. Es muy consciente de que la sociedad usa a los deportistas como símbolos en los que depositar cosas trascendentes, como la patria, el orgullo, el éxito y otras por el estilo, y eso otorga a esos gladiadores de nuestro tiempo un poder enorme, que la inmensa mayoría desperdician en actos llenos de orgullo y vanidad. La rivalidad que surge entre ellos alienta el espectáculo y los que a cada uno jalean cierran los ojos ante las indignidades que los suyos realizan sin cesar para alcanzar el añorado triunfo (y sobre todo, los millones de euros a él asociados). Siendo una especie de carísimos bufones cuya función es entretener a los demás el deportista, elevado a los altares, se comporta en demasiadas ocasiones como si las normas no fueran con él, como si la sociedad y todo lo que en ella hay estuviera para rendirle pleitesía. Día tras día vemos escándalos en el deporte en el que el comportamiento de sus figuras no es que deje de desear, sino que sería públicamente reprochado en caso de que lo llevasen a cabo personalidades de otras profesiones. Drogarse, defraudar a hacienda, engañar a un contrario, intimidar con violencia, son cosas que se ven con una frecuencia enorme en estadios de fútbol y otro tipo de recintos deportivos, y los “aficionados” no sólo perdonan estos hechos como si no hubieran tenido lugar, sino que los jalean, los ríen, los aplauden con deleite, porque los “suyos” tienen siempre la razón hagan lo que hagan. Por eso, en ese panorama lleno de fango y vacío, alguien como Nadal destaca por encima de todo. Sobrio cuando habla, apela al esfuerzo que le ha servido para llegar desde Manacor al olimpo de su especialidad, con años de trabajo incesante, a lo largo de los cuales no ha insultado, no ha hecho trampas, no ha chuleado ni se ha convertido en un creído de sí mismo. Su afición ha coincidido con el gusto de muchos y eso le ha permitido enriquecerse y llevar una vida privilegiada, pero no hace ostentación de ello y sigue pensando que lo que hace no es importante, o que al menos no es lo importante que tantos hacen creer que es. En un mundo de ególatras y en una sociedad en la que el yo domina desde el primer selfie, Nadal es una muestra de cómo actuar con cabeza, sentido común y responsabilidad. Y eso es lo que vale de él, no sus victorias.

Ayer, tras granar en Australia, Nadal se ha convertido en el mejor jugador de tenis de la historia, y nadie sabe mejor que Rafa lo que le ha costado llegar hasta ahí y lo poco que eso significa, porque otro vendrá, antes o después que lo supere, y a ese le sucederá otro, y así hasta que ese deporte decaiga, como lo hicieron otras disciplinas en el pasado. Sabe Nadal qué es lo que realmente merece la pena de la vida. La alegría que se llevó ayer es enorme, pero a sabiendas de que, cuando el fulgor del éxito pase, y ya no sea más que un extenista, lo realmente valioso seguirá con él, y junto a él. Ese es el gran ejemplo que nos da su figura. Que gane partidos, campeonatos o torneos es algo que, la verdad, a mi no me dice casi nada.

lunes, enero 24, 2022

Inconsolable

La chica llora, inconsolable, sin que nada pueda parar su congoja. Lleva mucho abrigo y un gorro en la cabeza, pero el frío es lo de menos en un rostro enrojecido, en el que las lágrimas a buen seguro son mucho más gélidas que el aire que nos golpea. Está subida encima de un barco de remo, de esos estrechos, finos, de carreras. De un solo ocupante, dos remos, uno a cada lado, y banco móvil, al parecer participa junto a otras compañeras en un entrenamiento, o carrera, que va y viene en el estanque. Son otras las que siguen ese camino de ida y vuelta, ella no. Quieta, a menos de un cuarto de llegar a uno de los extremos del recorrido, está parada, con las manos en la cara. Y llora.

Desde la barandilla más cercana a la posición de la remera, una amiga, supongo, le grita para darle ánimo, para que termine el recorrido, para que al menos llegue al extremo contrario y de ahí se baje, pero ella se niega. La amiga mezcla gritos con apoyo y comprensión, pero rebotan en el agua. La remera está bloqueada, es la última y no ve más allá de su derrota, que no se si es real en una carrera o en algo menor. Coge los remos y los eleva para dejarlos caer, y al impactar con el agua salpican gotas que hacen juego con las lágrimas que no dejan de recorrer su cara. Es la viva imagen de lo que se entiende por fracaso, así lo ve ella, y no lo soporta. Imbuida en miles de mensajes donde la motivación lo es todo y el poder está en las manos de uno, sospecho que empezó a remar con todas sus ganas pero, cuando las fuerzas se acabaron, la basura de autoayuda que inunda su vida le ha llevado a culparse de no ser capaz de seguir, y eso la hunde aún más. La amiga, en la orilla, sigue gritando, pero cambia de discurso. El ánimo ya no sirve para nada, su compañera es un despojo que ahora mismo es odio hacia el remo y a ella misma, y no hay lugar para fortalezas. La amiga empieza a decirle que le quiere, que sea ella la que renuncie, que llegue hasta el final para mandar a la mierda el barco y todo lo que sea, pero que llegue al fondo. La remera no cambia el gesto, pero sí coge los remos y da un impulso, dos, el barco empieza a moverse en el sentido de la meta deseada, pero no hay nuevas paladas. Otra vez los impulsores yacen bajo el agua y la cara se cubre con manos y sollozos, no puede, grita, no puedo, no valgo, no se, en una secuencia de lamentos que sólo el agua escucha de primera mano. Hace una mañana de río intenso, de Sol débil y algunas nubes deshilachadas, pero a la remera eso le da igual, está en la noche oscura del alma, que dijo el clásico, y no hay esperanza. Su amiga se está poniendo nerviosa y ahora sus gritos son acompañados por los de otras compañeras que ya han dejado de remar en sus, supongamos, entrenamientos, y acuden a donde la compañera para darle consuelo, pero ella no lo quiere. “No valgo” se escucha varias veces desde su boca, sin gritos, sin aspavientos, entre lloros, pero quedamente. No puede levantarse del barco y salir, lo haría de ser posible, pero está encerrada entre su mínima estructura y el agua fría. Entre los gritos, coge los remos y vuelve a dar un par de impulsos que acercan más el barco hasta el extremo, y se vuelve a parar… así realiza algunos movimientos y la inercia empieza a beneficiarle acercándole a la meta, y alejándola de mi posición. La amiga empieza a andar con ganas siguiendo la estela del barco, desde la orilla, y sigue gritándole lo mucho que vale, que la quiere, que no es la peor, que no es sino un día de remo, que no importa nada, que da igual, y ambas, poco a poco, se alejan, camino al embarcadero en el que otras naves ya están paradas y la mayor parte de remeras esperan a que llegue su amiga. Ya no hay ninguna entrenando en el estanque, sólo hay una embarcación que regresa, que termina su recorrido.

Contemplando la escena, que me pilla de improviso, lo he contemplado todo, y no he dicho nada. Se me ocurrían muchas cosas para gritar, animar, tratar de aumentar las ganas de esa chica, que me daba una pena enorme, pero no he abierto la boca en los pocos minutos en los que todo ha sucedido. Durante un par de ellos la amiga que anima ha estado a apenas dos o tres metros de mi, y la remera a tres veces esa distancia, imposible no sentirse en medio de algo que no esperaba, ni buscaba, ni quería, y que sólo me generaba angustia. Como un figurante, he visto toda la escena, sin conocer a ninguna de sus protagonistas, con aspecto adolescente, y me pregunto por qué no he dicho nada. ¿Podía haber ayudado en algo? No se si esa remera volverá a serlo nunca más.

martes, agosto 03, 2021

Asilo político en los Juegos

Los Juego Olímpicos siempre son un asunto político, aunque a veces no lo parezca. Un lugar, en el que un país anfitrión concita la atención de medio mundo, en el que todas las naciones se enfrentan y se establecen clasificaciones de medallas y palmarés es muy tentador para que las naciones exhiban músculo, nunca mejor dicho, y lo que veamos sea fruto de años de inversión para que un país dado se lleve la medalla en la categoría más absurda o prestigiosa. Se analiza por parte de los expertos la evolución de los países y cómo se mantienen en la posición pasada, ascienden o descienden, y lo que ello puede querer decir.

La petición de asilo en la embajada polaca en Tokyo de la atleta bielorrusa Kristsina Tsimanuskaia ha vuelto a poner sobre el tapete la situación en ese país europeo y el uso que las dictaduras, no sólo pero especialmente, hacen del deporte para ofrecer una mejor imagen de las naciones que rigen. El régimen del sátrapa Lukasenko no ha caído, pese a las protestas de gran parte de la población, y en parte debido a la respiración asistida que le ofrece la vecina Rusia, encantada de que la dictadura de ese personaje sujete con mano de hierro un territorio fronterizo con exrepúblicas soviéticas y con zonas de la UE. A cada acto infame cometido por el gobierno de Minsk la UE y otros organismos internacionales han respondido con indignación, pero la respuesta que han obtenido ha sido siempre el desprecio de un régimen que, por ahora, se mantiene muy confiado en su supervivencia. Muy probablemente tendría las horas contadas en caso de que Putin lo abandonase, pero ambos personajes, Lukashenko y Putin, se necesitan, cierto que en un grado muy distinto uno de otro, pero lo suficiente como para defenderse mutuamente y mantenerse en el poder. El caso bielorruso, además, vuelve a demostrar que olimpismo y dictadura se dan demasiadas veces la mano como para considerar inmaculado el fondo en el que se muestran los anillos de la bandera olímpica. El presidente del comité olímpico bielorruso es el hijo del dictador Lukashenko, nada como tener un padre que vele por ti, y a buen seguro tenía ya una opinión muy formada de los componentes de la delegación que ha viajado a Japón, y más aún de los que no lo habrán hecho y penen en prisiones del país. Tsimanuskaia, que al parecer ya antes había hecho declaraciones opuestas al régimen, no ha aguantado más, a buen seguro se ha visto amenazada, y ha optado por la huida en terreno neutral, aprovechando la disputa de los juegos. Ha hecho bien, porque pocas oportunidades reales tendría de salir de su país en condiciones normales y es más que seguro que a la vuelta le esperase un comité de bienvenida con pocas flores y varias porras en la mano de los secuaces del hijo de Lukashenko. El episodio en su conjunto recuerda mucho a la época de la guerra fría, de la que la propia Bielorrusia funciona como un museo del tiempo, en el que atletas del bloque del este caían por goteo mediante peticiones de asilo en cada una de las competiciones internacionales en las que participaban. En aquellos tiempos el control que ejercían los regímenes soviéticos y aliados sobre sus “ciudadanos” era mucho más rígido que el de ahora, y cada delegación viajaba al exterior con tal cantidad de personal de seguridad para evitar fugas y deserciones que todo era mucho más difícil. Eran unos juegos completamente adulterados, en los que participantes de Checoslovaquia, Bulgaria, la RDA o la propia URSS competían completamente hormonados, dopados hasta unos límites inhumanos, pero que eran imposibles de detectar por las consecuencias políticas, y sobre todo militares, que una suspensión hubiera tenido. Los juegos de Moscú 1980 y Los Ángeles 1984 asistieron a un boicot mutuo respectivamente de los bloques, mostrando hasta el extremo la tensión que se vivía en un mundo siempre con el riesgo de la guerra nuclear al otro extremo de un botón. No, no era una época ideal, aunque ahora nos lo parezca.

Fueron los nazis, en Berlín, en 1936, los maestros a la hora de convertir este espectáculo deportivo en exaltación patriótica y elemento perfecto de propagan de un régimen. Su lección, siniestra, fue magistral. En los tiempos modernos, con otro grado de violencia implícita muy distinta, fue China en 2008 la que aprovechó la oportunidad para presentarse oficialmente como superpotencia al mundo, y desde ahí en adelante no ha hecho nada más que crecer. El olimpismo, un negocio opaco, con muchas comisiones de todo tipo, decisiones arbitrarias, ingresos no declarados y negocios paralelos de ética más que dudosa, siempre estará unido a las disputas entre naciones, y a la lucha de algunos ciudadanos de las mismas por alcanzar su libertad. Ojalá en los siguientes Juegos Bielorrusia sea un país libre.

lunes, agosto 02, 2021

Otro disparate en bici

Suele decirse que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Error. Somos la especie que, reiteradamente, no deja de darse castañazos con los obstáculos conocidos porque cree, verbo muy peligroso, que esta vez será diferente, que en esta ocasión lo que se interpone en el camino será franqueado porque, siendo tan listo como soy, no me pillará por sorpresa y lo evitaré. Viviendo la quinta ola del coronavirus en nuestro país, y reiterando todos los errores que hemos cometido en las anteriores, viendo que nada hemos aprendido, la sociedad demuestra otra vez su ciega cabezonería, pero los individuos también erramos así.

Hace un año hice un disparate en bici, una vuelta de esas por la sierra en las que las fuerzas se agotaron y llegué a casa en un estado físico indigno hasta de pedir en el metro. No es que calculase mal el recorrido, es que simplemente no era capaz de llevarlo a cabo ni estando en forma ni de ninguna otra manera. A los pocos días de aquella paliza me juré que no iba a repetir algo así, que había cometido un error y que tuve suerte que, sin caída y otras incidencias, las cosas no fueran a más. Pero ya se sabe, pasan los meses fríos, llega el tiempo de coger la bici y uno se vuelve a animar a dar vueltas, y a medida que se coge algo de forma se vuelve a mirar a las montañas de la sierra con una sensación de “esta vez sí” ya verás cómo esta vez sí. Y el gusanillo crece. Este viernes subo a Elorrio a pasar dos semanas de vacaciones, lo que entre otras cosas, y por motivos varios, se traduce en tres fines de semana sin coger la bici, la forma se irá perdiendo, por lo que era ahora o nunca la oportunidad de volver a la montaña. Estos dos fines de semana me he aventurado a ello con resultados contrapuestos, igualmente dolorosos. En ambos llegando hasta Cercedilla en cercanías de RENFE, y volviendo desde allí, me he planteado recorridos que combinaban dos grandes puertos, pero a sabiendas de que, en caso de fracasar, el retorno estaba mucho más cerca que en el infausto recorrido del año pasado, sin posibilidades reales de llegar hasta el cercanías hasta muchos kilómetros después de la última cima. La semana pasada subí a Navacerrada, conseguí hacerlo del tirón, y tras un descanso arriba lo intenté con la bola del mundo, la subida hormigonada que lleva hasta las antenas de la estación. Ahí no pude llegar hasta el final en la bici, y con todo el desarrollo metido, la cuesta era excesiva y el músculo dijo basta. El último tramo lo hice andando, pero al menos desde esa cima hasta el tren de vuelta casi todo el recorrido es cuesta abajo, por lo que, molido, regresé, pero no en el estado infame de hace un año. Ayer, eludiendo el frío y tormentas del sábado, volví a Cercedilla, esta vez con otro recorrido en mente. Subí el puerto de la Fuenfría por la llamada carretera de la república, una pista forestal que remonta el valle, y de ahí bajé por esa misma pista hasta Valsaín, Segovia, con la intención de ascender Navacerrada por su cara norte y así regresar a casa. Como era de esperar hubo un momento, a algo más de dos kilómetros del final de la subida del puerto, en el que el músculo hizo plof, dijo basta, y como ya es una tradición, tuve que hacer el resto de la ascensión andando. Lo malo es que en esta excursión, de la manera más tonta, en un lugar poco peligroso, me caí, subiendo las primeras rampas del último puerto. Iba despacio, cogí el botellín para beber y me desequilibré, gracias a mi torpeza, metí la rueda en el arcén, fuera de la zona asfaltada, patiné y no me dio tiempo a sacar el pedal izquierdo de su enganche, y me caí con la rodilla como rueda de aterrizaje. Sangre y daño, superficial pero aparatosa herida, que me acompaño hasta la subida sin que apenas me molestase ni la sintiera en la bajada, pero que fue molestando a medida que el tren de vuelta llevaba mis despojos rumbo a Madrid.

Llegué tarde a casa, deshecho, con aspecto de venir de un frente de guerra. Alguna señora mayor que me vio en el metro puso cara de repulsión al ver mi aspecto y rodilla, y quizás incluso pensó en arrojarme algunas monedas, no se si hubiera sido capaz de agacharme a por ellas. Tarde de jabón y de soplar en las heridas, que supongo se irán cubriendo a lo largo de la semana, y mañana de molestias para venir al trabajo, especialmente para bajar escaleras, aderezadas con dolores en el resto del cuerpo fruto de la paliza de ayer. Sí, les digo hoy que el año que viene no volveré a hacer cosas como estas, pero se que a lo mejor me estoy mintiendo a mi mismo. Al menos, mientras la rodilla moleste, la bicicleta sólo será un objeto decorativo del salón de casa.

miércoles, julio 28, 2021

Simone Biles, persona

¿Cuántas veces, a lo largo del día, siente usted que flaquea? ¿Qué no puede más? ¿Cuántas derrotas sufren sus proyectos e ideas a manos de la realidad y de los que le rodean? Sí, también hay momentos de éxitos y de la apacible calma de la nada, pero a buen seguro conoce el sabor de la frustración, de no saber cómo salir de algo, de no poder más, de sentirse rodeado de brillantez absoluta que conoce los remedios para todos los males y pontifica sobre ellos y usted, sumido en el desconcierto, apenas es capaz de describir lo que le pasa y menos aún pedir a otros que le ayuden. Seguro que conoce esa sensación. Porque, creo, todos la hemos pasado.

Simone Biles es la mejor atleta de su generación y una de las más grandes de las que ha dado ese durísimo deporte que es la gimnasia. Pequeña, poseedora de una fuerza física arrolladora, realiza ejercicios que sólo ella se atreve a ejecutar, diría que incluso imaginar, porque ni a cámara lenta soy capaz de contar el número de vueltas que da en el aire tras uno de sus infinitos saltos antes de aterrizar recta como una espadaña. La vida de Biles ha sido un infierno como pocos son capaces de imaginar, asociada siempre al espartano y opaco sistema de reclusión que impera en su deporte, y en muchos otros de élite, en el que niños y niñas son sacrificados desde su más tierna infancia, ternura que si es sinónimo de flexibilidad les viene genial para esta disciplina, sometidos a entrenamientos de horas y horas y horas sin fin, alejados de los suyos con el único objetivo de conseguir medallas para su país. Durante los campeonatos mundiales y las olimpiadas, los grandes eventos de la gimnasia, todos los ojos se centran en ellos, el público les adora y las autoridades de sus países exigen que el dinero invertido en la cárcel en la que han residido durante años se transforme en medallas que eleven la gloria de la nación a la que representan. Adoradas como diosas, las gimnastas son sacrificadas en el altar del orgullo en forma de medalla colgada a su cuello, que realmente es vista como un premio al país. De mientras hacen ejercicios imposibles delante de medio mundo otras niñas, mucho más pequeñas, permanecen recluidas en las instalaciones de formación, empezando a ser futuras medallas, futuros corderos para el sacrificio cuando las actuales estrellas ya hayan estallado en forma de cuerpos destrozados por el sobreesfuerzo y convertidas en desecho. Biles, como otras de sus compañeras, sufrió abusos sexuales continuados en el tiempo por parte de uno de sus entrenadores, Larry Nassar, y las denuncias que ellas pusieron y los intentos de librarse del monstruo sólo encontraron el desprecio por parte de quienes pudieron evitarlo, desde la federación de gimnasia norteamericana a otro tipo de instituciones y empresas, que sólo veían en esas chicas a una especie de granja de pollos en la que todo estaba permitido si se obtenían las soñadas medallas. Todo por el oro, todo por la presea. Biles consiguió relevancia mundial con sus ejercicios imposibles, se coronó como reina en juegos y mundiales, y usó esa fama y poder mediático para denunciar los abusos que ella y sus compañeras sufrían, para gritar al mundo que era una niña sin infancia en un mundo de adultos que las trataban como cosas, como naranjas de las que se puede exprimir todo el jugo posible y luego tirar como cáscaras usadas. La sonrisa enorme de Biles escondía una tragedia humana y personal que se remontaba a una infancia de abandonos, a un entorno de gran pobreza, a una vida sometida a la disciplina y el abuso. Con poco más de veinte años Biles ha pasado por unas experiencias que, a usted no se, pero a mi me hubieran llevado mucho más allá de la depresión y la locura. Biles llegó a Tokyo, como ella misma dijo, sintiendo que tenía el peso del mundo sobre sus hombros, toda la presión imaginable concentrada en su figura, determinante para medir el éxito o no de años de sacrificio de ella y de sus compañeras.

Biles se ha cansado, se ha hartado. No le gusta lo que hace, el circo en el que se ha convertido su vida, la desgracia constante que le rodea y presiona. En esta extraña sociedad en la que vivimos, que ha endiosado al deporte y sus figuras como una especie de superhéroes, creando un enorme negocio, Biles ha salido a la palestra, donde los antiguos se ejercitaban y luchaban, y ha dicho a todo el mundo que la felicidad de los demás no depende de las piruetas que ella haga, y que su propia felicidad hace tiempo que se perdió en medio de las acrobacias. Biles, con veinte y pocos años, ha dado una lección de madurez, de sentido común y de dignidad en medio de la feria de vanidades y absurdos que es ese mundo del deporte que hemos consagrado como todopoderoso, al que sacrificamos vidas, carreras y esfuerzo, sin que sepa realmente para qué.

jueves, abril 22, 2021

Entre pillos anda el juego

Se ha hablado mucho estos días del acuerdo de un grupo de millonarios, responsables de unas empresas de enorme facturación y privilegios, para montar una asociación privada entre ellos, con objeto de generar aún más ingresos y repartírselos, y así incrementar sus ganancias. Este acuerdo supondría, obviamente, la reducción de ingresos para aquellos que no formasen parte del acuerdo y los que gestionan las actuales relaciones entre todas las empresas de este sumamente privilegiado sector, por lo que habría algunos millonarios que se verían perjudicados, y no pocos de los que viven de las comisiones que sacan a todo este grupo de potentados también se verían perjudicados. Parece que, finalmente, el acuerdo anunciado no va a salir adelante.

Vivimos en una sociedad que tiene muchos absurdos, que son incomprensibles, que se me hacen cuesta arriba, pero frente a los cuales lo único que queda es asumirlos y tratar de que no influyan demasiado en la vida de cada uno, porque hagas lo que hagas ahí seguirán. Uno de ellos es la admiración absoluta ante el deporte, y el encumbramiento de los deportistas a categoría de mitos absolutos, de semidioses. Y entre ellos, por encima de todos, los que se dedican a dar patadas a un balón y a las piernas del de enfrente, que son tratados de una manera que a muchos dioses les gustaría sentir. Ese mundo de los pegapatadas se ha convertido en una de las mayores industrias del mundo, generando unas facturaciones que se miden en miles de miles de millones de, pongamos, euros, y que ha enriquecido hasta el absurdo a personajes cuyos méritos personales son escasos, siendo generoso, y a todo un ecosistema generado en su entorno cuyo fin es capturar rentas y vivir a costa del fabuloso negocio montado. Todo ello, obviamente, con la absoluta alabanza de todo tipo de autoridades, que ven en esos espectáculos una vía para promocionarse ante votantes y así conseguir ser más elegibles. Los privilegios que tienen las sociedades deportivas en nuestros países son enormes, pero los grupos de pegapatadas a balones se encuentran en el más allá. Son constantes los casos de fraude, corrupción, estafa, evasión de impuestos, blanqueos, por no hablar de acusaciones relacionadas con las drogas, apuestas ilegales y todo tipo de delitos que uno pueda imaginar en las que día tras días aparecen figuras míticas que persiguen el balón o lo han hecho hasta hace muy poco. Del uso de sustancias dopantes mejor no hablar para no ser reiterativos. Escasas son las condenas, infinitos los defensores que surgen y tratan de comprender y enmascarar los delitos que, cometidos por otros, son criticados hasta el extremo y vilipendiados por la sociedad. Pero no, para los del mundo ese del balón la bula es total. Quizás porque, además de que a mucha gente, de manera incomprensible, eso le gusta, tampoco son pocos los que tratan de sacar tajada de ese negocio, llevándose algunos euros, o muchos, que puedan caer de los que tan alegremente se mueven en ese mundo. Las jefaturas de los clubes de pegapatadas han sido cooptadas por personajes de lo más siniestro, entre los que abundan jeques de dudosa procedencia, oligarcas del este y empresarios nacionales que pasarían cualquier casting a la hora de figurar en sucesivas entregas de películas de mafiosos. Esos gerentes, y los pegapatadas empleados que tienen a sueldo de marajá, saben que su mundo se sostiene gracias al enorme volumen de dinero que genera, a las voluntades que con él son compradas y al engaño que se hace de continuo con las ilusiones de millones de aficionados que parecen creerse eso de “los colores” el “sentimiento” y demás argucias de marketing perfectamente diseñadas para vaciar los bolsillos de todos aquellos que por ese seductor lenguaje han sido abducidos. Este es, de manera muy breve, el contexto en el que se mueve este negocio de las patadas al balón.

Por eso, que en ese mundo un grupo de los más ricos entre los ricos haya decidido que pueden ser aún más ricos haciendo al resto menos ricos es algo que no me parece ni novedoso ni sorprendente ni nada de nada. De hecho es lo que sucede en todo negocio empresarial cuando algunas marcas triunfan y absorben a otras, las compran y crecen en tamaño. Unos ganan y otros pierden, nada más. De lo único que se trata en este negocio, como en todos los demás, es de dinero, de ganar dinero. Porque es un negocio, nada más. Y que algunos de los millonarios que iban a salir perdiendo aludan a otros “valores” para defender sus cuotas de poder e ingresos no es sino una nueva muestra de hipocresía, de la que el mundo de los pegapatadas está tan llena como de fajos de billetes.