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viernes, julio 17, 2026

Una derrota para Europa

Era de esperar que, tras el pronunciamiento que expresó el abogado general, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea emitiera el veredicto de ayer, avalando la indigna ley de amnistía y otorgando validez jurídica a la rendición de la democracia española ante Puigdemont y el resto de sediciosos. La decisión es una manera de arrodillar los valores europeos ante el intento totalitario que se dio por parte del nacionalismo separatista catalán en 2017, una insurrección populista que contó con apoyos de enemigos externos de la UE, y que nunca fue entendida por las instituciones comunitarias como lo lesiva y peligrosa que era para la idea de la Unión en sí misma.

La mayor de las corrupciones de esta no legislatura que estamos viviendo no es la económica, relacionada con las distintas tramas, algunas presuntas, otras ya condenadas, que se desarrollan en torno al poder del sanchismo. Ni si quiera es todo lo relacionado con las cloacas y Leire, una historia de degeneración en la que el uso partidista de las instituciones y medios públicos para tratar de sabotear investigaciones que afecten al entorno del presidente y el partido demuestra un grado de envilecimiento mucho mayor que el de los que se dedican a mangonear del presupuesto. No, la mayor corruptela, la más imperdonable, es la traición que Sánchez cometió al conjunto de sus votantes y, por extensión, a toda la sociedad española, cuando juró y perjuró que nunca se aprobaría una ley de amnistía para los condenados del Procés pero, tras los resultados electorales de las elecciones de julio de 2023, en esa misma noche, afirmó eso de “somos más”, teniendo ya muy claro desde entonces que esa amnistía se aprobaría sin problema alguno a cambio de los votos de Puigdemont. Esa es la mayor de las corrupciones de este tiempo, la cesión de la verdad a los que fueron condenados por sedición tras sus actos viles y su entronización ante una parte de la opinión pública, mucha de ella beneficiada de prebendas y mordidas que, como el resto, contempló lo sucedido en 2017 con la misma congoja con la que lo hacía todo el país. La absoluta vulneración de la ley y los derechos de gran parte de los catalanes, y del conjunto de los españoles, por parte de los totalitarios nacionalistas pasó de ser juzgada y condenada por la ley a ser amnistiada por el mero interés del mantenimiento en el poder de Sánchez. Hubiera dado igual la naturaleza de los delitos que se hubiesen cometido durante aquel golpe postmoderno, como muchos lo han calificado. La absoluta falta de escrúpulos de quien ostenta la presidencia del gobierno tenía muy clara que los siete votos de Junts valían lo que fuera necesario, y si había que amnistiarles, se les amnistiaba, y si hasta el día anterior se decía con contundencia que eso era imposible, a partir del día siguiente se argumentaba que cómo no se había hecho antes. Un proceso de corrupción institucional y de la verdad absolutamente repugnante, dirigido sin escrúpulo alguno desde la presidencia del gobierno, secundado al unísono por todo aquel que quisiera mantener un cargo público en el nuevo ejecutivo y coreado sin escrúpulo alguno por muchos que, en la órbita del gobierno, pasaron de defender con ardor la negativa a conceder semejante medida a justificarla con vehemencia por el mero hecho de que a una sola persona le convenía que se produjera. La destrucción de capital social y prestigio que se produjo en aquellos momentos fue enorme, irreparable. Contemplar el arrastramiento de no una o dos, sino tantas opiniones por el mero hecho de congratularse con el poder que les garantizaba una posición cómoda, sin el más mínimo rubor ante la traición a la ley, a la verdad y a la realidad que estaban realizando… Ese ha sido el mayor acto de corrupción de esta no legislatura. El resto, casi todo lo demás, sólo es robo protagonizado por vulgares ladrones.

Ayer, mientras en Luxemburgo se leía una sentencia injusta, es muy probable que en el Kremlin en otros despachos muy decorados se brindase con alborozo, y se riera con ganas ante la demostrada estupidez de una UE que no ha sabido, querido o podido, no se cuál de las tres opciones es peor, enfrentarse a un movimiento que atacaba sus bases institucionales, jurídicas a ideológicas, todo ello enmascarado en una presunta revuelta popular. Los sediciosos no actuaron solos, y muchos de ellos y los que les apoyaron pueden acabar inmunes, mientras que los que defendieron la libertad de todos y actuaron de parte de la ley sólo han obtenido desprecios, empezando por los emanados de sus mayores superiores. Tristeza inmensa.

lunes, mayo 04, 2026

El nacionalismo no admite bromas

El humor es una de las mayores armas que el ciudadano tiene frente al poder. Reírse de alguien, y más si ese alguien manda, es corrosivo, y despoja al que dicta de gran parte de su aura inexpugnable. Puede no servir de nada en caso de dictadura, pero son esos, los tiranos, los que más odian los chistes y los censuran hasta la paranoia absoluta, porque saben que quien se ríe de ellos no está totalmente sometido. Viñetistas, humoristas y demás siempre han tenido problemas con la autoridad y su censura, tanto en tiempos de dictaduras establecidas como en los actuales, donde la corrección política, el gremialismo exacerbado o el sentimiento constante de agravio tratan de imponer los mismos corsés que antaño los uniformados.

La pasada semana se vivió una trifulca relativa entre Sánchez y el PNV a cuenta de una viñeta publicada por los socialistas vascos, socios de gobierno en Vitoria, hecha con IA en la que Aitor Esteban, sonriente y trajeado, se tiraba a una piscina, en referencia a la alusión hecha por los peneuvistas hace meses de que no había agua a la que arrojarse en cuanto al nuevo estatuto de autonomía, del que llevan hablando ya demasiado tiempo, y al cambio reciente de opinión sobre si ahora sería posible llevarlo a cabo. Una imagen caricaturesca de elevada ñoñería y, para lo que se estila en las redes, apenas carga mordaz, bastante blanca. Propia del infantilismo en el que se ha convertido la política en nuestro tiempo, pero para nada ofensiva. Pues bien, el PNV, que mantiene un silencio sepulcral sobre todo lo que se dice a diario en el juicio a Ábalos y su tropa, salió en tromba haciéndose el ofendido máximo ante la publicación de la imagen y exigió, de la manera más ruidosa posible, una retractación de los socialistas vascos y una disculpa del propio Sánchez ante algo que consideraban intolerable. Tal escandalera montó que hasta los medios gubernamentales, que ocultan con exquisita profesionalidad todo lo que sea escándalo o problema de gestión que se den en el País Vasco, se vieron forzados a hablar del tema, escondiéndolo algo, pero publicándolo. Había mucho de impostura en la posición del PNV, de ego forzado, de chulería, de querer que se hable de mi, de solicitar un “casito” que los de Sabin Etxea creen que no reciben con la frecuencia deseada, cierto, pero también hay un fondo profundo en esa reacción que debe ser tenido en cuenta por parte de todo el mundo, y es que el nacionalismo, y el vasco hasta el extremo, no soporta el humor. No se pueden hacer chistes sobre cuestiones que el nacionalismo considera sacralizadas, como sus símbolos, dirigentes, historia, mitos y demás, porque son algo sagrado para ellos. Existe un componente de fe en el nacionalismo que llena su irracionalidad de misticismo, de creencia, de verdad revelada, de religión en la que la patria, la bandera y toda esa parafernalia sustituye al Dios de la religión organizada, y claro, los que se ríen de todo eso no pueden sino ser considerados como blasfemos, y el mayor de los castigos es poco para ellos. Vive el nacionalismo en un mundo imaginario, falaz, totemizado hasta el extremo, donde el poder de la simbología no debe ser alterada jamás, nunca puesta en duda y, desde luego, no ridiculizada. La gravedad de tono de todo lo que rodea a ese mundo puede resultar aplastante, no hay espacio para la risa, la broma o el desliz, todo es trascendente, eterno, infinito, lleno de futuro y destino. Las grandes palabras como la patria y demás son grabadas en piedra y adoradas como reliquias todos los restos del pasado mítico de la formación política y lo que ella decida que corresponde a los ancestros. En ese contexto, un bromista es visto como lo más subversivo que se pueda uno imaginar, y debe ser castigado sin demora, y sin apelación posible. No se puede consentir que alguien se ría de las ideas nacionalistas, no vaya a ser que eso las ablande, las muestre como la fantasía que son, y pierdan la fuerza que sirve de cohesión a ese mundo. No, el PNV no permite las bromas.

Hay programas de humor en la ETB, sí, y el “Vaya semanita” es quizás el mejor ejemplo de eso, pero es una excepción consentida, una válvula de escape que el nacionalismo otorga como dádiva, y desde luego bajo el control del medio propio, la televisión autonómica, chiringuito al servicio inexcusable del partido, la patria y toda esa serie de tonterías. En general, el fanatismo está reñido con el sentido del humor, y el exceso de ofensa ante las bromas revela, principalmente, una debilidad interna que se expresa en ira hacia los demás para tratar de escapar de las contradicciones propias, que el humor logra reflejar como casi nadie. Por eso, cuanto más autoritario es un régimen, más se persigue al humorista. Aquí y en todas partes.

martes, julio 15, 2025

Singulares injusticias

Aunque hay bastante poca concreción en el texto, lo ayer firmado entre el desgobierno central y la Generalitat de Cataluña plasma, en un documento oficial, la esencia de lo apalabrado en Waterloo entre el sedicioso Puigdemont y el ahora en prisión preventiva Santos Cerdán. Dos delincuentes repartiéndose como si fuera un botín, de hecho así lo ven, la Agencia Tributaria y la recaudación fiscal, con el objeto de que uno de ellos se quede con una de las partes más sustanciosas, quitándoselo a los demás. Un acto de absoluta injusticia, insolidaridad y desprecio hacia el resto que, en su momento, fue un acuerdo entre partidos y ahora lo es entre administraciones.

A partir de hoy, toda la artillería mediática de Moncloa, pública y privada subvencionada, se dedicará sin descanso a vender las ventajas “progresistas” de este acuerdo como si fuera el mayor avancen de derechos sociales jamás registrado en nuestro país, cuando se trata de justamente lo contrario. La mal llamada financiación singular, el cupo catalán sería una denominación mucho más ajustada, no es sino el intento de plasmar en ley la segregación de Cataluña de la caja común de la recaudación tributaria nacional, de la que ya están exentas las tres diputaciones vascas y Navarra a cuenta del cupo, muy injusto, pero reconocido constitucionalmente. La aspiración del nacionalismo catalán, recuerden, dominado por facciones de derechas o muy de derechas, y representando a los intereses de las clases altas catalanas, las que por renta pagan más impuestos allí, es que ese dinero que ellos pagan como tributo se lo queden ellos, a ver si de esa manera logran pagar menos y, desde luego, no aportar nada a la financiación del conjunto del país. Cataluña no paga impuestos, Asturias no paga impuestos. Las personas físicas y jurídicas que residen en cualquier parte del país y que generan rentas sujetas a tributo pagan impuestos, y si sumamos lo que aportan los que radican en un territorio averiguaremos lo que de ese territorio se recauda, pero no lo que EL territorio paga. Un rico en Extremadura paga más impuestos que un pobre en Cataluña. Es el hecho de que haya más ricos en Cataluña que en Extremadura el que hace que las cuantías obtenidas mediante residentes que miran al Mediterráneo superen a las que se perciben agregando lo que vive en las vegas del Guadiana. Así de simple. Lo que ocurre es que el nacionalismo catalán, ese sector extractivo de la población que se inventa agravios con tal de sacar pecho y, a través de la victimización, conseguir prebendas, ha decidido que rompe las reglas del juego y que se quiere quedar con todo el dinero que los ricos de Cataluña aportan a la caja nacional, y que se traduce en que si se realiza una obra de Alta Velocidad en Extremadura, de coste millonario, sea la tributación nacional quien la pague, de tal manera que, si sumamos territorios, sean Cataluña o Madrid los que más hayan cofinanciado de los costes de esa obra. Subidos a una ola de mentiras y agravios inventados digna de la mejor de las estrategias trumpistas, y sabiendo que ante ellos tienen a un gobierno débil, presidido por un sujeto al que nada le importa más allá de su posición de poder, los nacionalistas han pisado el acelerador y quieren elevar a rango de ley un privilegio cantonal propio de la edad media, en la que las naciones modernas sujetas a derecho no existían, en la que los ciudadanos no tenían arte ni parte en la gobernación, y menos derechos, y los caciques locales eran los que determinaban que sucedía. El populismo catalán nunca se ha visto más fuerte, a pesar de la debilidad electoral de sus últimos resultados, y el acuerdo de ayer no es sino un intento de plasmar, de manera legal, la infame cesión a la que Cerdán llegó con el sedicioso a cambio de siete votos en la investidura. En ese acuerdo de cesión también se incluía la asquerosa ley de amnistía, que este desgobierno ha llevado a la práctica, por lo que no duden, si el ambicioso Sánchez ve que su posición depende de cometer la mayor injusticia fiscal que se haya propuesto en occidente en las últimas décadas, la ejecutará con total orgullo.

El resto de Comunidades Autónomas de régimen común, tanto las gobernadas por el PP como por el PSOE, han salido en tromba en contra de este acuerdo, por motivos fiscales y políticos. De llevarse a cabo, el nivel de inversión global del estado se reduciría muy notablemente por la evidente pérdida de ingresos que supondría. Además, obviamente, este acuerdo supone una discriminación política al resto del país, ya que se le dice que es de segundas, que es menor de edad, inferior, y que debe acatar lo que otros, los que se creen superiores a ellos, les imponen. Sí, así es el nacionalismo, en este caso el catalán, una máquina de discriminar sin freno, y con medios potentes que venden su discurso. Indigno en grado sumo, pero con este desgobierno lo pueden lograr. Ojalá no sea así.

viernes, marzo 07, 2025

Pilar Ruiz, de los Pagaza. Una mujer valiente

Esta semana, a la edad de noventa y tres años, ha fallecido Pilar Ruiz. Puede que este nombre, dicho así, no signifique mucho, pero si les digo que era la madre de los Pagaza, los Pagazaurtundúa, a buen seguro les vienen recuerdos de años oscuros en los que el terrorismo etarra actuaba a discreción, el miedo corría por las calles del País Vasco, no sólo, y los asesinos y sus cómplices, muchos de ellos en las instituciones, ejecutaban sus sentencias de muerte sin que nada ni nadie pareciera hacerles frente. No fue ese el caso de Pilar, que desde sus años jóvenes mostró un compromiso pleno con la libertad y, primero, lucho contra la dictadura franquista y luego contra la nacionalista vasca.

Pilar sufrió lo más cruel que puede experimentar una madre, que es la muerte de su hijo, no accidental, no casual, sino provocada. Joseba, policía municipal de Andoan, fue asesinado en un cruel atentado etarra en el que el asesino le disparó mientras estaba tomando algo en una cafetería de su pueblo, en fin de semana. Los cómplices ya habían trabajado durante un tiempo dando información al comando que iba a ejecutar a un inocente, y la suerte de Joseba estaba echada desde hace tiempo porque desde el Ayuntamiento de su pueblo y la Consejería de Interior del Gobierno Vasco se le había abandonado. Fundador de Basta Ya, protestón habitual cada vez que ETA y sus socios ejercían su labor sanguinaria, Joseba era un objetivo obvio para los nazis locales y una molestia para los que recogían las nueces del árbol que los terroristas golpeaban con saña. Su ejecución fue absoluta, sin piedad, de día. El objetivo, además de eliminarlo, era mandar un aviso a todos los que se manifestaban en contra de ETA y su mundo, para que se callasen. La mafia batasuna y su brazo ejecutor dejaban claro qué les pasaba a los que se les oponían. El silencio de la sumisión garantiza la vida, era el mensaje claro. Lo que no tuvieron en cuenta en ningún momento toda esa calaña de sujetos es que en los Pagaza había una familia con un valor y coraje que era impensable, y más para unos cobardes como los etarras, basura moral que no son nada sin armas. Ahí muchos descubrimos los arrestos de unas mujeres, Pilar y su hija Maite, pero sobre todo Pilar, en aquellos momentos de conmoción, que nos hicieron levantarnos de nuestros cómodos asientos vitales y expresar la mayor de las admiraciones ante una mujer pequeña, menuda, físicamente poca cosa, pero con un gesto enérgico, una voz firme, y una convicción plena. Rota de dolor, pero a sabiendas de que los malnacidos eran los asesinos, Pilar defendió en todo momento la vida, obra, imagen y recuerdo de su hijo Joseba, denunció cómo las instituciones lo habían abandonado, a sabiendas de que estaba en el objetivo de ETA desde hacía tiempo, y que ahora, tras el asesinato, vendrían palabras falsas de condena por parte de políticos rastreros que se mostraban compungidos por lo sucedido pero que, en el fondo, lo celebraban, porque compartían las ideas fanáticas que justificaban el terror etarra, porque estaban inundados de nacionalismo sectario y, también, porque vivían gracias a poltronas bien conservadas en las que el terrorismo era una pieza necesaria para mantener callada a la población y sometida. Ya en el funeral de Joseba Pilar se mostró con un temple inaudito, e impidió que batasunos y representantes del régimen nacionalista vasco se acercasen al féretro de su hijo, destacando el enfrentamiento que tuvo con Xavier Arzallus, máximo dirigente del PNV y, quizás, la persona con más poder en todo el País Vasco, el padrino. Nadie se atrevía a echar en cara a Arzallus su connivencia con el terror, su proximidad moral e ideológica con los asesinos, de los que mantenía una distancia física para no mancharse, pero que siempre tenía cerca en el corazón, tan cerca como lejos a las víctimas. Pilar Ruiz le hizo frente, y para el nacionalismo carca, sectario y, también, misógino, que una mujer se les enfrentara supuso una conmoción que muchos no lograron superar. Pilar se convirtió en objeto de ataque por parte de todo el mundo nacionalista, y ella siguió ahí, valiente, hablando sin miedo.

Pilar se enfrentó también a los suyos, a los socialistas, cuando quedó claro que el PSE iba a pactar con Batasuna para llevarse beneficios de las treguas etarras y se iba a iniciar un proceso de blanqueamiento del terrorismo que ha llevado hoy a la indignidad de que Bildu sea visto como “progresistas”. Como Zelensky hace una semana en la Casa Blanca, Pilar Ruiz estuvo rodeada muchos años por matones, y les hizo frente. Algunos de ellos hoy siguen cobrando elevados sueldos públicos, y arrastrando la indignidad de sus actos hasta el fin de sus días. No será nunca símbolo feminista, pero Pilar Ruiz fue una mujer que mostró un valor, convicciones y entereza como muy pocos y pocas pueden hacerlo. A ella todo mi reconocimiento.

Subo a Elorrio este fin de semana y me cojo dos días. Si no pasa nada raro nos leemos el miércoles. Seguirá lloviendo.

lunes, febrero 17, 2025

Luchas de poder en el PNV

Probablemente, de todos los partidos que hay en España, el PNV es el que tiene más profundamente asentado el concepto del poder como motor y causa de su ser, y la posesión de las instituciones como algo a lo que una especie de derecho divino le ha otorgado para su encomienda. La profesionalidad de los burukides, jefes del partido, es conocida, y la manera en la que tratan al País Vasco como a su cortijo no tiene parangón con ninguna otra región ni partido en el resto del país. Ni el PSOE en Andalucía o el PP en Galicia han llegado a semejante nivel de simbiosis, de naturalidad a la hora de dejar claro que todo es su posesión.

Por eso extrañan mucho los movimientos que están teniendo lugar en el partido últimamente, que a los propios los tienen descolocados, pero mudos por obligación, y a los ajenos nos llaman mucho la atención. Asediado por el ascenso constante de Bildu, con unos resultados electorales menguantes en los que la demografía juega en su contra (se mueren los nacionalistas de toda la vida) desnortado por una evolución social en la que el clasismo en el que se ha envuelto el partido está desdibujado, y manteniendo una alianza contra natura para un partido muy de derechas como es él con alguien como Sánchez, las voces que clamaban una renovación han ido surgiendo desde hace tiempo en el seno de la formación, y ese cambio empezó a darse, de manera sorpresiva, cuando se decidió relevar a Urkullu, entonces Lehendakari, impidiéndole volver a presentarse, siendo sustituido por Pradales, un candidato más joven, completamente desconocido (han cambiado un triste por otro, como comentó mi brillante amigo BLL) en un juego de cromos que nadie entendió. Desde la dirección del partido, que siempre ha estado separada de la gestión del gobierno, el presidente Andoni Ortuzar clamaba por una renovación y comenzó un proceso para relevar a las jefaturas provinciales del partido, proceso que debía culminar con su propio cambio, pero finalmente Ortúzar sorprendió a todos cuando hace pocos meses comunicó, vía carta a sus militantes, que la renovación bien entendida no le afectaba, aunque sí a todos los demás. Otro movimiento sorprendente que nadie logró entender. Mientras Bildu seguía con la organización de su congreso en el que Otegi iba a volver a ser investido sin discusión alguna (es lo que tienes las organizaciones de herencia militarista, prietas las filas) el PNV se metía en una situación extraña en la que su principal líder era puesto en cuestión por lo bajinis, pero sin que surgiera un movimiento concreto que le pidiera dar el paso atrás que él había requerido a todos los demás. En pocas semanas este mar de fondo desembocó en un movimiento aún más sorprendente, porque surgió la candidatura no proclamada de Aitor Esteban, el portavoz parlamentario en el Congreso, sin que él dijera nada. Corrientes locales y portavoces no autorizados dejaban caer que esteban sería el líder adecuado, creando una narrativa en la que Ortúzar era, claramente, un estorbo. Una de las damnificadas por la renovación impuesta por Ortúzar fue Itxaso Atutxa, mujer de Esteban, y durante mucho tiempo responsable del partido en Bizkaia, que incluso llegó a sonar como posible candidata a Lehendakari en el caso, raro, que un partido tan machista como ese se atreviese a poner a una mujer como líder electoral (en esto coinciden con Bildu, otro grupo de rancios machotes). Los Atutxa son una de las familias más poderosas del partido en Bizkaia, y es obvio que el movimiento no proclamado de Esteban tenía mucho que ver con lo que ellos han visto sobre la situación del partido y la estrategia de poder. Finalmente, con una división del partido clara, justo antes de iniciar un proceso oficial de primarias, Ortúzar entregó la cuchara y renunció a su cargo, que será ocupado por Esteban. Ambos tienen 62 años, así que de renovación poco.

¿Qué ha pasado dentro de la secta peneuvista? ¿Ortúzar dio un golpe a algunos usando a Urkullu para ello y ahora ha recibido la venganza? ¿Cómo se han podido alentar las divisiones internas en una formación tan monolítica y profesional? Pocos entienden lo que ha pasado ahí, muchos creen que la renovación ha sido poco más que una especie de juego de tronos interno y no son dos o tres los que ven al PNV noquedado ante un futuro que no pinta nada bien para sus aspiraciones, con Bildu quizás en su techo, pero con la sensación de no ser El partido indispensable que siempre fue. Algo revuelto y poco habitual ha pasado en su seno.

jueves, marzo 21, 2024

Cupos y privilegios

No es nueva la idea del cupo catalán que se ha sacado de la manga Pera Aragonés, en una muestra de cierta desesperación preelectoral. Ya en la transición se estudió esa propuesta, pero entonces Pujol la rechazó. Sabía de números, de los costes que genera recaudarlos y de las mordidas que podía sacar con ellos, y prefirió ahorrarse los primeros y obtener las segundas por otra vía, sin que la hipotética hacienda catalana se pudiera ver envuelta en escándalos que afectasen a su partido e imagen. Artur Mas también lo pidió en medio de la crisis financiera, para ocultar la quiebra de su gobierno, y del no que obtuvo se inventó el “procés” que le consumió.

El sistema de cupo es factible en un estado descentralizado, pero exige unos cálculos precisos y, sobre todo, un sentido común de responsabilidad, pertenencia y nobleza, cosa que nunca ha existido en el nacionalismo periférico, ahora mutado en sedicioso en gran parte. Una de las mayores falacias que se repiten todos los días es la de que hay territorios que pagan más y otros menos, lo que es completamente falso. Los territorios no pagan impuesto alguno, son las empresas y ciudadanos que residen en ellos los que los pagan. Un señor pobre en Cataluña paga menos impuestos que un señor rico en Extremadura. Que en Cataluña haya una proporción mucho más alta de ricos que de pobres respecto a Extremadura hará que la recaudación media de un catalán sea más alta, pero eso es por la fortuna, nunca mejor dicho, de tener y poseer más. Es probable que a alguien que gana 15.000 euros al año le gustaría pagar 20.000 euros de impuesto sobre la renta, sobre todo porque eso significaría que sus ingresos superarían los 40.000 con una muy elevada probabilidad. La experiencia de cupo en España se circunscribe a las haciendas forales, ese residuo de la época carlista que no pudo ser abolido en la Constitución y que, por ello, es legal. Las tres haciendas vasas y Navarra recaudan sus impuestos y pagan luego lo que se llama el cupo a la hacienda nacional, para compensar los gastos que la administración central realiza en el territorio o en el conjunto del país para el servicio común de los ciudadanos de esas provincias. De lo visto en estos años existe la sensación clara de que, para las arcas forales, el cupo ha sido beneficioso porque la aportación pagada a la caja común es menos que la debida, y por eso, entra otras cuestiones, el nacionalismo catalán lo reclama. No hay una causa de justicia social, eficiencia distributiva, criterios objetivos de gravamen por renta, diseño de políticas sociales de gasto o cosas por el estilo debajo de la propuesta de Aragonés, sino una mera intención de quedarse con más dinero del obtenido de las rentas altas y medias catalanas para que las formaciones políticas que comanden la Generalitat, nacionalistas por supuestos, se queden con más parte. A las rentas altas catalanas, como a todas las rentas altas de todas partes, el sinuoso y supremacista discurso de que “si gestionamos nuestros impuestos pagaremos menos porque no subvencionaremos a los pobres del resto de España” no les suena mal, porque todo lo que una renta alta pueda eludir de impuesto le vendrá bien, sea la excusa que se use para ello, y por eso la propuesta de cupo catalán tiene cierto apoyo desde hace tiempo en las clases dirigentes empresariales catalanas, que buscan la manera de bajar sus gravámenes. Que el cupo foral sea injusto es una arbitrariedad en la práctica, pero dado el pequeño peso económico que tienen las cuatro haciendas forales en el conjunto de la nación, peso que, por cierto, sigue bajando año tras año, el conjunto del país se puede permitir vivir relativamente sin esa aportación, pero la economía catalana es, más o menos, la quinta parte de la del conjunto del país, también declinando, y eso es excesivo para que el egoísmo de los sediciosos no genere graves consecuencias al conjunto de la hacienda nacional, al presupuesto y a las políticas de gasto.

Realmente, si se fijan, sólo los ricos que dominan las regiones ricas quieren el cupo, y ser separatistas, y no es por casualidad. El supremacismo racial que está en la base del nacionalismo, no es otra cosa, se ve muy alimentado del egoísmo cuando se da en un territorio en el que la renta media es más alta. Cuanto más tengo más quiero, y más me molestan los que de ello pretenden una parte. Estas políticas son muy de derechas, de clase adinerada. Lo paradójico de nuestro cutre país es que se venda como de izquierda, como progresista, la creación de nuevos privilegios para los que ya los tienen. Sí, es el mundo al revés, y es injusto por mucho que lo repitan los que se creen en la capacidad de otorgar carnets de buen o mal ciudadano.

lunes, enero 15, 2024

Vaya vaya, que Junts es xenófobo

Una de las consecuencias del patético pleno parlamentario del viernes pasado es que muchos acaban de descubrir que Junts, la secta que comanda Puigdemont, es de derechas, muy de derechas, tirando a xenófoba y extremista. La extraña derivada por la que Sánchez sacó dos de sus decretos a cambio de ceder las competencias de inmigración a una Generalitat en la que Junts no gobierna ha abierto los ojos a algunos, no a los más convencidos de la falacia en la que vivimos, sobre la ideología profunda de Junts y lo que supone su discurso. Me ha dado bastante la risa viendo a algunos opinadores rasgándose ahora las vestiduras por descubrir, pobres ignorantes, que los puigdemoníacos son como los de Vox. Bienvenidos a la realidad.

Lo divertido es que, como buenos nacionalistas, los Puigdemoniacos y todos los demás partidos que así se denominan son xenófobos en mayor o menor grado, porque la base profunda de su ideología es la defensa de la superioridad de unos, los suyos, frente a todos los demás. Con argumentos falaces, excusas baratas, historias inventadas y mitologías que son grandes patrañas, todo partido nacionalista busca discriminar, obtener privilegios de unos sobre otros, y por eso el odio a la ley y el estado de derecho es profundo en estas formaciones, porque es el estado de derecho el anatema, el crucifico ante el que el vampiro nacionalista retrocede. Eso de que uno sea juzgado igual que otro, que lo que es delito lo sea para uno y para otro no entra en la cabeza del nacionalista. Para él los suyos, los puros, los superiores, son buenos, no delinquen, no merecen castigo, si acaso alguna reprimenda o correctivo, pero con enseñanzas y pedagogía. Son los de enfrente, los otros, los inferiores, los que delinquen, roban, violan, asesinan, quitan trabajo, se llevan las subvenciones, se aprovechan de las ventajas del estado…. En definitiva, los parásitos que viven a cuenta de los que sí tienen derecho a vivir. Esos parásitos deben ser controlados de una manera u otra, y es en ese proceso de control donde se mide el grado de xenofobia y racismo profundo del nacionalismo en cuestión. El vasco ha sido, tradicionalmente, muy etinicista, obsesionado con la raza, la sangre y bobadas por el estilo, y de ahí a hacer correr la sangre de los impuros por las calles no hay mucho, por lo que la deriva que degeneró en ETA, además de su contexto histórico, tiene unas bases ideológicas profundas, el maketo debe ser eliminado. El catalán y el español no han tenido un componente racial tan intenso, aunque se intentó una deriva en este sentido en los primeros años de la dictadura franquista, que no llegó muy lejos. Se han agarrado más a mitos e historias pasadas para señalar la excepcionalidad de los habitantes de este trozo del mundo, lo que es una payasada como un templo, pero curiosamente funciona en algunas cabezas. El componente religioso también es común en ambos, y en el vasco, creyendo estar siempre en una cruzada permanente frente a los infieles, sean moriscos, gays, o lo que toque ser lapidado en cada momento. Curiosamente, o no, los creyentes en esta doctrina no se cortan mucho a la hora de expresarla, de ahí que sean numerosos los testimonios de próceres del nacionalismo, de antaño como Sabino Arana o de nuestros tiempos como Arzallus o Quim Torra, que dejan bien claro y por escrito sus ideas sobre la superioridad de unos sobre otros, sobre el hecho que el mundo está dividido en razas, unas destinadas a dominar y otras a obedecer, y que ellos, como obvio y legítimos representantes de la raza superior que domina el territorio en el que se encuentran, tienen el absoluto derecho a sojuzgar, a controlar, a hacer que la ley no sea igual para todos, porque no todos son iguales, ya que unos están por encima y otros por debajo. Este conjunto de bobadas, peligrosas, no generan respuesta política cuando a los que se trata como inferiores es al resto de los españoles, pero sí cuando dentro del saco de los dominados se incluye a inmigrantes y, en general, nacionales de terceros países. Entonces el racismo que se esconde bajo estas opiniones queda bastante claro y se genera un rechazo por parte del grupo de bienpensados oficiales, los que bien regados de subvención dictan lo que es políticamente correcto y lo que no. Todo estúpido, sí, pero así es.

En el fondo, Junts y Vox son lo mismo, si quieren un ejemplo práctico. No son más que una banda de egoístas descerebrados que se envuelven en un trapo, cada uno de un color distinto, para ocultar su necedad, su falta de ideas, y dar suelta a sus prejuicios. Son extrema derecha en el sentido identitario del término, en el racista que conlleva, y sus discursos son exactamente el mismo, procediendo a sustituir el término España por Cataluña en ambos, y dejando todo lo demás igual. Si es patético pactar con Vox, que lo es, no menos resulta hacerlo con Junts, y lo que ya es de chiste es que se nos venda como “progresista” un acuerdo en el que ellos participan. Es asombroso como, a lo largo de la historia, la basura nacionalista sigue cosechando adeptos.

lunes, diciembre 13, 2021

El nacionalismo sectario acosa a un niño

Se llama la ley de la selva, de manera figurada, al régimen en el que es la fuerza la que dirime quién manda y cómo lo hace. El ejercicio de la fuerza está en manos de aquellos que la poseen, en general con brazos más grandes, puños más duros o más armas, y así amedrentan a los que no tienen esas ventajas, naturales o compradas. La ley, el estado de derecho, busca salvar a los que no pueden recurrir al uso de la fuerza para defenderse y permite que pringados, como yo, no sean avasallados por otros más grandes. Hacer que la ley sea igual para todos requiere que un tercero, el estado, lo imponga, ejercite la violencia si es necesario para ello, y es la garantía de la democracia en las sociedades en las que ese concepto, glorioso, ha arraigado.

Pero mantener el estado de la ley requiere un trabajo constante por parte del legislador y del poder del estado, porque las tentaciones del uso de la fuerza son constantes. Lo vemos a diario en nuestras sociedades, donde hombres con fuerza abusan de ella y matan a mujeres o violan a niños, que requieren una protección especial. Más allá de los individuos, el mayor riesgo para una sociedad es que una parte de ella se emancipe de la legalidad y se constituya en una fuerza opresora, que haga uso de la violencia de manera efectiva e imponga un régimen de terror. Más allá de los golpes de estado y las dictaduras, donde la democracia y la ley ya no existen, el caso perfecto de lo anterior es la mafia que, en algunas zonas de Italia, por ejemplo, es un poder paralelo al estado y actúa de manera independiente, casi soberana. En España hemos vivido durante décadas un subproducto similar, con la mafia etarra enseñoreándose de la vida y destinos de los ciudadanos del País Vasco, en una engrasada maquinaria política, militar y social que amedrentaba, chantajeaba y, cuando así lo requería, asesinaba. Costó décadas someter y derrotar a la bestia terrorista, aunque aún subsiste en parte de esa sociedad el cáncer que ella alimentó y el sentimiento de desprecio de algunos de sus ciudadanos sobre otros. En Cataluña no se ha llegado a algo similar, afortunadamente, pero sí ha habido una concienzuda y premeditada siembra de odio por parte de políticos irresponsables, que han azuzado al nacionalismo sectario para establecer dos comunidades; ellos, la elegida, y los demás, los inferiores, y no desaprovechan ninguna oportunidad para abusar de los que consideran menospreciables, de los que, para sus ojos, son menos, o no son nada. Estos comportamientos, en los que el racismo es la base fundamental sobre la que se asientan, violentan la ley, los derechos humanos, la racionalidad y cualquier otro tipo de norma o criterio creado por el humanismo a lo largo de la historia, y deben ser perseguidos por parte de las autoridades cuando, en un momento dado, comienzan a expresarse, para que no logren calar en las mentes y, sobre todo, sentimientos de parte de la población. El problema, como bien nos enseña la historia, se da cuando son precisamente las administraciones las que alientan estas conductas sectarias e irresponsables, las que desde sus privilegiados púlpitos alientan a unos ciudadanos contra otros, señalan a los que son impuros, apoyan a las hordas que insultan y financian actos y aquelarres en los que el sentimiento exaltado de superioridad racista exhala un aroma tan nauseabundo como aterrador. Nos produce asco ver esos documentales del segregacionismo surafricano, o norteamericano, cuando gobernadores elegidos ejecutaban normas de segregación y discriminación que implicaban tratar a los negros como una subespecie, peor que los animales, mucho peor que las mascotas de los blancos. ¿Por qué no nos da la misma repugnancia cuando algo similar se empieza a dar, se quiere hacer, en nuestro propio país?

Un niño de cinco años de Canet de Mar, Barcelona, y su familia, llevan siendo señalados y acosados desde hace varios días por parte de los separatistas por exigir su derecho a recibir las clases en castellano que dicta la ley. A ese acoso se ha sumado gran parte de la población del pueblo, con el constante y decidido apoyo del ayuntamiento, la Generalitat de Cataluña y el silencio consentidor del gobierno nacional. Este caso, flagrante violación de los derechos del niño abuso totalitario por parte de la sociedad, prevaricación completa de las administraciones y, en definitiva, infame ejercicio de acoso mafioso, es contemplado con condescendencia por parte de la clase política nacional, y sus votantes. Y todo eso es, sí, un síntoma de que la democracia, allí, está gravemente herida y, en el conjunto del país, dañada. Ese niño y familia cuentan con todo mi apoyo, el de un pringado que, gracias a la ley, puede desarrollar su vida.

martes, octubre 19, 2021

Diez años tras el fin de ETA

Hace diez años un par de asesinos, vestidos de manera ridícula, anunciaron que ETA cesaba en su actividad armada, eufemismo que venía a significar que, además de carecer de sentido estético (del ético ni les cuento) quienes allí comparecían eran una panda de fracasados que habían decidido dejar de asesinar antes de que fueran detenidos. La presión de la Guardia Civil y la policía, la deslegitimación internacional del terrorismo, la pérdida de apoyo de Francia en su papel de santuario y la creciente oposición social de gran parte de la sociedad vasca, creo que en este orden, fueron las causantes del fin del terrorismo etarra. Lo dejaron porque vieron que era un fracaso, porque su destino iba a ser la cárcel, sí o si, no por otra causa.

Diez años después, Arnaldo Otegi ha dicho en público que lamenta el dolor causado a las víctimas, pero sin expresar condena ni arrepentimiento. ¿Es un avance la declaración de Otegi respecto a posiciones pasadas? Sí, evidentemente. ¿Es suficiente? Ten evidente como lo anterior, no. Otegi es el jefe, portavoz y todo lo que se quiera del tinglado político que defiende el legado terrorista, que fue ETA de mientras ETA existió y sigue siendo el responsable de mantener en pie la memoria de los etarras y de lo que lograron. Sí, el odio y dolor que lograron se sigue glorificando en calles y plazas del País Vasco, a veces de manera exaltada, como esos homenajes que Otegi y los suyos organizan a los que terminan sus condenas y vuelven a sus pueblos, a veces a esos mismos lugares en los que perpetraron sus asesinatos. Otegi, en esta declaración, actúa por conveniencia política, porque sabe que su postura le abrirá las puertas a futuros pactos con un PSOE que ve a Bildu como un socio más natural que el PNV, y acomoda la postura de su formación hasta donde pueda para salvar la cara de los socialistas que pacten con él. Más allá de estos juegos de trilerismo político, ¿existe algún tipo de arrepentimiento en Otregi y los suyos sobre todas las infamias cometidas por ellos en el pasado? Esa es la cuestión de fondo que importa a quien más importa en todo este asunto, que es a las víctimas del terrorismo. Victimas que soportan con un estoicismo absoluto cómo la imagen de los suyos es vejada cada dos por tres mientras que esos “ongui etorri” que se practican a los asesinos en localidades engalanadas se repiten. El arrepentimiento, que se ha dado en más de uno de los etarras que en el pasado fueron, no es común entre el mundo batasuno, que sigue creyendo que su actitud violenta fue la consecuencia de una represión, argumento falso donde los haya, no sólo porque nada justifica la violencia terrorista, sino porque esa violencia se argumentó, en el fondo, como un proceso de limpieza étnica por parte de una ideología concreta, el supremacismo nacionalista vasco, que veía a los suyos como los puros y consideraba que todos los que no eran de los suyos podían ser, o eliminados o perseguidos o desterrados. Fue la escasa fuerza militar de ETA la que permitió que esa locura asesina “sólo” causase cerca de ochocientos asesinatos, y no miles y miles en caso de haber conseguido cuotas mayores de poder. El etnicismo que soportó la violencia etarra sigue hoy en día implantado en una pequeña, pero relevante, parte de la sociedad vasca, y los asesinatos de esa banda fueron socialmente apoyados por miles y miles de personas. No hubo un repudio de la violencia por parte de la sociedad vasca hasta muy tarde, cuando se pudo liberar de parte del miedo impuesto por los encapuchados, peor aún entonces, era importante y significativo el apoyo que muchos ciudadanos otorgaban a la violencia, como estrategia válida para lograr sus objetivos. ¿Está arrepentida esa parte de la sociedad de su respaldo a semejante horror?.

Si Otegi quiere hacer algo con sentido y valor en lo que le resta de vida, tras la desgracia que ha causado en su pasado, debiera no sólo arrepentirse, sino colaborar para esclarecer los varios cientos de asesinatos que aún están pendientes de ser aclarados. Tendría que pedir perdón a las víctimas que él directamente ha causado y a las que, con su actitud, ha humillado, y tratar de que el inmenso esfuerzo al que ha dedicado su vida, el terrorismo, acabe siendo lo que realmente es, el mayor y más cruel fracaso de la sociedad vasca en la segunda mitad del siglo XX e inicios del XXI. ¿Lo hará? Dado que Arnaldo es muy religioso, puede recurrir al evangelio que mancillaron aquellos prelados y obispos que defendieron el terror, y aplicar eso de “por sus hechos les conoceréis”. Al menos él tiene aún la oportunidad de redimirse. Los asesinados no.

lunes, octubre 04, 2021

Maixabel

Patria, de Fernando Aramburu, supuso una revolución en la manera de tratar el terrorismo y acercarse a la cruel realidad vivida en la sociedad vasca, fruto de la existencia de la mafia etarra. Desarrolla una historia en la que un atentado ficticio, tan real como los cientos y cientos que tuvieron lugar, permite observar a distintas partes de la sociedad, personajes de todo tipo y condición, que viven bajo la presión del odio y, en no pocos casos, gracias a él. Ya en el libro de relatos Los peces de la amargura (aquí dramatizados por el equipo de Carlos Alsina) Aramburu había explorado esa visión de la realidad vasca, pero es en su novela, de mucha más dimensión en todos los sentidos, donde el trabajo de disección llega al extremo. Su lectura es obligatoria no para saber lo que pasó, sino más importante aún, cómo se vivió.

La película Maixábel supone un acercamiento visual a esta forma de afrontar la realidad, con la ventaja e inconvenientes que tienen el medio cinematográfico. La directora, Icíar Bollaín, no recurre a la ficción, sino que relata un atentado real, el asesinato del exgobernador civil de Guipúzcoa Juan María Jaúregui, y el papel que su viuda, Maixábel Lasa, tuvo en la iniciativa de encuentros con presos etarras arrepentidos para propiciar el proceso individualizado de reinserción. El hecho de centrarse en un caso real permite que la película se muestre, en ciertos momentos, como una recreación casi documental de los hechos sucedidos, aportándole verosimilitud, pero frente a Patria, y por motivos obvios, muestra una realidad más corta, con menos personajes, en los que no se pueden explorar todas las aristas del drama y de la extendida vileza etarra. Ello no es óbice para que, a lo largo de la cinta, numerosos instantes, en los que poco se dice y mucho se muestra, enseñen hasta qué punto el odio terrorista estaba (y sigue) instalado en una gran parte de la sociedad vasca, y que la víctima no deja nunca de sufrir porque la presión de la mafia le persigue mucho más allá del exterminio de su ser querido. En la película es el papel de la hija, y de su entorno, el que muestra el comportamiento mayoritario de la sociedad en esos años, el de un silencio cobarde en el mejor y más justificable de los casos, cuando no una alegría poco disimulada ante los atentados cometidos por la banda. Los dos protagonistas de la cinta, Maixábel e Ibon, uno de los terroristas del comando asesino de Jaúregui, encarnados perfectamente por Blanca Portillo y Luis Tosar, muestran a las claras lo único que el terrorismo de ETA ha creado durante todas las décadas en las que ha existido. Dolor, sufrimiento, desgarro, unas enormes dosis de odio y mierda esparcidas por doquier a lo largo y ancho de la sociedad, unas mentiras enormes que han destruido familias, asesinado personas, creado viudas y huérfanos e instrumentalizado a muchos en aras de una pesadilla falaz. El personaje de Ibon muestra un camino de arrepentimiento personal, de asunción del daño causado, pero queda muy claro que es un proceso que esa persona en concreto ha hecho porque algo en su interior se lo ha mandado, porque ha sido capaz de pensar y salir de esa pesadilla. Nada en su entorno social ni en la banda etarra y sus grupos de apoyo le ha animado a dar paso alguno, porque nada de ese entorno admite la más mínima culpa de lo sucedido, simplemente oculta hechos y se mantiene instalada en una enorme mentira que le permite a la secta a los que de ella aún viven mantenerse, social y económicamente, sobre las ruinas que han generado. Como mostraba patria en la figura de la madre del etarra, soltar lazos con ese mundo supone enfrentarse a él, y al grupo social que lo sostiene, que muchas veces son los amigos de toda la vida, los vecinos, los compañeros de clase, aquellos con los que uno ha vivido infancias y adolescencias, que marcan para siempre. El paso que da el terrorista lo hace sólo, y es el que realmente requiere valor por su parte. Asesinar es de cobardes.

La película no juega con la equidistancia, porque no es posible, porque sería una infamia, pero sí con la ecuanimidad, lo más difícil, lo que Aramburu ya logró en su libro. Hoy ETA no existe, pero una parte de la sociedad vasca sigue corrupta por su pasado y mantiene actos de homenaje y demostraciones sociales de apoyo a muchos de los asesinos que, sin mostrar arrepentimiento alguno, sembraron terror. El desprecio a las víctimas del terrorismo sigue instalado en ese sector de la sociedad, y en no pocos dirigentes del nacionalismo vasco, que siguen teniendo la fe en su “raza” y “país” por encima de la vida de aquellos que consideran prescindibles. La banda asesina ya no está, pero el mal que sembró tardará décadas, muchas, en extinguirse.

miércoles, septiembre 15, 2021

Joseba Arregi, un referente ético

Ayer, a los 75 años, víctima de una enfermedad que desconocía que padeciera, falleció Joseba Arregi, exconsejero de cultura del Gobierno Vasco, bajo cuyo mandato se produjeron las negociaciones y acuerdo que permitió que la fundación Guggenheim recalase en Bilbao, en una operación que fue vista por muchos como una bilbainada sin fundamento. Yo estaba entre los equivocados. Sólo por eso la figura de Arregi merecería ser recordada, pero la verdad es que su trayectoria y compromiso ético son tan inmensos que, a su lado, la mole del museo que se alza junto a la ría no es sino una modesta casa y el titanio que la envuelve, frágil yeso ante la solidez del pensamiento y el valor que Arregi ha demostrado a lo largo de su vida.

De familia nacionalista vasca de toda la vida, estudió teología en Alemania, siendo el clásico producto de la estirpe sabiniana que mezcla religión y patria de una manera indisoluble, y con ese discurso jesuítico que tan válido es para la compasión como para enmascarar una cómplice cobardía. Asciende en los cargos del PNV y, como les señalaba, llega a consejero de Cultura, una cartera con importancia en el Gobierno Vasco, dada la obsesión por el adoctrinamiento que practica el ejecutivo nacionalista. Arregi vive una realidad que choca con la ideología que ha mamado y considerado como propia desde el inicio de su existencia. ETA mata y sus acólitos amenazan amparados en el discurso nacionalista que todo lo impregna, y el PNV juega a dos barajas de manera constante, mostrando una cara compungida ante la violencia y otra tanto de comprensión como de recogida de beneficios, en forma de esas nueces que tan bien describió el sectario Arzallus. Arregi no puede con ello, ve el dilema y, frente a otras posturas cobardes, que escogen la buena vida que da el poder a cambio de la sumisión, se revuelve. A su estilo, sin bronca alguna, con el estilo jesuítico al que me refería, sin altisonancias, pero con una firmeza que nace de su propio compromiso ético. Es consciente de que el nacionalismo está en la base de la violencia etarra, que ETA no es sino la expresión maximalista, violenta y salvaje de una doctrina que se basa en la concepción de la sociedad como unos, los puros, frente a los otros, los impuros. Arregi es consciente de que el mero silencio del sustrato social nacionalista moderado ante los crímenes de ETA y su entorno es una de las mayores fortalezas con las que cuenta la banda asesina para mantener su actividad, y decide combatir de la única manera que sabe y que es capaz, con la palabra. Empieza a escribir artículos en los que denuncia la deriva absoluta en la que ha caído el nacionalismo de un PNV ensimismado por el poder y anestesiado de toda ética, inmune al dolor que causa el terrorismo. Pone a las víctimas como su referente y en todo momento les respeta, defiende, arropa y consuela, en unos años, no hace tantos, en los que ser asesinado por ETA suponía el dolor infinito de la muerte del ser querido y el rechazo social por parte de vecinos e instituciones, que mostraban afecto a los asesinos y manchaban la imagen de las víctimas y sus familiares. En un contexto en el que ETA practica la llamada “socialización del terror” (matar a todo el que pueda) y el poder nacionalista, encabezado por Ibarretxe, muestra una sintonía total con los objetivos últimos de la banda, Arregi se erige como un faro, como una de las escasísimas voces del mundo nacionalista que denuncia lo que sucede. Su imagen en ese mundo es degradada, sus contactos le evitan, su actitud es vista con desprecio por los que antes le consideraron de los suyos, y sabedor de que su postura le saldría cara, Arregi no cesa en su empeño, y mantiene el pulso ético. Junto a voces como Savater, Azurmendi, Ibarrola, Rekalde, Montero, y otras, no muchas, Arregi se erige en una de las plumas que, desde las páginas de El Correo, denuncia la involución social que vive la sociedad vasca, la enfermedad de desprecio, olvido y complicidad que la devora, y que permite a la serpiente etarra seguir matando y sembrando el miedo. Nunca callará aunque el miedo le cerque, nunca dejará de denunciar la deriva de una ideología que fue la suya, y en la que sólo encuentra ya hostilidad, rencor y furia.

ETA acaba desapareciendo por la valiente y tenaz actuación de la policía y demás fuerzas de seguridad, y la oposición social de una parte de la sociedad vasca, que es capaz de sacudirse el miedo y salir a la calle a denunciar el terror sectario, pero la derrota de ETA no es la de sus miembros e ideología, que hoy mismo, 2021, es vista con admiración por no pocos, que aún festejan la salida de las cárceles de asesinos, a la manera en la que los neonazis celebrarían que uno de los suyos volviera para colgar su esvástica en balcón de su casa. Hasta el último día Arregi ha estado escribiendo en contra de esa podredumbre moral que, con tanta intensidad, ha arraigado en la sociedad vasca. Hasta el último día Arregi ha estado con las víctimas, ayudándoles en todo lo posible. Hasta su último día, Arregi ha sido una luz en medio de la larga noche del terrorismo nacionalista vasco. DEP