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lunes, abril 13, 2026

Artemisa II y lo que es el éxito

La maniobra de reentrada en la atmósfera de Artemisa II, el último punto crítico de la misión, se superó en la madrugada del viernes al sábado, hora española, sin contratiempo alguno. El esfuerzo al que fue sometido el escudo térmico se superó y la nave apareció ante las televisiones que allí se encontraban colgando de sus últimos y hermosos paracaídas, tocando las aguas del Pacífico apenas a una milla de donde estaba calculado que lo hiciera. Los equipos de rescate acudieron prestos y los cuatro tripulantes fueron izados al barco de la marina que se encontraba allí para llevarlos a casa. Éxito absoluto 

Durante toda la misión, las declaraciones de los astronautas han estado llenas de admiración por lo que estaban viviendo, nerviosismo ante las comprobaciones que iban a realizar, con la certera sensación de ser cobayas ellos mismos de un gran experimento, y de agradecimiento, de un profundo agradecimiento ante todo y todos. Es curioso, las personas que más lejos han llegado de nuestro mundo, las que más se han alejado de todos nosotros, no han tenido palabra alguna de vanagloria, de orgullo propio, de superioridad, de altanería. En un tiempo en el que el yo domina la conversación, la presunción ante el mínimo hecho logrado bombardea las redes sociales y la egolatría lo domina todo, cuatro personas que han alcanzado una meta que les permitirá inscribir su nombre en la historia de la carrera espacial se han mostrado lo más lejos posibles del pavoneo, de presumir por lo logrado. Son casi la némesis del presidente de su nación, de ese narcisista patológico, que alardea como un payaso de todo lo que tiene, logra o destruye, pero que es le que mejor refleja esa corriente de nuestro tiempo a la que antes me refería. Koch, Glover, Hansen y Wiseman, los cuatro de Artemisa II, saben perfectamente lo que han trabajado cada uno de ellos para estar ahí, lo que han sacrificado en el plano profesional y personal para subirse a esa nave, lo que han renunciado en la parte de la vida familiar, del ocio, de todo, para alcanzar su sueño, pero sobre todo, saben que eso ha sido posible porque miles y miles de personas en medio mundo han trabajado con igual dedicación para que esa nave exista, funcione y les lleve y traiga de vuelta. Como si fuera una metáfora de todo el proceso, el cohete de Artemisa, de algo más de cien metros, se acaba convirtiendo en nada para que la cápsula habitada, la punta superior, pueda cumplir su misión. El papel de las tripulaciones en este tipo de viaje es importantísimo, pero no menor que el de los ingenieros que han diseñado los sistemas, los empresarios y fabricantes de cada uno de los componentes, los que se encargan de montarlo todo, los que siguen el día a día de la misión, los que van pensando en los problemas que pueden surgir y en cómo afrontarlos…. Los equipos humanos que están detrás de un reto como el conseguido con Artemisa son innumerables, y se extienden a lo largo y ancho del mundo, por lo que las palabras de agradecimiento que los cuatro astronautas han expresado sin cesar no sólo son debidas y sinceras sino, sobre todo, ciertas. Ellos son los más conscientes de cuánta gente ha hecho posible lo logrado, y allí arriba, en medio de la negrura, de la nada, en la que inmensa Tierra empieza a convertirse en poco más que una canica que se va empequeñeciendo poco a poco, saben que en ese punto azul del que se alejan siguen siendo miles y miles los que velan por la seguridad de su nave y de sus vidas, que les observan y tratan de anticiparse a lo que pasa. Aunque es imposible sentirse solo en medio de tanto espacio, al otro lado del interceptor hay un mundo de organizaciones y personas que, día y noche, sin descanso, se desvelan por ellos y por el cumplimiento de la misión. Solos están, pero no exactamente. Y lo saben.

Ante hechos de esta naturaleza, ante semejante ejemplo de sacrificio, entrega y cooperación, ¿dónde queda el vacío orgullo que contemplamos día a día, ese afán desmedido por presumir que nos inunda? A mi me toda esa tropa de triunfadores de pacotilla que no hacen sino alardear de la nada que hacen en cada momento, y que no piensan jamás en lo mucho que deben a los demás de sus méritos propios me dejan bastante frío, me desinspriran, si me permiten el palabro. Frente a ellos, Koch, Glover, Hansen y Wiseman son su reverso, son la cara real de un triunfo absoluto que, para nada, se baña en orgullo. Ojalá hubiera en este mundo algún astronauta más, algún científico más, y menos influencers, directivos, asesores y demás vendedores de humo.

viernes, abril 10, 2026

Artemisa II regresa a casa

Si consulto la web artemistracker a esta oscura hora de la mañana me indica que la nave Artemisa está a una distancia de su amerizaje de 169.960 kilómetros, acercándose a una velocidad de 1,6 kilómetros por segundo. Ha hecho ya prácticamente la mitad del recorrido que hay entre la Luna y la Tierra, y aún acelerará más a medida que caiga en el pozo gravitacional de nuestro planeta. Como supondrán, el frenado que va a sufrir en la atmósfera va a ser la última gran prueba de esta interesante, y muy exitosa, misión. Es el gran reto que queda por superar para que todo salga correctamente. 

La reentrada exige hacerse desde un ángulo muy preciso. A esa velocidad las capas de la atmósfera se comportan como una superficie dura y el grado de rozamiento es enorme. Cuenta la nave con un escudo térmico que absorberá la mayor parte del calor producido, pero que tendrá que resistir los, estimados, 3.000 grados que se alcanzarán, suficientes para fundir cualquier aleación metálica. El ángulo de entrada es fundamental, porque incidir sobre la atmósfera de manera muy plana puede generar un efecto rebote que saque a la nave de la trayectoria de entrada (siempre se pone el ejemplo de esa piedra que se lanza muy horizontal sobre el agua y no se hunde en ella, sino que rebota) y si se entra con demasiado ángulo el rozamiento se convierte en algo salvaje y la temperatura alcanzada evaporaría cualquier tipo de escudo. Pasar el trago de la entrada es, como indicaba, el último de los pasos de una misión que, en general, se puede calificar de éxito absoluto. En ella casi todo eran pruebas, test de una nave que, por primera vez, se lanzaba con tripulantes, de tal manera que todos los sistemas de soporte vital eran comprobados in situ, no en simuladores. La técnica y tecnología han funcionado correctamente en cada uno de los pasos de la misión, desde el despegue hasta el proceso de inyección translunar el recorrido de trayectoria libre que les ha permitido orbitar el satélite y las correcciones de trayectoria precisas para ajustarlo como es debido. El módulo de servicio, la parte cilíndrica inferior adosada a la nave, que contiene las reservas de combustible, motores principales y todo lo necesario para suministrar hábitat a Orion, ha respondido perfectamente a todos los requerimientos que se le han hecho, y será la última de las secciones del cohete principal que se volatilice, al contacto con la atmosfera, y no llegará a la Tierra. Sólo la Orion, ese segmento cónico en el que se encuentran los astronautas y los sistemas de control, comunicación y mando de la nave, logrará llegar a las aguas del Pacífico. Si todo va bien lo hará en torno a las 2 de la madrugada de mañana sábado, cerca de la costa de San Diego, en la baja California. Ya hay un buque esperando en las inmediaciones, presto para ir lo más deprisa posible hasta el punto exacto en el que la cápsula americe. Un conjunto de paracaídas serán los responsables de hacer que la bajada de la nave en el último tramo de la atmósfera sea suave, llegando al nivel del mar a una velocidad estimada de 30 kilómetros hora, provocando así un choque suave con el agua. Allí, los astronautas esperarán a que les llegue el barco de rescate. Sí, la Orion está diseñada para flotar dado que este es el método de aterrizaje previsto, aunque cierto es que hay un límite para el oleaje que puede aguantar. No hay previsión de temporal en esa zona del mar para la hora de la llegada, por lo que no se espera que la meteorología suponga peligro alguno. Los cuatro tripulantes están a menos de un día de volver, tras diez de intensa misión. 

Ha habido garrafales errores por parte de los medios de comunicación a la hora de relatar el desarrollo e hitos de la misión, pero el récord de distancia alcanzado, 406.771 kilómetros de la Tierra por parte de esta tripulación ya está en los libros de historia. Y, sobre todo, la belleza de las imágenes que han tomado, especialmente al realizar la órbita lunar, son el mayor de sus hitos. La vuelta de la esperanza en una carrera espacial tripulada que nos lleve más allá de nuestro mundo, la contemplación del infinito que es el espacio desde ahí fuera y, junto a ello, la gracia y fragilidad de nuestro enano planeta en medio de ese cosmos de profundidad indescriptible. Artemisa II habrá creado vocaciones de investigación y aventura. Y eso es un éxito que no se cómo se mide, pero sí que es de los mayores que se pueden lograr.

miércoles, abril 01, 2026

Artemisa II, volvemos a la Luna

Si no pasa nada raro, a las 00:24 de mañana 2 de abril, horario español, seis horas antes en Florida, la misión Artemisa II despegará de la plataforma de lanzamiento de Cabo Kennedy y emprenderá un viaje en el que los humanos, los cuatro tripulantes que se encuentran a bordo, llegarán hasta la Luna, en la primera misión tripulada que se manda a nuestro satélite desde el aterrizaje del Apollo XVII, en 1972. Han transcurrido cincuenta y cuatro años, más de medio siglo, en los que las misiones espaciales tripuladas no han pasado de la órbita baja, los cuatrocientos y poco kilómetros a los que se encuentra la Estación Espacial Internacional. Esto, y otras cosas, hacen a este vuelo algo histórico.

Si por lo que fuera hoy no se pudiera producir el lanzamiento hay varias ventanas para ello en estos primeros días de abril, posibilidades para que el cohete pueda salir y efectuar su misión. Por si lo están preguntando, no, no, no se va a producir un alunizaje, no se tocará el satélite. Tras entrar en órbita terrestre, la nave Artemisa II desarrollará algunas vueltas a nuestro planeta antes de encender sus motores para abandonar nuestra órbita y realizar la inyección translunar, esa maniobra en la que irá dejando la gravedad terrestre para ser, cada vez, más dependiente de la lunar. La idea es que llegue al satélite y realice lo que se llama una trayectoria de retorno libre, una vuelta a la Luna que le proporcione velocidad de escape para volver a caer hacia la gravedad terrestre, y de ahí a la inserción en nuestra órbita, penetración y amerizaje. Realmente la trayectoria de vuelo programada emula a la que, sin desearlo, hizo el Apollo XIII, el de la avería que casi deja a sus astronautas varados en tierra de nadie. Los cuatro tripulantes de Artemisa II verán la Luna, tanto su cara visible como la oculta, a una distancia algo superior a la que lo hicieron Lowell, Haise y Swigert, por lo que van a ser los humanos que más lejos van a estar de nuestro planeta en la historia, un mérito que ya es suyo. Estos cuatro astronautas, Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen van a tener mucho trabajo durante los aproximadamente diez días que se espera tenga su misión, porque esto, en el fondo, es un vuelo de pruebas, un vuelo en el que se van a testar todos los sistemas de la nave y capacidades, toda la tecnología que lleva para el trayecto, soporte vital, instrumentación, investigación, seguridad, etc. En el interior de Artemisa II el espacio no es muy grande, son cuatro personas en un habitáculo más o menos comparable a una furgoneta mediana, y con infinidad de sistemas para todos los usos imaginables. Los astronautas y el equipo de control de misión de Tierra van a ir testando en todo momento cada una de las opciones posibles con la idea de ver cómo funcionan, cómo se desarrollan de manera real, a cientos de miles de kilómetros, rutinas que estarán muy ensayadas en los simuladores, pero que ahora se ejecutan en el espacio, uno de los entornos más hostiles que imaginarse pueda, donde un error o problema puede acabar siendo un riesgo vital. De hecho el testeo empieza directamente con el lanzamiento, ya que es el segundo de este tipo de cohete, un cohete con una tecnología reciclada de la de los transbordadores, en algunos aspectos bastante superada por lo que ahora mismo SpaceX muestra día a día, pero que por ahora es el único capaz de poner una nave tripulada con todo lo que eso requiere de peso, en una misión de este tipo. Los astronautas no son cobayas, pero en cierto modo también son estudiados de esa manera, y cómo afronten el reto al que se enfrentan también va a ser muy interesante. La experiencia que se adquirió con las misiones lunares del Apollo está bastante perdida y lo que se sabe de las estancias en la Estación Espacial Internacional, mucho más amplias en tiempo pero menos agobiantes en espacio y distancia, no es exactamente comparable a lo que ahora les espera.

La idea de la NASA es que Artemisa IV sea la primera misión de este tipo en la que, en efecto, se vuelva a poner el pie sobre la superficie lunar, pero no nos hagamos tantas ilusiones. Ahora mismo el que sería el módulo lunar para llegar hasta la superficie del satélite aún no está construido, y efectuar el alunizaje es una maniobra de enorme complejidad, que además requiere otro tipo de movimientos en el espacio que aún no están testados. La prisa de la NASA por volver a la Luna viene, en parte, de los innegables progresos chinos y la sensación de que ellos lo van a intentar en un plazo máximo de cuatro años. EEUU planea lograrlo en dos. De momento, es necesario que Artemisa II funcione como la seda para que eso sueños puedan volver a darse.

Hoy subo a Elorrio y me cojo dos días de ocio. Nos leemos, salvo sorpresa, el miércoles 8. Pásenlo muy bien

miércoles, octubre 16, 2024

Éxitos espaciales con SpaceX

Este fin de semana y lunes han sido días importantes para la carrera espacial, tanto en lo que hace a la investigación avanzada como para el desarrollo de proyectos y, por qué no decirlo, ilusiones. El lunes despegaba, en un Falcon Heavy, la misión Europa Clipper, una enorme sonda que va a explorar esa luna de Júpiter. Tardará varios años en llegar allí, con varias asistencias gravitatorias de por medio, y su objetivo es analizar todo lo que pueda de ese satélite, acercándose mucho, buscando trazas de vida o restos de actividad orgánica en uno de los mundos más interesantes que tenemos en nuestras proximidades.

Pero lo que más revuelo mediático ha conseguido, y de manera justificada, es el último lanzamiento de la nave StarShip de la empresa SpaceX, del multimillonario Elon Musk. Ese enorme cohete está formado por dos partes, un lanzador que mide algo más de sesenta metros de altura, impulsado por treinta y dos motores raptor, y una nave adosada en parte superior, denominada así mismo StarShip (sí, todo el mundo se lía con el hecho de que la nave y el conjunto se llamen igual) de unos cincuenta metros de altura, que sería lo que se pondría en órbita de todo el conjunto, una vez que la primera fase la eleve hasta el punto en el que los motores de la nave le permitan alcanzar la posición deseada. En la prueba del domingo el objetivo era doble, colocar la nave en posición suborbital, ligeramente por encima de los doscientos kilómetros de altura, testando su comportamiento y la vuelta a la tierra, donde se preveía su amerizaje, destructivo o no (finalmente sí reventó una vez llegada al agua). El otro objetivo era el de recuperar la primera fase, el lanzador. SpaceX ha logrado, con los Falcon, convertir en rutina la asombrosa imagen de ver cómo la fase de lanzamiento de los cohetes no se destruye, sino que vuelve a la tierra, logra posarse en vertical en el punto deseado y, tras unas revisiones, puede volver a utilizarse, convirtiéndose así en una pieza de uso constante, lo que abarata de una manera tremenda los costes de cada lanzamiento. Antes la carga útil, el satélite o nave tripulada, que está en lo más alto del cohete y es lo más pequeño, era lo único que sobrevivía, quedando destruido todo lo demás. Era como si una furgoneta de reparto se volatilizara cada vez que un paquete llega a su destino, ruinoso. Las dimensiones del proyecto StarShip son gigantescas, porque es capaz de sitúa, agárrense, ciento cincuenta toneladas en órbita, algo apenas visto, pero su rentabilidad se basa en la recuperación, del propulsor, como en los Falcon. La idea de los ingenieros de la empresa es que esa primera fase retornara a la torre de lanzamiento y que quedase atrapada entre los brazos móviles de la inmensa construcción que Musk ha desarrollado en su base de Bocachica, en la frontera costera de Texas y Méjico. El del domingo era el primer intento real de recuperar un aparto de tales dimensiones, y desde la empresa y los expertos se señalaba que las probabilidades eran bajas, así que todos los que veíamos los acontecimientos en directo teníamos mucha ilusión, pero, también, temor a que sucediera algo. El contemplar como el propulsor bajaba a miles de kilómetros por hora era inquietante, pero algunos de los motores se rearrancaron cuando estaba previsto y la telemetría mostraba un intenso frenazo en la caída a medida que se aproximaba al complejo. A pocos cientos de metros de su destino la velocidad de caída se derrumbaba y, con una oscilación peligrosa pero no extrema, el propulsor se iba acercando a la torre con determinación. En pocos segundos la alcanzó, extendió unas aletas superiores, los brazos de la torre se cerraron y el enorme cilindro, de más de sesenta metros de largo, quedó colgado de las agarraderas situadas en lo más alto de la torre de lanzamiento. Los motores se apagaron y la euforia se desató en todo el mundo.

El domingo SpaceX prácticamente jubiló los sistemas de lanzamiento masivo que existen en el mundo, tanto los de la NASA como los de las agencias rusas y chinas, y mostró que está mucho más allá de todos ellos, tanto en precisión como, sobre todo, en rentabilidad. La posibilidad de que se puedan subir enormes cargas y grandes tripulaciones a la órbita con la frecuencia y coste a la que ahora mismo SpaceX realiza lanzamientos de satélites abre la puerta a posibles misiones en las que las estaciones espaciales orbitales lunares tipo Gateway o mismamente en la superficie de nuestro satélite, no son una quimera, sino algo técnica, y reitero, económicamente, viable. El domingo SpaceX revolucionó la carrera espacial.

viernes, septiembre 13, 2024

Vistas al mundo

Me da que es realmente imposible imaginarlo, pero bueno, hagamos un intento. Piense usted que está en un camarote, en esas buhardillas que en ocasiones coronan los edificios. Coloca una escalera apoyada en la claraboya de lo alto y comienza a subir los peldaños hasta que llega al cristal. Acciona la palanca correspondiente y el ventanal se abre, permitiéndole sacar hasta medio cuerpo por encima del tejado y pudiendo, desde allí, contemplar todo lo que la vista le permite alcanzar, hasta la línea de horizonte que se extiende al fondo. Y todo está bajo sus pies, todo está a su alcance, y tiene la sensación de volar sobre ello.

Algo similar sí lo hemos experimentado muchos desde lo alto de un edificio, de viviendas o de otro tipo, y puede llegar a ser embriagador. Ayer, Jared Isaacman y Sarah Gillis hicieron algo similar, con mucha parsimonia y procedimiento, pero desde una claraboya situada a setecientos kilómetros de altura sobre la superficie de la Tierra. En lo alto de la cápsula Dragon de la misión Polaris Dawn de SpaceX, él, millonario financiador del viaje, y ella, ingeniera del equipo de la empresa y formadora de astronautas, fueron las dos personas que más alto se han posicionado de fuera de su nave, en el espacio, desde las misiones lunares, ya que orbitaban casi trescientos kilómetros más arriba de lo que lo hace la Estación Espacial Internacional. El paseo espacial de ayer pasará la historia por muchas razones. Por la altura comentada, por ser el primero de carácter privado, por ser el primero que se desarrolla desde una empresa comercial, y no desde una agencia estatal, y por ser la primera vez que dos no astronautas, dos personas no dedicadas en su carrera y seleccionadas por agencias nacionales, realizan una maniobra de este tipo. La misión Polaris Dawn tenía dos principales objetivos, además de una serie de labores técnicas algo menos vendibles pero igualmente importantes. Uno era el paseo de ayer, que ha conseguido colarse en los informativos de todo el mundo tanto por el hecho en sí como por la enorme potencia estética de las imágenes logradas. El otro, conseguido el día anterior, fue el de alcanzar una altura sobre la Tierra de unos 1.700 kilómetros, de tal manera que los cuatro tripulantes de esa nave han sido los humanos que más lejos han viajado fuera de nuestro mundo desde los pasajeros del Apollo XVII, la última misión lunar, en 1972. De paso, y es significativo, dado que la misión es mixta, ellas han sido las dos mujeres que más lejos han viajado en el espacio en la historia, porque hasta ahora todas las astronautas lo han sido en órbita baja. La cantidad de marcas batidas en este viaje lo convierte en memorable, y en todo un exitazo para SpaceX, la empresa que lo ha desarrollado, otra de las que pertenece a Elon Musk, que vuelve a demostrar que en lo que hace a lanzamientos en órbita baja y a viajes tripulados en este contorno está en un estadio de desarrollo equivalente al de cualquier agencia estatal. Su programa de viajes tripulados ya es una seria competencia al de la propia NASA, y no digamos el mercado de lanzamientos de satélites, donde ostenta una posición de privilegio absoluto y, gracias a su tecnología de reutilizamiento, unos costes operativos mucho más bajos que los de cualquier otra empresa de la competencia. Simplemente, está más allá. La financiación de este vuelo correspondía al millonario Isaacman, el primero que ayer, enfundado en su traje, de diseño propio de la empresa, se asomó a contemplar el mundo, por lo que en este caso se da un matrimonio casi perfecto entre tecnología puntera y demanda de altísima gama, una de las combinaciones que puede hacer explotar la industria espacial y convertirla en lo que no ha llegado a ser nunca, rentable. SpaceX está rompiendo todo tipo de barreras en ese mundo.

Para los espaciotrastornados Musk está siendo el hombre capaz de volver a insuflar la llama de la ilusión, en medio de desesperantes retrasos en los programas tripulados y de investigación nacionales. Con una NASA de presupuestos menguantes y un proyecto como el SLS convertido en un sumidero de dinero sin fines claros, empieza a ser más probable que sea SpaceX o China quienes logren antes el objetivo de volver a poner un humano orbitando la Luna, y con serias posibilidades de que se pueda llegar nuevamente hasta su superficie. Volver sería el hito de nuestro tiempo. Ir más allá se me antoja, ahora mismo, imposible, pero la visión de Musk, y su inmensa fortuna, pueden ser el combustible perfecto para lograrlo. ¿Por qué no soñar?

viernes, enero 19, 2024

Fracaso de la misión lunar Peregrine

Cada lanzamiento espacial es un acto lleno de esperanzas y riesgos, sobre todo de estos últimos. Sigue siendo una tecnología algo precaria que se enfrenta a un entorno totalmente hostil en el que un fallo, uno sólo, puede ser el último. Lo que está logrando SpaceX al convertir en rutina lanzamientos con sus Falcon para colocar satélites en órbita baja, con una fiabilidad casi absoluta en todo el proceso hasta la recuperación de la primera fase es algo excepcional, y conviene no confiarse, porque el desastre puede estar siempre al acecho. Desde que el cohete se pone en marcha las cosas pueden torcerse mucho más de lo que uno imagina.

A principios de este año la NASA lanzó la misión Pregrine, uno de los frutos de su programa de colaboración con empresas privadas para crear misiones pequeñas, de coste controlado, destinadas a testar tecnologías y que, de paso, produzcan resultados científicos y de promoción de la carrera espacial. En este caso el objetivo era aterrizar un módulo en la Luna, uno pequeño, dotado de algún instrumental científico y óptico, e incluso un rover de juguete que pudiera salir y pasearse por ahí. La idea era demostrar la capacidad de llecgada al satélite y el proceso de alunizaje, que es muy difícil, y si todo iba bien, lanzar más sondas similares para que sirvan de utilidad al programa Artemisa, cuyo fin es volver a llevar humanos al satélite. La misión, lanzada con el nuevo cohete Vulcan de la empresa ULA, participada por Jeff Bezos, de Amazon, tenía cuatro fases críticas; el propio despegue y la inserción de la misión en órbita baja, la ignición de una fase posterior que llevase la sonda y equipamiento auxiliar a una trayectoria de contacto con la Luna, el frenado e inserción dentro de la órbita lunar y todo lo relacionado con la separación de la sonda de su nodriza auxiliar y el descenso a la superficie del satélite. Todas las misiones lunares son similares, y en las que hay componente tripulado se complica mucho más, entre otras cosas por el soporte vital necesario para mantener viva a la tripulación y luego hay que hacer una secuencia similar para el viaje de vuelta. En misiones no tripuladas al menos el viaje se acaba cuando se llega allí, cuando el objeto es ese. Recordemos que hace año y algo China consiguió el gran logro de una misión robótica de ida y vuelta que logró traer muestras hasta aquí en lo que, sin duda, fue un hito tecnológico de primera magnitud. Pues bien, el lanzamiento de Peregrine se desarrolló sin incidencias significativas y el cohete Vulcan realizó su trabajo correctamente, depositando el resto de la misión en la órbita baja. A partir de ahí, tras unas comprobaciones sobre el estado general de los sistemas, se debía dar paso a la segunda fase del vuelo, el abandono de la órbita baja y la inserción en una trayectoria de aproximación a la Luna, pero desde el control de la misión se empezaron a detectar anomalías, no en la sonda y su sistema auxiliar de alunizaje, sino en el encargado de realizar esa segunda maniobra. Se detectó una pequeña fuga de combustible en los tanques de propergoles, oxígeno e hidrógeno criogenizados, que son los que se queman en los cohetes para generar el impulso, y al poco tiempo la dimensión de la fuga resultó ser lo suficientemente severa para, con los cálculos correspondientes, determinar que no había el suficiente combustible como para llegar a la Luna. La misión ya no podía alcanzar su destino. Imagino carreras, nervios y preocupación en todo el equipo de trabajo ante un señor problemas. Se intentaron algunas cosas desde el control de Tierra, que son capaces de arreglar unos problemas, pero no todos, desde luego, y con el paso de las horas quedaba claro que no se podía hacer nada. Peregrine no iba a alcanzar nunca la Luna y toda su tecnología se iba a convertir en algo inservible.

Como la órbita en la que estaba colocado todo el complejo tras la primera fase se diseñó como meramente instrumental, un aparcamiento temporal previo a la segunda fase, es más baja que la de los satélites convencionales o la Estación Espacial, que están a unos 400 kilómetros de altura. Sin cohetes que le sirvan para mantenerse en ella, porque no estaba pensado que lo tuviera que hacer, el complejo Peregrine comenzó el proceso de decaimiento que le llevará los próximos días a una reentrada descontrolada en la que se chamuscará completamente al rozarse a muy alta velocidad con las capas bajas de la atmósfera. Todo se destruirá, y la misión se habrá perdido. El espacio puede ser tan bello como cruel.

martes, octubre 03, 2023

Nobel de medicina a las vacunas de ARN

Si recuerdan, durante el encierro del Covid, se decía por parte de no pocos que el mundo sería muy distinto tras aquello, que la sociedad y las ciudades cambiarían radicalmente, y bla bla bla. Superada la pandemia, apenas nadie recuerda a los fallecidos y los únicos restos visibles de aquello son algo de teletrabajo, la sobreabundancia de mochilas en el metro que golpean sin cesar a los que no las llevamos y más pagos con tarjeta que antes. Un impulso a la digitalización social que ya venía con fuerza y poco más, la verdad. Bueno, y la tecnología de ARN mensajero, el gran logro que permitió derrotar al Covid en tiempo récord y ha venido para quedarse.

Ayer, en un acto de justicia rápida, el comité Nobel otorgó el premio de medicina a Katalin Karikó y Drew Weissman, creadores de la tecnología que permite editar cadenas de ARN mensajero que pueden incorporarse a las células humanas para ser utilizadas con fines prediseñados. Esta tecnología, que es bastante reciente, no fue valorada en su momento ni por la comunidad científica ni por las empresas farmacéuticas, que la veían como una rareza. Para sus descubridores, en especial para Katalin, supuso un grave problema en su carrera profesional, que a punto estuvo de descarrilar al no contar con apoyos para desarrollar estas investigaciones, pero en un sorprendente giro del destino, apareció una nueva enfermedad, la Covid 19, y entonces se vio que lo que estos científicos habían desarrollado era una posible vía para combatir el virus. Creando la cadena de ARN a medida para replicar la espícula del virus y un envoltorio graseoso que fuera capaz de transportarla hasta el interior de las células humanas, era posible que estas células pudieran fabricar espículas en su interior, sin carga viral alguna, y así permitieran al sistema inmunitario detectarlas como anómalas y combatirlas sin la enfermedad asociada al virus del Covid. Se podía hacer que el cuerpo aprendiera a luchar contra la clave que permitía al virus acceder a nuestras células y atacarlas. ¿Y qué es eso? Sí, una vacuna. Las clásicas se basan en versiones atenuadas de los virus, que nos hacen pasarlo mal pero sin exageraciones, y sirven para que el sistema inmunitaria desarrolle defensas para cuando la versión libre del virus, más peligrosa, nos aborde y podamos hacerle frente. En este caso la técnica es muy distinta, revolucionaria, pero el efecto es el mismo, mostrar a nuestro sistema inmune lo que es un enemigo y entrenarlo para que lo ataque y así nos defienda. La simpleza del virus del Covid, frente a otros como el del SIDA, permitió a los laboratorios realizar la secuenciación de sus bases de ADN y proteínas a alta velocidad, y con esa información, laboratorios de todo el mundo se pusieron a trabajar a toda velocidad buscando el fármaco que nos salvase. Las empresas Moderna y Pfizer apostaron, con mucho riesgo, por esta tecnología de ARN de Karikó y Weissman sin tener nada claro cómo iba a funcionar, porque era la primera vez que se intentaba usarla ante una enfermedad real. Los resultados preliminares de las vacunas de este tipo, publicados en otoño del año 2020, cuando ya se elevaba la segunda ola de contagios en occidente, eran fabulosos, con efectividades del 95% en las pruebas realizadas, un grado de éxito muy superior al que se había alcanzado en cualquier otro tipo de experimento vacunal en sus primeros estadios. Tras conocerse esa noticia las bolsas de todo el mundo rebotaron con mucha fuerza, y ese día fue el del principio del final de la pandemia, porque por primera vez sí existía un remedio. Recordemos, no una fuente de inmunización, no, pero sí una manera de convertir lo que era un asesino con un porcentaje de letalidad elevado y sin cura en un proceso gripal de tasas de mortalidad muchísimo más reducidas. Esta vacuna disparaba las posibilidades de supervivencia, hundía los casos graves y permitía descongestionar los hospitales. Era casi un milagro…. Bueno, no, era ciencia básica aplicada con un resultado exitoso.

La tecnología de Karikó y Weismann ha salvado millones de vidas, imposible saber exactamente cuántas, ha permitido que la pesadilla del Covid se pasase en un par de años, logró devolver las economías a la vida y a nuestras sociedades a la normalidad normal, no a la tontería esa que se decía de la nueva normalidad. Gracias a ellos la pesadilla pandémica quedó atrás, y los que nos hemos inmunizado con sus vacunas, en mi caso triple Pfizer, les debemos mucho, y mucho más por el hecho de que nuestros mayores, pongo aquí a mi madre, se inmunizasen antes y fueran los primeros en pasar del miedo a la esperanza. Esa tecnología de ARN puede ofrecernos vacunas para males que ahora nos afligen a diario, pero ya nos ha salvado de un horror real. Millones de gracias a los premiados y a todos los que han hecho posible ese logro.

viernes, septiembre 15, 2023

Los extraterrestres no están aquí

Ayer la NASA dio una rueda de prensa que muchos esperaban con ansiedad. En ella, la Agencia norteamericana iba a exponer sus conclusiones sobre el fenómeno OVNI, que ahora se llama FANI, y algunos confiaban en la disección del cuerpo de un marciano delante de las cámaras. Con sensacionalismo a raudales emitido desde varios medios a lo largo de las últimas semanas, muchos se quedaron frustrados cuando la NASA anunció que, evidentemente, no hay constancia de extraterrestres, que la inmensa mayoría de los fenómenos con los que se les relaciona tienen explicación, y que son muy interesantes los que no pueden explicarse, pero eso no es indicio suficiente de nada. Seguirán investigando.

Sí, conspiranoicos del mundo y amantes de lo oculto, ya lo siento, la realidad es muy tozuda. No hay extraterrestres entre nosotros, aunque no pocas de las personas que pueblan el mundo se lo parezcan. Una cosa es que tengamos esperanza en que haya vida en otros mundos, cosa que estadísticamente puede ser probable dada la inmensidad del cosmos, otra es que esa vida se haya desarrollado hasta un grado de inteligencia que le permita salir de su hábitat natural y otra es que llegue hasta aquí, un lugar que no es nada en medio del infinito estrellado que nos rodea. Deben darse muchos muchos muchos pasos, todos ellos muy complicados, para que eso se produzca. Pasos que no conocemos cómo se dan. Sabemos lo que es la vida porque nosotros estamos vivos y nos rodean seres vivientes, pero no sabemos cómo surgió la vida en la Tierra, y sólo conocemos un tipo de vida, sólo uno. Todo somos estructuras de proteínas que se copian a través de la información contenida en una cadena de ADN que usa ARN como portadora para la lectura y composición de las cadenas proteicas, con la química del carbono como base. Todo es así. Plantas, animales, esporas, líquenes, lo eran los dinosaurios, e incluso lo son los que fabrican los argumentarios basura de Moncloa de cada día. Todo es así. Sólo conocemos un ejemplo de vida, por lo que ansiamos buscarla en otras partes, pero estamos constreñidos a la idea de vida que nos domina, y eso limita nuestras posibilidades de encontrar otra. Se han hallado restos de moléculas orgánicas en asteroides, lo que permite suponer que, bajo ciertas condiciones y tiempo, la química del carbono puede crear estructuras complejas como hidrocarburos o incluso aminoácidos, pero pasar de ahí a un ser vivo como una bacteria es un salto inmenso. Y que esa bacteria llegue hasta nosotros por sus propios medios… como mínimo muy difícil. Uno de los enormes problemas que se relacionan con el posible contacto con otras inteligencias extraterrestres, más allá de cómo comunicarse con ellas, es el de la distancia. La velocidad de la luz es un techo físico a la hora de desplazarse por el universo, y el mundo conocido es de una dimensión simplemente aplastante. Miles de millones de años luz de tamaño definen el universo conocido, siendo millones y millones de años la distancia que separa a las innumerables galaxias que existen. La probabilidad de que haya mundos con vida crece con ese exponencial crecimiento de planetas existentes, pero esa distancia condena a que las opciones de contacto sean prácticamente nulas. Hay una vieja historia en la que, mirando al cielo en una noche, un crío pregunta a su padre sobre si cree que estamos solos en el universo, y él le contesta que sí. Decepcionado, el crío repregunta Entonces, “¿No hay vida ahí fuera?” Y el padre contesta. “Sí que la hay, pero ellos también están solos”. Es muy probable que la posibilidad de que civilizaciones inteligentes capaces de salir de su mundo coincidan en el tiempo y en una distancia espacial tolerable sea nula, y eso condene a cada forma de vida interestelar a existir en la soledad de su mundo y, en algún momento, preguntarse si son ellos los únicos que miran el firmamento.

Carl Sagan, que era el maestro en todas estas cosas, y muchas más, estaba muy interesado en la exploración espacial como, también, vía para encontrar posibles trazas de vida exterior. Suyas son dos afirmaciones que deben estar siempre en nuestra mente en estos temas. Una, es que afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias. Unas luces raras en el cielo no demuestran nada. La otra es que la respuesta de si estamos solos en el universo sólo tiene dos posibles respuestas: Sí y no, y ambas son igualmente aterradoras.

martes, septiembre 05, 2023

En defensa de AEMET

Como aún nos quedan por ver muchas y aún más humillantes escenas del tipo de las que contemplamos ayer, con la vicepresidenta del gobierno rindiendo pleitesía al prófugo de Waterloo, vamos a hablar hoy de predicciones, incertidumbre y necedad política. Ahora me saltará alguno diciendo que lo de la política lo íbamos a dejar para otro día, pero estamos tan rodeados de necios que dicen gobernarnos, a todos los niveles, que es imposible escapar de su pegajoso influjo. Gracias a ellos AEMET ha sido la destinataria de numerosos insultos cuando ha hecho su trabajo lo mejor que ha podido, y con un grado de acierto muy muy alto.

Desde hace varios días los modelos meteorológicos señalaban que se iba a dar una DANA en las proximidades de la península, en las costas atlánticas, y que su área de influencia podía afectar a casi todo el país. Diferentes salidas de esos modelos iban perfilando el alcance y dimensión del fenómeno, y todos coincidían en que estábamos ante algo potencialmente grave. Sin embargo discrepaban sobre las zonas que podían ser más afectadas. Las DANAS son fenómenos complejos, lo que significa que se comportan de una manera cuasi impredecible, alterados por características tales como la orografía del terreno, que alteran mucho hacia donde pueden dirigirse. En su conjunto la meteorología es una ciencia en la que la complejidad es inmensa y su capacidad de predicción choca con las reglas matemáticas que impiden saber el rumbo cierto de un fenómeno que, por definición, no puede ser predicho. La tecnología y los medios han mejorado de una manera extraordinaria estos años y la precisión referida a la previsión meteorológica lo ha hecho en consonancia, pero es imposible encontrar la exactitud ahí, y más ante episodios bruscos que se salen del comportamiento normal esperado para la atmósfera en estas latitudes. Para el viernes noche sábado por la mañana los modelos consensuaban que la zona centro del país sería la más afectada por las lluvias, y la comunidad de Madrid y el norte de Castilla la Mancha recibirían el domingo, a partir del mediodía, lo más intenso del temporal. En consonancia, AEMET elevó las alertas en estas zonas al rojo y protección civil empezó a tomar medidas. El domingo se produjo el aviso a los móviles de la Comunidad de Madrid y se tomaron muchas medidas en la capital y en el resto de localidades de la región. Algunas salidas de los modelos ofrecían acumulados de precipitación superiores a los 100 litros por metro cuadrado en Madrid ciudad y cerca de los 200 en localidades del sur, cifras estas últimas que se consideraron como imposibles por muchos, no sólo porque jamás se había registrado algo así en esta región, sino por corresponder a acumulados propios de zonas de levante, en los que, entre otras cosas, la influencia directa del mar permite alcanzar registros tan salvajes. Y aquí el mar está lejos. A lo largo de la tarde del domingo llovió en Madrid y alrededores, menos de lo previsto en la capital, pero, desgraciadamente, se alcanzaron cotas históricas en municipios del sureste. Si uno consulta los datos del domingo 3 podrá ver los 202 litros en Fresnedilla de la Oliva, los 158 en Navalcarnero, 165 en San Lorenzo del Escorial…. Valores tremendos que son causantes de destrozos y desgracias como las que aún nos quedan por lamentar. ¿Cayeron cien litros en Madrid ciudad? No, pero sí a unos cincuenta kilómetros de distancia en línea recta. Por muy poco nos hemos librado de la desgracia en la capital. ¿Y qué han hecho muchos en vez de celebrarlo? Acusar a los meteorólogos de fallo de previsión, achacarles el haber tomado unas medidas que ahora consideran desproporcionadas pero que, al implantarlas, permitieron que los servicios de emergencia trabajasen más rápido y mejor donde hicieron falta.

La incultura y la desvergüenza se han hecho dueñas de gran parte de las declaraciones de unos políticos y gobernantes que son incapaces de cuadrar un presupuesto, que no logran que una obra acabe jamás en los plazos previstos, que atascan con burocracia insoportable y críptica cualquier trámite al que el ciudadano se enfrenta, pero que exigen que alguien les prevea con exactitud milimétrica si un fenómeno de una complejidad inabarcable como una DANA va a afectar a su portal o al de su segunda, tercera o cuarta residencia. En el caso concreto de Madrid, frente al comportamiento sensato y responsable de Ayuso, el alcalde Almeida se ha comportado como un patán que debe ser reprendido y debiera pedir excusas a todos los científicos del mundo.

viernes, septiembre 01, 2023

Un agosto lunar

Ya es septiembre. A lo largo del mes de agosto que acaba de concluir se han desarrollado dos importantes intentos espaciales de dos naciones con el mismo objetivo; conseguir alunizar en las proximidades del polo sur de nuestro satélite. Con apenas días de diferencia fueron lanzadas desde Rusia la misión Luna 25 y desde la India la Chandrayaan 3. La previsión era que casi coincidiesen en su momento de tomar tierra en el satélite y se llegó a suscitar una pequeña disputa diplomática entre ambas naciones sobre quién iba a ser el primero en hacerlo. La sonda incida partió antes pero su trayectoria era menos directa que la rusa. ¿Atasco selenita?.

La misión rusa era la primera que intentaba la agencia Roscosmos al satélite desde hace mucho tiempo, tras los éxitos acaecidos en la etapa soviética en lo que hace a la llegada de sondas robotizadas. Era un proyecto que ya sufrió algunos retrasos desde sus inicios, por causas variadas, entre las que también se encuentran las sanciones tecnológicas que vive aquella nación ya desde la invasión de Crimea en 2014. Era importante que Rusia lograse un éxito con esta misión, entendiendo como tal no tanto el rendimiento científico de la misma sino, directamente, el lograr llegar y aterrizar. Lamentablemente no ha sido así. Al parecer un fallo en la duración del encendido de una de las fases de aproximación provocó que al inicio de la cuarta semana de agosto se perdiera el contacto con la sonda, lo que se consideró como un síntoma grave. Finalmente Roscosmos hizo público al día siguiente lo que muchos temíamos. La aproximación había fallado y la sonda se había estrellado sobre la superficie lunar. El golpe a la industria espacial rusa es grave, deja el prestigio de la nación en ese campo en bastante mal estado y demuestra fallas internas en los procesos de producción, calidad y mantenimiento que hacen dudar de las capacidades futuras del programa espacial ruso. Tiene pinta de que siguen viviendo de los réditos de una tecnología soviética que, cada vez, está más forzada en sus límites. Tras el fracaso ruso todas las miradas se dirigieron a la misión india, una vez que se había terminado la infantil disputa sobre cuál de los dos llegaría antes. La de India era una misión algo más compleja que la rusa, con un módulo de aterrizaje que portaba instrumentación y un pequeño rover capaz de moverse en la superficie del satélite durante un “día lunar”, catorce días terrestres. Para el caso de India era el primer intento de alunizaje de su programa espacial, y en esto, en lo de la virginidad, compartía galones con naciones como Israel, Corea del Sur o Japón, que han logrado alcanzar órbita lunar pero no aterrizar de una pieza, por así decirlo. Tras unas horas tensas llenas de procedimientos y fases, la agencia india hizo públicas las primeras imágenes de la superficie del satélite tomadas desde el módulo de aterrizaje, posado ya sobre el regolito lunar, por lo que desde Delhi se festejó por todo lo alto, y con motivos, el éxito de la misión. India se acababa de convertir en el cuarto país del mundo que ha llegado a la superficie de la luna, tras la URSS, EEUU y China, entrando en un club muy selecto. El éxito de la tecnología india se ratificó posteriormente cuando, a los pocos días, pudimos ver las primeras imágenes del rover descendiendo de la rampa del módulo y posando sus pequeñas ruedas sobre el satélite. La escena, modesta, era un éxito completo para el programa espacial hindú y un chute de orgullo para una nación que sigue creciendo en el contexto internacional, justo en el año en el que, oficialmente, se ha convertido en la más poblada de la tierra. Ambas misiones, la fracasada y la exitosa, tenían el reto, frente a todas las anteriores, de ir a una zona de aterrizaje más complicada, la del polo sur, que exige una trayectoria orbital de entrada mucho más forzada. Por ello el mérito de lo logrado por los hindúes es aún mayor, y como tal debe reconocerse. Son los que más cerca han logrado situarse de cuantas misiones lunares ha habido del extremo sur de la Luna.

¿Por qué ese interés ahí? Varios estudios realizados por los satélites que estudian a la Luna han mostrado la posible presencia de trazas de agua y de isótopos de hidrógeno en cráteres que se encuentran en esa zona, y si puede haber agua es posible que una base permanente pueda ser construida en esa zona, porque el agua permite beber y fabricar combustible criogénico para cohetes, haciendo posible tanto la investigación como la explotación de los recursos mineros de la Luna, o poder convertirla en plataforma de lanzamiento y repostaje de futuras misiones a Marte. India ha dado un gran paso en una nueva carrera lunar en la que el interés científico se suma al comercial y monetario.

viernes, junio 16, 2023

Hay fósforo en los mares de Encélado

Las lunas de Júpiter y Saturno son un conjunto de cuerpos enorme, variado y muy muy interesante, de lo más que tenemos en nuestro sistema solar- El tamaño de los dos planetas y el enrome número de satélites que los rodean convierten a ambos conjuntos en cuasi sistemas solares en miniatura. Entre esos satélites hay cuerpos rocosos muertos como nuestra Luna, estéticamente interesantes, pero poco interesantes desde el punto de la astrobiología. Y también otros que son una incógnita, especialmente Europa, Titán y Encélado. Este último es uno de los planetas más asombrosos de los que tenemos conocimiento y toda una caja de sorpresas. Y brilla en el cielo como casi ninguno porque es una bola de hielo.

Bueno, bola, bola no. Encélado tiene una superficie formada por Hielo, un casquete que lo cubre en su totalidad, pero que muestra grietas y estructuras geológicas fruto de las tensiones que vive en su interior. Cada cierto tiempo se producen fracturas en esa cáscara helada y potentes géiseres se elevan al cielo, dejando escapar agua al espacio dado que el tamaño del planeta, 500 kilómetros de diámetro, le otorga una escasa gravedad. Varios estudios han demostrado que, bajo la cubierta de hielo que cubre el planeta, se encuentra encerrado un océano líquido que rodea el núcleo rocoso de ese mundo. El hecho de que el interior sea liquido se debe al calor que emana del núcleo y a las llamadas fuerzas de marea, que son las que se producen por el tirón gravitatorio que el gigante Saturno provoca en todos los satélites que orbitan en su entorno (Júpiter crea el mismo efecto en los suyos). Estas fuerzas estrujan, aprietan por un lado y luego por el otro, y provocan que la temperatura interior sea más alta que la exterior, sometida a un cruel espacio vacío sin atmósfera que pueda hacer de capa protectora. El saber que hay un océano de agua encerrado en Encélado, protegido de la radiación del espacio por el casquete de hielo, ha excitado la imaginación de los científicos de todo el mundo desde que se comprobó que esto es cierto. Un mundo acuático, a resguardo de los rayos cósmicos, y con una fuente de energía que le genera actividad es un conjunto de ingredientes tan fantástico que los deseos de que algo haya podido surgir en ese mundo son casi una constante entre la comunidad científica. Encélado ha sido observado por todas las sondas que han transitado por el vecindario joviano y saturniano, y fue la Cassini-Huygens la que logró, en 2017 acercarse mucho a este mundo y a Titán, otro de los prometedores. Las imágenes de Encélado de la Voyager2 mostraban un mundo blanco y con cráteres, las de Cassini-Huygens enseñaban las trazas y grietas de un casquete sometido a unas tensiones y dinámicas de lo más complejas, y se podían apreciar los géiseres que se encontraban activos en ese momento. La noticia que ha vuelto a poner a Encélado en los titulares de medio mundo esta semana es que un equipo de investigadores alemanes, explorando los datos que Cassini-Huygens logró transmitir en 2017, han conseguido probar que, entre los componentes que son expulsados por los géiseres que afloran en la superficie se encuentra el fósforo, y en altas concentraciones, en torno a un centenar de veces más de lo que se puede hallar en, ejem ejem, los océanos terrestres. Hay mucho fósforo en el mar encerrado que está bajo la superficie del planeta. ¿Y eso qué quiere decir? De momento no se sabe, pero una cosa es clara. La vida, tal y como la conocemos, deja unas trazas en el ambiente, unas marcas o señales que se buscan sin descanso por si se dan en otros mundos. La presencia de vapor de agua es una de ellas. Y sí, el fósforo también, porque es uno de los componentes esenciales de los compuestos orgánicos que se repiten sin fin entre los seres vivos de la Tierra.

¿Quiere decir esto que hay seres vivos en el océano de Encélado? Echemos el freno. Como decía el gran Carl Sagan, una gran afirmación requiere una gran evidencia. Lo que se ha encontrado es la prueba de que otro de los elementos necesarios para que se creen compuestos orgánicos, y uno importante, está allí, por lo que la probabilidad de que se hayan creado cadenas de moléculas como las aromáticas, proteicas o nucléicas crece. Eso quiere decir lo que quiere decir, que es mucho, pero la vida requiere muchísimo más, por lo que no podemos afirmar nada al respecto. Sí que Encélado es un mundo apasionante, prometedor, no está a años luz de distancia y que debiéramos plantear una misión muy seria de exploración, aterrizaje y perforación para saber qué es lo que hay allí.

viernes, abril 21, 2023

El primer vuelo de StarShip

La imagen de ayer puede resultar un poco confusa, pero así fue. Tras dar la sensación de que la nave había perdido el control, y empezaba a dar giros y cabeceos inesperados a unos 30 kilómetros de altura, los sistemas de autodestrucción se dispararon desde el centro de control de la misión y el StarShip estalló en el aire. Y una ovación de júbilo y aplausos se extendió entre los empleados de SpaceX, la empresa que lo ha construido y desarrollado, en lo que parecía la celebración del fin de la misión, o quizás el cumplimiento de algunas de las metas buscadas. En todo caso, escuchar aplausos mientras los restos caían se hacía raro.

Elon Musk, el millonario de moda, dueño de Tesla, Twitter y SpaceX, había puesto las expectativas muy bajas y creía que lograr despegar desde la torre de lanzamiento de Bocachica, Texas, ya era un éxito, y eso lo hizo perfectamente. La nave es una evolución de los sistemas Falcon que funcionan como un reloj a la hora de lanzar satélites y ser recuperados, lo que ha reventado ese mercado y convertido a SpaceX en el contratista necesario. El sistema StarShip se compone de dos partes. Una primera fase, cohete propulsor, un enorme cilindro de más de sesenta metros de altura que es, esencialmente, un depósito de oxígeno y metano líquidos, que sirven para alimentar la más de treintena de motores raptors que se ponen en marcha para levantar el conjunto. Esa fase debiera perder su sentido a unos 50 kilómetros de altura y ser capaz de volver a tierra para ser reutilizada, como sus hermanitos los Falcon. Sobre ella se sitúa la nave StarShip (sí, sí, es un lío, la nave y el conjunto nave mas fase de ascenso se llaman igual) que es lo que debiera, con sus propios motores, alcanzar la órbita terrestre y poder llegar a hacer misiones lunares y lo que fuera. Esa nave también es reutilizable, y está cubierta con losetas térmicas hexagonales para permitirle una reentrada en la atmósfera tras su misión espacial, técnica ya utilizada en el antiguo transbordador espacial. El conjunto mide algo más de 110 metros de altura, superior por poco a los míticos Apollo lunares, y desarrolla en su lanzamiento una potencia superior a cualquier cohete que haya existido nunca, SaturnoV incluido. Es un monstruo enorme, el mayor cohete jamás construido, y de ahí que la expectativa por todo lo que ha sido su desarrollo y este primer vuelo haya sido máxima. El plan para esta primera misión era modesto, pero intenso. Si todo salía bien el sistema se elevaría hasta los 50 kilómetros de altura, donde se separarían las fases. No se intentaría recuperar la primera y la nave, sin llegar a orbitar, acabaría estrellándose en las aguas del Pacífico sin haber completado un giro al planeta. Una especie de misión de demostración de la capacidad del lanzador y del planeo de reentrada de la nave, y primera prueba integrada de todas las piezas, sometidas a la máxima tensión de un despegue, el momento más peligroso, el que requiere más potencia y en el que el combustible lo llena todo y cualquier fallo puede ser explosivo. Si hacemos balance entre lo que se buscaba y lo conseguido, ¿la misión ha sido exitosa? Pues ya ven que hay argumentos para todo. Sí se ha demostrado que el conjunto lanzador nave puede despegar e intentar desarrollar su camino orbital, pero desde el principio se pudo ver que algunos de los motores del lanzador no se pusieron en marcha, lo que supone ya un desequilibrio en las fuerzas de empuje y el inicio de problemas para mantener la trayectoria prevista. La tecnología actual permite reorientar y modular la alimentación de los cohetes para que los empujes de unos y otros (o sus ausencias) se compensen y la trayectoria buscada se mantenga, pero todo tiene un límite y quizás lo que se pude ver ayer es que manejar ese enjambre de motores resulta mucho más complicado de lo que las simulaciones indicaban. Eso sí, el despegue de la torre fue tan apoteósico como se nos dijo que sería.

El equipo de SpaceX tiene mucho trabajo por delante, tanto para seguir construyendo propulsores y naves como para aprender de la prueba y corregir errores. Lanzar un cohete es un juego difícil y peligrosos, y que salga normalmente bien es algo a lo que no debiéramos acostumbrarnos. Cuando SpaceX dijo que sus cohetes Falcon serían recuperables a muchos les entró la risa, más cuando los primeros intentos se saldaron con fracasos estrepitosos. Ahora el sistema de recuperación de lanzadores ha logrado que algunos de ellos sean reutilizados hasta en diez ocasiones, dejando a todos asombrados y habiendo derrumbado el precio del lanzamiento. ¿Lograrán que StarShip llegue a la Luna y vuelva? Desde luego van a seguir intentándolo, y saben lo que tienen entre manos.

miércoles, diciembre 14, 2022

Avances en la fusión nuclear

Uno de los chistes clásicos del mundo científico, que se viene repitiendo más o menos desde los años sesenta, es que quedan veinte años para que podamos usar la fusión nuclear como fuente segura, limpia e infinita de energía. Esa expresión se reitera sin cesar y los veinte años avanzan desde el pasado hasta el futuro. Se suceden las inversiones y los experimentos, y la cosa sigue instalada en una promesa a la que no se llega. Ayer se hizo un anuncio importante relacionado con esta tecnología, que supone, cierto, el primer avance real registrado al respecto desde hace décadas, pero es el primero de un montón de pasos que quedan, sin que se sepa, ni mucho menos, cómo llevarlos a cabo. Alegría, sí, pero nada de ilusión.

La tecnología nuclear que dominamos es la de fisión, en la que un elemento se escinde, de manera natural o forzada, en otros, emitiendo energía en el proceso en forma de ondas de múltiples tipos, luz y calor. Centrales nucleares, bombas atómicas convencionales, radioterapia contra el cáncer…. Todo eso se basa en la fisión. Son elementos muy pesados, o isótopos de los mismos, que se transforman en elementos más ligeros. La fusión es otra cosa, se trata de que dos elementos muy ligeros se unan, idealmente dos átomos de hidrógeno en uno de helio, de tal manera que en esa fusión se libera energía, en una tasa mucho más alta que en el caso de la fisión. Es lo que sucede en el interior de las estrellas. La inimaginable presión de la gravedad, fruto de su propia masa, comprime los núcleos de tal manera que la fusión “arranca” cuando el tamaño del núcleo de condensación es lo suficientemente elevado. El encendido del horno nuclear genera una enorme presión hacia fuera y la estrella, en marcha, estabiliza sus presiones y así se queda hasta que el combustible se vaya agotando. Recrear algo así en nuestro mundo es un reto fascinante. Se han propuesto dos posibles tecnologías para ello; una es en la que se basa el reactor que se construye en Cadarache, Francia, dentro del proyecto internacional ITER. En este caso se calienta hasta alcanzar millones de grados el hidrógeno, hasta que se alcanza el estado de plasma, previo al de la posible fusión. Ese plasma se contiene en enormes campos magnéticos, dado que no hay material físico que lo soporte, y se trata de que el plasma “arranque” la fusión al alcanzar temperaturas disparatadas. La otra tecnología utiliza una diminuta pastilla de deuterio, un isótopo del hidrógeno, que es bombardeada por cientos de láseres de altísima frecuencia. La concentración de energía en ese punto minúsculo dispara la presión y temperatura en él hasta los millones de grados requeridos y se busca que se produzca el “arranque” antes comentado. Son dos vías distintas, una más inmensa en lo que hace a sus instalaciones, otra un poco menos, pero ambas carísimas y muy consumidoras de energía. Lo que anunció ayer el laboratorio norteamericano que desarrolla la segunda tecnología es que, por primera vez, el arrancado de la máquina ha generado más energía de la que ha consumido, por lo que, por primera vez, se puede decir que se ha conseguido generar energía vía fusión. Ese es el enorme logro. Y no es poco. Es un gran avance que, hasta ahora, sólo existía en los Power Points de los ingenieros y físicos que trabajan en estos proyectos. Pero tan ilusionante es celebrar lo conseguido como frustrante esperar que de aquí se abra la puerta a un mundo de energía limpia, gratuita y casi inagotable. No. El logro se ha dado una vez, en un laboratorio gigantesco, en una instalación científica como no hay otra, y bajo unas condiciones muy concretas. Ha sido un experimento que ha salido bien. Convertir esto en una tecnología práctica, escalable, rentable, utilizable, es un proceso que, vuelve el chiste, puede llevarnos fácilmente un par de décadas, por lo que es necesario borrar el entusiasmo que se vivía ayer en varios medios, sin duda agobiados por la factura energética de este invierno. No, la fusión no nos va a salvar de los precios caros provocados por la guerra de Ucrania. Lo hará, si lo logra, dentro de muchos muchos años.

Realmente los humanos sí hemos conseguido desarrollar reacciones de fusión nuclear en la tierra, y sabemos que son devastadoras. Las usamos como arma, y son las bombas termonucleares, los arsenales más destructivos que poseen potencias como EEUU o Rusia. En ese caso, la bomba atómica de fisión se usa para crear las condiciones de fusión en un instante dado, por lo que el proceso se da, y la energía resultante es devastadora. Las capacidades de destrucción de estas armas, diseñadas para borrar grandes ciudades del mapa son, simplemente, devastadoras. Queda mucho para poder domesticar este poder.

martes, diciembre 13, 2022

Ida y vuelta de Artemisa a la Luna

Cosas del espacio tiempo. Cuando el cohete gigantesco que transportaba la misión Artemisa despegaba de cabo Cañaveral, el gobierno desmentía rotundamente que fuera a aprobar reforma alguna del delito de malversación. Tres semanas después, con el amerizaje de la nave en las aguas del Pacífico californiano, el desgobierno ya había firmado la devaluación del delito a mayor gloria de los independentistas, dejando a los mariachis, que se dicen periodistas, que defienden a capa y espada las locuras del ejecutivo, más chamuscados que la plataforma de lanzamiento de la misión espacial. A veces es más peligrosa la despolítica que el espacio exterior.

Entre medias, además de la vergonzosa degeneración del gobierno, la NASA puede presumir de un éxito completo en una de las misiones más importantes de los últimos años, tanto por los esfuerzos a ella dedicados como los objetivos que se basaban en que todo fuera bien. El programa Artemisa nació gafado, heredero de intentonas previas, principalmente el Constellation, que fueron canceladas por su elevado presupuesto y falta de rumbo. Artemisa surgió como solución de compromiso para reciclar gran parte de la tecnología disponible, añadir nuevas piezas y reconfigurar unas misiones que tuvieran el atractivo de la Luna como objetivo declarado, con la ambición de Marte de fondo. El progresivo abandono al que va a ser sometida la Estación Espacial Internacional a medida que se acerca la fecha final de su vida útil, unida a la ruptura de la cooperación con Rusia, obligaba a EEUU a poseer un programa propio en el espacio, y la NASA, agencia pública, a desarrollar una iniciativa que le volviera a poner como líder, agobiada por el estrellato de SpaceX, iniciativa privada de Elon Musk que se ha quedado, en la práctica, con el mercado de lanzamiento de satélites (su tecnología de reutilización de cohetes es imbatible) y era el proveedor de naves tripuladas para llegar a la órbita baja. Artemisa, además, debía generar carga de trabajo para los diferentes contratistas y centros de pruebas que, asociados a la NASA, se ubican por toda la nación y emplean a miles de trabajadores. En este sentido, la carrera espacial es, en esencia, un enorme programa de inversión pública creadora de empleo y desarrollo en aquellos lugares donde las empresas involucradas se instalan. Una NASA sin proyecto ni presupuesto de respaldo son miles de despidos. Por eso la arquitectura de la misión recuerda mucho a las extintas Apollo, empezando por el diseño de la cápsula, y el lanzador le sonará familiar a los seguidores de las andanzas del transbordador, dado que se diseñó en base a mezclar sus motores con el depósito externo de combustible. En su primera misión, no tripulada, Artemisa debía probar que el nuevo proyecto es viable, que el lanzador funciona, que la sonda era capaz de llegar a la Luna y orbitarla de manera intensiva, que podía salir de esa órbita y entrar en trayectoria terrestre, que el escudo protector permitiera llevar a cabo la reentrada en nuestra atmósfera y que el amerizaje se hiciera sin riesgos ni entrada de agua en la nave. Y de paso miles y miles de testeos, telemetrías y todo tipo de secuencias de prueba para comprobar que la estructura de la misión es sólida. En el interior de la nave, capaz de albergar a cuatro personas, iban tres maniquíes que también debían ser fuente de datos para los futuros astronautas, de tal manera que aceleraciones, atmósferas, presión y demás parámetros que se midieran en el interior de la nave fueran compatibles con la vida. Si algo falla allí arriba las opciones de rescate son nulas y las posibilidades de arreglo, muy difíciles, como ya comprobó la misión del Apollo XIII. La sensación que ofrece Artemisa I, ya de vuelta, es que todas las pruebas se han superado con éxito y que todo ha salido tal y como se esperaba. La NASA se jugaba gran parte de su prestigio (y su viabilidad presupuestaria) en esta misión y, creo, puede estar tranquila y satisfecha. Está en condiciones de seguir adelante con el programa y solicitar fondos adicionales para ello.

Además de las barrabasadas de nuestro gobierno, la vuelta de Artemisa ha coincidido con el cincuenta aniversario de la llegada a la Luna de la misión Apollo XVII, la última que puso a un ser humano en el suelo de nuestro satélite. En el año en el que nacía éste que esto les escribe se acabó el sueño de la conquista de otros mundos. Desde entonces nadie ha vuelto allí, ni a una órbita superior a los más o menos 400 kilómetros a los que se encuentran las estaciones espaciales. Dudo que el plan de la NASA de que Artemisa sea la puerta de entrada al viaje marciano tenga algo de fundamento, pero sí es una misión viable para volver a nuestro satélite y plantearse un programa de investigación permanente en él. Felicidades, NASA, prueba superada.

viernes, diciembre 09, 2022

De charla con la Inteligencia Artificial

Una de las cosas que ha sucedido este año es la apertura de la Inteligencia Artificial (IA) al común de los usuarios de internet, el que haya sistemas de este tipo con los que cualquiera pueda interactuar y jugar. Los éxitos de las sucesivas versiones de Alpha (go, fold, etc) desarrollada por Deep Mind se quedaron en el mundo de quienes las habían contratado y el mortal sólo podía leer las consecuencias de esos desarrollos, pero no trabajar con ellos. Este año, la compañía OpenAI ha revolucionado la red con algunos de sus desarrollos, llevándonos a un lugar que se empieza a parecer a algunos escritos y películas de ciencia ficción.

El primer gran exitazo de Open AI ha sido Dall-E-2, un software que entiende lo que se le pide, en forma de texto escrito, y genera una imagen o conjunto de ellas que tienen relación con lo que el usuario busca. Dall-E-2 dibuja, pinta, colorea, crea de la nada una imagen que, empiezan aquí las dudas, muchos consideran arte. Algunas de sus creaciones son esperables, pero otras poseen un componente daliniano, por así llamarlo, que llaman mucho la atención. A lo largo del verano expertos, curiosos y cualquiera que tuviera relación con el mundo de la IA y el arte se quedaron asombrados con la imaginación y creatividad que mostraba el programa, sobre todo porque, como todo sistema de IA, esos conceptos le son ajenos. Tras las imágenes, ha venido el texto, y aquí si que Open AI ha triunfado en los medios. ChatGPT es un software de IA que se escribe con el usuario, en multitud de idiomas. Entiende las preguntas que se le hacen y contesta, elabora párrafos con sentido y crea frases que se pueden leer y tienen significado, y que se vinculan a lo que se le ha preguntado. Escribe también artículos sobre temas que el usuario le pida, pudiendo desarrollar un concepto, creando breves explicaciones de temas y de lo que sea. Desde hace unas semanas miles de usuarios de todo el mundo se han dado de alta en la web correspondiente y están lanzando preguntas y frases, y chatGPT las contesta al instante, creando la sensación de que es una inteligencia real la que se encuentra detrás de la web. La tecnología de este sistema no se basa en el descubrimiento de una forma alternativa de inteligencia a la nuestra, sino en la fuerza bruta. Los algoritmos de chatGPT, basados en redes neuronales profundas, han sido “entrenados” con miles, millones de páginas de texto (toda la Wikipedia, millones de libros, webs, etc) de tal manera que, ante una pregunta, que es una cadena de caracteres, el algoritmo busca la secuencia de caracteres que más probable ve que pueda ser adecuada. El chat no entiende el idioma en el que se le escribe, de hecho no tiene conciencia de qué es un idioma (empezando porque no tiene conciencia) pero sabe crear estructuras que se adaptan a las reglas de algo que nosotros llamamos idioma, ante estructuras y patrones similares, dando como resultado algo que nosotros podemos reconocer como idioma. La enorme capacidad de cómputo actual, el acceso masivo a datos, el óptimo diseño que van adquiriendo los algoritmos a medida que pasa el tiempo y la tecnología de redes neuronales, que no deja de mejorar, ofrece como resultado una emulación que, realmente, contesta a lo que se le pregunta, que es capaz de mantener un diálogo con un usuario humano y que, desde luego, da plenamente el pego de ser capaz de razonar, aunque no lo sea. Al ponerse en marcha el experimento y el acceso público al mismo las redes explotaron con comentarios de todo tipo, en las que los que escribían pegaban pantallazos de las preguntas hechas y respuestas obtenidas. En algunos casos se “pillaba” a la máquina, y se obtenía un texto con absurdeces, o clamorosos errores (chatGPT no sabe qué es verdad o mentira, y puede contestar falsedades) pero, en general, dominaba el asombro y, si me apuran, el nerviosismo de miles de humanos que, por primera vez, veían que el lenguaje humano era ya no sólo patrimonio de seres de carne y hueso como nosotros, sino también de máquinas. A más de uno esto les ha puesto nervioso.

¿Es esto inteligencia? Es difícil contestar a esta pregunta, dado que definir inteligencia es, en sí mismo, algo problemático, pero lo cierto es que si la simulación funciona y es capaz de obtener resultados aparentemente válidos ante miles de cuestiones, su validez es plena. No es inteligente, pero lo aparenta en ciertos aspectos, y eso ya es un avance. Bots de este tipo son comunes, como les señalaba, en referencias futuristas de todo tipo, y al enterarme de lo que hacía chat GPT no pude evitar pensar en la excelente película de Her, pero ese futuro ya está aquí. ¿Puede superar chatGPT el test de Turing? Puede que sea lo más cercano que conocemos que lo haga. Y dado que todo lo relacionado con estos bots no deja de avanzar, vamos a ver cosas asombrosas en este campo. Sí, habrá burbujas y patrañas, pero también realidades.

martes, septiembre 27, 2022

DART, primer ejercicio de defensa planetaria

Lo del asteroide es uno de los recursos más clásicos en las películas de ciencia ficción y, en general, permite adoptar tonos variados en la historia, que suelen ir desde lo espectacular aderezado con los rasgos que se impusieron en las películas de catástrofes de los años setenta a lo onírico, como ejercicio final de reflexión del destino vital y el absurdo del mundo. En la realidad los asteroides existen, diariamente impactamos con ellos, con los que poseen el tamaño de motas de polvo y poco más, y generan estrellas fugaces. De ahí en adelante el peligro es una mera cuestión de tamaño. Y a partir de unos cien metros de diámetro los riesgos son graves.

Por eso, el objetivo de la misión de la NASA que ha tenido lugar esta noche es tan interesante y, si me permiten el adjetivo, peliculero. DART, que es el acrónimo inglés que da nombre a la misión, es un experimento que trata de ver qué opciones tenemos de modificar la órbita de un objeto que sigue una trayectoria conocida y que, si se acercase a nuestro mundo, sería peligroso. Los científicos de la NASA intentaron buscar en el espacio los objetos más adecuados para ello, y los encontraron en un par de asteroides que orbitan uno en torno a otro en un sistema. Dimorfo, el asteroide pequeño, gira entorno a Didimo, el grande. La idea del experimento se parece a una partida de billar. Se estrella algo contra Domorfo que le cause una pérdida de velocidad y se estudia cómo la órbita del satélite se ve afectada. La teoría dice que, a menor velocidad, la órbita decaerá, es decir, Dimorfo se aproximará a Didimo, y lo que mida esa aproximación será el efecto del impacto. Para ello la sonda DART tenía dos componentes básicamente. Uno de ellos la propia sonda, con el peso relevante y unas cámaras y medidores que lograban mantener su posición y apuntar hacia Dimorfo, permitiéndonos ver cómo ese asteroide se iba convirtiendo, desde un píxel anodino en la pantalla a un objeto rugoso y enorme que lo llena todo. El experimento supone, claro, la destrucción absoluta de la sonda, por lo que llevaba una pequeña sonda acoplada que se suelta antes del impacto, y que será la responsable de medir el efecto del golpe. Respecto a las dimensiones, y aunque estamos hablando de objetos estelarmente pequeños, la cosa es interesante. Dimorfo tiene algo más de cien metros de diámetro, de forma irregular, y se le ha comparado en volumen con el Coliseo romano, o con uno de esos grandes estadios en los que se pegan patadas a un balón, si ustedes quieren. Didimos, el asteroide grande, es una roca de dimensiones montañosas, de unos setecientos metros de diámetro, también con forma no muy redondeada. Frente a ellos DART es una sonda del tamaño de un coche pequeñito, con apenas unos pocos cientos de kilos de peso. No se conoce en detalle la composición de los dos asteroides, pero se estima en miles, millones de toneladas, sus pesos, por lo que el impacto de DART contra el más pequeños, obviamente, no podría destruirlo ni nada por el estilo. Será la elevada velocidad de la sonda al impactar, algunas decenas de miles de kilómetros por hora, lo que le haya otorgado un gran momento y, por ello, efectividad. En el fondo se trata de una inmensa partida de billar cósmico en el que, el primer y gran éxito, es el de haber conseguido llegar hasta ese par de asteroides, en medio de la nada, y acertar en el golpe al que queríamos y en la forma deseada. Eso ya es en sí mismo un logro de enormes dimensiones. A partir de ahora, conseguido el objetivo principal, queda por ver si la misión ha sido exitosa, y se estima que así sería si se consigue alterar la órbita de Dimorfos en sólo un 1%. Parece una ridiculez, pero sería más que suficiente para, en caso de estar ante un riesgo de colisión real, salvarnos. Pese a lo que aparece en las películas, la mejor opción posible ante algo similar no es destruir el objeto que se aproxima, algo casi imposible, sino desviarlo lo suficiente y con la antelación debida para que pase de largo. Y porcentajes muy bajos de desvío pueden bastar para ello.

Sobre los posibles efectos de impactos de cuerpos similares en nuestro planeta, para que se hagan una idea. Un Dimorfos estrellado sobre nosotros volatilizaría una extensión similar a la de la Comunidad de Madrid o el País Vasco, y generaría un cráter de unos dos kilómetros de diámetro. Didimo sería ya, con menos de un kilómetro, un objeto capaz de causar una destrucción decenas de miles de kilómetros cuadrados y alteraciones en el clima global lo suficientemente significativas para considerarlo cataclismo. Los objetos de este tamaño que nos rodean están controlados, pero muchos más pequeños no, y pueden aparecer otros no catalogados que nos sorprendan. Y sí, DART puede ser mucho más útil que Bruce Willis en caso de problemas serios, aunque reconozco que, quizás, no tan molón.

martes, septiembre 06, 2022

Quinientos años de Elcano

Hoy, 6 de septiembre de 2022, se cumplen el quinientos aniversario de la llega de Elcano y un puñado de harapientos acompañantes a Sanlúcar de Barrameda, a bordo de la Victoria. Hacía tres años que una expedición, encabezada por Fernando de Magallanes, había partido de ese mismo lugar, en unos barcos que hoy en día da miedo ver, más imaginar, con el loco propósito de circunnavegar el mundo, demostrar que la Tierra es redonda y volver a ese mismo puerto por el lado contrario del que se partía. Visto en perspectiva, la audacia de aquella misión era tal como lo incierto de su cometido, teniendo en cuenta que, pese a que ya los griegos lo habían probado, casi nadie creía que la Tierra fuera esférica.

El viaje de Magallanes, fallecido en el entorno de las Filipinas, concluido por Elcano, es una odisea a la altura de las mayores gestas que se han dado en la historia humana. Reúne todos los ingredientes para llenar páginas y páginas de épica, emoción, aventura, miedo y sueños, y es, en definitiva, una de las grandes proezas humanas. El hecho de que la mortalidad de la expedición se acercase al 90% indica hasta qué punto era duro aquello, y también lo cerca que pudo estar de no haber concluido, porque el retorno desde Filipinas comandado por Elcano fue una sucesión de desgracias y pérdidas de tripulación que, por momentos, hacía ver el fracaso como el único puerto disponible. Ese viaje es una reescritura perfecta de la odisea homérica, con el agravante que el héroe clásico volvía a casa desandando el camino que presuntamente recorrió cuando partió de ella, rumbo a Troya. En el caso de la expedición de Magallanes, todo era un descubrimiento constante, porque no estaba claro ni si habría un paso que permitiera cruzar el continente americano por su extremo sur ni otro montón de cosas. El estrecho que ahora honra la memoria del navegante luso fue descubierto en ese intento de bordear las costas americanas, y resultó que había paso, pero pudiera ser que no, los mapas que los marinos llevaban en sus tartanas no recogían más allá de las costas orientales americanas, y algunas de las poblaciones que se encontraban a orillas del Pacífico, descubiertas por los aventureros y conquistadores españoles, que se habían adentrado tierra adentro y llegado al otro extremo del continente, pero el sur era lo que se denominaba “terra incognita” misterio, una zona en la que las líneas del mapa se desdibujaban y se convertían, literalmente, en nada. A cada milla que avanzaba la expedición descubría costas, territorios, moradores y paisajes, que nunca antes habían sido observados por europeo alguno. Es imposible hacerse a la idea de lo que eso puede suponer cuando ahora, en nuestros móviles, damos un par de pulsaciones a la pantalla y se nos despliega una vista satelital de todo el planeta con un grado de detalle y precisión que asumimos como normal, pero no lo es. Involucradas tanto la corona portuguesa como la española en la financiación de la aventura, el logro de lo conseguido es de ambas, y Elcano es el primero que puede colocar en su escudo nobiliario el “circumdederunt me” indicando que es el que ha conseguido darle la vuelta al mundo. La corona española fue rácana con los reconocimientos al marino de Getaria, creando la tradición hispana de ingratitud a los hijos que descubren, crean y conquistan, pero no ven reconocida su labor por las autoridades y los que en su tierra habitan. De tratase de otra nación europea Elcano tendría monumentos de talla ciclópea en ciudades y costas, avenidas enormes y su figura sería recordada con el boato que caracteriza a dichas naciones a la hora de recordar a sus hombres ilustres (y sí, también a sus indignos) Aquí no. Es probable que el mayor número de referencias que se den a la figura de Elcano sea en asadores y restaurantes de todo tipo, pero exceptuado el bautizo del buque escuela de la armada con su nombre, pocos son los homenajes y monumentos que recuerdan esta gesta. Hoy mismo, día del aniversario, el Gobierno Vasco ha decretado festivo, cosa que es de señalar como correcta, pero no creo que haya grandes actos en Madrid ni en otras ciudades, salvo probablemente en la citada Sanlúcar. Parece que nuestros políticos y dirigentes están más interesados en un teatral cara a cara que se va a producir por la tarde en el Senado que en rememorar la historia. Ya, de arreglar problemas de verdad, ni les cuento.

Ha habido algunas polémicas en estos últimos años entre el gobierno luso y español sobre cómo abordar el recuerdo de esta gesta, dado que ellos le dan más peso a la figura de Magallanes y nosotros a la de Elcano. Creo que es un error por parte de ambos países enzarzarse en discusiones absurdas ante un hecho que les trasciende completamente. Tripulaciones portuguesas y españolas, con financiación mixta, emprendieron uno de los viajes más alucinantes de la historia de la humanidad, demostraron lo que Eratóstones fue capaz de elucubrar muchos siglos antes con un par de palos de madera y cambiaron nuestra visión del mundo. El mérito es de todos ellos, de los que partieron, llegasen o no. Son héroes absolutos.

lunes, agosto 29, 2022

Artemisa I, volvemos a la Luna

Este año he cumplido cincuenta. Sí, muchos. Hace medio siglo, a finales de 1972, partió de Cabo Cañaveral el Apollo XVII, que alunizó en el diciembre de lo que sería mi primera Navidad. La misión, comandada por Eugene Cernan, fue la última del programa, que murió de éxito. Ganador de la carrera emprendida entre norteamericanos y rusos en medio de la guerra fría, el alunizaje de Armstrong dio el tanto a EEUU y, a partir de ahí, la sociedad y el gobierno miraron para otro lado, dejando de sufragar los inmensos costes del programa. El trabajo científico de aquella aventura, que siempre fue lo de menos, se cortó abruptamente, y nadie más ha vuelto a nuestro satélite desde entonces. Nadie.

Por eso el día de hoy están especial. La NASA, sumida en constantes agobios presupuestarios y de objetivos desde hace bastante tiempo, se dispone hoy a iniciar lo que puede ser el segundo intento real de llevar a la humanidad a la Luna. El programa Artemisa, sustituto del Constellation, que fue revocado por Obama, tiene como objetivo volver al satélite, que esta vez una mujer forme parte de la tripulación que alunice, y que esa llegada no sea un mero hecho puntual, sino el principio de un programa de asentamientos, construyendo una base permanente en nuestro satélite. Como mínimo un programa ambicioso, lleno de riesgos y que requiere un presupuesto sostenido y una visión de largo plazo en todas las decisiones que puedan ser tomadas tanto por parte de los administradores de NASA como, sobre todo, por los dirigentes políticos norteamericanos, que son quienes dotan de presupuesto a la entidad. Como todo camino empieza por un paso, hoy se dará uno, y muy relevante. La misión Artemisa I despegará, en el primer intento de los posibles, a eso de las 14:33 hora española desde Florida, seis horas antes en el horario de la costa este de EEUU. Ya les aviso que es tanto una misión de prueba como un viaje no tripulado. No hay persona alguna a bordo del enorme cohete que despunta en la rampa de lanzamiento. La arquitectura de la nave y de la misión es heredera tanto del programa Apollo como del antiguo de los transbordadores, por lo que veremos una estética que es una fusión de ambos, con un gran segmento central con la espuma naranja y los cohetes auxiliares que se parecen mucho a los que usaba el shuttle, pero en grande, mucho más grande, y luego, sin tener nada adosado, una segunda fase sobre la que se eleva el pico del cohete, en el que se encuentra el módulo de mando, la nave propiamente dicha, y el módulo de servicio, que es el que le proporciona energía, suministros y demás. Capaz de albergar hasta un máximo de cinco tripulantes, la nave despegará hoy con tres maniquíes completamente monitorizados, que harán de pasajeros, en un vuelo programado para una duración superior al mes, en el que se tratará de alcanzar la órbita terrestre, escapar rumbo a la Luan, llegar allí y realizar varios vuelos en torno al satélite, muy excéntricos, en los que tras aproximaciones cercanas la órbita se alejará notablemente del satélite. En todo ese tiempo la nave y los equipos de tierra recibirán información muy valiosa tanto de las zonas posibles de aterrizaje como del funcionamiento de todos los sistemas de abordo. Tras los pasos lunares, Artemisa abandonará el satélite y se dirigirá de vuelta a la Tierra, en una reentrada que pondrá a prueba su escudo térmico y la integridad de la cápsula más que el propio despegue, cayendo en el Pacífico como lo hacían las Apollo. En cada momento de la misión existen un montón de pasos, pruebas programadas, test y verificaciones que deben ser superadas, y que también pueden dar fallos de todo tipo, por lo que este vuelo al que nos enfrentamos es una gran prueba, un demostrador real de la tecnología de ascensión, orbitaje, y demás necesidades de vuelos futuros. Si sale todo bien, Artemisa II ya contará con tripulación humana, y la misión III ya puede plantearse como “alunizable”.

Los riesgos de que algo falle son enormes, desde luego, y la tensión máxima. El despegue va a forzar a un cohete inédito en su diseño, que ha sido testado por partes pero nunca en su integridad, y que dadas sus dimensiones, es en conjunto más potente que los Apollo, pone sobre la plataforma de lanzamiento toneladas, energía y salvajismo en su grado sumo. Millones de ojos estarán puestos hoy en Florida ante un test en el que la tecnología norteamericana se la juega mucho, y la ilusión de tantos toma forma nuevamente. Ojalá todo vaya bien y, en medio de tantas incertidumbres y crisis como nos rodean, el espacio nos vuelva a proporcionar esperanza

jueves, julio 14, 2022

El James Webb y la belleza

El telescopio espacial James Webb funciona. Estas seis palabras esconden casi un milagro que se extiende a lo largo de más de dos décadas de diseño, financiación, experimentación, cambios, correcciones, errores, soluciones, más presupuesto, problemas, nervios y esperanzas. Todo en la construcción de esa joya de la ciencia y la técnica ha sido una carrera de obstáculos que, en cada momento, parecía que iba a lograr descarrilar el proyecto. Sólo el proceso de lanzamiento, que desde un principio condicionó la estructura y forma del propio dispositivo, fue una de las cosas más tensas que se ha vivido en la carrera espacial reciento. Salió bien.

Diseñado como el sucesor del Hubble, el James Webb es un telescopio de infrarrojos de tecnología, dimensiones y capacidades que van mucho más allá de lo que era capaz el afamado telescopio Hubble. Enorme tanto en su espejo primario, con más de seis metros de diámetro frente a los poco más de dos del antecesor, constituido por hexágonos que se ajustan para cubrir la superficie buscada, es mucho más grande que cualquier otro instrumento científico lanzado al espacio anteriormente, y está muy lejos. Frente al Hubble, que orbita en zona baja, el Webb está en el punto de Lagrange 2 del sistema Tierra Sol, a más o menos un millón y medio de kilómetros de la Luna, en el extremo de la línea que formaría el Sol, la Tierra y el telescopio. Allí, bajo unas condiciones de temperatura extrema que oscilan en función de la radiación que reciba, y bajo un muy aparatoso manto que busca no sujetar el telescopio, sino amortiguar precisamente esos cambios de temperatura para que el instrumental no los sienta, el universo entero se despliega ante él y se ofrece para ser visto como nunca antes. Las enormes dimensiones del telescopio y su suporte impedían que, en su formato original, fuera lanzado por ningún tipo de nave espacial existente. Es por ello que el diseño de todo el complejo se tuvo que realizar previendo que iba a ser plegado, como una especie de origami japonés, para luego, ya en el espacio, desplegarse y adoptar la forma y configuración prevista. Esto disparó los costes del proyecto, su complejidad y los riesgos. En Tierra, una vez que uno diseñaba algo que se pudiera doblar para que entrase en la cofia del cohete, era relativamente sencillo plegarlo y doblarlo, pero el proceso de despliegue se debía realizar fuera, en el espacio, sin asistencia alguna, de manera totalmente automatizada, paso a paso, y cada uno de esos pasos era un riesgo enorme. Si uno de ellos fallaba las posibilidades de que todo el sistema fuera incapaz de terminar su despliegue eran muy elevadas. Creo que eran cerca de cuatrocientos los procesos de despliegue que iban a tener lugar una vez efectuado el lanzamiento y puesto en su órbita inicial. El proceso mismo del lanzamiento era de un peligro extremo. Unido al riesgo que siempre se da al poner en marcha un cohete, que es una herramienta bastante bárbara una vez que está todo encendido, se unían las vibraciones y esfuerzos que el paquete, plegado, iba a soportar durante el tiempo de ascenso. Los satélites que se lanzan se testan en cámaras en tierra en las que, entre otras muchas pruebas se les somete a zarandeos y agitaciones bruscas para ver cómo responden a las múltiples fuerzas G que van a sufrir en el momento del despegue. De nada sirve que la tecnología de comunicación que en ellos se monta funcione en el hostil entorno espacial si alguna de las piezas se rompe cuando, a 7 u 8 G, la tensión estructural en la cofia, empuja a todo como si estuviera en el centrifugado de la lavadora. Pues bien, el pánico con el que los miles y miles de personas que han trabajado en el telescopio contemplaron el lanzamiento, a cargo de una Arianne de la ESA desde la Guayana y el posterior proceso de despliegue concluyó en alivio. Todo había salido bien.

Esta semana la NASA ha mostrado las primeras imágenes tomadas por el Webb, escenas que muestran campos de galaxias, nubes de polvo de las que pueden surgir nuevas estrellas y otra serie de fenómenos cósmicos. Pero, por encima de todo, el Webb nos ha mostrado belleza, pura belleza. Más allá de la ciencia que se va a poder desarrollar con las capacidades de este instrumento, algunas de ellas todavía en pruebas y ajustándose, lo que el Webb va a reafirmar, como lo hizo el Hubble en su momento, o el más modesto telescopio que uno puede echarse al ojo, es la inmensidad, en dimensión y belleza, de lo que nos rodea, del Universo que nos acoge como especie viva en uno de sus innumerables planetas. Además de mucha mucha ciencia, el Webb nos lleva, como no, al mundo de la filosofía. No me digan que no es fantástico.

viernes, mayo 13, 2022

El agujero negro galáctico

Aunque el título que he escogido para el artículo de hoy se puede aplicar casi en extenso a cualquier campo de la actualidad en la que vivimos, me quiero referir a un agujero negro real, de los que hay en el espacio exterior. Ayer se hicieron públicas las imágenes que demuestran la existencia del que se suponía que estaba en el centro de nuestra galaxia, y ahí lo tienen, con una forma de donut, o de rosquilla de San Isidro si quieren hacer homenaje a las fiestas locales, brillando en medio de la oscuridad. Las pruebas indirectas de la existencia de ese objeto eran muchas, pero hasta ahora había sido imposible observarlo. Desde hoy conocemos el aspecto de lo que se encuentra en el corazón de nuestra galaxia, esa que llamamos Vía Láctea.

Bueno, realmente la imagen tiene trampa. No podemos ver un agujero negro porque, por su propia definición, es invisible. Los agujeros negros son uno de los infinitos frutos que dio la teoría de la relatividad de Einstein, y se encuentran entre los más extraños. Las ecuaciones que describen el comportamiento de la materia en el espacio tiempo relativista permitían suponer que llegado un momento en el que se diera la suficiente concentración de masa en un espacio suficientemente pequeño la gravedad podría ser tan intensa que nada escaparía de ella. Realmente seguimos sin saber qué es la gravedad, pero funciona, y la mejor manera de entenderla es, por ejemplo, pensar en el espacio tiempo como una sábana sostenida en horizontal, como la tela que ponen los bomberos para sostener al que se cae al vacío. Si uno pone un peso en el centro de esa tela el tejido se deforma rodeándolo y cualquier cosa que pongamos en las cercanías del objeto, sobre la tela, “caerá” hacia él, acelerando a medida que se acerca al mismo, allí donde la pendiente de la tela es mayor. Lo que hemos tirado a la tela es “atraído” por el objeto que se encuentra en la mitad de la misma. Vemos a la gravedad en funcionamiento, o algo que es muy parecido. ¿Qué ocurre si ponemos cada vez más peso en medio de la tela? Ese peso cada vez estará más profundo y la pendiente de la tela será mayor, por lo que los objetos que le acercamos cada vez caen con mayor velocidad. La fuerza de atracción crece, la gravedad aumenta. Si queremos sacar algo del pozo que creamos cada vez nos cuesta más a medida que ese pozo se profundiza. ¿Un pozo infinito lo absorbe todo? El resultado de las ecuaciones dice que sí, y eso desconcertó a los científicos en su momento, porque si hasta la luz, según el gran Albert, es incapaz de salir de ese pozo infinito ni veremos el agujero ni sabremos que existe. Llamar agujero negro a este objeto físico es un gran logro científico, porque describe bastante bien lo que resulta ser, pero también poético, porque encierra tanta ciencia como misterio y arte. Realmente los agujeros negros han podido ser descubiertos por los efectos que crean a su alrededor, no por su mera existencia, porque como ya es sabido y comentado, la luz no puede escapar de ellos, y sin luz nada se ve. Podemos alcanzar a ver el llamado horizonte de sucesos, que es la frontera en la que la materia que allí se encuentra no cae por el agujero, digamos que la barandilla que separa el mirador del abismo, pero más allá no hay manera de ver o saber, es lo que se denomina una singularidad. Coja uno y divídalo entre ceo, y se encontrará no con un problema de matemáticas, sino de filosofía. A esa división le otorgamos un valor de infinito por convención, pero salimos deprisa de ese asunto porque nos pone algo nerviosos. Lo que vemos en esa imagen, en el centro de ese donut san isidrero, es la plasmación real del concepto de infinito en el mundo de la cosmología, allí donde la gravedad es tan absurdamente alta que nada escapa. Nada. Nada.

Esta imagen, como casi cualquier descubrimiento científico en la era de la complejidad en la que vivimos, es fruto de un enorme trabajo de cooperación internacional entre científicos, investigadores, técnicos, profesionales de todo tipo e instalaciones repartidas por todo el mundo. Colaborando y con paciencia, la ciencia avanza y hoy, en 2022, vuelve a demostrar que lo que se le ocurrió a Albert Einstein en su cabeza, y plasmó en un papel con un lápiz, es una realidad que corona nuestra galaxia, y que lejos de ser algo anecdótico, los agujeros negros pueden llegar a ser algo bastante común en el universo. Basta uno para propagar un bulo irracional, muchos son necesarios para comprobar la veracidad de las afirmaciones científicas. Es paradójico, pero ahí está el poder del conocimiento.