El humor es una de las mayores armas que el ciudadano tiene frente al poder. Reírse de alguien, y más si ese alguien manda, es corrosivo, y despoja al que dicta de gran parte de su aura inexpugnable. Puede no servir de nada en caso de dictadura, pero son esos, los tiranos, los que más odian los chistes y los censuran hasta la paranoia absoluta, porque saben que quien se ríe de ellos no está totalmente sometido. Viñetistas, humoristas y demás siempre han tenido problemas con la autoridad y su censura, tanto en tiempos de dictaduras establecidas como en los actuales, donde la corrección política, el gremialismo exacerbado o el sentimiento constante de agravio tratan de imponer los mismos corsés que antaño los uniformados.
La pasada semana se vivió una trifulca relativa entre Sánchez y el PNV a cuenta de una viñeta publicada por los socialistas vascos, socios de gobierno en Vitoria, hecha con IA en la que Aitor Esteban, sonriente y trajeado, se tiraba a una piscina, en referencia a la alusión hecha por los peneuvistas hace meses de que no había agua a la que arrojarse en cuanto al nuevo estatuto de autonomía, del que llevan hablando ya demasiado tiempo, y al cambio reciente de opinión sobre si ahora sería posible llevarlo a cabo. Una imagen caricaturesca de elevada ñoñería y, para lo que se estila en las redes, apenas carga mordaz, bastante blanca. Propia del infantilismo en el que se ha convertido la política en nuestro tiempo, pero para nada ofensiva. Pues bien, el PNV, que mantiene un silencio sepulcral sobre todo lo que se dice a diario en el juicio a Ábalos y su tropa, salió en tromba haciéndose el ofendido máximo ante la publicación de la imagen y exigió, de la manera más ruidosa posible, una retractación de los socialistas vascos y una disculpa del propio Sánchez ante algo que consideraban intolerable. Tal escandalera montó que hasta los medios gubernamentales, que ocultan con exquisita profesionalidad todo lo que sea escándalo o problema de gestión que se den en el País Vasco, se vieron forzados a hablar del tema, escondiéndolo algo, pero publicándolo. Había mucho de impostura en la posición del PNV, de ego forzado, de chulería, de querer que se hable de mi, de solicitar un “casito” que los de Sabin Etxea creen que no reciben con la frecuencia deseada, cierto, pero también hay un fondo profundo en esa reacción que debe ser tenido en cuenta por parte de todo el mundo, y es que el nacionalismo, y el vasco hasta el extremo, no soporta el humor. No se pueden hacer chistes sobre cuestiones que el nacionalismo considera sacralizadas, como sus símbolos, dirigentes, historia, mitos y demás, porque son algo sagrado para ellos. Existe un componente de fe en el nacionalismo que llena su irracionalidad de misticismo, de creencia, de verdad revelada, de religión en la que la patria, la bandera y toda esa parafernalia sustituye al Dios de la religión organizada, y claro, los que se ríen de todo eso no pueden sino ser considerados como blasfemos, y el mayor de los castigos es poco para ellos. Vive el nacionalismo en un mundo imaginario, falaz, totemizado hasta el extremo, donde el poder de la simbología no debe ser alterada jamás, nunca puesta en duda y, desde luego, no ridiculizada. La gravedad de tono de todo lo que rodea a ese mundo puede resultar aplastante, no hay espacio para la risa, la broma o el desliz, todo es trascendente, eterno, infinito, lleno de futuro y destino. Las grandes palabras como la patria y demás son grabadas en piedra y adoradas como reliquias todos los restos del pasado mítico de la formación política y lo que ella decida que corresponde a los ancestros. En ese contexto, un bromista es visto como lo más subversivo que se pueda uno imaginar, y debe ser castigado sin demora, y sin apelación posible. No se puede consentir que alguien se ría de las ideas nacionalistas, no vaya a ser que eso las ablande, las muestre como la fantasía que son, y pierdan la fuerza que sirve de cohesión a ese mundo. No, el PNV no permite las bromas.
Hay programas de humor en la ETB, sí, y el “Vaya semanita” es quizás el mejor ejemplo de eso, pero es una excepción consentida, una válvula de escape que el nacionalismo otorga como dádiva, y desde luego bajo el control del medio propio, la televisión autonómica, chiringuito al servicio inexcusable del partido, la patria y toda esa serie de tonterías. En general, el fanatismo está reñido con el sentido del humor, y el exceso de ofensa ante las bromas revela, principalmente, una debilidad interna que se expresa en ira hacia los demás para tratar de escapar de las contradicciones propias, que el humor logra reflejar como casi nadie. Por eso, cuanto más autoritario es un régimen, más se persigue al humorista. Aquí y en todas partes.
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