Hoy es 11 de septiembre, vigésimo cuarto aniversario de la destrucción de las Torres Gemelas del WTC de Nueva York en los sádicos atentados terroristas que también impactaron en Washington y dejaron un avión destruido en Pensilvania. En un mundo como el nuestro de ahora, de violencia creciente entre estados, de sectarismo y polarización, este día debiera obligarnos a recordar que la acción del mal, planificado, de manera inteligente, es capaz de destruir muchas de las cosas que consideramos permanentes o eternas. Sea el recuerdo de hoy a las más de dos mil víctimas de aquellos hechos atroces y, por extensión, a todas las víctimas del terrorismo que en el mundo hay, y a sus familiares y allegados, que sufren su pérdida.
jueves, septiembre 11, 2025
miércoles, septiembre 11, 2024
11S, veintitrés años después
Hoy es 11 de septiembre, se cumplen veintitrés años desde el salvaje atentado de las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono. Miles de personas fueron asesinadas en un instante y los iconos de una ciudad y un tiempo desaparecieron en un instante, gracias a la planificada acción de unas inteligencias humanas, como la suya o la mía, no ajenas a nuestro mundo. Hoy es un día de recuerdo a todas esas víctimas, y las causadas por el terrorismo en el mundo, y de repudio a los causantes de semejantes atrocidades, de rechazo frontal a sus cómplices, de mostrar con quién estamos, si con las víctimas o con sus asesinos. Ayer y hoy, en Nueva York, aquí y en cualquier otra parte del mundo.
lunes, septiembre 11, 2023
11 de septiembre
Hoy es 11 de septiembre. Se cumplen veintidós años desde el sádico atentado islamista que conmocionó al mundo en 2001. El fanatismo, en este caso yihadista, asesinó a miles de personas en Manhattan y destruyó las Torres Gemelas del World Trade Center usando como armas aviones cargados de pasajeros y combustible. Logos máximos de la tecnología empleados para arrasar iconos diseñados con ansias de perdurar, miles de vidas perdidas en una mañana aciaga. Sea hoy un día de recuerdo para ellas y sus familiares, y de homenaje a todas las víctimas que el terror ciego, el que es capaz de surgir sólo en una mente humana, ha creado y crea a lo largo del mundo.
lunes, septiembre 13, 2021
Estados Desunidos
Sobria, formal, seria, la ceremonia de conmemoración del vigésimo aniversario de los atentados del 11S repitió los rituales que ya se han consolidado a lo largo de todos estos años, revestidos esta vez de una mayor solemnidad, presencia de figuras presidenciales casi absoluta y, desde luego, la sensación de amargura de lo sucedido apenas tres semanas antes en Afganistán, donde acabó de una manera lamentable la misión que comenzó hace veinte años con motivo de los sádicos atentados de Bin Laden. En las ceremonias de este año se cruzaban ambos sucesos de manera inevitable, y es imposible que no fuera así, porque el uno se deriva del otro. Quizás fuera en el acto del Pentágono en el que dominase la sensación de fracaso y en el de Nueva York el de duelo, no lo se.
Una constante que ha estado presente en todos los discursos oficiales de estos días, muy escuetos, ha sido la llamada de unidad a la nación para afrontar el recuerdo de lo pasado y los retos futuros, y ya se sabe que si algo se implora es que de ello se carece, si se pide es porque falta. Tras dos décadas, la gran novedad que presenta EEUU en su seno, frente al país que comenzaba el tercer milenio, antes y después del ataque, es la de la desunión en su seno. Pocas naciones tienen tan interiorizado entre sus ciudadanos el de la pertenencia a la misma, el orgullo del patriotismo y la consideración de lo que allí llaman el destino manifiesto, una especie de capacidad para sobreponerse a la adversidad y hacer de la voluntad del país una guía para el resto del mundo. Extender los valores en los que se asienta EEUU es una meta que anida en aquella ciudadanía, y su actuación conjunta es su mayor fortaleza. Sí, siempre han existido allí visiones contrapuestas de cómo organizar su sociedad, luchas ideológicas y partidistas, es imposible que eso no se de una sociedad libre y sana (lo contrario es la unanimidad de las dictaduras) pero esas divisiones no afectaban al núcleo profundo de la esencia del país y al respecto y defensa de sus instituciones. Eso ya no es así. Desde hace varios años, puede que incluso antes del 11S, un movimiento ha ido surgiendo en aquella nación que discrepa profundamente del carácter del país y lo considera extraviado, perdido, alejado de sus esencias. Los años de la guerra contra el terrorismo y, especialmente, la crisis de 2008, abrieron una brecha entre capas sociales, orígenes y creencias, y en 2016 la llegada de Trump al poder, con su histrionismo, formas e ideas fue el reflejo de esa división, que sigue ahondándose. Ahora mismo EEUU se mantiene como el gran país del mundo, la gran potencia en todos los aspectos, pero tiene dos flancos que amenazan su estatus futuro y su posición preminente. Uno, externo, es China, enorme rival que puede llegar a igualarlo en lo económico. China representa un reto formidable, y nadie sabe cómo será la evolución de esa rivalidad, pero no es novedoso en el sentido de que ya antes EEUU ha tenido otros rivales potenciales en su hegemonía global (la Alemania nazi o la URSS, principalmente). El segundo flanco, que es el novedoso, es el de esa división interna que antes señalaba, ese enfrentamiento que ha surgido en el seno del país, y que amenaza con dividir a la sociedad en dos bandos irreconciliables, haciendo que el país se debilite más. Quizás a los españoles esto no nos suena a nuevo, dado que nuestro país es el perfecto ejemplo de una sociedad partida que avanza a trompicones y poniéndose zancadillas sin cesar, lo que en parte es causa de que nuestros problemas no dejen de solucionarse. Por usar un símil desagradable (ya lo aviso) es como si caminásemos con una pierna herida, necrosada (escoja usted si la izquierda o derecha en función del extremismo ideológico que quiera practicar) y eso, claro, te impide correr como lo hacen otros. Lo único positivo de nuestra situación es que nos hemos acostumbrado a este mal, algo anómalo, y convivimos con él.
En EEUU esta situación es nueva, el país no la ha vivido antes y debe aprender a convivir con ese problema, y eso le va a costar esfuerzos, tiempo, recursos y dolores. La polarización, agudizada en tiempos de redes de histeria social, no ayuda en lo más mínimo. El hecho de que Trump no estuviera en las ceremonias oficiales del 11S revela lo que él, y sus muchos seguidores o creyentes, opinan del mundo en el que viven. El hecho de que Bush haya realizado declaraciones en las que admite que su presidencia erró y que la necesidad de unidad y reconciliación es necesaria muestra que parte de la sociedad de aquel país desea reunirse. Si lo lograrán, cuándo y cómo, es algo que aún no hay manera de saber.
viernes, septiembre 10, 2021
11S, veinte años después
Mañana se cumplirá el vigésimo aniversario de los sádicos atentados terroristas de Nueva York y Washington, que destruyeron las Torres Gemelas del World Trade Center, causaron miles de muertos y una conmoción internacional cuyo eco aún retumba en nuestro tiempo. Será un día de homenaje a las víctimas de esa masacre, de recuerdo a los suyos y a los miles que trabajaron en su salvación, no pocos de ellos fallecidos por respirar el tóxico humo que se generó en el incendio y colapso de aquellos gigantes. En su lugar, ahora, hay dos huecos en los que cae agua que cubren el espacio de lo que fueron los edificios, pero sobre todo reflejan el vacío que aquella jornada generó en tantos y tantos en todo el mundo.
Este aniversario va a ser especial porque se produce apenas unos días después del fin de la retirada norteamericana de Afganistán, retirada que puede ser sustituida como sustantivo por derrota. EEUU declaró la guerra a esa nación por ser la que alojaba a Bin Laden, organizador del infame atentado, y tras veinte años de ocupación militar sobre el terreno, los talibanes celebrarán mañana la inauguración de su nuevo régimen de opresión, una especie de versión 2.0 del que existía en ese recóndito país el día en el que las torres fueron derribadas. Dice el bolero que veinte años no son nada, y esa es exactamente la sensación que cunde entre no pocos al ver como los esfuerzos que se concitaron tras la masacre apenas se ha traducido en nada. Los que apoyaron ese atentado siguen al mando de sus naciones, los que lo organizaron y promovieron ya están muertos, empezando por el propio Bin Laden, que yace en el fondo del Índico, en un lugar no determinado, pero la maraña de integrismo islamista que se encontraba detrás de semejantes acciones ha demostrado, a lo largo de estas décadas, no sólo su capacidad destructiva, sino una plasticidad a la hora de adoptar formas de combate y resistencia inversamente proporcional a la rigidez mental que anida en las mentes de sus reclutas y seguidores. Al Queda ha ido perdiendo fuerza como movimiento frente a DAESH, una encarnación del califato integrista en la que se junta lo peor de lo peor, en doctrina y violencia, que ha promovido atentados en medio mundo, empezando por las propias sociedades islámicas, y que llegó a proclamar un califato del terror en el marasmo de la guerra de Siria que elevó a cotas no imaginadas el sectarismo y crueldad de sus actos. Hoy la vanguardia islamista vuelve a estar en manos de los talibanes y, en la sombra, grupúsculos que pertenecen a ese DAESH, que se reorganizan y cuentan con células militarizadas en zonas principalmente de Afganistán, Pakistán, en lo que antes fue Siria y en gran parte del Sahel africano, principalmente. El control de la seguridad de estos grupos es una prioridad para los países en los que anidan, pero los gobernantes de estas naciones buscan, sobre todo, que el islamismo no les ataque a ellos, dándoles bastante igual si decide atacar a terceros países, sobre todo si son occidentales. La estrategia de las células durmientes occidentales, que tan exitosas fueron en masacres como las perpetradas en Londres, Madrid, París, Bruselas o Barcelona, vuelve a estar en el ojo de las policías y servicios de inteligencia de todo el mundo, sabedores que la derrota en Afganistán ha supuesto, sin duda, una gran dosis de moral renovada para todos los que planean actos malvados en nombre de ese islamismo asesino. El riesgo de atentados en occidente ha crecido mucho tras lo sucedido este verano en Kabul y su entorno, y aunque es muy difícil saber cómo y cuándo se podrían materializar, lo cierto es que nadie duda de que los intentos de ataque crecerán y la seguridad colectiva se verá comprometida. Sea cual sea la óptica desde la que uno analice el tema, la sensación de vuelta a una casilla próxima a la de salida resulta casi inevitable. No es exactamente así, pero el peso de esa sensación abruma, y sí, también deprime.
En EEUU el desastre afgano ha llenado al país de dudas y preguntas carentes de respuesta directa. Como principal responsable de las operaciones de combate, y siendo la nación que más soldados ha sacrificado por ello, el por qué que se preguntan las familias de los caídos en las montañas afganas resuena en toda la nación en medio de un silencio avergonzado. Para qué han servido dos décadas de sacrificio de tantos, para acabar siendo retirados del terreno de una manera tan humillante y contemplar la vuelta al poder de los adversarios de antaño. El aniversario del 11S de mañana será muy triste, lleno del habitual dolor de esta fecha, pero sumido en una sensación colectiva de fracaso ante la que los líderes de ese país, presentes y pasados, debieran hacer frente.
martes, agosto 31, 2021
Dos vidas, en Afganistán
Algo antes de las doce de la noche de ayer 30, en lo que era la madrugada afgana del 31, partía de Kabul el último de los vuelos militares organizados por EEUU para evacuar su personal de la capital afgana. Concluían de esta manera, humillante, casi veinte años de guerra intermitente y presencia continuada de las tropas norteamericanas, y con ellas las del conjunto de socios de la OTAN, en esa nación asiática. Ha sido la guerra más larga de todas aquellas en las que ha combatido el país imperio, no la más cruenta, y está por ver si la más inútil de todas. En su forma de concluir, las comparaciones con el Saigón vietnamita son inevitables, pero está por ver que Afganistán sea, dentro de unas décadas, el país próspero y atrayente que ahora es Vietnam.
Dos imágenes, crueles, y con un estremecedor parecido estético, enmarcan estas dos décadas de intervención. En la primer se ve a personas cayendo de lo alto de las torres gemelas del WTC tras los ataques del 11S. Ciudadanos que horas, minutos antes, desarrollaban su trabajo de oficinista en uno de los edificios más altos y famosos del mundo, y que en ese instante contemplaban acercarse a la muerte, en forma de suelo, a creciente e insoportable velocidad. Nunca sabremos lo que esas personas vivieron, nunca podrán contar su experiencia. Casi veinte años después, algunas personas caen, nuevamente, esta vez de los trenes de aterrizaje y partes del fuselaje de los aviones americanos a los que se han agarrado para, en un intento suicida, tratar de escapar del Kabul talibán. El avión se eleva en el cielo y, en un momento dado, vemos unas sombras, que corresponden a unos cuerpos, que se desprenden del aparato y emprende su lineal y aplastante viaje para acabar estampados en el suelo. Nada une, en contexto vital, pensamiento, experiencia, o en tantas otras facetas de la vida, a los que en 2001 caían de las ventanas de un rascacielos o a los que, hace unos días, se soltaban de aviones que aceleraban con fuerza irresistible. Sin embargo, al menos un aspecto del final de sus vidas si es plenamente común; la desesperación. La absoluta impotencia de lo que están viviendo, el no entender que pasa. Uno se levantó en su piso norteamericano, desayunó y se fue al trabajo esperando, y confiando, en que la jornada laboral no le deparase sorpresas desagradables ni marrones. El otro, desesperado tras la toma talibán del poder, conocedor de cómo se las gastan esos fanáticos, sabedor de la mentira que propagan de puertas para afuera para ocultar las barbaridades que van a hacer de puertas para dentro, corrió una mañana hacia el aeropuerto de Kabul, proviniendo quizás de la ciudad, puede que como última etapa de un largo y peligroso viaje por el interior de su país, con el objeto de escapar de la locura. Es difícil encontrar dos historias vitales más distintas, más separadas en forma y fondo, en preocupaciones y angustias vitales, pero más unida por la tragedia final de sus vidas. En cierto modo la existencia segada, más bien aplastada, del hombre que cae de lo alto del cielo de Manhattan es lo que va a acabar provocando la caída del hombre del avión que despega en Kabul. Hay un hilo finísimo, invisible, pero tenso, que une ambas vidas, y que las arrastra inevitablemente al abismo del que no van a volver. Durante los años anteriores al 11S no es descabellado pensar que el oficinista no supiera nada de un lugar llamado Afganistán, y durante gran parte de la vida del afgano fallecido el 11S y sus consecuencias han sido, probablemente, el acontecimiento que ha determinado su existencia y la de todos los suyos. Pero ni uno ni otro soñaron nunca con que sus vidas concluirían de una manera tan cruel y absurda, tan brutal, destruidas por la ceguera terrorista y la incompetencia militar. Ambos nunca se conocieron, era imposible que llegaran a saber de su existencia mutua el tiempo en el que compartieron vida y amaneceres en este planeta, pero sus destinos, trágicos, enmarcan estas dos décadas de geopolítica e historia.
En medio de estas dos vidas, años y años de esfuerzo, inversión, dispendio, vidas, violencia, estudio, cooperación, trabajo, entrega, proyectos, atentados, escuelas, enseñanza, operaciones, desarrollo, contrainsurgencia, terrorismo, entierros, lutos, nacimientos, y un sinfín más de hechos y experiencias que algún día serán contadas en su integridad en un buen libro, que servirá para enmarcar el fracaso de la misión norteamericana en los pedregales de Afganistán, el desastre que para la OTAN ha supuesto la intervención, el desprestigio que occidente ha, hemos, cosechado con la forma de actuar y, sobre todo de huir, y la sensación de que lo construido en estas dos décadas en la sociedad afgana, que no ha sido poco, puede deshacerse como lo hace un cuerpo cuando, a cientos de kilómetros por hora, se estampa contra el duro suelo.


