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jueves, julio 31, 2025

Desastre evitado

Al llegar ayer las primeras noticias del terremoto ruso y las alertas de tsunami en todo el Pacífico era imposible no recordar el desastre que se produjo en 2004, cuando un tsunami enorme, originado también por un terremoto, arrasó las costas de gran parte de Asia y causo víctimas en un balance que se pudo medir en cientos de miles, una de las mayores catástrofes de los tiempos modernos. Desde entonces tsunami se asocia a devastación, a miedo absoluto, y, en parte, esto es lo que ha permitido que ayer no se reprodujera un balance similar, ni a la escala más pequeña imaginable. Hemos tenido suerte y se ha actuado bien.

Transcurrido un día, el saldo del evento es, afortunadamente, nimio. Se han registrado destrozos en tierra, principalmente en la remota zona de la península de Kamchatka, uno de esos sitios donde se puede situar, de manera figurada, el fin del mundo. El tren de olas que ha generado el fuerte terremoto se ha sentido en ambas orillas del Pacífico, pero ni ha sido de una gran intensidad ni ha pillado a nadie en la costa. Hay zonas en las que el mar ha entrado anegando tierra, pero no son muy significativas, y las evacuaciones preventivas decretadas han minimizado los efectos en la población, de tal manera que se habla de uno o dos muertos, y creo que se han debido a infartos provocados por la angustia de la evacuación más que a otra cosa. Los daños materiales probablemente sean significativos en la zona rusa donde se ha dado el movimiento, pero en general son menores. Hemos tenido suerte. Dada la magnitud del sismo, de 8,8, enorme, las posibilidades de catástrofe eran muy altas, pero el movimiento de las placas que ha generado el temblor ha sido de desplazamiento entre ambas, no de levantamiento o subducción, y esto hace que las masas de agua que se encuentran sobre la placa se agiten, obviamente, pero en menor medida. Ante un movimiento de placas que se alzan o subduccionan el agua sufre un impulso vertical directo mucho más intenso y, por tanto, el oleaje generado también es de mayor potencia. Tsunami ha habido, pero menor del esperado. El otro factor que ha contribuido a que el desastre sea menor es el del aviso y evacuación de la población de las zonas potencialmente afectadas. En Japón más de dos millones de personas fueron ayer desplazadas a toda prisa de la zona en la que los modelos indicaban que se producirían los mayores efectos, lo que hizo que al llegar la ola no se encontrase a nadie allí. Este ha sido un perfecto ejemplo de lección bien aprendida, algo que no se da frecuentemente. El desastre de 2004 pilló a gran parte del mundo sin protocolos, sin sistemas de aviso mediante móviles o sirenas, sin planes de evacuación ni estrategias claras para responder ante algo así. Sumado a que la marejada era mucho más intensa, el desastre estaba servido. El trauma que generó aquello se tradujo en la creación de unos sistemas de alerta global en toda la cuenca del Pacífico, que desde entonces se han disparado más de una vez, siendo la de ayer la primera en la que se ha dado de manera efectiva un tsunami real. Esos sistemas de alerta están coordinados con los de emergencia de las naciones y localidades costeras, de tal manera que móviles, sirenas, policía y demás efectivos de protección civil se movilizan de manera casi instantánea, y coordinada, para responder ante lo que pueda suceder. Las rutas de evacuación para escapar de la costa y dirigirse a las zonas altas están bien señaladas, y aunque es imposible que no se produzcan escenas de aglomeración o miedo, como algunas de las vistas ayer en Hawái, el resultado global es que en un tiempo muy corto es posible sacar a casi todas la población de la franja más peligrosa, los primeros kilómetros de costa, de tal manera que las pérdidas materiales no puedan ser vitadas en caso de impacto pero sí las humanas, salvándose vidas que, sin información, estarían en un grave riesgo.

La imagen que ofrecieron ayer las naciones de la cuenca del Pacífico fue positiva, y aleccionadora. Se puede aprender de desgracias pasadas en las que o no se hizo lo debido o se falló al hacer cosas. Si alguno está pensando en la DANA de Valencia, sí, quizás lo único bueno de desastres de ese tipo, donde la naturaleza se alió con la necedad administrativa, es que cuando la naturaleza vuelva a castigar, que lo hará, nos pille con unas autoridades, medios y sistemas preparados para minimizar las consecuencias. Si al menos logramos eso habrá salido algo bueno de estos desastres. Ojalá tardemos mucho mucho tiempo en tener que comprobar si nos sabemos la lección.

lunes, septiembre 20, 2021

Erupción en La Palma

Sí, pocas cosas imaginables faltaban para que la actualidad de este año superase a todo lo imaginado. El listón en enero se puso muy alto, con unos extremistas con cuernos asaltando el Capitolio en Washington y una nevada sepultando Madrid, pero a la realidad le gusta superarse. Al poco de empezar el año tuvimos un enjambre sísmico en la zona de Granada Santa Fe, seguro que alguno de ustedes se acuerda, que genero mucho miedo entre la población y alarma por lo que pudiera llegar a pasar. Los movimientos causaron noches de pánico y de estancia al raso, y no pocas grietas en viviendas y otros edificios, pero como vinieron, los temblores se fueron. Ya en su momento los expertos advirtieron que estos procesos no son predecibles.

El fatídico 11 de septiembre, hace apenas una semana, se puso en marcha un nuevo enjambre sísmico en la zona de cerro viejo, en la parte sur de la isla canaria de La Palma. Esta isla, la segunda más joven del archipiélago, posee paisajes propios de las películas de aventuras, con enormes barrancos y cortados cubiertos de vegetación, y es el resultado de dos procesos eruptivos, uno, el principal, que crea toda la zona norte, es la caldera de Taburiente, un enorme cono volcánico desplomado en su flanco suroeste, y otro, en la zona sur, fruto del volcán de cumbre vieja, de menor tamaño, pero mucha mayor actividad. Los sismos que empezaron el sábado 11 adquirieron regularidad e intensidad a lo largo de la semana, y mostraban una clara tendencia a ir disminuyendo de profundidad. Para los expertos la cosa estaba clara, una enorme masa de magma presionaba desde la profundidad de la tierra, intentando salir, y eso generaba una tensión en la superficie. El proceso de deformación de la zona sur de la isla iba a más a lo largo de los días, y la posibilidad de que se produjera una erupción a corto plazo aumentaba. Dado que estos procesos se pueden intuir pero no prever, se decidió por parte de las autoridades la activación del plan ante erupciones que existe en el archipiélago, el llamado Pevolca, y comenzaron las reuniones de los técnicos y responsables políticos con los habitantes de la zona previsiblemente afectada, parte sur y orilla oeste de la isla. El sábado, con movimientos cada vez más superficiales, se decidió que era conveniente evacuar de algunos municipios a las personas dependientes, con movilidad reducida y, en general, las más vulnerables, por si acaso. Fue una decisión muy acertada, porque estos fenómenos avisan, sí, pero son traicioneros, y las cosas pueden ser inminentes y no darse o ser tranquilas y, de repente, desatarse sin control. Ayer por la mañana se produjo un movimiento de intensidad superior a tres con una profundidad de apenas un kilómetro, lo que se parece mucho en vulcanología a una cuenta atrás antes de la puesta de largo de la erupción. Y así fue esta vez. Pasadas las tres de la tarde hora canaria, las cuatro peninsular, en una anodina tarde de domingo nacional, una columna de humo y cenizas se elevó al cielo desde Cumbre Vieja y anunció, con gran estrépito, que el volcán se activaba tras cincuenta años desde su última erupción. El nerviosismo cundió entre la población de los núcleos cercanos, localidades pequeñas, eminentemente agrarias, y con bastante población dispersa, y los planes de evacuación que habían sido puestos en marcha el día anterior se aceleraron, de tal manera que para la tarde noche de ayer era unas cinco mil las personas que habían sido desalojadas de sus casas y conducidas a polideportivos y centros similares de localidades mayores, alejadas de la actividad eruptiva, como Tazacorte o Los llanos de Adeje. Afortunadamente no se ha producido incidencia alguna en el proceso de desalojo y, a esta hora, podemos decir que el balance de la erupción es nulo en lo que hace a muertos y heridos, lo que es todo un logro. Los planes de aviso y desalojo han funcionado correctamente y la profesionalidad de todos los implicados en ellos ha sido muy reseñable, y digna de todo elogio.

No se puede decir lo mismo, obviamente, del balance material de la erupción. Desde ayer la presión magmática ha rajado la montaña en, parece en este momento, ocho puntos en los que se produce la expulsión de lava de manera violenta pero, afortunadamente, no explosiva. Ríos de colada bajan lentos y densos por la ladera de la montaña camino al mar, a un paso de anciano caminante, pero imparables, arrasando viviendas, propiedades, campos de cultivo e infraestructuras, sin que se pueda hacer nada para evitarlo, salvo seguirlo al minuto para saber si esta o aquella vivienda, o ambas, serán destruidas. El espectáculo del volcán es hipnótico, pero para los habitantes de la zona supone la ruina total, la destrucción de su entorno y propiedades. Y es imposible saber cuánto tiempo la actividad volcánica seguirá y hasta dónde llegarán sus efectos. Toca esperar y, asombrados, ver.

lunes, septiembre 14, 2020

Arde el oeste de EEUU


Todo lo que sucede en EEUU se nos antoja a los europeos como gigantesco, y eso está en parte influenciado por las dimensiones de aquella nación, que para los que residimos en las pequeñas naciones del viejo continente resulta algo inabarcable. Hay 4.100 kilómetros en línea recta desde Nueva York hasta San Francisco, de costa a costa, y en Europa, son 3.900 kilómetros los que separan Lisboa de Moscú, por lo que algo más que nuestro continente entra en la superficie de la nación yanqui. Cuando uno visita aquel país ve que no sólo los coches, la gordura, los cartones de leche, las infinitas cosas creadas por el hombre son más grandes, es que su naturaleza lo es, y rediseña la visión del mundo de sus habitantes. Europa es un jardín de gnomos.

Todos los finales de verano y otoño hay temporadas de incendios en el oeste de aquel país, en California especialmente, pero también en los estados de Oregón y Washington. El final del verano ha resecado todo el ambiente y los llamados vientos de Santa Ana soplan con fuerza, extendido las llamas que puedan darse por motivos naturales, de imprudencia o negligencia. Los últimos años asistimos a incendios de dimensiones desconocidas, auténticos temporales de fuego que son imposibles de atacar por parte de los sistemas conocidos de extinción, basados en brigadas terrestres y medios aéreos. Por su tamaño y por las temperaturas que se originan en ellos el agua que se arroja desde el cielo apenas si es un par de gotas de sudor en el cuerpo de un ardiente maratoniano y las cuadrillas de tierra se las ven y se las desean para no ser ellas mismas engullidas por unas llamas dotadas de dinámicas propias. El número de incendios parece estabilizado a lo largo de los años, pero su intensidad y superficie devastada no deja de batir récords. La extensión del espacio quemado hace que cada temporada no sean ya pocos los pueblos, pequeños en su mayoría, que son pasto de las llamas. Localidades rurales de casitas que se adentran en el bosque, idílicas para pasar primaveras y veranos, duras imagino en invierno, a pesar de la levedad del frío californiano, que se convierten en pocos minutos en ardientes esqueletos cuando uno de esos incendios voraces llega a sus lindes. Escenas de calles arrasadas en las que vemos la marca de dónde se encontraban las casas, chimeneas de ladrillo ennegrecidas como único testimonio de lo que una vez fue una construcción habitada, amasijos de hierros con forma de coche que jalonan antiguos aparcamientos adosados y, en definitiva, la imagen de la destrucción total en pequeños núcleos urbanos que, año tras año, empiezan a dejar de ser tan pequeños, porque el terreno quemado no deja de crecer. El tamaño de los bosques de la costa oeste es, como podrán imaginar, inmenso, pero las heridas que los incendios están provocando en ellos está a la altura de su vasta superficie. Hemos visto imágenes de ciudades de esa zona, como San Francisco, Los Ángeles o Portland, en las que sus cielos se tiñen de un rojizo espectral, el aire se llena de humo y la sensación visual es de apocalipsis, y cuesta pensar en cómo de grandes deben ser los incendios que provocan escenas semejantes, cuál es su extensión y grado de destrucción. A lo que asistimos con estos fuegos es a una catástrofe natural de enormes dimensiones, a una desgracia total, de esas que no deja nada bueno a su paso, donde la destrucción en tierra se mide en décadas para poder recuperar el paisaje y la destrucción en el aire se mide en toneladas, no su cuantas, no alcanzo a imaginar una cifra, de O2, de partículas, de hollín, de contaminantes de todo tipo que suben a la atmósfera en esos enormes pirocúmulos que han salido en las televisiones. Eso, en el fondo, son nubes artificiales, provocadas por el fuego, que se elevan como los cúmulos tormentosos naturales, se integran en la circulación global y logran que las cenizas de esos incendios se transmitan por todo el mundo, como ya paso hace un año con los devastadores fuegos australianos. Esos humos malignos, como el maligno coronaviris, nos demuestran otra vez que vivimos en un mundo único, en el que muchas acciones y variables generan efectos globales, en este caso negativos. Nada pueden hacer las fronteras humanas para frenar el humo y efecto de esos incendios, nada.

Tercera década del siglo XXI, con niveles de CO2 en la atmósfera crecientes, y los pocos gestos que se puedan hacer por parte de algunos para reducir sus emisiones de gases contaminantes quedan absolutamente barridos del mapa por desastres como esos incendios, que vomitan a la atmósfera cantidades de CO2 ingentes, que llevan siglos almacenadas en los bosques. ¿Cuál es el efecto a largo plazo de todo esto? Nada bueno, y a corto supone una destrucción del patrimonio y estructuras ecológicas de la costa oeste que acabará dañando a la salud y posibilidades de vida de los que allí residen en este momento y en el futuro. Lo diré una y mil veces, no hay peor desastre natural que un incendio forestal, en horas se destruye lo creado en décadas, y décadas tardará en volverse a reconstruir. Urge pensar en cómo prevenir y, también, combatir este tipo de incendios de una manera mucho más efectiva.

viernes, febrero 08, 2019

Ladrones de ojos de ballenas


Debilitada, quizás enferma, e incapaz de hacer frente a las corrientes y temporales que estos días pasados azotaron la costa cantábrica, la semana pasada una ballena acabó en las playas de Sopelana, en la costa de Bizkaia, cerca de Bilbao. El ejemplar era muy grande, de más de quince metros y treinta toneladas de peso. No vivió mucho en el arenal y murió a las pocas horas de haber embarrancado allí. Retirarla fue una obra de ingeniería complicada dadas sus dimensiones, y fueron necesarias varias grúas y transportes especiales para sacarla de la playa y llevarla a un vertedero.

No es frecuente, pero tampoco una rareza, que un rorcual acabe en nuestras playas, y de producirse ese hecho suele darme más en invierno, dado que el mar en esa época es muy agresivo y los ejemplares mayores son los más dados a no soportar sus embates. Lo mismo nos pasa a los humanos en estos meses de frío y gripes. Siendo como es la ballena un mamífero muy especial, descomunal en su tamaño y de difícil estudio in situ, este suceso ha proporcionado una oportunidad única a los investigadores para hacerse con el cuerpo y tratar de averiguar más sobre su metabolismo y formas de vida. Uno de los principales órganos de estudio son los ojos, muy particulares, como los de cada especie, adaptados a condiciones muy concretas, y en este caso de enormes dimensiones. Y ha sido uno de los ojos de esta ballena el que ha proporcionado la noticia más absurda de esta semana y, quizás, la de mucho tiempo, aunque lo del relator no le va muy a la zaga. Resulta que el equipo de la UPV que pretendía estudiar los ojos de la ballena ha debido de hacerlo sólo con uno de ellos, porque algunos desaprensivos, en la madrugada posterior al arrumbamiento, robaron el otro. Sí, sí, alguien fue de noche, sólo o acompañado, a un arenal vizcaíno en medio de un temporal de invierno a robar un ojo de ballena, un órgano de cerca de veinte centímetros de diámetro que está en lo alto de uno de esos enormes cuerpos. Casi me cuesta tanto imaginarme la escena del hurto como la génesis del mismo. ¿A quién se le ocurre hacer semejante chaladura? ¿Se juntaron un grupo de pirados para lanzarse a la playa? ¿Fue fruto de una apuesta, un calentón, la derivada típica del “a que no hay huevos”?. Y ¿Cómo se extrae un ojo de una ballena? No se ustedes, pero mis conocimientos de veterinaria son escasos, y desde luego no tengo ni la menor idea de cómo se extrae semejante órgano, de qué forma se puede transportar y conservar y, claro, dónde guardarlo para que se mantenga en condiciones de ser visto, el pobre ojo. Supongo que fue más de uno el autor de semejante hazaña, que quizás ahora compartan orgullosos el fruto de su noche salvaje, sosteniendo el ojo en un bote, o en yo que se qué recipiente, sintiéndose observados por el espíritu del animal al que profanaron a las pocas horas de haber expirado. Más allá de la pérdida que supone para la investigación científica, que no es poca, la sola idea de la confabulación para el acto, la nocturnidad, el deambular por la arena, el arrancar el ojo (no se si eso es lo que habría que hacer) y llevárselo a todo correr supone una escena, en su conjunto, sacada de una novela de misterio o el argumento de una película que, quizás, sea rodada en el futuro, y puede que alguno de los autores de los hechos acudan satisfechos a verla, sabiendo lo que conservan en el altarcito que construyeron exprofeso en una lonja o lugar escondido de su posesión. Desde allí, el ojo de la ballena emula al de Sauron, pero sin anillo de fuego que lo circunde. Les observa, les pregunta por qué sin que haya una respuesta cabal que satisfaga la curiosidad animal, e inanimado, sus partes reflejan a los que un día le extrajeron de su dueño para coronar la estulticia humana.

Viendo las imágenes de la ballena en la arena y la gente arremolinada en su entorno también me vino a la mente un pensamiento curioso. Hace poco más de un siglo la ballena era la fuente de energía principal de la sociedad. Su grasa permitía alimentar a no pocos y hacer aceite que era usado para iluminar farolas y negocios. La industria ballenera fuer la precursora, a escala, de la petrolífera. En aquella época que una ballena varase en la costa era como si ahora montones de latas de gasolina, llenas, se hicieran accesibles a los paseantes del arenal. Las carreras para hacerse con ellas serías despiadadas, sin duda. El paso del tiempo y la tecnología han relegado, afortunadamente, a la ballena de recurso a ser sólo un animal. Pero el robo ha mostrado la rapaz que anida en nuestra psique. ¿Dónde estará ese ojo?