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lunes, julio 13, 2026

La destrucción de RTVE

Siempre, cuando uno ve RTVE, sabe que es la tele o radio del gobierno, y eso obliga a poner una especie de filtro, para destilar la información real de la que está teñida de propaganda. Con el paso de los años uno le va cogiendo el truco, porque la manipulación, que siempre existe, es menos intensa que en las televisiones regionales, vulgares cortijos que sólo están para loar al líder autonómico. No se quién puede ver un informativo en, pongamos, Telemadrid o ETB y acabar sano de la cabeza, sin tener ganas instantáneas de que se convoquen elecciones para votar a manos llenas a la presidenta Ayuso o al Lehendakari Pradales, que tan buenos son.

Sánchez, que en esto también ha querido ser único, consideró que no le bastaba una tele nacional progubernamental, no, sino que necesitaba un altavoz de propagan cutre al nivel de las autonómicas y, ni corto ni perezoso, a convertido a RTVE en una de las peores cadenas de televisión imaginables, en la que la propaganda sale hasta por las orejas, en la que los bulos diseminados por Moncloa son los que forman la escaleta de los informativos y presuntas tertulias, convertidas en versión política del Sálvame basura que también intentó resucitar, llenan la parrilla mañana tarde y noche, en un ejercicio continuo por parte de lo que se llama la “sincronizada”, el conjunto de personas a sueldo del gobierno que se hacen pasar por periodistas para ser constante altavoz de las directrices de Sánchez y los suyos. El día después de la desgraciada DANA de Valencia, a nadie con mando en este país le interesaban los muertos y el desastre, a Sánchez tampoco. En medio de la conmoción, se las arregló para sacar en el Congreso una reforma del sistema de nombramiento de la presidencia de la corporación RTVE, de tal manera que tenía manos libres para hacer lo que quisiera. A partir de ahí se nombró un nuevo Consejo de Administración con mayoría absoluta de vocales afines al gobierno y sus apoyos, presidido por José Pablo López, personaje curioso que ha mostrado ser el mejor mercenario de quien esté dispuesto a pagarle las exorbitantes cantidades que reclama. A partir de ahí la degeneración de la casa ha sido total, los programas con argumentarios monclovitas se han hecho con las partes gruesas de la parrilla y han controlado los informativos, que han pasado en buena parte a ser publirreportajes de lo que dicta cada mañana Moncloa que debe ser la actualidad. Los profesionales de la casa han ido viendo como la usurpación del ente ha llegado hasta unos límites que ningún gobierno llegó a traspasar, y se han empezado a producir movilizaciones, más en el área de RNE, que lleva semanas de “viernes negros” famosos en la época del gobierno del PP, ninguneados por completo en la actualidad por parte de la dirigencia del ente. El consejo de informativos de TVE; organismo interno que lleva años de trabajo y prestigio denunciando las injerencias de los gobiernos en la redacción de noticias de la casa, ha ido elevando sus acusaciones ante lo que considera la época más negra de la historia de la cadena, con constantes presiones y una usurpación absoluta de la marca informativa de TVE por productoras externas que, con contactos en el gobierno, desarrollan esas tertulias basura constantes que “venden” información pero que no son sino burdos ejercicios de propaganda llenos de zafiedades. La respuesta de la gerencia de RTVE ha sido la de ir a por el consejo de informativos, expedientando a varios de sus componentes y dejando claro que todo aquel que se oponga a las líneas que se dictan desde Moncloa será represaliado. Debe haber un ambiente muy tóxico en los pasillos del ente, con bandos enfrentados, en una casa que, normalmente, ha tendido a ser pro PSOE, pero que nunca se ha visto maltratada de la manera en que lo está siendo en estos tiempos. Ni los propios soñaron jamás con un nivel de falsedad tan elevado como el que se dicta a cada hora desde una marca que ya ha perdido todo su prestigio para quienes consideran el periodismo una profesión, no una mera excusa para el desarrollo del activismo militante.

El triste episodio sucedido este fin de semana en uno de esas basuras de pseudotertulias, presentado por alguien que no llegaría ni a primero de periodismo, pero que no lo necesita para ser altavoz de quien le paga la nómina, no es sino una muestra más de la degeneración de una empresa, que hace tiempo que dejó de tener el servicio público en mente. RTVE es ahora mismo una basura equivalente a cualquiera de las patéticas televisiones autonómicas, con la diferencia de su influencia y disparatado coste, pagado por cada uno de nosotros mediante los impuestos. Eso también es corrupción. La decadencia del periodismo, su crisis absoluta, tiene en España, y en RTVE, uno de los mayores exponentes.

martes, mayo 26, 2026

Lo de Alsina

Más de una vez ha declarado Carlos Alsina que su intención no era la de perpetuarse, sino jubilarse pronto, descansar, no trabajar tanto para poder disfrutar de eso que te ofrece la vida y que el día a día te lo niega. Creo que ni sus oyentes ni los jefes le hacíamos demasiado caso ante esas palabras, su carrera está en lo más alto en popularidad y facturación, su prestigio es grande, su imagen y nombre ya son marca de la radio en España y, también, no es muy mayor. Con 57 años se está en plenitud de facultades y aún se tiene cuerda para rato. Es cierto que las generaciones jóvenes ya vienen a coger el relevo, pero eso es ley de vida, ley natural. No es una edad para retirarse de nada, salvo que uno sea deportista, claro.

Por eso, conocer la decisión de Alsina de dejar el tramo de las noticias de su programa para presentar sólo la segunda parte, esa que huye de la política, ha supuesto una cierta conmoción para muchos, empezando por mi mismo, y más sabiendo que es la decisión menos mala posible, porque las intenciones iniciales de Alsina eran la de dejarlo todo, abandonar, renunciar a su carrera y colgar los micrófonos. Persuadido por los ejecutivos de su empresa, ha aceptado quedarse en lo que muchos consideran un destino menor, residual, secundario, el jiji jaja como él mismo afirmaba ayer que lo consideran muchos profesionales del medio, frente al portaviones blindado que supone el tramo político de muy primera hora hasta las 10 de la mañana. Declaró ayer Alsina que se siente gastado, cansado de dar la perorata todos los días, de incidir una y otra vez en una actualidad que, sí, cada vez es más amarga, en comentar una política que ha degenerado con el paso del tiempo y que no necesita casi ni comentarios, porque se ve lo cutre que es con sólo echarle un vistazo. Él, que es muy listo, sin duda ha llegado a hartarse de hacer entrevistas en las que sabe sin duda alguna que el entrevistado le está mintiendo de la manera más descarada, y que por mucho que intente sacarle algo de verdad, no de jugo, sino de simple sinceridad, no habrá manera, porque hace tiempo que la política ha huido de la verdad para esconderse en el relato fabricado, y ha visto en los medios, algunos quebrados, todos necesitados de ingresos en un mercado menguantes, a los siervos que les puedan ofrecer el servicio adecuado. Carlos ha visto, sin duda, la degeneración de la profesión, el banderismo que se ha instalado entre unos y otros, la obsesión por analizarlo todo desde la trinchera política (qué coñazo de gente, como ayer reiteró) y el papel cada vez menos relevante para la sociedad de un periodismo que se encuentra, quizás, en el nivel de prestigio más bajo de su profesión desde hace mucho tiempo. No son pocos los factores que han contribuido a ello, empezando por el cambio tecnológico y social que vivimos desde hace años, pero uno de ellos, y muy relevante, ha sido el abandono de la profesionalidad del periodista para hacerse amigo a sueldo de una corriente política que sea la que le garantice ingresos. Muchos periodistas y medios ya no cuentan lo que pasa, cuentan lo que les dicen que cuenten para justificar las decisiones que unos u otros toman. Para eso, ¿para qué consumir periodismo? piensa más de uno y de dos. Alsina ha tratado de huir de ese comportamiento, y en un país polarizado como el nuestro, sometido al infantilismo de unos y otros sobre cualquier asunto, en el que la carencia de razonamiento, criterio técnico y solvencia es la nota dominante de casi la totalidad de quienes hablan y opinan de manera remunerada y constante, Alsina ha tratado de escapar y crear, desde un medio de gran porte y alcance, una radio política que no diera vergüenza, que no tuviera fieles escuchantes, adeptos a la consigna que es conocida de antemano. Lo mejor que se puede decir de Alsina es que, antes de escucharle opinar sobre un tema, no está nada clara cual va a ser su postura, y en muchas ocasiones resulta sorprendente. E ilustra. Puede que esa sea una de las obligaciones del periodista, la de plantearse sus convicciones en contraste con la realidad. Alsina es de los pocos que ha tratado de hacerlo, día a día, año a año. Y sí, eso cansa. Eso gasta.

No les voy a engañar, parafraseando a Rufián, vaya vaya, estoy jodido, porque a partir de septiembre voy a tener una cierta orfandad informativa. No nos sobran las mentes lúcidas en este país, ni las voces con algo relevante que decir, como para que Alsina deje de opinar sobre lo que nos pasa y lo que los gobernantes nos imponen. Su marcha es una pérdida enorme que muchos lamentaremos, aunque más de uno y dos brindarán al no tener que soportarle. En un mundo de bandos Alsina ha tratado de escapar de ellos, y en no pocas ocasiones, por ambos ha sido atacado. No hay mayor elogio posible para un periodista, un opinador, un escritor, español. Muchas gracias por tanto, y fortuna en la nueva etapa, y vida.

miércoles, marzo 04, 2026

Fernando Ónega, Periodista

Ayer, cuando llegué a casa por la noche, algo más tarde de lo habitual, me enteré de la noticia del fallecimiento de Fernando Ónega, a los 78 años, edad no demasiado avanzada para estos tiempos. Había tenido en el pasado algunos problemas de salud y tuvo que recibir un trasplante de riñón, donado por su esposa. Él decía que ella le había dado la vida personal y, tras eso, también la física, en un agradecimiento profundo que era tan sincero como comedido en sus formas. Ónega siempre fue suave, en tiempos duros y no tantos, y más aún en tiempos de algarabía incesante como los que ahora nos toca sufrir sin cesar.

Ónega lo ha sido todo en el periodismo nacional, y consiguió llegar, muy joven, a lo alto de la comunicación política, como escritor de los discursos de Suárez, en los inicios de nuestra democracia. Ese “puedo prometer y prometo” que tanto se ha parodiado y que con énfasis pronunciaba Suárez en sus discursos salió de la mente y dedos de Ónega. No duró mucho aquella etapa porque Suárez abandonó su cargo tras pocos años de permanencia, y a partir de ahí Ónega desarrolló una carrera periodística que le ha llevado por multitud de medios, tanto en radio como en televisión, tanto en la pública como en la privada. Su dicción, suave, con marcado acento gallego, algo carrasposa, era inconfundible. Ejerció el periodismo en el ámbito político, que era el que mejor conocía, y junto a Luis del Olmo creó eso de la tertulia, extensión en el mundo de la radio de lo que se hacía desde antaño en los cafés, formato que ha muerto de éxito y del que Fernando renegaba últimamente la ver en qué se había convertido. Sus análisis eran finos, normalmente acertados, nunca hirientes, tratando de buscar el por qué de las decisiones de los gobernantes, siempre en un marco de honestidad. Como todos, poseía una ideología propia, pero nunca dejó que le cegase. Tenía claro que lo primero de todo era ser periodista, testigo, relator y analista de lo que sucede, y que el público al que informaba se merecía todo el respeto, empezando por ser tratado de manera adulta y sin recurrir a la consigna. Huyó desde el principio de esa corriente que se ha convertido en la dominante, que ha transformado al periodista en activista, en propagandista de ideologías sin rubor y mendicante de apoyos por parte de los gobiernos de turno, o de los que puedan venir, para ganarse un jornal con una actitud nada cercana al espíritu del narrador de noticias. Ónega tuvo muy claro que ese estilo no era el suyo, y a medida que logró compaginar su labor de periodista con la de gestor en empresas de comunicación, llegó a ante grandes cargos en el grupo Plante Atresmedia, quiso que su estilo también se notase en la directriz de los equipos y empresas. Se centró cada vez más en la radio frente a la televisión, y fue en Onda Cero donde pasó sus últimos años de carrera, extensos, desde una primera línea de gestión y una secundaria de opinador, de editorialista de cabecera, en la que trataba de mantener un estilo que muchos, cada vez más, veían anticuado por el mero hecho de que escucharle no supusiera sentir un golpe en la mesa. Todos los que le conocían, y ahora a su muerte lo reiteran, señalan que en lo profesional y personal era como lo que parecía, alguien afable con el que se podía trabajar, y alguien que enseñaba a quien se lo pedía. Muchos comunicadores, especialmente de la radio, son deudores de los consejos que Ónega les ha dado y de haber sido subordinados suyos. Ha sido un maestro para generaciones enteras de periodistas, sobre todo en lo que hace al mundo de la actualidad y la política. Su muerte es hoy noticia en todos los medios del país, porque en todos ellos hay alguien, uno o muchos, que ha aprendido de Ónega y lo ha tenido como mentor.

En los últimos años sus hijas, especialmente Sonsoles, empezaban a ser más famosas que él para las nuevas generaciones. Cuando se retiró de la profesión, hace sólo tres años, en la última entrevista que le hizo Alsina, reconoció que en la vida había trabajado mucho y vivido menos de lo que deseaba, y que ya le tocaba un poco de eso de pasar los días sin agobios, deberes y agenda. Siguió activo en algunas facetas, especialmente en lo relacionado con los problemas de la gente mayor, pero su presencia en los medios se redujo totalmente. Hoy habrá numerosos obituarios en España que glosen su memoria. En pocas ocasiones serán tan sentidos y sinceros por quienes los van a escribir. Se va un maestro en su profesión. El “cole” está de luto.

jueves, noviembre 13, 2025

Aquí nunca tendremos BBC

Una medida bastante fiable del grado de hipocresía de un periodista español es contar cuántas veces desea que el medio público en el que trabaja sea la BBC española, o tenga como referente a la cadena inglesa. Es una frase obligada de todo trabajador del medio y, normalmente, sirve para esconder la incapacidad de ese empleado para escapar de la manipulación que el gobierno de turno impone en la empresa en la que trabaja. La BBC es el paradigma del rigor y la neutralidad (aunque cometa fallos) y recitar ese mantra es una manera de asumir que el medio en el que se trabaja está muy lejos de todo eso. De hecho, en España, cada vez más.

A las múltiples causas que han generado la crisis que vive el periodismo, tanto económicas como tecnológicas y sociales, se le ha sumado una que ha venido propiamente generada por los profesionales del ramo, y es el activismo. El periodista ha entendido que su labor no es informar, sino proclamar el dogma político que o se le impone o le permite mantener su puesto, o ambos. Esto es una grave enfermedad que convierte a los medios en vulgares voceros de un poder establecido, por lo que su representatividad disminuye y, sinceramente, se convierten en algo prescindible a mi entender. Em España se ha sobreentendido que la ideología está en la base de los medios y que, en el caso de los públicos, la simbiosis de ellos con el poder debía ser total, se convertirían sí o sí en correa de transmisión del partido que detentase el poder en ese momento. Es decir, serían la antiBBC. Y todos hemos, han tragado con ese discurso. El ejemplo paradigmático es el de las televisiones autonómicas, engendros catódicos que no hacen sino loar de una manera tan servil como ridícula al presidente de la CCAA de turno y a su partido, elevándolo constantemente a los altares de una santidad laica extravagante pero tan sacralizada como la original religiosa. Ver entero un informativo de TeleMadrid, ETB o TV3, pueden añadir ustedes aquí el resto de canales de este tipo, es una prueba de tortura que soy incapaz de soportar. No sólo es aburrido, que también, sino que llegan a un nivel de burdez impropio de algo creado por personas adultas. Es, de hecho, una estafa, porque dicen vender información y todo es propaganda. Los que trabajan en el medio cobran su nómina, casi todas ellas más elevadas que la mía, y nadie observa con sonrojo una situación que es indigna. La bajeza de las autonómicas tenía su contraste teórico en RTVE, la pública nacional, que siempre ha estado regida por el gobierno de España, pero que como se ve en todo el país y se escruta sin cesar ha tenido habitualmente una serie de frenos para que no degenerase. Ha habido épocas de más o menos manipulación en el ente, especialmente en la televisión, que es lo que más le importa al gobernante, pero en general estaba clara cuál era la línea editorial de los informativos, “el gobierno tiene razón”. De un tiempo a esta parte, esa sutileza que pudo estar más o menos presente en el pasado ha sido sustituida por la manipulación más grosera. Ahora mismo RTVE, especialmente la parte de televisión, ha alcanzado cotas de manipulación que la dejan casi a la altura de una tele autonómica. Aún no del todo, porque ese nivel de bajeza es cierto que hay que trabajárselo con empeño, pero en ello están. Al sesgo descarado en los informativos de bandera se han unido toda una serie de programas de “entretenimiento” consistentes en tertulias políticas en horario continuo que, además de ser de lo más soez en su planteamiento ideológico, desvirtúan por completo la labor de los espacios puramente informativos. El consejo de informativos de RTVE lleva meses criticando con fuerza lo que pasa en la corporación, el intrusismo de presentadores y productoras ajenas a la casa que se llevan notables ingresos a cuenta de este tipo de programas y que pretenden ser vistos como informativos cuando no lo son. Sus quejas caen en saco roto, porque directivos muy bien pagados y colocados por el gobierno harán lo que sea para merecerse sus elevadísimas nóminas, y el peloteo salvaje a Moncloa es lo que se debe hacer, sin cesar, hora tras hora.

Ni nuestra sociedad quiere una BBC y, desde luego, nuestros políticos, que son fruto de ella, la desean. Más bien todo lo contrario. Mazón, la tarde de la maldita DANA, sólo tenía ojos para la periodista a la que quería colocar al frente de Canal9 para que fuera su sierva. Sánchez, al día siguiente, sólo tenía ojos para aprobar el decreto que modificaba el estatuto de RTVE y le daba pleno control sobre el consejo de administración del ente. Dos sujetos necios, sectarios, soberbios, que adoran que les hagan la pelota, deseaban poseer un medio por encima de todo. Si quieren BBC, vayan aprendiendo inglés, aquí no dejarán que la haya nunca.

miércoles, noviembre 12, 2025

Crisis en la BBC

A ver si puedo dedicarle un par de días a escribir sobre la BBC y la profunda crisis que viven los medios en España, una vez que han abandonado el periodismo por el activismo. Hoy quiero centrarme en la cadena británica, probablemente la televisión más prestigiosa del mundo, que ha visto como algunos de sus mayores ejecutivos han dimitido tras haberse probado la manipulación de algunos reportajes que afectaban a Donald Trump, concretamente sus declaraciones en el aciago día del asalto al Capitolio en 2021. Otras coberturas también estaban en cuestión, y siendo investigadas, pero en esa en concreto se ha visto que la mala praxis era deliberada, y eso ha originado el escándalo.

La BBC, como es habitual en las corporaciones públicas de comunicación, tiene un consejo rector en el que participan tanto periodistas de la casa como representantes de las fuerzas políticas del país del que se trate. Este consejo toma decisiones editoriales, realiza nombramientos, aprueba contratos para la realización de programas concretos, etc, y debe velar por los principios que guían a la entidad. En este caso, la información, la veracidad y el rigor, siendo la audiencia algo positivo si se logra, pero no un determinante. No vale todo por conseguir espectadores en un medio público, porque su finalidad no es la de competir en el mercado publicitario en el que viven las televisiones comerciales, sino la de realizar funciones que, por su coste, su carácter de audiencia minoritaria, su valor social y cultural, sean dignas de hacerse, aunque no generen rentabilidad. Por ello, se entiende que la financiación de una entidad de este tipo se haga mediante aportaciones públicas, salidas de los presupuestos que financia el ciudadano y las empresas con los impuestos que aportan al Tesoro Público. Además, en Reino Unido, existe una cuota que los particulares deben abonar si quieren tener acceso a la emisión, algo así como una pago por uso, supongo que será similar a lo que tenemos aquí para contratar plataformas privadas de televisión. El contribuyente paga el coste de la emisión y, a cambio, la corporación se compromete a mantener unos estándares de calidad y servicio. Si la segunda parte de la ecuación se rompe, y las emisiones no son acordes a lo debido, ¿por qué se debe pagar por ello? Esta pregunta, que es bastante profunda, va más allá de la ideología del ciudadano, que puede ser de lo más diversa, y que a veces será satisfecha por lo que ve en el canal público y a veces no. La pregunta tiene todo su sentido cuando el canal público estafa, es decir, vende un compromiso que no cumple. Para lo que es habitual en España, lo que está causando problemas a la BBC en Reino Unido es una cosa que pasaría desapercibida en el lodazal que son nuestros canales públicos, pero allí aún hay profesionales y directivos de medios que se creen lo que rezan los estatutos y compromisos de la corporación, y por ello, el que se haya detectado una manipulación es un tema muy grave. El máximo directivo de la cadena, que ha dimitido, llegó a la misma con el anterior gobierno conservador y lleva, por tanto, año y medio en el cargo con un gobierno laborista, situación que sería impensable entre nosotros, pero que allí es de lo más habitual. El escándalo ha surgido por que un organismo interno de control y verificación de la cadena ha emprendido una investigación y ha encontrado pruebas que den soporte a las acusaciones de manipulación. Es decir, el fallo interno ha sido detectado por los procedimientos internos creados para ello, y para perseguirlo. Ha habido un error consciente y el sistema lo ha detectado, aireado y depurado. En este sentido la BBC ha demostrado ser eficiente, y justa, porque podría haberse dado una situación, nada difícil de imaginar, en la que la falla, conocida, se tratara de ocultar de una u otra manera, aunando al error de manipulación el de la corrupción interna, pero no ha sucedido nada de eso. Y es meritorio reconocerlo.

Los profesionales de la BBC saben que su prestigio radica tanto en la calidad individual de su trabajo como en la seriedad con la que la corporación defienda sus valores de rigor, y más en un mundo de desinformación, propaganda y ruido. Es inevitable que haya algunos trabajadores que no cumplan con lo debido, no está el mundo hecho de mármol, sino de personas, pero la velocidad con la que la corporación sea capaz de gestionar este escándalo determinará mucho de su impacto. Los ceses acelerados, las dimisiones, el no ocultamiento, afrontar el error y pedir disculpas es el camino más seguro para acabar haciéndolo bien. Y, otra vez, la BBC ha dado una lección en este sentido.

jueves, mayo 30, 2024

Artículo cuatro mil

El contador de artículos publicados de Blogger, el servicio de Google en el que cuelgo este blog, sirve también para hacer viajes en el tiempo. Arrancando desde el cero, atravesé la caída del imperio romano, la larga edad media y el descubrimiento de América, y hubo dos momentos que me parecieron relevantes. Uno, cuando superé el año en el que me encontraba, por lo que me adentré en el futuro. Otro, cuando superé el número de libros comprados desde que estoy en Madrid, que ahora anda por los 2.800. Desde entonces me adentro en el futuro profundo, aunque sea una expresión algo contradictoria.

Hoy el contador me dice que he llegado al artículo cuatro mil, una cifra redonda, que no significa mucho en sí misma, y creo que denota más mi persistencia en la tarea que otra cosa. Es sencillo escribir artículos como estos, porque lo que hago no es periodismo de investigación ni de análisis, no paso horas recopilando información y datos para argumentar tesis, sino que me dedico a esa tradición tan hispana de opinar sin dejar de hacerlo, a veces con un cierto conocimiento sobre la materia, en muchas ocasiones de oídas, cada vez más, si me apuran, dado que la complejidad de los hechos que nos rodean parece crecer más deprisa que nuestro conocimiento sobre ellos, o desde luego el mío. Esto que hago no deja de ser una columna de opinión, como muchas de esas que se publican en prensa a diario y que tanto me gustaban cuando era un crío. Me siguen gustando, pero es cierto que con los años la opinión en prensa ha ido derivando a un posicionamiento mucho más cerrado y, a la vez, su influjo se ha extendido de una manera casi total en el resto de secciones de los medios, por lo que ahora mismo encuentra uno opinión en todas partes. Evidentemente es más sencillo de hacer que el artículo periodístico de verdad, y mucho más barato, y por eso también triunfa. En mi caso, opinar tiene coste escaso, apenas unos quince o veinte minutos a unas horas en las que apenas hay nadie en la oficina, y nulo ingreso, no hay nada monetario en todo esto que escribo. Lo hago en un archivo de Word que empieza en enero y acaba en diciembre, en el que encabezo mes y luego fecha y texto, con una extensión más o menos equivalente en cada jornada y una estructura que trato sea similar, porque me encuentro cómodo en ella. No hago experimentos con diálogos y cosas por el estilo porque eso es difícil y tendría que dedicarle tiempo de verdad para pulirlos y darles un aire de veracidad para que al lector no le sonasen a impostado. Escribir párrafos opinativos sobre temas de actualidad es fácil, o al menos eso me lo parece, y aunque la temática suele ser variada, en los últimos tiempos me decanto más por la actualidad internacional que por la nacional, porque la política, que me gusta, se ha convertido en un ejercicio de onanismo infantil por parte de unos tacticistas cutres que no merecen mi atención. Verán que apenas hablo de deporte, asunto que no me motiva y del que apenas se, y muy poco de mi vida personal. Esto es curioso en tiempos tan autorreferenciales en el mundo de las redes sociales y en el de la literatura, donde la autoficción es un género muy extendido. No tengo nada en contra de él, pero me pasa lo mismo que con todos, demando una historia interesante y bien contada. Y si miro a mi vida personal no encuentro apenas nada de interés en ella, en comparación con las de otros. Ahí, como dice Sergio del Molino, entra el genio del escritor, que cogiendo hechos que pueden ser nimios, sabe relatarlos de manera que el lector queda atrapado. Y, la verdad, mis dotes de escritor de ficción son tan escasas que, más que por pudor, me parecería ridículo aplicarme a ello en comparación con lo que otros son capaces de narrar de una manera mucho más perfecta. Los pocos artículos en los que me he centrado en mi mismo me parecen los menos relevantes de todos, y creo que aportan poco a un lector que acuda por aquí a la búsqueda de información, entretenimiento y, en definitiva, pasar un buen rato, que es lo que todos ansiamos cuando no estamos sujetos a las obligaciones diarias.

El lector…. Es obligado decir que esto sólo tiene sentido hacerlo si hay lectores más allá. Suena a veces a frase hecha, pero no por ello deja de ser cierta. En tiempos de fragmentación máxima de gustos, de sobreoferta de casi todo y de pérdida de relevancia de formatos como el del artículo, sea cual sea su soporte, saber que alguien lee lo que uno escribe sigue siendo una enorme responsabilidad. Es consciente todo autor que lo que fabrica gustará más a unos que a otros, pero lo hace porque desea hacerlo, no por otra cosa, porque encuentra un sentido en ello. Escribir un blog casi diario no es una obligación, sino un entretenimiento que me permite, en medio del ruido, levantar la manita, decir “hola” de una manera extensa y seguir viendo la actualidad. ¿Hasta qué futuro llegará el contador de artículos? No lo se.

jueves, abril 18, 2024

Raúl del Pozo y la amistad de un periodista

En La2 de TVE, la cadena que casi nadie ve que sí tiene programas propios de una televisión pública, se ha estrenado una serie de diez capítulos, titulada “En Primicia” en los que Lara Síscar, flanqueada por amigos y conocedores del personaje, recorre la vida y obra de periodistas fundamentales de nuestra historia. El primer capítulo, dedicado a Raúl del Pozo, es un ejemplo de buena producción, guion y testimonios, tanto del homenajeado como de aquellos que le han conocido y glosan su figura. Es muy recomendable su visión y creo que, en conjunto, la serie merecerá mucho la pena. Enhorabuena a Lara y el resto del equipo por su trabajo.

Entre las muchas cosas valiosas que suelta del Pozo en la hora que dura el programa, hay una que creo merece ser enmarcada en la mente de todos aquellos que, ahora o en el futuro, se dedican a la profesión, y es que un periodista no debe hacerse amigo de un político, nunca, porque el político le utilizará para sus intereses, y el periodista acabará siendo una herramienta más del poder. Es curioso que alguien que tiene más de ochenta años, y que ejerce aún su profesión de manera tan brillante, sea capaz de dar un consejo tan lúcido a tantos y tantos que, menores a él, por cuestiones biológicas, no dejan de ser ejemplo de compadreo con los políticos en el día a día de su ejercicio periodístico. Si algo de eso ha habido siempre, la situación actual llega unos límites de obscenidad que, sin duda, son una de las causas de que la percepción social de la figura del periodista se encuentre en uno de sus niveles más bajos. La pregunta “de qué partido es” que casi todos nos hacemos cuando nos mencionan el nombre de tal o cuál profesional es un síntoma inequívoco de decadencia. Lo peor se da entre aquellos entregados a la causa del partido de turno, que llegan hasta el punto de ser meros propagandistas de unas siglas, pervirtiendo por completo su profesionalidad en aras de prebendas, ingresos a cuenta o, quizás, un simple canapé más que el resto. La destrucción financiera de las empresas periodísticas que ha provocado la llegada de internet y las redes sociales ha hecho que muchos vean en el partido de turno la manera de garantizarse unos euros que les permitan vivir por encima de los salarios rácanos que ahora mismo se pagan en precarias redacciones donde la eventualidad es una de las únicas cosas no sujeta a cambios. El periódico con medios, profesionales bien pagados y equipos robustos hace tiempo que desapareció, y ahora las cabeceras subsisten dentro de estructuras empresariales carcomidas, con deudas, algunas de ellas cotizadas en bolsa a valores de derribo, con una relevancia social menor que la de cualquier influyente de esos que se creen la monda y arrastran multitudes. Convertirse en empleados a sueldo de unas siglas es caer lo más bajo posible, pero es algo que vemos y leemos a diario, sin que haya mucho pudor en quienes actúan así. Siempre ha habido pelotas del poder, nunca faltarán, pero es verdad que en los tiempos en los que Raúl del Pozo creció, no en los jóvenes, donde ir en contra del poder era meterse en un lío bastante feo, el periodista podía jugar a arrimarse a todas las bandas posibles y mantener siempre una distancia prudencial. Compadrear con el poderoso es algo que, al final, sólo acarreará ventajas al que mantiene el poder, no al que se ha utilizado como portavoz. Y si el poder se pierde, ambos acaban dando vueltas en el Linkedin, suplicando oportunidades y blanqueando un perfil que, hasta entonces, era de una militancia exacerbada. Recuerdo la película “los papeles del Pentágono” de Spielberg, muy recomendable, adorada por los periodistas, en la que en más de una escena se observa una camaradería absoluta de los protagonistas, periodistas y ejecutiva del Washington Post, con los políticos demócratas, la oposición en aquel momento, y cómo hay voces que les recuerdan que la principal diferencia entre el Nixon presidente y el demócrata opositor es que uno es el que manda ahora y otro el que lo hizo y desea volver. No es el tema fundamental de la película, pero se nota que, por momentos, alguno de los protagonistas se ve como un elemento con el que los que detentan el poder juegan, y “los suyos” también lo hacen, y eso le repele.

Supongo que desde la posición y edad de Raúl del Pozo es más fácil resistirse a estas presiones que desde un contrato precario y unos años en los que es casi imposible conseguir una hipoteca, y pactar con el diablo político puede ser la vía para acceder al salón con Netflix con el que sueñan tantos y tantos. Cada época es distinta, y las oportunidades y sueños también, pero lo que no cambiará nunca es el hecho de que, como dijo Lord Palmerston refiriéndose a Inglaterra, el poder no tiene amigos ni enemigos permanentes, sólo sus intereses son permanentes. Recuérdenlo todos los que se dedican a ese noble y necesario oficio del periodista.

jueves, febrero 08, 2024

Savater, Unamuno y El País

Como dejó escrito alguien en redes el pasado fin de semana, con la marcha de Fernando Savater de El País pierde mucho más el periódico que el filósofo, y ese es el perfecto resumen no de lo que ha sucedido, pero sí de sus consecuencias. La deriva en la que ha entrado la cabecera de PRISA llevaba inevitablemente a que Savater dejase esa empresa, bien por voluntad propia o por despido, que es lo que ha sucedido finalmente. La directora, Pepa Bueno, fiel correa de transmisión de los dictados de Moncloa, se encargó de comunicárselo en una reunión que todas las fuentes califican de cordial y clara. Se mantuvieron las formas, algo es algo, pero quedaron claras las posturas.

En esta vida si uno está del lado de Savater no tiene la certeza de que la razón le ampare, pero sí que la ética le cubra y que, con el tiempo, la soledad le rodee. Fernando es uno de los pensadores más lúcidos y transgresores de su generación, una persona que ha ido creciendo en sabiduría y compromiso social a lo largo de los años, partiendo de un punto que ya está muy lejos del alcance de muchos, y que ha tenido en la enseñanza y la defensa de la libertad sus grandes pilares (y bueno, también el hedonismo, que lo practica en cuanto puede). Todos los autoritarios se han encontrado con Savater de frente, lo que ha hecho de Fernando un sujeto especialmente incómodo, porque él, desde una posición ideológica de izquierda convencional, no ha dudado en enfrentarse a todos los que han deseado imponer un régimen totalitario o una mentira, sea cual sea la presunta argucia ideológica en la que basasen sus ínfulas de poder. Consiguió prestigio Savater entre la progresía clásica por su oposición al régimen franquista, que le llevó a la cárcel (a él sí, a otros que de eso presumen no) pero empezó a perder puntos en ese extraño oficialismo de lo políticamente correcto cuando, caída la dictadura, siguió enfrentándose a lo que quedaba de franquismo en España, que era ETA y toda la constelación de basura nacionalista que la amparaba. Ahí muchos que le admiraban empezaron a recelar de su figura, porque ETA se vendía como un movimiento de liberación, como la vanguardia de un partido marxista leninista, como la quinta esencia de la revolución frente a la burguesía, y un montón de tonterías similares. En el fondo ETA no era más que la mano armada de un movimiento racista, etnicista, xenófobo, que considera que hay unos humanos que son superiores a otros, y los superiores tienen derecho a autogobernarse y eliminar a los inferiores. La misma basura que generó el desastre del siglo XX europeo pero vestida con boina. La firmeza de Savater ante ETA, sus brazos utilitarios y toda la constelación de nacionalistas bien vestidos, pero igualmente racistas que se beneficiaban de lo que hacían “los chicos de la gasolina” empezó a convertir a Fernando en un personaje incómodo en muchos ámbitos, en el País Vasco y en el conjunto de España. Gracias a él y a otros valientes la sociedad despertó ante la ilusión terrorista y salió a las calles a oponerse, y ETA dejó las armas envuelta en el olvido de muchos, que la consideraron como algo inútil. Sin embargo, la ideología que le amparaba sigue viva, no sólo en el País Vasco, y Savater la sigue combatiendo, a esa y a todas las que amparan una visión de la vida en la que eso, la vida, está supeditada a los deseos de un liderazgo fuerte que marca la dirección que debe seguirse. Savater siempre ha estado frente al poder, civil, militar o religioso, porque el poder es capaz de corroer el corazón de los hombres y llevarlos a cometer actos infames en la creencia de que es por el bien de la sociedad a la que dicen cuidar. Ese componente ácrata que le domina hace que sea insobornable ante atropellos como los antes mencionados o los que ahora, día tras día, realiza Sánchez desde la presidencia del desgobierno, en nombre de una sarta de argumentos prefabricados que son tal mentira que, aunque a algunos engañe, no pueden seguir sosteniéndose de manera indefinida. Un sueldo, que acalla las conciencias de tantos, no sirve para que Savater enmudezca.

Es curioso. Aunque es guipuzcoano, Savater tiene un componente unamuniano muy propio del bilbaíno, que le lleva a la bronca con los suyos y los ajenos, y lo hace ponerse siempre en las posiciones más polémicas. No está su intelecto a la altura de la mediocridad que nos rodea en lo que hoy en día se hace llamar política, y se le nota el hartazgo ante lo que ve. Perdida su alma gemela, su amor que ya se fue, Savater vive en un mundo de recuerdos, añoranzas, placeres diarios para sobrellevarlos y de rabia ante la degeneración del discurso, la palabra, la promesa. Una vez que el periódico que él fundó ha dejado de hacer periodismo para pasarse al mundo de la propaganda, para así evitar su quiebra, poco pintaba allí. De buena se ha librado.

martes, enero 16, 2024

Carlos Franganillo y Marta Carazo

Cerca del final de 2023 se produjo una gran conmoción en el panorama audiovisual al conocerse la noticia de que Mediaset había fichado a Carlos Franganillo, presentador del telediario de las 21:00 de TVE para ocupar el puesto de Pedro Piqueras, que se jubilaba con el final del año, y hacerlo así responsable de unos nuevos informativos en una cadena de total ausencia de tradición en estos temas. Piqueras, y el resto de presentadores de noticias de Tele Cinco, llevaban años sometidos a un ostracismo y desprecio impropio, con un estudio que ya sería añoso en los años noventa y una falta de relevancia social clarísima. El fichaje fue un bombazo.

Franganillo, desde que fue nombrado presentador del telediario, ha conseguido un prestigio enorme a base de hacer las cosas bien y con seriedad. Sin dejarse arrastrar por el espectáculo del morbo, ha liderado unos informativos a los que ha logrado sacar oro a base de exprimir recursos y a los profesionales de la casa. Suyas han sido las iniciativas de rodarlos fuera de estudio cuando la actualidad así lo demandaba, con especiales en Ucrania, en un colegio toledano o a pie de inundaciones, en espacios que ya son objeto de estudio en las escuelas de periodismo. Curioso, conocedor del medio y apasionado de la actualidad internacional, Franganillo aportaba credibilidad a una marca que, en España, siempre está sometida a los designios del gobierno que rige y considera a RTVE como uno de sus principales altavoces. Esto es ajeno a ideologías y tradicionalmente ha lastrado a la casa, con acusaciones de partidismo más o menos obsceno y tensiones internas enormes, que muchas veces se podían apreciar en las realizaciones en directo. Sólo Ana Blanco, como un tótem, aguantaba, y sigue sin saberse muy bien por qué fue relevada de su cargo como presentadora perpetua. En su ausencia Franganillo se convirtió en la cara de la información de la cadena, y en medio del irrespirable ambiente político en el que vivimos, logró que sus telediarios fuesen un lugar de rigor. Se notaba la mano de Moncloa en ciertas decisiones a la hora del peso y sesgo que había que darle a ciertas informaciones, pero eso, tristemente, parece inevitable en nuestro país, y es una de las causas por las que TVE no será nunca la BBC. Quizás el aumento de esas presiones y la tensión interna en la casa hayan sido motivos para alentar su fuga, unido evidentemente a una oferta económica que, sin duda, debe ser mucho mayor que la que le ofrecía el ente público. Para Franganillo la marcha es un salto de máximo riesgo, porque aunque la cadena ha creado un nuevo estudio para los informativos, uno que parece de verdad, la ausencia de músculo en la redacción y en los medios de que dispone le obligan prácticamente a crear equipos de profesionales casi desde cero, e incluso la propia marca de informativos en una cadena donde lo relevante es la continua telebasura que no deja de emitir a todas horas, y que es la fuente de sus ingresos. Su proyecto allí requiere tiempo para asentarse, paciencia por parte de los directivos de la casa y espera para ver si las audiencias responden al cambio, acostumbradas ya a un liderazgo claro por parte de una Antena3 intocable y al duelo de segundones entre una TVE que iba al alza y una Tele Cinco en decadencia, con el resto de canales a una distancia sideral. No creo que, al menos hasta el verano, podamos hacer un juicio certero de sí la decisión de Carlos ha sido la correcta o no, y de si su proyecto, de un inmenso riesgo profesional, se consolida o se convierte en una continuidad en la irrelevancia informativa de su nueva cadena. La ventaja es que lo tiene todo por hacer, pudiendo crear casi desde cero. El inconveniente es que lo tiene todo de cara, en una cadena que es sinónimo de vergüenza.

Para responder al golpe de su marcha, duro, TVE tenía varias opciones, y ha optado por una relativamente conservadora y, a mi entender, óptima. Ha tirado de la cantera de profesionales que son de la casa y ha colocado a Marta Carazo, hasta diciembre corresponsal en Bruselas, como nueva presentadora. Carazo no es amante del espectáculo, es una mujer seria, como Carlos, y tiene un perfil neutro, alejado de filias y fobias políticas, no como alguno de los nombres que sonaron en un principio. Llega a un portaviones con varias fugas de agua que Carlos trato de poner a navegar a toda máquina. Desde ayer se enfrentan a las 21:00 en la pantalla en una rivalidad en la que ambos disputan y, también, se admiran. Me tocará verlos a trozos.

lunes, diciembre 18, 2023

Vargas Llosa se retira

Este año Mario Vargas Llosa ha publicado una novela de temática peruana, titulada “Les dedico mi silencio” que leeré cuando salga en bolsillo, y su agente editorial hizo saber que será el último trabajo de ficción del autor. Embarcado como está ahora mismo en un ensayo sobre la figura de Sartre, se ha informado también que este será el último texto que componga para ser publicado como libro, dando por concluida una gran trayectoria literaria en prácticamente todos los géneros posibles. A sus 87 años, el Nobel llega la final de su trayectoria y da por terminada la labro realizada a lo largo de toda una vida.

Este fin de semana, tras lo anunciado por su familia el sábado, publicaba El País la que, también, va a ser su última columna en la prensa, una colaboración que el escritor mantenía con la cabecera madrileña desde hace varias décadas, años noventa, y que se publicaba en la edición del domingo con periodicidad quincenal. Afirma en ella que la memoria ya no le funciona como antaño y que empieza a no tener fuerzas para realizar artículos y reportajes, que el tiempo de la escritura se le acaba. Dedica esta última columna a dar algunos consejos a los periodistas, especialmente a los de opinión, necesarios en estos tiempos de doctrina militante en los que la figura del periodista se confunde con la del acólito al servicio de la causa. Demanda Llosa que el columnista sea fiel a la verdad, y a su opinión al respecto, y que, si esta discrepa de la línea editorial que mantiene el medio, que no se achante y mantenga sus convicciones. El articulista debe tener una posición dada sobre el tema del que escribe (lo que no le obliga, por supuestos, a tenerla sobre todos los temas del mundo mundial) y con argumentos y razón debe justificarla. Si eso no es lo que el medio en el que trabaja propugna desde su enfoque editorial, da lo mismo. El propio Vargas Llosa ha sido un articulista molesto para El País en no pocas ocasiones, manteniendo una postura liberal que casaba ligeramente con las bases fundacionales del periódico, pero que cada vez se ha ido alejando más, no por la deriva del escritor, sino por el propio cambio de espectro del diario, que se sigue escorando cada vez más hacia una nada sanchista. Vargas Llosa ha evolucionado ideológicamente a lo largo de estos años y, de una juventud de militancia comunista y “sesenta y ochera” por así llamarlo ha acabado siendo un defensor del liberalismo en extenso, no sólo del económico, que también, sino del social, lo que también le ha enemistado con algunos que se hacen llamar liberales pero que asocian ese concepto sólo a la cartera pero no al sentimiento o la vida personal. Dotado de una cultura aplastante y una saber escribir propio de un genio, disputar una posición escrita por Vargas Llosa era un reto para todos aquellos que disintieran de su opinión, y los hay en abundancia. En muchos de los casos el Nobel no entraba al trapo, no es amigo de polémicas desde las que tuvo en su juventud con autores de su quinta y rehúye el enfrentamiento por encima de todo, sabedor de que en el ruido ni va a ser capaz de argumentar ni va a encontrarse verdad alguna. Muchos son los que admiran las novelas de Llosa pero discrepan notablemente de sus posiciones ideológicas, pero la inmensa mayoría le reconoce una coherencia profunda en las mismas. Uno de sus ensayos “La llamada de la tribu” que es muy recomendable, supone una defensa del liberalismo pero, sobre todo, de la libertad frente a la masa, de la capacidad crítica del individuo en la sociedad frente al poder establecido que siempre busca amordazar a la opinión discrepante. Natural de una nación y continente en el que la libertad siempre está en peligro por las asonadas militares y el populismo, Vargas Llosa llegó a la democracia europea y le fascinó desde un principio la maravilla de equilibro democrático que hemos alcanzado en nuestras sociedades y, pasmado se quedó, la admiración que los intelectuales europeos tenían de regímenes de pesadilla que él conocía muy bien. De ahí su desencanto ideológico y su conversión a la fe de la libertad por encima de todo.

Vargas Llosa es un excelente escritor, autor de algunas de las mejores novelas de las últimas décadas, y como periodista ha sido autor de grandes columnas. Para los que en ello trabajan, y los que, por afición, tratamos cutremente de imitarlos, ha sido todo un referente y ejemplo. Su decisión voluntaria de retirarse es dolorosa para los lectores, pero es el autor el que decide cuándo se ve en condiciones de seguir y cuándo no, y el lector, además de respetar esa voluntad, poco más puede hacer que agradecer el trabajo de estos años y el inmenso placer e ilustración que ha sido pasar horas envuelto en sus páginas. Un maestro sale de la escena y se retira.

jueves, noviembre 30, 2023

Carlos Alsina, premio Cerecedo, y el periodismo

Seguramente será Carlos Alsina el presentador de radio más interesante que hay en España. Polifacético a la hora de diseñar sus programas, se considera más creador de radio que periodista a secas, aunque sea un esclavo de la actualidad y su narración, tanto por convicción como por necesidad. Ficciones sonoras, espacios alternativos de calidad como La Cultureta, colaboradores de prestigio, entrevistas con un estilo muy propio… Alsina hace una radio que es similar a la que se hace en todas las cadenas, pero con unos matices muy interesantes. Pero sobre todo, Alsina no te deja claro a quién votaría en unas elecciones, y sólo por eso merece la pena escucharle.

Reconocido múltiples veces por su profesión, y por muchos fuera de ella, ha sido galardonado con la última edición del premio Enrique Cerecedo, y en su discurso, que les aconsejo fervientemente que contemplen, disecciona en unos veinte minutos los males que acechan al periodismo actual, especialmente ese proceso que ha convertido a los periodistas políticos en copia barata de lo que ya eran los deportivos, un vulgar grupo de hinchas del equipo al que, carentes de rubor, defienden sin complejo alguno, acierte o se equivoque. Alsina es amigo de ironías y cinismos, que dicen que en la radio no se entienden bien, pero que usadas con esmero son tan comprensibles como efectivas. Sin una palabra más alta que otra, sin faltar en lo más mínimo, pero con la gracia del que se ríe de todo, su discurso es una disección de unos medios que hace tiempo se han convertido en apéndices de los partidos, con la complicidad, cuando no aplauso, de los profesionales que los integran. Siempre ha habido periódicos y cadenas de partido, eso no es novedad. Como decía el clásico, si fuera un objeto sería objetivo, pero como soy un sujeto soy subjetivo, y eso nos pasa a todos, pero desde unos años, a medida que el populismo “sin complejos” ha ido conquistando cada vez más peso en la política normal y que las redes sociales se han convertido en el altavoz único de la opinión, la deriva hacia el partidismo de medios, columnistas, editorialistas y demás ha sido total, y con ello la pérdida de credibilidad de unas opiniones que, expresadas con convencimiento radical, son forzadas a cambiar de rumbo por completo en apenas horas en función de la conveniencia del líder al que se aplaude, que por su puesto carece de convicciones y escrúpulos, porque no los necesita. Cuando acudo a un periódico o a un medio informativo, sea cual sea su soporte, quiero que me cuente lo que ha pasado y me de algunas claves del por qué. Se que va a haber un cierto sesgo en su interpretación de los hechos y, conociendo la tendencia del medio, lo tamizaré. Consultando más de uno podré contrastar y, en definitiva, tratarme de hacer una idea de lo que ha pasado, en temas de los que puedo saber mucho o no, que me tocan cerca o lejos, de los que tengo una opinión formada o no. Esta estrategia, que requiere trabajo, fracasa desde el principio si el medio se convierte en el portavoz de un partido, si lo que me cuentan es mera propaganda, redifusión del argumentario del día fabricado en las mazmorras de ciertas sedes de partidos o de instituciones rectoras del poder. Distinguir información de propaganda empieza a ser imposible, y si uno no puede llevar a cabo ese trabajo de tamiz y contraste que antes les señalaba, la opción más sencilla es la de la renuncia. De qué sirve estar viendo o escuchando una tertulia en la que uno sabe, a priori, perfectamente lo que va a opinar cada uno de los presentes sobre todo lo que se diga, y en la que se no dejan de reiterar los mismos argumentos, a veces incluso las mismas frases, palabra por palabra, que se llevan escuchando desde primera hora del día por parte de los portavoces de los partidos o gobiernos. Uno descubre que eso que se vende como periodismo no lo es, y para escuchar a loros reiteradores de eslóganes renuncia, apaga el medio y busca otra cosa. Y entonces eso que se llamaba periodismo se adentra en la peor de las crisis posibles, la de la credibilidad.

Entre las muchas anécdotas que cuenta Alsina en su discurso la última, referida al entierro de Concha Piquer, es genial, y reitera la necesidad de que el periodista tenga, respecto a la actualidad y el poder, una actitud prudente y distante, sino puede acabar muy mal. Puede incluso llegar a ser censor, mandar callar a otros, no sólo elogiar sin freno al líder propio, sino directamente exigir a los demás silencio y pleitesía. De censores está el mundo lleno, que desean ejercer sin freno para extender su sectarismo. Ahora no llevan sotanas ni alzacuellos, pero se valen de la misma intransigencia. Alsina, al menos, es de los que los denuncia y consigue enfadar, que no es poco en estos tiempos. Enhorabuena por el premio y muchas gracias.

jueves, octubre 19, 2023

Guerra, verdad y propaganda

Es manido el dicho que reza que la verdad es una de las primeras víctimas de la guerra. En tiempos como los actuales, de bulos que se difunden sin freno y de estulticia sesgada ante la realidad no hacen falta combates para que la verdad muera en la oscuridad de la sinrazón. Uno ya parte de creencias que considera inmutables y todo lo demás no es sino propaganda sembrada por el enemigo para intoxicar. Miren el nivel de fango en el que se desarrolla nuestra política, con amnistías impensables hasta que se vuelven obvias, y tantos casos que no merece la pena ni reseñar. En caso de guerra, a la infamia que suponen esas posturas, se le suma la propia crueldad del conflicto, que lo llena todo.

¿Quién es causante de la matanza del hospital de Gaza? Lo mejor que puedo decirles es que no lo se. A priori, en una zona en la que Israel ataca con frecuencia, la probabilidad juega a favor de que sea consecuencia de un misil de las IDF, pero las pruebas presentadas por las fuerzas israelíes y las pocas imágenes que se tienen del lugar del impacto parecen defender la idea de un fallo en un cohete lanzado desde la propia franja hacia territorio israelí, que cayó donde no debía. Ambas hipótesis son posibles, son verosímiles, y no hay pruebas ni análisis concluyentes que, a día de hoy, nos permitan decir si fue uno u otro. Es así de simple y cruel. Sin embargo, la noche del miércoles, consultando información en X, tal y como bautizó a Twitter su extravagante dueño, uno contemplaba un fenómeno curioso y triste. Desde el sofá de mi casa, a miles de kilómetros de Gaza, con mis escasos (siendo generoso) conocimientos de metralla y restos de impactos generados por distintos tipos de cohetes, no sabía a qué carta quedarme. Los perfiles que sigo de profesionales, tanto militares como expertos en estos temas, tenían dudas razonables y apuntaban tanto a Israel como a Yihad islámica, pero afirmaban no tener pruebas claras. Y otros muchos perfiles, desde los salones de sus casas, pregonaban a voz en grito, bueno, tecla pulsada, la fechoría cometida por los salvajes sionistas o la cruel matanza perpetrada por los yihadistas contra la población civil que sostienen en Gaza. Los perfiles ideológicos de muchos de los tuiteros te permitían adivinar, con un grado de acierto casi absoluto, si se decantaban por una opción o por otra, y lo más asombroso no era ese grado de correlación entre el sesgo y la opinión, no, sino la vehemencia, la fe inquebrantable, la total ausencia de dudas que había en sus juicios sobre la culpabilidad de lo sucedido. El manual del fiel a la causa funcionaba de una manera tan exacta como estremecedora. Fueras periodista, politólogo, opinador, político o lo que sea, no había fisura alguna a la hora de asignar culpabilidades y exigir condenas. Dado el sesgo ideológico que predomina en la sociedad española, y que se ve acentuada en ruidosas cámaras de eco como Twitter, predominaba la solidaridad con palestina y la condena a la pérfida Israel. Unos pocos eran el espejo opuesto, y muchos menos eran los prudentes que decían que había dudas sobre la autoría. Ya en el caso de la guerra de Ucrania, donde todo está bastante más claro, donde hay un agresor imperialista xenófobo y una nación atacada, ha habido dudas en alguno de los ataques que ha sufrido la población civil, y hace algo más de un mes se produjo una matanza en un mercado en una ciudad cercana al frente que tenía toda la pinta de haber sido por un bombardeo ruso pero que, unos pocos días después, se pudo confirmar que se debió a un fallo de un misil de defensa antiaérea ucraniana. Las víctimas civiles lo fueron por fuego amigo, no del invasor. Si en un caso de estos, que es más fácil, donde la presencia de los medios es constante y se puede investigar por parte de las autoridades del país agredido, suceden equívocos de estos, qué no pasará en el infierno que es Gaza desde hace tantos y tantos años.

El conflicto Israel Palestina es uno de los más viejos que existen, rebrota constantemente y lleva décadas sin acuerdo práctico que permita encauzarlo. Ambos bandos han hecho perrerías mutuas y los odios están enconados en esas sociedades, tanto como la necesidad de compartir territorio o la creencia de que su Dios, el de cada uno, es el que le da la razón absoluta. Es una de las disputas en las que la opinión pública global más posicionada está desde hace décadas y donde la ideología sesga gran parte de los argumentos que se exhiben desde las tribunas occidentales. A pocos les importan los muertos sobre el terreno. Todo es sucio y desagradable.

miércoles, septiembre 13, 2023

Derna, Libia, el desastre total

No se si están escritas, pero hay leyes en el mundo del periodismo sobre el impacto que una tragedia es capaz de lograr en la opinión pública y, con ello, la atención y negocio asociado. La proximidad, física y emocional, es determinante, y la espectacularidad del propio hecho junto con el número de víctimas. Cada mil kilómetros de distancia, entendida en todos los sentidos posibles, necesita unos miles de muertos más para llegar. Un gato atrapado en un árbol en Manhattan que resulta herido al ser rescatado cotiza como unos doscientos muertos en Nepal, más o menos. Puede sonar crudo, pero así es, porque así funcionamos. Nos guste o no.

¿Cuántos muertos son necesarios para que una tragedia en Libia ocupe titulares en las portadas? Por de pronto requerirá muchos, muchos, varios miles por lo menos, y algo de espectacularidad en el fenómeno para destacar entre los sospechosos habituales de la naturaleza causantes de desastres. A priori lo sucedido en la ciudad costera de Derna cumple con todos los requisitos necesarios para ello, pero aún así uno le echa un ojo a la prensa del día y, aunque logra colarse, debe hacerlo a codazos sobre la zafia y amnistiante actualidad política de nuestro país, y debe competir en dramatismo con las escenas que nos deja el terremoto en Marruecos, que cumple muchas de las leyes de proximidad no escritas para llegar a lo más alto de la escaleta de las noticias. El que Libia sea una nación en guerra civil desde hace años, fragmentada, donde la vida ya de por sí vale poco y la presencia de medios es casi testimonial por lo peligroso que resulta estar sobre el terreno hace que lo que allí suceda pase desapercibido casi por completo, y debe ser un hecho extraordinario, como el que ha sucedido en Derna, para que el ojo de la actualidad se gire y apunte a ese sumidero de la audiencia. Abrir un informativo con escenas que se deben verificar sobre los probables miles de muertos causados por una enorme tormenta que ha derrumbado presas y arrasado una ciudad costera es una decisión de riesgo que un programador difícilmente llevará a cabo. Puede que sí en un medio público, donde la audiencia es un tema no tan importante y la cuenta de resultados no determina la renovación mensual de un formato o presentador, pero sigue siendo una opción peligrosa. Casi nadie sabe dónde está Derna, hay que localizarla, poner mapas, carece de la más mínima referencia visual que pueda resultar llamativa al espectador, no hay iconos, ni figuras urbanísticas famosas. Nadie ha estado nunca allí, ni conocemos a alguien que viva en esa urbe o sus alrededores. Cualquier relieve de una llanura marciana nos suena tanto a la vista como el perfil de esa ciudad mediterránea que está en la costa del país, en la costa pobre de un mar que consideramos nuestro. Algunos asociarán estas costas al lugar desde el que las mafias hacen partir los botes que acaban arribando a Lampedusa y otras localizaciones en Italia, pero poco más. Uno ve los vídeos que se han podido atribuir expresamente a la catástrofe y encuentra escenas similares a las de una riada de esas que se dan en la costa valenciana o murciana a estas alturas del año, pero con un decorado que no le suena de nada. Aparecen edificios de hormigón y otros que no lo son, y se atisban minaretes, síntoma de que no estamos en las orillas occidentales del mar, pero poco más se puede afirmar al ver las escenas, muchas de ellas nocturnas, que acaban con imágenes de día en las que lo que parece ser la costa de la ciudad se ha convertido en una informe escombrera de piedras, coches, basura y cadáveres, depositados de la manera más masiva y caótica que imaginarse uno pueda. ¿Sirven esas escenas para conmover al espectador? ¿Son relevantes para programarlas por encima de lo que se sabe que puede vender? Preguntas como esas se las harán muchos periodistas a lo largo de estas horas, sin encontrar respuestas claras, y sin apenas fuentes sobre el terreno que les ayuden a contextualizar los hechos y dar una imagen de presencia y cercanía. No pocos, con lógica, optarán por darlo como un breve, quizás citándolo en la escaleta de titulares por los “miles de muertos” pero con poco más énfasis.

Derna ha sido arrasada en una catástrofe muy propia de cualquier película de desastre que nos tragamos de una manera disfrutona cuando se desarrolla en un paisaje conocido y sabemos que es ficción. Lo que ha pasado allí es una cruel realidad que desborda a todo lo imaginable, y resulta realmente difícil de explicar. Desastre natural unido a catástrofe en las infraestructuras que deja como resultado una ciudad arrasada en la que más del 10% de su población puede haber fallecido en apenas unos minutos. ¿Cómo relataríamos algo así si se produce en nuestro entorno? ¿Cómo hacerlo cuando se da en un lugar que nos es tan ajeno? ¿Cómo resistir el dolor de tanta pérdida humana?

miércoles, marzo 23, 2022

Periodistas en la guerra de Ucrania

Almudena Ariza es la cabeza visible del tercer equipo que ha mandado TVE a Kiev para seguir las evoluciones de la invasión rusa. Antes de que empezase la guerra fue Víctor García Guerrero el que se desplazó a esa ciudad y, pasada la primera semana de combates, Óscar Mijallo, veterano curtido en varias situaciones de riesgo, se trasladó del sur del país a la capital para hacer el seguimiento. A lo largo de esta semana, coincidiendo con el final de la cuarta de ofensiva rusa y de asedio de los ucranianos, Almudena ha dejado su corresponsalía en Nueva York para ser testigo del horror que se vive en las calles de Kiev.

El periodista de guerra es una subespecie en el ecosistema de la información que ha dado grandes nombre y joyas en forma de crónicas, libros y reportajes. Se asocia a la aventura y el riesgo, y pese a que sigue teniendo un cierto aire romántico, no deja de ser el punto en el que el informador se encuentra más cerca del horror de la guerra, de lo que hay que narrar pero es imposible soportar, y allí donde su propia vida corre el riesgo de terminar de la misma manera que la de los combatientes a los que observa. Las tres últimas muertes de periodistas españoles enviados a guerras muestran que el oficio es duro, peligroso y no apto para cobardicas. Ricardo Ortega en Haití, José Couso en Bagdad y Julio Anguita en Afganistán son nombres que todos recordamos, que ejercían una profesión necesaria, y que murieron a causa de ella. Son incontables los que han ejercido esta labor, y seguramente en España Manu Leguineche fue el padre de todos ellos. Un hombre especial, bastante autodidacta, que supo crear casi desde la nada, en un país en el que la censura de la dictadura lo hacía todo más difícil y la falta de medios exigía voluntarismo sin límites, toda una agencia de noticias especializada en la actualidad internacional, de la que era un apasionado. Viajero empedernido, Leguineche vivió las guerras de Indochina, lo que luego sería Vietnam, y enseñó a un montón de pupilos un oficio en el que, como no tenía nombre anglosajón, no era reconocido como maestro por los popes del gremio. Pero lo fue, y de los más grandes. Sus reportajes y libros son excelentes, y hoy en día se siguen leyendo con el gusto, frescura y poso que el bueno de Manu supo dejar en ellos. Discípulos suyos son gente como Javier Márquez, Gervasio Sánchez o Arturo Pérez Reverte, curtidos en batallas más modernas como las del golfo o los Balcanes, por mencionar las más conocidas, donde realizaron un trabajo excelente y, también, vieron cosas que les han marcado para siempre. Reverte hace muchas veces referencia a cómo la experiencia de la guerra marca a los individuos, los altera para siempre en sus escalas de valores y formas de comportamiento. Sobrevivir a eso, como participante o testigo, te hace ser otra persona, ni mejor ni peor, pero sí distinta, y eso te altera en tu vuelta a la vida normal, la que dejaste en tu casa, tan alejada del peligro. Nada volverás a verlo ni a valorarlo de la misma manera. Por eso el periodista de guerra es un personaje extraño, al que las emociones y cosas que apasionan al resto de miembros de la redacción de su medio le parecen ajenas, triviales, menudencias propias de conformistas residentes en la opulencia. Él ha visto lo que es el fin de la sociedad que conocemos, y eso no lo convierte en alguien orgulloso y distante, no, pero sí en una persona mucho más cínica, descreída, imposible de ser influida de la manera en la que son otros periodistas, porque ya ha visto lo que es realmente importante, y lo que cuesta conservarlo, y lo que es que alguien lo pierda. Uno puede dejar de ser periodista, como lo hizo Reverte colgando sus credenciales de TVE, pero no puede no haber estado en la guerra y olvidar lo vivido, extraer de su cuerpo las cicatrices, las visibles pero, sobre todo, las ocultas, que ese horror diario le ha dejado. Como el alcoholismo y otras adicciones, el que allí ha estado siempre será un ex, nunca podrá recuperar la vida que poseía antes de ir.

Una labor en la que todos los combatientes de la guerra ponen mucho empeño es en ocultar lo que hacen, engañar, esconder las mayores vergüenzas, y mentir para que la información sea también un arma a su servicio. Por eso es tan importante la labor de los medios de comunicación en las guerras, por eso es tan necesario que ese trabajo sea desarrollado por profesionales curtidos, serios, pausados, no adictos al espectáculo, que no vean el horror de la guerra como un show para conseguir audiencia, sino como el relato de una noticia, enorme, trascendente, gravísima. En esto TVE lo está haciendo muy bien en esta guerra, y desde aquí mi reconocimiento a sus profesionales, equipos, ayudantes y colaboradores.

viernes, octubre 15, 2021

Colgados de la brocha por PP y PSOE

Ayer, a media mañana, PSOE y PP anunciaron un acuerdo para renovar varias instituciones que llevaban tiempo prorrogando más allá de lo establecido el mandato de sus componentes. Son cuatro; Tribunal de Cuentas, Agencia de Protección de Datos, Defensor del Pueblo y Tribunal Constitucional. ¿Es esta la mejor manera de renovarlas? No, porque no es sino un cambio de cromos entre dos partidos en un terreno de juego, el institucional, que lo es de todos, pero dado cómo funcionan las cosas en este país y lo difícil, imposible, que es que lleguemos a tener un certero sentido de estado creo que este acuerdo es la mejor de las opciones posibles. Vivimos en un mundo de realidades, demasiadas veces desagradables, no de deseos.

Lo más divertido del acuerdo ha sido ver cómo los pelotas de ambos partidos, especialmente periodistas que van de independientes, han quedado con las vergüenzas al aire cuando ayer se anunció este compromiso entre partidos. El día anterior, cuando saltó el ofrecimiento de Pablo casado de sentarse para negociar, afectos de ambos partidos se lanzaron a la yugular de la propuesta, tachándola de todo menos bonita. Imagino al periodista de toda la vida que es más socialista que escritor, que aspira a un cargo en el partido y, sobre todo, un sueldo público que le saque de la incertidumbre del medio para el que trabaja, acusando el jueves por la tarde a Casado de tramposo, de falso, de ofrecer un acuerdo que es imposible, de usar una pose para aparentar espíritu constructivo pero, en el fondo, ser el inmovilista reaccionario de siempre. Suelta y suelta tuits el periodista, llamémoslo así, afecto al sanchismo más profundo, imaginándose la llamada futura de alguien de Ferraz que se lo agradezca y le premie. Trabajo intenso el de ayer, en la esperanza de buena recompensa. Ayer llega la llamada de Ferraz, ilusión extrema, y el interlocutor le dice que “habemus pacto” con el PP, y que todo correcto, y que ahora le toca defender ese acuerdo. Y el afecto sanchista se queda con la cara de un perfecto gilipollas y se da cuenta que no sabe ni borrar tuits, ni tiene tiempo para ello. Una situación similar vivió, en las mismas horas, el periodista que se tacha de liberal y moderno, que defiende la economía de mercado por encima de todo y la iniciativa privada hasta el más allá, pero que trata día tras día de hacer la pelota a los cuadros dirigentes del PP para ver si le colocan con un puesto público y así obtiene unos ingresos seguros y trabajando algo menos, porque para la gran empresa de medios para la que escribe, al dictado del mercado, la nómina es escasa y quién sabe si seguirá ahí el mes que viene. Vio el anuncio de conversaciones y, acto seguido, empezó a despotricar algo contra Casado, acusándole de blandengue, pero sobre todo contra Sánchez, que otra vez va a engañar al PP y a la democracia con un paripé de encuentros que se saldará con el fracaso, orquestado desde la Moncloa por los oscuros gurús que allí residen. Venga soltar tuits ruidosos contra las terminales mediáticas del gobierno y, también, contra todos sus afectos, responsables de la interinidad institucional y de la no renovación de vitales órganos constitucionales. Qué día más intenso para el aguerrido periodista liberal, seguro que se verá recompensado en el futuro con un cargo adecuado, y su reluciente nómina. Ayer llega la llamada de Génova, ilusión extrema, y el interlocutor le dice que “habemus pacto” con el PSOE, y que todo correcto, y que ahora le toca defender ese acuerdo. Y el aguerrido propagandista propepero se siente estafado, y le toca desdecirse de todo lo que lleva escrito desde hace algo más de veinticuatro horas, y no sabe no ya eliminar tuits, sino cómo esconderse. Noche de pesadilla que habrá pasado para redactar su artículo de hoy. Y ya es mediados de mes y la gasolina sube mucho más que sus ingresos.

Cuando ayer Félix Bolaños, el ministro conseguidor de Sánchez, anunció que el pacto alcanzado se basaba en acuerdos ya perfilados en parte en febrero, a más de un afecto a cada uno de los partidos la cara de gilipollas se le debió quedar para inmortalizarla para siempre en un lienzo tamaño Las Meninas. Seguro que los dos protagonistas de nuestro relato de hoy (varios encajan en esa descripción) se han jurado a sí mismos no volver a caer en semejante trampa y, desde hoy, tratar de ser periodistas y no vulgares pelotas del partido de sus amores, pero al poco de despertarse habrán entrado en las redes sociales, habrán visto la última y artificial bronca organizad por la tontería del día, y ahí que se habrán lanzado a tuitear como posesos por los suyos. Si es que son como niños, no aprenden.

miércoles, junio 23, 2021

Periodistas de partido

Pocas sorpresas entre los apoyos registrados por la iniciativa indultante de Sánchez. Prietas las filas del partido, sometido al líder con la disciplina que ahora se lleva, quienes en el PSOE se oponen son los que, o no se juegan su puesto en las próximas listas electorales o voces muy dispersas, como las de García Page, que parecen valorar sus opciones personales por encima de las siglas, en la esperanza de que eso le sirva para mantener el cargo dentro de dos años. El resto de adhesiones están muy condicionadas por la capacidad que tiene el ejecutivo de otorgar, vía fondos europeos y no, subvenciones y ayudas. El dinero lo engrasa todo.

Me sorprende, cierto que cada vez menos, la beligerancia con la que los periodistas afines al ejecutivo recitan, con una exactitud milimétrica, el argumentario elaborado por el departamento de persuasión y propaganda de Moncloa (expresión que le copio a Alsina, si pudiera le copiaba todo menos la barba). Voces diversas, medios distintos, pero exactamente las mismas frases hechas, los mismos adjetivos, la misma retórica, sin una sola duda. Supongo que los militantes de un partido se deben a él, y cuando firman la inscripción depositan en la mesa parte de su encéfalo para no pensar en lo más mínimo sobre las decisiones del siempre acertado líder, pero veo que este comportamiento se repite entre los profesionales de la información con la misma capacidad de sumergir la inteligencia entre toneladas de propaganda. Sí, es algo que se da en todos los medios y espectros ideológicos, pero como ahora gobiernan estos podemos criticarles a ellos, ya tocará criticar con más saña a los otros cuando en el poder estén. Y el que se de en la mayoría de los medios y a todas las ideologías que uno mire no es sino una prueba más del error en el que caen los profesionales de la información, no una excusa para justificar a unos y otros. Desde hace tiempo los medios impresos en España de información general se han convertido en una copia, cada vez con menos disimulo, de eso que algunos llaman prensa deportiva, que yo creo que no es ni lo uno ni lo otro. Ahí se ve como normal que un periódico dado sea de un equipo, y todos los grandes “tienen” uno. Ese periódico alaba día tras día todo lo que haga el equipo de sus amores, le dolerán sus derrotas, pero siempre encontrará justificantes para el consuelo. Lo que hacen esos medios no es información, sino simple propaganda, algo cutre y barato en lo deontológico, que tiene su público, que es comprado por los aficionados del equipo que domina la cabecera de turno, y eso se traduce en ingresos para el editor y sueldo para los que escriben esos artículos, que no los llamaría yo periodistas. Pues bien, la prensa diaria cada vez se parece más a eso. Uno ya sabe perfectamente lo que va a opinar un medio dado sobre lo que sea, con un grado de acierto altísimo, y salvo alguna opinión descarriada, que se mantienen por causas no conocidas, la orden de seguir la consigna del partido es repetida hasta la saciedad por los articulistas de todas las secciones. Esto seguramente reconfortará a los votantes del partido de que se trate, que se sentirán constantemente masajeados, pero para el lector de prensa al que le gusta ver y contrastar opiniones, y que quiere aprender de personas que saben más y escriben mejor que uno, el resultado es deprimente. Cada vez es más costoso ir el fin de semana al quiosco y pagar unos euros por algo que sabes de antemano lo que te va a contar y defender, y resulta embarazoso asistir a ciertas columnas o artículos que, casi casi, parecen haber sido escritos al dictado de asesores del gobierno, que sin duda cobran mucho más que el articulista en cuestión. Supongo que la precariedad absoluta en la que vive la profesión le hace ser mucho más proclive al sometimiento, como vía para seguir ganando unos euros cada vez más caros, pero no sirve de excusa para tirar a la basura la profesionalidad y la dignidad.

Creo que era Indro Montanelli, que de prensa se lo sabía todo, y si fue otro da igual, el que decía que el periódico es la crónica diaria de la lucha por el poder. Y es cierto. Todas las decisiones que toma un gobierno, los indultos a los sediciosos también, se hacen para mantener el poder que se detenta, y nada más. La labor del periodista debe ser desenmascarar los argumentos del gobierno para enfrentarle a esa crudeza de su intención última, y frente a ella las necesidades del país, de sus ciudadanos y demás. Cuando los medios se limitan a adorar a un partido político o a otro dejan de ser medios, se convierten en otra cosa, bastante más inútil y prescindible. Creo que los que en ellos trabajan lo saben, pero no veo que hagan nada para evitar esta deriva.

miércoles, abril 28, 2021

Dos periodistas asesinados

Observando la realidad de nuestro país podría pensar uno que el periodista es un contratado más de entre los muchos que trabajan para un partido dado, que escribe en medios al servicio de esas formaciones y que a ellas se debe, por salario y promesas futuras en caso de victoria electoral. Pocos quedan cronistas de la actualidad no rendidos a la pleitesía del poder. Sin embargo, el periodismo es otra cosa, y entre ellas, el estar frente al poder, lo detenten los otros o los tuyos. El periodista es, por definición, incómodo para el poder, que por ello intenta comprarlo y someterlo para que no le incordie. El plegamiento de la profesión al dictado de los partidos es algo muy de nuestros tiempos, quizás fruto de la precariedad de una profesión económicamente laminada.

Ayer dos periodistas fueron asesinados en Burkina Faso, uno de esos países de África que casi ninguno seríamos capaz de situar en el mapa con exactitud. Se llamaban David Beriain y Roberto Fraile. Sus nombres puede que les suenen o no, a mi no demasiado, aunque luego he recordado trabajos suyos cuando los obituarios de los medios empezaron a repasar sus biografías. Estaban en el medio de la nada realizando un reportaje sobre la caza furtiva, y se toparon con lo que muy probablemente fuera un grupo de yihadistas, que deambulan por la zona con impunidad casi absoluta. Los dos murieron a balazos a manos de sus asesinos sin que haya constancia de pruebas de lo que sucedió y cómo. El gobierno de ese país, que es poco más que una gerencia administrativa de algunas de sus comarcas, ha prometido una investigación sobre lo sucedido, pero es bastante probable que ese empeño acabe diluido como sal en medio del mar de la violencia. Beriain y Fraile pertenecían al no muy numeroso grupo de periodistas reporteros, una forma de entender la profesión muy marcada por el oficio que demostraron Manu Leguineche, Javier reverte y otros pioneros que, con pocos medios, mucho valor y ganas de contar las cosas se embarcaban en viajes rumbo a países remotos en épocas en las que las comunicaciones eran tan primitivas que ahora se nos antojan surrealistas. Iban con un cuaderno, una pluma, una tarjetita con su nombre y “Press” escrito en ella casi como único salvoconducto, y contaban lo que pasaba a una audiencia que, en España, era escasa y con un interés variable. El reporterismo de guerra se fue profesionalizando a medida que las guerras se volvían más asépticas de cara a la opinión pública, e igualmente crueles en la trastienda, y el cada vez menor volumen de ingresos de los medios hizo que este tipo de periodistas se vieran forzados a ir tirando más y más de su vocación y medios propios para suplir lo que sus empresas no les daban. Como un goteo han ido cayendo nombres como Julio Anguita Parrado, Ricardo Ortega, Jose Couso, y muchos otros. Durante la guerra contra el yihadismo hemos alcanzado el paroxismo de la ejecución del periodista como método de enfrentamiento, y nombres como James Foley están en la memoria de todos. Pero eso no ha pasado ni mucho menos exclusivamente en las ardientes arenas del desierto de Oriente Medio. La Rusia de Putin el México del narcotráfico son lugares donde el asesinato de periodistas es moneda corriente y sus cuerpos aparecen como señal para futuros valientes que allí quieran ir a contar lo que no se debe. Como señaló ayer Alfonso Armada, responsable en España de Reporteros sin Fronteras, asesinar a un periodista cada vez sale más barato, y eso es, en sí misma, una noticia de las gordas, que tampoco se está contando. La profesión vive en una crisis estructural enorme y resulta prioritario sobrevivir y ganarse los cuartos, y desde luego la seguridad es algo que a tantos y tantos del gremio les preocupa poco, porque a sabiendas nada harán para incomodar al poder del que puedan obtener cargos, prebendas e ingresos que garanticen su tranquilidad. Visto desde la comodidad de mi nómina mensual, hace falta estar muy loco para ser periodista de verdad, en cualquiera de los tiempos. Y sí, también en este.

David Beriain y Roberto Fraile nunca iban a acabar como portavoces de un partido político o como miembros de la campaña de promoción de un líder mesiánico, o de gestores de sus redes (a)sociales, vestidos de periodistas, pero siendo sembradores de bulos y rencor. Buscaban historias que mereciesen ser contadas, que necesitasen ser conocidas, que salieran a la luz de la oscuridad bajo las que muchos intereses las tenían escondidas. Sus vidas han acabado de manera brusca y salvaje en medio de la nada de África. Ya no redactarán crónicas ni editarán imágenes de su trabajo, y algo de lo que en el mundo existe y merecía ser conocido no se contará porque no serán ellos los que lo hagan. Mi más profundo abrazo a sus familias y mi apoyo, a ellas y a todos sus compañeros y amigos, que hoy, seguramente, no sepan cómo contar la más cruel de las noticias imaginable.

lunes, marzo 08, 2021

María Casado o la reinvención

Este sábado tuvo lugar la extraña gala de los Goya de la pandemia, en la que las conexiones virtuales y actuaciones sin aplausos ofrecieron un resultado que, para los críticos, fue satisfactorio. Vi poco del acto, estaba con un libro interesante y, tras la presentación inicial de la ceremonia a cargo de Antonio Banderas, quité la tele y seguí leyendo. Al cabo de una hora volví a encender la pantalla y vi algunas actuaciones y entregas, pero lo quité antes de que terminase la gala. De vez en cuando, junto a Banderas, aparecía María Casado en el escenario, o como voz de fondo, presentando a los siguientes encargados de entregar los premios. Creo que no tuvo tanto protagonismo como Banderas, el anfitrión, a lo largo de toda la ceremonia.

La trayectoria de María Casado es bastante interesante y es, a la vez, un buen ejemplo de superación de las adversidades y de cómo reinventarse cuando vienen mal dadas. Empezó su carrera profesional en Cataluña, haciendo un poco de todo en medios, no sólo en TVE, pero acabó recalando en la casa en la que se haría famosa. Tras unos años en la delegación, llega a la central de Madrid y empieza a presentar informativos, logrando estar al frente de algunas ediciones del Telediario, algo por lo que sueñan, y matarían, muchos periodistas, y otros tantos que no, en este país. La de favores y adulaciones que se hacen por parte de presuntos profesionales al partido que toque para poder acceder a los telediarios, la joya a la que aspiraba Iglesias, que lo dijo en alto, y el resto, que no lo dicen, pero igualmente lo codician. De bello rostro, dicción correcta, mirada serena, voz algo dura y estilo agradable, Casado tiene el don de la credibilidad ante la pantalla. En unos años anteriores a la moda de hacer desfilar al presentador por el estudio para que el atrezzo aplastante esconda la inanidad política que se relata, Casado permanecía anclada a la mesa de presentadora sin poder salir de ella, pero realizaba de una manera perfecta su trabajo. Hizo sustituciones de los primeros espadas (que un solo día suplas a Ana Blanco debe ser el sueño de casi todos) y empezó a ser un rostro propio de TVE, participando en magacines, especiales y demás producciones de la casa, Su trayectoria iba en alza. En un momento dado se produce un giro y pasa del olimpo de los telediarios al duro trabajo de los desayunos, el programa informativo matinal de actualidad, que expandía el concepto de noticias con entrevistas y tertulia, una especie de réplica televisiva de lo que, a esas horas, llevaban a cabo las cadenas de radio generalistas, y que ellas inventaron en su momento. Casado siguió desempeñando esa labor allí con una corrección absoluta. Fu comentada la decisión del ente de cambiarle de programa, pasándola a presentar el espacio posterior a los desayunos, una especie de magacine de actualidad en el que los sucesos, la salud desde un punto de vista algo absurdo y la crónica social dominan el tiempo de emisión. Un registro más abierto, polifacético, en el que el peso de la información (y el rigor) decaían. Sustituía Casado a Mariló Montero, que salió por la puerta de atrás de TVE tras una serie de absurdas polémicas, y se pudo ver a una María más jovial, a la que la cámara le quería tanto como cuando informaba, que andaba en el plató con estilo y naturalidad, que se le notaba con un pleno dominio del medio y de la forma. Era una profesional de primera que igual de bien hubiera hecho ese programa que cualquier otro que se le habría encomendado. Frente a las reinas de la mañana, en las cadenas privadas rivales, Casado trató de no convertir su programa en una mera réplica de lo que la competencia hacía, sino en algo similar, pero con el sello de calidad que se le supone a TVE. En paralelo, se presentó a las elecciones a la presidencia de la Academia de televisión y las ganó.

Un día, hace poco más de un año, casado fue despedida sin muchas explicaciones, porque TVE quería remodelar toda su mañana para crear un contenedor único, llamado “La mañana de la 1” que presenta Mónica López. El despido fue degradante, y Casado lo admitió con una elegancia asombrosa. Al poco hizo público que abandonaba el mundo televisivo, a lo que se había dedicado toda la vida, para unirse al proyecto del teatro del SoHo de Antonio Banderas, en un salto mortal profesional de órdago, y llegó la pandemia y todo enmudeció. María Casado es un perfecto ejemplo de reinvención, de hacer de la necesidad virtud y de, ante el despido que a todos nos asusta, rehacerse. Una profesional de primera, que Banderas supo ver y que sus anteriores jefes dejaron escapar.

lunes, enero 25, 2021

Larry King, periodista

El maldito coronavirus se lleva a miles de personas anónimas y también a algunos rostros conocidos, que sucumben a la enfermedad con un grado de aleatoriedad digno de estudio. En la primera ola, que inició el mundo en el que ahora vivimos, Jose María Calleja, periodistas, fue uno de los famosos que falleció víctima de la enfermedad. De larga trayectoria y honestidad literalmente a prueba de bombas, ya se echa de menos su voz y clarividencia a la hora de analizar la desquiciada actualidad que vivimos. A buen seguro, de estar con nosotros, sentiría el mismo dolor que padecemos ante las cifras diarias y, en lo político, la decepción por los que ahora nos rigen, por los que gestionan el partido al que más unido se sentía. Estaría triste, seguro.

Este fin de semana, a los 88 años, ha fallecido en un hospital californiano Larry King. A muchos entre nosotros ese nombre no les sonará, pero en EEUU era una institución, como en todo el mundo del periodismo. Larry King era sinónimo de entrevista, era el maestro del género y el único capaz de llamar a quien quisiera para que se sentase delante de él y conseguirlo. Poseedor de una biografía personal apabullante, con ocho matrimonios con siete mujeres entre otros muchos detalles, ya realizaba entrevistas radiofónicas bastante antes de que Ted Turner se fijara en él para darle un espacio fijo la noche de los domingos en la cadena de noticias que iba a crear allá por los ochenta, de nombre CNN. King comenzó su presencia televisiva con las emisiones de esa cadena y siguió ahí hasta hace no muchos años, cuando su salud, ya deteriorada, no le dejaba trabajar como quería. Cultivó una imagen estética propia, a sabiendas de que tenía que tener un sello distintivo que lo separase de los demás. Con su micrófono vetusto, de los tiempos de la radio, sus gafas cuadradas panorámicas, repeinado, casi permanente pose de codos encima de la mesa y tirantes siempre llamativos, la estética de King era inconfundible, su fama arrolladora, y su programa, de lo más visto en la cadena durante décadas. Se convirtió en una celebridad, y era habitual que, en muchas películas, insertaran fragmentos de entrevistas suyas simulando ser atrezzo de realidad para dar aún más imagen de verosimilitud a la cosa. Sin ir más lejos, este fin de semana han vuelto a echar “Contact” en la tele (fantástica película) y sale dos veces. Más allá de su estética, King era un periodista de primera división, un profesional del medio y del formato, y sabía que el protagonista de una entrevista es la persona a la que se le pregunta, no el que hace las preguntas. Eso lo tenía muy claro, tanto como el hecho de que él no era experto en casi nada, y que el entrevistado sabía más del tema concreto al que se dedica que el periodista que tiene en frente. Buscaba la verdad, sí, obviamente, y trataba de sacar al entrevistado la información que necesitaba o quería, pero no planteaba sus encuentros como una especie de tercer grado policial en el que el entrevistado es un acusado al que se debe despellejar y el periodista es el protagonista de la noticia. Siempre con buenas formas con todo aquel al que se enfrentase, en sus muchos años de carrera King nunca dejó clara cuál era su ideología política, cosa que hoy en día nos puede parecer asombroso, pero que me parece, en sí mismo, motivo para levantarle un monumento. En tiempos en los que el sectarismo político ha invadido los medios y los ha convertido en extensiones de la prensa deportiva, demostrando un “forofismo” hacia los suyos que echa para atrás a cualquier mente con dos dedos de frente, King no hubiera sido contratado por cadena alguna, porque no sería el perfecto militante de la causa que se dejaría la piel para defender y excusar los males de los propios y asediar con saña infinita los males ajenos. Sus entrevistas permitían conocer la opinión del personaje que acudía y luego el espectador se formaba un juicio, sin que el conductor del programa le dictase qué es lo que tenía que pensar.

¿Muere con King este tipo de periodismo? Quizás. Como antes señalaba, vivimos tiempos de trincheras mediáticas, aderezadas con el fuego graneado que día tras día se lanza desde las redes sociales. Hay algunos profesionales de los medios en España que tratan de seguir el ejemplo de King, pero saben que eso es penar y sufrir ante directivas que, parece, reciben argumentarios a diario sobre lo que deben de opinar en función de la ideología del partido al que pertenecen. Con la precariedad de sueldos y carrera profesional que se vive actualmente en el periodismo las opciones de resistirse a estas presiones son cada vez menores. Figuras consagradas como King podían evitarlas, pero era una excepción. Su pérdida deja un vacío muy difícil de cubrir, en lo profesional y, como ven, en el estilo.