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jueves, octubre 23, 2025

Putin hace lo que quiere con Trump

El pasado fin de semana tuvo lugar en la Casa Blanca otra reunión entre Trump y Zelensky. La idea del ucraniano era pedir que Washington mantenga el respaldo que ahora proporciona y, sobre todo, solicitar el préstamo y uso de misiles Tomahawk, cuyo alcance y precisión pondrían a todo el flanco europeo de Rusia al alcance casi directo de Ucrania. Los analistas aseguraban que el encuentro se iba a dar en buenas condiciones y que había opciones de acuerdo. Me escamé bastante cuando, tras la reunión, Zelensky dio la rueda de prensa posterior ante los medios no en el despacho oval, sino en los exteriores de la residencia. La cosa había ido mal.

Así fue. Ni cesiones de misiles ni nuevas ayudas ni nada. Al parecer volvió a haber bronca en el encuentro, esta vez no retransmitida para todo el mundo, y la sensación de los ucranianos, y la de los que les apoyamos, se tradujo nuevamente en derrota. En paralelo, por sorpresa, Trump anunció una nueva e inminente cumbre con Putin para discutir sobre el final de la guerra. Una reunión que se celebraría en Budapest, capital europea en la que manda el aliado del Kremlin Orban, y que tendría como punto de partida el reconocimiento de la situación actual del frente como escenario de un alto el fuego permanente. Todo eran detalles propios de una cesión absoluta de Trump ante el dictador ruso. Asombro en media Europa por todo ello. Envalentonado por los efectos del plan de Gaza, Trump quería hacer que otra guerra desembocase en un armisticio que le sirviera para presumir ante el mundo de su poder y capacidades, pero al contrario que en el caso de Israel, que no es capaz de actuar sin el permiso y suministro de EEUU, Rusia puede hacer lo que le plazca le guste a Trump o no, y Putin, que es mucho más listo, le tiene totalmente tomada la medida al magante y sabe cómo hacer que ese sujeto infantil e imprevisible siga sus dictados. Le adula lo necesario, le toca la fibra sensible del sentimiento religioso cristiano, que a Trump le da igual, pero no a sus bases, le manda mensajes muy personales que le llegan al inquilino de la Casa Blanca, le camela. Mientras hace todo eso, bombardea Ucrania, mata todo lo que puede y mantiene una guerra de exterminio que no conduce a ninguna parte, más allá de cronificar el sufrimiento en la región. Eso a Putin le da igual. A Trump tampoco le importa mucho, la verdad. Ambos personajes comparten el deseo profundo de ser los que manden, sin cortapisa alguna, en su mundo. El ruso lo ha conseguido y el norteamericano no, gracias a las salvaguardas de la ley, y eso le enrabieta. Putin sabe que Trump, en el fondo, le envidia. Le encantaría al magnate gobernar EEUU a la manera en que lo hace Vladimir, con el miedo reverencial por bandera y palacios inmensos de enormes dorados a su servicio. Para Trump Zelensky es un pordiosero que acude a su mansión a implorar ayuda, y que no deja de molestarle, como si se tratase de un pedigüeño que residiera a los pies de su torre de Manhattan. Él se mueve en el mundo de los hombres duros, como Putin o Xi, los ve como iguales, como rivales con los que comparte una misma forma de ver la vida. Los europeos, en general, son para Trump amigos de ese mendigo que reside en la acera, sujetos complicados, muchos, dispersos, que no se ponen de acuerdo, que piden, que tienen miedo, que respetan algo llamado ley, que siguen normas, que no usan la violencia como argumento principal en sus vidas. Sujetos confusos. Le aburren, le aturden. Le aturdimos. Si al menos rindiéramos pleitesía de manera constante seríamos graciosos, como bufones de corte, pero ni a eso parece que llegamos a los ojos de Donal.

El martes se supo que se cancelaba la reunión prevista en Budapest, en uno de los habituales giros en las decisiones del frívolo Trump, sin que se sepa el por qué. Ayer Bessent, el secretario del tesoro, anunció la imposición de sanciones por parte de EEUU a petroleras rusas, pero está por ver si son algo más que meras declaraciones. Y de mientras, como cada día, ucranianos inocentes eran asesinados por drones rusos en el golpe diario que no cesa. El mendigo que está en la acera cada vez tiene peor aspecto y Trump duda entre darle una limosna o echarle a patadas de ahí. Y Putin, encantado, sigue inamovible. El malnacido de él sigue siendo el más listo en toda esta cruel partida.

viernes, agosto 22, 2025

Frivolidad en Alaska

Ayer Rusia lanzó otro enorme ataque sobre suelo ucraniano, usando para ello unos cinco centenares de drones y algunos misiles de distinto tipo. Los principales objetivos fueron zonas civiles, urbes que llevan siendo castigadas sin piedad a lo largo de este verano con ataque más o menos similares en intensidad. En el frente de batalla, se han producido avances rusos, y rupturas de la línea de frente que han permitido a las tropas rusas avanzar en el territorio ocupado. Tampoco se han dado conquistas enormes, ni mucho menos, pero sí avances que han roto la estabilidad que llevaba caracterizando a ese frente desde hace tiempo.

Mientras todo esto sucede, y los ucranianos mueren sin remedio, se ha producido en Alaska la muy esperada cumbre entre Trump y Putin, encuentro improvisado, al estilo de la desastrosa administración estadounidense que padecemos, que ha sido muy poco fructífero en lo que hace a propuestas e indignante en las formas. Había muchas dudas sobre qué iba a salir de ese encuentro y cómo iban a reaccionar los dos personajes al verse, pero lo que nadie esperaba era una recepción por parte de Trump al presidente ruso más propia de un emocionado aficionado que otra cosa. Trump le puso la alfombra roja, le recibió con palmadas, abrazos, sonrisas infinitas, confraternización sin límite y alegría plena. Recordemos que Putin, perseguido por la Corte Penal Internacional, es un dictador en su país y un agresor nato que no disimula en lo más mínimo a la hora de mantener su guerra de invasión en el exterior y sus políticas represivas en casa. Trump le obsequió incluso con un viaje en su coche oficial, el apodado como “la bestia” de tal manera que se podía ver a los dos como viejos amigos compartiendo el recorrido desde la pista de aterrizaje de la base de Anchorage hasta el punto en el que se iba a realizar el encuentro. Sólo estas escenas bastan para darse cuenta de hasta qué punto puede llegar la traición de Trump a occidente y a las libertades que son atacadas en Ucrania. Tras un encuentro de unas tres horas, menos tiempo de lo que se anunciaba, se produjo una rueda de prensa extraña en la que los dos mandatarios aparecieron sentados junto a sus asesores, con caras que lo decían todo. Trump tenía pinta de cansado y, pese a lo que es él, no estaba nada locuaz. Putin exhibía un semblante raro para el, sonriente, graciosillo, poniendo caras ante algunas de las preguntas de los periodistas, haciendo gestos de todo tipo. Se le veía disfrutando, como si del encuentro hubiera quedado claro cuáles son sus posturas y lo que Trump puede hacer para respetarlas y lo que le da igual que haga si pretende alterarlas. Pocas palabras y fin del encuentro sin ninguna conclusión clara, más allá de la confianza vista en el arranque. Para la mayoría de los analistas, la cumbre fue un fracaso para las aspiraciones trumpistas de acabar con la guerra vía cesión del Kremlin. Putin, que ya partía como ganador del encuentro por el mero hecho de que se celebrase, por la rehabilitación pública que eso le suponía, salió de Alaska con una doble sensación de victoria, que las cancillerías europeas no podían ocultar en su lamento. Para Ucrania, el gran tema sobre la mesa, no presente de ninguna manera en el encuentro, sin representante alguno, el resultado de la cumbre fue nefasto, quedando claro que su agresor tiene bastante más elaborada su propuesta y sabe lo que quiere hacer, frente a la indecisión de quien debiera ser su mayor aliado, que no deja de dar bandazos en función de los vaivenes de la pelambrera de Trump. Una cumbre de este tipo requiere mucho trabajo previo, y muy serio, por parte de niveles intermedios de las naciones que se reúnen para garantizar que el encuentro vaya a ser poco más que un par de fotos. Nada de eso se ha producido esta vez, por obra y gracia de la actual negligencia norteamericana, y por ello, el agresor es el único beneficiado de un encuentro que, visto lo visto, mucho mejor que no se hubiera producido.

A partir de ahí se ha especulado sobre posibles altos el fuego, acuerdos de paz, el papel que las “potencias” europeas pueden tener en consolidar una situación de seguridad en Ucrania, una reunión con o sin EEUU en la que sí estuviera Zelensky, etc, pero todo han sido divinas palabras en medio de unos combates constantes y una actitud rusa de troleo general. El Kremlin parece tener controlados los tiempos y la manera en la que se debe negociar con Trump, un fanfarrón arrogante al que ser adulado es lo que más le pone, y Putin, bastante más listo que él, le tiene cogida la medida. Por ahora, en agosto, Rusia ha ganado en todos los frentes posibles, y nosotros vamos perdiendo. El posterior encuentro que se dio en la Casa Blanca entre Trump y los líderes europeos merece un artículo propio, a ver si la semana que viene puede ser.

viernes, junio 21, 2024

Putin en Corea del Norte

Una de las cosas asombrosas de la propaganda es que funciona, y por eso se usa sin cesar. No ya es que lo veamos en casa, con la basura diaria creada en Moncloa que genera réditos en forma de votos en cada elección, no, es que entre nosotros hay gente que es favorable a Putin, y no poca. Gente que recorre todo el espectro ideológico, desde la ultraderecha nacional catolicista nostálgica de la dictadura franquista hasta los ultraizquierdistas que sueñan con hoces, martillos y muros en Berlín. Y entre medias no pocos, más templados, que alaban las virtudes del régimen y a su dictador, sin apenas rubor alguno. No lo entiendo, pero así es.

Esta semana Putin ha visitado la mayor cárcel del mundo, que no es una de esas macroprisiones construidas por Bukele en El Salvador, sino Corea del Norte, toda una nación entre rejas. Si uno visita esa atroz dictadura y se saca fotos de cariño cómplice (nunca mejor empleada esa palabra) con el dictador que oprime a todo su pueblo no hace falta ser un lince para deducir de qué lado debe estar un demócrata ante semejante muestra de absolutismo paranoide, pero tranquilos, si sacan el tema seguro que alguien de su entorno les recuerda lo esclavizados que estamos en el sistema capitalista que nos oprime, y desde su Smartphone último modelo, donde acumula los resguardos para el viaje de veraneo que va a realizar en breves semanas, tuiteará algo en contra de la opresión occidental y a favor de los que luchan contra ella. Como no merece la pena discutir con gente como esa es mejor mirar la imagen de los dos opresores juntos y darse cuenta de que, para usted y para su hipócrita amigo, es una mala noticia que esos sujetos se reúnan, porque para ellos nosotros, usted y su amigo conjuntamente, y todos los que les rodean, somos basura decadente, vulgares sujetos, débiles que soñamos con la libertad individual, los placeres mundanos, el relajo y la prosperidad. En Rusia, y no les digo ya nada en Corea del Norte, todo eso no existe, o al menos está supeditado a la voluntad del régimen y sus deseos y necesidades, y si una guerra de exterminio surge por la voluntad imperialista de los que rigen el poder en Moscú la juventud del país no puede pensar en prosperar, hacer negocios, formarse o encontrar empleo, o pareja, o todas esas basuras que nos tienen muy ocupados en el decadente occidente. No. Deben ser llamados a filas y sacrificados en unas trincheras infames, morir como basura para conquistar y destruir aldeas en las que hace no mucho otros jóvenes como ellos soñaban con eso del trabajo, la familia y las tonterías que antes enumeraba. No. Es mucho más digno ser un cadáver reventado en las tierras arrasadas de Ucrania que un joven decadente que busca la libertad. Eso Putin y su amigo Kim lo tienen muy muy claro, tanto como que son otros, no ellos, los que van a morir en esos campos, mandado por sus deseos, eso sí. En esta visita Putin ha fortalecido los lazos con la nación más cerrada y extraña del mundo, y seguramente ha firmado nuevos contratos por los que el complejo industrial militar norcoreano, el único digno de tal nombre en aquella nación, seguirá suministrando armamento al ejército ruso, especialmente munición de los más diversos calibres. Aún con la economía rusa convertida en complejo centrado en lo militar, con cada vez más recursos y empleos destinados a fabricar armamento, Moscú no es capaz de sostener en solitario el esfuerzo que supone los algo más de mil kilómetros de frente que ahora se desarrollan en Ucrania. Los proyectiles que lanza se cuentan por miles al día, y la capacidad de sostener ese esfuerzo de castigo es lo que le está permitiendo avanzar, tímidamente, pero de manera clara, en medio de las trincheras. Ucrania no obtiene los refuerzos de material que necesita a la velocidad a la que Rusia lo hace, y eso desequilibra la contienda.

Que un dictador de aspecto mefistofélico se haga fotos encantado frente al gordito Kim y su junta de miles de militares entusiastas deja claro dónde está el peligro. En esas escenas en las que ambos sátrapas se mueven por Pyongyang entre multitudes robotizadas que compiten en mostrar afecto servicial son realmente escalofriantes, la muestra de un mundo alternativo que está en la mente de estos dictadores, y que han conseguido recrear en sus sometidas naciones. Y todo con el aplauso, supervisión y apoyo del gran Xi Jinping desde la poderosísima china. Sinceramente, no se cómo alguien puede seguir siendo propagandista de semejante mierda, por mucho que del kremlin obtenga nóminas por ello. Que ya algunos lo hagan de gratis sólo demuestra estupidez insalvable.

lunes, marzo 18, 2024

Putin, chulesco

Por una vez, Charles Michel, presidente del Consejo Europeo, estuvo espabilado y también felicitó a Putin por su victoria electoral a principios del fin de semana, para que esperar a un recuento que iba a dar un resultado arrollador. No ha habido muchas incidencias en las elecciones rusas, más allá de algunos gestos de protestas protagonizados por valientes cuyos familiares tardarán mucho en volver a ver. Urnas manchadas e, incluso, alguna quemada, pero poco más. Se produjeron concentraciones de votantes ayer al mediodía frente a los colegios, como reclamaba la oposición, pero nada que haya alterado en exceso la jornada en el país.

Putin debe estar decepcionado, no ha llegado al 90% de los votos, pero se ha quedado cerca. Un 88% de los sufragios escrutados han sido para su candidatura que, a medida que se perpetúa en el poder, obtiene un mayor refrendo popular. La eficacia del Kremlin a la hora de amañar las elecciones empieza a ser ya digna de profesionales, y es casi seguro que, dentro de seis años, si sigue vivo, Putin se volverá a presentar y sacará más del 90%, es su próximo reto. A sus 71 años se ve aún joven y con ganas, sobre todo si se compara con los aspirantes a la victoria electoral en EEUU. Tras conocerse los primeros resultados escrutados Putin compareció ante la prensa internacional en una rueda de prensa en la que él era el único protagonista, daba el paso a los entrevistadores, los señalaba para que mantuvieran los turnos de pregunta y, en general, daba la imagen de lo que es, el dueño y señor de la situación. No es que le preocupe mucho la legitimidad de su poder, porque para eso podía arriesgarse a unos comicios en los que hubiera rivales de verdad, pero ayer se le veía especialmente satisfecho por el enorme “respaldo popular” cosechado y por la victoria conseguida. Se mostraba altanero, confiado, dejando escapar de vez en cuando una sonrisita de esas que hielan la escena en la que se producen. Qué gran personaje han perdido los guionistas de cine para encarnar el papel de malo, qué desgracia tenemos que sea una persona real y con un enorme poder. De lo poco que puede entender de su comparecencia, en ruso y doblada en un inglés apresurado, Putin se mostró combativo y fuerte. Además de dar las gracias al pueblo ruso por el apoyo que había recibido, el mensaje central era que Rusia es un actor poderoso, alguien a quien no se le puede despreciar, un poder constituido en el mundo y que como tal actuará, defendiendo sus intereses. Dio por sentado que no habrá aun tregua en Ucrania en los próximos meses, porque no tendría mucho sentido rebajar la intensidad de los ataques ahora que el enemigo empieza a quedarse sin munición, me pareció entender, así que esa “operación militar especial” sigue en marcha y, tras el resultado de las urnas, es bastante probable que se intensifique, tanto en los ataques a distancia como los que estamos viendo estas semanas como por tierra, con una nueva ofensiva militar para la que no es descartable una nueva movilización de tropas. Tras los resultados, Putin se siente respaldado por la sociedad rusa para hacer lo que le venga en gana en el frente ucraniano y en todos los demás asuntos que le parezcan relevantes, y es probable que la tendencia que vemos en su poder de profundizar en el discurso nacionalista, identitario y mesiánico se agudice. La ofensiva de Putin contra occidente va en serio, no sólo porque nos considera un rival económico y geopolítico, sino porque, sobre todo, nos ve como algo inferior, como débiles, como una sociedad decadente, dividida, llena de disputas, sometida a las ideas gays, carente de fe religioso, no sometida a Dios, incapaz de ejercer la fuerza para la mera supervivencia. Si flaqueamos en la ayuda a Ucrania y le permitimos ganar la guerra, le estaremos dando parte de razón.

Ayer escuché a un analista decir que la Rusia de Putin ya ha transitado la mayor parte del camino que va del autoritarismo al totalitarismo, y es verdad. A lo largo de este mandado de seis años Putin superará a Stalin en el tiempo al frente del estado ruso, y sólo se podrá comparar ya con zares del siglo XVIII y similares. Todo lo que haga desde su posición de poder supondrá una amenaza, mayor o menor, para Europa, nuestra economía y nuestro modo de vida. No está sólo en su visión violenta del mundo, y puede que para finales de año tenga un socio fiable en Washington. Ayer el capullo Vladimiro tenía motivos para festejar, lo que es algo que nos debe preocupar, y mucho.

viernes, marzo 15, 2024

Putin, reelegido

Uno de los muchos delitos cometidos por los secesionistas catalanes que pretende borrar la infame amnistía aprobada ayer en el Congreso, en una de las jornadas más tristes de su historia, son todos los relacionados con la consulta ilegal de 2017, y el propio referéndum falso, con aquellas urnas chinas. Una pantomima que pretendía hacerse pasar por democracia, pervirtiendo todo el sentido de ese concepto, una estafa, una simulación, una gran mentira. Es lo que buscan los dictadores, refrendos falsos que vistan de elegido lo que no son sino decisiones unilaterales tomadas por ellos, despreciando a todos los demás.

Puigdemont, Junqueras y demás no son sino aprendices del maestro que, junto a las cúpulas del Kremlin, ha elevado esto de las elecciones amañadas a una dimensión casi no vista. No es de extrañar que el secesionismo catalán contase con el apoyo, explícito y encubierto, de la dictadura rusa, tanto por el daño que el proces suponía para una nación de la UE como por el mero hecho de que el gran dictador contemplase, divertido, a pequeños émulos, becarios que tratan de imitarle en fondo y forma. Sí, hay elecciones en Rusia, sí, la gente va a votar, pero de los candidatos que se presentan sólo uno va a ganar, el resto son mariachis puestos como adorno y cualquiera que pudiera ser opositor real a Putin está en el exilio, encarcelado o, directamente, muerto. La única duda de estos comicios es cuánta ventaja va a sacar Vladimiro, qué porcentaje de voto considerará el suficiente como para sentirse satisfecho ¿El 80%? ¿Más o un poco menos? No descarten que a medida que avance el domingo por la tarde algunos de los responsables del recuento electoral le ofrezcan a Putin un escrutinio ya tabulado con unos márgenes similares, y el autócrata asentirá ilusionado, dando carta de legalidad a la mentira, como ayer en el Congreso, y esperando a la mañana del lunes para que ese escrutinio maravilloso sea portada de sus medios, los únicos que pueden emitir. La dictadura casi perfecta actuando ante nuestros ojos con gran eficacia, y sin rubor alguno. Además, no faltarán algunos tontos útiles, aquí y en otras naciones, que miren admirados al reelegido líder y le vean como una esperanza frente a nuestras decadentes democracias. Otros, como Puigdemonto o Trump, ven a Putin como alguien a quien imitar, porque le envidian profundamente. Él sí ha conseguido desarrollar una dictadura de ordeno y mando, un régimen con todos los poderes a su servicio en el que sólo su voluntad dicta lo que se puede hacer o lo que no. Para el pequeño dictador que anida en el nauseabundo corazón de los secesionistas, o del magnate que aspira nuevamente a la presidencia de EEUU, Putin es el admirado, el que lo ha conseguido, el ganador de una carrera hacia la dictadura que ellos emprenden cada día y que, pena, los contrapesos y sistemas de las democracias occidentales se lo ponen difícil. “Qué basura de democracia” pensará el sedicioso en Waterloo, creyéndose ser un rey de la Cataluña histórica y mítica (los mitos nunca han existido) y que no puede ejercer su poder absoluto por no se que historias de constitución, legalidades, mayorías, jueces, derechos y demás tonterías. Si pudiera lo aboliría todo, haría una única ley en la que fuera lo que el dicta lo que se deba de cumplir sin discusión alguna ni recurso a tribunal que valga (eso es lo que aprobaron en la ilegalidad de 2017) y al que no le guste, leña, persecución, cárcel y exilio, como mínimo. Contempla Trump, desde su residencia de Florida, la posibilidad de volver a la Casa Blanca, pero está harto de que haya contrapesos que le impidan ejercer el papel de presidente absoluto que él se cree que es. “Se van a enterar esos” piensa mientras se zampa hamburguesas baratas en una habitación decorada con el estilo más hortera y recargado posible, soñando ya en cómo va a ejercer el poder a su plena voluntad, eliminado a todos los que algo el discutan. A todos. A todos. Seguro que en su escritorio hay una foto en marcada de Putin, y Trump la mira sin dejar de pensar “tú sí que sabes, tú sí que te lo has montado bien”.

La escena que hemos visto estos días de voluntarios del gobierno ruso llevando las urnas puerta por puerta a las viviendas de los residentes en las zonas ucranianas ocupadas por el ejército Z es la viva imagen de la dictadura trabajando, del voto no libre, de la perversión de la elección, de la violación de la democracia. Todo el mundo debe votar, y sólo lo permitido. El teatrillo cuesta dinero y esfuerzo, pero sirve para engañar a más de uno, y así se convierte en rentable para el dictador. Una vez ejercido su “derecho al voto” el ciudadano cierra la puerta y sabe que su hogar no es refugio para el poder si hace algo que el poder no quiere o, simplemente, si el poder determina que el ciudadano ha cometido alguna actividad ilegal.

jueves, febrero 22, 2024

Navalny, asesinado

Creo que también fue Vargas Llosa el que calificó a Navalny como el hombre más valiente del mundo cuando, tras recuperarse en Alemania del intento de envenenamiento que sufrió en Rusia, decidió no quedarse en el exilio, sino volver a su patria para dar la cara ante el tirano Putin. Muchos comprendimos ese gesto por lo que tenía de rebeldía ante la dictadura, y lo apoyamos de manera moral, pero éramos también mayoría los que pensábamos que esa decisión era un suicidio a cámara lenta, una manera de facilitar al kremlin la eliminación de uno de sus más peligrosos rivales. Tristemente, los hechos nos han dado la razón.

Nada más volver a casa, Navalny fue detenido y sometido a un juicio tramposo, de esos que tan bien se orquestan en las dictaduras, y cuya partitura está tan ensayada que hasta parecen improvisados. Las acusaciones contra el político se agolpaban por parte de un aparato en manos del poder que no iba a dejar opción alguna de redención al hombre que, muy solo, contemplaba lo que se le venía encima. Da igual la condena que le impusieran, no recuerdo cuántos años fue, pero con las condiciones de las cárceles rusas, una estancia de meses en una de ellas puede equivaler a varios años en las nuestras. Desde que fue recluido las noticias sobre maltratos y abusos contra él no dejaron de surgir en su entorno familiar. Poco podía hacer el partido en el que militaba, que en gran parte ya había sido desmantelado por las fuerzas de seguridad del régimen, con redadas y detenciones masivas. Todo el que se salía del discurso oficial se arriesgaba a conocer la vida desde el interior de una cruel prisión rusa, y los que no acabaron allí huyeron a la clandestinidad o se largaron del país. Si el panorama era tan horrendo entonces, empeoró aún más si cabe con el inicio de la guerra de Ucrania, ya que desde entonces el régimen ni se molestó en aparentar una mínima pátina de apariencia democrática. Ante una situación excepcional, y una guerra lo es, las medidas se toman con ese tono, y la represión interna se agudizó notablemente, esta vez sin la necesidad si quiera de juicios falsos (siguiendo la teoría de Óscar Puente, para qué, hacerlos, si van a ser condenados igualmente, nos los ahorramos). Pocas han sido las escenas que han llegado desde Rusia de protestas ante la guerra cruel e injusta desatada por su gobierno en el este de Europa, y en todas ellas hemos visto la efectividad de sus cuerpos represivos. Desde la cárcel, Navalny se enteraría del inicio de las hostilidades y, sospecho, empezaría a temer seriamente por su vida. Si en algún momento pudo albergar la esperanza de que, siendo un personaje famoso y reconocido en occidente, Putin se cortaría, por así decirlo, a la hora de tomar represalias contra él, con los combates atronando en Ucrania el mensaje era claro, nadie era inmune al poder homicida que reina en el Kremlin. Navalny fue trasladado desde la prisión a la que se encontraba a un centro de reclusión cerca del ártico, en la Siberia extrema, a un lugar que formó parte de ese archipiélago gulag en el que la represión estalinista asesino a millones de personas de una manera tan cruel y efectiva como el nazismo, pero sin tanto conocimiento posterior ni, desde luego, arrepentimiento por parte de los ejecutores y sus descendientes. Desde ese lugar, a más de tres mil kilómetros de Moscú, con unas temperaturas extremadamente bajas, era casi imposible esperar que Navalny volviera con vida. La idea era llevarlo allí para que el frío y las despreciables condiciones con las que iba a ser tratado hicieran su trabajo y, en un momento dado, sorpresa, se muriese, bien cuando algún carcelero se pasase o bien cuando, directamente, la orden de ejecutarlo llegase con la firma clara y siniestra de Putin. Eso es lo que sucedió la semana pasada, el viernes, y desde entonces Navalny es un mártir por la libertada, un recuerdo, una imagen y, también, un cadáver oculto por parte de las autoridades rusas.

Su viuda clama desde entonces en los foros internacionales, denunciando la última muerte conocida causada por el régimen de Putin, y su madre ha ido hasta la localidad siberiana en la que se encuentra el gulag donde han matado a su hijo para exigir que le den el cadáver. Como ante ETA o la mafia italiana, son las mujeres, viudas y madres, las más valientes, las que claman en la soledad de su dolor exigiendo justicia, mientras que los verdugos y sus cómplices callan, no amedrentados por esos gritos, quizás sí avergonzados. Impasibles en todo caso. Putin morirá matando, y no dudará en eliminar a todo el que pueda suponer una amenaza para su persona y régimen.

viernes, febrero 09, 2024

Putin y sus amigos

Tucker Carlson se llama a sí mismo periodista, pero no lo es. Su labor es la de propagandista, difusor de bulos, siervo de sus jefes. Trumpista hasta la médula, su cadena televisiva, la Fox, que destaca por su extremismo pro Trump, no tuvo más remedio que prescindir de él porque su deriva conspiranoica empezaba a ser peligrosa no tanto para la elevada audiencia que congregaba como para el departamento legal de la empresa, que empezaba a estar saturado de demandas contra ella por las sandeces que Carlson soltaba sin cesar. Desde que dejó de pertenecer a ese grupo, ha subsistido con vídeos de youtube y apariciones en actos políticos.

Quizás su imagen les suene porque se pasó por Madrid a finales del año pasado para estar una noche en las protestas voxeras que se desarrollaban frente a la sede del PSOE de Ferraz. Allí animó a los congregados, que a buen seguro no tenían ni idea de quién era ese guiri que les hablaba, y se fotografió con Abascal y otros dirigentes de ese pseudo partido. Una alianza de amiguitos ultras, qué bonito. Pues bien, ese presunto periodista ha conseguido una exclusiva mundial al ser el primero que entrevista a Putin desde que el sátrapa de Moscú comenzó la invasión de Ucrania. Como era de esperar, Carlson se ha mostrado siempre partidario del régimen de Moscú, pero desde que empezó la guerra sus declaraciones de apoyo a la salvajada emprendida por Putin no han dejado de ir a más. Amante de lo que él considera el orden, la decencia, la costumbre y la rigidez, Carlson exalta a todos aquellos dirigentes que buscan el poder fuerte y tratan de combatir a esas decadentes democracias que son un amasijo de ruidos, polémicas, broncas y cortapisas al poder. Si el guía sabe lo que tiene que hacer, ¿quiénes son los jueces, los tribunales o cualquier otro tipo de poder para frenarle? Esta idea, que aparece de vez en cuando en los discursos de Sánchez, es la base fundamental de la doctrina trumpista y de todos los que le emulan, y es lo que, en la práctica, ha conseguido Putin en Rusia, convertida en una dictadura personalista en la que se celebran elecciones, el próximo mes, pero que no son sino teatros orquestados para mantener al líder en el poder. Ideológicamente Carlos, Trump y Abascal se encuadran en eso que se llama la extrema derecha, y tienen algunas de las características clásicas de ese tipo de ideología, pero que se asocien con un tirano que gobierna en Moscú resulta, como mínimo, chocante cuando uno los pone junto. Y si a ellos sumamos otros dirigentes nacionales e internacionales que profesan admiración al Kremlin la cosa se complica aún más. Ver a Pablemos, Puigdemont, Abascal, Orban, Noriega, Evo, y otros tantos beber los vientos por Vladimiro y haber sido objeto de las atenciones y beneficios del poder moscovita hace que el alma politóloga que anida en mi se retuerza, porque no hay esquema clásico que se pueda aplicar sin que salte por todas las esquinas. Lo que ocurre es que, en efecto, aquí el tema no es de ideologías, que son usadas como meras carcasas para disimular y que los votantes y muchos que analizan la sociedad caigan en las trampas y se dediquen a poner etiquetas de “izquierda” o “derecha” a unos y otros. No, esto no va así. Todos ellos tendrán algunas ideas políticas de fondo, siendo generosos con sus mediocres intelectos, pero sólo hay un concepto que les domina y por el que actúan, el del hombre fuerte, el del autoritarismo ejercido sin frenos, el del poder conseguido para que sea ejercido sin freno alguno. Lo vestirán como lucha de clases marxista, como retorno a las esencias franquistas, y en cada caso con lo que convenga en función de la sociedad a la que se dirigen, pero sólo desean una cosa, la misma, alcanzar el poder para, desde él, silenciar todas las voces y ejercerlo sin freno. Todos desean ser dictadores y, claro, admiran al que ya lo ha logrado.

Putin, el muy capullo, encantado con semejante corte de mariachis aduladores, no duda en apoyarlos como sea, no tanto porque coincidan con sus ideas imperialistas eslavas, que no será el caso, sino porque la acción de estos sujetos en sus naciones supone un debilitamiento de las mismas, y eso para la dictadura rusa es beneficioso. Todos son destructores de la cohesión de sus naciones, sembradores de discordia, populistas que rompen consensos y crean ruido, y así contribuyen a la decadencia social y política de los países en los que actúan. Y Putin, que lucha contra esas naciones, tiene a un montón de tontos útiles a su servicio. Así funciona la política en estos tiempos.

viernes, noviembre 17, 2023

Los hijos de Putin en España

Junto a la mayoría de ciudadanos que está en contra de la amnistía que va a desarrollar el nuevo desgobierno de Sánchez, que se manifiestan respetuosamente o callan avergonzados, y suponen el grueso de la población del país, sigue estando una masa de exaltados gilipollas que, de manera muy visible, se apostan por la tarde noche cerca de la sede madrileña del PSOE de Ferraz y exhiben un muestrario de simbologías deplorables, al nivel de sus proclamas, y que no cesan de generar disturbios, molestias, inconveniencias a los vecinos, heridas a policías y, de paso, favores no pedidos al gobierno sedicioso contra el que dicen manifestarse.

Lo más curioso de todo esto es que esos extremistas que se manifiestan en Ferraz son prácticamente indistinguibles de los extremistas que quemaban las calles de Barcelona en 2017 y 2019, o de los que, bajo la enseña de Pablemos, pedían rodear el Congreso en los últimos años del gobierno de Rajoy, y en parte eso se debe a que reciben apoyos, mediáticos y financieros, desde el mismo lugar. El Kremlin. Sí, sí, la trama Volhos en la que se investigan las conexiones financieras y de soporte que el El Kremlin dio a los separatistas catalanes durante su golpe de estado es una de las que Puchi quiere que quede cubierta por la amnistía, y no por casualidad, porque de ese hilo tiran personajes oscuros y dinero a espuertas. Y en frente, en el otro extremo de la idiotez, también aparece Putin, porque esos tarados neofranquistas que arrancan el escudo de la bandera de España reciben apoyos de un partido, Vox, que tiene afinidades profundas con el sátrapa de Moscú, que no se ha manifestado en ningún momento en contra de la invasión de Ucrania y que, como su adorado socio Orban en Hungría, sueña con estrechar la mano del tirano ruso. De hecho, esta semana hemos tenidos la presencia de un sujeto en Madrid que debiera haber hecho saltar no ya las alarmas, sino todo sentido del ridículo. Tucker Carlson, norteamericano, periodista, porque él así se denomina, no porque lo sea, estrella de la cadena derechista Fox hasta hace unos meses, cuando fue despedido alegando chanchullos económicos y las pérdidas que las demandas contra la entidad fruto de las diatribas del sujeto estaban causando. Carlson es un extremista que deja convertido a Federico Jiménez Losantos en liberal izquierdista. Antivacunas, conspiranoico, trumpista hasta ser más de Trump que muchos de los seguidores del magnate, y confesado admirador de Putin. La Fox ha tenido un discurso bastante claro en el caso de la guerra de Ucrania en apoyo a Kiev, pero en su programa Carlson fue cada vez más decantándose por el tirano, hasta realizar declaraciones que eran pura propaganda dictada por el Kremlin. Finalmente los ejecutivos de la cadena optaron por echar mano de las causas económicas para quitarse de encima a un sujeto que se les estaba descontrolando. Puid bien, ahí estaba ese personaje a principios de la semana, en Madrid, junto a Abascal, en Ferraz. Dos presuntos patriotas, en el fondo un par de patéticos fracasados, que se envuelven en la bandera, en este caso la nuestra, para esconder su inutilidad, que ingresan dinero del Kremlin, y que alientan la quema de contenedores y el destrozo diciendo que luchan contra el puigdemoníaco, que a buen seguro recibe ingresos girados desde idénticas sedes financieras moscovitas de las que parten los euros, no rublos, que engrasan el apoyo de Carlson y Abascal. No descarten que algún día toda esta banda de sinvergüenzas sean llamados a consultas a Moscú, o a un hotel en las afueras de Bruselas, que tanto da, para rendir cuentas ante el capo que les controla, al que a buen seguro todos ellos temen, porque él si asesina cuando lo considera conveniente con la frialdad propia del dictador que es. Sería una escena divertida. Cuanta necedad junta al servicio del mismo mal.

De darse ese encuentro es casi seguro que en una sala anexa se encontrase algún representante pablemita, porque ellos, que tan fieles han sido al avance del ejército ruso mientras asesina sin piedad en Ucrania, también tienen claro de qué parte están. Se visten de ideología radical opuesta, comunista se llaman, frente a la extrema derecha de Abascal o Puigdemont, pero a un mismo amo sirven. Es como si todos ellos fueran Nazgül, espectros del anillo, sometidos a la voluntad del maestro que, desde las torres oscuras del Kremlin, maquina cómo someter a una Europa desnortada a sus designios. Seguro que en esa reunión no faltan franceses, polacos, italianos, húngaros… muchos son los peones que trabajan para el dictador ruso.

martes, agosto 29, 2023

Putin le envía sus sentidas condolencias

Elevando a su más alto grado el cinismo, Putin ha dicho que no va a poder acudir al funeral de Prigozhin porque tiene la agenda muy ocupada. Es difícil que un escritor fuera capaz de componer una imagen semejante en la que el asesino se muestra tan comprensivo y, a la vez, tan cruel con aquel al que se ha cargado. La profesionalidad mafiosa de Putin está más allá de toda duda. Ha prometido que se realizará una investigación sobre las causas del desplome del avión, pesquisas que tendrán como gran debate de fondo si fue la mano izquierda o la derecha de Putin la que ordenó que, probablemente, una bomba estallase en pleno vuelo.

En la presentación de un libro suyo sobre los años de corresponsal en Moscú, que coincidieron con la caída de Yeltsin y la llegada de un desconocido Putin, Anna Bosch comentaba que el poder en Rusia es algo que no tiene nada que ver con la idea de poder que tenemos en occidente. Aquí los gobernantes, mandan, deciden, pero sobre todo lo hacen en temas administrativos, y no pocas veces con escaso éxito o nulo respeto por parte de la sociedad. El gobierno de un país occidental es importante, claro, pero no controla muchos de los aspectos de la sociedad que, de alguna manera, va por su lado, en lo que es una de las más profundas e importantes distinciones que separan a nuestras sociedades de las de los regímenes totalitarios. En Rusia las cosas no son así. El poder es viscoso, palabra que creo recordar ella utilizó. Se introduce por todas partes y es imposible escapar de él, deja rastros, marcas. No tiene límites, no tiene frenos, no tiene escrúpulos. La gestión del poder por parte de quien ocupa el Kremlin es tan absoluta que resulta inconcebible para los ingenuos occidentales, amarrados como estamos a leyes, cortapisas, contrapoderes y equilibrios. Allí no. Si se determina que algo o alguien debe ser eliminado lo es, y si la ley dicta otra cosa no importa, se hace lo que el poder designe que debe hacerse y luego se hará aparentar que es legal. Dirá usted que esto se parece a las marrullerías que hace Sánchez con sus socios sediciosos, y aunque en la forma se parezca, nada tiene que ver en el fondo. En Rusia la vida individual vale lo que en cada momento el régimen dictamine que vale, y si es necesario hacer una leva y llevarse a cientos de miles de chavales a sacrificarlos al frente ucraniano se hace, sin conmiseración alguna. Si un opositor se mantiene en sus trece de no doblegarse se le puede ir retorciendo, social y hasta físicamente, hasta eliminarle cuando el que dicta en el Kremlin lo considere oportuno, con la misma frialdad con la que se decide hacer una limpieza en el baño de casa. La ley, cuando el occidental vive allí, se demuestra papel mojado, mero formalismo que el poder no necesita cumplir para sí mismo, y que determina si debe ser respetado o no para los demás en función de sus intereses. Esta manera de gestionar, aunque no sea el término adecuado, no es nueva allí, existe desde hace varios siglos, es más asiática que occidental, y se remonta a los zares y a su concepción de Rusia como una finca privada en la que el capataz es dueño de tierras, enseres y empleados. A lo largo del siglo XX el capataz ruso se ha disfrazado de varias formas, en algunos casos vistiendo modernos y científicos disfraces de lucha de clases, pero la crueldad y el absolutismo han pervivido en la nación, de tal manera que la sociedad de aquel país ve esta forma de actuar como la única conocida y la única que permite mantener la unidad de una nación tan enorme en lo geográfico y dispersa en lo demográfico. Los experimentos democráticos en Rusia apenas han sido balbuceos, ahogados en corrupción y en el surgimiento de ese poder que siempre está ahí, encarnado por zares, soviets o mafiosos. Distintas maneras de describir a un único sistema que se perpetúa por centurias.

El asesinato de Prigozhin y sus lugartenientes puede ser visto como una muestra de fortaleza o de debilidad de Putin, hay argumentos para ambas opiniones, pero deja clara un par de cosas. Una es que Putin morirá matando, nunca abandonará el poder por sí mismo a sabiendas de lo que eso supondrá. Otra, obvia para los que aspiren a sucederle, es que el siguiente que planifique un golpe contra Vladimiro debe saber que, o va hasta el final y mata al inquilino del Kremlin o, tarde o temprano, morirá a manos de él. Como decía Yoda en “El imperio contraataca” hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes. Lección práctica para aquellos que deseen alcanzar ese poder ruso tan vil y, sí, viscoso.

jueves, agosto 24, 2023

Prigozhin, muerto

Hace pocos días podíamos ver nuevamente a Sergei Prigozhin en un vídeo de su empresa de mercenarios, Wagner. En él volvía a aparecer parapetado tras un uniforme militar lleno de objetos que lo convertían en una extraña bola acorazada, y con un rifle automático en las manos. El tono del camuflaje no era verde, sino amarillo, y la escena se decía estar rodada en Níger. El jefe de los paramilitares llamaba a reclutar para ayudar al nuevo gobierno golpista de aquel país, que cuenta con el pleno apoyo de la mafia rusa. Esta escena generaba montones de preguntas, entre otras cómo el hombre que se exilió en Bielorrusia estaba por África pegando tiros.

Lo cierto es que Prigozhin ya no nos va a responder a ninguna de las dudas que nos puedan surgir, porque ayer se convirtió en otro de los ejecutados por un kremlin que ni perdona ni olvida. El avión privado en el que él y otros dirigentes de Wagner viajaban de Moscú a San Petersburgo (no, Moscú no es territorio de exilio bielorruso) se cayó ayer a las afueras de la capital rusa, más que probablemente tras ser alcanzado por un misil disparado desde tierra. Los siete pasajeros y tres tripulantes fueron convertidos en nada y del avión quedan restos que pueden ayudar, en caso de que se quisiera hacer una investigación, a saber qué es lo que ha pasado, pero no creo que haga falta averiguarlo. Ayer, justo ayer, se cumplieron dos meses del alzamiento de las tropas de Wagner contra el ejército ruso y hoy serán dos meses exactos del sábado en el que las columnas de mercenario se dirigían a Moscú en un intento de asonada que acabó con las negociaciones bielorrusas que nunca tuvieron sentido. Desde entonces, sin que supiéramos qué es lo que había pasado en esas jornadas de infarto, poco hemos sabido del propio Prigozhin, aunque se daba por sentado que su seguridad era escasa a sabiendas de cómo se las gasta el amigo Putin cuando alguien le traiciona. Pasaban los días desde el golpe y se escuchaban rumores de que los Wagner ya estaban en Bielorrusia, y se acercaban a las fronteras polacas y bálticas, y se sospechaba que su jefe estaba entre ellos, pero no había pruebas. Extrañaba que Putin no hubiera ordenado ya una ejecución y alguno empezaba a sugerir que ese supuesto de maldad extrema por parte de quien rige el Kremlin no se iba a dar. Ay, los buenos deseos. Las últimas décadas demuestran que quine se ha enfrentado a Putin ha tenido un destino aciago, y quien él considera que lo ha traicionado es ejecutado sin remordimiento alguno, como mandan los cánones de la mafia de la que es líder Vladimiro, una mafia muy real, que no se ensucia cocinando platos de pasta, sino que la amasa en forma de fortuna y asesina sin piedad. Ayer por la tarde empezó a saltar la noticia del avión caído en las afueras de Moscú y, a los pocos minutos, la información de alcance de que en la lista de pasajeros figuraba Prigozhin, y entonces el accidente aéreo local pasó a convertirse en una noticia global. Al instante todos sospechamos que no estábamos ante un accidente, sino ante un derribo o un atentado, pero desde luego ante algo premeditado, planificado, buscado. En el pasaje no se encontraba sólo Prigozhin, sino que le acompañaban algunos de los segundos escalones de Wagner, por lo que en el suceso de ayer ha quedado decapitada la cúpula de la organización. Por la noche se comentaba que en los canales privados de Telegram de los milicianos la ira era incontenible y se amenazaba con repetir el intento de toma de Moscú de principios de junio, el de hace dos meses, para vengar al líder caído por lo que se denominaba traidores a Rusia. Es difícil que se de un movimiento así, pero no es descartable.

Y una de las causas que lo hacen difícil es que lo de ayer demostró a propios y extraños que Putin mata cuando quiere, y que si se le quiere derrocar del poder se le debe matar lo antes posible. Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes, parafraseando a Yoda. Ayer el miedo en forma de venganza se extendió nuevamente por toda la nación rusa, y todos vieron lo que les pasa a los que se oponen o cambian de bando. Ese miedo es uno de los mayores poderes de los que dispone Putin, y se refuerza ejerciéndolo. ¿Espero el momento preciso para vengarse? La estela del avión cayendo desde el cielo es lo que les espera a aquellos que no sean capaces de exterminar a quien gobierna desde el Kremlin. Esto, también, es comunicación política.