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martes, octubre 03, 2023

Nobel de medicina a las vacunas de ARN

Si recuerdan, durante el encierro del Covid, se decía por parte de no pocos que el mundo sería muy distinto tras aquello, que la sociedad y las ciudades cambiarían radicalmente, y bla bla bla. Superada la pandemia, apenas nadie recuerda a los fallecidos y los únicos restos visibles de aquello son algo de teletrabajo, la sobreabundancia de mochilas en el metro que golpean sin cesar a los que no las llevamos y más pagos con tarjeta que antes. Un impulso a la digitalización social que ya venía con fuerza y poco más, la verdad. Bueno, y la tecnología de ARN mensajero, el gran logro que permitió derrotar al Covid en tiempo récord y ha venido para quedarse.

Ayer, en un acto de justicia rápida, el comité Nobel otorgó el premio de medicina a Katalin Karikó y Drew Weissman, creadores de la tecnología que permite editar cadenas de ARN mensajero que pueden incorporarse a las células humanas para ser utilizadas con fines prediseñados. Esta tecnología, que es bastante reciente, no fue valorada en su momento ni por la comunidad científica ni por las empresas farmacéuticas, que la veían como una rareza. Para sus descubridores, en especial para Katalin, supuso un grave problema en su carrera profesional, que a punto estuvo de descarrilar al no contar con apoyos para desarrollar estas investigaciones, pero en un sorprendente giro del destino, apareció una nueva enfermedad, la Covid 19, y entonces se vio que lo que estos científicos habían desarrollado era una posible vía para combatir el virus. Creando la cadena de ARN a medida para replicar la espícula del virus y un envoltorio graseoso que fuera capaz de transportarla hasta el interior de las células humanas, era posible que estas células pudieran fabricar espículas en su interior, sin carga viral alguna, y así permitieran al sistema inmunitario detectarlas como anómalas y combatirlas sin la enfermedad asociada al virus del Covid. Se podía hacer que el cuerpo aprendiera a luchar contra la clave que permitía al virus acceder a nuestras células y atacarlas. ¿Y qué es eso? Sí, una vacuna. Las clásicas se basan en versiones atenuadas de los virus, que nos hacen pasarlo mal pero sin exageraciones, y sirven para que el sistema inmunitaria desarrolle defensas para cuando la versión libre del virus, más peligrosa, nos aborde y podamos hacerle frente. En este caso la técnica es muy distinta, revolucionaria, pero el efecto es el mismo, mostrar a nuestro sistema inmune lo que es un enemigo y entrenarlo para que lo ataque y así nos defienda. La simpleza del virus del Covid, frente a otros como el del SIDA, permitió a los laboratorios realizar la secuenciación de sus bases de ADN y proteínas a alta velocidad, y con esa información, laboratorios de todo el mundo se pusieron a trabajar a toda velocidad buscando el fármaco que nos salvase. Las empresas Moderna y Pfizer apostaron, con mucho riesgo, por esta tecnología de ARN de Karikó y Weissman sin tener nada claro cómo iba a funcionar, porque era la primera vez que se intentaba usarla ante una enfermedad real. Los resultados preliminares de las vacunas de este tipo, publicados en otoño del año 2020, cuando ya se elevaba la segunda ola de contagios en occidente, eran fabulosos, con efectividades del 95% en las pruebas realizadas, un grado de éxito muy superior al que se había alcanzado en cualquier otro tipo de experimento vacunal en sus primeros estadios. Tras conocerse esa noticia las bolsas de todo el mundo rebotaron con mucha fuerza, y ese día fue el del principio del final de la pandemia, porque por primera vez sí existía un remedio. Recordemos, no una fuente de inmunización, no, pero sí una manera de convertir lo que era un asesino con un porcentaje de letalidad elevado y sin cura en un proceso gripal de tasas de mortalidad muchísimo más reducidas. Esta vacuna disparaba las posibilidades de supervivencia, hundía los casos graves y permitía descongestionar los hospitales. Era casi un milagro…. Bueno, no, era ciencia básica aplicada con un resultado exitoso.

La tecnología de Karikó y Weismann ha salvado millones de vidas, imposible saber exactamente cuántas, ha permitido que la pesadilla del Covid se pasase en un par de años, logró devolver las economías a la vida y a nuestras sociedades a la normalidad normal, no a la tontería esa que se decía de la nueva normalidad. Gracias a ellos la pesadilla pandémica quedó atrás, y los que nos hemos inmunizado con sus vacunas, en mi caso triple Pfizer, les debemos mucho, y mucho más por el hecho de que nuestros mayores, pongo aquí a mi madre, se inmunizasen antes y fueran los primeros en pasar del miedo a la esperanza. Esa tecnología de ARN puede ofrecernos vacunas para males que ahora nos afligen a diario, pero ya nos ha salvado de un horror real. Millones de gracias a los premiados y a todos los que han hecho posible ese logro.

miércoles, febrero 08, 2023

El final de las mascarillas

Hace tres años, en febrero del 2020, el covid era una cosa a la que no le poníamos siquiera ese nombre, porque no sabíamos nada de él. Desde luego éramos incapaces de imaginar lo que se nos venía encima. Para finales de febrero algunos empezamos a temer que se nos echaba encima una pesadilla que sólo habíamos visto en libros de historia y películas. Luego, en marzo, la realidad nos aplastó, y a partir de ahí todo lo demás; los muertos, los sanitarios desbordados, el confinamiento, las medidas absurdas, la negación política, la sociedad asustada, el mundo que iba a cambiar para siempre y un montón de cosas más. Algunas, como el desborde de los sanitarios, se han quedado, el resto no. Y la necedad política, como constante, es invencible.

Durante todos estos años hemos tenido una relación extraña con las mascarillas, en la que el desconocimiento, la irracionalidad y la ley de la oferta y la demanda han sido las que más han mandado. Ya desde el inicio más de un experto aconsejaba su uso, porque ya veía que la vía principal de contagio eran los aerosoles, pero no teníamos mascarillas, no las había, por lo que las autoridades decidieron mentir y decir que no eran necesarias, que eran alarmistas y contraproducentes. Seguro que más de uno que hizo declaraciones semejantes sí tenía acceso a mascarillas y las usaba cuando las cámaras no le enfocaban. Con los meses la demanda de mascarillas se fue disparando a medida que la población era consciente de que, tras el encierro, el virus volvería en olas sucesivas porque no se había eliminado. El precio de las mismas enloqueció, en un mercado global que no era capaz de abastecer una demanda desatada. Varias empresas se reconvirtieron a fabricantes de ese y otros productos sanitarios e incluso se dieron casos absurdos, como esos pañuelos que el gobierno de Cantabria elaboró, sin garantía sanitaria alguna, pero con el logo de la administración bien impreso, que sólo servían como elemento decorativo a la hora de la borrachera en las bodas y celebraciones que no tenían lugar. Las autoridades, cuando ya hubo mascarillas, sí decidieron hacerlas obligatorias, porque era obvio que se necesitaban, y desde un primer momento. Se forzó a su uso en exteriores, donde nunca han sido útiles, y en interiores, donde sí eran efectivas para impedir contagios. A lo largo del año 2020 las mascarillas se convirtieron en parte del paisaje colectivo y llevarlas era una muestra de interés por la seguridad propia y ajena. En ausencia de vacunas era de lo poco que realmente servía para tratar de frenar la expansión del virus. La llegada de las cuatro maravillas que nos sacaron del pozo (Pfizer, Moderna, AstraZeneca y Jannsen, benditas seáis) supuso el final en la práctica de la pandemia, porque una vez que vacunado el riesgo de enfermedad grave se reducía en un 95% el problema sanitario y social quedaba disuelto. A medida que la inmunización avanzaba la necesidad de uso de mascarilla se fue relajando, no sin retrocesos absurdos, como el que se vivió con la ola Omicron y la obligatoriedad nuevamente de su uso en el exterior, que apenas fue respetada por lo incongruente que resultaba. Poco a poco el Covid fue derrotado, única y exclusivamente por la inmunidad que nos otorgaron las vacunas, y las mascarillas fueron desapareciendo de los interiores, quedando su uso reducido sólo a la obligación legal de portarlas en los transportes públicos y los centros sociosanitarios. Mientras en el resto del mundo la obligación de la mascarilla se levantaba casi sin excepciones en España la norma forzaba aún a su uso en lugares como el transporte colectivo, por lo que ha sido una imagen habitual el seguir viendo a miles de personas embozadas en metros, trenes, autobuses y todo tipo de medios de transporte. Iberia y demás líneas aéreas nacionales lo han seguido imponiendo en sus vuelos, y pese a que se ha dado un relajamiento creciente en su uso, la verdad es que la mayoría hemos cumplido la norma y nos la hemos puesto donde era obligado por ley. Hasta hoy.

Desde este 8 de febrero la mascarilla en España ya sólo es obligatoria en centros de salud, hospitales, residencias y farmacias, y deja de requerirse en los transportes públicos. Hoy, en mi viaje en metro hasta el trabajo, no la he llevado, primer día en más de dos años en que así ha sido, y éramos mayoría los que no la portábamos, pero ni mucho menos absoluta. Aún se veían muchas mascarillas, portadas por aquellos que creen que deben llevarlas. Es lo correcto. El Covid ha pasado en algo menos de tres años de no existir a ser una enfermedad más, y por el camino ha destruido millones de vidas, empresas, negocios, proyectos e ilusiones, Todo lo relacionado con él es un desastre, una mierda. Sólo cuatro vacunas, cuatro vacunas, son lo que nos ha salvado y nos ha permitido vencerlo. Lo demás, una absoluta y deprimente mierda.

jueves, noviembre 17, 2022

El derrumbe de la atención primaria (para IMC)

El domingo pasado hubo una gran manifestación en Madrid para denunciar el estado en el que se encuentra el servicio regional de salud, especialmente en lo que hace a la atención primaria. Cientos de miles de personas salieron a la calle para protestar ante la mala gestión que la Comunidad de Madrid hace de esta competencia, que es de su exclusividad. La marcha fue utilizada políticamente por parte de los grupos opositores al gobierno de la Comunidad, cosa que no debiera extrañarnos en una época en la que todo es usado como excusa por la mala política para servir de ariete contra los de enfrente. El pim pam pum político de antes y después de la manifestación no puede servir para eludir un problema, el asistencial que existe, y es real.

En paralelo a esa manifestación, en Cantabria se cumplía una semana de huelga por parte de los profesionales de la atención primaria, y en los días que he pasado en Elorrio se sucedían los comentarios sobre el mal funcionamiento del centro de salud local, la falta de servicios pediátricos y el relevo constante de médicos que cumplen pocos meses en la plaza que, en teoría, les corresponde. Una echa un vistazo y ve que en Aragón, Cataluña, Extremadura o Valencia se están planteando huelgas del sector sanitario a la vuelta de las navidades, porque describen una situación de colapso prácticamente idéntica. Más allá de que todo lo que pase en Madrid está sobrerepresentado en la actualidad nacional y que el infantilismo de nuestro desgobierno pasa por zurrar a Ayuso, su némesis, lo cierto es que el sistema nacional de salud se enfrenta a una crisis enorme en todas partes. Bueno, corrijo, se enfrenta a diecisiete crisis enormes, dada la estúpida fragmentación administrativa en la que ha derivado la transferencia sanitaria a las CCAA, gobiernos de izquierdas o derechas, independentistas y nacionalistas, de todos los colores posibles, y en todos ellos las quejas de los profesionales son idénticas; falta personal, no se cubren las bajas, avalancha de jubilaciones, sueldos escasos, jornadas extenuantes, abusos por parte de los gestores del sistema de unos profesionales que suplen con vocación la falta de medios, desprecio a los derechos laborales, incapacidad de dar servicio a una demanda creciente de los pacientes, ect. Ya antes de la pandemia la situación en primaria estaba tensa, pero el Covid ha acabado por reventar las costuras de un modelo que sobrevivía conteniendo costes en los bajos salarios de muchos profesionales y en la carga de culpa que sobre ellos se lanzaba en caso de no realizar lo que su vocación de servicio les exigía. Tras la pandemia el estado anímico y, directamente, físico, de muchos de los profesionales sanitarios es desastroso. Las bajas por ansiedad se han disparado, ha aumentado el absentismo porque muchos no pueden hacer frente a la avalancha de pacientes que cada día les llega a sabiendas de que les van a dar un mal servicio, por carecer de medios y tiempo, y la fuga de profesionales a países de nuestro entorno en los que la valoración al sanitario y la retribución es mucho más alta crece sin cesar. Por el lado de la demanda, una población cada vez más envejecida no deja de requerir atención más frecuente, continuada y cuyo coste en términos de tiempo, medicamentos y recursos crece y crece. Más allá de la cuestión de la sanidad pública o privada, del fomento que algunas autonomías hagan de una o de otra y de las alternativas que se le dejan a la ciudadanía para tener un buen servicio médico, cada vez más dependientes del nivel de renta del paciente, lo que está claro es que el sistema actual no funcional y que amenaza colapso, y sería una imbecilidad, muy propia de nuestra indigente dirigencia, convertir esto en un mero argumento de debate político, traducir la debacle que vive el sistema de salud en una lucha del “progresismo” frente a los que ven “comunistas” por todas partes. No, nada de eso. Uno de los pilares del estado del bienestar que funciona bien empieza a resquebrajarse, y es responsabilidad de todos poner los recursos necesarios para que eso no suceda.

Como liberal que soy, siempre soy partidario de la economía de mercado allí donde ofrece mejores resultados, pero también creo que la cobertura sanitaria es una de las cosas que permite a los ciudadanos desarrollar sus proyectos de empresa y vida a sabiendas de que existe una red que les va a cuidad y proteger cuando, por accidente o enfermedad, su salud se resienta. EEUU es el perfecto ejemplo de un sistema sanitario que no funciona y es incluso más caro que el nuestro, lo que resulta ineficiente por duplicado. Las consejerías de sanidad autonómicas, y el vaciado e inútil Ministerio de Sanidad, bene sentarse con los profesionales médicos y lograr arreglar un sistema que es importantísimo para la buena marcha de la economía y, sobre todo, de la sociedad. El riesgo de que esto acabe siendo un fracaso colectivo, como ya es la educación, es real. No podemos permitirnos semejante desastre

miércoles, abril 14, 2021

La vacuna de Janssen es segura

En uno de sus míticos artículos, el gran Pérez Reverte se dirigía creo que a su madre, enfadada por el número de tacos que empleaba el hijo escritor a la hora de redactar sus opiniones. En el texto el arrepentido hijo pedía perdón a la madre por la falta, y prometía que no iba a usarlos más para referirse a los cabrones hijos de…. Y empezaba así una retahíla de insultos de todo tipo y calibre referidos a políticos, mamones y demás especímenes que sólo molestan. Era imposible no reírse al leerlo, salvo que fueras la madre de Pérez Reverte, claro, y supongo que de esa manera el autor se desahogó de un día o jornadas en las que tenía ganas de acordarse de muchos y dedicarles unos metros cuadrados de tierra donde depositarles para siempre.

Algo así me pasó ayer por la tarde, a primera hora, a medida que comprobaba como la estupidez global en la que vivimos se volvía a adherir, como una lapa tóxica, a una nueva marca de vacunas que está tan testada y es tan fiable como las anteriores. La FDA, agencia del medicamento de EEUU, paralizó la administración de Janssen en aquel país por la detección de seis trombos que pueden estar relacionados con la inoculación de esa vacuna. Seis trombos, sobre unos siete millones de dosis. Casi nada. Tras esta noticia, elevada a los altares de la psicosis por titulares de enorme cuerpo por parte de los medios de todo el mundo, las decisiones de los gobiernos se produjeron en cascada, mostrando el mismo criterio precautorio extremo del que no hacen gala ante casi ninguna otra de sus medidas, y en horas la empresa norteamericana anunció que suspende sus entregas a Europa hasta que la situación se aclare y los estudios de la FDA determinen si hay relación entre los pinchazos y los trombos. Hoy iban a llegar a España 300.000 dosis de Janssen, que al requerir un único pinchazo iban a significar 300.000 inmunizados más. El escribir esta frase con verbos en pasado, porque ya no va a llegar dosis alguna, es una mierda, una XXX mierda, que Reverte completaría en la parte de las XXX con maestría. La psicosis que se ha creado por parte de los medios y todos los que gestionan la política pandémica respecto a unos efectos secundarios de recurrencia ínfima es deplorable, y supone la casi segura muerte, evitable, de personas que se van a infectar con el virus, que sigue circulando y matando a diario, no a seis personas por millón. En serio, es completamente estúpido paralizar campañas de vacunación que están salvando miles de vidas en todo el mundo por unas tasas de riesgo aún no comprobadas que son más o menos equivalentes a las de ser alcanzado por un rayo. Para hacerse a la idea de lo que estamos hablando, pongamos una escala y dos extremos. En la lotería de Navidad, esa a la que casi todo el mundo juega y tira el dinero, la probabilidad de acertar el gordo es de uno entre cien mil, que son los números que están en el bombo del sorteo. Janssen muestra una probabilidad no demostrada de sufrir un trombo de, redondeando, uno entre un millón. Es diez veces más difícil sufrir el presunto trombo que acertar el gordo. Por su parte, el coronavirus muestra una tasa de mortalidad media sobre los positivos detectados del 2 por ciento. Ponga usted que la detección es nefasta y bájelo al uno por ciento. Eso significa que la probabilidad de fallecer contagiado por Covid es, por lo menos, mil veces, mil, más alta que la de acertar el gordo, y diez mil veces, diez mil, mayor que la de sufrir un presunto trombo. Diez mil veces es la diferencia entre un presunto efecto secundario no demostrado y una letalidad que comprobamos día a día en los hospitales y morgues. ¿A qué lotería le gustaría jugar a usted? ¿Qué sorteo prefiere? Y recuerde, esto es la vida real, no vale, como en Navidad, mi opción de no jugar. Aquí o nos contagiaremos o nos vacunaremos, o ambas, pero no se producirá la exclusión.

Realmente es deprimente, descorazonador, indignante, comprobar como el fantástico esfuerzo investigador y científico que ha logrado crear, en menos de un año, un arsenal de vacunas para acabar con la pesadilla que nos aflige pueda ser echado por tierra por una serie de titulares alarmistas que calan en una sociedad asustada, angustiada y sometida a un estrés insoportable. Las vacunas que están aprobadas por los organismos internacionales son seguras, efectiva, y poseen infinitamente menos contraindicaciones que el cigarrillo que muchos se echarán hoy, o el copazo de esta tarde, o gran parte de las cosas que hacemos o ingerimos a lo largo del día. Y así, error tras error, el grado de estupidez colectiva se vuelve a alcanzar, y nos inmuniza de la única salida posible a todo esto. VACUNAR.

jueves, abril 08, 2021

AstraZenecalíos

Si vacunar es lo único que nos va a sacar del pozo de coronavirus, a modo de escala por la que podamos ascender nuevamente a la superficie, se ve que no dejamos de resbalar en algunos peldaños en este camino de elevación. Y todos aquellos pasos que damos con el nombre de AstraZeneca impreso en las baldosas en los que ponemos el pie parecen ser muy resbaladizos. Esta semana ha vuelto a brotar con fuerza la polémica en torno a la seguridad de esta vacuna y varios países europeos, otra vez, han restringido su uso. Ayer, en una nocturna reunión del Ministerio de Sanidad con las CCAA se acordó restringir su administración a las personas mayores de sesenta años, de tal manera que las vacunas ARN vayan bajando en edad desde el máximo y ésta subiendo desde la cota 60

La EMA, autoridad sobre medicamentos de la UE, cuya sede pudo estar en Barcelona y se perdió por culpa del independentismo catalán, certificó por la tarde que hay relación entre los casos de trombos habidos en algunas personas y la inoculación de la vacuna, que son trombos raros, que se han dado principalmente en mujeres, pero que no obstante la vacuna es segura y su efectividad contra el coronavirus compensa los riesgos que posee. Estamos hablando de un producto de un muy alto grado de eficacia contra una enfermedad que tiene una tasa de mortalidad del 1 al 2% en el global de la población y que, por lo que parece, supone un riesgo de trombos para unas seis personas por cada millón de inoculados. La desproporción entre ambas cifras es tan abismal que resulta imposible compararlas, es infinitamente mejor ponerse la dosis de AstraZeneca que no hacerlo y arriesgarse a contraer la enfermedad. Así de simple. Y ese es el mensaje que todas las autoridades sanitarias están lanzando. No vivimos en un mundo de riesgo nulo, y entre los riesgos a los que la realidad nos obliga a asumir está claro cuál es el más peligroso. El mismo enano número de casos de trombos detectados, poco más de doscientos, impide realizar un estudio de pauta para saber cuáles son los factores desencadenantes del problema, la sintomatología detectable y otras características que pudieran servir para prevenirlos. El tamaño muestral es demasiado pequeño. ¿Quiere decir esto que es irrelevante? No. Evidentemente para las personas allegadas a los que han fallecido por culpa de esos trombos su tragedia no va a ser edulcorada de ninguna manera sea cual sea la estadística que les enseñemos, han sufrido una muerte en su entorno y con la sensación de que era evitable si no se les hubiese inoculado la vacuna. Están en el lado de los casos reales frente a los probables, y desde ese punto de la vida las cosas se ven de una manera muy distinta. En todo caso, lo que está sucediendo con esta vacuna es una muestra de que hay instituciones científicas que velan porque la seguridad de los ciudadanos y testan los productos. Se realiza un seguimiento de los medicamentos y todo lo que sucede con aquellas personas a las que se les aplican es anotado y estudiado, y esa es la mejor garantía de que acabará pasando lo mejor posible. La medicina es una ciencia no exacta, con un grado de imprecisión fruto del hecho de que todos nuestros cuerpos son iguales, pero cada uno posee particularidades, y las respuestas ante medicamentos o cualquier otro tipo de productos son conocidas con un grado de aproximación que se ajusta con el tiempo y la cantidad de personas que testan el producto. Cuando las vacunas, y otros medicamentos, se comercializan es porque poseen un grado de seguridad mínimo, no absoluto porque eso es imposible, pero sí mínimo, que decanta si dudas la balanza por su uso frente a la precaución de no hacerlo. El que en un año hayamos logrado crear remedios que funcionen frente a una enfermedad nueva es asombroso. Que lo hagan con una altísima efectividad es maravilloso. Que posean un mínimo riesgo asociado es lo normal.

En el fondo, una de las cosas que revela todo este tema de las vacunas es el pánico absoluto que tenemos ante los riesgos, especialmente en las sociedades acomodadas, donde la muerte no se contempla como posible. Queremos la seguridad absoluta de todo lo que comemos, bebemos, hacemos y así sin cesar, y eso, simplemente, no es posible. Los grados de seguridad no dejan de crecer, pero nunca podrán ser totales. Vivimos en el mundo real, en el que el riesgo existe, y tratamos de minimizarlo en todo momento, pero no podemos eludirlo del todo. Si quieren saber si, llegado el caso, yo me vacunaría con AstraZeneca (tengo menos de sesenta) mi respuesta es un SÍ categórico.

miércoles, diciembre 09, 2020

El principio del final

Margaret Keenan pasa de los noventa años y, una vez que uno sabe que es británica, le encuentra rasgos que le asemejan a Isabel II, aunque el tono pelirrojo de su cabellera le distancia del porte de la eterna reina Windsor. Mira a la cámara tranquila sentada en una silla de lo que parece un ambulatorio, y quizás sea consciente de que va a pasar a la historia, o quizás no. En todo caso está rodeada por un montón de gente que no se ve a primera vista, que observa la escena desde el punto en el que el que la graba nos la enseña a nosotros. Una enfermera se acerca a Margaret, le da un pinchazo en el hombro izquierdo y ay está. Simple, sencillo, carente de todo boato. Intrascendente. Y a la vez, la imagen más deseada en este maldito año 2020.

No es Margaret, pese a lo que se ha dicho, la primera persona en el mundo a la que se suministra la vacuna del coronavirus, ya que han sido miles los ya inoculados para poder llevar a cabo los experimentos que permitan conocer la efectividad y seguridad de las vacunas, pero sí es Margaret la primera persona en el mundo que es vacunada por un gobierno una vez que las autoridades sanitarias, en este caso las británicas, han determinado que esa vacuna es segura. Margaret ha recibido la primera dosis de la desarrollada por Pfizer en colaboración con el laboratorio alemán Biontech, y dentro de veintiún días exactos recibirá la segunda dosis, y tras una semana, quedará inmunizada frente al COVID con una probabilidad del 95%, lo que es un resultado tan brillante como deseado. Con ella empieza el proceso de vacunación a la población en el primer país occidental que se ha lanzado a por ello y se abre la primera esperanza cierta de acabar con la pesadilla que, en este año, nos ha puesto contra las cuerdas. No tiren las campanas al vuelo, lo que viene ahora es un proceso lento, complicado, difícil, en el que la logística de los países se va a poner a prueba, en el que la ansiedad por conseguir ser vacunados por parte de unos va a competir con los recelos de otros y las paranoias de no pocos, y donde laboratorios, gobiernos y demás estructuras vana a verse forzadas hasta el extremo para poder realizar una de las labores logísticas y sanitarias más complejas de las últimas décadas. De momento tenemos sólo esa vacuna aprobada en Reino Unido, con vistas de que esta semana también lo sea en EEUU y que para finales de mes reciba el visto bueno de la UE. La siguiente vacuna aprobada, en la UE se espera que, para principios de enero, será la desarrollada por el laboratorio norteamericano Moderna, que es de una tecnología similar a la de Pfizer, ambas revolucionarias, pero que requiere menos frío para su conservación (-70 grados frente a -20) y, tras la publicación de los resultados en The Lancet, se espera que la desarrollada por Oxford y el laboratorio Astra Zeneca también sea comercializada en un plazo de no demasiadas semanas en los países occidentales. Esta vacuna posee una tecnología más convencional que las anteriores y requiere mucho menos frío en su conservación, por lo que su logística de distribución es más sencilla. A medida que estas y otras vacunas lleguen al mercado los países dispondrán de más y mejores instrumentos para poder desarrollar sus campañas de vacunación, y amoldarlas a las condiciones de su población, su dispersión y otras variables. Parece intuitivo pensar que entornos densamente poblados pueden ser abastecidos con las vacunas tipo Pfizer o Moderna, mientras que en zonas rurales la vacuna de Oxford ofrece ventajas para su dispensación dada la dispersión en la que se encuentra allí la gente y la carencia, muchas veces, de infraestructura sanitaria de alta capacidad. En todo caso, con más y mejores instrumentos es como se vencen a los problemas.

La maravilla de la vacuna es que funciona, su efecto resulta ser como el de una pócima o brebaje que otorga superpoderes a quien le es suministrado. Si consultan este documento, que es el resumen técnico del estudio elaborado por la agencia norteamericana encargada de la valoración y aprobación de los medicamentos, y se van a la página 30, verán una gráfica maravillosa en la que se compara el comportamiento de la incidencia acumulada de la infección en la población que ha sido sometida a un placebo, línea roja, frente a la que ha recibido la vacuna, línea azul. La roja crece y crece, al azul permanece prácticamente plana. El comportamiento se mantiene durante los cien días que muestra la gráfica. Esa línea azul plana es nuestra victoria frente a la enfermedad.

lunes, abril 06, 2020

Curvas peligrosas


A lo largo de este fin de semana hemos tenido ante nosotros los primeros datos que dan una cierta esperanza de que hemos superado el pico de la pandemia y transitamos por la meseta en las cifras deben estabilizarse antes de empezar a bajar. Hemos de ser muy cautos al analizar los datos porque, entre otras cosas, se ha demostrado que los fines de semana se produce un suministro irregular de los mismos por parte de las CCAA y se dan fluctuaciones anómalas, ruido en la serie, que se empieza a corregir a partir del martes. Recordemos que el dato oficial de cada mañana es la situación de los hospitales el día anterior, así que hoy conoceremos cómo acabó el domingo.

Una de las cosas a las que muchos no se acostumbran ante una crisis de este tipo es que el comportamiento de la misma está sujeto a unos modelos matemáticos e inercias ante las cuales las acciones que tomamos requieren un tiempo para que puedan ser efectivas, y las respuestas están, por tanto condicionadas. Esto no es política o periodismo, sino algo mucho más técnico y difícil de moldear. Los modelos epidemiológicos más básicos son los llamados SIR, que dibujan cómo se comporta una población (S)usceptible ante la aparición de una enfermedad con unas características dadas, medida a través de parámetros como la tasa de contagio, la probabilidad de fallecer por ella, y otras, de tal manera que a lo largo de una serie de periodos del tiempo el número de personas de la población (I)nfectadas vaya variando y la cantidad de las que se (R)ecuperen también, de la misma manera que se acumula un número dado de fallecidos. Sin hacer nada, la enfermedad que aparece en un momento dado desaparece transcurridos varios periodos por el mero hecho de que la población es finita, y el virus no puede expandirse sin límite. Al final una inmensa parte de la población puede verse afectada por la enfermedad y, dependiendo de los parámetros, unos fallecerán y el resto no, generándose unas curvas de infectados y fallecidos a lo largo del tiempo, las famosas curvas que ahora seguimos día a día, y unos acumulados de dichas variables que, partiendo de 0, alcanzan unos totales siguiendo un camino sinuosos que es llamado curva logística. En esos modelos uno puede ver que hay ciertos parámetros que dependen de la enfermedad ante los que, a priori, no se puede hacer mucho, ya que el que un virus sea más o menos virulento o más o menos contagiable dependerá del tipo de virus al que nos enfrentemos, pero hay formas mediante las que sí podemos actuar para que la enfermedad no se expanda y las curvas sean más planas, que es una manera de decir que el número final de infectados y fallecidos sea menor. Las dos medidas obvias son la separación y la cura. La separación se basa en que si yo alejo a las personas susceptibles unas de otras la propagación del virus se frenará, porque cada uno de los portadores podrá infectar a menos personas durante el tiempo en el que es capaz de transmitir la infección. Si esa persona no logra transmitir a nadie, el virus que en ella reside ha terminado su carrera mortal y se extingue, bien a través de la curación del paciente o por su fallecimiento, pero en todo caso ese vínculo de transmisión no ha sido efectivo para el virus. Esto se logra mediante el distanciamiento social y el encierro, que es la situación en la que nos encontramos. Parecerá algo absurdo tener que recurrir a técnicas medievales para tratar de contener a la enfermedad, pero gusten o no son las más efectivas a corto plazo para lograrlo. Esto aplana todas las curvas malas y acelera el proceso de extinción de la enfermedad.

La otra medida muy efectiva es la de la introducción en el modelo de una vacuna, de una cura que haga caer la tasa de letalidad de la enfermedad, de tal manera que, a un número dado de infectados, la probabilidad de fallecer sea mucho menor en cada paso del tiempo. Esta es la que la ciencia ha fabricado a lo largo del tiempo y es la que nos da la victoria final frente a la enfermedad, porque una enfermedad que tiene cura pasa de ser un riesgo a una molestia. Aún queda tempo para la vacuna, cada día uno menos, pero queda bastante. A corto plazo lo más efectivo sigue siendo el distanciamiento, el encierro, lo único que puede doblegar esas malditas y peligrosas curvas.

jueves, marzo 05, 2020

La expansión del coronavirus


Durante los cinco días transcurridos en Elorrio pocas novedades han sucedido en mi entorno que merezcan comentario, pero aunque las hubiera, habrían resultado aplastadas por la fiebre del coronavirus, que se extiende sin freno por los medios de todo el mundo a medida que la epidemia crece en extensión e intensidad. Resulta asombroso vivir en directo la creación de un fenómeno noticioso global de semejante magnitud y velocidad, y comprobar cómo se recibe en cada nación la llegada del virus, de los problemas a él asociados, y las maneras de gestionar su propagación y efectos. Muchos sociólogos están ante un experimento de valor incalculable.

En España las cifras de la epidemia suben sin cesar, habiendo superado ya la barrera de los doscientos y empezado a contabilizar los primeros fallecidos, uno ayer en Bilbao y otro en Valencia, que murió hace ya bastantes semanas y que se ha sabido, con un extraño retraso, que quizás fue el primer fallecido por este brote que lo hizo fuera de China. A medida que los guarismos avanzan el foco informativo empieza a abandonar a los nuevos infectados para centrarse en los que están hospitalizados en la UCI y en el personal médico, que está siendo uno de los más afectados, por estar situado en primera línea de los potenciales contagios. La situación que se vive en el País Vasco es inédita, con decenas de profesionales aislados en cuarentenas, que no pueden ejercer su labor, dejando al sistema sanitario en una muy débil posición. Este es uno de los factores más importantes, y con el que hasta ahora casi nadie había contado, a la hora de luchar contra la enfermedad. Estamos ante un virus que sí tiene similitudes con la gripe, pero que también es muy distinto. Una de sus distinciones es que acaba degenerando en neumonías que requieren hospitalización, y eso tensa muchísimo los sistemas sanitarios, porque demanda camas, atención y profesionales en un grado muy elevado. Si a eso le sumamos las indisposiciones médicas, las bajas y las cuarentenas, y los problemas que en el día a día los profesionales sanitarios deben cubrir, estamos ante una situación muy complicada, un auténtico test de stress de los sistemas de salud, que se ejecuta no en una simulación informática o en una tabla de Excel, sino sobre personas, colectivos e instituciones, que deben tratar de afrontar un enorme reto. La profesionalidad de la gente que desempeña esa labor es total, pero todos los medios son, por definición, finitos, y es probable que nos enfrentemos a situaciones de escasez que serán paliadas de mejor o peor manera. El hospital vitoriano de Txagorritxu es el primero que afronta una crisis de recursos, y eso ha obligado al Gobierno Vasco a lanzar convocatorias urgentes de personal para cubrir unas bajas que se expanden a mayor velocidad que la del número de contagiados. También empieza a haber escasez de personal en los equipos que acuden a casa ante llamadas sospechosas de posibles casos, solicitando atención o la realización de pruebas que determinen si son contagiados o no. Mientras que otros negocios se enfrentan a paralizaciones o situaciones de caída de demanda, el sanitario se enfrenta a uno de los momentos más complejos que imaginarse uno pueda. De cómo sea capaz de afrontar esta situación dependerá, y no poco, la lucha de la sociedad contra esta nueva enfermedad. Por eso los que opinan que un buen destino de este virus es que se convierta en algo estacional como la gripe creo que no han calibrado correctamente el efecto que esto puede suponer sobre los sistemas de salud, a los que la gripe, cada año, somete a una soterrada tortura sin que se le preste atención por parte de medio alguno.

En Italia, principal foco de la enfermedad en Europa, y con la sensación de que el brote no está controlado, se extienden las medidas de impacto, y desde hoy todos los colegios y universidades del país estarán cerrados, en una decisión que recuerda a aquellos relatos medievales en los que las pequeñas urbes se cerraban ante el avance de las enfermedades, en medio del miedo de una población que nada sabía sobre a qué se enfrentaba. Varios siglos después el avance médico es espectacular, pero, nuevamente, la inmovilidad es el mejor remedio ante un virus que no conoce fronteras, idiomas, barreras ni otras disquisiciones humanas. Italia es ahora mismo un experimento en sí mismo, y su economía, otra enferma camino de la UCI.

miércoles, diciembre 11, 2019

Casi resucitar, para Audrey y sus médicos


Una escena clásica de muchas películas de ciencia ficción ambientadas en viajes espaciales es la de contemplar a la tripulación aparentemente dormida en unas cápsulas, en lo que se hace llamar estado de hibernación, una suspensión en la que los cuerpos permanecen tumbados, a veces inmersos en líquidos, otras no, y que sin que nada se nos informe sobre la tecnología que lo permite, nos hacemos a la idea de que ese estado puede alargarse durante mucho tiempo, años y años, sin que la biología de los viajeros se vea afectada. Es la manera de afrontar las distancias siderales, infinitas desde nuestra perspectiva espacial y vital.

La semana pasada conocimos un caso médico que, al escucharlo, me recordó de manera casi instantánea escenas de ese tipo, y a medida que profundizaba en él no podía sino asombrarme cada vez más, y pensar si la proeza médica y científica que se había logrado no sería, en el futuro, una puerta a un proceso de hibernación semejante. Los médicos del hospital barcelonés del Vall d´hebron lograron salvar la vida de una paciente que llevaba seis horas en estado de paraca cardiaca. Dicho así, y leído todo seguido, suena a fantasía. Bastan unos pocos minutos de parada del corazón para que el cuerpo fracase, el oxígeno empiece a no llegar al cerebro y los daños se extiendan como una mancha de aceite derramado. La historia es compleja, y ha contado con el factor de la suerte, que siempre importa en medicina, el buen estado físico de la paciente y la coordinación de un gran equipo de profesionales médicos, tanto en el primer paso del proceso de rescate como en el de intervención hospitalaria. La paciente, Audrey Mash, con apellido de serie de médicos, realizaba una travesía de montaña por el pirineo cuando una tormenta de nieve la sorprendió y atrapó, Poco a poco se fue debilitando y entrando en un estado de hipotermia, que suele anteceder a la muerte. Cuando fue rescatada por el equipo que la buscaba sus constantes vitales eran casi nulas, y la hipotermia había situado su cuerpo a una temperatura muy poco por encima de los veinte grados. Los médicos que recibieron el cuerpo en el hospital de Barcelona, ya en parada cardíaca, tenían pocas opciones ante sí, siendo quizás la más probable la de esperar a que todo colapsase y limitarse a certificar la muerte, pero no se quedaron con los brazos cruzados y decidieron actuar. Conectaron a Audrey a una máquina llamada ECMO, que suple las funciones del corazón y los pulmones. Obtiene la sangre del cuerpo del paciente, la oxigena y vuelve a introducir en él, permitiendo así mantener un ciclo sanguíneo oxigenado. Con el cuerpo tan frío y las constantes vitales tan deprimidas los médicos no tenían idea de cuáles serían los daños que habrían podido sufrir órganos como el cerebro, por lo que usaron el ECMO con dos fines, uno el de mantener vivo el cuerpo y otro, el de ir levantando poco a poco, muy despacio, la temperatura del mismo, con la idea de poder “arrancar” las constantes vitales de la paciente. Conectada a la ECMO, el corazón de Audrey no latía, no era necesario que lo hiciese porque la máquina lo suplía, pero no podría vivir si el latido normal no se recuperaba en un momento dado. Al cabo de varias horas, habiendo subido ya la temperatura lo suficiente, los médicos trataron de reanimar el corazón de Audrey, y lo lograron, en uno de los momentos más tensos y cruciales de todo el proceso. Poco a poco el cuerpo volvía a la vida caliente, se recuperaba en parámetros y medidas, pero en un estado de coma que impedía saber si la Audrey que estaba allí seguiría siendo ella misma o sólo un recuerdo. Fue una enorme sorpresa para todos, para el equipo, su marido y todos los que estaban al tanto de lo que sucedía, que Audrey despertase no muchas horas después con al mayor de las normalidades, con una mente completamente funcional, ausente de todo daño, sólo con el nulo recuerdo de lo que había pasado en el tiempo en el que había estado dormida. Lo más parecido a un milagro se había producido.

Paradójicamente, parece que es la hipotermia misma lo que salvó la mente de Audrey, su cerebro se fue enfriando poco a poco, aletargándose y llegado a un estado de ralentí, por así decirlo, que le permitió apagar funciones, para entendernos, sin sufrir daños. Luego se produciría el paro cardíaco y el proceso de suspensión vital y recuperación. De ser el orden el inverso Audrey no hubiera tenido opciones. Los profesionales que han trabajado en este caso, único en el mundo, aún no salen de su asombro, pero han hecho todo lo que sabían, lo han llevado al límite y han triunfado, y suyo es el mérito. Audrey quiere volver a subir montañas, y puede hacerlo, y su sonrisa nos demuestra que la ciencia y la entrega profesional salvan vida, incluso donde parece imposible que puedan llegar a hacerlo. Mis felicitaciones a todos los que han hecho posible este logro, y a Audrey y los suyos.

miércoles, abril 10, 2019

Páncreas y sarampión


Fue ayer un día de contrastes en lo que respecta a la medicina y los avances científicos, de luces y de sombras, que demuestra cómo la tanta veces silenciosa (y silenciada) investigación es capaz de encontrar vías para atacar enfermedades que nos torturan y matan, peor también muestra de que uno de los mayores males que nos afligen se encuentra en el interior de nosotros mismos, en nuestra estupidez, soberbia, o como quieran llamarlo. De anda sirve que avancemos en el conocimiento si negamos a la vez esa vía como la correcta para encontrar soluciones y remedios. Que en estos tiempos la superchería crezca resulta cada vez más deprimente y, dada las dimensiones de la población mundial, peligroso.

El equipo del investigador Mariano Barbacid presentó ayer las conclusiones de un trabajo en el que han logrado curar el cáncer de páncreas a unas ratas genéticamente modificadas. Resaltó Barbacid una y mil veces en su comparecencia lo experimental que se trataba todo el trabajo, y las especiales condiciones en las que se encontraban las ratas que se habían curado, pero el hecho trascendental es que, por primera vez, se logra la curación de uno de los cánceres más devastadores que existen, cuyo diagnóstico supone algo similar a una pena de muerte. El cáncer de páncreas no se puede curar, nada de lo que se conoce logra vencerlo, y l apura quimioterapia es la única arma conocida para tratar de frenar su extensión y hacer que la supervivencia de los pacientes se alargue, pero es un proceso de compra de tiempo para extender la fecha en la que la enfermedad, inevitablemente, vencerá. Por eso, y lo repitió Barbacid una y otra vez, la noticia de ayer no supone una esperanza para los actuales pacientes de esta enfermedad, ni para los que sean diagnosticados hoy o en los próximos tres o cinco años, pero sí puede suponer un cambio espectacular para los que dentro de ocho o diez años se enfrenten a esa enfermedad. Queda un enorme trabajo por delante para asentar los conocimientos adquiridos y transformarlos en medicamentos y terapias que sean útiles para los humanos, pero el paso de ayer de Barbacid y su equipo del CNIO es enorme, y como tal debe ser celebrado. Hubiera sido justo que ayer los telediarios y resto de informativos hubieran abierto con esta noticia, porque es de las trascendentes. Reitero, sin caer en el sensacionalismo de haber encontrado la cura de nada, pero sí con la certeza de que el paso es importante y va en el camino correcto hacia una posible curación. Frente a un avance de estas dimensiones, otra noticia ponía el reverso negativo, también en el mundo médico. En la ciudad de Nueva York, en el primer y avanzado mundo, las autoridades han decretado la emergencia por una epidemia de sarampión, una enfermedad erradicada desde hace tiempo y para la que hay remedio , testado y seguro, una vacuna desarrollada hace ya años, que protege plenamente al ser humano de ese mal. Varios han sido los casos detectados en Brooklyn, uno de los grandes barrios de la ciudad, y el ayuntamiento de la urbe se ha visto obligado a tomar esta medida de emergencia para afrontar el brote. Pero, si hay cura médica, ¿por qué surge la enfermedad? Pues por algo absurdo. Los movimientos antivacunas se han hecho fuertes en algunas zonas, especialmente entre grupos de judíos ultraortodoxos, que han empezado a no vacunar a sus hijos porque ”las vacunas no son seguras”, “las vacunas provocan autismo”, “las vacunas son un invento de las farmacéuticas para sacar dinero” y otra serie de tonterías que uno puede leer si acude a sitios antivacunas, o incluso en medios serios, asediados por conspiranoicos y otros grupos de indocumentados. No vacunar a un hijo de una enfermedad potencialmente letal es un atentado contra la salud del niño, una conducta suicida, pero es que además supone poner en riesgo al resto de la población, que se protege de la enfermedad porque la tasa de vacunación es tan alta que el virus, simplemente, no puede expandirse pese a que exista en el ambiente. Es la llamada inmunidad de grupo, que se alcanza con tasas de vacunación del 95%. Debajo de ese rango empieza a surgir el peligro de epidemia.

El sarampión ha surgido en Brooklyn no por una desgracia ambiental o un cataclismo que haya condenado a la población, o algo ajeno a nosotros, no, sino por una decisión consciente de un grupo de personas que ha decidido renunciar a un arma, el arma, que puede salvarles de la enfermedad. La medida del ayuntamiento le permite legalmente hacer la vacunación obligatoria y sancionar económicamente a los que se niegan a ello, que a buen seguro serán más de uno. Con el tiempo la ciencia avanza y cada vez sabemos más y curamos más enfermedades, pero no logramos adivinar cómo combatir los miedos e irracionalidades que nos dominan y, como en Brooklyn, a veces nos condenan a las lóbregas cavernas de las que provenimos y no dejamos de huir.

viernes, abril 05, 2019

Ángel Hernández, o cuando llega el final


Ya por la noche salía Ángel Fernández en libertad con cargo y sin medidas cautelares de los juzgados de Plaza de Castilla. Horas antes había colaborado activamente para acabar con la vida de su mujer, Maria José Carrasco, que llevaba varias décadas enferma de esclerosis múltiple y que, reiteradamente, había solicitado ayuda para morir, dado que su estado le impedía ejercer acción alguna, sobre ese respecto y sobre cualquier otro. Ángel ha documentado las peticiones de su mujer al respecto y el proceso final en el que acerca un vaso con barbitúricos diluidos en agua y una pajita a la boca de Maria José, y ella bebe, siendo ese su último acto en este mundo.

Es fácil pontificar y opinar sobre cosas que suceden a miles de kilómetros de distancia, trivial hacerlo sobre realidades que uno no vive o conoce, qué fácil es hablar y escribir. Lo difícil es vivir. Durante décadas Ángel ha visto la descomposición de su mujer y el mantenimiento de la firme voluntad de ser asistida en el final cuando ella, sabedora de la evolución de la enfermedad, ya no podrá hacer nada. Años y años de descenso en las condiciones de vida, en las expectativas, en la luminosidad de las tardes para convertirse en angustiosas noches eternas, de jornadas de reclusión, de abandono de todo. En cuerpo y alma se ha dedicado Ángel a cuidar a Maria José, negándose a acabar con la persona que más quería, aún a sabiendas de que era el deseo de ella y que tarde o temprano se iba a enfrentar al dilema moral de si ejercerlo o no. Qué fácil es, desde la distancia, emitir un veredicto, juzgar en pocas palabras hechos tan profundos  y complejos, y aún es más sencillo volcarlo en las redes y ajusticiar o alabar la conducta de Ángel, siempre que uno no pase por un trago similar. ¿Cuántos, en la situación de Ángel, hubieran huido? En un mundo en el que las parejas se rompen por cuestiones cada vez más triviales, tontas y banales, en el que prometemos amor perpetuo a otro semejante, pero rompemos nuestro encariñamiento por auténticas bobadas, en una época de nula paciencia, escaso compromiso y casi ninguna entrega personal, Ángel ha dado su vida por Maria José durante unos años que nadie, excepto él, será capaz de recordar hasta qué punto han sido de entrega y dolor. Su decisión, el acto de ofrecer ese vaso, quizás haya sido el más duro de su vida, aquel que nunca pensó que llegaría, el que deseó con todas sus fuerzas que no tuviera lugar. Y paradójicamente, puede que haya sido su último acto de amor, de entrega, su postrera inmolación ante Maria José, a la que se entregó en vida y ahora, una vez ella muerta, sigue ofreciendo su existencia en forma de proceso judicial y de dolor personal. Durante el resto de su existencia Ángel no podrá olvidar nunca ese momento del vaso, momento en el que su amor cruzó el Rubicón que separa la esperanza del vacío, y sabrá para siempre que sus manos, que con cariño infinito cuidaron a la persona que más quería, fueron las mimas que ayudaron a acabar con esa vida que para él era todo. ¿Es esto un enorme, inmenso acto de amor? Creo que sí, y creo que también lo es de dolor. Sólo a quien se quiere con pasión y locura se le puede acatar hasta la orden más loca, la que permite acabar con su propia vida. Tantos son los casos de maltrato y violencia, fruto de celos y deseos de posesión que son perversos, y frente a ellos, el ejemplo de Ángel y Maria José nos muestran hasta qué punto el amor, palabra desgastada hasta el extremo, posee un sentido y significado tan poderoso que nos puede enfrentar a dilemas como estos sin que haya manera racional de abordarlos, sin que podamos discernir con razones. Qué fácil es juzgar desde fuera, pero con qué instintivo pavor deseamos que situaciones como estas no se den en nuestro entorno, que no nos pase nunca nada así.

Hace unos años Michael Haneke realizó una película llamada “Amor” tan seria y amarga como casi todas las suyas, en la que se plantea un dilema similar en una pareja de ancianos. La película es excelente y de visión obligada, pero comprobé asombrado que muchas personas, de mi entorno y de medios de comunicación, decían preferir no verla porque era triste, porque te hacía pasar un mal rato. En nuestro mundo, de gomaespuma vital y aparente vacío emocional, en el que disfrutar lo es todo, ni ver una película que aborda un tema crudo resulta aceptable para muchos. Como para imaginar cómo responderán, responderemos, ante dilemas como estos si se dan en nuestras vidas. Qué sencillo es opinar, qué trivial juzgar, nada se tarda en olvidar.

lunes, noviembre 19, 2018

Obesidad


El pasado viernes, tras dar una pequeña vuelta por el centro y comprar algún libro, ya de noche, acabé como siempre en alguna de las cafeterías de la zona, tomando algo y leyendo. En la mesa sita junto a mi se encontraban tres mujeres, de una edad que estimo superaba los cuarenta, pero no por mucho (aviso, soy malo para echar edades) y por lo poco que pude captar de sus conversación estaban hablando de sus hijos y del colegio. Dos de ellas estaban algo gorditas, pero nada del otro mundo. La tercera sí que estaba obesa, y mucho. Llevaba una camiseta de manga corta y dejaba ver unos brazos que equivalían en volumen a mis piernas, formados por masas informes que colgaban y se movían tambaleantes a cada gesto que hacía con la mano.

Entorno a las tres se encontraba una suculenta tarta de chocolate que estaba siendo devorada sin descanso. Las otras dos amigas tomaban café y la tercera una infusión en vaso ancho y alto, al que en el tiempo en el que estuve por allí echó dos azucarillos completos, sin descartar que antes de que yo llegase hubiera arrojado alguno más. No hace falta ser un genio para echar cuentas y suponer que la cantidad de calorías que esa chica se estaba metiendo en el cuerpo en aquella merienda excedía por completo cualquier cifra razonable. Casi se podía sentir como la maquinaria de su cuerpo era forzada, una vez más, ante una ingesta de azúcares para la que nada en la biología y genética le había preparado para poder aguantar. ¿Cuáles serían los niveles de las constantes sanguíneas de aquella mujer? ¿Cuántas estrellitas obtendría en sus análisis? Sospecho que, como decía alguno de los amigos de mi padre, lo suyo sería de (al menos) cinco estrellas, lujo asiático en forma de constantes disparadas. Lo que observaba era algo que, cada vez, resulta más común en nuestro alrededor, obesidades elevadas, no ya las típicas gorduras normales que a un servidor le resultan incluso atractivas en cuerpos femeninos (entre eso y las figuras esqueléticas no tengo dudas). El volumen de los gordos ha ido en aumento a medida que los hábitos de consumo han cambiado y el sedentarismo se ha hecho casi absoluto. Hoy en día las opciones para moverse son escasas, y mucho menos las necesidades para ello. Resulta curioso ver cómo los gimnasios tienen éxito pero muchos de sus clientes acuden a ellos en coche, lo que resulta ya de por sí una contradicción muy llamativa. Nuestros cuerpos están diseñados para acumular grasas porque hasta hace pocos siglos lo de la alimentación no era una cosa regular que se hiciera tres veces a la semana. El hambre se encontraba a la vuelta de cualquier recodo y no había garantías de que esa pieza de carne degustada se fuera a repetir en el corto plazo. Las cosas han cambiado mucho, y las posibilidades de adquirir proteínas y grasas en cualquier comercio a nuestro alcance se han disparado. En el mundo moderno ya hay más enfermos por sobrepeso que pobres que padecen hambre, lo que demuestra lo mal que nos organizamos. La ingesta masiva de comida, demasiadas veces no de buena calidad, y el estar quietos durante casi todo el día suponen una combinación nefasta para cuerpos que necesitan actividad o que, si no se les proporciona movimiento, requieren mucho menos combustible. Acorde a las necesidades de cada uno y del ritmo metabólico que cada cuerpo demanda, hay que ajustar la ingesta y el consumo para que el balance se mantenga dentro de unos límites normales, sin excesos ni hacía el obeso ni hacia la delgadez extrema, dado que ambas situaciones son malas para nuestro cuerpo y generan problemas de salud de muy distinta índole, pero que pueden ser serios a la larga. El negocio de las dietas, casi todas ellas estafas, sigue creciendo junto a la media del volumen de nuestro cuerpo, y las angustias en torno a la figura física, en un proceso de melancolía y frustración que no lleva a ninguna parte.

Cuando salí de la cafetería las tres amigas seguían allí. Nada quedaba en el plato de la tarta ni en los vasos y tazas que las acompañaban. Comencé un pequeño paseo hasta el metro rumbo ya a casa, pensando entre otras cosas si ellas, sobre todo la más obesa, cenaría esa noche, y qué comería. ¿Cuántas calorías sería capaz de ingerir en un día normal? Ver escenas de este tipo me suele dejar preocupado, porque no son sino un maltrato autoinflingido y evitable al cuerpo, una manera de hacernos daño que no tiene mucho sentido. Algo parecido me pasa cuando veo a maratonianos o, en esta locura que nos ha invadido, a corredores que no pueden con su alma y siguen trotando rumbo al esguince o la luxación, cuando no al infarto. Cuidarse es necesario, y me da que todo empieza por reducir los excesos, que en nada son buenos. Puede que sólo en el amor no haya que poner límites, pero tengo muchas dudas al respecto.

viernes, noviembre 02, 2018

Los parapléjicos pueden andar


Hay un viejo dicho que reza que cualquier tecnología lo suficientemente adelantada es indistinguible de la magia, y eso lo percibimos en nuestro día a día. Piense en la cantidad de cosas que hace décadas eran imposibles y hoy en día son habituales, empezando por la conectividad y el acceso a servicios directamente mediante un dispositivo móvil que todos llevamos encima. En décadas el avance ha sido espectacular, y promete serlo aún más en los años venideros, sin que este claro, eso sí, cuál será el rumbo de esos avances y qué serán capaces de lograr. La medicina es uno de los campos que más ha avanzado y promete revoluciones que antes sólo eran sueños.

La imagen de unos parapléjicos volviendo a andar es lo más parecido que uno imagina al concepto de milagro, al mismo nivel si me apuran del de la devolución de la vista a los ciegos, campo en el que, por cierto, también hay avances muy importantes. Esa imagen del milagro se ha dado en un hospital de Lausana, Suiza, y ha sido el fruto de un trabajo de investigación médica y tecnológica que, experimentado antes con animales, se ha probado en pacientes con resultados asombrosos. La técnica consiste en implantar unos sistemas de estimulación eléctrica en la zona de la médula espinal que dejó de funcionar, casi siempre a causa de un accidente. Sesiones intensivas de estimulación y entrenamiento del paciente logran que, poco a poco, las fibras nerviosas dañadas puedan volver a ser operativas, al menos en parte, y el resultado que vemos en las imágenes y vídeos que se han publicado en los medios se produce tras unos meses de duro esfuerzo, en los cuales los pacientes, atención, ya no necesitan recurrir al estímulo eléctrico externo para poder dar órdenes a sus piernas. Esa estimulación ha sido imprescindible a la hora de “arrancar” si se me permite la expresión, pero posteriormente es el entrenamiento, el esfuerzo y la reiteración de los ejercicios del paciente lo que permite recomponer el sistema motor dañado y lograr que las piernas vuelvan a responder. La idea del experimento es que la continuación del proceso de rehabilitación lleve a un punto en el que el paciente sea autónomo de la estimulación externa y sea capaz de prescindir de ella por completo, y que el proceso de andadura y demás capacidades motoras se vayan restableciendo poco a poco y de manera, si no completa, al menos con la calidad necesaria para que la vida diaria del paciente sea normal. Así, esa estimulación habrá actuado como un medicamento, que una vez producido su efecto, puede ser retirado. No me digan que no es asombroso. Para cualquiera de nosotros ver esas imágenes impacta, por lo que no soy capaz de imaginar lo que deben estar viviendo los pacientes y sus allegados. Condenados de por vida, por la fatalidad, a una silla de ruedas, a una dependencia más o menos completa y a ver la vida diaria, diseñada para los que caminamos, como una sucesión de obstáculos, levantarse de la silla habrá sido para ellos el sueño inalcanzable, algo que ya sólo imaginaban y que de noche, dormidos, practicarían en sus fantasías, para llegar cada mañana al despertar y reencontrarse con la silla de ruedas y las piernas inutilizadas. Años de sacrificio y lucha frente a la adversidad, que prometían extenderse para el resto de sus vidas, convertidos ahora en nueva esperanza de camino, peldaños, flexiones y paseos con unas piernas que, otra vez, vuelven a ser suyas. No tengo ni idea de hasta qué punto deben sentirse transformados, felices y, al igual que todos nosotros, asombrados de que la técnica y la ciencia hayan sido capaces de obrar ese milagro. Para ellos, la vida acaba de cambiar otra vez, si en una ocasión anterior lo hizo para muy mal, ahora para muy bien.

Un detalle obvio de este avance que no debemos dejar de reiterar una y mil veces. Lo que estamos contemplando no es el fruto de una casualidad o la intervención de una deidad, sino el trabajo de científicos, médicos, investigadores, ingenieros, técnicos… cientos de profesionales que han dedicado horas, esfuerzo, recursos, cabeza y pasión a buscar una vía para solucionar este grave problema, y la han encontrado. No han sentido fuerzas místicas ni chacras ni armonías espirituales ni dietas milagrosas ni otros cuentos, no. La ciencia, la investigación y el trabajo duro es lo que permite avances como este, es lo que salva vidas y mejora las que ya existen, las nuestras, la suya, la mía y las de los que nos rodean. Esa ciencia, que tanto debe defenderse de los charlatanes vendehumo que nos rodean, es capaz de hacer que los parapléjicos y anden. Hasta la movida ochentera se ha quedado vieja, porque la parálisis ya no es permanente.

martes, junio 05, 2018

Curar el cáncer


Se que es una decisión arriesgada, imprudente, el titular un artículo con dos palabras antitéticas, “cáncer” y “curación” y que pueden llamar a engaño, o lo que es peor aún, suscitar falsas ilusiones. Sin embargo creo que las tres palabras que componen el título del artículo de hoy son precisas, al menos en el caso que se acaba de conocer, y suponen la confirmación de que otro concepto, la inmunoterapia, puede ser la puerta para revolucionar nuestra imagen del cáncer y de otras muchas dolencias. En todo caso, aviso, nada de triunfalismos. Nada. El caso que se ha hecho público es exitoso y abre una vía, pero no quiere decir que todo el mundo pueda transitar por ella. Las expectativas, por favor, deben ser moderadas.

Es innegable que en el cáncer hemos pasado del tiempo de la resignación ante la muerte al de la gestión de la supervivencia. Siguen existiendo tumores virulentos inabordables, como el de páncreas, que se ven como sentencias inapelables del destino, pero en muchos otros procesos cancerosos como el de próstata, colon, mama o leucemia, por citar algunos, la detección precoz, los buenos hábitos de vida y la mejora médica han contribuido notablemente a rebajar las tasas de mortalidad, convirtiéndolos en enfermedades crónicas de las que se sale. Se obliga al paciente, de por vida, a realizarse análisis y estudios para estar seguros de que la enfermedad no rebrota, pero el enfermo saber que ya no lo es del todo. En estos casos la curación no es plena, porque el riesgo permanece y, normalmente, los tratamientos se cobran parte de la salud del paciente por su agresividad, aunque la variabilidad de la respuesta del cuerpo ante ellos es de lo más asombrosa. La ciencia médica, que no deja de avanzar, ha ido poco a poco pasando del tratamiento bruto, el bombardeo por saturación del tumor vía quimio y radioterapia, a técnicas menos invasivas y más personalizadas, tanto usando herramientas clásicas como otras más modernas. La inmunoterapia lleva tiempo en boca de todos como una de las mayores esperanzas en el campo de la medicina personalizada y como vía para atacar a los tumores. Se basa en una idea tan simple como genial, que es usar el propio sistema inmunitario del paciente, el que nos protege día a día de infecciones y enfermedades, para que ataque al tumor. Se preguntarán ustedes cómo es posible que el sistema inmune, por defecto, no haga esa labor, y la respuesta a esa pregunta nos abre las puertas a la carrera armamentística que se produce en el interior de nuestros cuerpos. Los tumores, que se componen de células del propio cuerpo, desarrollan estrategias defensivas de camuflaje para no ser detectados por los linfocitos, los glóbulos blancos, y así sobrevivir. Se camuflan, y la “policía” del cuerpo no los ve y no puede actuar. A medida que pasa el tiempo y el tumor crece su capacidad de camuflaje disminuye, pero su fuerza bruta aumenta y los daños que genera al cuerpo ya no pueden ser evitados por un sistema inmune que no está diseñado para ello. Por eso actuar preventivamente o en las fases iniciales del tumor es básico, para evitar su extensión, atacarlo cunado es más pequeño y débil y lograr así que no haya destrozos adicionales. Piense usted, con Parque Jurásico en su mente, que es más fácil acabar con un tiranosaurio cuando es una cría en su huevo que cuando yergue sus muchas toneladas y afiladas mandíbulas sobre sus dos enormes patas traseras. Las técnicas de inmunoterapia buscan enseñar, permítaseme el término, a los linfocitos del cuerpo a identificar el tumor que se ha detectado, lograr que burlen el camuflaje y, tras ello, el ejército de defensa del cuerpo lanzará una orden automática de ataque para acabar con el maligno como lo hace con el virus de la gripe. Y en esa batalla, con un tumor en sus primeras fases, el cuerpo tiene muchísimas posibilidades de ganar.

El caso que ha sido noticia es un referente de este tipo de técnicas, y revela la curación plena de una paciente de cáncer de mama con metástasis extendidas, es decir, un escenario más avanzado y peligroso del que les había descrito. Y la inmunoterapia ha funcionado con una eficacia y extensión tremenda, devastadora para el cáncer, hasta lograr eliminarlo por completo de todos los puntos en los que se encontraba, y lograr curar a la paciente por completo. ¿Milagros? Sí, sobre todo por parte de médicos y científicos que llevan años trabajando e invirtiendo dinero en desarrollar técnicas así. El artículo enlazado explica muy bien el proceso seguido, y debe ser leído con esperanza y, reitero una y mil veces, prudencia. Esta técnica requiere personalización en el tratamiento, cada caso tiene problemas específicos, y una intensa inversión. Pero sí, estamos ante una revolución que, poco a poco, empieza a dar frutos.

miércoles, febrero 28, 2018

¿Vencerá la inmunoterapia al cáncer?

La muerte de Forges, acaecida la semana pasada, hizo que nuevamente nos enfrentásemos a la realidad del cáncer. El pobre sufrió uno de páncreas, uno de los más rápidos y devastadores, que a día de hoy supone una casi certera condena. Pero no debemos obviar una realidad, y es que miles y miles de pacientes con cáncer, que hace pocas décadas hubieran muerto, hoy siguen entre nosotros, han convertido su enfermedad en un recuerdo, que deben seguir chequeando para evitar rebrotes, y han eliminado el concepto de muerte del significado de cáncer. Es algo que, si se lo contásemos a la sociedad de los años sesenta o setenta nos tacharían de lunáticos. El avance es enorme.

Pero sólo estamos realmente al principio de una nueva lucha contra el cáncer que, ojalá, acabe convirtiéndolo en una enfermedad benigna o, al menos, sobrellevable. Las terapias clásicas que utilizamos, basadas en quimio y radioterapia, tienen como objetivo fundamental la destrucción del tumor, localizado a lo antes posible para ser efectivas, y actúan como una especie de bombardeo aliado en la II Guerra Mundial, sometiendo a la zona donde se encuentra el tumor y, en general, a todo el cuerpo, a un ataque intensivo, que destroza el núcleo canceroso pero que, como es fácil de entender, supone muchos efectos secundarios, y muy variables en función de cada persona. Una de las muchas preguntas que los investigadores se han hecho frente al cáncer, desde el principio, es el por qué el sistema inmunitario propio, el que nos defiende de las enfermedades comunes, no hace nada frente al cáncer. En nuestro cuerpo se desarrolla un ser extraño, usurpador y que empieza a consumir recursos, pero que no es asaltado por los glóbulos blancos y nada detiene su avance. ¿Por qué? Hace ya tiempo que se descubrió que los tumores fabrican una, por así decirlo, capa de invisibilidad como la de Harry Potter, poseen una serie de proteínas y sustancias que hacen que no sean detectados por el sistema inmunitario, que no los ve, y por tanto no actúa. Al descubrirse este asunto el paso obvio era preguntarse cómo desmontar esa capa, cómo hacer ineficiente esa protección del tumor y ver qué pasaba si el sistema inmune, viendo al enemigo, lo atacaba. La teoría de este proceso es así de simple, y la práctica no puede ser más complicada. Ha requerido años y años de estudios, de enormes desarrollos técnicos e informáticos, pero poco a poco científicos de todo el mundo han empezado a descifrar esas estrategias de invisibilidad, distintas entre distintos tumores, comunes en algunos de ellos, y procedido a su desmontaje. Y tras ello, el sistema inmune de esos pacientes “ha visto” el tumor y se ha puesto a atacarlo. Esto, dicho de manera muy burda, y que me perdonen los expertos, es lo que se conoce como inmunoterapia, y los primeros resultados que se están obteniendo, aún en fases experimentales, son realmente asombrosos. Cada cierto tiempo surgen noticias no ya esperanzadoras, sino que parecen sacadas de un compendio de milagros religiosos, en las que animales de laboratorio logran sanar completamente de afecciones cancerosas después de que su sistema inmune haya destruido, literalmente, el tumor. Es asombroso. Y una vez desprotegido el enemigo, la capacidad que tenemos de atacarle se multiplica. Hace unas semanas se supo que ha tenido éxito la variante que supone usar virus, como los que nos provocan la condenada gripe u otras enfermedades, para que, inoculados en el tumor desprotegido, lo asalten y combatan. Y funcionan. Y los pacientes así tratados ven como sus tumores se reducen en cuantía y ferocidad, y la enfermedad remite. Lo repito, una y mil veces, es asombroso. Se dan casos de cobayas curadas y de pacientes que van camino de estarlo.

Muy probablemente “inmunoterapia” llegue a ser, con el tiempo, una de las palabras más importantes del diccionario y la salvadora de muchas vidas, quizás también la suya o la mía. Pero junto a ella hay otras muchas que debemos asociar para que funciones, empezando por todas las relacionadas con la medicina personalizada, porque cada cáncer en cada paciente puede tener características muy distintas y requiere un estudio pormenorizado, que la tecnología empieza a hacer posible. Y la detección precoz, y las biopsias líquida, que nos permitirán descubrir a ese mal muy pronto, cuando sea débil y más fácilmente combatible. Y detrás de todas esas palabras, miles de profesionales en todo el mundo que investigan y desarrollan, y fondos públicos y privados que lo permiten. Y la ciencia, que salva vidas.

martes, febrero 13, 2018

Pruebas médicas

Sí, hoy el artículo va con un cierto retraso respecto a lo habitual, pero no se preocupen, que no ha pasado nada trascendente. Hoy me tocaba realizar el chequeo médico obligatorio del trabajo, al que no nos citaban desde hace varios años, y allí he acudido, a primera y frío hora de la mañana, para hacerse las revisiones habituales de vista, oído, electros, movimientos musculares, extracciones de sangre, depósitos de orina y cosas por el estilo. Como estaba citado a muy primera hora no había mucha gente, por lo que no se me ha acumulado el típico retraso que provoca que las citas se vayan acumulando y, al final, sirvan de bien poco.

¿Suelen ustedes ir al médico? ¿Son hipocondríacos? ¿Se toman la tensión en casa? Vivimos en una época en la que la salud sigue escalando puestos en el mundo mediático y se convierte en tema de conversación en todos los contextos. Internet ha puesto mucha documentación médica al alcance de todo el mundo y, también, a todo tipo de charlatanes que se aprovechan de la superchería y angustia asociada a toda enfermedad. En este mundo, en el que nunca se ha vivido mejor, la comida ha sido más abundante y de mayor calidad, la higiene más omnipresente y la tecnología y ciencia más efectiva frente a las enfermedades, surgen cada dos por tres bulos, rumores falsos y alarmismos que se centran en nuestra salud, o más bien en su deterioro. El negocio en torno a todo esto es enorme, y no deja de crecer. Todos estamos preocupados, en algún momento, por nuestra propia salud o por la de los que nos rodean, y el nerviosismo que existe, de manera natural e inevitable, en torno al mundo de la enfermedad requiere una gestión serena, seria y profesional. Alarmismos, histerias, búsqueda de remedios milagrosos, escapismos y demás artimañas son sólo formas de equivocarse, de perder mucho dinero y, casi siempre, deteriorar más aún la salud herida. Pese a la labor de divulgación de expertos y docentes, se ponen de moda tonterías como la de beber agua cruda, la última de la que tengo noticia, y muchos se lanzan a ello porque algunos millonarios de alguna parte, en este caso californianos de Silicon Valley, se dedican a venderla a precio de oro como si fuese un remedio naturista o el último grito en curativos naturales. Un poco de “new age”, algo de orientalismo, una pizquita de ancestral sabiduría y toneladas de marketing basadas en la añorada vuelta a la naturaleza envuelven todos estos productos basura, dotados de etiquetas que relatan sus supuestos (y falsos) beneficios, y una cifra asociada, el precio, que es tan disparatado como absurdo y estafante. Hay quien compra botellas de esa agua no tratada a precios muy superiores a los de la gasolina, sin que me quede muy claro que es peor, si beber esa agua portadora de gérmenes o pegar un trago en el surtidor de la sin plomo, y de mientras, a un precio irrisoriamente bajo, agua potable tratada, sana, limpia, maravillosa, sale de los grifos de nuestras casas con una calidad impecable, en forma de lujo que no es accesible para millones y millones de personas, que tiene que hacer enormes esfuerzos cada día para encontrar alguna fuente de agua potable. Cada día la diarrea provocada por la ingesta de aguas insalubres causa cientos de muertes, y garantizar el acceso de agua en condiciones sería una de las medidas que más reduciría la mortalidad en amplias zonas de Asia y África. Y de mientras, en el mundo de los ricos, algunos se hacen aún más gracias a la venta de aguas insalubres. Es incomprensible, ¿verdad?


Afortunadamente las autoridades empiezan a tomarse en serio este asunto. Ayer se supo que la Generalitat de Cataluña va a imponer sanciones a los organizadores de la basura de encuentro que tuvo lugar hace unas semanas, centrado en el cáncer, donde sólo se dijeron peligrosas mentiras y falsedades. Cuiden su salud, lleven una vida sana, aliméntense bien y disfruten de los placeres de la vida. Y en cuestiones médicas, por favor, hagan acaso a su médico, a los profesionales sanitarios y a todos aquellos que sí saben de eso, que no acertarán siempre, porque la medicina es una ciencia y, también, un arte, pero que no buscarán arruinarles vendiéndoles basura. Y no se obsesionen con la enfermedad y la salud, eso solo les provocará disgustos.

miércoles, enero 17, 2018

Congreso de estafadores médicos

Una de las cosas más asombrosas de estos tiempos es el contraste que existe entre una ciencia que avanza de manera asombrosa, y nos facilita la vida de una forma que no somos capaces ni de imaginar, junto a las creencias, mitos y supercherías, que se proclaman sin disimulo y con todo el morro del mundo. Científicos y médicos conviven con estafadores y, casi casi, asesinos, que lanzan falsos mensajes sobre la curación en atractivos envoltorios místicos, que sólo buscan obtener atención y dinero, mucho dinero. A veces la ciencia se queda sin saber muy bien qué decir ante tantas muestras de tontería, y es en ese silencio en el que siguen creciendo los malnacidos que se recrean en el dolor ajerno.

Ha habido una reunión de estos delincuentes en Barcelona, en la que no se si participaban ya de paso algunos miembros de Convergencia o el PdCat, en la que se han dicho salvajadas sin fin, mentiras y bulos. Todos los presentes han usado el argumento de poseer un conocimiento ancestral, propio, arcaico y certero, que tu médico también sabe, pero no te lo dice porque está al servicio de las farmacéuticas. El mismo rollo conspiranoico de siempre que aparece ante cualquier tema del que desconocemos las causas y orígenes. Sanadores, naturistas, curanderos, escondidos bajo denominaciones por el estilo, muchas personas se han juntado bajo el lema “Un mundo sin cáncer. Lo que tu médico no te cuenta” en el que sólo han mentido, y a buen seguro habrán logrado vender algunos de sus productos y sacar unos buenos ingresos. Su actitud es muy parecida a la de una secta, dado que ellos poseen la sabiduría cierta, que sólo está en su mano poder ser empleada, y que debes creer para que surja efecto en ti. Nada de evidencias, experimentaciones y pruebas, nada de grupos de control, instrumental y ciencia, solo fe. Resulta muy curioso ver como, a la vez que se desploma la creencia religiosa tradicional, crece la fe en este tipo de sujetos, que ofrecen otra versión de paraíso, siempre a cambio de la compra de unos botes de sus pastillas, y que se alcanza también gracias a la fe, en este caso a la naturaleza y a enseñanzas arcaicas en vez de al mensaje religioso. ¿Qué opinaríamos si un sacerdote nos dijera que un cáncer se cura rezando, y no con la medicina moderna? Le mandaríamos a paseo sin duda. Entonces, ¿por qué no hacemos lo mismo con algunos de estos sujetos, cuyos nombres no pienso ni citar? Su estrategia es muy similar, y evidentemente no funciona, salvo para incrementar la cuenta corriente de sus vidas. Estos indeseables, que tontos no son, saben que la salud es uno de los principales problemas, y que ante una enfermedad seria como el cáncer la gente está dispuesta a hacer de todo para salvarse, y en ese “hacer de todo” introducen su mensaje. Personas que sufren, angustiadas por su futuro o por el de familiares y amigos, son susceptibles de ser engañadas por sinvergüenzas de medio pelo que conocen la forma y momento de actuar ante defensas emocionales más débiles, y así obtener de ellas todo lo posible. Es absolutamente repugnante. Al sufrimiento del enfermo y de su entorno se debe sumar el parasitismo de esta bandada de langostas que arrasa su entorno allá donde va, que esquilma propiedades, que autoculpabiliza a las personas por enfermedades que, en gran parte, poseen un origen puramente aleatorio, y que son de lo más natural. El enorme incremento de la esperanza de vida, la práctica erradicación de la mortalidad infantil, la supervivencia ante enfermedades que antes se consideraban condenas de muerte, los trasplantes de órganos, las terapias genéticas, la erradicación de muchas enfermedades contagiosas… los logros de la medicina, basados en el método científico son enormes, y entre otras cosas han logrado que usted, Puigdemont, estos malnacidos estafadores y yo estemos aquí sanos y salvos, pero nada de eso parece hacer mella en el discurso falaz que proclaman, envuelto en naturaleza y ecología.


Más que de ciencia, el problema que generan estos presuntos delincuentes es de orden público. Sus terapias son falsas, no ayudan nada, sólo pueden perjudicar al crear posibles contraindicaciones a los tratamientos médicos, e incluso animan con fuerza a la gente para que renuncie a dichos tratamientos, aumentando su desgracia y, tristemente, sus probabilidades de muerte próxima. Hay que empezar a pensar en avisar a la policía cada vez que se produzca una reunión de este tipo, porque fruto de ella aumenta la mortalidad. Estos personajes venden falsedad, mentira y muerte, y deben ser perseguidos por la razón y, desde luego, por la ley. No los siga, no los haga caso, y si conoce a alguien que ha caído bajo sus redes, ayúdele y sáquele de ahí.

miércoles, noviembre 22, 2017

Las vacunas nos salvan la vida

Vivimos una época absurda, paradójica, cruel. Nunca la ciencia ha avanzado tanto, subida a los hombros de los gigantes que nos han precedido, nunca la tecnología, que es su aplicación práctica, nos ha dado tantos y tan maravillosos productos para expandir nuestras capacidades y facilitarnos la vida. Muchas de las cosas que soñábamos hace décadas como imposibles ahora son corrientes, y las posibilidades futras que se abren son aún más espléndidas. Nunca el acceso a la cultura y el conocimiento fu más barato y universal que en nuestro tiempo. Y pese a ello, la increencia y la oposición a ese desarrollo científico y técnico no deja de crecer cada día.

El caso de la medicina es, sin duda, uno de los más exitosos. La inmensa mayoría de nosotros, desde luego yo, no estamos vivos hoy en día por la fortaleza intrínseca de nuestros genes o por la suerte (bueno, esto en caso de accidentes sí influye) sino porque los avances médicos nos han salvado de enfermedades que hemos padecido o, directamente, evitando que las pasemos. Los medicamentos, técnicas de diagnóstico y operación, la tecnología de los aparatos médicos y la cada vez mejor formación de los profesionales del ramo son, por citar algunos, aspectos en los que los avances de cada década han salvado, literalmente, millones de vidas. Y uno de esos avances trascendentales son las vacunas. Gracias a las vacunas muchas enfermedades que, a lo largo de la historia, han diezmado a la población y, especialmente, han segado incontables vidas infantiles, han sido erradicadas o convertidas en algo anecdótico. Sarampión, rubeola, varicela y otros nombres así son denominaciones más o menos técnicas que, hasta la invención de las vacunas, eran sinónimos de muerte. Hoy en día no somos conscientes de ese riesgo porque, casi todos vacunados, esos agentes infecciosos son ineficaces. Siguen con nosotros, pero una barrera invisible que no vemos nos protege, la vacunación nuestra y la de los que nos rodean. Y en este escenario de éxito, absoluto y total de la investigación y la ciencia, día a día surgen noticias de grupos que, amparados en la creencia y la facilidad con la que corren las noticias, difunden bulos, en este caso no sobre política, sino sobre salud. Los llamados antivacunas, grupos organizados que critican el uso de estas terapias, han encontrado en las redes sociales un gran altavoz para difundir sus mentiras, basadas en correlaciones espurias, casos aislados y coincidencias que magnifican hasta lograr titulares alarmistas que tratan de hundir la vacunación y todo el avance que ella ha significado. Algunos padres, que como todos aman a sus hijos sobre todas las cosas, hacen caso de estos mensajes, y no los vacunan y al actuar así lo que están haciendo es, realmente, poner una pistola en la sien de sus criaturas y obligarles a jugar una mortífera ruleta rusa. Y no sólo a ellos. Si varios niños no son vacunados, y se encuentran en contacto, uno de ellos basta para que se pueda propagar una infección de alguna enfermedad que, con el tiempo, pueda contagiar a todos ellos y causar víctimas y sufrimiento. Debemos repetirlo una, mil, millones de veces. Las vacunas salvan vidas, los antivacunas mienten, y todos esos mensajes que circulan por internet por ellos difundidos son falsos. Los padres deben hacer caso a sus pediatras y a la comunidad cienctífica, y no a uno “que sale en la tele” o tiene un vídeo en Facebook que dice que por vacunarse le salió una ubre de vaca en la pierna. Sí, sí, ríanse, pero cosas peores se pueden ver hoy en día dándose una vuelta por algunos de los estercoleros que, llenos de basura, tanto éxito tienen a la hora de difundirse entre la población.


¿Cómo combatimos, en la práctica, estas mentiras? Con divulgación, y de la buena, accesible y bien contada. Ayer tuvo lugar la presentación de dos libros sobre este tema, el de la vacunación y el de las matemáticas asociadas a las vacunas y el desarrollo de los procesos infecciosos, escritos por cuatro científicos que saben muchísimo más de estos temas que yo, y que son capaces de contarlo de una manera accesible, directa, graciosa y efectiva. El acto fue organizado por una pequeña editorial que, en palabras de su valiente responsable, encontró en la divulgación la vía para difundir la ciencia y así lograr que la verdad se abra paso entre tanta oscuridad. Muchas gracias por el acto de ayer, por iniciativas de este tipo, y recordemos una y mil veces. La ciencia salva vidas. ¡Las vacunas salvan vidas!

miércoles, junio 28, 2017

Qué hacer con la gestación subrogada

El tertulianismo carece de límites, su opinión es omnisciente y nada escapa de sus garras. Bien lo describía ayer Rubén Amón en un certero artículo, desde su propia condición de tertuliano, con una aire de cierta admiración y sorpresa ante el tertuliano profesional que de todo opina y, desde luego, sabe, subido a su trinchera ideológica desde la que dispara sin descanso contra la de enfrente, en la que habita un sujeto muy similar a él. El autor de un blog diario, como es mi caso, cae muchas veces en el exceso de opinión, dado que casi todo lo que escribo no dejan de ser opiniones personales, pero trato, cada vez más, de juzgar lo menos posible, entre otras cosas porque crecen los debates en los que no se qué postura tomar.

Y es el de la gestación subrogada, fina manera de denominar a los vientres de alquiler, una de esas controversias en las que miro a todos los lados de la mesa y no se con qué carta quedarme. La propuesta presentada ayer por Ciudadanos en la mesa del Congreso para que se debata este asunto en la cámara es un primer paso para abrir los ojos a una realidad que está ahí, y que carece de ley o soporte que la ampare. No son pocas las personas que han recurrido a esta técnica para tener hijos, bien porque no pueden por motivos médicos o, como en el caso de las parejas homosexuales masculinas, por falta de útero. Y no son pocos los famosos que presumen de hijos que, sabido y público es, se han concebido mediante esta técnica, fuera de España. Ahora mismo esta posibilidad está abierta a aquellos que tiene mucho dinero, siendo por tanto una posibilidad limitada exclusivamente por la renta, no por cuestiones de gusto o necesidad. Los muchos que se oponen a ella utilizan dos argumentos de peso. Uno es el de la explotación de la mujer, el uso de la misma como mero “vientre con patas” para la gestación, como si de una máquina se tratase, sin tener en cuenta las implicaciones médicas y emocionales que genera un embarazo. El otro argumento es que tener hijos no es un derecho como tal, y que si por lo que fuera no resulta posible no es necesario establecer un procedimiento alternativo que, por encima de todo, sólo genere satisfacción a los futuros padres. Partidarios y detractores se enfrentan, desde trincheras ideológicas y morales, que muchas veces cruzan los estereotipos y no pueden ser cribadas con el clásico, maniqueo y absurdo criterio de “izquierda y derecha” con el que los españolitos de a pie tratamos todos los problemas. Hay parejas de todas las ideologías y espectros sociales que han usado vientres de alquiler y, que de tener la renta para ello, no dudarían un instante en recurrir a ella, y opositores a la misma que van desde muchos grupos feministas que son vistos como de izquierda hasta toda la visión católica de la vida, que no suele asociarse precisamente con las corrientes progresistas. Todos tienen argumentos de peso y, además, sentimientos profundos al respecto, deseos insatisfechos que pueden llegar a corroer el alma y la relación de pareja, y visiones de la vida tan opuestas como fundadas. Veo y leo los argumentos y no se con qué carta quedarme, porque todos ellos tienen parte de razón, y llegado el caso unos u otros son los vencedores en función del contexto en el que se ponga el problema. Y esto no hace sino ir a más, porque a medida que la pareja tradicional empieza a perder peso frente a nuevas formas de convivencia, monoparentales incluidas, el uso y demanda de este tipo de técnicas, u otras, no hará sino crecer.


Por ello hay que reconocer a Ciudadanos el mérito de haber sacado este tema del limbo para ponerlo delante de la mesa, y plantear la necesidad de que, de alguna manera, se regule. La propuesta de Rivera y compañía promueve una legalización controlada y no sujeta a contrato económico, de tal manera que no exista un precio por ser madre, más allá de la financiación de los costes asociados al proceso de embarazo. Puede ser un punto de partida, como lo sería cualquier otro, para discutir, para cruzar argumentos y acabar generando un texto que ponga orden y seguridad jurídica a algo que, nos guste o no, sucede en nuestra sociedad. Los dogmatismos que mencionaba al principio no ayudan en los debate, pero cerrar los ojos e ignorarlos tampoco sirve para nada.