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martes, enero 27, 2026

El desastre de cercanías

Sobrevivo en Madrid gracias al metro. Tengo un coche que duerme en lonja en el pueblo y, hace años, pasó un verano en la capital, pero tengo la suerte de tener una boca de metro cerca de casa y más cerca aún de la oficina, por lo que no necesito vehículo para desplazarme. Sin ese servicio público de transporte la ciudad sería invivible, estaría sumida en el colapso permanente. Lo mismo se puede decir, a menor escala, respecto al servicio de autobuses o al de cercanías de RENFE. Entre semana, y en hora punta, somos cientos de miles de trabajadores los que los utilizamos para ir a nuestros empleos, y los cogemos otra vez para volver a casa. Sin ellos no sería posible.

Por eso, asistir como ha sucedido al constante proceso de degradación de los servicios de cercanías en nuestras ciudades, fruto del abandono por parte de la administración central, no me atrevo a decir que si por premeditación o por pura necedad, es sangrante, es injusto, y, sobre todo, supone un golpe para las rentas medias y bajas, que no disponen alternativa de transporte ni medios para sufragarse un vehículo o similar. Dejar morir las cercanías es golpear a las capas de la sociedad que más requieren el servicio público, con un gobierno cuyo constante marketing no hace sino pregonar su defensa de ese tipo de bienes, los públicos. El abandono es constante, y sus efectos progresivos, pero aquí también se puede utilizar esa frase que se le atribuía a Mark Twain. A la pregunta de cómo llegó a la ruina respondió “primero poco a poco, luego, de repente”. Desidias, faltas de inversión y mantenimiento, orillamiento, dejadez… el estado de la infraestructura y los trenes se va deteriorando poco a poco, como todo lo que se usa, y empiezan la catarata de incidencias que ataca la fiabilidad del servicio y lo convierte, poco a poco, en una lotería. Sus usuarios, recordemos que muchos de ellos sin alternativa, empiezan a ver al cercanías no como una solución, sino como el primero de sus problemas diarios. Aglomeraciones constantes, interrupciones de servicio, paradas no programadas, horarios que son fantasías… la dinámica del mal funcionamiento se instala como rutina, y de ahí a que se produzca un incidente serio no suele mediar demasiado. Todo esto se ha vivido así tanto en Madrid como en Barcelona, pero por las informaciones que han llegado desde allí, los incidentes han sido más serios y continuados en el área metropolitana catalana. A ninguno de los irresponsables políticos regionales que han pasado por cargos de poder en esa comunidad le ha interesado eso en lo más mínimo, seguramente porque muchos de ellos consideran en su fuero interno como chusma a la mayor parte de los usuarios del cercanías, no son “de los suyos”. En fin, ha querido la desgraciada casualidad que el Rodalies, que es la marca con la que el cercanías de RENFE opera allí (sí, para desvincularse del estado sí han sido efectivos, para nada más) tuviera un grave incidente en la misma semana de la tragedia de Adamuz, con el balance de un maquinista en prácticas fallecidos y decenas de heridos al descarrilar una unidad por desprendimiento de un talud de la AP7, en este caso parece que fruto de las intensas lluvias que han azotado toda aquella zona. A partir de ahí se ha producido un pulso entre los maquinistas, que llevaban tiempo denunciando el deterioro del servicio y la inseguridad creciente, y los gestores de las entidades ferroviarias y administrativas, que han hecho todo lo posible para acallar las críticas y no solucionar ninguno de los problemas. Plantes, huelga, revisión de las vías prometida y no realizada, nuevos sustos, nuevas huelgas, interrupción total del servicio durante el fin de semana ante la incapacidad del asegurar el funcionamiento correcto del mismo, rearranque ayer y un cúmulo de incidencias, incluidas las informáticas, que lo dejaron todo nuevamente medio parado…

Cientos de miles de usuarios catalanes ninguneados, burlados, despreciados por las administraciones a las que pagan sus impuestos y que ven como no hay manera de que el servicio de trenes funcione, mientras que el número de cargos y asesores en la administración y empresas paralelas no deja de crecer, al igual que sus nóminas. Lógica indignación, sensación de estafa, cabreo, descrédito absoluto ante las vacías promesas de un gobierno regional y nacional que miente más que habla, y en el día a día, incomparecencias en el trabajo, citas perdidas o aplazadas, malestar, angustia y todo lo que ustedes ya saben. Sí, sale muy caro tener a unos inútiles al mando. A ellos, a sus elevados ingresos, no. Al resto del país, carísimo.

jueves, julio 03, 2025

Fallo tras fallo tras fallo tras fallo

Todo sistema es susceptible de fallar, y cuanto más complejo e interconectado está, esa probabilidad crece. Tarde o temprano algo va a salir como no se espera y habrá problemas, y por eso los equipos de mantenimiento trabajan sin descanso revisando piezas, procedimientos, maquinarias y lo que sea para comprobar que cada una de las partes del sistema es lo más robusta posible. Eso, que no evita fallos, los hace mucho menos recurrentes, y aumenta la fiabilidad de todo el sistema, y con ello la calidad del servicio que presta y la seguridad de todos los que hacen uso de él.

Pues bien, la racha de fallos que llevamos en los transportes públicos de alta capacidad en España empieza a estar muy por encima de lo que indicaría cualquier curva de probabilidad razonable. El colapso de ayer en Barajas por un problema informático que afectó a los controles de seguridad fue el último de una secuencia que, como no, tuvo a principios de semana su recurrente episodio ferroviario en la línea Madrid Sevilla, con catenarias estropeadas y convoyes tirados en medio de la nada a cuarenta grados. Una anciana tuvo que ser evacuada de urgencia, y costó lo suyo, porque empezó a mostrar síntomas de gravedad, sin duda fruto del calor. Lo de que coger el AVE se haya convertido en una prueba de esfuerzo y algo parecido a la lotería negativa, con una pedrea de retrasos que, esa sí, está muy repartida, es algo que nos debiera escandalizar a todos, y que requiere explicaciones claras. Obviamente el ciudadano de a pie ya se ha empezado a dar cuenta que, desde el sujeto que ocupa la Moncloa hasta el energúmeno que cobra como ministro de fomento para insultar sin cesar desde su cuenta de X, hasta el último directivo colocado en la empresa pública de turno, nadie se hace responsable de nada de lo que pasa, las críticas de los miles de viajeros que, día sí y día también, sufren abandono en estaciones o descampados no sirven para nada y las hojas de reclamaciones deben tener como uso el convertirse en objetos reciclables una vez que han sido rellenadas. Los formularios webs de las empresas gestoras de las redes, sea ADIF o REDEIA o la que ustedes deseen, esconden de manera prodigiosa todo lo relacionado con las quejas y reclamaciones, y si usted logra acceder a ellas y rellenarlas sabe, con seguridad, que pulsar al botón de envío en esa web equivale al de borrado de los datos del formulario, porque su queja nunca será atendida. Ayer, sin ir más lejos, en el colapso de Barajas, fueron AENA, el gestor aeroportuario, el Ministerio de Interior, responsable de los controles de seguridad, y el Ministerio de Fomento, titular de la infraestructura, los que se cruzaron acusaciones mutuas sobre lo que había sucedido sin que ninguno asumiera parte alguna de la culpa. Lo que había pasado no era un hecho real, parecía decir cada uno de los entes involucrados, porque ellos lo habían hecho todo bien, y en todo caso sería responsabilidad de los demás. De los cientos de vuelos perdidos, de la frustración que se vivió ayer en el aeropuerto, de la colosal estafa que vivieron miles y miles de viajeros, nacionales y de todas las procedencias imaginables, ni palabra. Nada de indemnizaciones, de asunción de responsabilidades, ni siquiera de ofrecer unas míseras disculpas públicas por lo sucedido, no. Disculparse debe ser de pringados, pensarán todos los ejecutivos de los entes públicos que, mes tras mes ven engordar sus patrimonios en medio de la decadencia de los servicios que están obligados a prestar. Reitero lo del principio. Los errores existen, y asumirlos es el primer paso para evitarlos. Lo que estamos viendo desde hace tiempo en determinados sectores, el ferroviario desde luego, no es error, sino pura negligencia, desidia, abandono, desatención.

Aquí, en el fondo, lo que pasa es que la táctica sanchista ha calado en lo más hondo de muchos de los que por él han sido nombrados. Pase lo que pase, aguanta, no te muevas, no cedas, no dimitas, no te vayas, no seas tan gilipollas de dejar de cobrar el pastizal que te estás levantando. Acusa a todos los demás y al mundo entero, extiende la confusión, crea bulos, invéntate sabotajes y patrañas, dedica un pequeño porcentaje de los ingresos de tu ente a pagar a manipuladores mediáticos que te defiendan y acusen a todo lo que se mueva para salvar tu culo. Y el ciudadano, el usuario de los servicios públicos, el que los paga vía tasas o impuestos, que se joda, que se pudra, que se fastidie. Puro sanchismo en acción

martes, mayo 06, 2025

Un mal tren de vida

Últimamente coger un tren en España es una de las experiencias más intensas que uno puede llevar a cabo en su vida. El barranquismo, puenting y otro tipo de deportes extremos han sido superados por la total incertidumbre de llegar a una estación y descubrir qué pasará con los horarios del viaje programado. O aún peor, acabar conociendo desconocidos páramos de la geografía nacional en los que, por azar, el convoy ha quedado detenido tras el enésimo incidente, sin tener ni la más remota idea de cuándo ni cómo se acabará saliendo de ese lugar, que tiene su cierto encanto para verlo de paso, o incluso para pasar una tarde de asueto, pero en un viaje previsto, no en una parada prolongada, inesperada y sin plazo de finalización.

Maña suerte, averías, negligencias, sabotajes, todo lo imaginado parece conspirar para convertir a nuestra red ferroviaria en un agujero negro que se traga viajeros y horarios a una velocidad realmente fantástica, pero que los suelta a cuentagotas tras retrasos infinitos. La diversidad de causas que están detrás de estos desastres es múltiple, y para algunas RENFE, ADIF y el resto de empresas que trabajan en el sector poco pueden hacer, como sucedió hace una semana a cuenta del apagón nacional, pero en general se nota la decadencia del servicio, de sus instalaciones y la negligencia que rodea a todo el asunto. De hecho, la decisión del Ministerio de Fomento de suspender los compromisos de puntualidad de la Alta Velocidad hace año y algo y no ejercitarlos hasta que el retraso se sitúe en la hora, creo, era una buena muestra de la poca confianza que el gobierno tiene en la gestión de su red. Hay dos patas en el servicio ferroviario que funcionan mal y que reciben una atención mediática muy distinta. Poco se habla de los cercanías, los servicios urbanos de corta distancia, que son los que más personas mueven al cabo del día, alcanzando cifras espectaculares en nodos como los de Madrid o Barcelona. En ellos los retrasos y esperas son el pan de cada día, y los afectados, todos esos a los que antes mencionaba. Una jefa de mi trabajo recurre a ellos cada día para llegar a la oficina desde la localidad en la que reside, en el corredor del Henares, y se cuentan con los dedos de una mano los días del mes en el que no hay suspensiones, retrasos, bloqueos, desvíos, o cualquier otro tipo de incidente que trastoca la hora a la que tiene previsto llegar. Sabe cuándo sale de casa y sospecha que acabará llegando, pero sin certeza alguna sobre el tiempo empleado. En este caso son trabajadores, estudiantes, en general gente de recursos medios, que no disponen alternativas de transporte, o que no quieren sumarse al caos de tráfico diario, los que padecen los problemas. Una empresa púbica pagada por los impuestos de todos ofrece un mal servicio a quienes más lo necesita, generando un efecto regresivo de primer orden. Los cercanías sólo salen en los medios cuando el caos que se ha generado en ellos es total. La atención mediática se centra en la Alta Velocidad, el buque insignia del tren en España, que no mueve tanta gente como el cercanías, pero es muy utilizado y, gracias a las dimensiones actuales de la red, vertebra muchos de los desplazamientos de la nación, especialmente en fines de semana y puentes. Aquí los problemas son distintos, porque se ha dado una muy elevada inversión en la infraestructura y el material rodante, pero es un sistema de transporte que, por su diseño, requiere unas medidas de seguridad y control extraordinarios, y eso provoca que una incidencia que aparente ser menor genere disrupciones muy serias. Lo de ayer, fruto de un robo de cobre, afectaba a las comunicaciones entre las vías y los centros de control, y eso impedía que los convoyes pudieran circular a la velocidad debida. No es que se produjera una destrucción de la infraestructura “dura” sino de la tecnológica que da servicio a la línea, que en el caso de la Alta Velocidad es de importancia extrema. Cada vez que se produce un incidente en la Alta Velocidad los medios acuden raudos a las estaciones de cabecera, los grandes nodos de la red del país, y nos muestran el caos, las colas, la indignación y la casi siempre ausente información por parte de los gestores del tema, que se limitan a no decir nada a un montón de personas desesperadas. Vamos a un incidente de este tipo casi a la semana, a este paso va a haber que habilitar un espacio fijo para los corresponsales de los medios en las estaciones para que vivan allí.

En medio de todo este caos se encuentra el ministro Óscar Puente, todo un personaje, un señor que no hace honor a ese nombre y que aprovecha cualquier oportunidad para actuar en las redes sociales, y fuera, con un comportamiento macarra impropio no ya de alguien de la administración pública, que también, sino simplemente de lo humano. Con tendencia a la bipolaridad, puede facilitar a la vez información precisa de cómo avanzan las obras de reforma de un punto de la red de fomento como ciscarse en un ciudadano cualquiera y bloquearlo en las redes sociales, algo más propio de un trumpista de manual que de un gestor. Muchos de los problemas que sufre la red no son por su causa, otros muchos sí, pero cobra por dar la cara ante todos ellos. Y casi siempre se le olvida.

lunes, octubre 21, 2024

Caos en los trenes (otra vez)

Esto es lo que se denomina un artículo atemporal, da igual cuando uno lo lea porque refleja una realidad que se mantiene a lo largo del tiempo, no pierde su vigencia, y eso es malo, no para el texto, sino para lo que sucede que se denuncia, que es nefasto. Resulta triste, a la par que asombroso, comprobar como un servicio se puede ir degradando delante de los ojos de uno sin que nadie haga algo para evitarlo, estando todo el mundo de acuerdo en que no es posible que eso suceda y hay que actuar. No, el proceso de declive se agrava y empieza a fallar en puntos estructurales que lo van condenando poco a poco a no ser ya un servicio, sino un problema.

En España el sistema ferroviario siempre ha sido un poco de chiste. El tren llegó tarde, como todo lo relacionado con la revolución industrial, y la orografía del país, bella para el paisajismo, de pesadilla para el ingeniero, hizo que todo avanzase despacio y que los resultados no permitieran correr mucho. Antes de la llegada de la Alta Velocidad, el tren era un método de transporte residual, y exceptuando los núcleos de cercanías, su relevancia era muy escasa. El AVE y sus inversiones inmensas cambiaron esto, creándose el inicio de una red alternativa, fiable y moderna, que corría y llegaba a su hora, lo que lo convertía en un método de transporte competitivo. A medida que las ciudades conectadas con AVE han ido creciendo se han generado sinergias económicas, sociales y de todo tipo. En paralelo a estas inversiones, el resto de la red ferroviaria, de ancho nacional, distinto al europeo del AVE, se ha ido dejando de la mano, lo que ha supuesto el cierre de varias de las líneas regionales, que sólo generaban pérdidas, sometidas a su propio abandono. En los núcleos de cercanías las inversiones también han sido las mínimas, poco más allá de remodelar alguna estación. Las redes apenas han crecido y, frente a los entornos urbanos que se han expandido en espacio y población, se han quedado muy pequeñas. Saturadas y sobreexplotadas, sus limitaciones hace tiempo que son evidentes y basta con que se den pequeñas incidencias para que los colapsos se extiendan mucho más allá de la línea en la que se ha producido. De un tiempo a esta parte rara es la semana en la que no se estropea una línea completa en las cercanías de Madrid o Barcelona (los famosos rodalíes) y ahora, a ese desastre, se han ido uniendo las líneas de AVE, que empiezan a dar problemas propios de la alta explotación y la dejadez. Más de un cese se ha producido en la gerencia de ADIF, el operador de la infraestructura, pero la cosa no se arregla, y cada viernes quienes acuden a las estaciones en busca de su fin de semana lo hacen con los dedos cruzados por si esta vez serán ellos los perjudicados por la avería de turno. En los puentes o inicios de las operaciones vacacionales ya es un clásico el reportero que está en las grandes estaciones de tren relatando que por causas técnicas no se qué línea a no se qué ciudad no funcional, y que el número de pasajeros abandonados a su suerte llena los espacios de unos edificios colapsados en los que la ira y la incertidumbre dominan por completo. A veces es por mala suerte, otras por desidia, la mayoría de los casos por dejadez, pero si no falla una cosa lo hace otra, y el viajero de turno, que ha sobrevivido a la odisea que supone acceder a la web de RENFE (otro desastre infinito que jamás se arregla) se las ve y desea para poder llegar a su destino. Si viajaba por vacaciones es probable que estas acaben recortadas o, desde luego, en parte amargadas, pero si lo hacía por una necesidad personal, el daño puede ser realmente grave, y sólo imaginar que se deben hacer las reclamaciones pertinentes a través de los sistemas de RENFE o de las operadoras implicadas conlleva una depresión específica. Sin información, colgados, agraviados, con la sensación de volver a ser estafados, viajar en tren se está empezando a convertir en una desagradable aventura en la que las probabilidades de que todo vaya mal para el cliente son, cada vez, más altas.

Este fin de semana el caos en Madrid se desató el sábado por un descarrilamiento en el túnel de AVE que enlaza Atocha y Chamartín, de un convoy vacío que estaba siendo remolcado, y la presencia de un suicida en un paso elevado en Atocha, lo que obligó a cortar el servicio eléctrico en la estación y llevar a todo el sistema de trenes de la capital, fuera cual fuese su tipología, al desmadre. El número de afectados es enorme, contabilizable en AVE, imposible de cuantificar en cercanías, y hoy lunes sigue parte del lío, con reestructuraciones de servicios y cambios de cabecera, a la espera de que se retire el tren descarrilado el fin de semana. Pagamos impuestos, hay un montón de altos cargos, y las cosas cada vez funcionan peor. Esa es la sensación general.